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“Made you look, a true story about fake art”

¿Cómo es posible que una de las galerías de arte más reputadas de Nueva York vendiera durante años piezas firmadas por Rothko, Pollock o Motherwell y resultaran ser falsas? ¿Quién ideó semejante estafa de decenas de millones de dólares? ¿Qué falló? Entretenido documental de Netflix que nos acerca todos los puntos de vista de este caso real.

Uno de los motivos recurrentes por los que el mundo del arte suele ser foco de atención mediática es el de las grandes cifras que alcanzan determinados nombres en las subastas. Actos que se relatan con una mezcla de glamour, vanidad y exuberancia que hacemos extensiva al sector de las galerías y ferias de arte. Pero cuando surge algo como lo que expone Made you look, de repente lo vemos como un mundo opaco y artificial, en lugar de como una actividad que nos inspire y motive.

Barry Avrich no se entretiene en contar lo que ocurrió, ya le dedicaron al asunto muchas páginas y minutos multitud de periódicos, revistas especializadas y televisiones cuando el escándalo saltó a la luz en 2011 y durante el juicio posterior que tuvo lugar en 2013. En lo que su propuesta profundiza es en cómo pudo pasar. En las pruebas a las que Ann Friedman, directora de la galería Knoedler, se agarró para creer que estaba vendiendo piezas originales. En las señales que según expertos en la materia evidenciaban que algo no encajaba. Y en los testimonios de aquellos que constataron en primera persona que les habían o estaban dando gato por liebre.

Lo interesante es que no deja fuera los factores emocionales que intervinieron e influyeron. En cómo la galerista pudo dejarse llevar por el sueño de tener en sus manos grandes piezas nunca antes vistas de los grandes del expresionismo abstracto. O quizás por el ego y la codicia. En el buen criterio de los entendidos del sector -gestores, periodistas, técnicos- que destacan los indicios que no se debían haber pasado por alto bajo ningún concepto. Pero también, qué fácil es tener razón a posteriori. En la excitación rayana al síndrome de Stendhal de los coleccionistas que compraron aquellos óleos sintiéndose tan únicos como especiales. Y cómo convirtieron la rabia, el desprecio y la ira que vivieron después en fundamentos legales en manos de sus abogados.

Y entre todo ello, se exponen los fundamentos de la dimensión pública de la creación artística y los mecanismos para su conversión en objetos de mercado y en instrumentos de creación y consolidación de reputación y marca institucional o personal de quienes los adquieren. Registros documentales que testifiquen el momento de la producción y los cambios de propietarios que pueda haber habido, análisis técnicos que verifiquen la autenticidad de los materiales utilizados y la impresión personal de los especialistas más reconocidos en los autores, estilo y época protagonista de la polémica.

Pero con un añadido tan morboso como interesante, ¿quién tiene la habilidad de crear obras tan similares al estilo de artistas como De Kooning o los ya citados? ¿Quién es capaz de llevar esas creaciones a una galería durante tantos años sabiendo que es falso y ser capaz de transmitir una imagen de seriedad y solvencia? Respuestas judiciales, legales y éticas que Made you look responde a través de entrevistas muy bien dirigidas y un montaje que aúna la intriga y la ambigüedad con lo elitista y lo mundano que rodea en muchas ocasiones a lo más excelso.

“Collective”, la corrupción mata

Doble candidata a los Oscar en las categorías de documental y mejor película en habla no inglesa, esta cinta rumana expone cómo los tentáculos de la podredumbre política inactivan los resortes y anulan los propósitos de un Estado de derecho. Una investigación periodística muy bien hilada y narrada que nos muestra el necesario papel del cuarto poder.

Hay diversas maneras de concebir un documental. Una puede ser combinando hemeroteca con entrevistas y recreación de los momentos más representativos a tiro pasado. Otra es seguir a los protagonistas cámara en mano a la manera de un Gran hermano y después editar. Los responsables de Collective optaron por la segunda al considerar desde el primer momento que tenían entre las manos una historia importante y merecedora de ser conocida. Así es como construyeron este ejemplo práctico de cómo se inicia y desarrolla de manera sólida y eficaz una investigación periodística al compás de la actualidad informativa y la evolución de los acontecimientos.

