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“La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han

¿Somos conscientes de lo que implica este principio de actuación tanto en la esfera pública como en la privada? ¿Estamos dispuestos a asumirlo? ¿Cuáles son sus beneficios y sus riesgos?  ¿Debe tener unos límites? ¿Hemos alcanzado ya ese estadio y no somos conscientes de ello? Este breve, claro y bien expuesto ensayo disecciona nuestro actual modelo de sociedad intentando dar respuesta a estas y a otras interrogantes que debiéramos plantearnos cada día.

No hay política de comunicación, sino de imagen. El sexo es hoy más fast-food que lenguaje. Los algoritmos de las redes sociales te muestran una falsa realidad, solo ves lo que quieres ver y te ocultan todo aquello que podría sorprenderte o abrirte los ojos y la mente a nuevas circunstancias. Estas son algunas de las reflexiones, mías o de otros, que he recordado al leer los nueve capítulos en que Han analiza hasta dónde hemos llevado nuestro modelo de organización social. Un presente al que hemos llegado retorciendo los valores democráticos, anestesiando el espíritu crítico inundándolo de información sin contenido y monetizando cuanto hacemos, vivimos, logramos y ofrecemos.

Asunto complejo con múltiples influencias cruzadas y retroalimentándose que hacen difícil establecer un principio o causa iniciadora. Pero entre las diferentes cuestiones que señala, destaco la exigencia de transparencia como muestra de falta de confianza en los principios, procedimientos y logros de los gestores del sistema político. Cuestión que pretendemos solventar pretendiendo que cuantos intervienen en su diseño, funcionamiento y auditaje estén sometidos continuamente al escrutinio público, olvidando que de esta manera negamos el retiro, la privacidad y la intimidad que exige todo proceso de creatividad, innovación y estrategia.

Súmese a este asunto otro más abstracto, pero tan o más importante. El desarrollo de internet y el alcance de las redes sociales han traído consigo la hipercomunicación y la hiperinformación. El resultado es que nos inunda lo cuantitativo y somos incapaces de valorar, priorizar y relacionar cualitativamente, de encontrar lo que verdaderamente necesitamos o queremos en ese maremágnum de datos, fuentes y versiones. La posibilidad de elegir qué ver, escuchar y leer, así como el convertirnos en autores y emisores de piezas que formen parte de ese ecosistema textual y/o audiovisual se ha vuelto en nuestra contra. Hemos creído que el mecanismo capitalista de la oferta y la demanda estaba de nuestro lado, cuando lo que realmente estaba sucediendo es que le facilitábamos cuanto requiere para convertirnos en clientes de una mercancía que somos también nosotros. He ahí la paradoja.

A su vez, la digitalización ha hecho que las imágenes construidas -el cine, la publicidad, las fotografías tomadas con nuestras cámaras- pasen de ser cotidianas a banales por la facilidad y bajo coste de su elaboración, registro y divulgación. Ya no las visualizamos, sino que las consumimos. Hemos reducido su existencia a esos escasos segundos en que tardan en recibir -o no- un “me gusta”, prostituyendo tanto su supuesto mensaje como su contenido. Con la derivada de que nosotros mismos nos hemos convertido en contenido bajo la modalidad de selfies, robados y posados con los que atestiguar el ego y el cortoplacismo del protagonismo de nuestra existencia, así como nuestro cumplimiento de los cánones de éxito del momento confiando en ser reconocidos socialmente y recompensados económicamente por ello.

¿Daremos marcha atrás en este proceso de sobreexposición y ruido en el que vivimos hoy en día? ¿Ayudaría que tuviéramos gobiernos y representantes públicos más eficaces y mejores comunicadores? ¿Volverán los medios de comunicación a practicar un periodismo con contenido crítico en lugar de estar pendientes de los seguidores, descargas y visitas de sus cuentas 2.0 y páginas web? ¿Tomaremos conciencia los ciudadanos de los pros y contras de nuestro actual modelo de sociedad y actuaremos en consecuencia? Que siga el debate y la reflexión.

La sociedad de la transparencia, Byung-Chul Han, 2012, Herder Editorial.

