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Benidorm, ciudad flotante

Epítome del turismo, del disfrute del sol y de la ligereza que supone estar de vacaciones. Babilonia organizada en base a nacionalidades, lenguas, vicios y simulacros de horarios. Ciudad en la que lo estable se funde con el carpe diem y son muchos más los que vienen y van que los que están. Vibraciones tan causadas por ella como motor de su existencia y razón de ser actual.

Situada al este peninsular, el sol hace acto de presencia en ella a hora temprana. Es el mejor momento, en época estival, para pasear sin sofocos por su urbanidad y, de paso, encontrarte un fresco de lo que atrae, conjuga y ofrece. A las siete de la mañana en mi camino de ida hacia el agua salada me encuentro individuos, por separado y en pareja, por cuyo bronceado deduzco que son originarios de latitudes nórdicas.

Para cuando llego a la playa de Levante, los más habituales son los que comienzan a tomar posiciones en la arena, los operarios que están poniendo al día las tumbonas y sombrillas que alquilarán en breve, así como los muchos jóvenes, y los no tanto, para los que parece que la noche aún no ha acabado. Aun así, se les ve lozanos, cosas de la edad supongo, ágiles y dispuestos, deduzco que consecuencia de la suma, combinación y adenda de lo espirituoso y lo hormonal.

Tanto el camino de ida como el de vuelta van en contra de una de las presunciones que solemos tener de los lugares de sol y playa. Esta localidad no es plana, las cuestas que hay que subir y bajar en ella son propias de una orografía proveedora de excelentes panorámicas. He ahí la sierra Helada que se prolonga desde aquí hasta Alfaz del Pi, escenario perfecto para introducirse en la práctica del senderismo, de recorridos cortos pero lo suficientemente retadores como para que te sientas un héroe del montañismo premiado con unos amaneceres dorados que ya los quisieran para sí muchos de los que reniegan de este punto del mapa patrio.

Si no te van los suelos inestables por causa de los guijarros, los arbustos y la maleza, así como el polvo rojizo que pondrá a prueba tu calzado, puedes conformarte con los dos kilómetros de ascenso asfáltico que exige llegar por una continua pendiente hasta la cruz de Benidorm. Rémoras del nacionalcatolicismo que en 1961 estimó que subir semejante símbolo desde el nivel del mar hasta ahí era la manera de redimir a Benidorm de su fama de frívola y, de paso, hermanarla paisajísticamente con Sao Paulo, Lisboa y San Sebastián. Seguro que entonces había quien decía sobre ella algo similar a lo que Oscar Wilde sobre San Francisco, “qué raro, todo desaparecido es supuestamente visto en Benidorm, debe ser una ciudad encantadora y poseer todas las atracciones del otro mundo”.

Como alternativa está el muy bien preparado camino hasta la torre de la punta del Cavall, con el que disfrutar de unas vistas espectaculares tanto del Mare Nostrum como de las paredes ibéricas. Y de paso comprobar, gracias a los restos de esta construcción defensiva del siglo XVI, que Benidorm ya existía antes del turismo, y que en su término municipal se puede disfrutar de calas, como las de la Almadrava o la Tío Ximo, de aguas cristalinas, donde -según los meteorólogos- este año el líquido elemento tiene una temperatura superior, incluso, a la del Caribe.

Volviendo a su callejero actual, muchos acusan a Benidorm de arquitectura grandilocuente y masificación megalómana por su capacidad de concentración de viandantes y bañistas, sin distinguir entre locales y foráneos, nacionales e internacionales. Setenta mil habitantes censados y hasta cuatrocientos mil individuos en sus calles, la viva materialización del concepto población flotante en lo que algunos dicen parecer un sucedáneo de Manhattan. Absurda comparación peliculera, cuando la realidad es que resulta más acertado el símil con Las Vegas por su ánimo festivo o con Miami por sus palmeras y su hedonismo, ya puestos a la hipérbole comparativa. Cuestión de tiempo que veamos una campaña de promoción turística dirigida a atraer a sus hoteles, pubs y demás lugares de ocio y esparcimiento, despedidas de solteros y solteras desde donde quiera que puedan venir bajo el lema “Lo que pasa en Benidorm, se queda en Benidorm”.

Quién sabe si formará parte de esa ruta el recientemente inaugurado mirador de la música, al final de la playa de Poniente (la otra, la que está al sur) en honor al Benidorm Fest. Entre la intención seria y el don de la oportunidad, la primera estrella que allí luce es la de Chanel, todo sea porque su carrera profesional eclosione, las próximas citas para elegir a sus sucesores o sucesoras dejen dinero a raudales en esta localidad y Eurovisión siga dando rédito mediático a Televisión Española. Muy cerca de allí está el Hotel Bali, desde cuya planta 43 se puede contemplar, casi a vista de pájaro, no solo la extensión y formato que ya tiene esta urbe, sino los pasos que sigue dando para extenderse sobre la tierra y prolongarse hacia el cielo.

Un callejero en el que casi pasa desapercibido su centro, las callejuelas a partir de las cuales surgió Benidorm. Décadas atrás habitadas mayormente por pescadores que se lanzaban al Mediterráneo como manera de ganarse la vida. No queda ni rastro de ellos. El antiguo puerto es hoy solo deportivo y de reducidas dimensiones, quizás la única barrera que hasta el día de hoy han aceptado los gobernantes con responsabilidades sobre ella. Seguro que en algún momento alguno de ellos soñó con ver atracados aquí yates como los de Puerto Banús o cruceros como los que vomitan a miles de paseantes en Barcelona o Venecia. De momento, esa liga no será la de los benidormíes.

