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“El nenúfar y la araña” de Claire Legendre

Miedo a morir. A la incertidumbre de no saber cuándo aparecerá el sufrimiento, la soledad o el dolor. Ni bajo qué forma, así que mejor inducir y provocar la situación para hacerle frente que ser atrapado por ella. Miedo al descontrol, una neurosis siempre presente, coaccionando las decisiones, marcando las acciones y tiñendo las emociones con que Claire narra su vida.

Dicen que escribir es una forma de hacer terapia, que ayuda a liberar aquello que nos oprime en nuestro interior para liberarnos de lo que no nos pertenece, no nos incumbe o no somos, de lo que nos impide sentirnos plenos. Ahora bien, escribir con esa motivación no convierte lo que recoja el papel en un relato comprensible para cualquiera que no sea su autor. Si eso ocurre, si su redacción nos motiva, evoca o apela de alguna manera, puede ser que nos encontremos ante un texto que además de ser un desahogo, sea también una entidad autónoma, independiente, una expresividad con categoría literaria que nos permita adentrarnos y dialogar con el universo de quien lo firma.

Eso es lo que sucede con Claire Legendre y El nenúfar y la araña. Pero que ella nos abra sus puertas no implica que sea fácil entrar en su mundo, que nos vaya a guiar con una sonrisa para que nos sintamos cómodos. Bastante hace con encontrar las palabras que vehiculen lo que siente y elaborar las frases con que hacer comprensible y presentar ordenadamente ese maremágnum interno que es su neurosis. Un mapa en el que tan pronto cambian los sentidos de orientación como muta la ubicación de sus puntos cardinales o afloran y se esfuman los accidentes geográficos en su trazado.

Hay una lógica interna en la expresión de todo neurótico, pero sea cual sea su articulación, hay que partir de la premisa de que este solo se dará a conocer si se siente respetado y escuchado, si no se le intenta atrapar, delimitar y conducir. Así es como hay que entender el esfuerzo de Claire por darle un hilo conductor a su crónica estructurándola en breves capítulos en los que sigue una línea cronológica que combina lo general con lo concreto y lo continuo con lo puntual, tanto en el plano familiar como en el afectivo o el social. Un fondo permanente de temor y pánico que se manifiesta en episodios y anécdotas -generalmente alarmantes en relación a la salud, el amor y la estabilidad- que aunque siempre diferentes no son más que una y otra vez lo mismo, el bucle en el que están atrapadas tanto su biografía como su razón y su estado anímico.

Pero cuando el ejercicio de escritura, de la introspección, de la búsqueda y la mirada interior se combina con la inteligencia, hace que se sea consciente del desequilibrio en el que se vive y de la paradoja total que provoca. Controlar el descontrol elaborando un destino oscuro sin base alguna, pero agarrándose a ello hasta convertirlo en una profecía que cumplir para proclamarse después en víctima y sujeto pasivo de los acontecimientos. Una manipulación que hace de Legendre una persona oscura en su transparencia y de la claridad expositiva de El nenúfar y la araña algo realmente críptico y no apto para los no dispuestos a contemplar otros puntos de vista ni a salir de su zona de confort.

El nenúfar y la araña, Claire Legendre, 2019, Editorial Tránsito.

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“American buffalo” de David Mamet

Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

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Estrenada en 1975, American Buffalo se puede tomar como una crónica de la desesperación existencial a la que están sometidos todos aquellos que viven en el extrarradio de la seguridad que disfrutan en sus casas, en sus lugares de trabajo y de ocio los favorecidos por el neoliberalismo económico. Las más de cuatro décadas transcurridas desde entonces nos valen para considerar este texto de David Mamet no solo como una radiografía de la sociedad urbana estadounidense de entonces, sino que es perfectamente aplicable a la de cualquier gran ciudad actual regida por el sistema capitalista.

La pobreza de espíritu y la asertividad verbal con que se expresan los tres personajes masculinos de esta obra –el propietario de una tienda de segunda mano, el chico de los recados y un amigo común- revelan no solo la castración emocional que sufren como una epidemia universal casi todos los hombres de hoy, ayer y siempre. Tras ello está también el resorte del materialismo, el ansia del dinero. Un arma de doble filo en el que se confunde la necesidad de contar con recursos para sobrevivir con la de enmascarar vacíos identitarios y confusiones morales bajo el anhelo, da igual si resuelto o no, de poseer –planteándose incluso asaltar la casa de un reciente cliente para robarle-.

