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“Los vencejos” de Fernando Aramburu

365 días de un diario personal y otras tantas entradas o capítulos en los que se entremezclan las intenciones futuras, las sensaciones del presente y los recuerdos del pasado. Un personaje anodino, incisivo cuando se expresa con acidez, pero excesivo cuando irradia apatía. Tanta que acaba resultando un narrador que ensombrece las intenciones con que presumiblemente le concibió su creador.   

Toni está harto de vivir. Su trabajo le aburre, su familia no son más que los restos de un proyecto fracasado y el futuro no le ofrece aliciente alguno. Si falta, no falla a nadie y al no contar con nadie más que consigo mismo, se siente libre para decidir su destino sin deberle explicaciones a persona alguna. Aún así, no puede dejar de ser quien y como es y por eso se lo va a tomar con calma. Se da un año para ejecutar su intención de desaparecer. Tiempo que emplear en hacer balance por escrito de lo transcurrido, identificar y ordenar lo mucho o poco a dejar como legado e ir desconectando progresivamente de cuanto hoy le estructura.

Una premisa sugerente articulada en una serie de tramas que nos muestran las distintas etapas de su vida (los padres y el hermano, la exmujer y el hijo, la amante que reaparece y el amigo que sigue) con interludios en los que se expone su presente y su pensamiento, el de un profesor de instituto de filosofía, residente en Madrid, que siempre ha estado al tanto de la actualidad política y social, aunque sin demasiado apego por cambiar el modo en que funcionan las cosas. Sin embargo, todo ello queda ensombrecido por la manera en que combina la estructura de su relato con el tono de su expresión.

El ritmo de una entrada diaria no solo pauta la lectura, sino que provoca la sensación de estar asistiendo a una sucesión de microrrelatos en los que pesa más su componente anecdótico que lo que cada uno de ellos suma a los anteriores. El mecanismo de reflexión nocturna, a cuya llamada no falla su protagonista ni una sola jornada, acaba por generar una sensación de monotonía que tiñe cuanto comparte y encorseta su propuesta, algo a lo que no ayudan las muchas páginas de esta novela. Se quedan por el camino universos que hubieran dado más de sí, así como muchos detalles que, tratados con un enfoque más analítico que meramente descriptivo o habiendo reflexionado sobre ellos con mayor detenimiento, seguro hubieran enriquecido su relato.

El otro inconveniente es la responsabilidad que ha dado Aramburu a su protagonista de ser también narrador en primera persona de su historia. Y no por la formalidad que pudiéramos pensar al estar concebida para ser leída algún día por su hijo, o por una supuesta falta de capacidades retóricas, sino por la combinación de desánimo, epicureísmo y mordacidad con que retrata cuanto acontecimiento y persona a la que alude, así como por la manera impúdica con que se refiere a sus asuntos más íntimos.

A su favor hay que decir que, aunque se echa en falta un retrato psicológico y conductual más matizado de este personaje, con el que haber entrado en su existencialismo, en ningún momento queda convertido en un sucedáneo banal o una simple caricatura de un supuesto ciudadano medio de nuestro tiempo. La sensación es la de haber subido en el ascensor, una vez más, con ese vecino con el que coincidimos de cuando en cuando desde hace años en el portal, y del que solo sabemos que vive en un piso superior al nuestro, ni siquiera su nombre. Aunque pasada la novedad de las primeras ocasiones, rápidamente dejamos de tener ganas ni curiosidad por conocerlo.

Los vencejos, Fernando Aramburu, 2021, Tusquets Editores.

“Quién lo impide”, adolescencia en vivo

Documental riguroso en el que sus protagonistas marcan con sus intereses, forma de ser y preguntas los argumentos, ritmos y tonos del muy particular retrato adolescente que conforman. Jóvenes que no solo se exponen ante la cámara, sino que juegan también a ser ellos mismos ante ella haciendo que su relato sea tan auténtico y real, sencillo y complejo, como sus propias vidas.

Cuatro años de grabaciones con un mismo grupo de intérpretes suena a Boyhood (Richard Linklater, 2014) pero lo que Jonás Trueba concibió hace más de un lustro, rodó entre 2016 y 2020 y ha montado en los últimos meses no es solo una historia con la premisa de evidenciar el paso del tiempo en los cuerpos y los rostros de sus protagonistas menores de edad. Su intención es mostrar la manera continuada con que estos se relacionan entre sí y con el mundo en el que viven. Sus físicos son secundarios frente a la riqueza, el potencial y el incansable despliegue de sus pensamientos y sus intenciones, sus razones y sus motivaciones.