Y aunque en ese reducido plano ya no entran y salen gentes con redes de pescar, lo hacen clientes de todo tipo que acuden a los locales comerciales en que se han convertido casi todos sus inmuebles. Pequeños hoteles, tiendas con una infinita variedad de artículos y restaurantes con una oferta gastronómica tan amplia como los gustos de los que la pasean y transitan a todas las horas del día. Muchos no admiten reserva, como La mejillonera, lugar en el que merece la pena esperar para hacerse con una mesa y chuparse los dedos con los diversos modos en que preparan los moluscos que les dan nombre, sus gambas al ajillo o las mezclas de frituras que incluye su carta.

Lejos de allí y a medio camino de las urbanizaciones, plagadas de piscinas particulares, que se extienden en la ascensión a la serranía se encuentra el Benidorm Palace. Desde fuera podría sintetizar todo aquello por lo que es prejuiciada Benidorm, un edificio aparentemente discreto que se presenta envuelto en una pátina de láminas metálicas a lo Frank Gehry. En su web y taquilla anuncia cenas espectáculos en los que se emula a Cher, Whitney Houston o Queen, y tiene incluso una compañía residente con más de veinte bailarines. Sorprende su interior, inaugurado en 1977, y hoy con un aforo de más de 1.600 butacas. Casi nada. El menú es correcto, seguro que delicioso para el paladar de un británico, y la ingeniería audiovisual, escenográfica y de sonido hace que el show tenga nivel. Digno de que Secun de la Rosa e Isabel Coixet lo consideren para lo que podría ser una continuación de sus El cover y Nieva en Benidorm, ambientadas ambas en el encuentro realidad y ficción cinematográfica que es esta peculiar metrópoli.

“Bullet train”, Brad Pitt a toda pastilla

Diversión, acción, una vibrante postproducción y un guión con muchas libertades para cuadrar su historia. Cameos y breves interpretaciones que despiertan sonrisas en un espectáculo nipón trepidante, a golpe de color y una edición casi epiléptica, plasmado con filtro Tarantino.

Agosto, mes de vacaciones, en el que soñar con mil y un lugares a los que viajar. Como Japón, archipiélago en el que desplazarse subiéndose a uno de sus famosos tren bala. El delirio sería verse en él acompañado por Brad Pitt y ser testigo de cómo se la juega para salvarse no se sabe bien de qué ni por qué ni para qué. La realidad no puede ser tal, pero sí la fantasía plantándose en un cine para disfrutar de estas dos horas de viaje entre Madrid y Kioto. Treinta minutos menos de los que tarda un Bullet train auténtico. Inexactitud excusable, una de las muchas licencias que David Leitch se toma sin mayor excusa del porque sí. No pretende una cinta sesuda y toda libertad es bienvenida para conseguir que la trama fluya y no baje ni un ápice la sobredosis de velocidad y adrenalina que transmite y contagia.

Unos cuantos chicos y chicas malas repartidos en diez vagones, una miscelánea en la que todos son perseguidos y perseguidores y no tienen pudor ninguno en disparar antes de preguntar. Pero además de asesinos, mercenarios o agentes que siguen órdenes superiores, son tipos auténticos con un muy particular sentido del humor que les hace predicadores de la ironía, altavoces de una retórica ácida y aspirantes a un club de la comedia perfectamente compatible con golpes, tiros y peleas que tienen tanto de coreografía hipnótica como de violencia delirante. No hay secuencia que no tenga de ello a raudales, y lo mejor es que nunca sobra, siempre es pertinente.

Puede que le sobren algunos diálogos con intención graciosa y que suenan a tomados de cualquiera de Reservoir Dogs o Pulp Fiction, pero cobran sentido cuando dejan de ser utilizados como pausa con la que intrigar y se convierten en un ingrediente más del absurdo hiperbólico al que asistimos. Visceralidad latina (versión mexicana), exabruptos occidentales (ecos de la fantasía de Misión imposible y de la elegancia de Kingsman), toques de gore y un buen sazonamiento de cultura local, inclúyase la Yakuza, una it girl y más destrozos que los ocasionados por Godzilla.

Que no hay intención alguna de seriedad lo subraya una banda sonora en la que se versiona el Stayin’ Alive de los Bee Gees y suena Alejandro Sanz en lo que podría ser el mejor videoclip de su carrera y el de Bad Bunny, éste último sin cantar y caricaturizándose a sí mismo. La socarronería no se queda ahí, aparecen unos cuantos hollywoodienses materializando el sueño húmedo de muchos de sus fans. Ryan Reynolds, sin arquear siquiera la ceja, prolonga su personaje de Deadpool, saga en cuya segunda entrega ya coincidió con Leitch. Channing Tatum parece de camino a la versión homoerótica de Magic Mike y Sandra Bullock expone, por la vía de los hechos, el ascenso de Miss Agente Especial en la escala de la industria de la seguridad.

Y entre todo este totum revolutum, Brad Pitt se mueve como pez en el agua, encarnando su papel y a sí mismo a partes iguales. Su fotogenia es indudable, al igual que sus dotes interpretativas en esa fina línea que une lo guasón a la que es tan dado, pero sin convertirse en una reiteración de cualquiera de sus papeles anteriores. Súmese convertirse en mariquita, así se llama el agente al que pone rostro y cuerpo, le vale para evidenciar que está por encima de, sino de todo tipo, sí de muchos corsés limitadores y de prejuicios tanto de la industria como de quienes aún vamos a las salas. Él parece pasárselo en grande en la pantalla y nosotros, desde la butaca, nos lo pasamos muy bien con él.  

