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«El encanto de una hora» y la magia de lo teatral

Sesenta minutos en los que Jacinto Benavente dejó claro en 1892 cuán innovadores eran sus planteamientos y Carlos Tuñón demuestra hoy hasta dónde es capaz de llevar las posibilidades emocionales de una dramaturgia. Adaptación que eleva la fantasía del texto con un preciosista trabajo de ambientación y unas interpretaciones acordes al espíritu naif que se respira de principio a fin en su único acto.

El escenario puede estar escondido tras un telón más o menos suntuoso, o estar abierto a la mirada de los espectadores -con más o menos iluminación- antes de comenzar la representación. Esas son las opciones habituales, pero no la que sigue estos días el montaje que se puede ver en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español. Esta presenta una leve cortina, cuasi transparente, en la que se proyecta lo que bien podría ser la primera página que El encanto de una hora ocupó en la publicación original del Teatro Fantástico del maestro Benavente.

Una pieza en la que deliberaba sobre lo humano y lo divino, las utopías e ilusiones con que poblamos y malversamos el mundo en que vivimos. También un juego al hacer protagonistas a dos figuras de porcelana, personajes reales, cuales de carne y hueso, con alma, cabeza y corazón en el intervalo que va desde la medianoche hasta la una de la madrugada.

Quien años después ganara el Premio Nobel de Literatura se alejaba así de lo costumbrista y lo tradicional, y se adentraba en las turbulencias de las emociones para buscar la esencia, la contradicción y la utopía que conllevan el deseo y la búsqueda, la cercanía y la posibilidad de la libertad, el amor y el cambio. Un estado de ánimo que, antes que en el texto, está en un escenario que, gracias a la labor de Antiel Jiménez, aparece convertido en una acicalada y suntuosa sala de fiestas abandonada por su público y ocupada por una atmósfera que combina los restos de la diversión con el eco del mar y las canciones -de musicales, ligeras italianas, y boleros- que ya nadie baila. Paréntesis, ¿se han planteado en los números imaginarios crear una lista en cualquier plataforma de streaming para que podamos disfrutarla recordando la función?

La visión de Tuñón del cuadro imaginado por el autor de Los intereses creados acrecienta lo mágico y lo alternativo que éste escribió hace 130 años. Le da una dimensión extra conformada por la sonorización señalada y por una concepción de la cuarta pared que saca la acción a la calle, antes de comenzar la representación, e integra este exterior durante su desarrollo. Aunque su deconstrucción de la relación entre el patio de butacas y la acción abarca mucho más, dejando en suspenso, en momentos cruciales, la lógica narrativa que espera la audiencia. A algunos les crispará, a otros nos atrapa precisamente en esos.

Siguiendo sus indicaciones, Jesús Barranco y Patricia Ruz tornan en dos presencias cercanas, a las que es posible comprender y con los que resulta fácil empatizar. Son delicados, circunstancia acorde a su naturaleza cerámica, pero también entrañables, conforme a su capacidad de percibir, procesar y registrar sensaciones en su propia piel, lo que los lleva a la sonrisa y a la pesadumbre, a la alegría del futuro y a la tristeza del presente. La vida en sesenta minutos.

El encanto de una hora, en el Teatro Español (Madrid).

«El cuidador» de Harold Pinter

Extraño triángulo sin presentaciones, sin pasado, con un presente lleno de suposiciones y un futuro que pondrá en duda cuanto se haya asumido anteriormente. Identidades, relaciones e intenciones por concretar. Una falta de referentes que tan pronto nos desconcierta como nos hace agarrarnos a un clavo ardiendo. Una muestra de la capacidad de su autor para generar atmósferas psicológicas con un preciso manejo del lenguaje y de la expresión oral.

A Harold Pinter le gustaba jugar con los prejuicios y automatismos de su lector/espectador. Disfrutaba contrariándole para después darle la razón y acto seguido quitársela. Le daba la información justa para que se situara y hacerle atractivas las coordenadas en las que le colocaba para después darle la vuelta a todo lo que éste había dado por cierto. Ese es el punto de partida de este texto estrenado en Londres en 1960, en el que su observador solo sentirá que quizás esté haciendo lo correcto si no se entrega completamente, pero tampoco rechaza lo que le plantea quien recibiría el Premio Nobel de Literatura muchos años después, en 2005. Una tensión en la que conseguirá disfrutar si no da nada por supuesto y, a la par, es capaz de no elucubrar gratuitamente.

