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“Lehman Trilogy”

Triple salto mortal técnicamente perfecto y artísticamente excelente que nos narra la vida y obra de tres generaciones de la familia Lehman -así como el desarrollo de los EE.UU. y del capitalismo desde la década de 1840- gracias al ritmo frenético que marca la dirección de Sergio Peres-Mencheta y la extraordinaria versatilidad de sus seis actores en una miscelánea de comedia del teatro de varietés, exceso cabaretero, expresividad gestual y corporal de cine mudo aderezada con la energía y fuerza de la música en vivo.

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En el principio de los tiempos la economía era trueque, se limitaba al intercambio de productos. Siglos después acabó siendo algo invisible con términos como acciones, valor o cotización. Los hermanos Lehman,  judíos de Baviera que emigraron a EE.UU. en 1845, fueron decididos impulsores de este estadio final. Comerciantes de tejidos, intermediarios de algodón, hierro y carbón que acabaron convirtiéndose en banqueros, lo que implicaba invertir y financiar en cuanto se considerara potencialmente rentable (ferrocarriles, armamento, entretenimiento, tecnología,…). Junto a otros nombres mencionados (como Goldman Sachs o Morgan Stanley), ellos fueron grandes responsables de la forma que tiene el capitalismo en el que vivimos, ese en el que no compramos por necesidad sino por impulso y deseo de poseer.

En 2008 la bancarrota de Lehman Brothers se llevó por delante buena parte del sistema financiero dejando un panorama de paro, crisis, pobreza y números rojos a partir del cual Stefano Massini escribió este texto ácido, mordaz y corrosivo que Peres-Mencheta convierte en una representación vibrante y sin descanso, en la que lo que no asombra, encandila. Tres actos muy medidos y trabajados con minuciosidad que dan como resultado una función que resulta casi envolvente por la cantidad de elementos que la conforman e intervienen en ella.

El primer acto nos traslada hasta mediados del siglo XIX,siendo quizás sea el que le dé más peso a lo narrativo, para contarnos quiénes eran esos tres hermanos que un día llegaron en barco a Nueva York y se establecieron en Alabama. La música de acordes yiddish le da color y ambiente a su relato, al tiempo que quedan claras algunas de las bazas con que juega Lehman Trilogy, sobre todo la de su escenario cabaretero, con sus dos puertas de entrada y salida, su plataforma giratoria, sus distintas alturas y dotado de cuantos elementos escenográficos sean necesarios para convertirlo en lo que haga falta (una tienda, un hogar, un coche, una oficina, un hipódromo,…).

Tras el primer descanso volvemos a Manhattan, los hermanos Lehman están dispuestos a ganar dinero con cuanto se lo propongan, y ahí, en este segundo acto es donde el despliegue de sus actores en esta balada para sexteto en tres actos parece que no se acaba nunca. Además de interpretar a los personajes principales que en cada momento les corresponde, los otros muchos a los que tienen que encarnar durante apenas unos segundos dotan a la puesta en escena de una brutal cantidad de matices y tonos de comedia. Sin embargo, nunca son excesivos, no sobra nada, todo tiene sentido, aparece en el momento oportuno y se mantiene en escena lo justo y necesario.

Y como si se tratara de una función circense, el tercer acto se desarrolla bajo la máxima de “y ahora más difícil todavía”, como si estuviera adoptando el dogma del director de marketing que aparece sobre el escenario a modo de púlpito y que dice algo así como Hagamos creer a esta gente que obtienen de nosotros no aquello por lo que han pagado o lo que necesitan, sino aquello que merecen, ¡todo! Las proyecciones nos vinculan con la Historia, la política y los movimientos sociales del siglo XX, con todo aquello en lo que han intervenido las grandes corporaciones empresariales sin más objetivo que su propio beneficio económico. Empresas que ya no conocemos por sus denominaciones, sino como marcas tras las que se ocultan personas con sus luces y sus sombras, alegrías y miserias, riquezas materiales y pobrezas espirituales contadas a las muchas pulsaciones por minuto que generan la adrenalina de los bailes, los cambios de vestuario, el brillante uso de la iluminación, la entrega física de todo el elenco y las canciones de Bob Dylan, entre otros, que se interpretan en directo.

