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«Ennio: el maestro»

Documental que aúna la admiración por su protagonista y el reconocimiento a su extraordinaria labor en pro del séptimo arte con la excelencia de su dirección y su capacidad de emocionar e implicar al espectador en su propuesta. Material de archivo y entrevistas que repasan, analizan y explican la trayectoria de un genio musical, las peculiaridades de su estilo y los logros con que tanto nos hizo gozar desde la gran pantalla.

Inteligente, humilde, visionario, tenaz, imaginativo, incansable, innovador, apasionado. La lista de adjetivos con los que se puede definir a Ennio Morricone podría ser tan extensa como la concienzuda y pasional dirección que demuestra Giuseppe Tornatore en los 156 minutos que dura esta película. En una época en que casi todas las cintas parecen prolongadas en exceso, esta resulta breve, apenas un suspiro con el que se certifica cuán presentes están en nuestro imaginario muchas de las partituras de Morricone. He ahí las de los spaghetti western de Sergio Leone, La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1988), o composiciones sinfónicas como la que concibió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La estructura narrativa de este documental es sencilla. A partir de una aproximación cronológica va desvelando capas, facetas y visiones del genio en lo que acaba siendo un recorrido circular al volver en su cierre a la pasión con que Ennio inició en la Roma de su niñez su relación con la música. Hijo de un trompetista, instrumento que aprendió a tocar antes de comenzar sus estudios de composición. Etapa académica en la que se formó con los grandes de su momento, pero a los que rápidamente superó integrando en sus creaciones cuanto vinculara la música con el ritmo que tomaba de lo que sucediera a su alrededor. Ya fuera la vida urbana, el fluir de una conversación o el instrumental de cualquier procedimiento mecanizado. Se adentró en la música popular como arreglista, resaltando aún más la voz de grandes como Mina y de ahí pasó al cine en 1961. Lo que parecía que iba a ser algo puntual y después temporal, acabó siendo una carrera con más de quinientas bandas sonoras.

Tornatore consigue que la figura de Ennio esté siempre en el centro de su cinta teniéndole como narrador principal. Entre él y otros muchos como Dario Argento, Oliver Stone, Hans Zimmer, John Williams o Quentin Tarantino nos revelan la sencillez de su manera de sentir y percibir, el modo en que procesaba y planteaba creativamente y el resultado que sus planteamientos causaban en los directores con los que trabajó, así como las películas a las que le dio otra dimensión.

Y lo logra combinando distintos enfoques con precisión, yendo de unos a otros consiguiendo que no suenen como una sucesión, sino como una exposición que crece a base de complementarse, ampliarse y profundizar en sí misma. La explicación técnica, el recuerdo de la anécdota a través de varias voces, el relato de cómo surgía el momento de la chispa o de la elección definitiva, el impacto que causaba ver lo que conseguía y cómo este perdura con la misma intensidad a pesar del paso del tiempo. Primeros planos, silencios y grabaciones en el estudio de los entrevistados. Cambios de lugares y personajes que denotan una producción muy elaborada y un minucioso trabajo posterior en la mesa de edición.

Ennio: el maestro es cine con mayúsculas, CINE, por partida doble. Por lo buen documental que es y por el sobresaliente homenaje que supone a quien se ganó por méritos propios el título de maestro con letras bien grandes. Gracias Tornatore. Gracias Ennio.

10 películas de 2021

Cintas vistas a través de plataformas en streaming y otras en salas. Españolas, europeas y norteamericanas. Documentales y ficción al uso. Superhéroes que cierran etapa, mirada directa al fenómeno del terrorismo y personajes únicos en su fragilidad. Y un musical fantástico.

«Fragmentos de una mujer». El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

«Collective». Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

«Maixabel». Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

«Sin tiempo para morir». La nueva entrega del agente 007 no defrauda. No ofrece nada nuevo, pero imprime aún más velocidad y ritmo a su nueva misión para mantenernos pegados a la pantalla. Guiños a antiguas aventuras y a la geopolítica actual en un guión que va de giro en giro hasta una recta final en que se relaja y llegan las sorpresas con las que se cierra la etapa del magnético Daniel Craig al frente de la saga.

