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«El banquete»: menú copioso y bien servido

Volvemos a los clásicos una y otra vez buscando principios, respuestas y guías que nos conduzcan en la incertidumbre del presente y la oscuridad del futuro. A pesar del paso del tiempo, sus palabras no solo nos sirven y tranquilizan, sino que nos inspiran y motivan. La Ferviente es ejemplo de ambos efectos con su deconstrucción de esta obra de Platón sobre el amor, el recuerdo y la perdurabilidad.

Decía San Juan que en el principio de todo existía el verbo. Tenía razón, más aún si se materializa de alguna manera. Durante muchos siglos -recuerdo El infinito en un junco de Irene Vallejo- fue el único medio con que nuestros ancestros pudieron transmitir sus dudas y certezas a los que les continuaban en la labor de vivir sobre la faz de la tierra. De no ser por aquellas tablas, papiros e inscripciones no hubiéramos sabido de la existencia, andanzas y pensamientos de personalidades como Platón, helénico ilustre que vivió en el siglo IV a.C. y que entre sus escritos nos dejó El banquete, obra en la que los comensales disertan acerca del amor y sus múltiples formas y grados, así como sobre su vivencia y sus consecuencias.

Tony Galán ha recogido aquella narración dialogada y la ha convertido en algo que tiene mucho mérito. Conserva la esencia indagadora de la filosofía, plantear preguntas sin tener porqué ofrecer respuestas concretas, y le da un estilo acorde a lo que se espera de una dramaturgia actual. Entretiene y sorprende, inquieta y sugiere. Una propuesta sobre la que Adrián Pulido ha trabajado un montaje que busca y consigue la implicación y participación de su espectador, yendo más allá de la cuarta pared, hasta provocarle intelectual y emocionalmente. Primero le hace disfrutar. Después le descoloca y le interroga. Finalmente le hace proyectarse en lo que está ocurriendo para situarse y posicionarse dentro de sí.

Lo que comienza como una chanza festiva y un jolgorio desenfadado con trazos de performance, absurdo y bacanal, insinuando gula y lujuria, hedonismo y sensualidad, evoluciona progresivamente hacia una dialéctica sobre la presencia y las relaciones, los vínculos y sus motivaciones, las interacciones que nos fijan, reconocen y perpetúan. Un camino que se apoya en el envoltorio golpe de efecto que suponen la escenografía y el vestuario diseñado por Pablo Chaves y la iluminación de Álvaro Guisado y que continúa con el progresivo despliegue interpretativo de sus seis actores y sus continuas entradas y salidas del escenario que atrapan en su propósito a los que les observan desde la platea.

Platón y su banquete están siempre ahí, pero lo que sus personajes conversan y discuten, proponen y conjeturan en la pequeña sala de exlímite transmite atemporalidad y universalidad, no se ve afectado por los siglos y la distancia geográfica entre ellos y nosotros. Ahí es donde Carmen Adrados, Tony Galán, Reyes García, Eneko Larrazabal, Leyre Morlán y Carolina Neka se funden, unen y coreografían con la puesta en escena, convirtiendo esa mesa y a sus invitados en un micro mundo de símbolos, metáforas y alegorías en la que se referencia a Lorca y a Leonardo da Vinci, se juega a lo coqueto y a lo macarra, pero sin perder el foco de lo serio y lo trascendente, lo esencial y lo nuclear de lo que nos hace seres humanos y sociales. Conscientes de la enormidad de nuestro presente, a la par que del carácter anecdótico de nuestra muy particular y singular historia personal.  

El banquete, en exlímite (Madrid).

“Todos pájaros” de Wajdi Mouawad

La historia, la memoria, la tradición y los afectos imbricados de tal manera que describen tanto la realidad de los seres humanos como el callejón sin salida de sus incapacidades. Una trama compleja, llena de pliegues y capas, pero fácil de comprender y que sosiega y abruma por la verosimilitud de sus correspondencias y metáforas. Una escritura inteligente, bella y poética, pero también dura y árida.

Chico y chica se encuentran en Nueva York. Se conocen. Se enamoran. Podrían ser felices y comer perdices aun siendo ella de origen árabe y él judío. A ellos les da igual. Pero no así a la familia de él. Levantan la voz y abren la caja de Pandora. El pasado encuentra la brecha por la que hacerse presente y a partir de ahí la grieta se va abriendo más y más hasta que el tiempo deja de ser una línea cronológica para convertirse en un torrente arrasador conformado por lo siempre callado, ocultado y negado. Por lo nunca contado, preguntado o explicado.

La finura con que Wadji Mouawad escribe convierte a cada personaje en una versión de esto mismo, pero están tan bien trazados y anclados en los acontecimientos de las últimas décadas de la Historia de la humanidad que, más que particularidades, podemos ver en ellos arquetipos de nuestra globalidad. De un lado, el conflicto y el terrorismo entre palestinos e israelíes, el Holocausto, el comunismo de la guerra fría y el consumismo y el individualismo del neoliberalismo occidental.

