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10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

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“Arte, revancha y propaganda” de Arturo Colorado

Toda guerra es, por definición, destructiva y la contienda fratricida que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939 no fue una excepción a esta regla. El patrimonio artístico fue uno de los focos de la contienda, aunque mucho más como instrumento de propaganda que como legado cultural que preservar. El bando nacional fue especialista en esto, algo que siguió haciendo, ya con Franco en el poder, tanto para justificar sus principios ideológicos como en su relación con las potencias del eje y los aliados a lo largo de la II Guerra Mundial.   

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El conflicto que se inició el 18 de julio de 1936 generó toda clase de aberraciones como vandalismos, asaltos, bombardeos,…, que trajeron consigo la destrucción de muchos bienes inmuebles y la desaparición de innumerables piezas artísticas. En algunos casos como resultado de lo que hoy llamamos daños colaterales y en otros de manera totalmente deliberada (ej. bombardeo nacional sobre el Palacio de Liria el 17 de noviembre de 1936 o, en esas mismas fechas, sobre el Museo del Prado).

Una falta total de sensibilidad y de respeto por las manifestaciones artísticas y culturales que continuó tras el 1 de abril de 1939. El régimen franquista siguió luchando en este frente contra el depuesto gobierno republicano, definiendo el traslado preventivo a Suiza de las obras de la pinacoteca madrileña o a Francia de otras colecciones públicas –como la del MNAC- y privadas de distintos lugares de origen como una muestra del “expolio rojo” al que había sido sometido nuestro país. Campaña de desprestigio en la que la buena labor de preservación realizada por el anterior gobierno democrático –tal y como atestiguaron profesionales de grandes museos internacionales como la National Gallery- era metida en el mismo saco que los robos perpetrados por delincuentes, el tráfico ilegal llevado a cabo por profesionales nada éticos o las pertenencias personales que llevaban consigo los que iniciaban el camino del exilio.

Tras el fin de la contienda, las nuevas autoridades hicieron bien poco a efectos prácticos para que esas piezas volvieran a su lugar de origen. Las que habían salido de manera legal retornaron una vez que Franco fue reconocido de manera oficial por los gobiernos  de esos países. Pero más allá de ello –y por la casi nula dotación de recursos económicos, técnicos y humanos dedicados a la misión- no se consiguió apenas ningún resultado exitoso, a excepción de la incautación de sus propiedades privadas que sufrieron los republicanos descubiertos en Francia.

Una tesitura que coincide con el inicio de la II Guerra Mundial, conflicto en el que España apoyó inicialmente a los regímenes fascistas de Italia y Alemania bajo el eufemismo de “no beligerancia”. Coyuntura que, tal y como cuenta Arturo Colorado, la nueva España imperialista aprovechó, con ánimo de revancha, para solventar las deudas que el país vecino no había saldado tras el paso de las tropas napoleónicas por nuestro territorio un siglo atrás. De esta manera se consiguió que el régimen de Vichy firmara en 1941 un acuerdo –considerado extorsión por la mayoría del resto de los franceses- por el que no solo se recuperaron muchos de los legados del Archivo de Simancas que entonces habían sido trasladados como botín de guerra, sino que volvieran a España piezas únicas como la Dama de Elche que, tras su descubrimiento en 1897, había sido vendida legalmente al Museo del Louvre.

Un tratado por el que se recuperaron otras piezas (como la famosa corona visigoda de Recesvinto o una apreciada Inmaculada de Murillo) a cambio de entregar un Velázquez, un Greco y un Goya, y que en nuestras fronteras fue presentado ante la opinión pública como una victoria diplomática y una validación de la fuerza, potencia y liderazgo del Caudillo. Un logro que debía mucho al apoyo fascista, y al que, en ocasiones, el régimen halagó con donaciones de obras de arte. En 1939 se entregaron al Führer tres Zuloagas y en 1941 Franco llegó a adquirir para hacérselo llegar, el retrato de Goya de La marquesa de Santa Cruz.

Sin embargo, los buenos resultados que comenzó a conseguir el bando aliado tras el fracaso alemán en su intento de invasión de Rusia hizo que esta operación no solo no se llevara a cabo, sino que meses después España adoptara la postura oficial de “neutralidad” y que incluso llegara a ofrecer el Palacio de Riofrío en Segovia para acoger los fondos del Museo del Louvre para que estos estuvieran a salvo de los bombardeos. Tras el poco cuidado de lo propio, esta ofertaba revelaba, sin duda alguna, el único valor propagandístico que la cultura –y el arte como expresión de esta- tenían para la autarquía que acababa de comenzar a gobernar España.

Vivir “Sin amor” es brutal

Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

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Lo que comienza siendo un drama costumbrista, la resolución de un matrimonio en el que no queda rastro alguno de la supuesta felicidad que un día debió existir, deriva en un sorprendente thriller sobre la búsqueda de un niño en paradero desconocido en una gran ciudad rusa. Paradójicamente, éste se hace más protagonista cuando deja de estar presente. Cuando la realidad ofrece a sus padres lo que ellos querían, que desapareciera de sus vidas, estas comienzan forzosamente a girar en torno a él. Pero no con el equilibrio de un sistema heliocéntrico, sino con la ansiedad de verse absorbidos por el vacío de un desconcertante agujero negro.

