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“La trinchera infinita”

Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía.  Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

Desde 1936 hasta 1969, desde la barbarie de un alzamiento que arrasó con todo el que no acatara ni encarnara lo nuevos principios hasta la consolidación de un régimen que se erigió -gracias a su rodillo fascista y nacionalcatólico- en adalid de la justicia y la moral. Más de tres décadas de evolución de España, de la asfixia a la que se vieron sometidos los perdedores que no consiguieron huir, sintetizadas con sumo acierto en una película que hace de cada espectador un testigo tan privilegiado de la especial relación e historia de supervivencia de Higinio y Rosa como, al igual que ellos, un condenado al silencio y el ostracismo.

La trinchera infinita nos lleva desde el desconcierto, la ansiedad y el pánico inicial, al miedo, la angustia y la desesperación posterior para tras la apatía, la pasividad y el desasosiego siguiente desembocar en una interrogante, una incertidumbre y un anhelo que no son solo propios de ese momento, sino también acumulativos de lo visto, escuchado y sentido con anterioridad. Así pasan los años en la pantalla y en las vidas de un concejal republicano declarado prófugo y escondido en su propia casa, y de su mujer, una joven mancillada, vigilada y siempre coaccionada por el caciquismo de una dictadura que primero se valió de la fuerza bruta, después de las ilusiones del materialismo y posteriormente de las posibilidades del capitalismo para asegurarse el control y la servidumbre de sus ciudadanos.

Todo ello materializado en imágenes, sonidos y emociones que los también directores de Loreak y Handia construyen de manera casi artesanal, haciendo que cada elemento sea el preciso, que queden perfectamente combinados y secuenciados provocando un resultado sublime, excelso. Ese que deja huella simultánea tanto en la mente (la narración de la sinrazón) y el corazón (la exposición del sufrimiento), como en el estómago (el relato de la injusticia).

Como soporte un guión que en ningún momento elude sus estrecheces -la cámara y la casa en la que permaneció Higinio encerrado- pero que convierte su dificultad en virtud, manejando con sobriedad los límites físicos de su reducido y subjetivo punto de vista y alternándolo equilibradamente con la vivencia de su psique. Una escritura que integra la evolución conjunta e individual, unas veces complementaria otras distanciada, de la pareja protagonista, y las vías de comunicación, relación e influencia entre la seguridad del lugar de auto encarcelamiento, la protección de la casa-prisión y la potencial amenaza, siempre presente, del exterior.

Una alerta que dentro y fuera de la pantalla se vive con los mil ojos, sensores cutáneos y perceptores mentales con que Antonio de la Torre y Belen Cuesta les encarnan. Dos interpretaciones entregadas, redondas, perfectas en su misión y objetivo, llenar la pantalla de lo que les ocurre y de la naturalidad y la esquizofrenia, a partes iguales, con que lo viven. Pero al tiempo, por su propio saber hacer y por el de sus directores, no abarcan el total de la proyección, sino que dejan espacio para la invisibilidad del horror cotidiano en el que se vieron sumidos todos los arrasados por la máquina de guerra del franquismo entre 1936 y 1975.  

“Los pacientes del doctor García” de Almudena Grandes

La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Almudena Grandes le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

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El bando nacional contó con la participación activa de las potencias del Eje para ganar la Guerra Civil. Y aunque nunca se reconoció oficialmente, la Alemania nazi y la Italia fascista se vieron apoyadas por Franco tanto durante la II Guerra Mundial como tras su derrota. Una afirmación que se sostiene en episodios conocidos -la División Azul- y otros muchos aún por divulgarse para que tengamos una imagen más real de aquel tiempo en que España convirtió su territorio, sin necesidad de levantar muros, en una gran cárcel para sus muchos millones de habitantes. Una oscuridad a la que le pone luz Los pacientes del Doctor García y su exposición de cómo Madrid se convirtió en destino y/o ciudad de paso para algunos de los exaltados de la raza aria que huyeron de su país natal tras la victoria de los aliados.

Grandes lo hace combinando la autenticidad de la Historia -los hechos reales sustentados en fechas, lugares y nombres propios- con la de las personas -los objetivos, las emociones y las relaciones-. Ambas dimensiones se funden en el extraordinario caudal de su narración, un fluir en el que su prosa se adentra por cuantos lugares geográficos y temporales sea necesario para integrar de manera plena los contextos que van más allá de los personajes y las vivencias que conforman sus personalidades. De esta manera consigue que su historia no sea algo pasado, sino un hecho presente y profundamente vivencial que va tomando forma a medida que se desarrollan las aventuras y desventuras de los muchos hombres y mujeres que la habitan, llevándola por un camino incierto que se siente aún por escribir y que no saben si es en la dirección correcta.

