Archivo del Autor: lucasfh1976

“Crónica sentimental de España” de Manuel Vázquez Montalbán

Como si se tratara de una versión literaria del televisivo “Cachitos”, pero escrito a modo de cuatro reportajes para una revista en 1969 y convertidos meses después en este ensayo. Una obra atrevida en la que se disecciona con realismo, pero también con buenas dosis de ironía y sarcasmo, la evolución sociológica de la España de las tres décadas anteriores a través de los artistas, las canciones, las películas y los hábitos más populares en cada momento.

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Los años 40 fueron duros, grises, ocres, marrones, mate, sin luz ni colores vivos. Fríos y desapacibles, extremos en invierno y de un calor rotundo y agotador durante el verano. Había poco que comer, para vestir apenas lo justo, la represión y el miedo se transformaron en un silencio que alcanzó hasta la dimensión del pensamiento. Y aún así, a pesar de las faltas y las penurias, de las extremas necesidades, el discurso del entretenimiento decía que España era lo mejor del mundo entero, que habíamos vuelto a los tiempos del Imperio, al Siglo de Oro, siendo envidiados por pueblos y naciones de todos los continentes. Vivíamos exaltando la riqueza productiva de nuestra agricultura y la superioridad racial de nuestra identidad. Algo que quedaba claramente manifestado en las letras de las zarzuelas y en las canciones del género de la copla, en el argumento de películas en las que el hombre era el garante de la familia y la mujer la obediente responsable de su logística bajo la siempre presente sombra de una iglesia que marcaba hasta el ritmo de la respiración.

Los 50 implicaron la llegada de los americanos por la puerta grande. El régimen firmó con ellos el acuerdo por el que se asentaban militarmente en nuestro territorio, trayendo consigo tanto el american way of life publicitario y cinematográfico como el comenzar a relacionarnos con más cercanía con las naciones extranjeras. No queríamos su política, pero sí la apariencia que destilaban de familia feliz, de consumidores de productos con nombres sugerentes y envoltorios atractivos. Con colores como los de las películas en technicolor que llenaban las pantallas de extras simulando vivir en tiempos históricos pretéritos o recordando las guerras y batallas de la década anterior en que con esfuerzo, inteligencia y sacrificio se consiguió salvaguardar la paz y el equilibrio mundial.

Mientras tanto, en tierras patrias, ya se comía de caliente a diario y la difusión de la radio generaba una épica nacional más cercana al presente. Voces como la de Matías Prats hacían de cada partido un acontecimiento único y los estadios se llenaban todas las jornadas para ver a los que ganaban Copas de Europa.

Así fue como los 60 fueron avanzando con el azul de los cielos salpicado por construcciones en las que uno se sentía moderno y veía como crecían ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao o nos preparábamos para acoger en grandes hoteles a extranjeros que acudían con poca ropa a conocer las playas y el sol mediterráneo. Para entonces ya habíamos comenzado a desarrollar un espíritu crítico y hasta la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Algunos jóvenes masculinos se dejaban el pelo largo y las féminas se acortaban las faldas, las familias adineradas se reunían en torno a la televisión y las menos pudientes lo hacían escuchando los seriales radiofónicos.

Esta crónica de Vázquez Montalbán es una sucesión y combinación de miles de instantáneas –desconocidas muchas de ellas para los que no habíamos nacido aún entonces- con las que recorrer con simpatía un tiempo que hoy nos parece anecdótico. Pero en su momento, y de ahí el valor de este texto publicado originalmente en 1971, este fue el camino por la vía del entretenimiento y la popularidad con el que el régimen dictatorial del franquismo apalancó buena parte de su supervivencia, forjando a la par la cultura y la identidad popular de una nación con escasa libertad para buscar o crearse sus propios referentes.

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“Los mariachis”, comedia y corrupción

Una perfecta exposición a golpe de carcajada y con un fino sentido del humor de cómo la corrupción y la incultura están interrelacionadas entre sí y de cómo nos lastran a todos. Cuatro intérpretes que con su exultante comicidad dan rienda suelta a todas las posibilidades de un texto excelente. Una obra que cala hondo y toca la conciencia de sus espectadores.

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No hay día que no veamos en televisión o escuchemos en la radio la noticia de un político que se ve obligado a retirarse de la vida pública ante las aplastantes evidencias de las ilegalidades que ha cometido desde un puesto en el que se exige y presupone la ejemplaridad pública. Situaciones a las que muchos de nuestros conciudadanos responden con indiferencia, como si fuera algo que consideran ajeno a ellos, o una inevitabilidad con la que conviven de manera natural. ¿En qué medida están relacionadas ambas situaciones? ¿Cuál es consecuencia de cuál? ¿Qué fue primero, la ignorancia de la incultura o el egoísmo y la falta de ética?

