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10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

“Un hijo” y “Un secreto”, el universo infantil de Alejandro Palomas

Dos novelas que se presentan bajo la categoría de juveniles pero que merecen ser leídas también por el público adulto por la mirada sincera, abierta y respetuosa con que su autor se acerca a la personalidad, las vicisitudes y la relaciones que establecen sus protagonistas. Dos historias que combinan el drama, la comedia, la intriga y la tensión atrapando a su lector y dejándole con ganas de que Guille se convierta en un personaje con una larga vida literaria.

Hace años me quedó grabado lo que comentaba la terapeuta Virginia Satir en En contacto íntimo sobre cómo crear las mejores condiciones para favorecer el entendimiento entre padres e hijos en las primeras etapas del crecimiento. La pauta era bien sencilla, los mayores lo somos no solo en edad, sino también físicamente y eso influye tanto sobre el punto de vista desde el que observamos la realidad como sobre la comunicación que establecemos con los más pequeños. Para conseguir una relación entre iguales que favorezca la comprensión y la empatía, Satir aconseja que los adultos no solo modulemos el lenguaje (hacerlo sencillo, que no simple) sino que dialoguemos haciendo que nuestros ojos estén a la misma altura de los suyos, sentándonos o agachándonos para conseguirlo.

Eso es lo que Alejandro Palomas parece haber hecho en estas dos obras para crear el universo de Guille (un niño de nueve años que vive solo con su padre y sueña con ser Mary Poppins) en Un hijo y de él y Nazia (una compañera de clase de origen pakistaní separada temporalmente de su familia biológica por las autoridades) en Un secreto. Alejandro no observa a sus protagonistas desde una posición superior (como autor o como adulto), sino que se coloca a su altura y -lo que es aún más importante- contempla el mundo que les rodea con el doble filtro de su mirada. Un enfoque que combina su corta experiencia de la vida -sin referentes que les permitan relativizar o codificar- y una imaginación que siempre encuentra argumentos para dar respuesta a lo desconocido. Una visión que se plasma en una retórica con un vocabulario reducido, pero suficientemente locuaz, y una sintaxis con modismos sin intención estética alguna, pero eficazmente expresivos.

Y ya está, que diría Guille. Así de fácil es quedar atrapado por la lectura de cuanto sucede en torno a él y así de lograda es la excelente labor literaria del autor de Un perro o El tiempo que nos une. Además de lo ya señalado, hay que destacar igualmente la manera en que se sirve de sus protagonistas principales como narradores para estructurar estas dos novelas. Esto no convierte a Un hijo y a Un secreto en historias corales al uso, sino en recorridos narrativos que se van trazando con la aportación de aquellos (el padre, la profesora y la orientadora escolar) que tienen una influencia directa sobre la vida de Guille (quien también ejerce como escritor) y Nazia.

Dos niños iceberg (que tras su apariencia esconden una realidad nada fácil de gestionar) a través de los cuales Palomas manifiesta una sensibilidad total con ese período de todos nosotros que es la infancia, y con ese colectivo, los niños, a los que nuestra sociedad no considera o integra con la dignidad, el respecto y la consideración que merecen en las dinámicas (más productivas que humanistas, quizás por ello) de su funcionamiento.

Por último, señalar que aunque se pueden leer de manera independiente, es cierto que Un secreto resulta más rico si previamente se ha disfrutado de Un hijo. Ahora solo queda esperar que llegue el día -si no lo ha hecho ya- en que Alejandro Palomas dé con las claves para escribir una nueva entrega con la que conocer cómo progresan la vida y el fascinante mundo interior de Guille, su familia y sus amigos.

Un hijo y Un secreto, Alejandro Palomas, 2015 y 2019, La Galera Ediciones y Editorial Destino.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa

La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

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A casi 1000 kilómetros de la capital de Perú está la ciudad de Piura. Allí, en el año de 1945 sitúa Vargas Llosa esta historia en la que cuatro hombres pretenden, entre copas y partidas de cartas, que la mujer que regenta el bar en el que noche tras noche se emborrachan, les cuente qué sucedió un año atrás con la novia de uno de ellos. Desde ese día en que Josefino vio cómo la Merche entraba en el dormitorio de la Chunga a cambio de dinero para seguir apostando, nadie más ha vuelto a saber de ella.

