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“La ola verde (que sea ley)”, la lógica de los derechos humanos

En 2018 Argentina parecía estar dispuesta a aprobar el aborto legal, una práctica que bajo la sombra de la clandestinidad mata, deja malheridas y estigmatiza cada día a muchas mujeres. Una legalización defendida por los que lo han vivido de cerca y por los que tienen una visión legalista de los derechos humanos y a la que se oponen los que la contemplan como una cuestión inmoral bajo el prisma de la religión.

El procedimiento legislativo argentino obliga a que toda ley deba ser primero aprobada por el Congreso y después ratificada por el Senado. Hasta que esto no ocurre, el texto sometido a votación no pasa a formar parte del ordenamiento jurídico del país. La ola verde nos traslada hasta ese tiempo de esperanza e incertidumbre de hace dos años, entre el dictamen positivo de la primera cámara y a la espera del pronunciamiento de la segunda, en que el sueño de muchos parecía que se iba a convertir en realidad. Hoy sabemos que no lo consiguieron.

Y aunque Que sea ley (el lema de los manifestantes a favor) deja claro desde el primer momento que es un manifiesto en defensa de la legalización del aborto, su exposición no maniquea los argumentos a favor ni satiriza a los que están en contra. Está planteado como un documental más cercano al reportaje de investigación periodística que a lo cinematográfico a través de tres hilos conductores -realidad, experiencia y objetividad- que no solo expone, sino que analiza.

Relato a modo de hemeroteca audiovisual de las sesiones de debate en el Senado. Entrevistas a diferentes perfiles que tienen algo que decir sobre el tema (políticos, médicos, asistentes sociales y mujeres que han pasado por un aborto ilegal). Y datos, con la dificultad de obtener indicadores de fiabilidad absoluta al seguir siendo una práctica penada.

¿Cuáles son los perfiles de las mujeres que abortan en el país? ¿Cómo influye en que se queden embarazadas, sin desearlo, su nivel educativo, económico y las coordenadas familiares en que viven? ¿De qué prácticas abortivas se sirven para poner fin a una gestación no deseada? ¿En qué condiciones de salubridad son practicadas y bajo la dirección de qué clase de profesionales? ¿Qué ocurre cuando no sale bien y acuden al sistema sanitario para ser ayudadas? ¿Cómo son tratadas allí física y afectivamente? ¿Qué les ocurre después?

Pero La ola verde va más allá y tal y como relata Juan Diego Solanas, debatir sobre el aborto no es hacerlo únicamente sobre si llevar a término un embarazo no deseado, sino que implica cuestiones de gran calado sobre el régimen social y político en que vivimos y que no parecen formar parte del argumentario de los que se aferran a Dios y a la fe cristiana para negarse de manera tajante a él.

¿Les vamos a dar unas condiciones de vida dignas a los que hayan de llegar a nuestro mundo? ¿Qué ocurre si la gestante no está en condiciones (físicas y psicológicas) de poder afrontar el embarazo? ¿Qué ocurre con los casos de violación, especialmente cuando son menores?

Preguntas que nos llevan al terreno de las desigualdades endémicas, a la separación de clases (¿por qué para las que tienen dinero que abortan en el extranjero -aun siendo un proceso emocional difícil- no implica riesgos sanitarios extra?) que revelan que este asunto no es solo una cuestión feminista, sino un capítulo más de esa gran ambición por ser completamente conseguida que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (NN.UU., 1948) y cuyo primer artículo dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

“Solo nos queda bailar”, el precio de ser libres

Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Por un euro, cosas a las que un joven puede dedicar su tiempo en Georgia. Trabajar, beber, fumar, dormir… ¿Algo más? Sí, si tiene algún tipo de inspiración artística, como es la danza, practicar hasta hartarse. Haciendo de ello una manera de pasar el día, de socializar con los compañeros, de optar, si hay suerte, a convertirse en un profesional y entonces sentir que se dedica a algo más que llegar a final de mes y tener una familia como manera de escribir en tercera persona su biografía.

Ese es el día a día del joven Merab, con la paradoja de que el lugar donde más feliz es, la sala de ensayos, es también donde el sistema alienante de la cultura, la ciudad y el país en el que se ha criado se hace más férreo, duro e intransigente. Exigiéndole no solo que sea un bailarín excepcional, con una técnica perfecta y una expresividad elegante, sino que personifique constantemente la hombría, masculinidad y poderío que se le presupone a los georgianos del género masculino. Un retrato social que Levan Arkin expone con alma de fotorreportero. Como si fuera un Doisneau o un Cartier Bresson, con encuadres aparentemente cotidianos, pero en los que su mirada fija en la pantalla lo que hay de extraordinario, diferente y único en las personas a las que sigue, la luz y el deseo que albergan dentro de sí.

