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“Utoya. 22 de julio”

El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Erik Poppe podría haber optado por algo más fácil, como acercarse al tono documental de un relato en tiempo real que recogiera los diferentes prismas del tiroteo ocurrido en esta isla cercana a la capital noruega apenas dos horas después de la explosión terrorista que sufrió hace ahora ocho años. Pero a estas alturas -y entiendo que aún más si eres local- se sabe con detalle cómo ideó, planificó y actuó el asesino y lo deficiente que fue la actuación de la policía. Basta comprobar los registros del juicio y los de la comisión pública que dictaminó que ambos ataques se podrían haber evitado con un desempeño de las autoridades más diligente.

Así que en lugar de centrarse en el morbo de la violencia o en la crítica de la ineficacia, su película opta por hacer protagonistas a quienes realmente lo fueron, a los varios cientos de chavales que participaban en un campamento de verano de las juventudes socialdemócratas. Durante los primeros segundos de proyección parece que la cámara es un plano subjetivo con el que incluirnos como un participante más de la convivencia, pero no, no es así. La cámara está ahí todo el rato, sí, pero en un constante plano secuencia que no se separa ni un segundo de Kaja, la joven a la que aleatoriamente le ha tocado acompañarnos desde el primer momento e informarnos de lo que sucede desde el instante en que se escuchan los primeros disparos.

Utoya. 22 de julio nos relata lo que sucedió, pero desde la vivencia de Kaja, encarnada por una magistral debutante, Andrea Berntzen. Una persona inmersa en un mar de confusión en el que no se ve y no se sabe, en el que la incertidumbre se transforma en incredulidad y esta en miedo y desesperación. En el que la compañía no evita la sensación de indefensión y las detonaciones, los gritos y el crujir del suelo y la maleza provocado por los que corren y huyen sin rumbo hacen aún más horrible la invisibilidad de la amenaza. El paso de los minutos hace que los pocos datos que se poseen resulten aún más increíbles -llegaron a pensar que era la policía quien les atacaba- y que se clame por el contacto con el exterior, tanto pidiendo socorro como buscando el refugio emocional en las familias que están al otro lado del móvil.

Poppe no le dedica un segundo de más a cada una de esas emociones, en lo que supone una clara manifestación de respeto tanto con los que vivieron aquellos acontecimientos como de compromiso con la realidad de su relato, aunque lo que veamos sea una reinterpretación resultado de muchos testimonios. Una búsqueda de la verdad que da como resultado una experiencia tan estresante en la pantalla como en la butaca provocando incluso que no se espere un final positivo o se abandone la esperanza de ser rescatado.

Una alienación que nos hace olvidar que nosotros -hoy y a miles de kilómetros de allí- sí sabemos qué pasó, cómo acabó y cuánto tiempo duraron unos hechos con motivaciones ideológicas que no debemos ignorar. Unas causas y una consecuencia que esta película probablemente haga que no olvidemos.

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La (des)educación de Cameron Post

Una historia precisa, sin imposturas dramáticas y hasta con notas de humor sobre lo que supone ser una adolescente homosexual en una sociedad que no acepta nada que vaya en contra de sus convenciones. Un relato asertivo sobre el absurdo conceptual, el maltrato psicológico y el atentado a los derechos humanos que son las terapias de conversión.

El cine no está solo pendiente de aquellos argumentos que le pueden dar dinero, también lo está de los temas que nos interesan y nos mueven, de los asuntos que nos hacen evolucionar para ser cada día una sociedad más participativa, igualitaria y justa. En este sentido y tres meses después de Identidad borrada llega este título contándonos otra vivencia individual de las terapias de conversión. El relato de fondo es el mismo, la incomprensión del entorno familiar y social con la homosexualidad de su joven protagonista y la experiencia de esos procesos que prometen convertirte en heterosexual si, de paso, te entregas espiritualmente a Dios.  