En un ambiente nocturno y malamente iluminado, y sin ruptura escenográfica ni narrativa entre el presente y el pasado, la objetividad de lo que ocurrió queda diluida por la muy conseguida dualidad interpretativa de cada una de esas cinco personas que desde el hoy se trasladan en un viaje similar a los del realismo mágico a aquel ayer para encontrarse con la hermosa joven a la que todos siguen recordando. Pero frente al hierático mutismo de la Chunga, la tensión de la incertidumbre domina a esos cuatro hombres que reunidos forman algo parecido a una manada que vive anclada por su pobreza de espíritu a la tierra que pisa. Sin más horizonte que el de satisfacer sus necesidades vitales y sin más principios que el de sentir que su pequeño mundo gira en torno a sus integrantes.

Un egoísmo machista que toma forma a través de una actitud y un lenguaje rudo -marcado por el filtro de la grosera verborrea de su genitalidad- que manifiesta sin ambigüedades que las mujeres están supeditadas a su capricho y que son consideradas únicamente como cuerpos que utilizar. El contrapunto a esta brutalidad y crueldad convertida en normalidad, en cotidianidad, está en la mujer que les cobra las cervezas que les sirve y cuya expresión verbal es como su comportamiento, severo y firme, adusto y serio.

Un cuadro de dos posturas enfrentadas que el Premio Nobel de Literatura de 2010 abre para revelar actitudes más personales y reservadas, profundas e íntimas cuando la acción deriva en la evocación de los encuentros individuales que cada uno de estos hombres mantuvo –quizás sí, quizás no- con la Chunga y con una Merche de presencia tan carnal y sensual como de actitud aparentemente naif y sumisa. Fantasías que revelan que tras la impostada hombría y la insulsa jocosidad de sus fachadas puede esconderse tanto la más delicada sensibilidad como la mayor falta de escrúpulos capaz de cuanta violencia sea necesaria para imponer el dominio de su ego.

La Chunga no solo puede ser leída como una ficción sobre el heteropatriarcado ambientada décadas atrás a miles de kilómetros de nosotros, la potencia de su asertiva escritura permite que sea también considerada como una fábula atemporal sobre el sometimiento que siguen sufriendo muchas mujeres en todo el mundo hoy en día.

La Chunga, Mario Vargas Llosa, 1986. Seix Barral.

“Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas”

Si leer o escuchar representadas sus creaciones es un goce para el alma y los sentidos, no menos lo es adentrarse en su persona a través de lo que recogieron múltiples publicaciones periodísticas a lo largo de su corta vida. Además de su extraordinaria sensibilidad, estos artículos, entrevistas y reportajes dejan clara la transparencia y diafanidad de un hombre cuya máxima fue siempre la de transmitir con honestidad aquello que hacía único, a la par que universal, a su pueblo.

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Quizás sea la figura más nombrada de la historia de la literatura española, pero el hecho de que aún no sepamos dónde reposa su cuerpo tras aquella cruel madrugada del 18 de agosto de 1936 demuestra que todavía queda mucho por conocer y recuperar de él. Tanto de su obra y de su vida como de su intimidad, de quién era más allá de las páginas que escribió, de las conferencias que impartió y de los amigos, familiares y personalidades con quien se le vio en público.

El que hasta más de 80 años después de su muerte no se haya publicado un volumen como este, Declaraciones y entrevistas completas,  evidencia tanto esta realidad como la de su otra cara, la negación que por distintos motivos –censura política y prejuicios sexuales, fundamentalmente- ha sufrido su persona y, por su extensión, su obra.  En este sentido, no queda otra que alabar el trabajo de investigación realizado por Rafael Inglada con la colaboración del periodista Victor Fernández, y el legado que este título supone para estudiosos y entusiastas de la figura de Federico.

