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Mirada sensible y honesta sobre «La maternal»

Tras su buen hacer con “Las niñas”, Pilar Palomero suma ahora el de esta cinta en la que sigue fijándose en aquellos a quienes no escuchamos ni consideramos como debiéramos. Los que quedan fuera del sistema por su edad, su falta de recursos y su comportamiento. Personas que merecen la sensibilidad y la seriedad, la escucha y la guía con que ella les muestra en esta ficción en la que deslumbra la mirada, el gesto y el verbo de su protagonista, Carla Quílez.  

De aquellos barros… Carla muestra desinhibidamente su interés por el sexo. No respeta los límites. A excepción de su mejor amigo, socializar no es lo suyo. Su madre está más pendiente de sí misma que de ella… Estos lodos. Una revisión médica descubre que está embarazada. No queda otra que ingresar en un centro para adolescentes a las que la maternidad les da la vuelta. Otro revolcón más de la vida, pero esta vez sin posibilidad de rehuir las consecuencias y seguir escapando hacia delante, sin rumbo y sin mayor pretensión que la de sobrevivir. La metamorfosis temporal de su cuerpo y el tener que hacerse cargo de un recién nacido después cae sobre ellas como un manto que lo tapa todo. Coordenadas transformadoras que abren nuestras ventanas y oportunidades, pero que también tensionan y frustran.  

Un drama, mas también una situación muy humana en la que impera el asombro y la sorpresa, el desconocimiento y la incapacidad, la superación y el agotamiento. Pilar Palomero se sitúa de este lado, escribiendo una historia que sigue a sus protagonistas en su vivencia de situaciones y emociones nunca antes experimentadas o imaginadas. En ningún momento les impone circunstancias o realidades con las que facilitar la progresión de su guión o su materialización audiovisual. Su máxima es la de la credibilidad, y lo consigue sin caer nunca en lo testimonial o lo confesional, la recreación o lo documental.

La mirada de Palomero destila integridad y su narración sensibilidad, respeto y compromiso con la verdad, la hondura y la complejidad de lo que sienten ese grupo de chavalas que por circunstancias diversas -pero coincidentes en la falta de protección, cuidado y guía de sus mayores- han confluido en ese centro en el que los asistentes sociales les apoyan, a la par que les acotan el terreno. Cada una de esas chicas nació mucho antes de aparecer en la pantalla y siguen existiendo tras finalizar la proyección. Son auténticas en su construcción, espontáneas en su expresión y frescas en su comportamiento.

A su vez, la dirección de Pilar conforma un cuadro que no elude el difícil encaje de las muchas aristas de su situación. El papel de los padres, a los que no excusa, pero tampoco culpa. El de una sociedad en la que prima lo inmediato y lo rápido, el aquí y ahora sin considerar, evaluar o prever las derivadas. Y el perímetro de un sistema incompleto e imperfecto, aunque con profesionales comprometidos y capaces. Dos horas en las que ni siquiera nos planteamos si estamos dentro porque desde el primer fotograma quedamos atrapados por la versatilidad de Carla Quílez, intérprete novel hábil en su misión de aunar el torrente emocional de su personaje con la agresividad de sus exabruptos y la coraza de su debilidad. Súmese a ella la confrontación, el espejo y el paralelismo que muestra Ángela Cervantes como su madre.

La maternal es una película válida y buena por sí misma, gana puntos si se tiene en el recuerdo Las niñas, la anterior película de su directora y guionista porque demuestra su capacidad para entrar con cuidado, detallismo y objetividad en universos muy particulares sin necesidad de repetirse. El tiempo nos dirá si el díptico que ahora surge evoluciona en tríptico o si serán otros los temas y asuntos a los que dará forma con su creatividad.

