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“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

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A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

“La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella” de Ramón Martínez

La homofobia no es solo el odio y el desprecio a todo aquello relacionado con la homosexualidad. Es más, es un síntoma, un pilar del sistema inventado por el heteropatriarcado para justificar y sustentar su artificial supremacía. Un desequilibrio que viene de mucho tiempo atrás, del que son tan víctimas quienes lo ejercen como quienes lo sufren. Sin embargo, y tal como apunta Ramón,  es posible ponerle fin entre todos -sea cual sea nuestro género, identidad u orientación sexual- y dar paso a un nuevo modelo de sociedad y de cultura relacional basada en la equidad y la diversidad.  

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Damos por hecho muchas cosas, como que está en nuestra naturaleza ser de una determinada manera y rechazamos la idea de que en realidad somos construcciones sociales. Transmitidas de generación en generación, sustentándose en conceptos falsos y prejuiciosos que no tienen otro fin más que crear jerarquías de poder generadoras de desigualdad.

Los seres humanos nos definimos como personas, término que nos engloba a todos, pero luego resulta que la historia, a la hora de mirar a nuestro pasado, y la legislación y las hemerotecas, al considerar nuestro presente, nos llevan la contraria con documentos de todo tipo que demuestran que en primer lugar nos consideramos, clasificamos y separamos bajo los términos de hombres y mujeres.

Una división en la que se establece que el mundo está formado por él y ella, indivisiblemente, complementariamente, pero con unas tareas muy marcadas que reflejan que él es más que ella. Sin embargo, y como no hay verdad alguna en esto, se necesita de una serie de mecanismos e interpretaciones que lo sustenten. Uno de estos terrenos es el simbolismo proyectado sobre nuestro cuerpo, entendido como un medio para ejercitar la posesión y el uso material, como objeto, del otro. Otro es el intelectual, negando el acceso a las fuentes del conocimiento y el ejercicio del mismo. Unos mandan, gobiernan y piden y otras sirven, acatan y se entregan.

Hasta aquí, y desde el punto de vista de hoy en día, nada que nos sorprenda. Pero resulta que esta aparente sencillez tiene una profundidad y una complejidad que abarca mucho más de lo que parece. Es la base del rechazo de cualquier comportamiento o expresión que no cumpla dicho canon, como al hombre que desea a otro hombre en lugar de a una mujer como se le presupone, o más bien se le ordena. Una persecución que sufren igualmente las mujeres que se sienten atraídas por otras mujeres, en lugar de estar a disposición de un varón; aquellos y aquellas que son capaces de entregarse tanto a hombres como mujeres o los que habiendo nacido con un sexo biológico viven conforme al que sienten y que no coincide con aquel.

Ellos (nosotros), homosexuales (gays y lesbianas), bisexuales y transexuales, el denominado colectivo LGTB, son (somos), además de las mujeres heterosexuales en su conjunto, la más clara y directa víctima de la homofobia generada por el heteropatriarcado.

Lo han (hemos) sido desde hace muchos siglos, gracias a, tal y como explica Ramón Martínez, la manipulación de las religiones, la medicina basada en creencias en lugar de en principios científicos, o los regímenes políticos, incluso los democráticos, sustentados en maneras totalitaristas. Un legado que hace unas décadas parecía insuperable, pero que en países como el nuestro hemos conseguido dejar, aparentemente, atrás gracias al compromiso y la movilización sin descanso de un activismo que se dejó la piel –además de la libertad e incluso la vida en muchos momentos- para conseguir derechos legales como el del matrimonio o la adopción.

Ahora bien, esto no quiere decir que la homofobia se haya acabado. He ahí los muchos casos de agresiones a maricas y bolleras que son noticia casi a diario, la condena al ostracismo social que sufren los transexuales y, por extensión, la violencia machista y la desigualdad en todos los ámbitos que sufren muchas mujeres. Esto demuestra que queda mucho por hacer frente a la homofobia, en planos muy amplios –como ese que, sugiere Ramón, debe unir al movimiento LGTB con el feminismo en su causa común- como otros más particulares y específicos de homosexuales, bisexuales y transexuales.

Motivo este por el que –y tras haber conseguido la equidad jurídica- el movimiento asociativo debe reelaborar su propuesta para dar a conocer cuáles son sus objetivos, tanto para sus potenciales integrantes, como para el conjunto de la sociedad. Un paso más hacia adelante para seguir avanzando hacia una colectividad más justa, más igual y donde antes y después que hombres y mujeres, heteros, homos o bisexuales, seamos personas, sin más. Ese es el propósito final hacia el que Ramón propone que vayamos y que tan clara y convincentemente queda expuesto y argumentado en este ensayo comprometido con la defensa, divulgación y verdadera vivencia de los derechos humanos.

