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“Los días que vendrán”

Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

En su anterior película Marques-Marcet te encogía el corazón con su saber hacer mostrando la dicotomía que vivían sus dos protagonistas en una relación sustentada entre Barcelona y Los Ángeles mediante encuentros vía skype. Esta vez sucede algo parecido pero en circunstancias geográficas diferentes, todo queda concentrado en un apartamento de la ciudad condal, pero sin dar por hecho es que esa proximidad espacial implica necesariamente estar en las mismas coordenadas vitales en una etapa -el embarazo- en que las convenciones dicen que así debiera ser.

De manera muy clara, el guión presenta un triángulo -tú, yo y nosotros- temporal -en unos meses esa relación ya no será entre dos, sino que tendrá un miembro más- y deja que todos ellos manifiesten cómo se sienten ante las nuevas circunstancias -los cambios hormonales y físicos- y cómo se proyectan -estado civil, situación laboral- en el futuro que prevén. Sin plantear preguntas retóricas que se respondan a golpe de convención, sino haciéndolo desde la necesidad vital de ubicarse. Su brillantez está en que algunas de ellas quedan sin resolver cuando surgen -de manera casi natural, solas, nunca por exigencias del guión-, ya que aunque la interrogante se ha planteado en el instante en que se debía, en ese momento de la vida real, de la convivencia entre dos, de la experiencia de estar esperando un primer hijo, aún no hay claves suficientes para darle respuesta.

Cuestión aparte es cómo actúan Vir y Lluís. Si siguen sus diferentes caminos individuales dando por hecho que el otro se adaptará o si lo consensuan haciendo de ello algo compartido. Una tensión en la que la sutileza con que su director coloca y mueve la cámara, empotrada siempre en el corazón, en los ojos, en la piel de sus protagonistas, hace de él poco menos que un reportero bélico-emocional de esa batalla diaria que es toda pareja cuando sus coordenadas están más plagadas de incertidumbres que de rutinas en las que apoyarse hasta anclarse, y sus silencios, miradas y exhalaciones al respirar resultan atronadoramente elocuentes.

Pero si por algo destaca la realización de Los días que vendrán es por la sensibilidad que emana en todo momento, con secuencias como la del parto o los interludios en 8 mm que resultan poco menos que excelentes. Un resultado que debe mucho al trabajo de María Rodríguez Soto y David Verdaguer, que se complementan entre sí y con su director con un magnetismo que hace que lo suyo no solo sea cercano por su verbalidad e íntimo por su corporeidad, sino también casi espiritual por la invisibilidad de lo aparentemente liviano, pero realmente trascendente, que construyen conjuntamente.

Cine a lo grande, que te seduce para quedarse contigo, que te causa una sonrisa, que te emociona y te hace fruncir el ceño hasta transformarte. Esa clase de cine es Los días que vendrán.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee

Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

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La primera vez que leí ¿Quién teme a Virginia Woolf?  fue hace años motivado por la sensación que me dejó la película del mismo título y por la salvaje interpretación de Elizabeth Taylor en ella. Casi una década después he vuelto a este texto y he quedado aún más impresionado que entonces, más allá de los gritos y los insultos, el maltrato que se interfieren los dos protagonistas alcanza tal nivel de violencia psicológica que hace que dejes atrás el cuestionamiento de cómo es posible llegar a semejante comportamiento para sumirte en la parálisis de algo que resulta casi inconcebible.  Un profundo pesar y una desagradable resaca de vergüenza al pensar que en algún momento has llegado o has sentido el impulso de comportarte de semejante manera.

Edward Albee es maestro en tocar nuestros puntos débiles, aquellos que nos hacen vulnerables, para provocarnos respuestas que enfrenten nuestro edulcorado auto concepto individual (The zoo story, 1958) y social (The american dream, 1960) con aquello que no queremos o negamos ser. Tras estas dos obras iniciales, en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1961) la formalidad que imponen los espacios públicos queda sustituida por ese templo de la privacidad que es el hogar familiar. Un interior regido en ocasiones por leyes, normas y costumbres de dudosa lógica que solo conocen los que lo habitan. Cuestión aparte es quién las propone y quién las acata.

