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“El mono del desencanto” de Teresa M. Vilarós

“Una crítica cultural de la transición española (1973-1993)” presenta una interesante tesis, que no corrobora la versión oficial que solemos escuchar, sobre ese período tan de continua actualidad a pesar del tiempo transcurrido. El pero a su propuesta es cuando entra a ejemplificar cómo se manifestó dicho planteamiento en la literatura, el arte, el cine, el cómic,… Entonces este ensayo es solo apto para aquellos que conozcan dichos referentes y estén dispuestos a sumergirse en el denso análisis que se hace de los títulos y autores elegidos.

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Tras una animada sobremesa con amigos nacidos también en la década de los 70 en la que hablamos sobre la imagen que nos han transmitido nuestros padres acerca de aquellos años y el diferente, pero a la par similar, recuerdo que cada uno de nosotros teníamos de los años 80, prolongamos la tarde con un actividad de lo más placentera, mirando títulos en una librería del centro de Madrid. Mi cabeza seguía dándole vueltas a la conversación que habíamos mantenido y la portada de este volumen pareció levantarse de la mesa de novedades en que estaba colocado cual promesa de respuesta a las ganas de saber que este tema siempre me ha despertado.

De aquellos barros, estos lodos. Esta podría ser una de las primeras y fáciles conclusiones que extraer de la lectura de este ensayo. ¿Realmente hizo nuestro país una transición? Y si fue así, ¿desde dónde y hacia dónde? Cambio hubo, pero ni tan evolutivo ni tan profundo como se nos ha contado. El paso del blanco al negro solo es real si se transitan todos los matices del gris, si por el contrario el péndulo va de un extremo a otro, el mecanismo de actuación es el de acción-reacción y no el de un camino con una meta u objetivos claros. Algo que podría quedar resumido en la síntesis que años después de la muerte del dictador se hizo de un artículo de Manuel Vázquez Montalbán, “contra Franco estábamos mejor”.

El asesinato de Carrero Blanco dejó claro que el régimen estaba llegando a su fin, la reacción de buena parte de la sociedad española fue tibia, nada aduladora con aquellos que llevaban gobernando España desde 1939, tras tres años de cruenta y fratricida Guerra Civil. Sin embargo, llegado el momento, los que defendían ideas de izquierda dejaron atrás sus planteamientos teóricos para adaptarse a la realidad de un mundo occidental plenamente capitalista y que comenzaba a dar sus primeros pasos hacia una globalización que hoy es ya una realidad. Por su parte, los que habían vivido cómodamente bajo el franquismo, sabían que no había otro camino más que la integración con Europa y que esto exigía hacer de España un país democrático.

Tras décadas soñando con la libertad, parece que no supimos muy bien qué hacer una vez que no teníamos ya al “enemigo” enfrente, aquel al que habíamos dedicado tantos pensamientos. El 20 de noviembre de 1975 dio pie a un vació al que decidimos no hacer frente y creímos que ignorándolo lo dejábamos atrás. Por un lado estuvo bien esa actitud abierta, naif, dispuesta a todo, sin límites ni pudores ni represiones, que dio resultados tan fantásticos como los de la movida madrileña.

Tiempos que se vivieron con autenticidad, sin mayor pretensión que la del carpe diem, sin pensar en un más allá que también guardaba un negarse a mirar atrás para desactivar la represión sexual, el absolutismo católico o el concepto imperialista de la identidad nacional grabado en el imaginario colectivo y en tantas identidades individuales. Muros contra los que tuvieron que luchar realidades que pedían ser escuchadas como la del empoderamiento de las mujeres, la diversidad de la orientación sexual o sentimientos políticos de toda clase que antes no solo se ignoraban, sino que se penaban y perseguían, con un uso desproporcionado de la fuerza incluso. Basta mirar a nuestro alrededor actual, a la realidad que reflejan los medios de comunicación para ver que aquel trabajo no hecho entonces nos persigue hoy en día.