Lo que les conmueve, lo que rechazan y lo que quieren probar. Unas veces con motivaciones concretas y otras porque es lo que sienten que han de hacer, sin más, sin tener por qué. No será Trueba quien les diga el camino que han de recorrer y la realidad que han de fingir porque así lo dictamine el ego de su creatividad, lo demande el olfato comercial de un productor, la búsqueda de reputación de un festival o el interés caprichoso de un espectador.

El desarrollo argumental de Quién lo impide está enmarcado por una lógica cronológica, pero lo que verdaderamente la hace evolucionar y crecer es lo espiritual y lo emocional. Las vivencias, preguntas y respuestas que van surgiendo a lo largo del camino. Un recorrido en el que aparecen el amor, el sexo, la familia, la amistad, la creatividad, la política, las expectativas laborales o la abstracción del futuro. No con un fin necesariamente lógico, de encontrar causas y prever consecuencias, sino para reflejar lo que es la experiencia, crecer y convertirse en un individuo plenamente autónomo. El hecho de vivir en sí.

No intenta sintetizar una etapa vital, exponer un supuesto conflicto generacional o crear un fresco que sirva para definir la generalidad del colectivo entre los catorce y los dieciocho años. Se deja llevar por la fluidez de lo que expone, por el pensamiento, las ganas y el ímpetu de un grupo de jóvenes a los que no considera seres en transición, sino individuos con un aquí y ahora que escuchar sin prejuicios, entender sin afán etiquetador y con los que dialogar de igual a igual.

La frescura de su factura técnica, especialmente de su fotografía, resulta perfecta para sus intenciones. Transmite espontaneidad y sencillez, la verdad del presente que marca cada escena, secuencia y episodio de los varios en que se estructuran las tres horas y media de proyección. La sensación es que no hay un guión cerrado, sino unas coordenadas en las que su reparto es libre para hacer evolucionar la acción de la manera en que considere. Esto los lleva a mostrarse tal cual son, sin reglas predefinidas ni códigos establecidos. Una simbiosis perfecta entre personas y personajes que, a su vez, les convierte en cocreadores de esta película. Una experiencia en la que integran a sus espectadores, convirtiéndoles en testigos excepcionales de la esencia y la expresión de su intimidad y su identidad.

“Algo va mal” de Tony Judt

Han pasado diez años desde que leyéramos por primera vez este análisis de la realidad social, política y económica del mundo occidental. Un diagnóstico certero de la desigualdad generada por tres décadas de un imperante y arrollador neoliberalismo y una silente y desorientada socialdemocracia. Una redacción inteligente, profunda y argumentada que advirtió sobre lo que estaba ocurriendo y dio en el blanco con sus posibles consecuencias.

La crisis económica y financiera de 2008 se llevó por delante a una parte de la clase media del mundo occidental. Curiosamente, los que disfrutaban de situaciones más sólidas apenas se vieron perjudicados. Es más, se enriquecieron, tal y como ha vuelto a ocurrir en los últimos meses. En una configuración del mundo en la que todo se mide única y exclusivamente por lo económico, esto les situó en la posición de ganadores. Doblemente, porque las cifras de sus cuentas de ahorro les permiten acceder a unos servicios a los que otros no tienen acceso, como son una sanidad o una educación de calidad prestada por operadores privados. Mientras tanto, la sanidad y educación facilitada por las administraciones públicas se han visto depauperadas y si la tendencia sigue así, llegará el día en que no serán ni la sombra de lo que fueron ni de lo que pudieron llegar a ser.

Ahora que parece que estamos dejando atrás la pandemia del covid, no está de más recordar lo que el también autor de Pensar el siglo XX nos contaba sobre los estragos que generó el egoísmo individualista y el arrinconamiento de la colectividad que supone la figura del Estado. Una situación cuyo inicio se remonta a los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan y su apuesta por las privatizaciones, que se consolida con la caída del muro de Berlín y la reducción de las ayudas públicas y toma velocidad de crucero con la globalización. Algunos creían que esta progresión se iba a corregir con la caída de Lehman Brothers, pero visto lo visto, no hay duda alguna de que se ha prolongado hasta nuestros días. Las medidas que la mayor parte de los gobiernos nacionales e instituciones supranacionales implementaron hace una década solo sirvieron para hacer aún más débil y dependiente a quien no tuviera más recursos que a sí mismo.  

Cierto es que el mundo es ahora mucho más rico que décadas atrás, pero desde finales de los años 70 las desigualdades entre acaudalados y necesitados han aumentado, los salarios de los primeros multiplican obscenamente los de los segundos. Resultado de un neoliberalismo que de liberalismo ha tenido bien poco. Su máxima ha sido la ley del más fuerte y servirse de los elementos de la democracia, de todo aquello que nos une. Más para controlarnos (invirtiendo en defensa, seguridad…) que para hacernos progresar (cultura, pensiones, transporte…).

