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“Algo va mal” de Tony Judt

Han pasado diez años desde que leyéramos por primera vez este análisis de la realidad social, política y económica del mundo occidental. Un diagnóstico certero de la desigualdad generada por tres décadas de un imperante y arrollador neoliberalismo y una silente y desorientada socialdemocracia. Una redacción inteligente, profunda y argumentada que advirtió sobre lo que estaba ocurriendo y dio en el blanco con sus posibles consecuencias.

La crisis económica y financiera de 2008 se llevó por delante a una parte de la clase media del mundo occidental. Curiosamente, los que disfrutaban de situaciones más sólidas apenas se vieron perjudicados. Es más, se enriquecieron, tal y como ha vuelto a ocurrir en los últimos meses. En una configuración del mundo en la que todo se mide única y exclusivamente por lo económico, esto les situó en la posición de ganadores. Doblemente, porque las cifras de sus cuentas de ahorro les permiten acceder a unos servicios a los que otros no tienen acceso, como son una sanidad o una educación de calidad prestada por operadores privados. Mientras tanto, la sanidad y educación facilitada por las administraciones públicas se han visto depauperadas y si la tendencia sigue así, llegará el día en que no serán ni la sombra de lo que fueron ni de lo que pudieron llegar a ser.

Ahora que parece que estamos dejando atrás la pandemia del covid, no está de más recordar lo que el también autor de Pensar el siglo XX nos contaba sobre los estragos que generó el egoísmo individualista y el arrinconamiento de la colectividad que supone la figura del Estado. Una situación cuyo inicio se remonta a los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan y su apuesta por las privatizaciones, que se consolida con la caída del muro de Berlín y la reducción de las ayudas públicas y toma velocidad de crucero con la globalización. Algunos creían que esta progresión se iba a corregir con la caída de Lehman Brothers, pero visto lo visto, no hay duda alguna de que se ha prolongado hasta nuestros días. Las medidas que la mayor parte de los gobiernos nacionales e instituciones supranacionales implementaron hace una década solo sirvieron para hacer aún más débil y dependiente a quien no tuviera más recursos que a sí mismo.  

Cierto es que el mundo es ahora mucho más rico que décadas atrás, pero desde finales de los años 70 las desigualdades entre acaudalados y necesitados han aumentado, los salarios de los primeros multiplican obscenamente los de los segundos. Resultado de un neoliberalismo que de liberalismo ha tenido bien poco. Su máxima ha sido la ley del más fuerte y servirse de los elementos de la democracia, de todo aquello que nos une. Más para controlarnos (invirtiendo en defensa, seguridad…) que para hacernos progresar (cultura, pensiones, transporte…).

Una apisonadora frente a la que la socialdemocracia, que gobernó buena parte de Europa durante décadas tras la II Guerra Mundial y que inspiró el New Deal que consolidó a EE.UU. como primera potencia del mundo, no ha sabido articular un discurso sólido y con visión de futuro. Arrastrada por sus errores, por la concreción de sus debates -más sobre cuestiones acotadas a determinados grupos sociales que sobre su conjunto-, su desorientación ideológica tras la caída del comunismo y por el aburguesamiento de sus líderes, no solo no se ha identificado como alternativa, sino que tampoco ha actuado como muro de contención.

De esta manera se dejaba completamente atrás el acuerdo, la entente y la convicción que surgió tras 1945 de que la creación de riqueza económica tiene que ir acompañada obligatoriamente de búsqueda de la igualdad social y de que el papel del Estado es hacer que así ocurra (redistribuyendo adecuadamente lo recaudado vía impuestos). Curioso que los que más han apostado por la globalización -señalando que son los mercados los que nos han de gobernar y no las administraciones públicas- ejemplificaban al tiempo un estilo de vida representativo del más absoluto individualismo; o que hayan seguido predicando la eficiencia y productividad del sector privado mientras clamaban el rescate público de sus bancarrotas (he ahí los miles de millones entregados para salvar de la ruina a constructoras de autopistas y entidades financieras).

Pero más allá de su aguda mirada al pasado, el valor extra que tiene Algo va mal leído hoy es su previsión de hacia dónde consideraba Tony Judt que íbamos en 2010. Un panorama en el que buena parte de la clase media se entregaría al discurso populista y nacionalista de la ultraderecha en la creencia de que ahí encontraría el apoyo y la solución al abandono sufrido por las instituciones y la clase política. Un vaciamiento de buena parte de la geografía rural como consecuencia de la descuidada e ineficaz gestión de las redes de comunicación. O la insatisfacción de una juventud educada bajo la creencia de que iba a vivir mejor que sus padres, pudiéndose dedicar a aquello para lo que se estaban formando y encontrándose años después, si acaso, con salarios mínimos a la sombra de aquellos que habían contado con fondos para pagarse una prestigiosa escuela de negocios y oportunidades gracias a su restringida red de contactos.

¿Hemos aprendido de los errores? ¿Están dispuestos a ceder los que se han beneficiado de la injusticia? ¿Se harán escuchar los perjudicados? ¿Tendrá nuestra clase política la honestidad, arrojo y valor suficiente para ponerle fin a esta situación?

Algo va mal, Tony Judt, 2010, Editorial Taurus.

“La muerte del artista” de William Deresiewicz

Los escritores, músicos, pintores y cineastas también tienen que llegar a final de mes. Pero las circunstancias actuales no se lo ponen nada fácil. La mayor parte de la sociedad da por hecho el casi todo gratis que han traído internet, las redes sociales y la piratería. Los estudios universitarios adolecen de estar coordinados con la realidad que se encontrarán los que decidan formarse en este sistema. Y qué decir del coste de la vida en las ciudades en que bulle la escena artística.

Aunque centrado en EE.UU., la conjunción de neoliberalismo y globalización en la que estamos inmersos desde hace décadas, a la que se ha unido el desarrollo de la tecnología, hace que podamos asumir como definitorio de los que vivimos en nuestro propio país cuanto Deresiewicz expone en este largo y detallado ensayo, basado en una profusa investigación previa (entrevistas, datos y citas bibliográficas).  El axioma está claro, si pagamos por lo que comemos, ¿por qué no lo hacemos por los trabajos artísticos que consumimos? ¿Por qué no les reconocemos el valor que tienen y la autoría, valía y dedicación de las personas que están tras ellos?

