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“Yo, Tonya”, agria caricatura del sueño americano

Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

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Si te esfuerzas y consigues ser el mejor serás recompensado. Si no lo logras, serás un perdedor y culpado y castigado por ello. Así fue la vida de Tonya desde que nació. Si se dejaba la piel en la pista de patinaje quizás consiguiera el abrazo de su padre y subir al pódium del torneo en el que compitiera. Pero si no lo lograba, su madre la machacaba psicológicamente, una mala mirada, un desprecio, un insulto, un empujón,… Y cuanto más entrenaba y progresaba, más era la presión maternal. Un fallo en la pista suponía una tormenta de ruidos y silencios en casa, una derrota algo que no se podía permitir.

Una biografía y una historia aparentemente lineal, de planteamiento conductista, de estímulo y respuesta. Pero tras esta superficie tiene algo profundo en lo que solo es posible entrar detectando el silente mensaje tras los pequeños gestos de esas personas –genialmente interpretadas por la brutal Margot Robbie, el exacerbado Sebastian Stan y la oscarizada Allison Janey-  que viven bajo el método del ensayo y error, del gesto brusco y la voz elevada, del afecto mentiroso y el amor equivocado. Una simbiosis que al principio se presenta de forma unida, casi binaria -insulto va, golpe viene- pero que a medida que se suceden los minutos va generando una bola de nieve más grande y compleja -a la que se suma un marido maltratador-, haciendo de ese material ardientemente helado algo más sucio y peligroso, provocando una deriva verbal y física harto violenta de temible e imprevisible evolución.

Steven Rogers debe haber invertido en el proceso de escritura de su guión muchas horas de hemeroteca y videoteca para dilucidar todos esos instantes casi invisibles en que se fue gestando la personalidad de la Tonya Harding, ganadora y víctima, deportista olímpica y camarera, genio y verdugo a la vez. Un retrato que posteriormente Craig Gillespie ha convertido en un personaje explosivamente neurótico en un relato que tiene mucho humor para evitar caer en la tragedia de lo que estamos viendo. Con un tono gamberro, casi macarra, muestra cómo se van generando los distintos conflictos que acabarán ocasionando una tormenta perfecta a cuyo fin nadie quedará indemne.

Una caricatura que no necesita más información que la que nos facilita para dejarnos claro el drama al que asistimos. Yo, Tonya confía en la transparencia de su exposición y en la inteligencia del espectador para que este entienda la brutalidad de lo que se le está contando a pesar de hacerle reír y carcajear. Aunque esta virtud es también su exceso en algunos momentos, se nos lleva tan allá en la parodia que cuesta volver a la realidad y permitirnos conectar plenamente con los momentos más crudos y desnudos de estilismos cinematográficos.

Quizás América sea también eso, un país que aparentemente te lo ofrece todo, pero si vas a por más de lo que te corresponde o puedes gestionar, tienes que asumir los duros costes de pasarte de frenada.

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“Lion”, melodrama previsible

Una historia entre la India y Australia que tiene como puntos fuertes el lirismo de su parte hindú y a una excelente Nicole Kidman en las antípodas. Más allá de esto, no deja de ser un relato que no sorprende, aunque hay que señalar su gran factura técnica y la muy bien lograda emotividad de sus momentos más álgidos.

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En muchas ocasiones la realidad va más allá de los tópicos. Es verdad que las estaciones de ferrocarril de las ciudades indias son la unión de aglomeraciones efervescentes de personas y un sinfín de trenes de muchos vagones entrando y saliendo por sus andenes. Por este motivo, no es de extrañar que este significativo punto del callejero de toda urbe sea una localización recurrente en Lion. Es desde donde parte el niño Saroo, sin saberlo, hacia una nueva vida; uno de los primeros lugares, ya en Calcuta, de donde ha de huir, en una trepidante secuencia, para no ser capturado por traficantes de personas; y el recuerdo cuya imagen se busca continuamente en Google Earth.

