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“The Royal Hunt of the Sun” de Peter Shaffer

La conquista española del Perú, la figura de Pizarro y el conflicto entre dos maneras de entender la vida humana y la espiritualidad. Un texto amplio y ambicioso, muy bien documentado y en el que todo queda perfectamente explicado. Una propuesta que exige una costosa producción para ser llevado a escena, pero que con el equipo correcto puede convertirse en un gran espectáculo teatral.

La localidad cacereña de Trujillo se enorgullece por ser el lugar en el que en 1475 nació el hombre que hizo español el imperio Inca. Sin embargo, y según Peter Shaffer, en el final de sus días Francisco Pizarro recordaba sus orígenes con el resquemor de quien siente que el rechazo, la pobreza y la soledad le han acompañado desde siempre. Un poso de amargura que teñía su personalidad, su visión y su posicionamiento ante los ideales supuestamente religiosos con que se regía el mundo de su época y las coordenadas militares al servicio de los Austrias en las que se ganó la vida.

Así es como lo muestra esta dramaturgia en el inicio de la campaña que acabaría con su conquista de lo que hoy conocemos como Perú. Tiempos en que más que soldados, los reclutados eran mercenarios y sus líderes no se atenían a más propósitos que a la obtención de recompensas materiales y la consecución de títulos de gobierno. Una realidad presentada con unos diálogos que exponen con claridad las claves de la época (1529-1533), describen con efectividad las coordenadas a que nos traslada -el páramo extremeño y la virginidad de la cordillera andina- y revelan los principios tan diferentes por los que se regían los hombres a uno y otro lado del mundo. Mientras que el catolicismo europeo imponía el miedo, la adoración astral promulgaba la igualdad, la colaboración y la reciprocidad.

Esto no implica que el autor de Amadeus (1979) se posicione del lado de los segundos, pero sí deja claro que los primeros nunca tuvieron intención de dialogar, conocer y compartir sino, únicamente, hacerse con el oro de aquel vasto territorio. Utilizaron la palabra, pero de manera cicatera y banal, desarrollando argumentarios justificativos y ensalzadores de lo que entonces se contemplaba no solo como normal, sino como procedente. Cuestiones que abren el debate de si podemos juzgar los hechos de ayer por la ética y la moral de hoy, materia en la que Shaffer no entra pero que sí plantea.

Los casi sesenta años transcurridos desde el primer montaje en 1964 de The Royal Hunt of the Sun por el National Theatre también influyen en este asunto. Debemos dar por hecho que la sociedad de entonces no debía ser tan sensible ni estar tan concienciada como lo estamos en la actualidad respecto a estos temas. Quizás sea este el motivo por el que el texto ponga más el foco en cómo visualizar el encuentro y choque de culturas y civilizaciones, que en las líneas rojas que surge en ese descubrimiento mutuo.

Las anotaciones en cursiva, así como algunas verbalizaciones de sus personajes, llevan a hacernos pensar en una espectacularidad que materializar sobre el escenario con un amplio elenco y despliegue técnico en términos de escenografía, iluminación, espacio sonoro y vestuario para recrear la presencia y magnanimidad del rey Sol (tanto el astral como el encarnado en la figura de Atahuallpa), así como de los diversos espacios naturales que marcan la atmósfera de muchas escenas y los abrumadores interiores y exteriores de la ciudad de Cajamarca que intensifican otras tantas.

The Royal Hunt of the Sun, Peter Shaffer, 1964, Penguin Books.

“Una noche sin luna”, pero llena de luz

Un texto redondo, una interpretación espléndida y una dirección extraordinaria de Sergio Peris-Menchetta que materializa con inteligencia y sensibilidad la profundidad, capacidad y múltiple expresividad del doble trabajo de Juan Diego Botto. Un homenaje a la figura, las palabras y el pensamiento de Federico García Lorca que demuestra la razón de su universalidad y el por qué de su vigencia. 

Para cuando el planteamiento se ha convertido en nudo, Juan Diego Botto tiene a sus espectadores en el bolsillo. Hipnotizados, seducidos, convencidos, entregados a su conversión en el poeta de Fuente Vaqueros para explicarnos cómo fue que, aunque muriera la noche del 18 de agosto de 1936, habían comenzado a matarle mucho tiempo antes y la manera en que siguieron haciéndolo tras abandonar su cadáver en un lugar aún por descubrir. Pero no se alarmen, el tono del texto escrito por Botto no es trágico. No niega el drama, no huye de la seriedad de la reflexión social ni evita la crítica en su análisis político, pero lo que priman en él es el buen talante y la comicidad, la ironía y el sagaz sentido del humor de su protagonista. 