El retrato de lo que vivió Cameron Post es mucho mejor película. Su centro no está en sus actores y en la confusión melodramática que viven sus personajes, sino en los hechos que narra y en lo que se dice y escucha en ellos. Combina muy bien el antes y el después del internamiento de la adolescente interpretada por Chloë Grace Moretz, la espontaneidad, naturalidad y pasión de sus primeros encuentros sexuales frente a los argumentarios confusos, las sesiones culpabilizadoras y los métodos cercanos al conductismo pauloviano con el que intentan convertirla tanto a ella como a sus compañeros de internamiento.

Desiree Akhavan no intenta convencernos de nada y por eso su dirección no nos manipula recurriendo a sentimentalismos o ternuras con los que hacer que empaticemos o nos identifiquemos con sus protagonistas. Se atreve incluso con el humor, dándole verosimilitud a lo que vemos, a lo que se une la perfecta ambientación con que nos lleva hasta 1993. La (des)educación de Cameron Post no es cine protesta, ni denuncia ni documental, solo aspira a ser cine verdad, a una cinta que no forma parte de una moda, sino de un basta ya que cada vez es más alto, ruidoso y efectivo en el grito por el derecho a ser uno mismo y a no ser juzgado por tu género, orientación o identidad sexual.

“Yesterday”

El director de “Slumdog millionaire” y el guionista de “Love actually” se unen para crear una comedia musical en torno a The Beatles. No cumplen nada de lo que prometen, lo más destacable de esta comedia insulsa es lo que ya existía antes de su trabajo conjunto, las canciones de los de Liverpool.

¿Quién no ha soñado alguna vez con volver al pasado y aplicar entonces el conocimiento que se lleva desde hoy? Algo parecido es lo que hace Jack Malick tras doce segundos de un apagón global y ser, aparentemente, el único que recuerda los grandes temas de The Beatles. Una premisa sugerente que no llega a nada ya que todo lo bocetado en la introducción de la película se queda ahí. No se desarrollan los personajes, las tramas son poco menos que de telecomedia diluida repuesta decenas de veces y ni siquiera se aprovechan narrativamente las letras de las canciones que se escuchan.

Se va de tópico en tópico en lo que respecta a una historia de amor quasi adolescente, ahora sí, ahora no. Y en lo que toca al mundo profesional de la música, la caricatura es de lo más banal, no la salva ni la presencia pretendidamente simpática de Ed Sheeran. Con este panorama la fábula sobre los valores del esfuerzo, el trabajo, la honestidad y el sentido de la oportunidad que se podría presuponer teniendo en cuenta su punto de partida, que nadie la busque, que no está. La sonrisa británica, chisposa y llena de luz que se intenta como comodín con el que salvarlo todo, resulta insulsa, sin gracia, carente de originalidad. Y porque son The Beatles, que si no, ni la banda sonora.

“Los días que vendrán”

Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

En su anterior película Marques-Marcet te encogía el corazón con su saber hacer mostrando la dicotomía que vivían sus dos protagonistas en una relación sustentada entre Barcelona y Los Ángeles mediante encuentros vía skype. Esta vez sucede algo parecido pero en circunstancias geográficas diferentes, todo queda concentrado en un apartamento de la ciudad condal, pero sin dar por hecho es que esa proximidad espacial implica necesariamente estar en las mismas coordenadas vitales en una etapa -el embarazo- en que las convenciones dicen que así debiera ser.

De manera muy clara, el guión presenta un triángulo -tú, yo y nosotros- temporal -en unos meses esa relación ya no será entre dos, sino que tendrá un miembro más- y deja que todos ellos manifiesten cómo se sienten ante las nuevas circunstancias -los cambios hormonales y físicos- y cómo se proyectan -estado civil, situación laboral- en el futuro que prevén. Sin plantear preguntas retóricas que se respondan a golpe de convención, sino haciéndolo desde la necesidad vital de ubicarse. Su brillantez está en que algunas de ellas quedan sin resolver cuando surgen -de manera casi natural, solas, nunca por exigencias del guión-, ya que aunque la interrogante se ha planteado en el instante en que se debía, en ese momento de la vida real, de la convivencia entre dos, de la experiencia de estar esperando un primer hijo, aún no hay claves suficientes para darle respuesta.