«Vortex», vida y angustia

Entras a la sala creyendo que vas a ser testigo de la ancianidad de una pareja, pero comienza la proyección y en lo que te adentras es en el abismo que se abre entre la necesidad de estructurar y comprender y la abstracción y la sinrazón en que consiste la demencia. Edición virtuosa y un guion concebido para llevar a su espectador al extremo de su resistencia psicológica.

Gaspar Noe es inteligente y retorcido. Su escritura y posterior grabación no están centradas solo en lo que quiere mostrar, sino también en lo que busca provocar. Su objetivo no es conseguir una expresión verbal o una reacción gestual, sino una vivencia interior, difícil de comprender y, por tanto, de manifestar y compartir. No queda claro si con una motivación sádica y manipuladora o de traslación total del realismo que pretende generar con las historias que concibe y su muy particular manera de llevarlas a la pantalla. Sin embargo, frente a la manera psicotrópica y alucinógena con que, por ejemplo, lo hizo en Climax, esta vez lo moldea con una árida sobriedad con la que ni siquiera nos permite la evasión de centrar nuestra atención en descifrar la orquestación estética con que genera dicha atmósfera.

Aun así, Noe no reniega a su efectismo y parte la proyección. La divide en dos imágenes en las que recoge la actuación paralela de sus personajes cuando se encuentran en diferentes coordenadas, incluso cuando están dentro de la misma vivienda. O en las que, si están compartiendo plano, simultanea puntos de vista como medio con el que trasladarnos que no hay una realidad e impresión única. Queda para los más sagaces el descubrir si combina dos cámaras, dos tomas diferentes o alterna una y otra opción según haya considerado más conveniente. Lo que queda claro es el extraordinario trabajo de montaje, fotografía y escenografía que hay tras ello. A destacar ese piso en el que residen Lui y Elle, lleno hasta la saciedad de libros y papeles, saturado de mobiliario, desordenado y sucio a niveles próximos a Diógenes.

Una suerte de caverna platónica en la que la vida ya no es verdad sino un reflejo de lo que fue, salteada de referencias cinematográficas (Carl Theodor Dreyer, Fritz Lang) y literarias. Un espacio que, como el devenir individual y conjunto de sus protagonistas, limitados físicamente y agotados emocionalmente, torna en kafkiano, con la única certeza de que el camino iniciado no tiene marcha atrás ni planimetría sobre la que seguirlo ni destino al que llegar. Así es como Noe nos encierra donde pretendía, en la enfermedad. En la incapacidad para saber lo que está ocurriendo y en la indefensión de no haber modo alguno de hacerle frente, en sentir que no hay más opción que dejarse arrollar por ello y que esto sucederá abruptamente, sin posibilidad de prever cuándo o cómo ocurrirá.  

Un resultado fundamentado en las excelentes interpretaciones de Dario Argento y Françoise Lebrun. El director italiano sorprende con su gestualidad y agitación y la también actriz de teatro y televisión con su capacidad, para con sus balbuceos, silencios y quietud llenar el encuadre, paralizar la acción e introducirnos en una dimensión donde el tiempo transcurre en espiral y no de manera lineal como solemos esperar desde la butaca.

Solteros en la ciudad y atacados una vez más

Netflix estrena “Desparejado”, serie que nos cuenta la vuelta al mundo de la búsqueda de pareja de un hombre al que le ha dejado su novio tras diecisiete años juntos. Ocho capítulos livianos y llenos de clichés, que nos hacen pensar no solo sobre lo que nos gustaría ver en la ficción, sino también en los espacios informativos en estos días en que se pretende vincular nuevamente homosexualidad, enfermedad y problema de salud pública.

Es habitual ver en redes sociales un meme con el texto Give the gays what they want cada vez que un programa de cierta audiencia o personaje público adopta un rol en pro de todo aquello que se supone del agrado de los hombres homosexuales como es el activismo sin tapujos, un despliegue de ademanes catalogables como divismo o la exaltación del hedonismo. Ese es el espíritu de Uncoupled, la serie que se puede ver en Netflix desde el pasado viernes protagonizada por Neil Patrick Harris.

Ficción apropiada para estas fechas, la ligereza de sus guiones es tolerable por encima de los treinta y muchos grados que marcan a diario los termómetros desde hace semanas. Los que no podéis o no os apetece verla, tranquilos, no os perdéis nada. Su planteamiento y desarrollo no llega, ni de lejos, a sucedáneo gay de Sexo en Nueva York. Su decálogo de restaurantes de moda, interiores de lujo y cuerpos masculinos escultóricos bien podría estar tomado de una aleatoria combinación de reels de Instagram. Su sucesión de anécdotas, sarcasmos y giros narrativos suenan a escuchados y fantaseados, reproducidos realísticamente o mal interpretados en un intento de personajismo, una y mil veces, por todos nosotros. Me refiero a ti que eres homosexual o bisexual, si no lo eres, disculpa, no quería ofenderte.  

Está bien que veamos entretenimiento y fantasía con personajes LGTBI, lo que le vale a Netflix para se considerada una empresa LGTBI friendly. Ya es más de lo que teníamos hace un par de décadas. Podemos debatir si está bien que se haga de una manera tan superficial. Pero en lo que no debemos errar es en creer que con esto nos vale, o de culparle, por su falta de realismo y activismo, de lo que ocurre en nuestras calles, lo que se discute en nuestros parlamentos y se difunde a través de muchos medios de comunicación.

Buena parte del espectro político grita contra la educación en la igualdad de género. Referentes a los que creíamos con criterio aúllan alentando a la discriminación en base a la identidad de género. Y ahora, para colmo, instituciones a las que presuponíamos adalides de la objetividad científica y la sensatez, en pro de la convivencia humana, se erigen como promulgadoras de juicios superficiales con los que exhortan a la estigmatización.  