Esa corrupción con la que convivimos, ese patetismo que no sabemos o no queremos ver, es el que camufla sabiamente Pablo Remón en su texto (en otro gran trabajo como en El tratamiento) y el que desprende la atmósfera que tan bien crea y transmite su puesta en escena. Un logro que se debe, sin duda alguna, al excelente despliegue interpretativo de sus cuatro actores, encarnando cada uno de ellos a distintos personajes de lo más variopinto –desde el hilarantemente rural Luis Bermejo al cómico pasotismo de Francisco Reyes, la grotesca humanidad de Israel Elejalde y la tierna impaciencia de Emilio Tomé- en los dos ambientes en que está estructurada Los mariachis, la casa del pueblo y los lugares del poder en la capital.

En el primero viven tres hermanos cuyas preocupaciones se dividen entre las obligaciones de la granja de la que viven, cumplir estrictamente con los fastos que exigen las costumbres y tradiciones festivas locales y dejarse llevar sin más, al ritmo que marquen las horas del reloj y las estaciones del año. Una sencillez que no está exenta de vicios ni de excesos y que asumen con la misma naturalidad con que ignoran lo que no forme parte de sus coordenadas o esté destinado a satisfacer sus necesidades vitales.

En la ciudad, en cambio, hay que andarse con cuatro ojos porque nada es lo que parece y se expresa más por lo que se calla que por lo que se dice. En el ámbito público la retórica lo llena todo de eufemismos, terrenos comunes y palabras vacías. En cambio, cuando se está en intimidad no hay vergüenza ni pudor a la hora de mostrar una ambición sin límites ni el materialismo más egoísta.

Remón podría haber optado por otros registros más directos para mostrar su propósito, pero ha tomado un camino más difícil de transitar pero más efectivo para lograr el objetivo de que su mensaje cale, el humor inteligente. Lo que podría haber sido un oscuro drama resulta ser una conseguida comedia gracias a la transparente cotidianeidad de sus situaciones, el sarcástico realismo de sus personajes y la ácida verosimilitud de sus diálogos. Sin embargo, lo que le choca al espectador no es el enfoque que ha visto de los temas tratados durante la hora y media de representación, lo que lo hace es cuando tras ella vuelve a escuchar un informativo u hojear un periódico y descubre que lo que ahí le cuentan no le deja tan buen sabor de boca como esta función.

Los mariachis, en los Teatros del Canal (Madrid).

“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes

Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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Las palabras y la fluidez de Almudena Grandes son el corazón y el estómago, la espontaneidad de Manolita Perales, una joven que al tiempo que deseaba ver transformarse su cuerpo adolescente, observaba cómo la convulsión política y social de la II República fue utilizada como disculpa por unos pocos para iniciar una guerra que vapuleó a todos. Hundiendo a aquellos que eran y pensaban como los suyos –anarquistas, comunistas, socialistas- y dando el poder a los que establecieron, apoyaron y siguieron el dogma imperialista y el credo católico a partir de 1939.

El muy bien construido relato de Almudena nos permite ver lo que miran con detalle y perciben con inteligente intuición los ojos de Manolita. Casas destruidas, platos sin comida, hogares sin padres, cines sin películas, noches sin luz,…, el Madrid gris y ocre que queda tras el triunfo nacional en la Guerra Civil. Una situación que había tenido su prólogo en los tres años anteriores, pero al menos entonces se respiraba –como en las vivencias liberales de los que se ganaban el pan durante la noche o de los que no siguieron las convenciones sociales- un espíritu de lucha y un deseo de defender unos principios que hacía que los que estaban en Madrid mantuvieran la esperanza de recuperar una democracia que, aunque muy imperfecta y sin consolidar, había alcanzado unas cotas de libertad y de igualdad nunca antes conocidas en España.

La minuciosa labor de documentación de la también autora de Inés y la alegría y El lector de Julio Verne, y las azarosas travesías por las que hubo de transitar la joven Perales por las calles de Madrid y de Bilbao conforman el retrato de una época a la que aún no nos hemos acercado con la naturalidad con que ella lo hace. Una realidad dura y dolorosa en la que hasta el tacto del aire y el roce del agua resultaban hirientes ya que recordaban lo poco o nada que se tenía o se podía hacer para evitar el frío, el calor, el hambre, la suciedad o la enfermedad. Males que acrecentaban la humillación que infringía un sistema autoritario –cárceles hacinadas, prisioneros sin cargos, fusilados sin juicios- que convirtió a sus miles de empleados y millones de seguidores en autócratas con derecho a abusar, marginar y amenazar continuamente a todos aquellos que habían quedado marcados por estar del otro lado durante la contienda.