“Soldados de Salamina” de Javier Cercas

La Guerra Civil que comenzó hace 80 años es un tremendo agujero negro con muchas piezas aún por conocer y conectar tanto a aquel entonces como a nuestro presente. Una de esas, la de la supuesta salvación de morir fusilado del fundador de la Falange, Rafael Sánchez Mazas, es la que despierta la curiosidad de Javier Cercas. Investigación, periodismo y ficción se combinan, se unen y se separan en esta historia que atrae por lo que cuenta y que destaca por haber tan pocas como ella.

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La mente de un periodista es una continua olla en ebullición, por ella pasan todos los días retazos de acontecimientos y frases sueltas que su buen hacer puede convertir en una noticia a toda página, un amplio reportaje o la semilla de algo todavía más profundo que necesite saltar los límites del periodismo para ser dado a conocer si los datos de que dispone así se lo exigen. No todos los profesionales cuentan con la intuición que les haga percibir que lo que ha llegado a su conocimiento tiene este potencial. Hace falta tener una sensibilidad especial, tan innata como entrenada, que impulse a quien dispone de ella a seguir esa pista que a cualquier otro probablemente nos parecería irrelevante y superflua. Gracias a ese don, Javier Cercas dedujo que había algo más tras la anécdota que el poeta Rafael Sánchez Ferlosio le contó sobre cómo su padre se libró de morir fusilado por los republicanos cuando estos abandonaban la provincia de Girona ante el inminente triunfo nacional a finales de enero de 1939.

A partir de ese momento Cercas nos relata cómo comienza a pensar en el tema para posteriormente trabajar sobre ello, haciéndonos cómplices del momento personal en el que estaba al inicio, y cómo compaginó el proceso de documentación, de búsqueda de información y encuentros con distintas fuentes, con un momento de su vida en el que su estado anímico no estaba en su mejor nivel. Un ejercicio de desnudez intrincado en el de la transparencia profesional  del proceso de querer saber que hace que Soldados de Salamina resulte una ventana abierta hacia paisajes que no estamos muy acostumbrados a ver y mucho menos a mostrar.

Pero lo que va más allá de este relato es el deseo del autor de querer acceder a la Historia, esa disciplina entre científica y humanística, llena de episodios cuyo conocimiento y divulgación nos aportarían un mayor conocimiento sobre quiénes somos y de dónde venimos. Sucesos a los que la falta de certeza sobre lo realmente acontecido les convierte en leyendas muchas veces magnificadas. Así que para conseguir lo primero y evitar lo segundo, Javier se propone conocer todas las piezas del episodio que está investigando, contrastándolas, confrontándolas y complementándolas para tener un relato lo más objetivo, completo y aproximado de lo que pudo suceder en realidad. Un cometido que cumple de manera escrupulosa, impulsado no solo por el deseo de llegar a la verdad sino por el del respeto a las personas que allí estuvieron y a las experiencias y emociones que vivieron. Huella profunda que Javier Cercas nos transmite y nos hace sentir con la misma intensidad y a flor de piel con que ellos la vivieron décadas atrás.

Estos son los verdaderos protagonistas y homenajeados de Soldados de Salamina, los hombres y mujeres que silenciosa y anónimamente construyeron durante aquellos largos años de nuestra Historia una realidad más humana y justa que la brutal y coercitiva del régimen que pretendía aplicar una tabula rasa sobre todo lo que no cumpliera su dictado. Antepasados nuestros que ya no esperan ser reconocidos pero que duermen o han muerto con la conciencia tranquila de haber hecho lo correcto.

“Quiérete mucho, maricón” de Gabriel J. Martín

Una conversación, una charla, un soliloquio en voz alta,… una síntesis de las mil y una pautas, consejos y ejemplos que supongo Gabriel J. Martín propone en sus sesiones terapéuticas a hombres cuya trayectoria vital no solo fue atropellada por la homofobia durante un tiempo (quizás sigan estando en ese estadio), sino que sigue viéndose afectada por sus invisibles y paradójicas secuelas. Un completo ejercicio de empatía con el que cada hombre homosexual puede hacer una auto reflexión sobre el grado de naturalidad, visibilidad y plenitud con que siente y lleva a la práctica su deseo y capacidad de interactuar, disfrutar y enamorarse de otro hombre.

