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“Algunas razones” de Paco Tomás

Una de las herramientas de trabajo de todo periodista son las palabras. Son el medio con el que –sobre todo los que trabajan en cabeceras impresas u on line- nos hacen llegar lo que ven, escuchan y conocen, pero también lo que a título personal opinan, se interrogan y plantean. Pero solo los buenos generan recuerdo con lo que escriben y agitan la conciencia de quien les lee. Uno de esos es el Sr. Paco Tomás, valga como ejemplo este recopilatorio de artículos publicados en distintas cabeceras, escritos unas veces con el humor del que sabe reírse hasta de sí mismo y otras con la seriedad de aquel que está comprometido con unos valores colectivos.  

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No acudan a las librerías sino a internet si queréis conseguir este volumen. Debe ser –quizás, también puede que me equivoque- que ningún departamento de marketing de las editoriales de nuestro país ha considerado que merecería la pena financiar su maquetación, impresión y distribución. Error similar al de las dependientas de Rodeo Drive que no querían atender a Vivian Pretty Woman por el look fresco y la actitud desenfadada con que se adentraba en sus locales.

Utilizo este símil por un doble motivo. Primero porque me gusta y segundo porque es una imagen llena de humor y acidez que me vino a la cabeza al leer el primer bloque de Algunas razones, el titulado 37 grados. Con mucha sorna y más desparpajo aún, el Sr. Paco Tomás describe en sus diversas entradas las aventuras y desventuras de un grupo de pijas en los veranos de la Mallorca de principios de los 2000. Mientras la Susi de Eduardo Mendicutti seguía desde El Mundo a la familia real, él se ocupaba de los que pretendían salir en el Hola pero eran carne de cañón del Pronto. Un universo de personajes absurdos, situaciones aberrantes y vivencias petulantes que recuerdan a la disparatada pirotecnia multicolor del Terenci Moix de Garras de astracán, Mujercísimas y Chulas y famosas.

A continuación, con un verbo más templado, Tienes un e-mail recopila una serie de correos electrónicos en los que un amigo le cuenta a otro que se ha mudado a EE.UU. qué sucede en la vida de aquellos que se quedaron en su país. Aquí la flema ya no lo llena todo y con fino humor hace espacio para una realidad que comienza siendo aquella en la que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y deja espacio para reflexionar sobre cuánto había de artificio en lo que se había vivido hasta entonces.

En 2009 comienza El ingenuo seductor, que se prolonga hasta 2013. La crisis financiera, económica, institucional, política,…, comienza a hacer estragos a nuestro alrededor y nuestro autor se posiciona ante lo que está ocurriendo. Pero no como un tertuliano que opina de todo, sino como un mástil que defiende unos valores –igualdad, libertad, convivencia, empatía,…-  que ve en peligro por las acciones y decisiones de unos gobernantes que imponen el neoliberalismo económico como manera de fomentar el individualismo, la cultura del mérito y la ley de la oferta y la demanda para conseguir el divide y vencerás con el que implantar un canibalismo que acabe con la cohesión social.

Aquí es donde el Sr. Paco Tomás se despliega. Sabe argumentar, expone con claridad, deja claro cuál es su punto de vista y los referentes que maneja, así como los propósitos –unas veces genéricos y otras más concretos- que pretende. Es decir, escribe bien, se le entiende y al acabar no queda duda alguna de lo que nos ha contado.

Son artículos como los de We are not in Kansas anymore (2013-2014) en los que, mostrando incluso sus experiencias personales, expone las muchas trabas que la población y las circunstancias LGTB han de hacer frente en una sociedad que aún ha de evolucionar para llegar a disfrutar de la riqueza de su diversidad, en lugar de percibirla como una debilidad. Textos con un logrado equilibro entre lo emocional y el sentir político que, al igual que los anteriores, dejan un poso de reflexión que en la mayoría de las ocasiones suele dar pie tanto al debate como a la introspección. A bucear dentro de uno mismo recordando cómo te percibías durante tu niñez –con ilusión pero también con dolor-, la primera vez que escuchaste al artista que desde siempre ha puesto banda sonora a tu vida (David Bowie en su caso) o cómo actúas ante las injusticias con la que convivimos pasivamente (ej. el acoso escolar, la violencia en el fútbol o las injerencias de la Conferencia Episcopal).