«Quién lo impide». Documental riguroso en el que sus protagonistas marcan con sus intereses, forma de ser y preguntas los argumentos, ritmos y tonos del muy particular retrato adolescente que conforman. Jóvenes que no solo se exponen ante la cámara, sino que juegan también a ser ellos mismos ante ella haciendo que su relato sea tan auténtico y real, sencillo y complejo, como sus propias vidas.

«Traidores». Un documental que se retrotrae en el tiempo de la mano de sus protagonistas para transmitirnos no solo el recuerdo de su vivencia, sino también el análisis de lo transcurrido desde entonces, así como la explicación de su propia evolución. Reflexiones a cámara salpicadas por la experiencia de su realizador en un ejercicio con el que cerrar su propio círculo biográfico.

«tick, tick… Boom!» Nunca dejes de luchar por tu sueño. Sentencia que el creador de Rent debió escuchar una y mil veces a lo largo de su vida. Pero esta fue cruel con él. Le mató cuando tenía 35 años, el día antes del estreno de la producción que hizo que el mundo se fijara en él. Lin-Manuel Miranda le rinde tributo contándonos quién y cómo era a la par que expone cómo fraguó su anterior musical, obra hasta ahora desconocida para casi todos nosotros.

«La hija». Manuel Martín Cuenca demuestra una vez más que lo suyo es el manejo del tiempo. Recurso que con su sola presencia y extensión moldea atmósferas, personajes y acontecimientos. Elemento rotundo que con acierto y disciplina marca el ritmo del montaje, la progresión del guión y el tono de las interpretaciones. El resultado somos los espectadores pegados a la butaca intrigados, sorprendidos y angustiados por el buen hacer cinematográfico al que asistimos.

«El poder del perro». Jane Campion vuelve a demostrar que lo suyo es la interacción entre personajes de expresión agreste e interior hermético con paisajes que marcan su forma de ser a la par que les reflejan. Una cinta técnicamente perfecta y de una sobriedad narrativa tan árida que su enigma está en encontrar qué hay de invisible en su transparencia. Como centro y colofón de todo ello, las extraordinarias interpretaciones de todos sus actores.

«Fue la mano de Dios». Sorrentino se auto traslada al Nápoles de los años 80 para construir primero una égloga de la familia y una disección de la soledad después. Con un tono prudente, yendo de las atmósferas a los personajes, primando lo sensorial y emocional sobre lo narrativo. Lo cotidiano combinado con lo nuclear, lo que damos por sentado derrumbado por lo inesperado en una película alegre y derrochona, pero también tierna y dramática.

“tick, tick… Boom!”, homenaje a Jonathan Larson

Nunca dejes de luchar por tu sueño. Sentencia que el creador de “Rent” debió escuchar una y mil veces a lo largo de su vida. Pero esta fue cruel con él. Le mató cuando tenía 35 años, el día antes del estreno de la producción que hizo que el mundo se fijara en él. Lin-Manuel Miranda le rinde tributo contándonos quién y cómo era a la par que expone cómo fraguó su anterior musical, obra hasta ahora desconocida para casi todos nosotros.

No todos los compositores y letristas deseosos de llegar a ser producidos y programados en Broadway y que se declaran fans de Stephen Sondheim (West Side Story, Gypsy, Sweeney Todd, Into the Woods…) ven cómo este acude a la presentación de su primer trabajo y posteriormente reciben su llamada alabando lo que ha escuchado. Jonathan Larson lo logró. El destino le ofreció ese regalo, esa pequeña gran recompensa que le valió para perseverar en su dedicación, en su propósito de hacer de la música el medio con el que contarle al mundo la realidad que observaba, las interrogantes que se planteaba y las historias que imaginaba.

tick, tick… Boom!, originalmente titulado 30/90, fue su segundo musical. Una propuesta autobiográfica en la que exponía el cruce de caminos en el que se encontraba a punto de cumplir los treinta en 1990. De un lado, inestabilidad laboral y un horizonte material con la única posibilidad de mal llegar a final de mes; de otro, amigos claudicando ante esa situación o entregándose a la fórmula del capitalismo para estabilizarse. Y entre medias una pareja que le pedía construir un proyecto común y un entorno asolado por el sida, pandemia que se estaba llevando a algunos de sus amigos sin piedad alguna.