A pesar de la simplicidad verbal de sus diálogos, plagados de interjecciones, la capacidad de transmisión de Mamet es brutal. Es él quien realiza el esfuerzo de adaptarse a las circunstancias, características y propósitos de los hombres que ha erigido como protagonistas de su obra, en lugar de servirse de ellos como altavoces de su propósito dramático. Está claro lo que nos quiere contar, pero en lugar de hacerlo por la vía única de las palabras, opta por un camino más difícil pero más auténtico. Por la construcción de unas personalidades y la transmisión de unos estados de ánimo que llevan al lector de American Buffalo más allá de lo plasmado sobre las páginas, sumergiéndole en una atmósfera mate, desgastada y anodina, con un punto acre, de colores sin tono, de un mundo sin estética formal ni posibilidad de belleza.

Algo habitual de las obras de este autor –valgan como ejemplo Oleanna (1992), The old neighborhood (1998) o Muñeca de porcelana (2015)- en que su siempre lograda retórica no es más que la punta de lanza del excelente trabajo al que quedan obligados los directores e intérpretes  que quieran trabajar en su puesta en escena. No es solo una cuestión corporal, de movimiento, de lenguaje no verbal, sino de inmersión mental y espiritual, de dejarse la piel y entregársela a los personajes. Los textos de Mamet solo son válidos para aquellos profesionales dispuestos a dejar de ser ellos mismos y a entregarse y comprometerse con lo dispuesto por él.

“La gaviota” de Antón Chéjov

El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

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Quejarnos de cuanto nos acontece y nos rodea, pero sin responsabilizarnos de ello ni trabajar decididamente por cambiarlo es algo inherente a casi todo ser humano. Se nos da mucho mejor manejar el imperativo con los demás que el condicional con nosotros mismos. Y cuando nos decidimos a introducirnos en nuestro interior, nos enredamos en las generalidades de los conceptos haciendo de ellos algo etéreo con lo que evitamos –por ineptitud o por falta de valor- llegar a donde verdaderamente queremos o necesitamos hacerlo.

Esto es lo que le sucede a los miembros de esta combinación de grupo y familia unida por lazos sanguíneos, afectivos, vecinales y laborales. Irina y Kostia son madre e hijo, ella es una exitosa actriz y él un joven adolescente aspirante a escritor. Una unión de opuestos, ella conservadora, defensora de los exitosos textos que representa, y él deseoso de innovar, cambiar, revolucionar los cánones literarios, tanto en su forma como en su fondo. Pero ambos, cada uno en su plano, incapaces de relacionarse con plenitud tanto entre sí como con su entorno, ella por su ego, él por su impericia para dar respuesta a sus dilemas personales.

Un conflicto central en torno al cual se articulan el resto de dramas y personajes. La pareja de ella, Trigorin, y la musa de él, Nana. Dos complementos con los que Chéjov resaltaba en 1896 la manera nada sana en que vivimos el afecto, entre la insatisfacción y el miedo a la soledad, y la pasión cuando esta viene acompañada de irreflexión e insensatez.  Y como segundo círculo de secundarios, entre otros, el anfitrión, hermano de Irina y tío de Kostia, Sordin, un hombre mayor que no deja de manifestar su descontento con su pasado ahora que por su edad ve acercarse su final; y frente a él otro caballero de madurez similar, el doctor que le atiende, que no sabemos si ha tenido mejor vida pero que sí manifiesta bienestar ante esa misma tesitura.

Así es como esa residencia rural a apenas un par de horas de tren de Moscú en la Rusia zarista de finales del siglo XIX resulta ser, a pesar de la tranquilidad de su entorno y su localización paradisíaca, una olla a presión sobre la naturaleza humana. Un drama que se ríe también de sus protagonistas, de sus caprichos, de sus nulidades afectivas y vanalidades existenciales y hasta de su racanería y egoísmo material.

Un pequeño universo a través del cual Chéjov reflexiona sobre las aspiraciones del ser humano. De su necesidad de comunión con sus coordenadas vitales y de su deseo de trascendencia, ya sea entregándose a otro y siendo correspondido en esa vivencia que llamamos amor, o mediante la creación artística –en su caso, la literaria- con la que hacer a la generalidad del público, y por extensión a toda la especie humana, consciente de dimensiones y posibilidades interiores hasta ahora desconocidas.

La gaviota, Anton Chéjov, 1896, Alianza Editorial.

“Todo es una mierda y eres una mala persona” de Daniel Zomparelli

Colección de relatos que no tienen nada de divertido pero que se toman con mucho humor el absurdo y la incapacidad para relacionarnos y congeniar con que nos desenvolvemos en nuestro día a día. Historias que no se plantean porqués ni tienen ánimo de trascendencia, pero que con sencillez narrativa y claridad expositiva dejan ver la soledad y la neurosis con que manejamos la tecnología y nos relacionamos en la sociedad actual.