Si al acabar Algunas razones se quedan con ganas de más Paco Tomás, recuperen su primera novela, Los lugares pequeños, y sigan disfrutando.

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“Un perro” de Alejandro Palomas

El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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Las páginas se suceden con sensación de estar leyendo un relato en tiempo real. De tener sentado al otro lado de la mesa a un personaje de carne y hueso y mirada honda que se está percatando de lo que sucede a su alrededor, pero cuya atención y verdadero interés está navegando por coordenadas que, a pesar de estar relacionadas con el aquí y el ahora, se encuentran en otra dimensión. Un mundo que está formado por los recuerdos –unos más cercanos y otros más difusos-, el balance -lo logrado y los asuntos pendientes- y la incertidumbre que depara un futuro cuyo devenir no está al alcance de sus manos.

Ese oleaje de suave marejada, pero con pequeños remolinos traidores bajo su superficie es el medio fluido en el que se sumerge Palomas para contarnos todo aquello que se encuentra en ese mapa que su protagonista no tiene completamente cartografiado. Con la misma precisión que un geógrafo nos da a conocer cada elemento, desde ese preciso punto en el que se puede ver su individualidad pero también dejando patente cómo es resultado de aquello con lo que interactúa.

Así es como conocemos a una mujer que es también esposa y madre, o a un hijo que, a pesar de ser adulto, sigue buscando en su progenitora al referente que encontraba cuando era niño. Junto a sus hijas y hermanas, Silvia y Emma, Amalia y Fer forman la familia que son hoy en día. Quizás atípica y poco convencional en sus formas, pero unida por lo mismo que cualquier otra, por el afecto que nace no se sabe cómo de la biología y que perdura y crece con el paso de los años. Ese vínculo invisible es el que Alejandro nos hace tangible en todo momento, tanto cuando toca relatar los comportamientos individuales de cada uno de ellos como a la hora de hacerlos interactuar entre sí en la variedad de registros que tiene la vida.

La comicidad de Amalia, una mujer mayor a la que la velocidad del mundo actual le supera. El afán de control y superación de Silvia y la asertividad de Emma, como manera de evitar que se abran las heridas del pasado o de que surjan otras nuevas. O el momento de examen íntimo y profundo al que se ve obligado Fer por la abrupta amenaza de la soledad. Realidades cotidianas, pero también circunstancias vitales que Alejandro Palomas describe y dialoga con gran naturalidad, emocionándonos y haciendo que nos sintamos partícipes de esa reunión y conversación en la mesa de un bar de Barcelona en la que se siente, y desde la que se ve, la vida pasar.

“Un marido ideal” de Oscar Wilde

Da igual que seas hombre que mujer, maduro o joven, soltero o casado, comprometido o irresponsable, siempre y cuando formes parte de los altos círculos sociales, tanto de manera natural como por accidente, Oscar Wilde tendrá un momento de verdad, acidez y corrosivo humor para ti. Una manera de hacer moderno, fresco, cercano y divertido un vodevil que gira en torno a dos temas universales, el amor y el poder.

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La residencia londinense de los Chiltern es el lugar donde se celebra una fiesta que reúne a toda clase de gente. Desde mujeres que se sientan a esperar acontecimientos que observar y comentar, a hombres que ignoran las conversaciones que esperan se mantengan sobre ellos. Y entre unos y otros se cuelan de manera entre discreta y descarada personas con unos objetivos muy claros. Ese es el caso de la señorita Cheveley que espera que su anfitrión vaya en contra de su propia palabra y defienda ante la Cámara de los Comunes un proyecto de especial interés financiero para ella, el proyecto de construcción de un canal en Argentina.

