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10 textos teatrales de 2020

Este año, más que nunca, el teatro leído ha sido un puerta por la que transitar a mundos paralelos, pero convergentes con nuestra realidad. Por mis manos han pasado autores clásicos y actuales, consagrados y desconocidos para mí. Historias con poso y otras ajustadas al momento en que fueron escritas.  Personajes y tramas que recordar y a los que volver una y otra vez.  

“Olvida los tambores” de Ana Diosdado. Ser joven en el marco de una dictadura en un momento de cambio económico y social no debió ser fácil. Con una construcción tranquila, que indaga eficazmente en la identidad de sus personajes y revela poco a poco lo que sucede, este texto da voz a los que a finales de los 60 y principios de los 70 querían romper con las normas, las costumbres y las tradiciones, pero no tenían claros ni los valores que promulgar ni la manera de vivirlos.

“Un dios salvaje” de Yasmina Reza. La corrección política hecha añicos, la formalidad adulta vuelta del revés y el intento de empatía convertido en un explosivo. Una reunión cotidiana a partir de una cuestión puntual convertida en un campo de batalla dominado por el egoísmo, el desprecio, la soberbia y la crueldad. Visceralidad tan brutal como divertida gracias a unos diálogos que no dejan títere con cabeza ni rincón del alma y el comportamiento humano sin explorar.

“Amadeus” de Peter Shaffer. Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

“Seis grados de separación” de John Guare. Un texto aparentemente cómico que torna en una inquietante mezcla de thriller e intriga interrogando a sus espectadores/lectores sobre qué define nuestra identidad y los prejuicios que marcan nuestras relaciones a la hora de conocer a alguien. Un brillante enfrentamiento entre el brillo del lujo, el boato del arte y los trajes de fiesta de sus protagonistas y la amenaza de lo desconocido, la violación de la privacidad y la oscuridad del racismo.

“Viejos tiempos” de Harold Pinter. Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw. Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero. Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado.

“Yo soy mi propia mujer” de Doug Wright. Hay vidas que son tan increíbles que cuesta creer que encontraran la manera de encajar en su tiempo. Así es la historia de Charlotte von Mahlsdorf, una mujer que nació hombre y que sin realizar transición física alguna sobrevivió en Berlín al nazismo y al comunismo soviético y vivió sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con la Stasi.

“Cuando deje de llover” de Andrew Bovell. Cuatro generaciones de una familia unidas por algo más que lo biológico, por acontecimientos que están fuera de su conocimiento y control. Una historia estructurada a golpe de espejos y versiones de sí misma en la que las casualidades son causalidades y nos plantan ante el abismo de quiénes somos y las herencias de los asuntos pendientes. Personajes con hondura y solidez y situaciones que intrigan, atrapan y choquean a su lector/espectador.

10 películas de 2020

El año comenzó con experiencias inmersivas y cintas que cuidaban al máximo todo detalle. De repente las salas se vieron obligadas a cerrar y a la vuelta la cartelera no ha contado con tantos estrenos como esperábamos. Aún así, ha habido muy buenos motivos para ir al cine.  

El oficial y el espía. Polanski lo tiene claro. Quien no conozca el caso Dreyfus y el famoso “Yo acuso” de Emile Zola tiene mil fuentes para conocerlo en profundidad. Su objetivo es transmitir la corrupción ética y moral, antisemitismo mediante, que dio pie a semejante escándalo judicial. De paso, y con elegante sutileza, hace que nos planteemos cómo se siguen produciendo episodios como aquel en la actualidad.

1917. Películas como esta demuestran que hacer cine es todo un arte y que, aunque parezca que ya no es posible, todavía se puede innovar cuando la tecnológico y lo artístico se pone al servicio de lo narrativo. Cuanto conforma el plano secuencia de dos horas que se marca Sam Mendes -ambientación, fotografía, interpretaciones- es brillante, haciendo que el resultado conjunto sea una muy lograda experiencia inmersiva en el frente de batalla de la I Guerra Mundial.