Esta primera parte de la película engancha por el lirismo de los colores, los volúmenes y las texturas de los planos aéreos de la geografía filmada; por las miradas de esos dos hermanos de ojos grandes, un manantial de inocencia, pureza y humanidad sin fin; y por el papel que se da a los trenes, a modo de poesía en movimiento, una ilusión de libertad y un modo de ganarse la vida, pero con su lado oscuro, también son máquinas de hierro que nos atrapan y nos alejan del lugar al que pertenecemos.  Pero una vez que el discurso en pantalla deja de ser poético y se hace narrativo, este resulta previsible y la duda no está en qué va a ocurrir, sino cuáles van a ser los aspectos elegidos para mostrarnos lo duras y crueles que son las circunstancias –pobreza  extrema y violencia sin fin-  que viven en su día a día los niños que están solos en el gigante asiático.

La llegada a Australia como hijo adoptado del joven Saroo supone un punto de inflexión de la película, con la consiguiente expectación de cómo evolucionará a partir de este momento lo que ya conocemos. El punto de entrada es una Nicole Kidman que resulta ser desde su primer segundo un amor tan sincero, una generosidad tan ilimitada y una entrega tan altruista que no queda otra opción que caer rendido ante ella. Cada una de las secuencias en que tiene unas líneas resultan plenas, una lección de interpretación que hace que uno de efectos de Lion sea desear que la Kidman vuelva a papeles protagonistas como los de Las horas, Los otros o Moulin Rouge.

Acto seguido, Garth Lion nos hace pasar dos décadas en el país oceánico, interesantes, pero faltas de agilidad y ritmo. Se hace todo demasiado monótono, y más que un desarrollo de una historia, lo que vemos es la presentación de los distintos aspectos de la vida de un hombre plenamente occidentalizado. Un pasaje que más que constituir el nudo de esta ficción basada en hechos reales, parece estar destinado únicamente a contraponerse a los primeros años de su biografía y a provocar el conflicto que nos llevará al desenlace. Un momento esperado, pero en el que vuelve en modo derroche la magia que tiene en ocasiones esta película, que resulta grande cuando todo se dice a través de gestos y miradas.

“Trumbo: La lista negra de Hollywood”

Cuando se lo propone y deja a un lado su, cada día más exclusivo, deseo de hacer caja, la meca del cine sabe cómo construir un buen relato, con el que de paso limpiar su mala conciencia por aquellos años en que se puso de manera descarada al servicio del poder en su intento de absolutismo ideológico. Años 40 y 50 muy bien plasmados en la pantalla con un guión que, como no podía ser menos en un biopic de uno de los mejores escritores cinematográficos de la historia, es la clave de esta película.

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El fin de la II Guerra Mundial no supuso el cierre de una etapa. Para muchos tuvo una prolongación en la que la contienda ya no fue cuerpo a cuerpo a miles de kilómetros de su hogar, sino que tuvo lugar tanto en la calle en la que vivían como en su puesto de trabajo. El motivo, no asumir como propias las palabras vacías que los gobernantes de Washington habían dictado como manera de crear entre la población estadounidense una sensación de riesgo y amenaza ideológica, por una supuesta invasión comunista, sin lógica alguna. Conscientes del poder del cine como medio difusor de ideas y modos de comportamiento, políticos de todo pelo pusieron a Hollywood en su punto de mira para poner al servicio de sus objetivos tenebristas a productores, directores, actores y guionistas. El precio a pagar por aquellos que dijeron que no fue el de ser víctimas de la famosa caza de brujas que les llevó al escarnio público y al fin de su carrera profesional.

Pero a pesar de todo, si de algo se vanaglorian en EE.UU. es de saber hacer frente a las injusticias. Cuando la realidad les demuestra que se han equivocado, no tienen pudor alguno en construir un relato épico en el que se ponen del lado del ganador y hacen suya tanto su lucha como sus principios, renegando de lo que fueron y convirtiendo al entonces vilipendiado en el héroe de hoy. Así fue como le sucedió a Dalton Trumbo, afamado guionista de clásicos del cine como Vacaciones en Roma, Espartaco o Éxodo y tras cuya labor están personajes que lanzaron o consolidaron el estrellato de nombres como Audrey Hepburn, Kirk Douglas o Paul Newman.

