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“Ni pena ni miedo: Un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos” de Fernando Grande-Marlaska

Detrás de todo personaje público hay una persona que en mayor o menor medida resulta alguien diferente a la imagen que, a través de los medios de comunicación, nos hayamos construido de él. Un ejemplo de ello es este juez, también hombre, amigo, colega, esposo, hijo y hermano, tal y como podemos comprobar a través de la declaración de principios que nos ofrece en este ordenado ensayo. Un mapa de valores, compromisos y motivaciones que se combinan de manera pautada con reflexiones, recuerdos íntimos y vivencias sociales de alguien que reivindica su intimidad al tiempo que se enorgullece de su papel como representante público y como referente de causas como la del activismo LGTBI.

NiPenaNiMiedo

La premisa de todo juez es que una cuestión es su labor como garante de los derechos y deberes de todos los ciudadanos y otra su persona y que de igual manera que no debe hacer uso de información confidencial cuando está con sus amistades, ha de dejar a un lado sus valores morales a la hora de instruir un sumario o dictar sentencia. Grande-Marlaska lo deja claro en estas páginas, pero destacando que hay unos principios que busca en todas las facetas de su vida como son el civismo, el respeto, la voluntad de diálogo y el esfuerzo por empatizar.

Partiendo de esta máxima, Ni pena ni miedo es un relato en primera persona sobre quién es, cómo piensa y qué le importa a Fernando, qué busca y ofrece en las relaciones humanas, qué le preocupa cuando observa el presente y cómo se imagina nuestro devenir colectivo tanto en lo social como en lo ideológico y lo político.

De la lluvia de Bilbao a los paseos por el centro de Madrid, recordando las múltiples formas en las que se ha posicionado contra el terrorismo etarra y los frentes en los que le ha tocado batallar contra la homofobia, ensalzando la educación como el pilar básico sobre el que construir una sociedad verdaderamente igualitaria y considerando el laicismo como una prerrogativa constitucional aún no alcanzada, destacando el valor de los animales,… Por todo esto pasa este ensayo con un punto de memorias, un relato humano y no un recopilatorio de entresijos del mundo judicial salteado de injerencias políticas como seguramente habrían esperado algunos.

Los capítulos más interesantes son aquellos en los que trata los temas que le han dado a este abogado, nadador matinal, su fama mediática, como el proceso que va de sus primeras experiencias afectivas a su matrimonio con su marido, la ruptura de la relación con su familia durante años por su no aceptación por parte de su madre, hasta su participación en campañas a favor de la visibilidad LGTBI. En lo referente a la toga quedan para la reflexión las líneas rojas que la administración de la justicia no puede pasar en el castigo de los culpables y el apoyo sin fin que ha de prestar a las víctimas, en especial a aquellas que no tienen medios no ya de defensa, sino de subsistencia.

Para los interesados en conocer más a la persona, a esa que no se deja ver en las entrevistas y portadas, están aquellos pasajes más íntimos en los que plasma su manera de vivir el día a día, sobre todo ahora que superados los cincuenta años considera que puede mirar al pasado –a la relación con su madre o la consideración de la paternidad- desde el prisma de la experiencia y al futuro con la intención de consolidar una trayectoria de vida.

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“The normal heart” de Larry Kramer

Un brutal ejercicio literario en forma teatral, un relato sociológico sobre los primeros años de la epidemia del VIH y el SIDA, una declaración política contra la discriminación asesina de las administraciones públicas estadounidenses sobre el colectivo homosexual. Una obra maestra del género dramático, un texto dotado de una fuerza extraordinaria que sigue sacudiendo la conciencia de sus espectadores y lectores a pesar de las más de tres décadas transcurridas desde su estreno en 1985.

