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10 textos teatrales de 2021

Obras que ojalá vea representadas algún día. Otras que en el escenario me resultaron tan fuertes y sólidas como el papel. Títulos que saltaron al cine y adaptaciones de novelas. Personajes apasionantes y seductores, también tiernos en su pobreza y miseria. Fábulas sobre el poder político e imágenes del momento sociológico en que fueron escritas.

«The inheritance» de Matthew Lopez. Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

«Angels in America» de Tony Kushner. Los 80 fueron años de una tormenta perfecta en lo social con el surgimiento y expansión del virus del VIH y la pandemia del SIDA, la acentuación de las desigualdades del estilo de vida americano impulsadas por el liberalismo de Ronald Reagan y las fisuras de un mundo comunista que se venía abajo. Marco que presiona, oprime y dificulta –a través de la homofobia, la religión y la corrupción política- las vidas y las relaciones entre los personajes neoyorquinos de esta obra maestra.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

«La estanquera de Vallecas» de José Luis Alonso de Santos. Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

«Juicio a una zorra» de Miguel del Arco. Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

«Un hombre con suerte» de Arthur Miller. Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton. Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

“El Rey Lear” de William Shakespeare. Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet. El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

«La señorita Julia» de August Strindberg. Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet

El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

Transmitimos mucho más comunicándonos sin elaborar nuestro discurso que intentando ejercer la retórica. Resultan más expresivas las interjecciones, los vocativos y los coloquialismos que las frases bien estructuradas pero pronunciadas sin alma. Eso es lo que hace que Glengarry Glen Ross funcione como un tiro de principio a fin. Todo en ella es tan primario y espontáneo que parece más una serie de transcripciones de situaciones reales que el resultado de una ficción meditada, elaborada y precisada por su autor.

Como si David Mamet se hubiera propuesto trasladarnos a la esencia, al interior de la competitividad laboral y comercial en lugar de a una recreación que disfrutar desde una prudente y cómoda distancia. No trata de que nos identifiquemos con alguno de sus personajes, sino que nos veamos envueltos, aturdidos y mareados por una atmósfera plagada de frases entrecortadas, insultos y faltas de respeto, invasiones del terreno, categorizaciones y enjuiciamientos irrespetuosos del comportamiento del otro en la que, sin embargo, ellos se mueven como pez en el agua.

Varias mesas de un restaurante chino en las tres escenas del primer acto, y una oficina patas arriba en el segundo, convertidas en espacios agobiantes. Una batalla psicológica en la que, sea como resultado de las agresiones sea del desgaste que conlleva el estado de alerta, el sufrimiento es continuo. Sobrevivir solo pasa por destruir al contrario. Acabar con sus principios y su buena fe, si hace falta, si es un cliente. Con su autoestima y su dignidad, sin dudarlo lo más mínimo, si es un compañero de trabajo.

La competición por el dinero es una ruleta rusa. Las cifras se mueven de un sitio a otro, pero las reglas no son fijas, y el que no sea capaz de hacerse con él no solo sale de la empresa sino que corre el riesgo de quedar fuera de la sociedad, sin posibilidad de costearse una vivienda o de pagarle los estudios a sus hijos. Teniendo en cuenta esto, ¿a qué responde tanta visceralidad? ¿Es pura agresividad? ¿O es en defensa propia? Los protagonistas de esta función, ¿son animales dispuestos a darlo todo por la victoria o son marionetas del capitalismo más despiadado?

Mamet es un genio en el uso del elemento del elemento nuclear del lenguaje teatral, la palabra. He ahí su anterior American Buffalo (1975) o su posterior Oleanna (1992). Les extrae todo su potencial enunciativo y expresivo, y construye a partir de su unión y contraste atmósferas y personalidades que conjuga en situaciones que medran entre lo anodino de lo cotidiano y una mirada con valor absoluto sobre la naturaleza humana. Aquella en la que se dejan a un lado los filtros de la corrección política, la vergüenza pudorosa y el miedo a la reacción ajena y se muestran los hechos y los comportamientos tal cual son. Normal que David Mamet ganara el Premio Pulitzer de Teatro en 1984 con esta obra.

