Archivo de la categoría: Ensayo

“Discursos de Estocolmo” de José Saramago

En 1998 el Premio Nobel de Literatura fue a parar a este portugués que en su discurso de aceptación del galardón rindió homenaje a sus abuelos, las personas de las que aprendió la sabiduría de la vida, y recordó el papel que en cada momento de su biografía tuvieron los protagonistas de las ficciones que había escrito hasta entonces.  Palabras impregnadas por la humildad y la sencillez del pueblo de su nación y por su compromiso con los derechos humanos.  

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Con su personal claridad expositiva, José Saramago expuso el 7 de diciembre de hace veintiún años, ante los que le escuchaban en el Ayuntamiento de Estocolmo, cómo se formó como escritor. En primer lugar se refirió a sus abuelos, Jerónima y Josefa, a los que definió como personas sabias. Aunque no sabían leer ni escribir, el tiempo que pasó con ellos dejó impreso en él lo que supone vivir en plena comunicación con la naturaleza, con el entorno en el que el destino nos ha colocado.

En aquella pequeña aldea del interior de Portugal en el que vivían sus mayores, él caminó descalzo hasta los catorce años, vio cómo se compartía en invierno la cama con los cochinillos para mantenerlos vivos y en verano se dormía en el exterior bajo una higuera mientras se descifraban las constelaciones que las estrellas dibujaban en el cielo. Ellos fueron los primeros que le contaron al joven José historias, que manejaron con él los recuerdos, la imaginación y los sueños para trasladarle hasta hechos pasados o ficciones por ocurrir.

Posteriormente pasó horas sin fin en una biblioteca cercana a su casa de Lisboa, y tras terminar cada tarde su jornada laboral, se entregaba a las novelas y los cuentos, las poesías firmadas por los distintos heterónimos de Pessoa o los textos clásicos de Camoes. Fue así como de manera totalmente improvisada y sin guía formal alguna, se formó literariamente y conoció los grandes nombres de una cultura y una tradición a la que daban la espalda el egoísmo, el exceso y la injusticia de sus gobernantes.

Un germen que le despertó las ganas de saber qué ocurría a su alrededor, porqué su lugar, su patria o su país funciona de una determinada manera y no de otra; porqué las personas se comportan de un modo y no de otro. Cuáles son las fuerzas que les influyen, qué le marca, qué forja su carácter, en qué se apoyan para sobrellevar las presiones, las desigualdades y las injusticias. Algo que intentó descubrir a través de los personajes que han protagonizado sus títulos, hombres y mujeres que se han planteado las razones del status quo del presente de su organización social (La balsa de piedra o El año de la muerte de Ricardo Reis), la verosimilitud del pasado que nos cuenta la Historia o las fuentes nunca puestas en duda (Historia del cerco de Lisboa o El evangelio según Jesucristo) o el devenir del futuro de la humanidad (Ensayo sobre la ceguera o Todos los nombres).

Caracteres de ficción, pero a través de los cuales Saramago señalaba haber aprendido a razonar, reflexionar y valorar, a descubrirse a sí mismo y a entender las complejidades, desequilibrios y desigualdades de nuestro mundo.

Discursos de Estocolmo, José Saramago, 1998, Editorial Caminho.

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“Alta cultura descafeinada” de Alberto Santamaría

El capitalismo en su versión más actual, el neoliberalismo, ha conseguido que todo se convierta en mercancía y sea considerado por la cifra que determina su valor económico. El mundo del arte no es menos, y no solo en su faceta tangible y material, las piezas en sí, también en todo lo que tiene que ver con su papel expresivo, informativo, crítico y cohesionador de nuestra sociedad.  

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No luches contra tu enemigo, haz de él tu mejor portavoz. Algo así es lo que ha sucedido en las últimas décadas en el mundo del arte, esfera en la que a golpe de talonario se ha acabado con las propuestas realmente críticas y se ha hecho de él un medio con el que ensalzar la imagen elitista e instruida de unos, y la social y altruista de otros, cuando no la de unos cuantos que combinan a la perfección ambas posibilidades. ¿Cómo ha sido posible que hayamos llegado a este punto?