Llegado el final queda claro queda claro que Lehman Trilogy ha sido un espectáculo con mayúsculas, un ESPECTÁCULO fantástico.

Lehman Trilogy, en los Teatros del Canal (Madrid).

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“Honrarás a tu padre” de Gay Talese

Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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En el epílogo de la edición en español publicada por Alfaguara en 2012, Gay Talese cuenta que su primer encuentro personal con Salvatore “Bill” Bonanno se produjo en los pasillos de los juzgados de Nueva York a mediados de la década de los 60 cuando trabajaba como periodista, precisamente durante el descanso de uno de los procesos que posteriormente narraría en este título. De ahí surgió un interés que derivó en una oferta a Bill por su parte que tiempo después comenzaría a materializarse.

Horas de conversación con el primogénito de uno de los líderes de la Mafia, a las que seguirían otras muchas con personas con él relacionadas –esposa, familia, amigos y “compañeros de trabajo”- que darían lugar a este excepcional volumen en el que se exponen acontecimientos y expresan ideas, sentimientos y emociones que fuera de él seguramente nunca se verbalizaron o compartieron de manera alguna. Un material en bruto de excepcional valor que hemos de suponer que Talese ordena, edita y pule con criterios periodísticos –contar hechos objetivos, aportar datos contrastados, relacionar puntos de vista y desvelar relaciones- al tiempo que le da un estilo narrativo de aires literarios que le pone al mismo nivel que otros maestros de las letras norteamericanas en las lides del “nuevo periodismo” como Tom Wolfe o Truman Capote.

Sin ánimo de ser tomado como verdad absoluta, pero a sabiendas de que no contiene ficción alguna, Honrarás a tu padre muestra que la vida mafiosa tenía poco que ver con el universo de ficción de las películas y plantea si Bill tuvo otra posibilidad que seguir los pasos de su padre por el lado no legal de la vida. Aunque inicialmente se crió y educó al margen del entorno de los bajos fondos que su progenitor dirigía, su sentido del deber y la autoridad que este le transmitía marcaron su camino a seguir. Un compromiso de lealtad y buen hacer que le llevó a ser designado como su heredero ante el resto de clanes con los que se repartía los frutos económicos que generaban las actividades ilegales y delictivas que gestionaban.

Esa es la línea central en torno a la cual se articulan tanto su vida familiar como la compartida entre el gobierno de su propio clan, la competición (mortal incluso) con los dirigidos por otras familias y la conflictiva convivencia con las administraciones públicas. Un excitante, estresante y siempre convulso día a día en el que aunque su corazón le pidiera dedicarle más tiempo y energía a su mujer y sus hijos, la realidad es que estos eran protagonistas secundarios de su vida.

Un recorrido de varias décadas que tiene su prólogo en la Sicilia de principios del siglo XX, más autogestionada por sus habitantes que gobernada por el estado italiano. Origen de muchos de los emigrantes que entraron en EE.UU. por la isla de Ellis en una aventura que iniciaban con las manos vacías y que muchos consiguieron que llegara a darles grandes frutos materiales. Esta es la parte de crónica de esta obra de Talese que nos relata no sólo como llegaron, sino como hicieron para ganarse la vida al margen de la ley en un país que se modernizó y evolucionó a lo largo del siglo XX, tanto en lo económico como en lo social, a velocidad de vértigo.

“Frankie y Johnny en el claro de luna” de Terrence McNally

Un texto genial sobre la intimidad que surge cuando se conecta con una persona y se siente el abismo del amor. Diálogos sencillos, auténticos y fluidos en los que sus protagonistas revelan quiénes son realmente tras la imagen que transmiten y el miedo, la ilusión, las reservas, los sueños y las esperanzas que sienten. Dos personajes creíbles en cuanto expresan y relatan, con unas circunstancias pasadas y unas coordenadas presentes perfectamente construidas. Una de las obras más emblemáticas de uno de los mejores autores del teatro norteamericano de las últimas décadas.

