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“El lápiz del carpintero” de Manuel Rivas

Una narración que, además de los hechos, abarca las emociones de sus protagonistas y sus preguntas y respuestas planteándose el por qué y el para qué de lo que está ocurriendo. Un viaje hasta la Galicia violentada en el verano de 1936 por el alzamiento nacional y embrutecida por lo que derivó en una salvaje Guerra Civil y una despiadada dictadura.

El pasado no es solo lo que ocurrió, las palabras con las que fijamos lo que permanece en nuestra memoria, sino también las sensaciones que nos provocan los recuerdos de lo que vivimos. Esas huellas en nuestra piel, esas reacciones inconscientes que nos hacen fruncir el ceño, sonreír, cruzar los brazos o que nos abrillantan la mirada son las que determinan el carácter de lo que nos sucedió y nos hacen recordar cómo hemos llegado a ser quienes somos. Este es el principio con el que Martín Rivas parece articular el relato de Herbal, un hombre reservado y de pocas palabras, pero abierto y locuaz cuando se le escucha y no se le exige.

Desde su presente al cargo de la tranquila rutina de un club de carretera, nos retrotrae hasta ese tiempo en que, por inercia, por desconocimiento o por no tener otra opción, formó parte de aquella España dividida en la que –al margen de la contienda militar en el frente de batalla- hubo quien espió, encarceló, torturó y asesinó sin razón ni motivo ni justificación. Así fue como su destino -tanto físico como psicológico- quedó unido al de aquellos en cuyas biografías se inmiscuyó violentamente, convirtiéndose desde su posición de carcelero en testigo de sus vidas, cómplice de sus acciones y parásito de la energía de sus motivaciones, lo que constituye el verdadero corazón e hilo articulador del corpus de esta novela.

Una de esas víctimas fue el artista a través del que le llegó el elemento que da título a sus andanzas, El lápiz del carpintero. El otro fue el médico Daniel Da Barca, republicano y médico comprometido tanto con sus ideales políticos como con el código deontológico de su profesión. De manera muy sutil, Rivas nos muestra cómo, a pesar de la distancia ideológica y el imperativo de las normas, la humanidad encuentra su sitio. El primero se le mete en la cabeza y se convierte en el filtro a través del cual detectar la belleza que nos puede deparar nuestro alrededor. Del segundo apenas se separa, convirtiéndole así en un referente de cómo afrontar estoicamente todo lo malo que nos pueda ocurrir cuando el amor está de nuestra parte, cuando amamos y somos amados.

Así es como se va tejiendo una historia en la que la cuidada descripción de los escenarios en que transcurre la acción se entremezcla con el relato de acontecimientos hoy ya históricos, referencias literarias -con las consiguientes notas líricas, prosaicas, espirituales y etnográficas a que estas evocan- y lo más mundano del ser humano. Sus aspiraciones y su capacidad para lidiar con los múltiples obstáculos que se encuentra por el camino hasta llegar a convertirlas en realidades en las que pueden llegar a convivir, a partes iguales, la brutalidad, el afecto y el instinto de supervivencia. Eso que a veces es la vida, que se puede dibujar con el lápiz de un carpintero o narrar como lo hace Manuel Rivas.

El lápiz del carpintero, Manuel Rivas, 1998, Editorial Alfaguara.

“Ava en la noche” de Manuel Vicent

Un echar la mirada atrás desde la ensoñación y la recreación motivadas por las varias décadas transcurridas desde que el joven David llegara a Madrid dispuesto a conocer a la condesa descalza y a iniciarse profesionalmente en el celuloide. Un relato con aires de costumbrismo e intenciones cronistas, pero más cercano a la mitificación y la leyenda cinematográfica.

Los pactos de Madrid de 1953 permitieron que el gobierno de Eisenhower se instalara militarmente en España. De paso, trajeron también consigo los hábitos consumistas y las costumbres publicistas de la primera potencia mundial, productoras que rodaron en nuestro país películas plagadas de centenares de extras y aviones por cuyas escalerillas descendieron en Barajas estrellas de la talla de Lana Turner, Orson Welles o Frank Sinatra. Pero si hubo una mujer cuyas andanzas en la capital hicieron correr ríos de tinta, esa fue Ava Gardner, de la que Vicent se declara admirador, súbdito y devoto en esta novela y cuyo protagonista debemos presuponer es, en buena medida, un alter ego suyo.  

No se trata de auditar su propuesta para averiguar cuánto hay en ella de biográfico y recordado, de crónica y evocación, así como de ficción porque seguro que es todo ello a la vez. Lo importante es lo que construye y consigue con ello. Lo primero es elaborar un relato de aquel tiempo en que todo denotaba ser resultado de una brutal contienda, motivo por el que las notas de color -como todo lo que tuviera con ver con lo artístico o lo estético- o las posibilidades materiales -siempre ligadas al poder adquisitivo- eran ensalzadas y percibidas con mayor brillo del que tuvieran per se. Lo segundo es una reflexión bien trazado de lo que suponía crecer y madurar en aquellas coordenadas, aunque demasiado contagiado de ensoñaciones fílmicas.

