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“Algunas razones” de Paco Tomás

Una de las herramientas de trabajo de todo periodista son las palabras. Son el medio con el que –sobre todo los que trabajan en cabeceras impresas u on line- nos hacen llegar lo que ven, escuchan y conocen, pero también lo que a título personal opinan, se interrogan y plantean. Pero solo los buenos generan recuerdo con lo que escriben y agitan la conciencia de quien les lee. Uno de esos es el Sr. Paco Tomás, valga como ejemplo este recopilatorio de artículos publicados en distintas cabeceras, escritos unas veces con el humor del que sabe reírse hasta de sí mismo y otras con la seriedad de aquel que está comprometido con unos valores colectivos.  

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No acudan a las librerías sino a internet si queréis conseguir este volumen. Debe ser –quizás, también puede que me equivoque- que ningún departamento de marketing de las editoriales de nuestro país ha considerado que merecería la pena financiar su maquetación, impresión y distribución. Error similar al de las dependientas de Rodeo Drive que no querían atender a Vivian Pretty Woman por el look fresco y la actitud desenfadada con que se adentraba en sus locales.

Utilizo este símil por un doble motivo. Primero porque me gusta y segundo porque es una imagen llena de humor y acidez que me vino a la cabeza al leer el primer bloque de Algunas razones, el titulado 37 grados. Con mucha sorna y más desparpajo aún, el Sr. Paco Tomás describe en sus diversas entradas las aventuras y desventuras de un grupo de pijas en los veranos de la Mallorca de principios de los 2000. Mientras la Susi de Eduardo Mendicutti seguía desde El Mundo a la familia real, él se ocupaba de los que pretendían salir en el Hola pero eran carne de cañón del Pronto. Un universo de personajes absurdos, situaciones aberrantes y vivencias petulantes que recuerdan a la disparatada pirotecnia multicolor del Terenci Moix de Garras de astracán, Mujercísimas y Chulas y famosas.

A continuación, con un verbo más templado, Tienes un e-mail recopila una serie de correos electrónicos en los que un amigo le cuenta a otro que se ha mudado a EE.UU. qué sucede en la vida de aquellos que se quedaron en su país. Aquí la flema ya no lo llena todo y con fino humor hace espacio para una realidad que comienza siendo aquella en la que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y deja espacio para reflexionar sobre cuánto había de artificio en lo que se había vivido hasta entonces.

En 2009 comienza El ingenuo seductor, que se prolonga hasta 2013. La crisis financiera, económica, institucional, política,…, comienza a hacer estragos a nuestro alrededor y nuestro autor se posiciona ante lo que está ocurriendo. Pero no como un tertuliano que opina de todo, sino como un mástil que defiende unos valores –igualdad, libertad, convivencia, empatía,…-  que ve en peligro por las acciones y decisiones de unos gobernantes que imponen el neoliberalismo económico como manera de fomentar el individualismo, la cultura del mérito y la ley de la oferta y la demanda para conseguir el divide y vencerás con el que implantar un canibalismo que acabe con la cohesión social.

Aquí es donde el Sr. Paco Tomás se despliega. Sabe argumentar, expone con claridad, deja claro cuál es su punto de vista y los referentes que maneja, así como los propósitos –unas veces genéricos y otras más concretos- que pretende. Es decir, escribe bien, se le entiende y al acabar no queda duda alguna de lo que nos ha contado.

Son artículos como los de We are not in Kansas anymore (2013-2014) en los que, mostrando incluso sus experiencias personales, expone las muchas trabas que la población y las circunstancias LGTB han de hacer frente en una sociedad que aún ha de evolucionar para llegar a disfrutar de la riqueza de su diversidad, en lugar de percibirla como una debilidad. Textos con un logrado equilibro entre lo emocional y el sentir político que, al igual que los anteriores, dejan un poso de reflexión que en la mayoría de las ocasiones suele dar pie tanto al debate como a la introspección. A bucear dentro de uno mismo recordando cómo te percibías durante tu niñez –con ilusión pero también con dolor-, la primera vez que escuchaste al artista que desde siempre ha puesto banda sonora a tu vida (David Bowie en su caso) o cómo actúas ante las injusticias con la que convivimos pasivamente (ej. el acoso escolar, la violencia en el fútbol o las injerencias de la Conferencia Episcopal).