En la historia que Albee nos propone no hay un detalle ambiental que no oprima o enclaustre la acción. Desde la clandestinidad de la madrugada (el primer acto comienza a las dos de la mañana) a la carga de alcohol (el bebido antes de su inicio y el brandy y el whisky que se consume después de manera continua), el humo del tabaco o el desorden que describen las acotaciones del salón en el que transcurre lo que leemos/vemos. Sobre esta base se sitúa el trato de desidia, desprecio, amor enfermizo y complicidad que se dispendian Martha y George.

Una explosiva combinación a cuya influencia someten a Nick y Honey, una pareja de recién instalados en el campus universitario en el que residen los primeros desde que se casaron dos décadas atrás, justo el mismo paréntesis de edad que separa a unos y otros. Una diferencia que no supone una gran distancia entre ambos matrimonios. Lo único que les diferencia es el camino recorrido y la experiencia acumulada, pero deja claro que el egoísmo y la inhumanidad son comportamientos inherentes a toda persona.

Así, de manera tranquila pero sin pausa, ganando intensidad y tensando el ambiente a medida que transcurre la noche, el tono de voz es cada vez más elevado, los calificativos más duros, los ofrecimientos más obscenos y las afrentas más agresivas. Sin respetar los límites entre las parejas, convirtiéndose en un todos contra todos, pero en el que el ritmo lo marcan los primeros, haciendo de los segundos víctimas, instrumentos y destinatarios de su enquistado conflicto, al tiempo que les hace revelar la génesis de la que podría ser su futura guerra.

Diálogos duros y ásperos, pero certeros en su intención percutora, donde la rudeza que imprime la ingesta de alcohol se combina con la inteligencia de gente formada, de buena posición socioeconómica. A través de ellos Albee reflexiona también sobre cuestiones como el rol de la mujer en una sociedad androcentrista, la competitividad fomentada por la educación formal, el papel que la Ciencia y las Humanidades tienen en nuestra sociedad o el nepotismo que gobierna nuestras instituciones.

¿Quién teme a Virginia Woolf?, Edward Albee, 1962, Ediciones Cátedra.

“Frankie y Johnny en el claro de luna” de Terrence McNally

Un texto genial sobre la intimidad que surge cuando se conecta con una persona y se siente el abismo del amor. Diálogos sencillos, auténticos y fluidos en los que sus protagonistas revelan quiénes son realmente tras la imagen que transmiten y el miedo, la ilusión, las reservas, los sueños y las esperanzas que sienten. Dos personajes creíbles en cuanto expresan y relatan, con unas circunstancias pasadas y unas coordenadas presentes perfectamente construidas. Una de las obras más emblemáticas de uno de los mejores autores del teatro norteamericano de las últimas décadas.

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Frankie y Johnny son compañeros de trabajo, ella es camarera y él cocinero en un pequeño restaurante griego en Nueva York. Se conocieron hace algo más de un mes, han ido al cine y después… han acabado en casa de ella. Un pequeño apartamento que se convierte en el escenario de los dos actos de esta obra estrenada en 1987 con Kathy Bates y F. Murray Abraham como protagonistas. Al tiempo que se encienden las luces de la función, la relación entre esta mujer de treinta y muchos y este hombre de unos cuantos más adquiere unas nuevas coordenadas. Mientras que él ve una conexión a explorar porque considera que puede ser el inicio del camino del amor, ella considera que ha sido un carpe diem sin más.