El 30 de octubre de 2015 murieron 27 personas en el incendio de Colective, una sala de conciertos de Bucarest. Un horror prolongado en las semanas siguientes por el fallecimiento de casi cuarenta más en distintos hospitales, aparentemente como resultado de las quemaduras sufridas. El instinto periodístico y su compromiso deontológico, así como su conocimiento de la realidad política, económica y social de su país hizo sentir a los redactores de Gazeta Sporturilor que tras las rotundas afirmaciones de las autoridades de máximos esfuerzos e inmejorable calidad de la asistencia sanitaria prestada por el sistema público rumano, se ocultaba una realidad tan atroz como la cruel mentira tras la que esta se parapetaba.

Su investigación nace con una hipótesis que surge por no ver respondidos sus interrogantes. ¿Qué hizo que muriera tanta gente? ¿Cómo eran tratados clínicamente? ¿Por qué no se les derivó a otros lugares? A partir de ahí la búsqueda de pruebas y, tras constatar las enormes diferencias entre lo que estas muestran y la versión oficial, chequear lo establecido por los procedimientos técnicos, las normativas legales y la opinión de los responsables políticos. Así es como se va desvelando un enjambre de mentiras, manipulaciones y engaños, irregularidades, sobornos y malversaciones que van más más allá de una situación o unas coordenadas, están completamente imbricados en las raíces del Estado rumano.  

La narración de Alexander Nanau va de hito en hito, exponiendo las informaciones conseguidas y el modo en que se obtienen, así como el eco y los movimientos a favor y en contra que provoca su difusión pública. Aunque centrado en la objetividad de las bases del periodismo (qué, quién, cuándo, dónde y por qué), Collective da también cabida a las emociones resultado del descubrimiento y el conocimiento de lo injusto, lo incoherente y lo inconcebible. De igual manera, tampoco se olvida de los afectados, pero les mantiene en un respetuoso segundo plano nada sensacionalista con lo que vivieron.

La buena factura del mejor documental europeo del año 2020 es que su propuesta no se acaba en su último fotograma, sino que incita a la reflexión y al debate. ¿ Cómo es posible que los seres humanos lleguemos a ser tan inhumanos? ¿Cómo se compaginan ética, moral y legalidad? ¿Resistirá el periodismo las presiones de los poderes ocultos? ¿Podría suceder algo así en nuestro país? ¿Cómo actuaríamos?

“Malcolm y Marie”, retórica y exceso

Casi teatro filmado. Buscando con su blanco y negro la esencia de la palabra. Con un texto brillante que va del golpe a la caricia atravesando las capas alternas de emoción y razón que conducen de la sinceridad a la intimidad. Una dirección tramposa cuando simula jugar al realismo, pero divertida y estimulante cuando se vuelca en el arte de la retórica. Y dos actores fantásticos, completamente entregados a la verbalidad y corporeidad de sus papeles.

Malcolm y Marie llegan a casa tras el estreno de la película del primero y por la manera en que ella le responde mientras le prepara algo de cenar, él deduce que pasa algo. Comienza un tira y afloja de preguntas y respuestas cortas, de interrogantes deductoras y evasivas que acaba generando una explosión incontrolada. Lo que inicialmente parece ser un desencuentro por una expectativa no cumplida deriva en una bronca en la que surgen cuestiones que llevan arrastrando desde hace tiempo. De ahí, con alcohol y cigarrillos de por medio, a un agujero negro en el que se entremezclan el ajuste de cuentas, la revancha y el salto al vacío buscando no se sabe bien si la catarsis o la destrucción total.

Con el recuerdo de la expresividad visceral de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, la sinceridad de los Secretos de un matrimonio de Ingmar Bergman o la mirada forense de Revolutionary Road, Sam Levinson convierte la nocturnidad de esa casa en mitad de la nada en un ring que acaba resultando ser el escenario de una batalla dialéctica. La suya es una propuesta sobre el poder de la palabra. Lo que esta nos permite expresar y hasta dónde podemos llegar con ella.

