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“Frankie y Johnny en el claro de luna” de Terrence McNally

Un texto genial sobre la intimidad que surge cuando se conecta con una persona y se siente el abismo del amor. Diálogos sencillos, auténticos y fluidos en los que sus protagonistas revelan quiénes son realmente tras la imagen que transmiten y el miedo, la ilusión, las reservas, los sueños y las esperanzas que sienten. Dos personajes creíbles en cuanto expresan y relatan, con unas circunstancias pasadas y unas coordenadas presentes perfectamente construidas. Una de las obras más emblemáticas de uno de los mejores autores del teatro norteamericano de las últimas décadas.

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Frankie y Johnny son compañeros de trabajo, ella es camarera y él cocinero en un pequeño restaurante griego en Nueva York. Se conocieron hace algo más de un mes, han ido al cine y después… han acabado en casa de ella. Un pequeño apartamento que se convierte en el escenario de los dos actos de esta obra estrenada en 1987 con Kathy Bates y F. Murray Abraham como protagonistas. Al tiempo que se encienden las luces de la función, la relación entre esta mujer de treinta y muchos y este hombre de unos cuantos más adquiere unas nuevas coordenadas. Mientras que él ve una conexión a explorar porque considera que puede ser el inicio del camino del amor, ella considera que ha sido un carpe diem sin más.

Lo que él propone suena a cine en blanco y negro, a literatura clásica y a función de Shakespeare, mientras que lo que ella responde destila soledad, individualidad y auto defensa. Él es recurrente e ingenioso y ella tajante y asertiva. Pero a pesar de las diferencias, los argumentos de ambos no son tan opuestos, sus diferentes puntos de vista sobre cómo interpretar lo sucedido y proceder a partir de ahí resultan casi complementarios.

Sin embargo, el autor de Mothers and sons, Corpus Christi o The Lisbon Traviata no plantea esta situación como un drama existencial o como un merengue no apto para diabéticos, sino como algo espontáneo. Impacta por la cotidianidad con que la muestra y por la transparencia con que expone la decisión a tomar. Si se ve en ello una oportunidad o no y si es que sí, qué supone afrontar lo que puede conllevar. Su excelente escritura plantea con inteligente claridad que eso que llamamos zona de confort es en realidad de defensa y de autoprotección. Un refugio para la salvaguarda de nuestra autoestima y evitar que se vuelvan a abrir heridas como las que provocaron las cicatrices que llevamos en nuestro cuerpo y nuestra alma.

Una propuesta narrativa que Terrence McNally convierte en unos diálogos perfectamente planteados. Los dos actos de Frankie y Johnny son otras tantas escenas que transcurren sin elipsis alguna, pero haciendo que el tiempo se detenga con su exposición dramática. En sus conversaciones, cada uno de sus personajes se convierte en espejo, estímulo y motivación del relato de las vivencias, sentimientos y emociones de su contrario. De esta manera, ambos nos cuentan sus biografías, nos revelan su personalidad -incluyendo tanto sus luces como sus sombras- y se colocan en ese punto de inflexión y reflexión –tanto conjunta como individual- tan delicado, íntimo, único y especial al que McNally también consigue trasladar a sus lectores/espectadores.

Como anécdota, señalar que pocos años después de su estreno en 1987, su notable adaptación cinematográfica –también firmada por McNally y dirigida por Garry Marshall (su siguiente película tras Pretty Woman)- sustituiría a la pareja protagonista por Michelle Pfeiffer y Al Pacino. En los escenarios españoles, los actores dirigidos por Mario Gas encargados de darles vida en 1997 fueron Anabel Alonso y Adolfo Fernández.

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“Descalzos por el parque” de Neil Simon

Comedia endiabladamente divertida, con un ritmo trepidante y diálogos ágiles con un fino y agudo uso del lenguaje. Cuatro personajes cuyas personalidades se complementan a la perfección en la evolución que experimentan sus relaciones a lo largo de la función. Un texto que muestra con gran sentido del humor algunos de los temas que se planteaba la acomodada juventud norteamericana de principios de los 60.

