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“Green book”, buena y efectiva

No nos relata nada que no sepamos acerca de qué suponía ser negro a principios de los 60 en EE.UU., especialmente en los estados del sur. Pero lo hace dando una lección sobre cómo se cuenta y se escribe cinematográficamente una historia, estructurándola correctamente, graduando su ritmo y construyendo unos personajes tan verosímiles como profundos y llenos de matices que Viggo Mortensen y Mahershala Ali interpretan con absoluta perfección.

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El green book se publicó en EE.UU. desde 1936 hasta 1966. Era la guía de viaje de referencia para las personas de color, sus páginas les decían donde podían alojarse y comer si se desplazaban por su país para no tener problemas –ser rechazados, violentados o abusados en un local- con el racismo de sus conciudadanos blancos. Una publicación que entregan a Tony Lip, un descendiente de italianos residente en el Bronx, cuando acepta el trabajo de ser el chófer durante una gira de dos meses de un reputado pianista, el Dr. Shiley, por los estados más conservadores y xenófobos de su nación.

Basado en hechos reales, Green book evita todo aquello en lo que podría haber caído, ser un biopic o una road movie con pasajes musicales. O un, a estas alturas ya visto muchas veces, ejercicio emocional sobre la injusticia que suponían y la impotencia que debieron causar estas vivencias. Además de un recordatorio de que aunque hayamos avanzado legal y socialmente, estas situaciones se siguen produciendo hoy en día.

No, lo que Peter Farrelly ha co-escrito y dirigido se limita a cumplir su cometido, presentarnos unos personajes y contarnos la relación laboral y humana que establecen a lo largo de un corto período de tiempo. Más de medio siglo después, se supone que los espectadores ya estamos sobradamente informados sobre cómo se vivía entonces y somos lo suficientemente inteligentes como para hacer dobles lecturas y extraer nuestras propias conclusiones. Así, tras una introducción en la que nos da a conocer el nivel educativo, las relaciones familiares y la personalidad de ambos personajes, la película les sienta en el mismo coche y les hace comenzar a compartir y convivir.

Da igual cuánto de lo que vemos ocurrió realmente, cuánto es ficción y cuánto recreación quizás edulcorada. Lo importante es que el conjunto -siguiendo las mismas pautas que cualquier proceso de conocimiento mutuo- funciona sin transmitir en ningún momento un mensaje pretencioso, artificial o dogmático. Inicialmente se muestran muy superficialmente con pequeños gestos cotidianos que dejan clara la lejanía intelectual entre ambos, pero a medida que cada uno se acostumbra a la presencia física del otro se revelan emocionalmente en un entorno que no se lo pone nada fácil a ninguno de los dos. Ahí es donde surge el punto de encuentro que demuestra la igualdad de todos los seres humanos y el inicio para intentar construir una relación sincera, respetuosa e integradora de todas las características del otro.

Un terreno, el de la humanidad diáfana, en el que no hay más que lo que uno sea y en el que Mortensen y Ali imprimen a los hombres que interpretan una autenticidad que huye del recurso fácil que hubiera sido la caricatura en el primero y la aristocracia y el divismo de la genialidad del segundo. Ambos realizan un trabajo que opta por la dificultad de la sencillez, la espontaneidad y la naturalidad de uno y la sutileza, el detalle y la sensibilidad comedida del otro. De esta manera, su labor se complementa perfectamente con el guión y la dirección de Farrelly y hacen que aunque Green book no resulte una película original, sea buena y efectiva en su propósito.

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“El vicio del poder”

Adam McKay vuelve a carga con el mismo tono sarcástico entre el documental y la ficción con que ya nos sorprendió en “La gran apuesta”. Y con similar intención, contarnos las causas de aquello cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy en día. Si entonces expuso cómo se generó la crisis financiera de 2007, esta vez el foco de atención es el poder casi absoluto que Dick Cheney ejerció como vicepresidente de EE.UU. entre 2001 y 2009.

