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«La desfachatez intelectual» de Ignacio Sánchez-Cuenca

Hay escritores y ensayistas a los que admiramos por su capacidad para imaginar ficciones e hilar pensamientos originales y diferentes que nos embaucan tanto por su habilidad en el manejo del lenguaje como por la originalidad de sus propuestas. Prestigio que, sin embargo, ensombrecen con sus análisis de la actualidad llenos de subjetividades, sin ánimo de debate y generalidades alejadas de cualquier exhaustividad analítica y validez científica.  

Lo malo de ser una figura reconocida es que te lo creas y te aproveches de ello. Ser bueno en unas facetas no implica necesariamente serlo en otras, aunque la herramienta de trabajo sea la misma, como puede ser el don de la escritura. Proceder con las oportunidades que te surjan como consecuencia de una recepción positiva de tu creatividad, si sabes que no estás preparado para ello o no le dedicas la preparación que necesitarías denota falta de ética. El resultado es que valiéndose de su prestigio -y del altavoz que les dan los medios de comunicación que recurren a ellos- Sánchez-Cuenca expone cómo hay autores que se construyen tribunas desde las que opinan y sentencian, en lugar de analizar y proponer.

Desde su punto de vista, la seriedad de muchas de las afirmaciones de estos acerca de la situación política, económica y social que tratan, requerirían datos contrastados que sostuvieran sus afirmaciones. No hacerlo les lleva a lugares comunes que estilizan convenientemente con su prosa, maquillaje tras el que se alberga si no la falsedad y la pontificación, sí el desajuste con la realidad y la creación de una marca personal sin mayor fin que el rédito pecuniario y el alimento del ego. Algo que expone con multitud de ejemplos en torno a tres temas muy habituales en las páginas de opinión de la prensa escrita y en las tertulias radiofónicas y televisivas de nuestro país, el nacionalismo, el terrorismo y la crisis económica.

Decir si se está de acuerdo o no con Sánchez-Cuenca requeriría leerse al completo las 150 referencias bibliográficas y hemerográficas en que sustenta su exposición, pero el ejercicio de síntesis y análisis que realiza de ellas hace pensar que su visión sobre el asunto está bien documentada y como tal, ha de ser tenida en cuenta. Por motivos como separar con pulcritud la faceta escritora y ensayística de los autores citados de la criticada, aquella cuando su trabajo es concebido, fundamentalmente, como contenido mediático. Por la claridad con que contrasta lo que los citados enuncian, señalando factores no considerados (como el contexto europeo y global del que formamos parte) que desmontan sus tesis, así como la posible banalidad y arbitrariedad (en su simplificación interpretativa del lenguaje y del entramado institucional y normativo) de los argumentos en los que se basan.

Discursos generalmente poco o nada elaborados, que toman de aquí y allá, que se retroalimentan y repiten, como si fuera una competencia por ver quién es el autor más brillante en lo prosaico y fino y sagaz en lo hiperbólico. Exposiciones pesimistas y catastrofistas, que señalan riesgos, advierten de peligros y auguran rupturas de nuestra sociedad y nuestro sistema político que nunca se han visto materializadas.  

Precisamente este es uno de los aspectos más interesantes de La desfachatez intelectual, su exposición de cómo este enfoque no corresponde tan solo a la etapa anterior a su publicación, en 2016, sino que viene dándose desde décadas previas. Un bucle de ensimismamiento que lleva a Fernando Savater, Félix de Azúa, Arturo Pérez Reverte, Javier Marías y a otros a actuar como si fueran hombres de la generación del 98, cuya honda e importante opinión fuera necesaria en todas las facetas de la vida pública, y sin atisbo de que tengan en cuenta cómo el paso del tiempo y la revolución tecnológica han cambiado nuestro espíritu crítico, así como el acceso a la información y nuestro consumo y uso de la misma.

La desfachatez intelectual, Ignacio Sánchez-Cuenca, 2016, Editorial Catarata.

11M, no olvidar

Todos recordamos cómo nos enteramos el 11 de marzo de 2004 de lo que había sucedido, pero los años pasan y son muchos los detalles que se han desdibujado o que nunca llegamos a conocer. Un digno homenaje a los que el terrorismo les arrebató la vida, un gesto de cariño con los que nunca volvieron a ser los mismos y un ejercicio de memoria para que no olvidemos quién y cómo pretendió manipularnos.  

