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“The inheritance” de Matthew Lopez

Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

El futuro se diseña desde un presente resultado de un pasado construido con el trabajo, las ideas y el esfuerzo de todos aquellos que estuvieron o llegaron aquí antes que nosotros. Ese es el doble principio sobre el que está anclada esta obra estructurada en dos partes, de tres horas de duración cada una, estrenada en Londres en 2018 y en Broadway en 2019. También sobre la figura de E.M. Forster (1879-1970) en lo literario y los disturbios de Stonewall y el activismo que surgió en los 80 para hacer frente a la pandemia del VIH/SIDA.

El autor de Howards End y Maurice -protagonista que dirige la dimensión meta teatral de este texto- marca con sus afirmaciones e interrogantes la pauta sobre cómo se construye una ficción, qué información necesitamos saber sobre los personajes principales y qué han de mostrar para ser verosímiles. Respuestas que guía y materializa sobre el escenario con la ayuda de un grupo de hasta diez jóvenes aspirantes a escritores. Un coro que también encarna a los muchos secundarios de esta función que toma como marco temporal los meses antes y después de la sacudida que para el activismo social y el progresismo político supuso la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Dos parejas, Eric y Toby y Henry y Walter, articulan unos acontecimientos en los que tienen mucho peso cuestiones como los abusos sufridos durante la infancia por ser gay -circunstancia de la que se toma conciencia por el insulto y la agresión del entorno antes de la propia auto percepción- o el haber sido testigo décadas atrás de la hecatombe que supuso ver morir a amigos, conocidos y vecinos por una enfermedad para la que no había tratamiento y a la que la sociedad respondía ignorándoles, despreciándoles y estigmatizándoles.

Claves vivenciales que determinan la base psicológica e histórica sobre la que se cimentan las relaciones de amistad y de pareja entre los hombres -y por extensión, entre la generalidad de los homosexuales de nuestro tiempo- de esta ambiciosa historia. Unas veces con ánimo de reciprocidad y complementariedad, y otras de total utilitarismo, cayendo en la cosificación sexual, la banalidad material, la soberbia del ego o todas ellas a la vez. La minuciosidad de Matthew Lopez -evocadora de Larry Kramer (Faggots, The normal heart) y Tony Kushner (Angels in America)- consigue que las situaciones que plantea aúnen el capricho del libre discurrir del tiempo con los efectos acumulativos de su sedimentación.

Lo que sus diálogos, monólogos y narraciones nos transmiten resulta tan casual como causal, llevándonos a la par por el camino del destino y por el sendero de las cuestiones no resueltas que nos perseguirán hasta que no las afrontemos y demos solución. En su propósito por ofrecer un relato humano y creíble con el que empatizar y hasta identificarnos, Lopez no se limita a la denuncia política y la crítica social, sino que apela también a la responsabilidad individual y al papel activo que cada uno de nosotros puede tener en un futuro más humano y respetuoso. Una catarsis necesaria que pasa por ejercer este deber desde ya y agradecer su lucha y sus logros a los que nos precedieron.  

The inheritance, Matthew Lopez, 2018, Faber & Faber.

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

10 novelas de 2020

Publicadas este año y en décadas anteriores, ganadoras de premios y seguro que candidatas a próximos galardones. Historias de búsquedas y sobre la memoria histórica. Diálogos familiares y continuaciones de sagas. Intimidades epistolares y miradas amables sobre la cotidianidad y el anonimato…

“No entres dócilmente en esa noche quieta” de Rodrigo Menéndez Salmón. Matar al padre y resucitarlo para enterrarlo en paz. Un sincero, profundo y doloroso ejercicio freudiano con el que un hijo pone en negro sobre blanco los muchos grises de la relación con su progenitor. Un logrado y preciso esfuerzo prosaico con el que su autor se explora a sí mismo con detenimiento, observa con detalle el reflejo que le devuelve el espejo y afronta el diálogo que surge entre los dos.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith. Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

“Mis padres” de Hervé Guibert. Hay escritores a los imaginamos frente a la página en blanco como si estuvieran en el diván de un psicólogo. Algo así es lo que provoca esta sucesión de momentos de la vida de su autor, como si se tratara de una serie fotográfica que recoge acontecimientos, pensamientos y sensaciones teniendo a sus progenitores como hilo conductor, pero también como excusa y medio para mostrarse, interrogarse y dejarse llevar sin convenciones ni límites literarios ni sociales.