Una apisonadora frente a la que la socialdemocracia, que gobernó buena parte de Europa durante décadas tras la II Guerra Mundial y que inspiró el New Deal que consolidó a EE.UU. como primera potencia del mundo, no ha sabido articular un discurso sólido y con visión de futuro. Arrastrada por sus errores, por la concreción de sus debates -más sobre cuestiones acotadas a determinados grupos sociales que sobre su conjunto-, su desorientación ideológica tras la caída del comunismo y por el aburguesamiento de sus líderes, no solo no se ha identificado como alternativa, sino que tampoco ha actuado como muro de contención.

De esta manera se dejaba completamente atrás el acuerdo, la entente y la convicción que surgió tras 1945 de que la creación de riqueza económica tiene que ir acompañada obligatoriamente de búsqueda de la igualdad social y de que el papel del Estado es hacer que así ocurra (redistribuyendo adecuadamente lo recaudado vía impuestos). Curioso que los que más han apostado por la globalización -señalando que son los mercados los que nos han de gobernar y no las administraciones públicas- ejemplificaban al tiempo un estilo de vida representativo del más absoluto individualismo; o que hayan seguido predicando la eficiencia y productividad del sector privado mientras clamaban el rescate público de sus bancarrotas (he ahí los miles de millones entregados para salvar de la ruina a constructoras de autopistas y entidades financieras).

Pero más allá de su aguda mirada al pasado, el valor extra que tiene Algo va mal leído hoy es su previsión de hacia dónde consideraba Tony Judt que íbamos en 2010. Un panorama en el que buena parte de la clase media se entregaría al discurso populista y nacionalista de la ultraderecha en la creencia de que ahí encontraría el apoyo y la solución al abandono sufrido por las instituciones y la clase política. Un vaciamiento de buena parte de la geografía rural como consecuencia de la descuidada e ineficaz gestión de las redes de comunicación. O la insatisfacción de una juventud educada bajo la creencia de que iba a vivir mejor que sus padres, pudiéndose dedicar a aquello para lo que se estaban formando y encontrándose años después, si acaso, con salarios mínimos a la sombra de aquellos que habían contado con fondos para pagarse una prestigiosa escuela de negocios y oportunidades gracias a su restringida red de contactos.

¿Hemos aprendido de los errores? ¿Están dispuestos a ceder los que se han beneficiado de la injusticia? ¿Se harán escuchar los perjudicados? ¿Tendrá nuestra clase política la honestidad, arrojo y valor suficiente para ponerle fin a esta situación?

Algo va mal, Tony Judt, 2010, Editorial Taurus.

“Retorno al hogar” de Harold Pinter

Nada como una reunión familiar para generar una tensión en la que la literalidad de lo que se expresa y muestra dice tanto como aquello que se intuye tras las veladuras de sus evocaciones e insinuaciones. Un hipnótico y seductor juego de realidad, neurosis y simbolismo en el que se enfrentan, combinan y disuelven el afecto y la violencia física y psicológica en los reencuentros, puestas al día y constatación de diferencias que tienen lugar en esta residencia londinense en 1964.

En las obras de Harold Pinter (Premio Nobel de Literatura 2005) sus personajes tienen una apostura provocadora, tanto hacia el resto de caracteres con los que comparten trama, como con los lectores/espectadores que les observan desde fuera de las páginas o el escenario en el que toman cuerpo. Nunca está claro cuán real es lo que dejan ver de sí mismos, cuánto hay en ello de espontaneidad y naturalidad y cuánto de llamada de atención para iniciar situaciones en las que proponer aquello que no serían capaces de plantear bajo el prisma inmovilista de las convenciones y la lógica de la formalidad. Eso mismo es lo que hace su creador con nosotros, sumiéndonos en atmósferas sin señales de salida ni posibilidad de marcha atrás, en las que lo inquietante y aparentemente incomprensible se hace norma y cotidianidad.

La convivencia entre Max, carnicero jubilado, y su hermano Sam, con los dos hijos del primero, Lenny y Joey, se ve alterada por la visita tras seis años de ausencia del primogénito, sobrino y hermano de todos ellos, Teddy, quien hace acto de presencia con alguien a quien no conocían, Ruth, su mujer. Una red de consanguinidad en la que, paradójicamente, están también unidos por una distancia emocional cercana al enfrentamiento, casi maltrato, sin descanso y en la que no parece posible la tregua. En la que si la debilidad o la tentación te hacen mella y bajas la guardia, sales malparado, pero si actúas con frialdad e indolencia, quizás seas quien controles y manejes la situación.  

