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“Ábreme con cuidado”, literatura con nombre de mujer

Personas que quieren a personas, mujeres que desean a mujeres, lesbianas que aman a lesbianas. Relatos llenos de sensibilidad, cuentos con una delicadeza exquisita, historias que emocionan. Así son estas nueve narraciones inspiradas en otras tantas grandes figuras de la literatura femenina, en esas con suficiente autoestima para haber sabido abstraerse de los cánones absolutistas masculinos y dirigirse hacia lo que su cuerpo les conducía y a su mente les atraía. Nueve nombres actuales que las homenajean y que al tiempo demuestran que ellas también tienen un sitio propio en el panorama creativo más actual.

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Cuando se llega a la última página de esta antología se tiene la sensación de haber realizado un viaje completo por las distintas maneras de relacionarse y recordarse, establecer vínculos, practicar intimidad y sentir afecto con que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra vida. Desde episodios aparentemente superfluos como una reunión exclusivamente femenina en la que un incidente absurdo desata un episodio lleno de hilaridad, a momentos más trascendentes como una misiva post mortem en la que se deja testimonio de lo grande y lo pequeño, de los momentos valientes y de los no tantos que se compartieron. Tiempos de entrega y de distancia, de miradas encontradas y roces buscados, de palabras locuaces y declaraciones mudas.

Ese es uno de los grandes aciertos de “Ábreme con cuidado”, un título que ya de por sí transmite la delicadeza que alberga tras su portada. No sé si será una conjunción astral, un logro inesperado o un objetivo que se habían marcado los Dos Bigotes editores, pero los nueve capítulos independientes que conforman este título acaban encajando en algo que no es activismo, como podría parecer por la orientación (afectiva, sexual o como quiera que la denominemos) que comparten escritoras y referentes utilizados. No, eso es secundario, lo que transmiten estas páginas es más, es mucho de sensibilidad humana y otro tanto de calidad literaria.

El hacer introducir cada historia con un texto previo de su autora explicando el por qué o el cómo de su enfoque o inspiración, no hace sino acrecentar la sensación de que comparten con sus lectores unas ficciones que, aunque hayan sido encargadas, son una manifestación de su deseo de expresar emociones y de su sólida vocación como escritoras. Cada una con un estilo propio según el enfoque elegido: trasladando una narración de las páginas de Patricia Highsmith (Clara Asunción García) a la cotidianeidad que comparten unos personajes imaginados, colocando a Aphra Behn (Gloria Fortún) como elemento inspirador en un casual con muchos elementos de posible realidad, poniendo palabras en boca de Gloria Fuertes (Gloria Bosch Maza), ahondando en episodios de la biografía de Virginia Woolf (Pilar Bellver), repasando la vida amorosa de Carson McCullers (Lola Robles) y de Elizabeth Bishop (Carmen Nestares), imaginando anécdotas de Natalie Clifford Barney (Isabel Franc), intentando comprender a Marguerite Yourcenar (Carmen Samit) y entendiendo a Emily Dickinson (Carmen Cuenca).

Desde un punto de vista formal, la variedad de estilos narrativos, del uso de la prosa como elemento de acción, como medio de expresión de vivencias interiores o reflejo de la diferencia entre la rudeza del pensamiento y la diplomacia de la expresión verbal que puede darse en una persona, junto a diálogos vivos y directos en unos casos, o delicados y más contenidos en otros, constituyen otro de los elementos que me hacen muy placentero el recuerdo de haber sentido y haberme emocionado con la lectura de “Ábreme con cuidado”.

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“Confesiones de una máscara” de Yukio Mishima

Relato supuestamente autobiográfico escrito a la edad de 25 años en el que el autor describe sin pudor alguno su evidente y carnal atracción por los hombres, a la par que su razonado  intento, bajo supuestas premisas lógicas, de amar a las mujeres. El conflicto entre el impulso y las pulsiones por un lado y las convenciones y las (auto) imposiciones por otro desata un batalla sobre el terreno de juego de una vida adolescente vivida bajo el temor, el miedo, la ocultación y la continua evitación y huida de sí mismo.

