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Picasso, grande entre los grandes del Museo del Prado

Maestro, innovador y líder creativo del siglo XX, Pablo es aún más cuando se le coloca en el pinacoteca madrileña junto a aquellos de los que aprendió y de los que se convirtió en evolución natural: el románico, los clásicos del Renacimiento, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya,…

A lo largo de sus 91 años de vida Picasso solo pasó una noche en Basilea, en un viaje de camino a Zurich para asistir a la inauguración de una exposición. Sin embargo, la ciudad suiza es una de las que más ha realizado para promulgar el nombre y la obra de quien se considera la figura más importante del arte del siglo XX. Ya en 1926 el museo de arte de la ciudad fue uno de los primeros en adquirir obra suya, poco a poco fue ampliando su nómina de obras del malagueño a través de donaciones particulares. Incluso colectivas, como la que en los años 1967 llegó de la mano de los ciudadanos de la ciudad a través de una colecta –entonces no se le llamaba crowdfunding- para conseguir que dos obras (“Los dos hermanos” de 1906 y “Arlequín sentado” de 1923) suyas que habían residido durante décadas en la capital no fueran vendidas y pasaran a formar parte de su patrimonio colectivo recogido en esa institución pública con más de 350 años de historia que es la Colección Pública de Arte de Basilea.

En agradecimiento a semejante tributo popular Picasso le regaló a la ciudad y a sus habitantes cuatro obras. Dos de ellas junto al par mencionado forman parte de estos “10 Picassos del Kunstmuseum Basel” que pueden verse hasta el próximo 14 de septiembre en la galería central del Museo del Prado. Qué mejor lugar que este en el que se formó de joven junto a su padre grabando en su retina composiciones, figuras, líneas y colores, que presidió honoríficamente de 1936 a 1939 y en el que soñó ver expuesto su Guernica una vez que España volviera a ser libre y democrática.

Una decena de óleos a través de los cuales pueden recorrerse seis décadas de creación de un hombre del que se dice dejó un legado de más de 40.000 obras y quien no dejó período, estilo o corriente artística anterior a él sin pasar por su mano y de esta manera ser hecha evolucionar y proyectada hacia el futuro a través de las etapas, motivos e intereses en las que se clasifica su trayectoria: azul, rosa, cubista, los ballets rusos y el mundo del circo, sus mujeres y amantes, el Guernica y su afiliación al comunismo, las series reinterpretando grandes clásicos,…

Ahora que la pinacoteca suiza está cerrada por obras de remodelación, esta muestra –complementaria al repaso al siglo XX que es “Fuego blanco. La colección moderna del Kunstmuseum Basel” que acoge el Museo Reina Sofía- es una fantástica oportunidad con la que gozar de esta pequeña parte de los más de 100 Picassos que posee esta institución clave para el estudio y disfrute de su figura y creación.

Los dos hermanos, 1906. Una composición del período rosa con un fondo casi abstracto claramente tomado de retratos de Velázquez en el Museo del Prado como el de “Pablo de Valladolid” que tanto impresionaron décadas antes también a Manet.

141.4 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.8

Hombre, mujer y niño, 1906. Una sagrada familia hecha cuerpo con apenas unos trazos que le dan forma y volumen a la manera de las esculturas y pinturas románicas que en la primavera de ese año Picasso vio durante su estancia en Gosol, en el Pirineo leridano.

115.7 x 88.9 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.11

Panes y frutero con frutas sobre una mesa, 1909. Continuando a Cezanne y su estudio de los volúmenes, los planos y la perspectiva, Pablo simplifica las formas y sin dejar de ser figurativo comienza a formular el cubismo.

163.7 x 132.1 cm |  ; Öl auf Leinwand; Inv. 2261

El aficionado, 1912. Cubismo en su etapa hermética. Cada motivo es un plano y estos se superponen y se unen, pero siendo aún posible descifrar elementos que definen a la figura como su bigote, la guitarra o las banderillas de este amante de los toros en la plaza de Nimes.

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Mujer con guitarra, 1911-14. Tras azules, rosas, verdes y marrones de las obras anteriores, el blanco domina este óleo dando color a un fondo en el que se ve a una mujer a la que se superpone un fragmento que simula ser la madera con la que se construye el elemento musical.

130.2 x 90.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. 2307

Arlequín sentado o El pintor Jacinto Salvadó, 1923. Las ofertas para realizar escenografías y vestuarios para los ballets rusos a finales de la década de 1910 le introdujeron en el mundo del circo y los funambulistas, elementos que él unió e integró a la bohemia que ya formaba parte de su vida artística y personal.

130.2 x 97.1 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.9

Mujer con sombrero sentada en un sillón, 1941-42. He aquí a Dora Maar, su pareja de 1935 a 1943, la fotógrafa que documentó el proceso de creación del Guernica, una mujer dura, fría y elegante que le conquistó tan apasionadamente al igual que se aburrió de ella años después y la abandonó sin pudor alguno.