Palabra de Lorca se inicia con un joven entusiasta que comienza a ser conocido en 1922, a sus 24 años, por sus primeras poesías y llega hasta 1936, hasta un hombre consolidado en la escena cultural como un extraordinario poeta y un excelente dramaturgo. No solo un gran creador sino también un convencido del papel cultural, identitario y pedagógico del teatro, tal y como hizo al frente de La Barraca (1932-1934) llevando la tradición de los grandes clásicos –Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, Cervantes,…- al colectivo más llano de un pueblo obviado por unos gestores y autores entregados a las banalidades que demandaba la burguesía urbana de las décadas de los 20 y los 30.

Todo lo contrario de lo que pensaba de la poesía de su tiempo, declarándose admirador de nombres como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez. Un terreno este, el del verso, que fue el que le convirtió en una figura pública, sobre todo a raíz de la publicación en 1928 del Romancero gitano. Para entonces ya había demostrado con Mariana Pineda su potencial dramático y su capacidad de captar lo más individual, íntimo y local y transmitirlo conectando con lo que eso tiene de común y universal con cualquier otro individuo a lo largo del mundo. Después llegarían otras dramaturgias que, tal y como cuenta, ya estaban en su cabeza o habían comenzado a tomar forma, como Doña Rosita la soltera o Bodas de sangre y Yerma, títulos con los que se propuso hacer actual la tragedia griega y lo consiguió con extraordinario éxito de crítica y público.

Capítulo aparte de sus vivencias son sus viajes. He ahí la intensidad con que transmite el hondo resonar que le provocó el mar de acero, hormigón e inhumanidad de Nueva York que daría como resultado el poemario allí situado. Nada que ver con su paso por La Habana o sus estancias posteriores en Montevideo y Buenos Aires, ciudades en las que disfrutó con la fantástica recepción que tuvieron sus obras y sintiéndose como uno más en la sociedad de aquellos países con los que compartía idioma y referentes históricos literarios.

Curioso es también leer cómo le describen los otros. Alegre, jovial y extrovertido en sociedad, un niño grande con los suyos, escurridizo con los periodistas insolentes, e introvertido e inmerso en su profundidad interior cuando estaba a solas. Una sombra esta que se fue haciendo más patente a medida que la inestabilidad política enrarecía el clima social español, y del Madrid en el que vivía, a lo largo de 1935 y 1936. Hasta que estalló la contienda que le encontró en casa de sus padres en la vega granadina, de donde le sacó para asesinarle.

Palabra de Lorca no se acaba ahí, sino que sigue a través del recuerdo que algunas firmas le dedicaron años después, atreviéndose a entrar –aunque no con total apertura- en aquellos aspectos que le condenaron, su homosexualidad y su planteamiento público en pro de una cultura accesible para toda la sociedad y no como algo elitista y restringido para aquellos que hicieran de ella un símbolo y señal de su clase social y económica. En definitiva, un volumen extenso, con artículos y entrevistas firmadas por toda clase de autores y calidades, pero que resulta fantástico para descubrir el lado más espontáneo, dialogante y conversador  de un hombre profundamente reflexivo y tan sensible como creativo y visionario.

Emocionante “Tierra de Dios”

Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

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Por su título en español podría parecer que esta es una película en la que la religión tiene algo que ver. Nada más alejado de la realidad, God’s own country es ese territorio en el que las relaciones humanas se basan en el afecto, la cercanía y la empatía y donde no tienen cabida los prejuicios, el egoísmo o los fines individuales. Pero este no es un lugar que se pueda delimitar con unas coordenadas geográficas, no es necesario viajar para llegar a él. Basta con actuar con consideración, con cariño y con respeto por los demás para verse habitándolo. Uno de sus residentes es el rumano Gheorge, un joven apuesto que acude hasta la campiña de Yorkshire buscando una oportunidad laboral en sus granjas. Allí comienza a trabajar con Johnny, alguien que está en una dimensión interior completamente opuesta.

Hasta aquí un guión muy bien definido que comienza a crear un relato cuyo ritmo visual es el del tranquilo, pero potente, latido del corazón de sus personajes. A partir de este momento un trabajo de dirección que imprime en los espectadores de Tierra de Dios la actitud que sus protagonistas tienen hacia lo que les sucede, la sensibilidad con la que fluyen con la vida, la robustez para no dejarse avasallar por lo no deseado, la resistencia ante los obstáculos y la aridez de quien se niega a aceptar su incapacidad.

