Archivo de la etiqueta: violencia

“The real thing” de Tom Stoppard

Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

therealthing.jpg

Con Tom Stoppard (Jumpers, Rosencrantz y Guildenstern han muerto,…) nunca debes bajar la guardia. No des nada por sentado. En cualquier momento lo que creías que era de una determinada manera resulta ser de la contraria. Súmese a esto que no solo el arte de la pintura juega al cuadro dentro del cuadro, el teatro es igual de capaz. Con la diferencia de que su planteamiento visual (escenográfico) no es más que la punta de lanza de lo emocional y lo espiritual en que envuelve a sus lectores/espectadores. Así, esta obra resulta articulada por varios tour de force en los que la realidad resulta ser ficción, o no, y en los que se ve que esta puede imitarla e inspirarla a partes iguales.

La función se inicia con Charlotte saludando a Max a su vuelta de un viaje a Suiza. Falso. Ella no fue y él lo ha descubierto inmiscuyéndose en su intimidad. La siguiente escena parece una reproducción de aquella, pero resulta ser la realidad en la que los dos actores comentan junto al autor -Henry, marido de Charlotte- lo que no era más que una representación teatral. Con la entrada en escena de Annie, esposa de Max y también actriz, se completa el rectángulo protagonista de personalidades y relaciones. Hasta que se produce un descubrimiento que provoca un cruce inesperado de personajes que da pie a una nueva realidad.

En su juego metaliterario, The real thing avanza mostrándonos que las nuevas coordenadas pueden chocar con otra forma más retorcida de ficción, nuestra imaginación. Pero no con las expectativas o los deseos que tenemos respecto a nosotros mismos, sino con los que proyectamos sobre aquel al que supuestamente amamos y con quien decimos queremos crear y desarrollar un proyecto de vida. Los celos, la infidelidad o la necesidad de un espacio propio suponen entonces un riesgo tanto cuando hay pruebas fundamentadas para ello, como cuando se buscan y lo que te encuentras es a Billy sin saber si responde a lo que crees que es.

O puede ser que la realidad se dé de bruces consigo mismo. He ahí el conflicto entre padres e hijos, entre Henry y Debbie, con visiones diferentes sobre el sexo o las relaciones. O que lo haga porque lo que ofrece no tiene nada que ver con lo que consideramos que tendría que ser en términos de justicia y equidad, provocando comportamientos -como los de Brodie- con los que unos empatizan (Annie) considerándolos comprensibles y otros (Henry) los rechazan por su violencia. Dando pie a un triángulo que pone a prueba, nuevamente, lo que parecía consolidado.

Por último, el conflicto entre la realidad y la ficción -entre Henry y Brodie- puede surgir también por la manera en que ambas se relacionan. ¿Ha de ser la primera contada por quienes la vivieron para así tener una imagen fiel de ella? ¿O su recreación queda falseada si es relatada por quienes no estuvieron allí mediante un uso literario  -y por tanto esteta- del lenguaje? ¿Qué tiene más valor? ¿Qué narración resulta más efectiva?

Todas estas cuestiones son las que Tom Stoppard simultanea en The real thing, haciendo que su desarrollo sea tan intenso y absorbente como hipnótico y seductor. Un viaje de múltiples trayectos en el que el plano único cronológico convive con la paradoja de la simultaneidad y que en 1984, dos años después de su estreno, llegó a Nueva York en un montaje dirigido por Mike Nichols e interpretado por Jeremy Irons, Glenn Close y Cynthia Nixon, entre otros.

The real thing, Tom Stoppard, 1982, Faber & Faber.

Anuncios

“Los pequeños brotes” de Abel Azcona

Treinta años de vida contada a través de los momentos que le han dado forma. Episodios aparentemente independientes, pero formando una unidad articulada por el dolor causado por el abandono y los abusos sufridos desde que nació. Narrativa que Abel ha convertido en el elemento inspirador de su obra artística y del que este volumen no solo es reflejo, sino también una pieza más que sintetiza muy eficazmente tanto su mensaje como su objetivo.