Glengarry Glen Ross, David Mamet, 1982, Grove Atlantic.

“Material de contrabando” de José Gutiérrez Román

Las palabras son una herramienta con la que evocar el pasado. No con ánimo de ensoñamiento, sino de fijar los puentes que lo unen con el presente. Pero también un deleite, una manera de gozar con la posibilidad que nos dan de fijar imágenes e imaginar y soñar realidades paralelas, así como transmitir emociones y sensaciones tan etéreas y frágiles como sólidas y perdurables.

Los 34 poemas de Material de contrabando están agrupados en tres bloques. En el primero, En este impreciso instante, entramos en un mundo de detalles externos, aparentemente imperceptibles, pero que resultan significativos por lo que despiertan en José Gutiérrez Román (Burgos, 1977). Hay algo de su personalidad, de su manera de ser y estar en el mundo que se materializa en los elementos que atraen su atención, despiertan su verbo y le llevan a articular la retórica con la que los convierte en alegorías de sí mismo. Perennes uno, como el clavo en la pared, caducos otros, como la hoja del árbol que cae cada otoño. Testigos mudos, pruebas fehacientes del paso de la vida, lo mismo da que la contemplemos como una línea narrativa obligada a ir hacia adelante que como una continua sucesión de ciclos.

Los más emotivos son aquellos en los que también se observa a sí mismo, poemas en los que une sin costuras pasado y presente, contrastando lo que fue y hoy no es en un ejercicio de elucubración de lo que podría haber sido. Asertividades con las que transmite el pálpito de su corazón y las pulsiones de su cuerpo, aquel que compartió con voluntad de trascendencia durante la absolutidad de su adolescencia y primera adultez, ya fuera en el descampado que hoy observa desde su centro de salud, en el recordado salón de los padres de aquel amor y pasión de juventud o en el portal y la escalera del piso en el que se celebraron tantas fiestas.

Tiempo que no utiliza como recurso simbólico o filtro épico o romántico, sino como una prueba objetiva de que hay elementos que nos muestran que evolucionamos a la par que seguimos siendo los mismos. Muertes incompletas, el segundo grupo de poemas, incide en esa mirada que quizás tenga más de interrogante sobre el presente. Manera con la que el ganador del Premio Adonais de Poesía en 2010 busca reconocer quién fue y de dónde viene, al tiempo que despertar en nosotros la curiosidad de por qué lo hace, ¿para disfrutar sin más? ¿para aclarar las coordenadas de su aquí y ahora?

Por último, en Pila de palabras, José despliega su saber hacer con el elemento que le da título, desvelando a su vez su esencia, su deleite con el proceso de elaboración y construcción literaria, medio con el que viaja dentro de sí y revela su particular manera de vincularse con el mundo que habita y las personas con que se relaciona (deducible que buena parte de ellas sean aquellas a las que van dedicadas hasta catorce de estas creaciones).  Tras haberse referido a Garcilaso (delicioso soneto el de Otra vuelta de tuerca) y a Rilke en los bloques anteriores, estos últimos poemas tienen un tono más hondo y lírico, ya no son una expresión diáfana, sino una apertura desde la que dejar intuir su concepción de lo efímero, lo doloroso y lo desconocido, pero también de lo ilusionante y lo esperanzador.

Material de contrabando, José Gutiérrez Román, 2020, Editorial Difácil.

“Homebody/Kabul” de Tony Kushner

Tras los bombardeos estadounidenses en 1998 sobre una serie de bases terroristas en Afganistán que mataron a decenas de civiles, Tony Kushner respondió con este texto sobre la espiral de violencia que ha marcado desde siempre la historia del país centroasiático. Una brutal exposición de esa herida abierta que condena a perder la razón y a desangrarse hasta morir a los que allí viven. Un libreto complejo y valiente que no evita las oscuridades del terrible escenario humano, social y político, nacional y mundial, individual y colectivo, en el que se adentra.