10 ensayos de 2020

La autobiografía de una gran pintora y de un cineasta, un repaso a las maneras de relacionarse cuando la sociedad te impide ser libre, análisis de un tiempo histórico de lo más convulso, discursos de un Premio Nobel, reflexiones sobre la autenticidad, la dualidad urbanidad/ruralidad de nuestro país y la masculinidad…

“De puertas adentro” de Amalia Avia. La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza. Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt. Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk. El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf. Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor.

“A propósito de nada” de Woody Allen. Tiene razón el neoyorquino cuando dice que lo más interesante de su vida son las personas que han pasado por ella. Pero también es cierto que con la aparición y aportación de todas ellas ha creado un corpus literario y cinematográfica fundamental en nuestro imaginario cultural de las últimas décadas. Un legado que repasa hilvanándolo con su propia versión de determinados episodios personales.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset. ¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos?

“La España vacía” de Sergio del Molino. No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee. Reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman. Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización.

“Smart. Internet(s): la investigación” de Frédéric Martel

Han pasado varios años desde la publicación de este ensayo, pero está bien volver a él para comprobar lo mucho que acertó su autor en su previsión sobre el futuro de la red. Plataforma global, pero contenidos parcelados en función de coordenadas políticas, lingüísticas y personales y un futuro en manos de quienes inviertan en su innovación, en su desarrollo tecnológico y en resolver las complejidades legales asociadas a ella.  

La consolidación de internet parecía que iba a acabar con todo, con los libros en formato impreso, con las reuniones presenciales en lo empresarial y con algo tan cotidiano como ir al supermercado. Cierto es que no ha supuesto el punto de no retorno que algunos pronosticaban, aunque sí una importante inflexión tras la que ya nada es igual, pero teniendo en cuenta que hay un elemento inalterable, la necesidad humana de comunicarnos y de compartir nuestras vivencias y necesidades con aquellos que sentimos cercanos o parte de nuestra comunidad.

Y esto, cuando se trata del alcance y las posibilidades de la red, implica condicionantes como compartir idioma y cultura (no solo en términos de valores sino de maneras de funcionar) o, incluso, estar en el mismo huso horario. Circunstancias que mitigan, o incluso anulan, el efecto tabula rasa que algunos temían causaría el dominio internauta del neoliberalismo norteamericano. Por lo pronto, señalar que hay zonas del mundo que no comparten nuestro internet, he ahí países como China, Rusia o Irán que han creado sus propios modelos, con sus correspondientes sistemas de supervisión y censura, con los que mantienen y acrecientan el control político sobre su territorio y su población.

Por otro lado, las telecomunicaciones no han dejado de ofrecernos nuevas posibilidades. En poco tiempo los smartphones se han convertido en poco menos que asistentes personales resolviéndonos multitud de cuestiones. Una labor en la que colaboramos permitiéndole a las empresas titulares del acceso que hemos contratado, de las apps que nos hemos descargado y de las webs que consultamos, conocer nuestra geolocalización en tiempo real y disponer de la información que encriptan las cookies a las que damos ok diciendo qué buscamos, qué nos gusta y qué no, qué preguntamos, cuánto tiempo le dedicamos, en qué momento del día.

Asunto que pone el foco en el uso que hacen de nuestros datos empresas como Google, Facebook, Twitter o Amazon. Interlocutores ante los que EE.UU. y Europa parecen tener posicionamientos distintos -libre competencia vs. privacidad de los usuarios-, también cuando se entra en cuestiones como la fiscalidad -tributar en el lugar de origen o allí donde se factura- y los dictados de propiedad intelectual que han de cumplir. Asuntos de gran importancia tanto para el comercio mundial como para sectores como el de la cultura que se han visto profundamente transformados por formatos como el streaming y la suscripción, haciendo que sus creaciones pasen de ser productos (libro, cd o dvd) a también servicios y contenidos (como sucede igualmente en los medios de comunicación).

Una verdadera revolución tras la que está una forma de trabajar en un lugar en el que todo el mundo pone sus ojos, Silicon Valley, deseando conseguir sus logros allí desde donde es observado. Se habla de smart cities, viveros de empresas o hubs digitales, pero muchos fallan por la rigidez con que son concebidos por las administraciones públicas, la insuficiente preparación de sectores colaterales como el de la educación o su contexto, falto de empuje en prácticas como la del emprendimiento o de un sector privado en el que escasean los inversores con visión de futuro.

