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“Sicario: el día del soldado”

Comienza con la misma tensión abstracta que su predecesora del mismo título, una amenaza invisible e indefinible que angustia y asfixia. Una idea que concreta muy bien, pero una vez que comienza a desarrollarla, la trama da un giro de 360 grados para concentrarse en el drama personal de sus protagonistas, olvidándose de la historia que le dio origen y convertirse en una plataforma al servicio interpretativo de Benicio del Toro.

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En sus primeros minutos la segunda parte, continuación o nueva entrega –considérese como se quiera- de Sicario plantea una realidad que asusta, cómo se ayudan y complementan los distintos actores del terrorismo internacional repartidos por el planeta para asestar sus golpes contra nuestro modelo y estilo de vida. Un escalofriante viaje de miles de kilómetros que tiene su última etapa en la frontera entre México y EE.UU., en el límite natural que marca el Río Grande, la polémica populista de Donald Trump y la meta a superar por los latinos de distintas nacionalidades que huyen de la miseria de sus lugares de origen.

Focalizados en esas coordenadas geográficas, el Día del Soldado nos convence de la necesidad de la guerra sucia para hacer frente a un enemigo que ya no solo trafica con drogas, sino que también lo hace con personas, colando entre ellas a terroristas suicidas. La determinación militar, la coordinación, confluencia y sincronicidad de los preparativos necesarios –imposible no recordar en algunos de sus momentos la reciente Espías desde el cielo– para comenzar la misión llenan la pantalla de un movimiento y dinamismo que nos prepara para la épica y la acción que suponemos está por venir.

Hasta aquí la narración cinematográfica se desarrolla con una fluidez y eficacia absoluta, nos sentimos parte de un equipo, tenemos que hacer frente a una compleja misión y no hay más opción que resolver con éxito la tarea encomendada tanto por el Gobierno de los EE.UU. como por nuestra propia moral. Sin embargo, en el momento en que se aprieta el botón de inicio y comienza la batalla, la película pega un giro que le quita protagonismo a la acción para dárselo al drama personal del hasta entonces secundario Alejandro encarnado por Benicio del Toro.

Ni el ritmo de la película ni el rostro ni los músculos de Josh Brolin habían permitido hasta ese momento ningún individualismo. Un punto de inflexión que intenta darle una nueva y emocional dimensión a este Sicario 2, pero que se convierte realmente en un punto de ruptura casi total entre el antes y el después. Quizás sea cosa del guión de Taylor Sheridan que intenta ligar esta cinta con su anterior Sicario, también escrita por él. O puede que el responsable sea Stefano Sollima queriendo alejarse de la personalísima huella que Dennis Villeneuve dejó en aquella, pero el resultado es que lo que estamos viendo a estas alturas parece un spin off de la película que comenzó minutos antes.

Aún así el resultado final se sostiene, gracias a su excelente factura técnica –esta sí que es consistente desde el primer minuto de proyección- con ecos apocalípticos del último Mad Max de George Miller, y al festival interpretativo de Benicio del Toro. Este deja atrás la categoría de ser humano hasta alcanzar, incluso, la de ciborg, a la par que deja completamente abierta la puerta para que Sicario se convierta en una saga de entregas cuasi independientes que comparten personajes.

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“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.

“V y V. Violación y Venganza” de Pilar Bellver

Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo  –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo la eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.   

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Pilar Bellver no mira a la tradición como algo lejano, no se refiere al pasado con nostalgia ni con el desdén de la superación, sino que construye a partir de aquel entonces y lo integra como capas de su relato. Ya lo avisa en el prólogo de estas fantásticas ochocientas páginas, que parte de los arquetipos de los caracteres del mito griego de Procne y Filomeles, síntesis creativa que sigue siendo efectiva para transmitir realidades que ocurren hoy igual que un par de milenios atrás. A su vez, sus personajes unen a esta fuente –al igual que la autora con su estilo- la literatura del XIX (rusa, española o francesa), mencionándola por su afinidad a la hora ahondar de manera minuciosa y precisa en la construcción psicológica y en las motivaciones de quienes transitan por sus páginas.

Desde un punto de vista estrictamente literario estas son las dos premisas sobre las que Pilar cimenta con muy alto nivel su V y V. Pero a partir de ellas la escritora de A Virginia le gustaba Vita elabora un relato actual en el que el punto de vista femenino nos hace ver que nuestro mundo actual es heredero y continuador de una serie de construcciones conceptuales en las que el hombre blanco occidental se cree superior a cualquier otro ser humano, incluyendo, por supuesto, al conjunto de las féminas. Tal y como le sucede a las hermanas Bardazoso, que por el hecho de ser mujeres, han de hacer frente a un entorno y un sistema de valores –el rural de su Jaén natal, el internado monjil de su adolescencia, el urbano de su madurez en Madrid y el de la globalidad en que se mueven- en el que la desigualdad de género ha empapado tanto el suelo que pisan que parece que este es su estado natural, cuando no es más que una intervención artificiosa sobre el mismo.