Solo unos pocos fueron a ver tick, tick… Boom! hace treinta años en los dos teatros del off-Broadway en que se representó. Ahora esta producción de Netflix nos da la oportunidad de vibrar con su propuesta, aunque sea pasada por el filtro necesario para que funcione cinematográficamente y de que los años transcurridos han hecho que muchas de sus originalidades, como sus fragmentadas estructuras narrativas y servirse de una banda de rock para interpretar su partitura, no nos resulte hoy tan disruptivo como debió serlo entonces. Sin embargo, Miranda no se ha dejado amilanar por el reto y en lugar de ir a la contra, se ha valido de los recursos del lenguaje audiovisual para subrayar lo excepcional del trabajo y lo particular de la personalidad de Larsen.  

Las dos máximas que estructuran el guión, la dirección y el montaje de su debut tras la cámara son la emocionalidad y el ritmo. Unas veces coreografiando, y hasta bailando, las composiciones de Jonathan Larsen y otras mostrando cómo era su proceso creativo, así como exponiendo su manera de ser, pensar y relacionarse. Cómo se comportaba en la introversión de la creación y cómo actuaba en la extroversión de lo laboral, la amistad y el amor. Una propuesta amable y sencilla, a mayor gloria de un Andrew Garfield que se entrega a su personaje enamorando a la cámara con su capacidad tonal, gestual y corporal.

Una cinta que no rehúye el romanticismo y la bohemia que se le presupone a los creadores, pero que al menos no cae en la condescendencia almibarada. Un biopic que antepone su admiración a Larsen a su posibilidad de brillar, de ahí que sea la producción final y el making off de su banda sonora el elemento que la articule, construya y la haga conectar con sus espectadores. Un reto que supera con nota y que probablemente haga de ella una película a la que volver y recurrir en los momentos en que necesitemos alegría y buen humor, ilusión y esperanza.

10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

Paul Bowles y sus “Memorias de un nómada”

Autobiografía de un hombre, más músico que escritor, cuya vida consistió en ir de un sitio a otro para, a medida que conocía culturas y lugares del mundo e interiorizaba experiencias, pasar de un estadio a otro dentro de su particular crecimiento interior. Estas memorias, escritas cuando contaba con sesenta y dos años, tienen más de sucesión cronológica de episodios, personas, lugares, impresiones y retazos de conversaciones que de reflexión sobre su trayectoria vital.

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De EE.UU. a Marruecos, de Francia a Tailandia, de Reino Unido a Kenia, de España a Ceilán, de Suiza a Costa Rica. Fueron muchas las rutas que a lo largo de su existencia llevaron a Paul Bowles (Nueva York, 1910 –  Tánger, 1999) de un continente a otro. Unas veces por motivos literarios, otras musicales y muchas sencillamente para vivir sin más, para experimentar y conocer. En ocasiones también por trabajo, trayectos de ida escribiendo reportajes periodísticos o investigando sobre tradiciones musicales y viajes de vuelta a su país natal para que sus composiciones formaran parte de montajes teatrales e, incluso, producciones cinematográficas.

Unas veces solo, otras acompañado, ya fuera de la mujer con la que más compartió, Jane Auer, de multitud de amigos y colegas (Gertrude Stein, Peggy Guggenheim, Truman Capote, Tennessee Williams, Francis Bacon,…) o con todos aquellos que se encontrara en su camino, de manera más o menos casual y fuera cual fuera su condición (profesional, social, económica, cultural,…). Una vida que comenzó con el soporte económico e intelectual de una familia de buena posición, formada por una madre atenta y cariñosa y un padre estricto y represivo, así como unos abuelos y tíos siempre presentes. Un entorno en el que Bowles no recuerda haber interactuado con otro niño hasta cumplir los cinco años y del que salió para no volver nunca más una vez que comenzó sus estudios universitarios.