Como con tantas otras cuestiones, y aunque no es la única respuesta, pero sí la que articula su complejidad, la clave está en cómo ha cambiado la realidad política, económica y social de nuestro mundo desde finales de los años 70. En líneas generales, el arte dejó de ser considerado alimento para el alma, medio para fomentar el espíritu crítico y propulsor de coordenadas de comunidad para ser visto como un elemento a economizar y en el que invertir –tanto pública como privadamente- en función del rédito –marca, estatus o revalorización futura- que este pudiera generar.

Se puso el foco en el producto final, en el cuadro, el guión o la canción y en su tratamiento como una mercancía. Dejó de considerarse cuanto permite a su creador llegar hasta ahí. Conocer el pasado de la historia del arte a través del estudio y la experiencia directa y mantenerse al tanto del presente relacionándose con otros artistas, disponer de un lugar y tiempo durante el que practicar sin fin hasta dar con las claves con que definir un estilo propio, tener acceso directo a los intermediarios –galeristas, agentes, representantes- que conectaban con los potenciales compradores.

Esto ya ocurría antes, pero lo novedoso fue que iniciados los 80 comenzó la escalada de la especulación inmobiliaria –primero en EE.UU., después en Europa-, lo que obligó a que muchos artistas tuvieran que estar aún más pendientes de su cuenta bancaria que de su inspiración. Sin techo bajo el que vivir, poco hay que crear, así que primero garantizarse unos ingresos trabajando en lo que se pueda y después, si acaso, dedicarse a aquello para lo que están dotados. En el caso de las artes plásticas, el mundo económico, además, generó una nueva clase social que prostituyó el mercado, dinamitando los precios y haciendo que también en este sector la especulación fuera la norma.

Por su parte, los medios de comunicación exacerbaron el ideal romántico y bohemio, obviando el lado empresarial que todo artista tiene y transmitiendo al gran público el mensaje de que solo si eran lo suficientemente buenos serían reconocidos con etiquetas como la nueva joven promesa u otra similar. De manera paralela, se le ha ofrecido la zanahoria de la formación universitaria (licenciaturas, grados, cursos de especialización y posgrados) a los deseosos de llegar a ser artistas como manera de entender cómo funciona el mercado y hacerse un hueco en él. ¿De verdad es así o es otra manera de aprovecharse de sus recursos, de retrasar su entrada en las listas del paro y de convertirles en cantera de becarios y ayudantes que apenas cobrarán después?

Pero lo peor de todo ocurrió con la llegada de internet. Un medio que inicialmente se proponía como una plataforma con la que conocer la labor de personas a las que hasta entonces no habíamos tenido acceso, resultó ser la herramienta perfecta para devaluar su trabajo. Utilizamos sus fotografías sin licencia, descargamos sus canciones y sus novelas sin respetar su propiedad intelectual, vemos las películas en páginas que sabemos son ilegales… Algo de lo que somos tan responsables los usuarios como Google o YouTube que permiten existan dichos enlaces. ¿Por qué? Porque el tráfico que generan redunda en sus ingresos publicitarios. ¿Consecuencias? Se producen muchas menos películas, siendo el más afectado el denominado cine de autor, aquel que necesita que vayamos a las salas. Pantallas cada vez más llenas de remakes, sagas y spin-offs de personajes y seriales que no aportan nada extraordinario, pero que les aseguran ingresos a sus promotores. Podría parecer que las plataformas de streaming como Netflix o HBO son la solución, pero tal y como advierte Deresiewicz, cuidado con el oligopolio en el que se está convirtiendo esta nueva dimensión de lo audiovisual.

Y qué decir de las prácticas también monopolísticas de Amazon, una vez que se convirtió en el mayor vendedor del mundo de libros, cambió las reglas del juego en cuanto a precios de venta y márgenes. Curiosamente, la editorial que no las aceptara quedaba escondida en su tienda on line por el capricho de los algoritmos. Algo a lo que juega también Spotify, haciendo que a través de su sistema de listas y novedades, las canciones más reproducidas sean las de un grupo mínimo de solistas y grupos, dejando así con la miel en los labios, y sin apenas ingresos, a todos aquellos músicos que pensaron que a través de este servicio digital podrían darse a conocer y generarse su propio público.  

Siglos atrás los creadores eran artesanos que trabajaban por encargo de la iglesia. Después pasaron a ser artistas gracias al mecenazgo de los monarcas. Tiempo después llegarían los encargos de la burguesía. Con la llegada del capitalismo muchos se liberaron de cualquier dependencia y su labor comenzó a ser producto de un impulso más libre que después era reconocido por los que se convertían en sus clientes. No dejemos que el libre mercado y su supuesta autorregulación, ruido que algunos denominan democracia y libertad, acabe con algo tan inherente al ser humano como es la expresión artística.

La muerte del artista, William Deresiewicz, 2020, Capitán Swing Libros.

“Guerra y paz en el siglo XXI” de Eric Hobsbawm

Nueve breves ensayos y transcripciones de conferencias datados entre los años 2000 y 2006 en los que este historiador explica cómo la transformación que el mundo inició en 1989 con la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS no estaba dando lugar a los resultados esperados. Una mirada atrás que demuestra -constatando lo sucedido desde entonces- que hay pensadores que son capaces de dilucidar, argumentar y exponer hacia dónde vamos.  

Todos recordamos dónde estábamos el 11 de septiembre de 2001. Aquella jornada fue un punto de inflexión en la vida de muchas personas, aunque según Hobsbawm (Alejandría, 1917-Londres, 2012) no debiéramos considerarlo un momento histórico en los términos en que se transmitió inicialmente. Fue la muestra de un terrorismo que alcanzaba formas y resultados hasta entonces inimaginables, pero también dejó patente que por muy desestabilizadores que sean sus efectos -como los habían sido los de ETA en España o los del IRA en Reino Unido-, no tienen nada que hacer frente a la fuerza de las democracias liberales gracias a las capacidades de los Estados-nación en que estas se sostienen.