Tras la sociedad de la información vino la del conocimiento. ¿Y después? No estaría de más que Frédéric Martel volviera a recorrer el mundo y entrevistara a toda clase de perfiles del sector -empresarios, ingenieros, inversores, reguladores, usuarios…- para dilucidar cuál será el siguiente estadio de nuestra evolución tecnológica y vislumbrar las oportunidades que ésta nos deparará.

Smart. Internet(s): la investigación, Frédéric Martel, 2014, Editorial Taurus.

“La caída de Constantinopla 1453” de Steven Runciman

Sobre cómo se fraguó, desarrolló y concluyó la última batalla del imperio bizantino. Los antecedentes políticos, religiosos y militares que tanto desde el lado cristiano como del otomano dieron pie al inicio de una nueva época en el tablero geopolítico de nuestra civilización. Una exposición académica, pero narrada con tanto orden -en lo que refiere a los datos- y pulcritud -para no desviarse ni un solo momento de ellos- que se lee con la misma pasión que si se tratara de una novela de aventuras.

Antes que Estambul fue Constantinopla, capital del imperio bizantino, sede de la iglesia ortodoxa y cosede junto a Roma de la cristiandad durante siglos. Sin embargo, el largo período que va desde el s. IV hasta el XV fue trayendo consigo un progresivo declive de Bizancio, y aunque su principal urbe fue una de las más importante de la Edad Media desde el punto de vista comercial e intelectual, esto no impidió que los otomanos acabaran haciéndose con ella.

Como muy bien expone Steven Runciman en los capítulos iniciales, esto fue resultado de un cúmulo de factores internos y externos. Entre los primeros estuvieron las luchas y los conflictos dinásticos entre sus gobernantes y dirigentes; la oposición entre los que estaban a favor y en contra de una unión cristiana entre ortodoxos y católicos; y la separación política de los pueblos rusos, aunque estos siguieran compartiendo su fe. Del lado externo la competitividad con repúblicas como Génova y Venecia por el control del comercio proveniente de Oriente; la falta de unión entre los distintos territorios del occidente europeo, sumidos en inestabilidades tanto dentro de sus fronteras como en la relación con sus vecinos (he ahí la Guerra de los Cien Años entre franceses e ingleses), la entrada de los turcos en los Balcanes a través del mar Negro y la consolidación del imperio otomano al otro lado del mar de Mármara.

Los muchos nombres expuestos y relaciones explicadas obligan a una lectura pausada. Pero una vez detallado el porqué de la situación, ésta coge ritmo con la entrada en el detalle sobre cómo Mehmed II desarrolló y ejecutó la estrategia para hacerse con Constantinopla y, de esta manera, integrar los antiguos territorios bizantinos en el imperio otomano y así extender el islam en sus nuevos dominios. Sin hacer una concesión a la ficción, el relato de Runciman va desde la formación de la armada con la que sitiaría su objetivo por mar, la construcción de la fortaleza de Rumali Husari desde la que evitaría que entraran víveres por tierra y la ingeniería con la que construyó los cañones que ayudarían a dañar su muralla, hasta el traslado de los miles de soldados que en marzo de 1453 se dispusieron a lograr su propósito.

Una estricta cronología aun mas minuciosa cuando se centra en las semanas de asedio. Las múltiples acciones con que, desde el 6 de abril, los otomanos intentaron salvar las defensas de su objetivo y como su diezmada población, sus limitadas tropas y un entregado Constantino IX consiguieron evitarlo una y otra vez hasta que ocurrió lo inevitable el 29 de mayo.

Una apasionante crónica -sustentada en múltiples fuentes- que transmite la tensión, amenaza y brutalidad que debieron vivir uno y otro bando. Una vibración que contagia al lector y a la que le sigue el desasosiego e incertidumbre posterior una vez que los conquistadores tomaron el dominio de lo que pasaba a ser suyo y buena parte de los hasta entonces residentes perdían sus propiedades, sus libertades e, incluso, su vida. En definitiva, un título con el que disfrutar y entender las claves y consecuencias de uno de los episodios con que se inicia la Edad Moderna de la historia universal.

La caída de Constantinopla 1453, Steven Runciman, 1965 (2017), Reino de Redonda.