Uno de los aciertos de Sin amor es explicitar únicamente las motivaciones y comportamientos de los dos divorciantes. A los espectadores no se nos revela nada que vaya más allá de Zhenya y Boris, compartimos los mismos límites y alcances que ellos, los de su egoísmo. Pero mientras que la ya ex pareja lo vive con la arrogancia de la exigencia, nosotros lo hacemos con el encorsetamiento de la imposición. Ella se mueve entre la evasión de las redes sociales y el hedonismo de su cuerpo, él va de la estabilidad laboral a la satisfacción de sus necesidades –alimento, entretenimiento y sexo- en ese emplazamiento al que por inercia llamamos hogar o residencia familiar. Un rotundo materialismo con el Andrey Zvyagintsev ofrece una cruda visión de nuestra realidad, un mundo en el que parecemos más seres vivos, animales, que seres humanos, personas. Una intriga existencial que se une a la del misterio de no saber qué ha ocurrido con el pequeño Alyosha.

Una elaborada alegoría que se manifiesta con una gélida narrativa audiovisual conformada por una serie de elementos aparentemente anodinos, ambientales, pero que uno a uno se van apoderando del espectador hasta dejarle paralizado, abandonado y a merced de la invisible crueldad de los elementos.

El hieratismo de los planos generales que recogen la arquitectura soviética de grandes bloques geométricos y sin detalle estético alguno. El débil pulso cardíaco de la época invernal en que se suceden los acontecimientos. La dureza gestual que imprimen a sus personajes Maryana Spivak y Aleksey Rozin se extiende al resto de papeles en todo momento. La secuencia en que visitan a la madre de ella y el viaje de vuelta son de una dureza extrema por la asustante normalidad con que se la viven sus participantes. La nula conexión con la realidad del ruido mediático (corrupción, guerra de Ucrania,…) que suena de fondo en algunas secuencias. El milimétrico orden y distribución, pero sin belleza alguna, de los espacios concurridos.

Por último, destacar los pausados movimientos de cámara con los que acaban determinados planos generales y los acordes de una banda sonora que no pretenden mostrar o ambientar sino apelar a la angustia que sentimos, diciéndonos también que llevamos dentro de nosotros la capacidad de causarla.

“Vueltas al tiempo” de Arthur Miller

No son estas una memoria al uso. No es un relato cronológico cargado de fechas, lugares y nombres. Es más bien una reflexión sobre los principios que guiaron a Arthur Miller en cada momento y faceta de su vida en una dicotomía continua entre el pensamiento y la acción, los valores teóricos y la realidad práctica, sus circunstancias y deseos y el intento de imposición del entorno. Décadas de un escritor que son también las de un ciudadano político, empeñado en comprender cómo funciona el mundo.

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Arthur Miller tenía ya 73 años cuando publicó esta autobiografía en 1988. Para medio mundo era el fantástico dramaturgo que había escrito textos tan impactantes como Las brujas de Salem, El precio o Después de la caída. Para los amantes del cotilleo cinematográfico, uno de los ex maridos de Marilyn Monroe. Y para los estudiosos de la reciente historia americana uno de los muchos acusados de comunismo por el obsesivo senador McCarthy a principios de la década de los 50. Todos ellos encontrarán respuestas en este volumen que es también una demostración de la profunda, detallada e introspectiva prosa que tenía este autor cuando optaba por escribir narrando en lugar de dialogando.

Miller rememora su niñez como si fuera una secuencia cinematográfica encuadrada desde el suelo, el plano subjetivo desde el que se percibe lo que sucede a tu alrededor cuando apenas llegas a la cintura de tus progenitores. Una familia judía, emigrante del Este Europeo que tras el crack del 29 recordaría el pasado como un tiempo de holgura económica perdida y oportunidades empresariales –haber invertido en la 20th Century Fox- no aprovechadas. Los desesperantes años 30 marcaron el carácter de un joven que quedó impactado por la dificultad de encontrar un puesto de trabajo, lo que una vez conseguido, y tras muchos meses de ahorro, le permitió acceder a la educación universitaria. Años de pesimismo y de debacle social que EE.UU. pareció olvidar con la sobredosis de exacerbado patriotismo que supuso su liderazgo del bando aliado en la II Guerra Mundial.

Tras el conflicto comenzó la gran crisis ideológica. El capitalismo occidental había hecho, hasta entonces, del comunismo soviético su aliado, pero en ese momento comienza a ser visto como el nuevo enemigo y convertido, por obra y magia de la manipulación, en la gran amenaza, no solo bélica y política, sino también social. Por su parte, la URSS traicionaba a los que, como Miller, habían creído en ella y en su supuesto sistema de equidad para todos sus ciudadanos. Así fue como la locura conservadora del McCarthismo se ensañó especialmente con personalidades como la de este autor, empeñado en denunciar las desigualdades, pero al tiempo, viéndose defraudado por aquellos referentes que le habían valido para conformar su pensamiento.

El creador de La muerte de un viajante contaba para entonces con el favor del público que frecuentaba los circuitos teatrales que hoy llamaríamos off, pero no así el de la gran crítica –esa que seguía lo que marcaba el New York Times– y de los empresarios, que casi siempre pusieron frenos a sus obras por temor a que no fueran comerciales. Una falta de sensibilidad y miras culturales que parecía ser dueña de Broadway ya en la primera mitad del siglo XX, y al que Miller acusa de ser raíz de uno de los muchos males del infantil, simple y pacato pensamiento de buena parte de los norteamericanos.

Muchos de estos le descubrieron cuando él quedó prendado de Marilyn Monroe y comenzó a entender que la vida y el matrimonio tenían que ser más un carpe diem que un contrato indisoluble hasta el fin de la vida terrenal. Sin embargo, el vínculo que comenzó como un alivio de las inquietudes de cada uno no se sostuvo con el tiempo. La supuesta medicina que se proporcionaban recíprocamente resultó ser un placebo que, una vez descubierto, hizo que el uno para el otro no fueran más que fuente de desequilibrio e insatisfacción, y en consecuencia, también, de dolor. Una relación que dejó muchas páginas en la prensa amarilla, más fotos aún delante y detrás de los focos y un guión y una película, Vidas rebeldes, que demuestra que la capacidad creativa de Miller llegó también al séptimo arte.