A su juicio, el verdadero peligro para sus instituciones y ciudadanos estaba en la megalomanía de sus dirigentes y su incapacidad o dejadez para no hacer frente a la contradicción de un mundo globalizado tecnológica, financiera y comercialmente, pero que en términos normativos sigue considerando las fronteras territoriales como su primer rasgo definidor. Una combinación paradójica desde que se decidiera resolver las ineficiencias del Estado del Bienestar optando por las máximas del capitalismo, autorregulación y priorización de la cuenta de resultados, sin considerar que hay actores, como las empresas multinacionales, que gracias a su poder son capaces de superar los límites regulatorios.   

Súmese a esto, el haber pasado -como consecuencia del fin de la guerra fría- de un esquema de enfrentamiento entre dos potencias en el tablero internacional, pero que también trajo consigo estabilidad y equilibrio entre los bloques ideológicos que ambas encabezaban, a la hegemonía única de EE.UU. (aunque la actualidad más reciente pone esto en duda). Sin embargo, en lugar de tomar el sendero de la diplomacia para dar continuidad a su liderazgo, los herederos de George Washington optaron por el imperialismo bélico y el militarismo unilateral sin valorar sus consecuencias allí donde dejaba caer sus bombas, rompiendo la entente existente desde hacía décadas de no intervención directa en el territorio de otro país. He ahí lo sucedido en Afganistán o Irak, utilizando excusas que se sabían falsas (las armas de destrucción masiva) o prostituyendo el lenguaje (guerra contra el terror, defensa de nuestro estilo de vida).

Actuación similar a la ejercida por otros países del bloque occidental (como Reino Unido) dentro de sus fronteras, dejando en manos del sector privado mucho de aquello en lo que se había basado el papel y sentido del estado (ej. sanidad, educación y seguridad), reduciendo así la sensación de pertenecer a una sociedad formada por personas con intereses comunes y generando nuevas brechas de desigualdad que, tal y como evidenció la crisis de 2008, no han hecho más que incrementarse. Sin olvidar que esto ha incentivado un individualismo que encuentra su aliado en el nacionalismo, no como manera de crear comunidad, sino de buscar a un diferente entre los propios y de señalar al llegado de fuera para culparle de sus insatisfacciones e ineficacias. El ascenso de los discursos (homófobos y xenófobos) y resultados electorales de opciones de ultraderecha dejan claro que Hobsbawn no estaba nada desacertado.

El mundo sigue cambiando a velocidad de vértigo, nadie sabemos a ciencia cierta hacia dónde ni cómo hay que actuar para que lo haga en la dirección correcta y se vean favorecidas el mayor número de personas posibles, cada una en la manera más adecuada a sus coordenadas de origen y a su visión de futuro. Guerra y paz en el siglo XXI no propone soluciones, no las tiene, pero sí demuestra que hay historiadores que son capaces de ver cuáles son las variables a tener en cuenta y la manera en que no se han de aplicar, que no es poco.

Guerra y paz en el siglo XXI, Eric Hobsbawn, 2007, Editorial Booket.

“El ocaso de la democracia” de Anne Applebaum

La Historia no es una narración lineal como habíamos creído. Es más, puede incluso repetirse como parece que estamos viviendo. ¿Qué ha hecho que después del horror bélico de décadas atrás volvamos a escuchar discursos similares a los que precedieron a aquel desastre? Este ensayo acude a la psicología, a la constatación de la complacencia institucional y a las evidencias de manipulación orquestada para darnos respuesta.

El currículo de Anne Applebaum no es sospechoso de ser el de una persona tendenciosa y amiga del tremendismo. En las primeras páginas de este título deja claras las coordenadas ideológicas del centroderecha con las que se identifica para, a continuación, demostrar la neutralidad e imparcialidad de su aproximación a la deriva autoritaria, total o parcial, de muchas democracias liberales occidentales. Evita la innecesaria obviedad de toda crítica y centra su argumentación, selección de fuentes y exposición de ejemplos (personas, momentos y declaraciones) en identificar, analizar y comprender las motivaciones y medios con que se iniciaron -así como la manera en que fueron evolucionando y adaptándose exitosamente a las circunstancias- movimientos que han acabado haciéndose con el poder (en Polonia, Hungría o Reino Unido), que lo han ostentado (en EE.UU. o Italia) o que lo amenazan tras entrar en el sistema institucional (en España o Francia).

Ya son demasiadas ocasiones en las que el común de la ciudadanía de distintos países se sorprende cuando un día comienza a escuchar los exabruptos absurdos, anacrónicos y recalcitrantes de un partido político hasta entonces desconocido o de discurso moderado y poco después descubre que han recibido una buena parte del voto en unas elecciones. Pero tal y como indica la ganadora del Premio Pulitzer en 2003, esto no surge repentinamente, sino que se inicia mucho tiempo antes. En el caso de Hungría y Polonia sitúa ese punto en el fiasco que muchos aspirantes a políticos -aquellos que conciben los despachos como sede de su ego, más que como lugar desde el que trabajar por el bien común- sufrieron cuando la caída del muro y la integración en Europa no les dio los réditos personales que esperaban obtener. Únase a esto la insatisfacción que sintió una parte de la sociedad al no ver transformadas sus vidas en la manera en que les habían prometido por el sistema de la democracia liberal.

A partir de aquí, los primeros elaboran un relato simplificador (identificación de la nación con un grupo étnico y religión, baluarte de su identidad, y simplificación épica de la historia), plagado de conspiraciones y enemigos inexistentes (el inmigrante que pone en riesgo la pureza étnica, los colectivos que ejemplifican la diversidad como amenaza de la integridad de los valores, el poderoso extranjero que maneja los hilos en la sombra) y se valen de su mayoría legislativa (interviniendo cuanto sector económico y social sea necesario, destruyendo la separación de poderes) y su control de los medios de comunicación para hacer de su discurso la única, posible y arrasadora verdad. O con ellos o contra ellos, y en ese caso, silenciados, represaliados o expatriados. Una telaraña que se ha ido extendiendo hasta llegar a la situación presente en la que la toxicidad interna de estos dos países se proyecta en el ámbito supranacional, pretendiendo luchar incluso contra los principios del proyecto europeo.