Como en todo biopic, no hay riesgo de spoiler en esta cinta, ya conocemos las líneas generales de lo sucedido. Su interés recae en ver con qué grado de sinceridad se cuentan los acontecimientos, así como la calidad técnica y narrativa de su relato. Lo primero ha de ser evaluado por los más expertos conocedores de aquella época y sus protagonistas. Pero si hay algo que Trumbo deja claro es que aquellos fueron años de una libertad de pilares dudosos, de una supuesta democracia en la que los que se vieron obligados a luchar contra ella no tenían mayor intención que la de hacer frente a una injusticia que les negaba cualquier posibilidad de vida libre, no solo en el terreno creativo y laboral, sino también en el social. El Dalton Trumbo que nos muestra esta película es un ejemplo de como el hombre se crece, por pura necesidad de supervivencia, ante la adversidad y como tener los objetivos claros a largo plazo hacen que el camino que se traza al andar se dirija en la dirección correcta.

La historia está construida a la manera en que lo hacía el guionista que le da título. Primero nos presenta el ambiente de relaciones personales y modos laborales de los grandes estudios a finales de la década de los 40. Acto seguido introduce el elemento que distorsiona esta tranquilidad y que acaba por provocar la historia de la que somos espectadores. Comienza entonces un relato de tensión, de choques de fuerzas en una serie de escenarios (testificación ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses en Washington, cárcel en Texarkana, residencia familiar, pequeños estudios cinematográficos,…) en los que confluyen unos personajes cuyos bien planteados y desarrollados diálogos hacen que la trama evolucione de la manera tan inteligente y equilibrada en que lo hace.

Sobre este buen material, señalar el notable trabajo interpretativo de Bryan Canston, presente en todas las secuencias, encarnando a un protagonista totalmente creíble en su conflicto humano y su volcánica vitalidad creativa. Tras él, un coro de secundarios en el que destacan Diane Lane y Helen Mirren llenando la pantalla cada vez que aparecen.  Por todo esto, por lo que cuenta y por la manera tan ordenada y correcta en que lo hace, Trumbo es una película que tiene todas las papeletas para resistir el paso del tiempo y ser recordada y vuelta a ver una y otra vez sin perder ni un ápice de interés.

Foxcatcher

Teniéndolo todo –guión, actores, dirección- se queda a un paso de conseguir ser una gran película.

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Al público americano le gustan las épicas basadas en hechos reales protagonizados por aquellos que en algún momento de sus vidas consiguieron el éxito bajo los colores de la bandera de barras y estrellas gracias al esfuerzo y la superación contando con el apoyo de aquellos que contaban con los medios necesarios para ayudarles. Da igual a que se dedicaran, el sentimiento de orgullo patrio está por encima de todo y toca ahí donde parece que se fundamenta la nación y la identidad estadounidense, en una emoción común más que en un largo pasado repleto de fechas y lugares que se remonte a siglos atrás a la manera europea.

Por eso no ha de sorprendernos que un gran estudio de Hollywood como Sony Pictures le dedique presupuesto a  contar cómo dos hermanos se prepararon para los Juegos Olímpicos de Seúl 88 tras resultar campeones en la disciplina de lucha libre en Los Angeles 84. Años de duro trabajo bajo el patrocinio de un sobrado millonario que esconde tras su dinero algo más que filantropía. Aquello que quedó tres décadas atrás se ha convertido ahora en historia cinematográfica de la mano de que quien ya realizara un muy buen biopic con “Capote”, Bennett Miller. A sus órdenes dos actores con una ya consolidada trayectoria, Channing Tatum y Mark Ruffalo, un cómico deseoso de mostrarse capaz en un registro dramático, Steve Carrell y el excelente extra que es Vanessa Redgrave.

