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“Jauría”, cinco contra una

Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.  

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Para elaborar el texto de Jauría Jordi Casanovas se ha valido de las transcripciones de distintas sesiones del juicio de La Manada, así como de fragmentos de las sentencias. Tanto de la dictada por la Audiencia Provincial de Navarra en abril del pasado año como de la posterior del Tribunal Superior de Navarra en el mes de diciembre. En la hora y media de función no hay recreación alguna, tan solo se ha editado cuanto ya sabíamos para darle forma dramática, pero respetando su cronología y su integridad textual.

Una explosiva combinación de puntos de vista y relatos que Miguel del Arco ha puesto en pie con total pulcritud. Sin intervenir sobre ellos. Facilitando que todos queden perfectamente expuestos para que los espectadores entendamos que tras la simpleza de un titular, la brevedad de una noticia o la edición de un reportaje periodístico, hay hechos objetivos y prismas subjetivos que solo se pueden conocer e integrar si escuchamos el relato en primera persona de los que lo vivieron. Cuando se confrontan entre sí nos permiten llegar a una verdad, que aún así -como pudimos comprobar- siempre es susceptible de ser interpretable por el sistema judicial.

Jauría comienza con el relato de lo que sucedió aquella madrugada del 6 de junio de 2016, contraponiendo a víctima con victimarios. La espontaneidad, la sorpresa y el shock de ella encajan con estupor con la premeditación, el egoísmo y la frialdad de ellos. Hasta aquí algo similar a un careo muy bien construido en el que la verosimilitud cae del lado de la naturalidad, la modestia y la humildad con que la joven madrileña expone su vivencia. Nada que ver con falta de empatía, cero escucha y nula consideración que muestran los andaluces por la que dicen que fue su partenaire.

Pero donde esta función se hace fuerte es a continuación, cuando se representa el interrogatorio que los abogados defensores de los acusados le realizaron a aquella mujer de 19 años. Cuando ya no se expone lo que pasó sino cómo se intentó interpretar, yendo más allá de la contraposición de puntos de vista para valorar con simpleza los comportamientos y respuestas femeninas bajo un prisma subrepticiamente androcentrista. Jugando ásperamente con las palabras para hacer parecer goce, disfrute y manipulación lo que había sido violación y continuaba siendo herida y dolor.

Es en esta parte donde la incomprensión y el rechazo que suscita la violencia física y sexual se transforma en una atmósfera densa y dura, en un lastre para la conciencia ante la incredulidad de que se pudiera humillar aún más a quien habían forzado, desnudado y utilizado cruelmente sin su consentimiento. Es entonces cuando Jauria destroza el escenario y estalla en nuestras conciencias haciendo que nos preguntemos qué clase de sociedad avanzada somos, dónde queda la humanidad frente a la frialdad de la burocracia y, sobre todo, dónde estaríamos cada uno de nosotros en una situación como esa y en qué medida nuestra pasividad individual y ligereza ciudadana nos hace cómplices de episodios como este.

Sin salirse en ningún momento de lo dicho estrictamente ante el tribunal, Jauría sigue, mostrándonos que un juicio es más que una sucesión de declaraciones. Es una vuelta atrás, obligada y en la más estricta soledad, a un pasado reciente que desearíamos no hubiera ocurrido. A un punto de inflexión en el que la vida se tornó sin saber cómo ni por qué en algo gris, sucio y feo. A un instante en el que contemplamos con estupor como algunos fueron jaleados por presumir de la puta pasada que habían protagonizado, mientras que otra era culpabilizada por intentar superarlo. Un golpe en la mesa, una bofetada en la cara, una ruptura del tiempo y del espacio, del aquí y ahora, seguida de un sordo y negro silencio.

Una función puesta en pie por un elenco -Fran Cantos, Álex García, María Hervás, Ignacio Mateos, Raúl Prieto y Martiño Rivas- que funciona como si se tratara de un cubo de Rubik perfectamente engranado. Adoptando con absoluta versatilidad y precisión el amplio espectro de actitudes y tonos anímicos que demandan los muchos movimientos y combinaciones que se muestran del universo de cinco contra una que se formó aquella noche en Pamplona.