Si al acabar Algunas razones se quedan con ganas de más Paco Tomás, recuperen su primera novela, Los lugares pequeños, y sigan disfrutando.

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“Lo nuestro sí que es mundial” de Ramón Martínez

No hemos llegado a la meta ni mucho menos, queda aún por hacer para llegar a la plena normalización de las personas que engloban las siglas LGTB. Pero para saber cómo llegar a ese futuro, lo suyo es hacer como propone este ensayo, mirar hacia atrás y ver qué pasos hemos dado –tanto desde dentro del colectivo como desde el conjunto de la sociedad- para llegar al presente en que vivimos. Un muy didáctico e interesante recorrido con un doble objetivo, consolidar lo conseguido –en el plano legislativo y jurídico- y materializar los asuntos pendientes –conseguir la catarsis social que acabe con la LGTBfobia-.

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Desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer, los ha habido que se han atraído y relacionado entre ellos, de igual manera que, como hoy, ha habido hombres que han deseado a hombres, mujeres a mujeres e, incluso, tanto ellos como ellas, a ambos sexos. Una naturalidad que, con raras excepciones, se ha encontrado desde tiempos inmemoriales con la oposición y el castigo del entorno. Basta con mirar a la historia de nuestro mundo occidental y su siempre opresora moral cristiana o al mapamundi actual y la pena de muerte a la que cualquier persona se arriesga en determinados países por intimar con alguien de su mismo sexo.

Cierto es que, en términos generales, esa ya no es la situación de España. El matrimonio igualitario es una realidad desde 2005, pero los logros legislativos no implican necesariamente una plena aceptación social. Aún hay barreras que superar y muros por derribar en el ámbito educativo (campo de cultivo del heteropatriarcado), cultural (mostrar otros puntos de vista diferentes al cisgénero androcentrista), médico (apoyo psicológico a los maltratados por su identidad/orientación sexual y soporte clínico a la comunidad transexual) o político (reclamar en el ámbito internacional –tanto en la relaciones bilaterales como desde la organizaciones supranacionales en las que nuestro país es miembro con voz y voto- el fin de toda discriminación por razón de identidad u orientación sexual).

Podría parecer que este es el epílogo del nuevo ensayo de Ramón tras su anterior La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella, pero en realidad esas metas han estado siempre en el horizonte a largo plazo que ha tenido como objetivo el activismo LGTB de nuestro país. Sin embargo, décadas atrás la coyuntura era otra y los propósitos en los que hubieron de centrarse fueron los relacionados con la propia supervivencia.

Algo que no nos retrotrae necesariamente a siglos atrás cuando aún no existía el término homosexual, el lesbianismo no se concebía o la transexualidad se contemplaba únicamente como una cuestión de mal gusto en las formas. Nos lleva a ecos como el asesinato de García Lorca por maricón y a tiempos más recientes, como el 4 de agosto de 1970 en que el Gobierno de España aprueba la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social en que la mera sospecha de homosexualidad implicaba la acción represiva de la ley y una mácula penal de por vida.

Comienza entonces, y bajo los ecos de las protestas ante los abusos policiales sobre la clientela del Stonewall Inn en Nueva York el 28 de junio de 1969, un incipiente asociacionismo con unas claras aspiraciones en el ámbito de los Derechos Humanos, pero que el régimen imperante –primero la dictadura, después la convulsa transición y a continuación una incipiente democracia- llevó a que se articularan como reclamaciones políticas, legislativas y sociales. La labor de documentación de Ramón y los muchos testimonios que se encuentran en estas páginas nos muestran cómo la valentía, el empeño y la dedicación de unos incipientes activistas (a los que siguieron muchos más) fue consiguiendo resultados muy poco a poco, no dando nunca nada por sentado y trabajando activamente en múltiples frentes.

