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Adiós Terrence

Ayer falleció Terrence McNally, uno de los dramaturgos más importantes de las últimas décadas y al que debo mucho de lo que el teatro significa para mí. Un espacio y un tiempo en el que buscar y encontrar la verdad de quiénes y cómo somos en tramas y personajes que nos han servido para tomar conciencia de realidades como el VIH y la homofobia, sentir lo alto y lejos que nos puede llevar la música y entender y comprender el valor del amor y la amistad.

Qué irónico que en estos días de pandemia, el coronavirus se haya llevado a sus 81 años a quien lucho con su saber hacer literario contra el estigma social que supuso para muchos una catástrofe sanitaria anterior, la del sida. Nada más tener conocimiento de la noticia, mi mente viajó hasta aquella tarde del verano de 1997 en que en una de las salas del Palacio de la Música vi la adaptación cinematográfica de Love! Valour! Compassion! (a quien tuviera la brillante idea de estrenarla en España como Con plumas y a lo loco que sepa que además de absurdo, le quedó muy homófobo el cliché).

Un amigo propuso ir al cine y aquella fue la cinta elegida, no tenía ni idea de qué íbamos a ver, pero dos horas después, cuando acabó la proyección, no quería irme, no quería salir de la proyección, de la pantalla, me dolía separarme de los diálogos que había escuchado, de lo que allí se había contado, expuesto y tratado. Aquellos ocho hombres -parejas, exes, amigos, ligues- no solo me hablaron sobre amor y amistad, cariño y empatía, sino también sobre lo difícil, pero tremendamente enriquecedor, que es liberarse de lo que se convierte en una carga pesada cuando nos lo guardamos y torna en liviano cuando lo compartimos.  

Aun consciente de que lo que había visto era una película, tenía claro que lo que me había llegado no eran solo los fotogramas, sino sus personajes y sus diálogos. Pero como no soy un erudito del teatro, me acerco a él como si fueran ventanas en las que mirar y disfrutar, proyectándome unas veces, fantaseando otras, lo dejé estar y ahí se quedó mi flechazo. Hasta que en mi primer viaje a San Francisco en 2001 me acerqué en la calle Castro a A different light, librería hoy desaparecida, y compré el texto teatral original, estrenado en 1994 y en el que se basaba lo que había visto (y cuya adaptación estaba también firmada por McNally).

Me gustó volver con las palabras a donde había estado con las imágenes, pero lo que verdaderamente me impactó fue la libertad interior que sentí al leer la honestidad, sinceridad y sencillez con que allí se hablaba de emociones como miedo, rabia, ira, impotencia, cariño, entrega, deseo o amor. Y no de manera aislada, sino en ese totum revolutum con que hacen acto de presencia tanto en los momentos importantes como en la cotidianidad de cualquier persona, de cualquiera de nosotros. Y como extra, aquel volumen incluía otra obra más escrita un año antes, A Perfect Ganesh, una historia sobre dos amigas de viaje en la India que recuerdan cómo se sienten en deuda con sus hijos.

Tema que me recuerda a una de sus últimas creaciones, Mothers and sons (2013), el encuentro entre una mujer que perdió a su único hijo por culpa del sida y quien fuera su pareja, dolida porque él haya rehecho su vida y ella siga anclada al vacío en que la ha anclado su muerte. La culpa se ha adueñado de esa madre que despreció a su vástago décadas atrás por ser homosexual, remordimiento que le impide aceptar que su viudo haya sido capaz de continuar sin olvidarse del hombre al que amó. Un trasfondo cristiano en el que McNally había profundizado ya en Corpus Christi (1997), libreto en el que a partir de un asesinato homófobo se traslada hasta la biografía de Jesucristo planteándose cómo habría sido recibido su mensaje y su misión de haber sido, tanto él como sus apóstoles, homosexuales.

