Archivo de la categoría: Cine

“Bullet train”, Brad Pitt a toda pastilla

Diversión, acción, una vibrante postproducción y un guión con muchas libertades para cuadrar su historia. Cameos y breves interpretaciones que despiertan sonrisas en un espectáculo nipón trepidante, a golpe de color y una edición casi epiléptica, plasmado con filtro Tarantino.

Agosto, mes de vacaciones, en el que soñar con mil y un lugares a los que viajar. Como Japón, archipiélago en el que desplazarse subiéndose a uno de sus famosos tren bala. El delirio sería verse en él acompañado por Brad Pitt y ser testigo de cómo se la juega para salvarse no se sabe bien de qué ni por qué ni para qué. La realidad no puede ser tal, pero sí la fantasía plantándose en un cine para disfrutar de estas dos horas de viaje entre Madrid y Kioto. Treinta minutos menos de los que tarda un Bullet train auténtico. Inexactitud excusable, una de las muchas licencias que David Leitch se toma sin mayor excusa del porque sí. No pretende una cinta sesuda y toda libertad es bienvenida para conseguir que la trama fluya y no baje ni un ápice la sobredosis de velocidad y adrenalina que transmite y contagia.

Unos cuantos chicos y chicas malas repartidos en diez vagones, una miscelánea en la que todos son perseguidos y perseguidores y no tienen pudor ninguno en disparar antes de preguntar. Pero además de asesinos, mercenarios o agentes que siguen órdenes superiores, son tipos auténticos con un muy particular sentido del humor que les hace predicadores de la ironía, altavoces de una retórica ácida y aspirantes a un club de la comedia perfectamente compatible con golpes, tiros y peleas que tienen tanto de coreografía hipnótica como de violencia delirante. No hay secuencia que no tenga de ello a raudales, y lo mejor es que nunca sobra, siempre es pertinente.

Puede que le sobren algunos diálogos con intención graciosa y que suenan a tomados de cualquiera de Reservoir Dogs o Pulp Fiction, pero cobran sentido cuando dejan de ser utilizados como pausa con la que intrigar y se convierten en un ingrediente más del absurdo hiperbólico al que asistimos. Visceralidad latina (versión mexicana), exabruptos occidentales (ecos de la fantasía de Misión imposible y de la elegancia de Kingsman), toques de gore y un buen sazonamiento de cultura local, inclúyase la Yakuza, una it girl y más destrozos que los ocasionados por Godzilla.

Que no hay intención alguna de seriedad lo subraya una banda sonora en la que se versiona el Stayin’ Alive de los Bee Gees y suena Alejandro Sanz en lo que podría ser el mejor videoclip de su carrera y el de Bad Bunny, éste último sin cantar y caricaturizándose a sí mismo. La socarronería no se queda ahí, aparecen unos cuantos hollywoodienses materializando el sueño húmedo de muchos de sus fans. Ryan Reynolds, sin arquear siquiera la ceja, prolonga su personaje de Deadpool, saga en cuya segunda entrega ya coincidió con Leitch. Channing Tatum parece de camino a la versión homoerótica de Magic Mike y Sandra Bullock expone, por la vía de los hechos, el ascenso de Miss Agente Especial en la escala de la industria de la seguridad.

Y entre todo este totum revolutum, Brad Pitt se mueve como pez en el agua, encarnando su papel y a sí mismo a partes iguales. Su fotogenia es indudable, al igual que sus dotes interpretativas en esa fina línea que une lo guasón a la que es tan dado, pero sin convertirse en una reiteración de cualquiera de sus papeles anteriores. Súmese convertirse en mariquita, así se llama el agente al que pone rostro y cuerpo, le vale para evidenciar que está por encima de, sino de todo tipo, sí de muchos corsés limitadores y de prejuicios tanto de la industria como de quienes aún vamos a las salas. Él parece pasárselo en grande en la pantalla y nosotros, desde la butaca, nos lo pasamos muy bien con él.  

«Vortex», vida y angustia

Entras a la sala creyendo que vas a ser testigo de la ancianidad de una pareja, pero comienza la proyección y en lo que te adentras es en el abismo que se abre entre la necesidad de estructurar y comprender y la abstracción y la sinrazón en que consiste la demencia. Edición virtuosa y un guion concebido para llevar a su espectador al extremo de su resistencia psicológica.

