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Tan «Close» que duele

El gran premio del jurado de la última edición del Festival de Cannes se clava en el corazón de sus espectadores con la mirada limpia, el sentir inocente y la conciencia pura de sus protagonistas adolescentes. Una historia que expone con sinceridad, empatía y sensibilidad lo bonito y hermoso que es relacionarse y el poder e influencia que ejercemos sobre los demás, pero también los deberes y riesgos, las consecuencias y aprendizajes que esa vivencia conlleva.

Mientras el niño aprende en qué consiste el mundo sin tener herramientas ni conocimiento previo que le sitúe o ayude, el reto del adolescente es aún mayor, se ha de construir su propio sitio en ese mundo, en su evolución hacia la adultez, lidiando con influencias, compañías, referencias y comentarios no siempre positivos. Los juicios y las sentencias llegan en demasiadas ocasiones sin saber siquiera qué se está tratando y si tienen, siquiera, algo que ver con uno mismo. Eso es lo que les sucede a Leó y Remi cuando comienzan el bachillerato y sus compañeros comentan y les preguntan con curiosidad y sorna sin son pareja, de manera abrupta e invasiva si son homosexuales y, por tanto, acusados de ser más mujeres que hombres.

Surge así una pausa que interroga la génesis y el sentido de lo que hasta entonces había sido amistad espontánea y complicidad natural, vinculación sincera y cariño auténtico libre de injerencias. Sin embargo, tal y como expone Lukas Dhont, la influencia del círculo más inmediato, la invisible y atmosférica fuerza del grupo vence a quien simulaba más entereza y hace resiliente a quien parecía más débil. Mas nada es eterno ni absoluto, la fragilidad es condición intrínseca a la naturaleza humana y se puede revelar tan repentina como sorpresivamente.

Lo más hermoso y seductor de la mirada de Dhont es que se centra, como ya lo hiciera en Girl (2018), con verdadera honestidad, en las emociones de sus protagonistas. En cómo las manifiestan primero y cómo las procesan después. En cómo reaccionan como resultado de esa afectación, cómo les influye en su relación con los demás y cómo procesan posteriormente las consecuencias que conlleva ese complejo proceso. En definitiva, en cómo toman conciencia de sí mismos y de su poder, influencia y deber con los demás.

Un guión preciso, minucioso y conciso y una sostenida progresión narrativa que no pierden el foco en cuestiones secundarias como analizar la actuación del alrededor, en explicar su conducta ni el propósito de sus exigencias. Está ahí, ya lo sabemos y lo conocemos, somos parte de él y también lo hemos sufrido. Ese es un de los logros y claves de Close, hace que nos identifiquemos y proyectemos tanto con Léo y Remi, como con sus compañeros de clase.

A su vez, muestra a sus personajes tal y como reclama que merecen, sin etiquetarles ni extraer conclusiones simplificadoras que, aunque pudieran ser acertadas en primera instancia, nunca revelarían lo que éstas ocultarían. Mas aun cuando trata sobre dos muchachos de trece años. Le deja estar y ser. Les concede aquello que es suyo y a lo que tienen derecho, construirse y conocerse en lugar de ser determinados por la vaguedad moral, la irresponsabilidad social y el reduccionismo intelectual de quienes no son capaces de comprender qué supone la diversidad y la empatía, la convivencia y el respeto.

Pero la mirada de Close no es pesimista ni apesadumbrada, en su dolor hay un resquicio de esperanza en la manera delicada y sensible en que algunos adultos, desde la consolidación de su madurez y la aceptación de su debilidad, plantean preguntas y esperan pacientemente que lleguen las respuestas. Algo que sucede a través de la limpia mirada, la poderosa presencia, la brillante gestualidad y la expresividad tonal de los jóvenes Eden Dambrine y Gustav De Waele, apoyados en segundo plano por las sólidas y maternales Émilie Dequenne y Léa Drucke.

Mirada sensible y honesta sobre «La maternal»

Tras su buen hacer con “Las niñas”, Pilar Palomero suma ahora el de esta cinta en la que sigue fijándose en aquellos a quienes no escuchamos ni consideramos como debiéramos. Los que quedan fuera del sistema por su edad, su falta de recursos y su comportamiento. Personas que merecen la sensibilidad y la seriedad, la escucha y la guía con que ella les muestra en esta ficción en la que deslumbra la mirada, el gesto y el verbo de su protagonista, Carla Quílez.  

