Archivo de la categoría: Arte

Puntos de encuentro de la Colección Soledad Lorenzo

En 1986 Soledad Lorenzo decidió poner en marcha un proyecto vital, personal y empresarial, su propia galería de arte. Un recorrido de tres décadas al que puso punto final hace poco y cuyo mayor legado no son solo las obras de artistas únicos colocadas a lo largo de estos años, sino las que ella misma se quedó porque nadie se fijó en ellas o no estuvo dispuesto a adquirirlas. Una selección de ese conjunto alcanza ahora el sumun del arte al ingresar como depósito en el Museo Reina Sofía.

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Un mecenazgo que se mostrará a través de dos muestras. La primera de ella es este Punto de encuentro formada por 57 piezas de 15 autores –que desde que comenzaron a trabajar con ella la tuvieron como representante en exclusiva en Madrid- a través de las que poder ver cómo ha sido la creación artística en nuestro país en el último período del siglo XX y el arranque del XXI. Estas son algunas de ellas.

Antoni Tápies (Barcelona, 1923 – 2012). Estera, 1994. Pintura y collage sobre madera. 200 x 228 x 12,5 cm.

Un material pobre, esparto hilvanado para formar una estera con la que cubrir el suelo a modo de alfombra. Un utensilio humilde ligado a lo rural, descontextualizado, en lugar de en el suelo está en la pared, en lugar de tocar directamente la superficie está colocado sobre una tabla que lo magnifica. Sin embargo, esta dignificación no pierde de vista su pasado utilitario y lo muestra de manera realista, desgastado, curtido por el uso y el paso del tiempo. De ahí ese centro del que brota aquello que ya no tapa, una gran mancha de pintura que por su forma lo mismo puede ser la inicial del apellido de su autor que una cruz griega. O quizás, deliberadamente, sea las dos y de ahí su número 2. Junto a este elemento gráfico, otros dos elaborados con grafito. Con el número 1 el término TAYKYOKU, que refiere al concepto filosófico chino del Taiji, el principio generador de todas las cosas. Con el 3 una mano que se extiende buscando, ofreciendo, esperando encontrarse con la nuestra.

Pablo Palazuelo (Madrid, 1916 – 2007). De somnis II, 1997. Óleo sobre lienzo. 217 x 149 cm.

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Primero hay que mirar, pasados unos segundos para dejar atrás la carga visual del trayecto realizado hasta situarse frente a esta pieza en la planta 4ª del edificio Sabatini, se comenzará a ver algo que antes parecía no existir. La imagen aparentemente plana comenzará a desplegarse y revelar una profundidad onírica que nos hará creer que su geométrica bidimensionalidad es en realidad una tridimensionalidad en la que podemos adentrarnos. Una inmersión visual que nos demostraría que no estamos entre líneas aleatoriamente suspendidas, sino paseando entre elementos arquitectónicos dispuestos de manera que nos transmiten una doble complejidad. La de sus construcciones individuales –tanto de sus caras externas como de sus distribuciones internas-  y la del ecosistema formado por la interrelación de todos ellos. Una densificada urbanización con una potente luz amarilla, producto de un intenso amanecer, momento previo de un ocaso estival y de la intervención eléctrica del género humano.

Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948). El temporizador elíptico, 1989. Óleo sobre lienzo. 200 x 140 cm.

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La atención no se la lleva el ciclista, sino el surco visual que deja a su paso. Una mezcla del impacto de la velocidad del futurismo italiano a la manera del orfismo de Robert Delauny pasado por el tamiz de un autor que creció al sur de todas las influencias occidentales mientras miraba desde su Tarifa natal el norte de una cultura en la que no existen las representaciones figurativas. Los radios de la bicicleta actúan como si fueran un prisma y provocan que la luz que llega desde el este se transforme en distintos haces primarios. Rojos, azules y verdes que brotan de un mismo lugar, pero que toman direcciones distintas, haciendo que el lienzo se proyecte en diferentes planos con el resultado ilusorio de crear un espacio en el que hay cabida para más deportistas dispuestos a dejarse la piel sobre las dos ruedas. Mientras haya movimiento, mientras el ciclista no deje de pedalear, el Lleno Cuando Muevo escrito con tipografía de estilo romano en la parte superior seguirá siendo verdad.