Es el caso de la Organización Mundial de la Salud y su recomendación, días atrás, de reducir el sexo entre hombres como medio con el que evitar la extensión del virus de la varicela del mono. La historia se repite y los prejuicios continúan. Hace cuatro décadas el VIH fue rápidamente considerado una cuestión exclusivamente gay, lo que sirvió no solo para dedicarle escasos recursos a los primeros enfermos que padecieron el sida, sino para culpabilizar, demonizar y despreciar a las personas homosexuales. Ignorancia, injusticia y maldad que aumentaban el daño y el dolor que, ya de por sí, nuestra sociedad ha infligido siempre a quien no se ha manifestado expresamente heterosexual. El tiempo demostró no solo el error en el diagnóstico de la pandemia, sino el horror extra que se había añadido a la tortura física y psicológica que sufren muchas personas cada día en todo el mundo por su orientación sexual.  

La barbarie actual está en que la viruela del mono ni siquiera es considerada una enfermedad de transmisión sexual, lleva décadas existiendo en África y ahora que da el salto al primer mundo, sobreactuamos porque los primeros focos conocidos se han dado en ambientes festivos frecuentados por un público homosexual. Señores y señoras, esto huele a no reconocer el espíritu colonialista con el que miramos los asuntos sociales que tienen que ver con aquellos países que no nos importan. A buscar un culpable ante la incapacidad de admitir no ya que la naturaleza está por encima del hombre, sino que estamos actuando deliberadamente en contra de ella con un fin estrictamente avaricioso. A poner de relieve que, a pesar de las legislaciones, políticas y códigos aprobados y difundidos por doquier contra la LGTBIfobia, se quiere seguir estableciendo clases, culpas y penas para diferenciar y separar a unos de otros con el fin de ejercer poder, dominio y sumisión. 

A lo mejor son asuntos demasiado serios como para tener cabida en la banalidad de Desparejado. O han saltado a la luz demasiado tarde como para intervenir sobre una producción audiovisual que seguramente quedó perfectamente editada meses atrás. Veámosla si nos apetece, sin esperar de ella más de lo que promete ni exigirle lo que no le corresponde. En lo que, a esto respecta, sigamos sin dejar pasar ni una, practicando el activismo que nuestras coordenadas personales nos permitan y exigiendo a los representantes políticos en los que confiamos y a los legislativos que nos representan -a nivel local, regional, nacional y europeo, y por designación de estos o del poder ejecutivo, en muchas instituciones supranacionales-, que nos respeten, defiendan y protejan tanto con sus palabras y propuestas, como con sus votaciones y manifestaciones públicas.

“El hombre que no deberíamos ser” de Octavio Salazar

Los convencidos dirán que lo que su autor cuenta es justo y necesario. Los reaccionarios que su redacción está plagada de generalidades y va en contra de lo que ha sido norma y tradición. Así es como entre unos y otros le dan la razón a su intención pedagógica y a su visión sobre lo desigual que es nuestra sociedad mientras siga definiéndose en términos de masculino y femenino.

Es curioso como la Constitución Española habla de españoles, personas e individuos sin hacer distinción de género. Eran otros tiempos y probablemente sus redactores no tuvieron más intención que seguir la norma de la RAE que dice que el plural se forma utilizando el masculino del sustantivo a utilizar, el tan manido masculino genérico. Pero hay algo que, quizás, también estuvo en su inconsciente y es que tanto antes, como más allá de las imágenes que creamos, transmitimos e interpretamos de nosotros mismos, somos personas. El género es algo que nos describe a posteriori, pero previo a esta construcción somos conciudadanos, seres humanos iguales y diferentes a los otros miles de millones que habitamos este planeta.

Punto de partida de lo que es la humanidad. Sin embargo, negado desde su mismo principio, situándolo no ahí -y ni siquiera en otras peculiaridades como la raza, la cultura o la religión- sino en el resultado del filtro que nos divide en hombres por un lado y mujeres por otro, y asignándonos unos roles con deberes y derechos inamovibles. Encorsetándonos en una injusticia y desigualdad donde ellas son más víctimas que ellos, pero donde lo masculino también resulta herido y mancillado por la falta de libertad a la que se ve condenado. La diferencia está en que en ambos casos quien genera daño y dolor es el hombre, por el sometimiento físico y psicológico que ejerce sobre las mujeres y por el estrechamiento conductual que se impone a sí mismo.

Como bien señala Octavio, los concienciados estamos de acuerdo en que transitamos desde hace tiempo por el largo, lento y tortuoso camino que algún día nos llevará a la igualdad real y del que en algunos momentos vemos destellos que nos hacen sentir que lo tenemos al alcance de la mano. Pero hay algo que evidencia que aún queda mucho por recorrer, y es que prácticamente todo lo logrado ha sido gracias a la insistente reclamación y lucha de las mujeres. Y que parte de lo que creemos conseguido es resultado de las estrategias de marketing del voraz consumismo impulsado por el neoliberalismo. La supuesta sensibilidad del metrosexual y la feminización de algunos puestos directivos esconden en la mayor parte de los casos una nueva visión de la exigencia de transmitir poderío físico y la exaltación de comportamientos fríos y agresivos.

La antropología y la cultura dan fe de cómo ha sido así desde hace siglos, y la sociología atestigua cómo sigue ocurriendo, pero como bien afirma el también autor de Autorretrato de un macho disidente, contamos con un instrumento muy útil con el que transformar el sexismo de nuestra sociedad, la política. Dimensión múltiple en la que se actúa no solo delegando vía voto, sino con el ejemplo personal. Pidiendo que se actúe en campos como el de la educación afectiva y sexual de los más jóvenes y que se ponga el foco no solo en ayudar a las mujeres maltratadas y explotadas sino en prevenir que haya hombres violentos y proxenetas.