Son muchos los ejemplos del cine, la literatura, el cómic o la escena que Teresa M. Vilarós analiza para mostrar cómo hubo quien propuso su novedad, quien luchó contra el pasado o quien se dedicó a reflejar los nuevos tiempos que estábamos viviendo. Pero aquí es donde El mono del desencanto deja de ser un texto apto para todos los públicos y con un enfoque crítico, pedagógico incluso, para convertirse en una sucesión de nombres (autores, títulos, referentes) que solo comprenderán los que los conozcan con la suficiente profundidad como para entender el análisis que la autora nos propone. Un discurso que peca de exceso en cuanto a su extensión y de una visión tan sumamente interpretativa que se hace etérea, ardua de leer, y que hace que este volumen merezca la etiqueta de solo apto para los muy entendidos.

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“Todos lo saben”

Un guión muy bien trazado, con una historia que evoluciona sin perder un ápice de tensión hasta su momento final. Un reparto compacto, brillante, lleno de talento. Y una dirección que convierte todo esto en una gran película, en una cinta que con su extremo desasosiego te tiene pegado a la pantalla y con el corazón en un puño a lo largo de toda la proyección.

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En la fiesta nocturna de una boda una adolescente desaparece sin dejar rastro. El saber hacer de Asghar Farhadi convierte lo que hasta entonces había sido una minuciosa exposición del secano y familiar costumbrismo español en una dolorosa vivencia de desconcierto y desasosiego. La convivencia torna en sospecha y la armonía en una tensión paralizante en la que la faz de todos los personajes cambia completamente. Ese es el primer acierto y gran logro de Todos lo saben. Sus dos realidades son totalmente diferentes, no solo por los acontecimientos que las marcan, sino por las personalidades que cada personaje revela en cada una de ellas.

Argumentalmente Todos lo saben es un drama, una película de intriga, un thriller en el que nadie se muestra con total transparencia, la verdad nunca termina de estar clara y el tiempo juega en contra de la supervivencia. Artísticamente es una película de actores, la solidez del guión hace que este se convierta en una prueba de máximos. Prueba superada. El recital de Penélope Cruz es de órdago, no hay matiz, grado o estadio de la alegría y satisfacción inicial, así como del desconcierto, la desesperación, la angustia y la ansiedad posterior por el que no pase, muestre con hondura y nos haga sentir. Algunos de los planos que protagoniza son maestros por la belleza y atemporalidad que transmiten, por la perturbadora emoción que provocan.

Ella es la que guía el dibujo de lo que está ocurriendo y quien provoca que todos a su alrededor expongan sus cartas. Formando el triángulo más íntimo, Javier Bardem y Ricardo Darín se complementan con ella y entre sí para dar pie a una relación humana tan complicada como necesaria, logrando activar con total verosimilitud ese giro argumental que da profundidad a la historia. Junto a ellos, secundarios excepcionales como Barbara Lennie, Eduard Fernández y Elvira Mínguez la apuntalan, dándole la resonancia que esta demanda y el eco que la engrandece.

Por su parte, tanto el guión como la dirección de Fahardi no dejan ni un solo hilo sin atar y ni un momento sin proporcionar información en distintos niveles, simultaneándolos, entrecruzándolos y relacionándolos, pero sin afirmar cuáles son las causas, el origen o las consecuencias de los muchos y pequeños conflictos que se van desatando.

Él solo muestra el oxígeno que hace que lo no resuelto vuelva de las sombras en las que fue escondido por falta de valor o por el orgullo que impide aceptar la realidad tal cual es. Retornos que provocan que la sacudida desestabilizadora con la que arranca Todos lo saben se convierta en una atmósfera sorda, de respuestas cortas y miradas silenciosas, que nos oprime obligándonos a una catarsis de confesión sin tener la seguridad de que sea el precio a pagar para poder volver al terreno de la paz y el equilibrio personal.