Una novela en la que el realismo de una serie de personajes que sí que existieron –tal y como relata Grandes en su epílogo final- se diluye en una apasionante ficción novelística que entretiene e intriga a partes iguales, acelerando el latido del corazón de su lector y anudando la boca de su estómago. Pero también le transmite esperanza e ilusión, la seguridad y la certeza invisible que te empodera cuando se es fiel a unos valores que van más allá de uno mismo, convirtiéndose entonces en principios sociales y compromisos políticos.

“Relaciones enfermizas” de Cecilia Ştefănescu

Alienante novela ambientada en el Bucarest de los 90. Una ciudad que vaga sin rumbo, al igual que las personas que la habitan o transitan por ella. Como Kiki, una joven universitaria que no sabe qué quiere en su vida y que se mueve y debate entre un hombre y una mujer a golpe de deseos por cumplir, anhelos que comprender, preguntas que no sabe formular y respuestas a interrogantes que no sabe por qué ni quién le hace.

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Imagino la capital rumana tras la caída del régimen de Ceaucescu en diciembre de 1989 como un escenario en el que dejó de haber representaciones y las tareas de mantenimiento pasaron a ser cosa del pasado. Poco a poco comenzó a desvencijarse, a verse afectada por las inclemencias meteorológicas, por las corruptelas de unos habitantes que habían perdido el miedo a las consecuencias de incumplir las normas y por el descuido de aquellos que estaban de paso exigiéndole el abrigo, el alimento y la satisfacción que tampoco encontraban en sus lugares de origen.

Este es el polvoriento y desconchado magma en el que se sumerge la autora de Relaciones enfermizas para escribir algo más que un relato que describa ese erial, una inmersión en la que construye una historia que nos muestra cómo esa atmósfera de desorden y desorientación contagia de su misma miopía y neurosis a las personas que la habitan. Como a su protagonista, Kiki, una chica que no sabe con exactitud lo que quiere ni tiene certeza absoluta de lo que le gusta, sino que se deja llevar por lo que su cuerpo le dicta. Lo suyo es moverse sin más motivación que aquello que le marcan sus impulsos, sin una lógica aparente que explique el por qué y de razón al para qué.

Una falta de brújula y de rumbo de la que se hace altavoz la prosa de Cecilia Ştefănescu para narrar los acontecimientos que suceden en torno a las vivencias afectivas y sexuales, amistosas y amorosas, conflictivas y pacíficas, de Kiki con un hombre y una mujer, con Renato y Alex, desde diferentes puntos de vista. Unas veces como si estuviera dentro de este triángulo y conociera mejor que sus personajes lo que está ocurriendo. Y otras, cuando se descubre reducida a las coordenadas de cada uno de ellos, viéndose limitada por su desconocimiento o su desinterés por querer profundizar en lo que están sintiendo, angustiada por la ansiedad que les produce todo aquello que les contraría, o reducida y encerrada en sí misma por sus fijaciones y obsesiones.

Su propuesta varía de ritmo e intensidad, entre una ficción sin pudor y una fábula críptica –en la que no siempre resulta fácil situarse y orientarse- que evoca sensorialmente a aquellos autores que, tras décadas proscritos, comenzaron a ser vistos, escuchados y leídos en Rumanía en los años previos a la publicación de este título (2002) y a los que menciona en sus páginas. Nombres y títulos cinematográficos (Buñuel, Visconti, Rossellini) y musicales (The Doors, Rolling Stones, Bob Dylan) de otras geografías e idiomas, o literarios que se habían visto obligados al exilio (Cioran, Eliade).

Potente “Tiempo de silencio”

La genial novela de Luis Martín Santos convertida en un poderoso texto dramático. Una escueta y lograda ambientación –áspera escenografía y asertiva iluminación- que nos traslada al páramo social y emocional que fue aquella España franquista que se asfixiaba en su autarquía. Una puesta en escena que es teatro en estado puro con una soberbia dirección de actores cuyas interpretaciones resultan perfectas en todos y cada uno de sus registros.

