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“Romeo y Julieta” de William Shakespeare

El tiempo y nuestra necesidad de referentes (dígase también de mitos y etiquetas) ha hecho que este sea uno de los textos sobre el amor más conocido de la literatura. Un drama con momentos cómicos que deriva en tragedia y en el que Shakespeare despliega todas sus habilidades. Una presentación clara, un desarrollo que gana en intensidad hasta llegar a un desenlace que nos lleva al culmen; diálogos que nos hacen identificar con las emociones y respuestas de sus protagonistas; y parlamentos que describen perfectamente cuanto hemos de saber y considerar sobre lo que ocurre.

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Romeo y Julieta dio al público de su época cuanto necesitaba para evadirse de su presente y disfrutar durante las dos horas de función que anuncia en su primera página. Le trasladaba hasta un lugar imaginario, a una Verona cuyo solo nombre evocaba hace quinientos años caballeros apuestos, damas hermosas, palacios suntuosos y acontecimientos sociales multitudinarios que la actual ciudad italiana aún intenta recrear. Le hacía identificarse con su historia planteando una trama que giraba en torno a dos deberes sociales a los que estaba sometido toda persona, el imperativo del matrimonio y la lealtad a la familia. Obligaciones que aligeraba con algo tan etéreo y voluble como el sentimiento del amor, elevándolo a una categoría de exceso y fantasía hasta convertirlo en el argumento principal de su relato.

Un equilibrio de realidad e hipérbole que sigue funcionando hoy aunque ya no nos casemos a los catorce años –al menos en el mundo occidental- de manera concertada por nuestros progenitores.  Aunque sí que es cierto que seguimos soñando con el amor a primera vista –he ahí el cine, la literatura o la música- dándole la categoría de amo y señor de nuestro estado de ánimo, convirtiéndolo tanto en causa de nuestra máxima felicidad como en generador de la mayor de las desgracias, el desamor.

No debemos tomar a Shakespeare como un visionario adelantado a su tiempo, pero sí como un capacitado intérprete del comportamiento humano. Sus textos muestran siempre una perfecta  y casi pedagógica síntesis del aspecto elegido para hacerlo comprensible a los espectadores de su representación (no se trataba de ofrecer un tratado filosófico, sino de entretener), haciéndoles sentirse identificados con lo que estaban observando y plantearse cómo actuarían ellos (o recordar cómo lo hicieron) de verse en alguno de los múltiples pliegues de semejante situación. He ahí los celos en Otelo o la ambición en Macbeth.

Hoy tenemos la oportunidad de ser también lectores de ellos, pudiendo así disfrutar una y otra vez con los múltiples recursos que utilizaba. Los símiles para que quede clara la categoría y escala de la emoción o circunstancia en que estamos, los circunloquios para generar una tensión que puede ser tanto cómica como dramática. O el simbolismo in crescendo con que se juega en todos los planos –categoría social de los personajes involucrados, emplazamientos escenográficos, momento del día- para dejar claro cuál es el planteamiento (familias enfrentadas), nudo (conflicto sin posibilidad de marcha atrás) y clímax final (tragedia que cierra el círculo inicial).

“Smiley, una historia de amor”, magia sobre el escenario del Teatro Lara

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El inicio de “Smiley” es un foco de luz iluminando a un chico rubio, guapo, atlético, sexy,… que comienza a hablar por teléfono. Varios minutos de un monólogo en el que abre su corazón y expone sus emociones con la más absoluta franqueza, sin pudor alguno. Su mirada, sus gestos, todo su cuerpo acompaña a su voz expresando con la más absoluta sinceridad la eterna insatisfacción, una vez más, de otro amor frustrado.

En ese momento el silencio de la sala se hace tiernamente sobrecogedor. Alex conquista a todos los allí presentes no solo con su belleza, sino también con su alma. Nos apena su desilusión y nos sentimos identificados con su deseo y su ilusión de una vida compartida que no llega nunca a materializarse. Esto no ha hecho más que comenzar y… ¡Vaya arranque el del texto de Guillem Clua! ¡Qué interpretación la de Ramón Pujol! En mi butaca de la segunda fila, este que soy yo, dejó de ser un espectador para pasar a ser un testigo entregado, deseoso de saber, conocer y vivir el devenir de esta historia apenas iniciada.

Y entonces aparece Bruno, un tipo normal, ni guapo ni feo, con una presencia anónima, por el que no te girarías si te lo cruzaras en la calle. Esa clase de personas que te asombran cuando tienes la oportunidad de conocerlas en el tú a tú, en las distancias cortas. Cuando Bruno comienza a hablar surge ese yo que muchos –todos, ¿no?- somos en tantas ocasiones, torpe e impreciso por su timidez e inseguridad. Así, con la entrada en escena de Aitor Merino y su aparente no decir nada, sus frases a medias, su estar y no estar, “Smiley” aumentaba su registro y nos cautivaba a los que estábamos en la sala por su fresca recreación aún mayor de la vida… real.

Para conocer qué pasa a partir de aquí tendréis que acudir al Teatro Lara. Os vais a encontrar un amplio registro de emociones por parte de Ramón Pujol y de situaciones brillantemente resueltas por Aitor Merino. Pero sobre todo, lo más genial es el texto de Guillem Clua apelando al público, haciendo universal las ganas de amor de estos dos hombres, de Alex y de Bruno. “Smiley” divierte y emociona, te hace reír y te sobrecoge gracias a sus dos protagonistas tan bien construidos sobre el libreto y convertidos posteriormente en personajes de un absoluto verismo gracias a un soberbio trabajo de dirección e interpretación.

Las casi dos horas de representación logran algo que solo las buenas obras consiguen, que los espectadores nos identifiquemos con cuanto acontece en escena, que veamos reflejados sobre el escenario momentos de nuestra vida y nuestro corazón. Esa es la magia del teatro, esa es la magia que tiene “Smiley”.

Teatro Lara. (Madrid). Todos los sábados 21:15h y domingos 19h.