Gaspar Noe es inteligente y retorcido. Su escritura y posterior grabación no están centradas solo en lo que quiere mostrar, sino también en lo que busca provocar. Su objetivo no es conseguir una expresión verbal o una reacción gestual, sino una vivencia interior, difícil de comprender y, por tanto, de manifestar y compartir. No queda claro si con una motivación sádica y manipuladora o de traslación total del realismo que pretende generar con las historias que concibe y su muy particular manera de llevarlas a la pantalla. Sin embargo, frente a la manera psicotrópica y alucinógena con que, por ejemplo, lo hizo en Climax, esta vez lo moldea con una árida sobriedad con la que ni siquiera nos permite la evasión de centrar nuestra atención en descifrar la orquestación estética con que genera dicha atmósfera.

Aun así, Noe no reniega a su efectismo y parte la proyección. La divide en dos imágenes en las que recoge la actuación paralela de sus personajes cuando se encuentran en diferentes coordenadas, incluso cuando están dentro de la misma vivienda. O en las que, si están compartiendo plano, simultanea puntos de vista como medio con el que trasladarnos que no hay una realidad e impresión única. Queda para los más sagaces el descubrir si combina dos cámaras, dos tomas diferentes o alterna una y otra opción según haya considerado más conveniente. Lo que queda claro es el extraordinario trabajo de montaje, fotografía y escenografía que hay tras ello. A destacar ese piso en el que residen Lui y Elle, lleno hasta la saciedad de libros y papeles, saturado de mobiliario, desordenado y sucio a niveles próximos a Diógenes.

Una suerte de caverna platónica en la que la vida ya no es verdad sino un reflejo de lo que fue, salteada de referencias cinematográficas (Carl Theodor Dreyer, Fritz Lang) y literarias. Un espacio que, como el devenir individual y conjunto de sus protagonistas, limitados físicamente y agotados emocionalmente, torna en kafkiano, con la única certeza de que el camino iniciado no tiene marcha atrás ni planimetría sobre la que seguirlo ni destino al que llegar. Así es como Noe nos encierra donde pretendía, en la enfermedad. En la incapacidad para saber lo que está ocurriendo y en la indefensión de no haber modo alguno de hacerle frente, en sentir que no hay más opción que dejarse arrollar por ello y que esto sucederá abruptamente, sin posibilidad de prever cuándo o cómo ocurrirá.  

Un resultado fundamentado en las excelentes interpretaciones de Dario Argento y Françoise Lebrun. El director italiano sorprende con su gestualidad y agitación y la también actriz de teatro y televisión con su capacidad, para con sus balbuceos, silencios y quietud llenar el encuadre, paralizar la acción e introducirnos en una dimensión donde el tiempo transcurre en espiral y no de manera lineal como solemos esperar desde la butaca.

“Garra”, para amantes del baloncesto

Adam Sandler se propone como actor dramático en una fábula que cruza a Pygmalión con la épica del esfuerzo y el mérito. Todo ello articulado en torno a uno de los deportes con un directo más espectacular, valiéndose de Juancho Hernangómez, jugador español de los Utah Jazz, y una colección de tipos de ayer y hoy en torno a los dos metros que harán disfrutar a los que vibran con los mates, los triples y las habilidades del All Star.   

Creo que no hay ninguna película sobre el sacrificio personal que exige el deporte que haya superado al Rocky de Sylvester Stallone, ganadora de los Premios Oscar a mejor película y mejor director en 1977, y nominada también en las categorías de actor protagonista y guión. El personaje dio pie a una saga boxeadora que se reencontró consigo mismo en 2014 en Creed, en la que Stallone se volvió a quedar con las ganas de recibir el gran galardón, esta vez como actor secundario.

Malintencionadamente se me ocurre pensar que Adam Sandler ha pretendido algo similar con Garra, cinta de la que es productor ejecutivo, además de cabeza de cartel. Plantearse como un tipo que no solo sabe hacer reír, sino también como alguien capaz de humedecer la mirada de sus espectadores y de hacerles saltar de la butaca gritando “sí, se puede” con el fin de ser considerado en futuras quinielas de nominables y premiables.

Aspecto desaliñado, barba sin arreglar, kilos de más y camisetas anchas. En esta producción de Netlix, él es esa persona que aparece en la vida de otro para revelarle el brillo que tiene, la suerte que merece y el camino a transitar para llegar donde se valore el don que posee. Y el jovenzuelo que tiene la suerte de que aparezca en su desdichado presente es un chaval que vive en el extrarradio de Palma de Mallorca, una ciudad que según el equipo de producción funciona con los mismos autobuses urbanos que en los años 70.

Lo cierto es que los treinta minutos de película que transcurren hasta entonces tienen ritmo, son ágiles en la presentación de personajes y de tramas. Se agradece la presencia de Robert Duvall y Queen Latifah, aunque da pena que lo del primero sea poco más que un cameo y que el guión no le permita a ella ofrecer lo que demostró en Chicago (2002) o Hairspray (2007).