Casi cuatrocientas páginas en las que se percibe que vivió cada instante –ya fuera en París, Londres, Fez, Nairobi, México o Bangkok- con una mezcla de idealismo y pragmatismo combinada con ingenuidad y laissez faire, apoyándose en los recursos y personas que encontraba y buscaba allá donde estuviera. Nombres que entonces eran sinónimo de rebeldía y que hoy –ya en el siglo XXI, aunque también probablemente en el momento en que el autor de El cielo protector escribió estas memorias en 1972- son considerados como los innovadores que dieron forma a buena parte del legado intelectual y cultural del siglo XX.

Una etapa de la historia moderna en la que EE.UU. se convirtió en la primera potencia mundial, los imperios franceses y británicos llegaron a su fin y el mundo vivió dos guerras mundiales. Circunstancias que provocaron inestabilidades políticas, sociales y militares de gran calado y que Bowles también vivió de una manera muy particular. Valgan como ejemplo los interrogatorios que sufrió por su afiliación al Partido Comunista –organización que abandonó en 1939- durante la caza de brujas del McCarthismo, o su experiencia en primera persona de la independencia de Marruecos, por cuya cultura quedó prendado desde su primera visita al norte de África en los años 30.

Without stopping (acertado título original) podría ser una obra sugerente. Sin embargo, no lo es tanto. A la hora de plasmar sus vivencias sobre el papel, el objetivo de Paul Bowles es el de poner en orden sus recuerdos y no elaborar y concretar el hilo conductor -que seguro que lo hubo en el plano ideológico, espiritual y creativo- que le llevó de un lugar a otro, no solo geográfico sino también interior. Así es como Memorias de un nómada –a excepción de los capítulos dedicados a su infancia y adolescencia- no pasa de ser un volumen al que acercarse para conocer más sobre la biografía y recorrido de este autor, pero no con el que disfrutar y enriquecerse como lector.

Memorias de un nómada, Paul Bowles, 1972, Editorial Grijalbo.

«Amadeus» de Peter Shaffer

Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

Amadeus es más que un biopic teatral de Mozart (1719 – 1787), es también el relato de los efectos que sobre este tiene el ser el campo de batalla en el que se vive la guerra que Antonio Salieri (1750 – 1825) le declara a Dios al no verse dotado de los dones y gracias sí concedidos a su contemporáneo. Una leyenda en torno a la cual Shaffer fantasea trasladándonos a la Viena de 1823 y a la de la década de 1780 para dejar que Salieri nos cuente directamente -intercalando el monólogo con las escenas recordadas/dialogadas- sin recato alguno el relato de cómo conoció y quedó deslumbrado una y otra vez por un genio al que no solo envidió, sino que odió haciendo todo lo posible por perjudicarle en lo profesional y hundirle en lo personal.

Así, y recorriendo los principales hitos de la carrera artística del de Salzburgo (conciertos, cuartetos y óperas como Las bodas de Fígaro, La flauta mágica o Don Juan), el músico italiano va hilvanando los momentos en que las trayectorias de los dos confluían. Una evolución en la que cruzan de continuo lo creativo (la manera de trabajar y las fuentes de inspiración), lo artístico (los lugares de representación) y la respuesta (el aplauso y la mofa) que ambos recibían tanto del aparato de la corte imperial como del público en general. Incomprensión, distancia y denostación en el caso del autor de uno de los Requiem más famosos de la historia, y alabanzas, reconocimiento y progreso en el del llegado desde una pequeña localidad de la República de Venecia.

Una progresión paralela al profundo y fino retrato psicológico que realiza de la personalidad y la manera de relacionarse con el mundo de ambos, confrontando la imagen que cada uno tenía de sí mismo (sentirse un genio vs. saber que no se es) y el conflicto interior que vivían como consecuencia de lo que su entorno les devolvía.