“Cinco lobitos”, la vida que te ha tocado vivir

El cine se convierte en un arte cuando una película resulta más que la suma de todos los elementos que la conforman. Eso es lo que ocurre con esta cinta que nos muestra los múltiples prismas de la maternidad y la versatilidad a la que se ven abocadas muchas mujeres como resultado de ésta. Un guión redondo, dos actrices soberbias -Laia Costa y Susi Sánchez- y una dirección tras la cámara sensible e inteligente.

Ayer salí roto de los multicines a los que suelo acudir. Me habían llegado donde solo lo hace la realidad que reconozco cuando soy mi único interlocutor. A esa parte de mí que muestro camuflada de comprensión, aceptación y madurez por miedo a entrar de lleno en ese territorio en el que nos sabemos dependientes y necesitados del afecto, el reconocimiento y la validación de nuestros mayores y responsables, sin manual de instrucciones, del bienestar y la felicidad de quienes vivirán a nuestra vera hasta que se valgan por sí mismos. Y sucedió por algo que contiene, articula y ofrece Cinco Lobitos, verdad.

Verdad auténtica, sincera, desnuda, transparente, sin matices, absoluta. Y sin embargo, solo válida como testimonio de Amaia. Madre primeriza a sus 35 años, trabajadora autónoma, pareja de un hombre en las mismas circunstancias, e hija de unos padres que viven a más de cuatrocientos kilómetros. Relato diferente al de cualquier otra mujer, aunque a la par análogo en muchos de los asuntos tratados y similar en las circunstancias mostradas. El estrés y la inseguridad que le genera el hecho de ser madre le servirá a quien la parió décadas atrás para recordar su propia vivencia con una mirada relajada, al tiempo que le permite, a quien entonces fuera una niña, tomar conciencia de cuánto hicieron por ella.

Es difícil lograr que una historia sea más verosímil que la que ha escrito Alauda Ruiz de Azúa. El detalle de su ejercicio de edición y síntesis logra que nos sintamos completos con lo que vemos. Todos sus elementos están correctamente medidos y relacionados, siendo prioritarios cuando les corresponde, pero formando parte antes y después del segundo plano de las cuestiones transversales que definen, estructuran y sustentan tanto el largo plazo como el día a día de la biografía de cualquier persona. Hay emoción y fluidez en su narración audiovisual, utiliza los encuadres más cercanos para mostrar y los abre cuando sus personajes necesitan revelarse. La combinación de movimiento, expresión y escenografía, en la composición de sus planos, revela un sentido del ritmo exquisito, plasmado en un montaje impecable.

Un trabajo que crece por el modo en que se fusiona con las interpretaciones de Laia Costa y Susi Sánchez. Dos protagonistas que se apoyan, aportan y suman, cuya excelencia se retroalimenta por la existencia y la presencia de la otra. Dos papeles que, si sobre el papel son oro, en la pantalla resultan dos recitales que, aun así, resultan humildes y diáfanas. He ahí la manera en que se complementan e integran en su universo a Ramón Barea y a Mikel Bustamante, eficaces en su misión de encarnar a dos secundarios con rol propio.

En Cinco lobitos hay poesía y sencillez, humor e ironía, rabia y aceptación, trascendencia y liviandad. Ruiz de Azúa ha dirigido una película que contiene todo aquello que nos demuestra que las dificultades, el desconocimiento y el buscar vías por las que seguir forma siempre parte de la vida. Lo es de la nuestra, lo fue ya antes de la de nuestros padres y lo será, incluso cuando ya estén ellos solos, de la de nuestros hijos y sus nietos.

“Lo que pasa de noche” de Peter Cameron

Narración, personajes e historia tan fríos como desconcertantes en su actuación, expresión y descripción. Coordenadas de un mundo a caballo entre el realismo y la distopía en el que lo creíble no tiene porqué coincidir con lo verosímil ni lo posible con lo demostrable. Una prosa que inquieta por su aspereza, pero que, una vez dentro, atrapa por su capacidad para generar una vivencia tan espiritual como sensorial.

