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“El idiota” de Vera y Dostoievski

Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

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Hay algo que hace muy especial este montaje de Gerardo Vera. La escena está sólidamente construida a todos los niveles, cada elemento está concebido y trabajado como si fuera el único y tuviera que destacar por encima de todo. Pero cuando escenografía, proyecciones, vestuario, luces, sonido y música se unen a las interpretaciones y el movimiento de los actores sobre las tablas, cumplen estrictamente su función. Resultan excelentes pero dejan que el protagonismo recaiga sobre lo que provocan las andanzas, la personalidad –orgulloso, tozudo e inocente a partes iguales- y el casi siempre imprevisible comportamiento del príncipe Myshkin sobre los que le rodean a su vuelta de Suiza tras pasar una temporada en un internado por problemas médicos.

Así, cuando el escenario abre su acción, atmósfera y emociones hacia el patio de butacas, la sala principal del Teatro María Guerrero se llena de una magnífica sensación, cuanto sucede es producto del libre albedrío del destino y no una ficción literaria. Una fantasía concebida por Dostoievski que se inicia con un protagonista que acude a San Petersburgo en busca de una prima lejana. Allí, el joven huérfano toma contacto con su familia y con aquellos con los que estos se relacionan. Un pequeño universo en el que le llaman especialmente la atención dos mujeres, Alexandra –hija de sus primos- y Anastasia –la prometida de Ganya, el asistente de su familiar, general del ejército ruso-.

La adaptación teatral de José Luis Collado de la novela publicada entre 1868 y 1869 muestra un doble frente. De un lado el de la atracción que confluye en el amor y los síes y los noes sin puntos intermedios del destronado Myshkin. Del otro, aquel contra el que estos chocan continuamente, una sociedad en la que los hombres se mueven por intereses económicos y el ejercicio del poder, y las mujeres por mantener o mejorar su posición social a cambio de seguir unas normas sociales y unos códigos estéticos. Ambiciones desmedidas y rigideces conductuales que generan conflictos y dramas en un ambiente imperial de aire francés en el que los exteriores se combinan con los interiores gracias al acertado manejo de las proyecciones y las transparencias, y los motores hacen subir y bajar escenarios que nos llevan de lugares suntuosos a residencias humildes.

Pero lo mejor de todo es la batuta que marca, además de la música y de los efectos de sonido,  el tono y el ritmo de la narración, el devenir de las personas que habitan El idiota. Y quienes la manejan bajo la muy eficaz dirección de Vera, son sus intérpretes, destacando entre todos ellos los que encarnan a Myshkin y Anastasia. Fernando Gil realiza un trabajo soberbio a nivel verbal, gestual y corporal, haciendo que su personaje sea único y se gane la atención del público por el encanto y atractivo personal que imprime a su personaje. Marta Poveda, en cambio, actúa como un instrumento de percusión, golpea el aire con su presencia haciendo que cuanto la rodea se amolde a la vibración de su presencia y al eco de su recuerdo cuando no está en escena.

El idiota, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

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“Tiny Alice” de Edward Albee

La oferta de una gran cantidad de dinero a la iglesia pone al descubierto un doble entramado de relaciones en el que no queda claro cuáles son los propósitos ni los motivos. Poder, juego, fé espiritual, dominación y sometimiento a merced y espaldas de la verdad y las convicciones personales en una propuesta escenográfica digna de Escher y unos diálogos intrigantes a caballo entre el misterio y la filosofía existencial.

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La provocación es continua desde la primera escena. De fondo dos pájaros machos, dos cardenales, encerrados en una jaula en total compenetración. Delante de ellos dos hombres, antiguos compañeros de clase, que se desprecian hoy –el uno como autoridad eclesiástica y el otro como abogado- al igual que entonces. A continuación una casa en la que su protagonista femenina simula ser primero una anciana y después revela que hubo un tiempo que tuvo una relación íntima con el que hoy es su mayordomo y que ahora la mantiene en calidad de amante con su gestor.

El personaje que falta es Julián, un religioso no ordenado, célibe, fiel cumplidor de su papel y convicción como siervo de Dios al servicio de aquellos que le reclaman, primero el Cardenal y a continuación los habitantes de la residencia a la que es enviado a recibir una donación de millones de dólares. El será el elemento del que todos se servirán y al que todos utilizarán, tanto para atacarse entre ellos como para su propia satisfacción personal.

Ese es el peligroso juego de relaciones y exposición de valores que Edward Albee despliega a lo largo de tres actos en los que la tensión aumenta sin parar hasta poner en riesgo la vida de sus habitantes. Cuando las conversaciones se tornan crípticas, los comportamientos abandonan la corrección de las formalidades y son ellos los que nos demuestran cuál es el verdadero leit motiv de cuanto está ocurriendo. Hay en el ambiente más elementos de los que se ven, pero no se muestra la verdadera naturaleza de la relación existente entre ellos, lo que hace que el desconocimiento del lector/espectador torne en inquietud y este mute posteriormente en angustia y ansiedad.