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La ironía del destino quiso que esta obra del autor de la genial Angels in America se estrenara en Nueva York en noviembre de 2001, apenas dos meses después del 11-S y cuando las tropas americanas bombardeaban nuevamente Afganistán en su intento de acabar con Bin Laden. Una guerra en la que la población civil volvía a ser la más perjudicada, utilizada como escudo humano por los talibanes y convertida eufemísticamente en daños colaterales por el Pentágono. Un agravio más que hacía de este extenso país una tierra en la que a pesar de su gran belleza natural, todo intento de progreso y desarrollo humano ha quedado convertido siempre en un doloroso espejismo, provocando así la paradoja de que para conocer la cultura e historia afgana haya que hacerlo fuera de sus fronteras, en los grandes museos, los centros de estudios o las tiendas de antigüedades del mundo occidental.

Ese es el hilo conductor del brutal monólogo con el que una mujer inglesa, que después nos tendrá en vilo sin saber si está viva o muerta, inicia Homebody/Kabul, repasando más de dos milenios de historia y contándonos cómo se hace con varios sombreros típicos de una de las regiones de aquella nación cerca de su casa en Londres.  Veinte páginas aparentemente livianas, pero llenas de contenido que se van inoculando en la mente y el corazón de su lector/espectador dejándole sin aliento, sembrando una un desconcertante desasosiego que tomará cuerpo posteriormente a muchos kilómetros de allí.

Será en Kabul, ya en el siguiente acto, donde su marido e hija escuchan en un hotel cómo fue atacada hasta morir por un grupo de diez jóvenes. Sin embargo, su cuerpo no aparece y no hay rastro alguno de él. Lo único que ha quedado de ella es un mapa en el que señala un punto con una interrogante. Aquel en el que la leyenda dice que fue enterrado Caín, el hijo de Adán y Eva, el primer asesino de la historia según la Biblia.

Ese será el detonante a partir del cual ambos familiares recorrerán una realidad de represión y violencia, en la que lo que no acaba en asesinato lo hace en suicidio o en pérdida de la cordura. El burka anula la presencia física de las mujeres y la falta de cultura –libros, música, cine,…- aliena las mentes, mientras que el opio y la heroína aniquilan progresivamente a quienes los utilizan como vía de escape. Maneras de desconectar poco a poco de la realidad, de perder el vocabulario que nos da acceso a espacios (científicos, humanísticos, técnicos) que allí se antojan inexistentes y que en otros lugares son utilizados, paradójicamente, como refugios en los que esconderse de la cotidianidad. Esa en la que los matrimonios no saben por qué siguen juntos, los padres por qué no conectan con sus hijos, o estos no encuentran su sitio cuando aparentemente tienen cuanto necesitan.

Todo esto es lo que bulle de manera simultánea en el texto de Kushner, en una disección –escrita en inglés con pasajes en francés, persa darín y pastún- que va desde los deseos y voluntades más individuales, a las convenciones que nos unen en un sistema de valores y actitudes comunes llamado cultura y llegando hasta aquellos acontecimientos de los que nos abstraemos por considerar que están lejos de nosotros, en manos de los que gobiernan los imperios y naciones en que está organizando el mundo en el que vivimos. Literatura con mayúsculas que nos hace patente que la mayor amenaza a la que quizás tenga que hacer frente el hombre sea él mismo.

“La cantante calva”, tan absurda y divertida como divertida y absurda

Un hombre. Una mujer. Una pareja. Otro hombre. Otra mujer. Otra pareja. Una criada. Un bombero. Gente que habla, a solas, en grupo, entre sí. En un espacio con cinco sillas, un reloj, el periódico del día, un juego de café de porcelana fina y un carrito repleto de botellas de licor medio llenas y medio vacías. Al fondo, una puerta que a veces se abre sola, en ocasiones cuando se llama al timbre y que siempre se cierra tras salir por ella.