Sin ocultar lo que es imaginación ni adjetivar calificativamente lo real, Almudena vehicula con su excelente prosa lo que no sabemos cómo sucedió exactamente en unos protagonistas totalmente verosímiles. Y lo son por la riqueza con que son presentados y contextualizados, por la precisión con que se describen sus pensamientos y acciones, y por la coherencia con que se les sigue (en España, Alemania, Rusia, Suiza o Argentina), retrata y explica tanto su rol como su aportación a lo largo de las varias décadas que transcurren en Los pacientes del Doctor García.

Un título que no solo prorroga el relato de los anteriores episodios (Inés y la alegría, El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita), sino que enriquece la labor divulgativa que se realiza a través de todos ellos. Un ejercicio de memoria histórica honroso con los que vivieron aquellos tiempos tan difíciles, y una propuesta literaria muy instructiva para los que nacimos en años posteriores y a los que se nos ha contado bien poco de aquellos entonces.

Los pacientes del Doctor García, Almudena Grandes, 2017, Tusquets Editores.

10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

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“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

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“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

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“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

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“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes

Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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Las palabras y la fluidez de Almudena Grandes son el corazón y el estómago, la espontaneidad de Manolita Perales, una joven que al tiempo que deseaba ver transformarse su cuerpo adolescente, observaba cómo la convulsión política y social de la II República fue utilizada como disculpa por unos pocos para iniciar una guerra que vapuleó a todos. Hundiendo a aquellos que eran y pensaban como los suyos –anarquistas, comunistas, socialistas- y dando el poder a los que establecieron, apoyaron y siguieron el dogma imperialista y el credo católico a partir de 1939.

El muy bien construido relato de Almudena nos permite ver lo que miran con detalle y perciben con inteligente intuición los ojos de Manolita. Casas destruidas, platos sin comida, hogares sin padres, cines sin películas, noches sin luz,…, el Madrid gris y ocre que queda tras el triunfo nacional en la Guerra Civil. Una situación que había tenido su prólogo en los tres años anteriores, pero al menos entonces se respiraba –como en las vivencias liberales de los que se ganaban el pan durante la noche o de los que no siguieron las convenciones sociales- un espíritu de lucha y un deseo de defender unos principios que hacía que los que estaban en Madrid mantuvieran la esperanza de recuperar una democracia que, aunque muy imperfecta y sin consolidar, había alcanzado unas cotas de libertad y de igualdad nunca antes conocidas en España.

La minuciosa labor de documentación de la también autora de Inés y la alegría y El lector de Julio Verne, y las azarosas travesías por las que hubo de transitar la joven Perales por las calles de Madrid y de Bilbao conforman el retrato de una época a la que aún no nos hemos acercado con la naturalidad con que ella lo hace. Una realidad dura y dolorosa en la que hasta el tacto del aire y el roce del agua resultaban hirientes ya que recordaban lo poco o nada que se tenía o se podía hacer para evitar el frío, el calor, el hambre, la suciedad o la enfermedad. Males que acrecentaban la humillación que infringía un sistema autoritario –cárceles hacinadas, prisioneros sin cargos, fusilados sin juicios- que convirtió a sus miles de empleados y millones de seguidores en autócratas con derecho a abusar, marginar y amenazar continuamente a todos aquellos que habían quedado marcados por estar del otro lado durante la contienda.

Una novela en la que el realismo de una serie de personajes que sí que existieron –tal y como relata Grandes en su epílogo final- se diluye en una apasionante ficción novelística que entretiene e intriga a partes iguales, acelerando el latido del corazón de su lector y anudando la boca de su estómago. Pero también le transmite esperanza e ilusión, la seguridad y la certeza invisible que te empodera cuando se es fiel a unos valores que van más allá de uno mismo, convirtiéndose entonces en principios sociales y compromisos políticos.