Solo nos queda bailar. Una película cercana y respetuosa con sus personajes y su entorno. Sensible a la hora de mostrar sus emociones y sus circunstancias vitales, objetiva en su exposición de las coordenadas sociales y las posibilidades de futuro que les ofrece su presente. Un drama bien escrito, mejor interpretado y fantásticamente dirigido sobre lo complicado que es querer ser alguien en un lugar donde no puedes ser nadie.

Little Joe. Con un extremado cuidado estético de cada uno de sus planos, esta película juega a acercarse a muchos géneros, pero a no ser ninguno de ellos. Su propósito es generar y mantener una tensión de la que hace asunto principal y leit motiv de su guión, más que el resultado de lo avatares de sus protagonistas y las historias que viven. Transmite cierta sensación de virtuosismo y artificiosidad, pero su contante serenidad y la contención de su pulso hacen que funcione.

Los lobos. Ser inmigrante ilegal en EE.UU. debe ser muy difícil, siendo niño más aún. Esta cinta se pone con rigor en el papel de dos hermanos de 8 y 5 años mostrando cómo perciben lo que sucede a su alrededor, como sienten el encierro al que se ven obligados por las jornadas laborales de su madre y cómo viven el tener que cuidar de sí mismos al no tener a nadie más.

La boda de Rosa. Sí a una Candela Peña genial y a unos secundarios tan grandes como ella. Sí a un guión que hila muy fino para traer hasta la superficie la complejidad y hondura de cuanto nos hace infelices. Sí a una dirección empática con las situaciones, las emociones y los personajes que nos presenta. Sí a una película que con respeto, dignidad y buen humor da testimonio de una realidad de insatisfacción vital mucho más habitual de lo que queremos reconocer.

Tenet. Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

Las niñas. Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

El juicio de los 7 de Chicago. El asunto de esta película nos pilla a muchos kilómetros y años de distancia. Conocer el desarrollo completo de su trama está a golpe de click. Sin embargo, el momento político elegido para su estreno es muy apropiado para la interrogante que plantea. ¿Hasta dónde llegan los gobiernos y los sistemas judiciales para mantener sus versiones oficiales? Aaron Sorkin nos los cuenta con un guión tan bien escrito como trasladado a la pantalla.

Mank. David Fincher da una vuelta de tuerca a su carrera y nos ofrece la cinta que quizás soñaba dirigir en sus inicios. Homenaje al cine clásico. Tempo pausado y dirección artística medida al milímetro. Guión en el que cada secuencia es un acto teatral. Y un actor excelente, Gary Oldman, rodeado por un perfecto plantel de secundarios.  

“Las niñas” que fuimos

Volver atrás para recordar cuándo tomamos conciencia de quiénes éramos. De ese momento en que nos dimos cuenta de los asuntos que marcaban nuestras coordenadas vitales, en que surgieron las preguntas sin respuesta y los asuntos para los que no estábamos preparados. Un guión sin estridencias, una dirección sutil y delicada, que construye y deja fluir, y un elenco de actrices a la altura con las que viajar a la España de 1992.

Para algunos fue el de la Olimpiadas y la Expo, pero para muchos otros fue un año sin más, marcado por la monotonía y la continuidad, en el calendario de sus vidas. Ir a clase o al trabajo, volver a casa, resolver las tareas cotidianas y llegar a final de mes teniendo siempre algo en la nevera y habiendo pagado todos los recibos. Eso es lo que ocurre en el hogar que forman Celia y su madre. Hasta el día en que esta niña de once años deja de comportarse como tal y comienza a interrogarse sobre asuntos nunca antes hablados (quién es su padre), pone en duda las que tenía asumidas (el poder de Cristo), coquetea con hábitos ignorados hasta entonces (los chicos, el tabaco, el alcohol) y se plantea es su sitio en el mundo.  