Podría parecer que Violación y Venganza es una novela con intención feminista, pero va más allá de esta cuestión y nos ofrece una panorámica de nuestro mundo en el que los discursos oficiales de progreso y crecimiento se dan de bruces contra una realidad de enfrentamiento y desigualdades (hombre vs. mujer, norte vs. sur, Occidente vs. resto del mundo, cristianismo vs. islam,…) en la que la manipulación, la tortura y el abuso no solo están a la orden del día, sino que en buena medida están admitidos, normalizados y hasta legalizados.

Un escenario de desequilibrios e injusticias del que elige como muestra el medio ambiente y el capitalismo que desde Londres, Frankfurt o Nueva York provoca, con sus decisiones basadas en el libre mercado, la deforestación de reservas naturales como la del Amazonas. Una hecatombe a la que pretende ponerle freno un peculiar grupo terrorista que amenaza con quemar los parques nacionales de EE.UU., sin causar víctima humana alguna, si este país no lidera una conferencia internacional que cese inmediatamente la tala de todos los bosques.

Múltiples planos -drama, thriller, intriga, ácida comedia incluso- que Pilar Bellver expone manejando con suma eficacia múltiples registros en su escritura, desde la transcripción de una tertulia televisiva o una conexión informativa en directo, a la narración tanto en tercera persona como en primera. Un punto de vista singular al que dedica amplio espacio en forma de parlamentos de toda clase de personas y condición, desde adolescentes a adultos, individuos con formación a ilustrados por la vida, de actitudes transparentes y de búsqueda de encuentro a deudoras del maniqueísmo. Un mecanismo formal con el revela una asombrosa capacidad para dar vida al complejo mapa -de emociones y razones en unos casos, imposturas e intereses en otros- que es el interior de cada uno de sus personajes, el atlas en el que todos ellos se interrelacionan y el mundo actual en el que habitan junto a sus lectores.

10 novelas de 2017

Historias escritas en España, EE.UU., Francia o Panamá, cuentos de apenas unas páginas y relatos largos, narraciones sobre el amor y la amistad, sobre el deseo de conocer y la ilusión de un futuro mejor, habitadas por personas que fueron importantes y por otras que llegan de nuevas a ellas,…

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Las impuras” de Carlos Wynter Melo. Una mujer que no sabe quién es y otra que imagina por ella sus recuerdos. Un ejercicio de creatividad que a esta segunda le vale para alejarse de aquellas vivencias en que el derrumbe de su país, cuando fue ocupado por las tropas norteamericanas en 1989, le hizo sentir que su vida había perdido su sentido, obligándola a huir. Una pequeña novela escrita con la verdad del corazón y contada desde el deseo de honestidad con que se procesan las emociones en el estómago.

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El amor del revés” de Luis G. Martín. Bajo el formato de autobiografía, un relato de la vivencia de la homosexualidad en la España de las últimas décadas. En un país retrasado, trasnochado, nacional católico primero e insensible, embrutecido y no tan progre como se creía aún mucho tiempo después. Una narración íntima y desnuda que muestra sin pudor, pero también sin lástima ni compasión, el dolor, las lágrimas y el terror que conlleva aceptarse, mostrarse y vivirse cuando se inicia ese proceso en la más absoluta soledad. Un ejercicio literario de sinceridad y honestidad en el que queda plasmado cómo se pueden sanar las heridas y hacer de la debilidad, fortaleza y de la vergüenza sufrida, orgullo de ser como se es y ser quién se es.

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La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Una lectura tan divertida como estimulante. Una ácida y corrosiva narrativa que no deja títere con cabeza en su disección de cada personaje y situación en mil piezas. Una abrumadora construcción de una serie de situaciones y entornos en los que se pone patas arribas múltiples aspectos de la sociedad actual (la familia, el trabajo, la educación,…). Una ironía y una sátira brutales con las que quedan al descubierto todas nuestras imperfecciones, contradicciones y paradojas.

