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“La casa de los pintores” de Rodrigo Muñoz Avia

Un ensayo doble. El de un testigo privilegiado de la trayectoria y evolución de dos de los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y el de uno de sus hijos, que creció, se educó y formó al abrigo de un padre y una madre afectivos, generosos y cuidadores de los suyos. Una simbiosis que tiene más de homenaje que de ensayo biográfico y que se disfruta gracias a su rítmica, clara y muy bien estructurada redacción.

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Lucio Muñoz era informalista, Amalia Muñoz realista. Aparentemente contrarios en lo pictórico, resultaron ser perfectamente complementarios en lo personal desde que se conocieron a principios de la década de 1950. Algo que se puede ver también en su obra si el espectador se libera de prejuicios estéticos y de la necesidad de etiquetas. Ambos enfocaban el trabajo artístico de manera distinta, con objetivos intelectuales y expresivos diferentes, pero tanto se entendían en el terreno humano que se comprometieron y crearon una familia.

Una unión que se mantuvo hasta el fallecimiento de ambos -1998 él, 2011 ella- y de la que nacieron cuatro hijos, el menor de los cuales, Rodrigo, se encarga desde entonces de gestionar su legado. Una labor que implica estar en contacto diario con lo que dejaron dicho a través de sus imágenes, creaciones tan fuertes y poderosas que siguen generando impacto, diálogo y recuerdo a pesar del tiempo transcurrido desde que fueron ideadas y materializadas. Un trabajo que supongo intensifica en Ricardo el recuerdo de quiénes fueron Amalia y Lucio y de lo que compartió con ellos. Padres guía primero, adultos espejo después y mayores de los que estar pendiente en la última etapa.

Artistas, cónyuges, padres, todos esos planos y facetas de vida de Lucio y Amalia son los que Rodrigo expone en La casa de los pintores. Una propuesta cronológica que se va enriqueciendo no solo con el paso de los años, sino también con la capacidad de observación, hondura analítica y participación activa que pone en práctica en ese universo familiar el pequeño de los Muñoz Avia. Un relato cuyo valor está en su posición privilegiada como testigo continuo de la introspección del proceso creativo de sus mayores y de la intimidad que crearon, alimentaron y mantuvieron tanto entre ellos como con sus hijos y su círculo más cercano.

El reparto de roles en los asuntos de familia y los códigos con que se comunicaban. Las rutinas que seguían en su día a día y la organización espacial y logística de la residencia en la que vivían y trabajaban. Los escritores y los compositores a los que acudían para evadirse o estimularse intelectualmente. Los amigos con los que compartían comidas y sobremesas. Su respuesta ante los acontecimientos políticos de los que fueron testigo. La excitación generada por la preparación y recepción de cada exposición. Los asuntos que les llamaban la atención y los detalles que tenían en cuenta a la hora de crear.

Un punto de vista subjetivo, y como tal, editado por la memoria y la pátina que el tiempo deja sobre los recuerdos. Un relato afectivo y agradecido de un hijo, pero también una narración de gran interés por lo que tiene de privado, exclusivo y complementario a lo que se puede encontrar tanto en las hemerotecas como en las secciones de historia, crítica y teoría del arte de cualquier biblioteca.

La casa de los pintores, Rodrigo Muñoz Avia, 2019, Alfaguara.

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“Cabalgando con la muerte” (Jean-Michel Basquiat, 1988)

Pocos meses antes de su muerte a los 27 años de edad, Jean Michel realizaba esta obra que siendo fiel a su estilo, se alejaba de muchas de sus señas de identidad. Una imagen premonitoria de lo que sucedería el 12 de agosto de ese año a causa de una sobredosis de heroína.

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Cuando muchos aún están intentando conseguir un primer reconocimiento, este neoyorquino del Bronx, de padre haitiano y madre puertorriqueña, ya era alguien cotizado que había expuesto tanto en su país como en Europa, colaborado largamente con autores como Andy Warhol, además de alabado por la crítica que al hablar de él hacía referencia a nombres anteriores como Dubuffet o Twombly o clásicos de la categoría de Durero, Leonardo da Vinci, Caravaggio o Van Gogh.