Guernica, 26 de abril de 1937

Hay miles de páginas escritas sobre esta obra y sobre lo que sucedió aquel día, ambas son mucho más que un lienzo y una fecha y un lugar. Son símbolos, de la evolución del arte el primero y de la historia de la humanidad el segundo. Pero a pesar de tener ambos ocho décadas tras de sí siguen siendo actuales. La capacidad icónica del óleo de Picasso es tan fuerte e intensa como el primer día y a buen seguro que podrían verse reflejados en él los habitantes del Alepo de hoy, del Mostar, Dubrovnik o Sarajevo de los 90 y de un largo etcétera de lugares que conforman una lista con tantas referencias pasadas como, ojalá no, futuras por anotar.

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¿Qué ruido es ese? No veo nada, ¿de dónde viene? Parece que lo que suena es el cielo, pero ahí no hay nada más que nubes… Espera, ¿qué son esos puntos que se acercan?… Qué bajos que van esos aviones,… parece que vienen directos aquí, a por nosotros. ¡Oh Dios mío! ¡Corred! ¡CORRED! Y Antonia se puso a correr como hacía años que no lo hacía, alentando con el movimiento de sus brazos y manos a que lo hicieran todos tal y como lo estaba haciendo ella. Tan raudos y veloces como pudieran, no solo para alejarse físicamente de lo que estaba ocurriendo, sino para, ojalá, superar la barrera de la realidad y volver a la cotidianidad del día de mercado en el que ella quería seguir viviendo.

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¿Qué está pasando? ¿Qué ha sido eso? ¡Ay señor! A Luisa no le dio tiempo a pensar más, el siguiente estruendo cayó de pleno sobre su casa y toda la fachada se vino abajo dejando al descubierto la cocina a pie de calle y el dormitorio en la primera planta, donde se encontraba ella colocando la ropa recién planchada en el armario. En su cabeza se agolpó todo repentinamente, intentar comprender qué estaba ocurriendo, querer saber dónde estaba su marido y si estaba sano y salvo, escapar de ese horror que le atravesaba los tímpanos y la necesidad imperiosa de verse junto a su esposo para sentirse protegida. El siguiente impacto puso fin a sus recuerdos, a sus deseos, una bomba de 250 kilos acabó con lo que había quedado en pie de su casa y con ella sepultada entre las piedras de aquel hogar que tenía tras de sí más de dos siglos de historia familiar.

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Ya están aquí, ¡hay que luchar contra ellos! ¡Tenemos que acabar con estos salvajes que solo quieren arrasar con nosotros! ¡Os vamos a demostrar quiénes somos! ¡Los gudaris del pueblo vasco os vamos a derrotar! Joseba apoyó una rodilla en el suelo y mientras apuntaba quitó el pestillo de seguridad de su fúsil. Nuestras armas están cargadas de democracia.  ¡POR LA REPÚBLICA! Comenzó a disparar con furia, siguiendo con su arma el movimiento de derecha a izquierda que trazaba en el aire el escuadrón atacante. Estaba tan ofuscado en querer acabar con el caza al que seguía a través de la mirilla que no pensó que sus balas no tenían nada que hacer frente a aquel monstruo, que si daban en el blanco le ocasionarían poco más que un rasguño. Todo lo contrario que a él, a quien las piedras violentamente despedidas por el impacto de una bomba a unos metros a su derecha le tiraron al suelo, dejándole malherido y aullando de dolor. Su grito apenas llegó a escucharse, probablemente ni siquiera llegó a ser consciente de que había perdido una pierna, quince segundos después otro proyectil completaba la misión del primera y acababa, además de con su vida, con la de tres personas más.

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¡No! ¡No! ¡Por favor! ¡No! ¡POR FAVOR! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Mi niño! ¡Mi niño no responde! ¡Por favor! ¡POR FAVOR! Asier, Asier, Asier hijo, respira, muévete, dime algo, ¡por favor! ¡Por favor, hijo mío! No, no puede ser, no puede ser verdad, hijo mío, ¡por favor! ¡POR FAVOR! ¡Que alguien nos saque de aquí! ¡Ayuda! ¡NECESITO AYUDA! Hijo mío, no, no te mueras, por favor, tú no, no puedes, un niño no se puede morir, mi niño no, ¡mi hijo no! Y así hasta que se le agotó la voz, hasta que se quedó afónica de tanto gritar y de tanto pedir una auxilio que no existía porque no había ayuda que pudiera resolver la muerte que Ainhoa sostenía con la única fuerza que le quedaba en el cuerpo. Mucho rato después, no se sabe cuánto, da igual si fue mucho o poco lo que tardara en llegar, porque no había nada que hacer, una mano amiga le tocó el hombro. Elisea se arrodilló junto a su vecina, le agarró la cara, le besó la mejilla y la ayudó a levantarse, sosteniéndola para que no perdiera el equilibrio y no dejara de abrazar al niño de dos años que tenía en brazos. A pesar de los gritos de los supervivientes que yacían heridos aquí y allá y el crepitar del fuego, Elisa y Ainhoa se sentían aplastadas por un silencio atronador que hacía aún más irreal e incomprensible lo que estaban viviendo.