De aquellos barros… Carla muestra desinhibidamente su interés por el sexo. No respeta los límites. A excepción de su mejor amigo, socializar no es lo suyo. Su madre está más pendiente de sí misma que de ella… Estos lodos. Una revisión médica descubre que está embarazada. No queda otra que ingresar en un centro para adolescentes a las que la maternidad les da la vuelta. Otro revolcón más de la vida, pero esta vez sin posibilidad de rehuir las consecuencias y seguir escapando hacia delante, sin rumbo y sin mayor pretensión que la de sobrevivir. La metamorfosis temporal de su cuerpo y el tener que hacerse cargo de un recién nacido después cae sobre ellas como un manto que lo tapa todo. Coordenadas transformadoras que abren nuestras ventanas y oportunidades, pero que también tensionan y frustran.  

Un drama, mas también una situación muy humana en la que impera el asombro y la sorpresa, el desconocimiento y la incapacidad, la superación y el agotamiento. Pilar Palomero se sitúa de este lado, escribiendo una historia que sigue a sus protagonistas en su vivencia de situaciones y emociones nunca antes experimentadas o imaginadas. En ningún momento les impone circunstancias o realidades con las que facilitar la progresión de su guión o su materialización audiovisual. Su máxima es la de la credibilidad, y lo consigue sin caer nunca en lo testimonial o lo confesional, la recreación o lo documental.

La mirada de Palomero destila integridad y su narración sensibilidad, respeto y compromiso con la verdad, la hondura y la complejidad de lo que sienten ese grupo de chavalas que por circunstancias diversas -pero coincidentes en la falta de protección, cuidado y guía de sus mayores- han confluido en ese centro en el que los asistentes sociales les apoyan, a la par que les acotan el terreno. Cada una de esas chicas nació mucho antes de aparecer en la pantalla y siguen existiendo tras finalizar la proyección. Son auténticas en su construcción, espontáneas en su expresión y frescas en su comportamiento.

A su vez, la dirección de Pilar conforma un cuadro que no elude el difícil encaje de las muchas aristas de su situación. El papel de los padres, a los que no excusa, pero tampoco culpa. El de una sociedad en la que prima lo inmediato y lo rápido, el aquí y ahora sin considerar, evaluar o prever las derivadas. Y el perímetro de un sistema incompleto e imperfecto, aunque con profesionales comprometidos y capaces. Dos horas en las que ni siquiera nos planteamos si estamos dentro porque desde el primer fotograma quedamos atrapados por la versatilidad de Carla Quílez, intérprete novel hábil en su misión de aunar el torrente emocional de su personaje con la agresividad de sus exabruptos y la coraza de su debilidad. Súmese a ella la confrontación, el espejo y el paralelismo que muestra Ángela Cervantes como su madre.

La maternal es una película válida y buena por sí misma, gana puntos si se tiene en el recuerdo Las niñas, la anterior película de su directora y guionista porque demuestra su capacidad para entrar con cuidado, detallismo y objetividad en universos muy particulares sin necesidad de repetirse. El tiempo nos dirá si el díptico que ahora surge evoluciona en tríptico o si serán otros los temas y asuntos a los que dará forma con su creatividad.

“As bestas” o la vecindad de la amenaza  

Thriller en el que la coacción y la incertidumbre, la paz y la soledad, crean una atmósfera apabullante en la que conviven y se enfrentan lo mejor y lo peor del ser humano. Un guión en el que la tensión de sus silencios y la parquedad de sus personajes son multiplicados por una dirección que los funde con los ritmos, las posibilidades y las paradojas de la naturaleza.

A Sorogoyen se le da bien la adrenalina, pero a diferencia de en Que Dios nos perdone (2016) o El reino (2018), en As Bestas no opta por un ritmo trepidante en el que los buenos se enfrentan abiertamente a los malos. En esta aldea del interior gallego están intrínsecamente unidos, sus raíces se hunden en la misma tierra, hasta el punto de que el devenir de unos está condicionado por las decisiones de los otros. Antoine y Olga se trasladaron hasta allí desde Francia para vivir de la agricultura ecológica y se negaron a que en su término municipal se levantara un parque eólico, impidiendo así que Xan y Lorenzo recibieran el dinero con el que contaban para escapar del lugar en el que han permanecido desde que nacieron. La frustración lleva al enfado, este a la rabia y de ahí al odio y la venganza. Si se combina con la visceralidad y la sangre fría, la irracionalidad no tiene límites, cada vez es más empecinada, sagaz y arrojada.