A partir de fragmentos de entrevistas, anécdotas, conferencias, extractos de sus dramaturgias y estrofas de sus poemas, Una noche sin luna se erige como una síntesis genial de la personalidad vibrante, el pensamiento agudo y la biografía interior de Federico. Más allá de los lugares, las personas y los momentos concretos que recuerda, su máximo acierto está en hacerlo evocando lo que pensó y concibió, transmitiéndonos sus fortalezas y debilidades, y acercándonos a su manera de estar y relacionarse con el mundo. Un sentir alejado de la visceralidad, la estrechez de miras y la búsqueda de confrontación de la época que le tocó vivir y que desembocó en el fratricidio que estalló un mes antes de que le fusilaran por rojo y maricón. 

Una abundancia y profundidad de información y impresiones a la que el monólogo y la destrucción de la cuarta pared por parte de Botto le dan una fluidez que embauca al patio de butacas haciéndole olvidarse de estar ante una ficción. El deleite, el gozo y el disfrute es tal que genera la ilusión de estar ante una realidad en la que nos gustaría quedarnos a vivir por siempre, a la par que nos sentimos extrañamente cómodos al descubrir que los parlamentos de algunos de los múltiples secundarios de la España de décadas atrás que escuchamos -yendo del costumbrismo a la caricatura, del epítome al compendio- suenan tan irrespetuosos, tendenciosos y peligrosos como muchos de los que seguimos siendo testigos hoy en día.  

La soberbia dirección de Sergio Peris-Menchetta materializa con exquisito pormenor tanto la poesía que articula el texto, sus distintas escenas y pasajes emocionales, como la potencia exterior de su mirada y la elocuencia sensorial de sus hipótesis y especulaciones. Un logro resultado de la elegancia y minuciosidad de la iluminación de Valentín Álvarez, la galanura y las metáforas del vestuario de Elda Noriega, el eco del espacio sonoro de Pablo Martín Jones y de las canciones de Rozalén, Morente y Lagartija Nick, y las múltiples y potentes alegorías de la escenografía de Curt Allen. Todos ellos juntos, unidos, compenetrados y perfectamente ensamblados consiguen que Una noche sin luna sea un soberbio espectáculo teatral, un sentido homenaje a Federico y un sincero agradecimiento al eterno valor, atemporalidad y generosidad de su legado. 

Una noche sin luna, en el Teatro Español (Madrid).

“The God of Hell” de Sam Shepard

El Dios del inframundo en la mitología romana y el peligroso elemento radioactivo se unen para crear una atmósfera inquietante, abstracta y misteriosa en la que la tranquilidad de un matrimonio granjero en mitad de la nada estadounidense se ve turbada por la aparición de un desconocido y un viejo amigo.

Se podría considerar que The God of Hell está ambientada en coordenadas semejantes a las de las películas de los años sesenta, aquellas en que los fenómenos y visitas paranormales eran utilizados como metáforas del comunismo. Otra es dejarse llevar por su ánimo de sacudirnos y desestabilizarnos, de no permitirnos agarrar a ningún referente o coordenada que nos ofrezca un ápice de seguridad o de control sobre la situación en la que nos vemos inmersos. Por último, y por algunos detalles que no procede revelar, me planteo hasta qué punto Sam Shepard se inspiró en las torturas y abusos que agentes de la CIA y policías militares ejercieron en 2003 sobre los reclusos de la prisión militar de Abu Ghraib (Irak).

Caben más posibilidades, pero lo que está claro es que Shepard deja la ambientación de la puesta en escena a elección del director que se encargue de su montaje (estrenado originalmente en 2004 en Nueva York y en 2005 en Londres). Su escritura se centra en lo esencial. Los personajes anfitriones apenas están bocetados, solo se nos da a conocer su vínculo matrimonial y su rutina vital basada en el cuidado de los animales de su granja. De los otros dos se facilita menos información aún. Uno huye de algo que no acierta a definir y recala en este lugar sin vecinos en Wisconsin, cerca de la invisible frontera con Minnesota, por su antiguo vínculo con el esposo. El otro personifica ese agujero negro conceptual, vivencial y experimental que el ganador del Premio Pulitzer en 1979 por Buried Child no define ni describe, mostrándonos tan solo algunas de sus impactantes manifestaciones.

Aunque breves y secos, la asertividad y sencillez de sus diálogos hace que estén cargados de significado. Resultan muy explicativos del costumbrismo en el que se desenvuelven Emma y Frank, tornan en turbadores cuando aparece Haynes y se convierten en psicológicamente amedrentadores cuando Welch provoca con su actitud, preguntas y comportamiento con tintes patrióticos que nadie se sienta seguro. Su primera aparición genera una incomodidad de la que ya no se libera la representación, derivando progresivamente en un desasosiego físico y hasta un terror psicológico que Shepard traslada al espectador/lector apelando a su hipotálamo.

