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“La taberna fantástica” de Alfonso Sastre

Tardaría casi veinte años en representarse, pero cuando este texto fue llevado a escena su autor fue reconocido con el Premio Nacional de Teatro en 1986. Una estancia de apenas unas horas en un tugurio de los suburbios de la capital en la que con un soberbio uso del lenguaje más informal y popular nos muestra las coordenadas de los arrinconados en los márgenes del sistema.

Muchos de los lugares hoy urbanizados y edificados de Madrid eran décadas atrás territorios habitados como buenamente podían por los recién llegados desde otras partes del país o por los siempre recluidos en la invisibilidad de la pobreza. Una miseria material que traía consigo penosas condiciones de vida, hábitos nada saludables y coqueteos con la ilegalidad como medio para resolver las necesidades más básicas. Un medio en el que Alfonso Sastre se introduce para mostrar la personalidad y las aspiraciones de los que allí viven, así como la manera en que estas circunstancias marcan su actitud vital.   

El éxito de su realismo está en la fidelidad con que recoge las expresiones y construcciones verbales de sus personajes. Desde los coloquialismos e informalidades de su vocabulario a la simpleza y escasa elocuencia de su sintaxis pasando por las interjecciones e intenciones vocativas de muchas de sus expresiones. Un microcosmos en el que la cercanía de la convivencia está construida a base de amistad y afecto, pero también de agresión e insulto. Violencia física y psicológica no solo en los encuentros que tienen lugar en la taberna El gato negro en el barrio de San Pascual, allá por la zona de Ventas, sino también a lo largo de su biografía tal y como relatan en distintas rememoraciones.

Digresiones del momento presente que Sastre plantea con un humor ácido y socarrón con el que consigue que empaticemos con este mundo de quinquis y delincuentes de medio pelo en el que cuanto sucede se vive con una intensidad y visceralidad tan simpática como bien manejada. Un ritmo dramático en una constante tensión en la que puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Recurso manejado con precisión y coherencia al que se añaden las entradas y salidas de personajes, manifestando sus penurias o desvelando los vínculos afectivos, biológicos o conflictivos que tienen entre todos ellos.

En La taberna fantástica confluyen austeros a los que guía la honradez, vivaces que saben desenvolverse para sacar el máximo partido de lo que les ha tocado, conformistas que se dejan llevar por el día a día y escurridizos que huyen de él para salvar su pellejo de las autoridades y de las consecuencias de sus propios hechos. Un costumbrismo que podría pasar por un spin-off teatral del Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos (publicado cuatro años antes de la escritura de este texto) pero que a la crudeza de aquel, suma la fantasía de pasajes en los que su autor juega con lo onírico y lo metateatral para subrayar su objetivo de denuncia social.

Crítica política que le valió la imposibilidad de su escenificación entonces, pero con la que finalmente consiguió el aplauso del público y la crítica, así como el reconocimiento institucional, cuando se estrenó el 23 de septiembre de 1985 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.  

La taberna fantástica, Alfonso Sastre, 1966, Ediciones Cátedra.

“Los intereses creados” de Jacinto Benavente

En una ciudad sin definir, hombres y mujeres se relacionan a la manera de la commedia dell’arte, como si estuvieran en el renacimiento italiano, dando pie a un embrollo sobre el poder, el dinero, la ambición, el amor, el qué dirán y la imagen pública. Asuntos que con sorna, gracia y verborrea y bajo su apariencia de farsa, describen con total descaro y acidez las dinámicas de los círculos burgueses de la España de principios del siglo XX.

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Dos pícaros llegan a una hospedería dispuestos a vivir del cuento como ya han hecho antes en ciudades como Bolonia o Mantua, dejando deudas, engaños y estafas. Sus perjudicados le siguen el rastro para reclamar, allí donde el destino se lo permita, justicia, arreglo y compensación. Como la intención de semejantes jetas no es la de cambiar, sino la de perpetuarse en esta manera de ganarse la vida, se reparten los roles de bueno y malo, noble y siervo, caballero y hombre vulgar para que les proporcionen alojamiento y alimento de alto nivel, como se le supone a la categoría y abolengo que sus palabras y comportamiento transmiten.

