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“Los fantasmas del Canal” de Sonia Ehlers

Pedagogía en forma teatral para que entendamos algunas de las claves que explican la historia de la construcción del Canal de Panamá. El inicio y el abandono del proyecto por parte de los franceses a finales del siglo XIX, la intervención de los americanos hasta hacerse con el control y dirección de las obras y, de por medio, la independencia de Colombia del país del istmo en 1903. Cuatro actos sencillos con una clara intención nacionalista, transmitir a las nuevas generaciones la importancia de una de las señas de identidad de este país de Centroamérica.

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El protagonista de esta obra es un adolescente, Arnulfo, a quien, mientras duerme, se le aparecen todos aquellos hombres que representan las distintas facetas –políticos, ingenieros, trabajadores en primera línea- de una de las mayores obras de construcción de la historia de la humanidad. Parece que el propósito de Sonia Ehlers sea el de proporcionar un texto con el que dar una lección práctica de historia al público estudiantil de su país. La sucesión de hechos, nombres, lugares y fechas es el objetivo primordial de este libreto y por ello el lenguaje es sencillo. No hay intención de realizar ningún tipo de juegos estilísticos con él, lo que la autora pretende es que su pueblo conozca los antecedentes de aquella obra faraónica que cambió tanto la vida de su nación, como la de sus habitantes, para siempre.

Para que no haya duda alguna, los muchos personajes con que cuenta Los fantasmas del Canal se presentan al entrar en escena a través del diálogo que mantiene con quien comparten focos. Así es como los trabajadores de distintas nacionalidades –chinos, haitianos, jamaicanos- nos cuentan las penurias de todo tipo que sufrieron, incluyendo los azotes de la fiebre amarilla y de la malaria; cómo comenzaron las obras los ingenieros franceses en 1881, logrando que el lugar elegido para unir los Océanos Pacífico y Atlántico fuera el istmo y no Nicaragua a través de su gran lago; la llegada de los americanos para resolver el fracaso europeo y su intervención para, mediante el apoyo a la independencia de Panamá de Colombia, concluir la construcción a partir de 1904 y hacerse con el control del Canal tras su inauguración en 1914.

No sé si esta obra habrá sido representada, imagino que tiene que ser difícil por la cantidad de personajes que pasan por sus quince escenas, a no ser que haya actores que representen distintos papeles, cuestión posible por cómo están estructuradas las distintas líneas de acción. Podría ser que donde se vea escenificada sea en colegios donde haya estudiantes en edad similar a la de Arnulfo. Para ellos va fundamentalmente el mensaje  que trasciende de Los fantasmas del Canal,  que esta infraestructura no es solo un hecho del pasado materializado gracias al esfuerzo y sacrificio de muchos, sino que es un legado cuya preservación es responsabilidad de todos los panameños. No solo de sus gestores y de los políticos encargados de legislar correctamente, sino también de todos los ciudadanos, que han de fiscalizar continuamente y sin descanso la labor de estos.

“Los Gondra (una historia vasca)”

Una familia, un pueblo, una nación a lo largo de un siglo. Del terrorismo practicado con pistolas y silencio, a la guerra civil entre hermanos, herederos de aquellos que se fueron por haber sido considerados traidores de una patria que no sentían suya. Un texto que llega a la esencia de las relaciones familiares y sociales en un montaje coral con una buena dirección de actores al que le sobran algunos artificios de su puesta en escena.

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Borja Ortiz de Gondra abre la función desde el centro del escenario como autor, narrador y actor novel. Antes que los demás actores –que interpretan, cantan y bailan- sale él para contarnos que lo que vamos a ver y escuchar no es la historia de una familia de ficción, es la de una auténtica, la suya. Un ejercicio de autobiografía colectiva cuyos resultados seguro han asombrado a Borja en muchos sentidos. No es lo mismo la sensación interior de lo vivido, y la recreación mental de lo escuchado, que la encarnación corporal de todo esto a cargo de terceros. Seguro que ha sentido una amalgama de emociones y ha tomado conciencia de realidades que antes le pasaron desapercibidas o para las que no tuvo la fuerza o las habilidades necesarias para hacerles frente. Un arriesgado reto en el que se sumerge este hermano, hijo, nieto y bisnieto buscando en lo más actual y cercano de su familia los hilos narrativos que la conforman. Un viaje que le lleva en una primera parada a la oscuridad etarra de 1985, de ahí a la opresión dictatorial de 1940 y finalmente hasta 1898,  año de vuelta de muchos de aquellos obligados a emigrar a América en 1874.