Unas ganas de libertad, de vivir y de ser que se da de bruces con una sociedad en la que está marcado con quién y cuándo estar, qué y cómo hacer. Lo interesante y lo apreciable de Solo nos queda bailar es que su drama no está en el hecho de ser homosexual, sino en el de no ser un hombre heterosexual que busca tener un trabajo estable, una mujer con la que dormir cada noche y unos hijos que reconfirmen su papel como el eslabón de una dinastía familiar. Pero aún así, los impulsos y los deseos encuentran donde fijarse y materializarse, y ahí es donde surge el personaje de Irakli y la química, la comunicación y el diálogo corporal, verbal y visual entre Levan Gelbakhiani y Bachi Valishvili resulta tan intensos y desconcertantes como el amor, unas veces magia, otras dolor.

A partir de ese momento la película gana en intensidad y en registros. A su capacidad narrativa suma un potencial de poesía que llena su relato de emociones y sensaciones en un a flor de piel de los personajes a los espectadores de ida y vuelta. Nos funde a todos en ese maremágnum entre el vértigo y la incertidumbre que está experimentando Merab, en su proceso de aceptación y entrega a lo que le está pasando, en resoluciones visuales tan efectivas como el baile al ritmo de Robyn o maestras como el plano secuencia de la boda. Pero más allá de este saber hacer y de la eficacia con que su director y guionista maneja los recursos técnicos y expresivos con que cuenta, está el resultado tan honesto, íntegro, humano e inspirador que consigue.

“Judy”

Triste vida la de Judy Garland y pobre biopic en su honor el que se estrena hoy. Muy buena la caracterización y mimetización de Renée Zellweger, pero insuficiente para salvar un guión simple -de aquellos abusos, estos excesos- y una dirección que se queda en la superficie gestual de su personaje sin ahondar en su dimensión psicológica.

Tras un paréntesis de seis años, Renée Zellweger reaparecía en la alfombra roja en agosto pasado diciendo que el motivo de su ausencia había sido la presión y la toxicidad de Hollywood. Hablaba de ella, pero también de Judy Garland, el personaje con el que vuelve a la pantalla grande. Y lanzaba el anzuelo para que no solo se comentara lo buena que pudiera ser su interpretación (¿se llevará el Óscar a la mejor interpretación femenina?), sino también, del precio personal que muchos han pagado para alcanzar el éxito en la meta del cine.

Una realidad conocida, con muchos puntos en común con el me too, pero que Rupert Gold utiliza más como argumento que narrar que como injusticia que denunciar. Confía en que lo haga la visualidad de su relato, recurriendo a flahsbacks al rodaje de El mago de oz, pero resultan demasiado obvios en su explicación de cómo esa actriz de voz privilegiada se convirtió en una mujer herida, una madre incompetente y una profesional caprichosa. Quien fuera Bridget Jones está sobresaliente, pero la cámara está tan pegada a ella en todo momento que más que una película, Judy podría pasar por un videobook con el que la Zellweger demuestra que no hay primer plano que pueda con ella y, sobre todo, que merece papeles más potentes que este.

“1917”, experiencia inmersiva

Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Sam Mendes ya ha demostrado que sabe contar una historia (American beauty, 1999), llevarla por sus zonas más oscuras (Camino a la perdición, 2002), o amplificar su tensión con la acción intrínseca a sus coordenadas (la secuencia mexicana inicial de Skyfall, 2012, es de lo mejor de la saga James Bond). 1917 no es solo un paso más allá en este muestrario, sino una clase magistral de cine clásico realizado con medios modernos.

Un argumento aparentemente sencillo -llevar una carta de un lugar a otro en el frente de batalla de la I Guerra Mundial- se convierte en un relato con múltiples episodios (las líneas de trincheras, los encuentros con tropas aliadas, la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo), aristas (el día y la noche, por tierra, aire y agua) y enfoques (la vida o la muerte, la población civil, la jerarquía militar), plenamente integrados en un resultado tan consolidado técnicamente como convincente narrativamente.

Mientras su guión resulta una síntesis de la experiencia bélica, su plasmación en un aparente único plano secuencia resulta lo más parecido a una vivencia real que la proyección en una sala convencional nos puede ofrecer hoy en día (se acabó la moda 3D hasta ver si se consolida la realidad virtual). Estoy seguro que el equipo de Mendes se ha empapado de cuanto los videojuegos han aportado a la creatividad audiovisual y a partir de ahí se ha puesto manos a la obra hasta hacer que todo lo que conforma la imagen (fotografía, decorados, extras, vestuario, efectos especiales) de su proyecto tomara vida (montaje, banda sonora) con total perfección.

Pero aun así, este no es el elemento principal de 1917, lo protagonista es cuanto le sucede a los dos soldados que reciben el mandato de jugarse la vida para llegar a tiempo de salvar la de los 1.600 compañeros en riesgo de perder la suya. El recorrido por las muchas facetas emocionales que se muestran es lo que prevalece en todo momento. La asunción del deber, el riesgo, el compromiso y el compañerismo, los quiebros para mantener la cordura y la conexión con el mundo real, el pragmatismo de lo racional y la valentía de la irracionalidad.