Después llegaría su matrimonio con la fotógrafa Inge Morath y el sosiego interior que da la madurez. Con ella indagaría a través de sucesivos viajes en la huella que los conflictos bélicos habían dejado en Europa y como aquellas duras lecciones eran olvidadas poco tiempo después, tal y como quedaba demostrado con las sucesivas guerras, como Corea y Vietnam, en que se involucraba EE.UU. Esta es la etapa de su vida en que dedicó aún más energía a su convencimiento de que la creación literaria es un mecanismo para plantearnos qué modelo de convivencia estamos elaborando para relacionarnos, tanto con los que comparten una manera de ver la vida similar a nosotros, como con los que lo hacen de manera diferente. Desde su cargo como Presidente de la asociación mundial de escritores, PEN International, ejerció en la segunda mitad de la década de los 60 de vínculo entre autores de diversos lugares del mundo (desde Latinoamérica a la órbita soviética) para ayudar a tender puentes para la convivencia entre la libertad, tanto personal como de expresión, y las dos ideologías tan aparentemente opuestas en que se dividía Occidente.

Quizás fue esta la máxima que siempre persiguió Arthur Miller y que plasmó de distintas maneras en las obras que escribió tanto para ser representadas en un escenario como ante un micrófono radiofónico, además de alguna novela. Textos y montajes con los que, como en Vueltas al tiempo, a través de situaciones aparentemente pequeñas –la convivencia familiar o el enfrentamiento entre lo deseado y lo conseguido- nos traslada a conflictos, realidades y aspiraciones que no entienden de lugares ni de tiempos y tras los que está el deseo humano y universal de verse libre de cadenas y de imposiciones.

 

“El armario de acero”, luchando contra la opresión en la Rusia de hoy

Relatos y poemas breves y expresivos, unos por lo que cuentan y otros por cómo lo hacen. No es este un recopilatorio de historias sobre cómo vivir ocultado o luchando contra el sistema, va más allá. Se adentra en las personas y en su manera de sentir dejándonos ver los cauces que toma lo innato, unas veces con una redacción convencional y otras con complejas formas narrativas.

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En junio de 2013 Rusia aprobaba la conocida ley “contra la propaganda homosexual”, cuyo supuesto fin era proteger los valores de la familia y de la integridad personal de los más pequeños. Eufemismos aparte, su realidad es la de esconder, ocultar, castigar y penar a aquellas personas que no se atienen a la uniformidad heterosexual. Una manera de control y opresión social de un gobierno con pretenciosos aires de imperio y descarados modos dictatoriales.

Además de contra las expresividades afectivas fuera de la norma mayoritaria, son conocidos también los ataques del gobierno de Putin contra todas las disciplinas artísticas que transmiten mensajes críticos (he ahí las musicales Pussy Riot) o satíricos (Tatiana Titova, directora del Museo Ruso de San Petersburgo hubo de dimitir por dejar exponer un cuadro de Vladimir vestido con camisón), llegando a tergiversar (se ha acusado a la novela gráfica “Maus” de ser propaganda nazi cuando resulta ser todo lo contrario) o a amenazar a aquellos medios de comunicación que se atreven a poner en duda el papel social e ideológico de la iglesia ortodoxa.

Estos son los ecos que nos llegan desde fuera sobre cómo es vivir en Rusia cuando no se cumplen la legalidad vigente. Pero, ¿cómo es estar dentro y no dejarse negar, humillar o aplastar por semejante barbarie?  Para obtener una respuesta desde un punto de vista literario, Gonzalo y Alberto, editores de Dos Bigotes, contactaron con Dimitry Kuzmin, máximo impulsor de la cultura LGTBI rusa (tal y como redactan ellos mismos en el prólogo) y de sus contactos y gestiones surgieron las colaboraciones de los 17 autores que conforman “El armario de acero”.

Cada uno de ellos con diferentes aportaciones, fundamentalmente relatos más o menos breves y poesías. Unos cuentan historias apegadas al día a día, acontecimientos en los que el afecto encuentra la manera de materializarse, de ser una caricia, un beso o un abrazo real; y otras en las que se convierte en fuente de castigo, de desprecio. También los hay que son ventanas de un yo interior que fantasea sexualmente  de continuo para compensar a la persona rígida, fría y normativa que muchos se ven obligados a ser. No siempre la cuestión del género o de la orientación sexual es protagonista, sino que como en la vida misma, forma parte del conjunto de características que nos definen y que tan solo pide ser considerada y respetada.

Contenido aparte, “El armario de acero” es también interesante por la variedad de estilos que confluyen en sus páginas. Entre sus ficciones encontramos narraciones, diálogos y descripciones que responden al tradicional planteamiento-nudo-desenlace; y también otras desestructuradas, con entradas y salidas de elementos sin aparente lógica, combinando puntos de vista en un caleidoscopio variopinto a la manera en que los pintores cubistas componían sus pinturas hace un siglo.