Así es como nos introduce doblemente en la historia. Invocando el pacto tácito de credibilidad que se establece en toda ficción y haciéndonosla vivir a través de las emociones más primarias, aquellas que se adueñan de nosotros sin ser siquiera conscientes de qué las despertó ni cómo fue que nos llevaron a ese estado. Una alerta que eriza el vello, tensa la postura corporal y acelera el pulso y la respiración generando un doble conflicto, el de luchar contra la indefinición de lo que está pasando y el mantener el control sobre nosotros mismos.

Buried Child, Sam Shepard, 2004, Methuen Drama.

“Un hombre con suerte” de Arthur Miller

Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

Nacido en 1915 en Nueva York, Arthur Miller vivió los estragos que la Gran Depresión que siguió al crack del 29 causó en su país, acontecimiento que dejó en su pensamiento y sentir las huellas de la injusticia y la desigualdad. Coordenadas sobre las que investigó y en las que se implicó diseccionando cuanto podía haber en ellas de inevitable y destino, así como de intervención y decisión humana. Con el tiempo se centraría más en lo segundo, pero en esta obra de juventud ofrece una visión más descriptiva que analítica del asunto. Menos comprometida ética e ideológicamente, aunque sí se atreve a poner en duda la esencia del sueño americano, esa verdad en la si te ocurre algo bueno es porque te lo mereces.

Una máxima a la que David Beeves se enfrentará una y otra vez, viendo como su vida es una continua progresión de dificultades superadas y logros conseguidos mientras que la de los que le rodean es un siempre frágil equilibrio entre las pérdidas y las ganancias. Lo que comienza siendo azar y deriva en suerte, convertida en tónica y rutina, constituye para el protagonista de Miller un conflicto moral sobre la justicia y la igualdad. Asunto frente al que uno de sus interlocutores le plantea la cuestión del empoderamiento y la responsabilidad, el liderazgo de uno mismo y la ambición por ser cada día mejor, alcanzar cotas más altas y resolver retos aún más complejos.

Este le explicita, incluso, las diferencias que en este sentido ve entre lo que le ofrece la América a la que ha llegado y la Austria que dejó atrás. Teniendo en cuenta la fecha de estreno de esta obra -tiempos convulsos que quizás influyeran en que solo se representara cuatro días en Broadway-, es inevitable ver en ello, más que una crítica a los principios del cristianismo, una opinión del propio Miller sobre la II Guerra Mundial y la atmósfera social que en los años previos permitió, jaleó incluso, el auge del nacionalsocialismo.  Un tema político que combina con otros y que acabarían por convertirse en hilos conductores de su producción dramática.

Así, la diferente educación que han recibido David y Amos, y el comportamiento de su padre respecto a ellos, volverá a aparecer en obras como Todos eran mis hijos (1947) y El precio (1968). El ímpetu juvenil del protagonista y su deseo por proyectarse estable y firme en el futuro, más aún al casarse y desear tener hijos, contrasta con la vista atrás que sería Después de la caída (1964). Preocupaciones hondas que en esta obra -que primero fue una novela que nunca llegó a publicar- cumplen su función de generar un mapa de inquietudes y expectativas contrastadas con las historias e intervenciones de los secundarios.

El resultado es un trazado, con sus momentos cómicos y sus pasajes dramáticos, de costumbrismo –el deseo de formar una familia, triunfar como deportista o emprender un negocio- en el que las interrogantes existenciales se responden resuelta y convincentemente con afirmaciones mundanas. Tenía 25 años y Arthur Miller ya daba muestras de su buen hacer como dramaturgo.

Un hombre con suerte, Arthur Miller, 1940, Penguin Books.

Teatro denuncia

Coinciden en la cartelera teatral madrileña dos obras que exponen cuestiones de las que somos tan elegidamente ignorantes como bravuconamente charlatanes. De un lado la deriva belicista del neoliberalismo en sus ansias por el poder, el dominio y la sumisión que retrata Shock 2 (La tormenta y la guerra). Del otro, la cotidianidad de las muchas expresiones de la violencia de género que disecciona Sucia.

Una de las posibles misiones del teatro es confrontarnos con nosotros mismos, situarnos frente al espejo de quiénes y cómo somos. Habrá quien rehúya del reto tomándoselo como un juego a la manera de Alicia, pero también quién por valentía, porque está dispuesto a asumir el riesgo de reconocerse, o porque cae cautivo del truco dramatúrgico, se vea involucrado en un tablero que hace evidente todo aquello que fuera de la sala está en un aparente segundo plano tras la urgencia y la necesidad de los múltiples compromisos y exigencias personales, sociales y laborales con que estructuramos, completamos y saturamos nuestras vidas.

