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10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra

Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

En febrero de 2017 vi Los Gondra (una historia vasca) en el Teatro Valle Inclán, salí tocado de la sala. Nací en Bilbao en 1976 y dejé de vivir allí en 1980, un “dejar” que tuvo mucho que ver con lo que ocurría entonces en una ciudad a la que me sigo sintiendo unido. En enero de 2019 vi Los otros Gondra (relato vasco) en el Teatro Español. La sensación fue la de que Borja ya no solo mostraba la capa exterior, la superficie de aquello que en mayor o menor medida ya conocemos -más por retazos que por exposiciones completas como la suya-, sino que entraba de lleno en ello. Dejando a un lado las disculpas, los requerimientos y los permisos para saber qué hay en ese territorio interior de tantas personas que hasta ahora se ha manifestado habitualmente como silencios de labios sellados, miradas huidizas y ceños fruncidos. Algo que, sin haberlo vivido con su cercanía, me resultaba familiar.

Movido por el deseo de profundizar en su propuesta dramática -tanto en su contenido como en su saber exponer con tanta claridad el formato del teatro documento-, y quizás como medio para entender en qué consistió aquello que en mi casa nunca me han querido o han sabido contarme, me hice días atrás con este recién editado volumen que reúne ambos textos. Pero antes de entrar en ellos, el prólogo firmado por Eduardo Pérez Rasilla me dejó con una mezcla entre idea y sensación que me perdura. Lo sucedido en el País Vasco no ha sido algo único y diferente, su génesis, evolución y consecuencias guarda extraordinarios parecidos con episodios bíblicos, clásicos o más cercanos como los firmados por Shakespeare.

De alguna manera, esto me dio una clave que no había captado en el patio de butacas y que Ortiz de Gondra explicita en Los otros Gondra. Quizás en su tierra, la suya y la de sus ancestros, y esa en la que yo nací por casualidad (aunque en esta vida nada lo es), la identidad y los proyectos vitales han estado más basados en lo material, en la tierra y los símbolos que en lo relacional, lo emocional y lo espiritual. Tanto que en lugar de convertir lo primero en apoyo o marco de lo segundo, se ha hecho de ello su fin, su dogma y objeto de culto desde tiempos inmemoriales.

Un apego tan fusionado con los habitantes del País Vasco como con cada uno de los capítulos de su historia, como el del terrorismo etarra. Vinculado y derivando, al igual que aquel, no solo de la crudeza de la dictadura y el salvajismo de la guerra civil, sino con raíces que se remontan a la industrialización impulsada por los que regresaban de Cuba tras el desastre de 1898 e, incluso, a la tercera guerra carlista 25 años antes.

Una complejidad casi antropológica que tal y como expone Ortiz de Gondra (autor y también personaje de sus ficciones) tiene tres dimensiones. La del dolor emocional causado en el pasado, y que heredamos en el presente asumiéndolo como propio, por la violencia con que se manifiesta en muchas ocasiones la defensa de unos ideales supuestamente políticos. La del terror, la intimidación y el crimen en que se han apoyado a lo largo de nuestra historia tanto regímenes de gobierno como aspirantes a su ejercicio, llegando a hacer de ello un método de organización (y exclusión) social. Y la del desequilibrio sistémico que genera verse fuera del sistema familiar por leyes casi ancestrales que promulgan el absolutismo del primogénito, así como el inmovilismo al que éste está condenado por el peso de la tradición.

Tres niveles que Borja expone ejemplificándolos con su familia, elaborando con ellos un extraordinario fresco -tan bien estructurado como dialogado- que abarca a más de 30 personajes de hasta siete generaciones, en la localidad vizcaína de Algorta, a lo largo de casi 150 años de historia real -la ficción que pueda haber en ella resulta tan verosímil y creíble como la misma realidad-. Un conjunto con el que no solo mira hacia atrás, para recordar lo que ya sabía, tomar nota de lo que le había pasado desapercibido y conocer momentos y respuestas que hasta ahora no conocía.

Un trabajo cuya exitosa resolución hace que su lectura y representación resulte catártica y sanadora y cuya escritura supongo debe haber sido todo un reto tanto en lo personal como en lo creativo. En definitiva, dos obras que exponen con valentía y cero pudor emocional lo que hasta ahora no ha sido suficiente o debidamente tratado -aunque haya ya referentes como los de Fernando Aramburu, Edurne Portela o Harkaitz Cano- para conseguir que el silencio derive en olvido y este en perdón. Meta que si consolidamos, supongo irá seguida de una paz con la que construir un futuro en el que hacer de las diferencias motivos de unión y no de desunión.  