Sin embargo, no hay que quedarse ahí. Tras esta lectura, hay que realizar otra más profunda y difícil de concretar, la de la contraposición entre lo racional y lo programático del ser humano y el carácter anímico y espiritual de su manera de ser, pensar versus sentir, mirar hacia atrás frente a proyectarse hacia el futuro. Y entre ambas, su contradicción espiritual, considerarse siervo humilde, fiel y devoto de su Dios al tiempo que superior, juez y castigador de quien profesa otra fe. Como curiosidad, el carácter histórico con que se inicia la trama y que subyace a toda ella, Al-Hassan ibn Muhammed al-Wazzan al-Fasi (1488-1554), es León el Africano, a quien Amin Maalouf le dedicara su primera novela en 1986.

Al igual que en otras obras suyas como Incendios (2003), Mouawad es ambicioso, no solo da saltos geográficos, temporales y situacionales, sino que también indaga en los distintos registros del comportamiento humano para acabar conformando una imagen múltiple y poliédrica de la realidad en la que conviven y se enfrentan los extremos. La belleza está unida al horror, la violencia a la vida y el amor al rechazo. Todo lleva dentro de sí la posibilidad de su opuesto y su reverso, y nadie está libre de que su perspectiva sobre la vida, las relaciones y la existencia de semejante vuelco.

Una complejidad que transmite con un lenguaje diáfano y unos diálogos siempre acertados en su forma y precisos en su expresividad. Atraen, agradan, atrapan y encandilan de la misma manera que alteran, enervan, agreden y hieren tanto a sus receptores directos como a quienes son testigos de ellos. Espectadores y lectores privilegiados a los que Mouawad nos implica en su propuesta, dándonos más información de la aparentemente necesaria, pero como pronto se revela, no con ánimo acomodaticio, sino para situarnos sin posibilidad de huida en la diatriba psicológica, ideológica y moral que realmente pretende.

Todos los pájaros es un tesoro como dramaturgia, una oportunidad de demostrar cuán bueno se es dirigiendo o actuando, pero también, por ello mismo, exigente con quien asuma la misión de materializarlo y representarlo sobre un escenario.  Ojalá estar pronto en un patio de butacas viéndolos volar.

Todos los pájaros, Wajdi Mouawad, 2018 (2020 en español), Ediciones La Uña Rota.

«El encanto de una hora» y la magia de lo teatral

Sesenta minutos en los que Jacinto Benavente dejó claro en 1892 cuán innovadores eran sus planteamientos y Carlos Tuñón demuestra hoy hasta dónde es capaz de llevar las posibilidades emocionales de una dramaturgia. Adaptación que eleva la fantasía del texto con un preciosista trabajo de ambientación y unas interpretaciones acordes al espíritu naif que se respira de principio a fin en su único acto.

El escenario puede estar escondido tras un telón más o menos suntuoso, o estar abierto a la mirada de los espectadores -con más o menos iluminación- antes de comenzar la representación. Esas son las opciones habituales, pero no la que sigue estos días el montaje que se puede ver en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español. Esta presenta una leve cortina, cuasi transparente, en la que se proyecta lo que bien podría ser la primera página que El encanto de una hora ocupó en la publicación original del Teatro Fantástico del maestro Benavente.

Una pieza en la que deliberaba sobre lo humano y lo divino, las utopías e ilusiones con que poblamos y malversamos el mundo en que vivimos. También un juego al hacer protagonistas a dos figuras de porcelana, personajes reales, cuales de carne y hueso, con alma, cabeza y corazón en el intervalo que va desde la medianoche hasta la una de la madrugada.

Quien años después ganara el Premio Nobel de Literatura se alejaba así de lo costumbrista y lo tradicional, y se adentraba en las turbulencias de las emociones para buscar la esencia, la contradicción y la utopía que conllevan el deseo y la búsqueda, la cercanía y la posibilidad de la libertad, el amor y el cambio. Un estado de ánimo que, antes que en el texto, está en un escenario que, gracias a la labor de Antiel Jiménez, aparece convertido en una acicalada y suntuosa sala de fiestas abandonada por su público y ocupada por una atmósfera que combina los restos de la diversión con el eco del mar y las canciones -de musicales, ligeras italianas, y boleros- que ya nadie baila. Paréntesis, ¿se han planteado en los números imaginarios crear una lista en cualquier plataforma de streaming para que podamos disfrutarla recordando la función?