Ya he escrito desde un punto de vista teatral sobre La tormenta y la guerra y Sucia, pero sigo pensando en su mensaje y en que, a pesar de sus muchas diferencias, ambos títulos conforman una superposición de coordenadas imposibles de ignorar. Podemos excusarnos de Shock 2 diciendo que lo que Andrés Lima cuenta en ella nos es ajeno, que las decisiones de la política están tomadas en niveles a los que no tenemos acceso. Falso, cada vez que votamos elegimos el nombre y apellidos de quienes después toman decisiones como invadir un país, recortar la inversión pública en sanidad o educación -fomentando el clasismo y la ignorancia (con todo lo que ambas conllevan: xenofobia, homofobia…)-, o convertir cárceles en centros de tortura.

Tras ello, una visión donde lo que prima es la economía, la ley de la oferta y la demanda, los futuribles y en la que ganar más hoy obliga a ganar aún más mañana. Está claro que las cuentas tienen que salir, que lo que valen son los números positivos, que las cifras en rojo son el desastre, pero si para lograrlo es a costa de la vida, la integridad y el bienestar de muchos y de nuestro entorno, del planeta en el que vivimos, la fórmula está mal diseñada. Quizás lo que falle sea su propia concepción, el dar primacía a lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Y cambiar el orden de prioridades no implica hacer un factor menos importante de lo que es, sino situarlo en el lugar complementario, y no superior, que le corresponde frente a otros.

Cuando introducimos la papeleta en la urna el día de las elecciones debemos tener en cuenta no sólo a quién queremos que nos gobierne o a qué partido o candidato castigamos, sino las consecuencias que esto tendrá. Precio que no exime a las posibles alternativas de ofrecer propuestas acordes al momento presente. No trabajar por ello, tenerse a sí mismos como prioridad bajo el camuflaje de estrategias de imagen y marketing políticos, te lleva a la tentación de pensar si de verdad son diferentes o si son la otra cara de la moneda indivisible, inseparable y bipolar que ambos conforman. Es señal de megalomanía y nos pone a los ciudadanos en la más triste y desesperada de las diatribas, elegir entre ser vilipendiados o ignorados y, por tanto, también agraviados, menospreciados y manipulados.

Ahora bien, la política no es algo que delegamos, entregamos o abandonamos en manos de los que democráticamente nos representan. Todos y cada uno de nosotros somos seres políticos, tenemos principios que determinan cómo actuamos y nos relacionamos, cómo tratamos a los demás y el modelo de sociedad en que vivimos o en la que podemos llegar a hacerlo. En el tan manoseado concepto de la responsabilidad individual está el que sepamos ejercer nuestra libertad, algo que pasa, sin duda alguna, por el diálogo, la empatía, la consideración y el respeto al otro. Sucia nos demuestra que hay terrenos en los que estamos muy alejados de esto.

¿Por qué una mujer que denuncia haber sido violada, agredida, abusada, tiene no solo que explicarse hasta la extenuación, sino que justificarse y hasta defenderse? ¿Por qué en multitud de ocasiones se la pone en tela de juicio sin más? ¿Qué extraños mecanismos antropológicos, sociológicos o culturales desatan esta tesitura? Lo interesante de la propuesta autobiográfica de Bàrbara Mestanza es que apela no solo a los principios de sus espectadores, sino a sus propias experiencias.

Las encuestas, los estudios y las investigaciones nos dicen que la teoría sobre lo que es justo y está bien en este asunto tan delicado está más o menos generalizado, pero la respuesta interior, la sentida y la que nace de las emociones que nos mueven, y en consecuencia, hacen girar al mundo, está en otras preguntas y ahí es donde Sucia da en el clavo. Interrogantes que responder en primera persona y mirando a los ojos, desde la sinceridad del estómago y la honestidad del corazón y menos desde la retaguardia de la razón cerebral. ¿Han abusado de ti alguna vez? ¿Por qué crees que actuaste de la manera en que lo hiciste? ¿Has abusado tú? ¿Qué te llevó a ello? ¿Conoces a alguien que fuera abusado/a? ¿Cómo respondiste? ¿Conoces a alguien que haya abusado? ¿Cuál fue tu reacción al enterarte?

Que la cultura es segura en términos pandémicos es una realidad que ha quedado demostrada en los últimos meses. Que es un arma influyente, crítica y revolucionaria, que incita a la reflexión, al movimiento y a la acción es algo que saben muchos. Que supone una amenaza para el status quo de muchos queda claro por su actitud -personal, política y partidista- ante un sector, actividad y demostración humana que tiene entre otros fines, el de señalar las contradicciones, incoherencias e injusticias que todos y cada uno de nosotros cometemos en todo, muchos o algún momento sobre los que nos rodean.

Shock 2 (La tormenta y la guerra), Teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional, Madrid) y Sucia, Teatro de la Abadía (Madrid).