Una pareja residente en Nueva York acude a un punto del ártico europeo para recoger al hijo que se disponen a adoptar. Un lugar en el que el invierno es más su estado mental y físico que una estación del año. Habitantes y personas de paso tan peculiares y auténticas como difíciles de definir y de prever. Esos son los tres pilares con los que Peter Cameron juega a ser una suerte de David Lynch literario, acercándose en ocasiones al artificio de lo ilógico sostenido por la sobriedad de su prosa, pero equilibrándolo con la correcta combinación de luces y sombras en la aséptica presentación que realiza de la personalidad, motivaciones y comportamiento de sus personajes.

En ningún momento conocemos los nombres ni la edad de los esposos protagonistas, personas que, provenientes del mundo real, se adentran en una fantasía en la que priman el silencio, la soledad y la incomunicación. Una geografía que no solo enmarca y ambienta, sino que también influye y condiciona lo que sucede en sus coordenadas, quizás situadas en ese punto septentrional en el que convergen las fronteras de Noruega, Finlandia y Rusia. Una localización determinada, más por su espíritu kafkiano que por su fijación en un mapa, y en cuyos asépticos interiores y exteriores dominados por el blanco de la nieve se respira una indudable sensación de irrealidad. Un mundo que responde a principios imposibles de transmitir a través de la palabra, solo comprensibles para aquellos que lo habitan desde tiempos pretéritos y que mantienen con él un vínculo umbilical.

Cameron plasma la magnitud de este universo, y su concreción temporal, a través de una escritura parca y con aires de objetividad en la que priman los hechos, las presencias y los contactos interpersonales sobre los valores con que actúa cada individuo, los objetivos que persigue y la moral que determina su manera de proceder. Traslada a su estilo la displicencia que nos relata con una edición estilística en la que no identifica los diálogos, sino que los imbrica en la narración como si fueran un discurrir en el que no hay separación ni distancia entre lo visible y compartido y lo interior y reservado.

Nos contagia así la desubicación que sienten los aspirantes a padres, confundidos por no entender las claves que determinan el funcionamiento de esta ciudad tan significativa y crucial para el futuro de sus vidas. En ella ven puestas a prueba tanto su capacidad de adaptación a nivel individual, como la solidez y los fundamentos de su unión. Podría ser que quien diseccionara el inicio de la adultez en Algún día este dolor te será útil (2007), se hubiera propuesto reflexionar alegóricamente sobre lo que suponen la maternidad y la paternidad y el rol que esta tienen en el compromiso matrimonial. Dudas que Lo que pasa de noche no resuelve, pero que dejan un eco que hace que su lectura perdure en el ánimo y en la memoria de su lector.

Lo que pasa de noche, Peter Cameron, 2020 (2022 en castellano), Libros del Asteroide.

10 películas de 2021

Cintas vistas a través de plataformas en streaming y otras en salas. Españolas, europeas y norteamericanas. Documentales y ficción al uso. Superhéroes que cierran etapa, mirada directa al fenómeno del terrorismo y personajes únicos en su fragilidad. Y un musical fantástico.

«Fragmentos de una mujer». El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

«Collective». Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

«Maixabel». Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

«Sin tiempo para morir». La nueva entrega del agente 007 no defrauda. No ofrece nada nuevo, pero imprime aún más velocidad y ritmo a su nueva misión para mantenernos pegados a la pantalla. Guiños a antiguas aventuras y a la geopolítica actual en un guión que va de giro en giro hasta una recta final en que se relaja y llegan las sorpresas con las que se cierra la etapa del magnético Daniel Craig al frente de la saga.

«Quién lo impide». Documental riguroso en el que sus protagonistas marcan con sus intereses, forma de ser y preguntas los argumentos, ritmos y tonos del muy particular retrato adolescente que conforman. Jóvenes que no solo se exponen ante la cámara, sino que juegan también a ser ellos mismos ante ella haciendo que su relato sea tan auténtico y real, sencillo y complejo, como sus propias vidas.