Así es como el guion escrito por Rodrigo e Isabel Peña torna casi en una película de terror sobre los límites de la conducta humana, hasta donde puede llegar el tesón de la resistencia y la hostilidad del resentimiento. Un clima agorafóbico, que lo inunda todo, pero en el que aun así percibimos claramente cuáles son los fundamentos de la conexión de cada personaje con el lugar en el que residen, así como las claves de los vínculos que los unen con quienes sienten cercanos. Impresiones en las que juegan un papel clave la extraordinaria fotografía de Alejandro de Pablo, la percusión de la partitura de Olivier Arson y un reparto en el que no hay actor o actriz que no ofrezca una interpretación excepcional.

Súmese a eso la polifonía castellano, gallego y francés, un trilinguismo que hace aún más auténtico el muestrario costumbrista, la exposición antropológica, el análisis sociológico y el examen psicológico al que asistimos. La capacidad de las personas para gestionar sus frustraciones y el contar con un acervo interior para desarrollar un proyecto vital se dan la mano y de bruces contra la oscuridad y el abandono de la España vaciada y la manipulación pornográfica del capitalismo. Y cuando parecía que As Bestas ya había desplegado todas sus cartas, gira de tal manera que renace a partir de sí misma para ofrecernos un muy acertado, preciso y bien construido reverso de cuanto habíamos conocido e intuido.

Al vibrante clima de expresionismo naturalista y físico en el que se había movido hasta entonces, le suma una sobria confrontación anímica y emocional con que completa, cierra y sella su recorrido sobre las potencialidades y las posibilidades, los aciertos y los errores, los devenires y las consecuencias de las determinaciones y las cotidianidades de cualquier hombre o mujer. Tensión, intriga y ansiedad. Aun así, calma, paz y sosiego. Peliculón.

“Un año, una noche” y lo que perdura

El 13 de noviembre de 2015 la vida de muchas personas quedó marcada por la barbarie en la sala Bataclan de París. Sin eludir la masacre terrorista, esta cinta se centra en la digestión psicológica de lo allí visto, escuchado y sentido. Un prisma que la hace aparentemente reiterativa, cuando lo que esto demuestra es su solidez y consistencia gracias a un guion preciso, unos actores comedidos y una dirección atenta siempre a lo invisible.

Cada vez que tiene lugar algo que nos sacude colectivamente como una catástrofe meteorológica, un accidente de un medio de transporte o un atentado terrorista, consideramos fundamental que se preste asistencia psicológica a cuantos se han visto afectados por ello. En primer lugar, a los allí presentes, especialmente si han resultado heridos o perdido a quienes les acompañaban, y tras ellos a sus familiares y amigos. Pero pasan las semanas, los meses, y nos olvidamos de ellos. Aplicamos la compasión y verbalizamos el hay que pasar página. Pero, además de que no es fácil, en muchas ocasiones es imposible.

Ese es el mensaje principal que subyace en la propuesta de Isaki Lacuesta, unido al de la incapacidad de precisar cuáles son los recuerdos exactos que quedan de aquel día, la dificultad de concretar las cicatrices psicológicas que aquella vivencia provoca y la destreza que requiere identificar correctamente los síntomas con que éstas se manifiestan. Esas son las premisas de un guion que en su posterior fijación en imágenes da la impresión de que se repite en determinados pasajes. Deduzco que algo buscado intencionadamente para transmitir, provocar y contagiar la sensación de bucle infinito en que, supongo, se ven atrapadas las personas que han vivido algo por lo que nunca imaginaron que iban a pasar.

Sin embargo, a pesar de todo lo que vimos y escuchamos en su momento en los medios de comunicación, el relato de Ramón y Céline es novedoso. Es sosegado y sincero. Su propósito no es epatarnos, sino revelarnos lo que hay tras la primera impresión de su mirada y sus gestos, el desajuste entre su proceder y sus motivaciones, la desconexión entre su expresión exterior y su sentir interior. Lacuesta nos acerca lo que les impacta a través de lo que se quedó fijado, enganchado y enclaustrado en su psique.

