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“Serotonina” de Michel Houellebecq

Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

Serotonina

Tenemos un presente de lo más bonito y un futuro que aparentemente lo será aún más. No. No es eso lo que piensa Florence, el protagonista de 46 años de Serotonina. Un hombre sin aliciente alguno que un buen día decide dejar a su novia veinte años más joven, dimitir de su trabajo y rescindir el contrato de alquiler de su residencia en París. ¿Con qué objetivo? Liberar de recuerdos su memoria, certificar el vacío de contenido de su vida y someterla así a un letargo anímico con el que hacerla llegar a su fin. A su muerte, primero intelectual y después física.

La primera persona que utiliza Houellebecq está falta de la serotonina del título, como también lo está su relato de humor, de sueño, de apetito, de deseo sexual,… Lo que hace que su discurso gire constantemente en torno a ello, a lo que le hace pensar, desear y planificar el desequilibrio mental resultante de esa ausencia. Una percepción que adopta la forma de una narrativa obsesiva y visceral, sin intención de agradar ni de empatizar.

Algo que su protagonista vive como normal, pero consciente de que su misantropía no le permite encajar con las posibilidades y exigencias que el mundo real actual nos ofrece y demanda. Motivo por el que ha fracasado o abandonado cada vez que ha tenido la oportunidad de progresar profesionalmente o de convertir en un proyecto de vida conjunta alguna de sus relaciones de pareja. Su pensamiento está centrado en un presente que le produce desidia y su memoria en un pasado lleno de recuerdos sin poso, de registros carentes de emociones, ni siquiera dolorosos. El futuro solo es considerado a corto plazo y el presente es habitable gracias a la asistencia psiquiátrica y farmacológica.

Podría parecer que lo que plantea es inconformismo, necesidad de romper con la monotonía del neoliberalismo económico que todo lo invade, manipula y corrompe. Pero el autor de Sumisión no ahonda en este diagnóstico, ni en sus causas ni en sus consecuencias. No pretende conectar con sus lectores ni que estos lo hagan con su alter ego, ni emocional ni racionalmente. Es lo que hay, y allá cada cual con lo que decida  para hacerle frente o limitarse a sobrevivir al capitalismo global y el desajuste local en el que estamos inmersos.

Lo que sí nos devuelve Houellebecq a través de su personaje, con crudeza y sin anestesia -interpretable también como provocación histriónica-, es aquello que nos negamos a reconocer y afrontar con verdadera decisión. Ya sea por vergüenza (todo lo relacionado con el sexo, desde la educación a la prostitución, el proxenetismo y el abuso infantil), por incapacidad (la degradación del sistema de bienestar) o por negligencia (la dejación de su papel original por parte de administraciones públicas y medios de comunicación). Zonas oscuras de toda persona que según Michel nos asemejan a su protagonista, más que distanciarnos y diferenciarnos de él.

Serotonina, Michel Houellebecq, 2019, Editorial Anagrama.

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“Moby Dick”, la obsesión de José María Pou

La lucha del hombre contra la ballena blanca deja las páginas de la novela de Herman Melville para convertirse en una representación teatral en la que el animal no es más que la excusa para dar rienda suelta a las obsesiones y los delirios de aquel que se siente por encima de los demás. José María Pou es ese actor inmenso que, apoyado en una buena escenografía y una excelente iluminación, hace de la proa de su nave y de su viaje por los océanos un recorrido por la miseria interior del capitán Ahab.

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El Pequod surca los mares haciendo de la pesca de ballenas su medio de vida. Sin embargo, este viaje no tiene ese fin. Poco a poco su tripulación –representada por el étnico Queequeg y el occidental Ismael- se dará cuenta de que el propósito de su capitán no tiene fines económicos y laborales. La suya es una misión personal en la que ellos no son más que piezas instrumentales que él necesita para saldar la deuda que cada día le recuerda su pierna ortopédica, acabar con la vida del animal que casi terminó con la suya tiempo atrás.

Un deseo de venganza sustentada en una rabia apenas contenida y un desprecio absoluto hacia todo lo que no se someta a su absolutismo que el rostro de José María Pou transmite con una árida agresividad que convierte su piel, su mirada y su apostura física en una efigie de la obsesión y en una paradójica construcción del vicio de la tozudez, aquella que combina la inteligencia con la necedad.

La escenografía simulando las distintas partes de la superficie de un barco está perfectamente integrada con las proyecciones en las que se aúna, en una lograda simbiosis, la inmensidad y los distintos comportamientos del agua. Un todo escénico que hace que cuanto ocurre transmita una sensación de dinamismo y desconcierto que angustia doblemente. Por no saber el rumbo hacia el que nos dirigimos ni qué nos exigirá el capricho y la cerrazón de Ahab para conseguir su objetivo. Dos de los motores de esta odisea puesta en pie gracias a una excelente iluminación con la que Andrés Lima transmite tanto acción como estados de ánimo y de un texto que lo mismo convierte a sus intérpretes en personajes que en narradores que sintetizan lo publicado por Herman Melville en 1851.

