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“It´s only a play” de Terrence McNally

Los nervios del estreno de una obra de teatro no se acaban cuando sube el telón y comienza la representación, se incrementan cuando este baja y se inicia la cuenta atrás para la lectura del último elemento del espectáculo, las críticas. Un tiempo indeterminado que en esta obra ambientada en el Nueva York de 1982 se combina con una fiesta llena de famosos y un equipo artístico de los nervios que viven momentos tan absurdos como divertidos.

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Hoy en día podemos saber por las redes sociales la aceptación que ha tenido una función nada más apagarse las luces, permitiendo así que el público participe de la promoción de la obra que ha ido a ver. Pero hace tres décadas los medios de comunicación ostentaban este papel como si se tratase de un monopolio. Un poder que ejercían con extrema dureza, lo que dijera The New York Times sobre cualquier estreno en Broadway quedaba grabado a fuego en la mente de sus lectores, presionando incluso para que el título referenciado –según se cuenta en It´s only a play– pudiera ser retirado de la cartelera.

El autor de historias profundamente emocionales como The Lisbon Traviata, Frankie y Johnny o Mothers & Sons adopta en esta ocasión un registro diferente y, seguro que partiendo de sus propias vivencias, nos cuenta a modo de sátira, casi ópera bufa, cómo se viven esos minutos esperando a que llegue la sentencia capaz de determinar el éxito o el fracaso, tanto creativo como comercial, de la obra en la que un número indeterminado de personas han depositado su dinero así como sus esperanzas, sueños, ilusiones e, incluso, utopías.

Fuera de escena queda la fiesta a la que acuden famosos como Lauren Bacall o Shirley McLaine o el elenco de los grandes éxitos de la Gran Manzana del momento como La cage aux folles o The iceman cometh, A los que sí que vemos son al director del estreno del día, The Golden egg, así como a su productora, a la actriz protagonista, al dramaturgo y a su mejor amigo llegado desde Los Ángeles y para quien estaba concebido el papel del protagonista masculino que él rechazó.

Todos juntos en un único escenario con varios teléfonos que suenan indistintamente y dos puertas. Una que da acceso a un cuarto de baño con un perro ladrando y en el que se llegan a oír disparos, y otra por la que entran las novedades, tanto las publicadas por los periódicos, como las de la locura festiva del piso inferior. Un camarote de los hermanos Marx convertido en una olla a presión esperando el veredicto de los medios. Un estado de nervios que no todos gestionan con la debida calma y que da pie a estallidos de divismo e histrionismo, a desatar inseguridades, a hacer sangrar viejas heridas personales, a echar pestes sobre Hollywood o minusvalorar el trabajo actoral en otros medios como las series de televisión.

Un cruce de de excesos y grandilocuencias verbales, de egos y neurosis, de todo tipo al que se une un crítico que quiere ser testigo desde dentro de lo que su poder de influencia puede ocasionar y una taxista que trae la publicación que todos esperan leer. Entre unos y otros, entre la realidad que se hace de rogar, los artistas (Barbra Streisand, Meryl Streep) y autores (David Mamet, Arthur Miller, Eugene O’Neill, García Lorca o John Guare) que se mencionan y los imprevistos que añaden las peculiaridades personalidades y las distintas profesiones de semejante conjunto, no hay un segundo de silencio ni un instante de reposo.

Podría parecer que este texto de Terrence McNally es solo apto para la gente del gremio teatral, pero estoy seguro que asistir a su representación con un elenco como el que lo llevó a escena en Nueva York en 2015 (F. Murray Abraham, Matthew Broderick, Stockard Channing y Nathan Lane, entre otros) debe ser algo maravilloso.

It´s only a play, Terrence McNally, 1982, Dramatist Play Service.

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“The old neighborhood” de David Mamet

Tres momentos diferentes, tres actos independientes, tres secuencias que plantean reflexiones que van desde lo liviano y lo cotidiano hasta lo más íntimo y personal. Una muestra más de la maestría de David Mamet con un texto que no son solo los diálogos que contiene, sino también los diferentes universos individuales y colectivos que se sugieren tras ellos.

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En Chicago, aunque bien pudiera ser en cualquier otra ciudad de EE.UU., dos hombres comienzan recordando su juventud y acaban reflexionando sobre lo diferente o no que podría haber sido su vida por su condición de judíos en la Europa de la primera mitad del siglo XX en que nacieron. En el segundo acto, la hermana de uno de ellos muestra la honda herida que le ha causado el maltrato psicológico continuo sufrido desde que era niña tanto por su madre como por su padrastro. Finalmente, este hombre que nos sirve como hilo conductor se encuentra en el último cuadro con una mujer a la que mencionó en su primera intervención, una divorciada que decidió que nunca es tarde para comenzar de nuevo.