Wilde escribió esta obra hace más de 120 años, dato a tener en cuenta ya que introduce en su trama algunos elementos de la realidad artística y política del momento, como es el debate sobre la viabilidad e interés de esta infraestructura, o el reconocimiento con que contaban ya pintores como Corot o Watteau, incluyendo al primero en los diálogos de sus personajes y utilizando al segundo como elemento descriptivo de su apariencia. Pinceladas de presente que quedan intrincadas en unos diálogos que fluyen a la velocidad del rayo hilvanando conversaciones y sentencias provocadoras que vagan difusamente entre la crítica más prejuiciosa, la reflexión compartida y una alborotadora demagogia.

Directo y punzante, pero también elegante y armonioso, así es como utiliza el lenguaje Oscar Wilde, haciendo de él no solo un elemento transmisor de mensajes y constructor de personajes, sino también un medio profundamente estético, creador de belleza y generador de deleite. Esto, unido a su ingenio y su total desvergüenza, es lo que constituye la clave de que esta obra, como el resto de su teatro, siga siendo hoy tan potente, seductora y atractiva como escandalosa e impúdica resultara en el momento de su estreno en 1895.

No hay convencionalismo sobre los roles, los géneros o los sexos que se le escape, elevándolo hasta la hipérbole, transformándolo en una paradoja o dándole la vuelta para hacer de él una crítica de lo que pretendía ensalzar o al revés, destacando positivamente lo que otros habían vulgarizado, aunque esto último ocurra en muy pocas ocasiones y lo refleje más por la vía de los hechos que por la de las palabras. Ese camino, el de los actos, es el que utiliza para mostrar –y quizás transmitir sus propios principios morales- qué debe haber tras las fachadas de la política, cuando esta se ejerce como una verdadera vocación de servicio público, y de la institución del matrimonio, cuando el compromiso de los contrayentes es ser el uno para el otro apoyo y fuente de bienestar.

“Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite

La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Cuando dabas por hecho que ya no iba a ocurrir, cuando habías dejado de desear que tu vida experimentara el cambio que anhelabas, sucede algo nimio y pequeño, casi sin importancia, que genera una onda expansiva que lo sacude todo. Primero llega hasta el fondo de ti mismo, descolocándolo todo, rompiendo inercias y estancamientos, dejándote hueco y vacío, desnudo y vulnerable. Condenado, y sin alternativa alguna, a comenzar de nuevo, a reconstruirte y reinventarte por ti mismo.

Ese instante es el que se produce cuando Sofía Montalvo y Mariana León coinciden en la inauguración de una exposición tras décadas sin verse, desde que ambas comenzaran la universidad y el enamorarse del mismo hombre pusiera fin a una amistad de infancia que hasta entonces las había hecho relacionarse de manera casi fraternal. La distancia temporal hace que dejen a un lado las diferencias que tuvieron y recuperen la memoria de aquello que las unió como tabla de salvación de un presente en el que ambas se sienten solas y tristes, sin proyecto de futuro y con un lánguido pasado tras de sí.

Se enciende entonces una débil llama que ambas deciden cuidar retomando su relación, pero de una manera delicada, abriéndose recíprocamente, pero también reflexionando, haciendo un profundo examen de conciencia y de consciencia. La forma elegida para contar quién soy y dónde estoy, quién he sido y de dónde vengo, quién quiero ser y a dónde ir y con quién, es la epistolar. Así, no solo se desnudan la una frente a la otra, dejándose ver en lugar de obligar a suponerse, sino que a la par hacen un profundo ejercicio de introspección, que no es solo un viaje de ida, también lo es de vuelta al ponerle seleccionadas y medidas palabras a la completa narración de los acontecimientos que han vivido, a la detallada explicación de lo que les ha marcado y a la precisa definición de lo que han sentido y les ha dejado huella.

