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Cuatro días en Belfast

Porque es la capital del Ulster, para comprobar cuán británica es Irlanda del Norte, porque está a menos de dos horas de Dublín. Cualquier excusa es buena para acercarse hasta Belfast e introducirse en el pasado y el presente de esta ciudad.

Día 1. St. Georges Market y grafitis.

Desde la capital de Irlanda se puede ir tanto en bus como en tren, combinaciones cada hora en el primer medio y cada dos en el segundo. Curiosamente tardan lo mismo y sobre ruedas a mitad de precio (10 vs. 20 €). Tras recorrer los 165 km que las separan (y enterarte de que has pasado de un país a otro por el aviso del roaming de tu móvil) llegas a Glengall St., en pleno centro. Siendo un domingo (como fue mi caso) este era poco más que un escenario fantasmal (edificios de oficinas), hasta que de camino a mi alojamiento paré en el mercado de St. Georges (paredes de ladrillo y techumbre, ventanas y puertas combinando hierro y cristal, muy finales del s. XIX). Lugar que de lunes a sábado sirve para aprovisionarse de carnes, verduras, hortalizas y pescado, pero que en el último día de la semana (aquí el primero) se convierte en algo parecido a un rastro en el que poder comprar toda clase de artilugios que resultan más vintage y kitsch que antigüedades, ropa con aire hippie y comer platos exóticos y locales. Como la hamburguesa “pastor” con la que me deleité (5 £ por un combinado de morcilla de cordero, panceta, filete de ternera, cebolla y huevo entre pan y pan).

Una vez instalado me lancé a recorrer las calles del este de la ciudad (al otro lado del río Lagan) para conocer una de las zonas con más grafitis. Pintados siempre en los muros ciegos de viviendas y locales comerciales, suelen tener un tamaño considerable y estar muy bien ejecutados. Sobre su temática, de alguna u otra manera todos tienen que ver con la etapa del conocido como conflicto de Irlanda del Norte, unos ensalzan al bando unionista, otros a los separatistas y el resto lanzan mensajes sociales y cohesionadores.

Día 2. Los jardines botánicos y el centro de la ciudad.

El lunes despertó despejado y si aquí brilla el sol, eso marca la agenda, así que día de exteriores. Y si algo no falta en Belfast son parques y paseos, como los que enmarcan las dos orillas del río Lagan en su curso urbano antes de desembocar en la bahía y que tras cuarenta minutos me condujeron a una de las entradas de los jardines botánicos. Una colina aterciopeladamente verde con senderos entre grandes árboles, varias calles de cuidados florales con bancos aquí y allá para disfrutar del silencio y un par de invernaderos en los que asombrarse con toda clase de especies tropicales. Especialmente en The Palm House, construcción de 1839, un espectáculo exterior de cristal y hierro pintado de blanco con una cúpula central que corona una rotonda con dos naves laterales en las que se puede perder la noción del tiempo con la profusión y concentración de plantas y flores de todo tipo.

A pocos metros de allí, una parada para café y pastas con forma de corazón (5,3 £) en Maggie Mays Belfast Café y continuar con un agradable paseo a pie de una media hora hasta el centro siguiendo Botanic Avenue primero y Dublin Road después. Lo más imponente del centro es el Ayuntamiento, arquitectura neoclásica de 1906 cuya planta baja está abierta al público para darle a conocer a través de distintas exposiciones la historia de la ciudad (incluido el episodio de los voluntarios locales que participaron en uno y otro bando en la Guerra Civil Española, o su rol en la retaguardia aliada durante la II Guerra Mundial), algunos de sus vecinos más ilustres (como el actor y director Kenneth Brannagh o el músico Van Morrison) o entrar en el denominado espacio para la reflexión.

Una pequeña sala dotada en la que diferentes textos vinilados sobre irradiantes paredes blancas recuerdan el profundo dolor emocional que tanto entre católicos y protestantes como ateos dejó el conflicto que acabó con más de 3.500 vidas entre 1968 y 1998.

De vuelta a la calle, en torno a la sede del gobierno municipal se articulan las principales vías comerciales de Belfast. Saliendo de ellas se puede llegar hasta el 21 de North St., a Keats & Chapman, una librería de segunda mano con aspecto de almacén y estanterías llenas de títulos de todas las temáticas y en la que por 21 módicas libras me hice con un total de siete obras de teatro (Peter Shaffer, Harold Pinter, John Arden, Arthur Miller, Friedrich Dürrenmat, Martin McDonagh y Edward Albee) y dos guiones cinematográficos firmados por Tennessee Williams y Stanley Kubrick. Todo un tesoro.

Día 3. De Bangor a Helen´s Bay.

Cada 30 minutos puedes coger en la estación de Lanyon un cercanías que en el mismo tiempo te lleva hasta Bangor. Una pequeña población residencial situada al este de la bahía de Belfast. Desde su puerto deportivo y pesquero se puede seguir un paseo que junto al agua y alternando calas y playas a la derecha, bosque, colinas y casas envidiables a la izquierda te lleva de vuelta hacia el oeste. Tres horas más tarde y tras siete kilómetros recorridos cogía el tren en Helen’s Bay encantado de la vida.