La verdad de “Fedra”

Lolita es tan animal escénico como bestia humana su personaje y Paco Bezerra ha trabajado la historia de Eurípides hasta hacer que su clasicismo suene actual. Ellos dos son el alma y el cuerpo de una representación que habla sobre el amor, el deseo, el poder y la verdad vs. la mentira, el deber, el anhelo y el odio como respuesta al rechazo. Una historia que es como un disparo, sin rodeos argumentales, con una puesta en escena quizás demasiado asertiva, pero impactante en cualquier caso.

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¡Ay de los lazos políticos que unen tanto o más que los amorosos! Los segundos se sienten, son sello e identidad, estrechan sin tener que preguntarse cómo surgieron o porqué se mantienen, como el cordón que ata a una persona con aquella por la que se siente irremediablemente atraída. Un nudo que siempre estará ahí, invisible para todos, pero llevando a los que están unidos a la acción, antes siquiera de que su pensamiento intervenga. Pero, ¿qué ocurre en el caso del primero? ¿Hasta dónde llega la lealtad que hemos de guardar al soberano que nos gobierna, al cónyuge que nos sustenta?

En esa tesitura se encuentra Fedra, tan harta como extasiada. Tan cansada del absolutismo de Teseo, el marido que la ordena y el rey que la cosifica como agotada por su amor por el hijo de este, Hipólito, por quien su corazón suspira y su cuerpo arde de deseo. Una tragedia por su imposibilidad, una historia sin posibilidad aparente de final feliz, escrita para sacudir la convivencia de sus protagonistas y abrir heridas que causan dolor y sufrimiento, que hacen sangrar, atentando contra el orgullo y la hombría que somete, domina y controla, convocando incluso a la muerte.

Todo eso es lo que Eurípides concibió siglos atrás y que Paco Bezerra ha trabajado hasta hacer que aquel ayer y nuestro hoy se encuentren en un texto en el que ambos se equilibran. Sin perder el clasicismo de su retórica, su discurso tiene más de fondo que de forma, potenciando su capacidad narrativa frente a su fuerza poética, haciendo que la acción –más que las presencias, las relaciones o las evocaciones- sea el impulso que motiva el desarrollo de su drama.

Un texto que es también el gran protagonista de este montaje, el elemento que sobresale en todo momento junto a una escenografía dominada por una construcción de líneas curvas de gran belleza estética y mayor evocación simbolista (el bosque, el lugar en el que se esconde Hipólito, el volcán que nace y ebulle en la anatomía de Fedra), convertida en pantalla para las proyecciones entre escenas, acertadas cuando resultan descriptivas, innecesarias cuando aparentan conceptualidad. Un escenario en el que no hay más –a excepción de una cama que bien podría ser un podium- y en el que los actores resultan más efigies que cuerpos, más presencias escultóricas que personas en movimiento.

Algo que quizás en el Teatro Romano de Mérida, donde se estrenó Fedra hace poco más de un mes, resultara brillante, pero que en las tablas madrileñas del Teatro La Latina no produce el efecto que podría esperarse. Podría haber quedado suplido haciendo que el elenco –fantásticos todos ellos- diera más intensidad a los momentos álgidos de sus conflictos y diferencias, pero tampoco ocurre. Con su sola presencia Lolita, Tina Sainz y Juan Fernández llenan el escenario, un reto a cuya altura están perfectamente Críspulo Cabezas y Eneko Sagardoy, pero se echa en falta más lenguaje no verbal, más corporeidad, menos sobriedad.

Aún así, lo que es, es, y esta Fedra es fantástica.

Fedra, en el Teatro La Latina (Madrid).

“Las cosas como son” de Carlos Solchaga

El día a día de un hombre que comenzó su trayectoria como representante público durante la Transición para convertirse posteriormente en ministro (de Industria y Energía primero y de Economía y Hacienda después) durante uno de los períodos de mayor transformación de nuestro país y concluir su carrera política como portavoz del PSOE en el Congreso. Notas en las que de manera somera repasa las decisiones tomadas, valora las acciones por realizar, analiza la veracidad de lo publicado por la prensa, elogia a quien aprecia y critica sin piedad a aquellos de los que discrepa.

