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“Un amor” de Sara Mesa

Una redacción sosegada y tranquila con la que reconocer los estados del alma y el cuerpo en el proceso de situarse, conocerse y comunicarse con un entorno que, aparentemente, se muestra tal cual es. Una prosa angustiosa y turbada cuando la imagen percibida no es la sentida y la realidad da la vuelta a cuanto se consideraba establecido. De por medio, la autoestima y la dignidad, así como el reto que supone seguir conociéndonos y aceptándonos cada día.

Un amor se inicia tras un punto y aparte de cuyas supuestas motivaciones se nos cuenta muy poco. Más bien nada. Lo importante en la nueva novela de Sara Mesa no es lo que quedó atrás, sino el presente, el aquí y ahora, el hecho de conocerlo y el proceso de descubrirlo. Su intención no es solo presentarnos a la joven Nat, sino generar una simbiosis en la que hagamos nuestro su propósito de inicio. Un comienzo que no sabemos si es de catarsis, de regeneración o de impulso. Mesa rehúye etiquetas, símbolos y categorizaciones. Su foco está en cómo se sitúa, piensa y actúa su protagonista ante el hecho de trasladarse a una pequeña localidad de no se sabe dónde y con escasos vecinos, de haber alquilado una casa que necesita limpieza y muchas reformas y desde donde va a teletrabajar como traductora.

Un relato con un enfoque interno, el de las sensaciones, sentimientos, percepciones y pensamientos de Nat. Y el externo, lo que le transmiten sus sentidos sobre su alrededor, de los lugares que visita y las personas con las que dialoga. En la interacción entre un plano y otro, pequeño, pero vivencialmente infinito el primero, e ilimitado, pero de experiencia y conocimiento muy limitado el segundo, es donde está el choque y el conflicto en el que nos sume la también autora de Un incendio invisible (2017).

Cuando todo confluye y está alineado, los días transcurren con paz y el futuro se contempla como un horizonte de posibilidades. Pero cuando surge algo desestabilizador, una presencia incómoda o el amor del título, generando movimientos interiores inimaginables, la solidez de la componenda vital se tambalea. Un punto de no retorno al que Sara nos ha llevado en un camino muy bien trazado. Tanto que ni nos habíamos dado cuenta de que además de un hogar y un círculo relacional, habíamos levantado las paredes de una emotividad que ahora nos confunden y amenazan con atraparnos y condenarnos no sabemos muy bien a qué.

Lo brillante es que su estilo y su posicionamiento como narradora omnisciente no cambian. Su respeto por ese ente superior que es el destino, y su cautela ante la posición de intervenir y alterar la realidad, hace que nos traslade a nosotros, ya convertidos en Nat, la tensión, el desasosiego y la alteración de la supuesta paz interior que queríamos conseguir en este lugar de paisajes áridos, noches ladradas y climatología continental. Una angustia que se acrecienta tanto por la incredulidad de lo que nos está ocurriendo como por el ritmo con que no es transmitido. Con el mismo tempo que procedía anteriormente, lo que revela la extraordinaria capacidad de Mesa para captar y transmitir no solo lo sensorial, sino también lo que solo se percibe a través de un acercamiento pulcro, una observación sistémica, un análisis conductual y un procesamiento emocional.  

Un amor, Sara Mesa, 2020, Editorial Anagrama.

“Tenet”, vuelta de tuerca al tiempo

Rosebud. Matrix. Tenet. El cine ya tiene otro término sobre el que especular, elucubrar, indagar y reflexionar hasta la saciedad para nunca llegar a saber si damos con las claves exactas que propone su creador. Una historia de buenos y malos con la épica de una cuenta atrás en la que nos jugamos el futuro de la humanidad. Giros argumentales de lo más retorcido y un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico con los que Nolan nos epata y noquea sin descanso hasta dejarnos extenuados.

¿Qué está pasando exactamente? Es la pregunta que te haces una y otra vez durante las dos horas y media de proyección. Tantas que cada vez que crees haber dado con la respuesta, tu hipótesis queda desbaratada por lo que ves a continuación o a que ni siquiera llegues a formularla por lo alucinado que estás. Tenet también podría haberse titulado “adrenalina”, o cualquier otra hormona que segreguemos en situaciones de máxima tensión y actividad neuronal.

No esperes acoplarte mentalmente al protagonista y liderar a rebufo de él la situación, disponiendo qué pasos ha de dar para completar la información que le falta y salvar los obstáculos que le surgen por el camino hasta concluir la misión que tiene encomendada. John David Washington no es James Bond y sus andanzas son muy diferentes a las de Tom Cruise, no solo ha de hacer frente a lo que está ocurriendo sino que, de manera simultánea, pero sin margen para la reflexión -y mucho menos para el error-, también ha de entender qué sucede y dilucidar cómo actuar.