Un hombre mayor indefenso con verbalizaciones interpretables como xenófobas. Un joven de comportamiento asertivo y con modales un tanto automáticos. Otro más que transmite picardía y desconfianza, que dice ser hermano del anterior y que parece ser conocedor de las claves de lo que está sucediendo. Una propiedad sin un titular claramente identificado. Un lugar inhóspito, promesa de posibilidades hogareñas, al que el primero es conducido por el segundo tras salvarle de una situación que pudo poner en peligro su vida.

Una estancia desordenada, más almacenada que habitada, con dos camas y tres personajes sin un modelo ni reglas de convivencia definidas en las que se barrunta el encierro y la fobia social al no quedar clara la manera en que sus habitantes interactúan con el mundo exterior. Un presente difícil de describir y un futuro lleno de incertidumbres que demanda retrotraerse a un pasado, apenas bocetado, al que parece haber poca voluntad de trasladarse, acrecentando así la opresiva estrechez de que su materialización genere una convivencia amable y una relación estable entre sus protagonistas.  

Frases a medio construir. Interjecciones y recurrencias. Silencios, repeticiones y redundancias. Recursos habituales de Harold Pinter –La fiesta de cumpleaños (1957), Retorno al hogar (1964) o Viejos tiempos (1971)- con los que no solo genera un desasosiego in crescendo a medida que avanza su lectura o representación, sino que obliga a buscar el puente que une la realidad con su verbalización. Un territorio que se convierte en esta propuesta escénica en un campo de batalla que pone a prueba, y en el que no hay otro medio con el que salvarse, que el control psicológico y el autocontrol emocional. Un juego de máscaras, espejos y simbiosis en el que se retuercen conductas, comportamientos e interacciones para hacer aflorar las pulsiones entre las que se debate la línea roja que separa la racionalidad y la irracionalidad de tres seres humanos tan únicos y diferentes como representativos de todos los demás.

El cuidador, Harold Pinter, 1959, Faber Books.

10 ensayos de 2021

Reflexión, análisis y testimonio. Sobre el modo en que vivimos hoy en día, los procesos creativos de algunos autores y la conformación del panorama político y social. Premios Nobel, autores consagrados e historiadores reconocidos por todos. Títulos recientes y clásicos del pensamiento.

“La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han. ¿Somos conscientes de lo que implica este principio de actuación tanto en la esfera pública como en la privada? ¿Estamos dispuestos a asumirlo? ¿Cuáles son sus beneficios y sus riesgos?  ¿Debe tener unos límites? ¿Hemos alcanzado ya ese estadio y no somos conscientes de ello? Este breve, claro y bien expuesto ensayo disecciona nuestro actual modelo de sociedad intentando dar respuesta a estas y a otras interrogantes que debiéramos plantearnos cada día.

“Cultura, culturas y Constitución” de Jesús Prieto de Pedro. Sea como nombre o como adjetivo, en singular o en plural, este término aparece hasta catorce veces en la redacción de nuestra Carta Magna. ¿Qué significado tiene y qué hay tras cada una de esas menciones? ¿Qué papel ocupa en la Ley Fundamental de nuestro Estado de Derecho? Este bien fundamentado ensayo jurídico ayuda a entenderlo gracias a la claridad expositiva y relacional de su análisis.

“Voces de Chernóbil” de Svetlana Alexévich. El previo, el durante y las terribles consecuencias de lo que sucedió aquella madrugada del 26 de abril de 1986 ha sido analizado desde múltiples puntos de vista. Pero la mayoría de esos informes no han considerado a los millares de personas anónimas que vivían en la zona afectada, a los que trabajaron sin descanso para mitigar los efectos de la explosión. Individuos, familias y vecinos engañados, manipulados y amenazados por un sistema ideológico, político y militar que decidió que no existían.

«De qué hablo cuando hablo de correr» de Haruki Murakami. “Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt. Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

“Identidad” de Francis Fukuyama. Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

“El ocaso de la democracia” de Anne Applebaum. La Historia no es una narración lineal como habíamos creído. Es más, puede incluso repetirse como parece que estamos viviendo. ¿Qué ha hecho que después del horror bélico de décadas atrás volvamos a escuchar discursos similares a los que precedieron a aquel desastre? Este ensayo acude a la psicología, a la constatación de la complacencia institucional y a las evidencias de manipulación orquestada para darnos respuesta.