Algo en lo que todos y cada uno de nosotros podemos y debemos actuar en nuestro día a día y sea cual sea el ámbito en el que nos movamos y actuemos a nivel laboral, familiar y social. Informándonos para tomar conciencia de cómo seguimos teniendo comportamientos machistas que nos impiden mostrarnos atentos, cercanos y empáticos con quienes nos relacionamos. Denunciando los relatos y prácticas excluyentes en los que se fundamenta el heteropatriarcado -basta acudir a una juguetería para comprobarlo-, y rehuyendo cualquier coordenada en la que se cosifique, mancille o violente a las mujeres -como es la pornografía- por el mero hecho de ser tales.

El hombre que no deberíamos ser, Octavio Salazar, 2018, Editorial Planeta.

“Una mujer sin importancia” de Oscar Wilde

Las diferencias entre sexos, pero también entre británicos y norteamericanos, así como entre pudientes y nobles y el resto de la sociedad. Un retrato ácido e irónico sobre el ser y el parecer plagado de juegos retóricos en base a contrastes e hipérboles en las que su autor, como es habitual en él, se revela inteligente y recurrente, a la par que crítico y sarcástico.  

Oscar Wilde se desenvuelve como pez en el agua escribiendo sobre la vida en sociedad, los encuentros mundanos, aquellos que se suponen motivados por la amistad, pero realmente impulsados por la imperiosa necesidad de huir del aburrimiento y del vacío interior. Mientras que para sus habitantes tienen algo maníaco y depresivo, él se divierte sacando a la luz su verdadera faz. Como si se tratara de un ejercicio freudiano, los pone a hablar hasta conseguir que liberen la verdad que no solo les desnuda, sino que demuestra su pobreza espiritual y su escasa moralidad. De ahí su contrariedad y su paradoja ya que resultan erigidos como dogma y representantes de todo lo contrario.

En Una mujer sin importancia, estrenada en Londres y Nueva York en 1893, se centra en tres asuntos. La pompa con que las clases altas del Imperio Británico organizan su vida social y las conversaciones que mantienen en dichas coordenadas. Centrados más en las apariencias y las formas, en las jerarquías y en los juegos de poder, que en establecer y mantener vínculos sinceros y humanamente enriquecedores. La diferencia que esto supone con respecto a los norteamericanos, a los que se dirigen con la curiosidad de la distancia, así como con la superioridad del eco colonial. Una suerte de grandilocuencia que aplican también sobre aquellos que no tienen títulos nobiliarios o una solvencia catastral y económica como la suya. Es decir, sobre cuantos tienen que trabajar. Y por último, el artificio de las convenciones que enfrentan a hombres y mujeres, impidiendo una relación sana, equilibrada y justa entre ambos sexos.

Wilde se desenvuelve en este embrollo y complejidad con una fineza elegante y sinuosa, organizando un divertimento en el que los similares a lo que muestra se sentirán halagados y los diferentes verán en ello una crítica mordaz. Podría interpretarse como un inteligente ejercicio de cinismo por la indisolubilidad de su admiración estética y su rechazo intelectual. Se aprecia su gusto y búsqueda de lo sensorial, pero también su abominación de cuanto limita o cancela la libertad individual. Aunque no queda claro si esto tiene que ver única y exclusivamente consigo mismo, con su condición de hombre, consciente de sus inclinaciones y satisfecho de sus actos, o si está también del lado de las mujeres que se ven perjudicadas por las injustas y caprichosas reglas morales con que solo se les juzga a ellas.

Estructurada en cuatro actos, este texto progresa yendo de lo genérico a lo concreto y de lo colectivo a lo individual. Un inicio en el que nos da las claves generales del mundo y de la sociedad en la que se adentra. Un desarrollo en el que crea una atmósfera espontánea, pero también inevitable, y expone las relaciones y roles de sus protagonistas. Y, finalmente, un desenlace más rítmico y dinámico en el que todo lo anterior se convierte en acción, con su consiguiente despliegue de causas y consecuencias, puntos de no retorno, giros y sorpresas que culminan la puesta a prueba tanto de las convenciones sociales (sexo fuera del matrimonio, madres solteras y mujeres con criterio propio) como de los recursos literarios (con aforismos tan sentenciosos como divertimentos lógicos).

Una mujer sin importancia, Oscar Wilde, 1892, Editorial Edaf.   

“El que es digno de ser amado” de Abdelá Taia

Cuatro cartas a lo largo de 25 años escritas en otros tantos momentos vitales, puntos de inflexión en la vida de Ahmed. Un viaje epistolar desde su adolescencia familiar en su Salé natal hasta su residencia en el París más acomodado. Una redacción árida, más cercana a un atestado psicológico que a una expresión y liberación emocional de un dolor tan hondo como difícil de describir.

Que comience en 2015 y acabe en 1990 podría hacernos pensar que Ahmed se retrotrae desde las consecuencias hasta las causas de la historia que inicia dirigiéndose a su madre. Hay algo de eso, pero también de querer mostrar cómo hay cuestiones que perviven, que no cambian, que son un ancla que arrastramos desde no se sabe cuándo. Tanto que parece que hemos nacido con ese peso externo ya incorporado a nosotros y lo sentimos como algo orgánico y no como un lastre del que desprendernos. Llegamos a tomar conciencia de ello, de que hay algo en nosotros que no va bien, que no funciona, que nos impide y nos limita, que nos niega e incapacita, que nos hace sufrir.