En el terreno de la comedia es imposible no sonreír recordando Frankie y Johny en el claro de luna (1987), el encuentro de dos solitarios con pavor a entregarse, a amar y ser amados por el pánico que les produce la idea de no ser aceptados por su pasado o sus inseguridades o, peor aún, sentirse maltratados al no ser correspondidos o verse abandonados. Ni sé la de veces que he visto la película (también escrita por él) protagonizada por Michelle Pfeiffer y Al Pacino, pero no dejo de imaginar lo grande que tuvo que ser su representación en el off-Broadway neoyorkino contando con Kathy Bates y F. Murray Abraham como pareja protagonista.

Otro tanto sucede con It´s only a play (1985), vodevil sobre cómo se vivía el tiempo de espera entre el estreno de una función y la publicación de las primeras críticas en la prensa escrita cuando no existían internet ni las redes sociales. Una locura de personajes, enredos y absurdos perfectamente coreografiada, con un ritmo tan sin descanso como las sonrisas que provocan, revelando con ironía y acidez la trastienda de egos, materialismos e intereses de todo tipo del mundo teatral.

The Lisbon Traviata (1989) es otro de esos títulos que permanece grabado en mi memoria. Dos amigos intercambian grabaciones en vinilo de óperas, incluyendo algunas no oficiales, como la de La Traviata de Verdi que Maria Callas realizó en Lisboa en 1957. Un libreto que trata sobre la esencia de la amistad y el después del amor con el trasfondo del repliegue social al que vio obligada la comunidad homosexual en el Nueva York de finales de los 80 por el clima social de culpabilización que generó el VIH. Un texto en el que se menciona, incluso, a Almodóvar y un hecho, el de la Callas actuando en el Teatro Don Carlo, que en ocasiones le mencionaba a mi amigo Rafa, melómano como pocos. Cuál fue mi sorpresa cuando en el verano de 2018 me encontré con dicha grabación (en cd, son otros tiempos) caminando por Chiado y pude regalárselo en uno de nuestros últimos encuentros.

McNally volvería a Maria Callas en 1995 en el que es uno de sus títulos más grandes, Master Class. En él fantasea convirtiendo a la diva de la ópera, ya retirada de los escenarios, en una exigente profesora que repasa los sacrificios que ha de hacer, así como las habilidades, competencias y capacidades que ha de tener, una figura del bel canto para dar cada día a su público más de lo que éste espera. En algún momento he leído que se estaba preparando una adaptación cinematográfica con Meryl Streep. Veremos. Hasta entonces me quedo con la vibrante impresión que dejó en mis retinas Norma Aleandro interpretando este fantástico papel en 2013 en los Teatros del Canal de Madrid.

Desde que le conocí he leído sobre él, los premios que ha recibido y su labor como activista, tomando buena nota de lo que transmitía sobre el reconocimiento de nuestras emociones y los deberes que tenemos con todos los demás como miembros de una misma y única sociedad que somos. Me quedan muchas obras suyas que leer por primera vez y volveré a releer las ya conocidas.

Muchas gracias Terrence McNally por lo que nos diste, muchas gracias por el legado que nos dejas.  

(Fotografía tomada de Allarts.org)

“Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical” de Alex Espinoza

Desde tiempos inmemoriales la mayor parte de la sociedad ha impedido a los homosexuales vivir su sexualidad con la naturalidad y libertad que procede. Sin embargo, no hay obstáculo insalvable y muchos hombres encontraron la manera de vehicular su deseo corporal y la necesidad afectiva a través de esta práctica tan antigua como actual.  

El 8 de abril de 1998 la mayoría de los medios de comunicación del mundo occidental comentaban a bombo y platillo que el cantante George Michael había sido detenido en Los Ángeles por mantener sexo con otro hombre en unos lavabos públicos. Un hecho que podría haber acabado con su figura, pero que el londinense convirtió en una oportunidad de empoderamiento personal -ni pidió perdón ni admitió sentir vergüenza alguna por lo que estaba haciendo- e inspiración artística (la canción y el videoclip Outside fueron uno de los grandes hitos de su carrera).

Para muchos, aquel fue un punto de inflexión que les hizo tomar conciencia sobre lo que era el cruising, por qué se practicaba y por qué, llegado ese momento, la comunidad homosexual podía hacer de ello un elemento de orgullo e identidad de lo que se ha denominado cultura gay.