Tres historias aparentemente independientes en las que sus personajes se expresan con total espontaneidad y libertad. Sin reflexión previa alguna, elaborando su discurso según hablan, aunque sus palabras sí que dejan ver el poso dejado por las vivencias más impactantes por las que han pasado, da igual el tiempo transcurrido. Pensamientos en voz alta que podrían parecer gratuitos, recurrentes para sobrellevar un silencio que no se es capaz de soportar ni aun estando acompañado, pero que plantean cuestiones sobre cómo se forma nuestra identidad social, qué limita o posibilita nuestro desarrollo personal la familia en la que nos hemos criado y los referentes que conforman nuestro día a día.

Sin embargo, no hay que considerar que cada uno de los tres actos de esta obra se dedica exclusivamente a una de estas cuestiones. Cada una tiene un poco de todo y lo que importa tanto o más que las palabras escritas por el autor de las inteligentes Oleanna, Glengarry Glen Ross o Muñeca de porcelana, es lo que se puede suponer escondido tras sus puntos suspensivos. Interrupciones y pausas entendidas como tiempos para elaborar qué decir, para dar salida a las introspecciones que como un torrente mental piden tomar forma oral, porque una vez que han sido verbalizadas ya no hay marcha atrás. Lo que hasta entonces ha sido íntimo y personal, exclusivo y privado, desconocido para los demás y con posibilidad de ser aún evitado por uno mismo pasa a ser un ente autónomo, una imagen proyectada que ya no tiene marcha atrás, una posibilidad de acercarnos a la respuesta que estamos buscando, de encontrar el camino por el que deseamos transitar o tomar la decisión que afiance nuestra seguridad personal y, por tanto, nuestra relación con las coordenadas en las que vivimos.

The old neighborhood es un texto mucho más complejo y profundo de lo que podría parecer en primera instancia por su aparente sencillez formal. Todo un reto para los actores que les toque interpretarlo, pero también una gran oportunidad para mostrar sus capacidades, no solo verbales y corporales, sino también de crear atmósferas que vayan más allá del escenario para envolver en ellas, y en sus múltiples significados y energías, a sus espectadores.

“Smoking room”

Las circunstancias más cotidianas son las que mejor demuestran quiénes somos. Pedir dejar de pasar frío a la hora de fumar da pie en esta función a un carrusel de soberbia y ambición que dejan patentes los anhelos y miserias de seis hombres tan vulgares como sorprendentes en un entorno de lo más despiadado y competitivo. Diálogos reveladores e interpretaciones potentes en la adaptación teatral, con ecos de David Mamet, de una historia que vio la luz en 2002 como guión cinematográfico.

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Consideramos el trabajo como el lugar y tiempo en que ganamos el dinero que necesitamos para dar forma a nuestra vida personal, pero olvidamos que son también coordenadas y circunstancias en las que tras la fachada profesional dejamos ver facetas, ángulos y lugares interiores de quienes somos. Áreas de nosotros mismos que quizás desconocemos  o que asumimos como un personaje que ejercemos para evitar mostrar quiénes somos en realidad, pero a través de las cuales enseñamos más de lo que creemos, más de lo que estamos dispuestos a reconocer.

En Smoking room la petición de un espacio para fumar en la oficina no es más que la excusa para acceder al plano invisible de la emocionalidad de esas seis masculinidades corroídas por las distintas formas que puede tomar el orgullo cuando adopta el camino del miedo y la evitación o el de la arrogancia y la insolencia. Individualidades tan concretas y tangibles que contrastan con la abstracción e invisibilidad de las reglas que rigen la jerarquización de las relaciones en la corporación internacional en la que trabajan. Un cóctel hecho experiencia teatral a través de una conseguida compenetración de los dos elementos que dan forma a este arte y que confluyen en este montaje, texto e interpretaciones. Mérito que comparten a partes iguales Roger Igual y su elenco en un trabajo coral perfectamente sincronizado.