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La aparentemente banal conversación con que se inicia la función entre una joven veinteañera y un instalador de la compañía telefónica nos hace saber que Corrie y Paul se casaron hace seis días en Nueva York. Casi una semana de luna de miel que pasaron en el Hotel Plaza hasta que en la mañana del primer acto él se fue al bufete de abogados en el que trabaja y ella al apartamento recién alquilado, en el que nos encontramos, para acondicionarlo. Una presentación en la que queda claro que esta mujer es despierta e ingeniosa, nada dúctil ni dócil, sonriente, amable y graciosa, pero con carácter, iniciativa y decisión, todo fuego, capaz de improvisar cuanto sea necesario.

Acto seguido llega su marido. Alguien correcto, organizado, pausado, todo aquello que se pueda englobar bajo las características de formal y paciente, las de un hombre pegado a la tierra, necesitado de orden y previsión. Tan diferentes y tan opuestos, y por ello tan cercanos y complementarios. Lo que se dicen y lo que las notas de Neil Simon disponen sobre sus movimientos en escena y el lenguaje no verbal entre ellos, revelan el potencial volcán de alta actividad que es su unión.

Y por si saltaban pocas chispas en esta pareja unida por el amor y el desconocimiento práctico que tienen el uno del otro, hay dos personajes más, tan opuestos a cada uno de ellos como entre sí, y que elevan el humor a niveles absurdamente hilarantes. Ethel, la madre de Corrie, resulta superlativa en todas sus intervenciones, tanto por sus costumbres conservadoras y sus respuestas liberales como por su protector comportamiento y sus condescendientes consejos. Por su parte, el peculiar Víctor, el histriónico señor Velasco, condensa en su persona a un vecindario de hábitos de lo más inusual en un inmueble que parece más un espacio diseñado para una gymkana gimnástica que para residir en él.

De dos en dos las situaciones son divertidas, los diálogos resultan ingeniosos, las conversaciones tienen un punto de carrera retórica que las hace rabiosamente atractivas y sugerentes. Pero cuando se juntan todos en esta vivienda de reducido tamaño, la combinación de las particularidades de cada uno de ellos, del inicio de una convivencia tan deseada como explosiva y de las visitas inesperadas, da como resultado un auténtico espectáculo de fuegos artificiales teatrales en el que no hay un segundo de silencio literario ni de quietud escénica.

Un total no solo divertido e ingenioso, sino extremadamente inteligente. Un ejercicio de dramaturgia sin una línea o un momento por debajo del sobresaliente que permite que miremos con indulgencia la distancia de más de medio siglo que nos separa de la realidad social estadounidense que refleja. Aquella en que las esposas cuidaban del hogar mientras sus cónyuges trabajaban, en que la madurez solo se alcanzaba asumiendo el sacramento del matrimonio y la castidad era imperativo para todo aquel que no estuviera casado.

“Bitch, she’s Madonna”

Marie Louise Veronica Ciccone es la reina del pop desde que lanzara su primer álbum en 1983. Un referente mundial no solo de este género musical, sino de una industria a la que ha hecho evolucionar con su empeño, trabajo y ambición y a la que ha utilizado como altavoz tanto para expresarse creativamente como para defender social y políticamente aquellas causas y principios en los que cree.

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Además de una cantante de gran éxito, Madonna es, o ha sido a lo largo de su ya larga carrera, actriz, bailarina, compositora, productora, empresaria,… y muchas cosas más en las que ha puesto siempre todo su empeño para conseguir el aplauso de su público a la par que ofrecer o transmitir algo de sí misma. Esto es lo que nos cuentan de manera perfectamente coordinada los distintos capítulos de este ensayo (bravo Dos Bigotes por vuestra primera incursión en este género) que analizan al personaje del que muchos somos fans, en todas aquellas facetas en las que ha sido protagonista.

La mujer que con 13 discos de estudio publicados, y un legado de decenas de canciones y videoclips excepcionales, más copias ha vendido en todo el mundo en la historia de la música; show woman con 10 exitosas giras realizadas por cantidad de países ante millones de personas; portavoz sin medias tintas de causas como la visibilidad de la diversidad sexual o la lucha contra el sida; referente para el feminismo; empresaria de éxito; productora, directora y actriz de cine. Logros indudables que muchas veces siguen quedando escondidos tras el ruido –en ocasiones interesadamente machista- de las etiquetas de escándalo y provocación con que su figura y carrera han sido criticadas, cuando no denostadas, sin descanso.