Una vez que la acción vuelve a territorio estadounidense, ésta se centra en darle a los aficionados del baloncesto, tanto jóvenes como mayores, lo que desean. Los que aun tienen potencial para ello, encuentran en Garra el decálogo que seguir si quieren cumplir su sueño. Entrenar, entrenar y entrenar. Disciplina, esfuerzo y entrega, tesón físico y aprendizaje psicológico, a ritmo de videoclip y practicando su pasión día y noche allá donde se encuentren. Y como extra, consejos sobre cómo viralizarse en redes sociales.

Los deportistas de salón dejarán a un lado el mando reconociendo a una cantidad importante de nombres que años atrás estuvieron en el puesto que hoy tienen Juancho Hernangómez y algunos otros actuales que también aparecen junto a él. Y para deleitar a unos y a otros, las escenas de partidos tienen una dirección cercana a la realización televisiva, solución perfecta para que los profesionales del baloncesto queden bien ante la cámara y Garra resulte una cinta bien editada y entretenida de ver.

“Cinco lobitos”, la vida que te ha tocado vivir

El cine se convierte en un arte cuando una película resulta más que la suma de todos los elementos que la conforman. Eso es lo que ocurre con esta cinta que nos muestra los múltiples prismas de la maternidad y la versatilidad a la que se ven abocadas muchas mujeres como resultado de ésta. Un guión redondo, dos actrices soberbias -Laia Costa y Susi Sánchez- y una dirección tras la cámara sensible e inteligente.

Ayer salí roto de los multicines a los que suelo acudir. Me habían llegado donde solo lo hace la realidad que reconozco cuando soy mi único interlocutor. A esa parte de mí que muestro camuflada de comprensión, aceptación y madurez por miedo a entrar de lleno en ese territorio en el que nos sabemos dependientes y necesitados del afecto, el reconocimiento y la validación de nuestros mayores y responsables, sin manual de instrucciones, del bienestar y la felicidad de quienes vivirán a nuestra vera hasta que se valgan por sí mismos. Y sucedió por algo que contiene, articula y ofrece Cinco Lobitos, verdad.

Verdad auténtica, sincera, desnuda, transparente, sin matices, absoluta. Y sin embargo, solo válida como testimonio de Amaia. Madre primeriza a sus 35 años, trabajadora autónoma, pareja de un hombre en las mismas circunstancias, e hija de unos padres que viven a más de cuatrocientos kilómetros. Relato diferente al de cualquier otra mujer, aunque a la par análogo en muchos de los asuntos tratados y similar en las circunstancias mostradas. El estrés y la inseguridad que le genera el hecho de ser madre le servirá a quien la parió décadas atrás para recordar su propia vivencia con una mirada relajada, al tiempo que le permite, a quien entonces fuera una niña, tomar conciencia de cuánto hicieron por ella.

Es difícil lograr que una historia sea más verosímil que la que ha escrito Alauda Ruiz de Azúa. El detalle de su ejercicio de edición y síntesis logra que nos sintamos completos con lo que vemos. Todos sus elementos están correctamente medidos y relacionados, siendo prioritarios cuando les corresponde, pero formando parte antes y después del segundo plano de las cuestiones transversales que definen, estructuran y sustentan tanto el largo plazo como el día a día de la biografía de cualquier persona. Hay emoción y fluidez en su narración audiovisual, utiliza los encuadres más cercanos para mostrar y los abre cuando sus personajes necesitan revelarse. La combinación de movimiento, expresión y escenografía, en la composición de sus planos, revela un sentido del ritmo exquisito, plasmado en un montaje impecable.

Un trabajo que crece por el modo en que se fusiona con las interpretaciones de Laia Costa y Susi Sánchez. Dos protagonistas que se apoyan, aportan y suman, cuya excelencia se retroalimenta por la existencia y la presencia de la otra. Dos papeles que, si sobre el papel son oro, en la pantalla resultan dos recitales que, aun así, resultan humildes y diáfanas. He ahí la manera en que se complementan e integran en su universo a Ramón Barea y a Mikel Bustamante, eficaces en su misión de encarnar a dos secundarios con rol propio.

En Cinco lobitos hay poesía y sencillez, humor e ironía, rabia y aceptación, trascendencia y liviandad. Ruiz de Azúa ha dirigido una película que contiene todo aquello que nos demuestra que las dificultades, el desconocimiento y el buscar vías por las que seguir forma siempre parte de la vida. Lo es de la nuestra, lo fue ya antes de la de nuestros padres y lo será, incluso cuando ya estén ellos solos, de la de nuestros hijos y sus nietos.