“Como la sombra que se va” de Antonio Muñoz Molina. Los diez días que James Earl Gray pasó en Lisboa en junio de 1968 tras asesinar a Martin Luther King nos sirven para seguir una doble ruta. Adentrarnos en la biografía de un hombre que caminó por la vida sin rumbo y conocer la relación entre Muñoz Molina y esta ciudad desde su primera visita en enero de 1987 buscando inspiración literaria. Caminos que enlaza con extraordinaria sensibilidad y emoción con otros como el del movimiento de los derechos civiles en EE.UU. o el de su propia maduración y evolución personal.

“La madre de Frankenstein” de Almudena Grandes. El quinto de los “Episodios de una guerra interminable” quizás sea el menos histórico de todos los publicados hasta ahora, pero no por eso es menos retrato de la España dibujada en sus páginas. Personajes sólidos y muy bien construidos en una narrativa profunda en su recorrido y rica en detalles y matices, en la que todo cuanto incluye y expone su autora constituye pieza fundamental de un universo literario tan excitante como estimulante.

“El otro barrio” de Elvira Lindo. Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

“pequeñas mujeres rojas” de Marta Sanz. Muchas voces y manos hablando y escribiendo a la par, concatenándose y superponiéndose en una historia que viene y va desde nuestro presente hasta 1936 deconstruyendo la realidad, desvelando la cara oculta de sus personajes y mostrando la corrupción que les une. Una redacción con un estilo único que amalgama referencias y guiños literarios y cinematográficos a través de menciones, paráfrasis y juegos tan inteligentes y ácidos como desconcertantes y manipuladores.

“Un amor” de Sara Mesa. Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff. Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead. El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica como medio para ser una sociedad verdaderamente democrática.

“Los chicos de la Nickel” de Colson Whitehead

El racismo tiene muchas manifestaciones. Los actos y las palabras que sufren las personas discriminadas. Las coordenadas de vida en que estos les enmarcan. Las secuelas físicas y psíquicas que les causan. La ganadora del Premio Pulitzer de 2020 es una novela austera, dura y coherente. Motivada por la exigencia de justicia, libertad y paz y la necesidad de practicar y apostar por la memoria histórica para ser una sociedad verdaderamente democrática.

EE.UU., primera potencia mundial, el país en cuyo espejo muchos se miran o han mirado. Admirando, envidiando o aspirando a cuanto vemos en sus películas, series o videoclips con el marchamo made in USA. Pero tras esa vibrante, colorida y sonriente marca de país, hay una nación que tiene mucho de clasista, xenófoba y elitista. Y no son comportamientos aislados o episodios concretos. Basta recordar el reciente Black Lives Matter, una prorrogación más en el tiempo del movimiento liderado a principios de los 60 por Martin Luther King en pro de los derechos civiles. Voces que no piden privilegios ni libertad, sino igualdad. Sin esta, aquella es imposible.

Whitehead no se queda en la superficie de la reivindicación, sino que profundiza en lo que ya conocemos y constata cómo esa incongruencia de la humanidad que es el desprecio por el prójimo, se concreta en la vida de cualquier ciudadano anónimo. De alguien que, si esta forma de crueldad no hubiera aparecido en su camino, hubiera sido un niño, un adulto y una persona mayor que creció, vivió y llegó a su final sin más. Elwood Curtis es el joven al que sigue, contándonos a través de sus experiencias y reflexiones las limitaciones, negaciones y humillaciones que suponía ser negro en el sur de su país a principios de los 60. Cómo su búsqueda de referentes y su ánimo por comprender hace que repare en la figura y las palabras de Luther King. Y el giro que da su vida cuando una sentencia judicial le interna en la Academia Nickel.

Partiendo de hechos reales adaptados convenientemente, Colson nos lleva desde el esfuerzo de su protagonista por entender sus circunstancias en Tallahassee y la dificultad para progresar en ellas, al infierno en el que se vio sumido en aquel lugar supuestamente destinado a la educación y la formación práctica de sus internos. Sin caer en la pornografía ni en el sensacionalismo, pero tampoco escatimando la realidad de los abusos y las torturas que décadas después llegaron a la prensa y a los tribunales. Da la información justa para entender cómo lo que allí ocurría era alentado e ignorado por su exterior, la impunidad con que se organizaba y realizaba, así como la vivencia -tanto en carne propia como testifical- de aquellos chavales sin un segundo de descanso psicológico.