Cuestión aparte es cómo actúan Vir y Lluís. Si siguen sus diferentes caminos individuales dando por hecho que el otro se adaptará o si lo consensuan haciendo de ello algo compartido. Una tensión en la que la sutileza con que su director coloca y mueve la cámara, empotrada siempre en el corazón, en los ojos, en la piel de sus protagonistas, hace de él poco menos que un reportero bélico-emocional de esa batalla diaria que es toda pareja cuando sus coordenadas están más plagadas de incertidumbres que de rutinas en las que apoyarse hasta anclarse, y sus silencios, miradas y exhalaciones al respirar resultan atronadoramente elocuentes.

Pero si por algo destaca la realización de Los días que vendrán es por la sensibilidad que emana en todo momento, con secuencias como la del parto o los interludios en 8 mm que resultan poco menos que excelentes. Un resultado que debe mucho al trabajo de María Rodríguez Soto y David Verdaguer, que se complementan entre sí y con su director con un magnetismo que hace que lo suyo no solo sea cercano por su verbalidad e íntimo por su corporeidad, sino también casi espiritual por la invisibilidad de lo aparentemente liviano, pero realmente trascendente, que construyen conjuntamente.

Cine a lo grande, que te seduce para quedarse contigo, que te causa una sonrisa, que te emociona y te hace fruncir el ceño hasta transformarte. Esa clase de cine es Los días que vendrán.

Elton John es “Rocketman”

No es una biografía al uso. No es un repaso de la carrera artística del hombre que ha vendido más de 300 millones de copias de sus discos. Es la historia de cómo se forjó su genio y tomaron cuerpo sus demonios interiores, alimentándose mutuamente hasta que los segundos casi acaban con él. Muy bien resuelta en lo musical, tan solo correctamente en lo personal, aunque hay que decir a su favor que afronta sus zonas oscuras de manera abierta y honesta.

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En su primer minuto de proyección Rocketman promete alcohol, sexo y drogas. Acto seguido da inicio un número musical con las claves de los que estarán por venir. No solo haciéndonos vibrar y disfrutar, sino sirviéndose de sus letras para contarnos quién y cómo es Elton John y la vida que ha tenido. Las personas que más íntimamente han formado parte de ella -sus padres, su abuela, su colega Bernie Taupin, su manager y primer amor John Reid- y la manera en que durante mucho tiempo vivió las emociones que sus relaciones con ellos le causaron.

Taron Egerton no encarna a un hombre al que la fama y el éxito le embriagaron, sino a un niño falto de amor paterno (nunca le abrazó) y a un homosexual sin reconocimiento materno (entendía su orientación sexual, pero le pidió que no le hablara de ello). Así fue como se forjó la necesidad expresiva y creativa de un ser humano con un lastre de vacío y soledad imposible de olvidar, aplacar o sustituir por las ofertas de los productores, las alabanzas de la crítica y los aplausos del público. Un intento de equilibrio que no funcionó y que trajo consigo la ruptura y la debacle interior, algo que Dexter Fletcher expone sin histrionismos, consiguiendo que entendamos plenamente el proceso humano que hay tras ello.

Pero aunque nos traslada hasta donde quiere llevarnos, también lo es que lo hace por un camino no siempre comprensible. Tras un arranque que funciona como una perfecta declaración de intenciones tanto a nivel de guión como de dirección, Rocketman da por hecho que somos conocedores de la carrera musical y la trayectoria personal de su protagonista y una vez que lo sitúa en el lujo y el barroquismo del éxito deja de contarnos cómo evoluciona su carrera artística. La música sigue, pero la narración está plenamente centrada en su infierno interior, generando una sensación de desorientación al no situar ni contextualizar cronológicamente el conflicto entre la persona (Reginald Dwight) y el personaje (Elton John).