Sin embargo, lo que inicialmente parece ser diferente y opuesto resulta ser complementario, tal y como sucede entre Gheorge y Johnny. El rechazo y la rabia que el segundo vierte sobre el primero no son más que una proyección de su incapacidad de aceptar y tolerar sus frustraciones, siendo una de ellas la de manifestar su deseo de amar y ser amado, gozar y ser gozado en lugar de comportarse como un autómata sexual que nunca acaricia, besa o abraza. Hasta que un día comienzan a compartir horas en una soledad alejada de toda comodidad que arrasa con los límites y barreras que pudiera haber entre ellos. La mano tendida del recién llegado da rienda suelta en el prisionero de sus coordenadas familiares a un torrente de sensaciones y respuestas nunca antes conocidas que irá tomando forma a medida que cree y encuentre su cauce.

Entonces la cinta de Francis Lee alcanza una nueva dimensión. El valle rocoso de la tensión del choque de personalidades inicial desemboca en una llanura en la que con un tempo espontáneo y producto de su presente, comienza a explorarse lo que sucede cuando ambas se abren, se muestran y se comparten recíprocamente en un carpe diem que no excluye, pero que no se plantea el destino al que ese viaje les llevará. El resultado es una película más profunda, valiente, íntima y sensible, resultando más certera y auténtica, única.

Algo que es labor también, sin duda alguna, de su pareja protagonista, la viva encarnación de lo que dicen que en ocasiones es el amor, atracción invisible, química. Eso es lo que transmiten y derrochan Josh O´Connor y Alec Secareanu incluso cuando no están juntos, cuando no comparten plano se puede llegar a sentir en la piel como a cada uno de ellos le falta el otro. Ese es el espíritu de Tierra de Dios, tanto del concepto como de esta versión cinematográfica del mismo.

“Reparar a los vivos”

Para que alguien que necesita un corazón lo reciba hace falta que previamente fallezca quien se lo vaya a donar. Ambas situaciones conllevan un drama familiar de difícil enunciación cuya realidad solo conocen los equipos médicos involucrados. Esa energía que se mueve entre unos y otros en unas circunstancias tan difíciles, únicas y rápidas en el tiempo es lo que sabe elaborar y transmitir con suma precisión esta cinta. Mucha sensibilidad y delicadeza en una narración salpicada de momentos de gran lirismo.

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Los primeros minutos son todo ritmo, un joven apuesto de melena rubia deja a su chica durmiendo y él se desplaza por la noche de una ciudad francesa combinando bici y monopatín hasta subirse a un coche en el que junto a dos amigos se desplaza hasta una playa en la que se enfunda en un traje de neopreno y y se lanza al mar a surfear. En ese momento la historia que estaba comenzando a ser proyectada se transforma en una inmersión sensorial que va más allá de la experiencia subacuática de sus protagonistas. Es el primer gancho que Reparar a los vivos lanza al espectador para que este se sienta dentro del torrente emocional que está a punto de comenzar.

A partir de este momento la película deja de verse con los ojos y pasa a ser seguida con los latidos del corazón que se acompasan a la cadencia con que se desarrollan y suceden los acontecimientos. En primer lugar en el hospital en el que asistimos a una serie de secuencias magistrales en las que se combina a la perfección el proceso de estabilización médica con el aviso a la familia, la certificación del diagnóstico con el shock al recibir la crudeza de la información y el momento que confirma que no hay marcha atrás con la propuesta de proceder a la donación de los órganos. La tensión de la situación, la angustia emocional que desprenden los protagonistas –Emmanuelle Seigner llena la pantalla con su madurez actual igual que lo hacía con su belleza hace dos décadas- y la dureza de aceptar que lo que está ocurriendo solo tiene como opción aceptar su final no permiten un segundo de descanso.