La visión de Tuñón del cuadro imaginado por el autor de Los intereses creados acrecienta lo mágico y lo alternativo que éste escribió hace 130 años. Le da una dimensión extra conformada por la sonorización señalada y por una concepción de la cuarta pared que saca la acción a la calle, antes de comenzar la representación, e integra este exterior durante su desarrollo. Aunque su deconstrucción de la relación entre el patio de butacas y la acción abarca mucho más, dejando en suspenso, en momentos cruciales, la lógica narrativa que espera la audiencia. A algunos les crispará, a otros nos atrapa precisamente en esos.

Siguiendo sus indicaciones, Jesús Barranco y Patricia Ruz tornan en dos presencias cercanas, a las que es posible comprender y con los que resulta fácil empatizar. Son delicados, circunstancia acorde a su naturaleza cerámica, pero también entrañables, conforme a su capacidad de percibir, procesar y registrar sensaciones en su propia piel, lo que los lleva a la sonrisa y a la pesadumbre, a la alegría del futuro y a la tristeza del presente. La vida en sesenta minutos.

El encanto de una hora, en el Teatro Español (Madrid).

“La lengua en pedazos”, Santa Teresa de Jesús vista por Juan Mayorga

La fundadora de la orden de las carmelitas hizo de su biografía la materia de su primera escritura. En el “Libro de la vida” dejaba testimonio de su evolución como ser humano y como creyente, como alguien fiel y entregada a Dios sin importarle lo que las reglas de los hombres dijeran al respecto. Mujer, revolucionaria y mística genialmente sintetizada en este texto ganador del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2013.

Una adaptación está bien realizada cuando homenajea y pone en valor la obra que toma como punto de partida, a la par que se constituye en una creación apreciada por la solidez y originalidad de su propuesta. Eso es lo que sucede con esta dramaturgia en la que Santa Teresa de Jesús (1515-1582) es fuente y personaje, y Juan Mayorga el mediador a través del cual se convierte en una figura que se dirige a un espectador actual. Sus enunciados, respuestas y propuestas no nos asustan, escandalizan o irritan como les sucedería a muchos de quienes la escucharon en el s. XVI, pero sí que nos llegan tan hondo como a ellos. Aunque nos llaman la atención por algo inconcebible para aquellos, por la lealtad a los valores y principios en los que cree y la coherencia de su actuación.

Una consistencia que Mayorga desgrana en una atmósfera intimista y alegórica a la par. Sitúa a Teresa y al inquisidor que ha de juzgar su afrenta a la institución de la Iglesia en una escena de comunión como es la de estar entre pucheros, guisando, sin más armas que sus palabras y sin compañías que les jerarquicen. Aun así, un duelo verbal en el que se presupone la tendenciosidad con que la protagonista va a ser abordada, la amenaza que esto le supone por poner en duda el totalitarismo de la institución eclesiástica y el riesgo que conlleva para su propia vida.

Pero su creador no se ha dejado llevar por el argumento fácil de la angustia y la opresión, sino que construye su propuesta como un diálogo y debate en que confronta interpretaciones, puntos de vista e intenciones. Una aproximación que hace aún más patente el tablero de juego en el que se enfrentan el absolutismo católico, siempre reacio a la novedad y cruel con quien no acate su dictado, y la osadía y valentía de quien promulgaba una actuación que hoy contemplaríamos bajo prismas como los de libertad, justicia e igualdad. De ahí la empatía que nos provoca el personaje de la Santa, pero que no le resta ni un ápice al verdadero motivo de la excelencia de La lengua en pedazos, su uso del lenguaje.

Su construcción sintáctica nos traslada muy eficazmente cuatro siglos atrás, a la par que revela la lógica y la clarividencia de las paradojas y estilismos con que Teresa explica lo visto, vivido y sentido hasta este día que se antoja como síntesis de su biografía y punto de inflexión ante lo que está por venir. Quiebros con los que desmonta las acusaciones que se arrojan sobre su pensamiento y proceder, subrayadas, además, por su condición de mujer. Y solidez expresiva con la que contrargumenta, desde el realismo de su experiencia, la entelequia con que el sistema de la época secuestraba las voluntades ciudadanas y anulaba la paz espiritual de sus individuos.

Si como Santa Teresa de Jesús decía, “la imaginación es la loca de la casa”, bienvenida sea la de Juan Mayorga y su capacidad para trasladarnos hasta allí donde nos hubiera gustado estar y hacernos entender lo que allí pudo ocurrir.  

La lengua en pedazos, Juan Mayorga, 2012, Editorial La Uña Rota.

“Antonio y Cleopatra” de William Shakespeare

Geopolítica, pasiones carnales y relaciones interesadas entre quienes gobiernan el mundo. Escenas simultáneas y ambientes diferentes a caballo entre la diplomacia y el unilateralismo, lo bélico como lucha entre egos, y la exaltación ampulosa y el refugio último de lo íntimo. Amplitud de registros en una disección de la motivación y la conducta humana desde la banalidad de la gloria y el hedonismo del placer hasta la expiación del sentimiento de culpa.

