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“Las canciones” de Pablo Messiez

Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.  

Qué tendrá la música que todo lo puede. No hay puerta que no se abra, barrera que no se baje o cielo que no se cubra o se despeje al son que ella marque. Antes que los algoritmos de internet prediciendo nuestro comportamiento estaban las notas desperdigadas sobre una partitura, diciendo si vamos a reír, llorar, dialogar o desear al escucharlas materializadas en sonidos. Algo así es lo que ha hecho Pablo Messiez en Las canciones. No ha partido de cero, sino que ha seleccionado temas -canción ligera italiana, chanson française, voces sudamericanas, Liza Minnelli…- que sabe que te ponen la piel de gallina, te disparan la sonrisa o te obligan a mover los pies. Y con ellos ha trazado un atlas de geografía emocional habitado por dos grupos de personas que coinciden -unos ya estaban y otros acuden- en un local de ensayo con aires de caja de resonancia ye-ye por aquello que tienen en común, la música como motor de vida.

Lo que hasta entonces había sido cotidiano -el pasado familiar, el presente en pareja, el deseo de construirse un futuro- pasa a otra dimensión entre el aquí y la irrealidad. Coordenadas que conocemos pero que no sabemos muy bien dónde ubicar, que deseamos pero alcanzamos muchas menos veces de lo que nos gustaría. Un lugar en el que actuamos conformes a lo que sentimos, hacemos por estar satisfechos con nosotros mismos y deseamos involucrar a los que nos acompañan.

Gracias a la versatilidad de sus actores -qué acierto de casting- y al uso del movimiento en todas sus vertientes (entradas y salidas, disposición sobre el escenario, lenguaje corporal, improvisación y coreografía musical…) Messiez convierte la representación, fluctuando entre el drama chejoviano (se intuyen a Ivanov, La gaviota y las Tres hermanas, entre otras historias del maestro ruso) y la comedia clásica, en un viaje que desborda energía a raudales.

Una experiencia, compartida al unísono por personajes y público, de múltiples sensaciones y emociones -amor, desamor, atracción, admiración, fascinación, rechazo…- que surgen, fluyen, confluyen, van y vienen en una creciente, y totalmente natural, intensidad. Una vivencia que no se graba solo en la vista o en el oído, sino que te permite, incita e impulsa a implicarte en ella con todo el cuerpo, levantándote incluso de la butaca para liberarte -saltando, moviéndote y bailando- de la formalidad que te auto infieres y se espera de ti cuando asistes a un espectáculo teatral.

En La otra mujer -con esa Nina evocadora de Chejov y la Simone- y en su adaptación de Bodas de sangre -con aquella celebración llena de fiesta italiana-, Messiez ya había mostrado su amor por la música y su capacidad para utilizar sus capacidades expresivas y narrativas. Habilidad que eclosiona con Las canciones, con sus letras y músicas registradas en casetes y vinilos, y con las que diseña y monta sobre el escenario este fantástico, sugerente y emotivo espectáculo teatral.  

Las canciones, en el Teatro Kamikaze (Madrid).

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Puntos de encuentro de la Colección Soledad Lorenzo

En 1986 Soledad Lorenzo decidió poner en marcha un proyecto vital, personal y empresarial, su propia galería de arte. Un recorrido de tres décadas al que puso punto final hace poco y cuyo mayor legado no son solo las obras de artistas únicos colocadas a lo largo de estos años, sino las que ella misma se quedó porque nadie se fijó en ellas o no estuvo dispuesto a adquirirlas. Una selección de ese conjunto alcanza ahora el sumun del arte al ingresar como depósito en el Museo Reina Sofía.

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Un mecenazgo que se mostrará a través de dos muestras. La primera de ella es este Punto de encuentro formada por 57 piezas de 15 autores –que desde que comenzaron a trabajar con ella la tuvieron como representante en exclusiva en Madrid- a través de las que poder ver cómo ha sido la creación artística en nuestro país en el último período del siglo XX y el arranque del XXI. Estas son algunas de ellas.

Antoni Tápies (Barcelona, 1923 – 2012). Estera, 1994. Pintura y collage sobre madera. 200 x 228 x 12,5 cm.