El punto de partida es bien conocido, el sexo es un impulso vital y el hetero patriarcado que nos gobierna desde siempre lo ha utilizado como herramienta de poder. El hombre es más que la mujer y es él quien desea, posee y utiliza. Un programa de gobierno que considera inconcebible que eso ocurra entre dos hombres, tildando a los que así sienten y actúan como médicamente enfermos, moralmente degenerados y jurídicamente ilegales. Frente a esto, muchos no tuvieron más opción que la de dar rienda suelta a sus impulsos a escondidas, de manera rápida y anónima.

Eso es lo que nos cuenta Alex Espinoza en un trabajo de investigación (con un punto de activismo y otro de antropología) que va desde los tiempos de los egipcios, los griegos y los romanos -mucho queda aún por saber de aquellas civilizaciones-, pasando por las molly houses del Londres y el jardín de la Tullerías del París del XVIII hasta la actualidad. A un hoy en el que la práctica del cruising parece haber sido arrinconada por las apps, pero en el que sigue habiendo muchos países (como Rusia o Uganda) en que continúa siendo la única opción para mantener relaciones tanto afectivas como sexuales, aunque implique jugarse la vida.

Tal y como relata Espinoza, exponiendo su propia experiencia, hasta la llegada de internet, el cruising -accidental o buscado- fue para muchos hombres no solo una forma de experiencia sexual, sino también de socialización con alguien con los mismos impulsos afectivo-sexuales. Eran tiempos donde la sociedad y la familia -bajo el maltrato de las políticas conservadoras, la manipulación de la iglesia y el sensacionalismo mediático- hacían muy difícil admitirse y manifestarse por miedo a verse aislado, desamparado y repudiado. Sin embargo, los instintos siempre encuentran la manera de esquivar las amenazas y aunque no fuera en las circunstancias adecuadas, muchos consiguieron en un parque, en unos lavabos, en un parking o en cualquier otro sitio público obtener y dar placer físico, con la consiguiente vivencia emocional que esto puede llegar a provocar.  

De la misma manera que el armario ya no es el sitio para la homosexualidad, tampoco lo es la negación y la ocultación para el cruising. Esta historia íntima es una buena manera de aprender en qué consiste esta actividad, ampliar conocimientos sobre la misma o, incluso, recordar las experiencias tenidas.

Cruising. Historia íntima de un pasatiempo radical, Alex Espinoza, 2020, Editorial Dos Bigotes.

“Solo nos queda bailar”, el precio de ser libres

Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Por un euro, cosas a las que un joven puede dedicar su tiempo en Georgia. Trabajar, beber, fumar, dormir… ¿Algo más? Sí, si tiene algún tipo de inspiración artística, como es la danza, practicar hasta hartarse. Haciendo de ello una manera de pasar el día, de socializar con los compañeros, de optar, si hay suerte, a convertirse en un profesional y entonces sentir que se dedica a algo más que llegar a final de mes y tener una familia como manera de escribir en tercera persona su biografía.

Ese es el día a día del joven Merab, con la paradoja de que el lugar donde más feliz es, la sala de ensayos, es también donde el sistema alienante de la cultura, la ciudad y el país en el que se ha criado se hace más férreo, duro e intransigente. Exigiéndole no solo que sea un bailarín excepcional, con una técnica perfecta y una expresividad elegante, sino que personifique constantemente la hombría, masculinidad y poderío que se le presupone a los georgianos del género masculino. Un retrato social que Levan Arkin expone con alma de fotorreportero. Como si fuera un Doisneau o un Cartier Bresson, con encuadres aparentemente cotidianos, pero en los que su mirada fija en la pantalla lo que hay de extraordinario, diferente y único en las personas a las que sigue, la luz y el deseo que albergan dentro de sí.

Unas ganas de libertad, de vivir y de ser que se da de bruces con una sociedad en la que está marcado con quién y cuándo estar, qué y cómo hacer. Lo interesante y lo apreciable de Solo nos queda bailar es que su drama no está en el hecho de ser homosexual, sino en el de no ser un hombre heterosexual que busca tener un trabajo estable, una mujer con la que dormir cada noche y unos hijos que reconfirmen su papel como el eslabón de una dinastía familiar. Pero aún así, los impulsos y los deseos encuentran donde fijarse y materializarse, y ahí es donde surge el personaje de Irakli y la química, la comunicación y el diálogo corporal, verbal y visual entre Levan Gelbakhiani y Bachi Valishvili resulta tan intensos y desconcertantes como el amor, unas veces magia, otras dolor.

