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“Copenhague”, epicentro nuclear

Un gran texto que plantea la confluencia de la Historia, la física, la ética, el afecto, el futuro, la vida y la muerte durante el encuentro de dos científicos. Un montaje que con destreza expone la multitud de realidades, emociones y principios personales y políticos que se vivieron tanto en aquel pasaje como en su anterioridad y posterioridad. Un trío de actores sólido que con sus diálogos y narraciones exponen cuanto sus personajes piensan, sienten, intuyen y desean.

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En 1941 dos físicos se reúnen en la capital danesa. El alemán Heisenberg visita a su antiguo profesor, el local Bohr. Un encuentro marcado por la ocupación nazi, por la condición de judío del segundo y por las investigaciones de ambos sobre la energía nuclear. Años después la II Guerra Mundial concluiría con el lanzamiento de los americanos de dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, mientras que el régimen de Hitler nunca llegaría a desarrollar armamento semejante. La premisa de Copenhague es clara, ¿tuvo algo que ver lo que se dijeran o compartieran aquel día en este devenir de la Historia?

El texto de Michael Frayn afronta aquel encuentro desde múltiples perspectivas. La cronológica, contándonos cómo se conocieron en 1924 y cómo se volvieron a encontrar tras el fin de la guerra. La científica, el deseo de llegar a más. La creativa, las vueltas que le dieron a lo que tenían entre manos para hacer posible lo imposible. La política, ¿en manos de quién lo iban a poner? La ética, ¿eran conscientes de las posibilidades destructivas que aquello podía suponer? La personal, ¿y si ellos mismos o los suyos estaban entre los afectados por su uso bélico? Y cada una de estas preguntas con dos puntos de vista, el de los aliados y el de los nazis. Y con dos posibles respuestas, la que se hubiera podido dar durante la contienda y la de después, con el conflicto ya acabado.

Un mar de interrogantes entremezcladas, entrecruzadas por el afecto, pero también por la sospecha y la incertidumbre que Claudio Tolcachir logra exponer con total claridad, pero respetando al tiempo la complejidad de la propuesta de Fray. Permitiendo la pedagogía con que se explica la argumentación científica, pero sin hacer de ello una introducción para ajenos a la materia. Dándole a los dos hombres y la mujer de su función el espacio suficiente para que muestren la racionalidad de la labor investigadora y los conflictos que surgen tanto por sus dilemas éticos como por el miedo vivido. Un desestabilizador panorama de opresión ideológica y necesidad de autodefensa, dudan hacer lo encomendado o resistir con la convicción de estar actuando correctamente.

Una oposición entre lo moral y lo deontológico, entre maestro y alumno, entre el bien y el mal, el deber y el afecto, la libertad y el sentido de pertenencia (a la familia, a una comunidad con intereses comunes, a una patria) que se vive como algo profundamente real gracias a las excelentes interpretaciones de Emilio Gutiérrez-Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez. Ellos son los que consiguen -con sus diálogos y sus apelaciones e intervenciones como narradores- que hagamos nuestra la zozobra que viven sus personajes, que nos pongamos en su lugar y nos planteemos que hubiéramos hecho de estar en su lugar, cómo hubiéramos actuado, por qué posibilidades hubiéramos apostado y a qué hubiéramos renunciado de haber sido uno de ellos aquel día de 1941 en Copenhague.

Copenhague, en el Teatro de la Abadía (Madrid).

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“Los pacientes del doctor García” de Almudena Grandes

La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Almudena Grandes le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

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El bando nacional contó con la participación activa de las potencias del Eje para ganar la Guerra Civil. Y aunque nunca se reconoció oficialmente, la Alemania nazi y la Italia fascista se vieron apoyadas por Franco tanto durante la II Guerra Mundial como tras su derrota. Una afirmación que se sostiene en episodios conocidos -la División Azul- y otros muchos aún por divulgarse para que tengamos una imagen más real de aquel tiempo en que España convirtió su territorio, sin necesidad de levantar muros, en una gran cárcel para sus muchos millones de habitantes. Una oscuridad a la que le pone luz Los pacientes del Doctor García y su exposición de cómo Madrid se convirtió en destino y/o ciudad de paso para algunos de los exaltados de la raza aria que huyeron de su país natal tras la victoria de los aliados.

