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El Cristo de Velázquez

La sala 014 del Museo del Prado alberga una de las experiencias más intensas del Barroco. El cuerpo del hijo de Dios, arrasado por las canalladas de la especie humana, en sus momentos previos a concluir su etapa terrenal para definitivamente transitar hacia el ser divino que es. El paso del dolor carnal, de lo que nos lastra y ancla, a la belleza absoluta que nos libera de toda carga, remordimiento y culpa.

Una vez que sabes dónde está, hay un imán que te dirige a él. Tras entrar a la pinacoteca por la puerta de los Jerónimos y subir las escaleras que te conducen a la primera planta lo suyo es girar a la izquierda para dirigirte a la galería central y ver a Carlos V a caballo, pero es inevitable, mis pasos me llevan siempre hacia la derecha para situarme ante esta imagen que me llama, me atrae, me absorbe y me eleva. Qué impresionante tenía que ser verlo allá por 1632 en su lugar original en el Convento de San Plácido, sin los focos que ahora nos lo revelan, solo con la vibrante llama de las velas o la tenuidad que se filtrara desde el exterior.

Comenzar a observarlo desde abajo, fijando los ojos en la sangre que resbala desde esos dos pies que, a pesar del daño infringido, parecen pisar con serenidad y sosiego la madera sobre la que están colocados. Continuar por sus piernas esbeltas hasta el abrazo delicado de la tela que le cubre previniendo el pudor de sus observadores y la proyección de sus pecados. Encontrarse nuevamente con el sufrimiento de la carne en su costado izquierdo, en un pecho que demuestra firmeza y templanza a pesar de no respirar ya. Y culminar en su rostro y a pesar de sus ojos cerrados, sentir que él está vivo y yo desnudo, débil y vulnerable, que él es más y mejor, que es fin y principio, que lo es todo. Y que por eso mismo es esencia, sencillez e infinitud.

Es fuente de luz, de una energía que transforma la barbarie en confianza y la pesadumbre en esperanza. El halo que emana y que reverbera siendo observado por cuantos le contemplamos con asombro, admiración y devoción es la muestra visible, la constatación que acalla nuestra desconfianza exigente de pruebas de que estamos ante la evidencia de Dios, de un más allá en el que reina la igualdad, la empatía y la paz. Un cariño que te acoge con sus brazos abiertos, obligados a sufrir por los clavos que los sostienen abiertos, pero a la par dispuestos a acoger y recoger, a rodear a quien esté dispuesto a entregarse con humildad, generosidad y reciprocidad.  

Hasta hace un momento eras creyente o no, y una vez que te des la vuelta seguirás siéndolo o no. Pero en este preciso instante no tienes duda alguna, estás ante Jesús el Nazareno, rey de los judíos, tal y como reza en hebreo, griego y latín la inscripción que preside su crucifixión. Y tras él, la oscuridad de una pared que si te fijas bien resulta ser una atmósfera que te envuelve junto a él, en un aquí y ahora en el que han desaparecido la noción y las coordenadas del tiempo y el espacio. Las sensaciones físicas trascendidas por la inmensidad de la espiritualidad. La comunión total, la simbiosis, de él conmigo y yo con él, sintiendo que lo que estoy viviendo ahora mismo es un summum solo superable por la tan ansiada, desconocida e inverosímil eternidad celestial que, supongo, viene a continuación.

Cristo crucificado, Diego Velázquez, hacia 1632, Museo del Prado (Madrid).

La imagen humana: arte, identidades y simbolismo

La intención de cada representación humana puede ser tan diversa y múltiple como su posible resultado visual y uso final, tal y como podemos ver estos días en Caixaforum Madrid. Vanidad, ya sea la de aquel a quien miramos como la del responsable de su autoría subrayando su maestría técnica. Como ejercicio de autoconocimiento, nada mejor que una externalización para enfrentarnos a nosotros mismos. O como herramienta de comunicación, ya sea política, espiritual o social, aunque no necesariamente con intención de diálogo.

El bombardeo de imágenes al que estamos sometidos a diario es tan cotidiano que la mayor parte del tiempo nos pasa completamente desapercibido. O tienen algo extra que nos enganche generándonos alguna emoción que nos abstraiga del ritmo estructurado y el sentir monótono con el que vivimos, o las desechamos como si se trataran de otro producto mercantil más de un solo uso. Pero antes de esta bulimia audiovisual, la observación de una imagen constituía una experiencia extraordinaria, y su posesión un elemento de estatus y reputación social.

Sobre todo esto versa esta exposición organizada por Caixaforum en colaboración The British Museum. Su primer capítulo, La belleza ideal, nos traslada hasta las primeras culturas y civilizaciones, como la helénica y su canon clásico, proporciones y simetrías seguidas después por los romanos que continúan marcando las coordenadas de lo estético y lo armónico en el mundo occidental. Cuerpos masculinos y femeninos mayormente desnudos, como los de Adán y Eva (grabado de Durero, 1504) estimulando la imaginación y la fantasía de sus observadores, pero que en tiempos más recientes han sido también criticados por la irrealidad que transmite su uso por actividades económicas como la de la moda, la cosmética o el deporte (Christopher Williams, 2004).  