«Traidores». Un documental que se retrotrae en el tiempo de la mano de sus protagonistas para transmitirnos no solo el recuerdo de su vivencia, sino también el análisis de lo transcurrido desde entonces, así como la explicación de su propia evolución. Reflexiones a cámara salpicadas por la experiencia de su realizador en un ejercicio con el que cerrar su propio círculo biográfico.

«tick, tick… Boom!» Nunca dejes de luchar por tu sueño. Sentencia que el creador de Rent debió escuchar una y mil veces a lo largo de su vida. Pero esta fue cruel con él. Le mató cuando tenía 35 años, el día antes del estreno de la producción que hizo que el mundo se fijara en él. Lin-Manuel Miranda le rinde tributo contándonos quién y cómo era a la par que expone cómo fraguó su anterior musical, obra hasta ahora desconocida para casi todos nosotros.

«La hija». Manuel Martín Cuenca demuestra una vez más que lo suyo es el manejo del tiempo. Recurso que con su sola presencia y extensión moldea atmósferas, personajes y acontecimientos. Elemento rotundo que con acierto y disciplina marca el ritmo del montaje, la progresión del guión y el tono de las interpretaciones. El resultado somos los espectadores pegados a la butaca intrigados, sorprendidos y angustiados por el buen hacer cinematográfico al que asistimos.

«El poder del perro». Jane Campion vuelve a demostrar que lo suyo es la interacción entre personajes de expresión agreste e interior hermético con paisajes que marcan su forma de ser a la par que les reflejan. Una cinta técnicamente perfecta y de una sobriedad narrativa tan árida que su enigma está en encontrar qué hay de invisible en su transparencia. Como centro y colofón de todo ello, las extraordinarias interpretaciones de todos sus actores.

«Fue la mano de Dios». Sorrentino se auto traslada al Nápoles de los años 80 para construir primero una égloga de la familia y una disección de la soledad después. Con un tono prudente, yendo de las atmósferas a los personajes, primando lo sensorial y emocional sobre lo narrativo. Lo cotidiano combinado con lo nuclear, lo que damos por sentado derrumbado por lo inesperado en una película alegre y derrochona, pero también tierna y dramática.

«Madres paralelas», la historia que somos

Cogido de las manos de una soberbia Penélope Cruz y una sorprendente Milena Smit, Almodóvar se lanza al retrato de las esencias. De la maternidad, del vínculo biológico, afectivo y espiritual que une a toda madre con el fruto de su vientre. Y de la identidad familiar, aquella que va más allá de unos genes y que nos une indisolublemente con los que nos precedieron y con los que están por venir. Dos historias bien trazadas, aunque no plenamente unidas y más estructuradas que dejadas fluir.    

Si hay algo por lo que va a ser siempre recordada esta cinta es por el trabajo de Penélope Cruz. Decir que lo que la de Alcobendas logra aquí no lo había conseguido nunca antes sería falso, pero su encarnación de Janis es tan completa y sobresaliente, que será difícil separar el conjunto de lo que es Madres paralelas de su lección magistral de lo que supone mostrar, mirar y dejar ver más allá de la imagen que capta la cámara. Una mujer aparentemente sencilla, pero con sus contradicciones y complejidades; resolutiva, pero también con dificultades e imposibilidades; decidida en lo que tiene que ver con los demás, pero sumamente cautelosa con cuanto tiene que ver consigo misma.

Todo eso es quien ya trabajara a las órdenes del manchego en Carne trémula (1997), Volver (2006) o Dolor y gloria (2019). Una simbiosis en la que se llega a poner en duda si la historia es anterior a su personaje o si el guión fue escrito con el propósito de que ella desplegara semejante recital interpretativo. Una maestría a la que se acopla como un guante Malena Smit, complementándose con Penélope de una manera sutil, discreta y elegante, sin competir con ella ni pretender brillar por sí misma, lo que unido a su caracterización le da un protagonismo magnético e hipnótico que engrandece la película.