Quizás sea una de sus creaciones más sencillas. Dos figuras apenas trazadas, sin intervención tipográfica ni añadidos a modo de collage, sobre un fondo indefinido de 249 x 289.5 cm. No aparecen tampoco sus conocidas coronas ni sus característicos trazos angulosos. La gama cromática es muy reducida. El negro para los contornos, el hombre que suponemos es él aparece rellenado de manera imperfecta de granate, y el animal sobre el que cabalga de blanco. Podríamos suponer que es un caballo por la primera palabra del título o por la composición que nos evoca a reyes y emperadores de siglos atrás. Podría ser incluso otro ser humano a cuatro patas, de rodillas, dominado por quien está sentado sobre su espalda.

Pero sea quien sea, la calavera de su rostro, la toxicidad de su mirada deja claro que esto no es un juego ni una pose. Lo que Basquiat nos muestra es un camino de ida sin marcha atrás. No queda otra que seguir hasta diluirse, derrumbarse, caer o estamparse fatalmente contra el final. A lo siete años fue atropellado por un coche, desde entonces, la idea de que la muerte podía hacer acto de presencia de manera inminente, en cualquier momento, le rondó siempre en su mente.

Quizás por eso decidió adelantarse a ese momento y ser él quien lo dirigiera. Para que no le pasara como a otros cuyas vidas había visto arrasadas por el SIDA o por el crack y la heroína que tantos estragos habían causado en su Nueva York natal. Esa ciudad cuyos museos visitaba de la mano de su madre cuando era niño y en cuyas paredes descubrió años después que ninguno de sus autores era de piel negra. Como sí lo era la de las personas sobre las que los uniformes de policía solían ejercer su poder, las que desempeñaban los puestos de trabajo peor pagados y la mayoría de los que veía dormir en la calle.

Callejero en el que comenzó a desenvolverse con apenas 18 años, firmando como SAMO (Same Old Shit)y de donde cogió el hábito de convertir cualquier soporte en superficie sobre la que contar lo que bullía en su mente. Ya fuera relativo a la música de todo tipo que escuchaba sin fin, al boxeo, a los referentes culturales traídos por los antepasados esclavos desde África o a cuanto le fuera útil del torbellino de imágenes a que estaba sometido cualquier individuo (televisión, revistas, videojuegos, publicidad, cine,…). Y de una manera completamente novedosa, que vista desde la digitalización de nuestro hoy resulta visionaria por la cohesión con que manejaba la amalgama de recursos de que se servía y la infinitud de significados que era capaz de utilizar, unir y conseguir.

Por eso mismo impacta sobremanera este Cabalgando con la muerte con que termina el recorrido formado por 130 obras suyas con que la Fundación Louis Vuitton repasa su trayectoria. Porque demuestra que con poco era capaz de conseguir tanto como con mucho y, sobre todo, porque no habla de su entorno, su lugar o su comunidad, sino única y exclusivamente de él, de un Jean-Michel Basquiat que de tanto querer comerse la vida, estaba próximo a aniquilarse a sí mismo.

Jean-Michel Basquiat en Fundación Louis Vuitton (París) hasta el 21 de enero de 2019.

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Bohemian Rhapsody”, Freddie Mercury y Queen siguen vivos

Una película que no pretende superar la música del grupo retratado ni hacer de sus canciones y actuaciones su guión en modo videoclip. Un biopic muy bien construido cuyo hilo narrativo son las relaciones humanas, más que las artísticas, entre sus personajes. Y aunque le falte un poco de profundidad en lo que respecta a la vida personal de Freddie Mercury, fluye teniendo siempre claro su objetivo de conectar con el espectador.

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Cuando sus compañeros le preguntan a Brian May qué hace golpeando el suelo rítmicamente con un pie a ritmo de dos más uno, él les contesta que quiere crear una canción en la que el público tenga que participar activamente para darle forma y que de esta manera la hagan suya. Y lo logró, vaya que si lo logró. Desde que We will rock you fuera lanzada en 1977 y se interpreta o suena en una concentración, todo el mundo al unísono tararea su título mientras hace vibrar el lugar en el que esté con la percusión de sus extremidades.