La definición que le damos al género literario de tragedia le debe mucho a William Shakespeare (1564-1616). En obras como Romeo y Julieta (1595), Hamlet (1601) u Otelo (1603) demostró su dominio de la estructura, el ritmo y los puntos de inflexión que exigen estas historias, como también ejemplifica Antonio y Cleopatra, para tenernos con el corazón y el alma en un puño. Primero nos sitúa en las coordenadas temporales y espaciales edulcorando nuestros sentidos y nos introduce a los protagonistas con unas pinceladas que dicen tanto de su personalidad como sobre la imagen que generan en los demás. Así, esta dramaturgia comienza describiendo a Antonio como un hombre fuerte e inteligente, militar estratega y político diligente, pero embaucado por una mujer que domina un arma ante la que es incapaz de revelarse, un triángulo conformado por seducción física, atracción sexual y capacidad intelectual.  

Los cinco actos de esta obra articulan varios conflictos en distintos planos. En uno más racional, el dominio que la República de Roma en el siglo I a.C. pretendía ejercer sobre los territorios que componían la geografía conocida y las luchas entre sus primeras figuras para determinar quién ostentaba dicho poder. Y en uno más emocional, el conflicto interno entre el deber de unas relaciones matrimoniales consideradas subsidiarias de las alianzas políticas y el impulso de entregarse físicamente a aquel a quien se desea sin atender a deberes formales ni obligaciones personales. Entre medias, un terreno en el que, a partir de lo ya conocido, esta no deja de ser una narración histórica, Shakespeare idea una trama sustentada en los tópicos de la lucha y las diferencias entre sexos, entre la motivación masculina y la intención femenina.

Una en la que, para que ambos sean igual de protagonistas -a pesar de su título, la acción pivota, fundamentalmente, en torno a Marco Antonio -, compensa el peso político de él con la influencia que sobre su devenir y reputación tienen las propuestas, decisiones y expresiones de ella. Un comportamiento no siempre transparente y articulado, en buena medida, en base a insinuaciones y provocaciones, hasta engaños y manipulaciones. Complementado, a su vez, con reflexiones sobre el honor y el orgullo, las esencias y el propósito del liderazgo, y la posibilidad de sentirse ganador a pesar de haber sido derrotado o de traicionarse a uno mismo en la victoria.

Todo ello en el marco de unas unas coordenadas ampulosas que, tal y como son expuestas en el texto, exigirían para ser fiel a sus acotaciones un montaje con un gran despliegue técnico y artístico. Palacios y banquetes dionisiacos en Egipto, batallas navales y tránsitos fluviales en embarcaciones lujosas, espacios marmóreos en Roma, vestimentas y adornos de los más brillantes materiales, así como entradas y salidas de escena de múltiples personajes que, a buen seguro, resultan atractivos a pocos productores.

Antonio y Cleopatra, William Shakespeare, 1606, Austral Ediciones.

“Albert’s bridge” de Tom Stoppard

Concebida originalmente como una pieza radiofónica estrenada por la BBC en 1967, tras la aparente ingenuidad y lógica conductual de su protagonista, su argumento destila una importante crítica social. Una fábula que sigue siendo válida para nuestro tiempo.

Tom Stoppard no es un autor de digestión fácil. No es amigo de presentaciones explicativas ni de introducciones circunstanciales. Entra sin preámbulos en sus historias, de manera que siempre vamos un paso por detrás de sus intenciones. El desconcierto, la incertidumbre y la sorpresa forman parte del proceso y la experiencia de ser su espectador y lector. Su propuesta no está solo en lo que se ve y escucha, sino en lo que se intuye, deduce y percibe. Exige que estemos tanto en lo presente como en lo ambiental y lo psicológico.

Albert’s bridge comienza con cuatro operarios terminando de pintar la estructura metálica de semejante infraestructura situada en una ciudad británica, nunca nombrada pero sí descrita como gran urbe. Acto seguido asistimos a una reunión de la empresa gestora en la que se aprueban los planes para continuar el mantenimiento de este trabajo, mas reduciendo costes, lo que implica mantener un único trabajador. El conflicto surge porque el contratado para esta tarea es Albert, el hijo del propietario de dicha compañía, y a su vez alguien licenciado en filosofía y sin ambición material alguna. Un hombre que, a la par, deja embarazada a la asistenta que sus padres tienen como interna, relación que fructifica en su convivencia en coordenadas modestas.