“Un hombre de verdad” de Thomas Page McBee

Estas “Lecciones de un boxeador que peleaba para abrazar mejor” conforman una interesante reflexión sobre qué implica ser un hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. Un ensayo escrito por alguien que no consiguió que su cuerpo fuera fiel a su identidad de género hasta los treinta años y se topa entonces con unos roles, suposiciones y respuestas que no conocía, esperaba o había experimentado antes.

Cuando Thomas comenzó a inyectarse testosterona como parte de su proceso de transición, no solo experimentó cambios físicos (su complexión física se ensanchó, le surgió vello y su voz se hizo más grave), también notó que su entorno le consideraba de otra manera. Cuando hablaba, le prestaban más atención. Si se cruzaba con una mujer en un lugar con poca luz, sentía cómo esta se ponía tensa. De repente, algunos hombres se dirigían hacia él con una actitud retadora, violenta incluso.

Para entender qué estaba pasando, propuso a la revista en la que trabajaba escribir un reportaje sobre la relación entre los hombres y la violencia a partir de lo que viviera y sintiera preparándose para tomar parte en un combate de boxeo benéfico en el Madison Square Garden. Cinco meses de entrenamiento en dos gimnasios, cruces y comentarios en los vestuarios, horas de preparación física y mental con contrincantes y entrenadores, golpes hasta la extenuación en el ring…

Una exigente práctica física en la que se introdujo como principiante, que después le poseyó confundiéndole y enajenándole por momentos, pero en la que poco a poco consiguió encontrarse haciendo frente a sus dudas y miedos. Así hasta acabar entendiendo las paradojas y la alegoría sobre la condición humana -así como sobre sí mismo (su biografía, su personalidad y su pensamiento)- que, según él, es este deporte tan controvertido y tenido como un epítome de la masculinidad, del poder y las capacidades del hombre como luchador y estratega.  

Decir a los prejuiciosos y presuntuosos que Un hombre de verdad no trata sobre la vivencia, la aceptación o los posibles conflictos de la transexualidad. Afortunadamente, la fortaleza mental, la sensibilidad humana y la sinceridad emocional de Page McBee están más allá de eso, lo que le hizo darse cuenta, con su entrada en la masculinidad, de cómo se generan, transmiten y perpetúan las actitudes que el heteropatriarcado ha ejercido sobre mujeres y hombre no heterosexuales desde el principio de los tiempos. Y lo peor de todo, como él incluso, asumía inconscientemente algunas de ellas.

Un filtro de catalogación de la humanidad -el de la orientación sexual- que se complementa con otros como el de la raza o la posición social. Una triada sobre la que indagó tratando con historiadores, sociólogos, antropólogos o psicólogos con el fin de entender los porqués y cómo esto estructura y condiciona a nuestra sociedad. Artificios sin fundamentación alguna que hacen que nuestras relaciones individuales, colectivas y sistémicas se basen más en el conflicto que en la colaboración y en la diferencia que en la semejanza, con la consiguiente pérdida de energía y bienestar para todos y cada uno de nosotros.

Un ejemplo de introspección y sinceridad personal que me ha hecho recordar el Autorretrato de un macho disidente (Huso Editorial, 2017) de Octavio Salazar, y un deseo de conocer y comprender que, de haber estado ambientado en nuestro país, hubiera podido apoyarse en lo que Ramón Martínez cuenta en La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella (Editorial Egales, 2017).

Un hombre de verdad, Thomas Page McBee, 2019, Temas de Hoy.

“La España vacía” de Sergio del Molino

No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura. Un ensayo bien fundamentado y redactado con una prosa lírica y narrativa a la par.

Todos tenemos un pasado y la mayoría de nosotros en las coordenadas vacías que en sus primeras páginas Sergio deja perfectamente definidas con cifras, delimitaciones geográficas y marcos temporales. En mi caso, padres, abuelos y generaciones previas que nacieron en pueblos -de Salamanca y Zamora- y en los que pasé los veranos y navidades de mi niñez. He escuchado en muchas ocasiones el relato de cómo en los años 60 los míos emigraron -primero a Madrid y luego a Bilbao- para evitar la dureza de dedicarse a la manualidad de la agricultura y la ganadería en lugares con infraestructuras mínimas y viviendas rústicas alejadas de los estándares de bienestar.

