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“El amigo americano” de James Costos & Santiago Roncagliolo

“El hombre de Obama en España” repasa los algo más de tres años que Costos estuvo en nuestro país representando al líder y al gobierno del país más poderoso del mundo. Tras recordar su vida personal y profesional antes de recibir esta misión, relata cómo imprimió su visión y sello personal a su labor diplomática. Anécdotas y nombres de casi todos los sectores de la vida social (políticos, empresarios, artistas,…) pueblan unas páginas que cuentan menos de lo que nos gustaría saber, pero que también revelan mucho sobre el estilo y los valores de su autor.

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Son varias las interpretaciones que podemos hacer de El amigo americano. La primera de ellas que este ensayo podría pasar por la memoria de la labor de James Costos como Embajador de EE.UU. en España, responsabilidad que ejerció desde el 13 de septiembre de 2013, día en que llegó a Madrid (aunque su nombramiento fue aprobado por el Senado de su país el 1 de agosto tras ser anunciado oficialmente el 14 de junio anterior) hasta el 20 de enero de 2017, jornada en que Barack Obama cedió el despacho de la Casa Oval a su sucesor, Donald Trump. También que es un ejercicio de defensa de los principios y logros del programa de gobierno de su mentor demócrata, a la par que una crítica sin paliativos de las maneras de hacer del ahora líder republicano.

Quizás sea ambas, conjugadas con un muy buen ejercicio de marca personal, aunque no lo presente como tal. He ahí sus primeros capítulos dedicados a contar como llegó a formar parte del círculo más cercano de los Obama a través de su marido y yendo más atrás, el inicio de su vida en Lowell (Massachusetts) y de su carrera profesional en el sector de la moda en Nueva York y, posteriormente, en el del cine y el audiovisual en Los Ángeles. Puestos en los que aprendió cómo promocionar, acercar y establecer vínculos entre las marcas y sus clientes. Un aprendizaje que utilizó posteriormente para ayudar a recaudar fondos para la candidatura de Barack Obama en su campaña para la reelección a la Casa Blanca.

Labores que, según cuenta, le enseñaron lo importante que son los lazos humanos a la hora de establecer relaciones de cualquier tipo, y de hacerlo tomando como punto de partida los puntos comunes y no las diferencias. Una máxima que marcó su estrategia y su manera de actuar una vez que llegó a España tras recibir la encomienda de Obama de representar a su país, y su manera de querer estar en el mundo global actual, ante el nuestro y el Principado de Andorra. Algo que llevó a la práctica haciendo evolucionar las formalidades en las relaciones bilaterales, que priman las jerarquías y la ostentación del poder, hacia la interacción con las nuevas generaciones y las personas que proponen proyectos innovadores y ejemplifican la diversidad.

Principios a partir de los cuales tendió puentes entre su país y el nuestro impulsando encuentros entre representativas de colectivos como el artístico y cultural (a la par que pedía que España aumentara su compromiso con la propiedad intelectual y actuara en contra de la piratería), el LGTB (haciendo que el reconocimiento del derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo que EE.UU. aprobó en junio de 2015 tuviera eco más allá de sus fronteras), o los jóvenes emprendedores (poniendo en contacto start-ups españolas con las grandes empresas de Silicon Valley).

Logros que relata con convicción y que alterna con episodios conocidos por los medios de comunicación –como sus palabras sobre la unidad de España o las reuniones con el Ministerio de AA.EE. tras las filtraciones de Wikileaks sobre el espionaje estadounidense de las comunicaciones de ciudadanos españoles- en los que expone su vivencia y opinión de lo sucedido hasta donde permiten los límites de la seguridad y la no interferencia en asuntos internos de su nación de acogida.