“Juicio a una zorra” de Miguel del Arco

Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

JuicioAUnaZorra

Helena de Troya nos cuenta su vida a lo largo de doce escenas que son como los doce meses del año o las doce estaciones del via crucis, un viaje que nos devuelve una y otra vez al punto de partida, pero constatando que en ese momento ya no somos quienes éramos, que ya no tenemos nada que ver con quienes fuimos. Así es el viaje biográfico, el vaciado emocional que esta mujer, derrotada por todo lo que le ha sucedido, realiza a lo largo de estas páginas que tan brillantemente ha encarnado Carmen Machi en cada función desde que fuera estrenado en el Festival de Teatro Clásico de Mérida en el verano de 2011.

Esta zorra es mucho más que una puesta al día de una serie de mitos clásicos. Los explica y los relaciona, sí, pero esa no es más que la excusa para conocer las mil formas de maltrato y vapuleo que ha sufrido el corazón, el cuerpo y la dignidad de esta mujer. La violación la marcó antes de que naciera ya que fue concebida de esta manera tan vil, a los nueve años fue raptada y abusada y a los catorce casada con un hombre que la asumió como el peaje necesario para acceder al poder del trono de Esparta. Solo huyendo pudo soñar con un futuro basado en el amor que sentía por Paris, pero la tragedia la siguió hasta Troya generando una guerra que la utilizó como excusa para ser iniciada y prolongarse durante dos décadas de barbarie.

Un historial que Helena expone ante su padre celestial, Zeus, y el público al que pide que la juzgue, llena de rabia, bilis y despecho, pero también sin tapujos. Con la sinceridad de quien no tiene nada que esconder y la honestidad de quien no siente vergüenza de sus imperfecciones, errores y miserias. Con el valor de quien se atreve a poner en duda las verdades establecidas, no dejándose edulcorar por la belleza formal de los mitos y la atracción de su simbolismo. Injusticias que ensalzan a unos y hunden a otros condenándoles al ostracismo y la oscuridad desde la que ella nos habla.

Algo que no hace solo ella, sino también Miguel del Arco a lo largo de todo su texto destacando la falta de humanidad que hay tras la fachada de heroísmo, bravía y superación con que se presenta el protagonismo masculino de nuestra historia desde tiempos pretéritos. Siglos en los que la mujer no ha tenido más opción que ser para los suyos la hija obediente, la esposa abnegada y la madre entregada y aceptar que los contrarios la convirtieran en una víctima o un trofeo del duelo varonil. Hartazgo, cansancio y queja que tan brillantemente manifiesta, refleja y expone su Helena de Troya.

“La estanquera de Vallecas” de José Luis Alonso de Santos

Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

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Un sábado de verano de 1980, hace calor. Tocho y Leandro entran a robar en un estanco de Vallecas. Podría ser el inicio de un thriller, pero la respuesta de la abuela tras el mostrador haciéndoles frente convierte la situación en una batalla campal. Sus gritos, valentía y lo echá pa´lante que se muestra ante el repentino conflicto hacen que la tensión torne en sorpresa y el miedo que podamos sentir en consternación. Una situación tan rápida e inesperada que no podemos imaginar qué ocurrirá a partir de ahí. Más aún cuando los vecinos llaman a las puertas del establecimiento y los ladrones se ven encerrados donde no esperaban pasar más que unos minutos.

Comienza entonces una convivencia ágil, espontánea y sincera entre mayores y jóvenes, hombres y mujeres, trabajadores y delincuentes, personas rectas y botarates sin cabeza trazada con una sencillez de resultado genial. Y aunque cuanto se dicen y argumentan suena personal y a producto del momento, revela mucho sobre aquella España en la que se abría una brecha entre los que se mantenían fieles a la rectitud en la que habían sido educados y los que soñaban con que la libertad alcanzada les diera unas oportunidades que parecían restringidas a tan solo unos pocos. Un país en el que se bromeaba abiertamente con la figura de Franco, pero aún se desconfiaba de la policía y la iglesia se hacía presente en todas las situaciones.

Un aperturismo con el que Alonso de Santos (también conocido por Bajarse al moro) le da aire fresco al humor tradicional patrio, a ese que se basa en personajes ingenuos y tozudos, la joven Ángela y el Tocho, que se complementan con los sagaces y resolutivos, la abuela estanquera y el Leandro. Un conjunto que tiene los pies en la tierra (como cuando hablan sobre el valor del trabajo y el sentido de la justicia), pero que también recurre a hipérboles imposibles (embarazos por el método mariano). Una familia circunstancial que tan pronto vive momentos de baile y alegría, de intimidad y conexión, como de disputa y distancias insalvables.

En La estanquera de Vallecas no hay discursos excelsos ni sentencias elaboradas. Sin caer en lo banal en ningún momento, su sencillez deja claras las motivaciones y las aspiraciones -tanto inmediatas como a largo plazo- de esos dos ladrones de poca monta, así como de las dos mujeres a las que secuestran. Y a pesar de lo lejanos que podrían estar por la circunstancia en que se han conocido, hay algo que tienen en común, su humanidad, lo que les lleva a relacionarse y a dar pie al argumento de fondo de esta función. ¿Qué hacemos y cómo nos mostramos con quien no tenemos nada que ver si nos vemos obligados a pasar tiempo junto a esa persona?