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¿Quién es esa señora que anuncia el título? ¿Qué canta? ¿Cuál es su repertorio? ¿Y su estilo? ¿Alguien la ha visto? Esperemos a que aparezca. Sube el telón. La que está en el escenario no puede ser ella, tiene pelo, una hermosa cabellera rizada. No, no es la cantante, es Adriana Ozores, una gran dama de la interpretación. Ella es la Señora Smith, una esposa, porque el que está a su lado, tres sillas más allá es su marido, el Señor Smith, un Joaquín Climent de lo más solemne. Él lee el periódico, ella no, ella habla, él no, él tampoco escucha. Luego ya sí, dialogan, se cuentan cosas, conversan sin decirse nada, como lo hacen dos personas que viven juntas. Le dan vueltas a asuntos funerarios de una conocida que se llama como su marido que se llama como su hijo que se llama como su abuela que se llama como su sobrino que se llama como su tío que se llama como todos los demás miembros de su familia. Resultan graciosos, pintorescos, aunque también patéticos, con un punto penoso, atrapados en sí mismos, el uno en el otro y cada uno lejos del otro.

Más jóvenes que ellos son el Señor y la Señora Martín, Fernando Tejero y Carmen Ruiz, un hombre y una mujer que llegan después. Él es más que un personaje televisivo, ella es más expresiva que un retrato picassiano. No se conocen pero tienen la sensación de que han coincidido en algún momento. En un viaje, en un tren, en un vagón, en un edificio, en un piso, en un apartamento, en un dormitorio, en una cama, desde hace años. Son absurdos, aparentemente incoherentes, lo que relatan tiene una lógica aún por descubrir, una coherencia que se fue de viaje, pero tienen encanto, provocan risas. Están tan vacíos de espíritu que juntos coreografían sus movimientos dándole sentido a sus almas.

Cuando los Smith y los Martín se juntan se monta un buen lío, como si el escenario fuera un salón de baile, pero sin baile. Aunque sí que hay algo de danza cuando aparece Mary, muy fogosa ella, muy ardiente y voluptuosa, con una chispa y gracia efervescente, con una frescura y desparpajo que no se sabe si es que ella es así o es el carácter que le imprime Helena Lanza. Pero para fuego el del capitán de bomberos, él sí que sabe cómo animar y hacer que todo el mundo le siga con la mirada, cómo provocar las ganas de que esta representación teatral siga pasándose de rosca, que siga sin rumbo, da igual hacia dónde, pero que continúe. Y claro, pasa lo que pasa, que Javier Pereira está tan metido en su papel que saltan las alarmas, las carcajadas. Y no una ni dos, sino muchas, a la vez.

Nada es lo que parece. Pero es lo que se ve. No le pidas nada y La cantante calva de Eugène Ionesco y Luis Luque te lo dará todo. No le indiques lo que es y lo que ha de hacer. Síguela sin preguntar, presta atención a su lenguaje, a sus palabras  y a lo que no significan, sin prejuicios, sin principios, sin reglas ni instrucciones y escucharás la letra y música de sus canciones.

La cantante calva, en el Teatro Español (Madrid).

“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

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A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

10 películas de 2016

Periodismo de investigación; mujeres que tienen que encontrar la manera de estar juntas, de escapar, de encontrar a quienes les falta o de sobrevivir sin más; el deseo de vengarse, la necesidad de huir y el impulso irrefrenable de manipular la realidad; ser capaces de dialogar y de entendernos, de comprender por qué nos amamos,…

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Spotlight. Tom McCarthy realizó una gran película en la que lo cinematográfico se mantiene en la sombra para dejar todo el protagonismo a lo que verdaderamente le corresponde, al proceso de construcción de una noticia a partir de un pequeño dato, demostrando cuál es la función social del periodismo y por qué se le considera el cuarto poder.