A partir de ese momento la película gana en intensidad y en registros. A su capacidad narrativa suma un potencial de poesía que llena su relato de emociones y sensaciones en un a flor de piel de los personajes a los espectadores de ida y vuelta. Nos funde a todos en ese maremágnum entre el vértigo y la incertidumbre que está experimentando Merab, en su proceso de aceptación y entrega a lo que le está pasando, en resoluciones visuales tan efectivas como el baile al ritmo de Robyn o maestras como el plano secuencia de la boda. Pero más allá de este saber hacer y de la eficacia con que su director y guionista maneja los recursos técnicos y expresivos con que cuenta, está el resultado tan honesto, íntegro, humano e inspirador que consigue.

“Homintern. Cómo la cultura LGTB liberó al mundo moderno” de Gregory Woods

Un extenso repaso a los muchos nombres que en el período 1870-1970 han vehiculado a través de sus creaciones, de su manera de vivir y de relacionarse con su entorno, cómo era ser LGTB en un mundo que negaba y castigaba todo lo que no fuera heterosexualidad y heteropatriarcado. Un ensayo profuso con el que conocer a muchos de los excluidos de las historias oficiales de la literatura, la música o el cine, así como las vivencias y motivaciones no reconocidas de algunos de los sí incluidos.   

La Historia no está formada por un único relato, una línea recta masculina, blanca, cristiana y heterosexual. La realidad es que hay otras maneras de ser que desde el momento en que se (auto) perciben como diferentes y son, por ello, estigmatizadas y castigadas, dan pie a que los definidos por ellas se relacionen, expresen y busquen objetivos vitales de manera distinta.

Durante mucho tiempo -hoy incluso- ha habido quien ha optado por negarse a sí mismo para no ser excluido (familiar, social o laboralmente). Quien ha decidido guardar unas formas heterosexuales (matrimonios pactados, soltería discreta) que ha utilizado como barrera de seguridad para poder ser fiel a su manera de sentir en un círculo más privado. Y quien ha sido lo suficientemente osado y arriesgado para no aceptar frenos ni amenazas y decidiendo vivir su condición y circunstancia en base a su propio criterio (distanciado con indiferencia o alejado prejuiciosamente de lo que hoy llamamos “el colectivo”) o adscribiéndose a las coordenadas (barrios urbanos considerados zonas seguras según unos, guetos según otros) y cánones políticos (movimientos reivindicativos) de cada momento.

Los incluidos en el segundo y tercer grupo (e incluso los del primero), han buscado siempre referentes que les mostraran y les guiaran, que les hicieran de espejo, les motivaran o provocaran cómo construirse su propio camino. En el inicio del período analizado por Homintern, el eco de la obra y figura de Oscar Wilde parecía llegar a todas partes, pero aún más lo hizo la sombra del juicio que le llevó a la cárcel acusado de sodomía e indecencia, ocultando durante años su genio literario y poniendo en el blanco de la homofobia a todo lo que tuviera relación con él.

No es este el único caso que recoge Gregory Woods en su relato de cómo la cuestión LGTB siempre ha estado ahí presente. A lo largo de sus profusamente documentadas páginas recoge biografías llenas de exceso y descaro como las de Tamara de Lempicka, Serguéi Eisenstein o Rudolf Nureyev, así como el uso tergiversado que se ha hecho de la condición homosexual en temas como el del nazismo (acusados homófobamente por los aliados de ser gays y de ahí su crueldad sin límites) o por todas las democracias occidentales durante décadas (valga como ejemplo la británica).  