Presencias que guardan paralelismos con las ausencias referenciadas, Jessie, esposa, cuñada y madre a la que parece evocar la también triple maternidad de Ruth, aunque a ella y a su marido sus hijos están esperándolos en su residencia en EE.UU. Pero en este enjambre familiar también hay contraposiciones, frente al trabajo intelectual de Teddy, Doctor en Filosofía, las dedicaciones manuales o fabriles que intuimos de los suyos.

Pinter (La fiesta de cumpleaños, Viejos tiempos) nos facilita muy poca información, con apenas unos apuntes dibuja con claridad unas coordenadas en las que la incomodidad deriva en desasosiego y este en una ansiedad con tintes bizarros por su barniz de asuntos como la infidelidad, el abuso y el proxenetismo. Y precisamente eso, que lo haga con tan solo unas notas en unos diálogos que parecen más disparos que manos tendidas, y monólogos de carácter más introspectivo, casi existencialista, genera una desconcertante sensación de irrealidad.

Una incomodidad con la que no sabemos si está vaciando de humanidad su propuesta o, al revés, llevándola hasta zonas oscuras e inhóspitas en las que la fantasía y la imaginación se entremezclan con la perversión y la depravación. Una manera inteligente y retorcida de dejar de nuestro lado la cuestión de su posible, o no, inmoralidad.

Harold Pinter, Retorno al hogar, 1964, Grove Atlantic.

“Madres paralelas”, la historia que somos

Cogido de las manos de una soberbia Penélope Cruz y una sorprendente Milena Smit, Almodóvar se lanza al retrato de las esencias. De la maternidad, del vínculo biológico, afectivo y espiritual que une a toda madre con el fruto de su vientre. Y de la identidad familiar, aquella que va más allá de unos genes y que nos une indisolublemente con los que nos precedieron y con los que están por venir. Dos historias bien trazadas, aunque no plenamente unidas y más estructuradas que dejadas fluir.    

Si hay algo por lo que va a ser siempre recordada esta cinta es por el trabajo de Penélope Cruz. Decir que lo que la de Alcobendas logra aquí no lo había conseguido nunca antes sería falso, pero su encarnación de Janis es tan completa y sobresaliente, que será difícil separar el conjunto de lo que es Madres paralelas de su lección magistral de lo que supone mostrar, mirar y dejar ver más allá de la imagen que capta la cámara. Una mujer aparentemente sencilla, pero con sus contradicciones y complejidades; resolutiva, pero también con dificultades e imposibilidades; decidida en lo que tiene que ver con los demás, pero sumamente cautelosa con cuanto tiene que ver consigo misma.

Todo eso es quien ya trabajara a las órdenes del manchego en Carne trémula (1997), Volver (2006) o Dolor y gloria (2019). Una simbiosis en la que se llega a poner en duda si la historia es anterior a su personaje o si el guión fue escrito con el propósito de que ella desplegara semejante recital interpretativo. Una maestría a la que se acopla como un guante Malena Smit, complementándose con Penélope de una manera sutil, discreta y elegante, sin competir con ella ni pretender brillar por sí misma, lo que unido a su caracterización le da un protagonismo magnético e hipnótico que engrandece la película.

Algo así sucede con Rossy de Palma, son pocas las secuencias en que aparece, pero la presencia que transmite y el tono que le da a sus frases, bien pudieran ser la excusa para hacer un spin-off de su papel. Por su parte, Aitana Sánchez-Gijón resulta un conglomerado de reminiscencias con las que Almodóvar juega a los espejos. Interpreta a una actriz de teatro, a sí misma podría decirse, y el texto que tiene entre sus manos es Doña Rosita, la soltera de Federico García Lorca. Algo que recuerda a otra actriz con un conflictivo sentido de la maternidad, Huma Rojo, quien pusiera su voz y su cuerpo a disposición de la progenitora de Bodas de sangre en Todo sobre mi madre.

Pero más allá de este universo femenino perfectamente orquestado -con un necesario, pero eficaz Israel Elejalde como elemento masculino-, Almodóvar despliega también una narración política. El asunto de la memoria histórica está tratado no solo mirando al pasado -el deseo de Janis de localizar el cadáver de su bisabuelo fusilado durante la Guerra Civil-, sino a cómo ha sido denostado por alguno de nuestros gobiernos más recientes. Resalta la necesidad de defender públicamente aquello en lo que uno cree y la realidad que, según él, se esconde tras lo que se consideran apolíticos. Y súmese a esto la visibilidad activista en favor del colectivo transexual y la indefensión judicial, mediática y social que se encuentran las mujeres que denuncian haber sido víctimas de una violación.