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Es muy tarde y Ander aún no ha vuelto. No es normal, los lunes suele estar aquí a media tarde, pero siempre antes de que el sol haya comenzado a bajar. Ni siquiera en invierno ha llegado a anochecer cuando ya le veo por el camino que le trae de Gernika. Espero que no haya tenido ningún problema al ir o al venir. La vuelta es cuesta arriba y es más costosa, pero a la mula no le cuesta tirar de la carreta libre de peso si ha conseguido venderlo todo.  La luz de este quinqué apenas me ilumina unos metros de este bosque en el que vivimos ahora que ya es noche cerrada. Me estoy empezando a preocupar. Le voy a decir a los chicos que bajen al pueblo y que busquen a su padre. Tiene que haber pasado algo, esto no es normal. Izaskun mandó a Gorka y a Mikel monte abajo, ellos estaban inquietos pero no quisieron decirle nada a su madre. Por la mañana habían observado los aviones desde Bermeo, a donde habían acudido a trabajar en el puerto, pero no comentaron nada para no inquietarla. Afortunadamente ella no los había visto y como es sorda no se había dado cuenta. Hicieron en silencio el trayecto de casi dos horas que colina abajo les llevaba hasta el valle, sin pronunciar palabra, pero sabiendo que ambos estaban pensando lo mismo. Volvieron cuatro horas después, pálidos y cubiertos en sudor. Sin llegar a articular palabra alguna que su madre pudiera leer en sus labios, rompieron a llorar como nunca antes lo habían hecho, como nunca antes pensaban que dos hombres podrían hacerlo.

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Pero…¿Cómo es posible? Pocas palabras más venían a la mente de cuantos iban teniendo conocimiento de lo sucedido, ya fuera por la prensa del bando republicano o por la extranjera, por cartas o por visitas de amigos que transmitían oralmente lo que conocían. Con una mezcla de incredulidad y de sufrimiento, intentando comprender sin éxito algo que nunca habían sido capaces siquiera de imaginar, hacían hueco en su interior al vacío de la destrucción, al dolor infinito causado por el bombardeo asesino. El órdago fascista había conseguido su objetivo y no solo había acabado con la vida de muchas personas -200 según unos, hasta 1.600 según otros- y con una pequeña ciudad del norte de España sino que con su onda expansiva emocional había arrasado con el ánimo y el ánima de muchos más, tanto cercanos como lejanos, tanto en el propio país como en el extranjero, tanto compatriotas como conciudadanos del mundo.

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¡No! ¡No nos van a vencer! ¡No van a acabar con nosotros! Nos podrán herir, mutilar y matar, pero eso no quiere decir que nos vayan a ganar. Somos fuertes, somos justos, somos honestos, el mundo tiene que estar de nuestra parte, el mundo tiene que saber que nosotros no estamos guerreando sin más, que lo que estamos haciendo es defendiéndonos, luchando contra los que no quieren nada más que tenernos a su servicio. Tenemos que acabar con el fascismo, ¡no puede ser que sigamos impasibles ante nuestra propia destrucción! La cabeza, el corazón, la mente, la mirada, el estómago, las piernas de Pablo estaban ya en plena agitación en su estudio de París, acumulando una energía que le nacía de lo más hondo de sí mismo, en la que se aunaba no solo el shock del momento presente sino también toda su trayectoria política, creativa e intelectual y el legado que él sentía le habían encomendado aquellos que habían luchado antes que él. Años, décadas, siglos de progreso y de conquistas no podían acabarse de esta manera. Y él lo iba a intentar, iba a darlo todo, a poner cuanto tenía y fuera capaz de hacer para lograrlo, sin dejarse abatir por la espera ni amedrentar por las derrotas en el camino, pero con sus manos, pintando con pinceles o modelando el barro, ayudaría a que prevaleciera la justicia, la igualdad y la libertad.