Así, algunos episodios personales -la toxicidad de su relación con John Reid tras su ruptura o su matrimonio con Renate Blauel- quedan apenas bocetados, utilizándolos como explicación (de causa o de efecto) de su relato, pero sin llegar a integrarlos plenamente en él. Rocketman deja de ser entonces la biografía de Elton John para pasar a ser un drama que se estrecha en exceso. Pero quizás porque no cae en lugares comunes como la megalomanía o el peso de la fama, es capaz de remontar el vuelo en su recta final y logra cerrar acertadamente su historia dejándonos la impresión de que hemos visto un testimonio de vida más que un biopic. 

“Un hombre fiel”

Hace diez años Marianne le comunicó a Abel que estaba embarazada, pero no de él, sino de su amigo Paul. Infidelidad y ruptura ipso facto. Una década después la muerte de Paul provoca que se vuelvan a encontrar. Y donde hubo fuego, quedan cenizas, junto a dos personajes nuevos, Joseph (el hijo de Marianne) y Eve (la hermana de Paul).

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Dos triángulos de situaciones -el de las sospechas que infunde un niño con aires diabólicos y la indecisión entre la pasión juvenil y la más madura- que pretenden ser cotidianas y trascendentes al mismo tiempo. Miradas y silencios con frases sencillas que pretenden epatarnos con su lirismo y su capacidad para conectar lo más íntimo de sus personajes. Esa es la intención, pero no el logro.

Lo que se ve en la pantalla resulta anodino. Su propuesta de situar a Abel en una comedia sobre los estadios que pasamos cuando nos sentimos atraídos por una persona y no nos atrevemos, así como cuando somos el objeto de atracción de otra y nos dejamos llevar, resulta aburrida. Los actores son fotogénicos, las calles de París siempre son un escenario perfecto, pero las situaciones dramáticas no nos hacen empatizar con sus protagonistas y las aparentemente graciosas apenas consiguen arrancarnos una sonrisa, parece más gags que secuencias de una narración que sabe de dónde viene y a dónde quiere ir.  Total, que si Abel es o no Un hombre fiel y a quién te da igual, allá él.

“Sombra”

Una historia ambientada en tiempos pretéritos y construida con una estética aguada, como si se tratase de una acuarela, en blanco y negro, aunque esté rodada en color. Una poesía se unen las imágenes y los sonidos, lo lírico y lo narrativo para relatar el conflicto por el poder tanto entre dos ciudades enfrentadas como entre dos hombres del mismo bando.

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Sombra tiene aires de superproducción, todo lo técnico es a lo grande en sus dos horas de duración. Zhang Yimou ha contado con un despliegue soberbio -escenografía, fotografía, vestuario, efectos especiales…- para plasmar un guión que parece más una sucesión de poemas audiovisuales que de secuencias cinematográficas. El conflicto entre las ciudades de Jing y Pei se produce en paralelo al que existe entre el rey y el jefe militar de esta última. Una lucha en la que el comandante cuenta con un hombre sombra que actúa como su doble para preservar su integridad física.

Intrigas palaciegas, absolutismo monárquico y devoción al líder marcan las coordenadas -al son de una banda sonora llena de cuerdas y unas imágenes tan impactantes como bellas- en las que se desarrollan estas dos guerras paralelas. Una narración en cuyo guión pesa más la corrección de su estructura y la belleza de su formalidad de ambientación medieval que el desarrollo de su historia. Aunque esto es precisamente por lo que merece la pena ver Sombra -y por lo que quizás sea recordada-, por la capacidad sugestionadora de sus fotogramas, especialmente de aquellos en los que la lluvia -combinada con la coreografía de luchas y batallas- juega un papel estético fundamental.