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“La ola verde (que sea ley)”, la lógica de los derechos humanos

En 2018 Argentina parecía estar dispuesta a aprobar el aborto legal, una práctica que bajo la sombra de la clandestinidad mata, deja malheridas y estigmatiza cada día a muchas mujeres. Una legalización defendida por los que lo han vivido de cerca y por los que tienen una visión legalista de los derechos humanos y a la que se oponen los que la contemplan como una cuestión inmoral bajo el prisma de la religión.

El procedimiento legislativo argentino obliga a que toda ley deba ser primero aprobada por el Congreso y después ratificada por el Senado. Hasta que esto no ocurre, el texto sometido a votación no pasa a formar parte del ordenamiento jurídico del país. La ola verde nos traslada hasta ese tiempo de esperanza e incertidumbre de hace dos años, entre el dictamen positivo de la primera cámara y a la espera del pronunciamiento de la segunda, en que el sueño de muchos parecía que se iba a convertir en realidad. Hoy sabemos que no lo consiguieron.

Y aunque Que sea ley (el lema de los manifestantes a favor) deja claro desde el primer momento que es un manifiesto en defensa de la legalización del aborto, su exposición no maniquea los argumentos a favor ni satiriza a los que están en contra. Está planteado como un documental más cercano al reportaje de investigación periodística que a lo cinematográfico a través de tres hilos conductores -realidad, experiencia y objetividad- que no solo expone, sino que analiza.

Relato a modo de hemeroteca audiovisual de las sesiones de debate en el Senado. Entrevistas a diferentes perfiles que tienen algo que decir sobre el tema (políticos, médicos, asistentes sociales y mujeres que han pasado por un aborto ilegal). Y datos, con la dificultad de obtener indicadores de fiabilidad absoluta al seguir siendo una práctica penada.

¿Cuáles son los perfiles de las mujeres que abortan en el país? ¿Cómo influye en que se queden embarazadas, sin desearlo, su nivel educativo, económico y las coordenadas familiares en que viven? ¿De qué prácticas abortivas se sirven para poner fin a una gestación no deseada? ¿En qué condiciones de salubridad son practicadas y bajo la dirección de qué clase de profesionales? ¿Qué ocurre cuando no sale bien y acuden al sistema sanitario para ser ayudadas? ¿Cómo son tratadas allí física y afectivamente? ¿Qué les ocurre después?

Pero La ola verde va más allá y tal y como relata Juan Diego Solanas, debatir sobre el aborto no es hacerlo únicamente sobre si llevar a término un embarazo no deseado, sino que implica cuestiones de gran calado sobre el régimen social y político en que vivimos y que no parecen formar parte del argumentario de los que se aferran a Dios y a la fe cristiana para negarse de manera tajante a él.

¿Les vamos a dar unas condiciones de vida dignas a los que hayan de llegar a nuestro mundo? ¿Qué ocurre si la gestante no está en condiciones (físicas y psicológicas) de poder afrontar el embarazo? ¿Qué ocurre con los casos de violación, especialmente cuando son menores?

Preguntas que nos llevan al terreno de las desigualdades endémicas, a la separación de clases (¿por qué para las que tienen dinero que abortan en el extranjero -aun siendo un proceso emocional difícil- no implica riesgos sanitarios extra?) que revelan que este asunto no es solo una cuestión feminista, sino un capítulo más de esa gran ambición por ser completamente conseguida que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (NN.UU., 1948) y cuyo primer artículo dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“The pain and the itch” de Bruce Norris

Tras una aparente comedia costumbrista sobre las relaciones humanas, esta cena de Acción de Gracias revela un drama de múltiples dimensiones (matrimonial, familiar, fraternal, social,…) en el que todo está mucho más relacionado de lo que podríamos imaginar. Un texto que expone miedos y fantasmas con diálogos notables y un ritmo creciente muy bien estructurado y conseguido.