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Las primeras noticias lo llamaban el cáncer gay por su especial afectación entre este público en sus primeros meses. No se sabía qué lo causaba ni cómo tratarlo, todo apuntaba a que los contagiados eran hombres con una intensa y promiscua vida sexual, sus síntomas eran muy visibles y la muerte solía llegar en cuestión de pocos meses. Momentos de una dura incertidumbre que rápidamente aumentó el estigma de la discriminación que el colectivo LGTBI ha sufrido históricamente. Algo con lo que no contaban aquellos que consideraban que los disturbios de Stonewall en junio de 1969 habían supuesto el punto de inflexión a partir del cual se progresaría hasta hacer realidad el sueño de la visibilidad y la normalización.

Ese es el momento de 1981 en que se sitúan las primeras escenas de The normal heart, plasmando con gran crudeza el desconocimiento de los médicos que no sabían determinar el origen ni las consecuencias de lo que estaba ocurriendo, la negación del colectivo homosexual que no quería reconocer lo que estaba sucediendo por ver en ello la exigencia de abandonar la libertad sexual que consideraban habían ganado una década atrás, y la ignorancia del resto de la sociedad que no solo se veía ajena a esta situación, sino que parte de ella juzgaba lo que pasaba como un castigo bíblico merecido por los desviados del camino de la corrección moral.

Esa impotencia, rabia y dolor es el que mueve a la acción al personaje de Ned Weeks en Nueva York, el activista alter ego de Larry Kramer que apunta con gran claridad en sus intervenciones que toda reivindicación social es también política, que el tiempo vivido sin tener los mismos derechos civiles que el resto de tus conciudadanos –matrimonio, educación, sanidad- es tiempo robado a tu vida, y que no hay otra opción más que la de la lucha y hacerse notar ante aquellos –líderes políticos, administraciones públicas y medios de comunicación- que no respetan tu existencia ni reconocen la diversidad de nuestra sociedad.

Circunstancias que parecen haber cambiado en sus aspectos más formales –el reconocimiento legal-, pero que esconden tras de sí aspectos como los que muestran con gran crudeza los diálogos y situaciones elegidas por Kramer. Circunstancias con las que seguimos conviviendo y que hacen que este texto duela, agite y escueza, como la crueldad de la homofobia que puede aparecer en cualquier momento en nuestro entorno, el daño perenne sufrido por muchas personas por la no aceptación plena de sí mismos, el anhelo vital de ser escuchados y comprendidos y la necesidad humana de amar y ser amados.

El recorrido temporal que propone este gran dramaturgo en este ejercicio de concienciación acaba en 1984, cuando los EE.UU. ya habían reconocido oficialmente que el virus de inmunodeficiencia humana, ese que arrasa con nuestro sistema inmunitario, se transmitía también por la sangre, que no discriminaba por razón sexual (género u orientación) ni de edad y que se había extendido por todos los rincones del mundo. Para entonces miles de personas ya habían muerto de SIDA y muchas más se habían infectado de VIH sin que la administración Reagan, ni la de muchos otros países, hubiera hecho nada para evitarlo.

“El ciclo del amor marica” de Gabriel J. Martín

Entender cómo funciona el sentimiento del amor es fundamental no solo si se quiere vivir una relación a largo plazo, sino si también se desea vivir plenamente, pero de manera individual, aquellas facetas personales que se comparten en una pareja.  De manera clara y didáctica, a la par que amena y hasta divertida, este título realiza un somero repaso de todos esos factores que hay que tener en cuenta para enunciar esa ecuación cuya verdadera fórmula y resultado, única en cada caso, solo conocerán de verdad los encargados de ponerla en marcha y reelaborarla continuamente a lo largo del tiempo.

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A priori el amor no debiera entender de género, identidad u orientación sexual, hombres y mujeres, cis y transexuales, homosexuales, bisexuales y heterosexuales somos susceptibles de enamorarnos, de ser correspondidos y de querer vivir ese afecto a través de un proyecto de vida a cuya construcción ambas partes nos comprometamos. Sin embargo, basta mirar el recorrido histórico que llevamos desde hace siglos hasta hoy mismo para saber que en la sociedad en la que vivimos se denigra a muchas personas por múltiples motivos. He ahí las obvias diferencias entre hombres y mujeres, pero igual de claras y evidentes, aunque mucho más silentes, son las también sufridas desde tiempos inmemoriales por –entre otros muchos colectivos- los hombres homosexuales.