Nada que objetar cuando estas cuestiones encajan plenamente con las tramas, la personalidad y la biografía de los personajes, lo que hace que resulten naturales y espontáneas. Pero se convierten en escollos cuando su enunciación suena a ejercicio racional de aquí y ahora es el momento de transmitir esta idea o cuestionar estos principios, afectando inevitablemente al tono emocional y la lógica de los acontecimientos proyectados. La sensación en el patio de butacas es que Almodóvar, tan buen escritor como director, no ha dedicado el suficiente tiempo a su guión y a su visualización. Impresión que transmite igualmente un diseño de producción excelente desde el punto de vista técnico, pero con recursos -planos gastronómicos detalle, interiorismo exquisito lleno de referencias personales- que resultan ya vistos en su cine -el divertimento de La voz humana está aún reciente- y que, al no darles matices nuevos o intenciones diferentes, no sorprenden.

“Lo prohibido” de Benito Pérez Galdós

Las memorias de José María Bueno de Guzmán van de 1880 a 1884. Cuatro años de un fresco de la alta sociedad madrileña, de apariencias y despropósitos, dimes y diretes y tejemanejes sociales, políticos y económicos de los supuestamente adinerados y poderosos. Una superficie de lujo, buen gusto y saber estar que oculta una buena dosis de soberbia, corrupción, injusticia y perversión.

Podría tomarse Lo prohibido como una escritura en la que Galdós se esconde tras la primera persona y el carácter díscolo, fresco y nada reprimido de su protagonista. Un hombre soltero y adinerado, hijo de español e inglesa, elegante y con supuesto buen juicio. Educado entre Londres y Jerez de la Frontera y que llega a Madrid con ganas de iniciar una nueva etapa de su vida siendo vecino de sus tíos y primos. Tres mujeres (María Juana, Elisa y Camila) ya iniciadas en el matrimonio y un desnortado Raimundo que le sirven como proyección, a través de cómo les describe y dialoga, de su manera de pensar, sus valores y sus intenciones materiales y espirituales.

Pero como toda fachada, la suya también se resquebraja poco a poco contagiando progresivamente su discurso de sus incoherencias, desfachateces y hasta depravaciones. Catálogo conductual que comparte con casi todos los que aparecen por sus páginas. Ya sea en cenas con lo más granado de la sociedad. En el parqué y la trastienda de la Bolsa con agentes que además de gestionar títulos y acciones, trapichean con información interesada. Y en círculos gubernamentales en los que el único propósito es detectar las oportunidades de hacer caja.

Un mundo que Galdós sobrevuela colocando su narración en un cruce de caminos entre el naturalismo y el determinismo por un lado, y el absurdo y un progresivo patetismo por otra. Juega con todo ello con una intención más crítica que sentenciosa, absteniéndose de intervenir para dejar que los hechos y los personajes hablen por sí mismos. Sin entrar en cuestiones morales, aunque el dogmatismo de lo cristiano sobre las relaciones humanas forme parte de las coordenadas en las que se adentra, lo que le permite conseguir un retrato más humano y verosímil de todos ellos.

Un logro al que añade su capacidad para mostrar cómo se materializan y manifiestan los vínculos afectivos y amorosos en escenas con una precisión realista, seguidas de otras con una pulsión e intensidad evocadora de títulos cercanos en el tiempo como Ana Karenina (1877) o Madame Bovary (1857). Sin olvidar los elementos simbólicos que introduce con total naturalidad, transmitiendo a través de ellos la evidente sensualidad, y hasta carga sexual, de algunos comportamientos y encuentros.   

Formalmente, su buen saber consigue que la constante simultaneidad de liviandad y profundidad de su historia resulte en todo momento fluida, que queden perfectamente expuestas gracias a la riqueza de su vocabulario y enmarcadas con los elementos descriptivos sobre arquitectura, decoración o protocolo que maneja. Así como con los referentes que menciona, ya sean políticos (relativos a Cuba y supuestas actuaciones ministeriales), clásicos literarios (Don Quijote, Hamlet) o artistas contemporáneos y conocidos suyos (Enrique Mélida, Aureliano de Beruete o Agapito y Venancio Vallmitjana).

Lo prohibido, Benito Pérez Galdós, 1884, Alianza Editorial.

“Sin tiempo para morir”, espectáculo Bond

La nueva entrega del agente 007 no defrauda. No ofrece nada nuevo, pero imprime aún más velocidad y ritmo a su nueva misión para mantenernos pegados a la pantalla. Guiños a antiguas aventuras y a la geopolítica actual en un guión que va de giro en giro hasta una recta final en que se relaja y llegan las sorpresas con las que se cierra la etapa del magnético Daniel Craig al frente de la saga.  