Fuera del hospital la realidad es diferente, es calmada y reposada, como la de la resignación de Claire –Anne Dorval enamora a la cámara igual que lo hacía en la Mommy de Xavier Dolan- al asumir que su corazón está en su recta final. La intensidad de la anterior trama torna aquí en un melodrama más convencional, y por ello menos sorprendente, en el que se intuye una carrera profesional truncada, la renuncia a una historia de amor y una maternidad que después de dos décadas de ejercicio sigue siendo para ella la máxima prioridad personal.

Tanto en una historia como en otra, Katell Quillévéré va un paso más allá, se sumerge en la oscuridad emocional de sus tramas, evitando la manipulación sensible y los convencionalismos médicos para hacer que su película resulte veraz y creíble. En su primera parte recuerda vagamente al pasaje hospitalario de la Manuela de Almodovar en Todo sobre mi madre. En la segunda, los personajes tienen tras de sí mucho más de lo que muestran y bien podrían haber sido concebidos por Paul Verhoeven, aunque a buen seguro él los hubiera llevado por otros derroteros.

“Ábreme con cuidado”, literatura con nombre de mujer

Personas que quieren a personas, mujeres que desean a mujeres, lesbianas que aman a lesbianas. Relatos llenos de sensibilidad, cuentos con una delicadeza exquisita, historias que emocionan. Así son estas nueve narraciones inspiradas en otras tantas grandes figuras de la literatura femenina, en esas con suficiente autoestima para haber sabido abstraerse de los cánones absolutistas masculinos y dirigirse hacia lo que su cuerpo les conducía y a su mente les atraía. Nueve nombres actuales que las homenajean y que al tiempo demuestran que ellas también tienen un sitio propio en el panorama creativo más actual.

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Cuando se llega a la última página de esta antología se tiene la sensación de haber realizado un viaje completo por las distintas maneras de relacionarse y recordarse, establecer vínculos, practicar intimidad y sentir afecto con que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra vida. Desde episodios aparentemente superfluos como una reunión exclusivamente femenina en la que un incidente absurdo desata un episodio lleno de hilaridad, a momentos más trascendentes como una misiva post mortem en la que se deja testimonio de lo grande y lo pequeño, de los momentos valientes y de los no tantos que se compartieron. Tiempos de entrega y de distancia, de miradas encontradas y roces buscados, de palabras locuaces y declaraciones mudas.

Ese es uno de los grandes aciertos de “Ábreme con cuidado”, un título que ya de por sí transmite la delicadeza que alberga tras su portada. No sé si será una conjunción astral, un logro inesperado o un objetivo que se habían marcado los Dos Bigotes editores, pero los nueve capítulos independientes que conforman este título acaban encajando en algo que no es activismo, como podría parecer por la orientación (afectiva, sexual o como quiera que la denominemos) que comparten escritoras y referentes utilizados. No, eso es secundario, lo que transmiten estas páginas es más, es mucho de sensibilidad humana y otro tanto de calidad literaria.

El hacer introducir cada historia con un texto previo de su autora explicando el por qué o el cómo de su enfoque o inspiración, no hace sino acrecentar la sensación de que comparten con sus lectores unas ficciones que, aunque hayan sido encargadas, son una manifestación de su deseo de expresar emociones y de su sólida vocación como escritoras. Cada una con un estilo propio según el enfoque elegido: trasladando una narración de las páginas de Patricia Highsmith (Clara Asunción García) a la cotidianeidad que comparten unos personajes imaginados, colocando a Aphra Behn (Gloria Fortún) como elemento inspirador en un casual con muchos elementos de posible realidad, poniendo palabras en boca de Gloria Fuertes (Gloria Bosch Maza), ahondando en episodios de la biografía de Virginia Woolf (Pilar Bellver), repasando la vida amorosa de Carson McCullers (Lola Robles) y de Elizabeth Bishop (Carmen Nestares), imaginando anécdotas de Natalie Clifford Barney (Isabel Franc), intentando comprender a Marguerite Yourcenar (Carmen Samit) y entendiendo a Emily Dickinson (Carmen Cuenca).