Asuntos con los que Pilar Palomero ha articulado un guión que nos muestra cómo se materializan esos pasos adelante en los que el pasado comienza a desdibujarse y surge la nebulosa de lo que supone y exige el futuro sin tener habilidades, conocimientos ni experiencia para hacerle frente. Un fresco biográfico que consigue con la tranquilidad, la paz y el saber estar de aquel para quien es más importante el fondo que la forma, de quien respeta la intimidad de los demás.

Su narración es la de un testigo cauto y perspicaz, que no se entromete ni se proyecta (aunque Pilar haya partido de su propia biografía), sino que convierte cada plano y secuencia en un medio para hacernos llegar lo que piensan y sienten sus personajes. La información que estos verbalizan es la justa y necesaria, la suficiente para descifrarles, sobre todo cuando se refiere al ambiente lúdico y estudiantil. Pero la que transmiten sus miradas es un manantial emocional que va más allá de lo circunstancial para situarnos en lo importante, en qué une y separa a Celia con su madre, sus amigas y su entorno escolar -un colegio religioso exclusivamente femenino-, y cómo se podrían solventar esas distancias.

Tres planos en los que la recreación de la realidad de hace casi tres décadas está perfectamente imbricada en esta ficción que revela los prejuicios de una sociedad que quería ser moderna -se hablaba de sexo, preservativos y sida- pero tenía aún un importante lastre nacionalcatólico que sacudirse. Un ambiente de opresión al que algunas jóvenes, bien impulsadas por su conciencia, bien por su confianza en sí mismas, le plantaban cara y no se dejaban amedrentar por sus exigencias ni por sus amenazas en forma de señalamiento a través del insulto o de expulsión del círculo social fuera de clase o, incluso, del apellido familiar.

Una historia plasmada en la pantalla con una fotografía evocadora del tono mate de las imágenes impresas de aquel tiempo que guardamos en cajones y álbumes, y unos encuadres de gran emotividad para trasladar la subjetividad de lo que se está mostrando. Los crucifijos y uniformes, la olla express, la vajilla de cerámica, Rafaella Carrà en la televisión… recursos que envuelven y amplifican las miradas, poses y actitudes de Las niñas. Una coralidad en la que la joven Andrea Fandos se compenetra como uña y carne con Natalia de Molina para contarnos como se formaron y educaron toda una generación de niñas, mujeres hoy, que siguen luchando para consolidar lo que comenzaron a conseguir entonces.

“Santa Juana” de George Bernard Shaw

Además de ser un personaje de la historia medieval de Francia, la Dama de Orleans es también un referente e icono atemporal por muchas de sus características (mujer, luchadora, creyente con relación directa con Dios…). Tres años después de su canonización, el autor de “Pygmalion” llevaba su vida a las tablas con este ambicioso texto en el que también le daba voz a los que la ayudaron en su camino y a los que la condenaron a morir en la hoguera.

Las supuestas biografía y personalidad de Juana de Arco (1412-1431), sobre las que elucubramos tanto o más de lo que sabemos con certeza, trascienden los acontecimientos que vivió siglos atrás, haciendo de ella un referente de cuestiones como la motivación de los conflictos bélicos, el papel de la mujer en la sociedad o la posición de poder de la Iglesia en aquel tiempo. Acumula demasiados elementos únicos como para que la imaginación -sea literaria, cinematográfica, pictórica…- no la convierta en protagonista de ficciones que combinen lo humano, lo épico y lo místico.

Elementos que se encuentran en esta propuesta de Bernard Shaw (1856-1950) que, aun centrándose en la joven campesina convertida en mensajera de Dios, da especial relevancia a las personas de su entorno y contexto más inmediato. Aquellas que la escucharon, la siguieron y apoyaron, pero también a las que se pusieron en su contra al ver en riesgo sus posiciones de control y privilegio por su mensaje, sus logros y su personificación de estos. En todos los casos, hombres que tenían como fin vital luchar para vencer (matando si fuera necesario), vencer para poseer (robando y saqueando lo que encontraran a su paso) y poseer para dominar (con el fin de perpetuarse como supuestos seres superiores).