LosPequeñosBrotes.jpg

Cuando expone en el norte de España, el día de la inauguración suele encontrarse en la puerta del local que luce su nombre a la que fuera su profesora de historia del arte cuando era niño. A veces, entre los asistentes está aquel hombre que le expulsó de la academia de dibujo en la que le inscribió su familia adoptiva. Eventos -no solo en España, también en ciudades de otros muchos países- en los que cada quince minutos discretamente sale por la puerta de atrás y tras un momento con su copa de vino vuelve a ejercer la actividad social. Estos son algunos de los muchos episodios -no continuos ni enlazados, pero que encajan como piezas de un puzle- que sobre sí mismo, su inspiración, sus intenciones, resultados y logros artísticos cuenta Abel en Los pequeños brotes.

Título que no son solo unas memorias o un ensayo sobre su trayectoria, es también una obra más que -al igual que otras de sus creaciones- se basa en los dos elementos que han marcado su vida e identidad desde el día en que nació. Abandonado a principios de abril de 1988 en Madrid por la mujer prostituta y drogadicta que le engendró, entregado a los servicios sociales en Pamplona, pasó de una familia de acogida a ser adoptado por una madre que le pretendió educar con el método de la culpa y el castigo católico, tutela de la que se liberó con la mayoría de edad. Para entonces Azcona ya estaba curtido por las múltiples formas de sufrir castigo físico, tortura psicológica y abuso sexual, y no solo en el entorno familiar y escolar.

Espiral de degradación física y psicológica que siguió posteriormente en Madrid y con la que solo fue capaz de comenzar a convivir en el momento en que hizo de ella el elemento que articula su producción. Una trayectoria en la que con sus performances da a conocer con gran crudeza los efectos que tiene el uso y abuso del cuerpo de los más débiles -generalmente a través de la prostitución, pero también mediante la presión represora que ejerce la iglesia- no solo sobre las personas que la sufren sino sobre el conjunto de nuestra sociedad.

Abel no es un artista que busque crear y transmitir belleza, él es un agitador de conciencias, nos sitúa frente a aquello que deliberadamente ignoramos, pero no para que nos posicionemos racionalmente, sino para que nos sintamos desbordados por las emociones y sensaciones que pretende provocarnos con sus propuestas. Con la particularidad de que él está de los dos lados de ese shock, en el del portavoz que elabora el discurso y, en muchas ocasiones, en el del protagonista que alimenta y documenta con su experiencia el relato que nos transmite.

Así es como está también en este título. Con una redacción clara y directa a lo esencial, a lo nuclear, sintetizando con verosimilitud tanto la crudeza de los hechos vividos cuando era niño como el eco que estos han tenido en su adultez. Transmitiendo con credibilidad el impacto experimentado, como cuando hace del uso y la exposición de la desnudez de su cuerpo el objeto central de sus propuestas. Quizás las palabras escritas no sean tan impactantes como las presencias físicas, pero sí que fijan conceptos de una manera mucho más duradera. Por este motivo Los pequeños brotes es un medio perfecta para conocer tanto la lógica de la propuesta conceptual de Abel Azcona como de profundizar en su clara intencionalidad política.

Los pequeños brotes, Abel Azcona, 2019, Editorial Dos Bigotes.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa

La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

LaChunga.jpg

A casi 1000 kilómetros de la capital de Perú está la ciudad de Piura. Allí, en el año de 1945 sitúa Vargas Llosa esta historia en la que cuatro hombres pretenden, entre copas y partidas de cartas, que la mujer que regenta el bar en el que noche tras noche se emborrachan, les cuente qué sucedió un año atrás con la novia de uno de ellos. Desde ese día en que Josefino vio cómo la Merche entraba en el dormitorio de la Chunga a cambio de dinero para seguir apostando, nadie más ha vuelto a saber de ella.