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La dictadura franquista conllevó que los medios materiales estuvieran en manos de unos pocos, que las posibilidades de progresar al alcance de menos aún y la casi imposibilidad de progresar fuera la norma de la mayor parte de la sociedad. A los primeros ni se los intuye en Tiempos de silencio, la novela que Luis Martín Santos publicó en 1962, de entre los segundos solo conocemos a un médico investigador que sueña con descubrir una cura para el cáncer, mientras que todos los demás –hasta veinte hombres y mujeres- están en el tercer colectivo. Obligados a ganarse la vida, a sobrevivir con el trueque, la prostitución y el pillaje como únicas alternativas a la pobreza del conformismo. Así es como, llegado el momento del conflicto, las formalidades del joven doctor han de vérselas con unas coordenadas de extrarradio y chabolas donde los abusos –físicos, sexuales y psicológicos-, la extorsión, la mentira y demás formas de violencia y corrupción son la norma.

La sala San Juan de la Cruz del Teatro de la Abadía se convierte en un teatro griego para acoger esta valiente adaptación de uno de las narraciones más potentes de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. En el fondo de su escenario, una plataforma sobre la que sus intérpretes se desplazan y donde mutan entre unos y otros personajes –a excepción de Sergio Adillo que encarna perfectamente al ingenuo Don Pedro en torno al cual pivota toda la historia- convirtiéndose también en narradores que nos guían de unas escenas a otras. Por encima de ellos, un aparente muro que resulta ser un telón que nos traslada a la aridez y sequedad de los años 40 y los 50 con proyecciones que evocan pictóricamente a la Escuela de Vallecas, y cuyos relieves y texturas se convierten en un registro informal de aquel mundo sin más coordenadas que lo matérico, lo térreo.

Sobre esta ambientación, Rafael Sánchez construye un eficaz montaje a partir de dos claros pilares. Un texto que es fiel a su fuente original, al tiempo que se ha adaptado huyendo de alardes formales, pensando en todo momento en el espectador. Teniendo como objetivo hacer que este entienda y sienta a partes iguales que los acontecimientos que se le están contando -y la realidad que se le está mostrando- no son algo reducido, alusivo tan solo a unas pocas personas, sino que es una perfecta síntesis de una época de nuestro país, de un pasado cuyo eco sigue reverberando en nuestro presente.

Y como colofón y punta de lanza, un reparto camaleónico -no puedo dejar de mencionar a Lola Casamayor, Lidia Otón y Carmen Valverde-, que realiza un despliegue vocal, corporal y gestual de lo más amplio para dar cuerpo a las palabras que pronuncian, transmitir las atmósferas de los distintos ambientes por los que transitan, y hacer llegar a un público impresionado la conmoción de los acontecimientos de los que están siendo testigos únicos.

Tiempo de silencio, en el Teatro de la Abadía (Madrid).

“Ilusiones” etéreas

La historia de dos parejas contada por cuatro actores que ejercen tan bien de intérpretes como de narradores. Más de medio siglo de matrimonio y amistad, de evolución del amor en todas sus formas y variantes, de la diferencia entre lo que sucedió y lo que pudo haber ocurrido. Una rica puesta en escena de aires cabareteros de un texto que engancha en el arranque de cada una de sus escenas, pero cuyo espíritu naif se apaga antes de que concluyan.

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El hecho de que Dani, Sandra, Margarita y Alberto sean interpretados por todos los actores, al tiempo que ellos mismos se alternan para complementarlos en tercera persona como narradores, le da a la representación de sus 50 años de amistad y matrimonios un gran dinamismo. Es innegable la fuerza que tienen los puntos de chanza, los insertos musicales y los instantes coreografiados, gags en los que estas Ilusiones se contagian de la vitalidad y plenitud que nos cuenta su argumento principal, cómo sentimos, percibimos y vivimos el amor –tanto en el plano de la realidad como en el de la imaginación y los castillos de naipes- según el momento de nuestra biografía en el que nos encontremos.

Muy buenas intenciones que este modesto espectador vivió como un continuo arrancar el coche y sentir que su motor se calaba antes de que consolide su velocidad. La sencillez de su mensaje y la transparencia con que es expuesto acaba convertida en cada escena en una propuesta minimalista, en algo etéreo que se disuelve, que no permanece y que, aunque no se esfume completamente, no se concreta en nada que nos permita saber qué se nos quiere contar exactamente o hacia dónde se nos lleva y para qué.