Una boda y un coche bomba ponen de relieve los vínculos biológicos que unen a los Gondra, pero también los ideológicos que les separan. En Algorta se convive con aquel que está cercano a los que asesinan, pero se es incapaz de hacer frente a esa realidad, se sabe que está mal, pero no se actúa frente a ello. Se responde con un silencio que el tiempo ha demostrado que no era mantenerse al margen, sino una enferma y cobarde complicidad que aun pide ser expiada y expurgada.

Sombras y pasajes sin iluminación de una falsa guerra que no era como la verdadera de casi medio siglo atrás en que quedó claro donde estaba cada uno, quién apoyaba a los nacionales y quién a los republicanos, quien optó por salvar su pellejo y quién por defender su ideales y principios, jugándose la vida en el frente, en la ruleta rusa de las redadas y en el terreno sin ley de la prisión. Una guerra civil que no solo enfrentó a españoles contra españoles, sino también a vascos contra vascos y a hermanos contra hermanos. Un conflicto del que no se podía escapar, o demostrabas cumplir las normas y hábitos del bando vencedor, o estabas condenado a castigo perpetuo. Una broma macabra que volvía a repetirse, la apisonadora del Estado centralista ya había intentado acabar con el sentido colectivo de las gentes de esta tierra bajo la excusa de haber optado por el bando equivocado en el momento de la sucesión monárquica (carlistas vs. isabelinos).

Todo un siglo, casi cien años en que los hijos evolucionan respecto a los padres y sus maneras de ver el mundo, y de tomar conciencia de su lugar en él, plantean conflictos a sus progenitores. Unas veces de valores (aceptación de la homosexualidad), otras ideológicos (la violencia como recurso para defender ideales) y en muchas ocasiones, combinándose con los anteriores, identitarios (contar con derechos adquiridos si se originario de la tierra que se pisa). Los Gondra es una lograda disección del costumbrismo euskaldún y de la convivencia de una familia que, aunque sea única, es también como muchas otras del País Vasco por el entorno cultural, social, ideológico y político tan intenso, exigente y presente en sus vidas cotidianas. Un marco del que difícilmente se podía uno mantener al margen, o se tomaba parte activa en él o este podría volverse en contra, respondiendo con una asfixiante opresión.

Casi dos horas de continuos diálogos en que todos estos aspectos quedan muy hilvanados y que no necesitan del recurso de las proyecciones a que son tan dados los centros con grandes equipamientos técnicos, como es el Teatro Valle-Inclán. No molestan, pero si no estuvieran harían que la palabra fuera aún más importante y protagonista de lo que Borja Ortiz de Gondra logra con su escritura y su apuesta por mostrarse, tanto a sí mismo como a su apellido.

Los Gondra (una historia vasca), en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“Andarás perdido por el mundo” de Óscar Esquivias

Una colección de catorce relatos en los que se aúnan distintos puntos de vista. Desde la mirada de ojos grandes de un niño que registra acontecimientos que quedarán grabados de por vida en su memoria, a la del adulto que contempla aquellos años desde la distancia. También episodios en los que la música, la historia, la práctica religiosa, el deseo y la pulsión sexual tienen su protagonismo. Páginas cargadas de un rico lenguaje y una prosa tranquila y fluida que se disfrutan con sosiego y dejan tras de sí una grata sensación de armonía y equilibrio.