130.5 x 97.5 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.3

Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet, 1950. “Las meninas” de Velázquez, “Las mujeres de Argel” de Delacroix o estas cortesanas junto al Sena de 1856 fueron motivos que Picasso descompuso en series de hasta decenas de óleos en las que analizó creativamente –tanto por separado como en conjunto relacional- todos los elementos que las forman: composición, colorido, perspectiva, dibujo,…

100.4 x 208 cm; Öl auf Sperrholz; Inv. G 1955.2

Venus y Amor, 1967. Una de las dos obras que ese año regaló a la ciudad de Basilea y en la que deja claro que el amor, el sexo, la atracción y la pasión emocional, física y carnal seguían siendo parte del leit motiv de vida de este hombre que ya pasaba de largo los 80 años de edad.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.12

La pareja, 1967. Cuando se consideraba que los más actuales del momento le habían dejado atrás (Rothko, Pollock,…), Picasso demuestra que sus modos y maneras ya avanzaron los de aquellos (action painting, ready made) a la hora de construir sus imágenes sin dejar de ser nunca figurativo.

195 x 130 cm; Öl auf Leinwand; Inv. G 1967.13

“10 Picassos del Kunstmuseum Basel”, hasta el 14 de septiembre en el Museo del Prado.

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I´m so excited… San Francisco

… and I just can´t hide it, la letra de The Pointer Sisters no podría ser más apropiada para este momento. Con la misma intensidad en cuanto a ilusión y ganas de la primera vez, aunque en esta ocasión no sea el atractivo de lo desconocido lo que me atraiga sino el hecho de haberme situado por cuarta vez durante unos días en una ciudad que recuerdo por la alegría y naturalidad que transmiten sus habitantes, la espontaneidad y el modo easy going en que parece desarrollarse la cotidianeidad de esta ciudad.

Recuerdo la primera vez que llegué en 2001 cuando la familia me estaban esperando en la misma puerta de desembarque del avión. La primera visión de la ciudad iluminada por la noche mirando por la ventanilla del coche mientras atravesábamos el Bay Bridge camino de la zona este de la bahía. Nunca antes había circulado por una creación humana semejante, toda ella de hierro y con dos niveles, el de arriba para salir de la ciudad y el inferior para entrar en ella.

Más allá la ciudad de Oakland, de la que lo único que he visitado es su estadio de beisbol, el Oakland-Alameda County Coliseum en el que durante varias horas vi jugar al equipo local, los Athletics. Más que un partido, aquello me pareció un pasatiempo social, comiendo, bebiendo, compartiendo tiempo en familia, viendo como de vez en cuando un jugador bateaba y otros corrían o amagaban con hacerlo,… Allí estrené mi primera cámara réflex, tiempos en que el carrete que hubieras introducido te marcaba el ISO con el que tendrías que resolver las tomas hasta llegar a la número 36.

Al día siguiente visitar por primera vez la ciudad, esa que por sí mismo tiene nombre de película, San Francisco. Salir del cercanías, el BART (Bay Area Rapid Transport), en la estación del Financial District, y el asombro, ¡qué edificios tan altos! ¡Nunca antes había visto nada semejante! ¡Auténticos rascacielos! “Lucas, pero si esto no es nada, ¡son de juguete comparados con los de Nueva York!”, me dijeron. Ocho años después comprobaría que así es, pero la primera impresión es la que produce la magia de las sensaciones interiores. Un barrio lleno de gente trajeada, muchos caminando a zancadas, llevando en una mano zumos o cafés en vasos de plástico y en la otra sus maletines. Un barrio que se vaciaba a las cinco de la tarde convirtiéndose en zona fantasma, inhumana, escenario de película de terror cuando la niebla se filtraba desde las alturas entre las cuadriculas de su callejero de este a oeste y bajando hasta posarse en la tierra.

Mar de nubes

Muchos días es imposible ver por culpa de ellas el icónico Golden Gate Bridge, genialidad de la ingeniería y de la mente humana, toneladas y toneladas de hierro para salvar los más de tres kilómetros que separan a la ciudad de la tierra firme del lado norte de la bahía. Acercarse a él es recordar ese momento en que Alfred Hitchcock situó a James Stewart con Kim Novak al pie del agua con el fondo del puente dando misterio cinematográfico a su “Vértigo”. Desde ahí subir por el bosque de eucaliptos hasta alcanzar el punto de arranque del puente y cruzarlo, andar sobre él. Un largo paseo ondulante, porque este puente se mueve, vibra con el continuo tráfico que transcurre sobre él constantemente, se balancea con el ritmo del aire, en modo brisa o viento, según el momento meteorológico. Y desde el otro lado, cazadora bien abrochada (¡qué frío puede llegar a hacer hasta en verano!) esa vista tan maravillosa, el corazón de la bahía que envuelve a la ciudad por su lados norte y este (del oeste es dueño el Océano Pacífico). El azul intenso del agua surcado por barcos de vela, contrastado por el liviano del cielo en los días despejados. Después el verde, la frondosidad del bosque ya comentado y el parque de Presidio haciendo que esta zona que es ciudad, no sea urbanidad sino naturaleza en estado controlado. Más allá la isla-prisión de Alcatraz, la leyenda de Al Capone y de la mafia y los tiempos de la ley seca. Una demostración de cómo hacer historia hasta del pasado menos glorioso y de paso aplicarle el más estricto capitalismo convirtiéndolo en una de las mayores atracciones turísticas. Sí, yo también la he visitado.