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La vida ante sí” de Romain Gary. Literatura de alto nivel, exquisita y elevada, pero accesible para todos los públicos. Por su protagonista, un niño árabe criado por una antigua meretriz judía, ahora metida a regente de una pequeña residencia de hijos de mujeres que ejercen la que fuera su profesión. Por su punto de vista, el del menor, espontáneo en sus respuestas y aplastantemente lógico en sus planteamientos. Pero sobre todo por la humanidad con que el autor nos presenta las relaciones entre personas de todo tipo, los retos cotidianos que supone el día a día y las dificultades de vivir al margen del sistema en el París de los años 60.

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La canción pop” de Raúl Portero. La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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La noche del oráculo” de Paul Auster. El libro dentro del libro. El autor que se imagina la historia de un personaje que se propone iniciar una nueva vida, como si se colocara ante una hoja en blanco, tal y como hace desde este otro plano contrapuesto a la ficción que es la realidad. Un mundo de carne y hueso en el que suceden acontecimientos que adquieren un significado más allá cuando son contextualizados por un editor que sabe cómo relacionarlos entre sí. Ese es el laberinto mágico de paralelismos, espejos, verdades e irrealidades perfectamente trazado por el que nos hace transitar Paul Auster.

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La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla. Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite. La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Patria” de Fernando Aramburu. Una obra que toca todos los palos de lo que por distintos motivos unos y otros llamaron conflicto. La visión política, la realidad social y la vivencia personal en un entorno en el que todo se movía aparentemente en un amplio rango de grises tras el que se ocultaba la cruda realidad de la vida o la muerte, o conmigo o contra mí. Un relato ambicioso y muy bien estructurado al que se le echa en falta ir más allá de su hoja de ruta para emocionarnos no solo por lo que narra en su trama principal, sino también por lo que cuenta y propone en las secundarias.

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Un perro” de Alejandro Palomas. El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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“Ni pena ni miedo: Un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos” de Fernando Grande-Marlaska

Detrás de todo personaje público hay una persona que en mayor o menor medida resulta alguien diferente a la imagen que, a través de los medios de comunicación, nos hayamos construido de él. Un ejemplo de ello es este juez, también hombre, amigo, colega, esposo, hijo y hermano, tal y como podemos comprobar a través de la declaración de principios que nos ofrece en este ordenado ensayo. Un mapa de valores, compromisos y motivaciones que se combinan de manera pautada con reflexiones, recuerdos íntimos y vivencias sociales de alguien que reivindica su intimidad al tiempo que se enorgullece de su papel como representante público y como referente de causas como la del activismo LGTBI.

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La premisa de todo juez es que una cuestión es su labor como garante de los derechos y deberes de todos los ciudadanos y otra su persona y que de igual manera que no debe hacer uso de información confidencial cuando está con sus amistades, ha de dejar a un lado sus valores morales a la hora de instruir un sumario o dictar sentencia. Grande-Marlaska lo deja claro en estas páginas, pero destacando que hay unos principios que busca en todas las facetas de su vida como son el civismo, el respeto, la voluntad de diálogo y el esfuerzo por empatizar.

Partiendo de esta máxima, Ni pena ni miedo es un relato en primera persona sobre quién es, cómo piensa y qué le importa a Fernando, qué busca y ofrece en las relaciones humanas, qué le preocupa cuando observa el presente y cómo se imagina nuestro devenir colectivo tanto en lo social como en lo ideológico y lo político.

De la lluvia de Bilbao a los paseos por el centro de Madrid, recordando las múltiples formas en las que se ha posicionado contra el terrorismo etarra y los frentes en los que le ha tocado batallar contra la homofobia, ensalzando la educación como el pilar básico sobre el que construir una sociedad verdaderamente igualitaria y considerando el laicismo como una prerrogativa constitucional aún no alcanzada, destacando el valor de los animales,… Por todo esto pasa este ensayo con un punto de memorias, un relato humano y no un recopilatorio de entresijos del mundo judicial salteado de injerencias políticas como seguramente habrían esperado algunos.

Los capítulos más interesantes son aquellos en los que trata los temas que le han dado a este abogado, nadador matinal, su fama mediática, como el proceso que va de sus primeras experiencias afectivas a su matrimonio con su marido, la ruptura de la relación con su familia durante años por su no aceptación por parte de su madre, hasta su participación en campañas a favor de la visibilidad LGTBI. En lo referente a la toga quedan para la reflexión las líneas rojas que la administración de la justicia no puede pasar en el castigo de los culpables y el apoyo sin fin que ha de prestar a las víctimas, en especial a aquellas que no tienen medios no ya de defensa, sino de subsistencia.