La subjetividad del autor se hace más presente en La expresión de la personalidad. Ya no se trata solo de lo que se ve, sino lo de que ha proyectado sobre ello para plantearnos asuntos que de otra manera probablemente nos pasarían desapercibidos. Bien porque nuestra mirada está en nuestras cuestiones, bien porque no compartimos ni las coordenadas ni las experiencias de su creador. En Belleza americana, poder americano: Miss Iraq No.3, Farhad Ahrarnia (Irán, 1971) expone cómo la agresiva banalidad del individualismo de la nación de la libertad bombardeó, invadió y arrasó su país vecino. Una acumulación de elementos que en manos de otro iraní, Khosrow Hassanzadeh (1963), tiene un resultado completamente diferente cuando la intención es la ensalzar la figura y los logros de un héroe popular como es entre los suyos el de este boxeador, Gholamreza Tajti, creando en torno a él esta vitrina-santuario iluminada por luces centelleantes y objetos referentes a su biografía.

Pero si hay algo profundamente humano es nuestro deseo, aspiración y búsqueda de trascendencia espiritual. La necesidad de darle un sentido a nuestra existencia, una explicación a los devenires que nos acontecen, nos lleva una y otra vez a interrogantes a las que no sabemos responder. De ahí que desde el principio de los tiempos imaginemos quiénes pueden estar tras el gobierno de lo que nos sucede y que en épocas más recientes nos hayamos atrevido a poner en duda o versionar las iconografías bajo los que El cuerpo divino es representado.

Figura que representa a Yuanshi Tianzun (Dinastía Ming, 1488-1644) y Black Madonna (Vanessa Beecroft, 2006)

Sin embargo, centrados en la tierra, en el aquí y en el ahora y en el deseo de proyectarnos hacia el futuro, la imagen ha sido a lo largo de la historia un elemento sinigual en La representación del poder. Faraones egipcios, emperadores romanos, monarcas, dictadores y presidentes de hasta hoy mismo aspiran a ser la encarnación del poder no solo cuando dictan las normas y reglamentos que regulan la vida de sus conciudadanos, sino también a hacerse presentes cuando no están a través de retratos, bustos, monedas y fotografías, únicas una veces, seriadas otras y reproducidas a gran escala para estar allí donde físicamente no pueden, ya sea vía imperdible en la camiseta de sus seguidores, presidiendo salones de plenos de ayuntamientos o luciendo en las muros y farolas de las calles por las que transitamos.

Cabeza de reina, procedente de Sais (Egipto, hacia 1390 a.C.) e Isabel La Católica (Luis de Madrazo, 1848, Museo del Prado).

Por último, El cuerpo transformado nos proponer dilucidar hasta donde podemos llegar con nuestra presencia física, qué queremos hacer con ella o qué podríamos conseguir con su manipulación (tal y como plantean Antoni Tapiès, Maquillaje, 1998 y Juan Navarro Baldeweg, Cabeza, negro y plata, 1983). Proceso en el que lo estético no es el fin, sino el medio para elaborar mentalmente, para imaginarnos en un más allá, al menos por ahora, de coordenadas oníricas, en las que suponer quiénes y cómo seríamos, con quién y cómo nos relacionaríamos y, sobre todo, con qué fin. Quizás una tabula rasa apocalíptica que arrasara con todo. Quizás la arcadia de una utopía en que nos hayamos liberado de prejuicios, estigmas e imposibles.

La imagen humana: arte, identidades y simbolismo, Caixaforum Madrid, hasta el 16 de enero de 2022.

Cinco obras de Estampa 2021

No queda otra que adaptarse a las circunstancias, pero lo que está claro es que la mejor manera de disfrutar, vivir y sentir el arte es la presencial, estando físicamente frente a ella. Una pantalla no sustituirá nunca a la experiencia en primera persona del color, la profundidad y la interrelación entre todos los elementos que conforman estas creaciones vistas en la 28 edición de esta feria.

Los arbustos se cimbrean, Guillermo Peñalver (Galería Llamazares). Lo arbóreo como un lugar en el que se citan las ganas, el deseo y la satisfacción con la espontaneidad, la visceralidad y la premeditación. Un encuentro entre la procacidad narrativa y la habilidad para crear una escenografía natural en la que se desarrollan y posan tantas ficciones como miradas. Elementos recortados y superpuestos generando profundidad, formas también conseguidas con relieves y leves toques de color, unos para definir contornos y otros para poner el foco donde más fuertes y rápidas son las pulsaciones.

Papel recortado y grafito sobre papel, 100 x 120 cm, 2021.