Los saltos en el tiempo que nos llevan desde Florida a Nueva York nos permiten reposar la angustia, el temor y la incertidumbre que también se siente a este lado de las páginas. Aunque hagan evidente el pragmatismo de su estructura y la intencionalidad de su escritura, introducen la interrogante del misterio y el deseo de conocer qué ha hecho posible pasar de unas coordenadas temporales y geográficas a otras, y qué las mantiene unidas. Una capa más de tensión, de la suspensión de la realidad y la verosimilitud que crea, y en que se mantiene, Los chicos de la Nickel durante todo su relato.

Los chicos de la Nickel, Colson Whitehead, 2020, Literatura Random House.

“84, Charing Cross Road” de Helene Hanff

Intercambio epistolar lleno de autenticidad y honestidad. Veinte años de cartas entre una lectora neoyorquina y sus libreros londinenses que muestran la pasión por los libros de sus remitentes y retratan la evolución de los dos países durante las décadas de los 50 y los 60. Una pequeña obra maestra resultado de la humildad y humanidad que destila desde su primer saludo hasta su última despedida.

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En la actualidad, internet es la alternativa –cuando no la primera opción- a la hora de comprar si queremos evitar desplazarnos hasta el lugar en el que adquirir aquello que nos interesa. Tiempo atrás esto se hacía por catálogo o por carta, incluso. Hasta este último escenario, sin teclados electrónicos de por medio, y sin más instrumento que papel y pluma o máquina de escribir, nos trasladan las poco más de cien páginas de 84, Charing Cross Road. Hasta 1949, año en que Nueva York era ya la capital del mundo y Londres una urbe aún herida por las bombas de la II Guerra Mundial y la escasez y el racionamiento alimenticio que durante años conllevó su recuperación.

Aspectos que enmarcan correctamente su relato, pero que en ningún momento se convierten en el contenido principal de las misivas que Helen intercambia con el personal de la librería Marks & Co., especializada en ejemplares de segunda mano. Principalmente con Frank, aunque con el tiempo lo haga también con algunas de sus compañeras de trabajo, así como con su mujer, Nora. Redacciones siempre formales, pero directas, en las que sus remitentes muestran tanto lo que les motiva, el placer espiritual de la lectura y la experiencia material de los libros, como aquello que les preocupa y condiciona, el contenido de su nevera, los hijos, la estabilidad laboral…

Lo que hace que este título enganche y apasione es que establece con sus lectores el mismo vínculo que entre sus protagonistas, el placer de haber conectado con alguien que, aunque a su manera, está en coordenadas similares a las tuyas. La alegría de saberte comprendido y la paz que te permite mostrarte sin filtros. Así es como Helen comparte que es una mujer que vive sola de alquiler en la gran manzana y se gana la vida escribiendo –guiones, relatos, novelas,…- mientras que desde el otro lado del Atlántico le cuentan con gran modestia que venden libros que han clasificado y valorado tras buscarlos donde quiera que hiciera falta para dar con los mejores ejemplares.

Entre referencias a títulos y autores clave tanto de la literatura clásica como de la británica, la lectora estadounidense cuenta con naturalidad cómo evoluciona su situación dentro del sector editorial mientras que sus interlocutores postales le exponen cómo progresan en el marco del desarrollo económico y social que el Reino Unido experimentó durante la segunda mitad del siglo XX. En total, 80 mensajes de los muchos que debieron compartir a lo largo de 20 años que comienzan como un contacto correcto entre desconocidos, convirtiéndose poco a poco en una conversación entre personas que se sienten cercanas y derivar en un afectuoso y sincero diálogo entre amigos.

84, Charing Cross Road, Helene Hanff, 1970, Editorial Anagrama.

Los instantes neoyorquinos de Barbara Probst

Entre los muchos nombres que incluye “Cámara y ciudad”, la exposición con que Caixaforum repasa la relación entre la fotografía y el urbanismo en los últimos cien años, me llamó la atención la propuesta de esta alemana afincada en Nueva York. Sus composiciones parten de una escena captada desde distintos puntos de vista con el objetivo de amplificar su potencial narrativo e ir más allá del simbolismo, la esteticidad y monumentalidad de lo encuadrado.

Exposición 9: Nueva York, estación Grand Central, 18 de diciembre de 2001, 13:21. Centro Pompidou, París.