También las ciudades, como focos y lugares a los que acudir, son protagonistas de la Historia LGTB y de como esta subcultura o prisma no solo forma parte de la Historia general, sino que ha hecho de esta algo plural y diverso. El París lleno de norteamericanos de entreguerras, el hedonista Berlín de los años 20, la Italia viajada por los europeos del norte y la costa amalfitana en la que muchos de ellos se quedaron a vivir, el Tánger en el que estuvieron Paul Bowles, Tennessee Williams o Jack Kerouac, el Harlem neoyorkino al que llegó Federico García Lorca en 1929, o el Hollywood en el que la vida pública de algunas de las grandes estrellas estaba marcada por el marketing de los estudios para los que trabajaban mientras que su intimidad solía ir por derroteros completamente opuestos.

Homintern. Cómo la cultura LGTB liberó al mundo moderno, Gregory Woods, 2019, Editorial Dos Bigotes.

Keith Haring, arte y activismo

Fresco, ingenioso, ágil en su estilo. Comprometido, sagaz y visionario en su enfoque. Síntesis de muchos otros con los que se relacionó. Representativo de su momento, dio identidad y una marca visual a los años 80 que sigue resultando hoy igual de original, dinámica e inspiradora que entonces. La muestra que le dedica la Tate en su sede de Liverpool así lo demuestra.

La década de los 80 fue una mierda, el SIDA se llevó a mucha gente por delante y dejó en el aire un halo de culpa del que todavía no nos hemos desprendido. Pero también trajo una serie de nombres que revolucionaron la creación artística de la capital mundial del arte, Nueva York. La hicieron desprenderse de algunos de sus elitismos y complejos de clase, haciéndola más cercana tanto por los temas que trataban y los medios que utilizaban como por los lugares donde exponían o creaban. Junto a otros como David Wojnarowicz (1954-1992, al que estos días le dedica una gran exposición el Museo Reina Sofía) o Jean Michel Basquiat (1960-1988), quizás el nombre más popular de aquellos años sea el de Keith Haring.

Nacido en 1958, su infancia estuvo marcada como la de muchos niños de su época por lo visual. Por el el boom de lo que hoy denominamos branding y merchandising, la disparidad de mensajes, formatos y estilos de la publicidad gráfica y la universalización de la televisión, medio a través del cual asistió a la llegada del hombre a la luna, descubrió que Martin Luther King había sido asesinado o vio a miles de compatriotas en las calles reclamando el final de la participación americana en la guerra de Vietnam.

De Reading a Nueva York

Mediada la década de los 70 Keith comenzó a formarse artísticamente en su Reading (estado de Pensilvania) natal, pero rápidamente vio que lo que él pretendía hacer no encajaba dentro de las cuadrículas de lo comercial para las que le estaban preparando. Así que marchó a Nueva York y con referentes como los de la libertad formal de Jean Dubuffet o la asociación de ideas de William Burroughs fue encontrando la manera tanto de darle forma a su imaginario visual como de trasladarlo a la realidad personal y social que estaba viviendo.

NYC era una ciudad marcada por la violencia, el racismo y la desigualdad, pero también sede de una red de galerías y jóvenes artistas deseosos de prolongar el terremoto conceptual, comercial y social que, tras el informalismo, había supuesto el pop art. Un ambiente en el que el trazo, composición y colorido sencillo de Haring, su reconocible iconografía (perros ladrando, naves espaciales, televisiones, ordenadores y personas en movimiento) y su concepción performativa del proceso de creación, su inspiración a partir de lo que veía en los medios de comunicación y vivía en la calle, su interacción con las nuevas corrientes musicales (hip hop y disco) y su intención de hacer de su trabajo un elemento de diálogo con sus espectadores e integrado con el lugar donde se expusiera o creara (huyendo de toda sacralización o mitificación) le pusieron en el punto de salida de la carrera que hoy conocemos.

Una de sus primeras señas de identidad fueron, sin duda alguna, además de sus collages expuestos por las calles, sus intervenciones con tiza a modo de grafitis en las estaciones de metro. Práctica perseguida inicialmente por la policía y tiempo después abandonada por Haring por ser extraídas por los más sagaces para lucrarse con ellas. Otra fue utilizar a los simplificados personajes de sus creaciones como altavoces de sus manifestaciones políticas en forma de pinturas (después reproducidas como carteles) en contra del silencio estadounidense ante el Apartheid sudafricano o de la nuclearización y la guerra fría entre EE.UU. y Rusia (en 1986 llegaría a realizar un grafiti de 300 metros sobre el muro de Berlín).