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Jauría, Teatro Kamikaze (Madrid).

10 funciones teatrales de 2016

Obras representadas por primera vez y otras que ya han tenido varias temporadas a sus espaldas; textos actuales y clásicos; montajes convencionales e innovadores; autores españoles, ingleses, canadienses, italianos, argentinos,…

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Hamlet. Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Home. Parecen inalcanzables cuando están sobre el escenario de un gran teatro, sin embargo, los bailarines de la Compañía Nacional de Danza resultan tan o más grandes, y su trabajo aún más bello, hipnótico y seductor cuando puede ser disfrutado en un reducido espacio como es el de La Pensión de las Pulgas. En su interior no existen distancias ni jerarquías entre intérpretes y espectadores y todos juntos se integran en este hermoso espectáculo.

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Tierra del fuego. Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Cinco horas con Mario. Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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El laberinto mágico. Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

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Los desvaríos del veraneo. Un texto clásico hecho actual con elementos que le aportan ritmo, gracia y frescura. Una compenetración entre sus nueve intérpretes que consigue que todo cuanto sucede sobre el escenario esté lleno de vida, que sea fluido y espontáneo, como si no tuviera otra manera de ser. ¿Resultado? Un público entregado y dos horas de sonrisas, risas y carcajadas sin parar.

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Incendios. El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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Reikiavik. Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye esta obra. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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La función por hacer. El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Todo el tiempo del mundo. Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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“Incendios”, la asombrosa dureza de la verdad

El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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La función comienza en la oficina de un notario que le cuenta a dos hermanos gemelos la última voluntad de su madre. Su reciente orfandad acrecienta el abandono que sintieron durante los últimos cinco años, tiempo en que su progenitora no habló ni interactuó con ellos de ninguna manera. Les son entregados dos sobres que han de hacer llegar en mano a sus destinatarios, uno al hermano que no sabían que tenían y otro al padre que nunca conocieron. Comienza entonces una búsqueda en la que esperamos se desvele el enigma que encabeza el programa de mano de estos Incendios en el Teatro de la Abadía, “La infancia es un cuchillo clavado en la garganta”.

El calendario retrocede varias décadas atrás, hasta un país árabe en el que vemos enamorarse a dos jóvenes. Pero lo bonito del amor dura poco, el conflicto, la guerra, la destrucción, el llanto y la separación ocupan su espacio a la fuerza, destruyendo, eliminando y dominando cuanto les sea posible. Un terreno oscuro, violento y peligroso en el que Laia Marrull avanza poniendo toda su fuerza, energía y voluntad encarnando a esa madre que escapaba del horror por el camino más difícil, introduciéndose en él para buscar al hijo que le arrebataron al nacer.

Cuando volvemos al presente más cercano,  Nuria Espert es esa mujer que hace balance de su vida, para la que ya nada es bueno o malo, sino una combinación de opuestos y de mil matices, detalles, tonalidades y grados en unas intervenciones absolutamente perfectas. Cada frase, palabra y sílaba que pronuncia está dotada de una locuacidad y riqueza de significados que hace que el aire de la sala se convierta en una atmósfera de sensaciones y emociones unificadas bajo cuyo influjo todos sus espectadores sufren la variante teatral del síndrome de Stendhal.

Carlota Olcina y Alex García son las dos caras de las consecuencias de todo aquello, ella es la que está dispuesta a volver atrás para completar los vacíos de información y él quien no quiere saber nada, a quien el dolor reciente le hace renegar de quien viene y no querer saber ni el cómo ni el de dónde. Pero el mandamiento de la lealtad y el sentido de la oportunidad hace que la hija investigue en la línea biológica para completar no solo su línea vital, sino también la más amplia de su familia. Un proceso que se convierte en símbolo de todos aquellos que como ellos ya no esperaban a ser parte de una sociedad, sino únicamente conseguir huir del horror y la destrucción.