Los Gondra (una historia vasca) y Los otros Gondra (relato vasco), Borja Ortiz de Gondra, 2019, Punto de Vista Editores.

“Utoya. 22 de julio”

El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Erik Poppe podría haber optado por algo más fácil, como acercarse al tono documental de un relato en tiempo real que recogiera los diferentes prismas del tiroteo ocurrido en esta isla cercana a la capital noruega apenas dos horas después de la explosión terrorista que sufrió hace ahora ocho años. Pero a estas alturas -y entiendo que aún más si eres local- se sabe con detalle cómo ideó, planificó y actuó el asesino y lo deficiente que fue la actuación de la policía. Basta comprobar los registros del juicio y los de la comisión pública que dictaminó que ambos ataques se podrían haber evitado con un desempeño de las autoridades más diligente.

Así que en lugar de centrarse en el morbo de la violencia o en la crítica de la ineficacia, su película opta por hacer protagonistas a quienes realmente lo fueron, a los varios cientos de chavales que participaban en un campamento de verano de las juventudes socialdemócratas. Durante los primeros segundos de proyección parece que la cámara es un plano subjetivo con el que incluirnos como un participante más de la convivencia, pero no, no es así. La cámara está ahí todo el rato, sí, pero en un constante plano secuencia que no se separa ni un segundo de Kaja, la joven a la que aleatoriamente le ha tocado acompañarnos desde el primer momento e informarnos de lo que sucede desde el instante en que se escuchan los primeros disparos.

Utoya. 22 de julio nos relata lo que sucedió, pero desde la vivencia de Kaja, encarnada por una magistral debutante, Andrea Berntzen. Una persona inmersa en un mar de confusión en el que no se ve y no se sabe, en el que la incertidumbre se transforma en incredulidad y esta en miedo y desesperación. En el que la compañía no evita la sensación de indefensión y las detonaciones, los gritos y el crujir del suelo y la maleza provocado por los que corren y huyen sin rumbo hacen aún más horrible la invisibilidad de la amenaza. El paso de los minutos hace que los pocos datos que se poseen resulten aún más increíbles -llegaron a pensar que era la policía quien les atacaba- y que se clame por el contacto con el exterior, tanto pidiendo socorro como buscando el refugio emocional en las familias que están al otro lado del móvil.

Poppe no le dedica un segundo de más a cada una de esas emociones, en lo que supone una clara manifestación de respeto tanto con los que vivieron aquellos acontecimientos como de compromiso con la realidad de su relato, aunque lo que veamos sea una reinterpretación resultado de muchos testimonios. Una búsqueda de la verdad que da como resultado una experiencia tan estresante en la pantalla como en la butaca provocando incluso que no se espere un final positivo o se abandone la esperanza de ser rescatado.

Una alienación que nos hace olvidar que nosotros -hoy y a miles de kilómetros de allí- sí sabemos qué pasó, cómo acabó y cuánto tiempo duraron unos hechos con motivaciones ideológicas que no debemos ignorar. Unas causas y una consecuencia que esta película probablemente haga que no olvidemos.

“Los otros Gondra (relato vasco)” o cómo acabar con el dolor

Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.  

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Queda mucho por hacer para resolver la indigestión del sufrimiento que el terrorismo causó durante décadas. No solo la muerte de los centenares de asesinados que dejó, sino también el dolor crónico de los que sobrevivieron quedando marcados e impedidos tanto física como psicológicamente para siempre. ¿Cómo se les puede hablar a estos de etapa superada, de pasar página? Los otros Gondra parte de ese principio, de que el silencio no es sinónimo de paz o muestra de bienestar, sino un cierre que no se calmará mientras no atendamos el lado humano de algo que no es algo tan solo una cuestión política o judicial.

Un silencio que nos obliga a imaginar continuamente cómo fue nuestro pasado, qué sucedió, entenderlo y conocerlos para así liberarnos del peso de su oscuridad. Una imposibilidad, la de la vuelta atrás, que Borja nos propone resolver utilizando la ficción.

