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“El hombre que no deberíamos ser” de Octavio Salazar

Los convencidos dirán que lo que su autor cuenta es justo y necesario. Los reaccionarios que su redacción está plagada de generalidades y va en contra de lo que ha sido norma y tradición. Así es como entre unos y otros le dan la razón a su intención pedagógica y a su visión sobre lo desigual que es nuestra sociedad mientras siga definiéndose en términos de masculino y femenino.

Es curioso como la Constitución Española habla de españoles, personas e individuos sin hacer distinción de género. Eran otros tiempos y probablemente sus redactores no tuvieron más intención que seguir la norma de la RAE que dice que el plural se forma utilizando el masculino del sustantivo a utilizar, el tan manido masculino genérico. Pero hay algo que, quizás, también estuvo en su inconsciente y es que tanto antes, como más allá de las imágenes que creamos, transmitimos e interpretamos de nosotros mismos, somos personas. El género es algo que nos describe a posteriori, pero previo a esta construcción somos conciudadanos, seres humanos iguales y diferentes a los otros miles de millones que habitamos este planeta.

Punto de partida de lo que es la humanidad. Sin embargo, negado desde su mismo principio, situándolo no ahí -y ni siquiera en otras peculiaridades como la raza, la cultura o la religión- sino en el resultado del filtro que nos divide en hombres por un lado y mujeres por otro, y asignándonos unos roles con deberes y derechos inamovibles. Encorsetándonos en una injusticia y desigualdad donde ellas son más víctimas que ellos, pero donde lo masculino también resulta herido y mancillado por la falta de libertad a la que se ve condenado. La diferencia está en que en ambos casos quien genera daño y dolor es el hombre, por el sometimiento físico y psicológico que ejerce sobre las mujeres y por el estrechamiento conductual que se impone a sí mismo.

Como bien señala Octavio, los concienciados estamos de acuerdo en que transitamos desde hace tiempo por el largo, lento y tortuoso camino que algún día nos llevará a la igualdad real y del que en algunos momentos vemos destellos que nos hacen sentir que lo tenemos al alcance de la mano. Pero hay algo que evidencia que aún queda mucho por recorrer, y es que prácticamente todo lo logrado ha sido gracias a la insistente reclamación y lucha de las mujeres. Y que parte de lo que creemos conseguido es resultado de las estrategias de marketing del voraz consumismo impulsado por el neoliberalismo. La supuesta sensibilidad del metrosexual y la feminización de algunos puestos directivos esconden en la mayor parte de los casos una nueva visión de la exigencia de transmitir poderío físico y la exaltación de comportamientos fríos y agresivos.

La antropología y la cultura dan fe de cómo ha sido así desde hace siglos, y la sociología atestigua cómo sigue ocurriendo, pero como bien afirma el también autor de Autorretrato de un macho disidente, contamos con un instrumento muy útil con el que transformar el sexismo de nuestra sociedad, la política. Dimensión múltiple en la que se actúa no solo delegando vía voto, sino con el ejemplo personal. Pidiendo que se actúe en campos como el de la educación afectiva y sexual de los más jóvenes y que se ponga el foco no solo en ayudar a las mujeres maltratadas y explotadas sino en prevenir que haya hombres violentos y proxenetas.

Algo en lo que todos y cada uno de nosotros podemos y debemos actuar en nuestro día a día y sea cual sea el ámbito en el que nos movamos y actuemos a nivel laboral, familiar y social. Informándonos para tomar conciencia de cómo seguimos teniendo comportamientos machistas que nos impiden mostrarnos atentos, cercanos y empáticos con quienes nos relacionamos. Denunciando los relatos y prácticas excluyentes en los que se fundamenta el heteropatriarcado -basta acudir a una juguetería para comprobarlo-, y rehuyendo cualquier coordenada en la que se cosifique, mancille o violente a las mujeres -como es la pornografía- por el mero hecho de ser tales.

El hombre que no deberíamos ser, Octavio Salazar, 2018, Editorial Planeta.

“Europa soy yo” de Anna Bosch y Pablo R. Suanzes

Nos definimos como europeos, pero no acertamos a definir qué supone. Este diálogo entre periodistas se propone dar respuesta a esta cuestión, así como a otras como el rol de los nacionalismos y los populismos en la política actual del viejo continente. Conversación entre dos profesionales experimentados que también ponen en común sus puntos de vista sobre los pilares de la práctica y el objetivo a conseguir por el cuarto poder.

