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“Albert’s bridge” de Tom Stoppard

Concebida originalmente como una pieza radiofónica estrenada por la BBC en 1967, tras la aparente ingenuidad y lógica conductual de su protagonista, su argumento destila una importante crítica social. Una fábula que sigue siendo válida para nuestro tiempo.

Tom Stoppard no es un autor de digestión fácil. No es amigo de presentaciones explicativas ni de introducciones circunstanciales. Entra sin preámbulos en sus historias, de manera que siempre vamos un paso por detrás de sus intenciones. El desconcierto, la incertidumbre y la sorpresa forman parte del proceso y la experiencia de ser su espectador y lector. Su propuesta no está solo en lo que se ve y escucha, sino en lo que se intuye, deduce y percibe. Exige que estemos tanto en lo presente como en lo ambiental y lo psicológico.

Albert’s bridge comienza con cuatro operarios terminando de pintar la estructura metálica de semejante infraestructura situada en una ciudad británica, nunca nombrada pero sí descrita como gran urbe. Acto seguido asistimos a una reunión de la empresa gestora en la que se aprueban los planes para continuar el mantenimiento de este trabajo, mas reduciendo costes, lo que implica mantener un único trabajador. El conflicto surge porque el contratado para esta tarea es Albert, el hijo del propietario de dicha compañía, y a su vez alguien licenciado en filosofía y sin ambición material alguna. Un hombre que, a la par, deja embarazada a la asistenta que sus padres tienen como interna, relación que fructifica en su convivencia en coordenadas modestas.

En este cruce de asuntos varios es donde Stoppard lanza sus interrogantes, comenzando por la filosofía. ¿Para qué vale? ¿Quién se dedica a ella y qué aporta? ¿Tiene algo que hacer frente al materialismo sin fin de nuestra sociedad? También ahonda en el asunto del trabajo. ¿En qué medida nos dignifica? ¿Qué papel juegan en su obtención y mantenimiento los méritos, la dedicación y los resultados? Igualmente, le dedica espacio al capitalismo y su exclusivo propósito de maximizar las cifras en el corto plazo, resultados con los que alimentar el ego y la megalomanía de sus primeras figuras. Por último, y de manera complementaria, refleja las distancias en el comportamiento y las aspiraciones entre quienes tienen de sobra y quienes apenas disponen de lo justo.

Se nota que Albert’s bridge está concebida originalmente para la radio por la sencillez con que están planteadas cada una de sus escenas. Su fuerza recae en los diálogos y el modo en que su progresión nos da las claves que necesitamos para situarnos en su existencialismo. Algo a lo que ayudan las referencias musicales -una canción popular versionada a capela y una marcha militar a sonar según sus indicaciones- y algunos parlamentos concebidos como cortos monólogos shakespearianos, algo en lo que Stoppard se mostró hábil en su obra anterior, Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1967) a partir de dos personajes de Hamlet, pero sin zambullirse en el absurdo con el que jugaría en la siguiente, Jumpers (1972).

De mar de fondo el mito de Sísifo, personaje mitológico condenado a empujar cuesta arriba una piedra que al llegar a la cima caía una y otra vez. Algo similar a lo que en nuestro tiempo se ha convertido el trabajo seriado para muchas personas, lo que hace de Albert -con su formación, sus posibilidades y su afabilidad- alguien enigmático y un espejo en el que jugar o probar a mirarnos.

Albert’s bridge, Tom Stoppard, 1969, Faber Books.

“Los rotos. Las costuras abiertas de la clase obrera” de Antonio Maestre

Ensayo que explica los frentes en los que se manifiesta actualmente la opresión del capitalismo sobre quienes trabajan bajo sus parámetros. Texto dirigido a quienes ya se sienten parte del proletariado, para que tomen conciencia de su situación, pero también a aquellos que no entienden por qué parte de sus miembros le han dado la espalda a sus circunstancias y abrazado opciones políticas contrarias a sus intereses.

Antonio Maestre (Getafe, 1979) parte en su exposición de sí mismo. De lo que ha vivido en primera persona, de lo que ha sido testigo en su casa y de lo que ha conocido a través de sus amigos, vecinos y compañeros de aula desde que fuera un niño en Fuenlabrada hasta que se convirtió en un universitario en Madrid. Complementado con las diversas actividades que ha realizado a lo largo de su vida laboral, las de más joven para colaborar con la economía familiar, las de más adulto ligadas a su vocación investigadora y periodística. Su biografía es un claro ejemplo de un niño y un adulto de clase obrera. De los muchos que en este país hemos crecido en hogares que se mantenían al albur de la nómina del cabeza de familia y del trabajo no remunerado de nuestras madres, situación que ahora reproducimos dependiendo única y exclusivamente de los ingresos que obtenemos con nuestro trabajo diario.