Lo que él propone suena a cine en blanco y negro, a literatura clásica y a función de Shakespeare, mientras que lo que ella responde destila soledad, individualidad y auto defensa. Él es recurrente e ingenioso y ella tajante y asertiva. Pero a pesar de las diferencias, los argumentos de ambos no son tan opuestos, sus diferentes puntos de vista sobre cómo interpretar lo sucedido y proceder a partir de ahí resultan casi complementarios.

Sin embargo, el autor de Mothers and sons, Corpus Christi o The Lisbon Traviata no plantea esta situación como un drama existencial o como un merengue no apto para diabéticos, sino como algo espontáneo. Impacta por la cotidianidad con que la muestra y por la transparencia con que expone la decisión a tomar. Si se ve en ello una oportunidad o no y si es que sí, qué supone afrontar lo que puede conllevar. Su excelente escritura plantea con inteligente claridad que eso que llamamos zona de confort es en realidad de defensa y de autoprotección. Un refugio para la salvaguarda de nuestra autoestima y evitar que se vuelvan a abrir heridas como las que provocaron las cicatrices que llevamos en nuestro cuerpo y nuestra alma.

Una propuesta narrativa que Terrence McNally convierte en unos diálogos perfectamente planteados. Los dos actos de Frankie y Johnny son otras tantas escenas que transcurren sin elipsis alguna, pero haciendo que el tiempo se detenga con su exposición dramática. En sus conversaciones, cada uno de sus personajes se convierte en espejo, estímulo y motivación del relato de las vivencias, sentimientos y emociones de su contrario. De esta manera, ambos nos cuentan sus biografías, nos revelan su personalidad -incluyendo tanto sus luces como sus sombras- y se colocan en ese punto de inflexión y reflexión –tanto conjunta como individual- tan delicado, íntimo, único y especial al que McNally también consigue trasladar a sus lectores/espectadores.

Como anécdota, señalar que pocos años después de su estreno en 1987, su notable adaptación cinematográfica –también firmada por McNally y dirigida por Garry Marshall (su siguiente película tras Pretty Woman)- sustituiría a la pareja protagonista por Michelle Pfeiffer y Al Pacino. En los escenarios españoles, los actores dirigidos por Mario Gas encargados de darles vida en 1997 fueron Anabel Alonso y Adolfo Fernández.

“La geometría del trigo” de Alberto Conejero

Un viaje a los orígenes, a la búsqueda del encuentro, a la necesidad de comprender, a la imposibilidad de ir en contra de las leyes de la vida. Un texto que aúna toma de conciencia, necesidad de desnudarse, anhelo de intimidad, luz y desconcierto en el diálogo y confrontación entre sus personajes a lo largo del tiempo. Una propuesta teatral en la que sus anotaciones escenográficas amplifican la intensidad de sus parlamentos, creando y transmitiendo una atmósfera tan sugerente como cautivadora.  

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En su nueva dramaturgia Conejero plantea de manera precisa varias dimensiones que se simultanean, el ahora y el hace tres décadas, el Jaén rural y la cosmopolita Barcelona, la comunicación en castellano con acento andaluz y francés o en catalán. Entre todas ellas, una coordenadas que queda claro que no son solo geográficas, sino también identitarias, hasta las que algunos se trasladan al sentirse o verse demandados por ellas, o de las que desean huir por no ser capaces de soportar la verdad que alberga sobre ellos.

La geometría del trigo expone con gran claridad la complejidad de una realidad solo apta para los valientes dispuestos a asumir que hay algo más grande que uno mismo, que la vida y el amor no son algo sobre lo que decidimos libremente desde nuestra absolutista individualidad, sino que son también corrientes que ejercen su fuerza sobre nosotros. Una influencia a la que nos podemos negar, pero esa huida generará unos efectos secundarios que sufriremos nosotros y los que vengan detrás de nosotros. Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos hasta que no se recomponga ese equilibrio que no quisimos o no supimos asumir y que pasa por romper la dictadura del silencio y acabar con el inmovilismo de las costumbres.

