Archivo de la categoría: Ensayo

“El naufragio de las civilizaciones” de Amin Maalouf

Un análisis del estado actual de la humanidad basado en la experiencia personal, profesional e intelectual de su autor. Aunando las vivencias familiares que le llevaron del Líbano a Francia, los acontecimientos de los que ha sido testigo como periodista por todo el mundo árabe, y sus reflexiones como escritor. Un texto que destaca todo lo bueno que hemos conseguido a nivel global, pero advierte de las tendencias nacionalistas y totalitarias que nos lastran desde finales del pasado siglo.

El naufragio de las civilizaciones es un relato cronológico en el que Amin Maalouf relaciona fechas, lugares y personajes públicos, expone cómo sus intuiciones se transforman en hipótesis y estas en ideas que contrasta, confronta y complementa. Sin establecer causas fijas ni sentenciar consecuencias, pero dando forma a un argumentario sólido con el que explica cómo hemos pasado de un panorama geopolítico a principios de los 50 en el que parecíamos ir, sino hacia la cohesión colectiva, sí al menos hacia la convivencia tras la II Guerra Mundial, a un cúmulo de naciones y colectivos de toda índole -religiosa, social, política- enfrentados en una feroz y salvaje carrera por el control individual, el dominio ideológico y el poder económico.  

Su punto de partida es el origen egipcio de su familia materna y cómo lo perdieron todo con el cambio de monarquía a república en Egipto, como sistema de gobierno, en 1952. Un acontecimiento al que se sumaron las tensiones, luchas y presiones internas entre unos grupos y otros, tanto en cada uno de los nuevos estados árabes -antiguas colonias inglesas y francesas, hasta con un pasado otomano previo- como entre sí, y entre ellos con Israel (especialmente tras la Guerra de los Seis Días en 1967) que derivó en una exaltación identitaria ligada a la religión. Lo que habían sido territorios de creatividad, diálogo y convivencia entre distintas creencias y orígenes étnicos, mutaron en casos como su Líbano natal, en escenarios de combate que acabaron con toda posibilidad de desarrollar una vida plena.  

Un proceso al que se sumaron otros como la guerra fría entre EE.UU. y la URSS por la hegemonía mundial, ejecutado por ambos más a golpe de intervencionismo que de alianzas, pero en el caso de los soviéticos transformando los ideales del comunismo en una senda de decadencia moral, económica y social para los países en que ejercían su influencia. Pero si hay un año que Maalouf destaca especialmente en su análisis es el de 1979, denominándolo el de las revoluciones conservadoras, en el que las casualidades y las causalidades convergieron para hacer llegar al poder al Ayatolá Jomeini en Irán y a Margaret Thatcher en el Reino Unido, a quien seguiría meses después Ronald Reagan en EE.UU. La confrontación total con el mundo occidental y la exaltación radical del primero, y el desprestigio que hicieron los segundos del papel del Estado como garante de la igualdad de todos los ciudadanos en pro del individualismo y la competitividad económica, supuso el definitivo punto de inflexión que nos ha llevado hasta donde estamos hoy.

A partir de ahí, la historia de nuestras últimas décadas no va pasando de un capítulo a otro, sino que parece ir cuesta abajo, cogiendo velocidad y sin pulsar el pedal del freno, sirviéndose incluso de los espectaculares desarrollos tecnológicos, científicos y técnicos que hemos alcanzado. La caída del muro de Berlín, la desintegración de la URSS, el surgimiento del terrorismo islamista, los movimientos independentistas y populistas, el Brexit, el control de las redes de telecomunicaciones, el cambio climático, las aspiraciones de las nuevas grandes potencias (Rusia, China)… Amin no es pesimista, pero ve riesgos y advierte de que debemos hacer algo si no queremos que, aunque nuestro estilo de vida siga bajo coordenadas de modernidad y tecnificación, esté más ligado a sistemas en los que tengamos que protegernos de la represión institucional que en los que poder desarrollarnos libre y plenamente.

Amin Maalouf, El naufragio de las civilizaciones, 2019, Alianza Editorial.

“La maleta de mi padre” de Orhan Pamuk

El día que recibió el Premio Nobel de Literatura, este autor turco dedicó su intervención a contar cómo su padre le transmitió la vivencia de la escritura y el poder de la literatura, haciendo de él el autor que, tras treinta años de carrera y siete títulos publicados, recibía este preciado galardón en 2006. Un discurso que esta publicación complementa con otros dos de ese mismo año en que explica su relación con el proceso de creación y de lectura.