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Frankie y Johnny son compañeros de trabajo, ella es camarera y él cocinero en un pequeño restaurante griego en Nueva York. Se conocieron hace algo más de un mes, han ido al cine y después… han acabado en casa de ella. Un pequeño apartamento que se convierte en el escenario de los dos actos de esta obra estrenada en 1987 con Kathy Bates y F. Murray Abraham como protagonistas. Al tiempo que se encienden las luces de la función, la relación entre esta mujer de treinta y muchos y este hombre de unos cuantos más adquiere unas nuevas coordenadas. Mientras que él ve una conexión a explorar porque considera que puede ser el inicio del camino del amor, ella considera que ha sido un carpe diem sin más.

Lo que él propone suena a cine en blanco y negro, a literatura clásica y a función de Shakespeare, mientras que lo que ella responde destila soledad, individualidad y auto defensa. Él es recurrente e ingenioso y ella tajante y asertiva. Pero a pesar de las diferencias, los argumentos de ambos no son tan opuestos, sus diferentes puntos de vista sobre cómo interpretar lo sucedido y proceder a partir de ahí resultan casi complementarios.

Sin embargo, el autor de Mothers and sons, Corpus Christi o The Lisbon Traviata no plantea esta situación como un drama existencial o como un merengue no apto para diabéticos, sino como algo espontáneo. Impacta por la cotidianidad con que la muestra y por la transparencia con que expone la decisión a tomar. Si se ve en ello una oportunidad o no y si es que sí, qué supone afrontar lo que puede conllevar. Su excelente escritura plantea con inteligente claridad que eso que llamamos zona de confort es en realidad de defensa y de autoprotección. Un refugio para la salvaguarda de nuestra autoestima y evitar que se vuelvan a abrir heridas como las que provocaron las cicatrices que llevamos en nuestro cuerpo y nuestra alma.

Una propuesta narrativa que Terrence McNally convierte en unos diálogos perfectamente planteados. Los dos actos de Frankie y Johnny son otras tantas escenas que transcurren sin elipsis alguna, pero haciendo que el tiempo se detenga con su exposición dramática. En sus conversaciones, cada uno de sus personajes se convierte en espejo, estímulo y motivación del relato de las vivencias, sentimientos y emociones de su contrario. De esta manera, ambos nos cuentan sus biografías, nos revelan su personalidad -incluyendo tanto sus luces como sus sombras- y se colocan en ese punto de inflexión y reflexión –tanto conjunta como individual- tan delicado, íntimo, único y especial al que McNally también consigue trasladar a sus lectores/espectadores.

Como anécdota, señalar que pocos años después de su estreno en 1987, su notable adaptación cinematográfica –también firmada por McNally y dirigida por Garry Marshall (su siguiente película tras Pretty Woman)- sustituiría a la pareja protagonista por Michelle Pfeiffer y Al Pacino. En los escenarios españoles, los actores dirigidos por Mario Gas encargados de darles vida en 1997 fueron Anabel Alonso y Adolfo Fernández.

“Descalzos por el parque” de Neil Simon

Comedia endiabladamente divertida, con un ritmo trepidante y diálogos ágiles con un fino y agudo uso del lenguaje. Cuatro personajes cuyas personalidades se complementan a la perfección en la evolución que experimentan sus relaciones a lo largo de la función. Un texto que muestra con gran sentido del humor algunos de los temas que se planteaba la acomodada juventud norteamericana de principios de los 60.

DescalzosPorElParque

La aparentemente banal conversación con que se inicia la función entre una joven veinteañera y un instalador de la compañía telefónica nos hace saber que Corrie y Paul se casaron hace seis días en Nueva York. Casi una semana de luna de miel que pasaron en el Hotel Plaza hasta que en la mañana del primer acto él se fue al bufete de abogados en el que trabaja y ella al apartamento recién alquilado, en el que nos encontramos, para acondicionarlo. Una presentación en la que queda claro que esta mujer es despierta e ingeniosa, nada dúctil ni dócil, sonriente, amable y graciosa, pero con carácter, iniciativa y decisión, todo fuego, capaz de improvisar cuanto sea necesario.

Acto seguido llega su marido. Alguien correcto, organizado, pausado, todo aquello que se pueda englobar bajo las características de formal y paciente, las de un hombre pegado a la tierra, necesitado de orden y previsión. Tan diferentes y tan opuestos, y por ello tan cercanos y complementarios. Lo que se dicen y lo que las notas de Neil Simon disponen sobre sus movimientos en escena y el lenguaje no verbal entre ellos, revelan el potencial volcán de alta actividad que es su unión.

