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10 novelas de 2017

Historias escritas en España, EE.UU., Francia o Panamá, cuentos de apenas unas páginas y relatos largos, narraciones sobre el amor y la amistad, sobre el deseo de conocer y la ilusión de un futuro mejor, habitadas por personas que fueron importantes y por otras que llegan de nuevas a ellas,…

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Las impuras” de Carlos Wynter Melo. Una mujer que no sabe quién es y otra que imagina por ella sus recuerdos. Un ejercicio de creatividad que a esta segunda le vale para alejarse de aquellas vivencias en que el derrumbe de su país, cuando fue ocupado por las tropas norteamericanas en 1989, le hizo sentir que su vida había perdido su sentido, obligándola a huir. Una pequeña novela escrita con la verdad del corazón y contada desde el deseo de honestidad con que se procesan las emociones en el estómago.

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El amor del revés” de Luis G. Martín. Bajo el formato de autobiografía, un relato de la vivencia de la homosexualidad en la España de las últimas décadas. En un país retrasado, trasnochado, nacional católico primero e insensible, embrutecido y no tan progre como se creía aún mucho tiempo después. Una narración íntima y desnuda que muestra sin pudor, pero también sin lástima ni compasión, el dolor, las lágrimas y el terror que conlleva aceptarse, mostrarse y vivirse cuando se inicia ese proceso en la más absoluta soledad. Un ejercicio literario de sinceridad y honestidad en el que queda plasmado cómo se pueden sanar las heridas y hacer de la debilidad, fortaleza y de la vergüenza sufrida, orgullo de ser como se es y ser quién se es.

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La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Una lectura tan divertida como estimulante. Una ácida y corrosiva narrativa que no deja títere con cabeza en su disección de cada personaje y situación en mil piezas. Una abrumadora construcción de una serie de situaciones y entornos en los que se pone patas arribas múltiples aspectos de la sociedad actual (la familia, el trabajo, la educación,…). Una ironía y una sátira brutales con las que quedan al descubierto todas nuestras imperfecciones, contradicciones y paradojas.

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La vida ante sí” de Romain Gary. Literatura de alto nivel, exquisita y elevada, pero accesible para todos los públicos. Por su protagonista, un niño árabe criado por una antigua meretriz judía, ahora metida a regente de una pequeña residencia de hijos de mujeres que ejercen la que fuera su profesión. Por su punto de vista, el del menor, espontáneo en sus respuestas y aplastantemente lógico en sus planteamientos. Pero sobre todo por la humanidad con que el autor nos presenta las relaciones entre personas de todo tipo, los retos cotidianos que supone el día a día y las dificultades de vivir al margen del sistema en el París de los años 60.

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La canción pop” de Raúl Portero. La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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La noche del oráculo” de Paul Auster. El libro dentro del libro. El autor que se imagina la historia de un personaje que se propone iniciar una nueva vida, como si se colocara ante una hoja en blanco, tal y como hace desde este otro plano contrapuesto a la ficción que es la realidad. Un mundo de carne y hueso en el que suceden acontecimientos que adquieren un significado más allá cuando son contextualizados por un editor que sabe cómo relacionarlos entre sí. Ese es el laberinto mágico de paralelismos, espejos, verdades e irrealidades perfectamente trazado por el que nos hace transitar Paul Auster.

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La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla. Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite. La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Patria” de Fernando Aramburu. Una obra que toca todos los palos de lo que por distintos motivos unos y otros llamaron conflicto. La visión política, la realidad social y la vivencia personal en un entorno en el que todo se movía aparentemente en un amplio rango de grises tras el que se ocultaba la cruda realidad de la vida o la muerte, o conmigo o contra mí. Un relato ambicioso y muy bien estructurado al que se le echa en falta ir más allá de su hoja de ruta para emocionarnos no solo por lo que narra en su trama principal, sino también por lo que cuenta y propone en las secundarias.

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Un perro” de Alejandro Palomas. El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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“Ni pena ni miedo: Un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos” de Fernando Grande-Marlaska

Detrás de todo personaje público hay una persona que en mayor o menor medida resulta alguien diferente a la imagen que, a través de los medios de comunicación, nos hayamos construido de él. Un ejemplo de ello es este juez, también hombre, amigo, colega, esposo, hijo y hermano, tal y como podemos comprobar a través de la declaración de principios que nos ofrece en este ordenado ensayo. Un mapa de valores, compromisos y motivaciones que se combinan de manera pautada con reflexiones, recuerdos íntimos y vivencias sociales de alguien que reivindica su intimidad al tiempo que se enorgullece de su papel como representante público y como referente de causas como la del activismo LGTBI.