LaMaletaDeMiPadre.jpg

Cuando era niño y soñaba con ser pintor, Orhan vio multitud de veces a su padre escribiendo en casa, tantas como las que ojeó los cuadernos manuscritos con que volvía en su equipaje de sus viajes a París. Una maleta que le entregó muchos años después, llena de papeles, de todo lo que había escrito –tanto con ánimo creativo como simplemente expresivo- a lo largo de su vida, dándole la libertad, el poder y el mandato de que decidiera qué hacer con ella y lo que guardaba.

De esta manera, ese objeto adquiría un carácter de herencia y testimonio vital que tras la parálisis inicial que le produjo, le impulsó a realizar un viaje interior en el que después de repasar la figura de su padre, su papel como progenitor y la relación entre ambos, llegó a una conclusión tan sorprendente como sosegante.  Darse cuenta y aceptar que su destino como escritor había sido posible gracias a lo que su mayor había construido previamente y que él había prolongado haciéndolo suyo.

Esto le hizo también darse cuenta de cómo su educación había estado marcada por la oposición, transmitida por su progenitor, entre el legado otomano, considerado como un pasado anticuado, y la adopción de estándares occidentales, vistos como lo moderno, durante la formación de la república de Turquía. Una tensión que –según se deduce de sus palabras- no le generó desequilibrio alguno y que le permitió adentrarse en la forma narrativa occidental por excelencia, la novela. Medio con el que ha dado voz a los personajes –con sus circunstancias, vivencias y valores- que habitan la ciudad en que nació y que protagonizan buena parte de su obra, Estambul, y que desde allí viajan a lo largo y ancho del país o se trasladan a otras partes del mundo.

Un ejercicio de consciencia, resultado también de la constancia con que ha practicado la escritura, su pasión y dedicación, y su manera de ser en la vida. Un trabajo que el autor de El museo de la inocencia practica desde hace más de cuatro décadas en estricta soledad, encerrado en una habitación durante diez horas diarias. En el que tiene en mente tanto a los autores a los que admira, Montaigne o Dostoievski, como a los lectores que se adentran en sus historias y con los que siente conformar una comunidad, independientemente de dónde estén. Que le permite dar forma expresiva a ese mundo aparentemente invisible pero que está ahí fuera y que percibe a través de las emociones y sensaciones que le genera, materializando así realidades que de otra manera no llegaríamos a conocer, perdiendo la ocasión de enriquecernos con lo que nos hacen reflexionar sobre nosotros mismos a partir de ellas.

La maleta de mi padre, Orhan Pamuk, 2007, Literatura Random House.

“Pensar el siglo XX” de Tony Judt

Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

PensarElSigloXX

Es curioso echar la vista atrás y comprobar cómo lo que hoy nos resulta importante o significativo no nos lo parecía cuando estaba ocurriendo, o cómo se han dejado por el camino puntos de vista que quizás nos darían respuestas más útiles que los prismas que utilizamos actualmente. Valga como ejemplo el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Lo que hoy estamos convencidos que fue el elemento catalizador para acabar con el régimen nazi y el culmen de su barbarie, resultó ser un argumento casi inexistente en la decisión del Reino Unido, Estados Unidos y Rusia para luchar contra Hitler. O el uso de las etiquetas comunismo y capitalismo para definir la confrontación de bloques ideológicos durante varias décadas, cada uno con unos planteamientos políticos, económicos y sociales diferentes, cuando lo que se movía tras ello era el proceso de construcción de dos diseños de modelos de Estado (más o menos intervencionistas, servicios públicos, fiscalidad…).

Pensar el siglo XX es el resultado transcrito de una serie de conversaciones entre Tony Judt y Timothy Snyder, que toman siempre como hilo conductor la introducción biográfica que Tony realiza de sí mismo. De esta manera, y a partir de sus recuerdos personales y de sus pasos en el mundo académico de la investigación y la divulgación histórica, entra en cuestiones como su visión como hijo de inmigrantes judíos en el Londres de los años 50, el desarrollo y papel de las ideas socialistas (las de Marx, las que propulsaron la Revolución Rusa y el supuesto ideario posterior de Lenin o Stalin) en la evolución del mundo occidental, o las acciones del movimiento sionista para consolidar el Estado de Israel.