Así fue como con mucho esfuerzo se fue consiguiendo la escucha de los partidos políticos y la empatía social que llevó progresivamente de la despenalización (en los 80) a la consideración administrativa (en los 90) y a la igualdad jurídica (modificación del Código Civil en 2005 definiendo el matrimonio como la unión de dos personas del mismo o diferente sexo y no, únicamente, de un hombre y una mujer), aunque aún quede por hacer en ámbitos como la identidad de género o en la erradicación de la violencia (ej. acoso escolar, agresiones físicas y psicológicas hasta llegar al asesinato o el homicidio o avocar al suicidio) con que se manifiestan los delitos de odio por orientación e identidad sexual.

Una evolución en la que el asociacionismo reivindicativo ha vivido una trayectoria paralela. De los difíciles y ocultos inicios a las disyuntivas entre revolución, radicalización y reformismo con la llegada de la democracia. De las confluencias y divergencias entre gays y lesbianas a la consideración de la transexualidad y la bisexualidad. De la homogeneidad de las siglas a las particularidades con que se vive la propia identidad en función de múltiples registros (ej. edad, lugar de residencia,…). De reclamar aceptación y tolerancia a exigir igualdad y normalización. De manifestaciones del Orgullo con apenas unos centenares de manifestantes vigilados por la policía a las jornadas en que miles y miles de personas salieron a la calle a reivindicar. De ser escuchados por gobiernos democráticos a negados por los elegidos en la urnas y al revés. De negociar una Ley de Parejas de Hecho a llamar por las cosas por su nombre y proponer y conseguir el término y la institución del matrimonio. De vivir al margen de otros colectivos a ser un agente social que comparte principios, puntos de vista y objetivos con el feminismo.

Así, hasta llegar a un hoy en el que el movimiento LGTB tiene claras cuáles son las metas aún por conseguir, pero que está en pleno proceso de reinvención y de redefinición del papel que ha de cumplir para hacer que las ciudades, el país y el mundo en que vivimos sea plenamente respetuoso con la diversidad sexual de todos y cada uno de los que lo habitamos.

“Ni pena ni miedo: Un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos” de Fernando Grande-Marlaska

Detrás de todo personaje público hay una persona que en mayor o menor medida resulta alguien diferente a la imagen que, a través de los medios de comunicación, nos hayamos construido de él. Un ejemplo de ello es este juez, también hombre, amigo, colega, esposo, hijo y hermano, tal y como podemos comprobar a través de la declaración de principios que nos ofrece en este ordenado ensayo. Un mapa de valores, compromisos y motivaciones que se combinan de manera pautada con reflexiones, recuerdos íntimos y vivencias sociales de alguien que reivindica su intimidad al tiempo que se enorgullece de su papel como representante público y como referente de causas como la del activismo LGTBI.

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La premisa de todo juez es que una cuestión es su labor como garante de los derechos y deberes de todos los ciudadanos y otra su persona y que de igual manera que no debe hacer uso de información confidencial cuando está con sus amistades, ha de dejar a un lado sus valores morales a la hora de instruir un sumario o dictar sentencia. Grande-Marlaska lo deja claro en estas páginas, pero destacando que hay unos principios que busca en todas las facetas de su vida como son el civismo, el respeto, la voluntad de diálogo y el esfuerzo por empatizar.

Partiendo de esta máxima, Ni pena ni miedo es un relato en primera persona sobre quién es, cómo piensa y qué le importa a Fernando, qué busca y ofrece en las relaciones humanas, qué le preocupa cuando observa el presente y cómo se imagina nuestro devenir colectivo tanto en lo social como en lo ideológico y lo político.

