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“Mujer en guerra” de Maruja Torres

Más masters da la vida. No podría ser más apropiado el subtítulo con el que esta excepcional periodista publicó estas memorias hace veinte años. Un ensayo incisivo, ácido y aparentemente sin concesiones, escrito desde la intimidad de su soledad personal, en el que recoge cómo se inició en su oficio en la Barcelona gris del franquismo y progresó hasta convertirse en una reportera y profesional todo terreno que firmó portadas de El País desde India, Panamá o República Dominicana.

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Maruja se hizo a sí misma como tantas otras personas que, en la España de los 60, querían ejercer la libertad de expresión e información. Un impulso que algunos siguieron tomando el camino del periodismo y en el que ella se inició comenzando a trabajar en la redacción de La Prensa. Además de desempeñar las funciones de secretariado y administración que le asignaron, propias del machismo de la época, poco a poco comenzó a colaborar en labores de edición y redacción. De esta manera, su pasión por la escritura –que tanto le unió a su ya entonces gran amigo, Terenci Moix- encontró un campo con el que no solo ganarse la vida, sino desarrollarse personalmente.

Torres ha acumulado en su largo curriculum cabeceras de revistas (Garbo o Fotogramas), diarios extintos (Por favor o La calle), semanarios (Cambio 16 o Pronto) y periódicos (Diario 16 o El País). Un mundo en el que se inició sin formación académica alguna, sin más orientación que la del instinto y el deseo de conocer no lo que estaba ocurriendo, sino la verdad que se oculta tras la realidad que vemos. Algo que acabó consiguiendo en sus muchos reportajes publicados sobre episodios como la guerra del Líbano, el asesinato de la comunidad jesuita en El Salvador o el Chile que se quería sacudir la dictadura de Pinochet, he ahí las hemerotecas para comprobarlo. Un estilo periodístico que ha combinado con el de columnista, entrevistadora –aunque ella considere que no es su fuerte- o lo que hoy llamamos prensa rosa, sin olvidar su relación con la ficción literaria.

Además de escribir una incisiva crónica social y política de tres décadas, plagándola de multitud de anécdotas en las que comparte las claves con las que entiende se ha de practicar el oficio, la pasión y el compromiso del periodismo –además intentar compatibilizarlo con la vida personal-, Maruja Torres ofrecía también en Mujer en guerra un preciso análisis de la situación del sector y de la profesión a finales del siglo XX y una nada optimista previsión de futuro.

Tras una primera época en que vio cómo los medios habían de lidiar con la censura del régimen para no convertirse en altavoces propagandísticos, posteriormente fue testigo de cómo el panorama mediático español tuvo que aprender a practicar el papel social que la democracia les exigía, no solo como transmisores de lo que estaba ocurriendo, sino también como mediadores encargados de explicar sus claves. Coordenadas a la que muchas cabeceras no supieron adaptarse y en la que surgieron otras que brillaron con luz propia como El País.

Finalmente, la eclosión del neoliberalismo y la incipiente globalización de finales de los 80 introdujo en las coordenadas la viabilidad económica entendida como rentabilidad y productividad. De esta manera los directores de periódicos se convirtieron en empresarios que traficaban con la información, el rigor quedó sustituido por el entretenimiento, el conocimiento adquirido trabajado al pie del terreno por los títulos académicos. Los reportajes (y el periodismo de investigación) se vieron reducidos tanto en número como en extensión, perdiendo así su función de reflejo de los múltiples puntos de vista de un escenario. Factor al que se ha de unir las prácticas nada éticas –manipulación, tergiversación y mentira- a la hora de comunicar por parte de los grandes actores del mapa geopolítico, tal y como sucedió durante la caída del muro de Berlín o la Guerra del Golfo.

Aunque hayan pasado veinte años desde su publicación, Mujer en guerra sigue transmitiendo la fuerza y garra de su autora. Quizás por ello lo único que cabría pedirle sería una nueva edición que incluyera tanto su visión del mundo como su experiencia en estas dos décadas.

Mujer en guerra, Maruja Torres, 1999, Editorial Planeta.

“Museums and the public sphere” de Jennifer Barrett

¿Qué lugar ocupan los museos en nuestro modelo de sociedad? ¿Qué esperamos de ellos? ¿Cómo ha sido el proceso hasta llegar a este estatus? ¿Hacia dónde evolucionarán o deberían hacerlo?