Quizás los acontecimientos en su familia no fueron tal y como expone, pero a estas alturas ya sabemos que en muchos hogares del País Vasco se vivieron situaciones como la que nos presenta. Hermanos, primos, padres e hijos enfrentados por unos principios que conllevaban, si era necesario, la extorsión o la muerte del otro si no claudicaba ante sus exigencias. La violencia alcanzaba así otro grado más de visceralidad, cómo hacer frente a aquel que te amenaza y al que la sangre te lleva a sentirte cercano. O cómo relacionarte con alguien que sientes que no apoya tus principios, tu manera de sentir apego a la tierra en la que habéis nacido y de ser fiel a las costumbres y principios en que se os ha educado.

Un pantanal en el que el autor se introduce sin dejarse atrapar en ningún momento por la inestabilidad de su suelo. Utilizando abiertamente los juegos formales de la escritura teatral (auto ficción, teatro documento,…) nos adentra en su proceso mental como creador –a través de los diálogos con su madre y su prima, dirigiéndose directamente al público o charlando a la manera de Unamuno con su propio personaje- para hacernos comprender a qué responde su necesidad de saber cómo se resquebrajó su familia tres décadas atrás y el gran vacío que eso le causa en su presente.

Los Otros Gondra queda así vertebrado por un inteligente recurso que nos demuestra que la literatura es una genial medicina con la que intentar dar respuesta a los asuntos pendientes. Pero lo valiente es que su propuesta no se queda ahí, sino que integra el presente, haciendo ver cómo el paso del tiempo y el dolor ha hecho mella en todos, enfrentando no solo a los que fueron víctimas y verdugos hace treinta años, sino también confrontando hoy a los verdugos consigo mismo. Y situando frente a ellos a los que han nacido más recientemente y miran hacia el futuro al tiempo que se encuentran en la diatriba de ser herederos de algo que consideran que les es totalmente ajeno.

Súmese a este mensaje universal la manera de hacerlo local con el uso del euskera, el frontón como escenografía o las danzas vascas y un elenco en el que todos están perfectos en esa combinación de personajes reales y luces de una constelación familiar que durante su representación integra e implica a todos sus espectadores. Los otros Gondra es también teatro medicina, teatro necesario.

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Los otros Gondra (relato vasco), en el Teatro Español (Madrid).

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo

“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

HonrarasATuPadre

“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

“Sicario: el día del soldado”

Comienza con la misma tensión abstracta que su predecesora del mismo título, una amenaza invisible e indefinible que angustia y asfixia. Una idea que concreta muy bien, pero una vez que comienza a desarrollarla, la trama da un giro de 360 grados para concentrarse en el drama personal de sus protagonistas, olvidándose de la historia que le dio origen y convertirse en una plataforma al servicio interpretativo de Benicio del Toro.

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En sus primeros minutos la segunda parte, continuación o nueva entrega –considérese como se quiera- de Sicario plantea una realidad que asusta, cómo se ayudan y complementan los distintos actores del terrorismo internacional repartidos por el planeta para asestar sus golpes contra nuestro modelo y estilo de vida. Un escalofriante viaje de miles de kilómetros que tiene su última etapa en la frontera entre México y EE.UU., en el límite natural que marca el Río Grande, la polémica populista de Donald Trump y la meta a superar por los latinos de distintas nacionalidades que huyen de la miseria de sus lugares de origen.

Focalizados en esas coordenadas geográficas, el Día del Soldado nos convence de la necesidad de la guerra sucia para hacer frente a un enemigo que ya no solo trafica con drogas, sino que también lo hace con personas, colando entre ellas a terroristas suicidas. La determinación militar, la coordinación, confluencia y sincronicidad de los preparativos necesarios –imposible no recordar en algunos de sus momentos la reciente Espías desde el cielo– para comenzar la misión llenan la pantalla de un movimiento y dinamismo que nos prepara para la épica y la acción que suponemos está por venir.

Hasta aquí la narración cinematográfica se desarrolla con una fluidez y eficacia absoluta, nos sentimos parte de un equipo, tenemos que hacer frente a una compleja misión y no hay más opción que resolver con éxito la tarea encomendada tanto por el Gobierno de los EE.UU. como por nuestra propia moral. Sin embargo, en el momento en que se aprieta el botón de inicio y comienza la batalla, la película pega un giro que le quita protagonismo a la acción para dárselo al drama personal del hasta entonces secundario Alejandro encarnado por Benicio del Toro.