Día 4. Titanic Belfast.

El famoso trasatlántico que hizo aguas tras chocar con un iceberg en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 fue fabricado en uno de los antiguos astilleros de esta ciudad. Precisamente eso, la construcción de barcos, fue uno de sus grandes motores económicos desde finales del XIX hasta mediados del XX, materia en la que se puede profundizar visitando el museo que desde 2012 se dedica a recordar que el Titanic es mucho más que lo que el cine de catástrofes nos ha contado.  

Muy bien organizado (entradas cada 15 minutos, recomendable comprar -19 £- por anticipado) en un recorrido que te lleva entre noventa minutos y dos horas. Tras explicarte el contexto histórico, social y tecnológico en que se concibió su diseño (el barco más grande del mundo en ese momento), te subes a lo que podría parecerte un coche teledirigido para no solo avanzar, sino ascender y descender por el casco del barco y conocer cómo fue construido. Cómo eran los camarotes de tercera, segunda y primera clase, los perfiles de los usuarios, las paradas que hizo una vez que zarpó en su viaje inaugural de Southampton, la llegada a Nueva York de los supervivientes, la cobertura mediática, las comisiones de investigación en EE.UU. y Reino Unido, las misiones para intentar recuperar los restos del naufragio,… no hay duda o curiosidad que no quede resuelta en este gigantesca experiencia.

Para cerrar la experiencia norirlandesa, una buena opción es pasear hasta su centro e ir a comer a Granny Annies. Gastronomía local bien cocinada y -según su carta- toda con productos locales. Como entrante una sopa de verduras acompañada de pan de centeno y como plato principal salmón ahumado con ensalada de alcaparras, rúcula y canónigos, y para beber una pinta de Guiness (19 £ en total). Sitio y menú de lo más acertado.

Estaría bien volver a Belfast como escala antes de llegar al norte del Ulster y visitar Derry o la calzada de los gigantes. Y sabiendo que es posible, además de en avión (cuenta con dos aeropuertos), llegar a ella en barco desde Liverpool, la isla de Man o Cairnyan (en el norte de Inglaterra, ya cerca de Escocia).

Un día en Howth

Tranquilidad, paisajes y sabor local en esta pequeña población y península a quince kilómetros de Dublín frente al Mar de Irlanda.

Será porque es agosto, por la necesidad imperiosa de aprender inglés o por las plantillas de las empresas que establecen sus sedes sociales en este país por su baja fiscalidad, sea por lo que sea o por todo ello a la vez, Dublín está llena de gente. Por momentos, más que en una ciudad parece que estás en uno de esos parques temáticos o centros comerciales al aire libre en que el turismo está convirtiendo a muchas ciudades. Motivo extra para salir de ella y buscar autenticidad, encanto y belleza fuera del mundo urbano. Howth es una buena opción para encontrar todo esto, pero también merece la pena visitarla por lo que es y lo que ofrece.

Es fácil llegar, hay un cercanías cada media hora (6,40 € ida y vuelta), justo lo que dura el recorrido desde Pearson (donde yo lo he cogido, junto al Trinity College) hasta su estación (final de línea) a la entrada de una pequeña península frente al Mar de Irlanda. Recordando lo que un día fue, lo primero que ves al comenzar a pasear es el pequeño puerto pesquero. A continuación, lo que ya también es, un puerto deportivo con embarcaciones de recreo de tamaño medio en una localidad cuyos orígenes se remontan a la llegada de los vikingos en el s. IX y que en la actualidad cuenta con ocho mil habitantes censados.

El comité de bienvenida fue un dueto de viento y lluvia fina cuya resolución esperé tomando un café (2,80 € y como en todas partes hasta ahora, atendido por gente simpática, con una vocalización perfecta que hace que se les entienda a la primera y un ritmo sin prisa, pero sin pausa). En el momento en que el agua dejó de practicar su partitura recorrí el dique que protege el puerto hasta situarme frente a la cercana isla del Ojo de Irlanda, hoy deshabitada y según cuentan las guías, paraíso ornitológico.

Dándote la vuelta y mirando hacia Howth la imagen es la de una colina con restaurantes a nivel de mar, salpicada a medida que se mira hacia arriba de viviendas aquí y allá. Entre ellas se adivina un castillo del s. XV, las ruinas de una abadía medieval y una torre de vigilancia construida en 1805 por miedo a que llegaran hasta aquí las tropas de Napoleón.

Las rutas

Lo interesante y el verdadero motivo para venir hasta aquí ha sido alguna de las rutas de senderismo por la península que comienzan justo al final del puerto. Perfectamente señaladas, basta con calzado cómodo -el suelo varía entre la tierra, el barro y las piedras-, un mínimo de forma física -firme irregular y algunas cuestas son para tomárselas con calma- y atención -aunque las sendas están señaladas nunca está de más fijarse por si los elementos han hecho de las suyas- para ponerse a ello y disfrutar con lo que la naturaleza te va ofreciendo.