La esencia, Diego Benéitez (Galería Rodrigo Juarranz). Pinceladas tan suaves y delicadas que quedan ocultadas por la luz que transmiten. Un atardecer infinito, de esos en los que uno cree vivir en plenitud, sin interrogante alguno por la sensación de infinitud, esencia y eternidad que le genera. Coqueteando con la abstracción monocromática y la espiritualidad expresionista, pero quedándose en el terreno de la figuración con esa leve negritud que sugiere una humanidad en la que la norma, el ritmo y la pauta es fundirse con el paso de las estaciones del año y las horas de cada día.  

Óleo sobre lienzo, 120 x 120 cm, 2020.

White shark, David Morago (Pigment Gallery). Evocador de las ilustraciones de los libros de zoología del siglo XIX, de las películas que han hecho de esa dentadura un elemento con el que paralizarnos hipnóticamente, así como de la provocación de quien convirtió a un ejemplar real en una escultura al sumergirlo en una solución de aldehído fórmico. Un trasfondo sobre el que este espécimen impone su realismo y verosimilitud con las marcas del proceso creativo que lo ha traído hasta aquí. Señales de una capacidad con las que su autor llega a la máxima de la práctica artística, impactar y epatar.  

Grabado, serie de 25, 121 x 292 cm, 2020.

Ahora, Ollalla Gómez Valdericeda (Galería Antonia Puyó). Algo más que un ready-made a partir de un objeto y una práctica universal, el lapicero habitual de los escolares españoles (al menos de los que lo fuimos hace ya tiempo) y el método por excelencia para dejar testimonio de quiénes y cómo somos, de dónde venimos y a dónde vamos, la palabra escrita. Objeto privado de su independencia y unicidad, unido a otros iguales formando un conjunto. Una colectividad indisoluble, irremediablemente vinculada, obligada a encontrar la manera de reflejar un código simbólico que nos codifique y proyecte hacia el futuro.

Escultura formada por 99 lapiceros Staedtler, 20 x 100 cm, 2020.

Judas, Pedro G. Romero (Galería Alarcón Criado). 33 collages que combinan la imagen fijada sobre una película fotográfica y después revelada en color, elabora ex profeso para este proyecto, y la extraída de medios de comunicación impresos. El cuerpo convertido en soporte fechado de un explosivo acompañando a traidores, a personajes que ejercieron la violencia, retiraron la mirada o se pusieron de parte de quienes la ordenaron. El fotoperiodismo, el código mediático y la elaboración en serie como testimonio y denuncia de la realidad política.

Fotografía analógica sobre tabla de madera y barniz alimentario, 33 x 40 cm, 1995-1996

Ha sido una alegría volver a ver tanta creatividad reunida en un mismo lugar. Está por ver qué pasará el día que alcancemos la inmunidad de rebaño (ya podían llamarlo inmunidad comunitaria, que se note que somos humanos), pero estaría bien que se perpetuaran adaptaciones como las vistas estos días en Estampa 2021. Como los espacios amplios y los aforos controlados que ayudan a hacer de la visita una vivencia no solo agradable, sino emotiva y estimulante, tanto para la retina y el alma del espectador, como posiblemente para su bolsillo. A fin de cuentas ese es el propósito de una feria.

Estampa 2021, Feria de Arte Contemporáneo, del 8 al 11 de abril en Madrid.

“Made you look, a true story about fake art”

¿Cómo es posible que una de las galerías de arte más reputadas de Nueva York vendiera durante años piezas firmadas por Rothko, Pollock o Motherwell y resultaran ser falsas? ¿Quién ideó semejante estafa de decenas de millones de dólares? ¿Qué falló? Entretenido documental de Netflix que nos acerca todos los puntos de vista de este caso real.

Uno de los motivos recurrentes por los que el mundo del arte suele ser foco de atención mediática es el de las grandes cifras que alcanzan determinados nombres en las subastas. Actos que se relatan con una mezcla de glamour, vanidad y exuberancia que hacemos extensiva al sector de las galerías y ferias de arte. Pero cuando surge algo como lo que expone Made you look, de repente lo vemos como un mundo opaco y artificial, en lugar de como una actividad que nos inspire y motive.

Barry Avrich no se entretiene en contar lo que ocurrió, ya le dedicaron al asunto muchas páginas y minutos multitud de periódicos, revistas especializadas y televisiones cuando el escándalo saltó a la luz en 2011 y durante el juicio posterior que tuvo lugar en 2013. En lo que su propuesta profundiza es en cómo pudo pasar. En las pruebas a las que Ann Friedman, directora de la galería Knoedler, se agarró para creer que estaba vendiendo piezas originales. En las señales que según expertos en la materia evidenciaban que algo no encajaba. Y en los testimonios de aquellos que constataron en primera persona que les habían o estaban dando gato por liebre.