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Otra manera fantástica de llegar a San Francisco es en ferry. Lo hice en varias ocasiones en 2001 y 2002, un autobús me llevaba desde Benicia hasta Vallejo y desde allí disfrutaba de una hora de trayecto. Un recorrido compartido con muchos trabajadores, pero que para mí resultaba como un minicrucero. La bruma matinal, la magnitud del transbordador, el espectáculo del agua sin dejar de divisar tierra en ningún instante, la insinuación de la ciudad que poco a poco se va formando hasta completar una imagen de postal cuando apenas quedan unos minutos para atracar y poner punto final al trayecto en Embarcadero. Una vez en tierra, recuerdo caminar siguiendo la línea de la bahía en dirección este pasando por distintos muelles. En uno de ellos visitando un submarino de la II Guerra Mundial, ¡cómo podrían pasar tantos meses en un espacio tan pequeño, reducido y claustrofóbico! Más allá el señalado en todas las guías, el Pier 39, el turismo convertido en parque temático. Y aun así hay momento para la sorpresa, los leones marinos que junto a él residen, de tosa e inmensa apariencia, comunicándose con unos sonidos que no acierto a describir pero que me provocan sonrisa al recordarlos. Más allá queda Ghirardelli Square, llamada así por el hombre que trajo el chocolate a esta ciudad a mediados del siglo XIX. En algún sitio he leído que fue uno de los primeros lugares del mundo donde este se comenzó a comercializar en tabletas para que los habitantes de entonces se lo llevaran como alimento a las minas de oro que por aquellos entonces existían en California o a las obras de construcción de líneas ferroviarias que unirían la costa oeste desde Seattle hasta San Diego, así como desde Oakland hacia el interior del país en dirección Chicago.

Cuestas, cuestas, y más cuestas

¡Qué ejercicio de piernas supone caminar por esta ciudad! He hecho cuesta arriba varias colinas, como las que que se ven en “La Roca” o “¿Qué me pasa, doctor?” ¡Hay momentos en que casi debes caminar de puntillas porque si posas todo el pie te da la sensación de que te puedes ir abajo! Merece la pena cuando llegas arriba y ves la vista hacia la bahía. Como la de calle Lombard con su espectáculo de carretera sinuosa y jardines con flores de múltiples colores. O subir hasta la Coit Tower en Telegraph Hill, ya sea desde el barrio italiano como por la escalera que nace en la Levis Square –sí, en honor al señor que inició la comercialización de los famosos pantalones vaqueros. Una vez dentro disfrutar de sus murales a la manera de Diego Rivera y coger el ascensor hasta su mirador, y otra vez disfrutar de la vista de los grandes edificios. Aquí el protagonista es el Transamerica pyramid, blanco y en forma de pirámide, utilizado en las imágenes de series de televisión como “Embrujadas” para señalar que están ambientadas en esta ciudad de amaneceres y atardeceres dorados. Pero quizás haya otro punto aún más reconocido visualmente en San Francisco, son las casas de Pacific Heights o las victorianas de Alamo Square. Son lugares familiares, vistos en pantalla grande o pequeña tantas veces que consideras parte de tu iconografía personal. “Tengo tantos buenos recuerdos de sitios en los que no he estado”, escuché estos días de un residente de la ciudad.

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El tranvía es la opción de evitar el ejercicio de alto rendimiento en la zona más turística, espectáculo fotográfico incluido ver cómo da la vuelta por tracción humana en el cruce de Market con Powell. Desde ahí puedes hacer el recorrido más famoso en su vagón sin ventanas y con asientos de madera, o incluso en su parte posterior para simular que vas colgado tal y como se ve en las películas.

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Para no volver al Pier 39, puedes quedarte en el número 1100 de California St y visitar St. Grace Cathedral, una réplica a escala de Nôtre Dame de Paris, con una capilla decorada por Keith Haring en los primeros años 80 en honor a los fallecidos por el sida y en los muros de su nave sur los frescos recordando los esfuerzos de los bomberos intentando apagar los fuegos que destruyeron la ciudad tras el famoso terremoto de 1906. Y para recordar incendios, nada como visitar el hall del “Hyatt Regency Hotel” y contemplar los ascensores en que intentaban escapar de la tragedia los personajes de “El coloso en llamas”.

