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10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead

El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica para ser una sociedad verdaderamente democrática.

EE.UU., primera potencia mundial, el país en cuyo espejo muchos se miran o han mirado. Admirando, envidiando o aspirando a cuanto vemos en sus películas, series o videoclips con el marchamo made in USA. Pero tras esa vibrante, colorida y sonriente marca de país, hay una nación que tiene mucho de clasista, xenófoba y elitista. Y no son comportamientos aislados o episodios concretos. Basta recordar el reciente Black Lives Matter, una prorrogación más en el tiempo del movimiento liderado a principios de los 60 por Martin Luther King en pro de los derechos civiles. Voces que no piden privilegios ni libertad, sino igualdad. Sin esta, aquella es imposible.

Whitehead no se queda en la superficie de la reivindicación, sino que profundiza en lo que ya conocemos y constata cómo esa incongruencia de la humanidad que es el desprecio por el prójimo, se concreta en la vida de cualquier ciudadano anónimo. De alguien que, si esta forma de crueldad no hubiera aparecido en su camino, hubiera sido un niño, un adulto y una persona mayor que creció, vivió y llegó a su final sin más. Elwood Curtis es el joven al que sigue, contándonos a través de sus experiencias y reflexiones las limitaciones, negaciones y humillaciones que suponía ser negro en el sur de su país a principios de los 60. Cómo su búsqueda de referentes y su ánimo por comprender hace que repare en la figura y las palabras de Luther King. Y el giro que da su vida cuando una sentencia judicial le interna en la Academia Nickel.

Partiendo de hechos reales adaptados convenientemente, Colson nos lleva desde el esfuerzo de su protagonista por entender sus circunstancias en Tallahassee y la dificultad para progresar en ellas, al infierno en el que se vio sumido en aquel lugar supuestamente destinado a la educación y la formación práctica de sus internos. Sin caer en la pornografía ni en el sensacionalismo, pero tampoco escatimando la realidad de los abusos y las torturas que décadas después llegaron a la prensa y a los tribunales. Da la información justa para entender cómo lo que allí ocurría era alentado e ignorado por su exterior, la impunidad con que se organizaba y realizaba, así como la vivencia -tanto en carne propia como testifical- de aquellos chavales sin un segundo de descanso psicológico.

Los saltos en el tiempo que nos llevan desde Florida a Nueva York nos permiten reposar la angustia, el temor y la incertidumbre que también se siente a este lado de las páginas. Aunque hagan evidente el pragmatismo de su estructura y la intencionalidad de su escritura, introducen la interrogante del misterio y el deseo de conocer qué ha hecho posible pasar de unas coordenadas temporales y geográficas a otras, y qué las mantiene unidas. Una capa más de tensión, de la suspensión de la realidad y la verosimilitud que crea, y en que se mantiene, Los chicos de la Nickel durante todo su relato.

Los chicos de la Nickel, Colson Whitehead, 2020, Literatura Random House.

“Macbeth”, soberbia y muerte

La obra maestra de William Shakespeare sintetizada en una versión que pone el foco en la personalidad y las motivaciones de sus personajes. Dos horas de función clavado en la butaca, sin aliento, ensimismado, seducido e hipnotizado por un elenco dotado para la palabra y la presencia. Tras ellos, un escenario que subraya con la maestría técnica y creativa de cuanto confluye en él, la solemnidad, dureza y conflicto de los parlamentos de quienes lo habitan.

La tragedia de este rey de Escocia que llegó al trono con las manos manchadas de sangre es uno de los textos más apasionantes del de Stratford-upon-Avon. Todo está tan bien definido, estructurado y desarrollado en él que normal que cualquier dramaturgo ambicioso, apasionado y devoto por su profesión -como era el caso de Gerardo Vera- quiera llevarlo a escena. El destino hizo de las suyas dejando a Gerardo fuera de la recta final del proyecto el pasado 20 de septiembre, con la adaptación ya trabajada, el reparto seleccionado y habiendo comenzado a diseñar los elementos destinados a complementarles (escenografía, iluminación, sonido, música, vestuario…).

Aun así, la producción siguió bajo la dirección de Alfredo Sanzol hasta llegar finalmente a este buen puerto al que somos convocados. Queda la duda de cuánto de su factura final tiene de semejante a lo que Vera hubiera hecho. Recordando otros trabajos suyos, con los medios y las posibilidades que permite el Centro Dramático Nacional, son evidentes los vínculos de este Macbeth con lo bien trazadas que estaban las tramas y expuestos los impulsos y las razones de sus protagonistas en El Idiota (2019) o Los hermanos Karamazov (2015). Pero también hay diferencias, como pasajes en los que prima más el relato, la narración, que la acción, siempre constante (ya fuera a nivel de movimiento -entradas y salidas- como de temperatura emocional) con que recuerdo aquellas propuestas.