Lo interesante es que no deja fuera los factores emocionales que intervinieron e influyeron. En cómo la galerista pudo dejarse llevar por el sueño de tener en sus manos grandes piezas nunca antes vistas de los grandes del expresionismo abstracto. O quizás por el ego y la codicia. En el buen criterio de los entendidos del sector -gestores, periodistas, técnicos- que destacan los indicios que no se debían haber pasado por alto bajo ningún concepto. Pero también, qué fácil es tener razón a posteriori. En la excitación rayana al síndrome de Stendhal de los coleccionistas que compraron aquellos óleos sintiéndose tan únicos como especiales. Y cómo convirtieron la rabia, el desprecio y la ira que vivieron después en fundamentos legales en manos de sus abogados.

Y entre todo ello, se exponen los fundamentos de la dimensión pública de la creación artística y los mecanismos para su conversión en objetos de mercado y en instrumentos de creación y consolidación de reputación y marca institucional o personal de quienes los adquieren. Registros documentales que testifiquen el momento de la producción y los cambios de propietarios que pueda haber habido, análisis técnicos que verifiquen la autenticidad de los materiales utilizados y la impresión personal de los especialistas más reconocidos en los autores, estilo y época protagonista de la polémica.

Pero con un añadido tan morboso como interesante, ¿quién tiene la habilidad de crear obras tan similares al estilo de artistas como De Kooning o los ya citados? ¿Quién es capaz de llevar esas creaciones a una galería durante tantos años sabiendo que es falso y ser capaz de transmitir una imagen de seriedad y solvencia? Respuestas judiciales, legales y éticas que Made you look responde a través de entrevistas muy bien dirigidas y un montaje que aúna la intriga y la ambigüedad con lo elitista y lo mundano que rodea en muchas ocasiones a lo más excelso.

“Hombre dibujando” (Guillermo Pérez Villalta, 2002)

“El arte como laberinto” define la trayectoria y el pensamiento de este tarifeño, sintetiza la propuesta museográfica de su actual retrospectiva en Alcalá 31 y describe lo que se puede ver, deducir y fantasear a partir de esta imagen creada dos décadas atrás. Un autorretrato en el que tienen cabida tanto su percepción de sí mismo como sus obsesiones estéticas y sus referentes artísticos.

Mondrian. La plasticidad, lirismo y belleza de este temple sobre lienzo de 142 x 142 cm (hoy en la colección del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo) son resultado de su combinación de formas y colores. Súmese a ello un giro de cuarenta y cinco grados con el que complica la perspectiva de las líneas y los muros que dividen y separan los aposentos de este interior interpretable como vivienda, estudio o ambos a la vez. Composición que nos obliga a a poner en marcha los mecanismos de la razón para -a pesar del equilibrio y la lógica del espacio representado- descifrar cómo acercarse a él, el hombre dibujando.  

David Hockney. En el ángulo inferior derecha otro hombre le observa concentrado. Quizás le interpela ante su silencio o mira atónito cómo le da la espalda porque ya no tienen nada que decirse. Un amante, un compañero de vida, un socio, un amigo en segundo plano, pero presente, ejerciendo de contrapeso, de vínculo con todo aquello que a él le cuesta, le repele y le acobarda, complementándole en lo que fue un proyecto de futuro compartido, hoy ya extinto. Y aunque persisten el vínculo y la conexión, ya no hay comunicación ni diálogo.

Prerrafaelismo. La precisión de sus perfiles es tan minuciosa que reclaman acercarnos para comprobar qué especie son la flores que se vislumbran en el exterior, si el diseño de sus pantalones es una prolongación del de las paredes coincidentes con sus líneas verticales, o si nuestra impresión es resultado de una velada, erótica y sensual transparencia. Sugerencias envueltas en una luz mediterránea con intenciones humanistas, generadora de una atmósfera que eleva nuestra experiencia con sus aires de misticismo y epifanía.

Quattrocento. La profundidad no es plena, está a caballo entre la bidimensionalidad del dibujo y la ilusión de la tridimensionalidad proyectada. Intención embrujada con efectos hipnóticos a la manera del op art -el estampado textil y los suelos que se prolongan en los alzados-, las paradojas visuales de M. C. Escher –todo emana y converge en su auto representación- o la sofisticación del laberinto del minotauro. ¿Es posible llegar a él? ¿Y alejarse? Se supone un mundo más allá de la tela, pero cuesta concebir el fin de ese espacio interior, vivencial y emocional que representa y simboliza incluyéndose en él.

Clasicismo. La búsqueda del orden formal como algo casi obsesivo y la geometría como medio para conseguirlo, he ahí el cartabón sobre la mesa como instrumento y metáfora. Las líneas curvas ensalzan la rotundidad de los volúmenes de los cuerpos, tanto del que se ve como del que se intuye. Y el estucado de muros y suelos nos traslada ante los frescos con que se decoraban las villas romanas, aunque el hedonismo y deleite sensorial con que se vivía en aquellas choque con el estoicismo y pulcritud que se respira en esta escena.