Todos los recorridos se inician con un camino común que coge altura mientras bordea la península por su lado este. El viento ha sido hasta agradable, la temperatura la justa para llevar la chaqueta impermeable cerrada, la lluvia y el sol se han hecho presentes alternativamente sin hacerse protagonistas -ese puesto se lo han dejado a las nubes- y ha sido constante la tentación de fotografiar los colores de la vegetación, el sendero abierto por el paso humano -son pocos con los que me he encontrado o cruzado- y la inmensidad del mar. Así hasta que, tras más o menos una hora, he llegado a un punto en el que desde lo alto se disfrutaba de la vista de un faro enmarcado en la línea de un horizonte en el que el cielo se debatía entre seguir cubierto o despejarse.

Ahí la ruta se bifurcaba en tres, una que con un total de quince kilómetros -teniendo en cuenta lo ya caminado- recorre toda la península y que he decidido dejar para cuando vuelva en el futuro, una de seis que venía a ser regresar por un sendero paralelo al del trayecto de ida pero separado del mar, uno de siete y medio que se introducía por la zona urbanizada y uno de ocho que según la señalítica te prometía volver campo a través -con algún que otro cruce con el asfalto- por la zona más alta y verde. Esta ha sido mi elección y la verdad es que ha sido de lo más gratificante sentirse, durante algo una hora larga, invadido por los helechos, absorbido por alguna que otra arboleda y rodeado por matorrales por doquier.

Al final he optado por no seguir completamente el itinerario (finalizaba en la estación del ferrocarril) para así conocer el pueblo, lo que me ha permitido ver que aquí las residencias -todas individuales- son tan atractivas y poco pequeñas como grandes sus ventanales -daban ganas de quedarse a vivir en muchas de ellas- y sus jardines. Por el lado contrario, si es que hay que calificarlo así, señalar que si quieres disfrutar de una casa con vistas, o tienes coche o tendrás que hacer mucha pierna para salvar la pendiente de las cuestas que te lleven hasta tu puerta.

De vuelta al pueblo

Pero hoy y tras tres horas largas de paseo, lo importante era llegar a un lugar en el que comer y beber al modo irlandés, así que entre la oferta local he optado por un local que vi al llegar, el Findlater, bar y restaurante a la par. En lo que respecta a lo segundo, con atmósfera de salón con vistas al puerto, mi experiencia ha sido la de trato amable, carta variada y lo que he elegido -sopa del día, vegetal, y salmón con verduras y puré de patata- sabroso y en su punto (30,40 € añadiéndole una pinta de Guinness y un café).

Como cierre de la visita, he paseado por el embarcadero del puerto pesquero, barcos a un lado establecimientos comerciales al otro, pescaderías -el salmón como oferta principal-, restaurantes y algunos, incluso, las dos cosas a la vez. Al final y cerrando la entrada al puerto un dique desde el que disfrutar con la vista de la playa de Claremont que se prolonga hasta la localidad cercana de Sutton y que también se puede ver, a modo de despedida, desde el tren de vuelta a Dublín.

Un domingo en Liverpool

El primer día de un viaje suele ser el más anodino por el asunto de los traslados, los tiempos de espera y la desubicación al llegar a destino. Si es domingo, se presupone que allá donde vayas reinará una calma total, pero basta que pienses de una manera para que la realidad -es decir, Liverpool- te demuestre que lo tranquilo no está reñido con lo interesante.

De Madrid a Liverpool haciendo parada intermedia en Manchester por capricho de las tarifas aéreas. Escala perfecta para disfrutar con el trayecto ferroviario de algo más de una hora pasando por el extrarradio de la capital de la revolución industrial y la llanura verde que une ambas ciudades. Como pequeño colofón de este prólogo, la llegada a Lime Station te hace sentir la magnificencia arquitectónica -piedra, hierro y cristal- de las grandes estaciones de tren del s. XIX.

Tras la elipsis temporal de poco más de 10 minutos a pie al alojamiento reservado observando la arquitectura moderna residencial -adjetivada por grandes ventanales, supongo que para aprovechar al máximo la luz, a la que los locales se asoman cual anuncios de Calvin Klein- comienza la verdadera aventura, la de descubrir la ciudad. Como es el primer día, dejándome llevar, sin rumbo fijo, cruzándome con casi nadie y tomando nota mental de los pubs en los que imagino que acabaré durante los próximos dos días tomando una pinta, una doble o lo que quiera que me pongan.

Será el destino, será la intención, pero atraído por la monumentalidad de su exterior he llegado al complejo del s. XIX -va a ser que Liverpool tiene mucho de decimonónica- en el que están ubicados el World Museum, la Liverpool Central Library y la Walker Art Gallery. La entrada de la biblioteca resulta de lo más tentadora, algo así como una alfombra roja formada por el título de grandes obras de la literatura y el cine -o de ambas artes a la vez- como Don Quixote, Gone with the wind, Rebecca, The maltese falcon o Rebecca. Promesa que no defrauda cuando la recorres y traspasas sus puertas automáticas accediendo a un atrio tan moderno como gótico. Su diafanidad -resultado de su reconstrucción, finalizada en 2013- te permite abarcar en un solo vistazo no solo sus varias alturas, sino hacerte una idea de cuánto albergan y ofrecen. Es más, el espacio parece estar concebido no solo para hacer uso bibliotecario de él, sino para que te pasees, para que transites por él.