Lo interesante de la exposición de Applebaum es la manera en que demuestra cómo surgieron estas tendencias sin que nos percatáramos en qué derivarían. Es el caso del Brexit, cuando determinados gobernantes londinenses hacían creer a los habitantes de la Inglaterra rural -más que a los del resto del Reino Unido- que sus males no eran producto de sus decisiones, sino de las que se tomaban entre todos los estados miembro de la Unión Europea en Bruselas. Una labor en la que se vieron apoyados por periodistas que, en lugar de señalar su incompetencia, amplificaron -con flema británica y aires de un imperio ya inexistente- sus falsedades. Uno de ellos fue el hoy primer ministro Boris Johnson.

Señalando que el autoritarismo no responde a cuestiones ideológicas, sino que se escuda en ellas -el de izquierdas en la defensa de la clase trabajadora, el de derechas en el de un grupo étnico determinado- y que siempre ha existido, aunque de manera reducida y supuestamente controlada, y por eso se le dejaba estar, el caso de EE.UU. es diferente. Aquí la estrategia que Trump lideró -y con la que arrastró al Partido Republicano- fue la de negar el valor de la democracia. De ahí que se opusiera a que su país siguiera liderando el panorama internacional y a que criticara sin criterio cuanto organismo público necesitara para reafirmar su posicionamiento. Dejó claro en demasiadas ocasiones que su propuesta de regenerar su corrupto sistema pasaba por destruirlo para reinventarlo siguiendo nuevos estándares y normas de convivencia. Inevitable recordar el asalto al Capitolio del pasado 6 de enero.

Algo similar a lo que propone la ultraderecha en España, falseando e inventando cuanto sea necesario y sin ofrecer propuestas ya no solo reales sino, al menos, bien argumentadas desde un punto de vista discursivo con las que demostrar que tienen un proyecto político. Un absurdo ante el que las instituciones no respondieron durante mucho tiempo, pensando que su incoherencia y falta de lógica les impediría asentarse. Sin embargo, este partido ha sabido utilizar las posibilidades que ofrece hoy en día la tecnología (tanto en generación de contenidos como en su distribución a través de internet, redes sociales y ecosistema mediático) para embaucar en su proyecto sin aparente rumbo no solo a muchas más personas de lo esperado, sino a colectivos cuya formación, conocimiento y experiencia son, a priori, totalmente incompatibles.  

Lo que Anne Applebaum propone no son teorías o hipótesis, sino hechos consolidados que tienen tras de sí una solidez bien cimentada y ante sí una proyección de futuro que no parece que vaya a ser de corto recorrido. El año y medio de pandemia les ha dado la oportunidad de hacer más ruido, lo que les ha servido para ganar adeptos o contagiar a quienes hasta ahora parecían o suponíamos moderados. No es ninguna broma. Estamos advertidos. Toca actuar.

El ocaso de la democracia, Anne Applebaum, 2021, Editorial Debate.

“Identidad” de Francis Fukuyama

Polarización, populismo, extremismo y nacionalismo son algunos de los términos habituales que escuchamos desde hace tiempo cuando observamos la actualidad política. Sobre todo si nos adentramos en las coordenadas mediáticas y digitales que parecen haberse convertido en el ágora de lo público en detrimento de los lugares tradicionales. Tras todo ello, la necesidad de reivindicarse ensalzando una identidad más frentista que definitoria con fines dudosamente democráticos.

Donald Trump, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro, Viktor Orban,… mandatarios internacionales recientes y actuales que apelan una y otra vez a la cultura e identidad de su nación. Pero no solo ellos. He ahí el movimiento independentista catalán, el Brexit o la imagen tras la que se escudan los mecanismos del partido único chino. ¿Qué hay tras todo ello? ¿Cuánto es natural y cuánto artificio? ¿Y qué hace que tantas personas se identifiquen con esos supuestos valores y narrativas? Fukuyama ofrece una doble respuesta, una más psicológica, ego y resentimiento. Y otra más económica, la gran crisis que para mucha población ha supuesto verse sobrepasada por alguna o varias de las consecuencias del espectacular desarrollo de la globalización.

Una visión a la que une el análisis histórico desde una perspectiva filosófica para entender a qué nos referimos con el término identidad. En su génesis está el hecho de tomar conciencia de uno mismo, de ser alguien diferente a los demás y que busca ser valorado y apreciado tanto por los que considera semejantes como especialmente por aquellos que están más arriba en la escala jerárquica. En esta línea señala que Lutero ya indicó en el s. XVI que los fieles no necesitan la institución católica para estar en contacto con Dios, como la Revolución Francesa tomó como estandarte en 1789 la igualdad de todos los individuos frente a los desmanes de las élites y la manera en que la revolución industrial del s. XIX fijó lo material -y todo a lo que esto da acceso- como prisma que articula el prestigio y la reputación en la sociedad a la que dio pie.

Ya más cerca de nuestro presente pone el foco en cómo el neoliberalismo ha traído consigo desde 1980 la progresiva delgadez del estado del bienestar, a la par que la globalización ha venido acompañada de una progresión tecnológica inimaginable poco tiempo atrás. Ambas tendencias han hecho que muchos países se hayan sentido nuevamente colonizados y las desigualdades entre los que más y los que menos tienen en casi todo el mundo se hayan hecho más patentes aún. En el lado positivo hay que señalar los grandes logros sociales que se han conseguido, sobre todo en el reconocimiento de la diversidad. Primero fue la integración de la mujer, después las reivindicaciones hicieron que el racismo y la lgtbifobia dejaran de ser legales o alegales en muchos países, la inmigración trajo consigo la vecindad con personas de otras razas, culturas y lenguas…

Pero todo esto ha generado una combinación explosiva. Muchos de los que alcanzaron y consolidaron el estatus de clase media en la segunda parte del siglo XX ven que lo están perdiendo y que los políticos socialdemócratas que antes le apoyaban abiertamente ahora centran su atención en otros colectivos más específicos. A los que a miles de kilómetros de nosotros confiaban en iniciar su propio proyecto personal por sí mismos, sin metrópoli de la que estar pendientes, no solo les fue imposible allí donde nacieron, sino también donde fueron a buscarlo al ser tolerados, pero no integrados. Valga como muestra el no haber dado oportunidades laborales a sus hijos, lo que les hace sentir doblemente fuera de lugar.