A pesar del dramatismo que se esconde siempre tras el dolor, el que habita cada una de las escenas de esta geometría no tiene nada de sórdido en su origen ni de narcisista en su prórroga. Es un pesar que las estructura de manera muy solvente, llevándonos desde sus consecuencias más actuales hasta su nacimiento para descubrir que alberga el deseo de su fin. Un punto de inflexión cuya consecución implicaría dejar paso a una satisfacción –tanto personal como compartida- que acabe con su invisible sombra y la liberación de esa fuerza ahora atada con la que afrontar la vida con ilusión renovada.

En el apartado formal, destacar que la profundidad humana de esta constelación familiar se ve fielmente reflejada en las anotaciones con las que Alberto propone una escenografía que amplifique la narración y el lirismo de su historia. He ahí la imagen de Joan y de su madre haciendo la maleta con los mismos movimientos físicos y bajo un similar estado de ánimo. El escenario que encadena tiempos y localizaciones diferentes, o su ocupación por bandadas de pájaros o tormentas de hojas y polvo de arcilla alegorizan y esencian la herida abierta de esa intimidad de la que nos hace ser testigos. Anotaciones que tienen tanto de descripción argumental como de guía para la puesta en escena de este texto.

Ahora solo queda esperar que ese momento llegue y ver si la adaptación tiene la misma calidad que montajes de obras de su autor como la reciente Los días de la nieve o anteriores como La piedra oscura o Cliff.

La geometría del trigo, Alberto Conejero, 2018, Editorial Dos Bigotes.

“Un perro” de Alejandro Palomas

El bagaje de cuarenta años de biografía, el balance de todo lo vivido por Fer y de los capítulos que conforman el libro de su presente, el ajuste entre las distintas piezas que conforman el puzle de su familia. Alejandro Palomas plasma con gran belleza, equilibrio y naturalidad cuanto pasa por la mente de su protagonista durante unas horas de tensa y amarga, pero también sosegada y meditada espera. Desde lo más ligero y superficial, los lugares comunes en los que nos refugiamos, a los más íntimos y ocultos, aquellos que rehuimos para no volver a encontrarnos con el dolor que allí dejamos.

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Las páginas se suceden con sensación de estar leyendo un relato en tiempo real. De tener sentado al otro lado de la mesa a un personaje de carne y hueso y mirada honda que se está percatando de lo que sucede a su alrededor, pero cuya atención y verdadero interés está navegando por coordenadas que, a pesar de estar relacionadas con el aquí y el ahora, se encuentran en otra dimensión. Un mundo que está formado por los recuerdos –unos más cercanos y otros más difusos-, el balance -lo logrado y los asuntos pendientes- y la incertidumbre que depara un futuro cuyo devenir no está al alcance de sus manos.

Ese oleaje de suave marejada, pero con pequeños remolinos traidores bajo su superficie es el medio fluido en el que se sumerge Palomas para contarnos todo aquello que se encuentra en ese mapa que su protagonista no tiene completamente cartografiado. Con la misma precisión que un geógrafo nos da a conocer cada elemento, desde ese preciso punto en el que se puede ver su individualidad pero también dejando patente cómo es resultado de aquello con lo que interactúa.

Así es como conocemos a una mujer que es también esposa y madre, o a un hijo que, a pesar de ser adulto, sigue buscando en su progenitora al referente que encontraba cuando era niño. Junto a sus hijas y hermanas, Silvia y Emma, Amalia y Fer forman la familia que son hoy en día. Quizás atípica y poco convencional en sus formas, pero unida por lo mismo que cualquier otra, por el afecto que nace no se sabe cómo de la biología y que perdura y crece con el paso de los años. Ese vínculo invisible es el que Alejandro nos hace tangible en todo momento, tanto cuando toca relatar los comportamientos individuales de cada uno de ellos como a la hora de hacerlos interactuar entre sí en la variedad de registros que tiene la vida.