Así que movido no solo por la curiosidad y el deseo, sino por el deber de cumplir lo que su arquitectura me sugería, he recorrido todas sus plantas. He subido a la primera en las escaleras mecánicas y a las demás a pie por rampas escalonadas hasta llegar a la cúpula de cristal desde donde puede salir a la terraza en la que, como el tiempo acompañaba, he disfrutado de una vista panorámica de esta urbe de medio millón de habitantes. Al volver al interior, lo mejor, disfrutar paseando cada uno de sus pisos, observando a la gente que lee, escribe o consulta en puestos individuales preparados para conectar el portátil, la tablet o el móvil (wifi incluido), caminando entre sus muchas estanterías dedicadas a historia de aquí y de allá, a arte, música y a toda clase de ensayos y géneros literarios.

Pero si hay una sección que siempre busco en estos templos es la del teatro, sin más ánimo que el de soñar, recordar lo ya leído y parafraseando una canción –so many books, so little time– tomar nota de lo que me gustaría leer en mis próximas siete vidas. Edward Albee, Cristopher Hampton, Oscar Wilde, T.S. Elliot, Federico García Lorca (verle traducido me causa ilusión), Ian McEwan (no sabía que había escrito textos teatrales para televisión), David Mamet… No podía irme sin más, así que he hecho tiempo de transición en la cafetería de la planta baja, leyendo el título con el que estoy ahora mismo (Drácula de Bram Stoker) mientras cuatro mujeres en la mesa de al lado hacían punto de cruz y destilaban una atmósfera de club de viejas conocidas que se reúnen cada domingo en este lugar para relatarse sus historias entre puntada y puntada.

Lo tenía anotado como uno de los planes de estos días, pero ya que estaba al lado -y la entrada es gratuita (donaciones bienvenidas)- me he asomado a la Walker Art Gallery. He decidido dejar su exposición permanente sobre la historia del arte desde el medievo hasta 1950 para mañana o pasado y echarle hoy un vistazo a sus temporales. As seen on screen, sobre las influencias recíprocas entre el arte y el cine, no deja de ser más que una corta colección de obras para exponer algo que ya sabemos. Lo más interesante, la pieza de vídeo de Bill Viola (Observance, 2002) elaborada a partir de grabaciones a actores interpretando emociones y manipuladas posteriormente, ralentizándolas, silenciándolas y proyectándolas en un formato diferente para acentuar su dramatismo.

Y cuando ya consideraba la visita por concluida, buscando la salida me he encontrado con lo mejor del día, con David Hockney y su Peter getting out of Nick’s pool. Lienzo con el que en 1967 ganó el Premio John Moore y motivo por el que este museo cuenta con su visión californiana de la salida del agua del hombre (Peter Schlesinger) con el que entonces comenzaba una relación. Una imagen pictórica concebida como si se tratara de una instantánea fotográfica (¿son sus proporciones las de una Polaroid?) que rezuma tanta luz como sensualidad. Normal que Pedro Almodóvar cayera -exitosamente- en la tentación de copiarle, reinterpretarle y homenajearle en las secuencias de la piscina de La mala educación.

Verona, mucho más que Romeo y Julieta

Llegas corriendo porque esperas salvar a los amantes del entuerto en el que se han metido para poder vivir su amor libremente y al llegar a la ciudad te enteras de que no tienes nada que hacer porque resultan haber muerto. A pesar de la desgracia, su imponente pasado romano, su arquitectura románica abrazada por el Río Adigio o sus vinos, hacen que la visita a Verona sea un placer para los amantes de las sensaciones a fuego lento y paso tranquilo.

PanoramicaVerona

Desde la estación del tren emprendí camino por el Coso Puorta Nuova –el área por la que creció Verona cuando el ferrocarril paró en ella- y siguiendo las indicaciones me adentré en el corazón de la ciudad hasta llegar a la casa de Julieta. Allí no había nadie, tan solo decenas de turistas en el patio, haciéndose fotos con una estatua que la representa, mal sacándole brillo con una costumbre que seguro nació de alguien que quiso buscar un motivo para justificar su mala suerte. ¡Todos se fotografían tocándole el pecho a la joven enamorada!

CasaJulieta

Pagué seis euros para poder adentrarme en su hogar, una construcción del siglo XIV. Varios pisos con colecciones de grabados reproduciendo momentos de la vida de los amantes, el dormitorio que les escenificó en el cine y los trajes que les diseñaron para la película de Franco Zefirelli en 1968. Pero allí no estaban. Me asomé al balcón y solo vi a los foráneos fotografiándome, ¡esperaban que fuera ella! Al salir, observé en el pasaje de entrada como los que allí estaban dibujaban corazones en el que incluían su nombre y el de su amado. No quiero ser mal pensado, pero me da que algunos eran simulados, tan solo una excusa para poder decir que estuvieron aquí ¡y que tienen el corazón ocupado!