La estanquera de Vallecas, José Luis Alonso de Santos, 1980, Machado Libros.

23 de abril, un año de lecturas

365 días después estamos de nuevo en el día del libro, homenajeando a este bendito invento y soporte con el que nos evadimos, conocemos y reflexionamos. Hoy recordamos los títulos que nos marcaron, listamos mentalmente los que tenemos ganas de leer y repasamos los que hemos hecho nuestros en los últimos meses. Estos fueron los míos.

Concluí el 23 de abril de 2020 con unas páginas de la última novela de Patricia Highsmith, Small g: un idilio de verano. No he estado nunca en Zúrich, pero desde entonces imagino que es una ciudad tan correcta y formal en su escaparatismo, como anodina, bizarra y peculiar a partes iguales tras las puertas cerradas de muchos de sus hogares. Le siguió mi tercer Harold Pinter, The Homecoming. Nada como una reunión familiar para que un dramaturgo buceé en lo más visceral y violento del ser humano. Volví a Haruki Murakami con De qué hablo cuando hablo de correr, ensayo que satisfizo mi curiosidad sobre cómo combina el japonés sus hábitos personales con la disciplina del proceso creativo.  

Amin Maalouf me dio a conocer su visión sobre cómo se ha configurado la globalidad en la que vivimos, así como el potencial que tenemos y aquello que debemos corregir a nivel político y social en El naufragio de las civilizaciones. Después llegaron dos de las primeras obras de Arthur Miller, The Golden Years y The Man Who Had All The Luck, escritas a principios de la década de 1940. En la primera utilizaba la conquista española del imperio azteca como analogía de lo que estaba haciendo el régimen nazi en Europa, en un momento en que este resultaba atractivo para muchos norteamericanos. La segunda versaba sobre un asunto más moral, ¿hasta dónde somos responsables de nuestra buena o mala suerte?

Le conocía ya como fotógrafo, y con Mis padres indagué en la neurótica vida de Hervé Guibert. Con Asalto a Oz, la antología de relatos de la nueva narrativa queer editada por Dos Bigotes, disfruté nuevamente con Gema Nieto, Pablo Herrán de Viu y Óscar Espírita. Cambié de tercio totalmente con Cultura, culturas y Constitución, un ensayo de Jesús Prieto de Pedro con el que comprendí un poco más qué papel ocupa ésta en la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore fue mi dosis anual de Tennessee Williams. No está entre sus grandes textos, pero se agradece que intentara seguir innovando tras sus genialidades anteriores.

Helen Oyeyemi llegó con buenas referencias, pero El señor Fox me resultó tedioso. Afortunadamente Federico García Lorca hizo que cambiara de humor con Doña Rosita la soltera. Con La madre de Frankenstein, al igual que con los anteriores Episodios de una guerra interminable, caí rendido a los pies de Almudena Grandes. Que antes que buen cineasta, Woody Allen es buen escritor, me quedó claro con su autobiografía, A propósito de nada. Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea, fue una agradable sorpresa, esperando su segunda. Y de la maestra y laboriosa mano teatral de George Bernard Shaw ahondé en la vida, pensamiento y juicio de Santa Juana (de Arco).

Una palabra tuya me hizo fiel a Elvira Lindo. Más vale tarde que nunca. La sacudida llegó con Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, literatura y periodismo con mayúsculas, creo que no lo olvidaré nunca. Tras verlo representado varias veces, me introduje en la versión original de Macbeth, en la escrita por William Shakespeare. Bendita maravilla, qué ganas de retornar a Escocia y sentir el aliento de la culpa. Siempre reivindicaré a Stephen King como uno de los autores que me enganchó a la literatura, pero no será por ficciones como Insomnia, alargada hasta la extenuación. Tres hermanas fue tan placentero como los anteriores textos de Antón Chéjov que han pasado por mis manos, pena que no me pase lo mismo con la mayoría de los montajes escénicos que parten de sus creaciones.

Me sentí de nuevo en Venecia con Iñaki Echarte Vidarte y Ninguna ciudad es eterna. Gracias a él llegó a mis manos Un hombre de verdad, ensayo en el que Thomas Page McBee reflexiona sobre qué implica ser hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. The Inheritance, de Matthew López, fue quizás mi descubrimiento teatral de estos últimos meses, qué personajes tan bien construidos, qué tramas tan genialmente desarrolladas y qué manera tan precisa de describir y relatar quiénes y cómo somos. Posteriormente sucumbí al mundo telúrico de las pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz, y prolongué su universo con Black, black, black. Con Tío Vania reconfirmé que Chéjov me encanta.

