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“El director” de David Jiménez

No cuenta nada que no hubiéramos imaginado ya, pero dar el paso de poner en negro sobre blanco en primera persona las oscuras relaciones entre el poder político y económico con una de las principales cabeceras de nuestro país, revela que el asunto no es tan liviano como podría parecer. Una lectura entretenida plagada de anécdotas que muestran las arenas movedizas formadas por el triángulo ética, libertad de información e intereses propios.

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El 30 de abril de 2015 David Jiménez era nombrado director de El Mundo. Apenas un año después, el 25 de mayo de 2016, fue destituido. ¿Qué pasó en esos casi trece meses? La respuesta de la empresa editora es que la gestión de su cabecera más preciada necesitaba un golpe de timón. La réplica de Jiménez es El director. Una combinación entre ensayo y diario en el que en distintos episodios cuenta el propósito con el que entró en su despacho el primer día, lo que vivió y conoció en las idas y venidas entre el suyo y los muchos -tanto externos como internos- que visitó posteriormente, y cómo se fraguó su salida del periódico en el que había trabajado desde 1994 al no cumplir el papel oculto que, a su juicio, se esperaba de él.

En estas memorias que van de la ilusión casi naif por el periodismo a la incompatibilidad con las maquinaciones junto a la máquina del café, queda claro un mensaje que la mayoría de las empresas editoras parecen no haber aprendido aún. La digitalización ha llegado para quedarse y aunque el papel seguirá existiendo, éste ya no será el único formato de aquellos diarios que quieran, además de continuar existiendo, ser influyentes. La información ha de trabajarse y ofrecerse de otra forma, y la manera de monetizarla no puede ser únicamente vendiendo ejemplares impresos en los que columnas, artículos y reportajes se alternan con inserciones publicitarias. Quien no lo entienda así desaparecerá, de manera estrepitosa o en una lenta agonía dejándose por el camino -mediante EREs, refinanciaciones y reestructuraciones- su prestigio, la dignidad de sus directivos y el talento de muchos de sus trabajadores.

Cuando le ofrecieron el cargo, David se propuso no solo evitar que le sucediera eso a El Mundo, sino convertirlo en un líder digital en términos de audiencia, repercusión y rentabilidad. A priori contaba con el apoyo de la empresa editora, nadie le dijo que no a sus ideas y propuestas. Pero poco a poco la realidad -tanto sus superiores como buena parte de los integrantes de la redacción a cuyo frente había sido colocado- fue mostrándose nada dispuesta a la innovación tecnológica, los cambios organizativos, el reciclaje profesional y la convivencia con nuevos perfiles de periodistas.

Súmese a esto las malas prácticas en lo relativo a la objetividad y el ejercicio de la independencia que se le supone al cuarto poder. El deseo de formar parte de la élite del poder ha hecho que muchos periodistas se vean más motivados por el culto a su vanidad que por la búsqueda de la verdad. Y como gota que colma el vaso, desde 2007, la mala situación económica de la empresa, haciéndola dependiente de las inyecciones financieras de empresas y administraciones públicas en forma de patrocinios y campañas de publicidad. Una tormenta perfecta que ha traído consigo una espiral de menos ventas, reducción de ingresos, repercusión puesta en duda e influencia a la baja que amenaza tanto la viabilidad presente como futura del sector.

Un relato más cercano en su forma al reportaje periodístico que al ejercicio literario. Una narración animada gracias a los nombres de todos los ámbitos (político y económico especialmente), seudónimos de colegas fáciles de identificar, encuentros, situaciones y referencias que ejemplifican las situaciones con las que El Director comparte con sus lectores su experiencia y vivencia de las cocinas del periodismo de nuestro país.

El Director, David Jiménez, 2019, Libros del K.O.

“El último año en Hipona” de Roberto Carrasco

Una novela corta sobre esos años en los que no tener una genética acorde con lo que dictaban las leyes se llegaba a pagar con la propia vida. Un relato sobre cómo hoy en día se niega la necesidad de revisar aquellos tiempos violentos para devolver la dignidad a los que fueron maltratados física y psicológicamente. Un escritor que sabe cómo contar la historia que tiene en mente y que demuestra habilidades para seguir creciendo en su carrera literaria.

ElUltimoAñoEnHipona

Desde 1936 hasta 1975 el gobierno dictatorial de nuestro país y la institución de la Iglesia Católica se apoyaron mutuamente para mantenerse como actores únicos en la cúspide del poder. Para justificar y sostener su supremacía se inventaron un repertorio de características individuales, como las opiniones políticas o la orientación sexual, que debían cumplir todos los ciudadanos para mantener la salvaguarda espiritual del régimen, obligándoles a denunciar a aquellos que no escenificaran dichos, mal llamados, valores. Rojos y homosexuales vieron, no solo como eran perseguidos policialmente, sino también castigados penalmente y arrinconados socialmente.

El colectivo LGTB sufrió toda clase de vejaciones no solo para ser silenciados, sino también para intentar dar explicación científica –y por tanto, encontrar remedio- al porqué de su ser contra natura. El último año en Hipona es una ficción que nos traslada hasta un colegio en el que eran internados niños y jóvenes que apuntaban determinadas maneras y para lo cual seguían un programa educativo integral que tenía como fin su reinserción social. Sin embargo, no todo era conforme a un guión establecido, este tenía vacíos, tiempos y espacios en los que los menores eran sometidos a la libre y brutal voluntad de aquellos que les gobernaban en esa pequeña isla correctiva alejada de toda población.

El otro hilo argumental construido por Roberto Carrasco es el hoy desde el que se contemplan aquellos hechos. Una actualidad en la que la capacidad para dar a conocer la realidad de tiempos pasados reside en gran medida, tal y como nos muestra, en unos medios de comunicación que no tienen como fin el compromiso ético con la objetividad, sino el uso de la información para conseguir beneficio económico y ejercer una interesada influencia política y social.

En ese ir y venir entre dos tiempos históricos, Carrasco se abre en otros tantos registros narrativos en los que se desenvuelve de manera eficaz. En Hipona construye un relato entretenido, completamente juvenil, desde el punto de vista de sus protagonistas, lleno de la inocencia, sorpresa y asombro que a esas edades tiene el descubrimiento de cuestiones a las que se llega antes por el impulso hormonal que mediante la toma de conciencia. Un tiempo de crecimiento personal que contrasta con el miedo y la incertidumbre generada al conocer y vivir en carne propia realidades humanas tan animales y salvajes como crueles.

En la parte adulta de su novela, a la que dedica su segunda mitad y de la que ya ha intercalado breve episodios en la primera, su prosa se hace más sosegada y serena. Deja a un lado los golpes de efecto y los giros argumentales para dar voz a aquellos niños de entonces convertidos en adultos. Personas con una parte de sí mismos tan herida y dolida que, en algunos casos, su muerte no acaba solo con ellos, sino que se extiende más allá y marchita y apaga también a su entorno. En estas páginas la lectura se hace estimulante, por su acierto en la descripción de motivaciones y sensaciones, y apasionante por su capacidad para plasmar de manera eficaz una realidad compleja que no solo es cuestión de las personas a las que afectó. Episodios de una guerra interminable, como diría Almudena Grandes, que forman parte de nuestra historia más reciente, queramos o no verlo y hacerle frente para poner en negro sobre blanco lo ocurrido y, al menos, darle nombre y dignidad a sus víctimas.