PatioJulieta

Dos calles más atrás está la casa de Romeo, pero allí no había nadie, cerrada a cal y canto. Salí del centro urbano por una de las puertas de su muralla y en pocos minutos estaba –previo peaje de cinco euros- en el museo que alberga los restos de un antiguo monasterio del siglo XIII. Colecciones de restos de frescos aparte en su edificio principal, en su patio central accedí escaleras abajo al lugar identificado como la tumba, la que no está claro si es de ella sola o de los dos, de Romeo y de Julieta.

TumbaJulieta

Al acceder nuevamente al exterior, un busto de Shakespeare me explicó que todo era una ficción literaria del genial inglés. Que a sus oídos llegaron dos relatos previos que ya hablaban de las luchas entre familias de raigambre y posibles, y él las hizo pasar por su tamiz trágico convirtiendo a los Cappelletti y los Cagnolo Nogarola en los Capuleto y los Montesco, dos dinastías enfrentadas a muerte y causantes de desgracia infinita por los siglos de los siglos.

Una ficción literaria por la que Verona es más conocida fuera que dentro y que asombra al foráneo el poco protagonismo que se le da en sus calles. Debe ser que los veroneses consideran que lo suyo ha de ser, al margen de disponer de una conocida ambientación literaria, ofrecer hechos reales: dos milenios de historia, buenos vinos y música en vivo con una acústica excelente.

La Verona real

Fundados por el imperio romano, de aquellos tiempos a Verona le queda un fantástico anfiteatro, la Arena. Un asombroso teatro con capacidad entonces para 30.000 personas y una acústica excepcional que este verano, la primera ocasión fue en 1913, ha acogido la 93 edición de su festival lírico con óperas como Romeo y Julieta (Gounod), Nabucco (Verdi) o Don Juan (Mozart), espectáculos de ballet y conciertos sinfónicos. Entrar a visitarlo es un doble espectáculo. Por un lado, y gracias a su excepcional estado de conservación, retroceder a los tiempos del Imperio, hasta el año 30 d.C. cuando se completó su construcción. En segundo lugar, poder ver durante el horario de visitas turísticas, si así coincide,  cómo se desmonta o pone en pie el escenario de la siguiente representación. Como si de una película de estética péplum se tratara, algo que se siente también en el exterior con imágenes como las aquí adjuntas de las esfinges de la verdiana Aida en la Piazza Bra.

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Caminando por la comercial Vía Giuseppe Mazzini se pude llegar hasta la Piazza Erbe, lugar de pequeño mercado y terrazas para tomar un vino de la cercana denominación de origen de la Valpolicella entre edificios nobiliarios del medievo como la torre y el Palazzo della Regione, también vecino de la Piazza dei Signore donde la estatua de un solemne Dante recuerda que esta ciudad le acogió tras ser expulsado de Florencia por sus posiciones políticas. Un callejero que sin embargo no resulta nada medieval, apenas hay calles estrechas, producto de haber sido una urbe habitada de continuo –gobernada desde Milán, Venecia, por el Sacro Imperio Romano-Germánico o el Imperio Austro-Húngaro, entre otros- desde que fuera trazada por los romanos como cruce de caminos en las líneas que unían Milán y Venecia con Modena y Trento.

Plazas

Un antiguo casco histórico rodeado por norte, este y oeste por el agua del Río Adigio. Pasando al otro lado se puede dar un paseo agradable junto a su cauce desde su punto más occidental, ese que deja al otro lado el Castelvecchio medieval. En su punto medio uno se puede desviar a la colina vecina para dejando el teatro romano abajo disfrutar de una preciosa vista de toda la ciudad. Si se sigue por la orilla más oriental, las fachadas de las viviendas que dan al río constituyen un precioso mural de colores iluminado de manera directa en las primeras horas del día.

Rio

Venecia, una y mil veces

Calles y canales, luces y sombras, histórica y actual, clásica y moderna, local y turista, mítica, exótica, musical, literaria y cinematográfica, cuna de maestros, acogedora de deseosos de saber, lugar de paso para curiosos,… Venecia tiene para recibirte una y mil veces.

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La ciudad de los canales y de las calle estrechas. De puentes en los que disfrutar del efecto de la luz sobre el agua y de callejones a cuyo suelo el sol nunca llega. De urbanismo sinuoso y ajeno a toda norma, con el que no vale ni el más detallado de los mapas, para moverse solo son de fiar los carteles que indican puntos conocidos como “San Marco”, “Rialto”, “Ferrovia” o “Piazzale Roma”. En ella las plazas son campos, hay palacios a pie de agua y un sinfín de iglesias que podrían dar para acoger a todo el santoral. Tantos templos que algunos se han desacralizado y dedicado a la música, a acoger en sus cuatro paredes interpretaciones diarias en concierto de las “Las cuatro estaciones” que compusiera el local Vivaldi. Vacía al alba y tras al atardecer, plagada de visitantes que ejercen el turisteo como las plantas la fotosíntesis, solo durante las horas de luz. Fresca en sus despertares, ardiente en su mediodía y nuevamente liviana al caer la noche. En el litoral oeste de sus islas ojalá sus atardeceres al pie del agua fueran eternos.