Ahora, cuando vuelvo esporádicamente a aquellos lugares -a entierros y a visitar al último familiar que aún reside allí- siento que Dios Le Guarde y Figueruela de Arriba no resistieron, que aunque aún mantienen algunas casas en pie y han visto levantar contadas segundas residencias, son coordenadas lánguidas prestas a desaparecer.

Ha sido algo más que el desarrollo industrial de las últimas décadas lo que ha acabado con muchas localidades y dejado a los que allí nacieron y se criaron sin los cimientos de su identidad. Un pasado al que los que aún perviven y sus descendientes miran con una subjetividad excesivamente simplificadora. Ya sea mitificando, ya ahondando en la senda de maledicencia que muchos trazaron con anterioridad. La España vacia nos cuenta en su muy bien hilvanado y ordenado discurso que esto no es algo nuevo, sino que se remonta a mucho tiempo atrás, a siglos incluso.

Un territorio, un país dentro del país, formado por todo lo que no sea la cordillera cantábrica y el litoral mediterráneo y atlántico. Una basta extensión heterogénea, siempre escasa de medios y a la merced de los extremos de su clima continental, considerada únicamente como fuente de recursos por la oligarquía gubernamental y económica, por aquellos que se concentraban en sus pocas urbes (principalmente, Madrid). De ahí que sus habitantes se hayan visto forzados a subsistir, a no poder permitirse el ejercicio visionario de cómo progresar, sido etiquetados desde la lejanía con crueldad y superioridad por unos y viendo su realidad manipulada por otros con intereses ni siquiera complementarios a los suyos.

Tanto que ya no se sabe lo que es historia, leyendo, mito o farsa sin más. He ahí Cervantes y su retrato caricaturesco de La Mancha en las andanzas del Quijote, el romanticismo de las leyendas de Bécquer ambientadas en la comarca del Moncayo, el tremendismo de la mirada buñuelesca de Las Hurdes, la fanfarronería del discurso nacionalcatólico a propósito de las esencias de lo español o el cruel tratamiento mediático de sucesos, aun en nuestra memoria, como los asesinatos de Puerto Hurraco.

Cierto es que ha habido movimientos políticos -como el carlismo, aunque en su caso por descarte-, grandes pensadores -como Azorín, Machado o Unamuno, por convicción- y literatos más recientes -Delibes, Cela Julio Llamazares, con su habilidad para hacer crítica sin incomodar- que han ensalzado los modos y maneras de las gentes que vivían rodeadas de los paisajes que hoy reivindicamos desde el capitalismo turístico, el oportunismo partidista y la utopía digital. Pero no dejan de ser una gota de valorización en un océano de descuido, materialismo y abandono de todo aquello que no otorgue beneficio directo y cortoplacista, tal y como manda el gobierno, la organización y la concepción de este país nuestro.

La España vacía, Sergio del Molino, 2016, Editorial Turner.

“Lo real y su doble” de Clément Rosset

¿Cuánta realidad somos capaces de tolerar? ¿Por qué? ¿De qué mecanismos nos valemos para convivir con la ficción que incluimos en nuestras vidas? ¿Qué papel tiene esta ilusión? ¿Cómo se relaciona la verdad en la que habitamos con el espejismo por el que también transitamos? ¿Qué ocurre si no somos capaces de distinguir entre unas y otras coordenadas? ¿Qué pasa si vivimos lo imaginado como si fuera lo auténtico y viceversa?

Carpe diem decimos. Aprovecha, disfruta el momento, deja atrás el pasado, que te estás perdiendo el presente y no te vas a dar cuenta de que llega el futuro. Una manera como tantas otras de no vivir, experimentar y protagonizar el aquí y ahora en que se está desarrollando nuestras vidas. ¿Por qué lo hacemos? Podríamos suponer mil y un motivos, la presión de los objetivos (personales, laborales), los estímulos del entorno (las promesas afectivas, publicitarias), la insatisfacción vital (con nuestra pareja, familia, amigos, trabajo) o incluso por desequilibrios internos (emocionales, aunque si adquieren tintes psiquiátricos quedan fuera de lo que se analiza en este título).