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La sexualidad es muchas cosas: lenguaje, visceralidad, impulso, placer,…, pero por encima de estas facetas, y conteniéndolas a todas ellas, es también identidad. Y esta es todas y cada una de las caras que forman la personalidad en el plano individual, familiar y colectivo, así como en el íntimo, el compartido afectivamente y el social. Un entramado de múltiples puntos interrelacionados e influyéndose mutuamente. Y cuando se actúa sobre uno de ellos limitando su naturalidad y espontaneidad, no hay rincón de la persona (físico, psíquico o emocional) que no se vea afectado. Algo que no trae consigo efectos positivos, sino negativos, limitando, anulando, distorsionando.

La máscara no es solo el intermedio entre Mishima y su exterior, sino también un muro de separación con su corazón y su verdadera persona. Es una tierra de nadie, que ni siquiera es suya, es vacío y artificio. Es excusa y distancia, es energía dedicada a justificar la parálisis, la inacción. Paradójicamente, es también  un lugar de análisis de las emociones en el que saber detectarlas, conocer cómo se gestan y se manifiestan para desarrollar las herramientas con las que actuar contra ellas. Es un punto sin coordenadas en el que se las silencia para ceder su espacio a la apisonadora de la razón y de la lógica supuestamente conductista, pretendiendo dar a cualquier manifestación humana unas coordenadas exactas, un comportamiento premeditado y unas consecuencias previsibles y, por tanto, controladas.

En ese conflicto, su lenguaje es el medio ágil, conciso y certero con que construye ese delicado, pero al tiempo, tan milimétrico castillo de naipes donde estos polos opuestos (razón y corazón) encuentran la manera de convivir en un supuesto equilibrio, que solo sabe mantenerse coqueteando con la idea de la muerte. Por un lado las desnudas e impudorosas descripciones sobre el mundo exterior. Con ellas nos transmite las sensaciones que le genera en el inicio de su débil  y enclenque adolescencia física la atracción por la masculinidad naciente del compañero de clase Omi. Sin embargo, Mishima emprende un viaje más profundo cuando se introduce dentro de sí mismo para, con una perfecta retórica, construir y justificar el deseo de sentir amor por la joven Sonoko en ese momento que se supone trascendencia hacia la adultez, de establecerse en la vida.

Es entonces cuando Yukio Mishima hace de las palabras un entramado inteligente, una red que ejerce de muro para parar el discurrir natural de la vida y crear una realidad paralela aparentemente lúcida, pero que no es sino el inicio de un conflicto más profundo, más cruel y caníbal entre el alma y el cuerpo. Ironía que tenga como telón de fondo el Japón lleno de soberbia que se introdujo en la II Guerra Mundial, conflicto del que salió, tal y como se nos cuenta,  completamente arrasado en lo material y anulado en lo psicológico.

Brillantes “Nocturnos” de Kazuo Ishiguro

Con la música como fondo, marcando ritmo y subrayando cuanto ocurre; las narraciones, descripciones y diálogos de estos cinco relatos fluyen con una asombrosa naturalidad, una autenticidad con la que se disfruta como si la vida fuera algo tan etéreo y espiritual como mágico.

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Los segundos de silencio previos al inicio de cualquier canción o partitura musical son de una gran expectación, tanto física como emocional. Interna y externamente estamos dispuestos a dejarnos entregar, a llevarnos a donde quiera que nos transporten las sensaciones que suscite lo que está a punto de comenzar. Eso mismo es lo que sucede en los momentos anteriores a iniciar cada uno de estos “Nocturnos”, cinco historias de música y noche como dice en su portada.

Da igual cuál se elija el primero, pueden leerse en el orden que dicte el capricho. Pero hay algo en lo que coinciden todos ellos. Apenas iniciados se genera una unión entre lector y ficción en la que las expectativas quedan sobradamente colmadas. Tras esta conexión puede presuponerse una combinación de las dobles raíces de Ishiguro, la delicadeza y la formalidad japonesa junto a la fluidez y precisión del inglés británico en el que se crió desde los seis años. Surge así una melodía que te envuelve y abstrae del lugar físico en que le estés leyendo para trasladarte a lugares como Venecia, Los Ángeles o las colinas del suroeste británico. Una vez allí, todo es sentir cómo cada nota, cada frase, te toca en lo más hondo. Una caricia sutil que hace que lo aparentemente simple resulte plenitud.