Algo así sucede con Rossy de Palma, son pocas las secuencias en que aparece, pero la presencia que transmite y el tono que le da a sus frases, bien pudieran ser la excusa para hacer un spin-off de su papel. Por su parte, Aitana Sánchez-Gijón resulta un conglomerado de reminiscencias con las que Almodóvar juega a los espejos. Interpreta a una actriz de teatro, a sí misma podría decirse, y el texto que tiene entre sus manos es Doña Rosita, la soltera de Federico García Lorca. Algo que recuerda a otra actriz con un conflictivo sentido de la maternidad, Huma Rojo, quien pusiera su voz y su cuerpo a disposición de la progenitora de Bodas de sangre en Todo sobre mi madre.

Pero más allá de este universo femenino perfectamente orquestado -con un necesario, pero eficaz Israel Elejalde como elemento masculino-, Almodóvar despliega también una narración política. El asunto de la memoria histórica está tratado no solo mirando al pasado -el deseo de Janis de localizar el cadáver de su bisabuelo fusilado durante la Guerra Civil-, sino a cómo ha sido denostado por alguno de nuestros gobiernos más recientes. Resalta la necesidad de defender públicamente aquello en lo que uno cree y la realidad que, según él, se esconde tras lo que se consideran apolíticos. Y súmese a esto la visibilidad activista en favor del colectivo transexual y la indefensión judicial, mediática y social que se encuentran las mujeres que denuncian haber sido víctimas de una violación.

Nada que objetar cuando estas cuestiones encajan plenamente con las tramas, la personalidad y la biografía de los personajes, lo que hace que resulten naturales y espontáneas. Pero se convierten en escollos cuando su enunciación suena a ejercicio racional de aquí y ahora es el momento de transmitir esta idea o cuestionar estos principios, afectando inevitablemente al tono emocional y la lógica de los acontecimientos proyectados. La sensación en el patio de butacas es que Almodóvar, tan buen escritor como director, no ha dedicado el suficiente tiempo a su guión y a su visualización. Impresión que transmite igualmente un diseño de producción excelente desde el punto de vista técnico, pero con recursos -planos gastronómicos detalle, interiorismo exquisito lleno de referencias personales- que resultan ya vistos en su cine -el divertimento de La voz humana está aún reciente- y que, al no darles matices nuevos o intenciones diferentes, no sorprenden.

«Fragmentos de una mujer»

El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

La primera media hora es excepcional. La cámara sigue a la pareja que se está preparando para la llegada de su ansiado bebé de manera casi documental. El espectáculo cinematográfico llega con el parto, un largo plano secuencia que sintetiza las emociones de los que están a punto de convertirse en padres, de los mimbres de su relación y de los valores por los que han decidido dar a luz en casa. Con la entrada en escena de la comadrona se materializa uno de los varios marcos relacionales que marcará el devenir de esta cinta. Intercambios de miradas y palabras que nos transmiten las personalidades y los puntos de unión y conflicto entre los implicados.

Junto al de la mujer que acabará denunciada por no haber hecho, supuestamente, todo lo posible para evitar el fallecimiento del bebé, está ese otro triángulo en el que el vértice de mayor fuerza lo encarna la madre de quien habiéndolo sido, no tiene hijo al que cuidar y proteger. Coordenadas en las que el ejercicio de la autoridad, la dificultad de expresarse y la desorientación vital enmarcan el doloroso tránsito que supone intentar seguir hacia adelante sin tener a dónde ni cómo ir. El guión de Kata Wéber muestra las muchas maneras en que se manifiesta esa indefinición que no termina nunca de concretarse, lastrando incluso hasta el intento de darle forma.