Craig luce espléndido en todos los encuadres. Da igual si es interior o exterior, día o noche. Luciendo un esmoquin o insinuando que lleva bañador. Su combinación de fotogenia, genética, gimnasio y dieta es poco menos que explosiva. Un agente secreto cuya inteligencia, sagacidad y sangre fría valen más que las múltiples funcionalidades con que vienen dotados de serie los superhéroes que acampan por la cartelera desde hace tiempo. Pero James Bond es verdaderamente humano, de ahí que, aunque sea un tipo duro dispuesto a enfrentarse con quien haga falta, también tenga emociones. Y no solo ligadas a la sensualidad y al sentido del tacto practicado en modo horizontal. Este Bond, el número 25 de la saga, da muestras de que su corazón le dictamina que en la vida hay mucho más que el aquí y ahora de sí mismo.

Un extra argumental con el que EON Productions cierra con solvencia la etapa de cinco títulos en que Daniel Craig ha encarnado al personaje creado por Ian Fleming en 1953. Sin tiempo para morir prolonga la trama de Spectre (2015) y cierra el círculo iniciado con Casino Royale (2006) y seguido con Quantum of Solace (2008) y Skyfall (2008).

Continúa su línea de localizaciones mostradas de manera que sirvan también para su promoción turística, como es el caso de las espectaculares panorámicas de Matera (Italia, donde Mel Gibson también rodara La pasión en 2003) o Port Antonio (Jamaica, también simulando ser Cuba). Parajes mostrados con una fotografía (labor del oscarizado por La la Land, Linus Sandgren) siempre exquisita, he ahí el monocromo del blanco invernal noruego o el urbanismo siempre húmedo y nublado de Londres. Lugares que acogen persecuciones trepidantes de cuyo resultado se han de sentir más que orgullosos los equipos de efectos especiales, sonido y edición que les han dado forma.

La exquisitez de su diseño de producción va desde la arquitectura colonial al más puro estilo británico, el interiorismo más actual y el brutalismo y el hormigón de sus secuencias más atemporales. Súmese a esto un vestuario glamouroso que a buen seguro será analizado por toda clase de revistas de moda, con piezas como la que Ana de Armas luce en su secuencia festiva, a la par que despliega poderío y saber hacer tanto marcial como apretando el gatillo, o todas y cada una de las prendas que le quedan como un guante a Craig. Por su parte, la banda sonora compuesta por Hans Zimmer recupera en algunos pasajes la melodía de We Have All the Time in the World, el tema principal de 007 al servicio de su Majestad que Louis Armstrong interpretara en 1969.

Un envoltorio que va llevando la historia de la lucha entre el bien y el mal -y un misterio con claves, motivaciones e intenciones por descubrir- de giro en giro hasta una etapa final en que su ritmo se ralentiza. Como si el director, Cary Joji Fukunaga, estuviera más centrado en dejar la narración bien atada para que el futuro intérprete del agente 007 pueda comenzar su ciclo libre de la magnética sombra alargada de Sean Connery, Roger Moore, Pierce Brosnan y Daniel Craig.

Sea como sea, esperemos que la saga siga contando con Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Naomie Harries y Rory Kinnear como los perfectos secundarios con que el MI6 de las ordenes necesarias que inicien misiones que salven al mundo de los peligros que lo atenazan, y que a nosotros nos hagan volver al cine para disfrutar con el despliegue de sus recursos técnicos y los escasos límites de su manera de proceder.  

“Tina, el musical de Tina Turner” llega a Madrid

La trayectoria personal y la carrera musical de la reina del rock. Una historia de pasión y vocación, pero también de resiliencia y superación. Un argumento dramático de alto voltaje y una larga lista de canciones conocidas, bailadas y tarareadas en algún momento de su vida por buena parte del público.

La biografía de Tina Turner le trascendió a ella misma cuando en 1993 se estrenó What´s love got to do with it, película basada en la autobiografía que publicó en 1986 y en la que contaba cómo había pasado de ser una niña con escasos recursos en Nutbush, Tennessee, a mujer maltratada durante años por su marido, Ike Turner, para finalmente dar con las claves y las personas que le permitieron liberarse y desplegarse tanto a nivel personal como artístico.

Desde entonces, cada uno de sus éxitos -y homenajes en los últimos años- ha ido unido de manera recurrente a ese relato. Con su exteriorización ella expió el dolor y las cicatrices de su pasado y los medios de comunicación, a cambio, obtuvieron sobrado material con el que complementar las crónicas de cada uno de sus números uno conseguidos desde entonces y el recuerdo de los más de doscientos millones de álbumes vendidos en todo el mundo a lo largo de cinco décadas de carrera musical.