Llego a Europa soy yo semanas después del buen sabor de boca que me dejó Guerras de ayer y hoy, la primera publicación de Voces 5W, serie de la Revista 5W que se propone acercarnos las claves del mundo actual a través del análisis y la reflexión de aquellos a quienes conocemos por ser habituales de nuestras pantallas, emisoras o diarios de referencia. Volúmenes en los que las palabras de sus protagonistas tienen un valor diferente porque no están condicionadas por las premuras de tiempo, las limitaciones de espacio que les exigen los formatos en los que trabajan y los superiores que intentan influir sobre los temas que tratan y el enfoque con que lo hacen.

Su carta de presentación es su subjetividad, acervo resultado de cuanto han vivido y trabajado a lo largo de los años preguntando sobre el terreno, reuniéndose en despachos y acudiendo allí donde consideraban que estaba el personaje, el dato o el acontecimiento que debía ser conocido para, posteriormente, ser contextualizado y transmitido. Un bagaje entre el que está el arte de la retórica, la capacidad de sintetizar y la habilidad de relacionar para dar una explicación con la que entender cuáles son los factores que han dado pie a la concreción de nuestro presente y su posible evolución.

De la transcripción del diálogo entre Anna Bosch y Pablo R. Suanzes me quedo con su definición de qué es la Unión Europea. Algo que está más allá de sus límites geográficos, su estructura administrativa o sus reglas políticas. El elemento fundamental y central somos nosotros, sus ciudadanos. Personas que, sobre nuestra nacionalidad, sentimos tener algo en común con cualquier otro individuo que forma parte de este club.

Un conjunto concebido con la convicción de que, en la colaboración y la búsqueda de sinergias está la fuerza, pero también con retos, riesgos y debilidades actuales muy fuertes como resultado de los diferentes pasados con que cada uno de nosotros ha llegado a este conjunto. Los miembros originarios del club, los que llegamos desde el sur sintiendo orgullo de nuestra membresía y los que lo hicieron desde el este dejando atrás el lastre de la Guerra Fría. Un referente de libertades para todos, pero también un marco en el que ha habido que afrontar retos que muchos no esperaban, como fue hace una década el de la inmigración causada por los conflictos de Oriente Medio.

Y aunque hace tres años de la publicación de Europa soy yo, la solidez del juicio de Anna y Pablo queda patente en lo que comentan sobre el devenir que preveían del desconcierto que estaba ya provocando el Brexit en Reino Unido y el amenazante papel jugado por Putin desde Rusia. Países vecinos muy marcados en su proceder por la nostalgia de su pasado imperial. Sus hipótesis han acabado por hacerse realidad por estar fundamentadas en lo que consideran los principios del periodismo y del buen corresponsal. Una profesión que no consiste solo en trabajar la pieza que vemos, escuchamos o leemos, sino en comprender cuanto hay tras la realidad que esta muestra.

Misión nada fácil, para la que nunca hay un camino trazado y que exige una combinación de intuición, disposición y dedicación, cuidando el detalle, pero también teniendo una visión amplia en la que es muy importante tener conocimientos sobre historia, sociología o economía. Y como culmen, la heterogeneidad de los que estamos de este lado. Desde los que buscan ampliar lo que ya saben con nuevos enfoques y razones que esperan conseguir a través de sus cabeceras y firmas habituales, a los que únicamente quieren tener unas nociones básicas, pero claras, de por dónde va el mundo en el que vivimos.

Europa soy yo, Anna Bosch y Pablo R. Suanzes, 2019, Revista 5W.

“Los rotos. Las costuras abiertas de la clase obrera” de Antonio Maestre

Ensayo que explica los frentes en los que se manifiesta actualmente la opresión del capitalismo sobre quienes trabajan bajo sus parámetros. Texto dirigido a quienes ya se sienten parte del proletariado, para que tomen conciencia de su situación, pero también a aquellos que no entienden por qué parte de sus miembros le han dado la espalda a sus circunstancias y abrazado opciones políticas contrarias a sus intereses.

Antonio Maestre (Getafe, 1979) parte en su exposición de sí mismo. De lo que ha vivido en primera persona, de lo que ha sido testigo en su casa y de lo que ha conocido a través de sus amigos, vecinos y compañeros de aula desde que fuera un niño en Fuenlabrada hasta que se convirtió en un universitario en Madrid. Complementado con las diversas actividades que ha realizado a lo largo de su vida laboral, las de más joven para colaborar con la economía familiar, las de más adulto ligadas a su vocación investigadora y periodística. Su biografía es un claro ejemplo de un niño y un adulto de clase obrera. De los muchos que en este país hemos crecido en hogares que se mantenían al albur de la nómina del cabeza de familia y del trabajo no remunerado de nuestras madres, situación que ahora reproducimos dependiendo única y exclusivamente de los ingresos que obtenemos con nuestro trabajo diario.