Juan Uslé (Santander, 1954). Azul dudoso 640, 1997. Técnica mixta sobre lienzo sobre tabla. 61 x 45 cm.

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Caminos trazados de norte a sur y de abajo a arriba. Un territorio ondulado con intervenciones horizontales sobre su verticalidad. Un espacio dividido en cinco partes en el que la primacía la tiene la proporción en la que concluye la lectura de nuestra mirada. Esta última es igual que las anteriores, pero el rectángulo que la enmarca con su tonalidad verde la hace parecer diferente, más grande, más protagonista. Esta pequeña pieza nos coloca desde una perspectiva superior, nos ofrece una mirada cenital en la que la tierra queda por debajo de nosotros, en la que suponemos terrenos vacíos por la planicie del color azul que las ocupa y otras que imaginamos son áreas habitadas por la huella que ha dejado en ellos la intervención del pincel del pintor. ¿Forman todas unidas un conjunto? ¿Solo las segundas? ¿Existe algún tipo de comunicación entre ellas que así lo permita? Mientras tanto, sentimos una inquietante sensación de movimiento al ver esas manchas blancas que más que unas nubes que flotan por debajo de nosotros, parecen ser algo energético que emana de ese lugar y que pretende ascender hasta llegar a engullirnos en su absoluta luminicidad.

Colección Soledad Lorenzo. Punto de encuentro, en el Museo Reina Sofía (Madrid), 27 septiembre – 27 noviembre 2017.

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“El espíritu de la pintura”, Cai Guo-Qiang en el Prado

Cuando apenas quedan dos años para su II Centenario, nuestra principal pinacoteca pisa el acelerador para prorrogarse hacia el futuro. Una exposición elaborada específicamente para ser expuesta en sus instalaciones de un artista actual, originario de una cultura a miles de kilómetros, trabajando con materiales y técnicas inéditos en sus fondos. Una osadía con la que demostrar la actualidad, universalidad y vigencia creativa y espiritual tanto de El Greco como de otros grandes nombres de su colección como El Bosco, Velázquez, Rembrandt o Rubens.

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Como si se tratara de una secuencia narrativa, así está planteada la museografía de esta exposición que recoge, además de algunos apuntes personales, las 31 creaciones que Cai Guo-Qiang (Quanzhou, 1957) ha elaborado para el Museo del Prado.  Presentación, nudo, momento de alta tensión y desenlace que él presenta bajo los cánones de su China natal, introducción o inicio ascendente, continuación o desarrollo, giro o transformación, y unificación o conclusión. Una muestra de que a pesar de las diferencias visuales y estéticas entre Oriente y Occidente, compartimos ritmos vitales, tal y como se puede ver en este conjunto de obras creadas en los últimos meses. La última de ellas, el mural de 18 metros El espíritu de la pintura, el 23 de octubre, dos días antes de la inauguración.

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Por ley, el discurso del Prado se acaba en 1881, año del nacimiento de Pablo Picasso y fecha en la que se inicia la misión del Museo Reina Sofía, motivo por el que asociamos a este segundo todo lo que consideramos experimental y vanguardista. Sin embargo, el edificio de Villanueva no se cierra a la creación contemporánea, valgan como ejemplo exposiciones temporales anteriores como Diez picassos del Kunstmuseum Basel  o montajes elaborados ex proceso para sus instalaciones como Eduardo Arroyo. El Cordero Místico. Esta vez lo hace aún con más ambición, poniendo a disposición de Guo-Qiang como recurso escénico y visual sus futuras instalaciones del Salón de Reinos, el espacio del antiguo Palacio del Buen Retiro que en estos momentos está en proceso de recuperación para volver a albergar las obras de Velázquez, Zurbarán y otros que fueron concebidas para sus paredes.

El artista responsable del espectáculo pirotécnico de la ceremonia de inauguración de las Olimpiadas de Beijing en 2008 o de instalaciones como I want to believe que llenó de coches, entre cayéndose y flotando, el atrio del Guggenheim de Bilbao en 2009, además de haber conocido con sumo detalle la idiosincrasia de ese lugar que posteriormente fue sede del Museo del Ejército, ha buceado entre los fondos del Prado hasta dar con el artista con el que más conexión ha sentido, El Greco. Y a partir de ahí ha comenzado a trabajar.

