Inquietante y desconcertante “Little Joe”

Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Londres. La actualidad. Un vivero de plantas en el que se juega con la manipulación genética para conseguir ejemplares atractivos, resistentes a la condiciones ambientales y altamente rentables para la empresa que las cultiva. Tras este proceso, un equipo de profesionales altamente cualificados y un cruce de historias personales entre las que destaca Alice Woodard, científica y madre de un preadolescente, adicta al trabajo y divorciada. Con este punto de partida, Little Joe podría ser tanto una comedia como un drama. Tiene algo de ambas en su inicio, pero después viene todo lo demás, la intriga, el thriller, el coqueteo con la ciencia-ficción y hasta el terror. Pero sin romper la conexión con sus primeros minutos.

Lo atractivo y chocante es que no cambia en ningún momento el ritmo de su narración. Los acontecimientos son siempre tratados con la misma calma y claridad expositiva. Plasmados visualmente como cuadros minimalistas de una muy correcta, geométrica y colorida composición. Dotados de vida con unos personajes gestualmente parcos, pero nunca inexpresivos. El único elemento distorsionador es una banda sonora que navega entre la percusión oriental y sonidos aparentemente faltos de armonía, pero que con su estridencia nos introducen en el lado oscuro y distópico que parece albergarse tras lo que vemos.

Así es como se van sucediendo instantes y secuencias que parecen haberse inspirado en clásicos como La pequeña tienda de los horrores (1960), El pueblo de los malditos (1960) o La profecía (1976), pero que están perfectamente integrados en el devenir de los acontecimientos en los que nos vemos inmersos. No son referencias obvias, pero hacen que lo que estamos observando nos resulte extrañamente conocido, derivando en una atracción emocional tan perturbadora como sugerente en la que Emily Beeckham está fantástica (merecido reconocimiento como mejor actriz en Cannes 2019) y ver a Ben Whishaw es siempre un placer.

La propuesta visual de Jessica Hausner es muy sencilla, progresa de manera calmada, su montaje sin trucos y su guión son diáfanos. Avanza como la terapia de su protagonista, enunciando claves -la felicidad que nos generan las flores manipuladas no es más que la punta del iceberg que esconden- con las que activa nuestro intelecto haciéndonos indagar, elucubrar y fantasear tanto sobre su origen -la ambición humana- como sobre sus consecuencias -la forma que puede tomar lo desconocido-. Pero también haciendo que practiquemos el arte del símil, la metáfora y la alegoría, rescatando referentes como George Orwell o Aldous Huxley o utilizando la actualidad como espejo y no sabiendo si lo hacemos para reconocerle a Hausner una capacidad visionaria o como simple, fácil y recurrente mecanismo de proyección personal desde nuestra posición como espectador.

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