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“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb

Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

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En su inicio parece que esta va a ser la historia de Marie, una joven de diecinueve años de extraordinaria belleza, pero de mayor orgullo aún, cuya autoestima vive de la atracción, envidia y celos que su físico genera tanto entre hombres como mujeres. Hasta que nace su hija Diane, con quien no ejerce de madre en ningún momento, llegando incluso a ignorar hasta su presencia física. Así es como esa niña nacida en 1971 -y que afortunadamente sí cuenta con el amor de su padre y sus abuelos- toma conciencia de su existencia y se va construyendo su sitio en el mundo.

A través de lo que ve, lo que escucha y sus reflexiones interiores le da sentido a lo que no le encaja e intenta aliviar lo que le duele para lograr un doble objetivo, sobrevivir a aquello a lo que está irremediablemente unida, al tiempo que conseguir avanzar. Algo así como si uno de los huevos de Mama, la escultórica araña de Louise Bourgeois se viera fuera de su red contenedora, pero la tuviera siempre presente en su campo de visión. Una neurosis que Nothomb muestra sin descripciones explicativas, recurriendo única y exclusivamente a la acción, en un logrado ejercicio de síntesis sobre el comportamiento y la conducta humana.

Golpéate al corazón es tan directo como su título. Su objetivo no es ser realista, sino verosímil. No pretende que razones o elucubres, sino que te veas en la misma necesidad que su protagonista, todo o nada, la extrema inteligencia o la locura, el funambulismo exitoso o caer en el abismo de tu interior. Su brevedad no resulta somera, va pasando por todas las etapas de la formación emocional e intelectual de su protagonista dejando ver las decisiones que ha tomado, pero sin olvidar que cada una de ellas tiene consecuencias con las que ha de lidiar, espejos inesperados, circunstancias que se repiten y personas que van a seguir ahí, sí o sí.

Con su particular estilo (Estupor y temblores) entre la acidez, la ironía y una estoica asertividad -paradójica cuando se habla de cuestiones emocionales- y utilizando a Diane como hilo argumental, lo que Amélie realmente nos cuenta es que nuestra vida se inicia con un destino no tan libre y abierto como nos creemos. En el que tenemos opciones individuales, pero dentro de unas coordenadas que vienen marcadas por quienes nos engendraron.

Su mensaje entre líneas, bien para compartirlo con nosotros, bien para recordárselo a sí misma, es que una vida sana y mentalmente equilibrada pasa por ser conscientes de las coordenadas familiares y emocionales en las que venimos al mundo. Y a partir de ahí, asumir como propio lo que nos conviene, dejar atrás lo que no y convivir de la manera más saludable posible con las partes irrenunciables, como son los lazos biológicos y la inevitable afectividad que estos conllevan, por muy negados o no manifestados que hayan estado.

Golpéate el corazón, Amélie Nothomb, 2019, Editorial Anagrama.

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“La geometría del trigo” y de lo pendiente

Meses después de ser editado, Alberto Conejero dirige sobre las tablas del Teatro Valle Inclán su propio texto con una puesta en escena que gira en torno al poder de la palabra, la presencia física y la ausencia espiritual. Tres elementos fundamentales con los que conecta el presente con un potente pasado gracias al excelente trabajo de los intérpretes que encarnan a los personajes que lo habitan.

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Las limitaciones presupuestarias de producción mandan y el montaje de esta excelente creación de Conejero no cuenta con las propuestas escenográficas que planteaba en la primera edición (ya va por la segunda) que la editorial Dos Bigotes publicó en junio pasado. Pero la solución por la que opta para resolverlo es más que correcta, hacer aún más protagonistas a los personajes sobre el escenario, a lo que tienen que decir y a lo que callan, y a cómo están unidos se relacionen o no. Bajo esa premisa es como una joven pareja se traslada desde la Barcelona actual hasta un pueblo minero jienense de décadas atrás. Allí, un reciente matrimonio espera a su primer hijo y reciben la visita de un amigo del marido al que este hacía muchos años que no veía.

La motivación del viaje es la noticia de que el padre de Joan, hombre al que nunca conoció, ha muerto, lo que pone de relieve no solo esa ausencia perenne, sino la falta de rumbo en que parece estar sumida tanto su relación como él mismo. Esa búsqueda de sentido, de objetivos, de proyecto de vida no solo suya, sino de casi todos los personajes es lo que se respira de principio a fin de la representación. Les falta el oxígeno de la identidad, de saber quiénes son de manera individual y si pertenecen a un nosotros, de qué está formado ese hipotético binomio de complementariedad y reciprocidad.