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Es como si estuviera allí. Me siento atrapado, con la necesidad de huir, de salir corriendo, de tener que gritar. Estar frente a él me llena de angustia y ansiedad. Pero al tiempo, no puedo dejar de mirarlo, de moverme con mis ojos a lo largo de todo lo que en él se cuenta, de lo que sucede dentro de él. Apenas un minuto contemplándolo y tengo la sensación de que en algún punto dentro de mí hoy no es hoy sino que es un rato de la mañana del 26 de abril de 1937. Noto cómo se me humedecen ligeramente los ojos y se me eriza el vello de los brazos y que a mi alrededor el mundo ya no es de colores sino que es en blanco y negro. Así se sintieron algunos cuando vieron por primera vez la obra de Picasso en el pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937, como en su posterior gira por Oslo, Copenhague, Estocolmo, Gotemburgo, Londres, Leeds, Liverpool, Manchester como reclamo para dar a conocer lo que estaba sucediendo en España. Tras el fin de la contienda, el lienzo de 7,75 metros de largo y 3,5 de alto llegó a Nueva York, donde se quedaría hasta 1981, en el MOMA, aunque en el país norteamericano también pudo verse en otras ciudades como Los Ángeles, San Francisco, Chicago, San Luis, Boston, Cincinnati, Cleveland, Nueva Orleans, Minneapolis, Pitsburgh, Cambridge, Columbus y Filadelfia. De igual manera, el Guernica viajo a Sudamérica y volvió a Europa gracias a muestras dedicadas a la figura de su autor en Sao Paulo, Milán, Múnich, Colonia, Hamburgo, Bruselas y Amsterdam, así como en París, el lugar hasta donde llegó la noticia que lo inspiró.  

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Apenas dos años después de este bombardeo sobre Guernica comenzó la II Guerra Mundial, un conflicto en el que pasó lo que nadie supuso hasta entonces, que el horror, el salvajismo, la crueldad y la violencia vivida en la guerra civil española, se multiplicaría exponencialmente. Desde entonces han transcurrido ocho décadas en que estas barbaries han seguido ocurriendo, hasta hoy mismo, y todo apunta a que seguirán sucediendo.  Como decía Primo Levi con respecto al holocausto judío, “Pasó y puede volver a pasar: es lo fundamental de lo que he de decir“.

Guernica, de Pablo Ruiz Picasso, en la sala 206 del Museo Reina Sofía (Madrid).

Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica, hasta el 4 de septiembre en el Museo Reina Sofía (Madrid).

Neorrealismo literario: “Chavales del arroyo” de Pier Paolo Pasolini

Un viaje a la Roma de finales de los años 40 del siglo XX. Esa con nada en común con las postales de las ruinas del Imperio, de los paisajes y de la exaltación católica del siglo XVI, sino que se ve en blanco y negro cinematográfico, sucia, caótica y anárquica. Habitada por decenas de personajes que se mueven por ella con la misma agilidad con que Pasolini narra sus movimientos y andanzas y nos hace llegar la naturalidad y espontaneidad de sus diálogos frescos y canallas.

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Hay zonas de toda ciudad que no aparecen en las guías turísticas y cuyas calles apenas están trazadas en los callejeros municipales. Barrios cuyo nombre acaba convertido fuera de sus fronteras en estigma, en sinónimo de inseguridad y delincuencia, de emplazamientos con puerta de entrada, pero sin salida. Etiquetas de las que Pasolini prescinde para iniciar un viaje sin prejuicios en el que mostrarnos cómo es la vida en estos lugares donde el objetivo de sus habitantes es sobrevivir a la falta de medios, a la ausencia de expectativas y al desconocimiento de las posibilidades fuera de allí.

De manera dinámica, su pluma recoge sobre el papel las rutas de estos “Chavales del arroyo” que se mueven de unos puntos a otros sin aparente rumbo fijo, describiendo de manera profusa las coordenadas geográficas sobre las que se desplazan, dando nombre a las vías, plazas y puentes en un tiempo en que para conocerlos con la precisión que transmite, había que recorrerlos metro a metro, de principio a fin hasta dejarlos grabados en la memoria. Una prosa aparentemente sin alma, pero con una absoluta naturalidad cargada de verismo con la que consigue la tridimensionalidad de estos emplazamientos en la imaginación de su lector. Así es como impregna en él las claves necesarias para generar las sensaciones que le trasladen hasta esos rincones en los que las bombillas dan más sombras que luz, la basura forma parte del paisaje del entorno y el suelo que se pisa resulta ser barro cuando no es tierra seca.