La respuesta es capitalismo y globalización, ley de la oferta y la demanda, referentes que se diluyen o se dan a conocer vagamente, valor económico presente y futuro, y activos utilizables como moneda de cambio, entre otras. Atrás quedan esas dimensiones que las vanguardias pusieron tan en boga durante las primeras décadas del siglo XX como el debate, la reflexión, la investigación o el análisis con intención social, ideológica, filosófica o política. El mecanismo es sutil, de acción radial como el de una telaraña, pero eficaz en sus objetivos y, aparentemente, difícilmente desmontable.

Pasa por controlar factores como el de la entrada al circuito profesional del arte, las galerías, haciendo que el papel de estas , más que apoyar y dar a conocer a los artistas, sea ser agentes comerciales impulsándoles a convertirse en emprendedores, en marcas sólidas y reconocibles. Y si lo consiguen, ser fieles -es decir, no evolucionar- al estilo y temáticas que les ha hecho  conocidos, expuestos y cotizados.

A nivel expositivo se ha complejizado la relación entre el artista y el espectador con figuras como las de los comisarios y a los críticos se les han unido los medios de tratando a los artistas no como creadores, sino como banales personajes de sociedad. Súmese a ello el cada vez mayor peso de instituciones -museos, fundaciones,…- supuestamente filantrópicas y citas -ferias y bienales que se presentan como mosaicos de la creatividad más actual- que determinan qué ha de ser conocido y expuesto, pero con intereses en el mundo empresarial, financiero y político contra los que chocan los autores con propuestas más valientes.

Una antítesis con la que paradójicamente se consigue la cuadratura del círculo, derivando a las coordenadas del primer entorno el diálogo que correspondería a las del segundo y haciendo pasar por crítica y dinamización cultural lo que no es más que permisividad y marketing. Un entorno de apropiación que anestesia el ánimo de progreso y desarrollo de los autores premiando propuestas que distorsionan conceptos como los de autenticidad, interpretación u homenaje.

No se promueve que la creatividad artística alcance nuevas cotas técnicas, expresivas o inspiracionales. Se dirige su discurso hacia la forma y su presentación, anestesiando el fondo y su mensaje, haciendo pasar por original lo que en muchas ocasiones no es más que copia, reproducción o reiteración. O de exotismo esnob incluso, al utilizar códigos o referencias de otras culturas, ahora que es habitual y cotidiano tener acceso a ellas a través del mundo virtual, exposiciones blockbuster que viajan de unos continentes a otros o haberlos convertido, incluso, en elementos ornamentales.

El mercado se ha apropiado de los ready made de Duchamp, convirtiendo su espíritu crítico en entretenimiento, y su efecto shock ha quedado diluido en lo que hoy en día son poco más que diseños e instalaciones decorativas. ¿Volveremos a tener algún día un arte realmente innovador, progresista y radical tanto en sus propuestas como en sus efectos sobre nuestra sociedad?

Alta cultura descafeinada, Alberto Santamaría, 2019, Siglo XXI Editores.

“La herida perpetua” de Almudena Grandes

Selección de 167 columnas de las muchas que en los lunes de los últimos diez años su autora ha publicado en la contraportada de El país. Reflexiones, pensamientos y comentarios de una mujer “republicana, de izquierdas y anticlerical” sobre la actualidad política y social de nuestro país. Textos cortos, con mensajes claros, escritos con un lenguaje sencillo, que suenan casi como monólogos dramáticos, unas veces llenos de esperanza e ilusión, otras de ironía y sarcasmo.

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Aunque Almudena Grandes continua acudiendo a su cita de los lunes con los lectores de El país, La herida perpetua cubre el período que va desde enero de 2008 hasta junio de 2018. Desde aquel entonces en que se hablaba de una crisis financiera que el gobierno de Zapatero decidió ignorar hasta que Pedro Sánchez se convirtió en el primer presidente que llegaba al cargo mediante una moción de censura. Una vez a la semana y sin pelos en la lengua -con la única limitación del espacio asignado- Grandes escribe su columna de opinión sobre aquello que considera.

Muchos han sido los temas, los personajes y las situaciones que ha tratado, pero tal y como advierte en su introducción, un lector avezado -Juan Díaz Delgado, editor de este volumen- le hizo ver que sus textos formaban un conjunto que no solo exponía los males que nos afectan, sino también su visión de las causas endémicas tras ellos. Dejando claros sus principios y sus valores, pero sin caer en el dogma ni en el fanatismo, la autora de los Episodios de una guerra interminable no se queda en el campo de las ideas, las palabras o los discursos, sino que baja al terreno de lo real y lo tangible, lo demostrado y lo demostrable. Su argumentario se basa en el porcentaje de parados, en el índice de precios al consumo, en las inversiones en sanidad o en la ratio de alumnos por profesor.