Pero como demuestra el múltiple enfoque de La reina del Pop en la cultura contemporánea, la brillante innovación que ha definido los éxitos artísticos de sus proyectos, el debate social generado en muchos momentos a lo largo de estas tres décadas y el buen efecto que la pátina del tiempo está dando a muchos de sus trabajos, deja claro que tras todo ello ha estado siempre una constante, exigente y perfeccionista profesional con una gran intuición y una excepcional visión creativa y comercial; una trabajadora que nunca descansa y que ha sabido acompañarse de otros creadores de talento excepcional para conseguir –o si no, quedarse cerca- los mejores resultados posibles; además de una persona siempre fiel a sí misma.

Si algo queda claro es que Madonna ha manejado con gran acierto desde que llegó a Nueva York en 1978 las claves del negocio en el que se propuso hacer carrera. Es por ello uno de los máximos exponentes e impulsora de la brutal transformación que el negocio de la música ha experimentado desde entonces.

Un sector que ha pasado de dedicarse a promocionar solistas o grupos para vender álbumes, a construir iconos que ofrecen espectáculos en vivo que beben de la ópera, el teatro, el cabaret o el circo, que se relacionan con su público convirtiéndose en protagonistas de un universo audiovisual que impacta tanto o más que el de las estrellas cinematográficas, obtienen ingresos por vías múltiples (merchandising, diseño de ropa, escribiendo libros, publicitando marcas,…) y utilizan su imagen pública para dar voz a aquellas causas con las que se identifican.

Con todo este bagaje, está claro que Madonna tiene mucho que decir sobre cómo será el futuro de la música y de la industria del espectáculo, así como del papel que ambas habrán de desempeñar en nuestra sociedad.

“Trapicheos en la Segunda Avenida” de Joyce Brabner & Mark Zingarelli

Propuesta gráfica sobre cómo se vivió el comienzo de la pandemia del VIH cuando aún no se sabía lo que era y Nueva York había dejado de ser la ciudad que nunca duerme para convertirse en una urbe oscura, sórdida y carente de humanidad. Un relato –por momentos diferente, aunque finalmente desemboca en terreno conocido- sobre cómo una pequeña parte de la sociedad se organizó para hacer frente a la enfermedad y al dolor.

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Ha pasado mucho tiempo desde que Randy Shilts publicara en 1987 And the band played on, excepcional ensayo en el que detallaba cómo fueron los primeros años de lo que inicialmente se llamó el cáncer gay. Curiosamente, mientras se mantuvo aquella denominación, la inacción de las administraciones públicas, de la industria farmacéutica y del conjunto de la sociedad fue casi absoluta. Tan solo los allegados dotados de esa virtud que es la empatía dejaban a un lado los prejuicios y el desconocimiento para atender y cuidar a los afectados. Uno de esos casos, el número 24, es el que se cruza en la vida del enfermero Ray. Su particular vivencia de lo que sucedió a partir de entonces es lo que le narra décadas después a Joyce Brabner, un flashback que ella ha convertido en esta novela gráfica.

A pesar de lo mucho que se ha relatado sobre aquellos días tan duros y complicados para la comunidad homosexual, todavía quedan muchas pequeñas historias por contar de lo que sucedió. En este sentido, Trapicheos en la Segunda Avenida complementa perfectamente desde el punto de vista bibliográfico el relato humano de textos teatrales como The normal heart de Larry Kramer o Angels in America de Tony Kushner. Y aunque no entre en ello en profundidad, también deja ver el momento social y político estadounidense en que está enmarcado su relato, coordenadas similares a las de películas recientes como la británica Pride o la francesa 120 pulsaciones por minuto.

El tándem Brabner & Zingarelli nos trasladan inicialmente a antes de aquel entonces en que los gays y lesbianas que habían salido del armario vivían su condición con orgullo tras la visibilidad alcanzada con los disturbios de Stonewall en 1969. Un mar de tranquilidad que se vio roto por una incertidumbre en el que la desinformación hizo creer que un fármaco llamado ribavirina podía ser la solución médica a la hecatombe, pastillas cuya consecución implicaban ir hasta México y salvar el obstáculo de las aduanas. A partir de este momento Trapicheos se centra en aquellos viajes al otro lado del Río Bravo y en el compromiso que Ray y su novio Ben asumieron con la causa y en todo lo que hicieron para mejorar las condiciones de vida de aquellos a los que el destino sentenció con lo que después se denominó como SIDA.

