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“A quick nut bread to make your mouth water” de William M. Hoffman

Los pasos a seguir para hacer un pan de nueces que nos haga la boca agua son los mismos que pautan esta obra para llevarnos por un camino absolutamente emocional. Sus tres protagonistas se ofrecen a trasladarnos a los lugares que seamos capaces de descubrir dentro de nosotros mismos. Una psicodelia hippie marcada por el ánimo rompedor de las convenciones formales de finales de los años 60.

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He intentado dar dos lecturas completas a esta obra y en ambas ocasiones he sido incapaz de mantener de manera prolongada mi atención sobre sus páginas. Mi mente escapaba de las palabras escritas en una mezcla de estupor y evasión que me hacía plantearme si es que la propuesta de Hoffman no me enganchaba, no me gustaba o estaba generando en mí una incomodidad deliberadamente intencionada por su parte.

A quick nut bread no está planteada para que su representación le sea fiel, sino que –tal y como explica su autor en su prólogo, publicado en 1969- su propuesta ha de ser tomada como un punto de partida a partir del cual crear una puesta en escena totalmente improvisada. Tanto en cuestiones de fondo, intervenciones musicales en directo o grabadas, como en aquellos pasajes en que sus diálogos entran en bucles de obsesiva repetición, adoptando incluso la forma de mantras sánscritos. Únase a esto el estupor que generan los saltos argumentales que dan las conversaciones de sus personajes, destrozando completamente cualquier intento de crear y transmitir una línea narrativa.

Dos hombres y una mujer que parecen estar realizando no se sabe si un ejercicio de síntesis pop, quizás de experimentación LSD, o puede que un juego de ruptura con lo lógico-mental que nos estructura como individuos y nos permite relacionarnos como miembros de un grupo social. En cualquier caso, algo a lo que no estamos habituados y que nos exige ser capaz de dejarnos llevar, liberarnos de nosotros mismos para comprobar y experimentar las sensaciones a las que nos traslada.

Algo más fácil de lograr en una función en vivo que a través del texto. La primera puede conseguirlo gracias al sentido de la vista y del oído y del reflejo que ambos sean capaces de causar en nuestra piel, del poder de persuasión y la evocación que genere su montaje. Pero frente a las palabras, sin ningún intermediario entre ambos, A quick nut bread to make your mouth water es árida, resulta ardua, más que hacerte la boca agua, te deja la garganta seca y casi muerto de sed.

Amor, sexo, afecto, violencia, religión y espiritualidad se combinan en una sucesión de automatismos, absurdos, surrealismos y aparentes incoherencias cuyo fin real es el de desorientarnos para trasladarnos a un lugar interior que no se puede identificar con unas coordenadas concretas, sino más bien por la ausencia de estas, de cualquier conexión con nuestra realidad. Un estado emocional seguro que diferente en cada lector o espectador, pero que a mí me resulta desagradablemente inquietante, alienante incluso, nada motivador por su falta de paz y equilibrio.

A quick nut bread to make your mouth water, William M. Hoffman, 1969, The Old Reliable Press.

“Identidad borrada” de Garrard Conley

Tras su apariencia de unas memorias, del relato de una experiencia personal, se esconde una historia relatada con una desnudez que hace que lo humano y lo afectivo primen sobre el mecanismo destructor del fanatismo religioso. Una prosa exquisita que combina con inteligencia las dimensiones interior, familiar y social de su autor en un viaje muy bien estructurado entre las experiencias y momentos de su vida que comparte con nosotros.

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Cuando llegas al final de Identidad borrada te quedas con tres sensaciones en el cuerpo. Indignación, enfado e ira por todo lo que Conley tuvo que pasar en el programa Love in Action, en el que le prometían curarse de su homosexualidad para volver a ser el heterosexual que Dios esperaba de él. Dolor, pena y vacío al sentir que su cuerpo, su mente, su deseo y su corazón iban en dirección contraria a todo lo que su entorno le decía y establecía como pautas de vida, de comportamiento y de relación. Y ternura y afecto, amor incluso, por su intento desesperado de conjugar la lealtad consigo mismo con la fidelidad a los suyos y de mantener por encima de todo la relación con sus padres.

Aquellos que busquen en sus páginas un relato sobre la irracionalidad del dogmatismo de los fundamentalistas o de que la defensa de la diversidad sexual está íntimamente ligada a la de los derechos humanos, este no es su título. Lo que Garrard ofrece es algo más hondo y profundo.