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Si en el cine tiene que ser difícil trabajar con niños, en teatro debe serlo aún más. La apuesta de Bruce Norris no es sencilla ya que el punto en torno al cual pivota esta obra es una niña de cuatro años, Kayla, que entra y sale de manera continua de escena. Ella es la hija de Kelly y Clay, anfitriones de la madre y el hermano del segundo, Carol y Cash, así como de la joven novia de este, Kalina, en la cena del último jueves de noviembre. Un tiempo pasado al que se vuelve desde una tarde nevosa de enero en que Kelly y Clay conversan protocolariamente con el señor Hadid, un hombre de apariencia norteafricana y portando un sombrero que le identifica como miembro de una cultura foránea.

Las indicaciones escenográficas de Norris son sencillas, con tan solo un cambio de luces nos trasladamos desde un presente en el que nos falta información para saber qué ocurre, a un ayer reciente en el que no acertamos a pronosticar en qué derivará una tensión cada vez mayor. Inicialmente esta es debida a cuestiones externas, en la casa debe haberse infiltrado un animal que se come los aguacates de la mesa de la cocina cuando nadie le ve, pero poco a poco comienzan a surgir asuntos relacionales que dejan ver un pasado repleto de argumentos pendientes. Temas por resolver que no se explicitan, pero que se demuestran corporal y verbalmente cargando la atmósfera y el tono de las conversaciones de emociones como el rencor, la ira o el enfado, aunque también hay ocasión para la ironía, la complicidad y la comedia.

En The pain and the itch se habla de manera casual sobre asuntos como los abusos (físicos y psicológicos) sufridos en la infancia (tanto en situaciones de guerra como en la convivencia familiar), se exponen y rebaten planteamientos xenófobos, se discute sobre la sociedad norteamericana y se comentan puntos de vista diferentes sobre el consumo de pornografía o el poder de la imagen sobre una correcta autoestima personal.

Pero quienes logran que su acción no se disperse ni se estanque en el pasado, sino que gire en torno al aquí y ahora, son sus dos personajes aparentemente más discretos, casi enigmáticos, la pequeña Kayla y el señor Hadid. Dos caracteres manejados con sumo acierto por su autor, que de manera sencilla, pero efectiva, intervienen dando entrada en escena a los elementos realmente desestabilizadores y conductores invisibles de cuanto está ocurriendo. De la manera más natural posible, aquella inherente a su identidad y rol con respecto a los que les rodean, hace que ambos se conviertan en las personas que den pie al punto de inflexión en el que las vidas de todos ellos ya no volverán a ser las mismas.

Aunque no llegue a su nivel, esta dramaturgia de Bruce Norris evoca a autores como Tennesee Williams o Arthur Miller, maestros en la disección de las dinámicas familiares, o títulos como ¿Quién teme a Virginia Wolf? (Edward Albee) y August. Osage County (Tracy Letts), textos en los que sus personajes viven auténticas catarsis. Curiosamente Letts estrenó esta última poco tiempo después de haber interpretado el personaje de Cash en sus primeras funciones en Chicago en 2005.

The pain and the itch, Bruce Norris, 2008, Northwestern University Press.

“La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca

Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

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En sus primeras líneas el supuesto autor de La zapatera prodigiosa sale a escena para excusarse ante el público por no rendirle pleitesía y advertirle que lo que va a ver y escuchar no solo es narración y acción, sino también expresión poética y deleite retórico. Música para los oídos con que encandilar el corazón y estimular el alma. En su tercera obra teatral, Federico dejaba claro lo que se puede leer en muchas de las entrevistas que recoge Palabra de Lorca, que su intención era mostrar la realidad, el día a día de la gente normal, de esa que vive y se manifiesta con espontaneidad. Conciudadanos que sentía cercanos y que no tenían nada que ver con el hieratismo inerte de aquella clase pudiente que acudía al teatro buscando textos vacuos y representaciones histriónicas que no cumplieran mayor papel que el de mero entretenimiento.