Lo que contó en aquel libro y que después vimos en la gran pantalla se convirtió en 2018 en un musical estrenado en Londres que ahora llega al Teatro Coliseum de Madrid. La premisa es de lo más atractiva, disfrutar en directo con River deep, mountain high o Proud Mary, pero cambiando las expectativas. No es un concierto, sino un biopic, una ficción en la que las canciones no siempre cumplen un papel estrictamente musical evocando una grabación o una actuación en vivo, sino que se ajustan también a las necesidades argumentales y son incluidas, por tanto, en situaciones familiares o de pareja, así como sociales o laborales.   

Un reto que podría ser una oportunidad para hacer de Tina un musical a la altura de su protagonista. Algo a lo que esta producción parece renunciar casi desde el principio, optando por desenvolverse más en las coordenadas escenográficas y en la coordinación de los cambios de vestuario y caracterización de sus protagonistas, en lugar de en desarrollar una trama que amplíe o profundice en lo que ya conocemos -el racismo, el machismo y el edadismo que también sufrió, aunque sí son mencionados- antes de sentarnos en nuestra butaca. El libreto no arriesga, no ofrece contenidos ni enfoques nuevos. Una evitación a la que suma la ligereza con que son interpretados los pasajes más teatrales, los centrados en el diálogo y la personificación más que en el tono, el timbre y el chorro de voz, que sí que resultan sobresalientes cuando les toca ser protagonistas.

Algo para lo que están más que dotados Kery Sankoh y la banda que la acompaña durante las más de dos horas y media de representación, tal y como demuestran en los momentos en que la representación muta en un concierto en vivo. Curiosamente, pasajes en los que se canta en inglés y no en español como sucede durante la narración, haciendo así más patente el muy diferente impacto que tienen las canciones cuando son traducidos y no interpretadas en su idioma original. Todo sea porque este musical sirva para que los que hicimos la EGB sigamos recordándola y los que nacieron cuando sus discos ya no eran actualidad, la conozcan y se hagan tan fans de The best como somos muchos de los primeros.

Tina, el musical de Tina Turner, Teatro Coliseum (Madrid).

La convicción de “Maixabel”

Silencio absoluto en la sala al final de la película. Todo el público sobrecogido por la verdad, respeto e intimidad de lo que se les ha contado. Por la naturalidad con que su relato se construye desde lo más hondo de sus protagonistas y la delicadeza con que se mantiene en lo humano, sin caer en juicios ni dogmatismos. Un guión excelente, unas interpretaciones sublimes y una dirección inteligente y sobria.

Si escuece es que te está haciendo bien. Eso te decían cuando eras niño y te trataban cualquier herida que te hubieras causado tras acabar en el suelo por ir a mil por hora. Y tenían razón. Limpiar bien, aplicar tratamiento y dejar que el tiempo le ayudara a tu cuerpo a olvidar los dolores internos y a mitigar las señales externas de lo sucedido. Un proceso que exigía ser seguido paso a paso, utilizando y aplicando los instrumentos y productos adecuados en el momento exacto y en la manera precisa. Estando pendiente de la evolución de la zona dañada y de su posible afectación al resto del cuerpo, dejando que la mejoría siguiera su propio ritmo -muchas veces imperceptible al ojo humano-, evitando cuanta intervención pudiera alterar su correcta evolución y correcto desenlace.

Así de sencilla y de compleja fue Maixabel Laza tanto cuando hizo frente al asesinato de su marido, como cuando aceptó dialogar con dos de los hombres que acabaron con él. Por no dejar que lo sucedido alterara sus principios, que el dolor propio ni el de su hija alterara sus convicciones, ni que la presión del entorno condicionara su comportamiento ni sus decisiones. Y así lo es Maixabel como película.

Por permitir que la política y la sociología intervengan, pero para contextualizar y no para justificar. Por no quedarse en los rostros que ya conocíamos y en el día en que fueron protagonistas, sino por acercarnos los seres humanos que fueron antes y siguieron siendo muchas jornadas después. Por no sentar cátedra, no simplificar ni aleccionar, tan solo dar testimonio de una manera de proceder, de compartir una experiencia vital tan única como excepcional. Pero, sobre todo, por mostrar las contradicciones y las inverosimilitudes de los lazos que, muy a nuestro pesar, pueden llegar a unirnos y hacer que quedes ligado de por vida con aquellos que mataron a la persona con la que compartías tu proyecto de vida.