Es en la lectura de estos donde está el reto que plantea este volumen de Dos Bigotes. Hay que saber ver más allá de las palabras y las frases que se forman en ellos, sin metáforas ni símiles aparentes, y dilucidar qué puede haber entre sus líneas. Las palabras, acciones o acontecimientos que no se pueden contar libremente se ocultan tras modos y maneras expresivas que pueden resultar difíciles y complejas de entender. Pero si se mira, si se lee atentamente se llega a ver el deseo, el dolor, las ganas o el miedo de sus autores o del entorno que nos transmiten a través de sus creaciones. Quizás sean estos los escritos más expresivos y creativos, los que plasman el maltrato psicológico y físico, la esquizofrenia en la que un régimen como el de Putin y una sociedad como la rusa actual obliga a vivir a muchos de sus habitantes, de sus vecinos, de sus hijos.

La misma interrogante cien años después: “El último verano de Europa: ¿quién comenzó la Gran Guerra en 1914?” de David Fromkin

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En estos tiempos en que cada día del año tiene sus onomásticas y celebraciones se hace necesario reflexionar porqué algunos acontecimientos están inscritos en nuestro calendario marcando con su recuerdo –o con quizás su estela por en cierto modo no haber terminado aún- nuestro presente a pesar de haber transcurrido, como es el caso de los tratados en este libro, ya más de un siglo.

El relato ya conocido dice que el 28 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro, fue asesinado junto a su mujer en Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, territorio que formaba parte del imperio. El asesino, capturado al momento y que aparentemente actuaba por iniciativa individual, era de nacionalidad serbia. Justo un mes después, el 28 de julio, el Imperio Austro-Húngaro declaraba la guerra al Reino de Serbia, estado independiente que hasta 1878 había formado parte del Imperio.

Al día siguiente Rusia movilizaba sus tropas en la frontera del imperio, hecho que lleva a Alemania a acusarla de estar preparándose para entrar en conflicto con su aliado y le declara la guerra el 1 de agosto. Dos días después, el 3 de agosto Alemania se declaraba en guerra también contra Francia por su alianza con Rusia. Para atacar Francia las tropas alemanas ocuparon, contra la voluntad de su gobierno, Bélgica el 4 de agosto, lo que motivó la intervención del Imperio Británico declarando la guerra a Alemania.

¿Qué ocurrió entre el 28 de junio y el 28 de julio para que el asesinato acabara dando pie a la declaración de guerra? ¿Qué otros factores hubo además del asesinato del archiduque? ¿Se pudo haber evitado? ¿A qué dio pie el que hasta entonces fuera conocido como el mayor conflicto bélico jamás vivido por la humanidad –“La Gran Guerra”-?

La historia no es una ciencia exacta ni un discurso lineal, sino -en función de la información más o menos veraz y objetiva que de los hechos acontecidos tengamos- una reinterpretación más o menos certera –pero nunca absoluta- sobre los mismos. En este marco de volubilidad David Fromkin recoge aspectos que presenta como ya analizados por los historiadores, otros que han tardado más en conocerse y lagunas por aclarar. De manera minuciosa detalla antecedentes bélicos, posicionamientos geoestratégicos y situación socioeconómica de cada una de las potencias; personalidades involucradas, motivaciones personales y relaciones entre ellos,… Su presentación y concatenación ordenada de los hechos, junto a una redacción fluida y asertiva, le da solidez y verosimilitud a los acontecimientos que recoge en sus páginas y que a su juicio son las que generaron el clima necesario para que dado el momento y los detonantes necesarios se desatara la tormenta perfecta que ya no tuvo marcha atrás posible y que se transformaría en la I Guerra Mundial.

En manos de los expertos queda el valorar si ha tenido en cuenta si las informaciones y datos considerados son las adecuadas y si están correctamente unidas e interpretadas. Como lector, su relato supone un puzzle de piezas bien hilvanadas que se lee de manera apasionada y con la tensión de quien hubiera tenido la oportunidad de vivir aquellos días en tiempo real.

Un relato que no se queda tan sólo en 1914 sino que abre la puerta al debate. A juicio de Fromkin y tal como expone de manera precisa, esta fue una pugna sobre el liderazgo mundial, los  equilibrios de poderes y las definiciones de fronteras entre naciones y estados. Un conflicto no resuelto en 1918 y que se prolongaría hasta 1989 con dos guerras más, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

Y mientras seguimos buscando explicación a lo que pasó en el inicio del verano de 1914, no perdamos de vista una fecha en el calendario. Queda poco menos de un mes para el 1 de septiembre y su efeméride correspondiente con la previsible avalancha de análisis de qué pasó entonces también, el 75 aniversario del inicio de la II Guerra Mundial.

(imagen tomada de amazon.es)

31 días en Kazajistán

Astana, 26 de Noviembre de 2013

Tres viajes, y si sumo los días de cada uno de ellos, el resultado es 31. En el último medio año, he pasado un mes completo en Kazajistán. Viajes laborales, pero también experiencias personales. Que hayan sido por trabajo los condiciona, eso está claro, pero también les da atractivos y circunstancias que de otra manera no hubieran existido.

Estepa, nómadas y antigua Unión Soviética fueron las primeras ideas que me surgieron en la mente al saber que iba a venir aquí. Tópicos que encontré y que experimenté. Las grandes llanuras con arbolado casi inexistentes en los centenares de kilómetros que recorrí desde la capital, Astaná, hasta la frontera rusa pasando por Kostanoi, y desde Karaganda hasta Astana. El espíritu nómada en las historias que te cuenta la gente local de etnia mongola y su orgullosa descendencia del imperial Genghis Khan. Y la huella soviética, muy visual y también muy sutil, muy invisible a la par, está en el carácter, en los modos directivos y burocráticos en que pueden convertirse y aparentemente complicarse en un instante, para luego resolverse con la misma velocidad, las relaciones personales y profesionales.