El primer acierto de este documental es no utilizar la figura de un narrador y dejar que sean quienes estuvieron allí los que nos trasladen lo que ocurrió. Los primeros veinte minutos son espléndidos. Sosegados, tranquilos y respetuosos. Entrando directamente en el asunto por el que nos convoca ante la pantalla, pero sin dramatismo ni tenebrismo. Solo los hechos, pero no con la precisión y la frialdad de los datos, sino a través de la incapacidad de sus protagonistas para describir o relatar algo que nunca imaginaron tener que contar. De ahí que solo puedan hacerlo a través de detalles e instantes que sintetizan y esencian, según palabras de una de ellos, “imágenes que creo que no debería ver nadie”.

Lo frustrante es que por encima de ese dolor hubo algo más que también nos causó estupor y que, como señala Iñaki Gabilondo, se ha convertido en el motivo casi principal por el que recordamos el 11M. Las cicatrices de la historia nos hicieron pensar en un primer momento que los responsables de la barbarie habían sido los de siempre, pero que quien tenía que calmarnos, unirnos y guiarnos, institucionalizara esa sensación equivocada con interés partidista, resultó difícil de asimilar.

El nivel de los entrevistados (académicos, directores de periódicos, cargos institucionales de entonces, así como representantes del poder judicial y de las fuerzas y cuerpos de seguridad encargadas de la investigación) y la claridad con la que hablan, apoyados además en el paso del tiempo y en lo demostrado por la justicia, revelan la soberbia de aquella actitud y la alevosía del ruido mediático tras el que sus artífices se escudaron primero, y refugiaron después, incluso, durante años.

Este 11M audiovisual casi queda atrapado en este punto de su exposición por lo mismo que le sucedió a nuestra sociedad, por la necesidad moral de revelar la sucesión de manipulaciones, tergiversaciones y falsedades que idearon, en connivencia, quienes perdieron sus cargos ejecutivos y quienes pretendían liderar la opinión pública. Pero José Gómez consigue girar su dirección y entra en una trama argumental a la que quizás le tendría que haber dedicado más espacio o enfocar de manera más relevante. Aquella en la que -a partir de lo demostrado por Fernando Reinares, investigador del Real Instituto Elcano- desvela quiénes fueron los autores intelectuales (algo que no se consiguió concretar en el juicio celebrado en 2007) y la fecha en que tomaron la decisión de organizar la masacre en Madrid.

Para este espectador -que por cuestiones profesionales leyó mucho sobre el 11M en aquella época, incluyendo las ficciones conspirativas- es ahí donde radica lo más valioso de esta producción de Netflix. Una exposición de cómo la realidad no tuvo nada que ver ni con las suposiciones ni con las asunciones relativas a la guerra de Irak. Argumento que, absurdamente, se considera motivo por el que unos y otros ganaron y perdieron las elecciones generales de tres días después. Alegoría que refleja cómo actuó nuestra clase gobernante, haciendo de su obsesión por ocupar el poder político algo más importante que el cuidado, atención, respeto y cariño que debían recibir quienes más lo necesitaban.    

10 películas de 2021

Cintas vistas a través de plataformas en streaming y otras en salas. Españolas, europeas y norteamericanas. Documentales y ficción al uso. Superhéroes que cierran etapa, mirada directa al fenómeno del terrorismo y personajes únicos en su fragilidad. Y un musical fantástico.

«Fragmentos de una mujer». El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

«Collective». Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

«Maixabel». Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

«Sin tiempo para morir». La nueva entrega del agente 007 no defrauda. No ofrece nada nuevo, pero imprime aún más velocidad y ritmo a su nueva misión para mantenernos pegados a la pantalla. Guiños a antiguas aventuras y a la geopolítica actual en un guión que va de giro en giro hasta una recta final en que se relaja y llegan las sorpresas con las que se cierra la etapa del magnético Daniel Craig al frente de la saga.

«Quién lo impide». Documental riguroso en el que sus protagonistas marcan con sus intereses, forma de ser y preguntas los argumentos, ritmos y tonos del muy particular retrato adolescente que conforman. Jóvenes que no solo se exponen ante la cámara, sino que juegan también a ser ellos mismos ante ella haciendo que su relato sea tan auténtico y real, sencillo y complejo, como sus propias vidas.

«Traidores». Un documental que se retrotrae en el tiempo de la mano de sus protagonistas para transmitirnos no solo el recuerdo de su vivencia, sino también el análisis de lo transcurrido desde entonces, así como la explicación de su propia evolución. Reflexiones a cámara salpicadas por la experiencia de su realizador en un ejercicio con el que cerrar su propio círculo biográfico.