Por eso critica a aquellos que se excusan en las vacuidades, los eufemismos y las huidas hacia delante para no solo no ofrecer soluciones, sino anclarse soberbiamente en los errores y pretender hacer de ellos la bandera que nos identifique, excluyendo como castigo a los que no se sometan. Se hace eco de lo que nos preocupa y nos hastía -la calidad de los servicios públicos, el bajo nivel del debate parlamentario, el uso partidista de la justicia, los derechos por consolidar, alcanzar o volver a defender- dirigiéndose tanto a uno y otro lado del espectro ideológico -Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Susana Díaz, Alfredo Pérez Rubalcaba o Artur Mas- como apelando a las buenas prácticas que serían deseables por parte de nuestras instituciones -los partidos políticos, las administraciones públicas, la Iglesia, los medios de comunicación- para crear, vivir y crecer en una sociedad abierta, diversa, respetuosa, tolerante, integradora, solidaria y equitativa.

Sueños y pesadillas que no son nuevos, que tal y como demuestran sus citas, referencias y asociaciones vienen de largo, o son cíclicas, o consecuencia de asuntos pasados no resueltos.  De una democracia con pudores, de una izquierda más pendiente de los flecos de sus teorías que de la práctica y de una derecha centrada eficazmente en los logros manteniéndose fiel a unos principios simples. De una transición que se empeñó en mirar únicamente hacia adelante, de cuatro décadas de dictadura cruel, de una guerra fratricida en la que venció el horror, la brutalidad y el salvajismo. De un tiempo anterior en que lo encarnizado primó sobre el diálogo, la imposición sobre lo negociado y la negación del otro sobre el entendimiento.

Pero aun así, la autora de Los besos en el pan -la novela publicada en 2015 que podría interpretarse como una ficción de la realidad de La herida perpetua– considera que hay espacio, tiempo, energía y ánimo para la esperanza, la voluntad y el el optimismo.  De que hay algo que a pesar de todo hace que sigamos funcionando como país y como sociedad. En nuestra mano está preservarlo y elevarlo para no dejar que nadie nos lo secuestre o arrebate nunca más y sacarle el máximo partido a eso que somos y formamos juntos por encima de los intereses políticos y económicos de unos pocos.

La herida perpetua, Almudena Grandes, 2019, Tusquets Editores.

“El director” de David Jiménez

No cuenta nada que no hubiéramos imaginado ya, pero dar el paso de poner en negro sobre blanco en primera persona las oscuras relaciones entre el poder político y económico con una de las principales cabeceras de nuestro país, revela que el asunto no es tan liviano como podría parecer. Una lectura entretenida plagada de anécdotas que muestran las arenas movedizas formadas por el triángulo ética, libertad de información e intereses propios.

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El 30 de abril de 2015 David Jiménez era nombrado director de El Mundo. Apenas un año después, el 25 de mayo de 2016, fue destituido. ¿Qué pasó en esos casi trece meses? La respuesta de la empresa editora es que la gestión de su cabecera más preciada necesitaba un golpe de timón. La réplica de Jiménez es El director. Una combinación entre ensayo y diario en el que en distintos episodios cuenta el propósito con el que entró en su despacho el primer día, lo que vivió y conoció en las idas y venidas entre el suyo y los muchos -tanto externos como internos- que visitó posteriormente, y cómo se fraguó su salida del periódico en el que había trabajado desde 1994 al no cumplir el papel oculto que, a su juicio, se esperaba de él.

En estas memorias que van de la ilusión casi naif por el periodismo a la incompatibilidad con las maquinaciones junto a la máquina del café, queda claro un mensaje que la mayoría de las empresas editoras parecen no haber aprendido aún. La digitalización ha llegado para quedarse y aunque el papel seguirá existiendo, éste ya no será el único formato de aquellos diarios que quieran, además de continuar existiendo, ser influyentes. La información ha de trabajarse y ofrecerse de otra forma, y la manera de monetizarla no puede ser únicamente vendiendo ejemplares impresos en los que columnas, artículos y reportajes se alternan con inserciones publicitarias. Quien no lo entienda así desaparecerá, de manera estrepitosa o en una lenta agonía dejándose por el camino -mediante EREs, refinanciaciones y reestructuraciones- su prestigio, la dignidad de sus directivos y el talento de muchos de sus trabajadores.