“Guerra y paz en el siglo XXI” de Eric Hobsbawm. Nueve breves ensayos y transcripciones de conferencias datados entre los años 2000 y 2006 en los que este historiador explica cómo la transformación que el mundo inició en 1989 con la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS no estaba dando lugar a los resultados esperados. Una mirada atrás que demuestra -constatando lo sucedido desde entonces- que hay pensadores que son capaces de dilucidar, argumentar y exponer hacia dónde vamos.

“La muerte del artista” de William Deresiewicz. Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

«Algo va mal» de Tony Judt. Han pasado diez años desde que leyéramos por primera vez este análisis de la realidad social, política y económica del mundo occidental. Un diagnóstico certero de la desigualdad generada por tres décadas de un imperante y arrollador neoliberalismo y una silente y desorientada socialdemocracia. Una redacción inteligente, profunda y argumentada que advirtió sobre lo que estaba ocurriendo y dio en el blanco con sus posibles consecuencias.

«Retorno al hogar» de Harold Pinter

Nada como una reunión familiar para generar una tensión en la que la literalidad de lo que se expresa y muestra dice tanto como aquello que se intuye tras las veladuras de sus evocaciones e insinuaciones. Un hipnótico y seductor juego de realidad, neurosis y simbolismo en el que se enfrentan, combinan y disuelven el afecto y la violencia física y psicológica en los reencuentros, puestas al día y constatación de diferencias que tienen lugar en esta residencia londinense en 1964.

En las obras de Harold Pinter (Premio Nobel de Literatura 2005) sus personajes tienen una apostura provocadora, tanto hacia el resto de caracteres con los que comparten trama, como con los lectores/espectadores que les observan desde fuera de las páginas o el escenario en el que toman cuerpo. Nunca está claro cuán real es lo que dejan ver de sí mismos, cuánto hay en ello de espontaneidad y naturalidad y cuánto de llamada de atención para iniciar situaciones en las que proponer aquello que no serían capaces de plantear bajo el prisma inmovilista de las convenciones y la lógica de la formalidad. Eso mismo es lo que hace su creador con nosotros, sumiéndonos en atmósferas sin señales de salida ni posibilidad de marcha atrás, en las que lo inquietante y aparentemente incomprensible se hace norma y cotidianidad.

La convivencia entre Max, carnicero jubilado, y su hermano Sam, con los dos hijos del primero, Lenny y Joey, se ve alterada por la visita tras seis años de ausencia del primogénito, sobrino y hermano de todos ellos, Teddy, quien hace acto de presencia con alguien a quien no conocían, Ruth, su mujer. Una red de consanguinidad en la que, paradójicamente, están también unidos por una distancia emocional cercana al enfrentamiento, casi maltrato, sin descanso y en la que no parece posible la tregua. En la que si la debilidad o la tentación te hacen mella y bajas la guardia, sales malparado, pero si actúas con frialdad e indolencia, quizás seas quien controles y manejes la situación.  

Presencias que guardan paralelismos con las ausencias referenciadas, Jessie, esposa, cuñada y madre a la que parece evocar la también triple maternidad de Ruth, aunque a ella y a su marido sus hijos están esperándolos en su residencia en EE.UU. Pero en este enjambre familiar también hay contraposiciones, frente al trabajo intelectual de Teddy, Doctor en Filosofía, las dedicaciones manuales o fabriles que intuimos de los suyos.

Pinter (La fiesta de cumpleaños, Viejos tiempos) nos facilita muy poca información, con apenas unos apuntes dibuja con claridad unas coordenadas en las que la incomodidad deriva en desasosiego y este en una ansiedad con tintes bizarros por su barniz de asuntos como la infidelidad, el abuso y el proxenetismo. Y precisamente eso, que lo haga con tan solo unas notas en unos diálogos que parecen más disparos que manos tendidas, y monólogos de carácter más introspectivo, casi existencialista, genera una desconcertante sensación de irrealidad.

