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10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 funciones teatrales de 2019

Directores jóvenes y consagrados, estrenos que revolucionaron el patio de butacas, representaciones que acabaron con el público en pie aplaudiendo, montajes innovadores, potentes, sugerentes, inolvidables.

“Los otros Gondra (relato vasco)”. Borja vuelve a Algorta para contarnos qué sucedió con su familia tras los acontecimientos que nos relató en “Los Gondra”. Para ahondar en los sentimientos, las frustraciones y la destrucción que la violencia terrorista deja en el interior de todos los implicados. Con extraordinaria sensibilidad y una humanidad exquisita que se vale del juego ficción-realidad del teatro documento, este texto y su puesta en escena van más allá del olvido o el perdón para llegar al verdadero fin, el cese del sufrimiento.

“Hermanas”. Dos volcanes que entran en erupción de manera simultánea. Dos ríos de magma argumental en forma de diálogos, soliloquios y monólogos que se suceden, se pisan y se solapan sin descanso. Dos seres que se abren, se muestran, se hieren y se transforman. Una familia que se entrevé y una realidad social que está ahí para darles sentido y justificarlas. Un texto que es visceralidad y retórica inteligente, un monstruo dramático que consume el oxígeno de la sala y paraliza el mundo al dejarlo sin aliento.

“El sueño de la vida”. Allí donde Federico dejó inconcluso el manuscrito de “Comedia sin fin”, Alberto Conejero lo continúa con el rigor del mejor de los restauradores logrando que suene a Lorca al tiempo que lo evoca. Una joya con la que Lluis Pascual hace que el anhelo de ambos creadores suene alto y claro, que el teatro ni era ni es solo entretenimiento, sino verdad eterna y universal, la más poderosa de las armas revolucionarias con que cuenta el corazón y la conciencia del hombre.

“El idiota”. Gerardo Vera vuelve a Dostoievski y nos deja claro que lo de “Los hermanos Karamazov” en el Teatro Valle Inclán no fue un acierto sin más. Nuevamente sintetiza cientos de páginas de un clásico de la literatura rusa en un texto teatral sin fisuras en torno a valores como la humildad, el afecto y la confianza, y pecados como el materialismo, la manipulación y la desigualdad. Súmese a ello un sobresaliente despliegue técnico y un elenco en el que brillan Fernando Gil y Marta Poveda.

“Jauría”. Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.

“Mauthausen. La voz de mi abuelo”. Manuel nos cuenta a través de su nieta su vivencia como prisionero de los nazis en un campo de concentración tras haber huido de la Guerra Civil y ser uno de los cientos de miles de españoles que fueron encerrados por los franceses en la playa de Argelès-sur-Mer. Un monólogo que rezuma ilusión por la vida y asombro ante la capacidad de unión, pero también de odio, de que somos capaces el género humano. Un texto tan fantástico como la interpretación de Inma González y la dirección de Pilar G. Almansa.

“Shock (El cóndor y el puma)”. El golpe de estado del Pinochet no es solo la fecha del 11 de septiembre de 1973, es también cómo se fraguaron los intereses de aquellos que lo alentaron y apoyaron, así como el de los que lo sufrieron en sus propias carnes a lo largo de mucho tiempo. Un texto soberbio y una representación aún más excelente que nos sitúan en el centro de la multitud de planos, la simultaneidad de situaciones y las vivencias tan discordantes -desde la arrogancia del poder hasta la crueldad más atroz- que durante mucho tiempo sufrieron los ciudadanos de muchos países de Latinoamérica.

“Las canciones”. Comienza como un ejercicio de escucha pasiva para acabar convirtiéndose en una simbiosis entre actores dándolo todo y un público entregado en cuerpo y alma. Una catarsis ideada con inteligencia y ejecutada con sensibilidad en la que la música marca el camino para que soltemos las ataduras que nos retienen y permitamos ser a aquellos que silenciamos y escondemos dentro de nosotros.

“Lo nunca visto”. Todos hemos sido testigos o protagonistas en la vida real de escenas parecidas a las de esta función. Momentos cómicos y dramáticos, de esos que llamamos surrealistas por lo que tienen de absurdo y esperpéntico, pero que a la par nos resultan familiares. Un cóctel de costumbrismo en un texto en el que todo es más profundo de lo que parece, tres actrices tan buenas como entregadas y una dirección que juega al meta teatro consiguiendo un resultado sobresaliente.