Desde un punto de vista formal, la variedad de estilos narrativos, del uso de la prosa como elemento de acción, como medio de expresión de vivencias interiores o reflejo de la diferencia entre la rudeza del pensamiento y la diplomacia de la expresión verbal que puede darse en una persona, junto a diálogos vivos y directos en unos casos, o delicados y más contenidos en otros, constituyen otro de los elementos que me hacen muy placentero el recuerdo de haber sentido y haberme emocionado con la lectura de “Ábreme con cuidado”.

“Lo peor de todo es la luz” de José Luis Serrano

Un doble recorrido de amor a través de dos parejas masculinas. Una unida por un compromiso de vida, la otra por el lazo de la amistad. Una real y recreada, la otra de ficción y, por tanto, imaginada. Una narrativa sinuosamente analítica, envolvente, que va más allá de lo visible, profundizando en sus personajes hasta llegar a ese momento inicial y mágico en que nacen las emociones y las sensaciones que se convierten en recuerdos de un pasado, que se desdibuja con el paso del tiempo, o derivan en sentimientos que perviven y evolucionan hasta convertirse en parte intrínseca de nuestra identidad y nuestro proyecto vital.

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El tiempo pasa, unas veces tan rápido y otras tan lentamente que no nos damos cuenta de que hemos cambiado. Quizás no en nuestra mente, pero sí en nuestro cuerpo y en lo que vemos en nuestro entorno. Pero hay algo que hace patente la diferencia entre quiénes somos y quiénes soñábamos ser años, décadas atrás. Ese elemento que aplica una transparencia absoluta ante la que no tenemos opción alguna de ocultarnos es, según José Luis Serrano, la luz.

¿Quiénes somos hoy y quiénes éramos hace veinte años o durante la niñez? Basta mirar al cielo de la playa, a las farolas de la calle o a las bombillas que iluminan nuestra casa por la noche para, si somos sinceros con nosotros mismos, hacer un sencillo pero auténtico ejercicio de memoria y de reflexión. A partir de algo tan aparentemente simple, el autor de “Sebastián en la laguna” nos deja ver el grado de comunicación al que ha llegado con su marido tras dos décadas de relación. Tiempo en el que han pasado de despedirse en estaciones de autobuses con un apretón de manos a hacer de lo suyo una formalidad legal llamada matrimonio y a decírselo todo sin necesidad de articular palabras en paseos en el mes de agosto por Bilbao, las fantásticas playas de Larrabasterra y Plentzia o los acantilados que las circundan.

Es el verano de 2014 y José Luis barrunta en su cabeza una historia de amor entre dos hombres heterosexuales, Koldo y Edorta. Amor entendido como afecto, cariño y entrega, amor sin sexo, sin los convencionalismos que se le presupone al género y a la orientación sexual. Amor sin calificativos. Amor como el que él siente por su esposo, pero sin el objetivo de formar una familia y sin atracción ni práctica sexual. Dos personas entre las que surge un vínculo sin aparente explicación lógica, bien profundo, que aunque no se practique y se cultive sigue vivo pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, considerando siempre al otro como parte del presente y del futuro. La categoría de amigo en ellos no se entiende como un escalón en una jerarquía, sino como una forma de amor, tan grande, enriquecedora y llena de posibilidades como la que la tradición cultural nos dice que son patrimonio exclusivo del matrimonio y del lazo paterno-filial.

“Lo peor de todo es la luz” es una novela con momentos de ensayo y autobiografía que, aunque supongo pensada con la cabeza para darle estructura, parece escrita con el corazón. Solo de esa manera se explica la desnudez emocional que transmiten sus páginas, un ejercicio de total transparencia en el plano personal de su autor y uno de lirismo lleno de sensibilidad en su faceta como escritor. Al otro lado de las páginas, en su lector, su lectura provoca una ola de honda y profunda emoción de principio a fin que deja un poso de nostálgica felicidad y serena alegría que se podría resumir como ganas de vivir y de sentir.

“La tierra de los abetos puntiagudos” de Sarah Orne Jewett

Los lugares en los que aparentemente no sucede nada tienen el potencial para ser los más interesantes, esos en los que podemos vivir nuestro interior –corazón y mente- de manera más humana y natural, haciendo de él el verdadero protagonista de nuestra existencia al margen de normas o convenciones. Hasta ese espacio de autenticidad es donde nos propone llegar esta obra escrita en 1896 y que Dos Bigotes rescatan en su nueva propuesta editorial.