Astana: Capital

Quizás para dejar atrás los tópicos y con el fervor del patriotismo iniciado (Kazajistán comienza a existir como país en 1991 tras la desintegración de la URSS) en 1997 decidieron que la capital del país debía dejar de ser Almaty (en la frontera montañosa del sur con China y Kirguizistán) para ser Astana (en el norte). La Lonely Planet que hojeé en uno de mis viajes decía en su edición de 2007 que la ciudad tenía entonces 300.000 habitantes, y hoy seis años después llega a los 780.000. ¿Qué ha pasado? Antes el río Ishim debía señalar el límite de la ciudad por el Este, hoy es la línea que la divide en dos zonas, la antigua y la moderna. En la moderna todo el aparato burocrático (político y económico) de la República de Kazajistán con sede en la ciudad ocupando grandes edificios en un plan urbanístico diseñado por el conocido Norman Foster.

Un desarrollo urbano que tiene como centro un boulevard de 2,5 km donde a un extremo se sitúa el Palacio Presidencial (residencia del Presidente de la República que recuerda en mucho al Capitolio de Washington, con la variante de que su cúpula está forrada en azul lapislázuli) y a su otro término un centro comercial con forma de yurta, el centro de entretenimiento Khan Shatyry. En el centro de esta avenida el Bayterek, una torre de 97 metros de altura (simbología: tantos como el año en que se declaró la capitalidad de la ciudad) desde cuyo mirador se pueden tener unas vistas infinitas gracias a la planicie en que se encuentra Astaná (nombre que en kazajo significa “capital”). Si entras y subes puedes optar a la máxima experiencia patriótica de un kazajo, en el centro del mirador, colocarte donde en su inauguración lo hiciera el Presidente de la República, Nursultan Nazarbayev, poner la mano donde han esculpido la huella de la suya y escuchar en ese momento el himno nacional.

Al Bayterek se le conoce popularmente como “ el chupa-chups”, y tenemos otros rascacielos como el “mechero” o el “colchón” o el “huevo” del Ministerio de Defensa. Son algunos de los muchos edificios con formas cónicas y juegos geométricos  sólo posibles gracias a la moderna ingeniería en altitudes de decenas de metros forradas con cristal, acero o láminas que simulan ser oro.

Junto a la simbología, la simetría es la otra máxima buscada en este diseño urbano, a uno y otro lado de la plaza del Bayterek se abren en espejo el uno frente al otro las sedes mastodónticas del Ministerio de AA.EE. Y como guinda, dos vistas. En la explanada de entrada al centro comercial Khan Shatyry (lleno de marcas españolas con precios más elevados que en su mercado patrio, y en su último piso con una piscina de olas), una fuente en la que los chorros confluyen en un punto sobre el que visualmente se sitúa la cúpula del Bayterek. Nada es porque sí. Y si nos vamos al otro lado del boulevard, el Bayterek nos provocaría todas las tardes un eclipse en el momento en que en el atardecer, visto desde el punto central de la fachada del Palacio Presidencial, se sitúa tras él. Una perfecta simbiosis de líneas que tiene como fin la búsqueda de la belleza como equilibrio y la emoción de dejarnos boquiabiertos.

Añadir a este boulevard su prolongación espiritual. Al otro lado del Palacio Presidencial, cruzando el río Ishmir, y también en la línea (el boulevard) que articula perfectamente el Kahn Shatyry, la fuente referida, la torre Bayterek y la mencionada residencia presidencial, está la Pirámide, denominación popular porque tal es su forma. El nombre oficial, Palacio de la Paz y la Concordia, porque ese es el espíritu con el que fue ordenada su construcción por el Presidente de la República (todo gira en torno a él), como lugar en el que significar las más de 130 nacionalidades que viven en el país y el diálogo entre culturas y religiones. Como base un cuadrado de 62 metros en cada lado y una altura de… 62 metros. Otra vez simetría, geometría, equilibrio y simbolismo en las dimensiones. En su interior: un centro de convenciones, una teatro de ópera, una galería de arte, el Centro Internacional de Culturas y Religiones, la Academia del Mundo Turco,… un mundo que poder descubrir a través de las visitas guiadas que presta el edificio a sus visitantes.

Astana

La torre Bayterek, el palacio presidencial, el centro Kahn Shatyry y grandes edificios en los 2,5 del Green-Water Boulevard diseñado por Sir Norman Foster.

¿Es todo Astana así? Sí, ¡aún hay más! Grandes torres de viviendas –una incluso con gran similitud al Waldorf Astoria de Nueva York-, un auditorio para conciertos con un diseño que recuerda a las esculturas de Richard Serra en el Guggenheim de Bilbao, una ópera recién inaugurada con un coste de 500 M€ realizada en estilo neoclásico con mármol importado desde Sicilia, el centro de convenciones –sí, otro- del Palacio de la Independencia,… Insisto, ¿es todo así? Pues no, no todo es así. Fuera de las manzanas modernamente urbanizadas se ven zonas humildes, casas que parecen autoconstruidas en calles de escaso asfaltado y nula iluminación pública, y otras con construcciones en modo colmena que te recuerda el pasado soviético de Asia Central.

Una vuelta en el hop on-hop off es ideal para con su recorrido observar esta disposición de la ciudad sobre el terreno. Apenas 170 años de historia de un territorio que hasta iniciado el siglo XIX no conoció la vida sedentaria y que hoy pretende ser icono de lo más moderno de la globalización. El reto de Astana es 2017, el año en que será la sede de la Expo y por la cual tanto la ciudad como su país pretenden situarse en la primera línea del reconocimiento y la atracción en el mapa mundial.