En un ambiente nocturno y malamente iluminado, y sin ruptura escenográfica ni narrativa entre el presente y el pasado, la objetividad de lo que ocurrió queda diluida por la muy conseguida dualidad interpretativa de cada una de esas cinco personas que desde el hoy se trasladan en un viaje similar a los del realismo mágico a aquel ayer para encontrarse con la hermosa joven a la que todos siguen recordando. Pero frente al hierático mutismo de la Chunga, la tensión de la incertidumbre domina a esos cuatro hombres que reunidos forman algo parecido a una manada que vive anclada por su pobreza de espíritu a la tierra que pisa. Sin más horizonte que el de satisfacer sus necesidades vitales y sin más principios que el de sentir que su pequeño mundo gira en torno a sus integrantes.

Un egoísmo machista que toma forma a través de una actitud y un lenguaje rudo -marcado por el filtro de la grosera verborrea de su genitalidad- que manifiesta sin ambigüedades que las mujeres están supeditadas a su capricho y que son consideradas únicamente como cuerpos que utilizar. El contrapunto a esta brutalidad y crueldad convertida en normalidad, en cotidianidad, está en la mujer que les cobra las cervezas que les sirve y cuya expresión verbal es como su comportamiento, severo y firme, adusto y serio.

Un cuadro de dos posturas enfrentadas que el Premio Nobel de Literatura de 2010 abre para revelar actitudes más personales y reservadas, profundas e íntimas cuando la acción deriva en la evocación de los encuentros individuales que cada uno de estos hombres mantuvo –quizás sí, quizás no- con la Chunga y con una Merche de presencia tan carnal y sensual como de actitud aparentemente naif y sumisa. Fantasías que revelan que tras la impostada hombría y la insulsa jocosidad de sus fachadas puede esconderse tanto la más delicada sensibilidad como la mayor falta de escrúpulos capaz de cuanta violencia sea necesaria para imponer el dominio de su ego.

La Chunga no solo puede ser leída como una ficción sobre el heteropatriarcado ambientada décadas atrás a miles de kilómetros de nosotros, la potencia de su asertiva escritura permite que sea también considerada como una fábula atemporal sobre el sometimiento que siguen sufriendo muchas mujeres en todo el mundo hoy en día.

La Chunga, Mario Vargas Llosa, 1986. Seix Barral.

“Primera persona” de Margarita García Robayo

Diez historias cortas protagonizadas por mujeres que nos cuentan las costumbres y tradiciones que regulan la sociedad en la que viven, así como las obsesiones y neurosis que viven en su interior. Niñas, adolescentes y maduras, hijas, madres y esposas que se preguntan porqués y reniegan de lo establecido, que desean sentirse libres y huyen hasta de sí mismas en unas narraciones que atrapan por la hondura de sus relatos y la calidez con que se expresan.

PrimeraPersona.jpg

Los hechos hablan por sí mismos. Como también los comportamientos. Y las actitudes, que están marcadas tanto por las experiencias vividas por uno mismo como por todo aquello en lo que hemos sido educados y de lo que hemos sido testigos en nuestro entorno -familiar, escolar, social, laboral- desde que nacimos. Coordenadas que marcan, y mucho, como la de ser mujer.  Con puntos comunes entre todas ellas -pensamientos, conductas, sueños, esperanzas-, pero que al tiempo son diferentes, únicos en cada mujer, tal y como demuestra las féminas que se muestran en Primera persona.

Todas ellas se expresan desde el yo, un ente acompañado siempre del ello y el superyo, de los impulsos y las expectativas, de los instintos y las reglas, para formar esa trinidad freudiana, unas veces equilibrada otras desquiciada, que compartimos todos. Un campo de batalla en el que en Primera persona se lucha contra el miedo a lo inabarcable (el mar) y las figuras que durante un tiempo nos hicieron sentir especiales y después nos marcaron distancia (el padre); en el que se ha de dar cabida a lo que reclama su sitio (el sexo) cuando desde fuera nos asustan y amedrentan, así como a combinar los impulsos afectivos y familiares con las inquietudes creativas y profesionales sin llegar a sentirnos emocionalmente culpables ni racionalmente frustrados.