El autor irlandés muestra a la santa como alguien con dotes de liderazgo y con una visión que transmitía sin fisuras, convenciendo y escandalizando, provocando adhesiones y rechazo a partes iguales. Una voz dotada de una retórica tan sensible como intelectual, que hilvanaba la vivencia y el sentir emocional con la construcción lógica de sus argumentos. Pilares de un discurso que la llevó a tratar directamente con el monarca Carlos VII y a hacer de él el adalid que debía intentar la reunificación de los territorios franceses expulsando de ellos a los ingleses. Pero que también la pusieron en el punto de mira de las altas esferas eclesiásticas, aquellas que se consideraban y presentaban como intermediadores únicos y exclusivos entre Dios y la ciudadanía.  

Seis actos y un epílogo final planteados como profundos cuadros dialécticos. Además de hacer evolucionar la trama hasta más allá del juicio en el que la canonizada en 1920 fue condenada por herejía, nos dan a conocer las disputas políticas y teológicas que el relato de sus relaciones con Dios causaron entre las clases dirigentes de ambos estamentos. Esto nos permite conocer qué les chocaba de sus propuestas, cómo reaccionaron ante las mismas y cómo argumentaron -unos según los presupuestos del pensamiento de entonces, otros maquinando- para que el resultado final fuera el que tuvo lugar el 30 de mayo de 1431 en la plaza Vieux-Marché de Ruan.

Una obra exitosamente ambiciosa, con descripciones escenográficas que sugieren lienzos prerrafaelitas y que ha sido representada sobre las tablas por actrices de la talla de Joan Plowright, Judy Dench o Margarita Xirgú en su adaptación al español en 1926.

Santa Juana, George Bernard Shaw, 1923, Penguin Books.

“Bendita tú eres” de Carlos Barea

Costumbrismo, reivindicación y empatía como pilares de un relato en el que su protagonista lo tiene todo en contra. A la congregación que la expulsa de su clausura, a la familia que nunca la respetó y a una sociedad que juzga por las apariencias. Aún así, una historia que opta por analizar con humanidad los conflictos que plantea, que trata con sumo respeto cuanto tiene que ver con la intimidad y lo espiritual y que consigue interesar, entretener y enganchar.

Recuerdo la hondura emocional y narrativa que Stefan Zweig conseguía en 24 horas en la vida de una mujer aunando la cotidianidad y la monotonía de lo que podía ser un día cualquiera con la tesitura de un punto de inflexión en la vida de su protagonista. Salvando distancias literarias y la acotación temporal, eso es lo que me sugiere en una primera reflexión Bendita tú eres, la capacidad de Barea para hacer de Ángela el elemento que articula y estructura esta historia de principio a fin. Más que servirse de ella para crear un relato con que demostrarnos su capacidad como escritor, es él quien se queda a la sombra de un muy bien planteado y conseguido personaje.

Más allá de la trama, de lo que se encuentra y le sucede, el hilo conductor es la personalidad de esta mujer que tras treinta años se ve obligada a dejar el convento en el que ha estado a refugio del mundo exterior. A medida que compartimos tiempo y espacio con ella, descubrimos quién es y cómo le afecta el verse obligada a buscarse su propio lugar en una realidad totalmente ajena a su momento vital. Una condena que la obliga a estar alerta ante el extendido prejuicio que genera la circunstancia transexual y al hecho de no contar con nadie que la guíe y la apoye en la tremenda aventura que es sobrevivir en soledad.