«tick, tick… Boom!» Nunca dejes de luchar por tu sueño. Sentencia que el creador de Rent debió escuchar una y mil veces a lo largo de su vida. Pero esta fue cruel con él. Le mató cuando tenía 35 años, el día antes del estreno de la producción que hizo que el mundo se fijara en él. Lin-Manuel Miranda le rinde tributo contándonos quién y cómo era a la par que expone cómo fraguó su anterior musical, obra hasta ahora desconocida para casi todos nosotros.

«La hija». Manuel Martín Cuenca demuestra una vez más que lo suyo es el manejo del tiempo. Recurso que con su sola presencia y extensión moldea atmósferas, personajes y acontecimientos. Elemento rotundo que con acierto y disciplina marca el ritmo del montaje, la progresión del guión y el tono de las interpretaciones. El resultado somos los espectadores pegados a la butaca intrigados, sorprendidos y angustiados por el buen hacer cinematográfico al que asistimos.

«El poder del perro». Jane Campion vuelve a demostrar que lo suyo es la interacción entre personajes de expresión agreste e interior hermético con paisajes que marcan su forma de ser a la par que les reflejan. Una cinta técnicamente perfecta y de una sobriedad narrativa tan árida que su enigma está en encontrar qué hay de invisible en su transparencia. Como centro y colofón de todo ello, las extraordinarias interpretaciones de todos sus actores.

«Fue la mano de Dios». Sorrentino se auto traslada al Nápoles de los años 80 para construir primero una égloga de la familia y una disección de la soledad después. Con un tono prudente, yendo de las atmósferas a los personajes, primando lo sensorial y emocional sobre lo narrativo. Lo cotidiano combinado con lo nuclear, lo que damos por sentado derrumbado por lo inesperado en una película alegre y derrochona, pero también tierna y dramática.

“Traidores” por estar en contra de la violencia

Un documental que se retrotrae en el tiempo de la mano de sus protagonistas para transmitirnos no solo el recuerdo de su vivencia, sino también el análisis de lo transcurrido desde entonces, así como la explicación de su propia evolución. Reflexiones a cámara salpicadas por la experiencia de su realizador en un ejercicio con el que cerrar su propio círculo biográfico.

Han pasado diez años desde que ETA anunciara que renunciaba a matar. Lo hizo durante más de cuatro décadas. A algunos de los que estuvieron en sus inicios les bastó ver qué acciones se proponían, cómo se tomaban las decisiones y las consecuencias que estas tenían para alejarse de aquello tan pronto como tomaron conciencia de su falta de lógica, razón y sentido. La que se presentaba como una organización nacionalista, como un impulso político dispuesto a cuanto fuera necesario para liberar a su pueblo de la opresión del franquismo, resultaba ser la viva encarnación del fascismo contra el que decía luchar.

Traidores combina relato y reflexión. Expone la narrativa de determinados pasajes. Qué pasó, qué provocó qué y qué ocurrió a continuación a través de algunos de los que estuvieron allí, de quienes fueron miembros de ETA durante su juventud. Pero lo interesante y valioso son sus exposiciones. La claridad y habilidad con que hilan vivencias y pensamientos no siempre fáciles de sintetizar. La evolución que experimenta su punto de vista, de estar dentro a tomar distancia y acabar posicionándose y visibilizándose claramente en contra. El peso que supone saber que se ha sido parte de ello y la clarividencia que eso les da para ratificarse en sus postulados posteriores, aun recordando la amenaza que esto les supuso tanto para sus propias vidas como para las de los suyos.

Iñaki Viar, Teo Uriarte, Jon Juaristi, Javier Elorrieta, Mikel Azurmendi y Ander Landaburu nos cuentan cómo fue crecer en un país que ni experimentaba ni comprendía qué implica el concepto de democracia. Caldo de cultivo para que el ánimo y la práctica de aquellos que aspiraban a algo supuestamente positivo tornara en violencia, horror y depravación. Un organización hábilmente creadora de una narrativa que les presentaba como luchadores, pero a la que se le acabaron las coartadas cuando España se inició en la democracia. Una espiral totalitaria que no permitía críticos ni aceptaba disidentes, que no toleraba voces contrarias ni concebía otros puntos de vista. Una imposibilidad para el libre ejercicio de la dignidad de muchos, pero también un medio útil para aquellos que con su silencio cómplice se apropiaron de lo que moral, política y socialmente era de todos.