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Aquí la política supo mantener a raya la religión durante el medievo. A su puerto llegaron vía la ruta de la seda, telas, especias y demás exotismos durante siglos desde el Oriente. En sus talleres, hoy resumidos en la Accademia, la pintura descubrió con Tiziano y Tintoretto la magia del color en el siglo XVI. Shakespeare la convirtió en soberbia escenografía en varias de sus obras, de esas que hicieron del teatro una fuente de sabiduría humana, como haría después Thomas Mann en “Muerte en Venecia” o Patricia Highsmith en “El talento de Mr. Ripley”. Cada mes de septiembre su festival de cine, la Mostra,  pone en la isla del Lido (la que alberga las playas de la ciudad) la alfombra roja a actrices que sueñan con la fotogenia, la carnalidad e inspirar tanto deseo y admiración como lo sugerían, incitaban y provocaban Sofía Loren, Claudia Cardinale o Anna Magnani incluso en blanco y negro.

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Sala de la Galería de la Academia, obra de Tintoretto en el Palacio Ducal, playa del Lido y Sofía Loren en la Mostra de Venecia en 1955.

Peggy Guggenheim se estableció aquí en la década de los 40 del siglo XX con su ilustre y rico apellido para hacerse perenne a través de sus Picasso, Rothko, Pollock, Dubuffet, Kandinsky o Magritte desde un lugar hoy visitable en el que se puede mirar el final del Gran Canal tal y como lo dibujaba Canaletto en el siglo XVIII. Más moderna, actual, resulta la Biennale. La creatividad llevada al máximo, solo concebida para ser vista, ajena al mercadeo capitalista, para conocer lo más actual, contemporáneo e innovador que se hace en cada país. Una disculpa para conocer las zonas de Giardini y Arsenale o para debatir sobre los límites entre arte y atrevimiento, creatividad y descaro, imaginación y copia, originalidad y homenaje.

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“Hombre con jersey a rayas” de Picasso (1994), de los fondos de la Peggy Guggenheim Collection. Vista desde el embarcadero del Museo. Instalación de Camille Norment en el pabellón de los países nórdicos en la 56 edición de la Biennale, y la de Sarah Lucas en la del Reino Unido.

Venecia es desplazarse a pie o en vaporetto. La góndola queda para los dispuestos a pagarse un capricho, añádasele extra a negociar si quieres que tu apuesto gondolero de camisa de rayas blancas y azules, rojas o negras te cante Oh sole mio. Dejarse llevar en ella es sentirse en un momento mágico. Verlas pasar desde los puentes es señalar la cantidad de nacionalidades que se ven: americanos, rusos, japoneses, árabes, indios, argentinos, ingleses, españoles,… Todos quedan hechizados por los escaparates de las firmas de lujo y las virguerías de los artesanos del cristal de la isla de Murano. Algunos, los menos, espantados del horror kitsch del merchadising recuerdo de Venecia (made in China) que inunda cada calle como el agua la plaza de San Marcos cuando hay marea alta.

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A esta la mira de manera tranquila desde enfrente la isla de San Giorgio Maggiore, libre de las multitudes que quieren deslumbrarse con la escalera de los gigantes o  los 180 metros cuadrados del óleo “El paraíso”, de Tintoretto, en el Palacio Ducal, subir los 97 metros del Campanile o dejarse apabullar por el estilo bizantino de su basílica. Al otro lado el Museo Correr nos recuerda que Sissi Emperatriz y Napoléon pasaron por aquí, como también los romanos y los fenicios muchos siglos antes según se puede ver en las adyacentes salas del Museo Arqueológico. Un lugar que puede interesar no solo al estudioso de la historia o al humanista enganchado a Italia, sino también a todo aquel que pase por aquí por las vistas que desde sus salas se tiene a San Marcos.

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Esa plaza Patrimonio Mundial, que es de todos y para todos, en la que sentarse a tomar un café para mirar, para ver y observar, en silencio o con música ambiente supondrá un recuerdo para toda la vida. Un motivo para venir una primera vez, volver una segunda o repetir muchas más.

24 días en Texas

Como si cada uno de ellos fuera una hora de una jornada cualquiera. Un conjunto de anécdotas, momentos como testigo y de vivencias en primera persona que forma una circunferencia como la de un reloj. La hora 25 bien pudiera ser la jornada de mañana o el siguiente viaje, a sabiendas de que aunque haya instantes similares ya no serán iguales que los anteriores.

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01. El 49% de la población de este estado es latina. Si Texas fuera un estado independiente, un país (ya lo fue como república de 1836 a 1845, tras haber sido territorio mexicano y español) sería la décima potencia económica del mundo. ¡Lo que da de sí el petróleo y el gas!

02. Mirar por la ventana de la habitación en Austin y ver cuatro iglesias, tantas como películas porno ofrece en su primera pantalla el pay-per-view del hotel.

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03. Alojarte en un complejo de 1120 habitaciones en el que coincides con una macro reunión de la Iglesia Baptista Americana y una convención de monitores de fitness. Los primeros llenan los ascensores de biblias, los segundos te amedrentan con su presencia en el gimnasio. Yo me siento como en un capítulo de “Hotel”, pero no veo por ningún lado a Connie Selleca ni a James Brolin.