Una insatisfacción de la que se han nutrido grupos y dirigentes extremistas para hacerse con el poder o instalarse en posiciones de influencia. Ya sean terroristas bajo excusa religiosa, ya partidos y responsables políticos que exaltan unos presuntos valores nacionales y articuladores de la convivencia en supuesto riesgo de desaparición por elementos amenazantes que hasta hace nada eran bien vistos como el proyecto de la Unión Europea o que suponían una bocanada de esperanza como lo fue la primavera árabe para sirios, libios o egipcios.

Frente a este diagnóstico, ¿qué y cómo hacer? Entre otras opciones, Fukuyama propone en La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento ir a la esencia de la democracia liberal en la que vivimos y darla a conocer una y otra vez, tanto por la vía de la palabra como de los hechos. No solo desmintiendo los discursos mentirosos y manipuladores, sino poniendo en práctica políticas que demuestren abiertamente las virtudes, ventajas y posibilidades del sistema teórico de gobierno que se inició hace más de dos siglos, que se consolidó en Occidente tras la II Guerra Mundial y que desde entonces fue poco a poco extendiéndose a otras regiones. Esto requiere diálogo y cambios normativos, organizativos y económicos, estadistas capaces de modular las aspiraciones de los grupos de presión de sus propios países y de coordinarse con otros líderes internacionales a nivel supranacional para hacer un frente común. ¿Será posible? ¿Lo llegaremos a ver?

Identidad, Francis Fukuyama, 2019, Editorial Deusto.

“Eterna España” de Marco Cicala

58 capítulos que nos dan a conocer los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país, así como las peculiaridades que han convertido en protagonistas de nuestro imaginario a personajes de todo tipo y actividad. Una lectura que aúna lo académico y lo popular, bien documentada y expuesta, y con una redacción entre el ensayo literario y el reportaje periodístico.

Nunca conocemos suficiente. Siempre hay detalles que cuando escuchamos o leemos por primera vez nos ayudan a entender un poco más cómo hemos llegado al hoy del mundo en el que vivimos. Eso es lo que ocurre con estas piezas de Marco Cicala. Podrían abordarse de manera independiente, ya que pasan perfectamente por reportajes realizados a lo largo del tiempo para distintas publicaciones, pero muy bien unidas por el modo en que a partir de un pormenor derivan en un intrigante ovillo de fechas, lugares y nombres que conectan con nuestro recuerdo, más o menos vivo, de la Historia de España.

Cicala deja claro que cuanto relata está fundamentado en fuentes bibliográficas, entrevistas directas y visitas in situ. Así, y con un tono tranquilo y cercano con aires entre explicativos y pedagógico, niega mitos como el de la pacífica convivencia entre árabes, cristianos y judíos durante el medievo; contrasta la imagen que tenemos de La Mancha actual con aquella que recorrió el Quijote; y ahonda en las contrariedades de Miguel de Unamuno. Al tiempo, se hace eco de lo popular, de aquello que los libros de Historia no incluyen pero que también construye un país como son las madame y las casas de citas, episodios que aún están por ser digeridos como el de los robos de bebés a madres solteras y familias humildes durante décadas, o de los sucesos que inspiraron a los que se hicieron eco de ellos, como el que le sirvió a Federico García Lorca para escribir Bodas de sangre.

La información está ordenada con suma eficacia cuando tiene como origen un proceso de documentación, llevándonos de un asunto a otro en una relación de causa efecto que nos guía por sí sola. En los casos en que es obtenida de manera directa por Marco -como en las semblanzas de Camarón de la Isla o Manuel Vázquez Montalbán-, su relato es más vivencial. Se convierten en reportajes periodísticos que van desde la toma de contacto inicial a la profundización guiado por aquellos que comparten con él su experiencia, estudio y reflexión.

Considérese también la manera deliberada y explícita en que está presente en muchos de ellos la nacionalidad italiana de Cicala. Unas veces como prisma, dándonos una visión desde la distancia, diferente a la que podríamos tener cualquier nacional, pero también afectada por los vínculos con su país de algunos de los protagonistas y por la imagen que desde Italia se tiene de nosotros. Ese sentido de visión y experiencia personal, sin partir de hipótesis ni pretender establecer tesis alguna sobre la conformación de la identidad de nuestra nación o de sus habitantes, aunque generando argumentos para quien así quiera hacerlo. Eso es precisamente lo que hace interesante y recomendable la lectura de Eterna España.

Eterna España, Marco Cicala, 2017 (2020), Arpa Editores.

“Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA” de Pepa Bueno

Lo que no se cuenta no existe y el dolor que no se exterioriza no desaparece. Ese ha sido el objetivo con el que José Mari y Víctor han compartido cuanto han sido capaces en este ensayo periodístico con grandes dosis de humanidad. Datos, nombres, hechos y contextos ordenados con precisión y expuestos con objetividad informativa, pero también con la empatía y escucha atenta que durante demasiado tiempo se les negó a sus protagonistas.

El terrorismo etarra parece una cosa del pasado. Pero no es así, sus consecuencias están presentes. En silencio, de manera invisible. Con el riesgo de que se le siga negando su sufrimiento a quienes se han visto obligados a convivir con él desde el día en que la barbarie irrumpió en sus vidas. Los más jóvenes ni siquiera son capaces de mencionar alguna de aquellas salvajadas que durante muchos años fueron ignoradas, pero que progresivamente llegaron a ocupar las portadas de todos los periódicos y que los que ya tenemos unos años hemos sido incapaces de olvidar. Como la explosión de un coche bomba que a primera hora del 11 de diciembre de 1987 destrozaba la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza en la que vivían los hermanos Pino Fernández.