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Ciudad de derechos

Dicen que dentro de EE.UU. San Francisco es una ciudad “europea”, quizás por detalles como la flota de tranvías traídas en su día desde Milán o Zurich que se pueden ver en Market St, la amplia avenida que cruza en diagonal toda la ciudad marcando dos zonas, la rica, comercial y visitada al norte y la más residencial, anónima y marginal –según zonas- al sur. Europea quizás también por detalles como el casi centenario edificio del Ayuntamiento que recuerda a los Inválidos de París, edificio al que se puede entrar y rememorar como llegó a aquel lugar en la década de los 70 del siglo XX Harvey Milk, el primer concejal abiertamente gay en la ciudad y una de las figuras de referencia en la lucha contra la discriminación por algo tan personal e íntimo como es sentir y vivir una orientación sexual no heterosexual. Ironía que esto pasara en un emplazamiento que está junto a la plaza de la Declaración de los Derechos Humanos, llamada así porque fue en esta ciudad donde se firmó el documento previo que dio pie a estos el 26 de junio de 1945.

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El tranvía F te lleva hasta el Castro, el famoso barrio gay de la ciudad, icónico emplazamiento homosexual con la bandera arcoíris siempre ondeando y el teatro del mismo nombre. En este cine de toda la vida hoy se reponen clásicos o se organizan pases sing-a-long de películas de ayer y de hoy como “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music” aquí) o la reciente “Frozen” de Disney.  A su lado el bar Twin Peaks, el primer lugar de ocio gay en la historia de la ciudad con ventanas hacia el exterior, allá por 1972. Y unas calle más atrás, en Church St.,  Aardvark Books una librería de segunda mano que supone una delicia para la vista, el corazón y el tacto dactilar al pasar las páginas de los volúmenes que en ella puedes encontrar. Por ella he pasado cada vez que he visitado San Francisco, y en ella descubrí a Randy Shilts, el periodista del San Francisco Chronicle que narró brillantemente los inicios y primeros años del sida en “And the band played on”, y a Terrence McNally, genial dramaturgo con títulos como “Love! Valour! And compassion!” o “Frankie and Johnny in the clair of moon”, ambos también tiernas películas.

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¿Es el Castro un barrio gay? Sí, ¿es solo eso? No, es más que eso. Es lo que transmite San Francisco, un punto en el mapa donde puedes ser lo que quieras ser, puedes ser tú mismo, vivir tal y como sientes sin ser juzgado por ello ni marcado por los estereotipos ni predicamentos ni etiquetas sociales. Una ciudad en la que conviven múltiples culturas y bilingüismos, idiomas traídos de otras naciones originando otras tantas versiones del idioma inglés enriquecido con los acentos de aquellos que allí llegaron recientemente, hace un tiempo, o generaciones atrás. Así es por ejemplo cerca del Castro, el Mission District, barrio plagado de mexicanos, pero también de guatemaltecos, peruanos, nicaragüenses u hondureños. Comunicarse en español, o quizás en spanglish, en las calles de este barrio es de lo más cotidiano. Dejarse llevar por estas calles es comer en sus taquerías burritos, quesadillas, fajitas o frijoles o disfrutar de los murales al aire libre -¡el ayer y hoy del streetart!- en calles como la 18th, la 24th o el Collin Alley.

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Tales of the city 

Desde aquí abajo puedes mirar hacia el oeste y si la niebla no ha acampado sobre Twin Peaks decidirte a subir a esta colina (¡otra más!). Quizás el mejor punto para en los días despejados disfrutar de unas vistas espectaculares, únicas. La ciudad entera extendida a tus pies, con Market St como línea diagonal que llega hasta el agua en Embarcadero. A tu derecha quedará el Bay Bridge y barrios como Noe Valley o Potrero Hill, a tu izquierda el Golden Gate Bridge y la zonas de Haight Ashbury (el barrio del haz el amor y no la guerra de los años 60 cuando se cantaba “If you’re going to San Francisco be sure to wear some flowers in your heir”) y Corona Heights.

Lugares en los que puedes imaginar a los personajes de “Tales of the city” del novelista Armistead Maupin, la fantástica serie de novelas –hasta seis- que recoge las alegrías y tristezas, sueños y decepciones, de varios personajes que en sus diálogos e historias encarnan la esencia de sonrisa, ganas e ilusión que despierta San Francisco. Una recomendación con la que cerrar este post y con la que prolongar o revivir las sensaciones que produce esta ciudad. No hay dos sin tres, aunque en mi caso quizás deba decir que no hay cuatro sin cinco, ¡ojalá!