Kazuo sabe jugar con las atmósferas que la música puede crear. Cuando es interpretada en directo hace de ella una experiencia total, y en un alarde de su capacidad como narrador nos la presenta de doble manera, por un lado desde el punto de vista de los músicos de una orquesta que actúa en la Plaza San Marcos, y por el otro, desde la perspectiva de varios de sus espectadores. En el caso de cuando es reproducida, leída o simplemente evocada, saca a relucir las huellas que en la memoria emocional deja cuando queda asociada a las compañías, el lugar o el momento de la biografía personal en que se escuchó. Un retrato de cómo surgen, se crean y se recuerdan las emociones sin necesidad de estructuras narrativas complejas ni de un lenguaje elaborado. Menos es más y por eso en estos cinco relatos nos encontramos únicamente con las palabras estrictamente necesarias para construir un entramado de personajes y vivencias transparente, diáfano, donde todo es tal y como se nos cuenta, sin dobleces, ni lugares ocultos ni planos paralelos.

De esta manera sus personajes brillan de manera auténtica –siempre protagonistas, los escasos secundarios apenas tienen presencia-, libres de adornos retóricos ni adjetivos calificativos. No hay nada oculto en ellos, son lo que muestran, dicen lo que piensan, expresan lo que sienten, con palabras o con gestos ya que –autor mediante ejerciendo de intermediario con sus descripciones- su piel, sus movimientos y miradas transmiten tanto como lo que dialogan. Motivos todos ellos que hacen de “Nocturnos” un ejemplar del que cuesta separarse mientras se está inmerso en él, que se cierra con la sensación de una tranquila satisfacción y con ganas de leer más títulos de Kazuo Ishiguro como “Nunca me abandones”, “Cuando fuimos huérfanos” o “Lo que queda del día”.

“Hombre sin mujeres”, registros varios de Haruki Murakami

Siete relatos en los que el maestro nipón demuestra una vez más su hábil capacidad para mostrar lo que hay tras la capa visible de cada persona. Un camino hacia la intimidad combinado con sus habituales viajes por Japón, referencias musicales y un particular homenaje a Kafka.

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De alguien que ya vivió y mira hacia atrás recordando, a quien acaba de llegar a la adultez y tiene aún que iniciar su camino en la vida, del que tuvo la oportunidad del amor y no supo vivirlo al que se negó a él hasta que ya fue quizás demasiado tarde. Entre ellos, aquel al que la cuestión sentimental parecía serle ajena a su persona hasta que la vida le dio la ocasión de tener la oportunidad de sentirla por primera vez.  Personajes masculinos entre los que también está al que la llegada del amor le hizo ver que este sentimiento no era lo que él había creído hasta entonces.

Todos ellos “hombres sin mujeres” de distintas edades, situaciones socioeconómicas y bagaje intelectual, elegidos por el autor para formar un completo caleidoscopio –cerrado, compacto, sin fisura alguna, no se le escapa nada- con el que contarnos cómo es la existencia cuando ésta no es compartida. Una situación que no es la falta de un nombre en el buzón o que el estado civil no sea la casilla de “casado” o “en pareja”. Un estado interior que provoca que la vida se vea en tonos mate, que la música pierda sus notas más altas y se anestesie el sentido del gusto, ya no se come para hacer disfrutar al paladar, tan solo para mantenerse en pie.

Los siete relatos de este volumen funcionan de manera individual, pero en conjunto forman una imagen que es más que la suma de todos ellos, un prolífico y lírico recorrido por llegar hasta las sensaciones más básicas y auténticas, aquellas que nos hacen seres humanos. Con gran delicadeza y asombrosa sutileza, Murakami describe en sus narraciones y diálogos cómo nacen las emociones, el tremendo estímulo que suponen para aquel en cuyo corazón surgen y desde cuya piel se transmiten. Por último, y sin pudor alguno, deja claro cuál es para él la mayor y más bonita energía que pueda tener una persona, el amor.

¿Qué nos encontramos en el camino que marcan estas siete etapas?

