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“El coronel no tiene quien le escriba”, Gabriel García-Márquez en pleno esplendor

Apenas cien páginas en las que el colombiano nos deleita haciéndonos ver cómo a un hombre se le va la vida mientras espera a que le llegue el reconocimiento por lo que hizo en el pasado. Un relato lleno de realismo y de magia entremezclados, combinados y cocinados a partes iguales.

ElCoronelNoTieneQuienLeEscriba

El militar al que hace referencia el título es un hombre que cada viernes se acerca al puerto de su ciudad para ver si llega la carta que bajo el simbolismo de una pensión le reconozca los méritos militares de su pasado. Así desde hace años. Mientras tanto, en su casa queda su mujer, una madre que vio al hijo de ambos, ya adulto, morir hace apenas unos meses. Un hogar en el que la comida escasea hasta la penuria, y lo poco que queda –cada día menos- se comparte con un gallo de pelea –y por ello motivo de disputas matrimoniales- en el que por su potencial vencedor se depositan las esperanzas de tiempos mejores y de bonanza económica.

El coronel destapó el tarro del café y comprobó…”, así comienza un desfile de apelaciones a cada uno de los sentidos. Vivencias que convierten el recorrido por sus líneas en un viaje lleno de sensaciones en el que es imposible no recrear en nuestra imaginación cada una de las secuencias y escenas escritas por el de Aracataca como si fuéramos los directores de su adaptación cinematográfica. Tan fuerte es la sensación de haber sido cautivados, introducidos en una realidad paralela, que dudamos de que lo que se nos está contando no sea más que una pura y simple ficción.

La fluidez con la que Gabo escribe hace que la descripción de cualquier nimio detalle, los diálogos mínimos de una conversación intrascendente o la exposición de los momentos valle de un acontecimiento se conviertan a través de su escritura en la puerta de acceso a un universo que arrastra a quien a él se asoma. Así es su literatura, le basta un señuelo, una anécdota, un simple elemento decorativo para introducirnos en un mundo que es macro y micro a la vez. El primero determina al segundo y este se muestra como una de las muchas piezas que conforma el puzle que es aquel y que iremos formando a lo largo de la lectura de este título.

Así es “El coronel no tiene quien le escriba”, la novela corta que García-Márquez escribió en París tras quedarse en paro por el cierre del periódico en el que trabajaba. Tras pasar por varios editores que la rechazaron –causa casi gracia pensarlo-, finalmente consiguió publicarla en 1961, colocándole así en la senda que le llevaría hasta reconocimientos unánimes por parte de público y crítica como el del Premio Nobel de Literatura de 1982.

Mucho se ha dicho de este genial escritor a lo largo de toda su carrera, más aún tras su fallecimiento hace poco más de un año. Por mí parte solo señalar que este volumen aumenta mi pasión por un autor que ya me tenía conquistado con títulos como “Cien años de soledad” (1967), “Relato de un náufrago” (1980), “Crónica de una muerte anunciada” (1981), “El amor en los tiempos del cólera” (1985) o “Memorias de mis putas tristes” (2004).

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“El extranjero” de Albert Camus

Lo que decimos y hacemos nos define, unas veces como miembros de una cultura, de un país, otras sobre una manera de ver la vida y nuestro papel como seres humanos, algo que nos puede hacer aún más foráneos respecto a nuestros congéneres que las coordenadas geográficas.

El-extranjero

Albert Camus nació como francés en un territorio que no lo era, Argelia. Un lugar con dos culturas y dos idiomas en una situación en la que uno se impuso sobre el otro, compartieron espacio, pero no convivieron. Quizás este fuera uno de los influjos externos que llevaron al joven Camus a con tan solo 25 años en 1942 escribir y publicar esta novela.

En ella, un hombre anodino nos cuenta en primera persona algunas circunstancias –la muerte de su madre, la mujer que se le declara, el vecino que le pide ayuda en sus cuestiones mujeriegas- que alteran la cotidianeidad de su vida –su trabajo, sus vecinos, el lugar al que va a comer-. Sin embargo, su manera de actuar y de responder ante todas ellas es la misma, asertivo –en su lenguaje no existen los adjetivos calificativos-, impasible –que no cerebral o calculador- y auténtico –dice lo que piensa, aunque nos quedamos con la duda de si siente lo que piensa, de si hay un corazón más allá de su razón, de si sus sensaciones derivan en emociones.