En estas que una dama que vive de los contactos y de las relaciones sociales organiza una fiesta a la que acudirá la joven soltera con mayor dote de toda la ciudad. Los intereses del título son múltiples y variados, tantos como hombres y mujeres acudirán a ese baile. ¿Serán compatibles los de unos y otros? ¿Cómo conjugarán sus verdades con sus mentiras?

Escrito con una estructura y un desarrollo que evoca a clásicos mencionados en su introducción como Shakespeare o Molière, esta farsa guarda las formas clásicas, pero su propuesta y mensaje es tan atemporal como lo son las bajas pasiones, las ocultas motivaciones y las ostentosas manifestaciones de todos sus personajes. Las situaciones son las esperadas en un enredo en el que se juega al sí pero no, al ejercicio de bondad para esconder los problemas y los pufos y a la simulación de los afectos. Hasta que el amor de verdad, el auténtico, el que embauca y transforma se manifiesta y se apodera de los dos corazones a los que une en uno solo frente al digan lo que digan y hagan lo que hagan.

La verborrea y expresividad con que son expuestas estas actitudes y resueltas las situaciones en que han de manifestarse, hacen que la forma y el estilo con que son relatadas sea tan o más divertida que su propio contenido. Un modo literario con el que Jacinto Benavente probablemente le estaba diciendo a su público lo que pensaba de él sin que este se diera por aludido. Consiguiendo lo que pocos son capaces de hacer, escribir un texto de altura pero que al tiempo sea asequible para todos los públicos, y que cada uno de los niveles de este lo sienta como suyo sin darse cuenta de que aquello que está viendo no es solo una representación, sino también un espejo de sí mismo. De sus contradicciones y vergüenzas, de sus miserias y pobrezas mentales, de su falta de espíritu y de su incapacidad egoísta para considerar nada que no sea su propia satisfacción y comodidad.

Los intereses creados, Jacinto Benavente, 1906, Ediciones Cátedra.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

“24/7” de José Ramón Fernández, Javier García Yagüe y Yolanda Pallín

La última entrega de la “Trilogía de la juventud” se adentra en los inicios del siglo XXI para contarnos los retos y dificultades que se encontraban en ese momento los iniciados a la vida adulta en un entorno urbano en el que eclosionaban lo digital y el neoliberalismo y llegaba a su fin el dogma de que ir a la universidad te garantizaba un puesto de trabajo. Aunque no brilla como lo hicieron “Las manos” e “Imagina”, supone un correcto cierre al fresco sobre la evolución de España en la segunda mitad del s. XX que forman las tres juntas.

Tras contarnos la dureza de los años 40 y la dificultad de los 70, Fernández, García y Pallín nos exponen las dificultades que se encuentran los nietos e hijos de unos y otros para encontrar y construirse su lugar en el mundo. Las circunstancias han cambiado, ya no se lucha por conseguir comer o encontrar un trabajo con el que dar soporte a la vida como adulto. Pasada la barrera psicológica del 2000, el momento es el de darse de bruces con una situación en la que nada se rige bajo los principios que se les había prometido a los que deben dejar de vivir de sus padres para hacerlo por sí mismos.  

Una premisa bajo la que sus autores articulan esta obra siguiendo las mismas líneas que en las dos entregas anteriores. Servirse de los personajes elegidos para mostrar una realidad común a la gran mayoría de los que son como ellos (en la década de los 20, con estudios universitarios, sin experiencia laboral, residiendo en una gran ciudad…), y de esa manera hacernos comprender el contexto social -el individualismo prima sobre lo colectivo, la familia ya no es una entidad nuclear- y económico -contratos por obra y servicio, nuevas profesiones, sueldos ínfimos- en el que viven. Pero, aunque el punto de partida es similar y la estructura formal con que lo desarrolla está igual de bien trabajada, a 24/7 le falta la hondura y profundidad en el tratamiento de los temas, situaciones y vivencias escogidas que sí tenían Las manos e Imagina.  

La sensación es que, además de estar bien documentadas, el objetivo del proceso creativo de aquellas era transmitir la autenticidad de lo que se quería exponer y compartir con los potenciales espectadores. En cambio, 24/7 destila haberse centrado en el proceso formal de la escritura y haber reducido la búsqueda argumental a la recopilación de los tópicos -el gran hermano digital- y otros ecos del momento. Algo quizás achacable a no estar escrita mirando atrás -con el tamiz que la distancia temporal le da siempre al trabajo de edición- sino en tiempo real -inmersos en él y eligiendo qué contar más por influjo mediático que por contacto en primera persona-.