Y por si saltaban pocas chispas en esta pareja unida por el amor y el desconocimiento práctico que tienen el uno del otro, hay dos personajes más, tan opuestos a cada uno de ellos como entre sí, y que elevan el humor a niveles absurdamente hilarantes. Ethel, la madre de Corrie, resulta superlativa en todas sus intervenciones, tanto por sus costumbres conservadoras y sus respuestas liberales como por su protector comportamiento y sus condescendientes consejos. Por su parte, el peculiar Víctor, el histriónico señor Velasco, condensa en su persona a un vecindario de hábitos de lo más inusual en un inmueble que parece más un espacio diseñado para una gymkana gimnástica que para residir en él.

De dos en dos las situaciones son divertidas, los diálogos resultan ingeniosos, las conversaciones tienen un punto de carrera retórica que las hace rabiosamente atractivas y sugerentes. Pero cuando se juntan todos en esta vivienda de reducido tamaño, la combinación de las particularidades de cada uno de ellos, del inicio de una convivencia tan deseada como explosiva y de las visitas inesperadas, da como resultado un auténtico espectáculo de fuegos artificiales teatrales en el que no hay un segundo de silencio literario ni de quietud escénica.

Un total no solo divertido e ingenioso, sino extremadamente inteligente. Un ejercicio de dramaturgia sin una línea o un momento por debajo del sobresaliente que permite que miremos con indulgencia la distancia de más de medio siglo que nos separa de la realidad social estadounidense que refleja. Aquella en que las esposas cuidaban del hogar mientras sus cónyuges trabajaban, en que la madurez solo se alcanzaba asumiendo el sacramento del matrimonio y la castidad era imperativo para todo aquel que no estuviera casado.

“Bitch, she’s Madonna”

Marie Louise Veronica Ciccone es la reina del pop desde que lanzara su primer álbum en 1983. Un referente mundial no solo de este género musical, sino de una industria a la que ha hecho evolucionar con su empeño, trabajo y ambición y a la que ha utilizado como altavoz tanto para expresarse creativamente como para defender social y políticamente aquellas causas y principios en los que cree.

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Además de una cantante de gran éxito, Madonna es, o ha sido a lo largo de su ya larga carrera, actriz, bailarina, compositora, productora, empresaria,… y muchas cosas más en las que ha puesto siempre todo su empeño para conseguir el aplauso de su público a la par que ofrecer o transmitir algo de sí misma. Esto es lo que nos cuentan de manera perfectamente coordinada los distintos capítulos de este ensayo (bravo Dos Bigotes por vuestra primera incursión en este género) que analizan al personaje del que muchos somos fans, en todas aquellas facetas en las que ha sido protagonista.

La mujer que con 13 discos de estudio publicados, y un legado de decenas de canciones y videoclips excepcionales, más copias ha vendido en todo el mundo en la historia de la música; show woman con 10 exitosas giras realizadas por cantidad de países ante millones de personas; portavoz sin medias tintas de causas como la visibilidad de la diversidad sexual o la lucha contra el sida; referente para el feminismo; empresaria de éxito; productora, directora y actriz de cine. Logros indudables que muchas veces siguen quedando escondidos tras el ruido –en ocasiones interesadamente machista- de las etiquetas de escándalo y provocación con que su figura y carrera han sido criticadas, cuando no denostadas, sin descanso.

Pero como demuestra el múltiple enfoque de La reina del Pop en la cultura contemporánea, la brillante innovación que ha definido los éxitos artísticos de sus proyectos, el debate social generado en muchos momentos a lo largo de estas tres décadas y el buen efecto que la pátina del tiempo está dando a muchos de sus trabajos, deja claro que tras todo ello ha estado siempre una constante, exigente y perfeccionista profesional con una gran intuición y una excepcional visión creativa y comercial; una trabajadora que nunca descansa y que ha sabido acompañarse de otros creadores de talento excepcional para conseguir –o si no, quedarse cerca- los mejores resultados posibles; además de una persona siempre fiel a sí misma.