Una superficialidad a la que el de Fuente Vaqueros se opuso con pasión creadora y oficio literario, con el deseo de dignificar a aquellos a los que la vida les daba más disgustos que alegrías y el propósito de transmitir la belleza intrínseca de sus modos y maneras, de aquello que les hacía auténticos. Objetivos que se ven plenamente cumplidos en esta farsa en dos actos en la que la historia entre el zapatero y la zapatera tiene una parte de fábula amable, pero también otra de exposición sobre los métodos de opresión social sobre la mujer.

La primera es una lección sobre el respeto, la comunicación y la consideración que se deben los miembros de toda pareja si quieren que su relación funcione. Una comedieta fresca y chisposa, alegre y juvenil, pero también serena y sosegada, tal y como son sus protagonistas. Dos caracteres que responden a etiquetas, roles y estereotipos de la época, pero que Garcia Lorca no utiliza para describirles sarcásticamente o catalogarles prejuiciosamente, sino para darle a su expresión el tono, el timbre, el ritmo y la melodía anímica y emocional que haga de ellos altavoces de ese duende invisible y anónimo que siempre supo captar y darle forma con las palabras de sus personajes.

La segunda son todas esas manifestaciones que, disfrazadas tras su musicalidad, acusan cruelmente a la mujer de adúltera, indecente y pecadora, de ser alguien que no merece consideración ni respeto por no cumplir las normas católicas que la exigen ser sumisa, recta, cumplidora y dispuesta a lo que dicte el marido, el padre o el hermano –pero siempre un hombre- que la gobierne.

Cara y cruz de una misma moneda en la que se pueden ver puntos comunes con las grandes obras que Federico escribiría después, con mujeres como esta zapatera, enérgica, deslenguada y deseosa de una vida –individual y matrimonial- plena; la sensualidad y entrega con que se llena el ambiente con tan solo evocar a los hombres; o la falta de libertad de una sociedad que se cuela invisiblemente por todos los rincones robándole su voluntad a cuantos se encuentra.

La zapatera prodigiosa, Federico García Lorca, 1930, Alianza Editorial.

“El idiota” de Vera y Dostoievski

Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

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Hay algo que hace muy especial este montaje de Gerardo Vera. La escena está sólidamente construida a todos los niveles, cada elemento está concebido y trabajado como si fuera el único y tuviera que destacar por encima de todo. Pero cuando escenografía, proyecciones, vestuario, luces, sonido y música se unen a las interpretaciones y el movimiento de los actores sobre las tablas, cumplen estrictamente su función. Resultan excelentes pero dejan que el protagonismo recaiga sobre lo que provocan las andanzas, la personalidad –orgulloso, tozudo e inocente a partes iguales- y el casi siempre imprevisible comportamiento del príncipe Myshkin sobre los que le rodean a su vuelta de Suiza tras pasar una temporada en un internado por problemas médicos.

Así, cuando el escenario abre su acción, atmósfera y emociones hacia el patio de butacas, la sala principal del Teatro María Guerrero se llena de una magnífica sensación, cuanto sucede es producto del libre albedrío del destino y no una ficción literaria. Una fantasía concebida por Dostoievski que se inicia con un protagonista que acude a San Petersburgo en busca de una prima lejana. Allí, el joven huérfano toma contacto con su familia y con aquellos con los que estos se relacionan. Un pequeño universo en el que le llaman especialmente la atención dos mujeres, Alexandra –hija de sus primos- y Anastasia –la prometida de Ganya, el asistente de su familiar, general del ejército ruso-.