Lo que había comenzado como algo relajado y como el retrato de la vida de una pareja va adquiriendo, a medida que se conocen las casuísticas de las personas de su entorno, tintes cada vez más dramáticos. Un drama que resulta real por las circunstancias que complicaban cada una de esas tragedias, ya fuera la inmigración ilegal, el rechazo familiar, el mensaje apocalíptico de las organizaciones religiosas o la falta de medios económicos. Pero a medida que estas tramas se suceden, la de la ribavirina se va desdibujando haciendo que las viñetas de Segunda Avenida se conviertan en terreno conocido, compartiendo mensaje activista y reivindicativo –pero no fuerza narrativa-, con títulos como los antes referidos.

“Picasso” de Patrick O’Brian

Una profusa biografía en la que se tratan los distintos planos –individual, familiar, social, profesional- de un hombre que fue también artista y genio. Un relato excelso sobre un ser profundamente mediterráneo, con un temperamento impulsivo y reflexivo a partes iguales,  pero también entregado y generoso con todo aquello que conformara su mundo –personas, lugares e ideas- siempre que estos fueran fieles a sus convicciones. Un ensayo muy trabajado en el que lo único que se echa en falta son imágenes que ilustren los pasajes en que se habla sobre su obra y se describen sus creaciones.

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A lo largo de sus 92 años de trayectoria vital Pablo se convirtió en uno de los principales motores de la evolución de la pintura y la escultura, llevándolas hasta cotas que aún no han sido superadas. Picasso no solo creaba imágenes y figuras, sino que investigó el uso que se podía hacer de todos sus recursos formales (dibujo, línea, color, composición, volumen, perspectiva,…), técnicas (óleo, acuarela, grabado, litografía, cerámica,…) y materiales (lienzo, cartón, papel, yeso, madera, metal, bronce,…) con que experimentó. No hubo un día de su vida en que no trabajara, ya fuera dando una pincelada, tomando un apunte o moldeando aquello que tuviera entre manos, con ánimo final o como medio de llegar a un continuo más allá que persiguió de manera obsesiva.

Gracias a este impulso interior al que siempre fue fiel dinamitó la evolución de la pintura tras el postimpresionismo para trasladarla a otra dimensión, el cubismo. Una vez conseguido esto profundizó en ella para conseguir nuevos resultados de elementos ya conocidos –como las proporciones clásicas (Ingres o Poussin), las luces barrocas (Rembrandt o Rubens) o las atmósferas románticas (Delacroix). Supo convivir con el surrealismo y la abstracción, coqueteando incluso con ambos movimientos, pero sin dejarse atrapar por sus dimensiones extra artísticas. Trasladó todos estos planos conceptuales a la escultura, rompiendo las reglas y límites en que había sido practicada este entonces, dándole también un aire fresco e innovador que sigue resultando actual hoy.

Y aun cuando su nombre se había convertido ya en una marca y una etiqueta que atraía a miles de personas a las retrospectivas que le dedicaban en los años 50 y 60 en Londres, París, Nueva York o Tokio, él no dudó un solo segundo en seguir, hasta el último día de su biografía, su viaje personal hacia un destino creativo, emocional e intelectual por descubrir. Una búsqueda que desde sus inicios forjó un carácter sin casi punto medio. De una fuerza y tesón sin límites cuando aquello que estaba entre sus manos, o surgía en su camino, apelaba directamente a su corazón, pero también de una frialdad aplastante cuando no empatizaba con las demandas de quienes se acercaban o vivían junto a él.

Patrick O’Brian entreteje este largo camino basándose en su propia experiencia y en testimonios de primera mano. Desde una perspectiva alejada de la de los historiadores del arte, al darle tanta importancia al legado de Picasso –más de 15.000 obras según una fuentes, hasta más de 40.000 según otras- como a todo aquello que formaba parte de su vida en cada momento. Las ciudades en las que residió (Málaga, Coruña, Barcelona, Madrid,…) y los viajes que realizó, las parejas que tuvo y las familias que con ellas creó, los amigos a los que dejó formar parte de su círculo más íntimo, los artistas con los que interactuó (Braque, Matisse, Rousseau,…) o los compromisos ideológicos –más que políticos- que mantuvo a lo largo del siempre convulso –y muchas veces bélico- siglo XX, son tan consecuencia de su arte como motivos argumentales y causas del mismo.