Ese es quizás el ángulo narrativo más complicado de trasladar a lo audiovisual de Fragmentos de una mujer. Piezas ásperas, duras y difíciles de asimilar, pero perfectas cuando es Vanessa Kirby quien está ante la cámara. Sin embargo, cuando ella no forma parte del encuadre, se quedan en un espacio suspendido. No sabemos si tiene como fin introducirnos en el entorno con el que ella ya no conecta. O si pretende simbolizar la desazón, la angustia y la ansiedad de un duelo que la tiene varada en lo más hondo de sí misma sin saber si será capaz de recomponerse, cual kintgusi, a partir de sus cicatrices. Quizás la dirección de Kornél Mundruczó intente ambas, pero algunos de sus fotogramas resultan más estéticos y meramente fotográficos que descriptivos de lo que les está sucediendo a Martha, a Sean y a los dos.

La clave está en que lo que se presentaba como un fresco familiar, aunque con una clara protagonista e hilo conductor, se convierte a partir del trágico suceso en un retrato individual en el que la función del resto de caracteres es revelar el puzle que conforma su universo personal. Un discurrir lógico, pero al que también le falta cierta fineza al provocar que el personaje de Shia LaBeouf parezca desdibujarse o que la matriarca que encarna Ellen Burstyn quede supeditada a generar la tensión con la que marcar puntos de inflexión. En cualquier caso, Vanessa Kirby está por encima de estas imperfecciones y hace que su minimalista emotividad se ancle en el corazón de quien asiste al espectáculo de su interpretación.

10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

«La gata sobre el tejado de zinc caliente» de Tennessee Williams

No solo una de las grandes obras del teatro americano y del siglo XX, sino de la literatura universal de todos los tiempos. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

Este texto es el sumun de la escritura dramática. Está tan bien construido que hace del espectador alguien similar a Alicia a través del espejo, deja de ser testigo de la vida de otros para verse inmerso en el ojo del huracán que surge en la convergencia de todos ellos. ¿Cómo respondería si estuviera escuchando en su propia casa lo que acontece esa noche estival en la de los Pollitt? ¿Cómo se sentiría si su pareja, hermano, cuñada, padre o suegra le dijera las mismas cosas que se escuchan en esta celebración de cumpleaños? Lo que Tennesse Williams consigue va más allá de los mecanismos de identificación y proyección psicológica en que se basa la ficción. Su habilidad es tan fina, sutil y certera que es imposible no colocarse en el lugar de cada uno de los personajes y sentir cómo se enfrentan en su interior a la verdad de sus emociones, las pulsiones de sus anhelos y las exigencias de sus coordenadas y aspiraciones sociales.  

El autor de El zoo de cristal (1944) y La rosa tatuada (1951) entra a toda velocidad con una exposición de conflicto y diferencias, un torrente de queja y actitud de enfrentamiento, una manifestación de diferencias y una inequívoca intención de distorsión, a la par que de absoluta verdad, cueste lo que cueste, desde la primera línea. Pero lo envuelve en sensualidad y sinuosidad, en tranquilidad y sosiego. Dejando el margen suficiente para que la tormenta meteorológica que acabará formándose, sea simultánea a la individual que vivirá cada personaje, a la reservada de cada pareja y a la grupal de todos los miembros de esta familia. Lo íntimo se hará privado para pasar después a conocido, pero esquivado para, finalmente, más que público, ser manoseado con desdén hasta vulgarizarlo y vilipendiarlo con mala fe y peores intenciones.

El choque de trenes es provocado cuando confluyen la insatisfacción sexual de los jóvenes y apuestos Maggie y Brick, con la sombra del alcoholismo y la supuesta homosexualidad de él, y el nerviosismo hereditario generada por la situación médica del patriarca de la familia, con la sentencia nunca pronunciada de que no considera a sus dos hijos como sucesores. La vivencia de cada situación y el diferente conocimiento de unos y otros al respecto disparan sus suposiciones, teorías e imaginación dando pie a una tensión brutal. Un desasosiego que se convierte en un aire cada vez más denso y opresor que pone a prueba la fuerza, la inteligencia, la astucia y la moral de todos los presentes.