Solemos situar el principio de los museos en la segunda mitad del s. XVIII, cuando en algunos países las colecciones reales pasan de las residencias palaciegas a edificios en las que pueden ser visitadas y conocidas por los súbditos de sus titulares. Un inicio al que sigue el capítulo de la Revolución Francesa y el ascenso de la burguesía que esta supuso, exigiendo que lo que hasta entonces habían sido privilegios restringidos a las élites pasen a ser derechos universales. Este acontecimiento marca el surgimiento de la esfera pública, unas coordenadas en las que, al margen de los espacios oficiales, la población comenta, discute y propone lo que le inquieta y le interesa.

Según el pensador o historiador al que se recurra, esto ocurría en lugares más o menos definidos, siendo objeto de debate entre ellos el papel que los museos (y por extensión, su propuesta de contenidos) tenían tanto como marco como influenciador de la conversación (unos les niegan dicho papel por el carácter subjetivo de lo que tratan, mientras que otros los destacan por su carácter de foro y de referencia). Cuestión en la que hay que tener en cuenta que la mayoría de los que siguen surgiendo a lo largo del s. XIX son de titularidad estatal, y como tal, instrumentos de los gobiernos a su cargo para hacer llegar a sus ciudadanos el mensaje que tuvieran como objetivo. He ahí el dominio colonialista del British Museum o la grandeur de la France en el Louvre.

Pero a medida que avanzó el siglo XX y en el mundo occidental nos vimos inmersos en la práctica de la democracia, de la crítica social y del análisis político, ha quedado patente que los museos tienen mucho que decir, proponer y escuchar al respecto. Ya no pueden ser lugares en los que los procesos de comunicación sean unidireccionales, en los que sus visitantes sean personas ajenas que van a escuchar, a aprender y a ser aleccionadas. Los roles han cambiado y quienes acuden a ellos son también usuarios que buscan acceder a realidades que les inspiren y les hagan conocer, y con las que, incluso, interactuar aportando sus conocimientos y experiencias. Algo a tener en cuenta, sobre todo, cuando se habla de minorías culturales que hasta muy recientemente han sido ignoradas por la tabula rasa aplicada por los discursos oficiales, afirmación que se puede hacer extensiva tanto a las administraciones públicas como a los medios de comunicación en el ámbito de la gestión cultural.

Las piezas expuestas siguen teniendo un papel fundamental en su discurso y en su propuesta, pero ya no son elementos que adorar o que sacralizar, sino que son la vía por la que conocer coordenadas de pensamiento alejadas (temporal, geográfica o conceptualmente) de las actuales. Sobre todo teniendo en cuenta que -por los avances tecnológicos, económicos y sociales que han desembocado en la globalización- ya no vivimos en unos parámetros estancos, sino en continua relación con otros por los que dejarse influir o de los que distanciarse y diferenciarse. Esto hace que aspectos como la museografía o la capacitación y formación de los profesionales de los museos sean fundamentales, aspectos a los que prestar tanta atención como a la rendición de cuentas económicas y a la imagen de marca para lograr una gestión acorde con el papel que los museos han de tener para ser un agente activo en el desarrollo sostenible de nuestra sociedad.

Museums and the public sphere, Jennifer Barrett, 2011, Wiley-Blackwell.

“Cómo acabar con la contracultura” de Jordi Costa

El tiempo transcurrido nos ha hecho creer que la movida madrileña fue el culmen de lo contestatario, la eclosión de la libertad creativa y el punto de inflexión entre un pensamiento subversivo, espontáneo y anárquico y una práctica artística organizada y apoyada socialmente. Sin embargo, la realidad es que esta no fue más que el fin de algo que comenzó años antes y que aún está por ser estudiado, valorado y reivindicado como merece.  

No se trata de culpar a los nombres que han perdurado -como el de Pedro Almodóvar-, sino de verlos con perspectiva y tener en cuenta que el hecho de que sigan estando vigentes es, en buena medida, porque supieron adaptarse a las exigencias de las nuevas coordenadas políticas y sociales que se instauraron en nuestras fronteras, tras la Transición, para dar una imagen de modernidad como parte de lo que hoy denominamos “marca país”. Pero antes estuvieron otros que materializaron sus impulsos creativos y expresivos sin contar con estructuras administrativas ni redes profesionales, sin más recursos que los propios y aquellos que encontraban en su entorno más inmediato.

Cineastas, dibujantes, músicos, escritores… que fueron creando nuevos formatos y contenidos como resultado de la evolución que experimentaba el país –cuya génesis cabe datar en los acuerdos firmados con EE.UU. en 1953-, de las influencias y ejemplos extranjeros -el boom del turismo en los 60 tuvo algo que ver en ello- y los desarrollos tecnológicos que abarataron y facilitaron tareas como el hacer cine (cámaras Super 8). Tiempo en el que tuvieron que vérselas con la censura y las muchas y arbitrarias trabas legislativas, judiciales y policiales que el régimen les ponía en su camino en forma de distribución limitada o hasta secuestro de sus creaciones, además de la posibilidad de multas económicas e, incluso, penas de cárcel.