Nos lo muestra dándoles espacio y tiempo para que se revelen a su ritmo. La narración gira en torno a ellos y no a nosotros, de ahí que Un año, una noche avance de la misma manera en que lo hace su estado psicológico, pasando por las mismas fases y sensaciones, escurridizas y difíciles de definir, acotar y describir. De una manera muy interesante, planos distantes a través de ventanas y cristales, cortos con la cámara en movimiento y detalles que rozan la abstracción con una muy cuidada fotografía y delicada banda sonora.

Algunas secuencias son, aparentemente, redundantes, discordantes y hasta chirrían. ¿Es así porque no están bien concebidas, porque no son necesarias o porque transmiten cómo actúan sus personajes? Me inclino por lo último porque lo que se vive en la butaca es desazón, a la par que se siente mínima en comparación a la que debe ser la suya. Una atmósfera quizás creada por las muy buenas interpretaciones de Nahuel Pérez Biscayart y Noémie Merlant, quizás previa a ellos y a la que se adaptan perfectamente. Sea como sea, un estado de ánimo en el que nos envuelven para acompañarles en su desasosiego, su incapacidad y su frustración, pero también en sus ganas, su esperanza y su esfuerzo por superarse a sí mismos e integrar el pasado.  

«Los renglones torcidos de Dios»

Dos horas y medias de tensión en un thriller que no deja de sorprender. Una intriga sólida gracias a un guión bien estructurado y dialogado, una puesta en escena convincente, una cámara que encuadra siempre como corresponde y un reparto en el que Barbara Lennie destaca cual estrella del mejor cine negro. Una historia que atrapa y seduce desde el principio y engancha e hipnotiza hasta el final.

En algún momento de mi vida debí leer la novela que Torcuato Luca de Tena publicó en 1979, pero como no la recuerdo, cuando ayer me introduje en la sala de los multicines a los que suelo acudir, lo hacía completamente a ciegas, sin tener la más mínima idea de lo que me iban a contar. La premisa era una actriz a la que, aunque ya había visto antes en papeles más cortos, descubrí en María y los demás (2016) y con la que he disfrutado cada vez que la he visto tanto en la pantalla grande (La enfermedad del domingo o Petra) como en el teatro (La clausura del amor, El tratamiento o Hermanas). Los renglones torcidos de Dios gira doblemente en torno a ella, tanto sobre su personaje como sobre su presencia ante la cámara. Y cumple sobradamente ambas expectativas.

Como en toda buena película, sus cimientos son un guión que presenta, desarrolla, relaciona, progresa y concluye cada una de las tramas y personajes de su historia de una manera organizada, correctamente dosificada y limpiamente trazada para cerrarla de un modo que completa convincentemente el círculo que comenzó en su inicio. Sus giros no son nunca gratuitos ni hiperbólicos, las sorpresas surgen en el momento adecuado y lo inesperado no solo no resta, sino que suma credibilidad tanto a la narración como al punto de vista desde el que es contada.

Oriol Paulo plasma todo ello en secuencias, con un transcurrir sosegado, en las que prima lo desconocido para su espectador. Ya sea por no saber qué sombras esconde la investigación a la que dice dedicarse Alice Gould, por no comprender los procedimientos con que se gestiona una institución tan peculiar como un hospital psiquiátrico o por no ser capaz de concebir la arritmia que surge del amplio catálogo de perfiles patológicos que conviven allí dentro.

Paulo se permite licencias simplificadoras -escenarios, conductas y parlamentos- con las que sumergirnos de manera rápida y fácil en la escenografía de ese sanatorio aislado social y humanamente y envolvernos en su atmósfera de alegalidad y suspensión de la cordura, pero sin alterar por ello la fluidez y la lógica de los acontecimientos que nos expone. Una inmersión complementada por la fotografía de Bernat Bosch -austera en lo clínico, pop en lo burgués-, la banda sonora de Fernando Velázquez –precisa en lo puntual, envolvente en lo ambiental- y una edición de sonido que funciona como puente entre lo invisible de la acción y el inconsciente de nuestra percepción.

Y como decía al inicio, un personaje y una actriz principal que lideran un universo difícil de categorizar y un reparto en el que cada intérprete se atiene, sin dejarse constreñir, al corsé del carácter -paciente o médico- asignado. Los internos psiquiátricos resultan bocetados y definidos cuando es necesario, mas nunca simplificados ni caricaturizados, y los responsables a su cargo resultan tan humanos sensibles como profesionales racionales. Junto a la eficaz parquedad de Loreto Mauleón y Javier Beltrán, destaca la siempre certera gestualidad y mirada de Eduard Fernández. Y una excepcional, fantástica y soberbia Bárbara Lennie que abarca desde la seguridad y la debilidad hasta la vanidad y el compromiso, pasando por la contención de la reflexión, el vértigo de la duda y el sufrimiento de la incomprensión.