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Al poco de comenzar la primera de las historias, Todo un mundo lejano, caí en que ya la había leído hace un par de años cuando tuve entre mis manos Lo que no se dice, el recopilatorio de Dos Bigotes sobre toda clase de circunstancias y casuísticas homosexuales en nuestra España de ayer y de hoy. Volví a disfrutar nuevamente de la delicadeza con que Óscar retrata el alejamiento de alguien que necesita marcar distancia para poder ser él mismo y del desconcierto que esto causa en aquellos que se sienten abandonados por aquel que se marchó. Su narración es como una lluvia fina, sencilla, constante, pero que cala y llega muy dentro, llevando hasta tu interior la intensidad, la agitación y la inquietud de aquello que a sus protagonistas –en ocasiones aumentado por el hecho de ser también narradores en primera persona- les hace latir, les remueve la conciencia o les pone los pelos como escarpias.

Leyendo La Florida es imposible no sentirse niño e imaginar que somos espectadores a poco más de un metro del suelo con los ojos bien abiertos y los oídos aún más atentos en ese lugar tan peculiar y asombroso en el que descubriremos cosas nunca antes vividas, como hasta dónde pueden llevarnos los vínculos familiares y la fuerza que nos da el sentirnos orgullosos de los nuestros. Otro tanto sucede con los años de la adolescencia, ese período en que, como en Los chinos, cada segundo se vive con una intensidad tan dramática como benevolente es la sonrisa con que se recuerdan muchos años después. Nada que ver con la aceptación y espontaneidad, ya sumidos en la madurez, con que podemos vivir los altos y bajos de una cita con cena en la que la banda sonora tenga ritmo de Mambo.

Pero Esquivias no solo recorre las edades del hombre, sino que pasa también de episodios con apuntes quizás autobiográficos de su Burgos natal –El misterio de la Encarnación– a ficciones que nos trasladan a la California de los años 20 –La casa de las mimosas– o el París de un siglo antes –El arpa eólica– en las que nos encontramos, respectivamente, a la actriz Greta Garbo y al compositor Héctor Berlioz. E igual que en estas ocasiones el cine o la música fueron la base del hilo argumental, en otras ocasiones lo es la historia –La última víctima de Trafalgar-.

En este conjunto no hay dos cuentos iguales, ni en formato –algunos muy breves, casi microrrelatos cargados de lirismo, El joven de Gorea-, ni en tono –del realismo social inicial de El chino de Cuatroca al humor, la intriga o el costumbrismo tanto de este como de otros- ni en registro de sus personajes –de mujeres aristocráticas a jóvenes independientes, muchachos cohibidos y hombres irreflexivos. Pero siempre con un mismo denominador, la sensación de estar degustando textos elaborados con buen gusto y saber hacer, evocadores y generadores de sensaciones; con los que puede disfrutar toda clase de lector, desde el más conformista y ocasional al más exquisito y exigente.

“Soldados de Salamina” de Javier Cercas

La Guerra Civil que comenzó hace 80 años es un tremendo agujero negro con muchas piezas aún por conocer y conectar tanto a aquel entonces como a nuestro presente. Una de esas, la de la supuesta salvación de morir fusilado del fundador de la Falange, Rafael Sánchez Mazas, es la que despierta la curiosidad de Javier Cercas. Investigación, periodismo y ficción se combinan, se unen y se separan en esta historia que atrae por lo que cuenta y que destaca por haber tan pocas como ella.

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La mente de un periodista es una continua olla en ebullición, por ella pasan todos los días retazos de acontecimientos y frases sueltas que su buen hacer puede convertir en una noticia a toda página, un amplio reportaje o la semilla de algo todavía más profundo que necesite saltar los límites del periodismo para ser dado a conocer si los datos de que dispone así se lo exigen. No todos los profesionales cuentan con la intuición que les haga percibir que lo que ha llegado a su conocimiento tiene este potencial. Hace falta tener una sensibilidad especial, tan innata como entrenada, que impulse a quien dispone de ella a seguir esa pista que a cualquier otro probablemente nos parecería irrelevante y superflua. Gracias a ese don, Javier Cercas dedujo que había algo más tras la anécdota que el poeta Rafael Sánchez Ferlosio le contó sobre cómo su padre se libró de morir fusilado por los republicanos cuando estos abandonaban la provincia de Girona ante el inminente triunfo nacional a finales de enero de 1939.