“Doña Rosita anotada”. El personaje y la obra que Lorca estrenara en 1935 traídos hasta hoy en una adaptación y un montaje que es tan buen teatro como metateatro. Un texto y una protagonista deconstruidos y reconstruidos por un director y unos actores que dejan patente tanto la excelencia de su propuesta como lo actual que sigue siendo el de Granada.

“Las madres no” de Katixa Agirre

La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

Que una mujer acabe con sus propias manos con sus dos hijos es algo tan aparentemente inexplicable que cuando un hecho así salta a la luz pública, rápidamente se convierte en la noticia de portada de la prensa escrita y online y a la que se dedican los minutos de más audiencia televisiva y radiofónica. Además de la brutalidad inherente a todo crimen en que el ejecutor se sirve de su fuerza y superioridad para acabar con quien no solo está indefenso, sino que es dependiente de él, lo que realmente nos abruma y horroriza es cómo salta por los aires todo aquello que entendemos que supone la maternidad.

Una vivencia única, un punto de inicio para el que llega al mundo y uno de inflexión para quien da a luz. O no. Porque la sociedad en la que vivimos ejerce tal presión sobre la mujer que se convierte en madre que, en buena medida, no le permite hacer de ello un proceso, experiencia y vivencia propia, sino que le marca y exige una serie de acciones, expresiones y manifestaciones con las que demostrar que cumple el rol desde el que en ese momento pasa a estar considerada socialmente. Un papel que ha de compaginar con todos los demás (esposa, hija, amiga, trabajadora, creadora…) a sabiendas de que el equilibrio imperfecto al que está destinada hará que sea mal vista y peor juzgada en aquella faceta en que su presencia o productividad se vea afectada por su maternidad. O al revés, si en algo destaca, se le echará en cara que no es una buena madre.

¿Esto hace de Las madres no una novela feminista? Lo es porque su mensaje en pro de la igualdad, la consideración y el respeto a la libertad, la decisión y el espacio del otro está latente en ella de principio a fin. Bajo ese marco, su personaje protagonista sí que reflexiona sobre qué supone la maternidad y cómo ha sido valorada y considerada a lo largo de la humanidad por diferentes culturas. Pero Katixa Agirre no la deja acomodarse en esas coordenadas que podrían considerarse reivindicativas, sino que hace de ellas el subtexto del cruce de caminos en el que se encuentra su vida. Acaba de ser madre, desea seguir siendo escritora (premiada incluso por ello) y se da de bruces con una historia en la que no solo conoce a la acusada, sino que lo que en su proceso se trata y comenta socialmente y se analiza y valora judicialmente tiene muchos puntos en común con el proceso personal que ella está viviendo.

Al tener como personaje principal una escritora en proceso de preparación e investigación del que espera sea su siguiente título, Las madres no es también una metanovela sobre cómo ha de cimentarse el relato que posteriormente llegará a sus lectores. Y lo hace siendo ejemplo de ello. Con un inicio tan brutal como impactante y unos personajes llenos de aristas y recovecos en los que no siempre es posible entrar. Con una trama en la que no hay nada plano y en la que todo cuanto interactúa con ella es susceptible de llevarte por caminos inesperados e imposibles de prever. Con un desarrollo en el que no hay una única atmósfera o sensación que te guíe, sino un construirse en el momento que hace que su lectura reproduzca la continua percepción de estar en el aquí y ahora, en el presente de su relato. En definitiva, tanto por lo que cuenta por cómo lo cuenta, Las madres no sí.

Las madres no, Katixa Agirre, 2019, Editorial Tránsito.

“Gracias a Dios”

Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

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Las hemerotecas, Google o la web https://www.laparoleliberee.fr/ nos cuentan lo que muchos niños sufrieron en Lyon durante años a lo largo de los 80 y principios de los 90 a manos de un sacerdote pedófilo que hasta la fecha no ha sido penado por aquellos actos delictivos. Gracias a Dios se sitúa antes de que su relato saliera a la luz pública y nos expone cómo se gestó la denuncia de aquel grupo de afectados. Una sucesión de hechos -encuentros, intercambios de e-mails, denuncias, filtraciones a medios, visitas médicas…- que se suceden linealmente al tiempo que van dando luz a una compleja realidad en múltiples planos -individual, familiar, social, institucional- ante la que solo quedan dos opciones. Seguir escondiéndola a costa de la salud mental y la paz espiritual de los afectados, o darla a conocer y ofrecerles la opción de cicatrizar esa herida que en mayor o menor medida todos mantienen abierta.