Los rotos expone cómo las coordenadas de hoy ya no son como las de la segunda mitad del siglo XX, las de grandes empresas industriales y convenios colectivos que definían la relación entre el capital y los trabajadores. El neoliberalismo económico y político dinamitó la fuerza de la cohesión del grupo y estableció que las relaciones fueran individuales bajo premisas como la de la movilidad, la meritocracia y la ambición de una carrera profesional. Se nos hizo responsables de nuestro destino fomentando una competitividad que tenía por objeto dividir y confrontar, de hacernos sentir que si no lo lográbamos era porque no somos capaces, y de que quien lo ha conseguido ha sido a nuestra costa y no porque le sea más barato a quien ha optado por él o ella.

Maestre desgrana cómo se ha devaluado nuestro poder adquisitivo y debilitado la educación y la sanidad pública, pilares del estado del bienestar. Es más difícil prever un futuro estable, lo que afecta a nuestra capacidad de organizarnos un proyecto de vida no solo en el plano material, sino también en el familiar y en el individual, con su consiguiente derivada anímica. De manera paralela, el poder de la imagen, el consumismo y la categorización por capacidad económica del capitalismo se ha extendido a prácticas como la gestión de recursos humanos, el diseño de moda o la micro oferta low cost de muchas empresas de servicios. El objetivo último, seguir separando, señalando y exprimiendo cuanto sea imaginable al consumidor de a pie con la promesa de sentirse distinguido, superior y diferente a aquellos que no pueden.

Cantos de sirenas que algunos de los que han gozado de estabilidad se han creído, considerándose merecedores de lo que tienen y pueden, y mejores que aquellos entre los que crecieron y se criaron. A su vez, la opresión ha situado a otros tantos de los menos beneficiados en una situación defensiva, posicionándose del lado que creen no pone en riesgo los poco que tienen (lo que ha implicado su abrazo a opciones políticas no imaginadas hasta ahora), por muy precario que sea, en lugar de situar por delante sus convicciones y necesidades.

Antonio Maestre no señala nada que no sepamos, pero por si acaso utiliza un tono vehemente que no deja pie a la duda. Complementa su visión con referentes académicos y hemeroteca (hubiera sido buena idea haber incluido ésta en la bibliografía), pero sin ánimo de construir una tesis formal basada en datos concretos. De ahí que Las costuras de la clase abierta, más que un ensayo al uso, producto de un ejercicio de investigación, resulte un ejercicio de reflexión a la manera de una extensa, pero bien razonada, planteada e hilada, columna de opinión. 

Los rotos. Las costuras abiertas de la clase obrera, Antonio Maestre, 2022, Ediciones Akal.

“Privacidad es poder” de Carissa Véliz

Hemos asumido con tanta naturalidad la perpetua interconexión en la que vivimos que no nos damos cuenta de que esta tiene un coste, estar continuamente monitorizados y permitir que haya quien nos conozca de maneras que ni nosotros mismos somos capaces de concebir. Este ensayo nos cuenta la génesis del capitalismo de la vigilancia, el nivel que ha alcanzado y las posibles maneras de ponerle coto regulatorio, empresarial y social.

El 11 de septiembre de 2001 puso sobre la mesa la necesidad de una actualización de los sistemas preventivos de seguridad para evitar atentados como los que aquel día acabaron con la vida de tres mil personas. Argumento con el que gobiernos como el de EE.UU. demandaron tener acceso a nuestros correos electrónicos, llamadas y mensajes telefónicos y cuanta transacción comercial realizáramos para, supuestamente, detectar intenciones terroristas. Al tiempo, tomaban forma compañías como Google que, tras comenzar como taxonomista de contenidos, tornó su modelo de negocio para convertirse en la mayor plataforma publicitaria del mundo y monetizar el conocimiento que obtenía de nuestros hábitos, intereses y personalidad con el uso que hacemos de su buscador.

Silicon Valley no se quedó ahí, surgieron otras empresas como Facebook y crecieron exponencialmente las maneras de obtener datos sobre nosotros. Domotizamos nuestros hogares, nos geolocalizamos a través de nuestros smartphones, compramos on line, vemos películas por streaming y manifestamos qué pensamos, gusta y desagrada a través de las redes sociales. Mientras tanto, las autoridades no hacían nada al respecto, la revolución digital era el perfecto aliado para avanzar en su propósito de controlar cuanto fuera necesario para seguir en el poder. Hasta que este tornó en su contra, como quedó demostrado en las elecciones estadounidenses de 2016, y evidenció el grave riesgo que puede suponer para la pervivencia de nuestras democracias.