Un proceso, a su vez, apoyado en una serie de secundarios de los que su creador se sirve para introducir los elementos que marcan la evolución de los acontecimientos. Unos reales (como la mujer de Mozart, el Emperador y algunos miembros de círculo más cercano) y otros que como bufones actúan a modo de miembros de un coro de la comedia griega dando datos que nos sitúan geográfica, temporal o referencialmente (valgan como ejemplo las menciones a Rossini, Bach y Beethoven). Unos y otros sirven como soporte para un in crescendo en el que la combinación de drama y comedia inicial va evolucionando hasta convertirse en una tragedia cuya tensión escala hasta una doble eclosión final.

Señalar la cantidad de anotaciones que incluye la edición que he leído (Penguin Books, 1981) sobre iluminación, escenografía, proyecciones, vestuario, música (indicando el momento exacto de las piezas indicadas a escuchar) y movimientos de actores que Peter Shaffer toma del primer montaje que de Amadeus se hizo en Nueva York en diciembre de 1980. Recursos que consiguen poner de relieve la concepción, relación e interactuación de los distintos planos de acción y mensaje de un texto que resulta tan sólido y redondo como el silencio que queda en el ambiente tras la interpretación de la última nota de muchas de las partituras de Wolfgang Amadeus Mozart.

Amadeus, Peter Shaffer, 1979, Penguin Books.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

«Hermanas». Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

«El sueño de la vida». Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

«El idiota». Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

«Jauría». Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

«Shock (El cóndor y el puma)». El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

«Las canciones». Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

«Lo nunca visto». Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

«Doña Rosita anotada». El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“El niño y la bestia” de Elvira Lindo

Manolo, un niño de nueve años, nos relata con inocencia e ilusión el mundo que descubre al llegar al Madrid de la posguerra. La voz de Elvira Lindo recordando a su padre, la partitura original de Jarkko Riihimäki y la interpretación en directo de Linien Ensemble crean un ambiente muy especial que incita a dejarse llevar, a soñar y viajar con ellos a una época, 1939, y a una etapa, la infancia, que quedaron hace mucho tiempo atrás.

Sentado en primera fila, me sentí más que un espectador privilegiado, flotaba escuchando a Elvira Lindo y a la genial banda sonora que la acompa en este monólogo en el que ella deja de ser ella para convertirse en ella fusionada con su padre.

Volví a conectar con aquel niño de cinco años que una vez fui y al que la magia de la imaginación le trasladaba a otros mundos. Con el adolescente de quince al que el poder de la ficción le confirmaba que existían otras realidades, otros enfoques, otras maneras de ser y de actuar. Y ambos confluían con este hombre de cuarenta y tres años que soy ahora y que está convencido del poder liberador, sanador, estimulador y apaciguador que tiene toda forma de ilusión, más aún si está tan bien concebida y transmitida como sucede en El niño y la bestia.

Una historia infantil, juvenil y adulta al mismo tiempo. Un texto que se traslada de Atocha a Antón Martín y de ahí a La Latina, que pasea por el centro de Madrid, por Lavapiés y la Puerta del Sol, con una mirada que transmite constantemente el deseo de ese niño, que llega solo a un lugar desconocido, por integrarse en el bullicio urbano, conocer las maneras de hacer de sus habitantes y acomodarse a las rutinas de la casa de su tía donde se aloja. Una redacción sencilla, pero sutil, que sin alejarse de su papel de transmitir los pensamientos, elucubraciones y teorías de alguien tan joven, nos traslada las reglas y la anarquía de una ciudad y una población que quería dejar atrás la barbarie bélica sufrida y buscaba sobrevivir en una coordenadas estrechas, secas y oscuras.