Los rotos expone cómo las coordenadas de hoy ya no son como las de la segunda mitad del siglo XX, las de grandes empresas industriales y convenios colectivos que definían la relación entre el capital y los trabajadores. El neoliberalismo económico y político dinamitó la fuerza de la cohesión del grupo y estableció que las relaciones fueran individuales bajo premisas como la de la movilidad, la meritocracia y la ambición de una carrera profesional. Se nos hizo responsables de nuestro destino fomentando una competitividad que tenía por objeto dividir y confrontar, de hacernos sentir que si no lo lográbamos era porque no somos capaces, y de que quien lo ha conseguido ha sido a nuestra costa y no porque le sea más barato a quien ha optado por él o ella.

Maestre desgrana cómo se ha devaluado nuestro poder adquisitivo y debilitado la educación y la sanidad pública, pilares del estado del bienestar. Es más difícil prever un futuro estable, lo que afecta a nuestra capacidad de organizarnos un proyecto de vida no solo en el plano material, sino también en el familiar y en el individual, con su consiguiente derivada anímica. De manera paralela, el poder de la imagen, el consumismo y la categorización por capacidad económica del capitalismo se ha extendido a prácticas como la gestión de recursos humanos, el diseño de moda o la micro oferta low cost de muchas empresas de servicios. El objetivo último, seguir separando, señalando y exprimiendo cuanto sea imaginable al consumidor de a pie con la promesa de sentirse distinguido, superior y diferente a aquellos que no pueden.

Cantos de sirenas que algunos de los que han gozado de estabilidad se han creído, considerándose merecedores de lo que tienen y pueden, y mejores que aquellos entre los que crecieron y se criaron. A su vez, la opresión ha situado a otros tantos de los menos beneficiados en una situación defensiva, posicionándose del lado que creen no pone en riesgo los poco que tienen (lo que ha implicado su abrazo a opciones políticas no imaginadas hasta ahora), por muy precario que sea, en lugar de situar por delante sus convicciones y necesidades.

Antonio Maestre no señala nada que no sepamos, pero por si acaso utiliza un tono vehemente que no deja pie a la duda. Complementa su visión con referentes académicos y hemeroteca (hubiera sido buena idea haber incluido ésta en la bibliografía), pero sin ánimo de construir una tesis formal basada en datos concretos. De ahí que Las costuras de la clase abierta, más que un ensayo al uso, producto de un ejercicio de investigación, resulte un ejercicio de reflexión a la manera de una extensa, pero bien razonada, planteada e hilada, columna de opinión. 

Los rotos. Las costuras abiertas de la clase obrera, Antonio Maestre, 2022, Ediciones Akal.

“Privacidad es poder” de Carissa Véliz

Hemos asumido con tanta naturalidad la perpetua interconexión en la que vivimos que no nos damos cuenta de que esta tiene un coste, estar continuamente monitorizados y permitir que haya quien nos conozca de maneras que ni nosotros mismos somos capaces de concebir. Este ensayo nos cuenta la génesis del capitalismo de la vigilancia, el nivel que ha alcanzado y las posibles maneras de ponerle coto regulatorio, empresarial y social.

El 11 de septiembre de 2001 puso sobre la mesa la necesidad de una actualización de los sistemas preventivos de seguridad para evitar atentados como los que aquel día acabaron con la vida de tres mil personas. Argumento con el que gobiernos como el de EE.UU. demandaron tener acceso a nuestros correos electrónicos, llamadas y mensajes telefónicos y cuanta transacción comercial realizáramos para, supuestamente, detectar intenciones terroristas. Al tiempo, tomaban forma compañías como Google que, tras comenzar como taxonomista de contenidos, tornó su modelo de negocio para convertirse en la mayor plataforma publicitaria del mundo y monetizar el conocimiento que obtenía de nuestros hábitos, intereses y personalidad con el uso que hacemos de su buscador.

Silicon Valley no se quedó ahí, surgieron otras empresas como Facebook y crecieron exponencialmente las maneras de obtener datos sobre nosotros. Domotizamos nuestros hogares, nos geolocalizamos a través de nuestros smartphones, compramos on line, vemos películas por streaming y manifestamos qué pensamos, gusta y desagrada a través de las redes sociales. Mientras tanto, las autoridades no hacían nada al respecto, la revolución digital era el perfecto aliado para avanzar en su propósito de controlar cuanto fuera necesario para seguir en el poder. Hasta que este tornó en su contra, como quedó demostrado en las elecciones estadounidenses de 2016, y evidenció el grave riesgo que puede suponer para la pervivencia de nuestras democracias.