“Modelo 77”: rabia, miedo y esperanza

Política, activismo y denuncia social en la España que transitó desde el fascismo hacia la democracia. Un guion bien trazado que recoge la injusticia que sufrieron muchos presos comunes por parte de un sistema en el que el abuso, la violación y la represión eran la norma. Una narración tensa, dura en algunos momentos, fundamentada en la sólida presencia de Miguel Herrán y los matices de la mirada de Javier Gutiérrez.

El cine bien escrito, rodado y editado es un medio perfecto para conocer nuestra historia. Han pasado cuatro décadas y media de lo que relata Modelo 77, los que entonces eran jóvenes podrán repasar cómo tuvieron conocimiento de lo que expone y cuánto se ajusta a la realidad de entonces. Los que lo somos ahora conocemos a través de ella un episodio muy concreto de eso que se aglutina bajo el término, y tabula rasa, de Transición. Componentes con los que Alberto Rodríguez vuelve al thriller que tan bien articuló en La isla mínima (2014) y El hombre de las mil caras (2016), aunando la intimidad y los silencios de la primera con las intrigas políticas y la corrupción del poder de la segunda.

La premisa que consigue mantener durante las dos horas de proyección es exponernos cómo era nuestro país en términos sociales y policiales a través de unos caracteres apenas esbozados. Prima lo colectivo, pero sin despersonalizar ni instrumentalizar a sus personajes. Aunque apenas nos da datos de ellos, nos permite conocerlos y entender los interrogantes que les asaltaban en un contexto en el que la norma era la inseguridad jurídica. Arrestados por sus ideas políticas o su orientación sexual, acusados de diversos delitos sin pruebas o en prisión preventiva por tiempo indefinido. Olvidados por el sistema que supuestamente estaba transformando España, al capricho de los agentes de la ley, anclados en los métodos fascistas que habían practicado durante cuarenta años, que les gobernaban en prisión y viviendo en un espacio decrépito bajo la continua posibilidad de un castigo físico y psicológico nunca justificado y siempre silenciado.   

A diferencia de cintas carcelarias como Celda 211, Modelo 77 no busca el espectáculo de la testosterona, la exacerbación del grupo o la coreografía de la violencia. No renuncia a la masculinidad, el dinamismo de los planos cargados de acción y la confrontación entre los métodos de lucha rudimentarios y usos más sofisticados de la fuerza por parte de agentes militares y policiales. En el perfecto equilibrio en que se mantiene la cinta durante todo su discurrir, el guion de Alberto Rodríguez no la justifica nunca, pero sí evidencia las causas que la motivaban y las consecuencias que les acarreaba el recurrir a ella a unos y a otros.

En el plano técnico, cabe destacar la muy cuidada fotografía de Alex Catalán que nos enclaustra en un espacio cerrado del que nunca salimos, y desde el que apenas avistamos el exterior, y un minucioso diseño de producción que nos hace sentir tanto la miseria de esos interiores como la estética general de los años setenta. Una impronta visual en la que Miguel Herrán aporta la rotundidez de su presencia física y las angulosidades de su mirada que, acompañada del vestuario y el peinado con el que es caracterizado, le dan un agradecido y sugerente toque quinqui. Junto a él, Javier Gutiérrez deja claro, una vez más, que su capacidad gestual y tonal es sobresaliente, lo que redunda en la credibilidad y tensión de esta buena película.  

«El acusado», solo sí es sí

El sentido común nos dice que el consentimiento no debiera tener matices legales ni morales, pero la realidad demuestra que sí que los tiene sociales y conductuales. Ahí es donde entra esta película que refleja sobriamente cómo incluyen sobre esta cuestión filtros como las diferencias de clase y los modelos familiares. Grandes interpretaciones, un buen guion y una excelente dirección que acierta con su propuesta de atenerse a los hechos y revelar las múltiples paradojas que estos revelan.