A partir de ese momento Cercas nos relata cómo comienza a pensar en el tema para posteriormente trabajar sobre ello, haciéndonos cómplices del momento personal en el que estaba al inicio, y cómo compaginó el proceso de documentación, de búsqueda de información y encuentros con distintas fuentes, con un momento de su vida en el que su estado anímico no estaba en su mejor nivel. Un ejercicio de desnudez intrincado en el de la transparencia profesional  del proceso de querer saber que hace que Soldados de Salamina resulte una ventana abierta hacia paisajes que no estamos muy acostumbrados a ver y mucho menos a mostrar.

Pero lo que va más allá de este relato es el deseo del autor de querer acceder a la Historia, esa disciplina entre científica y humanística, llena de episodios cuyo conocimiento y divulgación nos aportarían un mayor conocimiento sobre quiénes somos y de dónde venimos. Sucesos a los que la falta de certeza sobre lo realmente acontecido les convierte en leyendas muchas veces magnificadas. Así que para conseguir lo primero y evitar lo segundo, Javier se propone conocer todas las piezas del episodio que está investigando, contrastándolas, confrontándolas y complementándolas para tener un relato lo más objetivo, completo y aproximado de lo que pudo suceder en realidad. Un cometido que cumple de manera escrupulosa, impulsado no solo por el deseo de llegar a la verdad sino por el del respeto a las personas que allí estuvieron y a las experiencias y emociones que vivieron. Huella profunda que Javier Cercas nos transmite y nos hace sentir con la misma intensidad y a flor de piel con que ellos la vivieron décadas atrás.

Estos son los verdaderos protagonistas y homenajeados de Soldados de Salamina, los hombres y mujeres que silenciosa y anónimamente construyeron durante aquellos largos años de nuestra Historia una realidad más humana y justa que la brutal y coercitiva del régimen que pretendía aplicar una tabula rasa sobre todo lo que no cumpliera su dictado. Antepasados nuestros que ya no esperan ser reconocidos pero que duermen o han muerto con la conciencia tranquila de haber hecho lo correcto.

“Historias de Usera”, ayer y hoy de un barrio de Madrid

La vida de una ciudad es el día a día de sus vecinos, lo que les sucede cuando salen de fiesta y lo que les pasa cuando esperan su turno para hacer trámites burocráticos, lo que les ocurría ayer cuando las calles eran un lodazal de barro y hoy cuando transitan por ella ciudadanos llegados de China. Ese lugar es esta obra amena, divertida y entrañable, que no es perfecta, pero que tiene el don de envolver al público en la ilusión, las ganas y el disfrute con que está dirigida e interpretada.

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El teatro no son solo grandes escenarios con plateas de centenares de butacas en edificios con entradas de arquitectura solemne. El teatro son también pequeñas salas fuera de los lugares más transitados, visitadas mayormente por gente que reside cerca de ellas, dispuestos a dejarse sorprender por propuestas desconocidas o por nuevos puntos de vista sobre obras ya conocidas. Así es como nacieron estas historias en el barrio que les da nombre, en una sala ya cerrada, La Zona Kubik, desde donde han dado el salto a lo que para muchos implica el reconocimiento oficial del nivel más alto de la profesión, del negocio y de la crítica.

Sin embargo, no creo que haya tal paso ya que esta obra tiene lo que marca ese supuesto primer nivel, calidad. Calidad en el texto, en la puesta en escena y en las interpretaciones y con ello lo verdaderamente importante, emocionar, provocar sensaciones y despertar, agitar o tranquilizar (dando posibles respuestas) la conciencia de sus espectadores, haciendo de ellos miembros del reparto, habitantes del lugar ilusoriamente creado sobre el escenario. Y debió pasar antes porque sucede ahora en las naves del Teatro Español en el Matadero.