De la lluvia de Bilbao a los paseos por el centro de Madrid, recordando las múltiples formas en las que se ha posicionado contra el terrorismo etarra y los frentes en los que le ha tocado batallar contra la homofobia, ensalzando la educación como el pilar básico sobre el que construir una sociedad verdaderamente igualitaria y considerando el laicismo como una prerrogativa constitucional aún no alcanzada, destacando el valor de los animales,… Por todo esto pasa este ensayo con un punto de memorias, un relato humano y no un recopilatorio de entresijos del mundo judicial salteado de injerencias políticas como seguramente habrían esperado algunos.

Los capítulos más interesantes son aquellos en los que trata los temas que le han dado a este abogado, nadador matinal, su fama mediática, como el proceso que va de sus primeras experiencias afectivas a su matrimonio con su marido, la ruptura de la relación con su familia durante años por su no aceptación por parte de su madre, hasta su participación en campañas a favor de la visibilidad LGTBI. En lo referente a la toga quedan para la reflexión las líneas rojas que la administración de la justicia no puede pasar en el castigo de los culpables y el apoyo sin fin que ha de prestar a las víctimas, en especial a aquellas que no tienen medios no ya de defensa, sino de subsistencia.

Para los interesados en conocer más a la persona, a esa que no se deja ver en las entrevistas y portadas, están aquellos pasajes más íntimos en los que plasma su manera de vivir el día a día, sobre todo ahora que superados los cincuenta años considera que puede mirar al pasado –a la relación con su madre o la consideración de la paternidad- desde el prisma de la experiencia y al futuro con la intención de consolidar una trayectoria de vida.

“Instrumental”, la verdad de James Rhodes

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre las consecuencias de por vida de los abusos sexuales a los niños y el poder de la música, el arte y la cultura en el desarrollo, crecimiento y equilibrio interior de toda persona. James Rhodes disecciona con una absoluta, cruda y fría asertividad su pasado y presente para mostrar quién y cómo es en sus múltiples facetas (padre, esposo, amigo,…). Una narración que deja en estado de shock a su lector y un estilo que ojalá se prodigue mucho más a la hora de tratar el delicado asunto que tratan estas memorias.

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El primer paso para sanar una herida que se ha ocultado durante mucho tiempo es reconocer su existencia. Después ponerse en manos de expertos que te ayuden a curarla, lo que probablemente conlleve un duro, largo y doloroso proceso. La última etapa será la de convivir con una cicatriz que resulta visible, compartiendo cuando sea necesario quién y cómo la causó. Ese complicado, arduo y costoso camino le llevó a James tres décadas de su vida, y como bien dice, nunca se acaba, siempre cabe la posibilidad de poder volver a revivir aquel infierno porque su semilla te acompaña por siempre dentro de ti.

Con un lenguaje claro, directo y coloquial, a la par que sobrio, preciso y acertado cuenta como en varias ocasiones casi le costó la vida tomar conciencia de qué adolescencia y adultez ha vivido por el hecho de haber sido violado una y otra vez desde los cinco hasta los diez años por uno de sus profesores. Las secuelas físicas –intervenciones quirúrgicas siendo ya adulto como consecuencia de las lesiones sufridas cuando su cuerpo aún no estaba formado-, psicológicas –inseguridad, obsesiones, aislamiento, desconfianza-  y psiquiátricas –toda forma de violencia contra sí mismo, drogas, alcohol, auto lesionamiento, intentos de suicidio,…, ingresos hospitalarios- le han acompañado cada día, hasta el punto de haber hecho de él poco más que un profundo minusválido emocional, un hombre que a duras penas podía relacionarse con su entorno  y establecer lazos afectivos sólidos y duraderos con aquellos que le rodeaban (padres, amigos, mujer, hijo,…).

Esto es lo que Rhodes cuenta con absoluta naturalidad, expone con rigor y comparte con honestidad en Instrumental. Unas memorias que tienen el objetivo de dar un relato auténtico y sincero y, sobre todo, objetivo, de lo que sufre una persona a la que en su infancia violaron. Porque el término exacto es este, no es el de “abusado” ni “acosado”. Con él, como con muchos otros, fueron más allá. Y ante esta barbarie la sociedad –tanto en su conjunto como cada uno de nosotros si somos testigos de ello- no puede dejar que sea el tiempo el que todo lo cure o sentenciar con ligereza que aquello fue algo ya pasado y que hay que mirar hacia delante.