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Buscar el progreso personal es algo tan natural como el hecho de respirar o alimentarse cada día. Recurrimos para ello a multitud de recursos en los que esperamos encontrar la clave, la pieza o la respuesta que creemos nos falta o que nos haga sentir que hemos dado un paso adelante. Sin embargo, en muchas ocasiones bastaría con que miráramos a nuestro alrededor para encontrar las respuestas que nos den la inspiración que necesitamos para alcanzar la paz y la plenitud que deseamos. Esta pequeña novela de Sara Orne Jewett, bien podría ser esa joya que nos anime a sentir que si queremos, podemos, que el secreto de la satisfacción y la felicidad está en convivir con el lugar que nos rodea, conversar con las personas que lo habitan y conocer el legado de su historia, complementándonos con sus estaciones y su particular discurrir del tiempo.

El siglo XIX es en la literatura el de la sensibilidad a flor de piel, el de dejarse llevar por los impulsos y escuchar al corazón luchando contra las imposiciones de la razón. Es también el del realismo a la hora de mirar al entorno, haciendo de él un personaje con el que se convive y dialoga, dándole así un protagonismo que hasta entonces no había tenido.  Estilos, visiones y objetivos que confluyen haciendo surgir narraciones como la de la protagonista, y narradora en primera persona, de este título. Su búsqueda y sus ganas tranquilas de descubrir los referentes que la rodean invisiblemente en la pequeña localidad costera de Dunnet Landing (lugar de ficción en el estado de Maine, noreste de EE.UU.) se desarrollan con sosiego, las emociones fluyen libremente buscando en la naturaleza su reflejo, el devenir no es algo marcado sino que está por ser construido día a día. Las normas y las convenciones se diluyen y se percibe y disfruta la belleza de lo efímero, la fugacidad del instante.

Un lugar en el tiempo y el espacio creado con una prosa delicada y sensible, que se acerca a cada lugar que visita, a cada persona con la que se encuentra y a cada evento al que acude, con todos los sentidos a pleno rendimiento, pero siempre estableciendo vínculo, creando cercanía y ofreciendo intimidad. La narrativa de Orne Jewett hace de cada momento una experiencia completa eligiendo las palabras precisas, uniéndolas con el ritmo adecuado en sus frases y estructurando su historia en los capítulos necesarios para introducirnos, al igual que hace ella, en ese pequeño universo al que ha ido a parar para, poco a poco, dejar de ser una visitante y convertirse en una más de sus habitantes.

Aunque en ocasiones creamos que el pasado ya nos ha aportado todo lo que tenía, no está de más mirar hacia atrás, de cuando en cuando, en la historia de la literatura universal para llegar a coordenadas en las que no habíamos reparado hasta ahora. Como las de “La tierra de los abetos puntiagudos”, que nos hacen ver que el futuro se construye no solo creando, sino también conociendo y recuperando.

“Pride”, una gran película

Un título que va más allá de ser un magnífico entretenimiento y una historia contada de manera espléndida, tiene alma, transmite vida, ilusión y ganas de un mundo mejor, despierta el corazón y agita la mente.

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Han pasado ya treinta años de los acontecimientos que cuenta esta producción, las huelgas de mineros británicos frente a la administración Thatcher y su plan por acabar con la producción de carbón patrio. El gigante del liberalismo económico aplastando al pequeño David, comunidades locales dedicadas desde muchas generaciones atrás a explotar los recursos naturales más cercanos. Un diminuto agente económico, social y humano acusado por los que gobernaban de conservador e inmovilista por negarse a evolucionar y adaptarse a los nuevos principios que según ellos habían de regirnos como sociedad. Por otros, en cambio, considerados adelantados a su tiempo como precursores de la sostenibilidad. Frente a los planteamientos macroeconómicos de unos, la dura realidad microeconómica de los segundos, parece que hay cuestiones que siguen repitiéndose.