Clément Rosset comienza su exposición relatándonos que, en ocasiones, actuamos conscientemente con la pretensión de ir en contra del destino, para que no se cumpla aquello que este nos ha anunciado como si fuera un oráculo. Y paradójicamente todo cuanto hacemos, pensando que vamos en dirección contraria, provoca que ocurra sin darnos cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Huyendo de la realidad, hemos construido otra que ha resultado ser la que tenía que ser. ¿Tenía sentido intentar escapar de ella? ¿Es imposible lograrlo? ¿Cuál era la auténtica, la que vivíamos o aquella de la que escapábamos y que ha terminado siendo la que se ha impuesto?

También puede ser que creamos o nos situemos en otra realidad, en un mundo paralelo. ¿Cómo se activa ese mecanismo? ¿Cómo vivimos aquí mientras estamos allí? ¿Qué efecto causa aquí lo que creemos hacer allí? ¿Cómo nos tomaremos el día que descubramos dónde está lo original y dónde la copia? ¿Seremos capaces de tolerarlo, de desmontar lo falso y reconstruir lo verdadero?

Es posible incluso que la manera de huir del presente no sea desdoblando el acontecimiento profetizado o la realidad que nos incluye, sino duplicándonos a nosotros mismos. Que el yo que siento ser tome por otro, y no por un reflejo, a ese que ve en el espejo, y que incluso tome a ese ser que percibe por el yo que cree encarnar. ¿Qué efecto tendrá en su mundo su comportamiento? ¿Cuál de los dos yoes es el que se propone y cuál el que responde? ¿Qué le ocurre al que se muestra y le sucede al que queda ocultado? ¿Es cada uno de ellos consciente de la existencia del otro? ¿Cómo se relacionan entre ellos?

Una exposición filosófica sobre la existencia y la identidad individual, y un ejercicio de reflexión incluso psicológica sobre el comportamiento humano que Rosset expone con gran profundidad intelectual. Pero también con suma transparencia gracias a su hábil manejo del lenguaje, de la claridad de su exposición narrativa y de los referentes literarios, artísticos y del pensamiento que utiliza para ejemplificar su propuesta.

Lo real y su doble, Clément Rosset, 1976, Editorial Hueders.

Paul Bowles y sus “Memorias de un nómada”

Autobiografía de un hombre, más músico que escritor, cuya vida consistió en ir de un sitio a otro para, a medida que conocía culturas y lugares del mundo e interiorizaba experiencias, pasar de un estadio a otro dentro de su particular crecimiento interior. Estas memorias, escritas cuando contaba con sesenta y dos años, tienen más de sucesión cronológica de episodios, personas, lugares, impresiones y retazos de conversaciones que de reflexión sobre su trayectoria vital.

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De EE.UU. a Marruecos, de Francia a Tailandia, de Reino Unido a Kenia, de España a Ceilán, de Suiza a Costa Rica. Fueron muchas las rutas que a lo largo de su existencia llevaron a Paul Bowles (Nueva York, 1910 –  Tánger, 1999) de un continente a otro. Unas veces por motivos literarios, otras musicales y muchas sencillamente para vivir sin más, para experimentar y conocer. En ocasiones también por trabajo, trayectos de ida escribiendo reportajes periodísticos o investigando sobre tradiciones musicales y viajes de vuelta a su país natal para que sus composiciones formaran parte de montajes teatrales e, incluso, producciones cinematográficas.

Unas veces solo, otras acompañado, ya fuera de la mujer con la que más compartió, Jane Auer, de multitud de amigos y colegas (Gertrude Stein, Peggy Guggenheim, Truman Capote, Tennessee Williams, Francis Bacon,…) o con todos aquellos que se encontrara en su camino, de manera más o menos casual y fuera cual fuera su condición (profesional, social, económica, cultural,…). Una vida que comenzó con el soporte económico e intelectual de una familia de buena posición, formada por una madre atenta y cariñosa y un padre estricto y represivo, así como unos abuelos y tíos siempre presentes. Un entorno en el que Bowles no recuerda haber interactuado con otro niño hasta cumplir los cinco años y del que salió para no volver nunca más una vez que comenzó sus estudios universitarios.