Tenemos el director y los intérpretes, ahora faltan los diálogos y las acciones a través de las cuales ver cómo evoluciona esta historia que junta en una explosiva y tensa combinación a dos hermanos pobres unidos y a una familia rica en la que las personas se dan la espalda. Foxcatcher cuenta con un guión muy bien estructurado y muy bien presentado en pantalla, sumando al presente de sus personajes su pasado a medida que nos los hace conocer tanto de manera individual como en conjunto mediante el establecimiento y desarrollo de las relaciones entre ellos. Sin embargo, a media que avanzan los acontecimientos, y como resultado de un guión parco en palabras y una dirección que huye de los efectismos, nos quedamos en una secuencia lineal de brillantes registros interpretativos ante las situaciones mostradas. Aunque sentimos que se están construyendo personajes profundos y completos, no se muestran como tales en pantalla, se deja todo en matices tan pequeños y sutiles, que en muchos momentos se hace difícil no solo verlos, sino incluso percatarnos de su existencia.

Aun así, es innegable la potente presencia de sus intérpretes en pantalla. Steve Carrel se erige en un maestro de la sutileza dejando intuir tras su muralla gestual a un hombre en el que se une el poder y el deseo, la ansiedad y el anhelo de reconocimiento con el odio, la violencia, debilidad y el más profundo patetismo. Channing Tatum es un diamante en bruto, ha demostrado ya en muchas ocasiones ser un solvente intérprete de películas con flojos guiones en los que aun así es capaz de destacar y hacer que el espectador se quede con él. Cuestión de tiempo que llegue a sus manos un personaje sólido, serio y profundo que le permita un despliegue interpretativo para el que puede contar con su rotunda presencia física. De Mark Ruffalo poco hay que añadir en un año en el que junto a la merecida nominación al Oscar como secundario que le ha valido este título, están su protagonismo en la adaptación televisiva de “The normal heart” y esa cálida y encantadora comedia que fue “Begin again”.

La teoría del todo

Un relato íntimo sobre los retos individuales y conjuntos a los que la vida nos obliga a hacer frente, con gran respeto y sensibilidad tanto hacia sus protagonistas como hacia sus espectadores.

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Detrás de cada genio, de cada paso que da la humanidad de la mano de una mente brillante, hay personas individuales, familias si en su proyecto vital van acompañados en una relación basada en su capacidad de amar y ser amados. Ese es el todo de una persona, además de la parte que le da el reconocimiento social, también aquella otra que le da dignidad y crecimiento como ser humano. A ese doble todo es el que intenta darle explicación y forma cinematográfica James Marsh en este biopic sobre el primer matrimonio de Stephen Hawking basado en las memorias de Jane, la que fuera su esposa, y que parece contar con el visto bueno de los dos.

Tres son los hilos argumentales que guían esta historia: un genio que no cesa en el empeño de resolver preguntas hasta dar con las respuestas, una cruel enfermedad cuyos efectos van más allá del cuerpo sobre el que actúa y una mujer comprometida con su concepto del amor. Un correcto guión escrito con gran sensibilidad, mostrando situaciones y comportamientos con el mayor verismo y naturalidad posibles, no hay épica ni dramática abnegación en ninguno de sus tramas. Un ejercicio de absoluto respeto hacia la vida tal cual es frente a la manipulación emocional que en manos de otros podría haber tenido esta historia.

La manera de dar forma a esta recreación de una supuesta realidad es otra de sus virtudes. Los personajes son mostrados desde dentro, desde sus ilusiones, sus propósitos y objetivos de futuro, una intimidad en la que se les conoce, se sintoniza y empatiza con ellos, facilitando así seguirles en el recorrido vital que a lo largo de las dos horas de proyección intenta transmitirnos lo que fueron casi tres décadas de relación.

Un viaje en el que destacan elementos como una profusa colección de primeros y medios planos llenos de sensibilidad y emotiva expresividad gracias al desnudo trabajo de los dos protagonistas, Eddie Redmayne y Felicity Jones, entregados a la causa de transmitir la delicada complejidad de una vida y circunstancias tan particulares y tan contradictorias en ocasiones como las de esta pareja. Un brillante trabajo actoral complementado por una cuidada fotografía con momentos de gran estética a través de la cual no solo crear imágenes bellas per se sino también transmitirnos el paso por los años 60, 70 y 80. A destacar también la preciosista banda sonora del islandés Jóhann Jóhannsson subrayando en cada secuencia las ganas de vida y los retos individuales y conjuntos a los que esta nos obliga a hacer frente.

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