Un legado que sigue vigente y contra el que, como Gabriel bien indica, se ha de luchar utilizando herramientas como la del lenguaje normalizador, entendido este no como una tabula rasa que elimina diferencias y homogeneiza características, sino como el que da los términos exactos a las realidades en las que vivimos. Un novio es un novio, y no un “amigo”, y a un marido no se le presenta como “mi pareja”.  El segundo pilar es hablar de cómo pueden ser las etapas de una relación afectiva entre dos hombres, como entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres, desde un punto de vista realista, dejando a un lado todos los mitos, fantasías y leyendas que han empañado la educación que hemos tenido -si es que alguien nos la ha proporcionado- sobre el amor.

Así que si el amor no es a primera vista ni para siempre, no lo redime todo ni mueve montañas, ¿en qué consiste exactamente?

En primer lugar, para que el amor llegue a formularse y construirse necesita que las dos personas que intentan formar una pareja sean equilibradas, que se hayan aceptado a sí mismas y que vivan su orientación sexual de manera natural e integrada en todas las áreas de su vida, sin traza alguna –o estar en proceso de resolverla- de homofobia interiorizada. Un tema que ya trató Gabriel J. Martín en su también muy bien planteado y desarrollado Quiérete mucho maricón. Factor importante es, también, no tener pendientes de resolución otras cuestiones psicológicas que no solo impiden a esos hombres tener relaciones fructíferas, sino que les convierte en personas tóxicas con capacidad de herir a aquellos con quienes, aparentemente, lo intentan.

Dejando atrás las rémoras, para aquellos que lo desean y les surge la oportunidad de llevarlo a la práctica, el amor sigue una serie de fases que tienen un discurrir más o menos lineal y que cada persona -y por tanto, cada pareja- vive de una manera diferente en base a su personalidad, experiencia e, incluso, estructura neuronal.  Desde la pasión inicial en la que cada cuerpo es un torrente hormonal y el deseo físico es lo más protagonista, pasando por la etapa de la intimidad, de exponer y conocer las motivaciones y planteamientos personales del otro ante la vida para llegar a la posibilidad de plantearse un proyecto conjunto. Un compromiso que posteriormente hay que mantener y adaptar a las circunstancias cambiantes que vayan surgiendo. Y si llega el día en que este se acaba, hay que saber ver y aceptar las señales que lo indican y ponerle fin a la relación de la manera más adecuada para que no solo no deje mal recuerdo, sino para que no se convierta en un lastre que impida disfrutar del futuro.

Este es el eje más habitual del amor, entre dos personas, aunque Gabriel J. Martín también considera otras casuísticas existentes como la del poliamor, o las de relaciones con características propias como son las intergeneracionales o las de entre personas que viven distanciadas por muchos kilómetros.

Como bien dice su autor, El ciclo del amor marica no ofrece una receta mágica, pero sí una completo y claro mapa a partir del cual un hombre homosexual –aunque también a otros públicos con capacidad de empatía ante los ejemplos y supuestos prácticos expuestos,que se decidan a leer este libro- pueda plantearse y reflexionar cómo quiere vivir el amor de pareja y todos aquellos ingredientes que lo conforman, pero que también se pueden disfrutar fuera de ella.

“La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella” de Ramón Martínez

La homofobia no es solo el odio y el desprecio a todo aquello relacionado con la homosexualidad. Es más, es un síntoma, un pilar del sistema inventado por el heteropatriarcado para justificar y sustentar su artificial supremacía. Un desequilibrio que viene de mucho tiempo atrás, del que son tan víctimas quienes lo ejercen como quienes lo sufren. Sin embargo, y tal como apunta Ramón,  es posible ponerle fin entre todos -sea cual sea nuestro género, identidad u orientación sexual- y dar paso a un nuevo modelo de sociedad y de cultura relacional basada en la equidad y la diversidad.  