Matrimonio separado. Él periodista exitoso y ella feminista reputada. Hijo inteligente y con aires insolentes, estudiante en una universidad extranjera y al que no le falta de nada. Un padre para el que las mujeres son seres a los que conquistar y a los que invadir sexualmente. Una madre feliz con su nueva relación con un profesor de literatura, padre, a su vez, de una adolescente con ganas de encontrar su sitio. Los dos jóvenes salen de fiesta y a la mañana siguiente todo estalla. La policía le acusa de violación, él reconoce haber mantenido relaciones sexuales, pero en ningún caso haberla obligado o abusado de ella.

Lo que hasta entonces había sido una suerte de retrato costumbrista de una élite caprichosa torna a partir de ese punto de inflexión en una narración austera en lo que se dice y gestualiza tiene tanto valor como si ocurriera ante un tribunal. Todo muestra y revela, es susceptible de ser tomado como prueba o testimonio y, en consecuencia, absolver o condenar. Una tensión que se ve acrecentada porque en la vida real, los asuntos mostrados no están acotados y cuanto se hace, piensa u ocurre en este plano resulta ser un previo, un paralelismo o una extensión de lo que se dirime ante la justicia.

El acusado no trata solo de una causa judicial, también de cómo en nuestra vida real el consentimiento es un concepto que entendemos y aplicamos de maneras tan diversas como marcan nuestros intereses y habilidades, condicionados por nuestro egoísmo, la educación formal e informal recibida, la presión social y capacidad para comprender y poner límites y, sobre todo, verbalizarlos sabiendo decir que no o interpretar los múltiples modos en que este puede ser expresado. Lo acertado de la dirección de Yvan Mattal es que no busca un terreno de ambigüedad y asertividad, donde cada actitud, comportamiento o verbalización pueda ser válido sea cual sea el pensamiento de su personaje o su espectador.

Al revés, entra de lleno en el examen legal y el análisis moral del asunto, para llegar a lo verdaderamente importante del asunto, dónde queda la dignidad de la persona violada, qué sucede ahora con su integridad psicológica y su derecho a un futuro sano que, probablemente, se verá afectado por las cicatrices que se abren como resultado de verse nuevamente desnuda y vapuleada por los testimonios, preguntas y alegatos de abogados, testigos y jueces. Del otro lado, cuántas veces antes el violador lo pudo haber sido, o qué pasos transgresores le prepararon para, esta vez, sí que sí, terminar de traspasar las líneas rojas de la indecencia, la brutalidad y la inhumanidad.

Una cinta con un reparto excelente, en el que cada intérprete se atiene a las luces y sombras, a las contrariedades y paradojas, del papel que le corresponde. Y un guion acertado, al que, si acaso, se le pueden achacar algunas licencias poéticas en las secuencias del juicio quizás demasiado explicativas. Salvando las distancias, El acusado cinematográfico recuerda a la Jauría teatral que en España nos hizo comprender, de una vez por todas, que solo un sí explícito es sí de verdad. 

“Bullet train”, Brad Pitt a toda pastilla

Diversión, acción, una vibrante postproducción y un guión con muchas libertades para cuadrar su historia. Cameos y breves interpretaciones que despiertan sonrisas en un espectáculo nipón trepidante, a golpe de color y una edición casi epiléptica, plasmado con filtro Tarantino.

Agosto, mes de vacaciones, en el que soñar con mil y un lugares a los que viajar. Como Japón, archipiélago en el que desplazarse subiéndose a uno de sus famosos tren bala. El delirio sería verse en él acompañado por Brad Pitt y ser testigo de cómo se la juega para salvarse no se sabe bien de qué ni por qué ni para qué. La realidad no puede ser tal, pero sí la fantasía plantándose en un cine para disfrutar de estas dos horas de viaje entre Madrid y Kioto. Treinta minutos menos de los que tarda un Bullet train auténtico. Inexactitud excusable, una de las muchas licencias que David Leitch se toma sin mayor excusa del porque sí. No pretende una cinta sesuda y toda libertad es bienvenida para conseguir que la trama fluya y no baje ni un ápice la sobredosis de velocidad y adrenalina que transmite y contagia.

Unos cuantos chicos y chicas malas repartidos en diez vagones, una miscelánea en la que todos son perseguidos y perseguidores y no tienen pudor ninguno en disparar antes de preguntar. Pero además de asesinos, mercenarios o agentes que siguen órdenes superiores, son tipos auténticos con un muy particular sentido del humor que les hace predicadores de la ironía, altavoces de una retórica ácida y aspirantes a un club de la comedia perfectamente compatible con golpes, tiros y peleas que tienen tanto de coreografía hipnótica como de violencia delirante. No hay secuencia que no tenga de ello a raudales, y lo mejor es que nunca sobra, siempre es pertinente.