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La premisa de todo juez es que una cuestión es su labor como garante de los derechos y deberes de todos los ciudadanos y otra su persona y que de igual manera que no debe hacer uso de información confidencial cuando está con sus amistades, ha de dejar a un lado sus valores morales a la hora de instruir un sumario o dictar sentencia. Grande-Marlaska lo deja claro en estas páginas, pero destacando que hay unos principios que busca en todas las facetas de su vida como son el civismo, el respeto, la voluntad de diálogo y el esfuerzo por empatizar.

Partiendo de esta máxima, Ni pena ni miedo es un relato en primera persona sobre quién es, cómo piensa y qué le importa a Fernando, qué busca y ofrece en las relaciones humanas, qué le preocupa cuando observa el presente y cómo se imagina nuestro devenir colectivo tanto en lo social como en lo ideológico y lo político.

De la lluvia de Bilbao a los paseos por el centro de Madrid, recordando las múltiples formas en las que se ha posicionado contra el terrorismo etarra y los frentes en los que le ha tocado batallar contra la homofobia, ensalzando la educación como el pilar básico sobre el que construir una sociedad verdaderamente igualitaria y considerando el laicismo como una prerrogativa constitucional aún no alcanzada, destacando el valor de los animales,… Por todo esto pasa este ensayo con un punto de memorias, un relato humano y no un recopilatorio de entresijos del mundo judicial salteado de injerencias políticas como seguramente habrían esperado algunos.

Los capítulos más interesantes son aquellos en los que trata los temas que le han dado a este abogado, nadador matinal, su fama mediática, como el proceso que va de sus primeras experiencias afectivas a su matrimonio con su marido, la ruptura de la relación con su familia durante años por su no aceptación por parte de su madre, hasta su participación en campañas a favor de la visibilidad LGTBI. En lo referente a la toga quedan para la reflexión las líneas rojas que la administración de la justicia no puede pasar en el castigo de los culpables y el apoyo sin fin que ha de prestar a las víctimas, en especial a aquellas que no tienen medios no ya de defensa, sino de subsistencia.

Para los interesados en conocer más a la persona, a esa que no se deja ver en las entrevistas y portadas, están aquellos pasajes más íntimos en los que plasma su manera de vivir el día a día, sobre todo ahora que superados los cincuenta años considera que puede mirar al pasado –a la relación con su madre o la consideración de la paternidad- desde el prisma de la experiencia y al futuro con la intención de consolidar una trayectoria de vida.

“Instrumental”, la verdad de James Rhodes

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre las consecuencias de por vida de los abusos sexuales a los niños y el poder de la música, el arte y la cultura en el desarrollo, crecimiento y equilibrio interior de toda persona. James Rhodes disecciona con una absoluta, cruda y fría asertividad su pasado y presente para mostrar quién y cómo es en sus múltiples facetas (padre, esposo, amigo,…). Una narración que deja en estado de shock a su lector y un estilo que ojalá se prodigue mucho más a la hora de tratar el delicado asunto que tratan estas memorias.

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El primer paso para sanar una herida que se ha ocultado durante mucho tiempo es reconocer su existencia. Después ponerse en manos de expertos que te ayuden a curarla, lo que probablemente conlleve un duro, largo y doloroso proceso. La última etapa será la de convivir con una cicatriz que resulta visible, compartiendo cuando sea necesario quién y cómo la causó. Ese complicado, arduo y costoso camino le llevó a James tres décadas de su vida, y como bien dice, nunca se acaba, siempre cabe la posibilidad de poder volver a revivir aquel infierno porque su semilla te acompaña por siempre dentro de ti.

Con un lenguaje claro, directo y coloquial, a la par que sobrio, preciso y acertado cuenta como en varias ocasiones casi le costó la vida tomar conciencia de qué adolescencia y adultez ha vivido por el hecho de haber sido violado una y otra vez desde los cinco hasta los diez años por uno de sus profesores. Las secuelas físicas –intervenciones quirúrgicas siendo ya adulto como consecuencia de las lesiones sufridas cuando su cuerpo aún no estaba formado-, psicológicas –inseguridad, obsesiones, aislamiento, desconfianza-  y psiquiátricas –toda forma de violencia contra sí mismo, drogas, alcohol, auto lesionamiento, intentos de suicidio,…, ingresos hospitalarios- le han acompañado cada día, hasta el punto de haber hecho de él poco más que un profundo minusválido emocional, un hombre que a duras penas podía relacionarse con su entorno  y establecer lazos afectivos sólidos y duraderos con aquellos que le rodeaban (padres, amigos, mujer, hijo,…).