Si algo queda claro es que Madonna ha manejado con gran acierto desde que llegó a Nueva York en 1978 las claves del negocio en el que se propuso hacer carrera. Es por ello uno de los máximos exponentes e impulsora de la brutal transformación que el negocio de la música ha experimentado desde entonces.

Un sector que ha pasado de dedicarse a promocionar solistas o grupos para vender álbumes, a construir iconos que ofrecen espectáculos en vivo que beben de la ópera, el teatro, el cabaret o el circo, que se relacionan con su público convirtiéndose en protagonistas de un universo audiovisual que impacta tanto o más que el de las estrellas cinematográficas, obtienen ingresos por vías múltiples (merchandising, diseño de ropa, escribiendo libros, publicitando marcas,…) y utilizan su imagen pública para dar voz a aquellas causas con las que se identifican.

Con todo este bagaje, está claro que Madonna tiene mucho que decir sobre cómo será el futuro de la música y de la industria del espectáculo, así como del papel que ambas habrán de desempeñar en nuestra sociedad.

“Trapicheos en la Segunda Avenida” de Joyce Brabner & Mark Zingarelli

Propuesta gráfica sobre cómo se vivió el comienzo de la pandemia del VIH cuando aún no se sabía lo que era y Nueva York había dejado de ser la ciudad que nunca duerme para convertirse en una urbe oscura, sórdida y carente de humanidad. Un relato –por momentos diferente, aunque finalmente desemboca en terreno conocido- sobre cómo una pequeña parte de la sociedad se organizó para hacer frente a la enfermedad y al dolor.

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Ha pasado mucho tiempo desde que Randy Shilts publicara en 1987 And the band played on, excepcional ensayo en el que detallaba cómo fueron los primeros años de lo que inicialmente se llamó el cáncer gay. Curiosamente, mientras se mantuvo aquella denominación, la inacción de las administraciones públicas, de la industria farmacéutica y del conjunto de la sociedad fue casi absoluta. Tan solo los allegados dotados de esa virtud que es la empatía dejaban a un lado los prejuicios y el desconocimiento para atender y cuidar a los afectados. Uno de esos casos, el número 24, es el que se cruza en la vida del enfermero Ray. Su particular vivencia de lo que sucedió a partir de entonces es lo que le narra décadas después a Joyce Brabner, un flashback que ella ha convertido en esta novela gráfica.

A pesar de lo mucho que se ha relatado sobre aquellos días tan duros y complicados para la comunidad homosexual, todavía quedan muchas pequeñas historias por contar de lo que sucedió. En este sentido, Trapicheos en la Segunda Avenida complementa perfectamente desde el punto de vista bibliográfico el relato humano de textos teatrales como The normal heart de Larry Kramer o Angels in America de Tony Kushner. Y aunque no entre en ello en profundidad, también deja ver el momento social y político estadounidense en que está enmarcado su relato, coordenadas similares a las de películas recientes como la británica Pride o la francesa 120 pulsaciones por minuto.

El tándem Brabner & Zingarelli nos trasladan inicialmente a antes de aquel entonces en que los gays y lesbianas que habían salido del armario vivían su condición con orgullo tras la visibilidad alcanzada con los disturbios de Stonewall en 1969. Un mar de tranquilidad que se vio roto por una incertidumbre en el que la desinformación hizo creer que un fármaco llamado ribavirina podía ser la solución médica a la hecatombe, pastillas cuya consecución implicaban ir hasta México y salvar el obstáculo de las aduanas. A partir de este momento Trapicheos se centra en aquellos viajes al otro lado del Río Bravo y en el compromiso que Ray y su novio Ben asumieron con la causa y en todo lo que hicieron para mejorar las condiciones de vida de aquellos a los que el destino sentenció con lo que después se denominó como SIDA.

Lo que había comenzado como algo relajado y como el retrato de la vida de una pareja va adquiriendo, a medida que se conocen las casuísticas de las personas de su entorno, tintes cada vez más dramáticos. Un drama que resulta real por las circunstancias que complicaban cada una de esas tragedias, ya fuera la inmigración ilegal, el rechazo familiar, el mensaje apocalíptico de las organizaciones religiosas o la falta de medios económicos. Pero a medida que estas tramas se suceden, la de la ribavirina se va desdibujando haciendo que las viñetas de Segunda Avenida se conviertan en terreno conocido, compartiendo mensaje activista y reivindicativo –pero no fuerza narrativa-, con títulos como los antes referidos.

