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“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton

Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

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Han pasado 35 años desde que el autor de la famosa adaptación de Las amistades peligrosas estrenara en Londres este texto ambientado en Los Ángeles. Pero no suena a 1983 sino a 1940, y no solo porque esta sea la década en que transcurre su historia, sino porque tiene la fuerza y la atemporalidad de los clásicos. Sus veintidós escenas están llenas de claroscuros de cine negro, de complejos conflictos personales y comportamientos, respuestas y reacciones auténticas reflejadas en frases sencillas pero llenas de contenido, que generan una potente y envolvente atmósfera.

En sus diferentes escenarios –incluyendo habitaciones de motel, fastuosas mansiones con piscinas que recuerdan a la del asesinato del Sunset Boulevard de Billy Wilder o restaurantes como los de los cuadros de Edward Hopper- se bebe, se come, se fuma, se escribe y se discute mucho. Los recién llegados -exiliados según unos, emigrantes para otros- desde Alemania, Hungría o Francia buscan cómo ganarse la vida adaptándose a un lugar donde la escritura ya no es una labor artesana –la del literato- sino casi industrial –la del guionista cinematográfico-. A un lugar donde lo que se busca es la rentabilidad económica y causar una buena impresión y no generar debate intelectual o nuevo planteamientos con los que dar respuesta a los dilemas éticos de la humanidad.

Hampton pone de relieve cómo algunos se adaptaron sin problema a aquellas exigencias, he ahí el Premio Nobel Thomas Mann, sirviéndose de ellas para lograr el éxito, y cómo otros fueron fieles a sus principios, valgan su hermano –y también escritor- Heinrich o Bertold Brecht como ejemplo y a los que el destino no les deparó el mismo resultado. Historias personales afectadas por las circunstancias de un mundo violento, que en Europa asesinaba a judíos y en EE.UU. ya abandonaba en la calle a todo el que no tuviera dinero y trataba como potenciales delincuentes a los provenientes de zonas de conflicto (entonces gobernaba Roosevelt, cuando Hampton escribió Tales of Hollywood lo hacía Reagan y hoy es Trump quien vive en la Casa Blanca, parece que no ha habido tanto cambio).

El personaje de Hörvarth es un guía eficaz y un narrador solvente en de una obra plagada de diálogos soberbios. La pequeña comunidad europea protagonista despliega una completa y profunda serie de temas, puntos de vista, reflexiones, valores y visiones sobre los fundamentos y motivaciones de sus vidas –personales, laborales, familiares- que hacen que éstas parezcan  casi elementos alienígenas ante el escaparate de la simpleza materialista y el éxito capitalista que ya era entonces Norteamérica, siendo el mundo de fantasía de sus películas su máximo exponente.

Un escaparate de épica y optimismo que hace aún más dramáticos los conflictos morales de aquellos que no encajaron con su propuesta y que vieron cómo tras el fin de la II Guerra Mundial debían renunciar a sus posicionamientos políticos si querían trabajar en la industria del cine y vivir en suelo californiano.  Todo ello visto desde el enfoque ágil, pero no por ello lúdico, de Hampton, que demuestra ser un genio de la escritura teatral al tiempo que rebela cómo hay cuestiones en el comportamiento individual –la búsqueda del reconocimiento como primer objetivo- y en nuestra organización colectiva –la exigencia de posicionarse ideológicamente del lado oficial- que se repiten de manera continua a lo largo de la historia.

Tales from Hollywood, Christopher Hampton, 1984, Faber & Faber.

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“El atrevimiento de mirar” de Antonio Muñoz Molina

Nueve pequeños ensayos escritos entre 1995 y 2011 destinados a introducir otros tantos catálogos de artistas contemporáneos o de grandes de la historia del arte. Textos en los que se combina el conocimiento científico, las impresiones personales y la reflexión intelectual para introducirnos en lo invisible de las imágenes que observamos en las exposiciones que visitamos o en las reproducciones que se encuentran por doquier en nuestro mundo actual. 

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Además de escritor, Muñoz Molina es también periodista e historiador del arte, dedicación y formación que nutren sobremanera su narrativa. Valgan como ejemplo estos trabajos aquí recopilados que en su día realizó para instituciones como el Museo del Prado, el Museo Thyssen o la Fundación Mapfre. En todos ellos nos propone una combinación de experiencia emocional, interpretación icónica y contextualización del estilo de los artistas, tanto en nuestro presente como en el momento de ejecución de sus pinturas y fotografías. Un punto de vista múltiple que le da al discurso que comparte con nosotros un marcado tono humanista.

Pequeñas lecciones magistrales, no necesariamente académicas, sobre el contraste entre la delicadeza de la luz de las pocas obras que se conservan de George de la Tour con el hombre conflictivo con sus vecinos que revela la escasa documentación que se tiene sobre su biografía.  O sobre cómo Edward Hopper no pretendía retratar la soledad (loneliness) de su tiempo, de personas a las que les faltan las demás personas, sino ese estado de ensimismamiento (solitude) en que nos refugiamos para evadirnos de la realidad más inmediata.