Club 57

Resultados visuales tras lo que se encontraba un hombre que comenzó los 80 organizando tanto sus primeras exposiciones como las de otros, así como fiestas de lo más moderno en el Club 57. Una cercanía y un ambiente festivo que extendió a su carrera como artista. Cuando pudo permitirse tener un estudio, eligió un local a pie de calle, donde se le pudiera ver trabajar y dialogar con él. Y para su segunda muestra en una galería (diciembre de 1983) propuso un montaje diferente, únicamente con luces de neón y música (DJ incluido), para que al entrar en la Tony Shafrazi Gallery sus pinturas fluorescentes te epataran y trasladaran al momento álgido de un sábado noche.  

Pop Shop

Siguiendo la estela de Andy Warhol, permitió que sus imágenes se plasmaran en todo tipo de soportes, llegando incluso a abrir una tienda, Pop Shop (Lafayette St., 292), para comercializarlos. Era 1986 y Haring había dejado de ser un nombre destacado de la contracultura para pasar a serlo de la cultura popular. Un artista que colaboraba con los más grandes, diseñando vestidos para Vivienne Westwood o para su amiga Madonna (íntimos desde que ambos eran unos desconocidos recién llegados a la Gran Manzana) o pintando el cuerpo de la también cantante y modelo hiper cotizada Grace Jones para una sesión fotográfica de la revista Interview.

VIH/SIDA

Para entonces, la epidemia del VIH y la condena a muerte del SIDA eran algo más que conocido por casi todo el mundo, provocando el estigma de los afectados por la apatía de las autoridades estadounidenses (y de muchos más lugares) y dando pie a un activismo que logró grandes resultados. Viendo que muchas personas de su entorno se veían afectadas y morían por este nuevo virus y enfermedad, Keith asumió que era cuestión de tiempo que él también pasara a ser uno de ellos, motivo por el que puso su creatividad al servicio de la causa. Ya fuera reflejando el miedo y la rabia que le producía lo que se estaba viviendo (Set of ten drawings, 1988) como apoyando, bajo el lema Silence = Death en colaboración con ACT UP, tanto la lucha contra la serofobia como la visibilidad de la homosexualidad y la información sobre prácticas sexuales seguras. Y aunquen no forma parte de esta exposición, no puedo dejar de hacer mención al mural Together we can stop AIDS que pintó en Barcelona el 27 de febrero de 1989 y que el MACBA recuperó en 2014.

Tal y como predijo, en el verano de 1988 descubrió que tenía el VIH y el 16 de febrero de 1990 el SIDA marcó el punto y final de su vida y carrera artística. Él murió, pero como demuestra esta exposición, sus creaciones siguen impactándonos.

Kate Haring, en Tate Liverpool, del 14 de junio al 10 de noviembre de 2019.

La (des)educación de Cameron Post

Una historia precisa, sin imposturas dramáticas y hasta con notas de humor sobre lo que supone ser una adolescente homosexual en una sociedad que no acepta nada que vaya en contra de sus convenciones. Un relato asertivo sobre el absurdo conceptual, el maltrato psicológico y el atentado a los derechos humanos que son las terapias de conversión.

El cine no está solo pendiente de aquellos argumentos que le pueden dar dinero, también lo está de los temas que nos interesan y nos mueven, de los asuntos que nos hacen evolucionar para ser cada día una sociedad más participativa, igualitaria y justa. En este sentido y tres meses después de Identidad borrada llega este título contándonos otra vivencia individual de las terapias de conversión. El relato de fondo es el mismo, la incomprensión del entorno familiar y social con la homosexualidad de su joven protagonista y la experiencia de esos procesos que prometen convertirte en heterosexual si, de paso, te entregas espiritualmente a Dios.  