En la que yo lo hacía, a muchos kilómetros de allí, apenas un par de horas después, cuando tocaba prepararse para ir al colegio había nervios y agitación, caras serias y recuerdo escuchar que alguien iba a la oficina de Correos a enviar un telegrama de solidaridad con las víctimas. Lo que para mí fue un instante más de mi niñez, para ellos fue el horror que les dejó sin padres y sin su hermana pequeña, y el ancla que desde entonces ha lastrado sus vidas, hasta el punto de hacerles casi naufragar más de una vez.

Soy oyente habitual de Pepa Bueno, con lo que no me ha sorprendido la manera ordenada y didáctica con que expone los acontecimientos, todo aquello que es resultado de la documentación, pero sobre todo he valorado el tacto con el que relata cómo han sido las tres décadas transcurridas desde aquel día para José Mari y Víctor. Dos niños de trece y once años entonces. Hoy dos hombres, dos guardias civiles retirados, con una incapacidad total para el trabajo como resultado del estrés postraumático que les causaron doscientos cincuenta kilos de amonal.

Unas Vidas arrebatadas y después abandonadas a su suerte por una familia, una sociedad y un sistema institucional en el que el cariño resultó ser una promesa que se disolvió enseguida, en que la dimensión emocional de las personas no se consideraba y en el que los responsables públicos eran incapaces de ver más allá de sí mismos. El hilo conductor seguido por la periodista es su propio relato -transcribiendo momentos de las conversaciones que han tenido o de los diarios íntimos que han compartido-, complementándoles con fuentes de distinto tipo (hemeroteca, judiciales) y personas que le han ayudado a ahondar en algunos de los episodios -su paso por el internado- o entender el acantilado psicológico y psiquiátrico a cuyo borde han estado en demasiadas ocasiones.

Un recorrido en el que lo personal queda hilvanado con la actualidad social y política de cada momento, permitiéndonos conocer cómo hemos evolucionado como país, pero también el daño extra que por ignorancia, insensibilidad o inconsciencia les hemos causado a muchas personas que bastante tenían ya con las heridas físicas provocadas por los cascotes y el vacío psicológico generado por el asesinato sin piedad de los suyos.

Reconozco que inicié la lectura pensando que me iba a encontrar una investigación periodística sin más, pero fui cambiando de idea a medida que ahondaba en la cuidada exposición de hechos y puntos de vista que Pepa Bueno ha construido y me calaba el tono amable, la intención reparadora y el reconocimiento moral con que lo ha hecho. Me ha emocionado, tanto interior como exteriormente, y creo que no puede haber un logro más grande para un escritor o un informador que ese, así como un bálsamo mejor para José Mari y Víctor.  

Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA, Pepa Bueno, 2021, Editorial Planeta.

“¿Qué es la política?” de Hannah Arendt

Pregunta de tan amplio enfoque como de difícil respuesta, pero siempre presente. Por eso no está de más volver a las reflexiones y planteamientos de esta famosa pensadora, redactadas a mediados del s. XX tras el horror que había vivido el mundo como resultado de la megalomanía de unos pocos, el totalitarismo del que se valieron para imponer sus ideales y la destrucción generada por las aplicaciones bélicas del desarrollo tecnológico.

Este volumen no existió como tal en vida de Arendt, nunca llegó a completarlo, pero lo que dejó redactado nos sirve para reflexionar sobre el punto de vista que aplicó en su mirada hacia el pasado, chequear qué ha sucedido en las décadas transcurridas desde entonces y cuánto de su planteamiento sigue vigente hoy en día. Tarea nada sencilla, que exige de una mente clarividente y cultivada, con un acervo intelectual y académico tan ingente como el suyo, pero de la que se pueden extraer y destilar ideas, conceptos y planteamientos que, de ser trabajados y aplicados en el debate diario, seguro que harían mejorar el nivel, las propuestas y los logros de muchos de los políticos actuales.

En primer lugar, y como punto de partida, señalar su distinción entre filosofía y política. Hannah considera la primera como un ejercicio individual e introspectivo, resultado de la reflexión sobre la relación que tiene uno mismo con todo aquello con lo que convive. La segunda, en cambio, trata sobre lo que existe entre los hombres. Solo es posible cuando hay interacción, un movimiento que más que suma es, sobre todo, acción y confrontación de puntos de vista, opiniones y criterios diferentes. Una participación que requiere contar con unas normas -leyes- que marquen los límites y que hagan que dicho dinamismo sea enriquecedor y no germen de imposición, con todas las derivadas que esta conlleva.

Y como no podía ser de otra manera, interrogarse sobre la política exige retrotraernos hasta la cultura helenística y el concepto de la polis ateniense, en la que la dedicación a este asunto estaba restringido a los hombres libres -necesitados para ello de esclavos que se encargaran de sus otras tareas- y a los límites físicos de sus fronteras. Fuera de estas, la política no se basaba en el encuentro y el debate, sino en conflictos violentos con los que defender el status quo propio ante la amenaza de la imposición de los otros. Aunque también es cierto que la violencia podía tener lugar dentro de su territorio si alguien se hacía con el poder y el control de los suyos de forma tiránica.

Estas dos dimensiones, la de cuántos de los nacidos le dan forma a la política y hasta dónde llega su influencia, han determinado su devenir a lo largo de la historia y la geografía de nuestras civilizaciones, culturas y sociedades. En ese mirar hacia atrás, Arendt hace hincapié en la elaboración del relato utilizando ejemplos como la narración de la Guerra de Troya por Homero, pasa por el imperio romano, el cristianismo y las revoluciones americana y francesa del s.XVIII hasta llegar a la primera mitad del s. XX.

Aunque el uso de la violencia haya sido algo siempre cruel, la II Guerra Mundial supuso su abandono como medio extremo de la política para, valiéndose de los logros de la ciencia y el desarrollo industrial, convertirse en un fin en sí mismo con el que conseguir la aniquilación física y cultural del otro. Su exterminación tenía como fin destruir una parte del mundo y, por tanto, del conjunto y equilibrio de la humanidad. Esto supuso que la violencia dejara de ser una deriva de la política, para resultar anterior y base de esta, con el riesgo que esto conllevaba para el hipotético futuro orden mundial.