El vestíbulo de Grand Central Station el 18 de diciembre de 2001 y la esquina de Broadway con Broome el pasado 18 de abril. Una ciudad en la que la vida seguía a pesar de la herida del 11-S y que, casi dos décadas después, buscaba cómo sacudirse la parálisis provocada por el COVID-19. Hemos visto multitud de registros visuales sobre ambos acontecimientos. Fotografías y vídeos, tomados con el móvil y grabados con cámaras profesionales, publicados en diarios y semanarios, difundidos en páginas web y redes sociales. Testimonios que seguiremos viendo en el cine, como parte de documentales o recreaciones más o menos verosímiles. Cada uno de estos conjuntos de Probst (Munich, 1964) son todo eso a la vez. Como si, valiéndonos del lenguaje pictórico y de su papel al servicio de la religión, se trataran de un retablo de seis encasamentos y un tríptico.

En el grupo de hace veinte años observamos a una viandante que no sabemos si se dirige a su andén o a la salida con que dirigirse a su casa, a su trabajo o a sus quehaceres cotidianos. Una escena de la que somos testigos desde distintos puntos de vista, diferentes relaciones con la luz y con diversidad de ópticas. Barbara no busca captar la solemnidad del lugar ni la belleza de la retratada, ni el diálogo entre la persona y la escenografía, tan sólo la interacción funcional y casual entre ambos. Un primer plano, otro medio, uno más entero y tres panorámicos en los que la iluminación -combinación de la que se cuela por las ventanas a las 13:21 en una jornada de invierno y la eléctrica cenital- no es un recurso expresivo, sino un elemento que, invadido por la capacidad deslumbrante de los flashes, interviene libremente sobre la narración destacando el rostro, destellando sus fuentes y casi ocultando el espacio por el que se transita.

El resultado del conjunto es de una profunda sensación cinematográfica por la impresión de raccord, de continuidad. Un logro tras el que se encuentra un logrado y concienzudo ejercicio de deconstrucción y reconstrucción de la realidad que evoca la descomposición compositiva del cubismo y que sugiere los propósitos del más allá, de la utopía aún por concretar, de la postmodernidad.

Exposición #152: N.Y.C., Broadway & Broome Street, 18 de abril de 2020, 10:46. Kuchei + Kuchei, Berlín.

Diecinueve años después, el vacío del Soho a las 10:46 de la mañana de un sábado transmite la distopía de la incertidumbre pandémica, del desconcierto que para el ser humano dominante, dueño y señor de su entorno, está siendo el verse vapuleado, controlado y encerrado por la invisibilidad vírica. En esta ocasión los tres obturadores no se complementan, aunque confluyen en una misma persona, cada línea de fuga revela relaciones y lugares, aunque cercanos, también diferentes.

El encuadre a la izquierda recuerda a esas mujeres de Edward Hopper que observan la soledad que, fuera de campo, refleja su vacío interior. En el centro esa sensación se acrecienta con el blanco y negro, la perspectiva aérea, la linealidad de las señales del tráfico y la corporeidad de la niña en dirección contraria a la de la nuestra protagonista. A la derecha, la profundidad, la perspectiva y la plasticidad atmosférica provocada por la lluvia reciente sugieren el inquietante hiperrealismo pictórico de Richard Estes.

Cámara y ciudad. La vida urbana en la fotografía y el cine, Caixaforum (Madrid), hasta el 12 de octubre de 2020.

“Tamara de Lempicka” de Laura Claridge

Mujer enigmática, dotada de una técnica extraordinaria que combinaba la belleza del Renacimiento con la sensualidad modernista a la hora de trabajar sobre el lienzo. Con una concepción de la vida y de las relaciones que le dio buenos frutos en el terreno personal, pero que la mantuvo alejada de los círculos oficiales del arte a los que se asomó en la década de los 20 y que no volverían a considerarla, aunque levemente, hasta los años 70.

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No debemos tomar como cierto mucho de lo que esta mujer dijo de sí misma en vida, partiendo incluso de su nacimiento. Ella dijo que fue en Varsovia, pero aunque su familia era polaca, todo apunta a que realmente llegó al mundo el 16 de mayo de 1898 en Moscú. Pasó las dos primeras décadas de su biografía en los círculos de la alta sociedad del Imperio Ruso gracias a la acomodada posición social de su familia. La revolución bolchevique la obligó a trasladarse a París, pero de alguna manera, en su mente y en sus posteriores residencias en Nueva York, Beverly Hills, Houston y Cuernavaca, así como en sus viajes por Europa y EE.UU., siempre intentó reproducir aquel estilo de vida elitista y hedonista.