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Comienza siendo un biopic, algo que no deja de ser nunca para acabar convirtiéndose en su última parte en un thriller político sobre cómo se gestó la designación de Cheney como segundo de George W. Bush en las elecciones estadounidenses del año 2000 y la guerra norteamericana contra el terrorismo en territorio iraquí tras los atentados del 11S. Sobre el personaje protagonista sabremos más o menos, pero en cuanto a lo segundo está claro que a poco que nos refresquen la memoria, todo lo que nos cuenten nos resultará familiar. El estrecho margen por el que Bush derrotó a Gore en Florida, los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y el Pentágono, las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein,…

Entonces, ¿cuál es el interés cinematográfico de El vicio del poder? Si se hubiera quedado en el retrato biográfico, escaso, poco más allá de una correcta factura técnica y unas excelentes caracterizaciones e interpretaciones de Christian Bale y Amy Adams para relatar su relación y el ascenso político de Cheney –con ella siempre a la sombra, pero tan ambiciosa y justa de escrúpulos como su marido- desde la década de los 60.

Si apuramos, McKay podría haber sintetizado esta parte sin riesgo de que perdiéramos información. Pero hace de ella una trama correcta, evocativa del estilo de vida del sueño americano –pero sin llegar a retratarlo-, que liga con su segunda línea narrativa -la trastienda de la política- a través de un montaje ágil, dinámico y vibrante con el que le da a esta otra parte de la película un tono documental deliberadamente sarcástico.

Así, desde un punto cercano al humor y con un ritmo que evoca al de los videoclips, al lenguaje televisivo y a la contundencia del periodismo más amarillista nos cuenta la seriedad de lo que hasta ahora probablemente no conocíamos. Hechos en los que si la legalidad es más que dudosa, la ética nunca fue considerada, como la figura del poder ejecutivo unitario, los estudios de marketing para conseguir el apoyo del pueblo americano a la invasión de Irak que ya se estaba preparando o la reinterpretación de la Convención de Ginebra sobre el trato a prisioneros de guerra para emplear técnicas de tortura como sabemos que ocurrió en Guantánamo o Abu Ghraib.

Y mucho más en un marco de crítica sin límites en el que la característica principal de cada personaje es llevada al extremo, ya sea la socarronería con que se retrata a Donald Rumsfeld, el casi infantilismo de George W. Bush o la soberbia que define a Dick Cheney. Un derroche de imperialismo neoliberal que vive al margen de una sociedad a la que, tal y como expone El vicio del poder, manipula y utiliza de manera absolutista, sufre sus consecuencias y a la que quizás no le queda otra que plantearse cómo hacer para que gobiernos y situaciones así no se vuelvan a repetir.

 

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Rojo”, el color de Rothko y Echanove

 

Súmese a la solidez del texto de John Logan y el atractivo de la personalidad y la obra de Mark Rothko, dos interpretaciones perfectamente complementadas que no solo sirven para construir el biopic que esperamos, sino también para sumergirnos en el universo humano que se crea entre el creador consagrado que aspira a hacer visibles nuevas dimensiones espirituales y el joven artista que desea encontrar su sitio en el mundo.

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Más allá de anécdotas puntuales y algún que otro juicio de valor, John Logan no pretende darnos una lección académica sobre Mark Rothko con su texto, sino transmitirnos una serie de cuestiones que nos lleven a la reflexión y a que dialoguemos interiormente con los dilemas, propósitos y luchas de su protagonista, tanto consigo mismo como con el tiempo y lugar en el que vivió. Una misión que Juan Echanove asume con naturalidad y sencillez, sin estridencias, equilibrando a la persona con el pintor, transmitiendo la autoexigencia de Rothko, aun siendo ya alguien consagrado, por ir más allá que sus antecesores en la carrera contrarreloj en que se convirtió la evolución del arte en el siglo XX.

Un propósito que tal y como Logan expone asumía como un deber moral para evitar que el aburguesamiento y el capitalismo de las élites convirtiera en decoración las metas artísticas ya logradas por la sucesión de ismos. De ahí su investigación continua para dejar atrás reglas, formalismos y academicismos y alcanzar lugares recónditos de la expresividad con los que conseguir mayor libertad creativa y por tanto, de desarrollo y progreso individual y colectivo. Una búsqueda que pasaba por traspasar el lienzo, la materialidad de lo que percibimos a través de los sentidos y llegar a la dimensión espiritual de cualquier persona.