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04. Ni un aparcamiento subterráneo, todos son edificios mastodónticos de varias plantas, incluso en el centro de las ciudades. La armonía y la estética visual en el cuadriculado trazado urbano ni están ni se las espera.

Edificios

05. En la calle 30 grados cargados de humedad, en el interior de cualquier restaurante o comercio, hasta 18 o 19 grados bien secos. Viva el imperio del aire acondicionado.

06. Hoteles de cuatro estrellas en los que todo el material de restauración que se utiliza es desechable: platos, vasos, cubiertos,… Aquí los conceptos de reciclaje y de cambio climático son como el de calor para un esquimal, no los conocen.

07. Frank, mi vecino de mesa en el desayuno me cuenta que fue militar americano en la base naval de Rota. Habla perfectamente castellano porque nació en Puerto Rico, donde vive su hijo. Él, ahora divorciado, reside en Texas después de haberlo hecho en Massachusetts, Washington y Virginia tras volver de España hace siete años.

08. María, la mujer que limpia hoy la habitación me cuenta que es mexicana, de Guanajato, que lleva ya 30 años en Dallas y que sabe que su abuela llegó de España pero que no recuerda la ciudad.

09. Dallas y Fort Worth, 1,2 y 0,75 millones de habitantes y 50 km de distancia entre ellas, las dos ciudades principales del norte del estado. ¿Transporte público entre ellas? Una combinación que exige tren y autobús que solo se produce cada dos horas y que no existe los domingos (a no ser que no haya conseguido informarme bien).

10. Para ir al The Meadows Museum, el que dicen que es como un pequeño Museo del Prado, esperar 20 minutos a que llegue el tranvía, 20 minutos de trayecto y 20 minutos andando para dejar atrás el centro comercial, la autopista y la zona en obras que has de recorrer antes de llegar a su puerta.

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11. Restaurantes en los que hay camareros cuya única función es rellenarte el vaso de agua, si les pides algo con respecto al menú llaman a un “superior” que es el que te atiende. Este segundo se presenta diciéndote su nombre y añadiendo una coletilla que dice algo así como “me voy a encargar de ofrecerte el mejor servicio, cualquier cosa que necesites estoy a tu disposición”. Todo ello con una gran sonrisa profident y una perfecta dicción. Bueno, esto último no siempre.

12. Entre los comensales una familia donde ves que no solo los adultos ocupan el doble que tú, sino que los dos hijos que probablemente no lleguen a los diez años, seguro superan las 181 libras que pesas tú (82 kg). ¿Perdón? ¿Que yo peso 181 libras? Está bascula está mal, fatal.

13. Twin Peaks ya no es solo la famosa serie de David Lynch sobre la búsqueda del asesino de Laura Palmer. A partir de ahora es también en mi memoria una cadena de bares con grandes pantallas en las que se proyecta deporte de manera continua y eres atendido por camareras que parecen salidas de un anuncio de mini-shorts, mini-camisas y productos para tener una piel y un pelo perfecto. Si quieres la versión low cost, entonces vas a Hooters. Eso sí, paga tu consumición antes del fin de turno, ya que si no, la chica se queda sin el 15% de propina que vas a añadir, que es en lo que consiste la mayor parte de su sueldo.

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14. Dormir con tapones donde quiera que lo hagas, siempre hay una autopista cerca con tráfico constante a todas horas.

15. Según Google las librerías más cercanas que tengo en Dallas están ¡a más de 12 km ¡del centro ciudad! A ver a cuál de las dos elijo ir. Me agobio con tantas opciones.

16. Taxistas que te cuentan que nacieron en Ghana, Etiopía o Costa de Marfil. Que se vinieron hace ya 15, 20 o 30 años porque aquí se vive mucho mejor, aquí se sienten libres, aquí tienen de todo, tanto que hasta han conseguido la nacionalidad americana. ¿Por qué vine aquí? Porque ya tenía amigos en esta ciudad.

17. En la mañana de un viernes me dijeron: “¿No conduces? ¿No disparas? ¡Tú no eres un nombre de verdad!”, a lo que solo se me ocurre responder con una sonrisa.

18. Creo que el único personaje que podría considerarse histórico nacido en Texas que me viene a la cabeza es Beyonce. Supongo que esto complementa al párrafo anterior (vuelvo a sonreír mientras reproduzco a la diva en mi cabeza interpretando en directo “Crazy in love”).

19. “I do for all” o “Pride Nation” son los titulares de portada de The Dallas Morning News y USA Today tras reconocer el Tribunal Supremo de este país el 26 de junio que el matrimonio es un derecho al que pueden acceder aquellos que quieren casarse con otra persona del mismo sexo. Al menos sobre el papel, este país da un paso adelante en derechos humanos, en respeto a la dignidad y a la libertad individual de todas las personas.

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20. Merece mucho la pena visitar el centro de escultura Nasher con obras de Picasso, Giacometti, Gauguin, Rodin, Richard Serra, Jaume Plensa, o la fantástica “Rush hour” (1983) de George Segal.