En la capital francesa, sus aptitudes para la pintura eclosionaron y sus lienzos poco a poco se fueron haciendo un hueco en los salones oficiales y en algunas de las galerías a orillas del Sena. La originalidad de su propuesta -evocadora con sus pinceladas de las superficies y las luces del Quattrocento italiano- con su fastuoso tratamiento del color, sus compactas composiciones con fondos arquitectónicos y sus escultóricos volúmenes destacaron por su buena conjugación de la belleza clásica y la modernidad, pero sin romper con el pasado como promovían las vanguardias.

Así fue como se convirtió en uno de los nombres de la Escuela de París de los años 20, del modernismo y del art decó, pero sin llegar a compartir expresamente principios ni propuestas con ningún otro creador. No pretendía ser rupturista, sino ser valorada artísticamente y ganarse la vida con ello lo suficientemente bien como para llevar un alto tren de vida. Lo primero le falló en el momento en que se trasladó en 1939 a EE.UU. para evitar vivir bajo el yugo del fascismo, aunque nunca dejó de investigar ni de intentar superarse en lo pictórico. En lo segundo nunca tuvo problemas, tanto por lo que consiguió por sí misma como por los dos hombres con los que se casó. Con el apuesto Tadeusz Łempicki tuvo a su única hija, Kizette (con quien ya adulta, siempre tuvo una conflictiva relación), después, con el barón Raoul Kuffner vivió un matrimonio concebido más como compañerismo que como historia de amor.

En lo personal Tamara fue una mujer siempre pendiente de la imagen que proyectaba -y por eso cuidó con esmero todo lo estético, la decoración de sus residencias, su vestimenta…- pero al tiempo impulsiva a la hora de relacionarse, sin pudor en lo concerniente a lo sexual, con un comportamiento caprichoso en infinidad de ocasiones y con un ánimo depresivo que, de manera intermitente, la acompañó hasta que murió el 16 de marzo de 1980 en tierras mexicanas.

Para la posteridad quedan más de 500 obras como Adán y Eva o Madre superiora, así como multitud de retratos, bodegones, dibujos y apuntes en los que también jugó con la abstracción o la espátula como manera de aplicar los pigmentos que ella misma se fabricaba. Lempicka fue en vida una figura difícil de definir, que no encajaba en las categorías que establecieron los que escribían sobre la marcha la Historia del Arte, pero a la que -en buena medida gracias a su influencia sobre la moda y el diseño- con el tiempo se le está reconociendo la valía, originalidad y saber hacer que siempre tuvo.

Tamara de Lempicka, Laura Claridge, 1999, Circe Ediciones.

“A propósito de nada” de Woody Allen

Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado -término que le repele- que repasa con su muy particular humor, hilvanándolo con episodios personales, unos para dejarse conocer un poco mejor y otros para exponer su propia versión.

Todo el mundo tiene una opinión sobre Woody Allen. Es de esos creadores a los que se le coloca la etiqueta de “o le odias o le amas”. No creo que sea para tanto, al final se resume en si te gusta o no. En mi caso, bastante. La primera película suya que vi en pantalla grande fue Misterioso asesinato en Manhattan (1993), se me quedó grabada aquella línea que le decía a Diane Keaton, “cuando oigo mucho rato a Wagner me entran ganas de invadir Polonia”. Ya había visto por televisión Hannah y sus hermanas (1986), y esta genialidad me reafirmaba que este señor no solo era ingenioso escribiendo, sino también agudo, daba en el blanco a la hora de hacer de lo neurótico el modus operandi de sus personajes y sus tramas.

En esta autobiografía da alas al personaje que creemos que es explicando la persona que considera ser. Se trata a sí mismo como si fuera uno de los caracteres de sus historias. Lo hace jugando con inteligencia y sorna, dando muestras de socarronería con las que relativiza y humaniza cuanto expone. Deja claro a quien admira, es correcto con quien no y obvia toda mención a quien pudiera rechazar o no tolerar. Da las gracias a aquellos que siente le han guiado, aportado y respetado. Expone su versión de lo que ocurrió con Mia Farrow y cómo vivió aquella pesadilla judicial. Y homenajea a los que le han influido, enseñado y hecho feliz tanto en el plano profesional como personal, destacando especialmente a Soon-Yi, su actual esposa.