Sin embargo, nos hacemos la ilusión de que no es así, de que hemos evolucionado y seguiremos avanzado por la senda del alejamiento. Pero si hacemos el esfuerzo, si tenemos el valor suficiente, nos daremos cuenta de que lo único que cambia es el prisma desde el que lo enfocamos y el discurso con el que justificamos, maquillamos y ocultamos nuestra insolvencia. La auténtica y única verdad es que no sabemos cómo afrontar la realidad porque implicaría poner en duda quiénes y cómo somos, qué quedaría de nosotros si acabáramos con esa guerra y no tener ni idea de cómo afrontaríamos el futuro por venir.

Así es como el personaje creado por Abdelá inicia su desnudo epistolar. Con una combinación de ansiedad y serenidad, de tener claro su objetivo y no querer perder el tiempo en rodeos, pero también de no querer callar ni uno solo de los argumentos que considera probatorios. Esto le lleva a enfrentarse a la mujer que le trajo al mundo echándole en cara todo aquello que hoy le mueve a manifestarse. Pero la diafanidad de su necesidad le impide percatarse de que él mismo es también transmisor de semejantes formas de comportamiento. La distancia que él cree haber puesto de por medio, cambiando una casa familiar abarrotada en Marruecos por un hogar aburguesado con un marido bien posicionado en la capital francesa no es más que una muestra del papel que en su particular ecuación personal ha jugado un elemento añadido, la dialéctica entre colonia y metrópoli.

Como demuestran la solemnidad de sus frases cortas y la parquedad expresiva de lo que Ahmed manifiesta y le es contado, su propósito es tan complejo como árido. Desmontar la concatenación de proyecciones que cada uno de los firmantes, así como de los sujetos referidos, siente que es su vida. Una sucesión de reflejos que se prolonga haciendo de cada persona un sucedáneo de quien podría llegar a ser si no fuera por las coordenadas en que le ha tocado nacer y vivir. Evidencias de que sus maneras de relacionarse con el mundo siguen un patrón con unos tintes sistémicos que complementan, envuelven y amplifican lo que les fue transmitido por su educación familiar. Un callejón sin salida en el que acaban una y otra vez, una y otra vez, una y otra…

El que es digno de ser amado, Abdelá Taia, 2018, Cabaret Voltaire.

Almagro 2022, experiencia metateatral

Es verano y el buen tiempo anima al disfrute al aire libre y a compartir de manera relajada. En la agenda aparecen con letras mayúsculas lugares y ocasiones como Almagro y la 45 edición de su Festival Internacional de Teatro Clásico. Ocasión perfecta para disfrutar de textos de ayer con propuestas de hoy. Hasta que estas optan por entretener en lugar de conectar, agitar y gozar.

Tras las limitaciones generadas primero por la pandemia y después por circunstacias que no vienen al caso, he vuelto a la cita teatral que acoge este Conjunto Histórico-Artístico para asistir a los dos espectáculos que, con buena intención, elegí junto con otros amigos. El criterio para llegar a ellos no fue complejo. Primero las fechas que nos venían bien, después descartar lo que algunos de los asistentes ya habíamos visto en Madrid y, finalmente, optar entre lo que quedaba. Se quedaron fuera el Malvivir, en el que Marta Poveda y Aitana Sánchez-Gijón están espléndidas, y Lo fingido verdadero, la sesudez de Lope de Vega sobre el teatro dentro del teatro vista por la Compañía Nacional de Teatro Clásico a las órdenes de Lluís Homar.

Pero como el destino hace de las suyas, acabamos entrando de todas maneras en el teatro dentro del teatro, la noche del pasado viernes, con #Eufrasia, una actriz de comedias. Ilusión total, la representación tenía lugar en el Corral de Comedias, íbamos a sentirnos como verdaderos espectadores del Siglo de Oro. Más cómodos que ellos, estábamos sentados, y contábamos con abanicos que con arte y gracia batíamos para airearnos. Dos horas que comenzaron creyéndonos trasladados a tres siglos y medio atrás para seguir las aventuras y andanzas de una mujer apasionada por la fantasía que se crea y se vive sobre las tablas, actriz primero, empresaria después.

Pero los interludios musicales a ritmo de no sé bien si rap, hip-hop o trap, la percusión con aires de Mayumaná y el planteamiento juguetón de los momentos más intensos, trágicos o inflexivos de su vida, nos llevaron a la conclusión de que el espectáculo al que estábamos asistiendo era una suerte de “supongamos que estamos en otra época”. Cierto es que, una vez aceptado que aquello no iba a ser lo esperado y que, a pesar del texto, los actores estaban más que bien en su quehacer, el rato se hizo llevadero. Y reconocer algo objetivo, al acabar la representación, la mayor parte del público aplaudió entusiasmado, muchos hasta se pusieron en pie.

El elenco y el equipo artístico de #Eufrasia, una actriz de comedias

En cualquier caso, una vez que salimos y nos vimos en la Plaza Mayor de Almagro el buen ánimo se adueñó de nosotros. Verano, sentimiento de hermandad y un lugar de gran belleza plagado de terrazas tranquilas en las que tomarse algo relajadamente. ¿Se puede pedir más? Sí, que el espectáculo se traslade o surja allí. Deseo que se hizo realidad la noche del sábado. Repentinamente aparecieron dos hombres vestidos con equipos de protección individual y una mujer con una pancarta. Sin hacer ruido, sin provocar. Solo estaban y hablaban con quienes se acercaban a ellos. Y no íbamos a ser menos.