Sergio del Molino cumplió las expectativas con las que inicié La España vacía. Acto seguido una apuesta segura, Alberto Conejero. Los días de la nieve es un monólogo delicado y humilde, imposible no enamorarse de Josefina Manresa y de su recuerdo de Miguel Hernández. Otro autor al que le tenía ganas, Abdelá Taia. El que es digno de ser amado hará que tarde o temprano vuelva a él. Henrik Ibsen supo mostrar cómo la corrupción, la injusticia y la avaricia personal pueden poner en riesgo Los pilares de la sociedad. Me gustó mucho la combinación de soledad, incomunicación e insatisfacción de la protagonista de Un amor, de Sara Mesa. Y con los recuerdos de su nieta Marina, reafirmé que Picasso dejaba mucho que desear a nivel humano.

Regresé al teatro de Peter Shaffer con The royal hunt of the sun, lo concluí con agrado, aunque he de reconocer que me costó cogerle el punto. Manuel Vicent estuvo divertido y costumbrista en ese medio camino entre la crónica y la ficción que fue Ava en la noche. Junto al Teatro Monumental de Madrid una placa recuerda que allí se inició el motín de Esquilache que Antonio Buero Vallejo teatralizó en Un soñador para un pueblo. El volumen de Austral Ediciones en que lo leí incluía En la ardiente oscuridad, un gol por la escuadra a la censura, el miedo y el inmovilismo de la España de 1950. Constaté con Mi idolatrado hijo Sisí que Miguel Delibes era un maestro, cosa que ya sabía, y me culpé por haber estado tanto tiempo sin leerle.

La sociedad de la transparencia, o nuestro hoy analizado con precisión por Byung-Chul Han. Masqué cada uno de los párrafos de El amante de Marguerite Duras y prometo sumergirme más pronto que tarde en Andrew Bovell. Cuando deje de llover resultó ser una de esas constelaciones familiares teatrales con las que tanto disfruto. Colson Whitehead escribe muy bien, pero Los chicos de la Nickel me resultó demasiado racional y cerebral, un tanto tramposo. Acabé Smart. Internet(s): la investigación pensando que había sido un ensayo curioso, pero el tiempo transcurrido me ha hecho ver que las hipótesis, argumentos y conclusiones de Frédéric Martel me calaron. Y si el guión de Las amistades peligrosas fue genial, no lo iba a ser menos el texto teatral previo de Christopher Hampton, adaptación de la famosa novela francesa del s.XVIII.   

Terenci Moix que estás en los cielos, seguro que El arpista ciego está junto a ti. Lope de Vega, Castro Lago y Arthur Schopenhauer, gracias por hacerme más llevaderos los días de confinamiento covidiano con vuestros Peribáñez y el comendador de Ocaña, cobardes y El arte de ser feliz. Con Lo prohibido volví a la villa, a Pérez Galdós y al Madrid de Don Benito. Luego salté en el tiempo al de La taberna fantástica de Alfonso Sastre. Y de ahí al intrigante triángulo que la capital formaba con Sevilla y Nueva York en Nunca sabrás quién fui de Salvador Navarro. El Canto castrato de César Aira se me atragantó y con la Eterna España de Marco Cicala conocí los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país.

Lo confieso, inicié How to become a writer de Lorrie Moore esperando que se me pegara algo de su título por ciencia infusa. Espero ver algún día representado The God of Hell de Sam Shepard. Shirley Jackson hizo que me fuera gustando Siempre hemos vivido en el castillo a medida que iba avanzando en su lectura. Master Class, Terrence McNally, otro autor teatral que nunca defrauda. Desmonté algunas falsas creencias con El mundo no es como crees de El órden mundial y con Glengarry Glen Ross satisfice mis ansiosas ganas de tener nuevamente a David Mamet en mis manos. Y en la hondura, la paz y la introspección del Hotel Silencio de la islandesa de Auður Ava Ólafsdóttir termino este año de lecturas que no es más que un punto y seguido de todo lo que literariamente está por venir, vivir y disfrutar desde hoy.

“Cuando caiga la nieve”

Los cruces de caminos son una metáfora más de las muchas que utilizamos para explicar la vida. En multitud de ocasiones nos pasan desapercibidos, pero en otras suponen puntos de inflexión que recordaremos siempre. Esta obra nos traslada a uno de esos momentos, a las historias que confluyeron cuando un desconocido se llevó algo que no era suyo y a todo lo que vino después.

Hay personas que cuando fallecen resultan estar más presentes que cuando vivían. Cuando quien exhala su último suspiro es quien te dio la vida tu interior se pone patas arriba. Lo que dijiste y lo que no, lo que quedó por explicar o preguntar. En las primeras horas y días tras el deceso, cuanto sucede tiene una carga simbólica que parece imposible un después en que la calma vuelva a ser la tónica. Para ello es necesario pasar por el tránsito del entierro o la cremación, opción ésta que suele ir seguida del arrojo de las cenizas en algún lugar de referencia para el difunto. En esos preparativos estaban dos hermanos cuando en un descuido a la hora de cargar todo en el coche, alguien les roba la urna funeraria con los restos incinerados de su padre.