«Ennio: el maestro»

Documental que aúna la admiración por su protagonista y el reconocimiento a su extraordinaria labor en pro del séptimo arte con la excelencia de su dirección y su capacidad de emocionar e implicar al espectador en su propuesta. Material de archivo y entrevistas que repasan, analizan y explican la trayectoria de un genio musical, las peculiaridades de su estilo y los logros con que tanto nos hizo gozar desde la gran pantalla.

Inteligente, humilde, visionario, tenaz, imaginativo, incansable, innovador, apasionado. La lista de adjetivos con los que se puede definir a Ennio Morricone podría ser tan extensa como la concienzuda y pasional dirección que demuestra Giuseppe Tornatore en los 156 minutos que dura esta película. En una época en que casi todas las cintas parecen prolongadas en exceso, esta resulta breve, apenas un suspiro con el que se certifica cuán presentes están en nuestro imaginario muchas de las partituras de Morricone. He ahí las de los spaghetti western de Sergio Leone, La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1988), o composiciones sinfónicas como la que concibió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La estructura narrativa de este documental es sencilla. A partir de una aproximación cronológica va desvelando capas, facetas y visiones del genio en lo que acaba siendo un recorrido circular al volver en su cierre a la pasión con que Ennio inició en la Roma de su niñez su relación con la música. Hijo de un trompetista, instrumento que aprendió a tocar antes de comenzar sus estudios de composición. Etapa académica en la que se formó con los grandes de su momento, pero a los que rápidamente superó integrando en sus creaciones cuanto vinculara la música con el ritmo que tomaba de lo que sucediera a su alrededor. Ya fuera la vida urbana, el fluir de una conversación o el instrumental de cualquier procedimiento mecanizado. Se adentró en la música popular como arreglista, resaltando aún más la voz de grandes como Mina y de ahí pasó al cine en 1961. Lo que parecía que iba a ser algo puntual y después temporal, acabó siendo una carrera con más de quinientas bandas sonoras.

Tornatore consigue que la figura de Ennio esté siempre en el centro de su cinta teniéndole como narrador principal. Entre él y otros muchos como Dario Argento, Oliver Stone, Hans Zimmer, John Williams o Quentin Tarantino nos revelan la sencillez de su manera de sentir y percibir, el modo en que procesaba y planteaba creativamente y el resultado que sus planteamientos causaban en los directores con los que trabajó, así como las películas a las que le dio otra dimensión.

Y lo logra combinando distintos enfoques con precisión, yendo de unos a otros consiguiendo que no suenen como una sucesión, sino como una exposición que crece a base de complementarse, ampliarse y profundizar en sí misma. La explicación técnica, el recuerdo de la anécdota a través de varias voces, el relato de cómo surgía el momento de la chispa o de la elección definitiva, el impacto que causaba ver lo que conseguía y cómo este perdura con la misma intensidad a pesar del paso del tiempo. Primeros planos, silencios y grabaciones en el estudio de los entrevistados. Cambios de lugares y personajes que denotan una producción muy elaborada y un minucioso trabajo posterior en la mesa de edición.

Ennio: el maestro es cine con mayúsculas, CINE, por partida doble. Por lo buen documental que es y por el sobresaliente homenaje que supone a quien se ganó por méritos propios el título de maestro con letras bien grandes. Gracias Tornatore. Gracias Ennio.

Privacidad, falsedad y manipulación: el otro lado de la transformación digital

La revolución tecnológica en la que estamos inmersos ha metamorfoseado de tal manera las funcionalidades con que resolvemos nuestras necesidades diarias que no parecemos ser conscientes del cambio sistémico en el que estamos inmersos y de sus consecuencias. La evolución es positiva si nos beneficia a todos, algo que impide el modelo de negocio de las redes sociales, los usos inapropiados de la inteligencia artificial y la falta de debates éticos sobre los límites a establecer. Estos documentales de Netflix, HBO, Filmin y RTVE nos invitan a reflexionar sobre ello.

The perfect weapon (2020, HBO). ¿Cuánto pueden llegar a afectarnos los fallos en ciberseguridad? Tanto o más que la destrucción física, por eso las guerras hoy en día se juegan también en esa dimensión. La amenaza es dejarnos sin fondos económicos, dinamitar el funcionamiento de las infraestructuras más básicas o apretar el botón de stop en la operativa de cualquier industria o empresa en cualquier punto del mundo. No es una fantasía, es algo que ya ha ocurrido en un sinfín de lugares auspiciado tanto por gobiernos y servicios secretos, como por delincuentes aventajados en el uso de las nuevas tecnologías.