A este lado de las páginas parece que Manuel Vicent juega con acercamientos a la metaliteratura –un aspirante a director y guionista con un cuaderno en el que toma notas de la misma realidad que nos es narrada-, el verismo -las escenas en el Bar Chicote y en el Café Gijón- de aquel que ejerce de intermediario entre lo que ocurrió y quien no tuvo la oportunidad de estar allí, y el cronista conocedor de aquel tiempo y lugar -los crímenes de Jarabo- y que se sirve de los datos y las anécdotas que ha tomado prestadas -sobre todo en lo referente a la Gardner- de toda clase de fuentes -orales, escritas, oficiales y clandestinas y casi nunca confirmadas o difícilmente contrastables-.

Cierto es que Ava en la noche carece de pretenciosidad alguna y no se propone más que testimoniar cómo se formulan los sueños y los caminos por los que nos llevan cuando intentamos materializarlos. Una nebulosa cargada de nombres con solera, más bocetados que caricaturizados, generando una sensación de proyección sobre una gran pantalla cercana al cuento. Una narración que torna en fábula amable cuando deja a un lado el sentir y la percepción de quien nos guía, así como la lectura amable o condescendiente de sus circunstancias y pone el foco en las coordenadas dramáticas en que se encuentra. Una combinación de puntos de vista que, en el fondo, no deja de ser una manera de recordar y revivir.

Ava en la noche, Manuel Vicent, 2020, Editorial Alfaguara.

“La vida a ratos” de Juan José Millás

Surrealista, onírico, ¿irreal?, sincero, absurdo, neurótico y hasta un poco paranoico. Diario, autobiografía, transcripción psicoanalítica e, incluso, un poco de juerga y fiesta daliniana. En primera persona como manifiesto de sí mismo, para comprobarse en el reflejo del papel, para liberar al yo que nunca permite mostrarse en público. Tres años de terapia y escritura automática, pero también de juegos con el lenguaje y el sentido de la realidad.

Juan José Millás no es solo el autor de esta novela, también es su protagonista. Pero aunque ambos tienen el mismo nombre y apellido, quizás no sean la misma persona. Puede que el Millás personaje no sea más que un recurso del Millás autor para liberarse y practicar una escritura menos narrativa, aunque sin dejar de serlo, y más estilística de la que se podría esperar de un novelista. O quizás el altavoz Millás sea el Millás escritor que quiere seguir en la ficción pero esta vez se ha dado el capricho de emplear horas y horas gastando tinta o aporreando el teclado pensando en un único lector, él mismo.

O quién sabe, lo mismo lo que ha hecho en La vida a ratos es tratarnos como si fuéramos la psicoanalista a la que visita todas las semanas y contarnos todo aquello que ha supuesto nos relataría si estuviera tumbado en el diván de nuestra consulta. El resultado es algo que aúna el absurdo de lo que no siempre guarda una lógica que lo explique y mecanismos surrealistas como la irracionalidad de muchas de sus situaciones, la excusa onírica en que se encuadran otras tantas y la escritura automática con que se hilvanan.

Un cruce en el que no está claro dónde quedan la credibilidad, la verosimilitud y el realismo a la hora de contarnos lo que supuestamente le pasa en su día a día. De entrada sorprende, provocando incluso una amalgama de reacciones hasta enfrentadas por no tener la certeza de qué pretende Millás. Si mostrarse naif como resultado de su falta de pudor y de haberse liberado, con humor y sin miedo a rozar el patetismo, del filtro de las formalidades. Si liberarse de las convenciones y avanzar sin rumbo definido y dejarse sorprender por lo que le surja en el camino. Cabe pensar incluso si está construyendo un gran relato a base de microrrelatos en los que combina vivencia y reflexión, recuerdo e introspección, proyección y reinterpretación.

Pero según se suceden las jornadas de los algo más de tres años que abarca La vida a ratos, si nos liberamos de nosotros mismos como hace él, de nuestras exigencias de saber dónde estamos y a dónde vamos, qué se nos pide y qué se nos dará, qué tenemos y qué seremos. Si cuando nos surgen cualquiera de esas interrogantes optamos por ignorarlas, su lectura fluye de manera tan libre, alegre y espontánea como lo hace lo que le da título a su narración, la vida. Es entonces cuando comenzamos a ver que no hay diferentes Millás, sino distintas capas de uno mismo entre las que nos podemos adentrar para estar igual de cerca del hombre que es y siente que del que piensa y escribe y del que vive y se relaciona con su mujer, sus alumnos y sus amigos.

La vida a ratos, Juan José Millás, 2019, Editorial Alfaguara.