La exposición se abre con una vista de Toledo y una serie de apóstoles en las que Cai actualiza y hace suyos los motivos del cretense que viviera hace ya más de cuatro siglos. Ambos utilizan el lienzo como soporte, pero mientras el manierista aplicaba lienzo sobre él, el chino utiliza –bien sobre una tela completamente blanca, bien habiendo trazado previamente sobre ella siluetas con plantillas- pólvora negra mezclada con pigmentos que posteriormente hace deflagrar para tras los ligeros retoques que considere necesarios, dar como resultado la obra final que vemos expuesta.

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Una técnica que exige de un alto dominio técnico en todas sus fases, en la elaboración de las mezclas –en función del color, intensidad y tonalidad que se quiera dar como resultado-, en su colocación sobre el lienzo y en su posterior quemado. Mientras lo veía pensaba en ese margen mínimo que puede conducir al error a un grabador o a un ceramista cuando introduce las piezas en el horno.

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Maneras diferentes de recrear motivos figurativos y de plasmar junto a ellos sensaciones y emociones, tanto humanas como espirituales, que hacen de la imagen final algo profundamente evocador y cuyo impacto va más allá de la retina de nuestros ojos, apelando directamente a la abstracción de nuestro interior.

Así es como entre explosiones de color y despliegues de formas resultado de la energía de la combustión, Cai refleja motivos de su cultura natal –paisajes, motivos florales u osos pandas como en la evocación del jardín de las delicias de El Bosco- o de su propia biografía –he ahí los rostros que flotan a modo de apuntes en las grandes dimensiones de Las nubes distantes-.

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El cénit de la exposición está en dos grandes lienzos. Por un lado, El sentido de la pintura, en el que plasma sobre sus 54 m2 (3 x 18 m) todas las imágenes que le ha provocado el conocimiento de las vidas, trayectorias y creaciones de figuras como Velázquez, Rembrandt o Rubens, introduciéndoles, incluso, explícitamente en ella. Y por otro, El Salón de Reinos, también elaborado en este lugar y en el que se unen lo histórico con lo actual, lo clásico con lo rompedor, lo establecido con lo innovador, el canon con su absoluta ruptura y desintegración.

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Como colofón, el audiovisual de veinte minutos que ha realizado Isabel Coixet nos permite seguir a Cai Guo-Qiang en las galerías del Museo del Prado y ser testigos de su manera de mirar, así como entrar en su estudio en New Jersey y acompañarle durante sus jornadas de trabajo en el Salón de Reinos para conocer el interesante y diferente proceso de ejecución que exige su rompedor lenguaje.

 

El espíritu de la pintura. Cai Guo-Qiang en el Prado, en el Museo Nacional del Prado (Madrid). Del 25/10/2017 al 04/03/2018.

El inteligente “Palimpsesto” de Doris Salcedo

“Manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente”, esta es la definición que da la RAE del término que titula la instalación que acoge el Palacio del Cristal en el Parque del Retiro. Una perfecta alegoría de lo que es el Mar Mediterráneo para aquellos que se atreven a cursarlo buscando llegar al otro lado para iniciar una vida mejor y acaban muriendo trágicamente en él de manera anónima. Fallecidos que se hunden, cuerpos con nombre que nadie reclama y cadáveres que desaparecen ante nuestros propios ojos.

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El trabajo de Doris Salcedo (Bogotá, 1958) para el Museo Reina Sofía, Palimpsesto, es un hacer presente eso que parece una ficción televisiva cuando lo vemos desde casa, y que en realidad son los desesperados pasos que sigue cualquier persona que intenta llegar a nuestro continente desde el lado sur del Mare Nostrum.

La llegada al punto de partida, a la entrada, es a través de una rampa en la que hay que esperar, incubando en los momentos iniciales de la sensación de hacinamiento, si acudes en el mediodía de un sábado o un domingo. Tiempo de impaciencia en el que sufrir durante los seis meses de esta muestra (6 de octubre – 1 de abril) el retrasado sol estival, las lluvias otoñales por llegar, el frío invernal que presumimos hará acto de presencia más adelante y, finalmente, el traidor cielo despejado de la incipiente primavera. Cuando te ves a punto de entrar te has de adaptar para acceder, esta es una exposición, un lugar, que tiene sus propias normas.