El acierto de Jon Viar, responsable del guión y su dirección, está en su aproximación. Antropológica y psicológica a partes iguales. Quiere y consigue llegar a la raíz del porqué y para qué, en qué hubo y sigue habiendo tras aquel constructo híbrido entre lo social y lo político. Para ello se utiliza a sí mismo -y se recuerda como un adolescente obsesionado por hacer cine y por la actualidad informativa- como sutil hilo conductor de una manera muy inteligente, acertada y lograda.

La premisa es necesitar comprender por qué su propio padre llegó a estar en prisión varios años, por qué perteneció a ETA. Un ejercicio de diálogo de igual a igual, que a su vez le permite algo muy freudiano y complejo, matarle. Se libera de cualquier atisbo de deber y de exigencia de lealtad conociendo cómo su padre y otros amigos y compañeros de generación rompieron el lazo que les unía con una visión y una práctica de la patria tan vacua como destructiva.

La convicción de «Maixabel»

Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

Si escuece es que te está haciendo bien. Eso te decían cuando eras niño y te trataban cualquier herida que te hubieras causado tras acabar en el suelo por ir a mil por hora. Y tenían razón. Limpiar bien, aplicar tratamiento y dejar que el tiempo le ayudara a tu cuerpo a olvidar los dolores internos y a mitigar las señales externas de lo sucedido. Un proceso que exigía ser seguido paso a paso, utilizando y aplicando los instrumentos y productos adecuados en el momento exacto y en la manera precisa. Estando pendiente de la evolución de la zona dañada y de su posible afectación al resto del cuerpo, dejando que la mejoría siguiera su propio ritmo -muchas veces imperceptible al ojo humano-, evitando cuanta intervención pudiera alterar su correcta evolución y correcto desenlace.

Así de sencilla y de compleja fue Maixabel Laza tanto cuando hizo frente al asesinato de su marido, como cuando aceptó dialogar con dos de los hombres que acabaron con él. Por no dejar que lo sucedido alterara sus principios, que el dolor propio ni el de su hija alterara sus convicciones, ni que la presión del entorno condicionara su comportamiento ni sus decisiones. Y así lo es Maixabel como película.

Por permitir que la política y la sociología intervengan, pero para contextualizar y no para justificar. Por no quedarse en los rostros que ya conocíamos y en el día en que fueron protagonistas, sino por acercarnos los seres humanos que fueron antes y siguieron siendo muchas jornadas después. Por no sentar cátedra, no simplificar ni aleccionar, tan solo dar testimonio de una manera de proceder, de compartir una experiencia vital tan única como excepcional. Pero, sobre todo, por mostrar las contradicciones y las inverosimilitudes de los lazos que, muy a nuestro pesar, pueden llegar a unirnos y hacer que quedes ligado de por vida con aquellos que mataron a la persona con la que compartías tu proyecto de vida.

Maixabel es terapéutica. Y como tal es dolorosa, valiente y arriesgada. Su propuesta es un salto al vacío. Sin embargo, la mano izquierda de Icíar Bollaín hace que este resulte ser -desde la cercanía de la empatía, pero también con la distancia del respeto- una reposada y acompañada disección de emociones y sensaciones sin efectismos, elocuencias ni esteticismos retóricos ni visuales. Un retrato en el que lo racional y lo irracional quedan imbricados, en el que el pasado asesino se describe por la barbarie de sus hechos y se define por sus horribles consecuencias, que no entra en juicios -esa es labor de los tribunales, cuyas sentencias asume-, sino que se centra en la reflexión moral y en la dignidad de todos y cada uno de sus personajes.

Y ese es su valor social y político, que no anula -sino que complementa y enriquece- esas otras lecturas y tratamientos del terrorismo etarra. Lacra que mató a 854 personas, hirió a miles y arruinó la vida de muchas más. Un desgarro en proceso de cicatrización que el guión de Bollaín e Isa Campo muestra con una pulcritud admirable sin contaminación ideológica alguna, y a que le ponen cara, expresión y mirada los sobresalientes trabajos de Blanca Portillo, Luis Tosar, María Cerezuela y Urko Olazábal.

“Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA” de Pepa Bueno

Lo que no se cuenta no existe y el dolor que no se exterioriza no desaparece. Ese ha sido el objetivo con el que José Mari y Víctor han compartido cuanto han sido capaces en este ensayo periodístico con grandes dosis de humanidad. Datos, nombres, hechos y contextos ordenados con precisión y expuestos con objetividad informativa, pero también con la empatía y escucha atenta que durante demasiado tiempo se les negó a sus protagonistas.

El terrorismo etarra parece una cosa del pasado. Pero no es así, sus consecuencias están presentes. En silencio, de manera invisible. Con el riesgo de que se le siga negando su sufrimiento a quienes se han visto obligados a convivir con él desde el día en que la barbarie irrumpió en sus vidas. Los más jóvenes ni siquiera son capaces de mencionar alguna de aquellas salvajadas que durante muchos años fueron ignoradas, pero que progresivamente llegaron a ocupar las portadas de todos los periódicos y que los que ya tenemos unos años hemos sido incapaces de olvidar. Como la explosión de un coche bomba que a primera hora del 11 de diciembre de 1987 destrozaba la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza en la que vivían los hermanos Pino Fernández.

En la que yo lo hacía, a muchos kilómetros de allí, apenas un par de horas después, cuando tocaba prepararse para ir al colegio había nervios y agitación, caras serias y recuerdo escuchar que alguien iba a la oficina de Correos a enviar un telegrama de solidaridad con las víctimas. Lo que para mí fue un instante más de mi niñez, para ellos fue el horror que les dejó sin padres y sin su hermana pequeña, y el ancla que desde entonces ha lastrado sus vidas, hasta el punto de hacerles casi naufragar más de una vez.

Soy oyente habitual de Pepa Bueno, con lo que no me ha sorprendido la manera ordenada y didáctica con que expone los acontecimientos, todo aquello que es resultado de la documentación, pero sobre todo he valorado el tacto con el que relata cómo han sido las tres décadas transcurridas desde aquel día para José Mari y Víctor. Dos niños de trece y once años entonces. Hoy dos hombres, dos guardias civiles retirados, con una incapacidad total para el trabajo como resultado del estrés postraumático que les causaron doscientos cincuenta kilos de amonal.

Unas Vidas arrebatadas y después abandonadas a su suerte por una familia, una sociedad y un sistema institucional en el que el cariño resultó ser una promesa que se disolvió enseguida, en que la dimensión emocional de las personas no se consideraba y en el que los responsables públicos eran incapaces de ver más allá de sí mismos. El hilo conductor seguido por la periodista es su propio relato -transcribiendo momentos de las conversaciones que han tenido o de los diarios íntimos que han compartido-, complementándoles con fuentes de distinto tipo (hemeroteca, judiciales) y personas que le han ayudado a ahondar en algunos de los episodios -su paso por el internado- o entender el acantilado psicológico y psiquiátrico a cuyo borde han estado en demasiadas ocasiones.

Un recorrido en el que lo personal queda hilvanado con la actualidad social y política de cada momento, permitiéndonos conocer cómo hemos evolucionado como país, pero también el daño extra que por ignorancia, insensibilidad o inconsciencia les hemos causado a muchas personas que bastante tenían ya con las heridas físicas provocadas por los cascotes y el vacío psicológico generado por el asesinato sin piedad de los suyos.

Reconozco que inicié la lectura pensando que me iba a encontrar una investigación periodística sin más, pero fui cambiando de idea a medida que ahondaba en la cuidada exposición de hechos y puntos de vista que Pepa Bueno ha construido y me calaba el tono amable, la intención reparadora y el reconocimiento moral con que lo ha hecho. Me ha emocionado, tanto interior como exteriormente, y creo que no puede haber un logro más grande para un escritor o un informador que ese, así como un bálsamo mejor para José Mari y Víctor.  

Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA, Pepa Bueno, 2021, Editorial Planeta.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

«¿Quién teme a Virginia Woolf?» de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

«Un enemigo del pueblo» de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

«La zapatera prodigiosa» de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

«La chunga» de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

«Hermanas». Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

«El sueño de la vida». Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

«El idiota». Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

«Jauría». Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

«Shock (El cóndor y el puma)». El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

«Las canciones». Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

«Lo nunca visto». Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

«Doña Rosita anotada». El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra

Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

En febrero de 2017 vi Los Gondra (una historia vasca) en el Teatro Valle Inclán, salí tocado de la sala. Nací en Bilbao en 1976 y dejé de vivir allí en 1980, un “dejar” que tuvo mucho que ver con lo que ocurría entonces en una ciudad a la que me sigo sintiendo unido. En enero de 2019 vi Los otros Gondra (relato vasco) en el Teatro Español. La sensación fue la de que Borja ya no solo mostraba la capa exterior, la superficie de aquello que en mayor o menor medida ya conocemos -más por retazos que por exposiciones completas como la suya-, sino que entraba de lleno en ello. Dejando a un lado las disculpas, los requerimientos y los permisos para saber qué hay en ese territorio interior de tantas personas que hasta ahora se ha manifestado habitualmente como silencios de labios sellados, miradas huidizas y ceños fruncidos. Algo que, sin haberlo vivido con su cercanía, me resultaba familiar.