Los 80 fueron años convulsos, las coordenadas de bienestar social en las que se había asentado Occidente tras la II Guerra Mundial comenzaban a resultar insuficientes, ya no bastaba con vivir en un mundo sin guerras. Era el momento de dar un paso adelante y reconocer la diversidad, de pasar de una sociedad homogénea a una en que las diferencias se vieran como lo que son, como características enriquecedoras que forman parte de la naturalidad de la vida. Tras la revolución sexual de los 70 tocaba conseguir que lo que se practica en la intimidad tuviera también una faceta cotidiana, pública y visible, que el canon heterosexual dejara de ser una tabula rasa y se reconociera que la realidad está también formada por parejas de dos hombres o dos mujeres.

Así es como salieron a la luz dos realidades sociales y el binomio argumental que recoge esta película, el orgullo de una manera de ganarse la vida y el orgullo de una forma de ser ante la vida y como ambos pueden unirse para conseguir que lo que podría ser algo épico se convierta en lo que debe ser, en reconocimiento completo y transparente, sin ambigüedades ni condescendencias bajo términos condescendientes como aceptación o tolerancia.

“Pride” es un relato que recoge aquellos acontecimientos alejándose de los lugares comunes que tienen muchos “basado en hechos reales” y crea una estructura en la que da cabida a una serie de personajes que bien podrían ser una muestra sociológica de aquel momento. A su vez, dentro de ese espectro colectivo, cada uno de ellos tiene también su propio espacio individual, con sus sueños y esperanzas, miedos y deseos, manías y costumbres. Un completo universo humano entre Londres y una pequeña población de Gales en una historia escrita con una tremenda sensibilidad. El guión de Stephen Beresford es de una profunda e íntima autenticidad, construido tanto a través de instantes como de historias que se prolongan en el tiempo, de diálogos que son tan frescos y emotivos como sinceros y espontáneos. Piezas que encajan a la perfección mostrando cómo funcionan las relaciones en ambientes colectivos, festivos o familiares,  cómo surgen o se consolidan los vínculos entre personalidades similares o cómo de la unión de diferentes maneras de entender y vivir la vida puede surgir un gran enriquecimiento.

Sumado a este extraordinario punto de partida está la dirección de Matthew Warchus haciendo que la cámara plasme esas identidades y momentos de nuestra historia reciente como testigo natural, sin efectismo alguno, encuadrando de manera cercana un repertorio de situaciones y momentos cotidianos que se convierten en extraordinarios cuando las personas dejan a un lado los convencionalismos y muestran su lado más humano. Sin perder la sonrisa, con el buen humor como bandera y dejándonos sorprender por lo que la vida tiene por enseñarnos demuestra que de la unión surge la fuerza y si nos sumamos, nos  enriquecemos y mejoramos.

El tercer brillante pilar que conforma “Pride”, los actores de su extenso reparto coral, entre los que destacan el brillante Bill Nighy amante de la poesía, la enérgica Imelda Staunton convencida de sus valores, un vibrante Dominic West liberado de pudores y prejuicios, o jóvenes caras como las de Ben Schnetzer como el impulsor de que el movimiento gay apoye al de los mineros, George MacKay pugnando por no dejarse hundir por las imposiciones familiares o Faye Marsai demostrando que si se lucha se consigue ser libre.

Súmese a todo esto otro motivo más para disfrutar con esta película, su banda sonora. Más de 30 canciones utilizadas en el momento correcto según su ritmo y letra y que podría considerarse no solo la de la Inglaterra de aquellos primeros años 80, sino también la de toda Europa con grupos como Queen (I want to break free), Frankie goes to Hollywood (Relax), Pet shop boys (West end girls), Bananarama (Robert de Niro’s waiting) o The Communards (For a friend).

De vez en cuando llegan a la cartelera estrenos que sin trailers efectistas ni campañas de marketing basadas en el bombardeo mediático brillan con luz propia y se quedan de manera perenne en el recuerdo de sus espectadores, convertidos además en hacedores de su notoriedad a partir del boca a boca que ellos mismos generan. “Pride” es un claro y merecedor ejemplo de su éxito, el de hoy ya lo ha conseguido, ahora solo queda ver si este merecido reconocimiento conseguirá el logro de permanecer con el paso del tiempo.