Un recorrido en el que se diseccionan con gran fineza las diversas capas que conforman la trayectoria personal y la situación actual de cada una de ellas. Por un lado, la dedicación al trabajo y la pseudo dependencia de Mariana de un hombre que no la desea y, por otro, la casa vacía de Sofía con un marido al que no quiere y tres hijos que hace tiempo dejaron el nido familiar. De fondo, la España de los 70, deseosa de nuevos horizontes, y la de los 80, en la que los jóvenes buscaban aire fresco y los más adultos ambicionaban el pelotazo económico. Esa que en lo social coqueteaba con los porros y comenzaba a aceptar la visibilidad de la homosexualidad.

Nubosidad variable es una novela escrita para ser saboreada y disfrutada de manera templada frase a frase, capítulo a capítulo, al mismo ritmo que avanza la sosegada exposición de las reflexiones, recuerdos y cuestionamientos de sus protagonistas. Yendo y volviendo en una narración que progresa linealmente a la par que lo hace también en círculos, aportando profundidad con nuevos sentidos y significados a lo ya conocido hasta entonces. Un complicado y duro camino, pero también reconfortante y enriquecedor, en busca del autoconocimiento y de la paz interior con multitud de guiños literarios. Mencionando explícitamente, entre otros, a Patricia Highsmith y Kafka, a Peter Pan y Ana Karenina, sugiriendo las Cinco horas con Mario de Miguel Delibes y declarando su devoción por El Quijote, el Poema del Mío Cid y las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.

“The last book in the universe” de Rodman Philbrick

En un mundo sin libros el saber no tendría soporte alguno, las personas no tendrían medios con los que desarrollar su inteligencia y la sociedad fuentes con las que articularse. No habría conciencia de pasado ni posibilidad de futuro. Ese es el mundo que relata esta novela concebida para adolescentes pero que es también una fácil lectura para todos los públicos.

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Una manera correcta de hacer llegar la literatura a los más jóvenes es contando historias de adultos -que en realidad son las de todos-, adaptadas a una manera de ver la realidad que no es diferente, sino más sencilla. Un punto de vista no más simple, sino al que tan solo le falta la experiencia (¿madurez?) para ver las conexiones que establecen niveles de complejidad, de relación equitativa, de subordinación, de causa o de consecuencia, entre todos los elementos que forman la vida.

El respeto a este principio, buscando empatizar –en su estructura, lenguaje, diálogos, tramas y elenco de personajes- con la manera de ver el mundo que puede tener alguien de trece, catorce o quince años es lo que hace que este título de Rodman Philbrick funcione. Una obra publicada en el año 2000 en el mercado anglosajón –y que no he sido capaz de encontrar traducida al español si es que existe tal versión- y escrita a partir de un relato previo, tal y como explica en su epílogo.

Desde el inicio hay una idea que queda clara, donde no hay soportes documentales, donde no se lee, la ignorancia, el miedo y los falsos mitos acampan. La primera muestra en el personaje protagonista. Un individuo sin nombre propio, denominado “espasmo” (spaz en inglés) por sus ataques de epilepsia y producto de los cuales es despreciado y expulsado por una familia que no es tal. En un entorno donde el objetivo es meramente sobrevivir, las relaciones no se establecen en torno a lazos biológicos que derivan en afectos, sino en un pragmatismo organizativo cuyo único fin es garantizar la supervivencia de la especie. Aunque incluso dentro de esta hay niveles, desde la absoluta animalidad hasta la más exacerbada racionalidad. Según el nivel de la escala en el que estés, así será el área compartimentada del mundo, limitada por peligrosas fronteras que son como muros impenetrables, en la que vivas tras la hecatombe, un gran terremoto que aplicará tabula rasa al desarrollo de la humanidad. Una vuelta a una oscuridad como la del medievo, pero esta vez no con impronta religiosa, sino entre los escombros del desarrollo tecnológico, científico y humanístico al que fuimos capaces de llegar.