  • “Drive my car” es la comunicación en silencio, las conexiones energéticas entre personas sin lógica alguna, pero con un nudo tan fuerte como la convicción y precisión con que el nacido en Kioto en 1949 expone la situación.
  • “Yesterday” nos inunda de espontaneidad para intentar dilucidar las diferentes lógicas con las que podemos iniciarnos en la vivencia de los afectos.
  • “Un órgano independiente” es la intuición con la que se puede entrar en el interior de una persona hasta llegar a su corazón y descubrir cómo son las capas de tejido de distinta naturaleza que lo cubren, unas veces para cuidarlo, otras para todo lo contrario.
  • “Sherezade” exige que no haya preguntas, en ocasiones somos más auténticos cuanto menos se sabe de nosotros mismos.
  • “Kino”, con su protagonista dueño de un bar y profundo aficionado al jazz podría hacernos pensar que es el cuento que más apuntes autobiográficos podría tener de Haruki, al compartir ambas circunstancias con su trayectoria personal.
  • “Samsa enamorado” despierta en la mente “La metamorfosis” de Kafka, ¿y si un día nos levantamos como un cuerpo que sentimos ajenos a nosotros mismos en un sitio que no conocemos?
  • Por último, “Hombres sin mujeres” hace patente ese momento en que el vacío se hace presente, tangible, toda una contrariedad con la que aprender a convivir, reconociendo su existencia le daremos sentido a nuestra vida, algo que hasta entonces no tenía.

El último título en la bibliografía de Haruki Murakami supone un  paso más en su interés por temas, que ya ha tocado en otros títulos de sus más de tres décadas de trayectoria, como esa realidad visible solo para unos pocos (“1Q84”), la búsqueda de algo que siempre ha estado ahí y no hemos sido capaces de comprender (“Kafka en la orilla”), de querer conseguir lo que parece fuera de nuestro alcance (“Al sur de la frontera, al oeste del sol”) o de encontrar las piezas que hagan que nuestro proyecto de vida sea un verdadero presente y no una continua utopía (“Tokio blues”).

“Yernos que aman”, teatro a la manera de los grandes

Un puzle familiar de diez personajes en el que cada uno de ellos cumple con creces su misión en un complejo engranaje en el que todo encaja: el conjunto de historias y sus tiempos, los diálogos, las entradas y salidas de escena, los cambios de ritmo,… Dos horas brillantes que dejan en el cuerpo sensaciones como las que provocan Tennessee Williams o Eugene O’Neill.

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En esta obra no hay actores, a los intérpretes no se les ve en ningún momento. Es tal su mimetización con los caracteres que encarnan que como espectador se te olvida que estás asistiendo a una representación. Desde el inicio quedas completamente atrapado por esta atmósfera de sentimientos a flor de piel, llena de cosas que no se dicen, clamando por ser expresadas, deseando que llegue el momento en que se libere la tensión y que pase lo que pase y conlleve lo que conlleve, la tranquilidad vuelva –o se establezca por primera vez- entre los miembros de esta familia.

Algo que no es nuevo, que viene de muchos años atrás, pero que inicia un camino de no retorno cuando uno de los cuatro hijos de la familia muere. El que fuera su novio sigue anclado al pasado, al tiempo en que él creía ser feliz con quien realmente era con él cruel e infiel. Además de al fallecido, conoceremos a sus tres hermanas y a los hombres presentes en su vida. Por último, la madre que a la par que tolera, gobierna, que mientras es servil con sus hijos, marca con su actitud el ritmo de la cotidianeidad y de los acontecimientos extraordinarios que ocurren bajo su techo. Un clan de personalidades y actitudes variadas y diversas unido por los lazos de la sangre y del afecto. Un mundo cerrado en el que no hay espacio para nada ni nadie más. “Yernos que aman” es un universo perfecto de principio a fin, desde la primera hasta la última línea del texto escrito por Abel Zamora.

El también actor y director de esta obra realiza un trabajo en estado de gracia, lo que consigue en las dos horas de función es auténtica magia. Todo cuadra y fluye a medida que la historia inicial se abre en varias paralelas que van y vienen, unas veces rápido, otras haciendo que cada segundo se respire profundamente, referenciándose entre sí, estableciendo puntos de conexión con total espontaneidad. Y sin olvidar sus momentos de humor, unos jocosos, otros ácidos y algunos hasta negros, pero siempre con chispa, perfectamente encajados en la cotidianeidad a la que asistimos. Un edificio argumental al que da vida un deslumbrante y versátil reparto que enriquece el fantástico libreto que ha llegado a sus manos llenándolo de registros, y estos de matices, tanto a través de sus voces y miradas como del lenguaje corporal con que se mueven en escena.