Los activistas que reclamaban un cambio estratégico en la dirección del Festival de Almagro

Ni festival. Ni teatro. Ni clásico. Ignacio, dimisión”. Esto es lo que rezaba la tela que mostraban a los allí presentes. Nos contaron que, según ellos, el actual director del Festival ha convertido lo que antes era cita cultural en atracción turística, y que con el mismo presupuesto con que años ha se programaban grandes nombres y montajes de primera, ahora se construye una agenda a partir de compañías más cercanas a la buena voluntad y al amateurismo que a la profesionalidad, el prestigio y el rigor que exigen el legado y la reputación que Ignacio García se encontró cuando se puso al frente de esta cita en 2017.

Habría que indagar para saber si esta es una impresión o un juicio generalizado y preguntar qué tienen que decir, al respecto, la dirección del Festival y las instituciones públicas que conforman su patronato. Pero como no era el momento ni teníamos tiempo para ello, nos fuimos raudos a la Casa Palacio de los Villarreal. Allí nos esperaba Lope de Vega y El perro del hortelano. Sensación de apuesta segura, más aún con un auditorio amplio y abierto, en el que se podían sentir retazos de brisa. Tras escuchar a José Sacristan pedirnos que apagáramos los móviles y que la función iba a comenzar, la compañía Stayin’ alive nos relató que buena parte de sus integrantes se habían quedado en Uruguay por culpa del covid y que ellos iban a hacer lo que buenamente pudieran. Nuevamente metateatro.

Tras un arranque con aires de vodevil la función progresaba de buen ánimo. Generaba atención, sorprendía con las libertades de síntesis de su adaptación y agradaba con la versátil comicidad de sus intérpretes. Hasta que, en un giro inesperado de los acontecimientos, lo teatral derivó en una narrativa de inspiración televisiva y lo que se suponía iba a durar 75 minutos, según la web oficial del Festival, concluyó apenas transcurridos 50. Habíamos recordado qué significa deus ex machina, pero la impresión de coitus interruptus o de ¡campana y se acabó! nos dejó impertérritos. Al igual que en la jornada anterior, espectadores aplaudiendo en pie, pero con el terrible pálpito de que la pareja de uniforme profiláctico podía tener más razón de la que nos gustaría reconocerles.

Los integrantes de Stayin’ alive agradeciendo la recepción del público

Mis amigos se debatían entre el sí y el no, mientras yo recordaba la reciente lectura de Los tres usos del cuchillo, ensayo en el que David Mamet advierte de la divergencia entre el teatro como expresión de la naturaleza y la capacidad creativa del ser humano, y la representación teatral como instrumento con el que anestesiar el espíritu crítico, la capacidad de sentir y la voluntad de indagar que se nos presupone a todo individuo. No es momento de llegar a conclusiones, tampoco de dejarlo pasar sin más, sino de reposarlo y meditarlo tranquilamente. Si los elementos no lo impiden, apuesto a que volveré a Almagro en julio de 2023, cuestión aparte es con qué disposición y expectativas. Hasta entonces, y allá donde esté, ya sea leyéndolo en papel, ya sea viéndolo representado desde un patio de butacas, seguiré disfrutando del teatro. 

“Europa soy yo” de Anna Bosch y Pablo R. Suanzes

Nos definimos como europeos, pero no acertamos a definir qué supone. Este diálogo entre periodistas se propone dar respuesta a esta cuestión, así como a otras como el rol de los nacionalismos y los populismos en la política actual del viejo continente. Conversación entre dos profesionales experimentados que también ponen en común sus puntos de vista sobre los pilares de la práctica y el objetivo a conseguir por el cuarto poder.

Llego a Europa soy yo semanas después del buen sabor de boca que me dejó Guerras de ayer y hoy, la primera publicación de Voces 5W, serie de la Revista 5W que se propone acercarnos las claves del mundo actual a través del análisis y la reflexión de aquellos a quienes conocemos por ser habituales de nuestras pantallas, emisoras o diarios de referencia. Volúmenes en los que las palabras de sus protagonistas tienen un valor diferente porque no están condicionadas por las premuras de tiempo, las limitaciones de espacio que les exigen los formatos en los que trabajan y los superiores que intentan influir sobre los temas que tratan y el enfoque con que lo hacen.

Su carta de presentación es su subjetividad, acervo resultado de cuanto han vivido y trabajado a lo largo de los años preguntando sobre el terreno, reuniéndose en despachos y acudiendo allí donde consideraban que estaba el personaje, el dato o el acontecimiento que debía ser conocido para, posteriormente, ser contextualizado y transmitido. Un bagaje entre el que está el arte de la retórica, la capacidad de sintetizar y la habilidad de relacionar para dar una explicación con la que entender cuáles son los factores que han dado pie a la concreción de nuestro presente y su posible evolución.

De la transcripción del diálogo entre Anna Bosch y Pablo R. Suanzes me quedo con su definición de qué es la Unión Europea. Algo que está más allá de sus límites geográficos, su estructura administrativa o sus reglas políticas. El elemento fundamental y central somos nosotros, sus ciudadanos. Personas que, sobre nuestra nacionalidad, sentimos tener algo en común con cualquier otro individuo que forma parte de este club.

Un conjunto concebido con la convicción de que, en la colaboración y la búsqueda de sinergias está la fuerza, pero también con retos, riesgos y debilidades actuales muy fuertes como resultado de los diferentes pasados con que cada uno de nosotros ha llegado a este conjunto. Los miembros originarios del club, los que llegamos desde el sur sintiendo orgullo de nuestra membresía y los que lo hicieron desde el este dejando atrás el lastre de la Guerra Fría. Un referente de libertades para todos, pero también un marco en el que ha habido que afrontar retos que muchos no esperaban, como fue hace una década el de la inmigración causada por los conflictos de Oriente Medio.