Carol. Bella adaptación de la novela de Patricia Highsmith con la que Todd Haynes vuelve a ahondar en los prejuicios y la crueldad de la sociedad americana de los años 50 en una visión complementaria a la que ya ofreció en Lejos del cielo. Sin excesos ni remilgos en el relato de esta combinación de drama y road movie en la que la unión entre Cate Blanchett y Rooney Mara echa chispas desde el momento cero.

La habitación. No hay actores, hay personajes. No hay guión, hay diálogos y acción. No hay dirección, hay una historia real que sucede ante nuestros ojos. Todo en esta película respira honestidad, compromiso y verdad. Una gran película sobre lo difícil y lo enriquecedora que es la vida en cualquier circunstancia.

Julieta. Entra en el corazón y bajo la piel poco a poco, de manera suave, sin prisa, pero sin pausa. Cuando te quieres dar cuenta te tiene atrapado, inmerso en un personalísimo periplo hacia lo profundo en el que solo eres capaz de mirar hacia adelante para trasladarte hasta donde tenga pensado llevarte Almodóvar.

La puerta abierta. Una historia sin trampa ni cartón. Un guión desnudo, sin excesos, censuras ni adornos. Una dirección honesta y transparente, fiel a sus personajes y sus vivencias. Carmen Machi espectacular, Terele Pávez soberbia y Asier Etxeandía fantástico. Una película que dejará huella tanto en sus espectadores como, probablemente, en los balances de lo mejor visto en nuestras pantallas a lo largo de este año.

Tarde para la ira. Rabia y sangre fría como motivación de una historia que se plasma en la pantalla de la misma manera. Contada desde dentro, desde el dolor visceral y el pensamiento calculador que hace que todo esté perfectamente estudiado y medido, pero con los nervios y la tensión de saber que no hay oportunidad de reescritura, que todo ha de salir perfectamente a la primera. Así, además de con un impresionante Antonio de la Torre encarnando a su protagonista, es como le ha salido su estreno tras la cámara a Raúl Arévalo.

Un monstruo viene a verme. Un cuento sencillo que en pantalla resulta ser una gran historia. La puesta en escena es asombrosa, los personajes son pura emoción y están interpretados con tanta fuerza que es imposible no dejarse llevar por ellos a ese mundo de realidad y fantasía paralela que nos muestran. Detrás de las cámaras Bayona resulta ser, una vez más, un director que domina el relato audiovisual como aquellos que han hecho del cine el séptimo arte.

Elle. Paul Verhoeven en estado de gracia, utilizando el sexo como medio con el que darnos a conocer a su protagonista en una serie de tramas tan bien compenetradas en su conjunto como finamente desarrolladas de manera individual. Por su parte, Isabelle Huppert lo es todo, madre, esposa, hija, víctima, mantis religiosa, manipuladora, seductora, fría, entregada,… Director y actriz dan forma a un relato que tiene mucho de retorcido y de siniestro, pero que de su mano da como resultado una historia tan hipnótica y delirante como posible y verosímil.

La llegada. Ciencia-ficción en estado puro, enfocada en el encuentro y el intento de diálogo entre la especie humana y otra llegada de no se sabe dónde ni con qué intención. Libre de artificios, de ruido y efectos especiales centrados en el truco del montaje y el impacto visual. Una historia que articula brillantemente su recorrido en torno a aquello que nos hace seres inteligentes, en la capacidad del diálogo y en el uso del lenguaje como medio para comunicarnos y hacernos entender.

Animales nocturnos. Tom Ford ha escrito y dirigido una película redonda. Yendo mucho más allá de lo que admiradores y detractores señalaron del esteticismo que tenía cada plano de “Un hombre soltero”. En esta ocasión la historia nos agarra por la boca del estómago y no nos deja casi ni respirar. Impactante por lo que cuenta, memorable por las interpretaciones de Jake Gyllenhall y Amy Adams, y asombrosa por la manera en que están relacionadas y encadenadas sus distintas líneas narrativas.