Una más convencional. Nunca puede haber más de 50 personas en su interior, concepto de capacidad máxima que ojalá las lanchas repletas de personas indocumentadas cumplieran. Otras más ad hoc. La primera es colocarte unas calzas sobre tu calzado. El suelo de este pabellón con 130 años de historia está cubierto de un polvo abrasivo que no se debe tocar. Ese polvo es el agua de un mar que engaña, que no responde a la imagen de la placidez de sus playas, sino que tras su superficie aparentemente calma resulta ser un escenario revuelto, frío, tramposo, cruel, oscuro, más aún si te adentras en él sin conocerlo y sin guía, viéndote obligado a transitarlo con sumo cuidado y máxima atención tanto para mantenerte a salvo en cubierta como para no arrastrar o golpear a aquellos que puedan haber caído de sus embarcaciones.

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Como marinero que eres de ese mar, debes fijarte bien al caminarlo para descubrir el elemento más estremecedor e impactante de esta instalación. En el suelo ves escritos con agua, extraña tinta, el nombre de aquellos que luchan agotadoramente contra el poder succionador de las corrientes submarinas.

Sin embargo, poco a poco, estos van desapareciendo y con el paso de los minutos tan solo se intuyen. O bien son absorbidos y tragados por el elemento acuático, o bien se evaporan por el efecto amplificador de la luz que son las vidrieras de este recinto, símil de ese cielo poderoso, losa solar en verano, páramo gélido y ventoso en invierno, que separa Europa de África.

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Nombres de los que no quedará ni rastro, parecerá que nunca pasaron por allí porque el suelo del Palacio de Cristal, la superficie del Mar Mediterráneo, quedará tras su desaparición, inmaculada, limpia, lisa. Hasta que se vuelvan a escribir sobre ambos lugares, con agua en un caso, corpóreamente en otro, nombres que solo algunos muy lejos de allí sabrán quiénes son y que sólo ellos echarán de menos.

Personas, cuerpos, muertos que no conoceremos, pero en los que pensaremos y ya no olvidaremos gracias al excepcional y monumental trabajo de Doris Salcedo.

Palimpsesto (Doris Salcedo), en el Museo Reina Sofía (Palacio de Cristal), 6 octubre 2017 – 1 abril 2018.

“El Guernica recobrado” de Genoveva Tusell

Pasaron casi 45 años desde que Picasso pintara su gran obra maestra hasta que esta fuera finalmente expuesta en España. Más de cuatro décadas marcadas primero por el horror bélico que la inspiró y por la pacífica oposición del malagueño a la dictadura franquista y posteriormente por el celo conservador del MOMA y la desconfianza de sus herederos respecto a la solidez de la naciente democracia española. Un apasionante ensayo sobre el poder cultural, identitario y político del arte.

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Tras la Guerra Civil y mientras Picasso era reconocido en todo el mundo occidental como el artista más importante del siglo XX y su Guernica como una de las imágenes más potentes de la historia del arte, en nuestro país su nombre apenas era pronunciado y su obra estaba completamente ausente de todas las colecciones públicas. Una situación que, tal y como detalla Genoveva Tusell con sumo rigor a partir de la información que aportan toda clase de documentos (cartas, informes, fotografías), fue cambiando muy lentamente gracias al empeño, dedicación y saber hacer de muchas personas de la sociedad civil de distintos ámbitos (galerías, museos, administraciones públicas,…), como la sala Gaspar de Barcelona, que una vez al año organizaba una muestra de obra gráfica del malagueño, generalmente durante el mes de octubre para hacerla coincidir con su cumpleaños.

Fueron décadas de inmovilismo pero con un silente movimiento de fondo que dio un primer gran resultado con la apertura en 1963 del Museo Picasso de Barcelona, montado con fondos donados tanto por el autor como por titulares privados. Hasta la Exposición Universal de Nueva York de 1964 en que el estado compró tres lienzos de Picasso para ser mostrados en el pabellón español, el gobierno de Franco le ignoró públicamente. Es entonces cuando se planteó la recuperación del gran mural desde instancias oficiales, no solo por ser reconocido como una obra maestra unánimemente por la comunidad artística, sino por tener la certeza –aunque no documental- de que había sido un encargo del gobierno de la República y no era, por tanto, propiedad del artista. Algo que él nunca negó, dejando claro siempre que su dueño legítimo era el pueblo español y que solo aceptaría su vuelta a territorio patrio para que fuera expuesto en el Museo del Prado cuando su sistema de gobierno fuera una democracia.