Y aunque hace tres años de la publicación de Europa soy yo, la solidez del juicio de Anna y Pablo queda patente en lo que comentan sobre el devenir que preveían del desconcierto que estaba ya provocando el Brexit en Reino Unido y el amenazante papel jugado por Putin desde Rusia. Países vecinos muy marcados en su proceder por la nostalgia de su pasado imperial. Sus hipótesis han acabado por hacerse realidad por estar fundamentadas en lo que consideran los principios del periodismo y del buen corresponsal. Una profesión que no consiste solo en trabajar la pieza que vemos, escuchamos o leemos, sino en comprender cuanto hay tras la realidad que esta muestra.

Misión nada fácil, para la que nunca hay un camino trazado y que exige una combinación de intuición, disposición y dedicación, cuidando el detalle, pero también teniendo una visión amplia en la que es muy importante tener conocimientos sobre historia, sociología o economía. Y como culmen, la heterogeneidad de los que estamos de este lado. Desde los que buscan ampliar lo que ya saben con nuevos enfoques y razones que esperan conseguir a través de sus cabeceras y firmas habituales, a los que únicamente quieren tener unas nociones básicas, pero claras, de por dónde va el mundo en el que vivimos.

Europa soy yo, Anna Bosch y Pablo R. Suanzes, 2019, Revista 5W.

Cómo hacer frente a un neonazi

Desde hace días se puede ver en Filmin “Todo lo que amas”, serie de producción noruega que cuenta de manera sencilla y sin ambigüedades ni sensacionalismo cómo percatarnos de la pervivencia del virus del supremacismo fascista en nuestra sociedad. Siete capítulos de corta duración con los que tomar nota de cómo prevenir que los más jóvenes encuentren en su manipulación las respuestas que buscan y sepan plantarle cara.

Tras años sin verse, Sara y Jonas coinciden una tarde en el metro de Oslo. Ahora ella es estudiante universitaria y él vigilante de seguridad. Comienzan a quedar y a compartir tiempo, a intimar, a mostrarse no solo físicamente sino también como seres que actúan según sienten y piensan. Un proceso lento, que se inicia con tiento y cierto artificio por no saber cómo funciona el otro y porque la prioridad es agradarle para conquistarle. Mas a pesar del cuidado en guardar determinadas formas, la esencia, intimidad y verdad de quién es cada uno de ellos se va manifestado poco a poco. Y por eso actúan como lo podríamos hacer cualquiera de nosotros, personas que a medida que nos conocemos y ganamos confianza, nos relajamos y expresamos los valores y principios por los que nos regimos de una manera clara y directa.

Ya fuera de la pequeña pantalla, la experiencia nos dice que es entonces cuando surgen comentarios pronunciados de manera espontánea y con un tono aparentemente liviano como “los moros y los negros están acabando con nuestra identidad nacional” o “los maricones son enfermos”. La cuestión es si quienes los escuchan son capaces de liberarse de sus deseos y necesidades a la hora de interpretarlos correctamente y no disculpan la xenofobia, la lgtbifobia, el machismo y demás fobias bajo excusas como es solo un pensamiento, no tiene mayor importancia o seguro que no quiere decir eso, por miedo al conflicto, a la soledad o a ser acusados de paranoicos.

Pero como sucede con los asuntos médicos, y si no hemos conseguido el más vale prevenir que curar, cuanto antes actuemos ante la manifestación del virus del mal, antes podremos evitar que se extienda y que se materialice en consecuencias siempre dolorosas y para las que no existe la opción de volver atrás a enmendar el pasado. Porque por muy minoritarias, desorganizadas y aparentemente incapaces que sean las personas que forman parte de dichos círculos, su proceder no se atiene a las convenciones y reglas meditadas y consensuadas por las que la inmensa mayoría nos guiamos en nuestra convivencia. No queda otra que advertirles de su inhumanidad, distanciarnos de ellos y comunicar su pensamiento a quienes tienen el deber de protegernos. Solo así evitaremos que sus ideas nos ensucien y que traigan consigo polaridad, enfrentamiento, violencia y muerte como la que la propia Noruega vivió el 22 de julio de 2011.

Al tiempo, tenemos que ser inteligentes y no caer en el juego de la confrontación que proponen como excusa tergiversada sobre la que fundamentar su pensamiento y su retorcida visión del presente en el que vivimos. Como bien dice uno de los personajes de Todo lo que amas, castigarles con la humillación que ellos practican no es la solución, esta exige nuestra unión y ser capaces de ejercer de espejo en el que comprueben su absurdo y su error, la barbarie que personifican. Algo que pasa por la actitud individual de no permitir ni una y por la sistémica fundamentada en administraciones públicas que actúan de manera firme, decidida y rápida ante esta amenaza, apoyándose para ello en la justicia y previniendo a través de la educación, la comunicación y la cultura.

No hay sociedad libre del germen de la radicalización. En España hemos visto como esta provocó que una banda asesina se llevara por delante la vida de más de 850 personas. Y aunque no sea comparable, desde hace años tenemos ejemplos de gobernantes por todo el mundo que, en lugar de fomentar y trabajar por la convivencia, solo buscan separarnos y revolvernos a los unos contra los otros. También en nuestro país, desde varias marcas y ocupando puestos de máxima responsabilidad pública, con la paradoja incluso de haber sido elegidos democráticamente para, ahora, actuar de manera irrespetuosa, falta de toda ética y hasta saltándose la ley. No les dejemos.