Ese es el dilema que nos presenta Ozon y ante el que requiere de la participación activa de sus espectadores. Pero no solo demanda nuestra empatía, también nuestra atención e inteligencia. No nos dice qué debemos sentir ni cómo calificar lo que nos muestra. Nos trata como si fuéramos miembros de un jurado. Su papel es relatarnos con la mayor objetividad posible lo que ocurrió. Nuestra responsabilidad entender en qué consistió, donde estuvo la línea roja que nunca se debió pasar, las consecuencias que tuvo entonces y los efectos que sigue teniendo hoy para los afectados. Tanto que aquel hombre siga en libertad como que la institución a la que pertenece no haga ni hiciera nada por enmendar aquellos hechos aun teniendo constancia de ellos.

Un relato estructurado por capítulos que explica las distintas fases que siguió el proceso hasta tomar la forma con que hoy lo conocemos. Una estrategia narrativa con la que se hila el discurso general con los aspectos más personales de los personajes que se van sucediendo en la pantalla. Una manera hábil de componer el gran fresco que François Ozon se propone, pero que al tiempo es demasiado utilitarista con sus protagonistas. Una vez que ha extraído toda la información que necesita de ellos, tanto pasada como actual, tanto legal como individual (crisis de fe, tensiones familiares, problemas conductuales,…), les devuelve al banquillo de los acusadores.

Una manera intencionada -aunque resulte demasiado fría, casi aséptica, nada que ver con la épica hollywoodiense de Spotlight– de minimizar que los vínculos emocionales empañen nuestro juicio y de recordarnos que no se trata solo de conectar con estas personas. Sino de tomar conciencia con lo que parece ser un problema endémico de la Iglesia católica, el de ignorar y esconder de manera sistemática los actos delictivos de algunos de sus miembros.

“Jauría”, cinco contra una

Miguel del Arco y Jordi Casanovas, apoyados en un soberbio elenco, van más allá de lo obvio en esta representación, que no reinterpretación, de la realidad. Acaban con la frialdad de las palabras transmitidas por los medios de comunicación desde el verano de 2016 y hacen que La Manada no sea un caso sin más, sino una verdad en la que tanto sus cinco integrantes como la mujer de la que abusaron resultan mucho más cercanos de lo que quizás estamos dispuestos a soportar.  

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Para elaborar el texto de Jauría Jordi Casanovas se ha valido de las transcripciones de distintas sesiones del juicio de La Manada, así como de fragmentos de las sentencias. Tanto de la dictada por la Audiencia Provincial de Navarra en abril del pasado año como de la posterior del Tribunal Superior de Navarra en el mes de diciembre. En la hora y media de función no hay recreación alguna, tan solo se ha editado cuanto ya sabíamos para darle forma dramática, pero respetando su cronología y su integridad textual.

Una explosiva combinación de puntos de vista y relatos que Miguel del Arco ha puesto en pie con total pulcritud. Sin intervenir sobre ellos. Facilitando que todos queden perfectamente expuestos para que los espectadores entendamos que tras la simpleza de un titular, la brevedad de una noticia o la edición de un reportaje periodístico, hay hechos objetivos y prismas subjetivos que solo se pueden conocer e integrar si escuchamos el relato en primera persona de los que lo vivieron. Cuando se confrontan entre sí nos permiten llegar a una verdad, que aún así -como pudimos comprobar- siempre es susceptible de ser interpretable por el sistema judicial.

Jauría comienza con el relato de lo que sucedió aquella madrugada del 6 de junio de 2016, contraponiendo a víctima con victimarios. La espontaneidad, la sorpresa y el shock de ella encajan con estupor con la premeditación, el egoísmo y la frialdad de ellos. Hasta aquí algo similar a un careo muy bien construido en el que la verosimilitud cae del lado de la naturalidad, la modestia y la humildad con que la joven madrileña expone su vivencia. Nada que ver con falta de empatía, cero escucha y nula consideración que muestran los andaluces por la que dicen que fue su partenaire.