En lo que respecta a nuestra cotidianidad individual, hemos comprobado cómo el progreso que conlleva esta tecnificación tiene un lado oscuro. Espían nuestras conversaciones (recuerda ese anuncio que te surgió en el navegador tras una charla informal), se nos evalúa laboral (procesos de selección) y médicamente (las compañías de seguros lo hacen) por algoritmos que tienen los mismos sesgos que las personas que quienes les programaron y se está obligando a muchas personas (he ahí los bancos con nuestros mayores) a pasar por el aro de la productividad en lugar de seguir relacionándose bajo coordenadas de diálogo, cercanía y empatía.

A pesar de todo esto, la obtención y comercio de datos sigue siendo un campo de actuación casi libre, en el que las empresas actúan impunemente por la falta de regulación y la escasa capacidad (y voluntad) de acción al respecto de las administraciones públicas. Desconocemos la exactitud de los datos que obtienen de nosotros, así como los medios que utilizan para ello, menos aún del tratamiento que hacen de los mismos, a quién se los facilitan. Lo que supone no solo un atentado a nuestra privacidad presente, sino un riesgo para nuestro futuro al no saber cómo se gestionan ni con qué fines.

Y tal y como afirma Véliz, la falta de transparencia nunca es una buena señal, no hay más que ver la creciente polarización en la que estamos sumidos y las situaciones de alto riesgo para nuestra convivencia que llevamos acumuladas en los últimos años. Por eso aboga por una regularización en la que prime la opción de ceder datos en lugar de solicitar que no se nos tomen, en la imposibilidad de poder utilizarlos para diseñar publicidad hiper personalizada, en no poder tomar más que aquellos estrictamente necesarios para fines tecnológicos y solo durante un tiempo limitado. En definitiva, hacer del mundo digital un entorno seguro en el que podamos movernos con el mismo anonimato y certezas que en el físico o presencial.

Privacidad es poder, Carissa Véliz, 2021, Editorial Debate.  

“Guerras de ayer y de hoy” de Mikel Ayestaran y Ramón Lobo

Conversación entre dos periodistas dedicados a contar lo que sucede desde allí donde tiene lugar. Guerras, conflictos y entornos profesionales relatados de manera diferente, pero analizados, vividos y recordados de un modo semejante. Crítica, análisis e impresiones sobre los lugares y el tablero geopolítico en el que han trabajado, así como sobre su vocación.

Hace veinte años comenzaba muchas jornadas haciéndome con el periódico del día y no lo dejaba hasta haber hojeado todas y cada una de sus páginas. Hoy lo hago repasando la edición online a la que estoy suscrito y mi timeline de Twitter. El ritual ha perdido romanticismo, pero es cierto que considero haber ganado amplitud de puntos de vista gracias a cuentas como las de Ramón Lobo, Mikel Ayestaran y Revista 5W. Al primero le escucho también los fines de semana en la radio y de este medio, recomiendo especialmente sus podcasts. Muestras de lo que Lobo y Ayestaran describen en el último capítulo de esta publicación, el ecosistema de la información ha cambiado, pero sigue habiendo necesidad de conocer y profesionales muy capaces y deseosos de hacerlo posible.

Previamente ponen en común y contrastan la experiencia de Ramón como enviado especial de El País desde principios de los 90 hasta su salida hace pocos años, y la de Mikel como freelance desde que decidiera dejar la comodidad de la redacción de El Diario Vasco en 2005. Trayectorias amplias, cada uno con su particular bagaje y visión, que les permiten opinar con criterio sobre aquello de lo que han informado y vivido en lugares tan convulsos como Siria, Gaza, Líbano, Bosnia o Sierra Leona.

La lectura de lo que ambos cuentan en Guerras de ayer y hoy exige pausa y atención. Está planteado, muy inteligentemente, como una conversación, pero podría pasar perfectamente como la transcripción de una clase magistral a dos voces en la que se exponen las coordenadas en las que realizan su labor los periodistas que informan desde zonas en conflicto. En primer lugar, el conocimiento sobre el contexto político y social, asunto sobre el que suele haber una gran distancia entre la realidad local y lo que nuestra oficialidad nos cuenta a los que vivimos a miles de kilómetros de allí. De ahí que después veamos cómo fracasa la supuesta democratización de Afganistán o el fin del terror en Irak.

A continuación, la demanda que gobernantes, empresas editoriales y público tenemos de actualidad continua y novedad disruptiva, hasta casi eliminar el espacio y los recursos para el seguimiento y el análisis. Esto lleva a que las coberturas sean cada vez más breves y menos profundas en su tratamiento, convirtiéndolas incluso, en una mera sucesión de imágenes y de frases casi iguales en todos los medios, escasamente basadas en el trabajo sobre el terreno y en la consideración de fuentes de información verdaderamente locales. Acaban por convertirse en un entretenimiento, hábilmente orquestado por las estrategias de comunicación de estados y organismos internacionales, que ocultan el verdadero alcance de muchas barbaries.