Grandes lo hace combinando la autenticidad de la Historia -los hechos reales sustentados en fechas, lugares y nombres propios- con la de las personas -los objetivos, las emociones y las relaciones-. Ambas dimensiones se funden en el extraordinario caudal de su narración, un fluir en el que su prosa se adentra por cuantos lugares geográficos y temporales sea necesario para integrar de manera plena los contextos que van más allá de los personajes y las vivencias que conforman sus personalidades. De esta manera consigue que su historia no sea algo pasado, sino un hecho presente y profundamente vivencial que va tomando forma a medida que se desarrollan las aventuras y desventuras de los muchos hombres y mujeres que la habitan, llevándola por un camino incierto que se siente aún por escribir y que no saben si es en la dirección correcta.

Sin ocultar lo que es imaginación ni adjetivar calificativamente lo real, Almudena vehicula con su excelente prosa lo que no sabemos cómo sucedió exactamente en unos protagonistas totalmente verosímiles. Y lo son por la riqueza con que son presentados y contextualizados, por la precisión con que se describen sus pensamientos y acciones, y por la coherencia con que se les sigue (en España, Alemania, Rusia, Suiza o Argentina), retrata y explica tanto su rol como su aportación a lo largo de las varias décadas que transcurren en Los pacientes del Doctor García.

Un título que no solo prorroga el relato de los anteriores episodios (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita), sino que enriquece la labor divulgativa que se realiza a través de todos ellos. Un ejercicio de memoria histórica honroso con los que vivieron aquellos tiempos tan difíciles, y una propuesta literaria muy instructiva para los que nacimos en años posteriores y a los que se nos ha contado bien poco de aquellos entonces.

Los pacientes del Doctor García, Almudena Grandes, 2017, Tusquets Editores.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”

Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

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Por mucho tiempo que pase los testimonios en primera persona de cuantos vieron sus vidas arrasadas por la II Guerra Mundial seguirán agitando nuestras conciencias. Cierto es que cabe el riesgo de que acabemos, si no lo estamos ya, inmunizados y nos suenen todos iguales, de que nos parezcan más el argumento de una ficción que algo que no solo pasó, sino que puede volver a ocurrir (parafraseando a Primo Levi). Mauthausen tiene la virtud de sorprendernos aun contándonos una historia que en líneas generales ya conocemos, de emocionarnos a pesar de haber escuchado y visto anteriormente narraciones similares.

Y lo logra porque no pretende mitificar a su protagonista, sino mostrarlo con veracidad, no como un héroe, sino como alguien que no tuvo más opción que sobrevivir. Una y otra vez, porque no fue en una única ocasión, un momento puntual, en que vio su vida peligrar. La Guerra Civil española le pilló en La Línea de la Concepción, su llegada a nado a Gibraltar para huir de los fusilamientos aleatorios, el paso andando al otro lado de los Pirineos a mediados de 1939, estar prisionero en una playa en la que tenía que cocinar con agua del mar, enrolarse en el ejército francés para hacer frente al enemigo alemán y ser abandonado por los mandos, verse en un vagón de mercancías, en un barracón lleno de piojos, tras una alambrada electrificada con una simple camisa a muchos grados bajo cero.

Acontecimientos que transmite sin imposturas físicas ni discursos reformulados a posteriori para impresionar, sino trasladándose hasta aquel duro entonces con el gesto y con la piel, con la verosimilitud de las imágenes que quedaron grabadas en sus retinas. Evocando a la manera de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido), con buen humor y sencillez, las conversaciones cotidianas que surgían en esas circunstancias, pero recordando también tanto lo salvaje crudeza de sus verdugos como las valentías anónimas de las que muchos fueron capaces. Ya fuera por no perder la esperanza de salir de aquella, por dejar prueba de lo que estaba ocurriendo o por mantener la ilusión de volver a vivir algún día en paz y libertad.