En lo que respecta a nuestra cotidianidad individual, hemos comprobado cómo el progreso que conlleva esta tecnificación tiene un lado oscuro. Espían nuestras conversaciones (recuerda ese anuncio que te surgió en el navegador tras una charla informal), se nos evalúa laboral (procesos de selección) y médicamente (las compañías de seguros lo hacen) por algoritmos que tienen los mismos sesgos que las personas que quienes les programaron y se está obligando a muchas personas (he ahí los bancos con nuestros mayores) a pasar por el aro de la productividad en lugar de seguir relacionándose bajo coordenadas de diálogo, cercanía y empatía.

A pesar de todo esto, la obtención y comercio de datos sigue siendo un campo de actuación casi libre, en el que las empresas actúan impunemente por la falta de regulación y la escasa capacidad (y voluntad) de acción al respecto de las administraciones públicas. Desconocemos la exactitud de los datos que obtienen de nosotros, así como los medios que utilizan para ello, menos aún del tratamiento que hacen de los mismos, a quién se los facilitan. Lo que supone no solo un atentado a nuestra privacidad presente, sino un riesgo para nuestro futuro al no saber cómo se gestionan ni con qué fines.

Y tal y como afirma Véliz, la falta de transparencia nunca es una buena señal, no hay más que ver la creciente polarización en la que estamos sumidos y las situaciones de alto riesgo para nuestra convivencia que llevamos acumuladas en los últimos años. Por eso aboga por una regularización en la que prime la opción de ceder datos en lugar de solicitar que no se nos tomen, en la imposibilidad de poder utilizarlos para diseñar publicidad hiper personalizada, en no poder tomar más que aquellos estrictamente necesarios para fines tecnológicos y solo durante un tiempo limitado. En definitiva, hacer del mundo digital un entorno seguro en el que podamos movernos con el mismo anonimato y certezas que en el físico o presencial.

Privacidad es poder, Carissa Véliz, 2021, Editorial Debate.  

“Arte (in)útil” de Daniel Gasol

Bajo el subtítulo “Sobre cómo el capitalismo desactiva la cultura”, este ensayo expone cómo el funcionamiento del triángulo que conforman instituciones, medios de comunicación y arte es contraproducente para nuestra sociedad. En lugar de estar al servicio de la expresión, la estética y el pensamiento crítico, la creación y la creatividad han sido canibalizadas por el mecanismo de la oferta y la demanda, el espectáculo mediático y la manipulación política.

La segunda aceptación de la RAE define el término “arte” como “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. La academia no entra en si el resultado se queda en el ámbito personal del autor o si pasa a ser algo compartido y entonces conocido y, presumiblemente, divulgado y valorado. En lo que supone pasar de una dimensión a otra, de un espacio acotado y restringido a uno social y abierto a la mirada y la opinión de los otros. Sobre todo, en el caso de aquellos que pretenden ganarse la vida con lo que pintan, esculpen, escriben, diseñan o componen.

El fin monetario que esta decisión conlleva -vital para quienes no tienen otros recursos con que llegar a final de mes- hace que entre en juego el mecanismo de la promoción y lo que este trae consigo, como es acceder a las plataformas desde las que dar a conocer lo realizado, los medios de comunicación y los espacios de exhibición. Algo que pasa, necesariamente, por establecer relaciones con las personas que las gestionan o seguir los procedimientos que marcan para que consideren si lo que se les propone se ajusta no solo a sus fines comerciales, formativos e informativos, sino a algo más nuclear, si es “arte”.

Ahí es donde entra de lleno Daniel y explica, poniendo el foco en las artes plásticas, cuán viciado está cuanto rodea a esta cuestión por la mercantilización de todo impulso humano que supone el neoliberalismo. El fin del arte ya no es transmitir belleza o subjetividad, provocar o sugerir, sino que se ha convertido en un medio a través del cual imponer una visión muy concreta de nuestro tiempo. Un medio instrumentalizado tanto por quienes ejercen el poder político como por quienes determinan los mensajes de los medios de comunicación con el fin de consolidar y seguir haciendo crecer el consumismo cortoplacista y el continuo cambio en el que estamos sumidos.

Con un lenguaje académico, pero riguroso y detallista en su análisis, Gasol argumenta cómo lo vivido en las últimas décadas ha sido, más que una evolución artística, una completa intervención en los resortes del arte por parte de quienes han visto en lo creativo un medio con el que enriquecerse aún más y con el que ejercer poder a través del control social. Se ha manipulado hasta el lenguaje, estableciendo categorías como la de arte emergente como etiqueta de lo que se supone actual e innovador, cuando la realidad es que no se le da esa opción, sino que se les exige para comerciar con él.