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Damos por hecho muchas cosas, como que está en nuestra naturaleza ser de una determinada manera y rechazamos la idea de que en realidad somos construcciones sociales. Transmitidas de generación en generación, sustentándose en conceptos falsos y prejuiciosos que no tienen otro fin más que crear jerarquías de poder generadoras de desigualdad.

Los seres humanos nos definimos como personas, término que nos engloba a todos, pero luego resulta que la historia, a la hora de mirar a nuestro pasado, y la legislación y las hemerotecas, al considerar nuestro presente, nos llevan la contraria con documentos de todo tipo que demuestran que en primer lugar nos consideramos, clasificamos y separamos bajo los términos de hombres y mujeres.

Una división en la que se establece que el mundo está formado por él y ella, indivisiblemente, complementariamente, pero con unas tareas muy marcadas que reflejan que él es más que ella. Sin embargo, y como no hay verdad alguna en esto, se necesita de una serie de mecanismos e interpretaciones que lo sustenten. Uno de estos terrenos es el simbolismo proyectado sobre nuestro cuerpo, entendido como un medio para ejercitar la posesión y el uso material, como objeto, del otro. Otro es el intelectual, negando el acceso a las fuentes del conocimiento y el ejercicio del mismo. Unos mandan, gobiernan y piden y otras sirven, acatan y se entregan.

Hasta aquí, y desde el punto de vista de hoy en día, nada que nos sorprenda. Pero resulta que esta aparente sencillez tiene una profundidad y una complejidad que abarca mucho más de lo que parece. Es la base del rechazo de cualquier comportamiento o expresión que no cumpla dicho canon, como al hombre que desea a otro hombre en lugar de a una mujer como se le presupone, o más bien se le ordena. Una persecución que sufren igualmente las mujeres que se sienten atraídas por otras mujeres, en lugar de estar a disposición de un varón; aquellos y aquellas que son capaces de entregarse tanto a hombres como mujeres o los que habiendo nacido con un sexo biológico viven conforme al que sienten y que no coincide con aquel.

Ellos (nosotros), homosexuales (gays y lesbianas), bisexuales y transexuales, el denominado colectivo LGTB, son (somos), además de las mujeres heterosexuales en su conjunto, la más clara y directa víctima de la homofobia generada por el heteropatriarcado.

Lo han (hemos) sido desde hace muchos siglos, gracias a, tal y como explica Ramón Martínez, la manipulación de las religiones, la medicina basada en creencias en lugar de en principios científicos, o los regímenes políticos, incluso los democráticos, sustentados en maneras totalitaristas. Un legado que hace unas décadas parecía insuperable, pero que en países como el nuestro hemos conseguido dejar, aparentemente, atrás gracias al compromiso y la movilización sin descanso de un activismo que se dejó la piel –además de la libertad e incluso la vida en muchos momentos- para conseguir derechos legales como el del matrimonio o la adopción.

Ahora bien, esto no quiere decir que la homofobia se haya acabado. He ahí los muchos casos de agresiones a maricas y bolleras que son noticia casi a diario, la condena al ostracismo social que sufren los transexuales y, por extensión, la violencia machista y la desigualdad en todos los ámbitos que sufren muchas mujeres. Esto demuestra que queda mucho por hacer frente a la homofobia, en planos muy amplios –como ese que, sugiere Ramón, debe unir al movimiento LGTB con el feminismo en su causa común- como otros más particulares y específicos de homosexuales, bisexuales y transexuales.

Motivo este por el que –y tras haber conseguido la equidad jurídica- el movimiento asociativo debe reelaborar su propuesta para dar a conocer cuáles son sus objetivos, tanto para sus potenciales integrantes, como para el conjunto de la sociedad. Un paso más hacia adelante para seguir avanzando hacia una colectividad más justa, más igual y donde antes y después que hombres y mujeres, heteros, homos o bisexuales, seamos personas, sin más. Ese es el propósito final hacia el que Ramón propone que vayamos y que tan clara y convincentemente queda expuesto y argumentado en este ensayo comprometido con la defensa, divulgación y verdadera vivencia de los derechos humanos.