Mientras caminaba por el barrio de Lavapiés con esta lectura, también me vino a la mente Las afueras de Dios de Antonio Gala. Lo hizo para reconfirmar mi impresión de que Ángela tiene una biografía y una manera de ser y sentir antes de abrir siquiera la portada de su libro, algo que no me sucedió con Clara Ribalta. En estas páginas lo religioso, lo eclesiástico y lo espiritual no son recursos para enmarcar, describir o explicar actitudes o respuestas, sino las coordenadas, el lenguaje y la manifestación de una existencia que gracias al influjo, presencia y abrazo de esa trifásica dimensión ha conseguido encontrar el equilibrio y la motivación que el resto de sus circunstancias le impedían no ya mantener, sino conseguir.

Quizás ahí es donde más se pueda percibir la inspiración y la intención de Carlos. Su propuesta literaria tiene aires de cultura popular, ecos de una sociedad cuyo calendario se regía por el santoral y su costumbrismo estaba teñido de imaginería. Supongo que es algo que ha vivido directamente o de lo que ha tomado conciencia indagando en los porqués de las tesituras que en algún momento han marcado o influido en su biografía. El resultado de esa intuición e investigación hace que su propuesta resulte válida como ficción, pero también como compendio de cuestiones que, sin llegar a denunciar expresamente, deja claro que le inquietan y le preocupan.

Bendita tú eres, Carlos Barea, 2019, Editorial Egales.

“Los años dorados” de Arthur Miller

Escrita con tan solo veinticinco años, su autor ya dejaba ver en ella los asuntos que le seguirían preocupando y el punto de vista desde que los observaría a lo largo de toda su carrera. El encaje del hombre en su sociedad, sus principios de gobierno y cómo estos hacen factible, o no, su bienestar individual y la convivencia con sus semejantes. Un análisis que se hace aún más incisivo al situarlo en el encuentro entre los conquistadores españoles y el imperio azteca a principios del siglo XVI.

Cuenta Arthur Miller en el prólogo que en el momento de escribir este texto, probablemente se vio influido por la postura que adoptaban el gobierno y la sociedad norteamericana en los primeros meses de la II Guerra Mundial. Como si no fuera con ellos, incluso con un punto de atracción ante el argumentario, la actitud y los logros que cada día transmitía, mantenía y conseguía el régimen nacionalsocialista. Pero como buen observador, lo que al autor de Después de la caída (1964) le llamaba la atención de esta situación no era qué hacía sugerentes a los nazis, sino qué vacío vital o falta de ética podría estar cubriendo su atractivo entre sus conciudadanos.

Años después entraría más de lleno en este tipo de cuestiones en títulos como Todos eran mis hijos (1947) o The archbishop’s ceiling (1977), pero en esta ocasión llevó su imaginación hasta un lugar y un tiempo anteriores. Hasta la llegada en 1519 de los conquistadores españoles, con Hernán Cortés a la cabeza, al imperio azteca, liderado por Moctezuma II. Dos civilizaciones que nunca antes se habían encontrado y entre las que rápidamente se desató un conflicto que le sirve a Arthur Miller para interrogarse sobre los límites de la libertad de culto y las imposiciones ideológicas. También para indagar sobre las excusas que utilizan en toda contienda los atacantes para ejercer la violencia y la barbarie, y las razones ocultas que pueden provocar que los asaltados no sean capaces de defenderse, tal y como podrían y deberían hacer en semejante situación.

Moralidad, existencialismo y búsqueda de propósito y sentido en un texto nunca llevado a escena. Su producción debe ser costosa, cantidad de personajes, vestuarios para trasladarnos a cientos de años atrás y elaboradas escenografías con las que simular suntuosos interiores de templos y palacios y los majestuosos exteriores de templos de la ciudad de Tenochtitlan. En el momento de su escritura la situación económica y política no lo permitió y después, tras el éxito aliado en la contienda, la moral del gigante yanqui anuló cualquier posibilidad de ver representadas historias en que los que encarnaban la cristiandad se comportaran como tiranos sanguinarios.