Una incomodidad con la que no sabemos si está vaciando de humanidad su propuesta o, al revés, llevándola hasta zonas oscuras e inhóspitas en las que la fantasía y la imaginación se entremezclan con la perversión y la depravación. Una manera inteligente y retorcida de dejar de nuestro lado la cuestión de su posible, o no, inmoralidad.

Harold Pinter, Retorno al hogar, 1964, Grove Atlantic.

«De qué hablo cuando hablo de correr» de Haruki Murakami

“Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

Comencé a leer este libro por el buen sabor de boca que me han dejado la mayor parte de los Murakami (Kioto, 1949) que he leído hasta la fecha (1Q84, Kafka en la orilla, Tokyo blues…) y también porque soy corredor habitual desde hace más de veinte años y de vez en cuando me pregunto por qué y para qué me calzo las deportivas nada más despertar. Una lucha entre la pereza inicial y la satisfacción posterior que por el momento -y tres veces a la semana durante una hora y doce kilómetros- sigue ganando la segunda de esas dos fuerzas que habitan en algún hondo lugar de mi persona.

Pero lo de Haruki es mucho más, como novelista es un superventas y su nombre suena una y otra vez como candidato al Premio Nobel de Literatura, y como corredor acumula ya muchos maratones y triatlones a sus espaldas (a su lado yo no soy nadie, tan solo dos medias maratones). Para él correr no es solo una muestra de un estilo de vida saludable, es también parte de una filosofía existencial con la que le da equilibrio a su día a día. Como si el estar con los pies en la tierra que conlleva el correr compensara el vuelo de su imaginación en su faceta laboral, en su tarea como escritor. Tal y como relata, su manera de ser y estar en el mundo desde principios de los 80 está basada en la unión y comunicación entre ambas prácticas, habiendo entre ellas una relación de espejo, refuerzo y alivio al basarse en pilares comunes como la técnica, la constancia y la consciencia.

Así es como lo expone volviendo a su juventud y a las insanas costumbres -fumar, trasnochar, alimentación desequilibrada- que practicó mientras fue empresario y barman hasta que la escritura se fue haciendo presente en su vida y llegado el momento, decidió junto con su mujer, dejarlo todo para intentar una actividad en la que ha conseguido unos logros por los que hoy es sobradamente conocido. A partir de ahí, y aunque se centra más en cómo piensa y actúa cuando se anuda las zapatillas que cuando se pone manos a la obra frente al folio en blanco, deja ver con claridad cómo se percibe, analiza e interroga a sí mismo, observándose desde fuera, pero también sintiéndose resonar desde dentro.

Puntos de vista que en las páginas de este volumen -recordando entrenamientos, preparaciones y carreras, éxitos y fracasos, en Grecia, Japón y EE.UU.- no resultan opuestos, tampoco complementarios, sino más que eso. Están compaginados e intrincados, pero también separados y diferenciados. Con esa habilidad tan exquisita y delicada, pero a la par sencilla, honesta y fácilmente comprensible con que Murakami es capaz de exponer y sintetizar -tanto por separado, como conjuntamente- hechos, pensamientos, sensaciones y emociones.

De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami, 2007, Tusquets Editores.

“Voces de Chernóbil” de Svetlana Alexévich

El previo, el durante y las terribles consecuencias de lo que sucedió aquella madrugada del 26 de abril de 1986 ha sido analizado desde múltiples puntos de vista. Pero la mayoría de esos informes no han considerado a los millares de personas anónimas que vivían en la zona afectada, a los que trabajaron sin descanso para mitigar los efectos de la explosión. Individuos, familias y vecinos engañados, manipulados y amenazados por un sistema ideológico, político y militar que decidió que no existían.

Impresionan los más de treinta monólogos y los coros incluidos en Voces de Chernóbil, una selección de las más de quinientas entrevistas que esta autora bielorrusa, Premio Nobel de Literatura de 2015, publicó originalmente en 1997. Su lectura transmite la objetividad de un trabajo periodístico que se ha propuesto dar a conocer una realidad nunca antes mostrada, la combinación entre empatía y asertividad con que recoge las vivencias y la emocionalidad de los entrevistados, y el rigor con que los testimonios orales deben haber sido editados para convertirlos en el texto que llega a nuestras manos.