“La conjura de los necios” de John Kennedy Toole

Una lectura tan divertida como estimulante. Una ácida y corrosiva narrativa que no deja títere con cabeza en su disección de cada personaje y situación en mil piezas. Una abrumadora construcción de una serie de situaciones y entornos en los que se pone patas arribas múltiples aspectos de la sociedad actual (la familia, el trabajo, la educación,…). Una ironía y una sátira brutales con las que quedan al descubierto todas nuestras imperfecciones, contradicciones y paradojas.

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La conjura de los necios comienza aparentando ser un disparate, un chiste que no solo no se apaga, sino que se acrecienta envolviendo y dando seña de identidad a todo cuando sucede en sus páginas. La gracia no está solo en la situaciones que viven en Nueva Orleans este grupo de hombres y mujeres de los que somos testigos, sino en sus actitudes, pensamientos y expresiones verbales que hacen de lo que podría ser algo cotidiano, acontecimientos plagados de excentricidades casi imposibles de imaginar. Sin embargo, lo que el autor nos propone no es tan solo un ejercicio de humor rompiendo los moldes de la corrección política, lo políticamente formal y la educación convencional. Cada descripción y diálogo son una crítica certera y sin paliativos de algunos de los males de los que adolece nuestra sociedad: el racismo, la homofobia, el machismo, la explotación laboral,…

Ignatius, el protagonista, es un hombre sin orden ni concierto que vive al margen del mundo en el que habita. Despreciable, anacrónico, anárquico, irrespetuoso, desvergonzado, sucio, un dechado de virtudes y gracias que se podrían resumir en un único término, ego, y derivados como egoísta y egocéntrico.  Un ser nada atractivo, pero que nos causa una paradójica repulsión. A pesar del teórico desagrado que no suscita, nos puede el morbo de sus vivencias, de la simpleza de los argumentos bajo los que sostiene sus injustificables puntos de vista, así como sus disparatados objetivos, a cada cual más estúpido. Una complejidad que no se limita solo a este ser, sino que llega a todos y cada uno de los que le acompañan en el amplio elenco de esta novela.

Un astuto doble juego de John Kennedy Toole. En primer lugar nos pone frente a una serie de despropósitos para que nos planteemos cómo y en qué medida nuestro mundo, e incluso cada uno de nosotros, está servido de ellos. La otra clave es, sin duda alguna, la brillantez en el ritmo y estructura que de principio a fin tiene esta obra. La riqueza imaginativa de su autor resulta inagotable, cada capítulo está lleno de acontecimientos que se suceden de manera continua, sin descanso alguno, cuando no con una múltiple simultaneidad perfectamente plasmada sobre el papel. A su vez, cada una de sus secuencias está llena de instantes, aparentemente irrelevantes, pero que utiliza con gran habilidad para hacer referencias de lo más variopinto, tanto a lo que puede formar parte de la acción (personajes, lugar, historia previa) como a su contexto (social, económico, político,…).

Por todos estos motivos, La conjura de los necios resulta fresca y actual a pesar de llevar publicada más de 35 años y escrita más de 50. Se mire por donde se mire, la única obra que dejó escrita John Kennedy Toole, y cuya no publicación en vida le llevó al suicidio con tan solo 31 años, es magistral. Una alucinante experiencia que ningún amante de la buena lectura y de experimentar la ficción debiera dejar de probar.

“Moonlight”, tan valiente y arriesgada como delicada y hermosa

Un guión muy bien elaborado que se introduce en las emociones que nos construyen como personas, señalando el conflicto entre la vivencia interior y la recepción del entorno familiar y social en el que vivimos. Un acierto de casting, con tres actores –un niño, un adolescente y un adulto- que comparten una profunda mirada y una expresiva quietud con su lenguaje corporal. Una dirección que se acerca con respeto y sensibilidad, manteniendo realismo, credibilidad y veracidad al tiempo que construye un relato lleno de belleza y lirismo.