En este cruce de asuntos varios es donde Stoppard lanza sus interrogantes, comenzando por la filosofía. ¿Para qué vale? ¿Quién se dedica a ella y qué aporta? ¿Tiene algo que hacer frente al materialismo sin fin de nuestra sociedad? También ahonda en el asunto del trabajo. ¿En qué medida nos dignifica? ¿Qué papel juegan en su obtención y mantenimiento los méritos, la dedicación y los resultados? Igualmente, le dedica espacio al capitalismo y su exclusivo propósito de maximizar las cifras en el corto plazo, resultados con los que alimentar el ego y la megalomanía de sus primeras figuras. Por último, y de manera complementaria, refleja las distancias en el comportamiento y las aspiraciones entre quienes tienen de sobra y quienes apenas disponen de lo justo.

Se nota que Albert’s bridge está concebida originalmente para la radio por la sencillez con que están planteadas cada una de sus escenas. Su fuerza recae en los diálogos y el modo en que su progresión nos da las claves que necesitamos para situarnos en su existencialismo. Algo a lo que ayudan las referencias musicales -una canción popular versionada a capela y una marcha militar a sonar según sus indicaciones- y algunos parlamentos concebidos como cortos monólogos shakespearianos, algo en lo que Stoppard se mostró hábil en su obra anterior, Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1967) a partir de dos personajes de Hamlet, pero sin zambullirse en el absurdo con el que jugaría en la siguiente, Jumpers (1972).

De mar de fondo el mito de Sísifo, personaje mitológico condenado a empujar cuesta arriba una piedra que al llegar a la cima caía una y otra vez. Algo similar a lo que en nuestro tiempo se ha convertido el trabajo seriado para muchas personas, lo que hace de Albert -con su formación, sus posibilidades y su afabilidad- alguien enigmático y un espejo en el que jugar o probar a mirarnos.

Albert’s bridge, Tom Stoppard, 1969, Faber Books.

“Master Class” de Terrence McNally

Síntesis de la biografía y la personalidad de María Callas, así como de los elementos que hacen que una cantante de ópera sea mucho más que una intérprete. Diálogos, monólogos y soliloquios. Narraciones y actuaciones musicales. Ligerezas y reflexiones. Intentos de humor y excesos en un texto que se mueve entre lo sencillo y lo profundo conformando un retrato perfecto.

Una clase magistral con un grande de la escena es una de las experiencias más auténticas tanto para un espectador como para un aspirante a profesional de las artes escénicas. Además de relatar quién es antes y después de los personajes en los que le hemos visto convertirse, el artista comparte las claves y las técnicas a las que recurre para su formulación. Y entre todo eso, y de manera más o menos explícita y con mayor o menor detalle, muestra retazos de su vida. Tanto de la que pudiéramos tener ya una versión mediática como la, quizás, nunca antes compartida públicamente. Sus alegrías y sus ilusiones, así como sus heridas y sus tristezas delante y detrás del telón.

Todo eso es lo que Terrence McNally vehicula en este texto estrenado con gran éxito en 1995 y que no ha dejado de representarse desde entonces (tuve la oportunidad de verlo genialmente interpretado por Norma Aleandro en los Teatros del Canal de Madrid en 2013). Un personaje al que Terrence volvía tras haberlo hecho ya protagonista instrumental en 1986 de una dramaturgia anterior, The Lisbon Traviata.

En esta ocasión parte de la realidad, María Callas impartió varias sesiones como esta en la última etapa de su vida, y le suma buenas dosis de ficción sobre las claves personales y profesionales en las que se sustenta el mito. Al tiempo, analiza algunos de sus papeles más afamados para relatarnos cómo los concibió y describir simultáneamente en qué subyace la magia de este género musical. Todo ello en primera persona, lo que teniendo en cuenta las peculiaridades de su carácter y las singularidades de sus vivencias, hace que la exposición de la Callas resulte especialmente intensa y trascendente, incluso cuando intenta mostrarse liviana y anecdótica.  

Con su extraordinaria habilidad para lo emocional, McNally poliedra un busto en el que sus múltiples planos quedan unidos por la auto exigencia de perfección y la imperiosa necesidad afectiva de su retratada. Una combinación excelente cuando ambos motores se alineaban bajo los focos, pero terriblemente destructiva cuando no lo hacían en la reciprocidad que necesitaba su corazón. Una simbiosis vital que Master Class estructura combinando la versión conocida de algunos de los episodios más significativos de su vida -su relación con Meneghini y con Onassis, su despedida de La Scala o los inicios de su formación en Atenas- con su propio relato, el de la utopía del amor y la crueldad humana, de los mismos.

Marco narrativo que su creador cincela con la minuciosa precisión de los comentarios que la soprano le realiza a sus alumnos sobre su preparación y actitud y su apostura vocal y corporal, para convertirse en el vértice en el que confluyan la genialidad de Verdi, Bellini, Puccini y Cherubini encarnando a personajes como Amina, Lady Macbeth o Medea. Una muy buena Master Class en la que Terrence McNally, y al igual que en otras creaciones suyas, siguió el principio que guió la carrera de María Callas y que le arrojó al público de Milán, Ho dato tutto a te (Te lo he entregado todo).