Posverdad: desinformación y coste de las fake news (2020, HBO). La intensidad, insistencia y eco de las mentiras puede ser tal que no solo oculte la verdad, sino que genere movimientos e iniciativas sociales que atenten contra la integridad y estabilidad de nuestras democracias. La realidad es que la falsedad nunca es producto del error o el desconocimiento, sino que está concienzudamente preparada y transmitida para generar desconcierto y polarización. Un ruido que, mientras entretiene y separa a los que se lo creen y a los que son víctimas de sus ataques verbales y físicos, es utilizado por sus organizadores para asaltar el poder político, mediático y económico.

Sesgo codificado (2020, Netflix). ¿De verdad los algoritmos son justos y neutrales, eficientes y eficaces, objetivos y asertivos? Los hechos nos demuestran que no, que están contagiados de los mismos prejuicios que los seres humanos. A fin de cuentas, son diseñados por personas, lo que hace que su funcionamiento y rendimiento estén teñidos por los mismos filtros, asunciones, inexactitudes y disfunciones que las decisiones humanas. Algo que, por norma, discrimina a quien no cumple el prototipo mayoritario marcado por la raza blanca sobre las demás, la heterosexualidad ante otras orientaciones sexuales u otros aspectos como la edad, el origen étnico o hasta el lugar de residencia. 

El gran hackeo (2019, Netflix). Disección del escándalo de Cambridge Analytics con el que quedaron claras dos cosas. El propósito de Facebook no es facilitar la comunicación entre personas sino obtener el mayor número de datos de sus usuarios y monetizarlos cuanto le sea posible, sin hacer caso a regulaciones ni a planteamientos éticos. Y que Donald Trump se sirvió de ello para manipular, engañar, violentar y radicalizar cuando pudo al electorado norteamericano para ganar las elecciones presidenciales de 2016. La consecuencia, un punto de no retorno del que tomar nota para no dejar que esto se convierta en norma.

El dilema de las redes sociales (2020, Netflix). ¿Cuán espontáneo y orgánico crees que es tu muro de Facebook o Twitter? No tanto como supones. ¿Qué determina lo que ves y en qué orden? Alguien que no eres tú. A partir del análisis de tus interacciones (me gusta, comentarios o click en un link) se te ofrecen contenidos alternativos que tienen como objetivo alimentar tu curiosidad y perpetuarte ante la pantalla o, peor aún, presentarte una visión de los asuntos que te atraen, interesan o preocupan acordes a tus sesgos con el fin de exaltarte o radicalizarte. El riesgo es que acabes teniendo una imagen del mundo no solo falsa, sino enfrentada con quien no la comparta.

I.nmortalidad A.rtificial (2021, Filmin). ¿Te imaginas crear un avatar o un androide que almacene todos tus recuerdos para que el día que no puedas comunicarte, o fallezcas, tu hijos y nietos puedan seguir relacionándose contigo? El punto de partida es registrar nuestras facciones, el tono de nuestra voz y los momentos, impresiones y sensaciones de nuestra biografía a partir de fotografías, vídeos, perfiles sociales y demás. A partir de ahí, la inteligencia artificial las interpretaría de manera que nuestro alter ego digital interactuaría con quien se situara frente a él respondiendo de manera análoga a como lo haríamos nosotros y haciéndole sentir que puede seguir contando con nosotros. Un medio de mantener viva la conexión de las futuras generaciones con su pasado, pero también, quién sabe, un riesgo de que la ciencia ficción en que la máquina supere al hombre, y se haga dueño y señor de su destino, se haga realidad.

Justicia artificial (2022, RTVE). ¿Aceptaríamos ser juzgados por un sistema de inteligencia artificial? ¿Confiamos en que vaya a ser justo y que sepa interpretar no solo la ley sino también el rol que tienen las emociones y las motivaciones -diferenciar entre error, despiste e intención- en su incumplimiento? Cuestiones que se añaden a la duda sobre la imparcialidad de los algoritmos y el desconocimiento de quiénes están tras ellos y los criterios que siguen para su diseño. Sin olvidar un asunto importante, si estos se fundamentan en el análisis del pasado, ¿cómo seríamos capaces de imaginar o visionar escenarios futuros a partir de la experiencia? (Link)

Cryptopia (2020, Filmin). ¿Son las criptomonedas el futuro de nuestras finanzas y la base sobre las que se sustentarán las transacciones económicas en el medio plazo? ¿Quiénes están tras ellas? ¿No supondrán realmente un trasvase de un modelo de regulación establecido por estados a otro controlado por determinadas personas físicas? A su vez, la tecnología blockchain promete descentralizar internet y devolver su control a cada uno de sus usuarios, dejando atrás la etapa de oligopolio de grandes compañías con un modelo de negocio fundamentado en la obtención y monetización de nuestros datos. ¿Utopía o vuelta de tuerca?