Algo así es lo que supone Bohemian Rhapsody. Más allá de contarnos la historia de cómo surgió Queen o el liderazgo que en ella tuvo Freddie Mercury, que también, lo que le da hilo argumental es su deseo de mostrar el proceso creativo y evolutivo que fue dando pie a algunas de las canciones que más hemos escuchado en las últimas décadas. Desde la inspiración al trabajo en equipo de los cuatro integrantes dándole forma a ese impulso, experimentando con cuanto se les ocurriera en el estudio de grabación y dejándose llevar por los canales comerciales de la industria discográfica, pero nunca permitiendo que esta les encorsetara.

Ahí es donde radicó la originalidad de Queen, lo que les dio entidad como banda de rock y lo que permitió que una personalidad tan desbordante como la de Mercury pudiera desplegar plenamente su creatividad y sensibilidad, y aunque con sus tensiones y sus conflictos, complementándose con la de sus colegas.

Pero mientras que en el terreno musical, la profundidad a la que llega Bryan Singer es suficiente para llegar a conmovernos. Conocemos las canciones y ver cómo son convertidas en cine –y no utilizadas únicamente como banda sonora- hace que en esos pasajes la película nos emocione, nos haga vibrar. En este otro lado, en el de lo humano, en lo referente a la homosexualidad, la soledad y la intimidad de Freddie, ese intento de darle el mismo peso objetivo no es suficiente.

El tiempo de proyección dedicado a su privacidad es más que suficiente, cierto es que no se trata a la ligera y no se evite ninguno de sus matices (la promiscuidad, las fiestas, las drogas, el VIH), pero el resultado es que estos pasajes son casi informativos, les falta ir más allá de lo meramente descriptivo. Bohemian Rhapsody no elude la verdad, pero no arriesga a la hora de contarla y en lugar de convertir estos pasajes en un relato valiente, hace de ellos casi un telefilm. Un desequilibrio que queda salvado por su buena factura técnica y narrativa y por la excelente interpretación de todo el elenco. Especialmente de Rami Malek, quien da entidad propia a su trabajo, transmitiendo en todo momento el carisma de Freddie Mercury pero sin resultar un imitador.

Nos podemos imaginar qué pasaba por su mente cuando en 1986 lanzaron el single Who wants to live forever, pero lo que está claro es que, y tal como demuestra esta película, es que Queen y Mercury siguen vivos para muchos de nosotros.

 

“Romeo y Julieta” de William Shakespeare

El tiempo y nuestra necesidad de referentes (dígase también de mitos y etiquetas) ha hecho que este sea uno de los textos sobre el amor más conocido de la literatura. Un drama con momentos cómicos que deriva en tragedia y en el que Shakespeare despliega todas sus habilidades. Una presentación clara, un desarrollo que gana en intensidad hasta llegar a un desenlace que nos lleva al culmen; diálogos que nos hacen identificar con las emociones y respuestas de sus protagonistas; y parlamentos que describen perfectamente cuanto hemos de saber y considerar sobre lo que ocurre.

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Romeo y Julieta dio al público de su época cuanto necesitaba para evadirse de su presente y disfrutar durante las dos horas de función que anuncia en su primera página. Le trasladaba hasta un lugar imaginario, a una Verona cuyo solo nombre evocaba hace quinientos años caballeros apuestos, damas hermosas, palacios suntuosos y acontecimientos sociales multitudinarios que la actual ciudad italiana aún intenta recrear. Le hacía identificarse con su historia planteando una trama que giraba en torno a dos deberes sociales a los que estaba sometido toda persona, el imperativo del matrimonio y la lealtad a la familia. Obligaciones que aligeraba con algo tan etéreo y voluble como el sentimiento del amor, elevándolo a una categoría de exceso y fantasía hasta convertirlo en el argumento principal de su relato.