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Hay dos cosas que Gabriel deja claro a lo largo de su obra. La primera es que Quiérete mucho, maricón habla de amor, de la capacidad y posibilidad de establecer relaciones afectivas que puedan derivar, si así lo queremos, en compromisos entendidos como proyectos de vida compartidos. Aclarar que también habla de sexo, pero no como el elemento que nos define, sino como un capítulo importante y fundamental, junto a otros muchos, del desarrollo de toda persona y relación. La segunda es que vivimos un momento en que se están derrumbando muchos de los falsos conceptos que a lo largo de años, décadas y hasta siglos se han alimentado sobre la homosexualidad. Ser conscientes de ello nos liberará de muchos de los prejuicios que hemos heredado, sufrido y hasta interiorizado, y nos permitirá construir un futuro en el que los que nos sucederán estarán, posiblemente, libres de semejante atrocidad.

Esta es una propuesta de un psicólogo, gay, sí, pero hombre de ciencias, con lo que todo lo que dice tiene tras de sí un dato contrastado. La suya no es una disertación libre y edulcorada para los que busquen un manual activista, un libro de auto ayuda para aquellos a los que les quede camino por hacer o un volumen con el que mentes autocomplacientes se sientan superiores por sí haberlo recorrido. Su oferta –con un estilo cercano, un lenguaje llano y plagado de ejemplificaciones y hasta confidencias sobre sí mismo- va dirigida a todos y a cada uno de nosotros, dejando claro que el proceso de normalización de la orientación sexual y afectiva comienza por una primera etapa de auto aceptación, pero que necesita también del ejercicio de nuestra dimensión social para desplegar, entrenar y ejercitar nuestras habilidades y capacidades afectivas. Somos seres individuales, pero formamos parte de una sociedad con la que convivimos, en la que nos comunicamos e interactuamos, accediendo así a unas posibilidades que nos hacen más plenos. Y no se trata solo de relacionarnos con otros homosexuales con lo que compartimos orientación sexual y afectiva –y en consecuencia, posibilidad de ejercitarlas- sino también con el amplio y diverso mundo sexual –heterosexualidad, bisexualidad, transexualidad,…- en el que vivimos.

Una realidad ya existente para muchos y un objetivo para aquellos que todavía no han llegado a ella y a los que se dirige especialmente Quiérete mucho, maricón. La homofobia es uno de esos grandes males tan extendido como invisible entre el género humano. No se trata solo de países en los que ser homosexual implica cárcel o pena de muerte, es también el recuerdo de lugares y tiempos recientes en los que era (o sigue siendo) habitual que ser identificado –o revelarse- como homosexual implicara ser despreciado y sufrir toda clase de vejaciones físicas y psicológicas por compañeros de colegio y de trabajo, vecinos, e incluso padres y hermanos.

Las profundas heridas que aquellos abusos causaron no son solo algo del pasado o que se acabará en el momento en que nos alejemos de las personas y del lugar en el que lo estamos recibiendo. Son una semilla y un irónico legado por el que el rechazado por gay, por homosexual, por marica, no solo se despreciará inconscientemente a sí mismo por ello –homofobia interiorizada-, sino que también ejercerá la violencia sobre otros por serlo o por parecerlo utilizando uno y mil prejuicios (ej. promiscuidad, afectación de infecciones de transmisión sexual, femineidad,…). Esa es la zona sensible a la que Gabriel J. Martín se propone ayudar a llegar a cada uno de sus lectores, si estos así lo desean y están dispuestos a trabajar siendo sinceros consigo mismos, para reconocer en qué medida esto les sucede o ha ocurrido y proponerles medidas con las que solucionar ese dolor –camuflado bajo síntomas como ansiedad, adicciones o comportamientos compulsivos- que sigue latente y eliminar las barreras y limitaciones que de tan consolidadas ya resultan invisibles.

La certeza de una vida mejor, de un presente lleno de posibilidades y de un futuro sereno y pleno está ahí, al alcance de todos. No solo debe ser un sueño, sino que es un derecho innato a toda persona, independientemente de su orientación afectiva. No siempre es fácil, a veces hasta es duro, pero está claro que se puede conseguir –con más o menos calma, con ayuda de psicólogos, amigos con que ya contemos o personas aún por conocer. Una nueva etapa de nuestras biografías cuyos logros demostrarán que realmente ha merecido la pena trabajar por llegar a ella y en la que decir alto y claro a uno mismo y a los demás, tranquilo y sonriente, eso de Quiérete mucho, maricón.

Las “Arenas movedizas” de Henning Mankell

A este famoso autor sueco de novela policíaca le diagnosticaron una fría mañana de enero un cáncer de pulmón. La noticia fue un shock que provocó un rebrote de recuerdos, vivencias y reflexiones que decidió plasmar en este título que, con una prosa tranquila, tiene más de viaje interior al que se nos deja asistir que de memorias compartidas.

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Que te indiquen el posible fin de tu vida debe producir tal catarsis que no hay manera de imaginarse o ponerse en el lugar de la persona que recibe semejante noticia. Ni siquiera aquel al que anuncian tal premonición es capaz de proyectarse en esa situación. Debe ser un viaje tan de vértigo como instantáneo a un lugar de nuestro interior al que no sabemos cómo se llega. En una décima de segundo nos vemos violentamente trasladados sin saber cómo hemos recorrido tan profundo y hasta entonces inimaginable camino.

Un punto desde el que sentir la cercanía, tangible y sensorial, de la muerte. Un abismo, una incertidumbre en la que toda reacción y respuesta deben presuponerse lógicas, aunque probablemente varíen en función de un cúmulo de factores que explican la biografía de cada persona: cultura, creencias religiosas, sistema social, estructura familiar, trayectoria sentimental,…

Todas esas, y muchas más, son las variables que conforman el interior de estas Arenas movedizas en las que inicialmente se ve atrapado Henning Mankell y de las que se propone tomar conciencia para desmontar mitos, afrontar el miedo a lo desconocido y descubrir cuánto hay de verdadera realidad en ellas.

Afloran en él aquellas falsas creencias que teníamos de niños, como la de que el fenómeno que da título a este libro suponía el ser engullido y asfixiado por el terreno que podríamos pisar caminando por la jungla africana. Se acentúan aquellas interrogantes utópicas siempre latentes como el de dónde venimos y a dónde vamos y cómo están ligadas las sentencias, que mirando al pasado y al futuro, le dan respuesta a ambas. El hombre apenas lleva unos miles de años sobre la tierra y algunas de nuestras acciones –como los residuos nucleares- hacen pensar que nuestras acciones tendrán posibles consecuencias negativas durante ¡cien mil años! Y sobre todo, se ahonda en la propia conciencia y el concepto de individualidad, en cómo se ha construido a sí mismo como persona y cómo cada uno de nosotros no somos más que un instante en el universo, continuación de aquellos que estuvieron antes que nosotros y predecesores de los que están por venir.

Un total de 67 pequeños capítulos en los que momentos puntuales se trazan con cuestiones que surgen y desaparecen a lo largo de sus más de 370 páginas. Unas veces lógicamente unidas, otras inconexas para cualquier persona que no fuera el propio Mankell. Vagando por Suecia, viajando por toda Europa y residiendo en África –continente en el que tanto tiempo vivió, trabajó y experimentó humanamente-. Y siempre con una aguda percepción y empatía a flor de piel que hicieron que la vida fuera para Henning Mankell –falleció en 2015, apenas año y medio después de la publicación de Arenas movedizas– un sinfín de múltiples momentos, personas y lugares que siempre dejaron una enriquecedora huella en su persona.

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“La difícil vida fácil” de Iván Zaro

Aquello que no vemos no existe, a lo que no le ponemos palabras exactas no lo hacemos real. Acabar con estas dos injusticias que conducen a la oscuridad, al olvido y al estigma es el objetivo de Iván Zaro en esta obra sobre los trabajadores masculinos del sexo. Doce desnudos y sinceros testimonios con los que conocer la verdad, los sinsabores y los aspectos más humanos de una actividad negada socialmente y obviada legalmente.

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El curriculum de Iván Zaro dice que tiene tras de sí más de una década de experiencia profesional en el campo de los trabajadores masculinos del sexo, así como con personas con VIH, colectivos no necesariamente unidos, pero que en muchas ocasiones están separados por tan solo líneas discontinuas. Con este bagaje a sus espaldas, Iván presenta este libro, resultado tanto de su trabajo de campo sobre el terreno como, y más importante aún, por las relaciones personales que ha establecido en él. Yendo más allá de los datos numéricos para entrar en lo realmente humano, en las vivencias de una docena de hombres para entender qué hay en el antes, el durante y el después de recurrir al sexo como ocupación profesional, como fuente de ingresos.

Zaro introduce cada uno de los perfiles con una breve presentación sobre las coordenadas en las que estos ejercen o han ejercido la prostitución, desde cómo se presentan a sus clientes (en la calle, en bares, saunas o a través de internet), el tipo de servicios que ofrecen o sus circunstancias más personales (inmigrantes irregulares, relaciones familiares, situación socioeconómica,…). Esos son los breves apuntes que en estas páginas se dedica al lenguaje técnico –pero siempre con una redacción accesible, apta para todos los públicos- de la sociología. A partir de ahí, todo el espacio está destinado a los auténticos protagonistas, a aquellos que se sirven de su cuerpo como manera de ganarse la vida.

La narración en primera persona, el aspecto de conversaciones transcritas que tienen las palabras que leemos es un primer golpe de autenticidad de lo que cuentan Javier, Joan, Sega o Mitko, entre otros. Nombres que comparten puntos en común como un momento en su vida en el que se encontraron en la más absoluta soledad y vacío, sin papeles y sin posibilidad de un trabajo, saliendo de un internado y no teniendo dónde dormir, llenos de deudas y sin medios con los que poder liquidarlas. Avocados a conseguir dinero con lo único que tenían, su cuerpo, cosificándose a sí mismos y a algo que no habían hecho hasta entonces. U optando por darle mayor entidad a aquello que les había surgido, por iniciativa propia u por ofrecimiento de otros, en el pasado.  Golpes del destino que nunca antes hubieran imaginado o que ya conocían por una temprana introducción en el sexo, generalmente relacionada con el abuso de mayores en el entorno familiar.

Sin embargo, cuidado con establecer patrones y reglas que hagan tabula rasa entre todos ellos porque hay excepciones, como el que vio en esta actividad una manera de dar un giro a su vida o de conseguir un beneficio económico de unas habilidades por cuyo disfrute hay quien está dispuesto a pagar (como es el caso de los llamados servicios especiales). En lo que sí coinciden es en cuestiones a las que se ha de hacer frente en un terreno de juego tan primario y visceral como es este y al que muchos de sus clientes llevan reglas propias como es el sexo no seguro o las drogas. Amenazas a las que a veces se les sabe marcar límites y otras en las que, ante la alternativa de caer en los números rojos, se le dice que sí en ocasiones.

Un mundo invisible por todas partes, desde el lado del que paga como desde el que cobra. El primero por hacerlo a espaldas de su entorno, por encontrar en él una isla en la que puede ser él mismo y dar rienda suelta a sus instintos, pero al que nunca reconocerá haber acudido. En el segundo porque el sistema legal no le considera, no es una actividad regulada, por lo que no solo no paga impuestos, sino que los que la ejercen no cuentan con respaldo ni defensa alguna ante los abusos que puedan sufrir en su ejercicio (como pueden ser clientes que no respeten las condiciones acordadas o no paguen). Una negación y una ignorancia que son el paso previo al rechazo y a la estigmatización. La presión y la falsa imagen transmitida por algunos de los actores de nuestro entorno –social, mediático, político y judicial- se convierte en dura prueba psicológica para la autoestima personal para hombres como Damián, Juanjo, Mario o Alvaro, así como una lucha continua contra los prejuicios de los demás para poder convivir a todos los niveles (como vecino, amigo, familia o pareja).

Está claro que la prostitución, tanto masculina como femenina, forma parte de nuestro mundo, que los trabajadores del sexo han existido desde siempre y todo apunta a que seguirán siendo un colectivo profesional integrante de nuestra sociedad. Una situación que no se puede obviar y a la que hay que dar carta de identidad para posteriormente regular su actuación y funcionamiento. Pero ese es otro debate, el primer paso es reconocer y visibilizar su existencia, un papel que cumple muy eficaz y claramente lo que Iván Zaro nos expone en La difícil vida fácil.

Tennessee Williams que estás en los cielos

Tan irónico, ácido, sarcástico, descarado y deslenguado como intenso, profundo, inteligente y fascinante. Así es este relato autobiográfico, como así debía ser el protagonista de estas memorias. Un hombre tan atractivo y sugerente como los personajes de sus textos, tan hipnótico como las obras que han hecho de él un maestro del teatro y la literatura del s. XX.

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Como dice en sus primeras páginas, Tennessee Williams se comprometió en 1972 a escribir sus “Memorias” por dinero, pero ya puestos a ello, decidió hacerlo bien, dando rienda suelta, (durante los tres años que le llevó el proyecto) a su creatividad literaria. Y se nota que disfrutó poniendo en negro sobre blanco anécdotas, reflexiones y vivencias del ámbito familiar, social y profesional. Probablemente no lo muestre todo, pero no hay faceta de su vida –amor, sexo, amistad, trabajo,…- en la que no nos deje ver con su ágil pluma, su verbo recurrente y su espléndida prosa cómo se relacionaba y el espacio que en todas ellas ocupaban la soledad infinita, el dolor y la angustia que a todas partes le acompañaban.

            “Mi mayor aflicción y quizás el tema principal de cuanto he escrito: la aflicción de una soledad que me persigue como una sombra, una sombra agobiante, demasiado pesada para arrastrarla de continuo a lo largo de días y noches”.

De familia con aires nobiliarios –nada menos que del Reino de Navarra- y pretensiones  políticas venida a menos, Thomas Lanier Williams III (1911-1983) vivió la vida al máximo desde que fuera un niño. Siendo adolescente tuvo la oportunidad de viajar por Europa, donde tuvo sus primeras crisis de ansiedad que se resolvieron felizmente por episodios místicos, sin ser él especialmente creyente. Con el tiempo intentaría resolver estas situaciones con alcohol y somníferos de todo tipo, hasta que llegó el momento de pasar una temporada en una institución psiquiátrica. Pudo haber algo de genética familiar – su hermana Rose se pasó más de media vida bajo tratamiento- pero tal y como cuenta, el carrusel de la crítica y de la aceptación del público al que debían someterse sus obras, así como el paso previo de dar con la combinación correcta de actores, directores y productores, le tuvo siempre al borde de la histeria.

Lo suyo fue una continua necesidad de escribir, esa era su manera de ser libre, de sentirse vivo. Su manera de comenzar cada día era ponerse manos a la obra frente a la máquina de escribir y dejar que fluyeran poemas, cuentos, novelas y textos teatrales que tanta gloria, fama y reconocimiento le dieron. Pero de por medio, siempre con quebraderos de cabeza en una mente capaz de hilar tan fino como para crear los geniales universos de “El zoo de cristal” o “Un tranvía llamado deseo”, pero al tiempo, incapaz de soportar una palabra en contra o la media hora de espera en que tardaban en conocerse la opinión de los críticos que habían asistido a la representación la noche del estreno.

Siempre exudando deseo como manera de ocultar su petición a gritos –como los de “De repente, el último verano”- de sentirse amado y valorado. Viviendo su sexualidad sin pudor ni prejuicio alguno, tras unos intentos de heterosexualidad en su más pronta juventud, a lo largo de toda su vida, practicando una transparencia y naturalidad que muchos llamarían entonces exhibicionismo. Y aun así, hubo espacio y tiempo para el compromiso y para construir relaciones más o menos duraderas. Coordenadas en las que Mr. Williams y sus diversas parejas y amantes también tuvieron ocasión de vivir como propias las circunstancias y escenas que incluía en sus obras (he ahí “La gata sobre el tejado de zinc caliente”): gritos, portazos, abandonos, amenazas, llantos, lamentos en público, visitas de la policía, noches en el calabozo,…

Por las páginas de estas memorias desfilan muchos de los nombres del cine, el teatro o la literatura con los que a lo largo de su carrera se cruzó Tennessee. Sobre todos ellos tiene algo que decir y que contar, aplicando ironía y sarcasmo de la misma manera que admiración y reconocimiento según de quien se trate. Las noches locas que vivió con su admirada Anna Magnani en su adorada Roma (la ciudad de sus sueños), la honda impresión que le produjo Marlon Brando al conocerle, la conexión que con su Frankie –con el que compartió catorce años- tuvo Vivien Leigh, su amistad y relación profesional durante décadas con Elia Kazan, o momentos de lo más variopinto con autores como Gore Vidal o Thornton Wilder o políticos como Fidel Castro o JFK.

De San Luis a Nueva York pasando por Chicago, La Habana, México, Los Angeles, París, Londres, Bangkok y multitud de lugares como los que encierran títulos como “Out cry”, “Dulce pájaro de juventud”, “La noche de la iguana”, “Camino real” o “La primavera romana de la señora Stone”, la vida, obra y persona de Tennessee Williams es un experiencia total que contada por él resulta de lo más apasionante, vibrante y estimulante.