Texto, dirección e interpretaciones se coordinan con una indiscutible sincronía avanzando in crescendo descubriéndonos personalidades, vínculos, dependencias, amores y odios, mentiras y verdades, intimidades, sueños,… un recital que trae a la memoria obras maestras de la historia del teatro que han diseccionado familias como “El largo viaje del día hacia la noche” de Eugene O’Neill, “El zoo de cristal” de Tennessee Williams o “Agosto” de Tracy Letts.

“Yernos que aman” es un espectáculo que produce una honda impresión, de esos que cuentan con todas las papeletas para ser recordado con absoluto detalle a pesar del paso del tiempo. Un excelente trabajo de cada uno de sus actores, así como de Abel Zamora, su también autor y director, merecedor de un gran aplauso.

“Yernos que aman” en la Pensión de las pulgas (Madrid).

“Tokio blues” de Haruki Murakami

Maravilloso viaje literario entre la adolescencia y la adultez, entre la vida y la muerte, entre la plenitud del amor y el vacío existencial.

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Murakami es un maestro en hacer transitar a sus personajes e historias entre espacios y tiempos que son a la par coordenadas del mundo en el que habitamos y ejes de un universo etéreo en el que transitamos sin saber cómo hemos llegado a él ni el destino al que nos conducen. Un devenir en el que en “Tokio blues” se avanza impulsados por la profunda búsqueda existencial a la que se somete a su protagonista. Un viaje en el que solo se da entidad a las personas, lugares, acontecimientos y músicas –cada título de este autor cuenta con su propia banda sonora formada por los artistas y canciones citadas a lo largo de sus páginas- con los que Toru establece conexión emocional. Todo lo demás queda reducido a meros apuntes circunstanciales necesarios, la rutina procedimental de la residencia o las huelgas en el campus, para que cuanto le acontece a este joven que inicia la universidad tenga un soporte material.

Cuanto sucede a Toru se desarrolla entre triángulos, el de la amistad adolescente con Naoko y Kizuki y en del amor que le introduce en la vida adulta con Naoko y Midori. Símiles geométricos finamente hilados que nos atrapan a medida que se hacen sólidos, una vez dentro ya no hay salida. La evolución de lo que va sucediendo está al margen de la intervención del hombre, queda a voluntad de la naturaleza por una regla así escrita en esta novela, “la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella”. También hay personas que llegan a través de otras, Hatsumi via Nagasawa y Reiko mediante Naoko, luces en el camino que aportan bocanadas de aire que guían a nuestro hilo conductor, “no te reprimas por nadie, y cuando la felicidad llame a tu puerta, aprovecha la ocasión y sé feliz”, ante lo que es más fuerte que el hombre, “si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida”.

Otro punto importante en Murakami, y “Tokio blues” es muestra de ello, es el sexo. No como algo carnal o meramente genital, sino como ese impulso interior que arrastra a la acción a quien lo siente. Un torrente inevitable, provocador de un profundo conflicto entre el corazón y la razón, aliado seductor del primero y generador de estupor ante las estructuras que rompe en el segundo. Ahí es donde está la maestría de este japonés que todos los años suena como candidato al Premio Nobel de Literatura. Llega hasta el magma, la esencia, ese punto original en el que está el inicio de todo a partir de una energía que fluye y va tomando formas cada vez más complejas y elaboradas. Algo inmaterial e invisible que el también autor de “Kafka en la orilla”, “1Q84” o “Al sur de la frontera, al oeste del sol” maneja con suma delicadeza, haciendo de sus descripciones y diálogos palabras que se combinan para crear retazos de realidad y retratos humanos de un extraordinario verismo por su gran sensibilidad.

Hay algo profundamente vital en el estilo de Haruki Murakami que contagia a quien lo lee, y que queda muy bien descrito por esta (auto) definición que pone en boca de uno de los habitantes de esta ficción, “soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”.

“El mar llegaba hasta aquí” de Alex Pler

Mágico y realista a la par, tan ilusionante como veraz, no se lee, se vive, se siente.