Puede que le sobren algunos diálogos con intención graciosa y que suenan a tomados de cualquiera de Reservoir Dogs o Pulp Fiction, pero cobran sentido cuando dejan de ser utilizados como pausa con la que intrigar y se convierten en un ingrediente más del absurdo hiperbólico al que asistimos. Visceralidad latina (versión mexicana), exabruptos occidentales (ecos de la fantasía de Misión imposible y de la elegancia de Kingsman), toques de gore y un buen sazonamiento de cultura local, inclúyase la Yakuza, una it girl y más destrozos que los ocasionados por Godzilla.

Que no hay intención alguna de seriedad lo subraya una banda sonora en la que se versiona el Stayin’ Alive de los Bee Gees y suena Alejandro Sanz en lo que podría ser el mejor videoclip de su carrera y el de Bad Bunny, éste último sin cantar y caricaturizándose a sí mismo. La socarronería no se queda ahí, aparecen unos cuantos hollywoodienses materializando el sueño húmedo de muchos de sus fans. Ryan Reynolds, sin arquear siquiera la ceja, prolonga su personaje de Deadpool, saga en cuya segunda entrega ya coincidió con Leitch. Channing Tatum parece de camino a la versión homoerótica de Magic Mike y Sandra Bullock expone, por la vía de los hechos, el ascenso de Miss Agente Especial en la escala de la industria de la seguridad.

Y entre todo este totum revolutum, Brad Pitt se mueve como pez en el agua, encarnando su papel y a sí mismo a partes iguales. Su fotogenia es indudable, al igual que sus dotes interpretativas en esa fina línea que une lo guasón a la que es tan dado, pero sin convertirse en una reiteración de cualquiera de sus papeles anteriores. Súmese convertirse en mariquita, así se llama el agente al que pone rostro y cuerpo, le vale para evidenciar que está por encima de, sino de todo tipo, sí de muchos corsés limitadores y de prejuicios tanto de la industria como de quienes aún vamos a las salas. Él parece pasárselo en grande en la pantalla y nosotros, desde la butaca, nos lo pasamos muy bien con él.  

«Vortex», vida y angustia

Entras a la sala creyendo que vas a ser testigo de la ancianidad de una pareja, pero comienza la proyección y en lo que te adentras es en el abismo que se abre entre la necesidad de estructurar y comprender y la abstracción y la sinrazón en que consiste la demencia. Edición virtuosa y un guion concebido para llevar a su espectador al extremo de su resistencia psicológica.

Gaspar Noe es inteligente y retorcido. Su escritura y posterior grabación no están centradas solo en lo que quiere mostrar, sino también en lo que busca provocar. Su objetivo no es conseguir una expresión verbal o una reacción gestual, sino una vivencia interior, difícil de comprender y, por tanto, de manifestar y compartir. No queda claro si con una motivación sádica y manipuladora o de traslación total del realismo que pretende generar con las historias que concibe y su muy particular manera de llevarlas a la pantalla. Sin embargo, frente a la manera psicotrópica y alucinógena con que, por ejemplo, lo hizo en Climax, esta vez lo moldea con una árida sobriedad con la que ni siquiera nos permite la evasión de centrar nuestra atención en descifrar la orquestación estética con que genera dicha atmósfera.

Aun así, Noe no reniega a su efectismo y parte la proyección. La divide en dos imágenes en las que recoge la actuación paralela de sus personajes cuando se encuentran en diferentes coordenadas, incluso cuando están dentro de la misma vivienda. O en las que, si están compartiendo plano, simultanea puntos de vista como medio con el que trasladarnos que no hay una realidad e impresión única. Queda para los más sagaces el descubrir si combina dos cámaras, dos tomas diferentes o alterna una y otra opción según haya considerado más conveniente. Lo que queda claro es el extraordinario trabajo de montaje, fotografía y escenografía que hay tras ello. A destacar ese piso en el que residen Lui y Elle, lleno hasta la saciedad de libros y papeles, saturado de mobiliario, desordenado y sucio a niveles próximos a Diógenes.