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21. Enchufar la televisión e ir de canal en canal entre informativos que estiran las noticias hasta el inifinito, talk-shows, reality shows y reposiciones de series hasta llegar a uno en que cada día se dedica a emitir una película varias veces. Hoy “El padrino”, mañana “Regreso al futuro” y el 4 de julio “Independence day” con Will Smith salvando a la patria del ataque alienígena.

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22. “Y tú, ¿cómo celebras el 4 de julio?” Respuesta de Matthew, “básicamente lo que hago es reunirme con amigos y estamos de barbacoa hasta la noche en que vamos a algún sitio a ver los fuegos artificiales”.

23. Broadway pilla lejos, pero aún así conozco un musical del que no había oído hablar hasta ahora, “Cinderella” de Rodgers & Hammerstein. Qué bien suena “Ten minutes ago”, los pelos como escarpias y brillo en la mirada.

24. En un trayecto de diez minutos en coche en un pueblo de 30.000 habitantes me cruzo con varios templos baptistas, metodistas y episcopalianos, además de católicos, la Abundant Assembly of God y la iglesia de Cristo, en cuya puerta un gran cartel dice que este mes estamos todos invitados a ir los domingos a las 09:30 a estudiar juntos cómo fue el siglo I de la historia del Cristianismo.

Lo siento, pero es que vuelvo a España, no podrá ser, quizás la próxima vez, ¡Dios dirá! Por cierto, no he visto ningún cowboy ni asistido a ningún rodeo, ¿excusas para volver?

Pasen y vean

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Es ya casi la una de la tarde, ¿quieren entrar y probar algo? ¿Una sopa de cebolla bien caliente para entrar en calor?  El día se ha levantado muy frío, ¡esta humedad invisible cala hasta los huesos! No me digan que no, que se nota, que ustedes son del sur. En esta época del año se les reconoce porque son de los que cuando vienen a París aún lo hacen con una bufanda y un gorro por si acaso. Y la verdad es que razón no les falta, con lo bueno que estuvo ayer y anteayer con cielo sin una nube y el sol brillando, y hoy nada. Hoy se torció el día y se levantó bien nublado.

¿No se deciden ustedes? ¡Vamos hombre! Miren, les diré una cosa, cuando entren dentro el local les va a sonar, o lo mismo ya habían oído hablar de él. Hace casi veinte años, en 1996, Woody Allen rodó aquí una secuencia de “Todos dicen I love you”. No estaba mal la peli, seguro que visitarnos fue uno de los motivos por los que se enamoró aún más de esta ciudad y luego la retrató tan genialmente en 2011 en “Midnight in Paris”. Esperen, esperen, un minuto de paciencia, que no me enrollo sin más, que si les cuento esto por algo, ya verán, solo un minuto. Acabo lo que les quiero decir y luego ya ustedes deciden si entran o si se van sin más continuando su paseo.

¿Recuerdan cómo en  “Midnight in Paris” aparecían Picasso, Dalí o Toulouse-Lautrec cuando a media noche el protagonista subía hasta Montmartre? Pues bien, muchos ratos pasaron ellos en el interior de “Le consulat” debatiendo sobre lo divino y lo humano, lo carnal y lo espiritual, las líneas rectas y los espacios de color. Aquí vivieron mañanas de café con leche y croissant, almuerzos de menú del día, tardes de absenta y noches de foie regadas con vino, con mucho vino de la casa, que sigue siendo tan bueno hoy como excepcional entonces.

Porque no lo duden, la carta que tenemos es de lo más sabrosa: mejillones, tablas de quesos, omelettes para chuparse los dedos, asados de pato cuyo sabor recordarán toda la vida, ¡lo que les digo! ¿No se lo creen? Y si no tienen mucha hambre, pues elijan entre un crepe salado o uno dulce. Se lo aseguro, si entran, volver a “Le consulat” será uno de los motivos por los que algún día visitarán de nuevo París. ¿No me creen? Recuérdenmelo cuando llegue ese momento y me encuentren aquí parado a la puerta hablando con los viandantes o fumándome un pitillo en mis cinco minutos de descanso.

Yo mismo me enamoré de este restaurante hace muchos años. También llegué a Montmartre queriendo conocer las calles por los que pasaron el autor de las señoritas de Avignon o el que nos hizo creer que el Moulin Rouge era un sitio de bailes apasionantes –y no el burdel de sesión continua, que realmente era, créanme- y acabé viviendo donde ellos lo hacían, apenas a unas calles de aquí, y sirviendo comidas a gente entre los que quizás estén los que revolucionen el arte cualquier día de estos. Si entran, les aseguro que no se arrepentirán de haber vivido la experiencia de sentarse a nuestras mesas de manteles de cuadros rojos y blancos. Si no lo hacen, ¡quién sabe! Pero les aseguro que en ese caso, ¡llegará el día en que se arrepientan de no haber entrado!

¿Y bien?… ¡Adelante, están ustedes en su casa! ¡Marchando una mesa para cuatro!

(Fotografía tomada en París el 4 de abril de 2015).