La dirección de Pilar G. Almansa se centra en lo nuclear, en que lo que Manuel cuenta sea lo protagonista, pero asegurándose de que nos llega y entendemos su magnitud, tanto la que compartimos todos, la humana, la de la civilización a la que pertenecemos, como la suya propia, la individual, la de la experiencia que le marcó y que supo superar e integrar tanto en su bagaje de vida como en su personalidad. La continua transformación del escenario en cuanto es necesario gracias al uso de la luz, la música, los efectos sonoros y unos escasos elementos escenográficos (una escalera, una silla, una mesa, unos pares de zapatos, una alambrada, unos palos y unos focos) solo se puede definir como exitosamente inteligente.

Una doble labor que se compenetra a la perfección con Inma González. Sea por su capacidad como actriz, sea por su deseo de honrar, homenajear y dar voz a su abuelo, su interpretación es excelente. La habilidad con que maneja los recursos que tiene a su alcance y la fluidez cercana a la danza con que se mueve sobre el escenario, sumada al amplio abanico de estados de ánimo que transmite, convierten la experiencia de ser espectador de Mathausen en algo vibrante y profundamente emocionante. La voz de mi abuelo consigue esa magia que solo el teatro sobresaliente es capaz, fusionar el alma y el corazón de Manuel con la de aquellos que han ido a conocerle.

Mathausen. La voz de mi abuelo, Nave 73 (Madrid).

“Todos eran mis hijos” y el sentimiento de culpa, de Arthur Miller

Una genialidad teatral sobre los distintos tipos de familias –las de padres, hijos y hermanos, así como las formadas entre vecinos, amigos o compañeros de trabajo- que conforman nuestro entorno habitual. Diálogos que fluyen con naturalidad en tres actos perfectamente estructurados que muestran la convivencia, las diferencias y el conflicto entre la fachada y el interior, tanto de cada uno de sus protagonistas, como de las relaciones entre ellos.

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Aún se sienten las vibraciones generadas por el estreno de Todos eran mis hijos en Nueva York en 1947. Aunque esté ambientada en una ciudad norteamericana habitada por una clase media que comienza a dejar atrás el recuerdo de la II Guerra Mundial, el mundo humano que alberga tras estas circunstancias es de una absoluta universalidad. Al hogar formado por Joe y Kate junto a su hijo Chris, le falta su otro vástago, Larry, un piloto militar en paradero desconocido desde hace más de tres años. Una ausencia que su madre espera que se resuelva positivamente, esperanza que sostiene exigiéndole a los suyos la pausa permanente de su reloj vital.

Una pantalla dramática que aparentemente consume todo el oxígeno del aire que se respira en este tranquilo hogar. Pero a medida que se suceden las escenas se revela como un filtro tras el que se esconden para evitar hacer frente a una realidad que todos conocen, pero de la que nadie habla y que va tomando forma progresivamente. Primero con el contraste que aportan los vecinos, personas con comportamientos más espontáneos y en cuyas intervenciones transmiten la variabilidad y evolución de sus vidas. Después, por la constante tensión que generan las imposiciones dinásticas, ruegos emocionales y peticiones de permiso en que se basa la relación entre los tres, tanto en su conjunto como en sus combinaciones binarias, ya sea entre los esposos como entre el padre o la madre y su descendiente y heredero.

Una situación que saltará por los aires con la entrada en escena de los hijos de sus antiguos vecinos, amigos y socios, los Deever, poniendo al descubierto los dos acontecimientos, con el común denominador de la muerte, allí obviados. La desaparición de un ser querido cuyo duelo aún no se ha realizado, y el homicidio de una serie de jóvenes soldados motivada por la codicia empresarial. Situaciones entrelazadas en una endemoniada simbiosis y sin posibilidad alguna de ser resueltas de manera independiente por las similitudes, puntos de unión y reflejos entre ambas.