A pesar de su aparente anarquía y verborrea, su discurso está profundamente estructurado y ordenado. Comienza con su infancia, haciendo de su familia un retrato esperpéntico y absurdo a partes iguales, como tantos otros que hemos visto en su cine. Esta parte del recorrido tiene algo de génesis, de acta psiconalítica de sus inquietudes y preocupaciones, de la imagen que siempre ha transmitido de sí mismo como buscavidas, como un granuja sin mayor capacidad que la de caer en gracia. Así es como se inició en el mundo del show business, como un tipo con suerte que, sin pretenciosidad alguna, hacía reír. Pero no lo hacía solo con su presencia y su mayor o menor desparpajo sobre el escenario, lo lograba trabajándose sus ocurrencias sobre el papel, escribiendo primero para otros y poco a poco, para sí mismo.

Así es como fue ofreciendo gags, obras de teatro, cuentos y guiones cinematográficos. Base, estos últimos, sobre la que se ha erigido como director de títulos como Annie Hall (1977), La rosa púrpura del Cairo (1985), Poderosa Afrodita (1995) o Match Point (2005). Carrera que salpica con anécdotas más o menos jugosas de los rodajes, así como con entresijos de los procesos de producción y promoción que permiten conocer su particular manera de concebir los procesos creativos y cómo los ha materializado a la hora de seleccionar a su equipo de confianza, de gestionar los castings de intérpretes, de decidir las localizaciones o de realizar los montajes que finalmente hemos visto.

El director de Toma el dinero y corre (1969) y Vicky Cristina Barcelona (2008) tiene ya 85 años y, aún así, no deja de escribir y filmar. Con altibajos, con aciertos y desaciertos, pero siempre teniendo algo que transmitir y compartir. Su último trabajo, Rifkin’s Festival, se estrenará en el próximo Festival de Cine de San Sebastián y llegará a las salas el 25 de septiembre. Contando los días.

A propósito de nada, Woody Allen, 2020, Alianza Editorial.

Recordando a David Wojnarowicz

Hace un año el Museo Reina Sofía me permitió conocer más de cerca la fascinante obra de este hombre que ejemplifica perfectamente una de las caras de lo que fueron los años 80 en el mundo occidental: enfermedad y muerte (VIH y SIDA), eclosión salvaje del liberalismo y lucha por la igualdad y la libertad de expresión.

One day this kid…, 1990.

Los años 70 fueron los de la decepción americana. La Guerra de Vietnam demostró que su imperialismo tenía límites y su cuenta corriente números rojos. La alegría de las imágenes costumbristas a lo Norman Rockwell eran algo lejano, el pop había estallado y la fuente de Duchamp ya no escandalizaba ni promovía la subversión, sino que incitaba a convertir cuanto fuera comercializable en objeto aparentemente artístico. El arte, por su parte, había dejado el altar de las jerarquías sociales para pasar al del dinero, descendiendo en forma piramidal según los niveles adquisitivos del público comprador y admirador, creando así una nueva manera de clasismo.

Los 80 fueron la década en la que los más valientes dieron rienda suelta a la libertad individual, reivindicando su derecho a existir y a mostrarse -fuera mujer, negro u homosexual- en igualdad de condiciones que el hombre blanco heterosexual que todo lo regía desde tiempos inmemoriales. Uno de esos fue David Wojnarowicz (1957-1992), abiertamente gay, consumidor sin pudor de sustancias prohibidas, quien experimentó con el fotomontaje, la fotografía, el audiovisual, la creación sonora y la plástica sobre diferentes superficies para manifestar tanto su manera de ser y sentir, como el desacuerdo con el modelo de gobierno y convivencia de su nación.

Autorretrato , 1983–84.

Siempre tuvo claro que no encajaba, pero no por ello se subyugó al sistema para hacerse un sitio que le permitiera sobrevivir sumiso y en silencio. Vivió en la calle en Nueva York, llegó a San Francisco haciendo autostop y volvió para realizar grafitis y sorprender con su obsesión por Rimbaud. Intuyó el peligro y no lo rehuyó, la heroína, la cocaína y el virus que navegaba en el amor machacaron su cuerpo, pero le hicieron consciente de la condena a la que la sociedad le había avocado desde niño. Por ser diferente, por no acatar las normas, por no comportarse como se esperaba de él, por no ofrecer la imagen que la moral religiosa y la presión social exigían.