Cuando le ofrecieron el cargo, David se propuso no solo evitar que le sucediera eso a El Mundo, sino convertirlo en un líder digital en términos de audiencia, repercusión y rentabilidad. A priori contaba con el apoyo de la empresa editora, nadie le dijo que no a sus ideas y propuestas. Pero poco a poco la realidad -tanto sus superiores como buena parte de los integrantes de la redacción a cuyo frente había sido colocado- fue mostrándose nada dispuesta a la innovación tecnológica, los cambios organizativos, el reciclaje profesional y la convivencia con nuevos perfiles de periodistas.

Súmese a esto las malas prácticas en lo relativo a la objetividad y el ejercicio de la independencia que se le supone al cuarto poder. El deseo de formar parte de la élite del poder ha hecho que muchos periodistas se vean más motivados por el culto a su vanidad que por la búsqueda de la verdad. Y como gota que colma el vaso, desde 2007, la mala situación económica de la empresa, haciéndola dependiente de las inyecciones financieras de empresas y administraciones públicas en forma de patrocinios y campañas de publicidad. Una tormenta perfecta que ha traído consigo una espiral de menos ventas, reducción de ingresos, repercusión puesta en duda e influencia a la baja que amenaza tanto la viabilidad presente como futura del sector.

Un relato más cercano en su forma al reportaje periodístico que al ejercicio literario. Una narración animada gracias a los nombres de todos los ámbitos (político y económico especialmente), seudónimos de colegas fáciles de identificar, encuentros, situaciones y referencias que ejemplifican las situaciones con las que El Director comparte con sus lectores su experiencia y vivencia de las cocinas del periodismo de nuestro país.

El Director, David Jiménez, 2019, Libros del K.O.

“La experiencia del arte” de Rafael Canogar

Apuntes personales, intervenciones públicas y una entrevista en los que su autor expone cómo ha evolucionado su carrera artística a lo largo de más de medio siglo. Desde su formación inicial con Vázquez Díaz hasta su vuelta actual a la esencia de la pintura, así como su relación con el lienzo, los nombres que le han influido y los muchos con los que se ha relacionado.

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Que Rafael Canogar es uno de los artistas españoles más importantes y significativos de las últimas décadas es algo que nadie pone en duda. Un estatus que en este toledano nacido en 1935 nunca se ha transformado en impostura, siendo la sencillez, la cercanía y la afabilidad sus particulares marcas personales. Una manera de ser que puede sentir también en estos veintidós textos fechados entre 1973 y 2016 en los que deja ver tanto aspectos de su mundo interior como su visión y experiencia de lo sucedido en el panorama artístico-político-cultural de las últimas décadas.

Se inició en la práctica de la pintura tomando clases con Daniel Vázquez-Díaz, en cuyo estudio conoció no solo el realismo imperante sino también algo de esas vanguardias, como el cubismo, que en España habían quedado ocultas años antes. Sin haber cumplido los veinte viajó a París, algo que pocos hacían en su época. Allí fue testigo de primera mano de todo lo desconocido a este lado de los Pirineos y sintió el impulso de buscar otras maneras y lenguajes con los que expresar el deseo de ir más allá de lo establecido (en nuestro país) y de lo conseguido (por el arte) hasta entonces. Fue así como se inició en el lenguaje del expresionismo abstracto que le llevaría a fundar, vía manifiesto, el colectivo El Paso junto a otras figuras como Luis Feito, Manolo Millares o Antonio Saura.

Una práctica que dejó en el momento en que consideró que la innovación y la libertad creativa conseguida se podía volver reiterativa e insuficiente para seguir avanzando. Fue así como volvió a los modos figurativos para reinterpretar las imágenes que los medios de comunicación reflejaban de aquella España ansiosa de democracia. Una vez que esta llegó giró nuevamente hacia la introspección de la abstracción. Coordenadas en las que no ha dejado de investigar, buscar y dialogar con los materiales, el lienzo, el color, las proporciones y las relaciones entre ellos para convertirlos tanto en espejo de sus emociones e inquietudes como en imágenes que nos impulsen a ir más allá de los límites que nos impone o que no somos capaces de superar mediante la razón.