Casi 45 años después de su muerte en 1973 y más de 40 desde la primera edición de este ensayo en 1976, la figura de Picasso sigue siendo apasionante y este volumen una gran fuente para conocerle. Una guía básica que se convierte en fundamental si su lectura se acompaña de las búsquedas en Google para encontrar las imágenes que ilustren los muchos pasajes de sus páginas dedicados a describir las obras que no se reproducen en ellas.

“Lady Bird”, vuelta a los 17 años

Una historia como tantas otras de una adolescente insatisfecha con el mundo en el que vive, pero narrada sin drama ni condescendencia, con el humor que da la distancia de la experiencia y la madurez alcanzada. Si tienes su edad es probable que te identifiques con ella. Si hace tiempo que pasaste por ello hará que eches la vista atrás y recuerdes que tú también viviste un maremágnum de emociones, vivencias y descubrimientos similar al suyo.

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Estudias para ir a una universidad que esté lejos, muy lejos, esperando convertirte una vez que acabes la carrera en alguien que trabaje y gane dinero haciendo lo que le gusta en lugar de enfrentarse cada mañana a aburridos profesores y apuntes aún más soporíferos. Sueñas con pasar al menos un día, ¡uno!, sin que tus padres te corrijan continuamente, sin que te marquen el terreno y te adoctrinen sobre aquello de lo que consideras que no tienen ni idea. Imaginas que puedes hacer con tus amigos lo que realmente deseas. En definitiva, estás harto o harta de tanto mirar hacia el futuro desde un presente que para ti es poco más que nada.

¿Te suena? ¿Es lo que estás viviendo? Vaya mierda, ¿eh? ¿Lo recuerdas? ¿Era así como te sentías? ¿Y qué opinas ahora de cómo eras entonces, de cómo te lo tomabas, de qué pensabas y cómo reaccionabas? ¿Cuánto has cambiado? ¿Qué ha pasado?

Lady Bird no es una película de emociones fuertes, la dirección y el guión de Greta Gerwig optan por lo real y lo auténtico, por mostrar cómo se busca, una y otra vez en cuanto se hace y se vive, la satisfacción. Esa es la meta y no la felicidad, un concepto demasiado lejano, casi abstracto, difícil creer en él. Lady Bird es también un acertado relato sobre la convivencia entre dos generaciones. Entre la imposibilidad de los jóvenes de entender que sus padres lo están haciendo lo mejor posible, y probablemente mucho mejor de lo que lo hicieron con ellos, y la frustración de estos al no entender cómo lo que desearon recibir dos décadas antes provoca ahora reacciones aún más desairadas que las que ellos manifestaron.

La identificación del espectador con Saoirse Ronan es total. La acompaña en su casa y en su habitación. Se percata como ella de la presencia eterna de su padre en el sofá ignorando al resto del mundo. Tampoco soporta el silencio cuando se desplaza en coche con su madre. Se aburre sin remedio en el aula en que sus maestros hacen poco para que las materias de estudio resulten atractivas. Se siente ridículo y valiente, a partes iguales, en el parking en el que esta joven del montón se encuentra con sus compañeros del instituto y se hace la interesante a sabiendas de que aquello tiene más artificio que las modelos de las revistas a las que da por hecho que nunca se parecerá. Cuerpos falsos e irreales pero que viven vidas más interesantes y divertidas, con muchas más posibilidades que las que ella tiene en la anodina Sacramento en la que ha pasado toda su existencia.

Ese es el drama de la joven que desea convertirse en Lady Bird. Quiere dejar de ser Christine, de ser ella, lo que pasa por mudarse a otra ciudad donde todo sea posible, como Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Ese es el anhelo, la ilusión y el objetivo que la motivan, a pesar de las frustraciones y los errores, a seguir hacia delante, al igual que a esta sencilla pero brillante película.