Un objetivo complejo que la puesta en escena de Rojo consigue que sea perfectamente comprensible al tener en cuenta en todo momento a la persona que es también el insaciable investigador. Dos dimensiones a las que asistimos con los ojos ansiosos por conocer, descubrir y entender de su joven asistente encarnado por Ricardo Gómez. Jornadas de trabajo en el estudio de 9 a 5 en las que el aire está lleno de Rothko, pero dejando oxígeno suficiente para que su ayudante también pueda respirar y ser él mismo. Una relación entre diferentes, pero equilibrada, sin prismas paternalistas, que tiene claras las distancias, pero que no hace de ellas el elemento central, sino el que marca las oportunidades y las dificultades para que estas coordenadas sean positivas, fructíferas y provechosas para ambas partes.

Una convivencia, la humana de los personajes de Logan y la interpretativa de Echanove y Gómez, que se salda con balance positivo en ambos casos por dejar que sea lo que hay entre ellos, y no solo sus personalidades, lo que toma cuerpo y se manifiesta sobre el escenario. Por muy grande que sea un nombre, por muy aislado que esté un ego o por mucho que ciegue la falta de experiencia, toda convivencia implica un diálogo.

Ese es el verdadero propósito de Rojo, más allá de contarnos un episodio de su vida, el lucrativo encargo en 1954 de una serie de murales para ser colgados en el restaurante Four Seasons de Nueva York. No solo hacernos ver quién era y cómo pensaba Rothko, sino también cómo daba forma y manifestación a sus ideas, frustraciones, satisfacciones y necesidades vitales, y como este proceso –tal y como vemos en su colaborador- es análogo en su forma, aunque pueda tener otra motivación o pretender otro destino, al que puede seguir cualquier persona.

Rojo, en el Teatro Español (Madrid).

“Yo, Tonya”, agria caricatura del sueño americano

Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

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Si te esfuerzas y consigues ser el mejor serás recompensado. Si no lo logras, serás un perdedor y culpado y castigado por ello. Así fue la vida de Tonya desde que nació. Si se dejaba la piel en la pista de patinaje quizás consiguiera el abrazo de su padre y subir al pódium del torneo en el que compitiera. Pero si no lo lograba, su madre la machacaba psicológicamente, una mala mirada, un desprecio, un insulto, un empujón,… Y cuanto más entrenaba y progresaba, más era la presión maternal. Un fallo en la pista suponía una tormenta de ruidos y silencios en casa, una derrota algo que no se podía permitir.

Una biografía y una historia aparentemente lineal, de planteamiento conductista, de estímulo y respuesta. Pero tras esta superficie tiene algo profundo en lo que solo es posible entrar detectando el silente mensaje tras los pequeños gestos de esas personas –genialmente interpretadas por la brutal Margot Robbie, el exacerbado Sebastian Stan y la oscarizada Allison Janey-  que viven bajo el método del ensayo y error, del gesto brusco y la voz elevada, del afecto mentiroso y el amor equivocado. Una simbiosis que al principio se presenta de forma unida, casi binaria -insulto va, golpe viene- pero que a medida que se suceden los minutos va generando una bola de nieve más grande y compleja -a la que se suma un marido maltratador-, haciendo de ese material ardientemente helado algo más sucio y peligroso, provocando una deriva verbal y física harto violenta de temible e imprevisible evolución.

Steven Rogers debe haber invertido en el proceso de escritura de su guión muchas horas de hemeroteca y videoteca para dilucidar todos esos instantes casi invisibles en que se fue gestando la personalidad de la Tonya Harding, ganadora y víctima, deportista olímpica y camarera, genio y verdugo a la vez. Un retrato que posteriormente Craig Gillespie ha convertido en un personaje explosivamente neurótico en un relato que tiene mucho humor para evitar caer en la tragedia de lo que estamos viendo. Con un tono gamberro, casi macarra, muestra cómo se van generando los distintos conflictos que acabarán ocasionando una tormenta perfecta a cuyo fin nadie quedará indemne.