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Con la templanza, e incluso frialdad, que genera la distancia temporal, el hombre que dirigió la transformación industrial y económica que hizo que España pasara de ser un país con ecos aún autárquicos a una economía sólida y clave tanto en el panorama europeo como internacional, publicó meses atrás los apuntes personales que a modo de diario tomó mientras estuvo al  frente de distintas responsabilidades públicas en el ámbito estatal.

Tras haber sido Consejero de Comercio en el País Vasco, Solchaga llegó a la Carrera de San Jerónimo en 1980 como diputado por la provincia de Álava. Desde sus primeras anotaciones el 14 de abril de ese año queda claro que aquel fue un tiempo especialmente convulso, en la que la aún incipiente democracia estaba más centrada en su propia supervivencia que en crear reglas, estructuras y procedimientos que generaran progreso y desarrollo para todos los españoles. La desmembración del partido gobernante (UCD), el intento del golpe de estado del 23F y el salvajismo terrorista de ETA no lo pusieron nada fácil.

El punto de inflexión llegó el 28 de octubre de 1982 cuando el PSOE ganó las elecciones generales, algo que parecía imposible que ocurriera tan solo unos meses antes.  Comenzó entonces una etapa en la que Solchaga fue nombrado Ministro de Industria y Energía, cartera desde la que le tocó poner orden en un sobredimensionado, antiguo y nada tecnificado tejido productivo de escasa eficiencia y menores resultados aún. Una vez sentadas las bases de este proceso, y tras la marcha de Miguel Boyer, pasó a dirigir en 1985 el Ministerio de Economía y Hacienda, a cuyo frente siguió tanto hasta el final de esa legislatura como en las dos posteriores (1986-1989 y 1989-1993).

En sus nuevas responsabilidades, Solchaga se encargó de pilotar el proceso de entrada de España en la CEE y de adaptar nuestra pequeña y cerrada economía a los modos y maneras del entorno internacional al que aspirábamos.  Una tarea de gran responsabilidad en la que, según él, tuvo enfrente a los sindicatos (con hitos como el de la huelga general del 14 de diciembre de 1988 en que hasta RTVE suspendió sus emisiones), luchó con las interferencias del bando guerrista de su partido y fue objetivo de la desinformación intencionada y la opinión sesgada de muchos periodistas. Pero en la que también contó con el apoyo del Presidente del Gobierno, con equipos profesionales altamente cualificados y colaboradores comprometidos con los objetivos a conseguir.

Fueron ocho años en los que se reordenaron muchos sectores (eléctrico, transportes, financiero,…) que hasta entonces hasta entonces habían estado dominados por empresas públicas o con un alto grado de atomización, se construyeron grandes infraestructuras (autovías, AVE,…), se dio forma al Estado de Bienestar (subsidio de desempleo, pensiones, becas, sistema sanitario,…), se crearon organismos para atender a las exigencias de la nueva realidad (Consejo Económico y Social, Agencia Tributaria,…) y España comenzó a formar parte de las grandes organizaciones financieras a nivel internacional (FMI, Banco Mundial,…).

Llegado 1993, la honda crisis económica y financiera que el país arrastraba desde hacía ya muchos meses y el auge de los casos de corrupción –sobre todo entre sus compañeros de partido- le hizo pedir el relevo a Felipe González y tras las elecciones del 6 de junio de ese año pasó a ser portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, puesto que ejerció hasta su dimisión el 5 de mayo de 1994.

Más de una década de reflexiones y observaciones que, en buena medida, revelan cómo son las trastiendas del poder ejecutivo y legislativo y los intereses personales y partidistas que en ocasiones, incluso, se imponen en detrimento del beneficio común del conjunto de los ciudadanos. Una realidad pública alejada de los focos en la que estos Diarios de un político socialista (1980-1994) muestran a un Solchaga resistente a las presiones y con gran determinación en sus principios, que no esconde su desprecio ante las deslealtades de muchos compañeros socialistas, ni su enfado ante las posturas nada dialogantes de sus oponentes a la hora de negociar, y muy seguidor de la imagen que proyectan de él los medios de comunicación.