Guillermo Pérez Villalta. El arte como laberinto, Sala Alcalá 31 (Madrid), hasta el 25 de abril de 2021.

Las pasiones mitológicas de Tiziano, Rubens, Veronese, Velázquez…

El Museo del Prado nos da la oportunidad de disfrutar temporalmente de las poesías de Tiziano. Seis obras excepcionales por las fuentes de las que toman su narrativa de amor, belleza y deseo; por la maestría técnica con que resuelven el encuentro entre dioses y humanos; y por la enorme influencia que su mirada sobre la mitología ejerció tanto entre sus contemporáneos como en épocas posteriores.

Tiziano (1485/90-1576) realizó dos grupos de “poesías” formados por seis obras en las que representaba escenas mitológicas descritas por la literatura clásica, uno para el Duque de Ferrara en 1518-26 y otro para Felipe II en 1553-62. Este segundo, cuya unión como conjunto se rompió a finales del s. XVI, es el que se puede ver ahora en esta muestra que se inicia situándonos en el contexto de aquella época. El Renacimiento había despertado el interés por el mundo heleno y romano. Al tiempo, la evolución del arte había traído consigo temas como el desnudo femenino tumbado. Ambas cuestiones unidas dieron lugar a venus o ninfas en entornos bucólicos y luego domésticos, en los que ya parecían mujeres completamente normales en serena sintonía con la atmósfera en la que eran retratadas. Escenas con una gran carga erótica, evidenciada por el hecho de que eran colgadas en dormitorios y espacios reservados.  

Tiziano, Venus recreándose en la música, 1550, óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Prado.

Tiziano y Rubens

Una de las fuentes literarias de las que Tiziano se sirvió en Ferrara fue Eikones (Imágenes) de Filóstrato el Viejo (s. II d.C.), en la que este describía hasta sesenta y cuatro pinturas de una galería antigua. El nacido trece siglos después en Pieve di Cadore trasladó al lienzo algunas de esas descripciones, dando pie a logros como la Ofrenda a Venus que pintara en 1518 para una sala del palacio de Alfonso d’Este. Una muestra de su influencia sobre los que le siguieron está en Rubens (1577-1640). Este vería su trabajo en su segunda estancia en Madrid, en 1628-29, y elaboraría a partir de ella El jardín del amor, respetando la composición, pero combinando personajes míticos (Venus y el niño con guirnalda y antorcha simbolizando a Himeneo, dios del matrimonio) y reales (su mujer, Helena Fourment, podría estar tras los rasgos de algunas de las retratadas), así como las poses clásicas con la moda contemporánea.

Las poesías

Otro de los referentes escritos de los que partió Tiziano fueron las Metamorfosis de Ovidio. Narraciones que complementó con su imaginación y en la que se sirvió de la mitología para deleitar al espectador con su sensualidad y demostrar sus habilidades estéticas y comunicadoras.

Venus y Adonis, 1554, es una escena imaginada, sin base literaria, que muestra a la diosa desnuda de espaldas, dejando ver sus nalgas, rasgo carnal de sumo interés y atractivo en la época, y tomando la iniciativa para, infructuosamente, intentar impedir que su amado humano marche a batallar, dejándola sola y triste, temerosa del destino que le espera. Además de belleza, placer y satisfacción, este lienzo también transmite inquietud, sufrimiento y dolor. Un padecimiento mucho más patente en el momento de intimidad en que Veronese (1528-1588) pintaría en 1580 a esta pareja, con un resultado formal menos dinámico y más estatutario, y que llegaría a España gracias a Velázquez (1599-1660), que compró esta tela para la Colección Real en su segundo viaje a Italia (1649-51).

El sevillano fue también el artífice de que Felipe II contara con una segunda versión de Dánae recibiendo la lluvia de oro, firmada por Tiziano en 1560-65, al hacerse con ella en su primera visita a la península itálica en 1629-30. Rezumando erotismo con su desnudo completo, la boca abierta y la posición de la mano, esta imagen destaca por los contrastes entre las dos figuras. Tumbada y sentada, carnal y textil, tranquila y alterada ante la alegórica aparición de Zeus. La versión primera, la encargada por el monarca de la dinastía austríaca, recibida en 1553 y a la que le falta un tercio superior, es la que está hoy en The Wellington Collection (Londres), con un resultado no tan teatral y voluptuoso.

El segundo par de las pasiones está formado por Diana y Acteón y Diana y Calisto, 1556-59, ambas hoy en la National Gallery londinense. Composiciones simétricas, llenas de miradas, del dinamismo y la tensión del momento en que Acteón descubre a la diosa desnuda, provocando así la sentencia de muerte que anuncia la calavera de jabalí que corona la columna a su derecha. O cuando esta señala a la ninfa que ha de ser expulsada de su vista por haberse quedado embarazada de Júpiter (aun habiendo sido resultado de una violación). De fondo, ruinas arquitectónicas actualizando los entornos naturales propuestos por Ovidio y que aquí aparecen dominados por un hipnótico cielo azul que acentúa con su iluminación el dramatismo de las dos escenas.  