Un trío que a veces se une y otras va por separado, tanto a la hora de relacionarse con los referentes (la familia) como con los supuestamente iguales (las amistades) y los deseados complementarios (las parejas, lo mismo da que sean eventuales que prolongadas). Una complejidad a la que García Robayo le da palabras con un ritmo marcado por las pulsiones internas, con un estilo pegado al surgir y a la vivencia en el momento justo en que se producen las sensaciones y brotan las emociones. Pero con una prosa que adopta al tiempo un punto de vista exterior para hacernos ver los efectos de la presión del entorno en el que han crecido y viven sus protagonistas.

Las historias de Primera persona no se sienten como algo pasado, encapsulado para no ser olvidado, sino como hechos que se están escribiendo en el momento mismo en el que ocurren, subrayando así las exigencias, límites, manipulaciones y castigos que tienen lugar durante su desarrollo. Perjuicios que tienen lugar por una causa muy sencilla, ser mujer, que no siempre son impuestos por ellos sobre ellas, también, en ocasiones, entre ellas.

Una violencia heteropatriarcal que se presenta en diversas frecuencias. Por un lado entre líneas, normalizada, camuflada bajo las normas que regulan nuestros movimientos y aspiraciones, minando el ánimo y la voluntad. Por otro escondida, haciendo acto de presencia de manera abrupta, agreste, salvaje, poniendo en peligro la integridad física y psíquica. Ese es, quizás, el mayor logro de Margarita en Primera persona, haber fijado al papel de manera irreversible la invisibilidad de esa permanente sensación de amenaza y necesidad de precaución.

Primera persona, Margarita García Robayo, 2019, Editorial Tránsito.

“Shock (El Cóndor y el Puma)”

El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

ShockElCondoryElPuma

¿Cómo se llega a ese momento en que el ejército de tu país bombardea la residencia del Presidente del Gobierno y miles de ciudadanos son hechos presos y después desaparecen sin dejar rastro? ¿Qué permite que sean sentenciados sin saber de qué se les acusa y que muchos niños sean arrebatados sin más de los brazos de sus padres? Antes de responder, Andrés Lima nos retrotrae dos décadas atrás, a un previo difuso en el que se comienzan a definir los valores y los principios que supuestamente debíamos seguir para desarrollarnos. Una propuesta formulada con una calculada ambigüedad que aún hoy parecer como positivo aquello que solo lo es en su superficie, ya que en su fondo propone unos mecanismos de acción y control para beneficio único y exclusivo de aquellos que ostentan el poder (ese ente mitad político, mitad económico).

Shock se inicia en esa nebulosa etérea e incierta que a unos les seduce y anestesia con su discurso de buenas palabras y que a otros les pone en alerta. Los primeros se verán sacudidos y los segundos se sentirán agredidos tanto cuando estalle la realidad a que dio pie aquel caldo de cultivo como el espectáculo teatral en que se convierte El cóndor y el puma. Un todo que apela a las sensaciones y las emociones a partes iguales, no dejando que haya un segundo de descanso. El drama, la tragedia, la comedia y el esperpento se entremezclan con el relato de los acontecimientos que ya conocemos. Pero contados a través de las personas que estuvieron ahí, de las que tomaron las decisiones, de las que las ejecutaron y las que las sufrieron.

Son sus propias palabras las que nos trasladan a los despachos de la Casa Blanca en los que se respiraba ambición y soberbia y a esa sociedad hipnotizada por el rock’n’roll de Elvis Presley mientras a miles de kilómetros se imponía el neoliberalismo y se silenciaba a una nación dando 44 balazos a Victor Jara.