Hasta ahora Los años dorados tan solo ha podido ser escuchada en un montaje radiofónico de BBC Radio en 1987. No me consta siquiera que esté traducida al español (yo me hice con ella en una librería de segunda mano en Dublín en una edición que incluye otra obra, Un hombre con suerte, que Miller también escribió en 1940). Pero considerando las lecturas que se hacen hoy en día de la conquista de América, no sería descartable que alguien pusiera en marcha su primera producción. ¿La llegaremos a ver?

Los años dorados, Arthur Miller, 1940, Methuen Books.

“La ola verde (que sea ley)”, la lógica de los derechos humanos

En 2018 Argentina parecía estar dispuesta a aprobar el aborto legal, una práctica que bajo la sombra de la clandestinidad mata, deja malheridas y estigmatiza cada día a muchas mujeres. Una legalización defendida por los que lo han vivido de cerca y por los que tienen una visión legalista de los derechos humanos y a la que se oponen los que la contemplan como una cuestión inmoral bajo el prisma de la religión.

El procedimiento legislativo argentino obliga a que toda ley deba ser primero aprobada por el Congreso y después ratificada por el Senado. Hasta que esto no ocurre, el texto sometido a votación no pasa a formar parte del ordenamiento jurídico del país. La ola verde nos traslada hasta ese tiempo de esperanza e incertidumbre de hace dos años, entre el dictamen positivo de la primera cámara y a la espera del pronunciamiento de la segunda, en que el sueño de muchos parecía que se iba a convertir en realidad. Hoy sabemos que no lo consiguieron.

Y aunque Que sea ley (el lema de los manifestantes a favor) deja claro desde el primer momento que es un manifiesto en defensa de la legalización del aborto, su exposición no maniquea los argumentos a favor ni satiriza a los que están en contra. Está planteado como un documental más cercano al reportaje de investigación periodística que a lo cinematográfico a través de tres hilos conductores -realidad, experiencia y objetividad- que no solo expone, sino que analiza.

Relato a modo de hemeroteca audiovisual de las sesiones de debate en el Senado. Entrevistas a diferentes perfiles que tienen algo que decir sobre el tema (políticos, médicos, asistentes sociales y mujeres que han pasado por un aborto ilegal). Y datos, con la dificultad de obtener indicadores de fiabilidad absoluta al seguir siendo una práctica penada.

¿Cuáles son los perfiles de las mujeres que abortan en el país? ¿Cómo influye en que se queden embarazadas, sin desearlo, su nivel educativo, económico y las coordenadas familiares en que viven? ¿De qué prácticas abortivas se sirven para poner fin a una gestación no deseada? ¿En qué condiciones de salubridad son practicadas y bajo la dirección de qué clase de profesionales? ¿Qué ocurre cuando no sale bien y acuden al sistema sanitario para ser ayudadas? ¿Cómo son tratadas allí física y afectivamente? ¿Qué les ocurre después?

Pero La ola verde va más allá y tal y como relata Juan Diego Solanas, debatir sobre el aborto no es hacerlo únicamente sobre si llevar a término un embarazo no deseado, sino que implica cuestiones de gran calado sobre el régimen social y político en que vivimos y que no parecen formar parte del argumentario de los que se aferran a Dios y a la fe cristiana para negarse de manera tajante a él.

¿Les vamos a dar unas condiciones de vida dignas a los que hayan de llegar a nuestro mundo? ¿Qué ocurre si la gestante no está en condiciones (físicas y psicológicas) de poder afrontar el embarazo? ¿Qué ocurre con los casos de violación, especialmente cuando son menores?

Preguntas que nos llevan al terreno de las desigualdades endémicas, a la separación de clases (¿por qué para las que tienen dinero que abortan en el extranjero -aun siendo un proceso emocional difícil- no implica riesgos sanitarios extra?) que revelan que este asunto no es solo una cuestión feminista, sino un capítulo más de esa gran ambición por ser completamente conseguida que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos (NN.UU., 1948) y cuyo primer artículo dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

“Bill Viola. Espejos de lo invisible”

La combinación de tecnología, espiritualidad y estética del máximo exponente del videoarte no solo lleva un paso más allá la evolución de las bellas artes, sino también su papel como medio con el que expresarnos e indagar en esas eternas interrogantes, quiénes y cómo somos, a las que no conseguimos dar respuesta.