Esto implicó la ruptura de los débiles puentes de comunicación entre el gobierno franquista y el artista –además de reacciones airadas de colectivos de extrema derecha que llegaron a destruir obra suya en las muestras privadas con motivo de su 90 cumpleaños en 1971-, nunca oficiales ni reconocidos y siempre sustentados en intermediarios, que no se retomarían hasta la muerte del dictador. En ese momento los herederos de Picasso –su viuda, sus hijos y sus nietos- estaban inmersos en la catalogación, valoración y reparto de su legado, aunque siempre tuvieron claro que el Guernica no formaba parte de él, ni tampoco las obras preparatorias ni otras posteriores que siempre le acompañaron en su depósito en el MOMA de Nueva York, tal y como dejó claro el escrito que a tal fin Pablo, aconsejado por su abogado, entregó al museo. Comenzó entonces una relación triangular –España, herederos y MOMA- cuyo desenlace final en septiembre de 1981 conocemos, pero que se fraguó tras múltiples episodios de todo tipo que son profusamente detallados y muy bien explicados por Tusell, haciendo que El Guernica recobrado sea leído con deseo e intriga, como si se tratara de una narración literaria.

La demostración de la democracia española –aprobación de una Constitución, elecciones con sufragio universal, el fracaso del golpe del 23F-, la consecución de los documentos que demostraban que el Guernica había sido un encargo gubernamental y la ingente labor de una serie de cargos de la administración española en el largo proceso de convencer a los hijos y nietos de que traer la obra a España no solo era lo deseado por su padre y abuelo, sino también una operación segura, fueron algunas de las claves de la ecuación que culminaron con que el lienzo pudiera ser finalmente visto por los españoles en el Casón del Buen Retiro de Madrid el 25 de octubre de 1981, coincidiendo con el centenario del nacimiento de su autor.

Guernica, 26 de abril de 1937

Hay miles de páginas escritas sobre esta obra y sobre lo que sucedió aquel día, ambas son mucho más que un lienzo y una fecha y un lugar. Son símbolos, de la evolución del arte el primero y de la historia de la humanidad el segundo. Pero a pesar de tener ambos ocho décadas tras de sí siguen siendo actuales. La capacidad icónica del óleo de Picasso es tan fuerte e intensa como el primer día y a buen seguro que podrían verse reflejados en él los habitantes del Alepo de hoy, del Mostar, Dubrovnik o Sarajevo de los 90 y de un largo etcétera de lugares que conforman una lista con tantas referencias pasadas como, ojalá no, futuras por anotar.

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¿Qué ruido es ese? No veo nada, ¿de dónde viene? Parece que lo que suena es el cielo, pero ahí no hay nada más que nubes… Espera, ¿qué son esos puntos que se acercan?… Qué bajos que van esos aviones,… parece que vienen directos aquí, a por nosotros. ¡Oh Dios mío! ¡Corred! ¡CORRED! Y Antonia se puso a correr como hacía años que no lo hacía, alentando con el movimiento de sus brazos y manos a que lo hicieran todos tal y como lo estaba haciendo ella. Tan raudos y veloces como pudieran, no solo para alejarse físicamente de lo que estaba ocurriendo, sino para, ojalá, superar la barrera de la realidad y volver a la cotidianidad del día de mercado en el que ella quería seguir viviendo.

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¿Qué está pasando? ¿Qué ha sido eso? ¡Ay señor! A Luisa no le dio tiempo a pensar más, el siguiente estruendo cayó de pleno sobre su casa y toda la fachada se vino abajo dejando al descubierto la cocina a pie de calle y el dormitorio en la primera planta, donde se encontraba ella colocando la ropa recién planchada en el armario. En su cabeza se agolpó todo repentinamente, intentar comprender qué estaba ocurriendo, querer saber dónde estaba su marido y si estaba sano y salvo, escapar de ese horror que le atravesaba los tímpanos y la necesidad imperiosa de verse junto a su esposo para sentirse protegida. El siguiente impacto puso fin a sus recuerdos, a sus deseos, una bomba de 250 kilos acabó con lo que había quedado en pie de su casa y con ella sepultada entre las piedras de aquel hogar que tenía tras de sí más de dos siglos de historia familiar.