Sobre el escenario girante del Valle-Inclán se cuenta cómo, a la sombra del sueño americano, se organizó, instruyó y capacitó a los militares del sur del continente para cambiar gobiernos mediante golpes de estado y eliminar a los disidentes recurriendo a la tortura y al asesinato con total impunidad. Hechos que se relatan en una superposición de imágenes, personajes e intervenciones tan abrumadora como eficaz. La frialdad de los datos tomados de los documentos desclasificados, las preguntas que hacen los informadores cuando el periodismo se dedica a buscar la verdad, y los relatos de aquellos que se vieron convertidos en algo que nos hace preguntar hasta dónde puede llegar el hombre cuando en lugar de actuar como un ser humano lo hace como un animal.

Un teatro documental en el que sus seis intérpretes encarnan a un total de 38 personajes en lo que solo se puede definir como un caudaloso torrente de entrega total y eficaz saber hacer. La procacidad con que Ernesto Alterio alterna a Videla y Maradona durante la evocación del mundial de fútbol de 1978, convirtiendo la sala en un campo de juego es poco menos que sublime. La camaleónica capacidad con que Ramón Barea pasa de ser Allende a Pinochet o Nixon. O la rotundidad de María Morales, haciéndose dueña de la sala en todos sus registros, ya sea en la asertividad periodística o en el delirio del episodio de Margaret Thatcher haciendo que lo que hasta un momento antes era un páramo de dolor se convierta en un lugar lleno de risas. Sin olvidar a Natalia Hernández, Paco Ochoa y Juan Vinuesa, tan versátiles, prolíficos, capaces y exitosos como sus compañeros.

Súmese a ellos la finura de los textos de Albert Boronat, Andrés Lima, Juan Cavestany y Juan Mayorga, lo acertado de las videocreaciones y la expresiva iluminación para lograr un resultado es redondo. Shock (El Cóndor y el Puma) resulta ser un montaje teatral tan impresionante como la Historia (que no historia) que nos cuenta.

Shock (El Cóndor y el Puma), Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“Nosotros”

Hay mucha inteligencia tras el guión y la dirección de la segunda cinta de Jordan Peele. Lo que comienza siendo una película de terror en que se pone a prueba a una familia de clase media evoluciona de una manera inimaginable. La tensión y la angustia aumentan hasta cotas en que se convierten por sí mismos en elementos argumentales y no solo consecuencia de lo que está ocurriendo.

Nosotros.jpg

Las familias norteamericanas necesitan poco para demostrar en el cine que son felices. Viven en una casa enorme en el bosque, tienen un gran coche en el que van a la playa, un bote en el que navegan y aunque con sus más y sus menos suelen ser matrimonios bien avenidos entre sí y con sus hijos, incluso cuando son adolescentes. Una imagen que en Nosotros se rompe en mil pedazos cuando el hogar de los Wilson es asaltado durante la noche por cuatro personas que resultan ser físicamente iguales a ellos. Tras el shock que supone ver a los originales intimidados por los que parecen ser sus réplicas salvajes, Nosotros se fragmenta en cuatro relatos violentos en que cada miembro de la familia debe hacer frente por separado a su alter ego.

A la intriga de no saber a qué se debe lo que está sucediendo y la tensión de cómo se manifiesta, se une la angustia de no conocer qué le está ocurriendo a cada uno de nuestros protagonistas, si saldrán todos con vida de esta y se volverán a reunir. Pero la película no se queda ahí desarrollando el conflicto planteado mediante una sucesión de luchas y sustos, sino que su guión hace que el terror evolucione materializándose en nuevas y sobrecogedoras situaciones que nos mantienen el pulso cardíaco en cotas de alta aceleración. La lucha por la supervivencia se convierte en un enfrentamiento abierto con un mal del que solo se sabe qué apariencia tiene, pero ni idea de a qué razones responde ni qué objetivos tiene más allá de acabar con nuestros protagonistas.