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Hay silencios que no se pueden llenar con palabras, no habría suficientes y ninguna de ellas, ni su mejor combinación, podrían conseguir su expresividad, fuerza y potencia. En la magistral secuencia final, uno de los protagonistas le replica al otro “nunca dices más de tres palabras seguidas”. No hace falta, Moonlight está contada mediante miradas que primeramente enfocan y encuadran con la cabeza, con la razón, para desplazarnos por calles en las que se trapichea con drogas, en casas de las que se te echa o en las que se te recibe, en institutos que son una jungla humana, en playas que son un remanso de paz,… Pero una vez situados, el objetivo desciende hasta el corazón y ese es el timón desde el que se dirige su recorrido en una ardua y difícil ruta  que comienza en una infancia sin referentes, una madre que no ejerce y un padre que no existe, y en el que se toma conciencia de la condición homosexual a través del insulto, el desprecio y la agresión (física y psicológica) de los compañeros de clase.

El buen trabajo de Barry Jenkins está en haber plasmado sobre la pantalla este recorrido de años sin tomar partido por ninguno de sus elementos. Los hechos hablan por sí mismos, son protagonistas absolutos, y como si fueran instrumentos de una orquesta, fotografía, escenografía, sonido, banda sonora,…, se ponen a su completa disposición. No solo para dar forma a lo que vemos y escuchamos, sino también para potenciar la belleza, poesía y lirismo que, a pesar de todo, puede haber en un mundo donde el lenguaje es rudo, las miradas son violentas y las relaciones se basan en una continua represión. Sin embargo, el guión –también de Jenkins- indaga en las fisuras del dolor para traer a la luz la humanidad que muestran las miradas de todos sus personajes. “Sé que no tienes motivos para quererme, pero no pongas en duda que te he querido y que te quiero”, con frases así es de entender que esta película haya llegado hasta la recta final de la próxima edición de los Oscar.

El relato de Moonlight es muy valiente, tanto desde el punto de vista cinematográfico como narrativo. Apuesta por ir en una dirección muy concreta y no se distrae en ningún momento de su objetivo, no hay tramas secundarias cuya función sea la dejar respirar al relato principal. La soberbia dirección de actores y la entrega total de estos a la misión encomendada hace que todo persiga y consiga el fin propuesto. Estar siempre al lado de la mirada de su protagonista, pero manteniendo una distancia prudencial que nos permite ver cuán llena de vida está; así como el derroche de amor del que es capaz su corazón, deseando encontrar un interlocutor, un lugar, un mundo en el que expresarse libremente y encontrar a alguien con quien abrazarse y entregarse plenamente.

10 textos teatrales de 2016

Autores españoles, americanos y chilenos; historias de siglos, décadas y años atrás; protagonizadas por familias, también por hombres y mujeres, en la mayoría de las veces, inmersos en una profunda soledad; sociedades en las que acampa la corrupción, el culto a las normas y donde también están aquellos dispuestos a ir en contra de los establecido; funciones que se han llevado al cine y que se han representado también en la calle,…

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“Trescientos veintiuno, trescientos veintidós” de Ana Diosdado. A través de dos hombres y dos mujeres, la autora de “Anillos de oro” y “Los ochenta son nuestros” planteaba en 1991 algunos de los cambios que estaba experimentando la España de entonces. De un lado el matrimonio, que dejaba de ser un acontecimiento con el que adquirir un estatus social, y del otro la política, en la que los casos de corrupción planteaban la falta de ética que se presupone a los gestores de lo público.

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“A siete pasos del Quijote”. El pasado noviembre el Barrio de las Letras de Madrid se llenó durante varias tardes de momentos quijotescos en los que hasta el propio Don Miguel dio la cara. Él mismo y su creación más conocida hablaron por boca de siete brillantes dramaturgos, dejando claro que los maestros vivieron en un tiempo y espacio determinado, pero que –unas veces por la forma, otro por lo tratado- lo contado por ellos está tan vivo hoy como el día en que lo escribieron.

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“Las brujas de Salem” de Arthur Miller. Cuando la sinrazón acampa, la lógica y el sentido común desaparecen, dejando el terreno libre para el ejercicio de la violencia que conllevan los comportamientos motivados por el deseo de poder, la envidia y la soberbia. Una brutal retrato de lo viscerales, canallas y diabólicos que podemos llegar a ser en una alegoría con la que Miller retrató la caza de brujas del Hollywood de los 50. Una obra maestra que sigue estando vigente y que bien podría valer como símil del funcionamiento de nuestro sistema político-mediático.

LasBrujasDeSalem

“Nuestra ciudad” de Thornton Wilder. Una pequeña localidad de poco más de tres mil habitantes del noreste de EE.UU. a principios del s. XX resulta ser el reflejo de todas las edades, roles y dimensiones del ser humano, social y familiar. Un texto cuya maestría está en la transparente sencillez de su estructura, los limpios diálogos de sus escenas y el completo conjunto de personajes que lo habitan.

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“Nuts” de Tom Topor. El cine ha hecho que los juicios en EE.UU. nos parezcan una de las situaciones más teatrales que podemos encontrarnos en la vida cotidiana. La escenografía viene marcada por el sistema y los que intervienen pueden hacer de su discurso una construcción emocional más allá de los tecnicismos y formulismos del lenguaje jurídico. Tom Topor se vale perfectamente de lo primero para, a partir de lo segundo, profundizar hasta los aspectos más delicados de una historia “basada en hechos reales” en la que, bajo la apariencia de un asesinato y una prostituta, se encuentra una situación que no cuadra y un personaje herido y obligado a construirse a sí mismo.

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“Out cry” de Tennessee Williams. Dos hijos maltratados por sus padres, dos actores abandonados por su compañía, dos personajes unidos en el escenario por un lazo fraternal en un libreto sin un final claro. Una obra en la que su autor combina su mundo interior con la biografía de su familia en un doble plano de realidad y ficción tan íntimamente unidos y sólidamente escritos que en ningún momento sabemos exactamente dónde estamos ni hacia donde vamos.

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“Las manos” de José R. Fernández, Yolanda Pallín y Javier G.Yagüe. Una perfecta disección de la España rural de los años 40 a través de un grupo de jóvenes con toda la vida por delante. Un tiempo y un lugar en el que el hambre, el miedo, la influencia omnipotente de la religión, la desigualdad social y la lucha por la supervivencia cubren cada rincón de cuanto existe y acontece. Un asfixiante presente que tiene tanto de brillantez literaria como de retrato político, social y cultural.

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“La fiesta de cumpleaños” de Harold Pinter. Un día anodino, una casa cualquiera y varias personas aburridas pueden ser el momento, el lugar y los protagonistas de una historia tan intrascendente y absurda como catártica. Veinticuatro horas que comienzan con la tranquilidad de los lugares donde no pasa nada para dejar paso a un desconcierto que nos atrapa como si estuviéramos esperando a Godot.

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“Corpus Christi” de Terrence McNally. Al igual que Jesucristo fue crucificado por amar a todas las personas sin hacer diferencia alguna, Matthew Sheppard fue asesinado en EE.UU. en  1998 por sentirse atraído por los hombres. A partir de estos salvajes hechos, McNally hace un impresionante traslado a nuestros tiempos del relato católico de la vida y pasión de Cristo. En su valiente visión del Salvador como alguien con quien todos podemos identificarnos compone un cuadro en el que la homosexualidad es tanto manera de amar como excusa para la persecución y el castigo.

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“Abandonada” de Fernando Sáez. La última conversación entre Pablo Neruda y Delia Del Carril tras dos décadas de relación, la esencia de lo que queda tras veinte años juntos recogida en un único acto teatral. Los motivos del fin, los diferentes puntos de vista sobre lo vivido y la manera de afrontar el presente de una manera verdaderamente desnuda, haciendo de la intimidad un campo abierto en el que se exponen con toda su verdad el dolor femenino y la libertad masculina.

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