Svetlana está presente en todo este proceso, pero sin hacerse protagonista, ejerciendo como canal de comunicación, como punto de contacto, como transmisora de una información que demanda ser compartida y conocida. Por la necesidad vital de sus emisores de liberar aquello que les ha oprimido, desconcertado y dolido durante tanto tiempo. Y por un mundo que ha de aprender de los errores cometidos y tomar nota de que en esta aventura que es la vida humana y el planeta Tierra estamos todos juntos, que esto va más allá de las fronteras, los gobiernos y las alianzas internacionales que, irremediablemente, acaban por limitar, restringir, confrontar, dividir y separar.  

Bomberos que acudieron a apagar el incendio inicial y murieron a las pocas semanas por los efectos de la radiación, militares obligados a trabajar en zonas altamente contaminadas sin ningún tipo de protección, población civil evacuada con poco más que lo puesto sin saber a dónde iban, aldeas abandonadas y otras vueltas a ser habitadas por sus antiguos vecinos, niños que nacen enfermos y sienten que el hospital es su verdadero hogar… Lo que leemos -contado por los que lo vivieron en primera persona, por sus familias o por los que intentaron alertar en vano de lo que estaba ocurriendo- es tan intenso, tan humanamente al límite que puede generar una sensación de distopía, casi de ciencia-ficción, para ser capaces de digerir un relato tan apabullante.

Sin embargo, su estilo está anclado a la tierra, a las personas que manifiestan lo que leemos. Trasciende el arquetipo de la entrevista periodística para -entre lágrimas, añoranzas, reflexiones de todo tipo y tragos de vodka- resultar profundamente realista, evocando incluso a los grandes maestros de este género como Tolstoi o Dostoievsky. La crudeza e intensidad que transmiten es tal que sugieren ser interpretados en un escenario, dejando epatados a cuantos ocuparan el patio de butacas.

 A su vez, el resultado es un ensayo-análisis de la identidad de un parte de los muchos átomos que han conformado el pueblo ruso desde el imperio zarista hasta la actual Rusia pasando por la desintegración de la URSS, punto de inflexión de la historia del mundo moderno simbolizada para muchos en este accidente nuclear. Así es como Voces de Chernóbil se convierte en el summum de lo que es el periodismo, un medio de conocer la realidad a través de lo que sienten, opinan y viven sus verdaderos protagonistas.

Voces de Chernóbil, Svetlana Alexévich, 2015 (1997), DeBolsillo.

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

«La maleta de mi padre» de Orhan Pamuk

El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

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Cuando era niño y soñaba con ser pintor, Orhan vio multitud de veces a su padre escribiendo en casa, tantas como las que ojeó los cuadernos manuscritos con que volvía en su equipaje de sus viajes a París. Una maleta que le entregó muchos años después, llena de papeles, de todo lo que había escrito –tanto con ánimo creativo como simplemente expresivo- a lo largo de su vida, dándole la libertad, el poder y el mandato de que decidiera qué hacer con ella y lo que guardaba.

De esta manera, ese objeto adquiría un carácter de herencia y testimonio vital que tras la parálisis inicial que le produjo, le impulsó a realizar un viaje interior en el que después de repasar la figura de su padre, su papel como progenitor y la relación entre ambos, llegó a una conclusión tan sorprendente como sosegante.  Darse cuenta y aceptar que su destino como escritor había sido posible gracias a lo que su mayor había construido previamente y que él había prolongado haciéndolo suyo.

Esto le hizo también darse cuenta de cómo su educación había estado marcada por la oposición, transmitida por su progenitor, entre el legado otomano, considerado como un pasado anticuado, y la adopción de estándares occidentales, vistos como lo moderno, durante la formación de la república de Turquía. Una tensión que –según se deduce de sus palabras- no le generó desequilibrio alguno y que le permitió adentrarse en la forma narrativa occidental por excelencia, la novela. Medio con el que ha dado voz a los personajes –con sus circunstancias, vivencias y valores- que habitan la ciudad en que nació y que protagonizan buena parte de su obra, Estambul, y que desde allí viajan a lo largo y ancho del país o se trasladan a otras partes del mundo.