Mientras tanto, y según Rafael, buena parte de la creación artística de hoy en día se ha centrado en agradar, impactar y ser comercializada, desviándose así de su papel como elemento expresivo y vehículo de diálogo entre los individuos que conforman una sociedad. Algo frente a lo que él propone una vuelta a los inicios, a indagar en los aspectos básicos y los principios de la pintura, en su bidimensionalidad, a la manera en que hizo una y otra vez Picasso para alcanzar nuevas cotas.

El Greco, Juan Barjola, Eduardo Úrculo, Martin Chirino son otros de los artistas a los que rinde homenaje en estas páginas, o sobre los que señala lo compartido con ellos, ya sea desde el ámbito de la amistad o del trabajo coetáneo. Nombres que le sirven también para realizar una reivindicación del papel de cohesión y manifestación social y política del arte, sea o no intención expresa de sus autores, que debiera ser apoyado por las administraciones públicas con mayor ambición y criterio de lo que lo hacen en la actualidad.

La experiencia del arte, Rafael Canogar, 2018, Dextra Editorial.

“La casa de los pintores” de Rodrigo Muñoz Avia

Un ensayo doble. El de un testigo privilegiado de la trayectoria y evolución de dos de los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y el de uno de sus hijos, que creció, se educó y formó al abrigo de un padre y una madre afectivos, generosos y cuidadores de los suyos. Una simbiosis que tiene más de homenaje que de ensayo biográfico y que se disfruta gracias a su rítmica, clara y muy bien estructurada redacción.

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Lucio Muñoz era informalista, Amalia Muñoz realista. Aparentemente contrarios en lo pictórico, resultaron ser perfectamente complementarios en lo personal desde que se conocieron a principios de la década de 1950. Algo que se puede ver también en su obra si el espectador se libera de prejuicios estéticos y de la necesidad de etiquetas. Ambos enfocaban el trabajo artístico de manera distinta, con objetivos intelectuales y expresivos diferentes, pero tanto se entendían en el terreno humano que se comprometieron y crearon una familia.

Una unión que se mantuvo hasta el fallecimiento de ambos -1998 él, 2011 ella- y de la que nacieron cuatro hijos, el menor de los cuales, Rodrigo, se encarga desde entonces de gestionar su legado. Una labor que implica estar en contacto diario con lo que dejaron dicho a través de sus imágenes, creaciones tan fuertes y poderosas que siguen generando impacto, diálogo y recuerdo a pesar del tiempo transcurrido desde que fueron ideadas y materializadas. Un trabajo que supongo intensifica en Ricardo el recuerdo de quiénes fueron Amalia y Lucio y de lo que compartió con ellos. Padres guía primero, adultos espejo después y mayores de los que estar pendiente en la última etapa.

Artistas, cónyuges, padres, todos esos planos y facetas de vida de Lucio y Amalia son los que Rodrigo expone en La casa de los pintores. Una propuesta cronológica que se va enriqueciendo no solo con el paso de los años, sino también con la capacidad de observación, hondura analítica y participación activa que pone en práctica en ese universo familiar el pequeño de los Muñoz Avia. Un relato cuyo valor está en su posición privilegiada como testigo continuo de la introspección del proceso creativo de sus mayores y de la intimidad que crearon, alimentaron y mantuvieron tanto entre ellos como con sus hijos y su círculo más cercano.

El reparto de roles en los asuntos de familia y los códigos con que se comunicaban. Las rutinas que seguían en su día a día y la organización espacial y logística de la residencia en la que vivían y trabajaban. Los escritores y los compositores a los que acudían para evadirse o estimularse intelectualmente. Los amigos con los que compartían comidas y sobremesas. Su respuesta ante los acontecimientos políticos de los que fueron testigo. La excitación generada por la preparación y recepción de cada exposición. Los asuntos que les llamaban la atención y los detalles que tenían en cuenta a la hora de crear.

Un punto de vista subjetivo, y como tal, editado por la memoria y la pátina que el tiempo deja sobre los recuerdos. Un relato afectivo y agradecido de un hijo, pero también una narración de gran interés por lo que tiene de privado, exclusivo y complementario a lo que se puede encontrar tanto en las hemerotecas como en las secciones de historia, crítica y teoría del arte de cualquier biblioteca.

La casa de los pintores, Rodrigo Muñoz Avia, 2019, Alfaguara.