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Leo desde hace tiempo a Alex con frecuencia, sea por entretenimiento de manera casi diaria a través de twitter o de vez en cuando, buscando un momento de evasión de la rutina, en su blog “Sombras de neón”. En el recuerdo tengo también la alegre sorpresa que fue descubrir el recopilatorio de posts de su bitácora digital anterior, “La noche nos alumbrará”. Meses atrás ya dejó leer para todo aquel que lo quisiera el primer capítulo de la que desde el pasado 13 de enero es la ficción “El mar llegaba hasta aquí”. Tras finalizarlo le hice llegar vía mensaje mi impresión: “ganas de más”.

Ahora que ya es una novela lanzada al mundo y cobrando vida al margen de su autor, pasando a ser moldeada por las impresiones de sus lectores, diré que aquellas páginas iniciales son la puerta de entrada a un universo mágico y realista a la par. Siguiendo el símil de su título, bucear en esta creación literaria es ilusión para el espíritu y realismo para la piel de los que se decidan a sumergirse en sus aguas. “El mar llegaba hasta aquí” no se lee, trasciende el código de las palabras y sus estrictos significados y va más allá, se vive, se siente.

En su manera de relatar Alex va más allá de concatenar hechos y reflexiones, sino que entra dentro de de las motivaciones y las causas de sus personajes, dotando a sus narraciones y diálogos de una gran sensibilidad. Aunque sus protagonistas puedan actuar por lo que les dicte su cabeza o los convencionalismos, Pler plasma con gran delicadeza las emociones que fluyen por su interior, tanto aquellas que llegan a expresar como las que no son capaces de dejar fluir. Así es como Leo, Adán, Javi o Verónica se hacen grandes, completos, humanos, haciendo que la identificación o la proyección con ellos de sus lectores surja de manera casi instantánea.

Ante su narración en primera persona es inevitable preguntarse cuánto de autobiográfico hay a lo largo de sus trescientas páginas. Mi apuesta es que mucho, quizás no todo vivido por Alex, pero sí a su alrededor, experiencias que le habrán llegado a través de sus propias vivencias o del relato de otros cercanos a él. El conjunto que forman es de un gran realismo, sin crudezas ni excesos ni gratuidades, la vida tal cual ha sido o podido ser hasta ahora para aquellos que hoy nos consideramos jóvenes aunque la niñez quede ya lejos, aunque aún miremos hacia ella más veces que hacia el futuro por venir. Y para darle continente a ese contenido vital no faltan referencias literarias (Tom Spanbauer, David Foster Wallace, Stephen King, Michael Crichton,…), musicales (Whitney Houston, Madonna, Céline Dion, Alanis Morissette, Rihanna, Fangoria,…)  o cinematográficas (El mago de Oz, Lost in translation, Smoke, Mi vida sin mí, Azul oscuro casi negro,…),  además de cómics, programas de tv y redes sociales que componen un completo marco generacional.

El vértice en el que confluyen autenticidad, sensibilidad y verismo es en la fluidez y espontaneidad con que van evolucionando los acontecimientos que con el sexo, el amor y la amistad junto a las ganas de crecer y descubrir como telón de fondo se desarrollan en el triángulo Barcelona-Granada-Madrid. De ahí la historia salta a Japón y con esa distancia geográfica su ficción adopta nuevas coordenadas no solo geográficas sino evolutivas. Se dejan las coordenadas espacio-temporales como cuadro de escena para adoptar modos orientales, como los de Haruki Murakami cuando confronta en sus novelas el mundo en el que estamos físicamente con otro paralelo y aparentemente irreal en  el que nos sentimos vivir de manera más plena, completa y auténtica. Se pasa de lo lineal a un caleidoscopio de emociones, un salto que supone una inicial bajada de ritmo que despierta dudas sobre hacia dónde quiere llevarnos Alex Pler, pero resituados en las nuevas coordenadas narrativas en que nos coloca está clara que su intención es llevarnos hacia la alegría, el positivismo, el tener fe y empeño. Su intención es que disfrutemos con su lectura de igual manera que hemos de hacerlo con la vida, tanto cuando miramos hacia atrás como cuando miramos hacia delante desde el hoy en el que estamos.