La adaptación teatral de José Luis Collado de la novela publicada entre 1868 y 1869 muestra un doble frente. De un lado el de la atracción que confluye en el amor y los síes y los noes sin puntos intermedios del destronado Myshkin. Del otro, aquel contra el que estos chocan continuamente, una sociedad en la que los hombres se mueven por intereses económicos y el ejercicio del poder, y las mujeres por mantener o mejorar su posición social a cambio de seguir unas normas sociales y unos códigos estéticos. Ambiciones desmedidas y rigideces conductuales que generan conflictos y dramas en un ambiente imperial de aire francés en el que los exteriores se combinan con los interiores gracias al acertado manejo de las proyecciones y las transparencias, y los motores hacen subir y bajar escenarios que nos llevan de lugares suntuosos a residencias humildes.

Pero lo mejor de todo es la batuta que marca, además de la música y de los efectos de sonido,  el tono y el ritmo de la narración, el devenir de las personas que habitan El idiota. Y quienes la manejan bajo la muy eficaz dirección de Vera, son sus intérpretes, destacando entre todos ellos los que encarnan a Myshkin y Anastasia. Fernando Gil realiza un trabajo soberbio a nivel verbal, gestual y corporal, haciendo que su personaje sea único y se gane la atención del público por el encanto y atractivo personal que imprime a su personaje. Marta Poveda, en cambio, actúa como un instrumento de percusión, golpea el aire con su presencia haciendo que cuanto la rodea se amolde a la vibración de su presencia y al eco de su recuerdo cuando no está en escena.

El idiota, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“Paseando a Miss Daisy” de Alfred Uhry

Una obra excelente. Un texto que hace de su sencillez -tramas nada complicadas, personajes transparentes y relaciones muy directas- su mayor virtud. Un regalo para los actores que tengan la suerte de representar los 25 años de vida que comparten la áspera Miss Daisy, su siempre correcto chófer y su cortés hijo, desde 1948 hasta 1973, en el conservador y segregacionista sur de EE.UU.

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En la introducción a la edición de su libreto, Alfred Uhry cuenta que los personajes de su obra están basados en distintas personas que conoció siendo niño en su Atlanta natal. Los valores humanos y políticos que transmite Miss Daisy, el particular habla de Hoke –una derivada del inglés que surgió con la llegada al territorio estadounidense de esclavos provenientes del África negra- y las situaciones empresariales y familiares a que ha de hacer frente Boolie, forman una completa imagen sociológica del sureste de EE.UU., más concretamente del estado de Georgia, a mediados del siglo XX.

Driving Miss Daisy se estrenó en Nueva York en 1987 en una sala con 74 butacas. Inicialmente solo iba a estar en cartel durante cinco semanas. Sin embargo, el merecido éxito de crítica y público le dio una larga vida teatral y la catapultó al cine convirtiéndola en guión de una excepcional película que hizo de Jessica Tandy la perfecta Miss Daisy. Un personaje recto, serio y estricto como resultado de las penurias vividas en lo material, los sacrificios realizados para llegar a ser alguien y el espíritu de una época de moral conservadora. Ella es la que –aunque ya no ejerza como madre y esposa- dice a dónde hay que ir y la que –como cuando era profesora- marca el ritmo. Su vida es un triángulo en el que su excesivo orgullo y su inflexibilidad conviven con la paciencia afectiva de su hijo y el empático estoicismo del chófer que él ha contratado para estar a su servicio.

Un mapa relacional a través de cuya evolución desde 1948 a 1973 se puede ver cuán diferente era la vida para los blancos y los negros en aquellos tiempos. Frente a las posibilidades económicas de los primeros, la aspiración a la supervivencia de los segundos, los protocolarios eventos sociales de unos y las entradas por la puerta de servicio de los otros. Tiempos en que la segregación racial era legal y nadie se planteaba las injusticias que esta conllevaba. Hasta la llegada de figuras como Martin Luther King y el cuestionamiento de principios como la igualdad de todos los seres humanos.