A pesar de contarnos episodios de alcoholismo, machismo, prostitución, robos, abusos físicos, insultos, humillaciones y demás catálogo de faltas leves y graves, la narrativa de Pasolini no entra en juicios ni calificaciones. En su relación con los personajes, las familias y los grupos que por azar del destino se forman, nos muestra lo que acontece en valor absoluto. Los hechos son los que son, resultan inevitables. Responden a la lógica del lugar y el momento en el que se está, la de una Roma que a finales de los años 40 y principios de los 50, sobre las ruinas de un antiguo imperio, dejaba atrás el horror fascista y la destrucción material y anímica de la II Guerra Mundial. Una ciudad eterna que intentaba ponerse en pie en un presente con yugo vaticano y sin visión de futuro para los más jóvenes.

Tras más de una década como poeta, Pasolini se estrenaba en 1955, a sus 33 años, como novelista con estos “Chicos del barrio” construidos a la manera de una película neorrealista: personajes anónimos de la calle, sin alardes técnicos, cero adornos estéticos, sensación de espontaneidad,… Su literatura no era solo un medio para el entretenimiento de su lector, sino de exposición de una crítica con la que hacer reflexionar y provocar a la acción. Una línea discursiva que el artista italiano comenzaría a practicar también, años después, a través del cine y del teatro que tanta gloria y renombre le dieron.

“La piedra oscura” de Alberto Conejero, más allá de García Lorca

Desnudo, visceral, honesto, transparente, auténtico, preciso, enérgico, íntimo y desgarrador, profundamente humano,… como si fuera una obra de Lorca, el universal granadino que flota en el ambiente de cada una de sus páginas. Así es este texto, tan profundamente emocional, exudando pasión y ganas de vivir en cada una de sus escenas, como racional en su aspecto formal, estructurado y desarrollado con absoluta precisión.

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El 18 de julio de 1936 el animal que todo ser humano podemos volver a ser, acabó a tiros con la vida de García-Lorca. Acababa de comenzar una guerra denominada civil, en la que bajo la excusa ideológica se escondían intolerancias, odios y rencores familiares y vecinales convertidos en deseos de venganza y ansias de poder. Durante tres años el conflicto fue una excusa para dar rienda suelta a la visceralidad, buscando la efervescencia de arrancarle el corazón al contrario, de pisarle y destruirle, de sentir su sangre correr y escuchar triunfalmente cómo respiraba por última vez.

El destino quiso que justo un año después, el mismo día de 1937, muriera el hombre que no solo inspiró literariamente a Lorca durante sus últimos años de vida, sino que también le llenó emocional y sentimentalmente. Rafael Rodríguez Rapún, un joven ingeniero de minas madrileño y apasionado del teatro, amado por Federico y por quien él se sintió también amado, perdía la vida en el Hospital Militar de Santander tras, como miembro del ejército republicano, haber sido herido durante un bombardeo del bando nacional.

La de Federico y Rafael ha sido siempre una relación sabida y conocida, pero escasamente mencionada y más raramente aun, expresamente reconocida. Una de esas formas que tiene todo desprecio, y que como tal forma parte de la homofobia, de negar la realidad, esconderle las palabras, no darle términos escritos ni verbales. Ha sido necesario que pasaran años (¡décadas!) para que volviéramos a aquellos entonces y como si fuera la restauración de una pintura, comencemos a retirar los fragmentos falsos y limpiemos de barnices que cambian de tono y color, la verdadera, la auténtica realidad. La figura de Lorca ha sido una de tantas sobre la que se ha ejercido mucha hipocresía, se ha reconocido su genialidad intelectual para llegar a hacer de ella incluso una señal de identidad patria, pero ignorando en igual medida su dimensión íntima y personal. Afortunadamente, el trabajo de historiadores como Ian Gibson –quizás su mayor y mejor estudioso, y prologuista de este texto- han arrojado mucha luz sobre el conjunto de su figura, tanto personal como creativa, alcanzando cada día nuevos lugares, hasta ahora poco o nada tratados, como a los que llega Alberto Conejero con “La piedra oscura”.