Movido por el deseo de profundizar en su propuesta dramática -tanto en su contenido como en su saber exponer con tanta claridad el formato del teatro documento-, y quizás como medio para entender en qué consistió aquello que en mi casa nunca me han querido o han sabido contarme, me hice días atrás con este recién editado volumen que reúne ambos textos. Pero antes de entrar en ellos, el prólogo firmado por Eduardo Pérez Rasilla me dejó con una mezcla entre idea y sensación que me perdura. Lo sucedido en el País Vasco no ha sido algo único y diferente, su génesis, evolución y consecuencias guarda extraordinarios parecidos con episodios bíblicos, clásicos o más cercanos como los firmados por Shakespeare.

De alguna manera, esto me dio una clave que no había captado en el patio de butacas y que Ortiz de Gondra explicita en Los otros Gondra. Quizás en su tierra, la suya y la de sus ancestros, y esa en la que yo nací por casualidad (aunque en esta vida nada lo es), la identidad y los proyectos vitales han estado más basados en lo material, en la tierra y los símbolos que en lo relacional, lo emocional y lo espiritual. Tanto que en lugar de convertir lo primero en apoyo o marco de lo segundo, se ha hecho de ello su fin, su dogma y objeto de culto desde tiempos inmemoriales.

Un apego tan fusionado con los habitantes del País Vasco como con cada uno de los capítulos de su historia, como el del terrorismo etarra. Vinculado y derivando, al igual que aquel, no solo de la crudeza de la dictadura y el salvajismo de la guerra civil, sino con raíces que se remontan a la industrialización impulsada por los que regresaban de Cuba tras el desastre de 1898 e, incluso, a la tercera guerra carlista 25 años antes.

Una complejidad casi antropológica que tal y como expone Ortiz de Gondra (autor y también personaje de sus ficciones) tiene tres dimensiones. La del dolor emocional causado en el pasado, y que heredamos en el presente asumiéndolo como propio, por la violencia con que se manifiesta en muchas ocasiones la defensa de unos ideales supuestamente políticos. La del terror, la intimidación y el crimen en que se han apoyado a lo largo de nuestra historia tanto regímenes de gobierno como aspirantes a su ejercicio, llegando a hacer de ello un método de organización (y exclusión) social. Y la del desequilibrio sistémico que genera verse fuera del sistema familiar por leyes casi ancestrales que promulgan el absolutismo del primogénito, así como el inmovilismo al que éste está condenado por el peso de la tradición.

Tres niveles que Borja expone ejemplificándolos con su familia, elaborando con ellos un extraordinario fresco -tan bien estructurado como dialogado- que abarca a más de 30 personajes de hasta siete generaciones, en la localidad vizcaína de Algorta, a lo largo de casi 150 años de historia real -la ficción que pueda haber en ella resulta tan verosímil y creíble como la misma realidad-. Un conjunto con el que no solo mira hacia atrás, para recordar lo que ya sabía, tomar nota de lo que le había pasado desapercibido y conocer momentos y respuestas que hasta ahora no conocía.

Un trabajo cuya exitosa resolución hace que su lectura y representación resulte catártica y sanadora y cuya escritura supongo debe haber sido todo un reto tanto en lo personal como en lo creativo. En definitiva, dos obras que exponen con valentía y cero pudor emocional lo que hasta ahora no ha sido suficiente o debidamente tratado -aunque haya ya referentes como los de Fernando Aramburu, Edurne Portela o Harkaitz Cano- para conseguir que el silencio derive en olvido y este en perdón. Meta que si consolidamos, supongo irá seguida de una paz con la que construir un futuro en el que hacer de las diferencias motivos de unión y no de desunión.  

Los Gondra (una historia vasca) y Los otros Gondra (relato vasco), Borja Ortiz de Gondra, 2019, Punto de Vista Editores.