La comicidad de Amalia, una mujer mayor a la que la velocidad del mundo actual le supera. El afán de control y superación de Silvia y la asertividad de Emma, como manera de evitar que se abran las heridas del pasado o de que surjan otras nuevas. O el momento de examen íntimo y profundo al que se ve obligado Fer por la abrupta amenaza de la soledad. Realidades cotidianas, pero también circunstancias vitales que Alejandro Palomas describe y dialoga con gran naturalidad, emocionándonos y haciendo que nos sintamos partícipes de esa reunión y conversación en la mesa de un bar de Barcelona en la que se siente, y desde la que se ve, la vida pasar.

“El amante”

Diez años de matrimonio son algo digno de celebración y si es con aficionados al teatro como acompañantes, ganas de fiestas no van a faltar. El otro lado de la sonrisa vendrá después, cuando tras las cervezas y los canapés se deje el ambigú del Teatro Pavón y se baje al patio de butacas para permitir que los espectadores asistan a la desconocida y privada intimidad de la pareja homenajeada. Una propuesta diferente, un montaje y dirección que van más allá de las palabras de Harold Pinter para mostrar exitosamente las oscuridades y los desequilibrios sobre los que se sustenta la experiencia del amor.

ElAmante

La pregunta no es si teniendo pareja has fantaseado con tener un amante o lo has tenido. La verdadera interrogante es si lo has integrado en tu vida junto con el resto de tus relaciones. Esto incluye, por supuesto, a ese o esa con el que duermes cada noche, con el que pagas a medias una una hipoteca y con el que has asumido el compromiso de quereros y cuidaros en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Por supuesto que es solo sexo, pero también es tiempo, energía e imaginación que, no es únicamente que te lo dediques a ti, sino que también es espacio que le niegas a él o a ella.

Y si tú lo haces y él o ella también, ¿perfecto porque así entonces queda todo equilibrado? ¿Os justificáis y excusáis el uno al otro? Y si, ya trasladados a un escenario teatral y puestos a representar juegos y entelequias, el papel del amante lo encarna también el actor encargado de ser el cuerpo, la cara y la voz del marido, ¿estamos viendo a un intérprete en un doble papel o a un hombre encarnando una ficción? Este es el inteligente y simultáneo juego sórdido que propone el texto de Harold Pinter. Uno que te induce a reflexionar a golpe de mecanismo de identificación y proyección, y otro que te condena a formar parte de algo que no sabes si es la realidad que quizás te gustaría vivir, pero en la que tampoco tienes claro quién eres.

Diálogos que se hacen aún más potentes con la atmósfera creada por Nacho Aldeguer en su adaptación y que va más allá de la escenografía e iluminación con que se recrea el hogar del matrimonio formado por Verónica Echegui y Daniel Pérez Prada. Previamente Alex González nos ha integrado como divertido maestro de ceremonias, vía cocktail festivo –cerveza fresca, sabrosos canapés y rico cocktail de ron-, en su círculo de amigos y familia, haciéndonos partícipes de la consolidación de su historia tras toda una década juntos. Pero cuando el ejercicio social se acaba, las sonrisas se relajan y los personajes que somos ante los demás se retiran a descansar, comienza esa otra cara de la que solo podemos ser testigos gracias al teatro.

Tras ese logrado arranque, personajes y espectadores descendemos al territorio y al espectáculo de lo nunca compartido, a lo solo mostrado a aquel junto al que dormimos y a lo que él o ella ve de nosotros sin que seamos siquiera conscientes de nuestras peculiaridades. Una total y brutal inmersión en ese espacio en el que el amor se debate entre los convencionalismos y la innovación, lo visceral y los impulsos primarios se combinan con la inteligencia y lo racional. Unas veces para equivocadamente intentar complementarse y aportarse mutuamente, pero otras para herirse y castigar al otro como manera de evitarse, provocando con ello la destrucción conjunta.

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El amante, en el Teatro Pavón-Kamikaze (Madrid).