Asuntos en los que no solo expone sus conocimientos y relaciona sus fuentes, sino que vierte también su opinión. Basada incluso en su propia experiencia, como las temporadas que pasó en un kibutz durante los años 60 y sintió que aquello no tenía más propósito que el de adoctrinar. En su recorrido profesional se ha formado y trabajado en París, Oxford, Cambridge, Nueva York, Chicago o Berkley, un periplo que le ha impulsado a buscar siempre nuevos puntos de vista y referencias en los temas de estudio, como el papel determinante de la geografía a la hora de analizar el desarrollo del socialismo en la Provenza francesa a finales del siglo XIX, o el de contar con determinados servicios públicos (ej. sanidad o educación) a la hora de hacer que los ciudadanos se sientan o no miembros de una comunidad.

Tony Judt también reflexiona sobre el papel y la necesidad de la Historia, disciplina que considera en el campo de las Humanidades y no el de las ciencias sociales. Defiende afrontarla a partir de una base -una sucesión de acontecimientos- sobre la que, una vez conocidos, proyectar un espíritu crítico multidisciplinar (sociología, filosofía, economía…) que generalmente nos revela que no hay una única verdad, sino varias, ya que el propósito no es enjuiciar, sino entender las causas y las consecuencias de las decisiones, las renuncias, los conflictos y las palabras pronunciadas.

El formato entrevista hace que Pensar el siglo XX sea ágil en su forma, aunque en algunos de sus capítulos se haga denso por la cantidad de menciones (a personas, títulos, fechas y lugares) que incluye. Pero precisamente eso es lo que lo hace grande y lo convierte en un título al que volver para conocer y entender no solo nuestro pasado, sino también nuestro presente y servirnos de él para proyectarnos en el futuro.

Pensar el siglo XX, Tony Judt (con Timothy Snyder), 2012, Editorial Taurus.

23 de abril, día del libro

Este año no recordaremos la jornada en que fallecieron Cervantes y Shakespeare regalando libros y rosas, asistiendo a encuentros, firmas, presentaciones o lecturas públicas, hojeando los títulos que muchas librerías expondrán a pie de calle o charlando en su interior con los libreros que nos sugieren y aconsejan. Pero aun así celebraremos lo importantes y vitales que son las páginas, historias, personajes y autores que nos acompañan, guían, entretienen y descubren realidades, experiencias y puntos de vista haciendo que nuestras vidas sean más gratas y completas, más felices incluso.

De niño vivía en un pueblo pequeño al que los tebeos, entonces no los llamaba cómics, llegaban a cuenta gotas. Los que eran para mí los guardaba como joyas. Los prestados los reproducía bocetándolos de aquella manera y copiando los textos de sus bocadillos en folios que acababan manoseados, manchados y arrugados por la cantidad de veces que volvía a ellos para asegurarme que Roberto Alcazar y Pedrín, El Capitan Trueno y Mortadelo y Filemón seguían allí donde les recordaba.

La primera vez que pisé una biblioteca tenía once años. Me impresionó. Eran tantas las oportunidades que allí se me ofrecían que no sabía de dónde iba a sacar el tiempo que todas ellas me requerían, así que comencé por los Elige tu propia aventura y los muchos volúmenes de Los cinco y Los Hollister. Un par de años después un amigo me habló con tanta pasión de Stephen King que despertó mi curiosidad y me enganché al ritmo de sus narraciones, la oscuridad de sus personajes y la sorpresas de sus tramas.

Le debo mucho a los distintos profesores de lengua y literatura que tuve en el instituto. Por descubrirme a Miguel Delibes, cada cierto tiempo vuelvo a El camino y Cinco horas con Mario. Por hacerme ver la comedia, el drama y la mil y una aventuras de El Quijote. Por introducirme en el universo teatral de Romeo y Julieta, Fuenteovejuna o Luces de bohemia. Por darme a conocer el pasado de Madrid a través de Tiempo de silencio y La colmena antes de que comenzara a vivir en esta ciudad.

Tuve un compañero de habitación en la residencia universitaria con el que leer se convirtió en una experiencia compartida. Él iba para ingeniero de telecomunicaciones y yo aspiraba a cineasta, pero mientras tanto intercambiábamos las impresiones que nos producían vivencias decimonónicas como las de Madame Bovary y Ana Karenina. Por mi cuenta y riego, y con el antecedente de sus inmortales del cine, me sumergí placenteramente en el hedonismo narrativo de Terenci Moix. El verbo de Antonio Gala me llevó al terremoto de su pasión turca y la admiración que sentí la primera vez que escuché a Almudena Grandes, y que me sigue provocando, a su Malena es un nombre de tango.