Pero aun salvando las dificultades, no todo era fácil. Siempre podía ocurrir que el régimen se apropiara de su creación -como hicieron con los pintores informalistas o fallidamente con la Viridiana de Buñuel en el Festival de Cannes de 1961- para transmitir al mundo exterior una irreal imagen de aperturismo. O que sus coetáneos en el páramo intelectual que era el territorio estatal les acusaran de colaboracionistas, calificando sus transgresiones y descontextualizaciones como atentados contra los cimientos espirituales (es decir, religiosos) e identitarios del país (como la historia de amor entre una abertxale y un guardia civil que pretendía rodar Eloy de la Iglesia).

Jordi Costa recuerda muchos de aquellos cómics, carteles, canciones, conciertos, películas y actuaciones; analiza qué había en ellos de novedad y de diferente, el efecto que causaban y las fuentes de las que bebían; y visibiliza influencias y relaciones que quizás hoy nos parezcan banales o kitsch, pero que en aquel contexto de páramo cultural tuvieron una importancia casi vital. El único pero que se le puede hacer a Una historia subterránea de España es que tratando sobre temas tan sensoriales (música, imágenes fijas y en movimiento) su expresión sea únicamente la palabra escrita, lo que hace que te pierdas buena parte de lo que cuenta si no conoces los referentes mencionados o el buscador de internet no te los muestra en paralelo.

Cómo acabar con la contracultura, Jordi Costa, 2018, Editorial Taurus.

“La herida perpetua” de Almudena Grandes

Selección de 167 columnas de las muchas que en los lunes de los últimos diez años su autora ha publicado en la contraportada de El país. Reflexiones, pensamientos y comentarios de una mujer “republicana, de izquierdas y anticlerical” sobre la actualidad política y social de nuestro país. Textos cortos, con mensajes claros, escritos con un lenguaje sencillo, que suenan casi como monólogos dramáticos, unas veces llenos de esperanza e ilusión, otras de ironía y sarcasmo.

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Aunque Almudena Grandes continua acudiendo a su cita de los lunes con los lectores de El país, La herida perpetua cubre el período que va desde enero de 2008 hasta junio de 2018. Desde aquel entonces en que se hablaba de una crisis financiera que el gobierno de Zapatero decidió ignorar hasta que Pedro Sánchez se convirtió en el primer presidente que llegaba al cargo mediante una moción de censura. Una vez a la semana y sin pelos en la lengua -con la única limitación del espacio asignado- Grandes escribe su columna de opinión sobre aquello que considera.

Muchos han sido los temas, los personajes y las situaciones que ha tratado, pero tal y como advierte en su introducción, un lector avezado -Juan Díaz Delgado, editor de este volumen- le hizo ver que sus textos formaban un conjunto que no solo exponía los males que nos afectan, sino también su visión de las causas endémicas tras ellos. Dejando claros sus principios y sus valores, pero sin caer en el dogma ni en el fanatismo, la autora de los Episodios de una guerra interminable no se queda en el campo de las ideas, las palabras o los discursos, sino que baja al terreno de lo real y lo tangible, lo demostrado y lo demostrable. Su argumentario se basa en el porcentaje de parados, en el índice de precios al consumo, en las inversiones en sanidad o en la ratio de alumnos por profesor.

Por eso critica a aquellos que se excusan en las vacuidades, los eufemismos y las huidas hacia delante para no solo no ofrecer soluciones, sino anclarse soberbiamente en los errores y pretender hacer de ellos la bandera que nos identifique, excluyendo como castigo a los que no se sometan. Se hace eco de lo que nos preocupa y nos hastía -la calidad de los servicios públicos, el bajo nivel del debate parlamentario, el uso partidista de la justicia, los derechos por consolidar, alcanzar o volver a defender- dirigiéndose tanto a uno y otro lado del espectro ideológico -Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Susana Díaz, Alfredo Pérez Rubalcaba o Artur Mas- como apelando a las buenas prácticas que serían deseables por parte de nuestras instituciones -los partidos políticos, las administraciones públicas, la Iglesia, los medios de comunicación- para crear, vivir y crecer en una sociedad abierta, diversa, respetuosa, tolerante, integradora, solidaria y equitativa.