Una escalada que en el momento de la escritura de este proyecto seguía en punto álgido con la Guerra Fría en Europa, las guerras por la independencia de muchas de las grandes colonias europeas en África y Asía, así como el inicio del conflicto árabe-israelí tras la fundación de este Estado en 1948. Asuntos en el origen de la actual configuración global y que nos llevan a interrogarnos sobre el rol que la política y la violencia han jugado tanto en ellos como en otros muchos desde entonces, y a pensar qué propondría la después autora de Eichmann en Jerusalem (1963) para ser capaces de renunciar por siempre a la violencia y la destrucción y optar por resolver los conflictos por la vía de la diplomacia, el diálogo y la negociación.  

¿Qué es la política?, Hannah Arendt, 1956-1959 (editado en 1997), Editorial Paidós.

“El arte de ser feliz” de Arthur Schopenhauer

No es un manual de autoayuda, ni mucho menos. Tampoco un decálogo de reflexiones desde el trono del dogmatismo, la comodidad de aquel a quien la vida le ha tratado bien o al que le ha hecho sufrir. Son reflexiones resultado de la observación y el análisis hasta llegar a la síntesis de la eudemonología, al punto de equilibrio entre la razón y la emoción, así como entre nuestra vida interior y nuestro mundo social.

Este volumen nunca existió como tal en la carrera de Schopenhauer (1788-1860). Las cincuenta reglas en él compiladas están tomadas de distintos escritos elaborados a lo largo de su carrera, lo que denota su interés y preocupación por el tema. No con el ánimo de conseguir la fórmula secreta de la felicidad o la satisfacción, sino con el objetivo de vivir enfocando nuestros sentidos y centrando nuestro pensamiento en el presente, una toma de conciencia que acuña bajo el término de eudemonología. Logro que choca con supeditarnos al vicio de un pasado imposible de recuperar o a la quimera de un futuro inexistente, así como a la obsesión de estar más pendientes de lo que tenemos o no y de lo que los demás piensan o no de nosotros.

Una predicación del aquí y ahora y del sentir interior que recuerda a corrientes del pensamiento oriental como el budismo y que referencia a filósofos anteriores como Aristóteles, Platón o Kant. Schopenhauer no aboga por renunciar a lo material ni a la influencia de los demás, pero sí tener claro que cualquier vínculo relacional comienza por uno mismo, por conocerse sin filtros, reconocerse con honestidad y mirar transparentemente desde el punto en el que se está. Todo lo que no comience así traerá consigo malestar y enfermedad en el plano interior, insatisfacción y enfrentamiento en el exterior.

Su apuesta pasa por huir de la búsqueda del éxito y la alegría y enfocarnos en saber adaptarnos a las circunstancias que nos toque vivir y a lo que estas lleven aparejado. No se trata de instalarnos en el rechazo estoico de la posibilidad positiva, sino de ser realistas y asumir que la perfección no existe y que cuantas más ilusiones o fantasías proyectemos en lo que supuestamente está por venir, así como relecturas del pasado hagamos intentando encontrarle una lógica satisfactoria, más energía malgastaremos alejándonos de lo verdaderamente auténtico y real, el presente.

Pero Schopenhauer no es un predicador del fatalismo y la resignación. Su propósito es poner el foco en lo que considera vital, en que hemos de ser conscientes de que somos una pieza más en un engranaje de causas y efectos que no están supeditados a nosotros. No lo controlamos todo como creemos -he ahí las muestras meteorológicas o víricas de la naturaleza- y por eso una y otra vez nos vemos superados y arrastrados sin permiso ni clemencia por el torrente de la naturaleza y el paso del tiempo. Un caudal en el que nuestra labor consiste en saber mantenernos a flote y obtener lo mejor de allí por donde el destino nos lleve. Afrontarlo con actitud nutriente, y no como un proyecto en el que conseguir unos objetivos cuantificables pronosticados antes siquiera de haber comenzado su tránsito, hará que, quizás, seamos más felices.

El arte de ser feliz, Arthur Schopenhauer, 2018, Nórdica Libros.

23 de abril, un año de lecturas

365 días después estamos de nuevo en el día del libro, homenajeando a este bendito invento y soporte con el que nos evadimos, conocemos y reflexionamos. Hoy recordamos los títulos que nos marcaron, listamos mentalmente los que tenemos ganas de leer y repasamos los que hemos hecho nuestros en los últimos meses. Estos fueron los míos.

Concluí el 23 de abril de 2020 con unas páginas de la última novela de Patricia Highsmith, Small g: un idilio de verano. No he estado nunca en Zúrich, pero desde entonces imagino que es una ciudad tan correcta y formal en su escaparatismo, como anodina, bizarra y peculiar a partes iguales tras las puertas cerradas de muchos de sus hogares. Le siguió mi tercer Harold Pinter, The Homecoming. Nada como una reunión familiar para que un dramaturgo buceé en lo más visceral y violento del ser humano. Volví a Haruki Murakami con De qué hablo cuando hablo de correr, ensayo que satisfizo mi curiosidad sobre cómo combina el japonés sus hábitos personales con la disciplina del proceso creativo.  

Amin Maalouf me dio a conocer su visión sobre cómo se ha configurado la globalidad en la que vivimos, así como el potencial que tenemos y aquello que debemos corregir a nivel político y social en El naufragio de las civilizaciones. Después llegaron dos de las primeras obras de Arthur Miller, The Golden Years y The Man Who Had All The Luck, escritas a principios de la década de 1940. En la primera utilizaba la conquista española del imperio azteca como analogía de lo que estaba haciendo el régimen nazi en Europa, en un momento en que este resultaba atractivo para muchos norteamericanos. La segunda versaba sobre un asunto más moral, ¿hasta dónde somos responsables de nuestra buena o mala suerte?

Le conocía ya como fotógrafo, y con Mis padres indagué en la neurótica vida de Hervé Guibert. Con Asalto a Oz, la antología de relatos de la nueva narrativa queer editada por Dos Bigotes, disfruté nuevamente con Gema Nieto, Pablo Herrán de Viu y Óscar Espírita. Cambié de tercio totalmente con Cultura, culturas y Constitución, un ensayo de Jesús Prieto de Pedro con el que comprendí un poco más qué papel ocupa ésta en la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore fue mi dosis anual de Tennessee Williams. No está entre sus grandes textos, pero se agradece que intentara seguir innovando tras sus genialidades anteriores.