Tras la espontaneidad de los diálogos hay una escritura inteligente y perfectamente estructurada que disecciona la aparente unión de esta pareja. Pasando de lo puntual a lo nuclear, de lo que se evidencia en gestos y expresiones a lo intangible, de la superficie en la que se convive a la profundidad en que las dos personas se comprometen y se vinculan, hasta un lugar más hondo y recóndito en que cada uno sigue estando en soledad.

Una fluidez con un punto de artificio resultado del trabajo de Levinson tras la cámara. El esteticismo de la fotografía, el subrayado de los diálogos y la amplificación de la atmósfera con la selección de temas musicales de la banda sonora y, sobre todo, la línea roja entre la hipérbole y la sobreactuación a la que lleva a sus intérpretes. Ya sea teniendo el gesto apropiado que condense la carga emocional a punto de implosionar, en conversaciones donde sus miradas y lenguaje corporal son tan excitantes como lo que se dicen, y en monólogos en los que Zendaya y John David Washington fuerzan tanto su propia credibilidad como la de la película.

Excesos a los que se añade su crítica al mundo del cine. A su dicotomía entre lo artístico y su funcionamiento como industria capitalista, la mirada estrecha de los periodistas como consecuencia de su ego (genial la lectura de la crónica de Los Angeles Times) y los filtros raciales que imponen los medios de comunicación a la hora de establecer referentes (lo que le sirve para reivindicar a Spike Lee y Barry Jenkings, así como homenajear a William Wyler).  

“Fragmentos de una mujer”

El memorable trabajo de Vanessa Kirby hace que estemos ante una película que engancha sin saber muy bien qué está ocurriendo. Aunque visualmente peque de simbolismos y silencios demasiado estéticos, la dirección de Kornél Mundruczó resuelve con rigor un asunto tan delicado, íntimo y sensible como debe ser el tránsito de la ilusión de la maternidad al infinito dolor por lo que se truncó apenas se materializó.

La primera media hora es excepcional. La cámara sigue a la pareja que se está preparando para la llegada de su ansiado bebé de manera casi documental. El espectáculo cinematográfico llega con el parto, un largo plano secuencia que sintetiza las emociones de los que están a punto de convertirse en padres, de los mimbres de su relación y de los valores por los que han decidido dar a luz en casa. Con la entrada en escena de la comadrona se materializa uno de los varios marcos relacionales que marcará el devenir de esta cinta. Intercambios de miradas y palabras que nos transmiten las personalidades y los puntos de unión y conflicto entre los implicados.

Junto al de la mujer que acabará denunciada por no haber hecho, supuestamente, todo lo posible para evitar el fallecimiento del bebé, está ese otro triángulo en el que el vértice de mayor fuerza lo encarna la madre de quien habiéndolo sido, no tiene hijo al que cuidar y proteger. Coordenadas en las que el ejercicio de la autoridad, la dificultad de expresarse y la desorientación vital enmarcan el doloroso tránsito que supone intentar seguir hacia adelante sin tener a dónde ni cómo ir. El guión de Kata Wéber muestra las muchas maneras en que se manifiesta esa indefinición que no termina nunca de concretarse, lastrando incluso hasta el intento de darle forma.

Ese es quizás el ángulo narrativo más complicado de trasladar a lo audiovisual de Fragmentos de una mujer. Piezas ásperas, duras y difíciles de asimilar, pero perfectas cuando es Vanessa Kirby quien está ante la cámara. Sin embargo, cuando ella no forma parte del encuadre, se quedan en un espacio suspendido. No sabemos si tiene como fin introducirnos en el entorno con el que ella ya no conecta. O si pretende simbolizar la desazón, la angustia y la ansiedad de un duelo que la tiene varada en lo más hondo de sí misma sin saber si será capaz de recomponerse, cual kintgusi, a partir de sus cicatrices. Quizás la dirección de Kornél Mundruczó intente ambas, pero algunos de sus fotogramas resultan más estéticos y meramente fotográficos que descriptivos de lo que les está sucediendo a Martha, a Sean y a los dos.