Los diálogos y monólogos ponen de relieve el protagonismo que tienen en las vidas de estos hombres sus frustraciones e incapacidades, vacíos que no solo no pretenden resolver sino que apuntalan a través de su egolatría –más apariencia que realidad-, falta de autocrítica e incapacidad para la escucha.  Un universo heteropatriarcal donde las justificaciones surgen y pasan en muchas ocasiones por la entrepierna y así todo lo que podría ser sensato, inteligente, creativo, original o templado adquiere siempre un punto visceral, primario y, precisamente por ello, creíble, cotidiano y cercano. Los personajes de esta ficción podrían ser perfectamente nuestros compañeros, vecinos o, incluso, cualquier otra persona a la que adscribir bajo la categoría de “cuñado”. O lo que es peor, ¡nosotros mismos! De ahí los momentos de risas y carcajadas, pero también los de asombro y estupefacción.

Un fondo de insatisfacción, además de otras vergüenzas deliberadamente ocultadas y camufladas bajo la sobrada autosuficiencia de Miki Esparbé, la meliflua equidistancia de Secun de la Rosa, el agresivo arrojo de Edu Soto, la asertiva equidistancia de Manuel Morón, el pretencioso gesto de Pepe Ocio y la sinuosa nadería de Manolo Solo. Imposturas bajo las que se deslizan enconadas amarguras personales, actitudes agresivas y suciedades como la del machismo o la xenofobia que además de entretenernos, nos dejan una sensación de desconcierto sobre la que reflexionar.

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Smoking Room, en El Pavón. Teatro Kamikaze (Madrid).

“Muñeca de porcelana”, explosivo José Sacristán

Una exposición sobre la corrupción del dinero y la soberbia del ego con un José Sacristán que eleva con su presencia y maestra interpretación los golpes en el bajo vientre, sin piedad alguna y sin un segundo de tregua, que conforman el texto de David Mamet.

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Mamet es un maestro en escribir historias en las que personajes triunfantes se ven abocados a situaciones límites que ellos mismos se han creado sin ser, aparentemente, conscientes de ello. He ahí los vendedores de Glengarry Glen Ross, el profesor de Oleanna o los abogados de Raza, montaje que también pudo verse dirigido por Juan Carlos Rubio años atrás en las Naves del Matadero. En su meteórico ascenso hacia el éxito han dejado de lado algo fundamental por el camino, la ética, ausencia que les asalta de continuo hasta materializarse en un conflicto que les hace poner en duda, no solo la consistencia de lo que creen tener, sino la realidad de quiénes son.

En esta ocasión el hilo conductor es un hombre de negocios, bien entrado en su madurez, cuya mayor ostentación de poder ya no son los resultados de sus empresas y el disponer de los beneficios oscuros de sus contactos políticos, sino el tener de su brazo a una bella y joven mujer que no oculta que está con él por su materialismo. Aunque no aparece en ningún momento en escena, ella jugará un papel fundamental en la trama por su continua presencia vía telefónica. Artefacto que también da carta de entrada a otros personajes –un abogado y un asesor del Gobernador del Estado, entre otros- que inicialmente sustentan el despliegue egocéntrico del millonario que encarna José Sacristán para después provocar un insospechado cambio de rumbo en los acontecimientos, con el consiguiente efecto sobre su estatus presente y plan de vida futura.

El libreto de Mamet coge al espectador por el cuello y le introduce de golpe en una bacanal de gestos, actos y narraciones de ostentación y amoralidad de las que solo consigue salvarse gracias a la maestría que despliega Sacristán –perfectamente apoyado por Javier Godino como el eficiente asistente-, en un papel originalmente escrito para ser interpretado en Broadway por Al Pacino. Su capacidad para, ante tal profusión, mostrar cada ególatra detalle y ahondar en la corrupta profundidad de lo parece simple banalidad, hace que esta Muñeca de porcelana tenga un brillo que pocos otros serían capaces de sacarle.

No cabe duda de que nos encontramos ante un gran texto, como tantos otros de su autor, con un rabioso y feroz mensaje muy bien escrito, pero en su acelerado discurrir –con tantas palabras por minuto que pone a prueba la vocalización de sus intérpretes- se dan algunos momentos en que se duda haber perdido el hilo de los acontecimientos. Uno de ellos incluso muy cerca del final, lo que podría llevar a pensar que el desenlace es un abrupto concebido para concluir la representación en lugar de para cerrar la historia. Sin embargo, a medida que se recupera el sosiego y se digiere la sobredosis de información recibida, queda claro que hemos asistido a un recital teatral de alto nivel y gran calidad.

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Muñeca de porcelana, en el Teatro Español (Madrid).