Un equilibrio de realidad e hipérbole que sigue funcionando hoy aunque ya no nos casemos a los catorce años –al menos en el mundo occidental- de manera concertada por nuestros progenitores.  Aunque sí que es cierto que seguimos soñando con el amor a primera vista –he ahí el cine, la literatura o la música- dándole la categoría de amo y señor de nuestro estado de ánimo, convirtiéndolo tanto en causa de nuestra máxima felicidad como en generador de la mayor de las desgracias, el desamor.

No debemos tomar a Shakespeare como un visionario adelantado a su tiempo, pero sí como un capacitado intérprete del comportamiento humano. Sus textos muestran siempre una perfecta  y casi pedagógica síntesis del aspecto elegido para hacerlo comprensible a los espectadores de su representación (no se trataba de ofrecer un tratado filosófico, sino de entretener), haciéndoles sentirse identificados con lo que estaban observando y plantearse cómo actuarían ellos (o recordar cómo lo hicieron) de verse en alguno de los múltiples pliegues de semejante situación. He ahí los celos en Otelo o la ambición en Macbeth.

Hoy tenemos la oportunidad de ser también lectores de ellos, pudiendo así disfrutar una y otra vez con los múltiples recursos que utilizaba. Los símiles para que quede clara la categoría y escala de la emoción o circunstancia en que estamos, los circunloquios para generar una tensión que puede ser tanto cómica como dramática. O el simbolismo in crescendo con que se juega en todos los planos –categoría social de los personajes involucrados, emplazamientos escenográficos, momento del día- para dejar claro cuál es el planteamiento (familias enfrentadas), nudo (conflicto sin posibilidad de marcha atrás) y clímax final (tragedia que cierra el círculo inicial).

“Cold war”, pasión musical en blanco y negro

El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

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Los primeros planos son paisajes nevados de una Polonia rural en 1949 que bien podrían pasar por óleos o por páginas de una historia ilustrada en las que el movimiento sale de ellas por el ángulo de sus esquinas inferiores. Escenas que se llenan de vida con una serie de audiciones en las que se está seleccionando a artistas amateur para formar una compañía dedicada a interpretar danzas y canciones populares que transmitan a su público la alegría y el orgullo de su identidad nacional. En una de esas jornadas de reclutamiento coinciden Wiktor, un director musical, y Zula, una joven dotada de una voz y una presencia cargadas de energía y autenticidad.

Comienza entonces una historia de atracción que saltará de las miradas y la coordinación musical a lo físico, lo anímico y lo espiritual, acercándoles y separándoles de igual manera, pero manteniendo siempre intacto el lazo que los une más allá de la lógica y de la razón. La política a la que alude el título no solo marca el tiempo y los lugares en los que se desarrolla su relación, sino que es también la perfecta definición de una reciprocidad en la que la pasión visceral, casi animal, es más fuerte que cualquier posibilidad de equilibrio. Quince años condensados en apenas noventa minutos de proyección en los que el hilo conductor de su atracción y necesidad mutua se adapta perfectamente a la evolución de las circunstancias, las personalidades, las reacciones y las motivaciones de sus protagonistas.

Pawel Pawlikowski maneja a la perfección la música como guía de una historia en la que vemos los múltiples significados que esta puede tener, desde instrumento de las políticas nacionalistas de los regímenes comunistas del telón de acero a un lenguaje muy personal de expresión emocional. La sensibilidad, el ritmo y el derroche de sensaciones que transmiten y contagian todas las secuencias que giran en torno a su interpretación en directo son sublimes, desde las de bailes folklóricos en grupo sobre un escenario teatral al libre albedrío del rock’n’roll o la intimidad de una balada a ritmo de jazz.

Un lenguaje con el que el de la fotografía se une en una perfecta simbiosis, haciendo que las tonalidades de aquella y la luz, los blancos, los grises, los negros y la oscuridad revelen lo que es necesario en cada secuencia. Ya sea la belleza de la atracción, el impulso del deseo, la felicidad de la complicidad, la crudeza de la inacción, la impotencia de la insatisfacción, el derroche de lo primario o la dureza de lo inevitable. Si a esto se le une la fotogenia, la brutal presencia y la excelente interpretación de Tomasz Kot y Joanna Kulig, Cold War se convierte en una película tan excepcional como brillante.