Lo suyo es un testimonio de lo que supone descubrir a principios de los 2000 en una pequeña comunidad del sur de EE.UU. que no eres quien creías ser.  El vacío que se abre dentro de ti cuando comienza a revelarse una persona que se niega a seguir el dictado de lo que tus padres y el círculo social que compartes con ellos (la escuela, la iglesia) te han marcado desde siempre. El desconcierto que te provoca ese alguien que está en tu interior y que te resulta ajeno y atractivo a la par. Y el cisma que se abre entre tu mundo y tú cuando esa diferencia se manifiesta y los que te rodean la tildan como algo maligno, satánico, fuente de pecado y desgracia, y actúan con vergüenza, silencio y rechazo, llegando incluso al odio y la ira.

Una complejidad a la que Conley Garrard le pone palabras en un discurso redactado con sosiego, pero sin dejar por ello de manifestar los mecanismos y las consecuencias que le provocaban el estadio casi perpetuo de angustia y ansiedad en el que poco a poco se fue convirtiendo su adolescencia. Una prosa que se mimetiza con su estado anímico, con la que nos traslada hasta la oscuridad en la que se encontraba sumido, haciendo allí frente a lo desconocido para entenderse y conocerse tanto a sí mismo como al mundo en el que vivía y así intentar posicionarse y proyectarse en un futuro entonces inimaginable.

Su narración no va directamente a las conclusiones, sino que bucea en los contenidos y métodos supuestamente pedagógicos de la terapia a la que acudió para dejar de ser gay y en los principios y modos educativos y afectivos de sus padres, un aspirante a predicador baptista y un ama de casa. Planos de una realidad individual, pero mucho más común de lo que nos creemos, perfectamente expuestos que nos hacen comprender y sentir el daño que tanto sobre sí mismo como en su relación (amistosa, afectiva o sexual) con el mundo le causaron el maltrato psicológico y físico que siempre acompañan a la homofobia.

A las tres sensaciones antes referidas, al final de la lectura de Identidad borrada se le unen dos deseos. Uno más ligero, que la adaptación cinematográfica que se ha rodado con Lucas Hedges, Nicole Kidman y Russell Crowe esté a su altura, y uno más serio, que llegue el día en que historias como esta dejen de ser posibles.

Identidad borrada, Garrard Conley, 2019, Editorial Dos Bigotes.

“El idiota” de Vera y Dostoievski

Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

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Hay algo que hace muy especial este montaje de Gerardo Vera. La escena está sólidamente construida a todos los niveles, cada elemento está concebido y trabajado como si fuera el único y tuviera que destacar por encima de todo. Pero cuando escenografía, proyecciones, vestuario, luces, sonido y música se unen a las interpretaciones y el movimiento de los actores sobre las tablas, cumplen estrictamente su función. Resultan excelentes pero dejan que el protagonismo recaiga sobre lo que provocan las andanzas, la personalidad –orgulloso, tozudo e inocente a partes iguales- y el casi siempre imprevisible comportamiento del príncipe Myshkin sobre los que le rodean a su vuelta de Suiza tras pasar una temporada en un internado por problemas médicos.

Así, cuando el escenario abre su acción, atmósfera y emociones hacia el patio de butacas, la sala principal del Teatro María Guerrero se llena de una magnífica sensación, cuanto sucede es producto del libre albedrío del destino y no una ficción literaria. Una fantasía concebida por Dostoievski que se inicia con un protagonista que acude a San Petersburgo en busca de una prima lejana. Allí, el joven huérfano toma contacto con su familia y con aquellos con los que estos se relacionan. Un pequeño universo en el que le llaman especialmente la atención dos mujeres, Alexandra –hija de sus primos- y Anastasia –la prometida de Ganya, el asistente de su familiar, general del ejército ruso-.

La adaptación teatral de José Luis Collado de la novela publicada entre 1868 y 1869 muestra un doble frente. De un lado el de la atracción que confluye en el amor y los síes y los noes sin puntos intermedios del destronado Myshkin. Del otro, aquel contra el que estos chocan continuamente, una sociedad en la que los hombres se mueven por intereses económicos y el ejercicio del poder, y las mujeres por mantener o mejorar su posición social a cambio de seguir unas normas sociales y unos códigos estéticos. Ambiciones desmedidas y rigideces conductuales que generan conflictos y dramas en un ambiente imperial de aire francés en el que los exteriores se combinan con los interiores gracias al acertado manejo de las proyecciones y las transparencias, y los motores hacen subir y bajar escenarios que nos llevan de lugares suntuosos a residencias humildes.

Pero lo mejor de todo es la batuta que marca, además de la música y de los efectos de sonido,  el tono y el ritmo de la narración, el devenir de las personas que habitan El idiota. Y quienes la manejan bajo la muy eficaz dirección de Vera, son sus intérpretes, destacando entre todos ellos los que encarnan a Myshkin y Anastasia. Fernando Gil realiza un trabajo soberbio a nivel verbal, gestual y corporal, haciendo que su personaje sea único y se gane la atención del público por el encanto y atractivo personal que imprime a su personaje. Marta Poveda, en cambio, actúa como un instrumento de percusión, golpea el aire con su presencia haciendo que cuanto la rodea se amolde a la vibración de su presencia y al eco de su recuerdo cuando no está en escena.