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Quizás las apps acaben dando pie a una renovación del subgénero de la literatura epistolar. Quién sabe si llegaremos a leer una versión whatsapp con emitoconos de Las amistades peligrosas, pero lo cierto es que algunas de las conversaciones de los muchos millones que tienen lugar vía móvil hoy en día tienen una carga de autenticidad que las hace merecedoras de nuestra atención  desde el punto de vista creativo y expresivo. Ese supuesto es el que tienen tras de sí algunas de estas historias cortas de Daniel Zomparelli en las que las vidas de muchos hombres gays están marcadas por sus neurosis, la tecnología como canal del que se sirven para relacionarse y las exigencias de imagen (físico, pareja, éxito laboral y social,…) del entorno en el que viven.

No todos los relatos (32 en total) de Todo es una mierda y tú eres una mala persona (título que da para meme y para sentencia con la que dejar sin aliento a quien se la dirijas) parten de aplicaciones de contacto. Otros plantean como verosímiles aquellas realidades paralelas que solo creen los que las habitan. Mundos imposibles que utilizamos para justificar relaciones que no teníamos que haber comenzado, finales que no asumimos o un día a día en el que no somos capaces de mirarnos al espejo por miedo a ver el sinsentido de lo que estamos haciendo al lado de esa persona a la que aceptamos y/o utilizamos como excusa para no hacer frente a nuestros miedos, inseguridades y limitaciones.

A partir de aquí Zomparelli deja vagar libremente su imaginación para construir historias en las que podemos identificar con claridad los diferentes planos de realidad e ilusión que combina en ellos. Nos hace reír, sí, pero cuando la sonrisa se desvanece queda un poso amargo, un punto medio entre la imposibilidad y la incapacidad, en el que no sabemos si estamos negados para el equilibrio emocional o es que vivimos en un mundo que no lo permite de ninguna manera. Cuestión aparte es cuan pasivos o activamente responsables somos de esta eventualidad.

Algo que apoya desde un punto de vista formal en el que, sin caer en la simplicidad, elude cualquier tipo de complejidad narrativa. Su intención es la de exponer con claridad las personalidades, los contextos, los entornos y las dinámicas que se combinan en estos cuadros de hombre joven, urbano y gay que nos expone. Unos más cotidianos, otros más excepcionales, el resultado son una serie de fotos sobre las que proyectar el prólogo que consideremos, pero en cuya representación de desorden y desconcierto quedar momentáneamente fijados. Y ya después dejar fluir en nuestro interior el epílogo a que podríamos dar pie de ser los protagonistas de lo que hemos leído.

“Bohemian Rhapsody”, Freddie Mercury y Queen siguen vivos

Una película que no pretende superar la música del grupo retratado ni hacer de sus canciones y actuaciones su guión en modo videoclip. Un biopic muy bien construido cuyo hilo narrativo son las relaciones humanas, más que las artísticas, entre sus personajes. Y aunque le falte un poco de profundidad en lo que respecta a la vida personal de Freddie Mercury, fluye teniendo siempre claro su objetivo de conectar con el espectador.

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Cuando sus compañeros le preguntan a Brian May qué hace golpeando el suelo rítmicamente con un pie a ritmo de dos más uno, él les contesta que quiere crear una canción en la que el público tenga que participar activamente para darle forma y que de esta manera la hagan suya. Y lo logró, vaya que si lo logró. Desde que We will rock you fuera lanzada en 1977 y se interpreta o suena en una concentración, todo el mundo al unísono tararea su título mientras hace vibrar el lugar en el que esté con la percusión de sus extremidades.

Algo así es lo que supone Bohemian Rhapsody. Más allá de contarnos la historia de cómo surgió Queen o el liderazgo que en ella tuvo Freddie Mercury, que también, lo que le da hilo argumental es su deseo de mostrar el proceso creativo y evolutivo que fue dando pie a algunas de las canciones que más hemos escuchado en las últimas décadas. Desde la inspiración al trabajo en equipo de los cuatro integrantes dándole forma a ese impulso, experimentando con cuanto se les ocurriera en el estudio de grabación y dejándose llevar por los canales comerciales de la industria discográfica, pero nunca permitiendo que esta les encorsetara.

Ahí es donde radicó la originalidad de Queen, lo que les dio entidad como banda de rock y lo que permitió que una personalidad tan desbordante como la de Mercury pudiera desplegar plenamente su creatividad y sensibilidad, y aunque con sus tensiones y sus conflictos, complementándose con la de sus colegas.

Pero mientras que en el terreno musical, la profundidad a la que llega Bryan Singer es suficiente para llegar a conmovernos. Conocemos las canciones y ver cómo son convertidas en cine –y no utilizadas únicamente como banda sonora- hace que en esos pasajes la película nos emocione, nos haga vibrar. En este otro lado, en el de lo humano, en lo referente a la homosexualidad, la soledad y la intimidad de Freddie, ese intento de darle el mismo peso objetivo no es suficiente.