La inteligencia de Williams es tal que consigue desplegar con total libertad temas prohibidos en la ultra conservadora América de los 50 como la infidelidad, el deseo sexual femenino y la mencionada homosexualidad. Y lo hace enmarcándolos con absoluta naturalidad entre asuntos sí aceptados a ser expuestos y comentados, como la heroicidad de aquel que se hacía profesional y materialmente a sí mismo (la épica de la conquista del sueño americano), las luchas dinásticas, las envidias y los desprecios según los parámetros de clase social a los que se pertenece o aspira, o la exigencia de la maternidad como vía de realización de toda mujer casada.

Como extra, señalar que la edición que he leído (Penguin Classics, 2001) del ganador del Premio Pulitzer de Teatro de 1955, cuenta con dos versiones del tercer acto. La que escribió inicialmente Tennessee y la que reelaboró siguiendo los consejos de Elia Kazan, quien se encargaría de dirigir su puesta en escena en su estreno en Broadway. La primera es como un disparo a sangre fría, un pura sangre que lleva hasta sus últimas consecuencias las actitudes mostradas y los enfrentamientos expuestos anteriormente. La segunda no cambia el derrotero de los acontecimientos, pero tiene en cuenta al espectador que estará en el patio de butacas y propone una mayor entrada y salida de personajes del escenario para, de esta manera, acrecentar la sensación de zozobra que genera esta inolvidable experiencia.

La gata sobre el tejado de zinc caliente, Tennessee Williams, 1955, Penguin Classics.

«Las madres no» de Katixa Agirre

La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

Que una mujer acabe con sus propias manos con sus dos hijos es algo tan aparentemente inexplicable que cuando un hecho así salta a la luz pública, rápidamente se convierte en la noticia de portada de la prensa escrita y online y a la que se dedican los minutos de más audiencia televisiva y radiofónica. Además de la brutalidad inherente a todo crimen en que el ejecutor se sirve de su fuerza y superioridad para acabar con quien no solo está indefenso, sino que es dependiente de él, lo que realmente nos abruma y horroriza es cómo salta por los aires todo aquello que entendemos que supone la maternidad.

Una vivencia única, un punto de inicio para el que llega al mundo y uno de inflexión para quien da a luz. O no. Porque la sociedad en la que vivimos ejerce tal presión sobre la mujer que se convierte en madre que, en buena medida, no le permite hacer de ello un proceso, experiencia y vivencia propia, sino que le marca y exige una serie de acciones, expresiones y manifestaciones con las que demostrar que cumple el rol desde el que en ese momento pasa a estar considerada socialmente. Un papel que ha de compaginar con todos los demás (esposa, hija, amiga, trabajadora, creadora…) a sabiendas de que el equilibrio imperfecto al que está destinada hará que sea mal vista y peor juzgada en aquella faceta en que su presencia o productividad se vea afectada por su maternidad. O al revés, si en algo destaca, se le echará en cara que no es una buena madre.

¿Esto hace de Las madres no una novela feminista? Lo es porque su mensaje en pro de la igualdad, la consideración y el respeto a la libertad, la decisión y el espacio del otro está latente en ella de principio a fin. Bajo ese marco, su personaje protagonista sí que reflexiona sobre qué supone la maternidad y cómo ha sido valorada y considerada a lo largo de la humanidad por diferentes culturas. Pero Katixa Agirre no la deja acomodarse en esas coordenadas que podrían considerarse reivindicativas, sino que hace de ellas el subtexto del cruce de caminos en el que se encuentra su vida. Acaba de ser madre, desea seguir siendo escritora (premiada incluso por ello) y se da de bruces con una historia en la que no solo conoce a la acusada, sino que lo que en su proceso se trata y comenta socialmente y se analiza y valora judicialmente tiene muchos puntos en común con el proceso personal que ella está viviendo.