Un suceso inesperado lleva a nuestro protagonista a juicio. En esta situación, toda su vida, los elementos que la forman, los sucesos vividos, las opiniones emitidas y los sentimientos y emociones expresadas se verán sometidos a un escrutinio público aun mayor que el de sus acciones supuestamente punibles. Parece que se nos valora y califica más por las subjetividades y el cumplimiento de los convencionalismos sociales que por los hechos objetivos.

Albert Camus elige el plano humano como el protagonista de esta ficción: un hombre que no conoció a su padre y que parece nunca ha vivido en un ambiente de afecto familiar, sin apego entre él y su madre, sin demostración clara de afecto hacia la mujer que le pretende. En el lado colectivo deja claro que franco-católicos y argelino-musulmanes se encuentran en un mismo lugar pero sin un entendimiento real como se puede comprobar con las andanzas pseudo amorosas de Raymond, su vecino de rellano.

“El extranjero” es un retrato tanto personal como social sobre el Argel franco-musulmán del inicio de la década de los 40 del siglo XX, que funciona, que resulta verosímil a pesar de su aparente tibieza. Es tan auténtico como precisas las palabras que pone Camus en boca de Meursauilt a modo de diálogos y descripciones con un ritmo y una cadencia en la que relato, personajes, el universo en el que ellos viven y el que nosotros construimos como lectores avanzan al unísono en perfecta sincronía, confluyen en un crecimiento exponencial que se adueña al completo de nuestra atención y de nuestra voluntad. Comenzar esta obra es no poder parar hasta llegar a su punto final.

Con ecos del aparentemente irracional “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville, Camus nos sitúa en un ambiente en el que nos hace reflexionar sobre dónde está la línea roja que separa la autenticidad (la verdad interior, la sentida) de los convencionalismos, de los comportamientos exigidos socialmente. Temas sobre los que el futuro Premio Nobel de Literatura de 1957 seguiría trabajando en su posterior carrera, como en la desmesurada y romana teatralidad de “Calígula” o en la novelada claustrofobia de “La peste”, también ambientada en la Argelia francesa.

“Calígula” de Albert Camus

Inteligente texto sobre el sentido y ejercicio del poder, sus consecuencias y sus límites utilizando el lenguaje no solo como medio de expresión, sino también como campo de batalla y arma de esa lucha.

Caligula

Comienza la obra con un hombre cuya supuesta fidelidad a su corazón provoca perplejidad entre sus congéneres (– Se trata de un asunto amoroso – Ese tipo de enfermedades de las q no se libran ni los inteligentes ni los tontos) para después ser alguien comprometido hasta sus últimas consecuencias con los principios que guían su liderazgo político. Labor en la que Calígula se sirve de las contradicciones que tiene el lenguaje en su construcción y uso. Un emperador, entre tirano tímido e iluminado incomprendido, a través del cual Albert Camus plantea un enredado y asfixiante juego de preguntas y respuestas no siempre relacionadas sobre el poder, las jerarquías y el valor y sentido de la vida tanto a nivel individual como colectivo.

En una primer nivel Camus expone una feroz crítica al ejercicio del poder de aquellos no preparados para ello (- Un senador se hace en un día, un trabajador cuesta diez años – Me temo q se necesiten veinte para convertir a un senador en un trabajador), casta que se prorroga utilizando para ello los propios instrumentos del estado (No es más inmoral robar directamente a los ciudadanos que gravar con impuestos indirectos los artículos de primera necesidad) sin pudor alguno (…es preferible gravar el vicio que explotar la virtud…) hasta el punto de perder la conexión con la realidad, entendiéndolo solo como derechos y no también como deberes (el poder brinda una oportunidad a lo imposible… mi libertad dejará de tener límites).

Pero esto no es más que la punta de lanza, la excusa de a dónde el Premio Nobel de Literatura de 1957 se propuso conducirnos en 1945 cuando estrenó este drama, al sentido de ese poder. ¿De qué me sirve tan tremendo poder si no puedo cambiar el orden de las cosas? Es ahí, en esa lucha de Calígula contra la lógica y los límites de las posibilidades del hombre donde radica la intensidad de esta función. Del deseo a la impotencia del emperador (algo que no sabe a sangre, ni a muerte, ni a fiebre, sino a todo eso a la vez) y de ahí a la furia mientras sus súbditos pasan de la inquietud a la incertidumbre y de ésta al miedo y el pánico. Mientras él experimenta a dónde no llega el poder, a lo que está más allá del hombre, su pueblo sí comprueba los niveles que puede alcanzar, hasta hacerse animal y canibalizar su condición moral y racional. Algo que no es nuevo, que ya existe, la única novedad radica en el grado absoluto con el que ahora lo sufren frente al destilado con el que muchos de sus miembros lo habían ejercido hasta ahora.

Utilizando como escenario el imperio romano del s. I, Camus se hace preguntas sobre el mundo de las primeras décadas del s. XX que él habitó. ¿Qué clase de sociedad se construye entonces así? ¿Existe entre los hombres alguno que trate a sus congéneres como a un igual? Camus lo consideraba difícil, un hombre de honor es un animal tan raro en este mundo que no sé si podría aguantar mucho rato su presencia.

“Tokio blues” de Haruki Murakami

Maravilloso viaje literario entre la adolescencia y la adultez, entre la vida y la muerte, entre la plenitud del amor y el vacío existencial.

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Murakami es un maestro en hacer transitar a sus personajes e historias entre espacios y tiempos que son a la par coordenadas del mundo en el que habitamos y ejes de un universo etéreo en el que transitamos sin saber cómo hemos llegado a él ni el destino al que nos conducen. Un devenir en el que en “Tokio blues” se avanza impulsados por la profunda búsqueda existencial a la que se somete a su protagonista. Un viaje en el que solo se da entidad a las personas, lugares, acontecimientos y músicas –cada título de este autor cuenta con su propia banda sonora formada por los artistas y canciones citadas a lo largo de sus páginas- con los que Toru establece conexión emocional. Todo lo demás queda reducido a meros apuntes circunstanciales necesarios, la rutina procedimental de la residencia o las huelgas en el campus, para que cuanto le acontece a este joven que inicia la universidad tenga un soporte material.

Cuanto sucede a Toru se desarrolla entre triángulos, el de la amistad adolescente con Naoko y Kizuki y en del amor que le introduce en la vida adulta con Naoko y Midori. Símiles geométricos finamente hilados que nos atrapan a medida que se hacen sólidos, una vez dentro ya no hay salida. La evolución de lo que va sucediendo está al margen de la intervención del hombre, queda a voluntad de la naturaleza por una regla así escrita en esta novela, “la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”. También hay personas que llegan a través de otras, Hatsumi via Nagasawa y Reiko mediante Naoko, luces en el camino que aportan bocanadas de aire que guían a nuestro hilo conductor, “no te reprimas por nadie, y cuando la felicidad llame a tu puerta, aprovecha la ocasión y sé feliz”, ante lo que es más fuerte que el hombre, “si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida”.

Otro punto importante en Murakami, y “Tokio blues” es muestra de ello, es el sexo. No como algo carnal o meramente genital, sino como ese impulso interior que arrastra a la acción a quien lo siente. Un torrente inevitable, provocador de un profundo conflicto entre el corazón y la razón, aliado seductor del primero y generador de estupor ante las estructuras que rompe en el segundo. Ahí es donde está la maestría de este japonés que todos los años suena como candidato al Premio Nobel de Literatura. Llega hasta el magma, la esencia, ese punto original en el que está el inicio de todo a partir de una energía que fluye y va tomando formas cada vez más complejas y elaboradas. Algo inmaterial e invisible que el también autor de “Kafka en la orilla”, “1Q84” o “Al sur de la frontera, al oeste del sol” maneja con suma delicadeza, haciendo de sus descripciones y diálogos palabras que se combinan para crear retazos de realidad y retratos humanos de un extraordinario verismo por su gran sensibilidad.

Hay algo profundamente vital en el estilo de Haruki Murakami que contagia a quien lo lee, y que queda muy bien descrito por esta (auto) definición que pone en boca de uno de los habitantes de esta ficción, “soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”.