Sabemos que Federico huyó de Madrid a Granada y que deseaba marcharse fuera, probablemente a México, para escapar del conflicto. Algo que no fue capaz de hacer, no solo por cuestiones logísticas como siempre se ha dicho, sino porque estaba esperando a que Rafael le contactara y se reuniera con él. ¿Por qué no estaba su enamorado con él? ¿Cómo reaccionó este cuando supo lo que le había ocurrido? ¿Qué fue de su vida posterior? Y respecto a los textos en los que estaba trabajando a su muerte el andaluz, ¿a dónde fueron a parar esas obras y poemas que nunca hemos leído? Afortunadamente, y aunque lo tangible pervive mucho más, por retazos de conversaciones de unos y de otros de los que se relacionaban con él, se sabe que estaba trabajando en una ficción titulada “La piedra oscura” en la que pretendía hablar alto y claro, escribir negro sobre blanco, sobre las afrentas que se encuentra el amor cuando se da, se practica y se muestra entre hombre y hombre.

Pues bien, Alberto Conejero recoge dicho título y con él como paraguas crea una ficción en la que da respuesta documentada –por sí mismo y con la ayuda de la familia Rodríguez Raspún- a todas las interrogantes señaladas. Rafael no pasó la última noche de su vida en una prisión militar junto a Santander siendo vigilado por un joven adoctrinado por el bando contrario como él nos lo presenta, pero sí que murió por hacer frente al absolutismo fascista. Una situación con la que Conejero crea un perfecto cuadro dramático para presentar el resultado de sus investigaciones, a la par que hacer no solo un homenaje literario a Lorca, sino otro más profundo y conmovedor a la persona de Rafael Rodríguez Raspún.

Del escritor toma versos y fragmentos de cartas que propone como citas y voces en off, además de tomar de él el tono entregado, íntimo, auténtico, equilibrado y sin pudor con que se expresa Rafael. Al igual que “Yerma” no podía tener hijos, él es el hombre que ya no podrá amar a Federico. El que le recuerda con la energía del “Romancero gitano”. Deseando haber sido capaz en la demostración de sus afectos, más claro y lúcido que el director de “El público”. El que planta cara a la sinrazón bélica a la manera en que Adela se lo hacía a su madre, ese monstruo llamado Bernarda Alba. Un entramado de creaciones, pasajes y momentos maestros de los que Conejero no solo toma inspiración, sino que los hace propios desarrollando un ritmo cercano al de Federico, pero que es suyo –de Alberto- por su fuerza constante, sostenida desde la primera hasta la última línea. Sus diálogos son de una absoluta precisión y equilibrio en el hilado que elabora para transmitir sensaciones personales, emociones individuales, estados de ánimo colectivos, acontecimientos reales con carácter de históricos y, aun siendo recreación, sonar absolutamente a verdad. No fue así el último día de vida de Rafael, pero podría haberlo sido. De hecho, en esencia, lo fue, no solo de él, sino de otros muchos.

Ahí es donde radica el otro gran logro de “La piedra oscura”, condensar y sintetizar, sin aparentemente haber eliminado ni alterado un solo matiz, lo que quizás fue aquella España de 1936 y 1937 y sobre la que Conejero con su creatividad y trabajo documentado pone el foco ofreciéndonos el resultado de lo que ha encontrado. Un país al que aún no conocemos en realidad, en el que no hemos querido o sido capaces de adentrarnos y rescatar lo que nos ata todavía a él (¿dónde están enterrados los cuerpos de miles de fusilados como Federico?) y que quizás por eso seguimos siendo o tenemos riesgo de volver a convertirnos.

Frente a la corto de miras que supone creer haber superado el pasado por tener miles de datos con los que hemos elaborado una versión que damos pretenciosamente por definitiva sobre lo ocurrido, Alberto Conejero expone algunos otros, ocultos o desconocidos hasta ahora, que dan un sentido más pleno y, quizás, hasta diferente, a lo considerado durante mucho tiempo.

Con gran belleza literaria y una extraordinaria sensibilidad, que nace de la llamada inteligencia emocional, su propuesta aporta consciencia a un momento de nuestra historia, aún vivo y más cercano de lo que se empeñan en decir algunos de nuestros políticos, sobre el que tenemos únicamente una escasa conciencia, un limitado y, puede que por ello, hasta equivocado conocimiento.