 

¡Dame teatro que me da la vida!

“Si te gusta leer no puedes dejar de ir a Half Price Books”, me dijeron. Y allá que fui a recorrer estanterías, a mirar nombres y títulos, a descubrir más de autores ya conocidos o a hojear a algunos no leídos hasta ahora. Después de perder la noción del tiempo largo rato y tomarme un café rodeado de libros –¡qué gran idea esa de una cafetería dentro de una librería!- salí con Arthur Miller, Tennessee Williams, Thornton Wilder y Terrence McNally bajo el brazo.

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Mundos impresos no solo de tinta, sino también de las vivencias de aquellos que ya los leyeron. Así son los libros de segunda mano. Visto así, hacerte con un volumen que ya pasó por las manos de otra persona tiene algo de ilusorio, de película de fantasía para adolescentes. Como si a lo que te produzca el autor, le sumaras, quizás enriqueciendo quizás contaminando, lo que le suscitó al que antes que tú fuera dueño de esas páginas.

Un gran espacio, una gran nave industrial, así es Half Price Books. Pero muy acogedora. Sus altos techos, lo diáfano del lugar, el paso tranquilo de sus visitantes, la pose relajada de sus dependientes, los carteles que cuelgan del techo dando nombre a cada una de las secciones, invitan a pasear por ella sin rumbo fijo. El simple placer de dejarse llevar. Primero el color de los cómics, después la grafía nipona de los mangas, más allá novelas de todas las temáticas (románticas, policíacas, históricas,…) hasta llegar a la zona solemne de los clásicos con Edith Warton y su “La edad de la inocencia” como destacado de la semana. Del otro lado, en la no ficción, la oferta es tanta como intereses tiene la vida (arte, viajes, economía, cocina, educación,…). Pero por ahí no va lo que busco, vuelvo al lado de la literatura hasta dar con el letrero que dice drama,  teatro en inglés.

Se siente el latido, a medida que me acerco aumenta la intensidad del boom que palpita desde las estanterías de lo que siento es el centro de este lugar, el motivo que me llama, por el que he venido hasta aquí. Bajo el cartel un pasillo sin salida que me despierta la mayor de las sonrisas, como la que provocaba la paga de los domingos cuando era niño ante la avalancha de chuches que esta traería consigo. Este es el momento en que me dejo a mí mismo a un lado y paso a ser las emociones, los sentimientos, las reacciones, las lágrimas y las sonrisas, los lloros, los miedos, los gritos, las ironías, las verdades y las confesiones que están en todas estas páginas llenas de diálogos, monólogos, soliloquios y conversaciones. Situaciones y momentos planteados en lugares y tiempos que da igual que sean reales, imaginados o supuestos.

Un repertorio de sensaciones que emanan los volúmenes que rozo con la yema de los dedos mientras recorro de arriba abajo y de izquierda a derecha cada una de las baldas de las estanterías. En los títulos ya leídos o ante autores conocidos el sentido del tacto se activa como si fuera una prolongación del corazón. Ahí quedan los hombres duros de la oficina de “Glengarry Glen Ross” de David Mamet, o su visión de lo que es el teatro en “Three uses of the knife”. Un poco más abajo el profundo ejercicio de introspección y absurdo de Samuel Beckett en “Esperando a Godot”. Hojeo “Murder in the catedral” de T.S.Eliot, pero no me atrevo con él, parece un inglés demasiado elaborado, voy a emplear más tiempo en descifrarlo que en disfrutarlo.

Llegando a la eme -a David Mamet le colocaron por la d- surge Arthur Miller, el hombre dotado de una extraordinaria delicadeza para diseccionar las dinámicas familiares: “Panorama desde el puente”, “Muerte de un viajante”,Todos los hijos” o “El precio”, sin olvidar esa ácida, incisiva y despiadada crítica a la caza de brujas que fueron “Las brujas de Salem”. Miller parece ser esa clase de autores que a base de escuchar, observar y fijarse en cuanto sucede a su alrededor es capaz de llegar a la esencia de lo auténtico y después mostrarlo. Pensando esto aparece “Después de la caída” entre sus títulos, en el que dicen que cuenta cómo fue su matrimonio con Marilyn Monroe. Quizás en esta ocasión la inspiración le vino de las propias vivencias. Me lo llevo.