Una caricatura que no necesita más información que la que nos facilita para dejarnos claro el drama al que asistimos. Yo, Tonya confía en la transparencia de su exposición y en la inteligencia del espectador para que este entienda la brutalidad de lo que se le está contando a pesar de hacerle reír y carcajear. Aunque esta virtud es también su exceso en algunos momentos, se nos lleva tan allá en la parodia que cuesta volver a la realidad y permitirnos conectar plenamente con los momentos más crudos y desnudos de estilismos cinematográficos.

Quizás América sea también eso, un país que aparentemente te lo ofrece todo, pero si vas a por más de lo que te corresponde o puedes gestionar, tienes que asumir los duros costes de pasarte de frenada.

“Lion”, melodrama previsible

Una historia entre la India y Australia que tiene como puntos fuertes el lirismo de su parte hindú y a una excelente Nicole Kidman en las antípodas. Más allá de esto, no deja de ser un relato que no sorprende, aunque hay que señalar su gran factura técnica y la muy bien lograda emotividad de sus momentos más álgidos.

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En muchas ocasiones la realidad va más allá de los tópicos. Es verdad que las estaciones de ferrocarril de las ciudades indias son la unión de aglomeraciones efervescentes de personas y un sinfín de trenes de muchos vagones entrando y saliendo por sus andenes. Por este motivo, no es de extrañar que este significativo punto del callejero de toda urbe sea una localización recurrente en Lion. Es desde donde parte el niño Saroo, sin saberlo, hacia una nueva vida; uno de los primeros lugares, ya en Calcuta, de donde ha de huir, en una trepidante secuencia, para no ser capturado por traficantes de personas; y el recuerdo cuya imagen se busca continuamente en Google Earth.

Esta primera parte de la película engancha por el lirismo de los colores, los volúmenes y las texturas de los planos aéreos de la geografía filmada; por las miradas de esos dos hermanos de ojos grandes, un manantial de inocencia, pureza y humanidad sin fin; y por el papel que se da a los trenes, a modo de poesía en movimiento, una ilusión de libertad y un modo de ganarse la vida, pero con su lado oscuro, también son máquinas de hierro que nos atrapan y nos alejan del lugar al que pertenecemos.  Pero una vez que el discurso en pantalla deja de ser poético y se hace narrativo, este resulta previsible y la duda no está en qué va a ocurrir, sino cuáles van a ser los aspectos elegidos para mostrarnos lo duras y crueles que son las circunstancias –pobreza  extrema y violencia sin fin-  que viven en su día a día los niños que están solos en el gigante asiático.

La llegada a Australia como hijo adoptado del joven Saroo supone un punto de inflexión de la película, con la consiguiente expectación de cómo evolucionará a partir de este momento lo que ya conocemos. El punto de entrada es una Nicole Kidman que resulta ser desde su primer segundo un amor tan sincero, una generosidad tan ilimitada y una entrega tan altruista que no queda otra opción que caer rendido ante ella. Cada una de las secuencias en que tiene unas líneas resultan plenas, una lección de interpretación que hace que uno de efectos de Lion sea desear que la Kidman vuelva a papeles protagonistas como los de Las horas, Los otros o Moulin Rouge.

Acto seguido, Garth Lion nos hace pasar dos décadas en el país oceánico, interesantes, pero faltas de agilidad y ritmo. Se hace todo demasiado monótono, y más que un desarrollo de una historia, lo que vemos es la presentación de los distintos aspectos de la vida de un hombre plenamente occidentalizado. Un pasaje que más que constituir el nudo de esta ficción basada en hechos reales, parece estar destinado únicamente a contraponerse a los primeros años de su biografía y a provocar el conflicto que nos llevará al desenlace. Un momento esperado, pero en el que vuelve en modo derroche la magia que tiene en ocasiones esta película, que resulta grande cuando todo se dice a través de gestos y miradas.