Maixabel es terapéutica. Y como tal es dolorosa, valiente y arriesgada. Su propuesta es un salto al vacío. Sin embargo, la mano izquierda de Icíar Bollaín hace que este resulte ser -desde la cercanía de la empatía, pero también con la distancia del respeto- una reposada y acompañada disección de emociones y sensaciones sin efectismos, elocuencias ni esteticismos retóricos ni visuales. Un retrato en el que lo racional y lo irracional quedan imbricados, en el que el pasado asesino se describe por la barbarie de sus hechos y se define por sus horribles consecuencias, que no entra en juicios -esa es labor de los tribunales, cuyas sentencias asume-, sino que se centra en la reflexión moral y en la dignidad de todos y cada uno de sus personajes.

Y ese es su valor social y político, que no anula -sino que complementa y enriquece- esas otras lecturas y tratamientos del terrorismo etarra. Lacra que mató a 854 personas, hirió a miles y arruinó la vida de muchas más. Un desgarro en proceso de cicatrización que el guión de Bollaín e Isa Campo muestra con una pulcritud admirable sin contaminación ideológica alguna, y a que le ponen cara, expresión y mirada los sobresalientes trabajos de Blanca Portillo, Luis Tosar, María Cerezuela y Urko Olazábal.

“El Rey León” vuelve a rugir en la Gran Vía madrileña

La combinación de narrativa Disney, lenguaje escénico de Broadway y el buen hacer de un largo centenar de profesionales se vuelve a conjugar para hacernos vibrar y soñar. Música en directo, movimiento a raudales y derroche de colores vibrantes en un espectáculo con un preciso sentido del ritmo que no da un segundo de descanso a los sentidos de sus espectadores.

Año y medio después de la interrupción abrupta que vivimos por circunstancias más que conocidas, y casi diez después de su llegada a Madrid, la adaptación musical a los escenarios de una de las mejores películas de la factoría Disney vuelve al Teatro Lope de Vega en lo que parece ser una demostración fehaciente de que nuestra ilusión sigue respondiendo a los mismos estímulos que antes. Nos identificamos con el dolor del joven Simba cuando pierde a su padre, sentimos al igual que él la alegría de encontrar nuevos amigos y le apoyamos cuando decide reivindicarse y luchar por el legado del que es heredero.

El Rey León apela a las necesidades más profundas e innatas del ser humano: el sentido de pertenencia, el deber con nuestros congéneres y la honra a los que nos precedieron. Y lo hace a través de las sensaciones que provoca la creatividad quizás más emocional y efímera, la de las artes escénicas. Una sucesión y simultaneidad de cambios de luces, telones y escenografías en las que actores y bailarines resultan tan individuales como partes de un todo que se contrae y expande con precisión, marcando el latir del corazón, el erizamiento de la piel y la iluminación de las sonrisas de cuantos ocupan el patio de butacas.

El reto es trasladar a la escena la fábula de la convivencia entre especies animales y el entorno natural que la animación planteaba en 1994 (olvidémonos de la posterior adaptación de 2019). Un trabajo de conceptualización, caracterización y diseño de producción resuelto con ingenio y rigor tras el que se supone un nivel de atención, detalle y coordinación tan minucioso y exigente como rápido y estricto. No puede haber un aprovechamiento mayor de las capacidades técnicas de la caja escénica. Es difícil imaginar la celeridad y orden con que se han de trabajar tras ella los cambios de vestuario y las dotaciones de atrezo mientras se suceden las continuas entradas y salidas de intérpretes del escenario que conlleva el desarrollo de las distintas tramas.  

La originalidad está en la manera en que se ha preservado la identidad animal de los protagonistas, combinando manejo de máscaras, caracterización y un excelente trabajo de marionetas a diferentes escalas que las convierte en un motivo más de valoración y reconocimiento del montaje. Destaca la capacidad de un elenco que combina voz, presencia y corporeidad siendo fiel, que no copia o repetición, a la conducta y el carácter de los personajes originales, lo que denota la consistencia y eficacia de su trabajo.  

Un dinamismo musical -la adaptación de la letras al español suena solvente y tiene hasta algún localismo gracioso- y coreográfico con un tono que se mueve entre la comedia amable y la acción para todos los públicos pasando, sin ambigüedades edulcorantes, por la intriga y el drama. Un todo perfectamente ensamblado -incluso sus rupturas puntuales de la cuarta pared- para deleite y goce de un público entregado. Ya sea por haber acudido en familia, por reconectar con el momento en que vieron la película original hace ya casi tres décadas o por descubrir cómo aflora al niño o niña que llevan dentro y que siempre estuvo dispuesto a dejarse llevar por ficciones que les hicieran ser parte de su propuesta.  

El Rey León, en el Teatro Lope de Vega (Madrid).