Una suerte de caverna platónica en la que la vida ya no es verdad sino un reflejo de lo que fue, salteada de referencias cinematográficas (Carl Theodor Dreyer, Fritz Lang) y literarias. Un espacio que, como el devenir individual y conjunto de sus protagonistas, limitados físicamente y agotados emocionalmente, torna en kafkiano, con la única certeza de que el camino iniciado no tiene marcha atrás ni planimetría sobre la que seguirlo ni destino al que llegar. Así es como Noe nos encierra donde pretendía, en la enfermedad. En la incapacidad para saber lo que está ocurriendo y en la indefensión de no haber modo alguno de hacerle frente, en sentir que no hay más opción que dejarse arrollar por ello y que esto sucederá abruptamente, sin posibilidad de prever cuándo o cómo ocurrirá.  

Un resultado fundamentado en las excelentes interpretaciones de Dario Argento y Françoise Lebrun. El director italiano sorprende con su gestualidad y agitación y la también actriz de teatro y televisión con su capacidad, para con sus balbuceos, silencios y quietud llenar el encuadre, paralizar la acción e introducirnos en una dimensión donde el tiempo transcurre en espiral y no de manera lineal como solemos esperar desde la butaca.

“Garra”, para amantes del baloncesto

Adam Sandler se propone como actor dramático en una fábula que cruza a Pygmalión con la épica del esfuerzo y el mérito. Todo ello articulado en torno a uno de los deportes con un directo más espectacular, valiéndose de Juancho Hernangómez, jugador español de los Utah Jazz, y una colección de tipos de ayer y hoy en torno a los dos metros que harán disfrutar a los que vibran con los mates, los triples y las habilidades del All Star.   

Creo que no hay ninguna película sobre el sacrificio personal que exige el deporte que haya superado al Rocky de Sylvester Stallone, ganadora de los Premios Oscar a mejor película y mejor director en 1977, y nominada también en las categorías de actor protagonista y guión. El personaje dio pie a una saga boxeadora que se reencontró consigo mismo en 2014 en Creed, en la que Stallone se volvió a quedar con las ganas de recibir el gran galardón, esta vez como actor secundario.

Malintencionadamente se me ocurre pensar que Adam Sandler ha pretendido algo similar con Garra, cinta de la que es productor ejecutivo, además de cabeza de cartel. Plantearse como un tipo que no solo sabe hacer reír, sino también como alguien capaz de humedecer la mirada de sus espectadores y de hacerles saltar de la butaca gritando “sí, se puede” con el fin de ser considerado en futuras quinielas de nominables y premiables.

Aspecto desaliñado, barba sin arreglar, kilos de más y camisetas anchas. En esta producción de Netlix, él es esa persona que aparece en la vida de otro para revelarle el brillo que tiene, la suerte que merece y el camino a transitar para llegar donde se valore el don que posee. Y el jovenzuelo que tiene la suerte de que aparezca en su desdichado presente es un chaval que vive en el extrarradio de Palma de Mallorca, una ciudad que según el equipo de producción funciona con los mismos autobuses urbanos que en los años 70.

Lo cierto es que los treinta minutos de película que transcurren hasta entonces tienen ritmo, son ágiles en la presentación de personajes y de tramas. Se agradece la presencia de Robert Duvall y Queen Latifah, aunque da pena que lo del primero sea poco más que un cameo y que el guión no le permita a ella ofrecer lo que demostró en Chicago (2002) o Hairspray (2007).

Una vez que la acción vuelve a territorio estadounidense, ésta se centra en darle a los aficionados del baloncesto, tanto jóvenes como mayores, lo que desean. Los que aun tienen potencial para ello, encuentran en Garra el decálogo que seguir si quieren cumplir su sueño. Entrenar, entrenar y entrenar. Disciplina, esfuerzo y entrega, tesón físico y aprendizaje psicológico, a ritmo de videoclip y practicando su pasión día y noche allá donde se encuentren. Y como extra, consejos sobre cómo viralizarse en redes sociales.

Los deportistas de salón dejarán a un lado el mando reconociendo a una cantidad importante de nombres que años atrás estuvieron en el puesto que hoy tienen Juancho Hernangómez y algunos otros actuales que también aparecen junto a él. Y para deleitar a unos y a otros, las escenas de partidos tienen una dirección cercana a la realización televisiva, solución perfecta para que los profesionales del baloncesto queden bien ante la cámara y Garra resulte una cinta bien editada y entretenida de ver.