Pero donde esta función se hace fuerte es a continuación, cuando se representa el interrogatorio que los abogados defensores de los acusados le realizaron a aquella mujer de 19 años. Cuando ya no se expone lo que pasó sino cómo se intentó interpretar, yendo más allá de la contraposición de puntos de vista para valorar con simpleza los comportamientos y respuestas femeninas bajo un prisma subrepticiamente androcentrista. Jugando ásperamente con las palabras para hacer parecer goce, disfrute y manipulación lo que había sido violación y continuaba siendo herida y dolor.

Es en esta parte donde la incomprensión y el rechazo que suscita la violencia física y sexual se transforma en una atmósfera densa y dura, en un lastre para la conciencia ante la incredulidad de que se pudiera humillar aún más a quien habían forzado, desnudado y utilizado cruelmente sin su consentimiento. Es entonces cuando Jauria destroza el escenario y estalla en nuestras conciencias haciendo que nos preguntemos qué clase de sociedad avanzada somos, dónde queda la humanidad frente a la frialdad de la burocracia y, sobre todo, dónde estaríamos cada uno de nosotros en una situación como esa y en qué medida nuestra pasividad individual y ligereza ciudadana nos hace cómplices de episodios como este.

Sin salirse en ningún momento de lo dicho estrictamente ante el tribunal, Jauría sigue, mostrándonos que un juicio es más que una sucesión de declaraciones. Es una vuelta atrás, obligada y en la más estricta soledad, a un pasado reciente que desearíamos no hubiera ocurrido. A un punto de inflexión en el que la vida se tornó sin saber cómo ni por qué en algo gris, sucio y feo. A un instante en el que contemplamos con estupor como algunos fueron jaleados por presumir de la puta pasada que habían protagonizado, mientras que otra era culpabilizada por intentar superarlo. Un golpe en la mesa, una bofetada en la cara, una ruptura del tiempo y del espacio, del aquí y ahora, seguida de un sordo y negro silencio.

Una función puesta en pie por un elenco -Fran Cantos, Álex García, María Hervás, Ignacio Mateos, Raúl Prieto y Martiño Rivas- que funciona como si se tratara de un cubo de Rubik perfectamente engranado. Adoptando con absoluta versatilidad y precisión el amplio espectro de actitudes y tonos anímicos que demandan los muchos movimientos y combinaciones que se muestran del universo de cinco contra una que se formó aquella noche en Pamplona.

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Jauría, Teatro Kamikaze (Madrid).

“Voltaire/Rousseau. La disputa”

Bajo un tapiz que representa el lugar donde vive Voltaire y a donde acude Rousseau, se dialoga, debate y discute intensamente durante una hora y media en la que todas las palabras son certeras, las frases precisas y cada intervención un auténtico parlamento. Una discusión filosófica en la que no se hace abuso de esta disciplina al convertirla en argumentos comprensibles para todos los públicos en un intercambio verbal sin descanso.

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La trasera de la tela señalada es el espacio no visto que representa el resto de estancias imaginarias de una gran casa en cuyo salón Josep Maria Flotats y Pere Ponce se dejan la saliva exponiendo principios, indagando motivaciones y confrontando puntos de vista en los que se entrelazan, confluyen y convergen tanto los dos pensadores como los seres humanos que también son. La publicación de un panfleto en el que se critica duramente a Rousseau –como padre de familia, como escritor y como pensador- y su análisis junto a Voltaire para desenmascarar a su autor anónimo dan pie a la exposición de una serie de certezas íntimas que se sienten como exactitudes universales pero cuya solidez es puesta a prueba frente al espejo de quien las devuelve, porque así lo considera, como resultados de una neurosis que incapacita para ver lo obvio.

Un encuentro en los tiempos de la Ilustración en la frontera entre Francia y Suiza de dos talentos con planteamientos muy distintos. Mientras Voltaire aboga por el juicio del hombre y su capacidad para discernir por sí mismo para conseguir que la sociedad no sea una jerarquía en cuya cúspide esté Dios representada por la Iglesia, Rousseau apuesta por un entorno donde el individuo es bueno en sí mismo y la razón es más un resultado colectivo, una abstracta voluntad general que es la llamada a marcar el rumbo a seguir.  Posturas enfrentadas pero en cuya exposición se dibuja un terreno de juego en el que las preguntas y las repuestas, los argumentos y contrargumentos –entre momentos de silencios solemnes y generando alguna que otra provocadora sonrisa- crean una atmósfera con una energía altamente estimulante.