Más de cuarenta años de trayectoria le han permitido a Bill Viola (Nueva York, 1951) desarrollar una carrera y una obra única en sentido estricto. Basta con ver unos cuantos fotogramas de cualquiera de sus piezas para identificarlas con él y con su muy particular concepción y búsqueda de nuevos registros y sentidos de la imagen, uniendo al uso de la composición, la luz y el color de lo pictórico, el movimiento y el imponente silencio de la dimensión audiovisual.

Tecnología. Espejos de lo invisible es una síntesis de la producción de Viola (desde The reflecting pool, 1977-1979) y de su capacidad para aprovechar las posibilidades artísticas y técnicas de los distintos medios de grabación y reproducción con los que ha trabajado.

Desde lo analógico -con su correspondiente grano y afectación en la calidad de la luz y los colores- y lo digital -dejando atrás la postproducción artesanal para pasar a convertirla en un código de ceros y unos-, desde la reproducción mediante proyección a los terminales con memoria integrada y desde los monitores catódicos hasta las pantallas de alta definición de la serie de los martirios (Earth, Air, Wind, Fire, 2014).

Espiritualidad. A Bill Viola le interesa la esencia del ser humano, aquello que somos antes y después de los códigos sociales, las reglas morales y los valores espirituales. El nacimiento y la muerte. El principio y el fin (Heaven and earth, 1992) frente a frente, combinándose, uniéndose y solapándose en dos imágenes que se miran, pero que también se reflejan, hasta el punto de contenerse mutua y recíprocamente.  

Y entre uno y otro punto, ¿qué media? ¿Por qué etapas pasamos? ¿Qué tienen en común y qué diferente la infancia, la juventud y la madurez que reflejan las mujeres de Three Women (2006)? ¿Qué nos dice que ha llegado nuestro momento y qué que debemos esperar o pasar a un segundo plano? ¿Qué nos enlaza? ¿El hecho humano en sí o el biológico entendido como la genética que nos vincula emotivamente?

La ausencia de palabras, el silencio de sus proyecciones, hace que nos planteemos bajo qué filtro nos acercamos a sus propuestas y, por extensión, al mundo en el que vivimos. ¿Por qué Ablutions (2005) nos hace pensar en un ritual de pureza de religiones como el Islam o el catolicismo? ¿Dónde situaríamos los seis minutos de Basin of Tears (2009)? ¿En la filosofía zen por la indumentaria de sus protagonistas? ¿En el valle de lágrimas del cristianismo al que podríamos derivar por su título?

Estética. La oscuridad y la carnalidad del barroco está en muchas de sus piezas, especialmente en aquellas en las que la luz, a la manera de Caravaggio, tiene como único fin destacar, perfilar y tridimensionalizar la figura humana. Un logro aumentado tanto por la estaticidad de sus modelos -apenas el parpadeo de su mirada en casos como el de The Quintet of the Astonished (2000)- como por la proyección a cámara lenta y por un fondo que más que sugerido, es intuido.

También hay lugares, escenografías y decorados que remiten a la delicada humildad de los interiores de Zurbarán (Catherine’s room, 2011), con detalles y recursos en los que podemos presuponer, imaginar o antojar a la madre de James Whistler, la cotidianidad de Vermeer o, incluso, las ramas de los almendros en flor de Van Gogh.

Las dos mujeres y el hombre de Anima (2000) evocan la manera de analizar y destacar a los retratados en el Renacimiento, estilo que enmarca también el pódium y la triada protagonista de Study for Emergence (2009) sobre un azul que nos permitiría enlazar con las madonas de Rafael, con la Capilla Sixtina de Miguel Angel o con tantos otros.