Kostanay: construcción soviética

Antes que la arquitectura espectáculo, en Kazajistán se practicó la construcción funcional. La que no tenía detrás la planificación de las grandes firmas y el objetivo del marketing político y turístico, la que tenía como fin ubicar a la masa obrera para poner a esta al servicio de la acción productiva.

A extraer carbón y minerales como oro y cobre, y a practicar la agricultura de los cereales, a esos fueron trasladados cientos de miles de personas a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX a ciudades como Kostanoy en el norte de lo que es hoy Kazajistán. Fueron las décadas de la economía planificada, la que imponía un objetivo, una labor y una misión única a territorios y masas de ciudadanos. El precio, el que fuera necesario. El objetivo estaba por encima de los medios, de las posibilidades o de los costes que supusiera el conseguirlo.

El tiempo en esta ciudad parece haberse parado en 1991, en la caída de la Comunidad de Estados Independientes que siguió a la caída de la URSS. Bloques que parecen prefabricados, colmenas que se sitúan una detrás de otra, en sucesión como fichas de dominó. Con fachadas de estética geométrica –hasta la extenuación- descuidada y erosionada por el paso del tiempo y la dureza de un clima que pasa de nueve meses de invierno gélido a dos de verano tórrido en unas transiciones –primavera y otoño- que llegan como se van, en un suspiro de una quincena. El trazado urbano es una cuadrícula de avenidas anchas, con doble carril por cada sentido de la circulación. Estas son acompañadas por las largas fachadas de las edificaciones multifamiliares que parecen ser de hormigón. Según vas pasando una, otra, y otra, y otra,… te surge una duda, ¿por dónde se entra? Porque no has visto ninguna puerta o portal.

Kostanoy

Camina, tuerce a la izquierda o derecha según sea el sentido de tu andar, y por donde veas que entran y salen los coches a lenta velocidad, sigue tú. Si es de noche lo harás con muy poca oscuridad, y tendrás que tener cuidado de que no haya llovido o helado, porque quizás el suelo no esté asfaltado. Una vez hayas entrado en este patio “interior” te encontrarás con el portal que buscas. Probablemente desatendido, quizás abierto, con la cerradura estropeada. Décadas atrás todos los servicios colectivos eran provistos por el Estado, en el momento en que este desapareció, ¿quién se encarga  de gestionar la “comunidad de vecinos”? Parece que están aprendiendo a manejarse en colectividades autónomas.

Kilómetros y kilómetros

Fuera de los edificios ya descritos, las construcciones  que encuentras alejándote del centro de las ciudades parecen viviendas unifamiliares construidas por sus habitantes con un espacio circundante que  seguro muchos utilizan para una pequeña huerta de autoconsumo. Probablemente generadora de ingresos extra en puestos espontáneos en las grandes avenidas de productos frescos, hortalizas y verduras que le dan colorido y bullicio a la calle, en definitiva, vida.

Practicar la agricultura fue una obligación a modo de tortura que los rusos impusieron a los que se movían por estas tierras a finales del siglo XVIII. Hasta entonces los herederos de los modos y maneras del Imperio Mongol forjado por Genghis Khan en el siglo XII, vivían como nómadas desplazándose en núcleos familiares por el territorio de la infinita estepa. Pero eso llegó a su fin cuando los rusos quisieron emular el imperialismo de sus vecinos europeos, su brújula se dirigió hacia la estepa de Asia Central. Al territorio que iba desde la Siberia de entonces y ahora hasta cubrir el antiguo eje central de la ruta de la seda y hacer frontera con el imperio británico que desde la India y Pakistán se introducía en el actual Afganistán. Los límites este y oeste quedaban marcados por la frontera infranqueable de China y el Mar Caspio.

Actualmente varios millones de kilómetros cuadrados que se reparten entre cinco repúblicas: Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán y Tayikistán. Este territorio no tuvo otra consideración por parte del Imperio Ruso, y posteriormente de la República Socialista, de convertirse en granero con el que alimentar a sus ciudadanos de primera.

Así fue como se iniciaron inmensas plantaciones de cereales –fundamentalmente trigo- que debían explotar los antiguos nómadas ahora hechos ciudadanos sedentarios. Un amplio porcentaje de ellos murieron por todos los factores que el abrupto cambio histórico produjo: la no adaptación al nuevo sistema de vida, la dificultad de que este fuera productivo, la contaminación de los acuíferos que los sistemas de fertilización ruso supusieron para el subsuelo –cuestión que se sigue intentando resolver hoy en día- o el trato de pseudo-esclavitud al que fueron sometidos las poblaciones locales –natas o desplazadas de otros lugares del primero imperio  y después república rusa-.

En aquella obligación del sedentarismo está el inicio de las poblaciones que viajando hoy te puedes encontrar en los 750 km de carretera entre Kostanay y Astana. No son muchas, quizás apenas una decena, de tamaño mínimo y con un estilo similar, casas de una planta, con tejados apuntados, pequeña parcela vallada a su alrededor y gran antena satélite junto a la puerta principal. Y en sus afueras manadas de caballos, ¿salvajes? No, criados para acabar formando parte de la sabrosa dieta autóctona.

KilometrosyKilometros

E igual te pasará durante el trayecto con otros vehículos, pocos, la mayoría camiones de gran tonelaje y utilitarios antiguos y pequeños, presupongo que Ladas rusos, o modernos de estilo deportivo de firmas japonesas y coreanas y algún que otro francés. Y te los habrás de cruzar con mucha precaución, la estepa es traicionera para el conductor. La carretera parece recta hasta el infinito, pero está plagada de baches y a excepción de los tramos cercanos a las dos grandes ciudades, con un firme manifiestamente mejorable.