El tiempo de proyección dedicado a su privacidad es más que suficiente, cierto es que no se trata a la ligera y no se evite ninguno de sus matices (la promiscuidad, las fiestas, las drogas, el VIH), pero el resultado es que estos pasajes son casi informativos, les falta ir más allá de lo meramente descriptivo. Bohemian Rhapsody no elude la verdad, pero no arriesga a la hora de contarla y en lugar de convertir estos pasajes en un relato valiente, hace de ellos casi un telefilm. Un desequilibrio que queda salvado por su buena factura técnica y narrativa y por la excelente interpretación de todo el elenco. Especialmente de Rami Malek, quien da entidad propia a su trabajo, transmitiendo en todo momento el carisma de Freddie Mercury pero sin resultar un imitador.

Nos podemos imaginar qué pasaba por su mente cuando en 1986 lanzaron el single Who wants to live forever, pero lo que está claro es que, y tal como demuestra esta película, es que Queen y Mercury siguen vivos para muchos de nosotros.

 

“#Malditos16” de Fernando J. López

Un texto que no se anda con rodeos ni eufemismos, que deja un eco que reverbera en las conciencias de quien se adentre en él. Diálogos sinceros y honestos que exudan verdad y transmiten realidad en una estructura narrativa que combina con suma precisión la progresión con los paralelismos y las conjunciones temporales. Seis protagonistas auténticos que dan voz a muchos de los silencios que nos rodean, a vergüenzas que escondemos, a incomodidades a las que no queremos hacer frente y a egoísmos a los que no estamos dispuestos a renunciar.

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Lo que no se cuenta no es conocido. A lo que no se le pone palabras no existe. Dos axiomas que Fernando J. López se ha propuesto aniquilar en lo que respecta a su aplicación sobre ese período de la vida tan fundamental como es la adolescencia y a esos coprotagonistas tan ignorados de nuestra sociedad como son los adolescentes. Un objetivo plenamente conseguido con la sacudida moral y la incomodidad política que provoca la lectura de un texto tan eficaz y valiente como es #Malditos16.

Una obra que parte de un hecho objetivo, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los adolescentes. Una realidad ignorada por el mundo adulto, tanto a nivel generalista categorizando despectivamente a esa etapa con el sambenito de edad difícil, como de manera organizada al ignorarla desde las administraciones públicas, especialmente desde el ámbito cultural y educativo. Una situación cuya fuerza opresora se respira en el interlineado de estas páginas y sobre cuyas consecuencias –violencia física, abusos sexuales, lgtbfobia, mobbing, adicciones,…- se combinan en la perfecta trenza de sus diferentes tramas individuales y emocionales.

Sin convertir sus reflexiones y diálogos en mítines o panegíricos políticos, sino en muestras de biografías y situaciones de total credibilidad, Nando J. López traza las vivencias y experiencias de sus cuatro adolescentes protagonistas en un ejercicio de lograda profundidad. La línea narrativa de #Malditos16 combina de manera excelente sus dos momentos temporales, el ahora y el hace cinco años, mostrando –por momentos de manera simultánea- a lo largo de unas horas los elementos de conexión, así como los símiles y diferencias entre ambos. Entre el tiempo inmediatamente posterior al intento de suicidio de todos ellos y su vuelta, un lustro después, al centro en el que se trataron para participar en un programa de ayuda a jóvenes que acaban de pasar por lo que ellos vivieron.

Un relato que va más allá de describir unos acontecimientos para sumergirnos en un torrente de emociones de múltiples planos y niveles. Desde las impostadas a modo de defensa –ya sea de los otros, ya sea de uno mismo- a las más honestas e íntimas. Esas que cuando son admitidas y expresadas en voz alta por primera vez desnudan no solo a quien las expresa desde su profunda soledad, sino que escuecen y duelen también a quien le escucha o le lee, originando un balsámico y enriquecedor proceso de aceptación, descubrimiento y crecimiento.

Pero lo que el autor de novelas como Los nombres del fuego, El sonido de los cuerpos o Cuando todo era fácil expone no es una catarsis redentora a modo de punto y aparte, sino la lucha por alcanzar, y el esfuerzo por consolidar, la integridad personal (física y psicológica) en un entorno, como es el nuestro, lleno de prejuicios sobre cuestiones como la identidad sexual o los cánones estéticos, cuando no directamente torturador y agresivo.

#Malditos16 es un grito de dolor, un golpe de atención y una mirada esperanzadora en una exposición clara y un discurso muy bien presentado y desarrollado de una parte de nuestra sociedad presente y futura a la que no podemos seguir sin escuchar y mandando callar.