Las acertadas situaciones planteadas por Uhry para exponer la evolución, tanto individual de Miss Daisy y Hoke, como de la relación entre ellos, son las propias de personas que comparten tiempo por motivos laborales y que se tratan en una mezcla de distancia protocolaria y una cercanía emocional que comienza siendo inconsciente para después hacerse entre disimulada y pudorosa. Escenas con diálogos que recogen la atmósfera de cada momento, transmitiendo la espontaneidad y casualidad de las circunstancias en que se dan –unas veces en casa, otras lejos de ella o en ruta entre un lugar y otro- y dejando que sea su cotidianidad la que nos revele cómo evoluciona, tanto en lo histórico y sociológico como en lo íntimo y privado, esta tierna, humana y entrañable ficción.

Driving Miss Daisy, Alfred Uhry, 1989, Theatre Communications Group.

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo

“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

HonrarasATuPadre

“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

“Nadie nos oye” de Nando J. López

La adolescencia no es un mundo aparte o una etapa diferente a la de los adultos, sus circunstancias son similares y solo varían las herramientas con que cuentan los que ya no son niños para hacerle frente a la vida y los impedimentos que les suelen poner sus mayores. Esta es la base sobre la que se desarrolla este entretenido thriller que aúna el misterio y la intriga propia del género con la distancia, el silencio y las sospechas que generan la falta de comunicación y los prejuicios cuando se trata de todo lo que tiene que ver con la diversidad sexual, racial y social.

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No hay nada más grande ni más impactante que la vida, tanto cuando llega como cuando se va, especialmente cuando esto ocurre de manera violenta. La brutalidad asociada a un asesinato o un homicidio sacude los cimientos de cuantos conocen a la víctima o comparten con ella algunas de sus coordenadas (lugar de residencia y de trabajo o de estudio, fundamentalmente). Eso es lo que le ocurre a los alumnos, profesores y trabajadores –además de a sus familias y a los vecinos del barrio- del instituto Zayas cuando aparece muerto Asier, uno de los chicos que cada día acude a sus aulas para escuchar a sus profesores, a sus pasillos para relacionarse con sus compañeros y a su club de waterpolo, el Stark, para entrenarse junto con el resto de integrantes, tanto masculinos como femeninos, de su equipo.

Esas son las claves de un thriller en el que la necesidad de saber quién ha sido el asesino es tan importante como dilucidar sus motivaciones y los condicionantes que le puedan haber influido. Una intriga llena de tensión y zozobra emocional que nos adentra en un universo de silencios forzados, sospechas invisibles y sombras espesas en el que Nando J. López pone el foco en dos personas que desde diferentes puntos de vista perciben los desequilibrios de un micromundo que, aunque tiene sus propias características, comparte también las de otros muchos de nuestro panorama social actual. Ese es su principal logro, señalar lo común de las coordenadas que nos presenta, pero subrayando lo que lo hace único y que, por tanto, exige adentrarse en ellas sin dogmatismos basados en conocimientos teóricos o experiencias previas. Quizás las única manera de no caer en la arrogancia y la soberbia de quienes ocultan su desconocimiento y su incapacidad para la empatía tras la impostura de su superioridad moral y sus prejuicios excluyentes contra los homosexuales, las mujeres, los magrebíes,…

Un conseguido retrato social que recuerda al que su autor ya dibujó en su anterior novela, Cuando todo era fácil, con la diferencia que la mayoría de los personajes de Nadie nos oye tienen veinte años menos de edad que los de aquella, aunque la psicóloga Emma bien podría provenir de ella. Su narración a dos voces, la de esta profesional recién llegada al centro escolar para trabajar como consejera del equipo de waterpolo, junto con la de Quique, alumno de segundo de Bachillerato y jugador titular, conforman un relato que aúna la incapacidad de los adultos de tratar a los adolescentes como iguales, y la frustración de estos por la continua constatación de la falsedad que esconden buena parte de las promesas con que los nacidos una generación antes les ocultan muchas de las verdades de la realidad en que vivimos.