Por último, y la parte con la que más he disfrutado, es aquella en la que Lobo y Ayestaran muestran su manera de hacer y ser. De dónde nace su motivación informativa, el modo en que la han ido vehiculando con el paso de los años, la experiencia acumulada y los cambios tecnológicos, las personas en las que confían cuando trabajan en zonas de conflicto, prestando especial atención a la figura del fixer, y cómo digieren la intensidad e intimidad de esa experiencia cuando vuelven a casa.

Guerras de ayer y de hoy, Mikel Ayestaran y Ramón Lobo, 2017, Revista 5W.

“Manipulados: La batalla de Facebook por la dominación mundial” de Sheera Frenkel y Cecilia Kang

Investigación periodística que abarca desde la génesis de la compañía hasta su papel protagonista en la polarización de la opinión pública a nivel mundial. Entrando en el detalle, en los objetivos perseguidos por Marck Zuckerberg, los argumentos utilizados para justificar sus decisiones y las coordenadas políticas en que ha medrado para conseguir sus pretensiones. Un trabajo que nos advierte del extraordinario poder que proporciona la tecnología, sobre todo cuando no es bien gestionada.

El culmen fue el 6 de enero de 2021. Ese día Twitter y Facebook bloquearon las cuentas de Donald Trump. El uso que el presidente saliente de EE.UU. estaba haciendo de las redes sociales era la última muestra de que estas eran utilizadas para un fin completamente opuesto a su publicitada misión social, facilitar la comunicación entre personas de todo el mundo. Quien se suponía el máximo garante de la democracia de la primera potencia se estaba sirviendo de ellas para socavarla. Sin embargo, lo que ocurrió no era algo acotado a una persona, un momento y un lugar. Era la norma de en lo que se había convertido la plataforma Meta, con su marca más conocida a la cabeza, Facebook, y también propietaria de Instagram y Whatsapp. Una herramienta con la que se engaña y manipula, enfrentando y polarizando hasta límites insospechados con consecuencias sistémicas potencialmente irreversibles.

Tal y como Frenkel y Kang exponen en una redacción ordenada, sustentada en hechos públicos y opiniones privadas, era algo que se veía venir por la evolución de su modelo de negocio, las contradicciones entre su proceder y sus supuestas políticas internas y la incapacidad del marco normativo, con la aquiescencia de parte del espectro político, para ponerle coto. Las evidencias eran claras, la manera en que durante años había acumulado datos de sus usuarios valiéndose de los subterfugios de la letra pequeña de su política de privacidad, permitiendo una microsegmentación que después se vendía a cualquier entidad, como los bots rusos que se sirvieron de ella para intervenir en contra de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de 2016.  

De mar de fondo una serie de cuestiones que Zuckerberg y su empresa han utilizado a su favor y que me hacen acudir a otros autores. En primer lugar, la fricción entre la globalidad económica y tecnológica y las fronteras geopolíticas. Tal y como señalaba Eric Hobsbawn, los estados tienen que ser más rápidos y hábiles estableciendo los mecanismos que hagan que el poder que albergan algunas corporaciones con dimensiones planetarias no vaya en contra del interés común. Algo que pasa, sin duda alguna, por revertir la prioridad de la productividad y la maximización de la cuenta de resultados del neoliberalismo que nos gobierna.

A continuación, lo señalado por Frédéric Martel, la diferente aproximación al sector de las autoridades norteamericanas y las europeas. Facebook, Twitter o Google son empresas de contenidos, de generación y transmisión de información, y no solo plataformas tecnológicas, y como tal deben ser reguladas y supervisadas. Quizás sea esta la manera de evitar que se conviertan en el medio con el que consolidar la involución democrática que gobernantes y cargos públicos de distintas partes del mundo, incluida España, están intentando desde hace años, según denunciaba recientemente Anne Applebaum. Presunción con la que coinciden las dos periodistas de The New York Times, responsables de este interesante ensayo.

Manipulados: La batalla de Facebook por la dominación mundial, Sheera Frenkel y Cecilia Kang, 2021, Editorial Debate.

“Amor América” de Maruja Torres

Desde Puerto Montt, en el sur de Chile, hasta Laredo en EE.UU., observando cómo queda México al otro lado del Río Grande. Diez semanas de un viaje que nació con intención de ser en tren, pero obligado por múltiples obstáculos a servirse también de métodos alternativos. Una combinación de reportaje periodístico y diario personal con el que su autora demuestra su saber hacer y autenticidad observando, analizando, recordando y relacionando.