Un ejercicio de consciencia, resultado también de la constancia con que ha practicado la escritura, su pasión y dedicación, y su manera de ser en la vida. Un trabajo que el autor de El museo de la inocencia practica desde hace más de cuatro décadas en estricta soledad, encerrado en una habitación durante diez horas diarias. En el que tiene en mente tanto a los autores a los que admira, Montaigne o Dostoievski, como a los lectores que se adentran en sus historias y con los que siente conformar una comunidad, independientemente de dónde estén. Que le permite dar forma expresiva a ese mundo aparentemente invisible pero que está ahí fuera y que percibe a través de las emociones y sensaciones que le genera, materializando así realidades que de otra manera no llegaríamos a conocer, perdiendo la ocasión de enriquecernos con lo que nos hacen reflexionar sobre nosotros mismos a partir de ellas.

La maleta de mi padre, Orhan Pamuk, 2007, Literatura Random House.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

«¿Quién teme a Virginia Woolf?» de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

«Un enemigo del pueblo» de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

«La zapatera prodigiosa» de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

«La chunga» de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

«Tales from Hollywood» de Christopher Hampton

Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

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Han pasado 35 años desde que el autor de la famosa adaptación de Las amistades peligrosas estrenara en Londres este texto ambientado en Los Ángeles. Pero no suena a 1983 sino a 1940, y no solo porque esta sea la década en que transcurre su historia, sino porque tiene la fuerza y la atemporalidad de los clásicos. Sus veintidós escenas están llenas de claroscuros de cine negro, de complejos conflictos personales y comportamientos, respuestas y reacciones auténticas reflejadas en frases sencillas pero llenas de contenido, que generan una potente y envolvente atmósfera.

En sus diferentes escenarios –incluyendo habitaciones de motel, fastuosas mansiones con piscinas que recuerdan a la del asesinato del Sunset Boulevard de Billy Wilder o restaurantes como los de los cuadros de Edward Hopper- se bebe, se come, se fuma, se escribe y se discute mucho. Los recién llegados -exiliados según unos, emigrantes para otros- desde Alemania, Hungría o Francia buscan cómo ganarse la vida adaptándose a un lugar donde la escritura ya no es una labor artesana –la del literato- sino casi industrial –la del guionista cinematográfico-. A un lugar donde lo que se busca es la rentabilidad económica y causar una buena impresión y no generar debate intelectual o nuevo planteamientos con los que dar respuesta a los dilemas éticos de la humanidad.

Hampton pone de relieve cómo algunos se adaptaron sin problema a aquellas exigencias, he ahí el Premio Nobel Thomas Mann, sirviéndose de ellas para lograr el éxito, y cómo otros fueron fieles a sus principios, valgan su hermano –y también escritor- Heinrich o Bertold Brecht como ejemplo y a los que el destino no les deparó el mismo resultado. Historias personales afectadas por las circunstancias de un mundo violento, que en Europa asesinaba a judíos y en EE.UU. ya abandonaba en la calle a todo el que no tuviera dinero y trataba como potenciales delincuentes a los provenientes de zonas de conflicto (entonces gobernaba Roosevelt, cuando Hampton escribió Tales of Hollywood lo hacía Reagan y hoy es Trump quien vive en la Casa Blanca, parece que no ha habido tanto cambio).

El personaje de Hörvarth es un guía eficaz y un narrador solvente en de una obra plagada de diálogos soberbios. La pequeña comunidad europea protagonista despliega una completa y profunda serie de temas, puntos de vista, reflexiones, valores y visiones sobre los fundamentos y motivaciones de sus vidas –personales, laborales, familiares- que hacen que éstas parezcan  casi elementos alienígenas ante el escaparate de la simpleza materialista y el éxito capitalista que ya era entonces Norteamérica, siendo el mundo de fantasía de sus películas su máximo exponente.

Un escaparate de épica y optimismo que hace aún más dramáticos los conflictos morales de aquellos que no encajaron con su propuesta y que vieron cómo tras el fin de la II Guerra Mundial debían renunciar a sus posicionamientos políticos si querían trabajar en la industria del cine y vivir en suelo californiano.  Todo ello visto desde el enfoque ágil, pero no por ello lúdico, de Hampton, que demuestra ser un genio de la escritura teatral al tiempo que rebela cómo hay cuestiones en el comportamiento individual –la búsqueda del reconocimiento como primer objetivo- y en nuestra organización colectiva –la exigencia de posicionarse ideológicamente del lado oficial- que se repiten de manera continua a lo largo de la historia.

Tales from Hollywood, Christopher Hampton, 1984, Faber & Faber.