Produce una sonrisa pensar que lo que hace décadas fue una sala de fiesta ahora es una administración de Hacienda. Nos asombra descubrir que el primer concierto de Lou Reed en España fue aquí y que aquello acabó a los veinte minutos, lo que provocó el asalto del escenario y de los instrumentos de la banda por el público. Casi imposible imaginar que hubo un tiempo sin ciudadanos chinos en esta barriada, hoy engullida por el urbanismo madrileño y décadas atrás aislada al otro lado del Manzanares, cuando sus aceras eran de barro y eran paseadas durante la noche por serenos que ocultaban oscuras historias.

En su versión escenificada, Usera es habitada por once actores que encarnan eficazmente a los hombres y mujeres, niños y mayores, patrios y extranjeros, vecinos y visitantes cuyas andanzas y vivencias nos son contadas en los diferentes cuadros, actos y escenas que conforman esta función. Unos más convencionales, otros con un montaje más atrevido, algunos con su justa duración y otros que podrían ser más breves, con un humor efectivo cuando toca –un aplauso por el delirio de los vampiros chinos- y con dramatismo cuando corresponde, con diálogos fluidos la mayor de las veces y cuando no, un poco insulsos, quizás estirados, prolongados innecesariamente.

Pero en esta vida pocas cosas son perfectas, y cuando eso se asume con naturalidad, resultan más cercanas y humanas. Cuando uno no intenta aparentar más que lo que es y asume con humildad su sencillez, el efecto que causa es de autenticidad, de algo que quizás no sea nuevo y original, pero que es diferente y que tiene valor, que merece la pena, como lo merecen estas Historias de Usera.

Historias de Usera en las Naves del Teatro Español (Madrid).

“Sofía”, la persona tras el personaje

Setenta minutos de monólogo que son también varias décadas de la historia de nuestro país a través de las experiencias, recuerdos y pensamientos de una mujer que además de reina es también madre, esposa e hija. Un buen texto y una gran actriz que, sin reivindicaciones ni posicionamientos ideológicos,  diseccionan con elegante pulcritud y gran equilibrio, entre su parte pública y privada, a su personaje.  

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Los avatares por los que ha pasado la monarquía española en los últimos años han alimentado hasta la extenuación el morbo de querer saber cuál ha sido la realidad tras los focos de una institución que pasó de ser una familia modélica con funciones de estado a un conjunto de protagonistas individuales de las páginas de sociedad por comportamientos muy poco modélicos. Quizás sea esa la lógica motivación del texto de Ignacio García May, pero él no se queda ahí y realiza lo propio de un trabajo objetivo. No obvia lo morboso y lo mundano, pero lo trata como un punto más de la biografía y el relato de su personaje, integrándolo sin hacer ningún juicio de valor al respecto. Una tormenta que hoy parece haber amainado pero que tiene muchas papeletas de volver a arreciar si se produce la escena con la que comienza esta función, Juan Carlos muere y Sofía es quien atrae las escrutadora miradas de esa España que siempre se cree en posesión de la verdad y que dicta sentencias culpabilizadoras como manera de expurgar tanto sus excesos como sus pecados.

Con un lenguaje preciso, plagado de ricos adjetivos, lleno de matices para hacernos entender cómo se conjuga la imagen que se pretende transmitir, y la interpretación que hacen de esta toda clase de comentaristas, con la vivencia que se experimenta. Un triángulo de ser, estar y parecer que ha acompañado durante toda su vida a esta Reina española nacida griega y con sangre inglesa, danesa, prusiana y rusa en sus venas. Desde que su madre la mandara interna a un colegio alemán, cuando su boda tuvo que resolver toda clase de peros tanto del lado heleno como del franquista o en el instante en que su vestido fucsia atentó contra la negritud de las cortes que proclamaban Rey a su marido. Conflictos que también han sido internos como el de su lealtad matrimonial frente a la infidelidad recibida, o la obra maestra que ha sido su hijo en contraposición a los disgustos que le han dado sus hijas. Ella no esconde ni guarda nada, desgranando incluso aquellas entelequias bajo las que se la ha encorsetado y escondido, como su aclamada profesionalidad, que no era sino el complemento y el despiste necesario para popularizar la campechanía borbónica.