Un proceso también individual y cuyo mayor exponente es el mencionado Julián. El hombre que se retiró durante un tiempo de la vida cotidiana porque el Dios que le decían existía en ella era una entelequia y no una realidad espiritual, una búsqueda que le generó la paradoja de desconectar con lo que era real para poder encontrarle.  Por eso ahora duda de en qué plano existencial está, si en ese en el que existe Dios y los hombres y mujeres actúan incoherentemente o aquel en el materialismo se camufla tras una falsa espiritualidad.

Tiny Alice fue la primera obra que Albee estrenó tras el éxito de ¿Quién teme a Virginia Woolf? Y al igual que en sus primeros textos (The zoo story o The american dream), profundiza en ella sobre cuáles son los motivos que unen a las personas, la diferencia entre las complementariedades y las dependencias, así como la caída al abismo cuando nos abandona el equilibrio y la neurosis acampa en nuestras mentes.

“Muñeca de porcelana”, explosivo José Sacristán

Una exposición sobre la corrupción del dinero y la soberbia del ego con un José Sacristán que eleva con su presencia y maestra interpretación los golpes en el bajo vientre, sin piedad alguna y sin un segundo de tregua, que conforman el texto de David Mamet.

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Mamet es un maestro en escribir historias en las que personajes triunfantes se ven abocados a situaciones límites que ellos mismos se han creado sin ser, aparentemente, conscientes de ello. He ahí los vendedores de Glengarry Glen Ross, el profesor de Oleanna o los abogados de Raza, montaje que también pudo verse dirigido por Juan Carlos Rubio años atrás en las Naves del Matadero. En su meteórico ascenso hacia el éxito han dejado de lado algo fundamental por el camino, la ética, ausencia que les asalta de continuo hasta materializarse en un conflicto que les hace poner en duda, no solo la consistencia de lo que creen tener, sino la realidad de quiénes son.

En esta ocasión el hilo conductor es un hombre de negocios, bien entrado en su madurez, cuya mayor ostentación de poder ya no son los resultados de sus empresas y el disponer de los beneficios oscuros de sus contactos políticos, sino el tener de su brazo a una bella y joven mujer que no oculta que está con él por su materialismo. Aunque no aparece en ningún momento en escena, ella jugará un papel fundamental en la trama por su continua presencia vía telefónica. Artefacto que también da carta de entrada a otros personajes –un abogado y un asesor del Gobernador del Estado, entre otros- que inicialmente sustentan el despliegue egocéntrico del millonario que encarna José Sacristán para después provocar un insospechado cambio de rumbo en los acontecimientos, con el consiguiente efecto sobre su estatus presente y plan de vida futura.

El libreto de Mamet coge al espectador por el cuello y le introduce de golpe en una bacanal de gestos, actos y narraciones de ostentación y amoralidad de las que solo consigue salvarse gracias a la maestría que despliega Sacristán –perfectamente apoyado por Javier Godino como el eficiente asistente-, en un papel originalmente escrito para ser interpretado en Broadway por Al Pacino. Su capacidad para, ante tal profusión, mostrar cada ególatra detalle y ahondar en la corrupta profundidad de lo parece simple banalidad, hace que esta Muñeca de porcelana tenga un brillo que pocos otros serían capaces de sacarle.

No cabe duda de que nos encontramos ante un gran texto, como tantos otros de su autor, con un rabioso y feroz mensaje muy bien escrito, pero en su acelerado discurrir –con tantas palabras por minuto que pone a prueba la vocalización de sus intérpretes- se dan algunos momentos en que se duda haber perdido el hilo de los acontecimientos. Uno de ellos incluso muy cerca del final, lo que podría llevar a pensar que el desenlace es un abrupto concebido para concluir la representación en lugar de para cerrar la historia. Sin embargo, a medida que se recupera el sosiego y se digiere la sobredosis de información recibida, queda claro que hemos asistido a un recital teatral de alto nivel y gran calidad.

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Muñeca de porcelana, en el Teatro Español (Madrid).

 

“Trescientos veintiuno, trescientos veintidós” de Ana Diosdado

A través de dos hombres y dos mujeres, la autora de “Anillos de oro” y “Los ochenta son nuestros” planteaba en 1991 algunos de los cambios que estaba experimentando la España de entonces. De un lado el matrimonio, que dejaba de ser un acontecimiento con el que adquirir un estatus social, y del otro la política, en la que los casos de corrupción planteaban la falta de ética que se presupone a los gestores de lo público.

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El escenario simula ser dos habitaciones contiguas de un hotel (la 321 y la 322) en una ciudad que no se llega a mencionar. En ellas se suceden diferentes momentos de una noche hasta el alba de dos parejas que, en ningún instante, aun conviviendo sobre las tablas, van a interactuar entre sí. Un recurso hábil para hacer crecer de manera paralela dos historias que a pesar de sus diferencias, comparten tanto aspectos formales –ritmo in crescendo, un uso ingenioso y eficaz del espacio escénico- como una intención reflexiva en sus diálogos. La más joven, unos veinteañeros, se disponen a pasar su noche de bodas tras haber llegado al sacramento matrimonial más como acto reivindicativo que como trámite social para poder convivir. Los que ya pasan los cuarenta, dos desconocidos que se encuentran por primera vez, reflejan el peso de las convenciones –en el matrimonio y en la vida pública de la política- y las vías alternativas para ser capaz de sobrellevarlas (el engaño, el chantaje o el materialismo).