Un pozo de dolor y culpa, así como de negación, tras el que se esconden un debate tan importante como es el de los límites de la lealtad a la familia –además de la misión de crear una, como Arthur Miller expondría tiempo después en El precio o Después de la caída– y a la patria –con su lado oscuro, algo que volvería a tratar en The archbishop’s ceiling-, valores muy norteamericanos y especialmente sensibles tras el conflicto acabado poco tiempo atrás.

Una complejidad que solo un genio como Miller es capaz de presentar, desarrollar y concluir con la pulcritud argumental con que él lo hace, ofreciendo la información necesaria y en el momento adecuado, aumentando de manera controlada la tensión y transmitiéndola y contagiándola con el mismo nivel de intensidad.

Todos eran mis hijos, Arthur Miller, 1947. Tusquets Editores.

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“El capitán”

Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad. 

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Hoy identificamos los últimos días del mes abril de 1945 como los del final de la II Guerra Mundial, pero en las jornadas previas es probable que todos aquellos que hubieran apoyado al régimen nazi o luchado a su favor, contemplaran lo que se veía venir como una debacle sin posibilidad de salida o enmienda. El Führer había preparado a los suyos únicamente para la victoria y el ejercicio del poder, hasta tal punto que muchos se negaron a reconocer lo que estaba ocurriendo. Pero las sucesivas derrotas y la entrada del enemigo en tierras patrias hicieron que se comenzar a extender de manera subrepticia el germen de la orfandad, a notarse la falta del liderazgo vivido en la última década. Los ciudadanos comenzaron a aplicar la justicia por su cuenta y algunos de ellos, incluso, tomaron en vano el nombre de Adolf Hitler.

Un clima de “ojo por ojo y diente por diente” que Robert Schwentke muestra en acongojadas escenas nocturnas y en el que el joven soldado Willi Herold apostó a lo más alto para salvar su vida. Una jugada que le salió favorable en su primera ronda, haciéndole caer en la tentación de tomar como éxito merecido lo que no había sido más que suerte efímera. Una esquizofrenia que El capitán muestra con una mirada entre el análisis antropológico y el retrato psicológico.

Un ego vestido de soberbia –la de creerse que le pertenecen los galones del traje que se ha encontrado y que le permiten actuar con total impunidad- tras cuya endeble presencia se esconde la realidad de una mente manipulada por el nacionalsocialismo, de una conciencia debilitada por el frío y el hambre y de un instinto dominado por el afán de supervivencia. Una combinación que se vale de la mentira, la manipulación y la crueldad para satisfacer necesidades básicas (el alimento), sentirse seguro (y poderoso) y otorgarse los placeres que el capricho le dicte (sensacionales las secuencias cabareteras).

Un proceso personal que la película demuestra que fue también análogo y paralelo al de una sociedad caníbal–una vez que las loas habían tornado en fracaso- y al de un estado aún más cruel en su proceder asesino con los que consideraba inferiores. Una inhumanidad que llegó a cotas tan absurdas y paradójicas como la del enfrentamiento entre los opresores por el incumplimiento de los procedimientos de ejecución de los reos que evitaban caer en la brutalidad, al tiempo que obviaban la injusticia de los cargos de los que habían sido acusados o las condiciones en que vivían en los barracones.

El capitán muestra cómo la barbarie creció aún más cuando desapareció el orden impuesto por la ley –cuestión aparte es la legitimidad o justicia de aquel sistema-, haciendo que el nivel de degeneración del ser humano al que llegaron los nazis no fuera ya solo irracional, sino también aberrantemente animal. Y si todo lo visto hasta entonces no te ha dejado en un profundo estado de reflexión, atención a los créditos finales de la película y a la atemporalidad que transmiten.

“Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt

También conocida como “La banalidad del mal”, esta obra disecciona los muchos factores que pueden permitir y hacer que un individuo colabore con el asesinato de miles de personas. Tras este detallado viaje sobre el comportamiento individual y social, su autora analiza algo no menos importante, los instrumentos judiciales con que contamos tanto para castigar a los culpables y de esa manera rehabilitar a sus víctimas, como para evitar que algo tan tremendo e imaginable como el Holocausto judío pueda volver a ocurrir.

EichmannEnJerusalen

Quince años después de que acabara la II Guerra Mundial, los servicios secretos del joven estado de Israel capturaron en Argentina a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS al que presentaron ante la comunidad internacional como el responsable de la “solución final”. El plan nazi puesto en marcha en 1941 para acabar definitivamente con toda la población judía que aún vivía en los territorios de la vieja Europa sobre los que el régimen de Hitler extendía su dominio.

Además de para juzgar al supuesto criminal, el juicio fue planteado por las autoridades israelíes como una campaña de imagen cuyo principal objetivo era transmitir al mundo que el pueblo judío tenía derecho a defenderse por sí mismo del mal que le había sido infligido. Una puesta en escena y un discurso que, tal y como argumenta Hannah Arendt, tuvo muchas fisuras conceptuales, lo que hizo que este ensayo fuera muy contestado cuando se publicó en 1963 tras la ejecución de la sentencia.

En primer lugar Eichmann no fue ni el ideólogo ni el líder de la cadena de mando que llevó a la muerte, de manera aún más acelerada que en años anteriores, a muchos miles de personas. Según el trabajo de Arendt, él fue una pieza más de un engranaje administrativo inteligentemente burocratizado para que los encargados de formar parte de él no tuvieran, aparentemente, otra opción más que la de aceptar esta misión. Cuestión aparte es que en muchos casos realizaran tal tarea con agrado y con la convicción de estar haciendo lo correcto.

Una situación a la que no se llegó de un día para otro, sino que tuvo una preparación de casi una década en la que a la par que se desensibilizaba a la población local, se hostigaba a la judía despojándola de sus propiedades, expulsándola de sus hogares y haciendo que fueran ellos mismos –a través de los Consejos Judíos- los que determinaran quiénes podían salvarse a costa de señalar a aquellos que debían ser deportados a los campos de exterminio (eufemísticamente llamados “de reasentamiento”).

Recordar mecanismos de selección como este, las medidas antisemita adoptadas por  Eslovaquia, el planteamiento de su expulsión de Francia antes de la invasión nazi, o la ligereza con que el asunto se trató en la Alemania posterior a 1945, obviando casi lo que había sucedido en la década anterior, pusieron sobre la mesa cuestiones que no debían volver a ocurrir para una correcta convivencia entre personas, pueblos, culturas y naciones.

A propósito de esto Hannah Arendt dedica especial atención al papel que el Derecho y la administración de la Justicia deben desempeñar a la hora de establecer las líneas rojas en situaciones límite como un conflicto bélico, así como la manera de atender a las víctimas. Lo que ocurrió durante la II Guerra Mundial fue algo que no estaba tipificado y sobre lo que no había jurisprudencia, fue más allá de los crímenes de guerra y solo se podía concebir como un hecho delictivo contra el conjunto de la humanidad. El único referente anterior al paso por el tribunal de Eichmann eran los juicios de Nuremberg, en los que la necesidad de resarcir a los aún conmocionados por lo que habían tenido que pasar hizo que el proceso se llevara a cabo sin tener resueltas estas cuestiones formales.

Motivo este por el que la autora considera que Eichmann debiera haber sido juzgado por un tribunal internacional y no por el de un país que no solo se disponía a tratar asuntos ocurridos fuera de su territorio, sino que había capturado al acusado a miles de kilómetros de distancia. Hecho que ocurrió sin haber establecido ningún tipo de relación ni comunicación formal con las autoridades argentinas, lugar al que el ex oficial nazi –al igual que otros muchos compañeros de barbarie- había emigrado años después de finalizar su labor asesina.