Un planteamiento y un material con el que Victoria Salvador se hace grande. Su versatilidad, capacidad y fluidez son asombrosas. Su dicción, la riqueza de sus registros y su lenguaje no verbal la colocan a la altura de señoras de la escena como Lola Herrera o Concha Velasco. La naturalidad con que llena el escenario y se mueve por él transmitiendo solemnidad, despertando sonrisas, compartiendo intimidad, concretando datos y trasladándonos desde su madurez y su presente a su infancia y juventud es digna de admiración. Un espléndido trabajo interpretativo que hace aún más grande a un personaje tan interesante en su faceta histórica como ahora también en su recreación teatral.

Sofía, en el Teatro Español (Madrid).

 

“La piedra oscura” de Alberto Conejero, más allá de García Lorca

Desnudo, visceral, honesto, transparente, auténtico, preciso, enérgico, íntimo y desgarrador, profundamente humano,… como si fuera una obra de Lorca, el universal granadino que flota en el ambiente de cada una de sus páginas. Así es este texto, tan profundamente emocional, exudando pasión y ganas de vivir en cada una de sus escenas, como racional en su aspecto formal, estructurado y desarrollado con absoluta precisión.

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El 18 de julio de 1936 el animal que todo ser humano podemos volver a ser, acabó a tiros con la vida de García-Lorca. Acababa de comenzar una guerra denominada civil, en la que bajo la excusa ideológica se escondían intolerancias, odios y rencores familiares y vecinales convertidos en deseos de venganza y ansias de poder. Durante tres años el conflicto fue una excusa para dar rienda suelta a la visceralidad, buscando la efervescencia de arrancarle el corazón al contrario, de pisarle y destruirle, de sentir su sangre correr y escuchar triunfalmente cómo respiraba por última vez.

El destino quiso que justo un año después, el mismo día de 1937, muriera el hombre que no solo inspiró literariamente a Lorca durante sus últimos años de vida, sino que también le llenó emocional y sentimentalmente. Rafael Rodríguez Rapún, un joven ingeniero de minas madrileño y apasionado del teatro, amado por Federico y por quien él se sintió también amado, perdía la vida en el Hospital Militar de Santander tras, como miembro del ejército republicano, haber sido herido durante un bombardeo del bando nacional.

La de Federico y Rafael ha sido siempre una relación sabida y conocida, pero escasamente mencionada y más raramente aun, expresamente reconocida. Una de esas formas que tiene todo desprecio, y que como tal forma parte de la homofobia, de negar la realidad, esconderle las palabras, no darle términos escritos ni verbales. Ha sido necesario que pasaran años (¡décadas!) para que volviéramos a aquellos entonces y como si fuera la restauración de una pintura, comencemos a retirar los fragmentos falsos y limpiemos de barnices que cambian de tono y color, la verdadera, la auténtica realidad. La figura de Lorca ha sido una de tantas sobre la que se ha ejercido mucha hipocresía, se ha reconocido su genialidad intelectual para llegar a hacer de ella incluso una señal de identidad patria, pero ignorando en igual medida su dimensión íntima y personal. Afortunadamente, el trabajo de historiadores como Ian Gibson –quizás su mayor y mejor estudioso, y prologuista de este texto- han arrojado mucha luz sobre el conjunto de su figura, tanto personal como creativa, alcanzando cada día nuevos lugares, hasta ahora poco o nada tratados, como a los que llega Alberto Conejero con “La piedra oscura”.