Los casi 30 años que han pasado desde la publicación de Amor América le han sentado muy bien. Como si se tratara de un buen vino, ha ganado sabor y hondura. Su relato impresiona, se fija en la memoria. No solo en esa que recuerda datos, sino en aquella otra más importante formada por las vivencias, en la que se gesta quién eres. Donde permanecen los referentes que te acompañan, motivan e inspiran. Maruja Torres es una todo terreno, y no solo por la ruta que siguió y la manera casi mochilera en que realizó muchas de sus etapas, sino por la mirada empática con lo local y la intuición sosegada con que lo interpreta que transmiten estas páginas, resultado de las muchas notas que tomó en multitud de cuadernos mientras atravesaba Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Guatemala y México.

Quien pocos años después escribiera Mujer en guerra enhebra con diligencia la subjetividad personal con la objetividad periodística. En ningún momento deja de facilitar datos y de ofrecer información, dejando claro cuánto de ello es resultado de la observación y qué proviene de fuentes -unas espontáneas, otras buscadas por ella-, confeccionando así un fresco sobre cómo se vive y se sobrevive en esta parte del mundo unida por su pasado español, pero al tiempo deslavazada por las múltiples formas con que la codicia colonialista la ha saqueado a lo largo de los últimos siglos.

El leit motiv de desplazarse en tren cuando le es posible le da a su experiencia una autenticidad que solidifica los múltiples pequeños relatos que acopla sobre él. Desde el origen y situación actual de las muchas líneas por las que transita a las dificultades e imposibilidades técnicas que la obligan a buscar itinerarios y medios de transporte alternativos. Lo que le revela la inmensidad de los paisajes que atraviesa y el urbanismo de las ciudades en las que hace escala. Y lo que le transmiten -ya sea de viva voz, ya sea por sus actos- las muchas personas de todo tipo y condición con que se encuentra y entabla contacto directo. Apariciones y compañías que hacen humano su relato, y que le dan pie a Maruja -unas veces con incisiva ironía, otras con una divertida acidez- a mostrarse a sí misma, a integrar en lo que está construyendo sus recuerdos y experiencias pasadas en el continente como medio con el que constatar y contrastar aquello de lo que está siendo testigo en este momento.

Amor América es un referente de lo que supone ser periodista, tanto por su manera de mostrar lo que no vemos o no queremos ver, como por las anécdotas y episodios personales que comparte. Los trucos con que consiguió salvar los obstáculos a la libertad de expresión e información de los soldados de Pinochet o de los terroristas de Sendero Luminoso. Los métodos que utilizaba para hacer llegar a Madrid sus crónicas en los tiempos en que no existía internet. O cuanto vio, sintió y tuvo que digerir trabajando en primera línea tras el desastre natural causado por la erupción del volcán Nevado del Ruiz (Colombia, 1985) o durante la invasión estadounidense de Panamá en 1989.

Al tiempo, es un ejemplo perfecto de literatura de viajes. Su lectura da ganas de ahora, décadas después y a la manera en que Ryszard Kapuscinski volvió sobre los pasos de Heródoto, ir tras los suyos para comprobar cuánto puede haber cambiado -y cuánto sigue igual- de lo que Torres expone sobre ese continente tan grande y diverso, a la par que desconocido e ignorado.

Amor América, Maruja Torres, 1993, Editorial DeBolsillo (Punto de Lectura).

«La desfachatez intelectual» de Ignacio Sánchez-Cuenca

Hay escritores y ensayistas a los que admiramos por su capacidad para imaginar ficciones e hilar pensamientos originales y diferentes que nos embaucan tanto por su habilidad en el manejo del lenguaje como por la originalidad de sus propuestas. Prestigio que, sin embargo, ensombrecen con sus análisis de la actualidad llenos de subjetividades, sin ánimo de debate y generalidades alejadas de cualquier exhaustividad analítica y validez científica.  

Lo malo de ser una figura reconocida es que te lo creas y te aproveches de ello. Ser bueno en unas facetas no implica necesariamente serlo en otras, aunque la herramienta de trabajo sea la misma, como puede ser el don de la escritura. Proceder con las oportunidades que te surjan como consecuencia de una recepción positiva de tu creatividad, si sabes que no estás preparado para ello o no le dedicas la preparación que necesitarías denota falta de ética. El resultado es que valiéndose de su prestigio -y del altavoz que les dan los medios de comunicación que recurren a ellos- Sánchez-Cuenca expone cómo hay autores que se construyen tribunas desde las que opinan y sentencian, en lugar de analizar y proponer.

Desde su punto de vista, la seriedad de muchas de las afirmaciones de estos acerca de la situación política, económica y social que tratan, requerirían datos contrastados que sostuvieran sus afirmaciones. No hacerlo les lleva a lugares comunes que estilizan convenientemente con su prosa, maquillaje tras el que se alberga si no la falsedad y la pontificación, sí el desajuste con la realidad y la creación de una marca personal sin mayor fin que el rédito pecuniario y el alimento del ego. Algo que expone con multitud de ejemplos en torno a tres temas muy habituales en las páginas de opinión de la prensa escrita y en las tertulias radiofónicas y televisivas de nuestro país, el nacionalismo, el terrorismo y la crisis económica.