Casi cuatrocientas páginas en las que se percibe que vivió cada instante –ya fuera en París, Londres, Fez, Nairobi, México o Bangkok- con una mezcla de idealismo y pragmatismo combinada con ingenuidad y laissez faire, apoyándose en los recursos y personas que encontraba y buscaba allá donde estuviera. Nombres que entonces eran sinónimo de rebeldía y que hoy –ya en el siglo XXI, aunque también probablemente en el momento en que el autor de El cielo protector escribió estas memorias en 1972- son considerados como los innovadores que dieron forma a buena parte del legado intelectual y cultural del siglo XX.

Una etapa de la historia moderna en la que EE.UU. se convirtió en la primera potencia mundial, los imperios franceses y británicos llegaron a su fin y el mundo vivió dos guerras mundiales. Circunstancias que provocaron inestabilidades políticas, sociales y militares de gran calado y que Bowles también vivió de una manera muy particular. Valgan como ejemplo los interrogatorios que sufrió por su afiliación al Partido Comunista –organización que abandonó en 1939- durante la caza de brujas del McCarthismo, o su experiencia en primera persona de la independencia de Marruecos, por cuya cultura quedó prendado desde su primera visita al norte de África en los años 30.

Without stopping (acertado título original) podría ser una obra sugerente. Sin embargo, no lo es tanto. A la hora de plasmar sus vivencias sobre el papel, el objetivo de Paul Bowles es el de poner en orden sus recuerdos y no elaborar y concretar el hilo conductor -que seguro que lo hubo en el plano ideológico, espiritual y creativo- que le llevó de un lugar a otro, no solo geográfico sino también interior. Así es como Memorias de un nómada –a excepción de los capítulos dedicados a su infancia y adolescencia- no pasa de ser un volumen al que acercarse para conocer más sobre la biografía y recorrido de este autor, pero no con el que disfrutar y enriquecerse como lector.

Memorias de un nómada, Paul Bowles, 1972, Editorial Grijalbo.

“Españoles. Viaje al fondo de un país” de Rafael Torres

Bajo la premisa de que los manuales académicos no recogen la verdadera historia de nuestra nación por dejar fuera al común de sus ciudadanos, este autor se propone componer un caleidoscopio de la heterogeneidad española a través del retrato de distintos hombres y mujeres de lo más dispar de los dos últimos siglos. Relatos con los que intenta mostrar la verdad tras episodios que hasta ahora habían sido narrados como fábulas o que nos eran desconocidos.

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Las leyendas presentan a los piratas como lo que no fueron, hombres al margen de la ley que hicieron del robo y el asesinato su modo de vida. La historia del arte rara vez contempla a las personas que estaban tras las modelos anónimas de los lienzos de Julio Romero de Torres y cuando se habla de la revolución industrial o el crecimiento económico, la individualidad de los trabajadores desaparece bajo el concepto de masa obrera. Estas son algunas de las muchas simplificaciones y descartes que se realizan a la hora de elaborar el discurso oficial de la Historia, cuestión de síntesis según unos, fijación de una línea narrativa centrada exclusivamente en lo geopolítico según otros.

Rafael Torres dice estar entre los segundos, pero no me ha quedado claro si pretende demostrar que esa oficialidad tiene una cara B que ha de ser conocida –o ante la que debemos dejar de hacer oídos sordos- o si su intención es la de proponer una alternativa que amplíe o complemente a aquella. En algunos de sus capítulos aporta datos que hacen pensar en ello, como el medio millón de españoles que sufrió penas de cárcel por su ideología tras 1939. Pero lo que cuenta en otros no va más allá de lo curioso, como el pueblo que se pasó décadas sin ver morir a ninguno de los suyos en contienda alguna gracias a la protección de su Virgen o aquel en el que los noviazgos implicaban una tasa que ellos debían pagarle obligatoriamente a ellas.

En esta historia de historias se echa en falta un hilo conductor que nos guíe y nos muestre que los casos, sucesos y anécdotas elegidos tienen un propósito conjunto. Podría ser que su intención fuera ejemplificar una serie de aspectos sobre la evolución de nuestra sociedad, pero es algo que solo se intuye levemente, no pudiéndose afirmar con claridad que esa es su intención, y si así fuera, en qué ideas clave o propuestas de debate se concretaría.