Sabemos que Federico huyó de Madrid a Granada y que deseaba marcharse fuera, probablemente a México, para escapar del conflicto. Algo que no fue capaz de hacer, no solo por cuestiones logísticas como siempre se ha dicho, sino porque estaba esperando a que Rafael le contactara y se reuniera con él. ¿Por qué no estaba su enamorado con él? ¿Cómo reaccionó este cuando supo lo que le había ocurrido? ¿Qué fue de su vida posterior? Y respecto a los textos en los que estaba trabajando a su muerte el andaluz, ¿a dónde fueron a parar esas obras y poemas que nunca hemos leído? Afortunadamente, y aunque lo tangible pervive mucho más, por retazos de conversaciones de unos y de otros de los que se relacionaban con él, se sabe que estaba trabajando en una ficción titulada “La piedra oscura” en la que pretendía hablar alto y claro, escribir negro sobre blanco, sobre las afrentas que se encuentra el amor cuando se da, se practica y se muestra entre hombre y hombre.

Pues bien, Alberto Conejero recoge dicho título y con él como paraguas crea una ficción en la que da respuesta documentada –por sí mismo y con la ayuda de la familia Rodríguez Raspún- a todas las interrogantes señaladas. Rafael no pasó la última noche de su vida en una prisión militar junto a Santander siendo vigilado por un joven adoctrinado por el bando contrario como él nos lo presenta, pero sí que murió por hacer frente al absolutismo fascista. Una situación con la que Conejero crea un perfecto cuadro dramático para presentar el resultado de sus investigaciones, a la par que hacer no solo un homenaje literario a Lorca, sino otro más profundo y conmovedor a la persona de Rafael Rodríguez Raspún.

Del escritor toma versos y fragmentos de cartas que propone como citas y voces en off, además de tomar de él el tono entregado, íntimo, auténtico, equilibrado y sin pudor con que se expresa Rafael. Al igual que “Yerma” no podía tener hijos, él es el hombre que ya no podrá amar a Federico. El que le recuerda con la energía del “Romancero gitano”. Deseando haber sido capaz en la demostración de sus afectos, más claro y lúcido que el director de “El público”. El que planta cara a la sinrazón bélica a la manera en que Adela se lo hacía a su madre, ese monstruo llamado Bernarda Alba. Un entramado de creaciones, pasajes y momentos maestros de los que Conejero no solo toma inspiración, sino que los hace propios desarrollando un ritmo cercano al de Federico, pero que es suyo –de Alberto- por su fuerza constante, sostenida desde la primera hasta la última línea. Sus diálogos son de una absoluta precisión y equilibrio en el hilado que elabora para transmitir sensaciones personales, emociones individuales, estados de ánimo colectivos, acontecimientos reales con carácter de históricos y, aun siendo recreación, sonar absolutamente a verdad. No fue así el último día de vida de Rafael, pero podría haberlo sido. De hecho, en esencia, lo fue, no solo de él, sino de otros muchos.

Ahí es donde radica el otro gran logro de “La piedra oscura”, condensar y sintetizar, sin aparentemente haber eliminado ni alterado un solo matiz, lo que quizás fue aquella España de 1936 y 1937 y sobre la que Conejero con su creatividad y trabajo documentado pone el foco ofreciéndonos el resultado de lo que ha encontrado. Un país al que aún no conocemos en realidad, en el que no hemos querido o sido capaces de adentrarnos y rescatar lo que nos ata todavía a él (¿dónde están enterrados los cuerpos de miles de fusilados como Federico?) y que quizás por eso seguimos siendo o tenemos riesgo de volver a convertirnos.

Frente a la corto de miras que supone creer haber superado el pasado por tener miles de datos con los que hemos elaborado una versión que damos pretenciosamente por definitiva sobre lo ocurrido, Alberto Conejero expone algunos otros, ocultos o desconocidos hasta ahora, que dan un sentido más pleno y, quizás, hasta diferente, a lo considerado durante mucho tiempo.

Con gran belleza literaria y una extraordinaria sensibilidad, que nace de la llamada inteligencia emocional, su propuesta aporta consciencia a un momento de nuestra historia, aún vivo y más cercano de lo que se empeñan en decir algunos de nuestros políticos, sobre el que tenemos únicamente una escasa conciencia, un limitado y, puede que por ello, hasta equivocado conocimiento.