Decir si se está de acuerdo o no con Sánchez-Cuenca requeriría leerse al completo las 150 referencias bibliográficas y hemerográficas en que sustenta su exposición, pero el ejercicio de síntesis y análisis que realiza de ellas hace pensar que su visión sobre el asunto está bien documentada y como tal, ha de ser tenida en cuenta. Por motivos como separar con pulcritud la faceta escritora y ensayística de los autores citados de la criticada, aquella cuando su trabajo es concebido, fundamentalmente, como contenido mediático. Por la claridad con que contrasta lo que los citados enuncian, señalando factores no considerados (como el contexto europeo y global del que formamos parte) que desmontan sus tesis, así como la posible banalidad y arbitrariedad (en su simplificación interpretativa del lenguaje y del entramado institucional y normativo) de los argumentos en los que se basan.

Discursos generalmente poco o nada elaborados, que toman de aquí y allá, que se retroalimentan y repiten, como si fuera una competencia por ver quién es el autor más brillante en lo prosaico y fino y sagaz en lo hiperbólico. Exposiciones pesimistas y catastrofistas, que señalan riesgos, advierten de peligros y auguran rupturas de nuestra sociedad y nuestro sistema político que nunca se han visto materializadas.  

Precisamente este es uno de los aspectos más interesantes de La desfachatez intelectual, su exposición de cómo este enfoque no corresponde tan solo a la etapa anterior a su publicación, en 2016, sino que viene dándose desde décadas previas. Un bucle de ensimismamiento que lleva a Fernando Savater, Félix de Azúa, Arturo Pérez Reverte, Javier Marías y a otros a actuar como si fueran hombres de la generación del 98, cuya honda e importante opinión fuera necesaria en todas las facetas de la vida pública, y sin atisbo de que tengan en cuenta cómo el paso del tiempo y la revolución tecnológica han cambiado nuestro espíritu crítico, así como el acceso a la información y nuestro consumo y uso de la misma.

La desfachatez intelectual, Ignacio Sánchez-Cuenca, 2016, Editorial Catarata.

“Arte (in)útil” de Daniel Gasol

Bajo el subtítulo “Sobre cómo el capitalismo desactiva la cultura”, este ensayo expone cómo el funcionamiento del triángulo que conforman instituciones, medios de comunicación y arte es contraproducente para nuestra sociedad. En lugar de estar al servicio de la expresión, la estética y el pensamiento crítico, la creación y la creatividad han sido canibalizadas por el mecanismo de la oferta y la demanda, el espectáculo mediático y la manipulación política.

La segunda aceptación de la RAE define el término “arte” como “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. La academia no entra en si el resultado se queda en el ámbito personal del autor o si pasa a ser algo compartido y entonces conocido y, presumiblemente, divulgado y valorado. En lo que supone pasar de una dimensión a otra, de un espacio acotado y restringido a uno social y abierto a la mirada y la opinión de los otros. Sobre todo, en el caso de aquellos que pretenden ganarse la vida con lo que pintan, esculpen, escriben, diseñan o componen.

El fin monetario que esta decisión conlleva -vital para quienes no tienen otros recursos con que llegar a final de mes- hace que entre en juego el mecanismo de la promoción y lo que este trae consigo, como es acceder a las plataformas desde las que dar a conocer lo realizado, los medios de comunicación y los espacios de exhibición. Algo que pasa, necesariamente, por establecer relaciones con las personas que las gestionan o seguir los procedimientos que marcan para que consideren si lo que se les propone se ajusta no solo a sus fines comerciales, formativos e informativos, sino a algo más nuclear, si es “arte”.

Ahí es donde entra de lleno Daniel y explica, poniendo el foco en las artes plásticas, cuán viciado está cuanto rodea a esta cuestión por la mercantilización de todo impulso humano que supone el neoliberalismo. El fin del arte ya no es transmitir belleza o subjetividad, provocar o sugerir, sino que se ha convertido en un medio a través del cual imponer una visión muy concreta de nuestro tiempo. Un medio instrumentalizado tanto por quienes ejercen el poder político como por quienes determinan los mensajes de los medios de comunicación con el fin de consolidar y seguir haciendo crecer el consumismo cortoplacista y el continuo cambio en el que estamos sumidos.