Así es la vida en «Alcarrás»

Carla Simón profundiza en el estilo que ya mostró en “Verano 1993” convirtiendo lo cotidiano, el mimbre de lo que nos une, en lo que marca de principio a fin el contenido, el tono y la evolución de su película. Tras ello, una mirada tranquila y empática guiada por el punto en el que se encuentra lo anodino con lo íntimo y lo invisible con lo obvio, y un trabajo interpretativo en el que brillan todos y cada uno de sus intérpretes.

Hace cinco años Carla Simón deslumbró con una cinta en la que partía de sí misma, lo que siempre puede dar pie a pensar que el buen resultado fue debido a lo muy trabajado que tenía en su mente lo que quería contar. Ahora demuestra que aquello no fue una casualidad, y lo hace enfrentándose a un reto superior, tomando el paso del tiempo como hilo conductor y una familia de más de una decena de miembros y tres generaciones como encarnación del mismo. El transcurso, el lugar y las personas como elementos que priman sobre el cine, y no el séptimo arte como medio que los define, sintetiza y edita en función de sus necesidades.

Alcarràs está articulada por la idea de legado en sus múltiples manifestaciones. Por la tierra que pasa de padres a hijos y con la que los protagonistas se ganan la vida como agricultores. Por las expectativas de querer que los más jóvenes aprovechen las oportunidades que no tuvieron sus mayores. Por el arraigo al lugar en el que se vive, a su orografía y a su clima, a su gente y a sus costumbre y tradiciones, a aquello que te hace sentir quién eres y dónde está tu lugar en el mundo. Un todo que se siente en duda por la llegada de una carta que avisa del fin de la propiedad de las fincas sobre las que se sustenta todo lo anterior.

El guión no se organiza en base a puntos de inflexión, escenas cargadas de intensidad dramática o giros tras los que detona cuanto antes se hubiera cocido a fuego lento previamente. Lo que plasma sobre la pantalla es el costumbrismo que surge de las coordenadas entre la edad, la experiencia y las expectativas con lo que ofrecen y exigen la familia, el trabajo y la sociedad. Por eso hay en Alcarràs comedia y drama en todas sus variantes. En el ámbito formal, la composición de cada plano está determinada por la manera en que la cámara en movimiento recoge las emociones de sus personajes, ya sea por las relaciones directas e indirectas que tienen entre sí como con cuanto les estructura. Los árboles que cuidan, las máquinas que les ayudan o los alimentos que cultivan.

El resultado es una expresividad continua, creíble y verosímil, con la que se conecta y empatiza como si no hubiera nadie mediando entre ellos y nosotros. La sensación que se tiene en todo momento en la butaca es estar asistiendo a una ficción que tiene mucho de ensayo antropológico, etnográfico y periodístico. La humildad de su argumento y sus diferentes tramas hace que se sienta como una invitación a una realidad auténtica y a la más absoluta privacidad de quienes la habitan. Una sencillez que está tanto en su propia génesis como en la delicada manera con que Carla Simón nos la narra cinematográficamente.  

“El hombre del norte”, peplum nórdico

Narración ambientada en la alta edad media relatada con la brutalidad humana y la exacerbación de la naturaleza que suponemos propia de esa época. Emociones primarias a un ritmo trepidante sin trazas de sensiblería alguna. Fotografía seductora, banda sonora omnipresente y efectos especiales azuzadores para envolvernos en una fantasiosa mitología.

El diseño de producción de El hombre del norte debe haber dejado encantados a muchos. A los islandeses por promocionar los paisajes y la geografía de su isla de un modo tan rotundo. A los que han trabajado en ella por haber dispuesto del ingente presupuesto que destila la excelencia técnica de sus escenarios, vestuario y caracterización. Y a su público por combinar en una sola mirada tantos deseos. La espectacularidad de su acción, gracias a sus continuos movimientos de cámara y a un montaje sin descanso. Y la musculatura de sus personajes masculinos, cruce entre el supuesto fenotipo vikingo y el cincelado propio de la exigencia crossfit de nuestros días.