Helen Oyeyemi llegó con buenas referencias, pero El señor Fox me resultó tedioso. Afortunadamente Federico García Lorca hizo que cambiara de humor con Doña Rosita la soltera. Con La madre de Frankenstein, al igual que con los anteriores Episodios de una guerra interminable, caí rendido a los pies de Almudena Grandes. Que antes que buen cineasta, Woody Allen es buen escritor, me quedó claro con su autobiografía, A propósito de nada. Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea, fue una agradable sorpresa, esperando su segunda. Y de la maestra y laboriosa mano teatral de George Bernard Shaw ahondé en la vida, pensamiento y juicio de Santa Juana (de Arco).

Una palabra tuya me hizo fiel a Elvira Lindo. Más vale tarde que nunca. La sacudida llegó con Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, literatura y periodismo con mayúsculas, creo que no lo olvidaré nunca. Tras verlo representado varias veces, me introduje en la versión original de Macbeth, en la escrita por William Shakespeare. Bendita maravilla, qué ganas de retornar a Escocia y sentir el aliento de la culpa. Siempre reivindicaré a Stephen King como uno de los autores que me enganchó a la literatura, pero no será por ficciones como Insomnia, alargada hasta la extenuación. Tres hermanas fue tan placentero como los anteriores textos de Antón Chéjov que han pasado por mis manos, pena que no me pase lo mismo con la mayoría de los montajes escénicos que parten de sus creaciones.

Me sentí de nuevo en Venecia con Iñaki Echarte Vidarte y Ninguna ciudad es eterna. Gracias a él llegó a mis manos Un hombre de verdad, ensayo en el que Thomas Page McBee reflexiona sobre qué implica ser hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. The Inheritance, de Matthew López, fue quizás mi descubrimiento teatral de estos últimos meses, qué personajes tan bien construidos, qué tramas tan genialmente desarrolladas y qué manera tan precisa de describir y relatar quiénes y cómo somos. Posteriormente sucumbí al mundo telúrico de las pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz, y prolongué su universo con Black, black, black. Con Tío Vania reconfirmé que Chéjov me encanta.

Sergio del Molino cumplió las expectativas con las que inicié La España vacía. Acto seguido una apuesta segura, Alberto Conejero. Los días de la nieve es un monólogo delicado y humilde, imposible no enamorarse de Josefina Manresa y de su recuerdo de Miguel Hernández. Otro autor al que le tenía ganas, Abdelá Taia. El que es digno de ser amado hará que tarde o temprano vuelva a él. Henrik Ibsen supo mostrar cómo la corrupción, la injusticia y la avaricia personal pueden poner en riesgo Los pilares de la sociedad. Me gustó mucho la combinación de soledad, incomunicación e insatisfacción de la protagonista de Un amor, de Sara Mesa. Y con los recuerdos de su nieta Marina, reafirmé que Picasso dejaba mucho que desear a nivel humano.

Regresé al teatro de Peter Shaffer con The royal hunt of the sun, lo concluí con agrado, aunque he de reconocer que me costó cogerle el punto. Manuel Vicent estuvo divertido y costumbrista en ese medio camino entre la crónica y la ficción que fue Ava en la noche. Junto al Teatro Monumental de Madrid una placa recuerda que allí se inició el motín de Esquilache que Antonio Buero Vallejo teatralizó en Un soñador para un pueblo. El volumen de Austral Ediciones en que lo leí incluía En la ardiente oscuridad, un gol por la escuadra a la censura, el miedo y el inmovilismo de la España de 1950. Constaté con Mi idolatrado hijo Sisí que Miguel Delibes era un maestro, cosa que ya sabía, y me culpé por haber estado tanto tiempo sin leerle.

La sociedad de la transparencia, o nuestro hoy analizado con precisión por Byung-Chul Han. Masqué cada uno de los párrafos de El amante de Marguerite Duras y prometo sumergirme más pronto que tarde en Andrew Bovell. Cuando deje de llover resultó ser una de esas constelaciones familiares teatrales con las que tanto disfruto. Colson Whitehead escribe muy bien, pero Los chicos de la Nickel me resultó demasiado racional y cerebral, un tanto tramposo. Acabé Smart. Internet(s): la investigación pensando que había sido un ensayo curioso, pero el tiempo transcurrido me ha hecho ver que las hipótesis, argumentos y conclusiones de Frédéric Martel me calaron. Y si el guión de Las amistades peligrosas fue genial, no lo iba a ser menos el texto teatral previo de Christopher Hampton, adaptación de la famosa novela francesa del s.XVIII.   

Terenci Moix que estás en los cielos, seguro que El arpista ciego está junto a ti. Lope de Vega, Castro Lago y Arthur Schopenhauer, gracias por hacerme más llevaderos los días de confinamiento covidiano con vuestros Peribáñez y el comendador de Ocaña, cobardes y El arte de ser feliz. Con Lo prohibido volví a la villa, a Pérez Galdós y al Madrid de Don Benito. Luego salté en el tiempo al de La taberna fantástica de Alfonso Sastre. Y de ahí al intrigante triángulo que la capital formaba con Sevilla y Nueva York en Nunca sabrás quién fui de Salvador Navarro. El Canto castrato de César Aira se me atragantó y con la Eterna España de Marco Cicala conocí los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país.

Lo confieso, inicié How to become a writer de Lorrie Moore esperando que se me pegara algo de su título por ciencia infusa. Espero ver algún día representado The God of Hell de Sam Shepard. Shirley Jackson hizo que me fuera gustando Siempre hemos vivido en el castillo a medida que iba avanzando en su lectura. Master Class, Terrence McNally, otro autor teatral que nunca defrauda. Desmonté algunas falsas creencias con El mundo no es como crees de El órden mundial y con Glengarry Glen Ross satisfice mis ansiosas ganas de tener nuevamente a David Mamet en mis manos. Y en la hondura, la paz y la introspección del Hotel Silencio de la islandesa de Auður Ava Ólafsdóttir termino este año de lecturas que no es más que un punto y seguido de todo lo que literariamente está por venir, vivir y disfrutar desde hoy.