Con un lenguaje académico, pero riguroso y detallista en su análisis, Gasol argumenta cómo lo vivido en las últimas décadas ha sido, más que una evolución artística, una completa intervención en los resortes del arte por parte de quienes han visto en lo creativo un medio con el que enriquecerse aún más y con el que ejercer poder a través del control social. Se ha manipulado hasta el lenguaje, estableciendo categorías como la de arte emergente como etiqueta de lo que se supone actual e innovador, cuando la realidad es que no se le da esa opción, sino que se les exige para comerciar con él.

Un reconocimiento al que se llega con un doble respaldo. Haber sido expuesto en los museos, centros, salas y galerías consideradas como certificadoras de lo que es arte, etiqueta que otorgan a través de sus criterios de programación y selección. Y haber aparecido en los medios de comunicación, altavoces que fijan su importancia y valor en términos casi exclusivamente cuantitativos, cuántos visitantes ha atraído una muestra y qué precios ha alcanzado una pieza en ferias o subastas.

Y entre un punto y otro la cohorte de figuras que ha surgido en torno a los artistas y sus obras como comisarios, críticos, periodistas, programadores y asesores, generadores de una actividad en la que se colocan como filtros con una función también mediatizadora de lo que es arte y determinadora de quién es artista. Por último, el fenómeno que han potenciado las redes sociales con el que se le hace creer a todo ciudadano no solo que él mismo es un artista, un creador, sino también un jurado que decide y valora qué es arte y qué no.   

Arte (in)útil. Sobre cómo el capitalismo desactiva la cultura, Daniel Gasol, 2021, Rayo Verde Editorial.

“La verdad ignorada” de Emilio Peral Vega

Explicitación de la homosexualidad de algunos de los autores más reconocidos de la literatura española a la hora de leer, analizar y relacionar su obra. No solo como una consideración biográfica sino como una característica personal que determinó los temas y enfoques de sus creaciones. Ensayo que ejemplifica la necesidad de ir más allá de lo establecido a la hora de determinar, considerar y valorar a nuestros referentes.

A Federico García Lorca le gustaban los hombres. Al igual que a Vicente Aleixandre o a Luis Cernuda. A estas alturas nadie se atreve a negar esto, pero en demasiadas ocasiones se deja aun a un lado a la hora de hablar sobre ellos, presentar su escritura o introducirnos en lo que pretendían relatarnos a través de esta. Por este motivo es importante contar con ensayos como este que se presenta bajo el subtítulo Homoerotismo masculino y literatura en España (1890-1936). Como señala su autor en su introducción, no se trata de una propuesta exhaustiva, pero sí de una muestra de lo que podemos descubrir si nos acercamos a los nombres a estudiar y conocer desde una perspectiva más íntima y honesta con quienes y cómo fueron, sintieron y vivieron.

Como ejemplo, me ha resultado muy interesante la confluencia entre las veladuras de los sonetos de William Shakespeare y los poemas de Jacinto Benavente que propone Peral Vega, así como entre las obras teatrales de ambos. En cuanto a su estructura, pero también en el papel que cumplen algunos personajes por su manera de proponerse y manifestarse. Asunto en el que se puede deducir aún más cuando se recurre a lo que sucedía en la vida personal de nuestro Premio Nobel, tal y como evidencian los fragmentos seleccionados de su correspondencia.

Tomo nota de las tres novelas galantes en las que se profundiza, El martirio de San Sebastián (1917) de Antonio de Hoyos y Vicent, Las locas de postín (1919) de Álvaro Retana y El ángel de Sodoma (1928) de Alonso Hernández Catá. Títulos que leer para indagar en lo que La verdad ignorada expone. Cómo se entraba de lleno en aquella época en la cuestión homosexual, las motivaciones y excusas con que se le daba protagonismo, y los prejuicios -y, en alguna ocasión, finalidad moralizante- con que se abordaba su tratamiento argumental. Otro tanto haré con Sortilegio, texto teatral de 1930 de Gregorio Martínez Sierra y María de la O Lejárraga, inédito editorialmente hasta ahora e incluido como apéndice en este volumen.

La certeza de que lo literario es personal queda claro en los capítulos dedicados a Luis Cernuda y Eduardo Blanco-Amor. En ellos, Emilio formula un triángulo explicativo conformado por lo escrito por ambos poetas, las relaciones que tuvieron y las conexiones entre uno y otro ángulo. No trata de establecer únicamente orígenes y consecuencias, sino de mostrar cómo su vida sentimental y los estados emocionales asociados a esta, además de la influencia del entorno social en el que se desenvolvían, marcó la obra por la que son conocidos. He ahí el contraste entre Los placeres prohibidos (1931) y Donde habite el olvido (1933), en el caso del sevillano, o lo que expuso el orensano en Horizonte evadido (1936).

La verdad ignorada, Emilio Peral Vega, 2021, Ediciones Cátedra.