Master Class, Terrence McNally, 1995, Penguin Books.

Tres días de teatro en Ciudad Rodrigo

Compañías de un lado y programadores de otro, además de productores, autores y demás interesados del mundo dramático se han reunido esta semana en Miróbriga con motivo de la 25 edición de la Feria de Teatro de Castilla y León. Entre los beneficiados, los que acudimos a disfrutar de los muchos montajes, funciones y talleres que esta localidad salmantina acogió y entre los que están estos a los que asistí.

24 de agosto. La estación de autobuses está a un paso del centro histórico, de la fortaleza de trazado medieval y arquitectura en transición entre el Gótico y el Renacimiento, con lo que no tardo nada en llegar al Hostal Plaza donde tengo reservada una habitación con vistas a la susodicha mayor. Ya conocía esta capital comarcal, pero nunca había tenido una imagen así de ella, un plano cenital que me incita a bajar corriendo ante los primeros acordes musicales de Ambulantes de Z Teatro y La escalera de tijera.

Un pasacalles para todos los públicos. Los niños lo disfrutan por el colorido de su vestuario y su maquillaje, la fantasía de su atrezo, el funambulismo de sus malabares y la hipérbole de su gestualidad. Y los mayores nos dejamos llevar por la empatía con quienes nos rodean y por el recuerdo de quienes fuimos. Sesenta minutos que acaban junto a la catedral haciéndome imaginar que este espectáculo contará, allá donde vaya, con buena acogida si cuenta con un emplazamiento como este callejero peatonal, este día despejado y este público deseoso de sonreír.

Como lo que prima en esta localidad es la atención al visitante, hay un restaurante tras otro, cada uno con su menú del día y su correspondiente carta si este no te convence. Sigo el consejo de un periodista local y acudo al D´Moran a probar su pincho de morcilla con chocolate. Diferentes sabores dulces, pero con textura semejante, lo que hace que la combinación funcione. Lo acompaño de un vino de la Sierra de Francia, La zorra, afrutado y fresco. Con la segunda copa pido una hamburguesa doble de carne morucha. Buenísima. Sol de justicia y calor por encima de los treinta grados. La tradición por estos lares es la de la siesta.

Tras la elipsis onírica la cita es en el Teatro Nuevo Fernando Arrabal. Una bombonera coqueta y acogedora, con el cartel de agotadas todas las localidades, en la que actúan Las niñas de Cádiz dirigidas por José Troncoso. El responsable de Lo nunca visto o Con lo bien que estábamos no defrauda. Los actores y actrices de Las bingueras de Eurípides están fantásticos, el texto no tiene vergüenza alguna y las carcajadas del público evidenciaban opinión similar a la mía. Una historia de prohibición del juego con aires de chirigota carnavalesca, bien regada de absurdo y procacidad, que resulta divertida, recurrente e hilarante. Ojalá gire y gire hasta llegar a todos los rincones de España.

Cuando cae la tarde, el sol, en su camino hacia Portugal, lo tiñe todo de dorado, acrecentando el ocre de la piedra y el amarillo del suelo pajizo que cubre el exterior del recinto fortificado. La temperatura ya es agradable, con lo que resulta más que placentero rodear la antigua urbe. La jornada termina tomando asiento en el recinto al aire libre de los Jardines de Bolonia. Es el turno de Teatrapo Producciones y El circo de la vida. Título que describe el mimo, las interacciones, las coreografías, las acrobacias y el amplio catálogo de flexibilidades varias, a dos niveles, que ejecutan sus intérpretes. Atención total de los varios cientos de vecinos y turistas asistentes, prendados de su despliegue lumínico y sonoro.

25 de agosto. Cuando amanece el silencio es casi absoluto, más aún si desciendes del promontorio en el que está situado Ciudad Rodrigo hasta el curso del río Águeda y cruzas a la isla caprichosa que ha formado su cauce para ver cómo surge el astro rey. Horas después, este espacio, por la sombra y el frescor de su arboleda, y por los cómodos chiringuitos y zonas de esparcimiento con que cuenta, es visitado por muchos locales para superar el hastío de las horas más calurosas. Si cruzas al otro lado, la vista te demuestra el afán defensivo con que fue bautizado este asentamiento como Miróbriga por los romanos, aunque ya fuera habitado anteriormente por los vetones.  

Ya de vuelta en la antigua, noble y leal -tal y como reza su lema- me dirijo al Parque de la Glorieta, conocido por el quiosco dedicado al book crossing que algunos desalmados decidieron quemar meses atrás y que, posteriormente, recuperó todo su esplendor gracias a la buena voluntad de muchas personas. Allí los Trupe Fandanga / Circolando ofrecen Qubim a los más pequeños de la casa. Una propuesta modesta, pero ingeniosa, en la que la parte trasera de una furgoneta se convierte en una suerte de ferretería y taller en el que los espacios y los cachivaches, sus formas y funciones, son utilizados para, a través del oído y de la vista, imaginar usos varios y maldades diversas entre sus dos protagonistas.