Por encima del erotismo o la narración, lo que domina en Perseo y Andrómeda, 1554-56 (The Wallace Collection, Londres) y El rapto de Europa, 1559-62 (Isabella Stewart Gardner Museum, Boston) es el movimiento y la violencia del enfrentamiento. De ahí los escorzos, la angustia que transmiten los rostros humanos y la poderosa agresividad de los seres de otro mundo, la indefensión al estar lejanos de la urbanidad que queda en el fondo y la luz que acentúa el pathos dramático. Como cierre poético de las pasiones, Zeus convertido en toro que mirándonos directamente, transmitiéndonos su capacidad y superioridad desde una imagen extraída de Leucipa y Clitofonte, novela del siglo II del griego Aquiles Tacio.

Los ecos de estas dos mitologías se pueden ver en Velázquez y nuevamente en Veronese. Diego reproduciría El rapto de Europa en el fondo de Las hilanderas, 1655-60. Paolo, por su parte, adaptaría en 1575-80 (Museo de Bellas Artes, Rennes) la lucha de Perseo con el monstruo marino para liberar a Andrómeda a un formato vertical, con un resultado más compacto, dramático y luminoso que el de su antecesor en el tema.

Las pasiones mitológicas

Tras los logros artísticos de Tiziano y su ejemplo con la conversión pictórica de episodios y personajes mitológicos, llegarían muchos más autores que partirían tanto de sus imágenes como de fuentes literarias clásicas (como la Iliada de Homero o la Eneida de Virgilio) a lo largo de sus carreras. Una adaptabilidad y renovación de los mitos con las que acercar al espectador a temas universales como el gozo y el dolor con diferentes enfoques. Desde el realista de José de Ribera (1591-1652), el paisajista de Nicolas Poussin (1594-1655) o la exuberancia corporal de Anton Van Dyck (1599-1640) y Jacques Jordaens (1593-1678).

José de Ribera, Venus y Adonis, 1637, óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Prado. Nicolas Poussin, Paisaje durante una tormenta con Píramo y Tisbe, 1651, óleo sobre lienzo, Städel Museum. Anton Van Dyck, Venus en la fragua de Vulcano, 1630-32, óleo sobre lienzo, Musée du Louvre. Jacques Jordaens, Meleagro y Atalanta, 1621-22 y 1645, óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Prado.

Pasiones mitológicas: Tiziano, Veronese, Allori, Rubens, Ribera, Poussin, Van Dyck, Velázquez, Museo del Prado, hasta el 7 de julio de 2021.

“Black Art: In the Absence of Light”

En 1976 el LACMA inauguraba “Two centuries of Black American Art”, exposición que ponía por primera vez sobre la mesa el papel que los artistas plásticos afromericanos tenían y habían tenido en la historia del arte estadounidense. Documental producido por HBO y estrenado recientemente con mejores propósitos que resolución, pero que pone el dedo en la llaga de la necesaria revisión de los discursos oficiales.

En los primeros minutos el artista e historiador David Driskell (Eatonton, 1931- Hyattsville, 2020) cuenta lo que supuso aquella muestra que, comisariada por él, fue visitada por miles de personas tanto en Los Ángeles como posteriormente en Dallas, Chicago y Nueva York. Totalmente disruptiva, puso en duda la solidez de lo que se estudiaba y mostraba en los ámbitos académico, museístico y comercial sobre la creación artística firmada por ciudadanos norteamericanos. En un sistema político y cultural donde dominaba lo blanco y la herencia europea y en el que lo negro con pasado esclavo no era considerado de forma alguna.

Aquel acontecimiento fue una prolongación más del movimiento por los derechos civiles iniciado años antes por Martin Luther King. ¿Había entonces un arte específicamente negro? ¿Lo sigue habiendo hoy? Sí, tal y como señala Driskell, cuando eres etiquetado y jerarquizado por un poder que determina y regula el funcionamiento de la sociedad de la que formas parte. Una discriminación que marca tu manera de vivir y de sentir y, por tanto, de lo que expresas y comunicas, así como el punto de vista desde el que lo haces.

In the Absence of Light también reivindica a quienes como Faith Ringgold (Nueva York, 1930) se vieron discriminadas entonces por el hecho de ser mujeres, incluso por lo que compartían su origen afroamericano. Una artista que promulgaba un feminismo sin tapujos y con un mensaje radicalmente político, que se negaba a aceptar la demagogia del heteropatriarcado, tanto blanco como negro, autoerigido como autor y decisor del canon estético y simbólico.

Faith Ringgold, “American People Series #18, The Flag Is Bleeding,” 1967, óleo sobre lienzo.