Un material pobre, esparto hilvanado para formar una estera con la que cubrir el suelo a modo de alfombra. Un utensilio humilde ligado a lo rural, descontextualizado, en lugar de en el suelo está en la pared, en lugar de tocar directamente la superficie está colocado sobre una tabla que lo magnifica. Sin embargo, esta dignificación no pierde de vista su pasado utilitario y lo muestra de manera realista, desgastado, curtido por el uso y el paso del tiempo. De ahí ese centro del que brota aquello que ya no tapa, una gran mancha de pintura que por su forma lo mismo puede ser la inicial del apellido de su autor que una cruz griega. O quizás, deliberadamente, sea las dos y de ahí su número 2. Junto a este elemento gráfico, otros dos elaborados con grafito. Con el número 1 el término TAYKYOKU, que refiere al concepto filosófico chino del Taiji, el principio generador de todas las cosas. Con el 3 una mano que se extiende buscando, ofreciendo, esperando encontrarse con la nuestra.

Pablo Palazuelo (Madrid, 1916 – 2007). De somnis II, 1997. Óleo sobre lienzo. 217 x 149 cm.

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Primero hay que mirar, pasados unos segundos para dejar atrás la carga visual del trayecto realizado hasta situarse frente a esta pieza en la planta 4ª del edificio Sabatini, se comenzará a ver algo que antes parecía no existir. La imagen aparentemente plana comenzará a desplegarse y revelar una profundidad onírica que nos hará creer que su geométrica bidimensionalidad es en realidad una tridimensionalidad en la que podemos adentrarnos. Una inmersión visual que nos demostraría que no estamos entre líneas aleatoriamente suspendidas, sino paseando entre elementos arquitectónicos dispuestos de manera que nos transmiten una doble complejidad. La de sus construcciones individuales –tanto de sus caras externas como de sus distribuciones internas-  y la del ecosistema formado por la interrelación de todos ellos. Una densificada urbanización con una potente luz amarilla, producto de un intenso amanecer, momento previo de un ocaso estival y de la intervención eléctrica del género humano.

Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948). El temporizador elíptico, 1989. Óleo sobre lienzo. 200 x 140 cm.

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La atención no se la lleva el ciclista, sino el surco visual que deja a su paso. Una mezcla del impacto de la velocidad del futurismo italiano a la manera del orfismo de Robert Delauny pasado por el tamiz de un autor que creció al sur de todas las influencias occidentales mientras miraba desde su Tarifa natal el norte de una cultura en la que no existen las representaciones figurativas. Los radios de la bicicleta actúan como si fueran un prisma y provocan que la luz que llega desde el este se transforme en distintos haces primarios. Rojos, azules y verdes que brotan de un mismo lugar, pero que toman direcciones distintas, haciendo que el lienzo se proyecte en diferentes planos con el resultado ilusorio de crear un espacio en el que hay cabida para más deportistas dispuestos a dejarse la piel sobre las dos ruedas. Mientras haya movimiento, mientras el ciclista no deje de pedalear, el Lleno Cuando Muevo escrito con tipografía de estilo romano en la parte superior seguirá siendo verdad.

Juan Uslé (Santander, 1954). Azul dudoso 640, 1997. Técnica mixta sobre lienzo sobre tabla. 61 x 45 cm.

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Caminos trazados de norte a sur y de abajo a arriba. Un territorio ondulado con intervenciones horizontales sobre su verticalidad. Un espacio dividido en cinco partes en el que la primacía la tiene la proporción en la que concluye la lectura de nuestra mirada. Esta última es igual que las anteriores, pero el rectángulo que la enmarca con su tonalidad verde la hace parecer diferente, más grande, más protagonista. Esta pequeña pieza nos coloca desde una perspectiva superior, nos ofrece una mirada cenital en la que la tierra queda por debajo de nosotros, en la que suponemos terrenos vacíos por la planicie del color azul que las ocupa y otras que imaginamos son áreas habitadas por la huella que ha dejado en ellos la intervención del pincel del pintor. ¿Forman todas unidas un conjunto? ¿Solo las segundas? ¿Existe algún tipo de comunicación entre ellas que así lo permita? Mientras tanto, sentimos una inquietante sensación de movimiento al ver esas manchas blancas que más que unas nubes que flotan por debajo de nosotros, parecen ser algo energético que emana de ese lugar y que pretende ascender hasta llegar a engullirnos en su absoluta luminicidad.

Colección Soledad Lorenzo. Punto de encuentro, en el Museo Reina Sofía (Madrid), 27 septiembre – 27 noviembre 2017.