La clave está en que lo que se presentaba como un fresco familiar, aunque con una clara protagonista e hilo conductor, se convierte a partir del trágico suceso en un retrato individual en el que la función del resto de caracteres es revelar el puzle que conforma su universo personal. Un discurrir lógico, pero al que también le falta cierta fineza al provocar que el personaje de Shia LaBeouf parezca desdibujarse o que la matriarca que encarna Ellen Burstyn quede supeditada a generar la tensión con la que marcar puntos de inflexión. En cualquier caso, Vanessa Kirby está por encima de estas imperfecciones y hace que su minimalista emotividad se ancle en el corazón de quien asiste al espectáculo de su interpretación.

10 películas de 2020

El año comenzó con experiencias inmersivas y cintas que cuidaban al máximo todo detalle. De repente las salas se vieron obligadas a cerrar y a la vuelta la cartelera no ha contado con tantos estrenos como esperábamos. Aún así, ha habido muy buenos motivos para ir al cine.  

El oficial y el espía. Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

1917. Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Solo nos queda bailar. Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Little Joe. Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Los lobos. Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

La boda de Rosa. Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

Tenet. Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

Las niñas. Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

El juicio de los 7 de Chicago. El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Mank. David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.  

“Mank”, sobriedad en blanco y negro

David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.  

Antes de que nos sorprendiera con Alien 3 en 1992, Fincher había dirigido ya un buen puñado de videoclips entre los que están algunos de los más destacados de cuando la MTV determinaba lo más escuchado del momento. En 1989 recreó el universo Metrópolis de Fritz Lang para el Express yourself de Madonna, y un año después la consolidó como referente estético y musical con las múltiples referencias art-decó que manejó en Vogue. Una iconicidad que ahora, casi tres décadas después, se respira en Mank, en la que la acción de su argumento y las dobleces de su protagonista no se traducen en un montaje tan endiabladamente presente en la narración audiovisual como suele ser habitual en él.

Como tampoco es un biopic al uso sobre Herman Mankiewicz, el guionista de Ciudadano Kane (1941), o su trabajo escribiendo la historia que acaba con aquel enigmático trineo quemándose con el término Rosebud grabado en su madera. Va más allá. Nos presenta el mundo en el que vive y las coordenadas que marcan su trabajo, los acontecimientos que determinan su manera de actuar y de ser percibido, así como los personajes que actúan tanto a su favor como en su contra. De ahí que aparezcan algunos nombres del Hollywood de la edad de oro. Desde su hermano Joseph L., quien años después dirigiría Eva al desnudo, los mega productores Louis B. Mayer y David O. Selznick, el mismísimo Orson Welles y William Randolph Hearst, magnate mediático y alter ego del tal Kane.

Como las buenas películas, Mank parece sencilla, sobria, directa al grano, sin irse por las ramas. Su intertextualidad es la de una escritura con carácter definitivo, y no como boceto que complementar con recursos visuales. Cada personaje queda presentado por cómo actúa y diálogos en los que lo cotidiano y lo relevante están plenamente enlazados, dando aristas, aumentando puntos de vista y formando una visión múltiple y profunda de cuanto nos es relatado. Sobre todo, en lo que respecta a la doble faz de la meca del cine, antes que una fábrica de sueños, una máquina cuya función era ganar dinero, y una herramienta al servicio del poder, realizando cuanto fuera necesario -incluyendo ficciones que manipularan la verdad- para ayudar a la victoria de sus aliados políticos.

Una trama tan bien expuesta que se eleva atemporalmente sobre las coordenadas en que se desarrolla. Como sucede con la excelsa interpretación de Gary Oldman, aún más talentosa que el trabajo con el que destacó sobre el maquillaje del Churchill (La hora más oscura) con el que ganó el Oscar hace dos años. ¿Será David Fincher quien se lleve por fin su primera estatuilla tras estar nominado por La red social (2011) y El curioso caso de Benjamin Button (2009)? ¿Será Mank considerada la mejor producción y apuesta por el cine con mayúsculas de este año de Netflix, como sucedió en 2018 con Roma de Cuarón y en 2019 con El irlandés de Scorsese?