O exposiciones posteriores como Black Male. Representations of Masculinity in Contemporary American Art (Whitney Museum, 1994) en las que se ponía en duda esos marcos, así como sus excusas racistas, sexistas y homófobas, contraponiéndolas con imágenes llenas de belleza, sensualidad y discurso firmadas por nombres como Robert Mapplethorpe (Floral Park, 1946 – Boston, 1989) o Adrian Piper (Nueva York, 1948, con obras con títulos tan significativos como I Embody Everything You Most Hate and Fear, 1975).

En lo que respecta al hoy, Radcliffe Bailey (Bridgeton, 1968), está considerado como uno de los herederos espirituales de aquella exposición de hace 45 años. Con creaciones plenamente escultóricas como Windward Coast, o de técnica mixta como From South to North, 1916-1970. Creaciones en las que mira al pasado con el objetivo de no olvidar de dónde venimos, tanto para no volver a aquellos esquemas prejuiciosos como para recordarnos que aún siguen vigentes en muchas coordenadas de nuestras vidas.

Kehinde Willey (Los Ángeles, 1977) y Amy Sherald (Columbus, 1973) fueron los encargados de realizar los retratos de Barack y Michelle Obama que cuelgan en la National Portrait Gallery de Washington desde febrero de 2018. Óleos sobre lienzo y lino que destacan por la diferente sensibilidad que aportan respecto a sus antecesores en semejante encomienda. Pinturas sin el hieratismo físico y el simbolismo del poder, más humanas y cercanas, pero también transmisoras de la personalidad y del papel ejercido por sus protagonistas.  

Como muestra de la denuncia de Black Art, los autores blancos suponen el 85% de los expuestos por los grandes museos norteamericanos mientras que tan solo el 1,2% son negros (cuando los primeros suponen el 65% y los segundos el 13% del total de la población del país), algo similar a lo que sucede en ámbitos complementarios como el de la gestión, la crítica o el mundo académico.  Cuestión que se está empezando a corregir con iniciativas como la del Museo de Baltimore, que vendió años atrás algunos de los Warhols de sus fondos para comprar obra de grupos sociales poco representados en sus paredes. O con encargos como el del Whitney en 2014 de una instalación a Kara Walker (Stockton, 1969) que dio como resultado “A Subtlety”. Una irónica figura de diez metros de altura, una esfinge construida con azúcar, una representación hiperrealista y a escala agigantada de quien pudiera haber sido un ancestro suyo trabajando como esclava en una plantación de tal producto agrícola.  

Como documental Black Art: In the Absence of Light comienza con buenas intenciones pero deriva en una sucesión de fragmentos de entrevistas en lugar de convertirse en un trabajo de tesis como prometía inicialmente. Aún así, tiene su valor y aporta un contenido que sintetiza muy bien la cita final con que Driskell parafrasea a Luther King, We haven´t reached the promised land. We’ve got a long way to go.

“Picasso, mi abuelo” de Marina Picasso

Más un diario destinado a liberar, ordenar y sanar emociones que un ensayo sobre la experiencia personal de una nieta con el padre de su padre. Vivencias, recuerdos y cicatrices resultado de un sistema familiar anárquico y desordenado. El resquemor de quien se siente herido transmitido con la frialdad de un atestado casi forense.

¿Interesa este ensayo por quien lo ha escrito o por sobre quién trata? Está claro que por el apellido coincidente de su autora y del referido en el título. Es decir, el morbo. Habrá quien diga que es por la curiosidad de tener más puntos de vista y experiencias directas que amplíen su conocimiento sobre uno de los grandes nombres de la historia del arte del siglo XX. Si ese es el caso, y aunque con matices, estas doscientas páginas en edición de bolsillo resultan decepcionantes. Que en Picasso el genio iba por un lado y la humanidad por otro es algo que ya pocos se atreven a poner en duda, pero aún así lo segundo pasa como una nota al pie de página, como una frase que se lee, pero en cuyo significado no se entra.

¿Por la inmensidad de su talento? ¿Por lo grabadas a fuego que están muchas de las églogas que se le han dedicado? ¿Porque somos incapaces de rectificarnos? ¿Por miedo a ir en contra de lo establecido? Asunto que da para un largo, sesudo y profundo debate que no es la intención ni el propósito de esta reseña. La cuestión es qué pretende Marina. ¿Cuál es su objetivo compartiendo lo que nos relata? Deduzco que expulsar de sí la toxicidad que ha destilado tras catorce años de psicoterapia y dejar de ver a Pablo como una figura inmensa, divina y tortuosa y reconocerlo como un hombre que, no se sabe muy bien porqué, no trató a los suyos con el cariño, el amor, la atención y la delicadeza de que se le presupone capaz a todo ser humano.