Habría que considerar cómo influyen en esta impresión los más de 18 años transcurridos desde su estreno, pero el resultado es que desde hoy sus personajes resultan planos, apenas conmueven y es difícil identificarse con ellos, cosa que sí que ocurría con sus antecesores. Incluso las situaciones que describen -el uso y las posibilidades de internet- transmiten más un aire de chatarra tecnológica, que de antropología, cultura e historia que sus precedentes.

24/7, José Ramón Fernández, Javier García Yagüe y Yolanda Pallín, 2001, Ediciones Cátedra.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee

Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

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La primera vez que leí ¿Quién teme a Virginia Woolf?  fue hace años motivado por la sensación que me dejó la película del mismo título y por la salvaje interpretación de Elizabeth Taylor en ella. Casi una década después he vuelto a este texto y he quedado aún más impresionado que entonces, más allá de los gritos y los insultos, el maltrato que se interfieren los dos protagonistas alcanza tal nivel de violencia psicológica que hace que dejes atrás el cuestionamiento de cómo es posible llegar a semejante comportamiento para sumirte en la parálisis de algo que resulta casi inconcebible.  Un profundo pesar y una desagradable resaca de vergüenza al pensar que en algún momento has llegado o has sentido el impulso de comportarte de semejante manera.

Edward Albee es maestro en tocar nuestros puntos débiles, aquellos que nos hacen vulnerables, para provocarnos respuestas que enfrenten nuestro edulcorado auto concepto individual (The zoo story, 1958) y social (The american dream, 1960) con aquello que no queremos o negamos ser. Tras estas dos obras iniciales, en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1961) la formalidad que imponen los espacios públicos queda sustituida por ese templo de la privacidad que es el hogar familiar. Un interior regido en ocasiones por leyes, normas y costumbres de dudosa lógica que solo conocen los que lo habitan. Cuestión aparte es quién las propone y quién las acata.

En la historia que Albee nos propone no hay un detalle ambiental que no oprima o enclaustre la acción. Desde la clandestinidad de la madrugada (el primer acto comienza a las dos de la mañana) a la carga de alcohol (el bebido antes de su inicio y el brandy y el whisky que se consume después de manera continua), el humo del tabaco o el desorden que describen las acotaciones del salón en el que transcurre lo que leemos/vemos. Sobre esta base se sitúa el trato de desidia, desprecio, amor enfermizo y complicidad que se dispendian Martha y George.

Una explosiva combinación a cuya influencia someten a Nick y Honey, una pareja de recién instalados en el campus universitario en el que residen los primeros desde que se casaron dos décadas atrás, justo el mismo paréntesis de edad que separa a unos y otros. Una diferencia que no supone una gran distancia entre ambos matrimonios. Lo único que les diferencia es el camino recorrido y la experiencia acumulada, pero deja claro que el egoísmo y la inhumanidad son comportamientos inherentes a toda persona.

Así, de manera tranquila pero sin pausa, ganando intensidad y tensando el ambiente a medida que transcurre la noche, el tono de voz es cada vez más elevado, los calificativos más duros, los ofrecimientos más obscenos y las afrentas más agresivas. Sin respetar los límites entre las parejas, convirtiéndose en un todos contra todos, pero en el que el ritmo lo marcan los primeros, haciendo de los segundos víctimas, instrumentos y destinatarios de su enquistado conflicto, al tiempo que les hace revelar la génesis de la que podría ser su futura guerra.

Diálogos duros y ásperos, pero certeros en su intención percutora, donde la rudeza que imprime la ingesta de alcohol se combina con la inteligencia de gente formada, de buena posición socioeconómica. A través de ellos Albee reflexiona también sobre cuestiones como el rol de la mujer en una sociedad androcentrista, la competitividad fomentada por la educación formal, el papel que la Ciencia y las Humanidades tienen en nuestra sociedad o el nepotismo que gobierna nuestras instituciones.

¿Quién teme a Virginia Woolf?, Edward Albee, 1962, Ediciones Cátedra.