Frente a él, el autor que parece ser todo vísceras y pasión primaria, Tennessee Williams. Su nombre, con tantas letras duplicadas, ya transmite insistencia e intensidad. Un clásico del siglo XX que hace genial a quien sabe estar a su altura. He ahí a Almodóvar sirviéndose de “Un tranvía llamado deseo” como hilo narrativo en “Todo sobre mi madre” con Huma Rojo tirada sobre el escenario buscando su corazón o Marisa Paredes diciéndole a Cecilia Roth en un garaje eso de “quien quiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”. Sus frases nacen de donde lo hace la vida, poco hay tan profundo, desgarrador y liberador, tan sufrido y clamando libertad como los hijos de “El zoo de cristal”, el reverendo de “La noche de la iguana” o el matrimonio de “La gata sobre el tejido de zinc caliente”. Estos últimos no solo ante las convenciones sociales de los estados del sur de EE.UU., sino entre ellos y cada uno ante sí mismo. Parece que a través de ellos el señor Williams gritaba lo que él no era capaz de decir o aquello en lo que no se sentía escuchado por los suyos. Los títulos mencionados son algunos de sus grandes clásicos, lo único que conozco de él. Supongo que por eso “The notebook of Trigorin” con el añadido de “a free adaption of Anton Chekhov’s The Sea Gull” hace que me llame la atención. Me lo llevo.

Van dos, dos conocidos, dos que ya he leído, dos que ya he visto representados en diversas ocasiones sobre el escenario y adaptados en el cine. Toca también buscar algo nuevo, que no conozca, que me haga descubrir, que me pueda sorprender de manera que no pueda prever. Recurro primero a aquellos de los que he leído solo un título en el pasado, pero no veo nada de David Henry Hwang (“M. Butterfly” o la relación durante 20 años de un diplomático francés en China con una mujer que resultó ser un hombre, un basado en hechos reales con sentencias como “solo un hombre sabe cómo debe comportarse una mujer”), Tony Kushner (“Angels in America” y su genial visión de los fantasmas que el sida genera) o de Eugene O’Neill (“Largo viaje del día hacia la noche”, otra de familias con padres caníbales de sus hijos). Así que toca alguien a quien no haya leído nunca antes. Entre los nombres y apellidos enfrente de mí enfoco Thornton Wilder y “Our town”. ¿Merecerá la pena? Habrá que comprobarlo. Me lo llevo.

Con tres obras en la mano me doy por satisfecho, pero por el rabillo del ojo veo algo de cuya existencia sabía pero que no esperaba encontrar y que no puedo evitar sentirlo en las manos. “15 obras cortas de Terrence McNally”. Él fue el responsable de que comenzara a leer teatro. Cuando en 1997 vi en pantalla grande su adaptación de “Love! Valour! Compassion!” (¿quién fue el brillante distribuidor que en España la tituló “Con plumas y a lo loco”?) quise introducirme en esa historia en la que ocho hombres homosexuales convivían durante un fin de semana en las afueras de Nueva York. 48 horas llenas de amor y desamor, rechazo y amistad, compromiso y fin, miedo y aceptación,… Tardé un poco en llegar a su texto, entonces no existía el comercio electrónico. Sería cuatro años después en mi primer viaje a San Francisco donde lo conseguí, en la ya desaparecida A different light bookstore en el barrio del Castro. Y aquello fue mágico, maravilloso, de esas cosas que el tiempo dirá, pero que tras catorce años es ya uno de esos recuerdos que forman parte de mi bagaje vital. A continuación llegaría “Frankie and Johnny in the clair of moon” que él mismo adaptó también para el cine, dos torpes incapaces de darle una oportunidad al amor delicadamente interpretados por Michelle Pfeiffer y Al Pacino. Maria Callas debe ser una obsesión para él, por dos veces la ha hecho protagonista de sus historias. En “The Lisbon traviata” dos amigos discutían por una grabación de la genial griega en la capital portuguesa. En “Masterclass” la suponía ya retirada y como dura profesora de voces por formar, un papel que recientemente interpretó con maestría Norma Aleandro en los Teatros del Canal en Madrid y que parece ser es el que está en estos momentos rodando Meryl Streep. El texto de McNally y las dotes para la interpretación de la Streep, motivos lógicos para la expectación. Con todo esto en la cabeza, hojeo estas quince obras cortas. Decidido. Me las llevo.

Ahora sí. Ahora siento que la misión está cumplida. Satisfecho, sonriente. Con los cuatro libros en las manos como si fueran algo aún indefinido pero que acabará convirtiéndose en parte de mí me dirijo a la caja y pago los 13,09$ que me piden.