Su propuesta es sencilla y sin opción a alternativas. El primer paso es dar visibilidad a los hechos, encerrar en prisión a los pedófilos y, lo que es más importante, atender a sus víctimas. No solo para que no se sientan culpables ni causantes de lo que les ocurrió sino para que, lo que es más arduo y difícil, puedan reconstruirse psicológica y emocionalmente, ser capaces de volver a ser una persona completa como lo eran hasta aquel día en que en su interior se alejaron de sí mismos como consecuencia de la violencia y la crueldad, tanto física como psicológica, que les estaban infligiendo.

James no contó con un entorno que le ayudara en esta labor. Tardó más de dos décadas en verbalizar lo que le sucedió y una más en conseguir su equilibrio interior. Tiempo en el que si algo le mantuvo vivo fue la música en su versión más pura y auténtica, la clásica. Un arte que, gracias a todas las sensaciones que le causaba (tanto escuchando como tocando), le sugirió y le motivó para seguir adelante. Quizás fue el refugio que encontró para sobrevivir, quizás fuera la vocación con la que nació, pero sea cual sea la razón, es el medio a través del cual ha hecho su camino y encontrado su sitio personal y profesional en el mundo.

Este es el segundo hilo argumental de Instrumental, y aunque quede como secundario ante la hondura del primero, resulta tan interesante y aleccionador como aquel por lo que revela y ejemplifica. La expresión y la creatividad son dos dimensiones del ser humano a las que se puede acceder a través del lenguaje de la música. Sin embargo, el sistema educativo público ni siquiera lo tiene en cuenta y James nunca tuvo la suerte ni la facilidad de practicarla más allá que de manera extraescolar en su infancia. A lo largo de su vida, la música iba y volvía hasta que entendió que el fin para el que había sido educado –terminar una carrera universitaria, encontrar un trabajo y ganar dinero- no era el suyo. Se focalizó entonces en el teclado y consiguió a base de empeño, persistencia y perseverancia que el piano fuera su medio de ganarse la vida.

Y si en el terreno formativo James Rhodes tuvo que labrarse su propia hoja de ruta, en el profesional no le fue diferente. A su juicio, el género clásico está hoy en día secuestrado por unos protocolos arcaicos, unos espectadores vetustos y unos sellos musicales que se niegan a innovar y a darle el aire fresco que demandan los nuevos públicos. Un muro al que ha declarado la guerra conversando desde el escenario con los asistentes a sus conciertos, criticando abiertamente a su establishment en los medios de comunicación y llevando a cabo sus propias propuestas para actualizar la imagen y el valor del género ante unas audiencias más amplias.

Valga como muestra de este último punto el sugerente prólogo con el que abre cada capítulo. En total veinte introducciones a otras tantas piezas maestras en las que da pinceladas sobre la vida y obra de sus autores (Beethoven, Bach, Mozart, Schubert,…), la intencionalidad de la partitura y lo que su conversión acústica le provoca a él. Toda una banda sonora que se puede escuchar en internet y que constituye el perfecto colofón, a la par que gran vehículo introductorio, a unas memorias que ojalá consigan su propósito de concienciarnos sobre algo que quizás no consigamos que deje de ocurrir, pero que sí podemos aliviar cuando suceda.

“El Guernica recobrado” de Genoveva Tusell

Pasaron casi 45 años desde que Picasso pintara su gran obra maestra hasta que esta fuera finalmente expuesta en España. Más de cuatro décadas marcadas primero por el horror bélico que la inspiró y por la pacífica oposición del malagueño a la dictadura franquista y posteriormente por el celo conservador del MOMA y la desconfianza de sus herederos respecto a la solidez de la naciente democracia española. Un apasionante ensayo sobre el poder cultural, identitario y político del arte.