Su argumento está en el catálogo de casi todas las mitologías. Un regicidio y un heredero al trono, dado por muerto, que alimenta su venganza durante años para volver dispuesto a materializar su propósito con el apoyo de las fuerzas del más allá. Un héroe de carne y hueso dotado de una inteligencia aguda y de unas capacidades físicas extraordinarias, consolidadas tras haber superado las pruebas que apariciones de toda condición le han puesto en su camino. Episodios plasmados en la pantalla con una voluntad de originalidad no habitual en las producciones de superhéroes que dominan la cartelera desde hace tiempo. Sin filtro que nos permita establecer símiles con los que sentir que controlamos lo que vemos, ni llevar la fantasía a la mera eclosión estética.

Robert Eggers trabaja la ilusión para hacer de ella una experiencia en sí misma, más onírica que conceptual, no con el objetivo de ofrecer razones, sino de generar atmósfera. Con giros de guión e intensidades enmarcadas en la oscura fotografía de Jarin Balschke y evocadores de las tragedias de Shakespeare, la narración progresa estrechando sus coordenadas hasta convertir su desenlace en una sucesión de retos, enfrentamientos y asaltos que, no por esperados, dejan de ser intrigantes y sorprendentes.  

Alexander Skarsgård cumple su objetivo de hipnotizarnos con su cuerpo, a la par que demuestra con su mirada que es capaz de interpretar. Misión en la que está muy bien acompañado por los siempre eficaces Nicole Kidman, Ethan Hawke y Willem Dafoe. Björk tiene una aparición que bien podría pasar por un descarte de uno de sus videoclips, pero su alineamiento con la visualidad que propone Eggers hace que deseemos que vuelva a la actuación por la puerta grande. Una dimensión en la que ya está instalada Anya Taylor-Joy, que gana enteros a medida que acumula minutos de aparición, hasta hacer que la sencillez de su presencia y la claridad de su rostro resulten casi tan protagonistas como la efigie de Amleth.

Al margen de la gratuidad de sus bienvenidos desnudos, supongo que habrá historiadores que se lleven las manos a la cabeza por el rigor de su ambientación y sus licencias argumentales, y aficionados que buscarán similitudes y diferencias con la archiconocida Juego de tronos. Pero en lo que toca al séptimo arte, El hombre del norte propone una conseguida combinación de espectáculo y entretenimiento a la manera de las grandilocuentes fantasías peplum del cine clásico, sirviéndose para ello muy eficazmente de las capacidades técnicas del virtuosismo visual y sonoro (atención a la partitura musical de Robin Carolan y Sebastian Gainsborough) más actual.

“Apolo 10 1/2: Una infancia espacial”

Los estadounidenses llevan más de treinta años revisando lo sencillos e ingenuos que eran en los años 60 y lo colorido y fascinante que resultaba el “american way of life” en todo su esplendor. Aun así, todavía hay maneras de acercarse a aquel tiempo, identidad y vivencia de una manera original y diferente. Tal y como lo ha hecho Richard Linklater en esta cinta de animación.

La nostalgia y el paso del tiempo son dos de los asuntos en los que Linklater se mueve como pez en el agua. Basta recordar la trilogía que comenzó con el encuentro de Ethan Hawke y Julie Delpy en un tren en Antes de amanecer (1995) y los doce años que duró el rodaje intermitente de Boyhood (2014) para transmitir fielmente en la pantalla cómo se transformaba física y psicológicamente su protagonista. Este Apolo 10 1/2 que ahora ha escrito, producido y dirigido para Netflix es una suerte de ambas cuestiones para la que se ha inspirado en sí mismo.  

La infancia especial del título es la suya. La de un chaval que nació en Houston en 1960, a pocos kilómetros del lugar en el que trabajaba su padre, el Centro Espacial de la NASA, en la época en que la ambición norteamericana era llegar a la Luna y conquistar cuanto girara alrededor del Sol. Una ilusión nacional, pero también personal de casi todos sus ciudadanos, y que en el caso de un niño tomaba forma de juego y de realidad paralela. Esas son las bases de un guión claro y sencillo en su propósito narrativo, aunque ambicioso en su despliegue audiovisual.

Primeramente, por su formato animado y el ingente trabajo que debe haber supuesto un montaje que asume la constante necesidad de secuencias cortas, movimientos de cámara y ritmo interno dentro de cada plano que exigimos los espectadores actuales. Después, por el completo repaso que hace de lo que fueron los años 60. Con cierta benevolencia, mas sin caer en la épica ni el néctar a que son tan propensos sus compatriotas.