Esto es lo que Rhodes cuenta con absoluta naturalidad, expone con rigor y comparte con honestidad en Instrumental. Unas memorias que tienen el objetivo de dar un relato auténtico y sincero y, sobre todo, objetivo, de lo que sufre una persona a la que en su infancia violaron. Porque el término exacto es este, no es el de “abusado” ni “acosado”. Con él, como con muchos otros, fueron más allá. Y ante esta barbarie la sociedad –tanto en su conjunto como cada uno de nosotros si somos testigos de ello- no puede dejar que sea el tiempo el que todo lo cure o sentenciar con ligereza que aquello fue algo ya pasado y que hay que mirar hacia delante.

Su propuesta es sencilla y sin opción a alternativas. El primer paso es dar visibilidad a los hechos, encerrar en prisión a los pedófilos y, lo que es más importante, atender a sus víctimas. No solo para que no se sientan culpables ni causantes de lo que les ocurrió sino para que, lo que es más arduo y difícil, puedan reconstruirse psicológica y emocionalmente, ser capaces de volver a ser una persona completa como lo eran hasta aquel día en que en su interior se alejaron de sí mismos como consecuencia de la violencia y la crueldad, tanto física como psicológica, que les estaban infligiendo.

James no contó con un entorno que le ayudara en esta labor. Tardó más de dos décadas en verbalizar lo que le sucedió y una más en conseguir su equilibrio interior. Tiempo en el que si algo le mantuvo vivo fue la música en su versión más pura y auténtica, la clásica. Un arte que, gracias a todas las sensaciones que le causaba (tanto escuchando como tocando), le sugirió y le motivó para seguir adelante. Quizás fue el refugio que encontró para sobrevivir, quizás fuera la vocación con la que nació, pero sea cual sea la razón, es el medio a través del cual ha hecho su camino y encontrado su sitio personal y profesional en el mundo.

Este es el segundo hilo argumental de Instrumental, y aunque quede como secundario ante la hondura del primero, resulta tan interesante y aleccionador como aquel por lo que revela y ejemplifica. La expresión y la creatividad son dos dimensiones del ser humano a las que se puede acceder a través del lenguaje de la música. Sin embargo, el sistema educativo público ni siquiera lo tiene en cuenta y James nunca tuvo la suerte ni la facilidad de practicarla más allá que de manera extraescolar en su infancia. A lo largo de su vida, la música iba y volvía hasta que entendió que el fin para el que había sido educado –terminar una carrera universitaria, encontrar un trabajo y ganar dinero- no era el suyo. Se focalizó entonces en el teclado y consiguió a base de empeño, persistencia y perseverancia que el piano fuera su medio de ganarse la vida.

Y si en el terreno formativo James Rhodes tuvo que labrarse su propia hoja de ruta, en el profesional no le fue diferente. A su juicio, el género clásico está hoy en día secuestrado por unos protocolos arcaicos, unos espectadores vetustos y unos sellos musicales que se niegan a innovar y a darle el aire fresco que demandan los nuevos públicos. Un muro al que ha declarado la guerra conversando desde el escenario con los asistentes a sus conciertos, criticando abiertamente a su establishment en los medios de comunicación y llevando a cabo sus propias propuestas para actualizar la imagen y el valor del género ante unas audiencias más amplias.

Valga como muestra de este último punto el sugerente prólogo con el que abre cada capítulo. En total veinte introducciones a otras tantas piezas maestras en las que da pinceladas sobre la vida y obra de sus autores (Beethoven, Bach, Mozart, Schubert,…), la intencionalidad de la partitura y lo que su conversión acústica le provoca a él. Toda una banda sonora que se puede escuchar en internet y que constituye el perfecto colofón, a la par que gran vehículo introductorio, a unas memorias que ojalá consigan su propósito de concienciarnos sobre algo que quizás no consigamos que deje de ocurrir, pero que sí podemos aliviar cuando suceda.