Y si leer es una manera de viajar, callejear una ciudad leyendo un título ambientado en sus calles y entre su gente hace la experiencia aún más inmersiva. Así lo sentí en Viena con La pianista de Elfriede Jelinek, en Lisboa con Como la sombra que se va de Antonio Muñoz Molina, en Panamá con Las impuras de Carlos Wynter Melo o con Rafael Alberti en Roma, peligro para caminantes. Pero leer es también un buen método para adentrarse en uno mismo. Algo así como lo que le pasaba a la Alicia de Lewis Carroll al atravesar el espejo, me ocurre a mí con los textos teatrales. La emocionalidad de Tennessee Williams, la reflexión de Arthur Miller, la sensibilidad de Terrence McNally, la denuncia política de Larry Kramer

No suelo de salir de casa sin un libro bajo el brazo y no llevo menos de dos en su interior cuando lo hago con una maleta. Y si las librerías me gustan, más aún las de segunda mano, a la vida que per se contiene cualquier libro, se añade la de quien ya los leyó. No hay mejor manera de acertar conmigo a la hora de hacerme un regalo que con un libro (así llegaron a mis manos mi primeros Paul Auster, José Saramago o Alejandro Palomas), me gusta intercambiar libros con mis amigos (recuerdo el día que recibí la Sumisión de Michel Houellebecq a cambio del Sebastián en la laguna de José Luis Serrano).

Suelo preguntar a quien me encuentro qué está leyendo, a mí mismo en qué título o autor encontrar respuestas para determinada situación o tema (si es historia evoco a Eric Hobsbawn, si es activismo LGTB a Ramón Martínez, si es arte lo último que leí fueron las memorias de Amalia Avia) y cuál me recomiendas (Vivian Gornick, Elvira Lindo o Agustín Gómez Arcos han sido algunos de los últimos nombres que me han sugerido).

Sigo a editoriales como Dos Bigotes o Tránsito para descubrir nuevos autores. He tenido la oportunidad de hablar sobre sus propios títulos, ¡qué nervios y qué emoción!, con personas tan encantadoras como Oscar Esquivias y Hasier Larretxea. Compro en librerías pequeñas como Nakama y Berkana en Madrid, o Letras Corsarias en Salamanca, porque quiero que el mundo de los libros siga siendo cercano, lugares en los que se disfruta conversando y compartiendo ideas, experiencias, ocurrencias, opiniones y puntos de vista.

Que este 23 de abril, este confinado día del libro en que se habla, debate y grita sobre las repercusiones económicas y sociales de lo que estamos viviendo, sirva para recordar que tenemos en los libros (y en los autores, editores, maquetadores, traductores, distribuidores y libreros que nos los hacen llegar) un medio para, como decía la canción, hacer de nuestro mundo un lugar más amable, más humano y menos raro.

"Un pueblo traicionado" de Paul Preston

Casi siglo y medio de historia de España siguiendo el hilo conductor de la corrupción, la incompetencia política y la división social causada por estas. Desde la Restauración borbónica de Alfonso XII hasta la llegada a la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez pasando por monarcas y dictadores, guerras civiles y coloniales. Un relato de los excesos, tejemanejes y aprovechamientos de gobernantes de uno y otro signo ideológico a costa de la estabilidad, el progreso y el desarrollo tanto de su nación como de sus compatriotas.

Si echamos la vista atrás parece que no ha habido una etapa tranquila en la historia de nuestro país. Hemos tenido períodos con un balance positivo y hasta muy notable incluso, pero siempre con episodios, tramas y personajes de lo más oscuro en la balanza. Y no solo de acólitos al poder o aprovechados de las circunstancias, sino desde los mismos puestos de representación estatal y gubernamental.

Reyes, presidentes, ministros, diputados y empresarios que se han valido de las coyunturas de cada instante (monarquía borbónica, república y dictaduras) para lograr un usufructo personal de su relación con las distintas fuerzas sociales (políticas, militares, empresariales, financieras, eclesiásticas…) de cada momento. Primando siempre sus objetivos, obsesiones y propósitos sobre los intereses y las necesidades de aquellos a los que se supone gobernaban, representaban o servían, o debían, al menos, respetar.