Un reconocimiento al que se llega con un doble respaldo. Haber sido expuesto en los museos, centros, salas y galerías consideradas como certificadoras de lo que es arte, etiqueta que otorgan a través de sus criterios de programación y selección. Y haber aparecido en los medios de comunicación, altavoces que fijan su importancia y valor en términos casi exclusivamente cuantitativos, cuántos visitantes ha atraído una muestra y qué precios ha alcanzado una pieza en ferias o subastas.

Y entre un punto y otro la cohorte de figuras que ha surgido en torno a los artistas y sus obras como comisarios, críticos, periodistas, programadores y asesores, generadores de una actividad en la que se colocan como filtros con una función también mediatizadora de lo que es arte y determinadora de quién es artista. Por último, el fenómeno que han potenciado las redes sociales con el que se le hace creer a todo ciudadano no solo que él mismo es un artista, un creador, sino también un jurado que decide y valora qué es arte y qué no.   

Arte (in)útil. Sobre cómo el capitalismo desactiva la cultura, Daniel Gasol, 2021, Rayo Verde Editorial.

10 textos teatrales de 2021

Obras que ojalá vea representadas algún día. Otras que en el escenario me resultaron tan fuertes y sólidas como el papel. Títulos que saltaron al cine y adaptaciones de novelas. Personajes apasionantes y seductores, también tiernos en su pobreza y miseria. Fábulas sobre el poder político e imágenes del momento sociológico en que fueron escritas.

«The inheritance» de Matthew Lopez. Obra maestra por la sabia construcción de la personalidad y la biografía de sus personajes, el desarrollo de sus tramas, los asuntos morales y políticos que trata y su entronque de ficción y realidad. Una complejidad expuesta con una claridad de ideas que hace grande su escritura, su discurso y su objetivo de remover corazones y conciencias. Una experiencia que honra a los que nos precedieron en la lucha por los derechos del colectivo LGTB y que reflexiona sobre el hoy de nuestra sociedad.

«Angels in America» de Tony Kushner. Los 80 fueron años de una tormenta perfecta en lo social con el surgimiento y expansión del virus del VIH y la pandemia del SIDA, la acentuación de las desigualdades del estilo de vida americano impulsadas por el liberalismo de Ronald Reagan y las fisuras de un mundo comunista que se venía abajo. Marco que presiona, oprime y dificulta –a través de la homofobia, la religión y la corrupción política- las vidas y las relaciones entre los personajes neoyorquinos de esta obra maestra.

“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

«La estanquera de Vallecas» de José Luis Alonso de Santos. Un texto que resiste el paso del tiempo y perfecto para conocer a una parte de la sociedad española de los primeros años 80 del siglo pasado. Sin olvidar el drama con el que se inicia, rápidamente se convierte en una divertida comedia gracias a la claridad con que sus cinco personajes se muestran a través de sus diálogos y acciones, así como por los contrastes entre ellos. Un sainete para todos los públicos que navega entre la tragedia y nuestra tendencia nacional al esperpento.

«Juicio a una zorra» de Miguel del Arco. Su belleza fue el salvoconducto con el que Helena de Troya contó para sobrevivir en un entorno hostil, pero también la condena que hizo de ella un símbolo de lo que supone ser mujer en un mundo machista como ha sido siempre el de la cultura occidental. Un texto actual que actualiza el drama clásico convirtiéndolo en un monólogo dotado de una fuerza que va más allá de su perfecta forma literaria.

«Un hombre con suerte» de Arthur Miller. Una fábula en la que el santo Job es convertido en un joven del interior norteamericano al que le persigue su buena estrella. Siempre recompensado sin haber logrado ningún objetivo previo ni realizado hazaña audaz alguna, lo que despierta su sospecha y ansiedad sobre cuál será el precio a pagar. Una interrogación sobre la moral y los valores del sueño americano en tres actos con una estructura sencilla, pero con un buen desarrollo de tramas y un ritmo creciente generando una sólida y sostenida tensión.

“Las amistades peligrosas” de Christopher Hampton. Novela epistolar convertida en un excelente texto teatral lleno de intriga, pasión y deseo mezclado con una soberbia difícil de superar. Tramas sencillas pero llenas de fuerza y tensión por la seductora expresión y actitud de sus personajes. Arquetipos muy bien construidos y enmarcados en su contexto, pero con una violencia psicológica y falta de moral que trasciende al tiempo en que viven.

