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“La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca

Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

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En sus primeras líneas el supuesto autor de La zapatera prodigiosa sale a escena para excusarse ante el público por no rendirle pleitesía y advertirle que lo que va a ver y escuchar no solo es narración y acción, sino también expresión poética y deleite retórico. Música para los oídos con que encandilar el corazón y estimular el alma. En su tercera obra teatral, Federico dejaba claro lo que se puede leer en muchas de las entrevistas que recoge Palabra de Lorca, que su intención era mostrar la realidad, el día a día de la gente normal, de esa que vive y se manifiesta con espontaneidad. Conciudadanos que sentía cercanos y que no tenían nada que ver con el hieratismo inerte de aquella clase pudiente que acudía al teatro buscando textos vacuos y representaciones histriónicas que no cumplieran mayor papel que el de mero entretenimiento.

Una superficialidad a la que el de Fuente Vaqueros se opuso con pasión creadora y oficio literario, con el deseo de dignificar a aquellos a los que la vida les daba más disgustos que alegrías y el propósito de transmitir la belleza intrínseca de sus modos y maneras, de aquello que les hacía auténticos. Objetivos que se ven plenamente cumplidos en esta farsa en dos actos en la que la historia entre el zapatero y la zapatera tiene una parte de fábula amable, pero también otra de exposición sobre los métodos de opresión social sobre la mujer.

La primera es una lección sobre el respeto, la comunicación y la consideración que se deben los miembros de toda pareja si quieren que su relación funcione. Una comedieta fresca y chisposa, alegre y juvenil, pero también serena y sosegada, tal y como son sus protagonistas. Dos caracteres que responden a etiquetas, roles y estereotipos de la época, pero que Garcia Lorca no utiliza para describirles sarcásticamente o catalogarles prejuiciosamente, sino para darle a su expresión el tono, el timbre, el ritmo y la melodía anímica y emocional que haga de ellos altavoces de ese duende invisible y anónimo que siempre supo captar y darle forma con las palabras de sus personajes.

La segunda son todas esas manifestaciones que, disfrazadas tras su musicalidad, acusan cruelmente a la mujer de adúltera, indecente y pecadora, de ser alguien que no merece consideración ni respeto por no cumplir las normas católicas que la exigen ser sumisa, recta, cumplidora y dispuesta a lo que dicte el marido, el padre o el hermano –pero siempre un hombre- que la gobierne.

Cara y cruz de una misma moneda en la que se pueden ver puntos comunes con las grandes obras que Federico escribiría después, con mujeres como esta zapatera, enérgica, deslenguada y deseosa de una vida –individual y matrimonial- plena; la sensualidad y entrega con que se llena el ambiente con tan solo evocar a los hombres; o la falta de libertad de una sociedad que se cuela invisiblemente por todos los rincones robándole su voluntad a cuantos se encuentra.

La zapatera prodigiosa, Federico García Lorca, 1930, Alianza Editorial.

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“El sueño de la vida”, la razón de ser del teatro

Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.  

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La dramaturgia no se limita a las páginas en que está impresa ni al escenario en el que es representada. Si se queda solo ahí no es más que mero entrenamiento, una comparsa para espíritus vagos y conservadores, almas inmovilistas sin pretensiones de mejora personal ni de evolución social. Según Federico, el teatro debía ser la continuación de lo que llevamos dentro, de la verdad, de la autenticidad de quiénes y cómo somos, de aquello que imaginamos y soñamos, de lo que nos vemos capaces de ser y de hacer, por más impedimentos, convicciones, reglas absurdas y miradas de nuestro alrededor que intenten limitarnos.

Eso cuenta, muestra y convence desde su brutal arranque El sueño de la vida que Lluis Pascual dirige en el Teatro Español. La Comedia sin fin que Lorca inició es un alegato pasional, la declaración de alguien que está convencido de su propósito, sacudir los cimientos de su sociedad para que esta abandone el estatus de pretenciosa superioridad y la senda de la oscuridad relacional en la que permanece anclada desde no se sabe cuándo.