El retrato de lo que vivió Cameron Post es mucho mejor película. Su centro no está en sus actores y en la confusión melodramática que viven sus personajes, sino en los hechos que narra y en lo que se dice y escucha en ellos. Combina muy bien el antes y el después del internamiento de la adolescente interpretada por Chloë Grace Moretz, la espontaneidad, naturalidad y pasión de sus primeros encuentros sexuales frente a los argumentarios confusos, las sesiones culpabilizadoras y los métodos cercanos al conductismo pauloviano con el que intentan convertirla tanto a ella como a sus compañeros de internamiento.

Desiree Akhavan no intenta convencernos de nada y por eso su dirección no nos manipula recurriendo a sentimentalismos o ternuras con los que hacer que empaticemos o nos identifiquemos con sus protagonistas. Se atreve incluso con el humor, dándole verosimilitud a lo que vemos, a lo que se une la perfecta ambientación con que nos lleva hasta 1993. La (des)educación de Cameron Post no es cine protesta, ni denuncia ni documental, solo aspira a ser cine verdad, a una cinta que no forma parte de una moda, sino de un basta ya que cada vez es más alto, ruidoso y efectivo en el grito por el derecho a ser uno mismo y a no ser juzgado por tu género, orientación o identidad sexual.

Elton John es “Rocketman”

No es una biografía al uso. No es un repaso de la carrera artística del hombre que ha vendido más de 300 millones de copias de sus discos. Es la historia de cómo se forjó su genio y tomaron cuerpo sus demonios interiores, alimentándose mutuamente hasta que los segundos casi acaban con él. Muy bien resuelta en lo musical, tan solo correctamente en lo personal, aunque hay que decir a su favor que afronta sus zonas oscuras de manera abierta y honesta.

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En su primer minuto de proyección Rocketman promete alcohol, sexo y drogas. Acto seguido da inicio un número musical con las claves de los que estarán por venir. No solo haciéndonos vibrar y disfrutar, sino sirviéndose de sus letras para contarnos quién y cómo es Elton John y la vida que ha tenido. Las personas que más íntimamente han formado parte de ella -sus padres, su abuela, su colega Bernie Taupin, su manager y primer amor John Reid- y la manera en que durante mucho tiempo vivió las emociones que sus relaciones con ellos le causaron.

Taron Egerton no encarna a un hombre al que la fama y el éxito le embriagaron, sino a un niño falto de amor paterno (nunca le abrazó) y a un homosexual sin reconocimiento materno (entendía su orientación sexual, pero le pidió que no le hablara de ello). Así fue como se forjó la necesidad expresiva y creativa de un ser humano con un lastre de vacío y soledad imposible de olvidar, aplacar o sustituir por las ofertas de los productores, las alabanzas de la crítica y los aplausos del público. Un intento de equilibrio que no funcionó y que trajo consigo la ruptura y la debacle interior, algo que Dexter Fletcher expone sin histrionismos, consiguiendo que entendamos plenamente el proceso humano que hay tras ello.

Pero aunque nos traslada hasta donde quiere llevarnos, también lo es que lo hace por un camino no siempre comprensible. Tras un arranque que funciona como una perfecta declaración de intenciones tanto a nivel de guión como de dirección, Rocketman da por hecho que somos conocedores de la carrera musical y la trayectoria personal de su protagonista y una vez que lo sitúa en el lujo y el barroquismo del éxito deja de contarnos cómo evoluciona su carrera artística. La música sigue, pero la narración está plenamente centrada en su infierno interior, generando una sensación de desorientación al no situar ni contextualizar cronológicamente el conflicto entre la persona (Reginald Dwight) y el personaje (Elton John).

Así, algunos episodios personales -la toxicidad de su relación con John Reid tras su ruptura o su matrimonio con Renate Blauel- quedan apenas bocetados, utilizándolos como explicación (de causa o de efecto) de su relato, pero sin llegar a integrarlos plenamente en él. Rocketman deja de ser entonces la biografía de Elton John para pasar a ser un drama que se estrecha en exceso. Pero quizás porque no cae en lugares comunes como la megalomanía o el peso de la fama, es capaz de remontar el vuelo en su recta final y logra cerrar acertadamente su historia dejándonos la impresión de que hemos visto un testimonio de vida más que un biopic.