“Vueltas al tiempo” de Arthur Miller

No son estas una memoria al uso. No es un relato cronológico cargado de fechas, lugares y nombres. Es más bien una reflexión sobre los principios que guiaron a Arthur Miller en cada momento y faceta de su vida en una dicotomía continua entre el pensamiento y la acción, los valores teóricos y la realidad práctica, sus circunstancias y deseos y el intento de imposición del entorno. Décadas de un escritor que son también las de un ciudadano político, empeñado en comprender cómo funciona el mundo.

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Arthur Miller tenía ya 73 años cuando publicó esta autobiografía en 1988. Para medio mundo era el fantástico dramaturgo que había escrito textos tan impactantes como Las brujas de Salem, El precio o Después de la caída. Para los amantes del cotilleo cinematográfico, uno de los ex maridos de Marilyn Monroe. Y para los estudiosos de la reciente historia americana uno de los muchos acusados de comunismo por el obsesivo senador McCarthy a principios de la década de los 50. Todos ellos encontrarán respuestas en este volumen que es también una demostración de la profunda, detallada e introspectiva prosa que tenía este autor cuando optaba por escribir narrando en lugar de dialogando.

Miller rememora su niñez como si fuera una secuencia cinematográfica encuadrada desde el suelo, el plano subjetivo desde el que se percibe lo que sucede a tu alrededor cuando apenas llegas a la cintura de tus progenitores. Una familia judía, emigrante del Este Europeo que tras el crack del 29 recordaría el pasado como un tiempo de holgura económica perdida y oportunidades empresariales –haber invertido en la 20th Century Fox- no aprovechadas. Los desesperantes años 30 marcaron el carácter de un joven que quedó impactado por la dificultad de encontrar un puesto de trabajo, lo que una vez conseguido, y tras muchos meses de ahorro, le permitió acceder a la educación universitaria. Años de pesimismo y de debacle social que EE.UU. pareció olvidar con la sobredosis de exacerbado patriotismo que supuso su liderazgo del bando aliado en la II Guerra Mundial.

Tras el conflicto comenzó la gran crisis ideológica. El capitalismo occidental había hecho, hasta entonces, del comunismo soviético su aliado, pero en ese momento comienza a ser visto como el nuevo enemigo y convertido, por obra y magia de la manipulación, en la gran amenaza, no solo bélica y política, sino también social. Por su parte, la URSS traicionaba a los que, como Miller, habían creído en ella y en su supuesto sistema de equidad para todos sus ciudadanos. Así fue como la locura conservadora del McCarthismo se ensañó especialmente con personalidades como la de este autor, empeñado en denunciar las desigualdades, pero al tiempo, viéndose defraudado por aquellos referentes que le habían valido para conformar su pensamiento.

El creador de La muerte de un viajante contaba para entonces con el favor del público que frecuentaba los circuitos teatrales que hoy llamaríamos off, pero no así el de la gran crítica –esa que seguía lo que marcaba el New York Times– y de los empresarios, que casi siempre pusieron frenos a sus obras por temor a que no fueran comerciales. Una falta de sensibilidad y miras culturales que parecía ser dueña de Broadway ya en la primera mitad del siglo XX, y al que Miller acusa de ser raíz de uno de los muchos males del infantil, simple y pacato pensamiento de buena parte de los norteamericanos.

Muchos de estos le descubrieron cuando él quedó prendado de Marilyn Monroe y comenzó a entender que la vida y el matrimonio tenían que ser más un carpe diem que un contrato indisoluble hasta el fin de la vida terrenal. Sin embargo, el vínculo que comenzó como un alivio de las inquietudes de cada uno no se sostuvo con el tiempo. La supuesta medicina que se proporcionaban recíprocamente resultó ser un placebo que, una vez descubierto, hizo que el uno para el otro no fueran más que fuente de desequilibrio e insatisfacción, y en consecuencia, también, de dolor. Una relación que dejó muchas páginas en la prensa amarilla, más fotos aún delante y detrás de los focos y un guión y una película, Vidas rebeldes, que demuestra que la capacidad creativa de Miller llegó también al séptimo arte.