Y dos consejos para el viajero. Primero, en todo el camino no te vas a encontrar otro espacio para el aseo personal que la estepa (en las estaciones de servicio tienen algo en formato rústico, nada recomendable). Y segundo, igual sucede a la hora de comer, ninguna opción en el largo recorrido. Tan sólo una excepción, a unos 100 km de Astana –y solo lo averiguarás si viajas con locales- un pequeño establecimiento al que no identificarías como donde poder comer. Pequeño, limpio y de apariencia muy modesto, pero con una oferta casera que ves preparándose en los fogones. El lugar es diáfano, y en un simple golpe lo has visto en su conjunto, un pequeño comedor con un mostrador, la cocina y un lavabo. La dificultad del idioma la puedes salvar señalando en las fotos que tienes en el mostrador cuáles son los platos que quieres, y la recia señora de gesto adusto que te atiende sumará su coste ¡con un ábaco! Te sientas en tu mesa cubierta con hule y a disfrutar de tu selección recién preparada. Elijas lo que elijas, platos bien contundentes y que saben a casero: sopa de fideos con verduras y carne guisada, arroz con carne a la brasa especiada, salchichas con puré de patatas,…

Espíritu épico

Las pocas poblaciones que puedas haberte encontrado en el recorrido anterior o en los 250 km que separan la capital de Karaganda –ciudad de referencia en el centro del país- te recibirán siempre de dos posibles maneras. En el caso de las localidades mencionadas con un arco de entrada que enmarca la carretera, y estas y muchas de las demás también con monumentos conmemorativos de grandes dimensiones que te parecerán deben ser la traslación de un diseño de formas geométricas llevado a la práctica multiplicando por 1000 la escala del papel. Además de estos, aparecen también en estos momentos en cruces y glorietas grandes pancartas anunciándote las virtudes, riquezas y objetivos del país. En muchos de ellos  verás al Presidente de la República jugando al tenis, saludando a niños, posando en un espacio público, o sonriéndote levemente sin más; en otros a grandes atletas olímpicos del país –como halterofílicos, judokas y nadadores- en el momento épico de la celebración y la medalla; o mujeres y hombres uniformados con mensajes relativos al objetivo de gran desarrollo que el país tiene establecido para hasta el año 2050.

EspirituEpico

No debes dar por seguro el cálculo de horas que te puede llevar un trayecto, además de la situación del firme y del tráfico de camiones, las obras se extienden por todo el recorrido, y a esto debes sumarle las posibles inclemencias meteorológicas. En lo duro del invierno, la nieve y el hielo son continuos, por lo que viajar de noche es opción a olvidar, las carreteras llegan incluso a cortarse por tormentas de viento.

Una dureza extrema que en su día vivieron todos aquellos que como desterrados y prisioneros ideológicos y de guerra fueron deportados por las dictaduras rusas desde sus lugares de origen hasta alguno de los 11 gulags que llegó a haber en lo que hoy es Kazajistán. Este es uno de los motivos de que un porcentaje mínimo de la población del país sea de ascendencia alemana y coreana. Allí donde Rusia hiciera prisioneros, los deportaba a miles de kilómetros para evitar riesgos de rebelión, los agotaba y extenuaba durante los largos trayectos de traslado, para posteriormente llevarles hasta la muerte en los campos de concentración por las duras condiciones de vida y de trabajo esclavo en estos.

Karaganda

Una de esas localizaciones fue Karaganda, en el centro del país. Durante la II Guerra Mundial lugar de recepción de miles y miles de prisioneros de guerra alemanes trasladados desde el frente europeo. No cesó su actividad en 1945 y en los años posteriores siguió recibiendo víctimas de las limpiezas étnicas que por todo el territorio ruso realizó Stalin. Algunos de aquellos millones de afectados fueron españoles que por convicción ideológica huyeron durante y tras acabar la Guerra Civil a Rusia. La desgracia les siguió ya que allí, años después, volvieron a verse como víctimas del régimen en el que creían debido a su origen geográfico.

Hoy Karaganda es una ciudad industrial, en la que por las mañanas ir al trabajo supone lidiar con un tráfico intenso. Donde hay una analogía entre el humo de los tubos de escape, el que  exhalan los muchos que fuman a la puerta de su trabajo (en los recintos cerrados está prohibido por ley) y el vaho provocado por los varios grados bajo cero a temperatura ambiente en otoño e invierno.

En la calle frío helador y en los interiores un calor antagónico. Las calefacciones no tienen término medio, y puedes llegar a pasar calor, mucho calor. Te conviertes en una cebolla poniéndote capas de ropa al salir al exterior y quitándotelas al volver. El sistema es como el de una gigante calefacción central que se articula a lo largo de todas las grandes ciudades. Tubos que siguen el trazado de las grandes avenidas, que de repente suben perpendiculares y la cruzan formando un arco para volver a situarse al nivel del suelo y seguir el callejero. No ves de dónde surgen, pero están en todas las calles y cuando entras en cualquier establecimiento cerrado su efecto es evidente, tus mejillas enrojecen producto del contrastado cambio de temperatura. Para consolidar el calor corporal también en el interior, la sugerencia es comenzar toda comida tomando de cuchara bien  caliente, una crema, que bien pudiera ser de salmón y gambas o de brócoli, o una sopa de tomate.