Un periplo en el que se encuentra a una serie de personajes de una única aparición encarnados por los mismos intérpretes que ya hemos visto en otros papeles, en lo que es una muestra de la enorme capacidad de este elenco y de su sobresaliente dirección por parte de Mario Gas. Un trabajo que acrecienta las muchas dimensiones –temporales, personalidades, vínculos, motivaciones,…- del profundo e inteligente texto de Wajdi Mouawad  que demuestran que el teatro –tanto leyéndolo como siendo testigo de su representación- puede ser una vía de llegar a una verdad humana a la que por otras rutas quizás no fuéramos capaces de llegar.

“Kiki. El amor se hace” y se disfruta

Fresca, divertida, cachonda, espontánea, tan natural como lo son el sexo, la vida y las relaciones cuando las dejamos fluir libres de etiquetas, poses y prejuicios, bien hecha, bien contada, bien interpretada.

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La doble entrega de las aventuras de Carmina demostró que Paco León tiene poco pudor y aún menos vergüenza, que los prejuicios son cosa ajena a él y que su propuesta es acercarse a la vida y a las personas tal cual somos. Dicho esto, si algo nos hizo venir al mundo, nos da ratos de satisfacción y alegría –cuando no de felicidad transitoria- y supone un continuo estímulo para superar cuanto obstáculo nos surja por el camino, eso es el sexo. Así que únase este tema como hilo conductor, la manera de ver el mundo del amigo León y lo que ha aprendido tras dos producciones tras la cámara y el resultado que obtenemos es una de las mejores comedias vistas en mucho tiempo.

La primera secuencia, con ese collage de imágenes uniendo el comportamiento sexual humano y el animal demuestra que dos de los aspectos muy cuidados de Kiki. El amor se hace son su montaje y su fotografía. Cada encuadre está en ese preciso punto en el que se sitúa al espectador dentro de la escena, pero con la suficiente prudencia como para ser un testigo invisible de cuanto esté ocurriendo. Cada plano muestra lo que es necesario, dejando todo el protagonismo a los hombres y mujeres que transitan por ellos, seres de carne y hueso entre los que destila una química que va más allá de sus coordenadas para desparramarse entre los espectadores que llenan la sala. Lo de Natalia de Molina y Alex García, o lo de Candela Peña y Luis Callejo son auténticos fuegos artificiales. Un magnetismo como el que se da entre Luis Bermejo y Mari Paz Sayago, o entre Alexandra Jiménez y David Mora incluso con pantalla de por medio. En definitiva, magia, un porque sí irracional, sin aparente lógica, pero es ver juntos a Belén Cuesta, Ana Katz y Paco León y todo funciona.

Un acierto notable es no contar una única historia sino hasta cinco independientes, sin cruzarse entre ellas, tan solo quedando unidas por compartir dimensión espacio-tiempo al final de la proyección. El guión que nos va llevando de unas a otras está estructurado para darnos una visión tan completa como panorámica de lo que es la intimidad y el papel que el sexo tiene tanto en su consecución como en su consolidación. Y este, ¿qué es? ¿En qué consiste? Aparentemente, cada una de las relaciones que vemos en pantalla tiene como ingrediente una filia sexual que podríamos considerar rara, extraña, poco o nada convencional. Adjetivos calificativos que se caen y se esfuman gracias al humor dialogado y gestual que llenan cada secuencia y que demuestran que en esta vida lo normal es lo que hagamos que sea normal, y que lo raro será aquello a lo que le neguemos luz y palabras, aunque seguirá siendo parte de nosotros.

Y lo que corona esta película de principio a fin, lo que la hace grande, entretenida y divertida es su gracia, el desparrame de ingenio y de finura para hacer alegre cada momento. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos cada acontecimiento tiene el potencial de una sonrisa, de una carcajada si es acompañado. Y si es con deleite físico, mejor aún. De ahí a hacer de un roce una emoción, de una caricia una sensación, de hacer el amor el goce de vivir, va solo el ponerle la voluntad, las ganas y el buen humor de Kiki.