“El curioso incidente del perro a medianoche”

Comienza como una intriga con un tono ligero cercano casi a la comedia y poco a poco va derivando en una historia costumbrista en torno a un joven diferente que nos lleva finalmente al terreno del drama y la acción. Un montaje inteligente en el que el sofisticado despliegue técnico se complementa con absoluta precisión con el movimiento, el ritmo y la versatilidad de un elenco perfectamente compenetrado en el que Alex Villazán brilla de manera muy especial.

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Cristopher se encuentra muerto al perro de su vecina, cuando llega la policía su reacción evidencia que sus habilidades sociales no son convencionales, no tolera ser tocado y sus respuestas dejan claro que se basa única y exclusivamente en los principios de la sinceridad y la verdad. Tras un incidente que le ayuda a resolver su padre, se decide a investigar qué habitante de su calle puede haber sido el vil asesino. Se abre así un universo humano en la ficción teatral y un despliegue técnico e interpretativo sobre el escenario que no descansa ni baja el ritmo ni un solo segundo en toda la función.

La combinación de oscuridad, luces y proyecciones leds junto a las continuas entradas y salidas de los diez actores hacen que este curioso incidente resulte ya atractivo desde un punto de vista visual. Dividido en dos actos, el primero de ellos nos permite conocer de manera muy sencilla cómo es Cristopher y qué supone ser autista en el ambiente escolar, en el social y en el familiar, aunque si hacer en ningún momento de esta circunstancia el elemento protagonista de la historia que estamos viviendo.

No hay caricaturas, exageraciones o simplificaciones, sino un adolescente con ganas de saber, de entenderse con los que le rodean y de convivir con su padre. Un universo personal en el que su profesora ejerce de pulcra intermediaria con los espectadores apoyando la narración de los acontecimientos. Sus vecinos ponen la nota cómica con sus particularidades y su padre nos guía con absoluta franqueza por el universo emocional de su sistema familiar. Una visión tan completa que puede llegar a confundir, a no saber con exactitud qué se nos está contando. ¿El día a día de un chico nada convencional? ¿Dónde queda el misterio del asesino de perros? ¿El costumbrismo de un barrio a través de los ojos de una persona diferente?

Pero el inicio del segundo acto deja claro que lo que el libreto de Simon Stephens y la dirección de José Luis Arellano han hecho es exponer las piezas y ahora llega el momento de disfrutar de lo que surgirá cuando todas ellas se unan. La historia coge velocidad, dispara la adrenalina y los actores más que moverse se coreografían sobre las tablas dando voz y cuerpo a cuántas personas de todo tipo haga falta. El pasaje que simula el viaje hasta Londres y a lo largo de su subterráneo es de órdago, lo que hasta entonces había sido muy notable se hace excelente. Las luces, las proyecciones, los focos y los efectos de sonido complementan a los actores, amplifican lo que ellos transmiten y hacen de la sala una burbuja, un espacio único donde unos interpretan y otros sentimos, pero todos con igual intensidad.

Pero lo que es aún más grande, los personajes principales –Christopher, su padre y su madre- ya no se muestran sino que el libreto hace que se abran en canal y veamos incluso aquello de lo que no son conscientes. Alex Villazán pasa del ser el protagonista al elemento en torno al cual gira absolutamente todo, pero lo hace con tanta sencillez, tesón y entrega que más bien se convierte en un director de orquesta discreto, humilde y conocedor de la partitura que tiene entre manos envolviendo a sus compañeros en lo que ya había dejado claro antes del descanso, la tremenda humanidad y sensibilidad de su interpretación, en su respeto por el autismo de su personaje.

Los amantes de la novela de Mark Haddon en que se basa El curioso incidente del perro a medianoche tienen el aliciente extra de comprobar la fidelidad de la adaptación, para todos los demás la sugerencia es breve, vayan y déjense emocionar.

El curioso incidente del perro a medianoche, en el Teatro Marquina (Madrid).