“El Rey Lear” de William Shakespeare. Tragedia intensa en la que la vida y la muerte, la lealtad y la traición, el rencor y el perdón van de la mano. Con un ritmo frenético y sin clemencia con sus personajes ni sus lectores, en la que nadie está seguro a pesar de sus poderes, honores o virtudes. No hay recoveco del alma humana en que su autor no entre para mostrar cuán contradictorias y complementarias son a la par la razón y la emoción, los deberes y los derechos naturales y adquiridos.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet. El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

«La señorita Julia» de August Strindberg. Sin filtros ni pudor, sin eufemismos ni decoro alguno. Así es como se exponen a lo largo de una noche las diferencias entre clases, así como entre hombres y mujeres, en esta conversación entre la hija de un conde y uno de los criados que trabajan en su casa. Diálogos directos, en los que se exponen los argumentos con un absoluto realismo, se da cabida al determinismo y su autor deja claro que el pietismo religioso no va con él.

10 ensayos de 2021

Reflexión, análisis y testimonio. Sobre el modo en que vivimos hoy en día, los procesos creativos de algunos autores y la conformación del panorama político y social. Premios Nobel, autores consagrados e historiadores reconocidos por todos. Títulos recientes y clásicos del pensamiento.

“La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han. ¿Somos conscientes de lo que implica este principio de actuación tanto en la esfera pública como en la privada? ¿Estamos dispuestos a asumirlo? ¿Cuáles son sus beneficios y sus riesgos?  ¿Debe tener unos límites? ¿Hemos alcanzado ya ese estadio y no somos conscientes de ello? Este breve, claro y bien expuesto ensayo disecciona nuestro actual modelo de sociedad intentando dar respuesta a estas y a otras interrogantes que debiéramos plantearnos cada día.

“Cultura, culturas y Constitución” de Jesús Prieto de Pedro. Sea como nombre o como adjetivo, en singular o en plural, este término aparece hasta catorce veces en la redacción de nuestra Carta Magna. ¿Qué significado tiene y qué hay tras cada una de esas menciones? ¿Qué papel ocupa en la Ley Fundamental de nuestro Estado de Derecho? Este bien fundamentado ensayo jurídico ayuda a entenderlo gracias a la claridad expositiva y relacional de su análisis.

“Voces de Chernóbil” de Svetlana Alexévich. El previo, el durante y las terribles consecuencias de lo que sucedió aquella madrugada del 26 de abril de 1986 ha sido analizado desde múltiples puntos de vista. Pero la mayoría de esos informes no han considerado a los millares de personas anónimas que vivían en la zona afectada, a los que trabajaron sin descanso para mitigar los efectos de la explosión. Individuos, familias y vecinos engañados, manipulados y amenazados por un sistema ideológico, político y militar que decidió que no existían.

«De qué hablo cuando hablo de correr» de Haruki Murakami. “Escritor (y corredor)” es lo que le gustaría a Murakami que dijera su epitafio cuando llegue el momento de yacer bajo él. Le definiría muy bien. Su talento para la literatura está más que demostrado en sus muchos títulos, sus logros en la segunda dedicación quedan reflejados en este. Un excelente ejercicio de reflexión en el que expone cómo escritura y deporte marcan tanto su personalidad como su biografía, dándole a ambas sentido y coherencia.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt. Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

“Identidad” de Francis Fukuyama. Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

“El ocaso de la democracia” de Anne Applebaum. La Historia no es una narración lineal como habíamos creído. Es más, puede incluso repetirse como parece que estamos viviendo. ¿Qué ha hecho que después del horror bélico de décadas atrás volvamos a escuchar discursos similares a los que precedieron a aquel desastre? Este ensayo acude a la psicología, a la constatación de la complacencia institucional y a las evidencias de manipulación orquestada para darnos respuesta.

“Guerra y paz en el siglo XXI” de Eric Hobsbawm. Nueve breves ensayos y transcripciones de conferencias datados entre los años 2000 y 2006 en los que este historiador explica cómo la transformación que el mundo inició en 1989 con la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS no estaba dando lugar a los resultados esperados. Una mirada atrás que demuestra -constatando lo sucedido desde entonces- que hay pensadores que son capaces de dilucidar, argumentar y exponer hacia dónde vamos.

“La muerte del artista” de William Deresiewicz. Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

«Algo va mal» de Tony Judt. Han pasado diez años desde que leyéramos por primera vez este análisis de la realidad social, política y económica del mundo occidental. Un diagnóstico certero de la desigualdad generada por tres décadas de un imperante y arrollador neoliberalismo y una silente y desorientada socialdemocracia. Una redacción inteligente, profunda y argumentada que advirtió sobre lo que estaba ocurriendo y dio en el blanco con sus posibles consecuencias.