“El juicio de los 7 de Chicago”

El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Presentación de personajes y motivaciones. Momento y lugar de confluencia. Elipsis temporal e inicio del pleito del título. En apenas unos minutos estamos de lleno en 1968, imbuidos en la trama principal, y casi única, del último estreno de Netflix. Uno que sí merece la pena, no como el bluff de la nueva versión de Los chicos de la banda. Es más probable conseguir un buen resultado cuando se pone el foco en contar una historia y no en crear un producto comercial. Sorkin ha pulido el estilo narrativo que mostró en Molly’s game y llega más lejos, tanto a la hora de profundizar como de desplegar un amplio abanico de voces y argumentos. Unos aportados desde su papel como guionista y otros construidos con su labor como director.

Más de ciento ochenta días de vistas editadas en apenas dos horas, incluyendo flashbacks. Cada uno de los momentos elegidos con una finalidad muy concreta: las irregularidades procesales, la prevaricación del sistema, la tergiversación de las pruebas aportadas, los prejuicios sobre los procesados, la informalidad del comportamiento de estos… Pero el enfoque con que son mostrados y concatenados hace que no los percibamos como píldoras que interpretar como metáforas de la injusticia, el abuso o la indefensión. Forman un conjunto multi prisma de una misma realidad. Más que a la exposición de un relato, asistimos a un proceso de investigación en el que cada detalle, gesto e intervención complementa al anterior y hace crecer el conjunto.

Así entendemos, además de las concreciones que se exponen en los testimonios, los asuntos y estrategias políticas que estaban en juego, pero sin necesidad de explicitarlos ante el jurado con retóricas épicas sustentadas en la emotividad de los valores y los símbolos de la nación y la identidad norteamericana. Una representación siempre precisa, clara y concisa de los hechos que habla por sí misma, combinada con unas correctas dosis de material documental para dar fe de la autenticidad de la recreación que se nos muestra.

Un logro sustentado en un reparto que forma un conjunto coral, con presencias individuales, pero sin estrellatos de los intérpretes que las encarnan. A la manera del cine clásico, su trabajo está por encima de cualquier otro objetivo y así es como la sencillez de Eddie Redmayne, la versatilidad de Sacha Baron Cohen, la fuerza de Yahya Abdul-Mateen II o la capacidad de Michael Keaton imantan a la cámara consiguiendo que esta sea una película de miradas. Pero también de diálogos, con interrogantes no explicitados como el de cuán ética e independiente es la justicia en el sistema de las democracias liberales, si sería posible que en el actual Estados Unidos pudiera darse un caso semejante a este o si se está gestando ya.

“Las niñas” que fuimos

Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

Para algunos fue el de la Olimpiadas y la Expo, pero para muchos otros fue un año sin más, marcado por la monotonía y la continuidad, en el calendario de sus vidas. Ir a clase o al trabajo, volver a casa, resolver las tareas cotidianas y llegar a final de mes teniendo siempre algo en la nevera y habiendo pagado todos los recibos. Eso es lo que ocurre en el hogar que forman Celia y su madre. Hasta el día en que esta niña de once años deja de comportarse como tal y comienza a interrogarse sobre asuntos nunca antes hablados (quién es su padre), pone en duda las que tenía asumidas (el poder de Cristo), coquetea con hábitos ignorados hasta entonces (los chicos, el tabaco, el alcohol) y se plantea es su sitio en el mundo.  

Asuntos con los que Pilar Palomero ha articulado un guión que nos muestra cómo se materializan esos pasos adelante en los que el pasado comienza a desdibujarse y surge la nebulosa de lo que supone y exige el futuro sin tener habilidades, conocimientos ni experiencia para hacerle frente. Un fresco biográfico que consigue con la tranquilidad, la paz y el saber estar de aquel para quien es más importante el fondo que la forma, de quien respeta la intimidad de los demás.

Su narración es la de un testigo cauto y perspicaz, que no se entromete ni se proyecta (aunque Pilar haya partido de su propia biografía), sino que convierte cada plano y secuencia en un medio para hacernos llegar lo que piensan y sienten sus personajes. La información que estos verbalizan es la justa y necesaria, la suficiente para descifrarles, sobre todo cuando se refiere al ambiente lúdico y estudiantil. Pero la que transmiten sus miradas es un manantial emocional que va más allá de lo circunstancial para situarnos en lo importante, en qué une y separa a Celia con su madre, sus amigas y su entorno escolar -un colegio religioso exclusivamente femenino-, y cómo se podrían solventar esas distancias.