“Un enemigo del pueblo (Ágora)” nos plantea qué es la democracia

Alex Rigola sitúa en nuestro presente la propuesta de Henrik Ibsen y convierte el teatro en un espacio único, sin separación entre escenario y patio de butacas, en el que se debate sobre qué es y qué supone la democracia y los límites de la libertad de expresión. Algo aparentemente sencillo, pero que se hace complejo a medida que el ambiente se llena de matices sobre la diferencia entre la teoría y la práctica y los deberes individuales que debiera suponer el ejercicio de los derechos civiles.

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Antes de entrar en este texto representado por primera vez en 1883, Nao, Israel, Irene, Oscar y Francisco plantean a los espectadores dos sencillas preguntas. La primera es si creen en la democracia como forma de gobierno donde la mayoría cuantitativa es la que decide. La segunda si la libertad de expresión debe ser reprimida ante situaciones como la de una institución cultural que no recibe apoyo de las administraciones públicas que presumen de soportarla. Interrogantes expuestos con ese punto en el que confluyen el humor, la ironía y la reflexión (referencias políticas actuales incluidas) y a los que responder únicamente con un sí o un no, sin matices ni enmiendas, a mano alzada con las tarjetas de color que te dan con el programa de mano al entrar en la sala.

La tenue tensión generada se hace más intensa cuando llega la última interrogante, dada la situación expuesta, ¿estaríamos dispuestos a dar por finalizada la función en ese momento como forma de apoyar la libertad de expresión? ¿Renunciaríamos a nuestro dinero –el pagado por la entrada- como manera de defender un derecho fundamental?

En el caso de que la función continúe, Rigola sintetiza las primeras escenas de la obra original y de manera rápida y eficaz nos lleva directamente a la asamblea en la que el noruego Henrik Ibsen situó el momento más álgido y conflictivo de su creación. Aquel en el que se niega la verdad que expone el personaje de Israel (las aguas del balneario en que se basa la economía local están contaminadas) por los efectos contraproducentes que esta afirmación tendría en el bolsillo de todos (sería necesaria una gran inversión para arreglar el problema, además de la fuerte pérdida de ingresos que conllevaría el cierre de las instalaciones mientras duren las obras).

Un conflicto en el que Israel se ve a sí mismo como alguien que defiende el bien y la justicia y los demás le acusan de ser un mala persona, alguien que se siente superior a aquellos con los que convive. Los allí reunidos –políticos, empresarios, periodistas,…- concluyen que la disputa ha de cerrarse mediante una votación y no en base a lo que revelan los datos.

La que hasta entonces había sido una representación ágil, basada únicamente en eso tan fantástico como es la presencia y la voz de los actores en un escenario prácticamente desnudo, se convierte en algo mágico al hacer de los espectadores asistentes a una asamblea que se abre a su participación. Un golpe de efecto que nos enlaza con los primeros minutos de la función, cuando parecía que lo que nos estaban proponiendo era un juego que generaba un divertido barullo, pero que ahora torna en un silencio sepulcral. Únicamente se escuchan a aquellos que alzan la mano y piden el micrófono para exponer su punto de vista sobre las virtudes y límites del sufragio como instrumento de participación en una democracia o el derecho a cómo y cuándo ejercer el voto.

Está claro que el debate que proponía Ibsen sigue aún vigente y que el teatro tal y como lo propone Alex Rigola lo expone y nos implica en ello de manera sobresaliente.

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Un enemigo del pueblo (Ágora) en el Teatro Pavón Kamikaze (Madrid).

“Lehman Trilogy”

Triple salto mortal técnicamente perfecto y artísticamente excelente que nos narra la vida y obra de tres generaciones de la familia Lehman -así como el desarrollo de los EE.UU. y del capitalismo desde la década de 1840- gracias al ritmo frenético que marca la dirección de Sergio Peres-Mencheta y la extraordinaria versatilidad de sus seis actores en una miscelánea de comedia del teatro de varietés, exceso cabaretero, expresividad gestual y corporal de cine mudo aderezada con la energía y fuerza de la música en vivo.