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Tras la Guerra Civil y mientras Picasso era reconocido en todo el mundo occidental como el artista más importante del siglo XX y su Guernica como una de las imágenes más potentes de la historia del arte, en nuestro país su nombre apenas era pronunciado y su obra estaba completamente ausente de todas las colecciones públicas. Una situación que, tal y como detalla Genoveva Tusell con sumo rigor a partir de la información que aportan toda clase de documentos (cartas, informes, fotografías), fue cambiando muy lentamente gracias al empeño, dedicación y saber hacer de muchas personas de la sociedad civil de distintos ámbitos (galerías, museos, administraciones públicas,…), como la sala Gaspar de Barcelona, que una vez al año organizaba una muestra de obra gráfica del malagueño, generalmente durante el mes de octubre para hacerla coincidir con su cumpleaños.

Fueron décadas de inmovilismo pero con un silente movimiento de fondo que dio un primer gran resultado con la apertura en 1963 del Museo Picasso de Barcelona, montado con fondos donados tanto por el autor como por titulares privados. Hasta la Exposición Universal de Nueva York de 1964 en que el estado compró tres lienzos de Picasso para ser mostrados en el pabellón español, el gobierno de Franco le ignoró públicamente. Es entonces cuando se planteó la recuperación del gran mural desde instancias oficiales, no solo por ser reconocido como una obra maestra unánimemente por la comunidad artística, sino por tener la certeza –aunque no documental- de que había sido un encargo del gobierno de la República y no era, por tanto, propiedad del artista. Algo que él nunca negó, dejando claro siempre que su dueño legítimo era el pueblo español y que solo aceptaría su vuelta a territorio patrio para que fuera expuesto en el Museo del Prado cuando su sistema de gobierno fuera una democracia.

Esto implicó la ruptura de los débiles puentes de comunicación entre el gobierno franquista y el artista –además de reacciones airadas de colectivos de extrema derecha que llegaron a destruir obra suya en las muestras privadas con motivo de su 90 cumpleaños en 1971-, nunca oficiales ni reconocidos y siempre sustentados en intermediarios, que no se retomarían hasta la muerte del dictador. En ese momento los herederos de Picasso –su viuda, sus hijos y sus nietos- estaban inmersos en la catalogación, valoración y reparto de su legado, aunque siempre tuvieron claro que el Guernica no formaba parte de él, ni tampoco las obras preparatorias ni otras posteriores que siempre le acompañaron en su depósito en el MOMA de Nueva York, tal y como dejó claro el escrito que a tal fin Pablo, aconsejado por su abogado, entregó al museo. Comenzó entonces una relación triangular –España, herederos y MOMA- cuyo desenlace final en septiembre de 1981 conocemos, pero que se fraguó tras múltiples episodios de todo tipo que son profusamente detallados y muy bien explicados por Tusell, haciendo que El Guernica recobrado sea leído con deseo e intriga, como si se tratara de una narración literaria.

La demostración de la democracia española –aprobación de una Constitución, elecciones con sufragio universal, el fracaso del golpe del 23F-, la consecución de los documentos que demostraban que el Guernica había sido un encargo gubernamental y la ingente labor de una serie de cargos de la administración española en el largo proceso de convencer a los hijos y nietos de que traer la obra a España no solo era lo deseado por su padre y abuelo, sino también una operación segura, fueron algunas de las claves de la ecuación que culminaron con que el lienzo pudiera ser finalmente visto por los españoles en el Casón del Buen Retiro de Madrid el 25 de octubre de 1981, coincidiendo con el centenario del nacimiento de su autor.

“Elogio de la homosexualidad” de Luis Alegre

Cada vez que un colectivo social alcanza el reconocimiento legal que merece y por el que tanto tiempo ha estado luchando, se abre una brecha en el statu quo de la opción mayoritaria de nuestra organización colectiva, ese que como un rodillo impidió hasta hace bien poco la diversidad y las diferencias y que sigue sometiendo a los que desarrollan su vida bajo sus directrices. A través de esas fisuras toman el lugar que les corresponden realidades, como en su día lo fue el feminismo y hoy lo es el movimiento LGTBI, que hacen avanzar a nuestra sociedad -aunque aún le quede mucho por hacer y recorrer- hacia un sistema universal más justo y equitativo.