“Glengarry Glen Ross” de David Mamet

El mundo de los comerciales como si fuera el foso de un coliseo en el que cada uno de ellos ha de luchar por conseguir clientes y no basta con facturar, sino que hay que ganar más que los demás y que uno mismo el día anterior. Coordenadas desbordadas por la testosterona que sudan todos los personajes y unos diálogos que les definen mucho más de lo que ellos serían capaces de decir sobre sí mismos.

Transmitimos mucho más comunicándonos sin elaborar nuestro discurso que intentando ejercer la retórica. Resultan más expresivas las interjecciones, los vocativos y los coloquialismos que las frases bien estructuradas pero pronunciadas sin alma. Eso es lo que hace que Glengarry Glen Ross funcione como un tiro de principio a fin. Todo en ella es tan primario y espontáneo que parece más una serie de transcripciones de situaciones reales que el resultado de una ficción meditada, elaborada y precisada por su autor.

Como si David Mamet se hubiera propuesto trasladarnos a la esencia, al interior de la competitividad laboral y comercial en lugar de a una recreación que disfrutar desde una prudente y cómoda distancia. No trata de que nos identifiquemos con alguno de sus personajes, sino que nos veamos envueltos, aturdidos y mareados por una atmósfera plagada de frases entrecortadas, insultos y faltas de respeto, invasiones del terreno, categorizaciones y enjuiciamientos irrespetuosos del comportamiento del otro en la que, sin embargo, ellos se mueven como pez en el agua.

Varias mesas de un restaurante chino en las tres escenas del primer acto, y una oficina patas arriba en el segundo, convertidas en espacios agobiantes. Una batalla psicológica en la que, sea como resultado de las agresiones sea del desgaste que conlleva el estado de alerta, el sufrimiento es continuo. Sobrevivir solo pasa por destruir al contrario. Acabar con sus principios y su buena fe, si hace falta, si es un cliente. Con su autoestima y su dignidad, sin dudarlo lo más mínimo, si es un compañero de trabajo.

La competición por el dinero es una ruleta rusa. Las cifras se mueven de un sitio a otro, pero las reglas no son fijas, y el que no sea capaz de hacerse con él no solo sale de la empresa sino que corre el riesgo de quedar fuera de la sociedad, sin posibilidad de costearse una vivienda o de pagarle los estudios a sus hijos. Teniendo en cuenta esto, ¿a qué responde tanta visceralidad? ¿Es pura agresividad? ¿O es en defensa propia? Los protagonistas de esta función, ¿son animales dispuestos a darlo todo por la victoria o son marionetas del capitalismo más despiadado?

Mamet es un genio en el uso del elemento del elemento nuclear del lenguaje teatral, la palabra. He ahí su anterior American Buffalo (1975) o su posterior Oleanna (1992). Les extrae todo su potencial enunciativo y expresivo, y construye a partir de su unión y contraste atmósferas y personalidades que conjuga en situaciones que medran entre lo anodino de lo cotidiano y una mirada con valor absoluto sobre la naturaleza humana. Aquella en la que se dejan a un lado los filtros de la corrección política, la vergüenza pudorosa y el miedo a la reacción ajena y se muestran los hechos y los comportamientos tal cual son. Normal que David Mamet ganara el Premio Pulitzer de Teatro en 1984 con esta obra.

Glengarry Glen Ross, David Mamet, 1982, Grove Atlantic.

“Guerra y paz en el siglo XXI” de Eric Hobsbawn

Nueve breves ensayos y transcripciones de conferencias datados entre los años 2000 y 2006 en los que este historiador explica cómo la transformación que el mundo inició en 1989 con la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS no estaba dando lugar a los resultados esperados. Una mirada atrás que demuestra -constatando lo sucedido desde entonces- que hay pensadores que son capaces de dilucidar, argumentar y exponer hacia dónde vamos.  

Todos recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre de 2001. Aquella jornada fue un punto de inflexión en la vida de muchas personas, aunque según Hobsbawm (Alejandría, 1917-Londres, 2012) no debiéramos considerarlo un momento histórico en los términos en que se transmitió inicialmente. Fue la muestra de un terrorismo que alcanzaba formas y resultados hasta entonces inimaginables, pero también dejó patente que por muy desestabilizadores que sean sus efectos -como los habían sido los de ETA en España o los del IRA en Reino Unido-, no tienen nada que hacer frente a la fuerza de las democracias liberales gracias a las capacidades de los Estados-nación en que estas se sostienen.

A su juicio, el verdadero peligro para sus instituciones y ciudadanos estaba en la megalomanía de sus dirigentes y su incapacidad o dejadez para no hacer frente a la contradicción de un mundo globalizado tecnológica, financiera y comercialmente, pero que en términos normativos sigue considerando las fronteras territoriales como su primer rasgo definidor. Una combinación paradójica desde que se decidiera resolver las ineficiencias del Estado del Bienestar optando por las máximas del capitalismo, autorregulación y priorización de la cuenta de resultados, sin considerar que hay actores, como las empresas multinacionales, que gracias a su poder son capaces de superar los límites regulatorios.   

Súmese a esto, el haber pasado -como consecuencia del fin de la guerra fría- de un esquema de enfrentamiento entre dos potencias en el tablero internacional, pero que también trajo consigo estabilidad y equilibrio entre los bloques ideológicos que ambas encabezaban, a la hegemonía única de EE.UU. (aunque la actualidad más reciente pone esto en duda). Sin embargo, en lugar de tomar el sendero de la diplomacia para dar continuidad a su liderazgo, los herederos de George Washington optaron por el imperialismo bélico y el militarismo unilateral sin valorar sus consecuencias allí donde dejaba caer sus bombas, rompiendo la entente existente desde hacía décadas de no intervención directa en el territorio de otro país. He ahí lo sucedido en Afganistán o Irak, utilizando excusas que se sabían falsas (las armas de destrucción masiva) o prostituyendo el lenguaje (guerra contra el terror, defensa de nuestro estilo de vida).

Actuación similar a la ejercida por otros países del bloque occidental (como Reino Unido) dentro de sus fronteras, dejando en manos del sector privado mucho de aquello en lo que se había basado el papel y sentido del estado (ej. sanidad, educación y seguridad), reduciendo así la sensación de pertenecer a una sociedad formada por personas con intereses comunes y generando nuevas brechas de desigualdad que, tal y como evidenció la crisis de 2008, no han hecho más que incrementarse. Sin olvidar que esto ha incentivado un individualismo que encuentra su aliado en el nacionalismo, no como manera de crear comunidad, sino de buscar a un diferente entre los propios y de señalar al llegado de fuera para culparle de sus insatisfacciones e ineficacias. El ascenso de los discursos (homófobos y xenófobos) y resultados electorales de opciones de ultraderecha dejan claro que Hobsbawn no estaba nada desacertado.

El mundo sigue cambiando a velocidad de vértigo, nadie sabemos a ciencia cierta hacia dónde ni cómo hay que actuar para que lo haga en la dirección correcta y se vean favorecidas el mayor número de personas posibles, cada una en la manera más adecuada a sus coordenadas de origen y a su visión de futuro. Guerra y paz en el siglo XXI no propone soluciones, no las tiene, pero sí demuestra que hay historiadores que son capaces de ver cuáles son las variables a tener en cuenta y la manera en que no se han de aplicar, que no es poco.

Guerra y paz en el siglo XXI, Eric Hobsbawn, 2007, Editorial Booket.

«Los pilares de la sociedad» de Henrik Ibsen

Cuidado con los principios que articulan el bienestar, el honor y la reputación de la colectividad de la que formamos parte, porque además de encorsetarnos y oprimirnos pueden estar ocultando corrupción económica, injusticia social y avaricia personal. Cuatro actos en los que su fluidez literaria y su logrado retrato social se combinan con altas dosis de denuncia y reivindicación política.

Toda apariencia de perfección acaba revelando las grietas por las que demuestra que no era tal. Lo que se escondía termina saliendo a la luz, no solo destruyendo sino convirtiéndose en la tacha por la que serán considerados a futuro los responsables de semejante artífice. Ese es el temor del Cónsul Bernick, uno de Los pilares de la sociedad en 1877 de una pequeña localidad portuaria de Noruega, cuando reaparecen Johan y Lorna. Dos antiguos vecinos sabedores y víctimas del artificio sobre el que construyó su imagen pública hace quince años. Bases sobre las que ha cimentado desde entonces su liderazgo económico y político, así como su encarnación de la ejemplaridad pública a través de la familia que creó al casarse con Betty.

Sin embargo, dicha rectitud y supuesta moralidad amenazan con derrumbarse, lo que le sitúa en la diatriba de reconocer sus errores y ver cómo se arruina, o seguir escondiendo lo que sucedió -cueste lo que cueste- para mantenerse como figura poderosa e influyente. Un conflicto que Ibsen expone con claridad tras habernos introducido en las claves que articulan y definen a esta comunidad. Mujeres dedicadas a la logística del hogar y la intimidad y a complementar con sus sonrisas y buenas formas la labor como agentes sociales que desarrollan sus maridos. Más que ser bueno, lo importante es parecerlo.