El idiota, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

Emocionante “Tierra de Dios”

Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

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Por su título en español podría parecer que esta es una película en la que la religión tiene algo que ver. Nada más alejado de la realidad, God’s own country es ese territorio en el que las relaciones humanas se basan en el afecto, la cercanía y la empatía y donde no tienen cabida los prejuicios, el egoísmo o los fines individuales. Pero este no es un lugar que se pueda delimitar con unas coordenadas geográficas, no es necesario viajar para llegar a él. Basta con actuar con consideración, con cariño y con respeto por los demás para verse habitándolo. Uno de sus residentes es el rumano Gheorge, un joven apuesto que acude hasta la campiña de Yorkshire buscando una oportunidad laboral en sus granjas. Allí comienza a trabajar con Johnny, alguien que está en una dimensión interior completamente opuesta.

Hasta aquí un guión muy bien definido que comienza a crear un relato cuyo ritmo visual es el del tranquilo, pero potente, latido del corazón de sus personajes. A partir de este momento un trabajo de dirección que imprime en los espectadores de Tierra de Dios la actitud que sus protagonistas tienen hacia lo que les sucede, la sensibilidad con la que fluyen con la vida, la robustez para no dejarse avasallar por lo no deseado, la resistencia ante los obstáculos y la aridez de quien se niega a aceptar su incapacidad.

Sin embargo, lo que inicialmente parece ser diferente y opuesto resulta ser complementario, tal y como sucede entre Gheorge y Johnny. El rechazo y la rabia que el segundo vierte sobre el primero no son más que una proyección de su incapacidad de aceptar y tolerar sus frustraciones, siendo una de ellas la de manifestar su deseo de amar y ser amado, gozar y ser gozado en lugar de comportarse como un autómata sexual que nunca acaricia, besa o abraza. Hasta que un día comienzan a compartir horas en una soledad alejada de toda comodidad que arrasa con los límites y barreras que pudiera haber entre ellos. La mano tendida del recién llegado da rienda suelta en el prisionero de sus coordenadas familiares a un torrente de sensaciones y respuestas nunca antes conocidas que irá tomando forma a medida que cree y encuentre su cauce.

Entonces la cinta de Francis Lee alcanza una nueva dimensión. El valle rocoso de la tensión del choque de personalidades inicial desemboca en una llanura en la que con un tempo espontáneo y producto de su presente, comienza a explorarse lo que sucede cuando ambas se abren, se muestran y se comparten recíprocamente en un carpe diem que no excluye, pero que no se plantea el destino al que ese viaje les llevará. El resultado es una película más profunda, valiente, íntima y sensible, resultando más certera y auténtica, única.

Algo que es labor también, sin duda alguna, de su pareja protagonista, la viva encarnación de lo que dicen que en ocasiones es el amor, atracción invisible, química. Eso es lo que transmiten y derrochan Josh O´Connor y Alec Secareanu incluso cuando no están juntos, cuando no comparten plano se puede llegar a sentir en la piel como a cada uno de ellos le falta el otro. Ese es el espíritu de Tierra de Dios, tanto del concepto como de esta versión cinematográfica del mismo.

Las “Bodas de sangre” de Lorca y Messiez

El verbo hecho carne. Que los diálogos y la poesía de Lorca no sean solo palabras sino también cuerpos que escupen escultóricamente el escenario con su presencia y lo modifican y llenan con el ritmo y la cadencia de sus movimientos y voces. Esta es la inteligente y arriesgada puesta en escena de Pablo Messiez que hace de Federico, sin alterar su forma y esencia, algo moderno y actual demostrando la fuerza y capacidad de ambos y la vigencia y universalidad del granadino.

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La luz del escenario del Teatro María Guerreo es cegadora. Arranca la función con una fuerza lumínica que deja claro que la escenografía de estas Bodas de sangre desempeña un papel más expresivo que costumbrista, es una atmósfera que sugiere, más que un contenedor necesario. Messiez no nos va a proponer un juego de oscuridades y sombras para mostrarnos la fuerza de las pulsiones y la irracionalidad de la pasión -ya sean una y otra producto del sexo, del corazón o de ambas a la vez- sino que todo ello va a ser bien visible y a estar siempre muy presente. El minimalismo blanco lo desnuda todo, los móviles recuerdan la pictórica abstracción espiritual de Mark Rothko y las brumosas atmósferas al óleo de Carmen Laffon, y el bosque de espejos intenciona amplificar la solemnidad, desnudez e intimidad romántica de la noche.