Hay mucho de tópico en este tema, pero también una realidad que no se puede negar, y es que el último siglo y medio español ha sido de lo más convulso. Un tiempo que comenzó con el fin de la tercera y última guerra carlista y al que le siguieron décadas de conflicto entre las fuerzas del orden y los incipientes, y posteriormente consolidados, movimientos obreros de distinto signo (socialistas, comunistas, anarquistas), tanto en las ciudades que se industrializaban (Madrid, Barcelona, Bilbao, Oviedo…) como en aquellas bastas áreas interiores que seguían dedicadas a la explotación de la tierra (Extremadura, Castilla, Andalucía…). Al tiempo, perdíamos las colonias de Cuba y Filipinas en 1898, y más tarde llegarían los desastres de Marruecos en los que perdieron la vida miles de soldados.

Mientras tanto, la titularidad del Gobierno se basaba en la continua alternancia de liberales y conservadores, cada uno con su correspondiente camarilla de puestos de confianza y financiadores -industriales y terratenientes- a los que se les devolvía el favor con normas e impuestos que favorecían sus negocios, u obviando su no cumplimiento de lo establecido por la legalidad vigente. Eso sin dejar de lado la continua simbiosis entre el estamento político y el militar, tanto en la formación de equipos de gobierno y designación de representantes como en la toma de decisiones, desembocando en períodos como la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) o la deriva total en este sentido que supusieron la Guerra Civil y el franquismo posterior, décadas en las que la corrupción no fue la trastienda del sistema sino su primera y máxima regla.

Egoísmos, intervencionismo e incompetencias que acabaron con esperanzas como la de la II República, enturbiaron los sacrificios y logros de la llamada Transición y han lastrado, hasta ahora, la reputación, las posibilidades y las potencialidades de nuestra actual democracia parlamentaria. Así es como finaliza (por ahora, veremos lo que nos depara el futuro) este ensayo que comienza como un muy buen ejercicio de síntesis, deriva posteriormente en un alarde de conocimiento y ordenación de datos, y concluye como un completo compendio de titulares, sumarios judiciales y sentencias conocidas a través de los medios de comunicación en los últimos decenios.

Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días: corrupción, incompetencia política y división social, Paul Preston, 2019, Editorial Debate.

“The Art and Craft of PR” de Sandra Stahl

¿En qué consiste el arte y la práctica de las relaciones públicas? ¿Cuáles son sus objetivos y qué ayudan a conseguir? ¿Qué papel tienen en el mundo 24/7, multidisciplinar y digital actual? ¿Qué habilidades debe tener y qué principios seguir un profesional de la materia para estar siempre al día?

Sandra Stahl no pretende dar una lección magistral ni ensalzar mediante un extenso tratado su profesión. Su propuesta es recordar a sus colegas los pilares de su dedicación y ofrecer, a la par, una guía con la que los neófitos se introduzcan en la materia que sirve, igualmente, para que la entiendan los ajenos a ella.   

Lo primero es tener claro que lo que antes llamábamos comunicación hoy es relaciones públicas porque los grupos de interés a los que hemos de llegar no solo son más amplios, sino más heterogéneos, abarcando un amplio abanico de puntos de vista, intereses y motivaciones. Esto implica que los límites con otras áreas de trabajo como marketing, publicidad, relaciones instituciones o comunicación interna no son líneas rojas y hay que actuar, al menos, de manera coordinada, sino integrada.

La base de las RR.PP. es conocer a quien nos dirigimos y presentarle nuestra oferta desde su prisma, que sepa quiénes somos, qué podemos hacer por él, qué mejorar, solucionar o hacerle descubrir a través de nuestros productos y servicios, cómo le hemos de hacer sentir. Toda investigación es poca para ponernos en el lugar de nuestro público objetivo, motivo por el que debemos prestar especial atención a las posibilidades que nos ofrece la tecnología (big data, data mining) para conocerle. Punto importante es tener claro que nuestro objetivo no es vender, promocionar o persuadir, sino convencer informando, consolidando o consiguiendo que cambie una opinión, un discurso o un comportamiento.

Un aspecto básico es la creatividad. Es la base para innovar, evolucionar y crecer. Para diferenciarse y ser competitivos. Lo que hoy funciona (gráfica, textual, experimentalmente…) mañana ya no, con lo que no hay que dejar de conocer, mirar, preguntar, observar y analizar. Y no solo en el campo de la comunicación y las relaciones públicas, nunca se sabe de dónde puede venir una idea. Pero eso sí, la creatividad no lo es todo, solo es válida si apoya el propósito final, establecer una relación de confianza con esa persona que tiene que sentirse escuchada comprobando cómo nuestro mensaje incluye, también, sus propuestas.  