Para los interesados en conocer más a la persona, a esa que no se deja ver en las entrevistas y portadas, están aquellos pasajes más íntimos en los que plasma su manera de vivir el día a día, sobre todo ahora que superados los cincuenta años considera que puede mirar al pasado –a la relación con su madre o la consideración de la paternidad- desde el prisma de la experiencia y al futuro con la intención de consolidar una trayectoria de vida.

“Los Gondra (una historia vasca)”

Una familia, un pueblo, una nación a lo largo de un siglo. Del terrorismo practicado con pistolas y silencio, a la guerra civil entre hermanos, herederos de aquellos que se fueron por haber sido considerados traidores de una patria que no sentían suya. Un texto que llega a la esencia de las relaciones familiares y sociales en un montaje coral con una buena dirección de actores al que le sobran algunos artificios de su puesta en escena.

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Borja Ortiz de Gondra abre la función desde el centro del escenario como autor, narrador y actor novel. Antes que los demás actores –que interpretan, cantan y bailan- sale él para contarnos que lo que vamos a ver y escuchar no es la historia de una familia de ficción, es la de una auténtica, la suya. Un ejercicio de autobiografía colectiva cuyos resultados seguro han asombrado a Borja en muchos sentidos. No es lo mismo la sensación interior de lo vivido, y la recreación mental de lo escuchado, que la encarnación corporal de todo esto a cargo de terceros. Seguro que ha sentido una amalgama de emociones y ha tomado conciencia de realidades que antes le pasaron desapercibidas o para las que no tuvo la fuerza o las habilidades necesarias para hacerles frente. Un arriesgado reto en el que se sumerge este hermano, hijo, nieto y bisnieto buscando en lo más actual y cercano de su familia los hilos narrativos que la conforman. Un viaje que le lleva en una primera parada a la oscuridad etarra de 1985, de ahí a la opresión dictatorial de 1940 y finalmente hasta 1898,  año de vuelta de muchos de aquellos obligados a emigrar a América en 1874.

Una boda y un coche bomba ponen de relieve los vínculos biológicos que unen a los Gondra, pero también los ideológicos que les separan. En Algorta se convive con aquel que está cercano a los que asesinan, pero se es incapaz de hacer frente a esa realidad, se sabe que está mal, pero no se actúa frente a ello. Se responde con un silencio que el tiempo ha demostrado que no era mantenerse al margen, sino una enferma y cobarde complicidad que aun pide ser expiada y expurgada.

Sombras y pasajes sin iluminación de una falsa guerra que no era como la verdadera de casi medio siglo atrás en que quedó claro donde estaba cada uno, quién apoyaba a los nacionales y quién a los republicanos, quien optó por salvar su pellejo y quién por defender su ideales y principios, jugándose la vida en el frente, en la ruleta rusa de las redadas y en el terreno sin ley de la prisión. Una guerra civil que no solo enfrentó a españoles contra españoles, sino también a vascos contra vascos y a hermanos contra hermanos. Un conflicto del que no se podía escapar, o demostrabas cumplir las normas y hábitos del bando vencedor, o estabas condenado a castigo perpetuo. Una broma macabra que volvía a repetirse, la apisonadora del Estado centralista ya había intentado acabar con el sentido colectivo de las gentes de esta tierra bajo la excusa de haber optado por el bando equivocado en el momento de la sucesión monárquica (carlistas vs. isabelinos).

Todo un siglo, casi cien años en que los hijos evolucionan respecto a los padres y sus maneras de ver el mundo, y de tomar conciencia de su lugar en él, plantean conflictos a sus progenitores. Unas veces de valores (aceptación de la homosexualidad), otras ideológicos (la violencia como recurso para defender ideales) y en muchas ocasiones, combinándose con los anteriores, identitarios (contar con derechos adquiridos si se originario de la tierra que se pisa). Los Gondra es una lograda disección del costumbrismo euskaldún y de la convivencia de una familia que, aunque sea única, es también como muchas otras del País Vasco por el entorno cultural, social, ideológico y político tan intenso, exigente y presente en sus vidas cotidianas. Un marco del que difícilmente se podía uno mantener al margen, o se tomaba parte activa en él o este podría volverse en contra, respondiendo con una asfixiante opresión.

Casi dos horas de continuos diálogos en que todos estos aspectos quedan muy hilvanados y que no necesitan del recurso de las proyecciones a que son tan dados los centros con grandes equipamientos técnicos, como es el Teatro Valle-Inclán. No molestan, pero si no estuvieran harían que la palabra fuera aún más importante y protagonista de lo que Borja Ortiz de Gondra logra con su escritura y su apuesta por mostrarse, tanto a sí mismo como a su apellido.

Los Gondra (una historia vasca), en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).