“Picasso” de Patrick O’Brian

Una profusa biografía en la que se tratan los distintos planos –individual, familiar, social, profesional- de un hombre que fue también artista y genio. Un relato excelso sobre un ser profundamente mediterráneo, con un temperamento impulsivo y reflexivo a partes iguales,  pero también entregado y generoso con todo aquello que conformara su mundo –personas, lugares e ideas- siempre que estos fueran fieles a sus convicciones. Un ensayo muy trabajado en el que lo único que se echa en falta son imágenes que ilustren los pasajes en que se habla sobre su obra y se describen sus creaciones.

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A lo largo de sus 92 años de trayectoria vital Pablo se convirtió en uno de los principales motores de la evolución de la pintura y la escultura, llevándolas hasta cotas que aún no han sido superadas. Picasso no solo creaba imágenes y figuras, sino que investigó el uso que se podía hacer de todos sus recursos formales (dibujo, línea, color, composición, volumen, perspectiva,…), técnicas (óleo, acuarela, grabado, litografía, cerámica,…) y materiales (lienzo, cartón, papel, yeso, madera, metal, bronce,…) con que experimentó. No hubo un día de su vida en que no trabajara, ya fuera dando una pincelada, tomando un apunte o moldeando aquello que tuviera entre manos, con ánimo final o como medio de llegar a un continuo más allá que persiguió de manera obsesiva.

Gracias a este impulso interior al que siempre fue fiel dinamitó la evolución de la pintura tras el postimpresionismo para trasladarla a otra dimensión, el cubismo. Una vez conseguido esto profundizó en ella para conseguir nuevos resultados de elementos ya conocidos –como las proporciones clásicas (Ingres o Poussin), las luces barrocas (Rembrandt o Rubens) o las atmósferas románticas (Delacroix). Supo convivir con el surrealismo y la abstracción, coqueteando incluso con ambos movimientos, pero sin dejarse atrapar por sus dimensiones extra artísticas. Trasladó todos estos planos conceptuales a la escultura, rompiendo las reglas y límites en que había sido practicada este entonces, dándole también un aire fresco e innovador que sigue resultando actual hoy.

Y aun cuando su nombre se había convertido ya en una marca y una etiqueta que atraía a miles de personas a las retrospectivas que le dedicaban en los años 50 y 60 en Londres, París, Nueva York o Tokio, él no dudó un solo segundo en seguir, hasta el último día de su biografía, su viaje personal hacia un destino creativo, emocional e intelectual por descubrir. Una búsqueda que desde sus inicios forjó un carácter sin casi punto medio. De una fuerza y tesón sin límites cuando aquello que estaba entre sus manos, o surgía en su camino, apelaba directamente a su corazón, pero también de una frialdad aplastante cuando no empatizaba con las demandas de quienes se acercaban o vivían junto a él.

Patrick O’Brian entreteje este largo camino basándose en su propia experiencia y en testimonios de primera mano. Desde una perspectiva alejada de la de los historiadores del arte, al darle tanta importancia al legado de Picasso –más de 15.000 obras según una fuentes, hasta más de 40.000 según otras- como a todo aquello que formaba parte de su vida en cada momento. Las ciudades en las que residió (Málaga, Coruña, Barcelona, Madrid,…) y los viajes que realizó, las parejas que tuvo y las familias que con ellas creó, los amigos a los que dejó formar parte de su círculo más íntimo, los artistas con los que interactuó (Braque, Matisse, Rousseau,…) o los compromisos ideológicos –más que políticos- que mantuvo a lo largo del siempre convulso –y muchas veces bélico- siglo XX, son tan consecuencia de su arte como motivos argumentales y causas del mismo.

Casi 45 años después de su muerte en 1973 y más de 40 desde la primera edición de este ensayo en 1976, la figura de Picasso sigue siendo apasionante y este volumen una gran fuente para conocerle. Una guía básica que se convierte en fundamental si su lectura se acompaña de las búsquedas en Google para encontrar las imágenes que ilustren los muchos pasajes de sus páginas dedicados a describir las obras que no se reproducen en ellas.