Cada línea de Federico es una sentencia que aúna antropología, etnografía y sociología de un tiempo que ya pasó, pero también de una cultura anterior y posterior a nosotros, de venganzas, vecindades, rencores y deseo de pasar página de la que sabemos que somos hijos, continuadores y responsables de su continua actualización y revitalización.

El director lo sabe y por eso ha sabido encajar en este banquete la modernidad de los tacones, los tejidos de raso, los colores chillones y las transparencias con una selección musical –flamenco, copla con aire pop o canción ligera italiana- que es la mejor alegoría de lo que es ser llevado por algo que no sabes definir, pero que pone en marcha el sinfín de tus emociones sin ser capaz de describir cómo o de dónde surgen, la pauta que siguen y el ritmo que las encadena.

Estas Bodas de sangre se han quitado el calificativo de obra maestra y han transformado su misticismo literario en una materialidad corpórea y carnal llena de una sensualidad sin remilgos sexuales. Las madres, los padres y los hijos, los esposos, los amigos y los amantes se sienten y se comunican no solo con las palabras y las miradas, sino también a través del tacto, de abrazos llenos de cariño y afecto y besos hambrientos y devoradores. Lenguaje actual que aleja a Lorca de la pátina conservadora de los que le referencian como un altavoz de la tradición y le convierten en aquello que derraman sus textos, en un elocuente y preciso altavoz, sin represión ni censura, de todo eso que en nuestros cuerpos toma forma entre la garganta y la pelvis pasando por el estómago y el corazón.

De ahí es de donde brotan las lágrimas, las risas, los gemidos, los llantos y los lamentos que se escuchan en este montaje lorquiano.

Bodas de sangre, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“Camino de plata” de Ana Diosdado

Dos mujeres y un hombre son suficientes para repasar las limitaciones que nos ponemos a nosotros mismos para hacer del tener vidas plenas y felices algo difícil. Diálogos ágiles con personajes cercanos que hacen de esta obra una entretenida lectura y un buen material para una solvente representación.

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Paula llega a la consulta de un psiquiatra, Fernando, por petición de su hasta ahora marido, quien le ha pedido el divorcio y cree que la ayuda profesional le facilitará dar los pasos necesarios hacia la aceptación de su nuevo estado civil. Por su parte, el susodicho colegiado inicia hoy nueva etapa en su consulta, la parte formal de una vida que alterna entre ratos de ocio con amigos y de entretenimiento con mujeres varias. La tercera en cuestión es Mari Carmen, la secretaria y asistente del doctor, una chica joven –a diferencia de los otros dos, personas de media edad- cuya aspiración en la vida es disponer de suficientes recursos económicos para poder independizarse con su novio.

El paso de todos ellos por la escena psiquiátrica –escenario único, lo que facilitaría la puesta en escena de este texto- les pone en contacto uniendo sus caminos en combinaciones que comienzan como paciente-doctor, empleador-empleada y cliente-asistente y evolucionan pasando por estadios como los de amistad, afecto y amor. De por medio una Paula visceral, llena de miedo, desubicada en la vida por un status familiar como madre y como mujer que parece haber llegado a su fin. Enfrente un hombre racional y profundamente analítico, muy práctico y pragmático, pero con un ácido sentido del humor y una fina ironía sin pelos en la lengua. Y junto a ellos la juventud e inocencia de finales de los 80 del extrarradio de Madrid, que acepta con resignación convivir con la delincuencia y las drogas que habitan sus calles.

Los diálogos escritos por Ana Diosdado son rápidos y ágiles. Cada frase y sentencia encaja perfectamente con la anterior y la posterior en un ritmo constante en el que no hay altibajos. Pero para que las piezas encajen de esta manera se fuerzan algunas cuestiones en los personajes. Por un lado, un psiquiatra que no siempre practica toda la empatía que se podría esperar de un profesional de su especialidad. Y por el otro, mujeres que caen en el convencionalismo de hacer de los hombres y de las relaciones de pareja el elemento principal de sus existencias. Quizás no sean más que rasgos sociológicos del momento en que se escribió esta obra, 1990, que choquen desde hoy, pero dejan en el recuerdo de su lectura una sensación de tópico

Continuando en esta línea, resultan curiosas las anotaciones como las relativas al personaje cuya vida en un determinado momento gira en torno a las horas en que se emiten la noticias por televisión y de las que no puede perderse ni un segundo. ¿Cómo se adaptaría “Camino de plata” al mundo actual donde la información es accesible 24 horas al día por algo tan pequeño, personal e individual como un teléfono móvil?

En cualquier caso, una buena disculpa para recordar a esta gran dramaturga recientemente fallecida, de cuya mano salieron libretos que, como este, pueden suponer para actores con tablas y recursos una oportunidad para su despliegue interpretativo, así como una ocasión de deleite, sonrisas y buen humor para el público asistente a su representación.