El punto de partida, el Shakesperare que José Luis Collado ha sintetizado es una joya. Cada cuadro es un punto alto, individuos con doble faz, apariciones oraculares, puntos de inflexión históricos, decisiones que acrecientan la tensión, conflictos que ponen a prueba la capacidad de resistencia de sus protagonistas… Esta es la base sobre la que Carlos Hipólito y Marta Poveda despliegan su saber hacer como Lord y Lady Macbeth, más comedido y contenido él, más explícita y manifiesta ella, convincentes cada uno en su papel y plenamente compenetrados en el matrimonio de tiranía y sangre en el que se retroalimentan.  

El resto de intérpretes conforman un grupo -algunos de ellos encarnan más de un personaje- que, sin embargo, nunca les homogeniza. Un apunte más del ingenio con el que está ideado y llevado a la práctica cuanto sucede sobre las tablas. Haciendo que confluyan lo formal y lo establecido de la palabra con un dinamismo que va más allá de lo teatral, tan envolvente como el de una instalación plástica, y rítmico y coreografiado como el que despliegan los grandes montajes operísticos.

Una escenografía aparentemente sencilla, pero que hace de su suelo y su aire un cerro y un cielo amenazante cuando se simulan exteriores y una tribuna y una decoración suntuosa en interiores. Plataformas de laminados con movilidad en las que la luz permite jugar a las horas del día, las sensaciones meteorológicas y las subjetividades de las sombras y las llamas de las antorchas. Música, espacio sonoro y videoescena sumándose, haciendo del escenario una fuente de energía a punto de eclosionar, de un lugar vibrante teñido por el rojo, en el que lo humano y lo telúrico se debaten en una lucha sin cuartel.

Macbeth, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“Seis grados de separación” de John Guare

Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

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La tensión es permanente en esta obra escrita en 1989. Comienza con tres personajes, una pareja (Ouira y Flan) y un conocido al que hace tiempo que no ven, haciéndonos partícipes, tanto por los diálogos entre ellos como por sus alocuciones directas a la platea y entre sonrisas de amistad, de la necesidad de dinero de los primeros. Antes de que estos asuntos queden resueltos hace acto de presencia alguien que atrae completamente nuestra atención, el joven Paul, un chico negro que se presenta como amigo de los hijos de la pareja y buscando refugio tras haber sido atacado en un parque cercano.

Una evidente apelación a los instintos de supervivencia y vinculación, el ser parte de un grupo que acoge y ayuda, que nos aleja completamente del materialismo y la superficialidad de quien hasta entonces hablaba sobre arte como objetos transaccionales y no como medios de expresión y comunicación. Algo sobre lo que se incide con las menciones del recién llegado al valor y el papel de la imaginación, a los cuentos de Chejov, a la espera de Godot y al poder de influencia de El guardián en el centeno sobre sus lectores. Un giro que salta por los aires cuando la empatía, bondad y generosidad suscitada por el afable muchacho se convierte en abuso, amenaza y agresión.

Un punto de inflexión a partir del cual John Guare nos genera un estado de alerta máxima. Lo que parecía transparencia y sinceridad no era más que una hábil manipulación. Caer en la tentación de la vanidad (conocer a un referente como Sidney Poitier y verse en la gran pantalla) ha hecho que estas personas de posición acomodada sientan que no controlan lo que les sucede, lo que les desestabiliza profundamente y despierta el catálogo de sus prejuicios (xenofobia, homosexualidad, diferencia de clases, drogas,…). Seis grados de desesperación se convierte a partir de ahí en una incertidumbre continua que nos mantiene en estado de shock hasta el final.

La aparición de otros personajes adultos, así como de los hijos de todos ellos confronta tanto a los primeros con lo sucedido –la punta de un iceberg que asusta- como con los principios que en el pasado transmitieron a sus vástagos. Un continuo in crescendo en el que la potencialidad de que algo peligroso suceda se instala de manera invisible en el ambiente, convirtiéndose en el aire que se respira. Una atmósfera de la que es imposible huir, en la que el personajismo artístico del matrimonio protagonista genera la atracción de alguien sin objetivos claros ni motivación aparente. Una amenaza que Guare despliega sobre su texto con paso firme haciendo que la inseguridad, la tensión y el temor de lo que pueda acontecer se instale tanto en el ánimo de sus personajes como en el de sus espectadores/lectores hasta un final tan sorprendente como verosímil.

Seis grados de separación, John Guare, 1990, Vintage Books.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns

El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

Susana Sánchez es profesora de secundaria. Un día llegó a la conclusión de que quizás un tío abuelo suyo fue una de las personas que acabó con la vida de un antecesor de uno de sus alumnos. Y lo explicitó en el aula. La clase rugió cual jauría. El chaval respondió con sensatez, dejando la pérdida en el pasado y honrando desde el presente a quien allí se quedó. Ahí Susana vio confirmado lo que ya sentía hilvanando los relatos, las anécdotas y los silencios que había escuchado y sentido en su familia desde siempre. Inició entonces una investigación por archivos y bibliotecas con escaso éxito documental y una recogida de testimonios orales por pueblos vecinos en la que se percató de quiebros verbales tan elocuentes como significativos.