Una atmósfera de intimidad cercana a la confesión y de anhelo de comunión creada con los claroscuros y las penumbras de una excelente iluminación, con un escenario que aúna de manera natural en su suelo rural y su pared agrietada todas las dimensiones (espaciales, temporales y emocionales) que se relatan, y con una dimensión acústica que aúna en las mismas coordenadas el ritmo respiratorio, el pulso cardíaco y el latido anímico de los personajes y de sus espectadores.

Una base sobre la que Consuelo Trujillo borda a esa mujer que representa la autoridad, la entrega y el instinto protector de la maternidad, pero también la sabiduría, la sensatez y la tranquilidad reposada de la experiencia de vida, de quien es la más vieja del lugar. Tras ella el triángulo afectivo-amistoso que conforman Zaira Montes, Juan Vinuesa y José Troncoso, tres presencias energéticas que lo llenan todo con su derroche de poesía, con la transparencia con que dejan ver a quienes encarnan y con el equilibrio con que transmiten la tensión entre el deseo y el deber, los anhelos y la frustración y el protagonismo que su ayer tiene en nuestro hoy. Un presente que pasa más desapercibido por lo que tiene de cercanía y de proyecto en construcción, pero que cumple su papel de motivar la mirada hacia el pasado y de mostrar el vacío de los asuntos por resolver, comprender y respetar.

La geometría del trigo es aparentemente sencilla en su propuesta escénica –con todos los personajes siempre en escena- y en su mensaje –con un lirismo de aires lorquianos-, pero la claridad de su exposición hace que llegue hondo y provoque un eco de profunda emoción, ese por el que merece mucho la pena ir al teatro a ver y a verse.

La geometría del trigo, en el Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid).

“Lorca, el poeta y su pueblo” de Arturo Barea

El autor de “La forja de un rebelde” acercaba en 1944 la figura de Lorca a sus lectores ingleses a través de este conjunto de conferencias que hasta ahora nunca antes se había editado en España. Un ensayo que disecciona las claves que hacen del granadino una figura única de la literatura española y que supone también una muestra del buen saber hacer narrativo y de la capacidad de análisis y síntesis de su autor.

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La Guerra Civil mató a Federico y empujó a Arturo al exilio. Ambos se vieron en el punto de mira de los nacionales por su dominio de la palabra y su defensa de la libertad de expresión. Aunque no se llegaron a encontrar nunca en persona, Barea fue un profundo conocedor y admirador de García Lorca, tal y como demuestra este volumen en el que disecciona con suma precisión –a través de una muy cuidadosa selección de versos, diálogos y parlamentos – su obra, estilo e impronta universal –sin dejar de ser profundamente español- en base a cuatro pilares (pueblo, sexo, muerte y arte).

Al contrario de lo que pudiera parecer, el escritor del Romancero gitano o del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías fue profundamente intelectual, un innovador constructor de versos a la manera de su admirado Góngora, pero fue más allá de esa habilidad para centrarse en lo que para él era importante, en reflejar los sentimientos y las emociones. Esa autoridad y capacidad para llegar, agitar y conmover a todos los públicos, tanto a los formados como a los que no sabían siquiera leer, fue lo que le hizo tan reconocido. Su empatía a la hora de ejercer de altavoz del sentir popular, de ensalzar poéticamente los valores, conceptos y expresiones del común de sus conciudadanos –de su identidad, en definitiva- hizo que los incultos y los iletrados se sintieran valorados y reivindicados. Un logro que consiguió también con su exitosa dirección de La Barraca, trasladando ante este tipo de espectadores el mensaje de autores clásicos como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

El nacido en Fuentevaqueros describió y dio voz, tanto en su poesía como en su teatro, a un  profundo universo etnográfico, social y cultural como nadie había hecho hasta entonces y como ninguno de sus compañeros de la generación del 27 supo hacer. He ahí dramaturgias como Mariana Pineda, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba o Yerma en las que sus espectadores y lectores podían ver cómo sus personajes pensaban y actuaban igual que ellos en temas como el honor, la maternidad, el amor o la familia. En sus tramas no se exagera ni se banaliza, no se altera ni se vacía de su esencia el papel y los significados que para la sociedad de su tiempo tenían cuestiones como la muerte o el sexo, así como las jerarquías que había tanto entre hombres y mujeres como entre padres e hijos.

Esta es la clave que según Barea hizo que Lorca fuera considerado revolucionario y peligroso por los que se negaban al cambio y a la evolución. Por su genio para hacer que los hasta entonces no considerados se empoderaran, sintiéndose orgullosos de quiénes eran.