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¿Es niño o niña? Esta es una de las primeras preguntas que se produce tras cada nacimiento. La respuesta determina mucho más de lo que parece para quien acaba de llegar al mundo. Si es hombre se le adjudicarán características como liderazgo, poder y decisión, si es mujer, servicio, sumisión y cumplimiento. Etiquetas transversales que estarán en todas las facetas de su vida, desde las colectivas como la social y la familiar, a las más individuales e íntimas como la afectiva y la sexual. Actitudes que no solo se le supondrán, sino que se le exigirán por parte de los demás, solicitándole pruebas en modo de comportamientos, hábitos y costumbres que confirmen su cumplimiento y fidelidad al modelo. Así es como se constituyen y materializan muchos de los modos y maneras de nuestro modelo de sociedad, haciéndonos creer que son naturales, cuando en realidad son convenciones totalmente construidas y transmitidas por las generaciones anteriores y mantenidas y prorrogadas hacia el futuro por la presente.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando tu verdadera naturaleza, cuando la visión innata que hay dentro de ti no coincide con el discurso al que eres sometido por el ambiente una y otra vez? ¿Qué sucede cuando sientes deseo por personas de tu mismo sexo y no por las del contrario? Comienza entonces una lucha interior que en la mayoría de los casos conlleva mucha dificultad y soledad, de la que se suele tomar conciencia a través del insulto y el desprecio de los demás, que se sirven del tono con que usan las palabras para darles significados de acusación, juicio y condena. Este es uno de los mecanismos que el llamado heteropatriarcado ha utilizado desde tiempos inmemoriales para crear, imponer y mantener su sistema, determinando qué existe y qué no -qué está bien y qué mal, qué es legítimo y qué inmoral- y el modo calificativo, en lugar de descriptivo, con el que se utiliza el lenguaje en multitud de ocasiones.

Sin embargo, igual que antes el feminismo consiguió iniciar el fin de la dictadura que segrega socialmente a las mujeres, el movimiento LGTBI ha conseguido en las últimas décadas hitos que consolidan que la orientación sexual y la identidad de género son más amplias que lo que nos habían contado hasta ahora. Logros que van más allá del reconocimiento de derechos, como el del matrimonio o la adopción, que ponen a este colectivo en iguales condiciones que el resto de ciudadanos. Esto ha permitido visibilizar otras maneras de vivir y de vivirse –el sexo como algo imaginativo y lúdico y no solo como medio de procreación; la pareja como una relación consensuada libremente entre dos iguales y no como un contrato ya predefinido- de las que el resto de la sociedad no solo ha comenzado a ser testigo, sino que también se está enriqueciendo con ellas si no se siente realizado con la opción única y sin alternativas con que fue educada y sigue siendo adoctrinada a diario desde los sectores más conservadores como la Iglesia o la derecha política.

Ahí es donde está el elogio con el que Luis Alegre titula su ensayo, no como un ensalzamiento de la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad o la intersexualidad, sino todo lo contrario, lo enriquecedor que es para todos –independientemente de nuestra orientación, identidad o género sexual- conocerlas y convivir con ellas. Hasta llegar a su completa integración y normalización y conseguir hablar de ellas en los mismos términos y frecuencia con que lo hacemos actualmente de la heterosexualidad en sí misma, es decir,  prácticamente nunca. Una realidad que -en diferente grado según de cuál de estas opciones estemos hablando- comienza a tomar forma en sitios muy concretos como son los grandes centros urbanos del mundo occidental, pero que aún es una quimera en otros muchos, como los casi 80 países donde ser como se es te puede llevar a prisión o, incluso, ser condenado a muerte.