“Trumbo: La lista negra de Hollywood”

Cuando se lo propone y deja a un lado su, cada día más exclusivo, deseo de hacer caja, la meca del cine sabe cómo construir un buen relato, con el que de paso limpiar su mala conciencia por aquellos años en que se puso de manera descarada al servicio del poder en su intento de absolutismo ideológico. Años 40 y 50 muy bien plasmados en la pantalla con un guión que, como no podía ser menos en un biopic de uno de los mejores escritores cinematográficos de la historia, es la clave de esta película.

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El fin de la II Guerra Mundial no supuso el cierre de una etapa. Para muchos tuvo una prolongación en la que la contienda ya no fue cuerpo a cuerpo a miles de kilómetros de su hogar, sino que tuvo lugar tanto en la calle en la que vivían como en su puesto de trabajo. El motivo, no asumir como propias las palabras vacías que los gobernantes de Washington habían dictado como manera de crear entre la población estadounidense una sensación de riesgo y amenaza ideológica, por una supuesta invasión comunista, sin lógica alguna. Conscientes del poder del cine como medio difusor de ideas y modos de comportamiento, políticos de todo pelo pusieron a Hollywood en su punto de mira para poner al servicio de sus objetivos tenebristas a productores, directores, actores y guionistas. El precio a pagar por aquellos que dijeron que no fue el de ser víctimas de la famosa caza de brujas que les llevó al escarnio público y al fin de su carrera profesional.

Pero a pesar de todo, si de algo se vanaglorian en EE.UU. es de saber hacer frente a las injusticias. Cuando la realidad les demuestra que se han equivocado, no tienen pudor alguno en construir un relato épico en el que se ponen del lado del ganador y hacen suya tanto su lucha como sus principios, renegando de lo que fueron y convirtiendo al entonces vilipendiado en el héroe de hoy. Así fue como le sucedió a Dalton Trumbo, afamado guionista de clásicos del cine como Vacaciones en Roma, Espartaco o Éxodo y tras cuya labor están personajes que lanzaron o consolidaron el estrellato de nombres como Audrey Hepburn, Kirk Douglas o Paul Newman.

Como en todo biopic, no hay riesgo de spoiler en esta cinta, ya conocemos las líneas generales de lo sucedido. Su interés recae en ver con qué grado de sinceridad se cuentan los acontecimientos, así como la calidad técnica y narrativa de su relato. Lo primero ha de ser evaluado por los más expertos conocedores de aquella época y sus protagonistas. Pero si hay algo que Trumbo deja claro es que aquellos fueron años de una libertad de pilares dudosos, de una supuesta democracia en la que los que se vieron obligados a luchar contra ella no tenían mayor intención que la de hacer frente a una injusticia que les negaba cualquier posibilidad de vida libre, no solo en el terreno creativo y laboral, sino también en el social. El Dalton Trumbo que nos muestra esta película es un ejemplo de como el hombre se crece, por pura necesidad de supervivencia, ante la adversidad y como tener los objetivos claros a largo plazo hacen que el camino que se traza al andar se dirija en la dirección correcta.

La historia está construida a la manera en que lo hacía el guionista que le da título. Primero nos presenta el ambiente de relaciones personales y modos laborales de los grandes estudios a finales de la década de los 40. Acto seguido introduce el elemento que distorsiona esta tranquilidad y que acaba por provocar la historia de la que somos espectadores. Comienza entonces un relato de tensión, de choques de fuerzas en una serie de escenarios (testificación ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses en Washington, cárcel en Texarkana, residencia familiar, pequeños estudios cinematográficos,…) en los que confluyen unos personajes cuyos bien planteados y desarrollados diálogos hacen que la trama evolucione de la manera tan inteligente y equilibrada en que lo hace.

Sobre este buen material, señalar el notable trabajo interpretativo de Bryan Canston, presente en todas las secuencias, encarnando a un protagonista totalmente creíble en su conflicto humano y su volcánica vitalidad creativa. Tras él, un coro de secundarios en el que destacan Diane Lane y Helen Mirren llenando la pantalla cada vez que aparecen.  Por todo esto, por lo que cuenta y por la manera tan ordenada y correcta en que lo hace, Trumbo es una película que tiene todas las papeletas para resistir el paso del tiempo y ser recordada y vuelta a ver una y otra vez sin perder ni un ápice de interés.