Leer continuamente y escribir bien son los cimientos de esta profesión. No hay otra manera de aprender y seguir expresándonos correctamente, con lo que debemos practicarlas continuamente, sin descanso. Y aunque sea un consejo muy manido, ¡salir de la zona de confort! En el no con que respondemos en muchas ocasiones puede estar la clave para entrar en coordenadas diferentes a aquellas en las que nos solemos mover y dar así con la manera de ampliar nuestros horizontes. Añádase a esto que la perfección técnica está sobrevalorada, es ideal que salga bien todo lo que hemos planificado, pero más importante aún es que causemos la impresión que deseamos.  

Vivimos en un entorno cambiante, en el que, una vez que es pública, la información fluye sin límites geográficos ni temporales, lo que nos exige una atención y flexibilidad permanente. Por este motivo debemos comunicar y relacionarnos en tiempo real, pero sin dejarnos llevar por la velocidad de esa vorágine (especialmente en las redes sociales) y partiendo siempre de los objetivos estratégicos que nos hemos marcado. Así como del conocimiento que tenemos de aquellos a los que nos dirigimos que nos permite estar preparados para actuar y en coordinación con el resto de áreas de la organización en la que trabajemos (desarrollo de negocio, legal, RR.HH., financiero…).

The Art and Craft of PR, Sandra Stahl, 2018, Lid Publishing.

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza

Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

El 8 de abril de 1998 la mayoría de los medios de comunicación del mundo occidental comentaban a bombo y platillo que el cantante George Michael había sido detenido en Los Ángeles por mantener sexo con otro hombre en unos lavabos públicos. Un hecho que podría haber acabado con su figura, pero que el londinense convirtió en una oportunidad de empoderamiento personal -ni pidió perdón ni admitió sentir vergüenza alguna por lo que estaba haciendo- e inspiración artística (la canción y el videoclip Outside fueron uno de los grandes hitos de su carrera).

Para muchos, aquel fue un punto de inflexión que les hizo tomar conciencia sobre lo que era el cruising, por qué se practicaba y por qué, llegado ese momento, la comunidad homosexual podía hacer de ello un elemento de orgullo e identidad de lo que se ha denominado cultura gay.

El punto de partida es bien conocido, el sexo es un impulso vital y el hetero patriarcado que nos gobierna desde siempre lo ha utilizado como herramienta de poder. El hombre es más que la mujer y es él quien desea, posee y utiliza. Un programa de gobierno que considera inconcebible que eso ocurra entre dos hombres, tildando a los que así sienten y actúan como médicamente enfermos, moralmente degenerados y jurídicamente ilegales. Frente a esto, muchos no tuvieron más opción que la de dar rienda suelta a sus impulsos a escondidas, de manera rápida y anónima.

Eso es lo que nos cuenta Alex Espinoza en un trabajo de investigación (con un punto de activismo y otro de antropología) que va desde los tiempos de los egipcios, los griegos y los romanos -mucho queda aún por saber de aquellas civilizaciones-, pasando por las molly houses del Londres y el jardín de la Tullerías del París del XVIII hasta la actualidad. A un hoy en el que la práctica del cruising parece haber sido arrinconada por las apps, pero en el que sigue habiendo muchos países (como Rusia o Uganda) en que continúa siendo la única opción para mantener relaciones tanto afectivas como sexuales, aunque implique jugarse la vida.

Tal y como relata Espinoza, exponiendo su propia experiencia, hasta la llegada de internet, el cruising -accidental o buscado- fue para muchos hombres no solo una forma de experiencia sexual, sino también de socialización con alguien con los mismos impulsos afectivo-sexuales. Eran tiempos donde la sociedad y la familia -bajo el maltrato de las políticas conservadoras, la manipulación de la iglesia y el sensacionalismo mediático- hacían muy difícil admitirse y manifestarse por miedo a verse aislado, desamparado y repudiado. Sin embargo, los instintos siempre encuentran la manera de esquivar las amenazas y aunque no fuera en las circunstancias adecuadas, muchos consiguieron en un parque, en unos lavabos, en un parking o en cualquier otro sitio público obtener y dar placer físico, con la consiguiente vivencia emocional que esto puede llegar a provocar.  

De la misma manera que el armario ya no es el sitio para la homosexualidad, tampoco lo es la negación y la ocultación para el cruising. Esta historia íntima es una buena manera de aprender en qué consiste esta actividad, ampliar conocimientos sobre la misma o, incluso, recordar las experiencias tenidas.

Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical, Alex Espinoza, 2020, Editorial Dos Bigotes.