También relatos acerca de lo que le sugieren, le sugestionan o le provocan lienzos como Los fusilamientos del 2 de mayo de Goya o el Retrato del Dr. Haustein de Christian Schad. Páginas en las que especula sobre la individualidad de los hombres que vemos retratados, anónimos unos, identificado con nombre y apellido en el caso del segundo. Qué debían pensar, sentir o anhelar en el instante en que son representados. Los primeros en el momento en que la barbarie asesina se lanzaba contra ellos con toda su crudeza. En el caso del hombre judío al que vemos bajo los cánones de la nueva objetividad, transmitiendo una serenidad que se rompería pocos años después con el ascenso del nacionalsocialismo.

O como si fuera un reportero que nos cuenta la vivencia que le ha supuesto visitar el estudio de Juan Genovés o Miguel Macaya. Tiempo físico en el que no solo ha tomado buena nota de cómo son los lugares de trabajo de estos dos artistas, sino que también ha entrado en contacto con la invisibilidad de lo energético, con las atmósferas que allí se respiran. Una dimensión casi espiritual en la que se combinan, sin una ecuación que permita dilucidar cómo, la intuición, la técnica, la biografía personal y la trayectoria profesional.

De ahí que cada artista sea diferente a cualquier otro, que cada uno sea hijo de su tiempo y que sus imágenes nos lleguen, nos digan y nos impacten (o no) de manera diferente. Aunque pocos lo hagan con la genialidad con que lo hacen Picasso o Goya, quizás el creador ante el que Muñoz Molina muestra más admiración en esta publicación.

El atrevimiento de mirar, Antonio Muñoz Molina, 2012, Galaxia Gutenberg.

¿Qué es la pintura hoy?

Propuestas varias, unas más académicas, otras más innovadoras, sobre el papel de la pintura en el panorama artístico actual de la mano de la Colección Fundación Barrié en CentroCentro.

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Atrás se quedaron los tiempos en que la pintura se definía académicamente como una de las bellas artes y por estilos según el momento histórico como medio para reflejar los valores espirituales (religiosos), los protagonistas del poder (personajes de la corte y de la iglesia) y el mundo en el que se vivía (paisajes, bodegones y escenas cotidianas). Entrado el siglo XX la pintura dejó de lado las normas y se planteó como un medio de expresión personal, alejado de cánones y públicos concretos, abriendo su público y sus influencias a un espectro casi universal en el mundo occidental de la mano del marketing y los medios de comunicación.

Llegados a 2015, ¿qué es la pintura hoy? ¿Sigue siendo una disciplina artística? ¿Un medio de expresión, de comunicación o de decoración? ¿Una técnica que forma parte de otras artes como la fotografía, la arquitectura, el vídeo o la escultura?

Preguntas a la que intenta responder esta muestra formada por una acertada selección de 31 obras (la mayoría de ellas fechadas en el s. XXI) de la colección de pintura contemporánea internacional de la Fundación Pedro Barrié formada con algunos de los autores actuales más significativos. Estos son algunos de ellos.

Angela de la Cruz (A Coruña, España, 1965)

Atrás quedan los tiempos en que se llegó a la pintura plana sobre el lienzo con Mark Rothko o Yves Klein y ahora se juega escultóricamente con este soporte haciendo que el óleo se traslade al espacio que se presupone exclusivo de su espectador.

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Herbert Brandl (Graz, Austria, 1959)

La fuerza romántica y la expresividad emocional de los paisajes del s. XVIII de Friedrich están tras esta obra que recoge también la visceralidad de la pincelada expresionista hasta hacernos dejar de ser testigos del monte e introducirnos dentro de él como componentes de su tierra.

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Shinique Smith (Baltimore, EE.UU., 1971)

Del lenguaje del cómic, la ilustración y los patrones geométricos utilizados para ambientar espacios arquitectónicos surge esta obra que narra algo indefinido a través de su recopilatorio de elementos abstractos y figurativos entre golpes de color y espacios aparentemente solo bocetados.

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Günther Förg (Füssen, Alemania, 1952)

Toques de la abstracción americana a la manera de Esteban Vicente en el uso del color con una composición en la que se pueden detectar ecos fotográficos como los reflejos y los destellos.

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José Pedro Croft (Oporto, Portugal, 1957)

El arte povera y el ready made aportando los materiales y el camino para conseguir este resultado a partir de hierro y esmalte aplicado sobre el muro. Entre los espacios conseguidos, color para darle tridimensionalidad y perspectiva al trabajo.

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Imi Knoebel (Dessau, Alemania, 1940)

Creación constructivista en una técnica mixta con la madera como elemento ajeno a la pintura, utilizando esta como soporte y como elemento que da volumen para con la aplicación del color plano en grandes pinceladas, provocar una profunda sensación plástica.

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Gil Heitor Cortesao (Lisboa, Portugal, 1967)

Un espacio entre retro, vintage años 60 y futurista con ese gran vano de luz de líneas curvas iluminando una enorme sala de personajes anónimos aislados análogos a los de Edward Hopper. Todo ello con un enfoque gran angular como si fuera visto a través de una cámara fotográfica.

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Carlos Irijalba (Pamplona, España, 1979)

La pintura es una imagen fija a partir de elementos como la luz y la composición. La serie es una obsesión de muchos artistas en torno a un elemento. El videoarte aúna uno y otro concepto creando series de 25 imágenes por segundo sumándoles el movimiento y su capacidad de dar vida a aquello incluido en el encuadre de la cámara.

Colección de Pintura Contemporánea de la Fundación Pedro Barrié, hasta el 26 de abril en CentroCentro Cibeles (Madrid).