Con esa buena impresión acudo hasta la Plaza de San Salvador para seguir El guardián de las palabras de GeneraciónArtes, un itinerante en el que sus cinco integrantes entretienen e implican a sus testigos callejeros en su búsqueda de los libros que nos ayudan a entender y comprender las culturas de las que venimos y de las que somos herederos. A su conclusión, acudo a otro lugar aconsejado, el Mesón La Paloma, a probar su pincho de farinato con huevo de codorniz, sus croquetas de jamón y su jamón ibérico recién cortado. Deleite máximo.

Repito visita al Teatro Fernando Arrabal para ver un espectáculo que se me pasó en Madrid, el Atra Bilis de Dos Hermanas Catorce. Un velatorio costumbrista y tenebroso, no a la manera realista y dramática de Cinco horas con Mario, si acaso más cerca del esperpento, el histrionismo y la comedia grácil y ágil. Un texto de intención ácida, expresión escatológica y espíritu socarrón basado en tres hermanas y su criada, a cada cual más peculiar, al que la dirección de Alberto Velasco le saca todo su partido gestual. La platea conecta con su trabajo, supongo, recordando cómo eran los funerales y los enterramientos, y las diatribas familiares que eclosionaban en estos, cuando se estilaban los lutos, las lágrimas de cocodrilo y los enterramientos en tierra.

Vuelvo a los Jardines de Bolonia para otra hora de circo nocturno. Acudo con más tiempo para sentarme en primera fila. Soy de esos a los que les gusta observar cómo se transforma la mirada, la faz y la presencia de quienes salen a escena. Kasumay, de Circo Los, exige a sus tres integrantes darlo todo físicamente a nivel de potencia y resistencia, coordinación y reflejos, tanto en el suelo como en el trapecio, a patines o en el monociclo. Combinando el humor clown y haciendo por contar con la complicidad de un público que se sabe y se desea parte integrante del show. Las luces se apagan justo cuando, en el Patio de los Sitios, se inicia la denuncia sobre la situación de las kellys y la crítica sobre la corrupción política que, con descacharrante versatilidad, ofrecen A Panadaria en Las que limpian.

26 de agosto. Los dos kilómetros de muralla de Ciudad Rodrigo son un escenario ideal para pasear al alba. Se pueden recorrer desde lo alto como si fueras un soldado haciendo una ronda de reconocimiento, un reo que huye a través de su foso, o un forastero que la rodea no sabiendo por cuál de sus seis puertas entrar al interior de la villa de piedra. Ya entre sillares, casi todas las cafeterías coinciden en ofrecer churros para desayunar. Algo que es así desde décadas atrás, entonces los tomaba en algunos de estos locales con leche y azúcar, hoy, ya adulto, los mojo en un café doble, con leche, bien cargado. 

La Casa Municipal de Cultura acoge una muestra de fotografías de José Vicente, artista de la imagen y practicante del fotoperiodismo, con la que recordar algunos de los montajes, nombres y momentos que conforman historia en construcción de esta feria que se inició en 1998. Contiguos a esta sede, dos espacios con el objetivo de iniciar a los niños y niñas en la magia de la interpretación, la ficción y la expresividad. Junto al Palacio de Montarco los de tres a seis años realizan un recorrido de una hora en el que cantan, juegan y colaboran en talleres. Sus hermanos mayores, en la Plaza del Buen Alcalde, se encuentran con un batallón de monitores que les guían para dar rienda suelta a su creatividad y comprender cómo se puede ser una pieza individual que, unida a otras, compone e interpreta grandes partituras. Ejemplificando todo es, muchos de ellos se unen en un sucedáneo de orquesta y pasacalles performativo derrochando júbilo y ritmo por el callejero mirobrigense con su percusión.

Tarde de nubes que tornan oscuras y acaban derramando agua durante más de una hora. Me pregunto qué sucederá con las actividades previstas en espacios abiertos esta noche. Me enteraré después porque mi cita es a las nueve en el Espacio Afecir, polideportivo reconvertido en espacio teatral con un graderío a la italiana. Buenas intenciones, pero mejor hubiera sido con asientos y respaldos para no dejarme, como tantos otros, las lumbares mientras sigo La lengua de las mariposas de la Compañía Sarabela. El programa de mano cuenta que estrenan en castellano su adaptación teatral al gallego de la novela de Manuel Rivas.

