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“This was a man” de Noël Coward

En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.  

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Edward y Carol viven en el acomodado barrio de Knightsbridge de Londres. Él es un reputado retratista de los más adinerados, ella una bella y elegante mujer cuya personalidad –según la nota introductoria de Coward- tiene mucho de sexo y poco de intelecto. Estamos en los años posteriores a la Gran Guerra (aún no era conocida como la I Guerra Mundial), tiempo en el que muchos respondieron con diversión, hedonismo y levedad a la huella de barbarie y atrocidad que el horrible conflicto había dejado en su momento. Ahora bien, ¿qué ocurre en una pareja cuando cada uno materializa esta actitud de diferente manera?

Ella no solo no tiene ningún pudor en mantener relaciones extramatrimoniales con hombres casados, sino que lo muestra frente a su marido con absoluta naturalidad. Él, por su parte, se plantea si esto es algo que ha de respetar –siendo consecuente con su defensa de la libertad personal- o de lo que debe alejarse por el mal que le hace la constatación de que su matrimonio ya no es lo que era o lo que se supone debiera ser.

Esta es la cuestión que Noël Coward expone en This was a man confrontando los planteamientos morales, la crítica social, la supuesta inteligencia de la racionalidad y la sensación de bienestar interior. Un debate que contextualiza a través de los personajes secundarios que lo complementan, situándolo en un grupo social de sobrada posición económica, lo que trae consigo clasismo y superficialidad guiados por la frivolidad, el qué dirán y la imagen (eso que hoy llamamos postureo).

Con unos diálogos ágiles y directos, sin alardes literarios, pero con efectividad teatral, Coward nos hace ver la futilidad y el cortoplacismo vital de buena parte de aquellos que gozan de una posición desahogada en lo material. Lo que expone con suma ironía y algunos dardos socarrones va más allá de qué se entiende por compromiso o qué implica el matrimonio y el papel que en él deben tener, o no, pilares como la honestidad, la transparencia, la fidelidad o la lealtad. Su verdadera motivación es mostrar el vacío de principios y valores de esos que simplemente se dejan llevar y no son capaces de ver más allá de sí mismos y, por tanto, son incapaces para construir relaciones basadas en el compromiso, el respecto o la intimidad.

Desde un punto de vista formal hay que destacar el gran sentido escénico de las anotaciones con que Cöward da pautas para la representación de su obra. Disposición de los elementos escenográficos; entradas, salidas y gestualidad de los personajes; movimiento sobre el escenario o ritmos en que confluyen distintas acciones imprimiendo la calma que exige lo que está contando para que sus espectadores no solo se entretengan con lo que están viendo, sino que se planteen qué harían de encontrarse en una situación semejante.

This was a man, Noël Coward, 1926, Samuel French.

“Tres sombreros de copa” en el María Guerrero

La obra de Miguel Mihura es redonda, pero su comicidad no es más que la primera capa de una profundidad que este montaje recoge bien en la formalidad de su escenografía. Sin embargo, su excelente puesta en escena no llega a convertirse en la plataforma que necesita su propuesta, confrontando la realidad con los deseos, para brillar con todo el esplendor con que sí lo hace literariamente.

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Tres sombreros de copa parece un libreto fácil, ligero, lleno de quiebros que entre sonrisa y sonrisa hacen que nuestro ánimo no descanse ni un solo segundo y que su capacidad de sugestión vaya por delante de nuestra imaginación. Natalia Menéndez ha tenido esto muy en cuenta y, gracias a los recursos del Centro Dramático Nacional, ha construido y contado con cuanto necesitaba para crear la locura que vive Dionisio horas antes de su boda.

Su punto apocado, combinado con el carácter melifluo de Don Rosario, el director del hotel junto al mar en el que se hospeda, inicia una noche que se presume tranquila hasta que aparecen otros alojados que llenan su habitación de fiesta, ruido y algarabía. Un sinsentido cercano al absurdo que rompe todo lo previsible, pero con una lógica oculta tras su aparente irracionalidad con la que Mihura se propuso confrontar consigo mismo a alguien que vive conforme a las normas sociales y el cumplimiento de su regla de no solo ser, sino mejor parecer.

Pero si en muchas ocasiones menos es más, en otras sucede al contrario, más es menos. Un más que no es exceso, pero que puede hacer que nos centremos en los medios y los recursos en lugar de en lo verdaderamente importante en el teatro, lo que expresan y sienten sus personajes. En el momento en que Paula, joven bailarina que huye del hombre que la acosa, se cuela en la habitación del novio, se abre la puerta a una alocada dimensión cabaretera. Un espectáculo de gestualidad, vestuario, circo y provocación perfectamente construido. Pero tan al detalle y con tanto mimo y precisión que se superpone a los conflictos, las contradicciones y los espejos que plantea este texto escrito en 1932 y no estrenado hasta 1952.

Nada que objetar a la disrupción narrativa que esto supone, pero la agudeza transmitida por la ligereza verbal de los diálogos anteriores se pierde, pasando a predominar la forma sobre el fondo, el espectáculo sobre la realidad. Los personajes que entran, interrumpen, alborotan, bailan e intervienen hasta salir, resultan más episodios independientes que escenas de una historia con las que poner a prueba la apertura de mente y el freno de la convenciones sobre el hombre al que le quedan pocas horas de soltería. Y por extensión, sobre cualquiera de nosotros.

La comicidad de Mihura va y viene, quedando oculta en los pasajes de luces, color, ruido y algarabía coral de la compañía de varietés, y aflorando en monólogos como el de Don Sacramento, ese horrible suegro que representa lo más aburrido del imperativo de las costumbres y las tradiciones. Al contrario de lo que él intenta con su futuro yerno, este montaje se propone hacernos disfrutar y gozar, aunque no llegue a tanto y resulte tan solo, que no es poco, entretenido.

Tres sombreros de copa, en el Teatro María Guerrero (Madrid).