La clave está en la conexión que establece entre su mirada de hoy y la de entonces. No parece que esté reinterpretando sus recuerdos, sino recuperándolos y ordenándolos para darnos una imagen completa de su cotidianidad a través de la música que se escuchaba en su casa, los juegos que practicaba con sus compañeros de clase y sus vecinos, así como los programas de televisión que veían todos juntos. Ficciones en las que se fantaseaba con los viajes en el tiempo y con seres de otros planetas, así como con ganar a los rusos en el frente espacial de la guerra fría.

Visualizaciones que -unidas a lo que se vivía en familia y se aprendía en la escuela- fomentaban la posibilidad de que cualquier ciudadano pudiera ser el héroe que liderara la misión que su país necesitaba de él. Y ahí es donde Linklater confluye consigo mismo. El adulto que se dedica profesionalmente a la creación cinematográfica se fusiona con el niño que hemos de presumir nunca ha dejado de ser y consigue que el relato que vemos sea de ambos a la vez. Riguroso técnicamente y resuelto artísticamente, a la par que tan entretenido e imaginativo como se soñaba, en acción, décadas atrás.  

11M, no olvidar

Todos recordamos cómo nos enteramos el 11 de marzo de 2004 de lo que había sucedido, pero los años pasan y son muchos los detalles que se han desdibujado o que nunca llegamos a conocer. Un digno homenaje a los que el terrorismo les arrebató la vida, un gesto de cariño con los que nunca volvieron a ser los mismos y un ejercicio de memoria para que no olvidemos quién y cómo pretendió manipularnos.  

El primer acierto de este documental es no utilizar la figura de un narrador y dejar que sean quienes estuvieron allí los que nos trasladen lo que ocurrió. Los primeros veinte minutos son espléndidos. Sosegados, tranquilos y respetuosos. Entrando directamente en el asunto por el que nos convoca ante la pantalla, pero sin dramatismo ni tenebrismo. Solo los hechos, pero no con la precisión y la frialdad de los datos, sino a través de la incapacidad de sus protagonistas para describir o relatar algo que nunca imaginaron tener que contar. De ahí que solo puedan hacerlo a través de detalles e instantes que sintetizan y esencian, según palabras de una de ellos, “imágenes que creo que no debería ver nadie”.

Lo frustrante es que por encima de ese dolor hubo algo más que también nos causó estupor y que, como señala Iñaki Gabilondo, se ha convertido en el motivo casi principal por el que recordamos el 11M. Las cicatrices de la historia nos hicieron pensar en un primer momento que los responsables de la barbarie habían sido los de siempre, pero que quien tenía que calmarnos, unirnos y guiarnos, institucionalizara esa sensación equivocada con interés partidista, resultó difícil de asimilar.

El nivel de los entrevistados (académicos, directores de periódicos, cargos institucionales de entonces, así como representantes del poder judicial y de las fuerzas y cuerpos de seguridad encargadas de la investigación) y la claridad con la que hablan, apoyados además en el paso del tiempo y en lo demostrado por la justicia, revelan la soberbia de aquella actitud y la alevosía del ruido mediático tras el que sus artífices se escudaron primero, y refugiaron después, incluso, durante años.

Este 11M audiovisual casi queda atrapado en este punto de su exposición por lo mismo que le sucedió a nuestra sociedad, por la necesidad moral de revelar la sucesión de manipulaciones, tergiversaciones y falsedades que idearon, en connivencia, quienes perdieron sus cargos ejecutivos y quienes pretendían liderar la opinión pública. Pero José Gómez consigue girar su dirección y entra en una trama argumental a la que quizás le tendría que haber dedicado más espacio o enfocar de manera más relevante. Aquella en la que -a partir de lo demostrado por Fernando Reinares, investigador del Real Instituto Elcano- desvela quiénes fueron los autores intelectuales (algo que no se consiguió concretar en el juicio celebrado en 2007) y la fecha en que tomaron la decisión de organizar la masacre en Madrid.

Para este espectador -que por cuestiones profesionales leyó mucho sobre el 11M en aquella época, incluyendo las ficciones conspirativas- es ahí donde radica lo más valioso de esta producción de Netflix. Una exposición de cómo la realidad no tuvo nada que ver ni con las suposiciones ni con las asunciones relativas a la guerra de Irak. Argumento que, absurdamente, se considera motivo por el que unos y otros ganaron y perdieron las elecciones generales de tres días después. Alegoría que refleja cómo actuó nuestra clase gobernante, haciendo de su obsesión por ocupar el poder político algo más importante que el cuidado, atención, respeto y cariño que debían recibir quienes más lo necesitaban.