Para no pasar frío en el exterior te dicen “la clave está en un buen calzado y un buen abrigo, además de gorro y guantes, ¡ah! y ropa interior térmica, si tienes esto no hay problema en salir fuera”. ¿Y si tienes coche? ¿Cómo lo arrancas? Si tienes medios para ello, además de que duerma en garaje, el coche tiene un sensor que al alcanzar los -10º se activa y pone en marcha un sistema de calefacción para que sus circuitos no se estropeen por culpa de tan gélidas temperaturas mantenidas durante largo tiempo (días, semanas, meses,…).

La sonrisa kazaja

Pero por más que suba o baje la temperatura, el carácter afable o asertivo permanece. Uno u otro depende de la etnia con la que te encuentres. Aunque toda norma tiene más excepciones que afirmaciones de la misma, la sonrisa suele ser propia de los kazajos de origen mongol, mientras que el rostro serio y parco de los de origen ruso. Los primeros te consideran siempre un invitado al que han de agasajar y atender, al que guiar por las maravillas de su país, compartirán contigo lo que tengan y brindarán a tu salud. Sus ojos ligeramente rasgados transmiten más vida y el tacto de su piel en un apretón de manos es más cálido. El ruso será contigo más asertivo, sin adjetivos, recto en su pose, pero igual de eficiente y resolutivo si así lo necesitas de él.

La barrera del idioma es casi infranqueable si no hablas una de sus lenguas, ruso o kazajo, ya que pocos son los que entienden y hablen inglés. Complicado comprenderlas siquiera además cuando son lenguas que no utilizan el alfabeto latino, sino el cirílico en el primer caso y el túrquico en el segundo. Ante la imposibilidad te queda el lenguaje de signos y ahí la diferencia de carácter en la etnia se volverá a notar, probablemente el kazajo utilizará más recursos para intentar hacerse comprender o entender tu desesperada habilidad mímica. Hasta te dirigirá una sonrisa para favorecer el entendimiento y la empatía.

Y no te cansarás de que te sonrían, lo hacen no solo con los labios, sino también con la mirada, con la amabilidad de su trato. Resulta fácil establecer comunicación, para ellos ser anfitriones afables es tan natural como su curiosidad por conocer el mundo de su visitante.

SonrisaKazaja

Y entre ellos, ¿cómo hacen? ¿Cómo socializan? Preguntando a un local esta interrogante, su respuesta fue: “La dureza del clima y los modestos ingresos hacen que la forma de vivir no sea como la que tenemos los occidentales, en el mundo ruso-asiático multiplica por 10 los habitantes que ha de tener una ciudad para ofrecerte los mismos servicios que una europea. Por lo tanto aquí no se es de ir a restaurantes o de ir a cines, sino que la mayoría de la gente lo que hace es reunirse en las casas con la disculpa de una comida, un partido en la tv, una celebración,…”.

Comunión de cielo y tierra

Entre las construcciones soviéticas erosionadas por el tiempo, el clima y la baja calidad de sus materiales, y la modernidad de las grandes firmas arquitectónicas llaman la atención las mezquitas grandes, lustrosas, brillantes, que se ven en todas las ciudades. ¿Es Kazajistán un pueblo musulmán? “Hay muchas gente que practica el Islam, pero no somos musulmanes. Sí, hay mezquitas, pero aquí eso es estrictamente una religión, no un código social y civil como sucede en los países musulmanes”, dicho por un local de 34 años. “Cuando los musulmanes llegaron hasta aquí con la pretensión de conquistarnos militarmente siglos atrás, no lo consiguieron. Entonces lo intentaron predicando, y ahí sí que tuvieron cierto éxito, pero para nosotros el Islam es una forma de vivir la espiritualidad que hemos adaptado con lo que ha formado parte de nuestro espíritu nómada desde siempre.”

Cierto es que en el papel moneda (tengue es la moneda local) puedes ver la mano de Fátima, el talismán del mundo árabe que te protege de las desgracias. Ves mezquitas, pero no oyes llamadas a la oración ni a mujeres con la cabeza cubierta ni a hombres con chilaba. Quizás no haya espiritualidad musulmana, pero sí una estrecha relación con el mundo árabe que puede verse a través del dinero. El billete de 500 tengues, por ejemplo, incluye las famosas torres de Kuwait junto a las sedes del Ministerio de Finanzas y del Ayuntamiento de Astana, edificios costeados por el país árabe como regalo a Kazajistán.

Viajar, salir de la ciudad, parar en el campo, agacharte y tocar el suelo, levantarte e inspirar fondo, llenar los pulmones de aire limpio, abrir los ojos y mirar al cielo. Es una manera de llenarte de paz, de energía, de conectar con todo, con tu interior, con lo que te rodea y con lo que está más allá, con los que estuvieron antes y con los que vendrán después.” Y la misma mujer que me contaba cómo le gustaba hacer esto que su abuela le enseñó, prosiguió: “Somos un pueblo con miles de años de historia. En Europa tenéis una cultura que también tiene miles de años de historia, que ha ido y venido desde entonces. Pero en nuestro caso, tenemos algo que incluso es más antiguo que vuestra cultura, es una espiritualidad que pervive, que seguimos practicando.”

Y esa conversación te viene a la mente al día siguiente mientras viajas y por la ventanilla del coche ves la infinita planicie. Miras a lo lejos y no terminas de encontrar nunca ese punto en el que se funden cielo y tierra, nunca llega. Parece que siempre van juntos en el interior del kazajo, su parte terrenal, la parte de sí mismo pegada a la tierra en la que vive y le da lo que le nutre, y su parte espiritual, la que le llena el corazón de sensaciones y el espíritu de motivaciones e ilusiones.

CieloyTierra