Tres planos en los que la recreación de la realidad de hace casi tres décadas está perfectamente imbricada en esta ficción que revela los prejuicios de una sociedad que quería ser moderna -se hablaba de sexo, preservativos y sida- pero tenía aún un importante lastre nacionalcatólico que sacudirse. Un ambiente de opresión al que algunas jóvenes, bien impulsadas por su conciencia, bien por su confianza en sí mismas, le plantaban cara y no se dejaban amedrentar por sus exigencias ni por sus amenazas en forma de señalamiento a través del insulto o de expulsión del círculo social fuera de clase o, incluso, del apellido familiar.

Una historia plasmada en la pantalla con una fotografía evocadora del tono mate de las imágenes impresas de aquel tiempo que guardamos en cajones y álbumes, y unos encuadres de gran emotividad para trasladar la subjetividad de lo que se está mostrando. Los crucifijos y uniformes, la olla express, la vajilla de cerámica, Rafaella Carrà en la televisión… recursos que envuelven y amplifican las miradas, poses y actitudes de Las niñas. Una coralidad en la que la joven Andrea Fandos se compenetra como uña y carne con Natalia de Molina para contarnos como se formaron y educaron toda una generación de niñas, mujeres hoy, que siguen luchando para consolidar lo que comenzaron a conseguir entonces.

“Tenet”, vuelta de tuerca al tiempo

Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

¿Qué está pasando exactamente? Es la pregunta que te haces una y otra vez durante las dos horas y media de proyección. Tantas que cada vez que crees haber dado con la respuesta, tu hipótesis queda desbaratada por lo que ves a continuación o a que ni siquiera llegues a formularla por lo alucinado que estás. Tenet también podría haberse titulado “adrenalina”, o cualquier otra hormona que segreguemos en situaciones de máxima tensión y actividad neuronal.

No esperes acoplarte mentalmente al protagonista y liderar a rebufo de él la situación, disponiendo qué pasos ha de dar para completar la información que le falta y salvar los obstáculos que le surgen por el camino hasta concluir la misión que tiene encomendada. John David Washington no es James Bond y sus andanzas son muy diferentes a las de Tom Cruise, no solo ha de hacer frente a lo que está ocurriendo sino que, de manera simultánea, pero sin margen para la reflexión -y mucho menos para el error-, también ha de entender qué sucede y dilucidar cómo actuar.

Un guión lleno de lagunas minadas, ¿para quién trabaja este supuesto agente especial?, ¿qué historial, acreditación o tutelaje le avala? Thriller e intriga combinados con ciencia-ficción, género que entra en Tenet más visual que argumentalmente, y sin escenografía ad hoc, lo que hace su trama aún más escurridiza y difícil de comprender para nuestro pensamiento racional.

La clave para disfrutarla está en vivirla, en dejarse llevar por las emociones que provoca. La tensión, la alerta, el movimiento, el dinamismo, la velocidad. El binomio acción y reacción convertido en un bucle que se retroalimenta, en la elipsis que simboliza el infinito, en un principio que es también continuidad y vuelta y, por tanto, duda de si fue pasado o si es repetición, reescritura o reinterpretación. Y en ese caso, qué los une y relaciona, en qué se basa su continuidad y cómo interfiere el antes sobre el después y el futuro sobre el pasado que es nuestro presente.

Relaciones temporales convertidas en juegos de lógica, pero que cuando pasan de la linealidad de lo escrito a la supuesta tridimensionalidad de lo audiovisual y se enmarcan en tesituras de servicios secretos, traficantes de armamento, equilibrios geopolíticos -y hasta con una insinuación de triángulo amoroso- se convierte en un soberbio galimatías que Nolan monta con un inteligente y minucioso manejo de cada uno de los elementos técnicos y artísticos que construyen una película -fotografía, sonido, efectos visuales, montaje, banda sonora…-.

En algún punto en concreto de esa construcción está la puerta de entrada a la propuesta de Tenet. No dar con ella frustrará a muchos. Verte de repente entre uno y otro lado, sin saber qué lo ha hecho posible, pero disfrutando sin más de ello, hará que goces de un viaje y una experiencia que tan pronto acabe estarás deseando volver a vivir.