Quizás sea el tiempo que lleva ya de rodaje, pero este montaje, estrenado hace un año en Berlín, tiene una solidez que va más allá del hecho de que funcione de principio a fin. A lo ya dicho sobre el texto añado la capacidad como cuentacuentos de Lindo (evocadora de su etapa radiofónica y televisiva como periodista) y el efecto de la música en directo (violín, viola, contrabajo, piano, corno inglés y dos clarinetes). Una interpretación que subraya las vivencias que se escuchan y que nos lleva de unas situaciones a otras, creando y transmitiendo atmósferas, ejerciendo incluso como personaje secundario de una función que, acabas descubriendo, está compuesta de palabras y de notas musicales a partes iguales.

Con sus notas de tango y cuplé, y sonando como las grandes composiciones cinematográficas, lo que Jarkko Riihimäki ha compuesto pide ser grabado. Una pieza redonda de un proyecto que homenajea a un niño que evoca y recuerda a todos los que como él, se vieron obligados a buscarse y ganarse la vida en unas condiciones, un tiempo y un lugar nada fáciles.

El niño y la bestia, Teatro Fernán Gómez (Madrid).

«Las canciones» de Pablo Messiez

Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y nos permitamos ser aquellos a quienes silenciamos y escondemos en nuestro interior. 

Qué tendrá la música que todo lo puede. No hay puerta que no se abra, barrera que no se baje o cielo que no se cubra o se despeje al son que ella marque. Antes que los algoritmos de internet prediciendo nuestro comportamiento estaban las notas desperdigadas sobre una partitura, diciendo si vamos a reír, llorar, dialogar o desear al escucharlas materializadas en sonidos. Algo así es lo que ha hecho Pablo Messiez en Las canciones. No ha partido de cero, sino que ha seleccionado temas -canción ligera italiana, chanson française, voces sudamericanas, Liza Minnelli…- que sabe que te ponen la piel de gallina, te disparan la sonrisa o te obligan a mover los pies. Y con ellos ha trazado un atlas de geografía emocional habitado por dos grupos de personas que coinciden -unos ya estaban y otros acuden- en un local de ensayo con aires de caja de resonancia ye-ye por aquello que tienen en común, la música como motor de vida.

Lo que hasta entonces había sido cotidiano -el pasado familiar, el presente en pareja, el deseo de construirse un futuro- pasa a otra dimensión entre el aquí y la irrealidad. Coordenadas que conocemos pero que no sabemos muy bien dónde ubicar, que deseamos pero alcanzamos muchas menos veces de lo que nos gustaría. Un lugar en el que actuamos conformes a lo que sentimos, hacemos por estar satisfechos con nosotros mismos y deseamos involucrar a los que nos acompañan.

Gracias a la versatilidad de sus actores -qué acierto de casting- y al uso del movimiento en todas sus vertientes (entradas y salidas, disposición sobre el escenario, lenguaje corporal, improvisación y coreografía musical…) Messiez convierte la representación, fluctuando entre el drama chejoviano (se intuyen a Ivanov, La gaviota y las Tres hermanas, entre otras historias del maestro ruso) y la comedia clásica, en un viaje que desborda energía a raudales.

Una experiencia, compartida al unísono por personajes y público, de múltiples sensaciones y emociones -amor, desamor, atracción, admiración, fascinación, rechazo…- que surgen, fluyen, confluyen, van y vienen en una creciente, y totalmente natural, intensidad. Una vivencia que no se graba solo en la vista o en el oído, sino que te permite, incita e impulsa a implicarte en ella con todo el cuerpo, levantándote incluso de la butaca para liberarte -saltando, moviéndote y bailando- de la formalidad que te auto infieres y se espera de ti cuando asistes a un espectáculo teatral.

En La otra mujer -con esa Nina evocadora de Chejov y la Simone- y en su adaptación de Bodas de sangre -con aquella celebración llena de fiesta italiana-, Messiez ya había mostrado su amor por la música y su capacidad para utilizar sus capacidades expresivas y narrativas. Habilidad que eclosiona con Las canciones, con sus letras y músicas registradas en casetes y vinilos, y con las que diseña y monta sobre el escenario este fantástico, sugerente y emotivo espectáculo teatral.  

Las canciones, en el Teatro Kamikaze (Madrid).