La prosa de Torres se diluye entre su crítica a la oficialidad –como la puesta en escena que tuvieron tras de sí muchas de las imágenes que dieron testimonio de la visita de Alfonso XIII a la comarca de Las Hurdes-, los apuntes sociológicos y etnográficos y una narración entre la intención literaria no conseguida y la impostura periodística en la que las fuentes son casi más utilizadas como coautores que como referencias integradas. Viaje al fondo de un país podría pasar perfectamente por la recopilación de una serie de artículos publicados previamente en una o distintas cabeceras editoriales de tirada semanal.

Españoles. Viaje al fondo de un país, Rafael Torres, 2010, Ediciones B.

“Tamara de Lempicka” de Laura Claridge

Mujer enigmática, dotada de una técnica extraordinaria que combinaba la belleza del Renacimiento con la sensualidad modernista a la hora de trabajar sobre el lienzo. Con una concepción de la vida y de las relaciones que le dio buenos frutos en el terreno personal, pero que la mantuvo alejada de los círculos oficiales del arte a los que se asomó en la década de los 20 y que no volverían a considerarla, aunque levemente, hasta los años 70.

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No debemos tomar como cierto mucho de lo que esta mujer dijo de sí misma en vida, partiendo incluso de su nacimiento. Ella dijo que fue en Varsovia, pero aunque su familia era polaca, todo apunta a que realmente llegó al mundo el 16 de mayo de 1898 en Moscú. Pasó las dos primeras décadas de su biografía en los círculos de la alta sociedad del Imperio Ruso gracias a la acomodada posición social de su familia. La revolución bolchevique la obligó a trasladarse a París, pero de alguna manera, en su mente y en sus posteriores residencias en Nueva York, Beverly Hills, Houston y Cuernavaca, así como en sus viajes por Europa y EE.UU., siempre intentó reproducir aquel estilo de vida elitista y hedonista.

En la capital francesa, sus aptitudes para la pintura eclosionaron y sus lienzos poco a poco se fueron haciendo un hueco en los salones oficiales y en algunas de las galerías a orillas del Sena. La originalidad de su propuesta -evocadora con sus pinceladas de las superficies y las luces del Quattrocento italiano- con su fastuoso tratamiento del color, sus compactas composiciones con fondos arquitectónicos y sus escultóricos volúmenes destacaron por su buena conjugación de la belleza clásica y la modernidad, pero sin romper con el pasado como promovían las vanguardias.

Así fue como se convirtió en uno de los nombres de la Escuela de París de los años 20, del modernismo y del art decó, pero sin llegar a compartir expresamente principios ni propuestas con ningún otro creador. No pretendía ser rupturista, sino ser valorada artísticamente y ganarse la vida con ello lo suficientemente bien como para llevar un alto tren de vida. Lo primero le falló en el momento en que se trasladó en 1939 a EE.UU. para evitar vivir bajo el yugo del fascismo, aunque nunca dejó de investigar ni de intentar superarse en lo pictórico. En lo segundo nunca tuvo problemas, tanto por lo que consiguió por sí misma como por los dos hombres con los que se casó. Con el apuesto Tadeusz Łempicki tuvo a su única hija, Kizette (con quien ya adulta, siempre tuvo una conflictiva relación), después, con el barón Raoul Kuffner vivió un matrimonio concebido más como compañerismo que como historia de amor.

En lo personal Tamara fue una mujer siempre pendiente de la imagen que proyectaba -y por eso cuidó con esmero todo lo estético, la decoración de sus residencias, su vestimenta…- pero al tiempo impulsiva a la hora de relacionarse, sin pudor en lo concerniente a lo sexual, con un comportamiento caprichoso en infinidad de ocasiones y con un ánimo depresivo que, de manera intermitente, la acompañó hasta que murió el 16 de marzo de 1980 en tierras mexicanas.

Para la posteridad quedan más de 500 obras como Adán y Eva o Madre superiora, así como multitud de retratos, bodegones, dibujos y apuntes en los que también jugó con la abstracción o la espátula como manera de aplicar los pigmentos que ella misma se fabricaba. Lempicka fue en vida una figura difícil de definir, que no encajaba en las categorías que establecieron los que escribían sobre la marcha la Historia del Arte, pero a la que -en buena medida gracias a su influencia sobre la moda y el diseño- con el tiempo se le está reconociendo la valía, originalidad y saber hacer que siempre tuvo.

Tamara de Lempicka, Laura Claridge, 1999, Circe Ediciones.