Una enriquecedora visión con varios puntos de vista sobre lo que ocurre y cómo se percibe y vive desde dentro que permite, a su vez, que Jacob Torres y Oscar Kapoya demuestren su talento. Además de realizar un notable trabajo actoral, ellos son los encargados con sus ágiles y coordinados movimientos de integrar en el relato teatral los cambios escénicos que nos llevan desde el Cabo Cod en EE.UU. a la Polinesia pasando por el Cabo de Buena Esperanza y el Mar de la China.

Meses condensados en noventa minutos en los que las largas jornadas de navegación se ven interrumpidas por intensas tormentas. Tiempo en el que el vacío de la soledad del capitán Ahab queda alterado por la necesidad enfermiza de enfrentamiento que le imprime Pou, convirtiéndose esta en excitación y derroche máximo de adrenalina cuando por fin comienza la batalla.

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Moby Dick, en el Teatro La Latina (Madrid).

Desconcierto, provocación y abismo: “La pianista” de Elfriede Jelinek

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Además del interés de la trama de esta novela, hay otro motivo para iniciar su lectura, el viaje por el lado salvaje de la condición humana que proponen sus páginas. En él las personas son animales, bestias. No hay humanidad alguna, la esencia se reduce a lo primario. La inteligencia y capacidad racional de cuantos habitan y pasan por la Viena de estas páginas tiene como objetivo alimentar sus rasgos y comportamientos primarios. “La pianista” es una hija gobernada de manera absolutista por una madre ególatra, una mujer obsesionada con conseguir la pulcritud supra humana de cada instante, un cuerpo carcelero y proxeneta de sus deseos y sus pulsiones.

Las precisas palabras, el tono asertivo y la rítmica y trenzada secuencia de acciones, diálogos y descripciones crean un universo asfixiante en el que no es posible respirar otro aire que el del tóxico e inexpugnable triángulo formado por la pianista, la madre y el alumno de la primera, así como del entorno en el que se desarrollan sus vidas. Un mundo aparentemente enfermizo bajo los cánones de las apariencias y de la convencionalidad, pero expresado sabiamente por Jelinek con la naturalidad de la inevitabilidad, presentado como el ambiente propio y sin alternativa de la vida humana.

Décadas después de que su compatriota Freud hablara desnudamente de los comportamientos sexuales, de sus posibles motivaciones y sentidos, la Premio Nobel de 2004 retrata un mundo donde estos son más que motor y medio de expresión individual, resultan ser un código de comunicación universal. Ese es el abismo al que es arrastrado el lector, un reto de desconcierto y provocación en el que te asaltarán interrogantes a los que quizás no quieras encontrar o dar abiertamente respuesta. ¿Crees posibles situaciones como las relatadas por Elfriede Jelenek? ¿Te identificas con deseos como los expresados? ¿Has llegado a comportarte de igual manera?

(imagen tomada de softrevolutionzine.org)

“Quartett”: obsesión de Heimer Müller por “Las amistades peligrosas”

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Hay personajes que merecen vivir más allá del texto para que el fueron concebidos, eso es lo que Heiner Müller debió pensar de Merteuil y Valmont, los fabulosos malvados de “Las amistades peligrosas”. No se puede concebir al uno sin el otro, Merteuil y Valmont son en su individualidad el reto que unidos mantienen de manera permanente. Esa tensión es el motor que les dio vida literaria de la mano del francés Pierre Chordelos de Lacros a finales del s. XVIII y teatral en este “Quartett” con la pluma del alemán Heimer Müller a principios del s. XX.

Müller da un paso más allá y en la necesidad el uno por el otro en su juego de la provocación haciendo que sus personalidades trasciendan e intercambien sus cuerpos. A tal punto llega la obsesión -de los personajes y de Müller- que Merteuil se aloja en Valmont y Valmont en Merteuil, y también cada uno de ellos en los secundarios que han elegido como campo de batalla para su retórica. Estos últimos además con el añadido de ser el escenario de su duelo y el terreno para el despliegue de sus personalidades, las víctimas que eligen para sus seducciones, sean estas conductuales o específicamente sexuales.

Partimos de dos personajes literarios con una fuerza extraordinaria que inmersos en el juego creativo y quasi delirante de Heiner Müller hacen que cada palabra, cada frase, cada gesto sean más que un sencillo diálogo, es actitud, es aviso de todo lo que hubo y advertencia de lo que podría haber. Avisado, advertido queda el que quiera iniciar la lectura de este texto o sentarse en la butaca a verlo representado.

(imagen tomada de imagen.com.mx)