Ese es el motor que mueve a los personajes y el impulso que hace que vivamos sin aliento, con sobredosis de adrenalina, con sumo desasosiego, desesperación o miedo, incluso, las múltiples vicisitudes en forma de incertidumbres, imprevistos, enfrentamientos y situaciones límite a las que han de hacer frente. Y aunque en algún momento recuerda, entre otras, a Dunkerque de Christopher Nolan (2018), se diferencia de ella por este enfoque más humano y terrenal, de los pies que corren, del latido en frecuencia cardiaca máxima y de la mente enfocada única y exclusivamente en el objetivo a conseguir.

“El oficial y el espía”, la verdad y la injusticia

Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

Mientras los americanos convierten las adaptaciones cinematográficas de sus luchas contra el sistema en relatos llenos de épica, el cine europeo suele poner el foco en la dureza y desgaste que estas situaciones tienen para quienes las viven (valgan como ejemplo títulos recientes, también de producción francesa, como Los miserables o Gracias a Dios). Así, para el director de Chinatown (1974) o El pianista (2002) lo importante no son las actuaciones y las emociones de los que situamos en el banquillo de los buenos, sino la injusticia a la que tuvieron que enfrentarse. No son héroes, sino personas a las que no les queda otra que la resiliencia para no dejarse eliminar por la tortura física y psíquica (en el caso de Dreyfus) y la corrupción de la administración (en el del coronel Picquart). No hacen de la moral y el sentido de la justicia una cuestión elevada, sino un sentir humilde e irrenunciable en el que reside la esencia del civismo individual y la convivencia colectiva.

Esto hace que el ritmo de El oficial y el espía sea sosegado. Su narración se inicia con lentitud, haciéndonos conscientes de las eventualidades que permitieron descubrir tanto el atropello sufrido por un inocente por el mero hecho de ser judío, como las personas que lo provocaron y pretendieron silenciarlo. Una vez expuestas dichas casualidades y causalidades, la rueda comienza a girar y tras lo puntual y anecdótico, comienza a tomar forma el corazón del guión de Robert Harris y la dirección de Roman Polanski, un panorama de ocultación, manipulación y falsificación combinado con actitudes de soberbia, arbitrariedad y amenaza que desemboca en una tensión judicial y humana tan bien conseguida como mantenida a lo largo del resto de la proyección.  

De fondo, y generando un sordo eco que llega hasta nuestro hoy, cuestiones como la idoneidad de las personas que están al frente de las altas instancias del estado y las motivaciones de sus mentiras, el poder de influencia y el deber informativo de los medios de comunicación, los límites del derecho a la libertad de expresión o la actuación como una jauría de la ciudadanía cuando esta es manipulada.

Y aunque esto hace abrirse el abanico de situaciones, argumentarios y cruces y encuentros de personajes, la película mantiene su tempo contenido. Un tono que le debe mucho a la excelente interpretación protagonista de Jean Dujardin (expresiva contención la suya) y la complementaria de un transformado Louis Garrel, por obra y gracia del maquillaje y la peluquería, en el malogrado Dreyfus. Acompañados ambos por un excelente reparto y sustentados por un notable diseño de producción que entre lo digital y la recreación nos traslada fielmente a los interiores y exteriores del París y el Rennes de finales del s. XIX y principios del XX.  

“Los dos papas”

Los entresijos del Vaticano incitan siempre al morbo y a la fantasía. De ahí que esta película parta de la premisa no explicitada de dar respuesta a cómo se gobierna uno de los estados más pequeños, poderosos y menos transparentes del mundo. Una interrogante que queda sin resolver al ocultar su relato en el superficial y evasivo retrato humano de sus dos protagonistas.

Y está bien que así sea, conocer a los hombres, las mentes y el pensamiento de quienes se dieron el relevo al mando de la Iglesia católica apostólica romana en 2013. Los dos papas menciona los conflictos administrativos, burocráticos y judiciales (gestión de las finanzas vaticanas, conocimiento de abusos sexuales…) en que se vio envuelta la gestión de Benedicto XVI, pero no entra a exponer lo que los permitió, el alcance del daño ocasionado ni las medidas que supuestamente se pusieron en marcha para enmendarlo (quizás porque no hizo nada al respecto).

Otro tanto sucede con las cuestiones de fe y de interpretación del mensaje de Cristo, quedándose en la superficie de la retórica de dos posiciones aparentemente enfrentadas. Frente a la postura conservadora del cardenal Ratzinger, la aparentemente más abierta y humana del argentino Borgoglio. Una dialéctica bien planteada y que podría haber dado mucho juego, pero en la que no profundiza y que más bien parece tener como fin promocionar al actual Papa y humanizar a quien fuera tildado de frío, insensible y alejado de la realidad.

Los dos papas podría haber sido una película de guión, pero se enreda en los flashbacks argentinos y renuncia en su presente al poder de la palabra, trasladando todo su peso al genio interpretativo de Jonathan Pryce y Anthony Hopkins. Un vacío que Fernando Meirelles intenta cubrir con un gran despliegue de recursos técnicos bien manejados (la reproducción de la Capilla Sixtina, el ritmo del montaje de los cónclaves), pero que transmiten más saber hacer que saber contar como demostró en anteriores títulos como Ciudad de Dios o El jardinero fiel.

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.