Un mensaje que Pascual dirige y Nacho Sánchez interpreta totalmente entregado a esta misión, hacer que tablas, patio de butacas y edificio dejen de cumplir los cánones establecidos, se diluyan entre sí y se transformen en un espacio único en el que el teatro ya no sean ficción y representación sino un espacio donde nos mostremos y nos dejemos imprimir por la verdad, el drama, la comedia, la ilusión y la utopía de lo que está ahí fuera.

Un impetuoso torrente de palabras combinadas, mensajes polisémicos y relaciones entre planos de la realidad en el que no se sabe dónde acaba Lorca y dónde comienza Alberto Conejero. Pero da igual. La intensidad se transforma en una potencia enigmática cuando la convención del teatro se desdobla para dar cabida simultánea al ensayo y la representación (por parte de un elenco engranado con precisión absoluta) de una shakesperiana noche de verano, con toques de una acertada música en directo -piano y cajón de percusión-, que a su vez son invadidos por la revolución que estalla en las calles.

Una extraordinaria continuación que aparentemente vuelve a las normas de la representación dramática a la que estamos acostumbrados -una ficción, un escenario, unos personajes- para saltar nuevamente por los aires con su alegato de la libertad y la igualdad de todas las personas. Algo conseguido sobre manera con el escalofriante monólogo sobre proyección en blanco y negro de una Emma Vilarasau perfecta en todo momento.

Ahí es donde se ven más claramente la pluma devota de Lorca de Conejero y las manos moldeadoras cual arcillero de Pascual trabajando al unísono para conseguir que El sueño de la vida suene a Federico y a 1936.Pero también a reivindicación de su figura, obra y pensamiento y lo que le tocó vivir, lo que le preocupaba en aquel momento y que como él temía, le pudiera callar y matar. Viva la fuerza, la magia y la visión de Federico. Viva la hondura, la agitación y la conmoción de El sueño de la vida.

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El sueño de la vida, en el Teatro Español (Madrid).

“Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas”

Si leer o escuchar representadas sus creaciones es un goce para el alma y los sentidos, no menos lo es adentrarse en su persona a través de lo que recogieron múltiples publicaciones periodísticas a lo largo de su corta vida. Además de su extraordinaria sensibilidad, estos artículos, entrevistas y reportajes dejan clara la transparencia y diafanidad de un hombre cuya máxima fue siempre la de transmitir con honestidad aquello que hacía único, a la par que universal, a su pueblo.

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Quizás sea la figura más nombrada de la historia de la literatura española, pero el hecho de que aún no sepamos dónde reposa su cuerpo tras aquella cruel madrugada del 18 de agosto de 1936 demuestra que todavía queda mucho por conocer y recuperar de él. Tanto de su obra y de su vida como de su intimidad, de quién era más allá de las páginas que escribió, de las conferencias que impartió y de los amigos, familiares y personalidades con quien se le vio en público.

El que hasta más de 80 años después de su muerte no se haya publicado un volumen como este, Declaraciones y entrevistas completas,  evidencia tanto esta realidad como la de su otra cara, la negación que por distintos motivos –censura política y prejuicios sexuales, fundamentalmente- ha sufrido su persona y, por su extensión, su obra.  En este sentido, no queda otra que alabar el trabajo de investigación realizado por Rafael Inglada con la colaboración del periodista Victor Fernández, y el legado que este título supone para estudiosos y entusiastas de la figura de Federico.

Palabra de Lorca se inicia con un joven entusiasta que comienza a ser conocido en 1922, a sus 24 años, por sus primeras poesías y llega hasta 1936, hasta un hombre consolidado en la escena cultural como un extraordinario poeta y un excelente dramaturgo. No solo un gran creador sino también un convencido del papel cultural, identitario y pedagógico del teatro, tal y como hizo al frente de La Barraca (1932-1934) llevando la tradición de los grandes clásicos –Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, Cervantes,…- al colectivo más llano de un pueblo obviado por unos gestores y autores entregados a las banalidades que demandaba la burguesía urbana de las décadas de los 20 y los 30.

Todo lo contrario de lo que pensaba de la poesía de su tiempo, declarándose admirador de nombres como Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez. Un terreno este, el del verso, que fue el que le convirtió en una figura pública, sobre todo a raíz de la publicación en 1928 del Romancero gitano. Para entonces ya había demostrado con Mariana Pineda su potencial dramático y su capacidad de captar lo más individual, íntimo y local y transmitirlo conectando con lo que eso tiene de común y universal con cualquier otro individuo a lo largo del mundo. Después llegarían otras dramaturgias que, tal y como cuenta, ya estaban en su cabeza o habían comenzado a tomar forma, como Doña Rosita la soltera o Bodas de sangre y Yerma, títulos con los que se propuso hacer actual la tragedia griega y lo consiguió con extraordinario éxito de crítica y público.

Capítulo aparte de sus vivencias son sus viajes. He ahí la intensidad con que transmite el hondo resonar que le provocó el mar de acero, hormigón e inhumanidad de Nueva York que daría como resultado el poemario allí situado. Nada que ver con su paso por La Habana o sus estancias posteriores en Montevideo y Buenos Aires, ciudades en las que disfrutó con la fantástica recepción que tuvieron sus obras y sintiéndose como uno más en la sociedad de aquellos países con los que compartía idioma y referentes históricos literarios.

Curioso es también leer cómo le describen los otros. Alegre, jovial y extrovertido en sociedad, un niño grande con los suyos, escurridizo con los periodistas insolentes, e introvertido e inmerso en su profundidad interior cuando estaba a solas. Una sombra esta que se fue haciendo más patente a medida que la inestabilidad política enrarecía el clima social español, y del Madrid en el que vivía, a lo largo de 1935 y 1936. Hasta que estalló la contienda que le encontró en casa de sus padres en la vega granadina, de donde le sacó para asesinarle.

Palabra de Lorca no se acaba ahí, sino que sigue a través del recuerdo que algunas firmas le dedicaron años después, atreviéndose a entrar –aunque no con total apertura- en aquellos aspectos que le condenaron, su homosexualidad y su planteamiento público en pro de una cultura accesible para toda la sociedad y no como algo elitista y restringido para aquellos que hicieran de ella un símbolo y señal de su clase social y económica. En definitiva, un volumen extenso, con artículos y entrevistas firmadas por toda clase de autores y calidades, pero que resulta fantástico para descubrir el lado más espontáneo, dialogante y conversador  de un hombre profundamente reflexivo y tan sensible como creativo y visionario.

“La casa de Bernarda Alba”, la ópera

Federico, que sepas que estos días se puede ver en Madrid una versión musical de tu obra. Tú nunca llegaste a verla representada, pero el montaje engancha de principio a fin, no hay nada de lo que tu texto transmite que no se vea en escena –excelente escenografía e iluminación- y se sienta en el estómago –inmejorable elenco y fantástica partitura-.

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Las horas pasan y el recuerdo sigue vivo. Todo un reto para quien decidiera darle forma de canto a las palabras como cuchillos de tu tragedia, quizás por aquello que contabas en tus entrevistas de que tu propósito era ir más allá del drama y hacer actual el espíritu del teatro clásico. Aquel en el que el coro le daba a sus intervenciones un aire de trascendencia que convertía lo aparentemente anecdótico en una lección universal sobre el comportamiento humano.

El silencio ambiental que impone tu texto, en el que cada intervención tiene una mezcla de solemnidad, transparencia y verdad que lo llena y lo domina todo, ha sido aquí sustituido por una composición musical que capta perfectamente esa miscelánea de desasosiego e inevitabilidad de lo que lo que no puede ser posible pero no tiene más opción. Un algo invisible, pero muy presente a la vez, que cumple una serie de leyes no escritas que a pesar de su injusticia dan orden, equilibrio y jerarquía a ese pequeño mundo que no necesita puertas ni paredes para hacer sentir sus candados y sus muros a los atrapados en él .

Una compleja sinfonía musical firmada por Miquel Ortega que te agarra, te tensa, te sacude y te lanza sin aviso ni cuidado alguno entre las distintas corrientes de aire seco de las voces de Bernarda Alba, de las de sus cinco hijas (Adela, Amelia, Angustias, Magdalena y Martirio), su madre y su criada Poncia. Complementándolas, una escenografía de paredes encaladas y luz fría que hace muy patente esa casa, esa cárcel, ese lugar finito en el que la verdugo impone con su absolutismo el encierro a sus hijas tras la muerte de su padre, una cueva que con la aparición de la lozanía, la masculinidad, la hombría y el simbolismo de Pepe el Romano se convierte en un avispero en el que todas ellas están dispuestas a destruir cuanto sea necesario con tal de sobrevivir emocionalmente.

Elementos que se funden en un libreto en el que Julio Ramos adapta operísticamente de manera muy lograda y respetuosa lo que tú escribiste y unas voces e interpretaciones que hacen muy patente la lucha entre el poder, el deseo, la voluntad, la obediencia, las apariencias, las contradicciones y la carne que se vive en ese grupo de mujeres. Lo que todas ellas juntas logran nos hace ver que sus exigencias, demandas, argumentos, anhelos y peticiones no tienen fecha, no eran exclusivas de la Andalucía rural de cuando escribiste el texto, eran similares a las de muchos otros lugares en tiempo anterior y se siguen dando en nuestro hoy actual en otras tantas coordenadas del mundo.

Y aunque todo el elenco está perfecto, siendo el resultado final mucho más que la suma de sus individualidades, cabe destacar por sus papeles a Nancy Fabiola como la estricta Bernarda Alba y a Carmen Romeu como la joven, viva y resuelta Adela, así como por las notas de humor que ponen Julieta Serrano, como esa madre y abuela que parece escapada del inframundo, y Luis Cansino, como la deslenguada Poncia que sabe tanto como dice y cuenta tanto como piensa.

No te puedes imaginar la honda impresión que causa ver un patio de butacas sin una plaza libre en el que todo el mundo está conectado con lo que sucede sobre el escenario y cómo rompe a aplaudir en cuanto desciende el telón al final de la representación.

Larga vida a tu obra Federico y larga vida a esta versión de La casa de Bernarda Alba.

La casa de Bernarda Alba, en el Teatro de la Zarzuela (Madrid).

“Lorca, el poeta y su pueblo” de Arturo Barea

El autor de “La forja de un rebelde” acercaba en 1944 la figura de Lorca a sus lectores ingleses a través de este conjunto de conferencias que hasta ahora nunca antes se había editado en España. Un ensayo que disecciona las claves que hacen del granadino una figura única de la literatura española y que supone también una muestra del buen saber hacer narrativo y de la capacidad de análisis y síntesis de su autor.

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La Guerra Civil mató a Federico y empujó a Arturo al exilio. Ambos se vieron en el punto de mira de los nacionales por su dominio de la palabra y su defensa de la libertad de expresión. Aunque no se llegaron a encontrar nunca en persona, Barea fue un profundo conocedor y admirador de García Lorca, tal y como demuestra este volumen en el que disecciona con suma precisión –a través de una muy cuidadosa selección de versos, diálogos y parlamentos – su obra, estilo e impronta universal –sin dejar de ser profundamente español- en base a cuatro pilares (pueblo, sexo, muerte y arte).

Al contrario de lo que pudiera parecer, el escritor del Romancero gitano o del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías fue profundamente intelectual, un innovador constructor de versos a la manera de su admirado Góngora, pero fue más allá de esa habilidad para centrarse en lo que para él era importante, en reflejar los sentimientos y las emociones. Esa autoridad y capacidad para llegar, agitar y conmover a todos los públicos, tanto a los formados como a los que no sabían siquiera leer, fue lo que le hizo tan reconocido. Su empatía a la hora de ejercer de altavoz del sentir popular, de ensalzar poéticamente los valores, conceptos y expresiones del común de sus conciudadanos –de su identidad, en definitiva- hizo que los incultos y los iletrados se sintieran valorados y reivindicados. Un logro que consiguió también con su exitosa dirección de La Barraca, trasladando ante este tipo de espectadores el mensaje de autores clásicos como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

El nacido en Fuentevaqueros describió y dio voz, tanto en su poesía como en su teatro, a un  profundo universo etnográfico, social y cultural como nadie había hecho hasta entonces y como ninguno de sus compañeros de la generación del 27 supo hacer. He ahí dramaturgias como Mariana Pineda, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba o Yerma en las que sus espectadores y lectores podían ver cómo sus personajes pensaban y actuaban igual que ellos en temas como el honor, la maternidad, el amor o la familia. En sus tramas no se exagera ni se banaliza, no se altera ni se vacía de su esencia el papel y los significados que para la sociedad de su tiempo tenían cuestiones como la muerte o el sexo, así como las jerarquías que había tanto entre hombres y mujeres como entre padres e hijos.

Esta es la clave que según Barea hizo que Lorca fuera considerado revolucionario y peligroso por los que se negaban al cambio y a la evolución. Por su genio para hacer que los hasta entonces no considerados se empoderaran, sintiéndose orgullosos de quiénes eran.

“De hombre a hombre” de Mariano Moro Lorente

El mito de Lolita llevado al aula mediante el diálogo cercano y la tensa distancia entre el adolescente y el adulto, entre los ideales y la experiencia, entre la osadía y las reservas. La homosexualidad como algo velado, expresada y encubierta a partes iguales utilizando los versos de Walt Whitman y Federico García Lorca tanto como forma de declaración como de maniobra de distracción.

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Las once escenas de esta obra son otros tantos combates dialécticos entre Juan Manuel, un profesor de literatura treintañero que destila seguridad y confianza en sí mismo, y Andrés, un joven deseoso de comerse el mundo y cansado de tener que darse de frente una y otra vez con los muros que los adultos ponen en su camino. Cada uno sienta cátedra a su manera desde la etapa en la que nuestra sociedad y el sistema educativo les coloca, en una altiva madurez al primero, en la rebelión constante al segundo.

El profesor juega constantemente a la seducción, desplegando sus encantos y su presencia, verbo mediante, ante el público estudiantil que se encuentra en sus aulas. Mientras tanto, el alumno dispara de manera certera contra la amplitud de sus alardes retóricos buscando las afirmaciones que le confirmen en sus planteamientos o le guíen para llegar a las posiciones desde las que seguir construyéndose a sí mismo. Frente a los circunloquios y los juegos formales del docente, su pupilo se expresa con una claridad que les pone a prueba a los dos. A sí mismo al verse obligado a convertir en acciones su dictado verbal, y a su superior al dar con la clave que desvela a la persona que se encuentra tras el personaje.

Una atracción y un enfrentamiento ambientados en nuestro presente (De hombre a hombre fue publicada originalmente en 2008) con dos barreras que terminan haciendo acto de presencia, la diferencia de edad y una homosexualidad que se manifiesta inicialmente con circunloquios poéticos. Hasta que se sabe que se puede hablar con claridad y entonces se pone sobre el tablero de juego otra partida más, la de la aceptación y los prejuicios del entorno familiar, social y laboral. Frente a estos frenos, el deseo, la atracción y la ilusión del amor que se manifiestan recurriendo a la poesía de Walt Whitman (Canto a mí mismo) y a la de quien le admiró y le dedicó una oda, Federico García Lorca, así como a uno de sus más claros referente musicales, el cubano Silvio Rodríguez (Por quien merece amor).

Así es como Mariano Moro Lorente hila con efectiva sencillez en una progresión lineal –directa a su objetivo, sin otras tramas o personajes que desvíen nuestra atención- las diferentes etapas que recorre la relación en la que se van trenzando sus dos personajes. Un vínculo que se puede comparar con otros de similares características, como el narrativo de Nabokov o el clásico entre Sócrates y Alcíbiades. Menciones expresas que dan pie a reflexionar sobre la separación y la unión de los planos físico y emocional que se le supone al amor correspondido, así como a su posibilidad de materializarse ante las presión y el escrutinio de las convenciones sobre las que edificamos nuestras vidas.

“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.