Consigo no compararla con la película de José Luis Cuerda, obra maestra del cine español que habré visto no sé cuántas veces. Valoro el trabajo de sus seis intérpretes y me convence que trabajen con una escenografía mínima para poner el foco en los comportamientos, los valores y las relaciones que se establecen entre sus personajes. Pero, al igual que su vestuario, me parece que la narración se mueve en un continuo gris en el que la credibilidad y poder de evocación de la acción se debe más a mi buena voluntad y deseo de empatizar que a la capacidad de la puesta en escena por engancharme e involucrarme. Aun así, entiendo y comparto los aplausos del amplio espectro de edades que me acompañan a este lado de la acción.

27 de agosto. Se acabó, le pongo punto y final a mi primera vez en la Feria de Teatro de Castilla y León. Me incorporé en su segundo día y me voy uno antes de que acabe con un derroche pirotécnico. Son varias las localizaciones que no he conocido y lo que he visto es apenas una pequeña parte de los 43 montajes que han pasado por aquí, algunos de ellos estrenos absolutos. A la dirección le sugiero que en el futuro las entradas sean numeradas y a mí mismo, planificarme de otra manera para que la próxima vez que venga, disfrutar aún más de Ciudad Rodrigo y de su amplia propuesta teatral. Gracias a los organizadores y enhorabuena a todos los equipos técnicos y artísticos que me han hecho disfrutar y soñar, reír y gozar, sentir e imaginar.   

“Una mujer sin importancia” de Oscar Wilde

Las diferencias entre sexos, pero también entre británicos y norteamericanos, así como entre pudientes y nobles y el resto de la sociedad. Un retrato ácido e irónico sobre el ser y el parecer plagado de juegos retóricos en base a contrastes e hipérboles en las que su autor, como es habitual en él, se revela inteligente y recurrente, a la par que crítico y sarcástico.  

Oscar Wilde se desenvuelve como pez en el agua escribiendo sobre la vida en sociedad, los encuentros mundanos, aquellos que se suponen motivados por la amistad, pero realmente impulsados por la imperiosa necesidad de huir del aburrimiento y del vacío interior. Mientras que para sus habitantes tienen algo maníaco y depresivo, él se divierte sacando a la luz su verdadera faz. Como si se tratara de un ejercicio freudiano, los pone a hablar hasta conseguir que liberen la verdad que no solo les desnuda, sino que demuestra su pobreza espiritual y su escasa moralidad. De ahí su contrariedad y su paradoja ya que resultan erigidos como dogma y representantes de todo lo contrario.

En Una mujer sin importancia, estrenada en Londres y Nueva York en 1893, se centra en tres asuntos. La pompa con que las clases altas del Imperio Británico organizan su vida social y las conversaciones que mantienen en dichas coordenadas. Centrados más en las apariencias y las formas, en las jerarquías y en los juegos de poder, que en establecer y mantener vínculos sinceros y humanamente enriquecedores. La diferencia que esto supone con respecto a los norteamericanos, a los que se dirigen con la curiosidad de la distancia, así como con la superioridad del eco colonial. Una suerte de grandilocuencia que aplican también sobre aquellos que no tienen títulos nobiliarios o una solvencia catastral y económica como la suya. Es decir, sobre cuantos tienen que trabajar. Y por último, el artificio de las convenciones que enfrentan a hombres y mujeres, impidiendo una relación sana, equilibrada y justa entre ambos sexos.

Wilde se desenvuelve en este embrollo y complejidad con una fineza elegante y sinuosa, organizando un divertimento en el que los similares a lo que muestra se sentirán halagados y los diferentes verán en ello una crítica mordaz. Podría interpretarse como un inteligente ejercicio de cinismo por la indisolubilidad de su admiración estética y su rechazo intelectual. Se aprecia su gusto y búsqueda de lo sensorial, pero también su abominación de cuanto limita o cancela la libertad individual. Aunque no queda claro si esto tiene que ver única y exclusivamente consigo mismo, con su condición de hombre, consciente de sus inclinaciones y satisfecho de sus actos, o si está también del lado de las mujeres que se ven perjudicadas por las injustas y caprichosas reglas morales con que solo se les juzga a ellas.

Estructurada en cuatro actos, este texto progresa yendo de lo genérico a lo concreto y de lo colectivo a lo individual. Un inicio en el que nos da las claves generales del mundo y de la sociedad en la que se adentra. Un desarrollo en el que crea una atmósfera espontánea, pero también inevitable, y expone las relaciones y roles de sus protagonistas. Y, finalmente, un desenlace más rítmico y dinámico en el que todo lo anterior se convierte en acción, con su consiguiente despliegue de causas y consecuencias, puntos de no retorno, giros y sorpresas que culminan la puesta a prueba tanto de las convenciones sociales (sexo fuera del matrimonio, madres solteras y mujeres con criterio propio) como de los recursos literarios (con aforismos tan sentenciosos como divertimentos lógicos).

Una mujer sin importancia, Oscar Wilde, 1892, Editorial Edaf.