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(Fotografías tomadas en Dallas el 1 de julio de 2015)

Fallido zoo de cristal en el Teatro Fernán Gómez

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“El zoo de cristal” es un pequeño apartamento en San Louis, una cárcel emocional en la que Amanda gobierna a sus dos hijos, obligando a Tom a ejercer de sustentador material de la familia y ahogando a Laura con sus directrices para convertirse en una joven casadera.  Un ambiente en el que entre línea y línea, entre sus silencios y su plúmbea atmósfera se puede entrever a un Tennessee Williams autobiográfico, dolido, herido, gritando por salir, por huir, clamando por ser escuchado y no cosificado, por tener una identidad, por ser reconocido. Eso que no tienen ni Tom ni Laura porque su madre no se lo permite, no les reconoce tal derecho, tan solo les otorga el deber de representar a los hijos que ella ha concebido, no solo en su vientre, sino también en su mente, instrumentos a su servicio para no reconocer su sensación de fracaso vital.

La obra que el genial sureño estrenó en 1945 es mucho más que un libreto. Ha pasado a una categoría mayor, a la de la literatura y a la del mundo de los libros, al placer de poder hojearla impresa y encuadernada en multitud de ediciones que encontrar en librerías y bibliotecas de muchos lugares del mundo traducida a múltiples idiomas. Es por eso un texto conocido, referente para muchos,  leído, devorado, recreado en nuestras mentes, visto quizás en representaciones teatrales anteriores o en adaptaciones cinematográficas tan notables como la dirigida por Paul Newman en 1987.

El montaje que el Teatro Fernán Gómez ha presentado este mes de “El zoo de cristal” tiene a su favor contar un texto con todo lo necesario –personajes anónimos pero únicos en su multitud de pequeños detalles y una trama muy bien desarrollada- para dejar a los espectadores pegados a sus butacas, que quizás acudan atraídos por conocer otros títulos de Tennessee Williams como su tranvía llamado deseo, su de repente el último verano, su noche de la iguana, o tantas otras. Añádase a ello el tirón de Silvia Marsó como primera figura. En su contra, la adaptación de Eduardo Galán dirigida por Francisco Vidal tiene tanto al propio texto como a las vidas anteriores que los allí testigos de esta función le hayamos podido dar en ocasiones anteriores. El zoo de Tennessee no es bueno, es más, es magistral.  Y para estar a su altura, todo lo destinado a darle vida en un escenario profesional debe estar a su nivel, dirección, interpretaciones, elementos técnicos,… Si no lo está, las obras de Tennessee Williams se transforman en un ser sin piedad que deja al desnudo las deficiencias de quienes hayan osado intentar hacerse con sus riendas.

La fuerza e intensidad que tienen las palabras que Tennessee Williams está en que salen del corazón y del estómago, de lo más profundo e íntimo de sus personajes. Eso es lo que les da su autenticidad, y eso es lo que no vi ayer sobre el escenario. Las interpretaciones se quedan en la parte exterior, en la gesticulación, en el efecto, pero sin causa, cayendo en mayor o menor medida en la sobreactuación o en la presencia sin alma de algunos de los personajes por ser débilmente interpretados.

Decía el también dramaturgo David Mamet en “Three uses of the knife” que el texto ha sido concebido por el autor con una intención y una finalidad, y que eso ha de ser respetado para no convertirlo en otro o desvirtualizarlo.  ¿Por qué no ocurre eso en el Centro Cultural de la Villa de Madrid? ¿Por qué hay momentos en que se ha pretendido provocar risas? No hay motivos para reír en la vida de esta familia, eso es huir de su verdad. ¿Por qué se pretende provocar sonrisas queriendo hacernos parecer al personaje protagonista como una mujer de manías comprensibles? Ella es de formas cercanas, pero detrás se esconde una madre insinuada por su creador como un Saturno devorando a sus hijos. Esto es también faltarle a la verdad de “El zoo de cristal”. Tennessee Williams muestra en sus obras un mundo duro, cruel e hiriente, pero si por algo se ganó desde el primer momento su lugar en la historia de la letras es por hacer literatura lo que era y es cotidianeidad a su alrededor y a la cercanía de todos nosotros. No querer ver así a Tennessee Williams es falsearle, es mirar hacia otro lado, no solo hacia lo que él nos expone, sino a las historias similares a las suyas que acontecen a nuestro alrededor o en las que podemos estar viviendo.