“He nacido para verte sonreír”

El vínculo entre una madre y un hijo es eterno, constante, profundo, íntimo. No hay silencios, impedimentos o retos que puedan con él. Siempre estará ahí, tal y como lo expresa Isabel Ordaz, eterno, vigente e incorruptible, y como se lo devuelve Nacho Sánchez, etéreo e invisible, pero haciendo que con su sola presencia, con su cuerpo, lo llene todo. Pablo Messiez resulta una vez más, gracias a su delicadeza y empatía, un maestro creando y transmitiendo emociones.

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Santiago Loza disecciona con gran pulcritud y sencillez el sentido, el espíritu y la vivencia de la maternidad imaginando el último día juntos de una madre y un hijo. Después de los nueve meses en que él se estuvo formando dentro de ella, de los muchos años en que han compartido tiempo y techo, ahora ha llegado el momento de poner distancia. Normalmente los descendientes se marchan porque se independizan, pero en el escenario de la Abadía no es eso lo que va a ocurrir. Aquí, y en cuanto el padre llegue a casa, el hijo será trasladado a un centro médico en el que quedará ingresado para ser cuidado y atendido conforme a lo que demanda su estado mental.

Esperando a que llegue la hora de partir, ella es la que, tal y como ha sido siempre, habla, piensa y decide por los dos. La que nos cuenta cómo es el día a día de esta familia, causando sonrisas con las anécdotas del personal de servicio que les atiende, dándonos a conocer los valores por los que se rige su hogar y la prolongada historia que hay tras esta jornada, toda una vida en común que se inició el día en que se casó décadas atrás. Él no tiene discurso porque no le surge, porque no sabe elaborarlo, pero lo que sí sabe hacer es estar. Su cuerpo es el medio a través del cual se comunica, unas veces con su mera presencia, otras con su movimiento, las miradas de sus ojos y los sonidos de su garganta.

Isabel Ordaz construye una mujer que es también madre y esposa, un ser comprometido con lo que le ha dado la vida, con ironía y aparente buen humor, pero en cuyo cuerpo se dejan ver ya las señales del cansancio y el sacrificio que conlleva un hijo que nunca llegó a convertirse en un adulto, que nunca ha dejado de ser un niño de corta edad. Al comenzar la función parece que Nacho Sánchez va a ser el elemento necesario para el trabajo de Isabel. Sin embargo, su mudez no le convierte en parte de la escenografía ni le resta protagonismo, no es más que un hándicap que el que fuera una de las revelaciones de La piedra oscura convierte en una de las fortalezas de su interpretación. El trabajo corporal que Sánchez realiza es algo mágico, pura virtuosidad, cómo sin articular palabras se puede decir tanto.

Detrás de todo ello una atmósfera que se va formando poco a poco, sin premuras ni prisas, pero también sin pausa. Al mismo ritmo con que el texto profundiza en el presente y el pasado, la individualidad de cada personaje, la dualidad que conforman y la familia de la que son parte, la dirección de Messiez hace que se cree una comunión que va más allá de la de los actores con sus papeles para pasar a ser la de lo que sucede en escena –mostrándose, ofreciéndose y entregándose- con un público que sale de la sala afectado y conmovido no por lo que ha visto, sino por lo que ha sentido.

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He nacido para verte sonreír, en el Teatro de la Abadía (Madrid).

 

“Todo el tiempo del mundo”, todos los momentos de tu vida

Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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Cuando se apagan las luces de la función y Todo el tiempo del mundo llega a su fin, el corazón se te encoge y sientes que se está acabando una ilusión que a diferencia de lo habitual, no te ha trasladado a una fantasía, a una irrealidad. A donde descubres que te ha llevado es a tu interior, a ese punto único de tu corazón donde confluyen todas las conexiones que te hacen ser quien eres. Un viaje de algo más de hora y media que se me asemeja a ese instante anterior a la muerte en el que dicen que pasan por delante de ti los grandes momentos de tu biografía. Pues de manera parecida, pero homenajeando la sensación y las ganas de sentirse vivo es esta obra, un espejo que te pone frente a frente con tu propia vida, con tus sueños, tus esperanzas y tus anhelos, pero también con tus miedos, tus incomprensiones y tus incapacidades.

Te hace mirar de manera amable y cercana a aquel que fuiste ayer, al que querías ser hoy y al que esperas llegar a ser reconocido algún día, no solo por los que hoy te rodean, sino por aquellos que quizás aún no conoces. Una explosión emocional, pero no a la manera de un tobogán o una caída libre, sino controlada y delicada. El texto y la dirección de Pablo Messiez son un compañero de viaje –que resultas ser tú mismo- que te lleva de la mano para que te relajes, dejes a un lado prejuicios, máscaras, corazas y demás quimeras y te entregues al viaje interior que lo que estás viendo y escuchando te invita a realizar y que gustosamente aceptas y llevas a cabo.