Para los neófitos en la materia o los ya alejados del tiempo en que en algún momento de su educación formal estudiaron Filosofía (una disciplina con mayúsculas, una asignatura cuya intención era ayudarnos a madurar), esta es la clave que hace disfrutar de la disputa entre Voltaire y Rousseau. Cierto es que está escrita de una manera que la hace perfectamente comprensible, pero no hay un segundo de descanso y su proceder es ir de estímulo en estímulo. Tanto verbal, por lo correctamente redactada que está, como literario, por cómo progresa y gana profundidad, y mental por la actividad cerebral que provoca.

Cuando aún estás procesando la inteligencia que hay tras la sentencia que acaba de ser pronunciada, estás ya escuchando la siguiente e intentando colocar una y otra frente a frente para dar forma a la propuesta que surge entre ambas. Un espacio en el que el ánimo se dispone a la escucha, el espíritu se abre a ser influenciado y la voluntad humana a explorar nuevas maneras de contemplarse tanto a sí misma como al mundo en el que vive.

Voltaire/Rousseau. La disputa, en el Teatro María Guerrero (Madrid).

“Las brujas de Salem” se adueñan del Teatro Valle-Inclán

El texto de Arthur Miller es maestro, no solo porque lo digan los académicos de la literatura desde hace ya más de seis décadas, sino por el efecto que tiene desde 1952 en sus lectores y espectadores. El montaje de Andrés Lima y su fantástico reparto están a la altura de todos sus retos: transmitiendo su mensaje universal, generando un dramatismo in crescendo a medida que se suceden los minutos, contagiando el dinamismo de sus momentos más corales,… 

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Siempre ha habido cazas de brujas, las hay y las seguirá habiendo mientras cuenten con el respaldo de la ley”, dice Lluís Homar a los pocos minutos de comenzar la función en uno de sus parlamentos como narrador. Es conocido el símil entre lo sucedido en esta pequeña localidad de Massachusetts –unas niñas acusan a sus vecinos de estar en comunión con Satanás- y el McCarthismo norteamericano de los años 50 del siglo XX –compañeros que tachaban a sus colegas cinematográficos de ser comunistas-, pero la plaga de la calumnia y el estigma siguen ahí, presentes, vigentes, ocurriendo en el mundo moderno y actual en el que vivimos. Hay personas que siguen siendo condenadas penal y socialmente por leer libros, por mostrar su cuerpo, por no considerar sagrado el vínculo del matrimonio o por ponerse del lado de los inocentes. Esta es la idea, la inquietud y la angustia que se llevan consigo en la mente, el corazón y el estómago los espectadores de esta nueva puesta en escena de uno de los textos más importantes del teatro norteamericano.

Este es el gran logro de un montaje que respeta el texto original al tiempo que incluye un narrador –no existente en aquel- que traslada al público algunos de los pasajes que Miller ha escrito en diferentes reediciones sobre su creación, sus intenciones y sus inspiraciones. El elenco funciona como una unidad, todas sus piezas, sus intérpretes, encajan. Cada uno encarna su papel a la perfección, pero cuando se juntan en escena, se crecen compartiendo la tensión y los dilemas de sus diálogos. Multiplicándose si, además, han de moverse sobre las tablas al unísono, como en los momentos de las apariciones del maligno, coreográficamente poseídos.

Dos horas y cuarenta minutos de representación que finalizan con la sensación de apenas haber comenzado, que se iniciaron dándonos acceso privilegiado a acontecimientos lejanos en el tiempo y el espacio, pero a través de una ventana que acaba siendo un espejo que refleja lo que somos y podemos ser.

Verdugos, víctimas, cómplices, acusadores, jueces, legisladores, fiscales, testigos en un juicio en el que las pruebas no son tangibles, en una sociedad que se rige por normas y leyes que la articulan mediante el miedo espiritual y el terror religioso en lugar de fomentar e impulsar la convivencia y la igualdad. Alucinamos ante la idea de que ocurrieran semejantes acontecimientos hace más de tres siglos, nos sorprende que la misma sinrazón volviera a suceder hace apenas unas décadas, pero aún más estremecedor es el escalofrío que nos recorre cuando va tomando forma lo que se representa en el escenario del Valle-Inclán y nos suena tan actual, tan posible.

Las brujas de Salem, en el Teatro Valle-Inclán (Madrid)