Un entorno de ciencia-ficción en el que con referencias al clásico griego de la “Odisea” se lucha contra lo abstracto, un sinfín destruido, anárquico y caníbal, con un objetivo concreto, llegar al ser querido y ayudarle a conservar la vida. Una misión liderada –junto a dos secundarios femeninos que aportan la ilusión del presente y el afán de lograr un futuro integrador- por dos hombres, un adolescente y un viejo, que se complementan. Las ganas de comerse el mundo y las de saborearlo, la audacia y la serenidad, el valor y la visión, el ímpetu y la reflexión se unen para llevar a cabo una misión que no es más que una metáfora del mucho mal que nos podemos hacer si nos dejamos llevar por la irracionalidad y de cuánta fuerza interior y habilidades positivas tenemos si, unidos, nos marcamos como objetivo un fin de progreso y mejora colectivo.

“La peste” de Albert Camus, ¿vivir la vida o sobrevivir a la vida?

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Albert Camus construye una historia sobre el sentido de la vida. Te sitúa en Orán, contándote su emplazamiento geográfico y su meteorología. Comienza la historia con una anécdota, ratas que aparecen muertas. Da un salto y las enfermas comienzan a ser las personas, entra en el detalle, se genera tensión y su relato coge ritmo. La enfermedad crece y la muerte hace acto de presencia, saltan las alarmas, el horror invisible es ya el protagonista. La peste lo invade todo, no es sólo la realidad tangible de una enfermedad con una sintomatología, medidas preventivas y tratamiento, sino también una atmósfera, un espíritu invisible que lo empaña todo. Se pasa entonces al mundo de lo invisible, al universo de las sensaciones, a las individuales y las colectivas, las primeras se suman para crear las segundas, y las segundas influyen con su fuerza sobre las primeras dejando de quedar claro si somos unicidades o parte de una masa. Se limitan los registros de comportamiento y pensamiento, y los que se siguen practicando es de manera opaca y con un alcance limitado. La vida ya no es para vivirla, sino para sobrevivirla. …Qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera…

En ese in crescendo se desvelan tanto la figura del narrador que nos guía como la de los personajes principales. Algunos de ellos mentes que se crecen y bucean en las tinieblas que se han formado para hacer de la densidad claridad, para en la enfermedad –tanto en la médica como en la espiritual- dar con la esencia del virus con la que crear el antídoto para las futuras ocasiones. Tienen el tesón sin fin y la voluntad infinita para no dejarse llevar por lo visible de la situación y buscar en ella las corrientes limpias que sigan haciendo que los humanos seamos seres racionales con posibilidad de mejorarnos y seguir creciendo, y no caer de nuestro lado animal. Ese que nos lleva a la ley del más fuerte en lo físico y a ser cada día menos en lo que a futuro respecta. …Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo…

Personajes y Camus integran al lector mediante la reflexión, en la búsqueda incesante de los argumentos que expliquen el presente, uniéndolo con el pasado (qué antes fue como esto, qué nos ha llevado hasta aquí) y dirigiéndolo hacia el futuro (sabremos evitar volver a caer en los mismos comportamientos, nos habremos superado a nosotros mismos). En el apocalipsis, en la tragedia, en la oscuridad, siempre hay motivos para la confianza y la esperanza en el género humano, en nosotros mismos. …Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio…

Pero en “La peste” como en la vida nada es lineal, ni causa-consecuencia, sino que todo lo bueno es también potencialmente no bueno, y el esfuerzo por mejorarnos debe estar siempre presente. La estabilidad como tal no existe, o hacemos por ir a más, a conocer más y conseguir más, o dejaremos de comprender y perderemos la conexión con el mundo en que vivimos y no sabremos cómo hacer frente a los desafíos de cada día, tanto los que ya tenemos como los que hayan de venir. Es entonces, cuando del desconocimiento surge la desconexión y de ahí el enfrentamiento, y volvemos al punto inicial de ponernos en riesgo. …El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tanto desastre como la maldad…