Pero más allá del óleo, Viola fija también su ojo en los paisajes infinitos, en horizontes que se pierden en un más allá que lo mismo pueden ser el inicio de un encuentro (The Encounter, 2012) que de una separación de rumbos (Walking on the Edge, 2012). Miradas que más que al óleo, remiten en lo pictórico a la acuarela, a las aguadas que sobre el papel -o la pantalla en su caso- convierten en una experiencia emocional la sobrexposición lumínica de visiones desérticas como la de Chott el-Djerid (A Portrait in Light and Heat, 1979).

Bill Viola. Espejos de lo invisible, en Espacio Fundación Telefónica (Madrid), hasta el 17/05/2020.

“A quick nut bread to make your mouth water” de William M. Hoffman

Los pasos a seguir para hacer un pan de nueces que nos haga la boca agua son los mismos que pautan esta obra para llevarnos por un camino absolutamente emocional. Sus tres protagonistas se ofrecen a trasladarnos a los lugares que seamos capaces de descubrir dentro de nosotros mismos. Una psicodelia hippie marcada por el ánimo rompedor de las convenciones formales de finales de los años 60.

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He intentado dar dos lecturas completas a esta obra y en ambas ocasiones he sido incapaz de mantener de manera prolongada mi atención sobre sus páginas. Mi mente escapaba de las palabras escritas en una mezcla de estupor y evasión que me hacía plantearme si es que la propuesta de Hoffman no me enganchaba, no me gustaba o estaba generando en mí una incomodidad deliberadamente intencionada por su parte.

A quick nut bread no está planteada para que su representación le sea fiel, sino que –tal y como explica su autor en su prólogo, publicado en 1969- su propuesta ha de ser tomada como un punto de partida a partir del cual crear una puesta en escena totalmente improvisada. Tanto en cuestiones de fondo, intervenciones musicales en directo o grabadas, como en aquellos pasajes en que sus diálogos entran en bucles de obsesiva repetición, adoptando incluso la forma de mantras sánscritos. Únase a esto el estupor que generan los saltos argumentales que dan las conversaciones de sus personajes, destrozando completamente cualquier intento de crear y transmitir una línea narrativa.

Dos hombres y una mujer que parecen estar realizando no se sabe si un ejercicio de síntesis pop, quizás de experimentación LSD, o puede que un juego de ruptura con lo lógico-mental que nos estructura como individuos y nos permite relacionarnos como miembros de un grupo social. En cualquier caso, algo a lo que no estamos habituados y que nos exige ser capaz de dejarnos llevar, liberarnos de nosotros mismos para comprobar y experimentar las sensaciones a las que nos traslada.

Algo más fácil de lograr en una función en vivo que a través del texto. La primera puede conseguirlo gracias al sentido de la vista y del oído y del reflejo que ambos sean capaces de causar en nuestra piel, del poder de persuasión y la evocación que genere su montaje. Pero frente a las palabras, sin ningún intermediario entre ambos, A quick nut bread to make your mouth water es árida, resulta ardua, más que hacerte la boca agua, te deja la garganta seca y casi muerto de sed.

Amor, sexo, afecto, violencia, religión y espiritualidad se combinan en una sucesión de automatismos, absurdos, surrealismos y aparentes incoherencias cuyo fin real es el de desorientarnos para trasladarnos a un lugar interior que no se puede identificar con unas coordenadas concretas, sino más bien por la ausencia de estas, de cualquier conexión con nuestra realidad. Un estado emocional seguro que diferente en cada lector o espectador, pero que a mí me resulta desagradablemente inquietante, alienante incluso, nada motivador por su falta de paz y equilibrio.

A quick nut bread to make your mouth water, William M. Hoffman, 1969, The Old Reliable Press.

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

SolPoniente

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo

“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

UnIncendioInvisible

“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

HonrarasATuPadre

“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria