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“The archbishop’s ceiling” de Arthur Miller

A pesar de ser uno de los acusados de comunismo por el senador McCarthy, Arthur Miller nunca ocultó su simpatía con esta ideología. Sin embargo, con el tiempo, esta afiliación derivó en decepción por la manera en que bajo su etiqueta eran gobernados tanto la URSS como los países de su órbita. Insatisfacción que, al tiempo que señala lo que no le gusta de EE.UU., Miller expone en esta obra que versa sobre la convivencia entre el absolutismo y la amenaza de la censura del poder dictatorial  con la lealtad a aquellos que nos importan y la fidelidad a uno mismo.

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Una antigua residencia eclesiástica con cuatrocientos años de antigüedad, de la que hoy solo se utilizan dos habitaciones, convertidas en domicilio y lugar de encuentro de escritores en una ciudad que podría ser Praga, es el escenario único de esta obra publicada en 1977. En ningún momento se menciona el nombre de la capital checa, pero se dan pistas como la de estar a una hora de avión de París, conservar en sus paredes las huellas de disparos de años atrás o tener en sus exteriores tanques apostados ya convertidos en parte del paisaje cotidiano. Una inquietud, la de no saber dónde estamos, intencionada, un elemento más de la tensión que aporta una localización en la que se sospecha se puede estar siendo escuchado a través de micrófonos ocultos.

Miller expone con diálogos ágiles y directos las opciones que tenían los escritores que vivían al otro lado del telón de acero para combinar su maestría artística con la libertad de expresión. Sus autoridades alababan y valoraban su capacidad literaria siempre y cuando lo que contaran exaltara el régimen en el que vivían o los valores que este promulgaba. Si su relato no era este, serían condenados al silencio y el ostracismo, recibiendo a cambio entonces el halago del bloque occidental que, al tiempo que subrayaba su valía artística, apuntaba lo que sufrían como muestra de los modos anti democráticos de sus líderes.

Pero tal y como apunta Marcus  -ex escritor y preso político durante seis años- EE.UU. es una nación en la que el Gobierno también espía a sus ciudadanos y detiene a los que se manifiestan. La respuesta de Adrián –el autor norteamericano cuya fama le permite conseguir un visado para viajar a la Europa del Este- deja claro el matiz sobre su diferente situación, al menos en su caso la ley dice que eso es ilegal y que tiene derecho a defenderse. Puntos de vista muy diferentes sobre cuestiones ideológico-políticas que tras quedar planteadas y expuestas con una claridad en la que se dilucida la inexistencia de un punto de encuentro dan paso al conflicto humano de The archbishop’s ceiling. A Sigmund, autor de cincuenta años y primera figura literaria de la lengua nacional, le han robado el manuscrito en el que llevaba cinco años trabajando tras la publicación en medios extranjeros de unas duras cartas contra sus gobernantes.

Un drama aún más profundo y personal, aquel en el que siente en riesgo hasta su integridad física, haciendo que parezcan menores o asumibles cuestiones como el acoso sufrido por policías de paisano o el que su mujer haya sido relegada de su puesto como química para trabajar en la limpieza de las instalaciones aeroportuarias. ¿Qué hacer? ¿Aceptar la oferta de desarrollo intelectual de una universidad norteamericana o un editor francés que conllevaría exiliarse y vivir en un entorno cuyo idioma no domina? ¿O quedarse para seguir en contacto con sus raíces e identidad pero a riesgo de ser llevado a prisión y de arrastrar tras de sí a sus familiares, amigos y compañeros de profesión?

Interrogantes que se antojan demasiado grandes como para ser respondidos de manera rápida, segura y satisfactoria para todos los involucrados. Reflexiones en voz alta que derivan en una esquizofrenia compartida cuando el corazón pide hablar con libertad y la cabeza en clave para no despertar sospechas o dar argumentos para ser acusado de delitos inexistentes. Una ansiedad trasladada al escenario, con una habitación principal en la que no se sabe si son o no escuchados, y un pasillo al que se sale para explotar, pero siempre por corto espacio de tiempo para no despertar sospechas.

Un texto magistral en el que Arthur Miller adelanta las cuestiones políticas que le preocupaban y que posteriormente expondría en sus memorias (Vueltas al tiempo) y que demuestran que desarrolló una larga carrera más allá de éxitos como Las brujas de Salem, Después de la caída o El precio.

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“Tiny Alice” de Edward Albee

La oferta de una gran cantidad de dinero a la iglesia pone al descubierto un doble entramado de relaciones en el que no queda claro cuáles son los propósitos ni los motivos. Poder, juego, fé espiritual, dominación y sometimiento a merced y espaldas de la verdad y las convicciones personales en una propuesta escenográfica digna de Escher y unos diálogos intrigantes a caballo entre el misterio y la filosofía existencial.

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La provocación es continua desde la primera escena. De fondo dos pájaros machos, dos cardenales, encerrados en una jaula en total compenetración. Delante de ellos dos hombres, antiguos compañeros de clase, que se desprecian hoy –el uno como autoridad eclesiástica y el otro como abogado- al igual que entonces. A continuación una casa en la que su protagonista femenina simula ser primero una anciana y después revela que hubo un tiempo que tuvo una relación íntima con el que hoy es su mayordomo y que ahora la mantiene en calidad de amante con su gestor.

El personaje que falta es Julián, un religioso no ordenado, célibe, fiel cumplidor de su papel y convicción como siervo de Dios al servicio de aquellos que le reclaman, primero el Cardenal y a continuación los habitantes de la residencia a la que es enviado a recibir una donación de millones de dólares. El será el elemento del que todos se servirán y al que todos utilizarán, tanto para atacarse entre ellos como para su propia satisfacción personal.

Ese es el peligroso juego de relaciones y exposición de valores que Edward Albee despliega a lo largo de tres actos en los que la tensión aumenta sin parar hasta poner en riesgo la vida de sus habitantes. Cuando las conversaciones se tornan crípticas, los comportamientos abandonan la corrección de las formalidades y son ellos los que nos demuestran cuál es el verdadero leit motiv de cuanto está ocurriendo. Hay en el ambiente más elementos de los que se ven, pero no se muestra la verdadera naturaleza de la relación existente entre ellos, lo que hace que el desconocimiento del lector/espectador torne en inquietud y este mute posteriormente en angustia y ansiedad.

Un proceso también individual y cuyo mayor exponente es el mencionado Julián. El hombre que se retiró durante un tiempo de la vida cotidiana porque el Dios que le decían existía en ella era una entelequia y no una realidad espiritual, una búsqueda que le generó la paradoja de desconectar con lo que era real para poder encontrarle.  Por eso ahora duda de en qué plano existencial está, si en ese en el que existe Dios y los hombres y mujeres actúan incoherentemente o aquel en el materialismo se camufla tras una falsa espiritualidad.

Tiny Alice fue la primera obra que Albee estrenó tras el éxito de ¿Quién teme a Virginia Woolf? Y al igual que en sus primeros textos (The zoo story o The american dream), profundiza en ella sobre cuáles son los motivos que unen a las personas, la diferencia entre las complementariedades y las dependencias, así como la caída al abismo cuando nos abandona el equilibrio y la neurosis acampa en nuestras mentes.

“Antígona” es brutal

Un texto clásico, una iluminación barroca y un mensaje actual, universal, eterno, siempre presente. Un bucle sin fin que comienza con la resaca del conflicto, sigue con la tensión de la defensa de la ley y concluye con la paradoja del ejercicio del poder. Un elenco en el que todos los actores brillan con su quietud cada vez que intervienen y cuando coordinan sus movimientos hacen casi estallar el escenario.

Antigona

El claroscuro recuerda siempre a Caravaggio, es inevitable pensar que se masca una tragedia, que algo tremendo está a punto de ocurrir o ser anunciado, algo sin marcha atrás o sin posibilidad de enmienda. Lo que se van a presentar son hechos consumados, no hay fuerza que pueda cambiar el destino, sea este un camino ya pasado que pesa como una losa o uno por trazar que angustia casi hasta la asfixia. Con esta iluminación y este inquietante presentimiento es como se inicia la Antígona de Sófocles adaptada por Miguel del Arco que acoge el Teatro Pavón.

Creonte, todo fuerza y mando, se niega a enterrar al hombre que dirigió una rebelión para retirarle del poder. Quiere que su cadáver esté presente, intocable y a la vista de todos como muestra de que nada ni nadie debe poner en duda su autoridad. Una rectitud y frialdad que resulta más propia de alguien despótico que de un gobernante, de quien busca perpetuarse y distanciarse de sus súbditos en lugar de mediar equilibradamente entre ellos. Semejante liderazgo -que no deja espacio para la empatía, no entiende de emociones y no permite los afectos- es encarnado por una Carmen Machi brutal, dueña y señora del escenario, con una mirada de acero y una presencia pétrea que se hace aún más rígida cuando se enfrenta a Antígona.

Ella es Manuela Paso, herida, pero dura y resiliente, la hermana del muerto, la cara de la derrota, la humanidad de los vencidos que pide también ser considerada, escuchada y entendida. Sin embargo, es tomada como oportunidad de ejercer una justicia que tiene más de revancha que de ley equitativa. El destino hará que ella sea la punta de lanza por la que Creonte se vea obligado a enfrentarse a su corazón, encarnado en el amor que profesa por su hijo, convirtiéndose en víctima de su absolutismo.

Utilizados por el primero y acosando a la segunda se encuentran un grupo de ciudadanos que son una masa perfectamente coordinada, una explosión de ritmo a base de palabras y movimiento que dejan ver sobre el escenario, de manera tan anárquica y visceral como lógica y coreografiada, mil matices diferentes. Desde la incertidumbre y el miedo a la obediencia y el acatamiento, desde el recelo y la desconfianza a la lucha y la desesperanza. Pinceladas que se perciben como una sucesión de fogonazos que llenan la escena de la complejidad que tienen la convivencia y la difícil consecución del equilibrio entre el grupo y el individuo, entre la razón y el corazón, entre el gobernante y sus gobernados.

Antígona, en el Teatro Pavón (Madrid).

“Festen”, una celebración familiar

Una fachada en la que todo brilla con pulcritud. Una jerarquía donde el situado más arriba manda e impone. Una fiesta en la que todo es exultante alegría. Sin embargo, la verdad de esta familia es otra. Lo real son unos abusos que ya se han llevado por delante a una hija. Magüi Mira es la valiente directora que abre esa herida y la hace sangrar ante la vista de todos para comenzar a recuperar tanto la salud física como el equilibrio mental.

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Pasan las horas y Festen sigue presente, aspectos a los que ayer no se les terminaba de ver el sentido tras salir del Teatro Valle-Inclán, hoy tienen un significado que va más allá de las palabras. Esta función no se basa tan solo en sus diálogos. Tan importantes como ellos son las presencias, entendidas no solo como el lenguaje corporal de cada uno de sus actores sino, también, como su movimiento escénico. Cómo se colocan los unos respecto a los otros, de quién más cerca y más lejos, detrás o delante, a la derecha o a la izquierda, así como con quién se forma grupo y a quién no se le da nunca la mano o la espalda.

En el inicio todo es excesivo, el que es atento roza lo protocolario, el informal resulta grotesco y quien pretende ser amistoso se convierte en esperpéntico en cuanto abre la boca. Así son los hijos de un matrimonio que cuando hacen acto de presencia, pretenden parecer más monarcas absolutistas que padres cercanos, más señores poderosos que creadores de un vínculo y una historia familiar. Todo es profundamente discordante, nadie parece escuchar a nadie, y la hermandad y la unión paterno-filial no es más que una excusa para el enfado y el desprecio.  Una amalgama de sentimientos y emociones desordenadas, en constante ebullición, lanzada sobre el escenario a discreción, como si este fuera un campo de batalla. Hasta que llega el momento de disparar a matar con la munición más eficaz para lograr este objetivo, la verdad que nadie quiere escuchar y que uno de los hijos va a revelar, la de los abusos sexuales de su padre tanto a él como a su melliza.

Esta celebración del sesenta cumpleaños del cabeza de familia tiene tanto de texto como de cuerpo y energía, de presencia y atmósfera. El guión dogma del Festen cinematográfico se ha convertido en la puerta de entrada teatral al epicentro de una tormenta que, tras la electricidad acumulada esperándola, finalmente irrumpe de manera seca, con truenos y viento, pero sin agua, no limpia, no arrastra la suciedad, lo que la hace aún más desconcertante. Un punto de inflexión tras el que ya no es posible dar marcha atrás, tras el que no hay otra opción que hacer frente al monstruo de la violencia del pasado y al horror del silencio del presente.

A partir de este momento se pide a los actores que conviertan sus cuerpos en un instrumento expresivo, no solo de sí mismos, sino también de la tensión creada. Como si fuera un ser vivo que, alimentándose de los miedos de unos y la ira de otros, se comunica a través de ellos. Sin embargo, al trasladar la acción de lo verbal a lo gestual se echa en falta que los movimientos de algunos miembros del elenco no sean más fluidos y orgánicos, aportándoles la plasticidad que demandan para materializar el potente e inteligente recurso estético que podrían ser.

Motivo este por el que en algunos pasajes este montaje resulta desigual, aunque a posteriori –y con la distancia del reposo- este desajuste se desvanece ante la hondura y lograda crudeza de lo expuesto. Cuán brutal es el poder que niega la violencia sufrida y cuán asesino el silencio que condena al que ha sido abusado una y otra vez por atreverse a ponerle fin al status quo asumido por todos.

Festen, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid).

“El milagro” de Ariel Kenig

Una fábula sobre el papel que las redes sociales, los medios de comunicación y el poder de las imágenes tienen hoy en día. Una muestra de lo unidas, mezcladas y revueltas que están política, sociedad y tecnología en nuestro modelo de sociedad, tanto que no sabemos cuánto hay de fachada y cuánto de verdadera experiencia en lo que vivimos. Una narrativa fácil, recurrente por momentos, más cercana a la escritura automática que a la expresión literaria como medio de reflexión y exposición.

ElMilagro

Una catástrofe natural en una isla brasileña, una noticia que dice que una de las personas que se libró de milagro de la catástrofe fue el hijo del presidente Sarkozy y unas fotos que hasta ahora nadie ha visto y que demuestran que él no estaba allí. En torno a estos tres elementos pivotan una serie de acontecimientos a través de los cuales Ariel reflexiona sobre tres cuestiones. La primera es el uso personal que hacemos de facebook (o de cualquier otra red social). La segunda dónde se ha quedado el ejercicio de la objetividad y de la edición en la profesión periodística ante la inmediatez que exigen sus formatos online. Y por último, dónde está el punto en el que dejamos de ser como éramos –sin móviles, sin geolocalización- para comenzar a ser quienes somos  hoy –con cientos de amigos, encuentros virtuales  y comentaristas y opinadores de todo-.

Un relato en primera persona sobre la consecución –y puesta a disposición de los medios- de un material cuyo supuesto interés mediático se debe más a su morbo que a su contenido informativo.  Un claro ejemplo de la vacuidad que nos mueve, pero de la que somos también responsables por alimentarla en un sinfín del que parece que no hay manera de escapar. Como las noticias que se nos ofrecen carecen de interés real, no les dedicamos más que unos segundos de atención; pero sucede que como no somos capaces de fijar nuestra atención en un tema más que unos segundos, da igual lo que nos propongan, lo ingerimos todo de manera bulímica.

Así es como vamos pasando de una pantalla (teléfono, tableta, ordenador) a otra, de unas personas a otras, sin tener claro por qué o para qué lo hacemos, si estamos construyendo algo con ellas o si nos utilizamos mutuamente para evitar el silencio, ese monstruo que casi todos llevamos dentro, la soledad, el gran vacío interior.

Podría parecer que El milagro pretende ser una ficción con notas de análisis sociológico o crítica de nuestro presente, pero la gran paradoja es que ese tono de ligereza y superficialidad que expone, es también el de su narración. Kenig pasa de unas situaciones a otras sin un claro hilo conductor, como si fuese una cuestión de azar, de dejarse llevar, sin responder a un criterio u objetivo concreto. Su propuesta resulta ser el más claro ejemplo de lo que se relata en sus páginas, quizás espera que sus lectores sean como los parisinos con que se cruza en sus páginas, hedonistas, conformistas y acríticos. Una fachada tras la que no hay más que un gran vacío sin estímulo literario alguno.

“Las impuras” de Carlos Wynter Melo, literatura escrita con el corazón

Una mujer que no sabe quién es y otra que imagina por ella sus recuerdos. Un ejercicio de creatividad que a esta segunda le vale para alejarse de aquellas vivencias en que el derrumbe de su país, cuando fue ocupado por las tropas norteamericanas en 1989, le hizo sentir que su vida había perdido su sentido, obligándola a huir. Una pequeña novela escrita con la verdad del corazón y contada desde el deseo de honestidad con que se procesan las emociones en el estómago.

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Una estación de autobuses es el punto de encuentro entre una mujer de sesenta años a la que la desmemoria la ha dejado sin identidad y una treintañera que le hace de espejo contándole quién pudo haber sido a través de las impresiones que en ella produce. Así se inicia esta historia que en sus primeros pasajes nos hace transitar por esos lugares imprecisos, a medio camino entre quiénes somos y quiénes parecemos ser, entre lo que nos tocó y lo que elegimos. Hasta que llega un momento en que la realidad hace acto de presencia y pone los puntos sobre las íes de la imaginación dando formas exactas y coordenadas precisas –lugares, padres y sucesos de toda índole- al pasado. Sin embargo, no todo se puede definir y fijar con palabras a modo de etiquetas, estas nunca serán capaces de concretar en sus significados ese gran universo interior, secreto e íntimo de cada individualidad que son las emociones y que empapan cada frase, párrafo y capítulo de Las impuras.

Es entonces cuando la ficción escrita por Carlos Wynter Melo deja atrás aquel Panamá de pretensiones nacionalistas, por un momento inspiradas en lo que estaba sucediendo en la Europa de los años 30 y 40 del pasado siglo, para viajar hasta finales de 1989, a aquellos días en que el ejército norteamericano invadió el país para deponer al general Noriega. Acontecimientos que a este joven autor le sirven para poner de manifiesto que si una seña de identidad tienen los pueblos americanos, y valga como ejemplo el panameño, es el mestizaje, la mezcla y la simbiosis entre todo los que han pasado y transitado por él. Desde los indígenas autóctonos, pasando por los conquistadores españoles o los posteriores colonialistas franceses o americanos que utilizaron medios como el dinero o la fuerza bélica como instrumento de poder.

En ese momento, lo que se nos está contando ya no nace de la imaginación sino de la más absoluta veracidad, de elegir las palabras precisas para, de la mano de los recuerdos, trasladarnos hasta aquellos días convulsos. Jornadas en que una joven, que aún soñaba con el amor y que se sabía presa del deseo cuando este aparecía, creyó que el futuro sería aniquilado por las bombas, el miedo y la violenta anarquía de aquel episodio de la historia reciente de Panamá por el que aún hoy se pasa de puntillas, sin hacer ruido alguno. En comparación al punto etéreo y mágico con que fluía la novela en su amnesia inicial, esta parte resulta mucho más dura y sólida. Frente a aquellas suposiciones, esta verdad que deja huellas y cicatrices tanto en el cuerpo como en el alma.

Y siempre con un lenguaje sencillo y claro, gozosamente espontáneo, transmitiendo la delicadeza de lo que es auténtico, de aquello que no tiene más caras que la que muestra. El valor de lo escrito por Wynter Melo reside en haber hecho que su forma, su estilo narrativo, sea el medio a través del cual asistimos a ese fantástico espectáculo que es ver cómo el corazón es el motor de vida de esas dos mujeres a las que él ha denominado Las impuras.