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En el principio de los tiempos la economía era trueque, se limitaba al intercambio de productos. Siglos después acabó siendo algo invisible con términos como acciones, valor o cotización. Los hermanos Lehman,  judíos de Baviera que emigraron a EE.UU. en 1845, fueron decididos impulsores de este estadio final. Comerciantes de tejidos, intermediarios de algodón, hierro y carbón que acabaron convirtiéndose en banqueros, lo que implicaba invertir y financiar en cuanto se considerara potencialmente rentable (ferrocarriles, armamento, entretenimiento, tecnología,…). Junto a otros nombres mencionados (como Goldman Sachs o Morgan Stanley), ellos fueron grandes responsables de la forma que tiene el capitalismo en el que vivimos, ese en el que no compramos por necesidad sino por impulso y deseo de poseer.

En 2008 la bancarrota de Lehman Brothers se llevó por delante buena parte del sistema financiero dejando un panorama de paro, crisis, pobreza y números rojos a partir del cual Stefano Massini escribió este texto ácido, mordaz y corrosivo que Peres-Mencheta convierte en una representación vibrante y sin descanso, en la que lo que no asombra, encandila. Tres actos muy medidos y trabajados con minuciosidad que dan como resultado una función que resulta casi envolvente por la cantidad de elementos que la conforman e intervienen en ella.

El primer acto nos traslada hasta mediados del siglo XIX,siendo quizás sea el que le dé más peso a lo narrativo, para contarnos quiénes eran esos tres hermanos que un día llegaron en barco a Nueva York y se establecieron en Alabama. La música de acordes yiddish le da color y ambiente a su relato, al tiempo que quedan claras algunas de las bazas con que juega Lehman Trilogy, sobre todo la de su escenario cabaretero, con sus dos puertas de entrada y salida, su plataforma giratoria, sus distintas alturas y dotado de cuantos elementos escenográficos sean necesarios para convertirlo en lo que haga falta (una tienda, un hogar, un coche, una oficina, un hipódromo,…).

Tras el primer descanso volvemos a Manhattan, los hermanos Lehman están dispuestos a ganar dinero con cuanto se lo propongan, y ahí, en este segundo acto es donde el despliegue de sus actores en esta balada para sexteto en tres actos parece que no se acaba nunca. Además de interpretar a los personajes principales que en cada momento les corresponde, los otros muchos a los que tienen que encarnar durante apenas unos segundos dotan a la puesta en escena de una brutal cantidad de matices y tonos de comedia. Sin embargo, nunca son excesivos, no sobra nada, todo tiene sentido, aparece en el momento oportuno y se mantiene en escena lo justo y necesario.

Y como si se tratara de una función circense, el tercer acto se desarrolla bajo la máxima de “y ahora más difícil todavía”, como si estuviera adoptando el dogma del director de marketing que aparece sobre el escenario a modo de púlpito y que dice algo así como Hagamos creer a esta gente que obtienen de nosotros no aquello por lo que han pagado o lo que necesitan, sino aquello que merecen, ¡todo! Las proyecciones nos vinculan con la Historia, la política y los movimientos sociales del siglo XX, con todo aquello en lo que han intervenido las grandes corporaciones empresariales sin más objetivo que su propio beneficio económico. Empresas que ya no conocemos por sus denominaciones, sino como marcas tras las que se ocultan personas con sus luces y sus sombras, alegrías y miserias, riquezas materiales y pobrezas espirituales contadas a las muchas pulsaciones por minuto que generan la adrenalina de los bailes, los cambios de vestuario, el brillante uso de la iluminación, la entrega física de todo el elenco y las canciones de Bob Dylan, entre otros, que se interpretan en directo.

Llegado el final queda claro queda claro que Lehman Trilogy ha sido un espectáculo con mayúsculas, un ESPECTÁCULO fantástico.

Lehman Trilogy, en los Teatros del Canal (Madrid).