El cuarto de siglo transcurrido desde que este texto fuera escrito no se nota en lo más mínimo en el conflicto del hombre que considerando su voto en venta, no sabe a quién otorgárselo, cuestión que, pasado el revuelo del escándalo, no le va a causar ningún tipo de problema posterior. De por medio flotan asuntos delictivos como las drogas y la prostitución, valores como la reputación y la dignidad, y entidades como los medios de comunicación y la policía, además de las relaciones a largo plazo (la pareja y los hijos).

Donde sí hace mella el tiempo transcurrido es sobre la historia de los más jóvenes. Plantearnos hoy en día un debate sobre el valor de llegar virgen al matrimonio, el tener un historial de promiscuidad antes del compromiso o hacer una lectura homosexual de la intimidad entre dos hombres, resultan cuestiones superadas para muchas personas y ámbitos de nuestra sociedad. Eso no quita para encontrarnos hoy públicos de pelos cardados, abrigos de pieles y costumbres de rancio abolengo donde se consideren estos asuntos tan formalmente importantes como en esas décadas de cuya sombra y peso nos estábamos desprendiendo en los 90, tal y como Ana Diosdado plantea en este libreto.

Sea cual sea el caso, lo que sí queda claro es la habilidad de la autora para escribir diálogos en los que entrelaza el espíritu de un tiempo con la creación de unos caracteres dotados de su propia personalidad. Hay momentos de comedia ligera, cercanos al enredo aparentemente fácil, pero que se superan no solo con un uso preciso del lenguaje, sino con una gran capacidad para resolver cuestiones para las que no hay siempre palabras (“Esto no es una relación, es un encuentro fortuito, irrepetible… Un espacio de tiempo fuera del tiempo…”) o para expresar la realidad tal cual es de manera clara y sencilla (“Las noticias sensacionalistas ya sólo duran un par de semanas o tres. Luego las aguas vuelven a su cauce, y lo único que importa es el poder adquisitivo con que se cuenta”).

“The american dream” o el vacío de una nación, según Edward Albee

Un escenario único, cinco personajes y una situación cotidiana le bastan al autor para poner patas arriba tanto a la sociedad estadounidense en su conjunto – materialismo, discriminación por edad, las apariencias- como la desafección y falta de valores individuales de sus ciudadanos.

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Apenas unas páginas de diálogos aparentemente inocuos son suficientes para que nos quede claro en el inicio de esta obra que estamos ante un matrimonio en el que la mujer se impone como prioridad y protagonista absoluta de su hogar ante su marido; quién, según ella, disturba la paz de su casa –su madre-;y que vivimos en un momento y lugar en el que el interés económico es el que marca el ritmo de respuesta de las personas ante las peticiones de los demás.

Cada situación de “The american dream” desvela una realidad en la que el comportamiento de las personas en escena expone algo más que una actitud ante un momento determinado. Las emociones que surgen revelan la manera egocéntrica y vanidosa de pensar y actuar que rige y articula sus vidas. La interacción entre ellos nos muestra las coordenadas de anarquía afectiva en la que se mueve cotidianamente la sociedad de la que forman parte, según este texto escrito por Edward Albee en 1960. Sus diálogos revelan que el dinero y la aceptación social son los motores que les mueven, así como que el valor de las personas se mide por lo material que se pueda conseguir a través de ellas. Tema culmen es la cosificación que la mediana edad ejerce sobre jóvenes y mayores, potencialmente productivos los primeros, declaradamente inútiles los segundos desde su punto de vista. En cualquier caso, ambos grupos sin voz ni voto por decisión de los que se consideran gobernantes de su entorno.

Todo ello en un tono irónico y ácido. La aparente seriedad y elevado estatus que se otorgan en sus intervenciones Mommy, Daddy y Mrs. Barker provocan al otro lado del escenario (o de las páginas) que nos mofemos de ellos por su vacuidad y bajo espíritu. Resulta evidente la inteligencia de Albee y su capacidad para mostrar con gran sencillez y linealidad narrativa su visión de la sociedad del país más poderoso y avanzado del mundo, cuyo motor es, según él, su elevado cinismo.  Algo que subraya con recursos atrevidos con los que construye la puesta en escena como esas menciones al espacio fuera del mismo en el que son incapaces de encontrarse los personajes que a él salen o de hallar lo que antes en él existía. Un punto de brillante absurdo y de existencialismo con el que acentuar su intención de que esta versión teatralizada del sueño americano desvele el contenido real de algo que nos seduce bajo su forma, pero cuyo fondo resulta mísero, cruel y psicológicamente destructivo.

“The american dream” supone un paso delante de Edward Albee en la disección de los conflictos humanos y sociales que había iniciado dos años antes, en 1958, en “The zoo story” y que alcanzaría cotas máximas en 1963 en “¿Quién teme a Virginia Wolf?”. Títulos que junto al nombre de su maestro autor forman ya parte de la historia del teatro americano de la segunda mitad del siglo XX.