Después llegaría su matrimonio con la fotógrafa Inge Morath y el sosiego interior que da la madurez. Con ella indagaría a través de sucesivos viajes en la huella que los conflictos bélicos habían dejado en Europa y como aquellas duras lecciones eran olvidadas poco tiempo después, tal y como quedaba demostrado con las sucesivas guerras, como Corea y Vietnam, en que se involucraba EE.UU. Esta es la etapa de su vida en que dedicó aún más energía a su convencimiento de que la creación literaria es un mecanismo para plantearnos qué modelo de convivencia estamos elaborando para relacionarnos, tanto con los que comparten una manera de ver la vida similar a nosotros, como con los que lo hacen de manera diferente. Desde su cargo como Presidente de la asociación mundial de escritores, PEN International, ejerció en la segunda mitad de la década de los 60 de vínculo entre autores de diversos lugares del mundo (desde Latinoamérica a la órbita soviética) para ayudar a tender puentes para la convivencia entre la libertad, tanto personal como de expresión, y las dos ideologías tan aparentemente opuestas en que se dividía Occidente.

Quizás fue esta la máxima que siempre persiguió Arthur Miller y que plasmó de distintas maneras en las obras que escribió tanto para ser representadas en un escenario como ante un micrófono radiofónico, además de alguna novela. Textos y montajes con los que, como en Vueltas al tiempo, a través de situaciones aparentemente pequeñas –la convivencia familiar o el enfrentamiento entre lo deseado y lo conseguido- nos traslada a conflictos, realidades y aspiraciones que no entienden de lugares ni de tiempos y tras los que está el deseo humano y universal de verse libre de cadenas y de imposiciones.

 

“El amor del revés” de Luisgé Martín

Bajo el formato de autobiografía, un relato de la vivencia de la homosexualidad en la España de las últimas décadas. En un país retrasado, trasnochado, nacional católico primero e insensible, embrutecido y no tan progre como se creía aún mucho tiempo después. Una narración íntima y desnuda que muestra sin pudor, pero también sin lástima ni compasión, el dolor, las lágrimas y el terror que conlleva aceptarse, mostrarse y vivirse cuando se inicia ese proceso en la más absoluta soledad. Un ejercicio literario de sinceridad y honestidad en el que queda plasmado cómo se pueden sanar las heridas y hacer de la debilidad, fortaleza y de la vergüenza sufrida, orgullo de ser como se es y ser quién se es.

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En el principio de tu vida ves que no eres como los demás y que en tu entorno no solo no hay nadie como tú, sino que todo aquello con lo que convives –a diario, en todas partes, en casa, en el colegio, en la televisión- categoriza tu manera de sentir como algo negativo, menciones que desprecian, chistes que insultan, dogmas que condenan,… Y tú, que no aciertas con el término que te denomine justamente, solo tienes la opción del silencio para luchar contra un vacío que te niega, te come, te oculta y te aprisiona. Una cárcel muy sutil, sin paredes ni plazos de condena, que te hace creer que tú eres el culpable de tu no libertad, que no necesita guardianes ni jueces, tú mismo te sancionas, te pones multas que pagas con desgaste físico y desequilibrio psicológico.

Pero hay algo muy dentro de ti y que desconoces qué es, que luego aprendes a ponerle nombre y que se llama espíritu, quizás instinto, de supervivencia. Eso es lo que te lleva a no rendirte, a luchar contra el silencio y la oscuridad, a buscar no sabes qué, pero que te dice que tienes derecho a vivir, a existir, a ser respetado y  a ser feliz. Entonces comienza una nueva lucha, entre lo que sabes que mereces y el monstruo que ya está dentro de ti, entre lo que sueñas -tanto que lo conviertes en un espejismo que sientes casi tocar- y lo que se ha grabado a fuego en tu interior –sin ser tú consciente de ello- convirtiéndote en algo parecido a un mutilado, un impedido, un minusválido emocional.

Al principio callas, pero si sigues así te mueres, con lo que comienzas a buscar, a dar señales hasta que encuentras a alguien a quien torpemente le muestras que pretendes al que también es como tú. ¿Eso es homosexualidad? Sí, es anhelo físico, pero también es deseo de amor, de amar y ser amado. Y eso para ti es humano, es natural, eres tú. Ese pequeño hilo de agua crece y coge velocidad y caudal y descubres que no eres el único, que hay más, muchos más, a los que puedes conocer, en un café, tomando copas, haciendo planes juntos, con los que hablar y compartir –un momento, una noche, un tiempo indeterminado, un proyecto de vida-, dejándote sorprender por lo mucho y lo nada que tienes en común. A veces charlas, a veces te acuestas y en ocasiones hasta abrazas y te dejas acariciar mientras besas y te besan, no solo con ansia corporal, sino también con ilusión. Tu cabeza frena entonces y permite que se encienda esa gran luz y ese motor de tu persona que es tu corazón.