Dicen es una novela, un poemario, un ensayo práctico sobre lo que es la memoria historia e, incluso, una sucesión de parlamentos teatrales, resultado de esa búsqueda y todas las vivencias asociadas a la misma. Entregas breves, episodios cortos, capítulos de apenas unas líneas que más allá de la narración que los articula, conforman un fresco -localizado en la provincia de Pontevedra- sobre lo que supuso la Guerra Civil. Los conflictos ocultos que sacó a la luz, el uso de la fuerza bruta para imponerse sobre familiares, amigos o vecinos, los asesinatos, robos y humillaciones sin pudor ni piedad, el régimen de terror que se impuso durante la dictadura posterior y que no solo tiñó de sangre y miedo el presente, sino que moldeó un futuro de pánico, sospecha y parálisis.

La claridad de su expresión y la sencillez y oralidad de su retórica, hacen que la escritura de Susana resulte tan rotunda como absoluta en su objetivo emocional. Están los hechos, sí, y los datos, también, todos esos que ella encontró en forma de vacíos, huecos y ausencias, y que cuando sí aparecen pueden haber sido modificados, falseados o hasta cambiados totalmente. Pero lo que perdura es lo que se respira entre sus líneas y busca salir por el resquicio que queda entre letra y letra impresa, lo que provocó que, aún décadas después, muchos de los que el destino colocó en el lado de los vencidos siguieran callando y evitando.

Lo que Dicen hace es recoger con humildad esa necesidad de expresar lo que pasó. Lo articula literariamente con sumo cuidado, situándose lo más cerca posible de las heridas y las cicatrices de sus protagonistas. Y lo transmite con sumo respeto, dejando claro que ayer no es hoy, pero que cómo somos y nos relacionamos hoy es resultado del ayer. Una manera diferente a la que han aplicado otras autoras (como Gema Nieto en Haz memoria o Almudena Grandes en sus Episodios de una guerra interminable), pero al igual que ellas, haciendo que su sensibilidad y humanismo sea aún más grande que su investigación histórica y su excelencia literaria.

Dicen, Susana Sánchez Aríns, 2015, Editorial De conatus.

“A quick nut bread to make your mouth water” de William M. Hoffman

Los pasos a seguir para hacer un pan de nueces que nos haga la boca agua son los mismos que pautan esta obra para llevarnos por un camino absolutamente emocional. Sus tres protagonistas se ofrecen a trasladarnos a los lugares que seamos capaces de descubrir dentro de nosotros mismos. Una psicodelia hippie marcada por el ánimo rompedor de las convenciones formales de finales de los años 60.

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He intentado dar dos lecturas completas a esta obra y en ambas ocasiones he sido incapaz de mantener de manera prolongada mi atención sobre sus páginas. Mi mente escapaba de las palabras escritas en una mezcla de estupor y evasión que me hacía plantearme si es que la propuesta de Hoffman no me enganchaba, no me gustaba o estaba generando en mí una incomodidad deliberadamente intencionada por su parte.

A quick nut bread no está planteada para que su representación le sea fiel, sino que –tal y como explica su autor en su prólogo, publicado en 1969- su propuesta ha de ser tomada como un punto de partida a partir del cual crear una puesta en escena totalmente improvisada. Tanto en cuestiones de fondo, intervenciones musicales en directo o grabadas, como en aquellos pasajes en que sus diálogos entran en bucles de obsesiva repetición, adoptando incluso la forma de mantras sánscritos. Únase a esto el estupor que generan los saltos argumentales que dan las conversaciones de sus personajes, destrozando completamente cualquier intento de crear y transmitir una línea narrativa.

Dos hombres y una mujer que parecen estar realizando no se sabe si un ejercicio de síntesis pop, quizás de experimentación LSD, o puede que un juego de ruptura con lo lógico-mental que nos estructura como individuos y nos permite relacionarnos como miembros de un grupo social. En cualquier caso, algo a lo que no estamos habituados y que nos exige ser capaz de dejarnos llevar, liberarnos de nosotros mismos para comprobar y experimentar las sensaciones a las que nos traslada.

Algo más fácil de lograr en una función en vivo que a través del texto. La primera puede conseguirlo gracias al sentido de la vista y del oído y del reflejo que ambos sean capaces de causar en nuestra piel, del poder de persuasión y la evocación que genere su montaje. Pero frente a las palabras, sin ningún intermediario entre ambos, A quick nut bread to make your mouth water es árida, resulta ardua, más que hacerte la boca agua, te deja la garganta seca y casi muerto de sed.

Amor, sexo, afecto, violencia, religión y espiritualidad se combinan en una sucesión de automatismos, absurdos, surrealismos y aparentes incoherencias cuyo fin real es el de desorientarnos para trasladarnos a un lugar interior que no se puede identificar con unas coordenadas concretas, sino más bien por la ausencia de estas, de cualquier conexión con nuestra realidad. Un estado emocional seguro que diferente en cada lector o espectador, pero que a mí me resulta desagradablemente inquietante, alienante incluso, nada motivador por su falta de paz y equilibrio.

A quick nut bread to make your mouth water, William M. Hoffman, 1969, The Old Reliable Press.