Al tener como personaje principal una escritora en proceso de preparación e investigación del que espera sea su siguiente título, Las madres no es también una metanovela sobre cómo ha de cimentarse el relato que posteriormente llegará a sus lectores. Y lo hace siendo ejemplo de ello. Con un inicio tan brutal como impactante y unos personajes llenos de aristas y recovecos en los que no siempre es posible entrar. Con una trama en la que no hay nada plano y en la que todo cuanto interactúa con ella es susceptible de llevarte por caminos inesperados e imposibles de prever. Con un desarrollo en el que no hay una única atmósfera o sensación que te guíe, sino un construirse en el momento que hace que su lectura reproduzca la continua percepción de estar en el aquí y ahora, en el presente de su relato. En definitiva, tanto por lo que cuenta por cómo lo cuenta, Las madres no sí.

Las madres no, Katixa Agirre, 2019, Editorial Tránsito.

«Golpéate el corazón» de Amélie Nothomb

Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

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En su inicio parece que esta va a ser la historia de Marie, una joven de diecinueve años de extraordinaria belleza, pero de mayor orgullo aún, cuya autoestima vive de la atracción, envidia y celos que su físico genera tanto entre hombres como mujeres. Hasta que nace su hija Diane, con quien no ejerce de madre en ningún momento, llegando incluso a ignorar hasta su presencia física. Así es como esa niña nacida en 1971 -y que afortunadamente sí cuenta con el amor de su padre y sus abuelos- toma conciencia de su existencia y se va construyendo su sitio en el mundo.

A través de lo que ve, lo que escucha y sus reflexiones interiores le da sentido a lo que no le encaja e intenta aliviar lo que le duele para lograr un doble objetivo, sobrevivir a aquello a lo que está irremediablemente unida, al tiempo que conseguir avanzar. Algo así como si uno de los huevos de Mama, la escultórica araña de Louise Bourgeois se viera fuera de su red contenedora, pero la tuviera siempre presente en su campo de visión. Una neurosis que Nothomb muestra sin descripciones explicativas, recurriendo única y exclusivamente a la acción, en un logrado ejercicio de síntesis sobre el comportamiento y la conducta humana.

Golpéate al corazón es tan directo como su título. Su objetivo no es ser realista, sino verosímil. No pretende que razones o elucubres, sino que te veas en la misma necesidad que su protagonista, todo o nada, la extrema inteligencia o la locura, el funambulismo exitoso o caer en el abismo de tu interior. Su brevedad no resulta somera, va pasando por todas las etapas de la formación emocional e intelectual de su protagonista dejando ver las decisiones que ha tomado, pero sin olvidar que cada una de ellas tiene consecuencias con las que ha de lidiar, espejos inesperados, circunstancias que se repiten y personas que van a seguir ahí, sí o sí.

Con su particular estilo (Estupor y temblores) entre la acidez, la ironía y una estoica asertividad -paradójica cuando se habla de cuestiones emocionales- y utilizando a Diane como hilo argumental, lo que Amélie realmente nos cuenta es que nuestra vida se inicia con un destino no tan libre y abierto como nos creemos. En el que tenemos opciones individuales, pero dentro de unas coordenadas que vienen marcadas por quienes nos engendraron.

Su mensaje entre líneas, bien para compartirlo con nosotros, bien para recordárselo a sí misma, es que una vida sana y mentalmente equilibrada pasa por ser conscientes de las coordenadas familiares y emocionales en las que venimos al mundo. Y a partir de ahí, asumir como propio lo que nos conviene, dejar atrás lo que no y convivir de la manera más saludable posible con las partes irrenunciables, como son los lazos biológicos y la inevitable afectividad que estos conllevan, por muy negados o no manifestados que hayan estado.

Golpéate el corazón, Amélie Nothomb, 2019, Editorial Anagrama.