Fueron veintidós los años de vida que Marina compartió con su abuelo, desde su nacimiento en 1950 hasta la muerte de él en 1973, viviendo a pocos kilómetros, pero conviviendo mucho menos de lo que se presupone en cualquier historia familiar convencional. Algo más de dos décadas de desplantes (acercarse a La Californie y que su esposa Jacqueline o el servicio les dijeran que no estaba disponible), silencios (nunca hubo diálogos fluidos, juegos ni confidencias), desprecios (tratando a su propio hijo como a alguien inútil) y humillaciones (envolviendo la ayuda económica que les daba en retrasos y comentarios despectivos) con tremendas consecuencias en todos los que formaban parte de aquel sistema familiar.

Sin negar la realidad de lo que cuenta la hija del primogénito de Picasso, me sorprende el foco con que lo relata. Entiendo que se presente a sí misma, al igual que a su hermano (quien terminaría suicidándose) como víctimas, porque lo fueron, pero quizás resulte desmedido el reparto que hace de dicha responsabilidad. Casi todo va a parar al iniciador del cubismo. También hace partícipes a sus padres, pero con un prisma de yugo picassiano que, sin justificarles, prácticamente les exculpa. Una cadena de transmisión quizás relatada con excesiva simplificación, están todos los que tienen que estar, pero tan sumamente sintetizados que acaban resultando más bocetos de personajes de un cuento de terror que de una historia de identidades tan rotas como incompletas.

Una experiencia publicada en francés en 2001, complementaria a la que Françoise Gilot publicó en 1965 y a la que quizás la historiografía tendría que dedicarle más atención, ampliando la imagen oficializada de biografías como la de Patrick O’Brian (1976). No con ánimo de derribar al mito ni desvirtuar sus logros, pero sí para conocer más sus aristas y sombras, y de esta manera entender mejor sus motivaciones, estímulos e intenciones.

Picasso, mi abuelo, Marina Picasso, 2001 (2002 en español), Plaza & Janés.

“La civilización occidental y cristiana” (León Ferrari, 1965)

Esta obra sintetiza buena parte de la declinación del legado artístico y el pensamiento crítico de su autor. Un hombre que, entre otros temas, puso el foco en la crueldad con que han actuado y la destrucción generada por los que se autoproclamaban elegidos por Dios para llevar a cabo su misión evangelizadora. Personas refugiadas en una institución que manipula psicológicamente y amedrenta espiritualmente a sus congéneres desde hace mucho tiempo.

Habrá quien piense que este avión predijo los de las fuerzas militares argentinas que años después arrojarían al mar a los contrarios a su régimen dictatorial. O los que un 11 de septiembre causaron la muerte de casi tres mil personas. Podría ser. Pero en este ensamblaje de maqueta y pieza de santería,  el elemento fundamental es él, Jesús, el hijo del Padre que nos hizo a todos a su imagen y semejanza. Versículo convertido en principio moral como excusa para imponerse al otro. Para someterle si no colabora. Para destruirle si se resiste.

Aunque se puede generalizar su intención, Ferrari (1920-2013) acusaba a las iglesias católica, la protestante y la ortodoxa de complicidad y ejercicio consciente del mal, ya sea por sí mismas, ya sea formando parte de las jerarquías de poder que han regido el devenir de la civilización occidental desde hace dos milenios, con el fin de consolidar su absolutismo. No niega que pueda haber gente bondadosa entre ellos, ejemplos de su credo y fieles cumplidores de sus mandamientos. Pero el bien no sirve como penitencia del mal. Como si reviviera a Lutero cuando en 1511 salió de Roma espantado ante el nivel de corrupción, soberbia y arrogancia del que fue testigo.

Un teatro en el que tras la máscara de la piedad se oculta la aniquiladora. Una dramaturgia a la que quizás dio forma siendo testigo en su Buenos Aires natal de los proyectos arquitectónicos de iglesias de los que su padre era máximo responsable. Visión que trasladaría a la serie Relecturas de la Biblia que inició en 1985. Collages y composiciones en los que ligaba la belleza de las representaciones artísticas de ángeles, santos y escenas de las sagradas escrituras con el dramatismo del belicismo, el horror del fascismo y la procacidad de una sexualidad impudorosa. Narrativa que une las dos caras de una farsa delincuente, de una hipocresía asesina. Provocación intolerable y blasfemia según algunos. Denuncia social y reivindicación política según su autor.  

Ferrari también jugó con la plasticidad, el cromatismo y la perspectiva renacentista que conoció a su llegada a Italia en 1952 en instalaciones como Jaula con aves (1985). Estas, colocadas sobre una reproducción del Juicio final de Miguel Angel, defecaban sobre dicha imagen generando un resultado con aires de ready made y arte povera, que después enmarcó aunando la intervención de lo biológico, la susceptibilidad de lo sacrílego y la sátira del canon y el proceso artístico. La razón y la censura, el academicismo y el dogmatismo puestos a prueba. La experiencia estética al servicio de la libertad de expresión, la creación artística como voz ante la opresión.

La bondadosa crueldad. León Ferrari, 100 años, en el Museo Reina Sofía (Madrid).