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Ya están aquí, ¡hay que luchar contra ellos! ¡Tenemos que acabar con estos salvajes que solo quieren arrasar con nosotros! ¡Os vamos a demostrar quiénes somos! ¡Los gudaris del pueblo vasco os vamos a derrotar! Joseba apoyó una rodilla en el suelo y mientras apuntaba quitó el pestillo de seguridad de su fúsil. Nuestras armas están cargadas de democracia.  ¡POR LA REPÚBLICA! Comenzó a disparar con furia, siguiendo con su arma el movimiento de derecha a izquierda que trazaba en el aire el escuadrón atacante. Estaba tan ofuscado en querer acabar con el caza al que seguía a través de la mirilla que no pensó que sus balas no tenían nada que hacer frente a aquel monstruo, que si daban en el blanco le ocasionarían poco más que un rasguño. Todo lo contrario que a él, a quien las piedras violentamente despedidas por el impacto de una bomba a unos metros a su derecha le tiraron al suelo, dejándole malherido y aullando de dolor. Su grito apenas llegó a escucharse, probablemente ni siquiera llegó a ser consciente de que había perdido una pierna, quince segundos después otro proyectil completaba la misión del primera y acababa, además de con su vida, con la de tres personas más.

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¡No! ¡No! ¡Por favor! ¡No! ¡POR FAVOR! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Mi niño! ¡Mi niño no responde! ¡Por favor! ¡POR FAVOR! Asier, Asier, Asier hijo, respira, muévete, dime algo, ¡por favor! ¡Por favor, hijo mío! No, no puede ser, no puede ser verdad, hijo mío, ¡por favor! ¡POR FAVOR! ¡Que alguien nos saque de aquí! ¡Ayuda! ¡NECESITO AYUDA! Hijo mío, no, no te mueras, por favor, tú no, no puedes, un niño no se puede morir, mi niño no, ¡mi hijo no! Y así hasta que se le agotó la voz, hasta que se quedó afónica de tanto gritar y de tanto pedir una auxilio que no existía porque no había ayuda que pudiera resolver la muerte que Ainhoa sostenía con la única fuerza que le quedaba en el cuerpo. Mucho rato después, no se sabe cuánto, da igual si fue mucho o poco lo que tardara en llegar, porque no había nada que hacer, una mano amiga le tocó el hombro. Elisea se arrodilló junto a su vecina, le agarró la cara, le besó la mejilla y la ayudó a levantarse, sosteniéndola para que no perdiera el equilibrio y no dejara de abrazar al niño de dos años que tenía en brazos. A pesar de los gritos de los supervivientes que yacían heridos aquí y allá y el crepitar del fuego, Elisa y Ainhoa se sentían aplastadas por un silencio atronador que hacía aún más irreal e incomprensible lo que estaban viviendo.

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Es muy tarde y Ander aún no ha vuelto. No es normal, los lunes suele estar aquí a media tarde, pero siempre antes de que el sol haya comenzado a bajar. Ni siquiera en invierno ha llegado a anochecer cuando ya le veo por el camino que le trae de Gernika. Espero que no haya tenido ningún problema al ir o al venir. La vuelta es cuesta arriba y es más costosa, pero a la mula no le cuesta tirar de la carreta libre de peso si ha conseguido venderlo todo.  La luz de este quinqué apenas me ilumina unos metros de este bosque en el que vivimos ahora que ya es noche cerrada. Me estoy empezando a preocupar. Le voy a decir a los chicos que bajen al pueblo y que busquen a su padre. Tiene que haber pasado algo, esto no es normal. Izaskun mandó a Gorka y a Mikel monte abajo, ellos estaban inquietos pero no quisieron decirle nada a su madre. Por la mañana habían observado los aviones desde Bermeo, a donde habían acudido a trabajar en el puerto, pero no comentaron nada para no inquietarla. Afortunadamente ella no los había visto y como es sorda no se había dado cuenta. Hicieron en silencio el trayecto de casi dos horas que colina abajo les llevaba hasta el valle, sin pronunciar palabra, pero sabiendo que ambos estaban pensando lo mismo. Volvieron cuatro horas después, pálidos y cubiertos en sudor. Sin llegar a articular palabra alguna que su madre pudiera leer en sus labios, rompieron a llorar como nunca antes lo habían hecho, como nunca antes pensaban que dos hombres podrían hacerlo.