Un drama, pero también una comedia teniendo en cuenta la personalidad y circunstancias de los involucrados y de la cadena de acontecimientos a que darán pie. Javier Vicedo Alós se introduce en cada uno de ellos para, de monólogo en monólogo, relatar la hoja de ruta seguida por la urna y su contenido, así como exponer las diversas reacciones, suposiciones y reflexiones de esas personas ante la extraña manera en que el destino les hace lidiar con una cuestión tan trascendental e imponente como es la muerte.

Con el común denominador de la culpa, unos se afligen por no poder realizar lo que sienten que es su deber, y otros se lamentan por haberse entrometido en un asunto tan íntimo y delicado. Estos últimos con la derivada, además, de verse obligados a reflexionar desde un presente que no les satisface sobre qué sucederá con ellos, con su cuerpo, y cómo será la ceremonia de su descanso, el día que su vida llegue a su fin.

El texto bascula muy bien entre lo anecdótico y lo trascendente, lo pintoresco y lo reflexivo, algo que le permite a Julio Provencio obtener muy buen resultado de sus intérpretes. Tanto de sí mismo, en un papel que tiene tono de narrador, como de Chupi Llorente, con un costumbrismo, gracia y salero que genera empatía y cariño, de Juan Carlos Talavera, con un sarcasmo y realismo que no elude lo patético, y de Efraín Rodríguez, con un personaje que aúna lo delicado y lo emocional con la crónica y la crítica de los contrastes y las incongruencias de la sociedad de nuestro tiempo.

Todo ello con el envoltorio de una puesta en escena en la que convergen con sencillez y belleza lo delicado de lo tratado, la nieve climatológica que circunscribe algunos de los acontecimientos expuestos y la textura pulverulenta que a todos trae de cabeza.

Cuando caiga la nieve, en Sala Teatro Cuarta Pared (Madrid).

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre

Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

Muchos de los lugares hoy urbanizados y edificados de Madrid eran décadas atrás territorios habitados como buenamente podían por los recién llegados desde otras partes del país o por los siempre recluidos en la invisibilidad de la pobreza. Una miseria material que traía consigo penosas condiciones de vida, hábitos nada saludables y coqueteos con la ilegalidad como medio para resolver las necesidades más básicas. Un medio en el que Alfonso Sastre se introduce para mostrar la personalidad y las aspiraciones de los que allí viven, así como la manera en que estas circunstancias marcan su actitud vital.   

El éxito de su realismo está en la fidelidad con que recoge las expresiones y construcciones verbales de sus personajes. Desde los coloquialismos e informalidades de su vocabulario a la simpleza y escasa elocuencia de su sintaxis pasando por las interjecciones e intenciones vocativas de muchas de sus expresiones. Un microcosmos en el que la cercanía de la convivencia está construida a base de amistad y afecto, pero también de agresión e insulto. Violencia física y psicológica no solo en los encuentros que tienen lugar en la taberna El gato negro en el barrio de San Pascual, allá por la zona de Ventas, sino también a lo largo de su biografía tal y como relatan en distintas rememoraciones.

Digresiones del momento presente que Sastre plantea con un humor ácido y socarrón con el que consigue que empaticemos con este mundo de quinquis y delincuentes de medio pelo en el que cuanto sucede se vive con una intensidad y visceralidad tan simpática como bien manejada. Un ritmo dramático en una constante tensión en la que puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Recurso manejado con precisión y coherencia al que se añaden las entradas y salidas de personajes, manifestando sus penurias o desvelando los vínculos afectivos, biológicos o conflictivos que tienen entre todos ellos.

En La taberna fantástica confluyen austeros a los que guía la honradez, vivaces que saben desenvolverse para sacar el máximo partido de lo que les ha tocado, conformistas que se dejan llevar por el día a día y escurridizos que huyen de él para salvar su pellejo de las autoridades y de las consecuencias de sus propios hechos. Un costumbrismo que podría pasar por un spin-off teatral del Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos (publicado cuatro años antes de la escritura de este texto) pero que a la crudeza de aquel, suma la fantasía de pasajes en los que su autor juega con lo onírico y lo metateatral para subrayar su objetivo de denuncia social.

Crítica política que le valió la imposibilidad de su escenificación entonces, pero con la que finalmente consiguió el aplauso del público y la crítica, así como el reconocimiento institucional, cuando se estrenó el 23 de septiembre de 1985 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.  

La taberna fantástica, Alfonso Sastre, 1966, Ediciones Cátedra.