Arthur Rimbaud en New York, 1979

Por eso es que su activismo, practicado con descaro y con rabia, con descaro, eludiendo cualquier imagen edulcorada, no se limitaba tan solo a su condición sexual. Era la punta de un iceberg de expresividad que no reclamaba, sino que exigía, respeto, compromiso de igualdad, diálogo empático y consideración a la multietnicidad del pueblo americano, así como a la vida privada y a la intimidad emocional y espiritual de toda persona. Terrenos privados y reservados que la administración Reagan había convertido en el campo de batalla sobre el que sustentar su intención de jerarquizar a la población estadounidense -y por extensión, a la mundial- por nivel de ingresos, origen y estilo de vida.

“Sin título (cabeza verde)”, 1982

Han pasado los años y sus obras siguen transmitiendo la inteligencia con la que fueron concebidas, la fuerza con que fueron realizadas y el compromiso del mensaje y la intención con que Wojnarowicz trabajó en ellas. Dando voz e informando, criticando y defendiendo, haciendo del arte un medio no solo estético, sino también subversivo, revolucionario, espejo y reflejo de las desvergüenzas de una democracia y un supuesto régimen de derechos humanos con muchas lagunas, más nebulosas y demasiados cadáveres bajo su alfombra.

Sin título (Rostro en la tierra)’, de 1991.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith

Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

Patricia Highsmith es sinónimo de suspense y aunque pudiera parecer que esta es una novela costumbrista, que lo es, también responde a lo que se espera de ella. Desde el principio hay algo difícil de definir que hace desconfiar de la corrección con que se muestran los estadounidenses que se hicieron adultos entre el fin de la II Guerra Mundial y la dimisión de Richard Nixon. Ese es el objetivo de la también autora de El talento de Mr. Ripley, detectar y mostrar por dónde hace aguas una satisfacción que no es tal y sobre todo, qué efectos tiene en esa oscuridad, su ocultación y la imposición de un ejercicio continuado de sobreactuación para mantener el status quo del sueño y la supuesta identidad norteamericana.

El diario de Edith comienza con la mudanza de una joven pareja y su joven hijo desde su piso en Nueva York a una casa individual con parcela y camino de entrada en una pequeña población del estado de Pennsylvania. Lo que se presupone un hito en el progreso como clase media acomodada se convierte, poco a poco, en unas coordenadas de lo más opresivas a medida que dejan de verse materializadas unas expectativas que son, tal y como muestra Highsmith muy sutilmente, exigencias sistémicas.  

En el terreno profesional, Edith aspira a ser una periodista de opinión, pero su alto sentido crítico sobre las políticas liberales -a nivel nacional- e intervencionistas -en el plano internacional- de su gobierno no parece tener buena acogida ni entre los medios a los que ofrece sus artículos ni entre los lectores del diario local que pone en marcha. Con el tiempo, incluso, ni siquiera entre sus vecinos y los que ella consideraba sus amigos.

En lo familiar, su vástago poco a poco se revela como un joven sin intenciones ni motivaciones, convirtiéndose en algo así como la versión realista del esperpéntico Ignatius Reilly (el protagonista de La conjura de los necios), con quien Cliffie coincide en el tiempo (aquel fue escrito en 1962), pero que Highsmith no conocía porque la novela de John Kennedy Toole no sería publicada hasta 1980, tres años después que la suya. Súmese a ello un marido precoz en el cliché de hombre maduro que se fija en mujer joven y que huye haciendo un sangrante punto y aparte en su vida, dejándole a ella, incluso, con las cargas -en forma de tío mayor en cama- que le corresponden.

Una realidad de decepción frente a la que Edith intenta mantenerse firme, corrección que le provoca una doble reacción que Highsmith presenta con la asertividad propia del género de misterio sin llegar a desvelarnos la motivación que hay tras ella. Si el diario que escribe es producto de una mente bipolar o de una imaginación escapista. O si la de su distanciamiento con los que la rodean es la propia de alguien que se va haciendo asocial o la de una mujer valiente y una feminista pionera con opiniones avanzadas a su tiempo -y por ello incomprendida, contrariada y hasta perseguida- sobre asuntos como el aborto, la eutanasia, el adulterio, el divorcio, la homosexualidad, las drogas o el alcoholismo.

El diario de Edith, Patricia Highsmith, 1977, Editorial Anagrama.