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Pero…¿Cómo es posible? Pocas palabras más venían a la mente de cuantos iban teniendo conocimiento de lo sucedido, ya fuera por la prensa del bando republicano o por la extranjera, por cartas o por visitas de amigos que transmitían oralmente lo que conocían. Con una mezcla de incredulidad y de sufrimiento, intentando comprender sin éxito algo que nunca habían sido capaces siquiera de imaginar, hacían hueco en su interior al vacío de la destrucción, al dolor infinito causado por el bombardeo asesino. El órdago fascista había conseguido su objetivo y no solo había acabado con la vida de muchas personas -200 según unos, hasta 1.600 según otros- y con una pequeña ciudad del norte de España sino que con su onda expansiva emocional había arrasado con el ánimo y el ánima de muchos más, tanto cercanos como lejanos, tanto en el propio país como en el extranjero, tanto compatriotas como conciudadanos del mundo.

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¡No! ¡No nos van a vencer! ¡No van a acabar con nosotros! Nos podrán herir, mutilar y matar, pero eso no quiere decir que nos vayan a ganar. Somos fuertes, somos justos, somos honestos, el mundo tiene que estar de nuestra parte, el mundo tiene que saber que nosotros no estamos guerreando sin más, que lo que estamos haciendo es defendiéndonos, luchando contra los que no quieren nada más que tenernos a su servicio. Tenemos que acabar con el fascismo, ¡no puede ser que sigamos impasibles ante nuestra propia destrucción! La cabeza, el corazón, la mente, la mirada, el estómago, las piernas de Pablo estaban ya en plena agitación en su estudio de París, acumulando una energía que le nacía de lo más hondo de sí mismo, en la que se aunaba no solo el shock del momento presente sino también toda su trayectoria política, creativa e intelectual y el legado que él sentía le habían encomendado aquellos que habían luchado antes que él. Años, décadas, siglos de progreso y de conquistas no podían acabarse de esta manera. Y él lo iba a intentar, iba a darlo todo, a poner cuanto tenía y fuera capaz de hacer para lograrlo, sin dejarse abatir por la espera ni amedrentar por las derrotas en el camino, pero con sus manos, pintando con pinceles o modelando el barro, ayudaría a que prevaleciera la justicia, la igualdad y la libertad.

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Es como si estuviera allí. Me siento atrapado, con la necesidad de huir, de salir corriendo, de tener que gritar. Estar frente a él me llena de angustia y ansiedad. Pero al tiempo, no puedo dejar de mirarlo, de moverme con mis ojos a lo largo de todo lo que en él se cuenta, de lo que sucede dentro de él. Apenas un minuto contemplándolo y tengo la sensación de que en algún punto dentro de mí hoy no es hoy sino que es un rato de la mañana del 26 de abril de 1937. Noto cómo se me humedecen ligeramente los ojos y se me eriza el vello de los brazos y que a mi alrededor el mundo ya no es de colores sino que es en blanco y negro. Así se sintieron algunos cuando vieron por primera vez la obra de Picasso en el pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937, como en su posterior gira por Oslo, Copenhague, Estocolmo, Gotemburgo, Londres, Leeds, Liverpool, Manchester como reclamo para dar a conocer lo que estaba sucediendo en España. Tras el fin de la contienda, el lienzo de 7,75 metros de largo y 3,5 de alto llegó a Nueva York, donde se quedaría hasta 1981, en el MOMA, aunque en el país norteamericano también pudo verse en otras ciudades como Los Ángeles, San Francisco, Chicago, San Luis, Boston, Cincinnati, Cleveland, Nueva Orleans, Minneapolis, Pitsburgh, Cambridge, Columbus y Filadelfia. De igual manera, el Guernica viajo a Sudamérica y volvió a Europa gracias a muestras dedicadas a la figura de su autor en Sao Paulo, Milán, Múnich, Colonia, Hamburgo, Bruselas y Amsterdam, así como en París, el lugar hasta donde llegó la noticia que lo inspiró.  