Esta fue durante sus primeras décadas la vida de Luisgé Martín y la de tantos otros que nacimos cuando en España el hecho de que un hombre besara a otro hombre era un delito penado judicial y socialmente. Lo que cuenta en El amor del revés podrá estar más o menos editado, pero da la sensación de que esa labor ha sido realizada únicamente por el efecto de la pátina del tiempo en sus recuerdos. Un ejercicio literario de calidad, sobrio, directo, sin metáforas que edulcoren la amargura vivida ni alegorías que oculten las sombras de lo protagonizado. Un testimonio honesto, desnudo, en carne viva, sin anestesias ni analgésicos, pero sin excesos, sobresaltos ni hipérboles de ningún tipo. Solo apto para los que hayan transitado el camino de la auto aceptación, para los no dispuestos a seguirse negando y para todos aquellos que entiendan que nuestra sociedad ejerce una violencia tan invisible como sistemática sobre muchas personas en base a prejuicios tan falsos como absurdos.

Las “Arenas movedizas” de Henning Mankell

A este famoso autor sueco de novela policíaca le diagnosticaron una fría mañana de enero un cáncer de pulmón. La noticia fue un shock que provocó un rebrote de recuerdos, vivencias y reflexiones que decidió plasmar en este título que, con una prosa tranquila, tiene más de viaje interior al que se nos deja asistir que de memorias compartidas.

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Que te indiquen el posible fin de tu vida debe producir tal catarsis que no hay manera de imaginarse o ponerse en el lugar de la persona que recibe semejante noticia. Ni siquiera aquel al que anuncian tal premonición es capaz de proyectarse en esa situación. Debe ser un viaje tan de vértigo como instantáneo a un lugar de nuestro interior al que no sabemos cómo se llega. En una décima de segundo nos vemos violentamente trasladados sin saber cómo hemos recorrido tan profundo y hasta entonces inimaginable camino.

Un punto desde el que sentir la cercanía, tangible y sensorial, de la muerte. Un abismo, una incertidumbre en la que toda reacción y respuesta deben presuponerse lógicas, aunque probablemente varíen en función de un cúmulo de factores que explican la biografía de cada persona: cultura, creencias religiosas, sistema social, estructura familiar, trayectoria sentimental,…

Todas esas, y muchas más, son las variables que conforman el interior de estas Arenas movedizas en las que inicialmente se ve atrapado Henning Mankell y de las que se propone tomar conciencia para desmontar mitos, afrontar el miedo a lo desconocido y descubrir cuánto hay de verdadera realidad en ellas.

Afloran en él aquellas falsas creencias que teníamos de niños, como la de que el fenómeno que da título a este libro suponía el ser engullido y asfixiado por el terreno que podríamos pisar caminando por la jungla africana. Se acentúan aquellas interrogantes utópicas siempre latentes como el de dónde venimos y a dónde vamos y cómo están ligadas las sentencias, que mirando al pasado y al futuro, le dan respuesta a ambas. El hombre apenas lleva unos miles de años sobre la tierra y algunas de nuestras acciones –como los residuos nucleares- hacen pensar que nuestras acciones tendrán posibles consecuencias negativas durante ¡cien mil años! Y sobre todo, se ahonda en la propia conciencia y el concepto de individualidad, en cómo se ha construido a sí mismo como persona y cómo cada uno de nosotros no somos más que un instante en el universo, continuación de aquellos que estuvieron antes que nosotros y predecesores de los que están por venir.

Un total de 67 pequeños capítulos en los que momentos puntuales se trazan con cuestiones que surgen y desaparecen a lo largo de sus más de 370 páginas. Unas veces lógicamente unidas, otras inconexas para cualquier persona que no fuera el propio Mankell. Vagando por Suecia, viajando por toda Europa y residiendo en África –continente en el que tanto tiempo vivió, trabajó y experimentó humanamente-. Y siempre con una aguda percepción y empatía a flor de piel que hicieron que la vida fuera para Henning Mankell –falleció en 2015, apenas año y medio después de la publicación de Arenas movedizas– un sinfín de múltiples momentos, personas y lugares que siempre dejaron una enriquecedora huella en su persona.