El único pero a esta hondura está en el muy similar estilo que tienen Quique y Emma en su estilo, en su manera de expresarse. Lo que no sé muy bien si hace de ellos las dos caras de la misma moneda o los convierte en altavoces de los temas, principios y valores que preocupan a Nando (la igualdad, la diversidad, la libertad) y que se pueden encontrar en mayor o menor medida en otros títulos suyos como El sonido de los cuerpos, #Malditos16 o Los nombres del fuego.

“V y V. Violación y Venganza” de Pilar Bellver

Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo  –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.   

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Pilar Bellver no mira a la tradición como algo lejano, no se refiere al pasado con nostalgia ni con el desdén de la superación, sino que construye a partir de aquel entonces y lo integra como capas de su relato. Ya lo avisa en el prólogo de estas fantásticas ochocientas páginas, que parte de los arquetipos de los caracteres del mito griego de Procne y Filomeles, síntesis creativa que sigue siendo efectiva para transmitir realidades que ocurren hoy igual que un par de milenios atrás. A su vez, sus personajes unen a esta fuente –al igual que la autora con su estilo- la literatura del XIX (rusa, española o francesa), mencionándola por su afinidad a la hora ahondar de manera minuciosa y precisa en la construcción psicológica y en las motivaciones de quienes transitan por sus páginas.

Desde un punto de vista estrictamente literario estas son las dos premisas sobre las que Pilar cimenta con muy alto nivel su V y V. Pero a partir de ellas la escritora de A Virginia le gustaba Vita elabora un relato actual en el que el punto de vista femenino nos hace ver que nuestro mundo actual es heredero y continuador de una serie de construcciones conceptuales en las que el hombre blanco occidental se cree superior a cualquier otro ser humano, incluyendo, por supuesto, al conjunto de las féminas. Tal y como le sucede a las hermanas Bardazoso, que por el hecho de ser mujeres, han de hacer frente a un entorno y un sistema de valores –el rural de su Jaén natal, el internado monjil de su adolescencia, el urbano de su madurez en Madrid y el de la globalidad en que se mueven- en el que la desigualdad de género ha empapado tanto el suelo que pisan que parece que este es su estado natural, cuando no es más que una intervención artificiosa sobre el mismo.

Podría parecer que Violación y Venganza es una novela con intención feminista, pero va más allá de esta cuestión y nos ofrece una panorámica de nuestro mundo en el que los discursos oficiales de progreso y crecimiento se dan de bruces contra una realidad de enfrentamiento y desigualdades (hombre vs. mujer, norte vs. sur, Occidente vs. resto del mundo, cristianismo vs. islam,…) en la que la manipulación, la tortura y el abuso no solo están a la orden del día, sino que en buena medida están admitidos, normalizados y hasta legalizados.

Un escenario de desequilibrios e injusticias del que elige como muestra el medio ambiente y el capitalismo que desde Londres, Frankfurt o Nueva York provoca, con sus decisiones basadas en el libre mercado, la deforestación de reservas naturales como la del Amazonas. Una hecatombe a la que pretende ponerle freno un peculiar grupo terrorista que amenaza con quemar los parques nacionales de EE.UU., sin causar víctima humana alguna, si este país no lidera una conferencia internacional que cese inmediatamente la tala de todos los bosques.

Múltiples planos -drama, thriller, intriga, ácida comedia incluso- que Pilar Bellver expone manejando con suma eficacia múltiples registros en su escritura, desde la transcripción de una tertulia televisiva o una conexión informativa en directo, a la narración tanto en tercera persona como en primera. Un punto de vista singular al que dedica amplio espacio en forma de parlamentos de toda clase de personas y condición, desde adolescentes a adultos, individuos con formación a ilustrados por la vida, de actitudes transparentes y de búsqueda de encuentro a deudoras del maniqueísmo. Un mecanismo formal con el revela una asombrosa capacidad para dar vida al complejo mapa -de emociones y razones en unos casos, imposturas e intereses en otros- que es el interior de cada uno de sus personajes, el atlas en el que todos ellos se interrelacionan y el mundo actual en el que habitan junto a sus lectores.