Ni el ritmo de la película ni el rostro ni los músculos de Josh Brolin habían permitido hasta ese momento ningún individualismo. Un punto de inflexión que intenta darle una nueva y emocional dimensión a este Sicario 2, pero que se convierte realmente en un punto de ruptura casi total entre el antes y el después. Quizás sea cosa del guión de Taylor Sheridan que intenta ligar esta cinta con su anterior Sicario, también escrita por él. O puede que el responsable sea Stefano Sollima queriendo alejarse de la personalísima huella que Dennis Villeneuve dejó en aquella, pero el resultado es que lo que estamos viendo a estas alturas parece un spin off de la película que comenzó minutos antes.

Aún así el resultado final se sostiene, gracias a su excelente factura técnica –esta sí que es consistente desde el primer minuto de proyección- con ecos apocalípticos del último Mad Max de George Miller, y al festival interpretativo de Benicio del Toro. Este deja atrás la categoría de ser humano hasta alcanzar, incluso, la de ciborg, a la par que deja completamente abierta la puerta para que Sicario se convierta en una saga de entregas cuasi independientes que comparten personajes.

“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.

“V y V. Violación y Venganza” de Pilar Bellver

Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo  –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.   

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Pilar Bellver no mira a la tradición como algo lejano, no se refiere al pasado con nostalgia ni con el desdén de la superación, sino que construye a partir de aquel entonces y lo integra como capas de su relato. Ya lo avisa en el prólogo de estas fantásticas ochocientas páginas, que parte de los arquetipos de los caracteres del mito griego de Procne y Filomeles, síntesis creativa que sigue siendo efectiva para transmitir realidades que ocurren hoy igual que un par de milenios atrás. A su vez, sus personajes unen a esta fuente –al igual que la autora con su estilo- la literatura del XIX (rusa, española o francesa), mencionándola por su afinidad a la hora ahondar de manera minuciosa y precisa en la construcción psicológica y en las motivaciones de quienes transitan por sus páginas.

Desde un punto de vista estrictamente literario estas son las dos premisas sobre las que Pilar cimenta con muy alto nivel su V y V. Pero a partir de ellas la escritora de A Virginia le gustaba Vita elabora un relato actual en el que el punto de vista femenino nos hace ver que nuestro mundo actual es heredero y continuador de una serie de construcciones conceptuales en las que el hombre blanco occidental se cree superior a cualquier otro ser humano, incluyendo, por supuesto, al conjunto de las féminas. Tal y como le sucede a las hermanas Bardazoso, que por el hecho de ser mujeres, han de hacer frente a un entorno y un sistema de valores –el rural de su Jaén natal, el internado monjil de su adolescencia, el urbano de su madurez en Madrid y el de la globalidad en que se mueven- en el que la desigualdad de género ha empapado tanto el suelo que pisan que parece que este es su estado natural, cuando no es más que una intervención artificiosa sobre el mismo.

Podría parecer que Violación y Venganza es una novela con intención feminista, pero va más allá de esta cuestión y nos ofrece una panorámica de nuestro mundo en el que los discursos oficiales de progreso y crecimiento se dan de bruces contra una realidad de enfrentamiento y desigualdades (hombre vs. mujer, norte vs. sur, Occidente vs. resto del mundo, cristianismo vs. islam,…) en la que la manipulación, la tortura y el abuso no solo están a la orden del día, sino que en buena medida están admitidos, normalizados y hasta legalizados.

Un escenario de desequilibrios e injusticias del que elige como muestra el medio ambiente y el capitalismo que desde Londres, Frankfurt o Nueva York provoca, con sus decisiones basadas en el libre mercado, la deforestación de reservas naturales como la del Amazonas. Una hecatombe a la que pretende ponerle freno un peculiar grupo terrorista que amenaza con quemar los parques nacionales de EE.UU., sin causar víctima humana alguna, si este país no lidera una conferencia internacional que cese inmediatamente la tala de todos los bosques.

Múltiples planos -drama, thriller, intriga, ácida comedia incluso- que Pilar Bellver expone manejando con suma eficacia múltiples registros en su escritura, desde la transcripción de una tertulia televisiva o una conexión informativa en directo, a la narración tanto en tercera persona como en primera. Un punto de vista singular al que dedica amplio espacio en forma de parlamentos de toda clase de personas y condición, desde adolescentes a adultos, individuos con formación a ilustrados por la vida, de actitudes transparentes y de búsqueda de encuentro a deudoras del maniqueísmo. Un mecanismo formal con el revela una asombrosa capacidad para dar vida al complejo mapa -de emociones y razones en unos casos, imposturas e intereses en otros- que es el interior de cada uno de sus personajes, el atlas en el que todos ellos se interrelacionan y el mundo actual en el que habitan junto a sus lectores.