Quizás sea porque el papel da a las palabras una solidez que puede no verse materializada después cuando son verbalizadas. En el medio impreso no hay más elementos que la tinta y el lector, mientras que en el segundo están la voz del intérprete, la entonación que le ha dictado su director, la atmósfera recreada en que se proyectan,… En este sentido, es probable que mientras la pieza de Ivan Viripaev funciona per se por la intimidad que destila y sus buenas dosis de comedia y sus apuntes dramáticos, en el escenario, sobre las tablas del Pavón, la historia por él escrita se dispersa y no llega a calar en todas las butacas.

Por otro lado, en una obra coral como esta, lo que esperamos de los miembros de su elenco puede verse afectado por el conocimiento previo que tenemos de ellos. Así, y frente al mediatismo cinematográfico que evocan Marta Etura y Daniel Grao –a pesar de que este sea tan o más asiduo de la cartelera teatral, he ahí La piedra oscura con la que giró hasta hace algo más de un año y la reciente Los universos paralelos– y su correcto trabajo, Alejandro Jato y Verónica Ronda despliegan una excepcional versatilidad. Un alarde de minuciosidad con el que dejan claro que su capacidad interpretativa –tanto técnica como innata- va más allá de las posibilidades que les ofrecen este texto teatral y la propuesta que Miguel del Arco ha elaborado a partir de él.

Ilusiones, en El Pavón-Teatro Kamikaze (Madrid).

“Imagina” de Juan Ramón Fernández, Yolanda Pallín y Javier García Yagüe

La “Trilogía de la Juventud” deja atrás el mundo rural de la posguerra para irse a vivir al despegue urbano e industrial de nuestro país durante la década de los 60. Con la misma brillantez que “Las manos” relató el hambre y el caciquismo de una España sometida, “Imagina” cuenta la lucha de la utopía de la libertad frente a la aceptación y connivencia con el régimen social, económico y laboral impuesto por el franquismo.

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A lo largo de un total de 43 escenas Imagina nos muestra las escasas opciones que tuvieron los más jóvenes de labrarse su futuro en aquella época en que la dictadura estaba tan consolidada que algunos daban por hecho que iba a ser perpetua y que otros pensaban que debía estar cerca de un final que no se veía por ninguna parte. El hombre sometido al sistema y la mujer cumpliendo lo dictado por el hombre. La oportunidad de oro de ellos estaba en entrar como aprendices en una fábrica y poco a poco, a base de acatar silenciosamente instrucciones, órdenes y riesgos, ganar puntos y antigüedad con los que subir en la escala jerárquica del sistema fabril y pluses con los que complementar su sueldo. De esta manera se adquiría una respetabilidad y se garantizaban los ingresos con los que, aunque con muchas dificultades, mantener a una familia.

En el caso de ellas, primero estaba obedecer el dictado de un padre y los modos y maneras de la generación anterior que tan bien arbitraba siempre una madre. Después llegaban las reglas que considerara el hombre del presente, el amigo interesado, el pretendiente, el novio y el finalmente marido que tenía tanto el respaldo de su salario como el de la sociedad para dictar lo que estaba bien y mal, lo que se debía o no hacer bajo el techo familiar, así como los cuándos y con quién.

Frente a la rigurosidad con que están trazados sus destinos, los personajes de Imagina se debaten, como la España de entonces, en la angustiosa y esperanzadora necesidad de luchar por sus derechos más elementales, como el de expresión, el de organización sindical o el del uso y disfrute de su propio cuerpo. Un deseo de progresar que se daba de bruces no solo contra la cerrazón y la fuerza del entramado burocrático que todo lo asfixiaba, sino con la, en muchos casos, incomprensión de unos mayores que tras haber sufrido una guerra consideraban la aparente paz presente como la mejor de las situaciones. Un mundo ingenuo de complejos conflictos al que le ponían letra las canciones de Joan Baez, Rolling Stones, The Beatles o Françoise Hardy, en el que se deseaba hablar inglés y conocer París.

Imagina es una sucesión de cuadros escénicos en los que su preciso texto es capaz de recoger la esencia de momentos que tienen tanto de espontáneo y cotidiano como de trascendencia y simbolismo. Teatro que no es solo representación, sino también interpelación a su espectador con el múltiple registro que en ocasiones se les exige a los actores, encarnando no solo su papel, sino ejerciendo también de narradores del compendio de emociones y diferentes puntos de vista de los momentos que protagonizan.

Tras descubrir tiempo atrás esta Trilogía de la Juventud con Las manos y encontrar hace poco este Imagina, ahora solo me queda localizar 24/7, la tercera parte con que José Ramón, Yolanda y Javier completaron este fantástico proyecto en 2002.