Un relato ameno en el que los amantes de lo personal descubrirán que conoció a su pareja, Michael Smith, en un avión, y encontrarán nombres como los de los Reyes de España (tanto actuales como el del emérito, refiriéndose con admiración a todos ellos), los de algunos ministros de Mariano Rajoy (con José Manuel García-Margallo, Ministro de AA.EE., parece que no hubo toda la química que sería deseable) u otros muchos que asistieron a sus comidas, eventos o fiestas, o que se alojaron en su residencia, como Ana Botín, José María Álvarez-Pallete, Plácido Arango, Alaska, Miguel Poveda, Belén Rueda, Sarah Jessica-Parker o Gwyneth Paltrow. Personas de distintos ámbitos a través de las cuales James Costos se propuso acercar EE.UU. a España y España a EE.UU. en su convencimiento de que cuanto más cultivemos aquello en lo que coincidimos (aunque tengamos puntos de vista diferentes), más fácil será tratar aquello en lo que diferimos y más fuerte y duradera nuestra unión.

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“Las cosas como son” de Carlos Solchaga

El día a día de un hombre que comenzó su trayectoria como representante público durante la Transición para convertirse posteriormente en ministro (de Industria y Energía primero y de Economía y Hacienda después) durante uno de los períodos de mayor transformación de nuestro país y concluir su carrera política como portavoz del PSOE en el Congreso. Notas en las que de manera somera repasa las decisiones tomadas, valora las acciones por realizar, analiza la veracidad de lo publicado por la prensa, elogia a quien aprecia y critica sin piedad a aquellos de los que discrepa.

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Con la templanza, e incluso frialdad, que genera la distancia temporal, el hombre que dirigió la transformación industrial y económica que hizo que España pasara de ser un país con ecos aún autárquicos a una economía sólida y clave tanto en el panorama europeo como internacional, publicó meses atrás los apuntes personales que a modo de diario tomó mientras estuvo al  frente de distintas responsabilidades públicas en el ámbito estatal.

Tras haber sido Consejero de Comercio en el País Vasco, Solchaga llegó a la Carrera de San Jerónimo en 1980 como diputado por la provincia de Álava. Desde sus primeras anotaciones el 14 de abril de ese año queda claro que aquel fue un tiempo especialmente convulso, en la que la aún incipiente democracia estaba más centrada en su propia supervivencia que en crear reglas, estructuras y procedimientos que generaran progreso y desarrollo para todos los españoles. La desmembración del partido gobernante (UCD), el intento del golpe de estado del 23F y el salvajismo terrorista de ETA no lo pusieron nada fácil.

El punto de inflexión llegó el 28 de octubre de 1982 cuando el PSOE ganó las elecciones generales, algo que parecía imposible que ocurriera tan solo unos meses antes.  Comenzó entonces una etapa en la que Solchaga fue nombrado Ministro de Industria y Energía, cartera desde la que le tocó poner orden en un sobredimensionado, antiguo y nada tecnificado tejido productivo de escasa eficiencia y menores resultados aún. Una vez sentadas las bases de este proceso, y tras la marcha de Miguel Boyer, pasó a dirigir en 1985 el Ministerio de Economía y Hacienda, a cuyo frente siguió tanto hasta el final de esa legislatura como en las dos posteriores (1986-1989 y 1989-1993).

En sus nuevas responsabilidades, Solchaga se encargó de pilotar el proceso de entrada de España en la CEE y de adaptar nuestra pequeña y cerrada economía a los modos y maneras del entorno internacional al que aspirábamos.  Una tarea de gran responsabilidad en la que, según él, tuvo enfrente a los sindicatos (con hitos como el de la huelga general del 14 de diciembre de 1988 en que hasta RTVE suspendió sus emisiones), luchó con las interferencias del bando guerrista de su partido y fue objetivo de la desinformación intencionada y la opinión sesgada de muchos periodistas. Pero en la que también contó con el apoyo del Presidente del Gobierno, con equipos profesionales altamente cualificados y colaboradores comprometidos con los objetivos a conseguir.

Fueron ocho años en los que se reordenaron muchos sectores (eléctrico, transportes, financiero,…) que hasta entonces hasta entonces habían estado dominados por empresas públicas o con un alto grado de atomización, se construyeron grandes infraestructuras (autovías, AVE,…), se dio forma al Estado de Bienestar (subsidio de desempleo, pensiones, becas, sistema sanitario,…), se crearon organismos para atender a las exigencias de la nueva realidad (Consejo Económico y Social, Agencia Tributaria,…) y España comenzó a formar parte de las grandes organizaciones financieras a nivel internacional (FMI, Banco Mundial,…).

Llegado 1993, la honda crisis económica y financiera que el país arrastraba desde hacía ya muchos meses y el auge de los casos de corrupción –sobre todo entre sus compañeros de partido- le hizo pedir el relevo a Felipe González y tras las elecciones del 6 de junio de ese año pasó a ser portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, puesto que ejerció hasta su dimisión el 5 de mayo de 1994.

Más de una década de reflexiones y observaciones que, en buena medida, revelan cómo son las trastiendas del poder ejecutivo y legislativo y los intereses personales y partidistas que en ocasiones, incluso, se imponen en detrimento del beneficio común del conjunto de los ciudadanos. Una realidad pública alejada de los focos en la que estos Diarios de un político socialista (1980-1994) muestran a un Solchaga resistente a las presiones y con gran determinación en sus principios, que no esconde su desprecio ante las deslealtades de muchos compañeros socialistas, ni su enfado ante las posturas nada dialogantes de sus oponentes a la hora de negociar, y muy seguidor de la imagen que proyectan de él los medios de comunicación.

“Lorca, el poeta y su pueblo” de Arturo Barea

El autor de “La forja de un rebelde” acercaba en 1944 la figura de Lorca a sus lectores ingleses a través de este conjunto de conferencias que hasta ahora nunca antes se había editado en España. Un ensayo que disecciona las claves que hacen del granadino una figura única de la literatura española y que supone también una muestra del buen saber hacer narrativo y de la capacidad de análisis y síntesis de su autor.

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La Guerra Civil mató a Federico y empujó a Arturo al exilio. Ambos se vieron en el punto de mira de los nacionales por su dominio de la palabra y su defensa de la libertad de expresión. Aunque no se llegaron a encontrar nunca en persona, Barea fue un profundo conocedor y admirador de García Lorca, tal y como demuestra este volumen en el que disecciona con suma precisión –a través de una muy cuidadosa selección de versos, diálogos y parlamentos – su obra, estilo e impronta universal –sin dejar de ser profundamente español- en base a cuatro pilares (pueblo, sexo, muerte y arte).

Al contrario de lo que pudiera parecer, el escritor del Romancero gitano o del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías fue profundamente intelectual, un innovador constructor de versos a la manera de su admirado Góngora, pero fue más allá de esa habilidad para centrarse en lo que para él era importante, en reflejar los sentimientos y las emociones. Esa autoridad y capacidad para llegar, agitar y conmover a todos los públicos, tanto a los formados como a los que no sabían siquiera leer, fue lo que le hizo tan reconocido. Su empatía a la hora de ejercer de altavoz del sentir popular, de ensalzar poéticamente los valores, conceptos y expresiones del común de sus conciudadanos –de su identidad, en definitiva- hizo que los incultos y los iletrados se sintieran valorados y reivindicados. Un logro que consiguió también con su exitosa dirección de La Barraca, trasladando ante este tipo de espectadores el mensaje de autores clásicos como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

El nacido en Fuentevaqueros describió y dio voz, tanto en su poesía como en su teatro, a un  profundo universo etnográfico, social y cultural como nadie había hecho hasta entonces y como ninguno de sus compañeros de la generación del 27 supo hacer. He ahí dramaturgias como Mariana Pineda, Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba o Yerma en las que sus espectadores y lectores podían ver cómo sus personajes pensaban y actuaban igual que ellos en temas como el honor, la maternidad, el amor o la familia. En sus tramas no se exagera ni se banaliza, no se altera ni se vacía de su esencia el papel y los significados que para la sociedad de su tiempo tenían cuestiones como la muerte o el sexo, así como las jerarquías que había tanto entre hombres y mujeres como entre padres e hijos.

Esta es la clave que según Barea hizo que Lorca fuera considerado revolucionario y peligroso por los que se negaban al cambio y a la evolución. Por su genio para hacer que los hasta entonces no considerados se empoderaran, sintiéndose orgullosos de quiénes eran.

“Crónica sentimental de España” de Manuel Vázquez Montalbán

Como si se tratara de una versión literaria del televisivo “Cachitos”, pero escrito a modo de cuatro reportajes para una revista en 1969 y convertidos meses después en este ensayo. Una obra atrevida en la que se disecciona con realismo, pero también con buenas dosis de ironía y sarcasmo, la evolución sociológica de la España de las tres décadas anteriores a través de los artistas, las canciones, las películas y los hábitos más populares en cada momento.

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Los años 40 fueron duros, grises, ocres, marrones, mate, sin luz ni colores vivos. Fríos y desapacibles, extremos en invierno y de un calor rotundo y agotador durante el verano. Había poco que comer, para vestir apenas lo justo, la represión y el miedo se transformaron en un silencio que alcanzó hasta la dimensión del pensamiento. Y aún así, a pesar de las faltas y las penurias, de las extremas necesidades, el discurso del entretenimiento decía que España era lo mejor del mundo entero, que habíamos vuelto a los tiempos del Imperio, al Siglo de Oro, siendo envidiados por pueblos y naciones de todos los continentes. Vivíamos exaltando la riqueza productiva de nuestra agricultura y la superioridad racial de nuestra identidad. Algo que quedaba claramente manifestado en las letras de las zarzuelas y en las canciones del género de la copla, en el argumento de películas en las que el hombre era el garante de la familia y la mujer la obediente responsable de su logística bajo la siempre presente sombra de una iglesia que marcaba hasta el ritmo de la respiración.

Los 50 implicaron la llegada de los americanos por la puerta grande. El régimen firmó con ellos el acuerdo por el que se asentaban militarmente en nuestro territorio, trayendo consigo tanto el american way of life publicitario y cinematográfico como el comenzar a relacionarnos con más cercanía con las naciones extranjeras. No queríamos su política, pero sí la apariencia que destilaban de familia feliz, de consumidores de productos con nombres sugerentes y envoltorios atractivos. Con colores como los de las películas en technicolor que llenaban las pantallas de extras simulando vivir en tiempos históricos pretéritos o recordando las guerras y batallas de la década anterior en que con esfuerzo, inteligencia y sacrificio se consiguió salvaguardar la paz y el equilibrio mundial.

Mientras tanto, en tierras patrias, ya se comía de caliente a diario y la difusión de la radio generaba una épica nacional más cercana al presente. Voces como la de Matías Prats hacían de cada partido un acontecimiento único y los estadios se llenaban todas las jornadas para ver a los que ganaban Copas de Europa.

Así fue como los 60 fueron avanzando con el azul de los cielos salpicado por construcciones en las que uno se sentía moderno y veía como crecían ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao o nos preparábamos para acoger en grandes hoteles a extranjeros que acudían con poca ropa a conocer las playas y el sol mediterráneo. Para entonces ya habíamos comenzado a desarrollar un espíritu crítico y hasta la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Algunos jóvenes masculinos se dejaban el pelo largo y las féminas se acortaban las faldas, las familias adineradas se reunían en torno a la televisión y las menos pudientes lo hacían escuchando los seriales radiofónicos.

Esta crónica de Vázquez Montalbán es una sucesión y combinación de miles de instantáneas –desconocidas muchas de ellas para los que no habíamos nacido aún entonces- con las que recorrer con simpatía un tiempo que hoy nos parece anecdótico. Pero en su momento, y de ahí el valor de este texto publicado originalmente en 1971, este fue el camino por la vía del entretenimiento y la popularidad con el que el régimen dictatorial del franquismo apalancó buena parte de su supervivencia, forjando a la par la cultura y la identidad popular de una nación con escasa libertad para buscar o crearse sus propios referentes.

“Imagina” de Juan Ramón Fernández, Yolanda Pallín y Javier García Yagüe

La “Trilogía de la Juventud” deja atrás el mundo rural de la posguerra para irse a vivir al despegue urbano e industrial de nuestro país durante la década de los 60. Con la misma brillantez que “Las manos” relató el hambre y el caciquismo de una España sometida, “Imagina” cuenta la lucha de la utopía de la libertad frente a la aceptación y connivencia con el régimen social, económico y laboral impuesto por el franquismo.

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A lo largo de un total de 43 escenas Imagina nos muestra las escasas opciones que tuvieron los más jóvenes de labrarse su futuro en aquella época en que la dictadura estaba tan consolidada que algunos daban por hecho que iba a ser perpetua y que otros pensaban que debía estar cerca de un final que no se veía por ninguna parte. El hombre sometido al sistema y la mujer cumpliendo lo dictado por el hombre. La oportunidad de oro de ellos estaba en entrar como aprendices en una fábrica y poco a poco, a base de acatar silenciosamente instrucciones, órdenes y riesgos, ganar puntos y antigüedad con los que subir en la escala jerárquica del sistema fabril y pluses con los que complementar su sueldo. De esta manera se adquiría una respetabilidad y se garantizaban los ingresos con los que, aunque con muchas dificultades, mantener a una familia.

En el caso de ellas, primero estaba obedecer el dictado de un padre y los modos y maneras de la generación anterior que tan bien arbitraba siempre una madre. Después llegaban las reglas que considerara el hombre del presente, el amigo interesado, el pretendiente, el novio y el finalmente marido que tenía tanto el respaldo de su salario como el de la sociedad para dictar lo que estaba bien y mal, lo que se debía o no hacer bajo el techo familiar, así como los cuándos y con quién.

Frente a la rigurosidad con que están trazados sus destinos, los personajes de Imagina se debaten, como la España de entonces, en la angustiosa y esperanzadora necesidad de luchar por sus derechos más elementales, como el de expresión, el de organización sindical o el del uso y disfrute de su propio cuerpo. Un deseo de progresar que se daba de bruces no solo contra la cerrazón y la fuerza del entramado burocrático que todo lo asfixiaba, sino con la, en muchos casos, incomprensión de unos mayores que tras haber sufrido una guerra consideraban la aparente paz presente como la mejor de las situaciones. Un mundo ingenuo de complejos conflictos al que le ponían letra las canciones de Joan Baez, Rolling Stones, The Beatles o Françoise Hardy, en el que se deseaba hablar inglés y conocer París.

Imagina es una sucesión de cuadros escénicos en los que su preciso texto es capaz de recoger la esencia de momentos que tienen tanto de espontáneo y cotidiano como de trascendencia y simbolismo. Teatro que no es solo representación, sino también interpelación a su espectador con el múltiple registro que en ocasiones se les exige a los actores, encarnando no solo su papel, sino ejerciendo también de narradores del compendio de emociones y diferentes puntos de vista de los momentos que protagonizan.

Tras descubrir tiempo atrás esta Trilogía de la Juventud con Las manos y encontrar hace poco este Imagina, ahora solo me queda localizar 24/7, la tercera parte con que José Ramón, Yolanda y Javier completaron este fantástico proyecto en 2002.

“Los ochenta son nuestros” de Ana Diosdado

Ocho personajes que son lo que fueron los años ochenta para nuestro país, que se creía adulto y maduro pero era apenas un iniciado en la convivencia libre, diversa y pacífica que se supone conlleva la democracia. Uno de los textos más conocidos de Ana Diosdado y en el que queda clara no solo su capacidad para proponer escenografías eficaces y manejar el tiempo con absoluta precisión, sino para crear caracteres de gran veracidad y autenticidad. 

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La monotonía de cada día se rompe con los convencionalismos de aquellas fechas que grabamos a fuego no solo en el calendario que cuelga de las paredes de nuestras cocinas, sino también del que llevamos interiorizado dentro de nosotros mismos. Como el día de Nochevieja, ese que hacemos grande porque le damos el simbolismo de ser fin y principio. Un punto de inflexión en el que la sinceridad del monólogo interior se da de bruces contra la corrección que exigen las buenas formas sociales con la familia y los amigos.  Tan solo aquellos que se encuentran al final de la adolescencia y en el inicio de la adultez, buscando las maneras de tener una trayectoria autónoma al margen de sus mayores, se atreven a hacer de sus impulsos interiores el motor que guíe sus acciones.

En Los ochenta son nuestros, Ana Diosdado construye a partir de ese debate interior de ocho jóvenes reunidos para festejar un 31 de diciembre, una alegoría de la España que, como ellos, estaba empeñada en mirar únicamente hacia el futuro. Sin tener en cuenta no solo de dónde venía, sino también el poso de las maneras viciadas que décadas, o quizás siglos de nuestra historia nacional, habían dejado en su identidad y su manera de sentir, pensar y actuar. Ni niños ni adultos que renegaban de sus mayores, porque no les permitían elegir por sí mismos o porque les dejaban solos ante la responsabilidad de sus decisiones, sin respaldo ante sus posibles errores. Emitiendo juicios, rara vez beneficiosos, fundamentados en prejuicios, unas veces positivos y otras negativos, basados en las apariencias. Con un débil sentido de la equidad, de desprecio al diferente y de apoderamiento de la justicia haciendo de la visión propia un dogma de fe.

Heridas, imperfecciones y desafecciones camufladas entre risas, deseos y excesos provocados por el hambre de querer conocer y experimentar. Diosdado hace suya aquella sentencia filosófica que dice que toda evolución conlleva un período de crisis para hacernos ver que la juventud de los años 80 del pasado siglo vivió un momento cargado de oportunidades, pero no tan fácil como muchos decían. Les tocó dar por sí mismo, sin casi apoyo ni referente cercano alguno, el primer paso para disfrutar sin remordimientos, gozar con espontaneidad y mostrar tal cual son los múltiples registros que conforman una personalidad.

Todo esto es lo que de manera aparentemente fácil transmiten unos diálogos vibrantes y fluidos, cargados de la energía que tienen aquellas personalidades con capacidad para conquistar el mundo. Unos a escala macro, dispuestos a viajar miles de kilómetros, y otros en el corto recorrido, haciendo suyos y presentes los lugares que fueron antes sede de las generaciones que les precedieron. Un presente que la autora de Camino de plata o 321, 322 sintetiza en un espacio tan aparentemente anodino como el garaje y el jardín de un chalet en la sierra de Madrid, pero que resulta ser un escenario perfecto para hilvanar un tiempo no siempre lineal, con personajes entrando y saliendo de él con absoluta naturalidad y en el momento preciso para ejercer de narradores o conductores de la acción.

“Arte, revancha y propaganda” de Arturo Colorado

Toda guerra es, por definición, destructiva y la contienda fratricida que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939 no fue una excepción a esta regla. El patrimonio artístico fue uno de los focos de la contienda, aunque mucho más como instrumento de propaganda que como legado cultural que preservar. El bando nacional fue especialista en esto, algo que siguió haciendo, ya con Franco en el poder, tanto para justificar sus principios ideológicos como en su relación con las potencias del eje y los aliados a lo largo de la II Guerra Mundial.   

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El conflicto que se inició el 18 de julio de 1936 generó toda clase de aberraciones como vandalismos, asaltos, bombardeos,…, que trajeron consigo la destrucción de muchos bienes inmuebles y la desaparición de innumerables piezas artísticas. En algunos casos como resultado de lo que hoy llamamos daños colaterales y en otros de manera totalmente deliberada (ej. bombardeo nacional sobre el Palacio de Liria el 17 de noviembre de 1936 o, en esas mismas fechas, sobre el Museo del Prado).

Una falta total de sensibilidad y de respeto por las manifestaciones artísticas y culturales que continuó tras el 1 de abril de 1939. El régimen franquista siguió luchando en este frente contra el depuesto gobierno republicano, definiendo el traslado preventivo a Suiza de las obras de la pinacoteca madrileña o a Francia de otras colecciones públicas –como la del MNAC- y privadas de distintos lugares de origen como una muestra del “expolio rojo” al que había sido sometido nuestro país. Campaña de desprestigio en la que la buena labor de preservación realizada por el anterior gobierno democrático –tal y como atestiguaron profesionales de grandes museos internacionales como la National Gallery- era metida en el mismo saco que los robos perpetrados por delincuentes, el tráfico ilegal llevado a cabo por profesionales nada éticos o las pertenencias personales que llevaban consigo los que iniciaban el camino del exilio.

Tras el fin de la contienda, las nuevas autoridades hicieron bien poco a efectos prácticos para que esas piezas volvieran a su lugar de origen. Las que habían salido de manera legal retornaron una vez que Franco fue reconocido de manera oficial por los gobiernos  de esos países. Pero más allá de ello –y por la casi nula dotación de recursos económicos, técnicos y humanos dedicados a la misión- no se consiguió apenas ningún resultado exitoso, a excepción de la incautación de sus propiedades privadas que sufrieron los republicanos descubiertos en Francia.

Una tesitura que coincide con el inicio de la II Guerra Mundial, conflicto en el que España apoyó inicialmente a los regímenes fascistas de Italia y Alemania bajo el eufemismo de “no beligerancia”. Coyuntura que, tal y como cuenta Arturo Colorado, la nueva España imperialista aprovechó, con ánimo de revancha, para solventar las deudas que el país vecino no había saldado tras el paso de las tropas napoleónicas por nuestro territorio un siglo atrás. De esta manera se consiguió que el régimen de Vichy firmara en 1941 un acuerdo –considerado extorsión por la mayoría del resto de los franceses- por el que no solo se recuperaron muchos de los legados del Archivo de Simancas que entonces habían sido trasladados como botín de guerra, sino que volvieran a España piezas únicas como la Dama de Elche que, tras su descubrimiento en 1897, había sido vendida legalmente al Museo del Louvre.

Un tratado por el que se recuperaron otras piezas (como la famosa corona visigoda de Recesvinto o una apreciada Inmaculada de Murillo) a cambio de entregar un Velázquez, un Greco y un Goya, y que en nuestras fronteras fue presentado ante la opinión pública como una victoria diplomática y una validación de la fuerza, potencia y liderazgo del Caudillo. Un logro que debía mucho al apoyo fascista, y al que, en ocasiones, el régimen halagó con donaciones de obras de arte. En 1939 se entregaron al Führer tres Zuloagas y en 1941 Franco llegó a adquirir para hacérselo llegar, el retrato de Goya de La marquesa de Santa Cruz.

Sin embargo, los buenos resultados que comenzó a conseguir el bando aliado tras el fracaso alemán en su intento de invasión de Rusia hizo que esta operación no solo no se llevara a cabo, sino que meses después España adoptara la postura oficial de “neutralidad” y que incluso llegara a ofrecer el Palacio de Riofrío en Segovia para acoger los fondos del Museo del Louvre para que estos estuvieran a salvo de los bombardeos. Tras el poco cuidado de lo propio, esta ofertaba revelaba, sin duda alguna, el único valor propagandístico que la cultura –y el arte como expresión de esta- tenían para la autarquía que acababa de comenzar a gobernar España.