En el escenario se escenifica una zapatería, pero da igual el lugar. Podría ser este como un bar, una escuela o una consulta médica. Cada espectador lo hace suyo gracias a la magia de los textos dialogados y monologados que escucha –graciosos, emocionantes, reflexivos, inspiradores,…, ágiles, líricos, sosegados, procaces,…- y  a las entradas y salidas de escena tan bien manejadas de unos personajes cuyas interpretaciones destilan autenticidad y transmiten una humanidad que es más que teatral, es verdad.

La maternidad y la paternidad vista desde el punto de vista del nieto y del hijo convertido después en padre. El cariño transformado en amor devenido en algo que está por encima de la salud y la enfermedad, de la riqueza y la pobreza, del bien y del mal. La fuerza y las mil posibilidades de la juventud conviviendo con el sosiego y la aceptación del fin de la madurez. Todo eso es lo que Pablo Messiez expone sobre el escenario, de una manera tan sublime que hace que Todos el tiempo del mundo no se sienta como una función pensada y representada para un ente abstracto llamado público, sino de manera exclusiva y personalizada por cada uno de sus espectadores.

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Todo el tiempo del mundo, en Naves del Español (Madrid).

Lo mejor está en “El porvenir”

Isabelle Huppert está tan deslumbrante que parece que lo es todo en esta película. Pero hay más, hay un guión muy bien construido que toca de manera equilibrada todos los planos de una biografía. Y una dirección que sabe hacer de la cotidianidad imágenes bellas y secuencias que se encadenan con la misma armonía con que se suceden las horas del día o las estaciones del año.

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Los años pasan y tu marido ya no es el hombre que te amaba sino el que duerme a tu lado; tu madre no es la persona que te cuidaba sino de la que tú te haces cargo; tus hijos ya no dependen de ti, se han convertido en seres ausentes que viven su propia vida; y en tu trabajo como profesora de filosofía en secundaria ves cómo el sistema educativo y el progreso de la sociedad está trayendo consigo jóvenes que luchan sin saber por y para qué, a los que la falta de principios y valores claros les está manipulando y sometiendo. Esas son las coordenadas en las que se mueve cada día Nathalie Chazeaux, con un punto de automatismo inconsciente, guiada por la costumbre, dejando que el estímulo le llegue únicamente a través de sus lecturas filosóficas y su colaboración con una editorial. Lo demás está bien tal y como está, un aparente equilibrio que a ella le vale.

A partir de esta estructura de esposa-madre-hija-profesional que cumplen tantas mujeres, Mia Hansen-Love nos introduce en una realidad que tiene tanto de particular e individual como de común con la mayor parte de los seres humanos de mediana edad del mundo occidental. Las situaciones, decisiones, dilemas y cambios a que ha de hacer frente Nathalie no son diferentes a los de cualquier otra persona, pero están mostrados con una delicadeza que los hace únicos, resaltando las sensaciones que provoca su vivencia y dejando claro –sin estridencias ni dramas- los sentimientos que generan.

Hansen-Love dirige la historia que ha escrito con una doble mirada, esa con que nos vemos desde fuera a nosotros mismos en los momentos de introspección, pero también la que posamos cada día sobre nuestro monótono alrededor cuando algo nos llama la atención y nos despierta la curiosidad. Prestando atención a los pequeños detalles –una canción, una cita literaria, un mapa,…-, pero haciendo de ellos únicamente lo que son, una extensión de la personalidad y los hábitos de sus personajes. Pinceladas que nos ayudan a concretarlos, pero que no le roban protagonismo a lo que es la verdadera manera de conocerlos, a través de lo que dicen, de cómo se mueven y cómo miran y se miran.

Isabelle Huppert es la protagonista con creces de El porvenir, no solo por ser la que mayor tiempo pasa en pantalla y ser su vida los acontecimientos que se están narrando, sino por todo lo que expresan sus ojos, su manera de gesticular con las manos, su siempre preciso saber estar y elegante caminar en los Alpes, en París o en una playa de la Bretaña,… No hay un solo instante en que no se pueda definir su trabajo como perfecto. Su capacidad interpretativa hace que Nathalie no sea solo una personalidad única, sino que es más, somos también los espectadores, desdoblados en dos planos, mirándola completamente entregados desde la butaca y haciendo de su corazón el nuestro.