Un maniqueísmo que exige homogeneidad, cumplimiento y anulación de la necesidad de libertad, del impulso de expresividad y el deseo de creatividad. Pero, aunque sea en petit comité y de manera poco audible, hay quienes no están dispuestos a dejarse callar e inmovilizar, aun a riesgo de verse ignorados y negados. Una situación límite de la que Henrik se sirve para introducir en su texto unas notas de feminismo ya que serán dos mujeres las que pondrán en duda el status quo de este lugar. La más joven revelándose contra su hipocresía y la que tiene unas convicciones morales sólidas -verdad y justicia- plantándole cara a su falsedad.

Pero el también autor de Casa de muñecas (1879) o Un enemigo del pueblo (1883) no se limita a las coordenadas personales, sino que refleja también algunas dinámicas del poder como el papel influyente sobre la opinión pública de la prensa, la prevaricación a la hora de definir proyectos que afectan a todos y el uso fraudulento de información confidencial en beneficio propio. Todo ello en un marco en el que se lucha por mantener las esencias de la que se considera una identidad propia frente a los efectos perniciosos de lo que, visto desde hoy, podríamos considerar primeras consecuencias a gran escala del capitalismo.

No solo opresión laboral y desigualdad de clases, sino también compromisos empresariales sin ética alguna, cuyas posibles consecuencias, tal y como expone Ibsen con sus inteligentes y complementarias tramas secundarias, pueden afectar a todos por igual. Sin sentenciar dogmáticamente, Los pilares de la sociedad abre el debate de cómo evolucionar y aprovechar los beneficios del progreso, sin por ello perder la perspectiva humana.

Los pilares de la sociedad, Henrik Ibsen, 1877, Nórdica Libros.

“El ladrón de orquídeas” de Susan Orlean

Su título tiene una verdad y una premisa, trata sobre un delincuente y sobre esta atractiva familia de plantas. Pero ni ellas son tan solo el objeto de deseo que podríamos presuponer ni él el protagonista que esperamos, sino la excusa para adentrarnos en un universo de lo más peculiar en una escritura que tiene más de ensayo, buena documentación y excelente exposición que de trama argumental, estructura narrativa y desarrollo de personajes y acción.

El punto de partida es un juicio de lo más sencillo, cuatro acusados -uno como líder y tres como cómplices- de haber robado ejemplares de una especie protegida en una reserva india. Lo que podría parecer como un caso más a archivar en los juzgados de Naples (Florida) es una excusa argumental muy bien manejada para adentrarnos en una realidad aparentemente anodina, pero tal y como nos demuestra su autora, con planos (históricos, biológicos) de gran profundidad y aristas (sociológicas, antropológicas) tan particulares como interesantes.

El ladrón de orquídeas descoloca inicialmente por esto (y eso que fue escrito antes de la llegada de las redes sociales y de la caída libre en la calidad de la información de los medios de comunicación), por demostrarnos que vivimos en un nivel de conciencia y de observación muy superficial, banal incluso. Como si hubiéramos trasladado al ámbito de la percepción lo que hacemos en el del consumo, decisiones rápidas y etiquetadoras a golpe de impulso. No deja de resultar irónico que su historia tenga lugar en uno de los territorios con una imagen más hedonista de nuestro imaginario, el estado de Florida. Tal y como relata Orlean, un territorio moldeado por el hombre a golpe de escarnio natural, expropiación indígena y colonización blanca en una versión del sueño americano completamente filtrada por los principios más básicos del capitalismo (apropiación, mercantilización y especulación).

Pero no nos confundamos, lo suyo no es solo un retrato de la imagen kitsch y hortera de esta península de los EE.UU., o de la simpleza de pensamiento y de la mentalidad obsesiva de muchos de sus compatriotas, sino una exposición de cómo se ha conformado nuestro modelo de sociedad en este rincón del mundo a partir de la evolución de las coordenadas de progreso científico e imperialismo occidental que surgieron en el s. XIX. Una mirada atrás tan bien documentada como estructurada y expuesta con la que esta novela resulta ser también un ensayo con el que conocer cómo se comenzaron a urbanizar y habitar entornos dominados por la naturaleza hasta hace bien poco y cómo la botánica, además de ser una ciencia, se convirtió en un capítulo más del materialismo que practicamos.

Dos dimensiones muy bien entrelazadas y explicadas a través del doble rol que Susan Orlean desempeña durante todo su relato. Por un lado, como persona deseosa de conocer los porqués que se ocultan tras las vaguedades de los titulares que lee sobre el hombre que da título a esta novela y, por otro, como periodista que investiga por qué las orquídeas son tan cotizadas y qué implica, origina y causa que lo sean. Una conjunción tan bien desempeñada que hace que su ejercicio de observación y análisis, y de su experiencia en primera persona de dicho mundo, dé como resultado un relato tan sugerente como merecedor de ser leído.  

El ladrón de orquídeas, Susan Orlean, 1999, Editorial Anagrama.