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Apenas dos años después de este bombardeo sobre Guernica comenzó la II Guerra Mundial, un conflicto en el que pasó lo que nadie supuso hasta entonces, que el horror, el salvajismo, la crueldad y la violencia vivida en la guerra civil española, se multiplicaría exponencialmente. Desde entonces han transcurrido ocho décadas en que estas barbaries han seguido ocurriendo, hasta hoy mismo, y todo apunta a que seguirán sucediendo.  Como decía Primo Levi con respecto al holocausto judío, “Pasó y puede volver a pasar: es lo fundamental de lo que he de decir“.

Guernica, de Pablo Ruiz Picasso, en la sala 206 del Museo Reina Sofía (Madrid).

Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica, hasta el 4 de septiembre en el Museo Reina Sofía (Madrid).

“Mujer que llora” (Picasso, 1937)

Weeping Woman 1937 Pablo Picasso 1881-1973 Accepted by HM Government in lieu of tax with additional payment (Grant-in-Aid) made with assistance from the National Heritage Memorial Fund, the Art Fund and the Friends of the Tate Gallery 1987 http://www.tate.org.uk/art/work/T05010

Esta mujer llora porque el 26 de abril de 1937 vio como su pueblo era arrasado. Un día de mercado en el que las calles de Guernica estaban llenas de gentes, en que los que vivían en los caseríos del monte habían bajado a vender sus frutas, sus verduras y sus quesos. Una jornada como otra cualquiera que no lo fue, que aparecieron  en el cielo esos monstruos de hierro, mal llamados aviones, que con sus bombas arrasaron el pueblo y con las vidas de decenas de hombres y mujeres, de mayores y de niños. Sin pudor, sin vergüenza, sin avisar, sin motivo alguno.

Esta mujer llora porque aunque Picasso ya había reflejado lo sucedido en su épico “Guernica”, presentado en público en el Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París apenas dos meses después, aquellos 27 metros cuadrados de lienzo no fueron suficientes para dar cabida a los gritos de horror y de desgarro que desde aquel pueblo de Vizcaya llegaron a su estudio en la capital francesa. Por eso el malagueño, ya un genio consolidado, siguió varios meses pintando obsesivamente a esta mujer, a esta madre a la que mataron a su hijo, a esta esposa a la que asesinaron a su marido, a esta hija a la que dejaron huérfana.

Esta mujer llora en sus trazos cubistas a muchas mujeres a la vez. En la superposición de sus rasgos geométricos se agolpan todas esas que ni siquiera tuvieron la opción de llegar a ser escuchadas, de atraer la atención de sus compatriotas, de una humanidad que a veces consigue no ser fría y distante y se une –en las calles, en una iglesia, frente al televisor o frente a un cuadro-, se coge las manos, se mira a los ojos y se abraza durante unos instantes para hacer frente de manera unida a la injusticia y el dolor de la violencia.

Esta mujer llora porque muchos consideran que la desgracia que ella vivió fue algo que ya pasó, que fue cosa de otros tiempos, que hay que dejarlo estar, que no tiene sentido mirar atrás. Palabras vacías, sílabas que no dicen nada, que no aportan consuelo ni reparo y que no hacen sino mantener abierta una herida que no pide venganza ni compensación alguna, tan solo reconocimiento como medio para verse cerrada. Que lo que sucedió fue por estar del lado de los comunistas, de los rojos, de los republicanos, de los que no se atenían a las normas, a las reglas, a la doctrina católica, al dictado de una nación grande y libre, por no gritar Arriba España. Esa patria que arrasó con sus vecinos, con las tierras que les daban de comer, que les negó su pasado y les dejó sin futuro.

Esta mujer llora porque su homóloga del famoso lienzo tardó más de cuarenta años en poder entrar en su país, casi tantos como los necesarios para que su historia pudiera ser contada dentro de sus fronteras. Llora porque aunque desde entonces han pasado varias décadas más, a los miles de muertos de aquellos años se les niega su condición de fallecidos y se les ha dejado atrás, olvidados, ocultados por la burocracia creada en torno al término desaparecidos, cuando la realidad es que fueron asesinados en vida y siguen torturados en muerte.

Esta mujer llora para que aquello que ocurrió no se olvide. Esta mujer que llora se ha convertido en símbolo de cómo el arte refleja lo que ocurre en la realidad, de cómo artistas como Picasso no solo expresaban sus inquietudes expresivas y emocionales, sino que también se convirtieron en portavoces a través de los cuales denunciar injusticias y reivindicar principios políticos y sociales.

“Citizens and states” en Tate Modern (Londres).