Ese es el pulso que mantiene vigente en todo momento Peele y en el que se revela perfectamente capaz. Va más allá incluso de lo que hizo en Déjame salir, no limitándose a un espacio concreto para dejar claro a medida que avanza que en Nosotros no hay lugar en el que poder sentirse seguro. En lo que sí coincide con su anterior título es en recurrir, cuando tienes el miedo metido en el cuerpo y temiendo que pueda suceder cualquier cosa, a unos puntos de humor tan desconcertantes que casi te expulsan de la película. Aunque a posteriori te das cuenta de que sus chistes tienen una acidez y una ironía, así como un sentido oculto, que en un primer instante no habías percibido.

Un viaje de dos horas que te lleva muy lejos y en una dirección que no imaginabas, pero que no olvida su punto de partida, el estilo de vida afectivo y las posibilidades materiales de las familias estadounidenses de clase media. Un cuestión silente y siempre presente que alberga dentro de sí las respuestas que buscamos y que llegan en un final en el que Peele vuelve a dar otra vuelta de tuerca a la dimensión mental y espiritual de su historia para dejarnos aún más atónitos y sorprendidos de lo que ya lo estábamos.

“Cafarnaúm”, dura y polvorienta

La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.

cafarnaum.jpg

Tras ver Carfarnaúm sales de la sala con una convicción que dos horas antes presumías podría ser tan solo un mensaje de los que te iban a exponer. Y es que no hay mejor manera de transmitir una realidad que la de hacerla sentir. Ese es el logro sin fisuras de Nadine Labaki gracias a la dureza con la que su protagonista de doce años sostiene la mirada durante todo su relato. Un logro doblemente asombroso, como ejercicio de interpretación y, más impresionante aún, por lo que transmite acerca de lo que supone ser en su país –y por extensión, en muchos lugares del mundo- niño o adulto sin papeles, alguien sin identidad reconocida ni social ni legalmente.

Las viviendas, los comercios, las calles,…, da igual donde esté Zain, cuanto le rodea está sumido en una miseria cromática siempre polvorienta. La escasez de recursos materiales, la falta de limpieza, la mínima cantidad y calidad de la alimentación, la nula atención de sus padres, las intenciones de la mayoría de los adultos, todo conlleva una agresividad tan manifiesta que hace muy difícil salir adelante. No le queda otra que ser fuerte y no ya solo defenderse, sino ser aún más belicoso que la explotación laboral, los abusos físicos, la violencia sexual o la malnutrición de su entorno para no dejar que la falta de madurez y de experiencia le jueguen una mala pasada.

Unas coordenadas en las que tanto personaje principal como guión y dirección se mueven con suma destreza y seguridad en sí mismos para no caer en las garras del canibalismo aniquilador, en el caso de él, o las de la sensiblería o la frialdad excesiva en lo que respecta a la labor de Labaki tras la cámara. El trabajo de Zain Al Rafeea es de una sensibilidad, entrega y pasión que podría pasar más por el alegato de un comprometido con la causa que está denunciando que por un ejercicio actoral. En el caso de la directora y guionista hay que alabar el ritmo tan humano que imprime a su relato, la manera en que técnica –fotografía, montaje, banda sonora- y creatividad –dirección de actores y diálogos y silencios- combinan acción y emociones, relaciones e individualidades, el latido interior con la mirada exterior.

El único pero es que una de sus virtudes, no dejarse en el tintero ninguna de las situaciones y vivencias que forman parte de lo que nos muestra, alarga unos minutos de más la película. No sobra nada de lo que cuenta, aunque un cierto ejercicio de síntesis hubiera hecho que lo que resulta muy notable hubiera sido sobresaliente. Apunte que no desluce en absoluto una historia cuyo final hace crecer todo lo narrado anteriormente, dándole una profundidad que va más allá de la construcción cinematográfica para hacer de Cafarnaúm una muy lograda y objetiva exposición de lo mucho que nos queda por conseguir para que el mundo en el que vivimos sea verdaderamente humano.