Sueños y pesadillas que no son nuevos, que tal y como demuestran sus citas, referencias y asociaciones vienen de largo, o son cíclicas, o consecuencia de asuntos pasados no resueltos.  De una democracia con pudores, de una izquierda más pendiente de los flecos de sus teorías que de la práctica y de una derecha centrada eficazmente en los logros manteniéndose fiel a unos principios simples. De una transición que se empeñó en mirar únicamente hacia adelante, de cuatro décadas de dictadura cruel, de una guerra fratricida en la que venció el horror, la brutalidad y el salvajismo. De un tiempo anterior en que lo encarnizado primó sobre el diálogo, la imposición sobre lo negociado y la negación del otro sobre el entendimiento.

Pero aun así, la autora de Los besos en el pan -la novela publicada en 2015 que podría interpretarse como una ficción de la realidad de La herida perpetua– considera que hay espacio, tiempo, energía y ánimo para la esperanza, la voluntad y el el optimismo.  De que hay algo que a pesar de todo hace que sigamos funcionando como país y como sociedad. En nuestra mano está preservarlo y elevarlo para no dejar que nadie nos lo secuestre o arrebate nunca más y sacarle el máximo partido a eso que somos y formamos juntos por encima de los intereses políticos y económicos de unos pocos.

La herida perpetua, Almudena Grandes, 2019, Tusquets Editores.

“Vestidas de azul” de Valeria Vegas

A partir del documental con el mismo título que sobre seis mujeres transexuales Antonio Giménez-Rico dirigiera en 1983, Valeria nos cuenta cómo era percibida la transexualidad en España en los años de la transición. También, y valiéndose de sus protagonistas, relata las escasas posibilidades que este colectivo tenía de ganarse la vida y cómo esto afectaba tanto a su bienestar presente como a sus posibilidades de futuro.

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El término diversidad ha existido desde siempre en nuestro diccionario. Acompañado del adjetivo sexual solo recientemente en nuestra sociedad. Un concepto inimaginable hace cuarenta años cuando solo se consideraba la heterosexualidad normativa en la que el hombre era el sujeto activo y dominante y la mujer alguien sumisa y sin voz ni voto.

Una herencia de la imposición ultracatólica de la dictadura franquista que había tomado forma en leyes como la de peligrosidad social y rehabilitación social aprobada en 1970 (que sustituía a la anterior de vagos y maleantes vigente desde 1933) y que no se derogaría completamente hasta 1989. Cualquier expresión de la identidad y la orientación sexual considerada desordenada y anómala no solo no era respetada, sino que se perseguía, se penaba y condenaba legal y socialmente.

Pero a medida que se materializó la apertura que trajeron consigo la transición y la consolidación democrática en España, se fueron haciendo visibles otras maneras de vivir y manifestar la sexualidad. Aunque durante mucho tiempo solo se permitió en las coordenadas sórdidas de la prostitución y en las lúdicas de la diversión nocturna unida al morbo del desnudo integral de las mujeres transexuales no operadas. Una cosificación de su cuerpo y simplificación de su realidad que se convertía en caricatura con sorna y burla -ignorante unas veces, malintencionada otras- en la mayoría de los títulos que tanto en el cine como en la televisión comenzaron a dar cabida a personajes transexuales.

En todo momento, y con un relato bien estructurado y conciso en su redacción, Vegas expone de manera clara la compleja red de consecuencias que este tratamiento casi universal provocaba en estas personas. Eran ignoradas legal y judicialmente (hasta 2007 no fue posible que su DNI reflejara el género sexual que sienten como propio), lo que hacía imposible su acceso al mercado laboral y las convertía en un colectivo marginado y altamente vulnerable (proxenetismo, drogas,…). Los prejuicios en forma de rechazo familiar y social, hostigamiento policial y desinformación periodística (ligando la transexualidad a la homosexualidad y simplificándola bajo el término de travestismo, tal y como deja claro el buceo en la hemeroteca que ha realizado Valeria) fueron la tónica durante muchos años.

Pero en septiembre de 1983 se proyectó en el Festival de Cine de San Sebastián Vestidas de azul, un documental que por primera vez mostraba a diferentes mujeres transexuales tal y como eran, sin enjuiciarlas ni ridiculizarlas. Un logro resultado del planteamiento respetuoso de Antonio Giménez-Rico y su acierto a la hora de realizar el casting, de dirigir a las mujeres seleccionadas para que se manifestaran libre y espontáneamente, y de contar a través de cada una de ellas algunas de los muchos retos que se encontraban en su día a día.

Un punto de inflexión en unas vidas difíciles, que tal y como muestran las bien planteadas entrevistas con que se cierra este análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la transición española siguieron siéndolo después, pero que iniciaron un camino hacia la normalización y la visibilidad en el que se ha avanzado mucho aunque aún quede otro tanto por conseguir.

Vestidas de azul, Valeria Vegas, 2019, Editorial Dos Bigotes.