Un guión lleno de lagunas minadas, ¿para quién trabaja este supuesto agente especial?, ¿qué historial, acreditación o tutelaje le avala? Thriller e intriga combinados con ciencia-ficción, género que entra en Tenet más visual que argumentalmente, y sin escenografía ad hoc, lo que hace su trama aún más escurridiza y difícil de comprender para nuestro pensamiento racional.

La clave para disfrutarla está en vivirla, en dejarse llevar por las emociones que provoca. La tensión, la alerta, el movimiento, el dinamismo, la velocidad. El binomio acción y reacción convertido en un bucle que se retroalimenta, en la elipsis que simboliza el infinito, en un principio que es también continuidad y vuelta y, por tanto, duda de si fue pasado o si es repetición, reescritura o reinterpretación. Y en ese caso, qué los une y relaciona, en qué se basa su continuidad y cómo interfiere el antes sobre el después y el futuro sobre el pasado que es nuestro presente.

Relaciones temporales convertidas en juegos de lógica, pero que cuando pasan de la linealidad de lo escrito a la supuesta tridimensionalidad de lo audiovisual y se enmarcan en tesituras de servicios secretos, traficantes de armamento, equilibrios geopolíticos -y hasta con una insinuación de triángulo amoroso- se convierte en un soberbio galimatías que Nolan monta con un inteligente y minucioso manejo de cada uno de los elementos técnicos y artísticos que construyen una película -fotografía, sonido, efectos visuales, montaje, banda sonora…-.

En algún punto en concreto de esa construcción está la puerta de entrada a la propuesta de Tenet. No dar con ella frustrará a muchos. Verte de repente entre uno y otro lado, sin saber qué lo ha hecho posible, pero disfrutando sin más de ello, hará que goces de un viaje y una experiencia que tan pronto acabe estarás deseando volver a vivir.

50 días

Hemos doblegado la curva, la desescalada será asimétrica y gradual, ya podemos salir a la calle y hay que pensar en reactivar la economía. Pensamos en cómo será nuestra vida tras la pandemia del coronavirus y, por el momento, las respuestas tienen mucho más de elucubración que de certeza. Quizás mirar atrás, a las vivencias y reflexiones serias, duras y dolorosas pero también banales, escapistas y costumbristas de este último mes y medio, encontremos algunas de las claves que nos permitan -tanto a nivel individual como colectivo- reinventarnos y liberarnos de la incertidumbre.

10/03. Se suspenden las clases. A partir de mañana, #teletrabajo y #quédateencasa si puedes.

11/03. No está de más volver a leer La peste de Albert Camus.

12/03. Efectos del cambio climático, coronavirus… por mucho que nos empeñemos, la naturaleza tiene su propio ritmo y se impone a nuestro de deseo de control y de poder sobre ella.

13/03. Aplausos a las ocho, #GraciasSanitarios.

14/03. Lo del “estado de alarma” va camino de ser “estado de alarma en diferido”.

15/03. La globalización no es solo viajar a donde quieras y que lo que tienes sea fabricado en el tercer mundo para que te resulte más barato. La globalización es también que otros lleguen hasta donde vives tú y que los males del tercer mundo también te afecten a ti.

16/03. Medios de comunicación: ¿qué tal sustituir el “Urgente” por “Última hora”?

17/03. Cada vez que miro a la calle desde el balcón me siento como James Stewart en La ventana indiscreta.

18/03. El mensaje de Felipe VI hubiera valido el sábado o el domingo (pero estaba en otras cosas). Ha llegado tarde y con una retórica vacía.

19/03. ¿Cuánto € nos hemos ahorrado con los recortes en sanidad pública realizados desde hace diez años? ¿Cuál será el sobrecoste ocasionado por la pandemia? Los que propugnaban su privatización seguro que no querrán responder a la segunda cuestión.

20/03. Cuando todo esto pase, habrá tortas para coger hora en la peluquería.

21/03. #DíaMundialDeLaPoesía, excusa perfecta para volver a Roma, peligro para caminantes con los versos, los sonetos y las canciones de Rafael Alberti.

22/03. El padre de Jorge, uno de los casi 400 fallecidos de hoy. Ingresó el viernes, en solo dos días el virus le venció.

23/03. El primo Filiberto, uno de los 2.696 fallecidos hasta hoy. No pudieron enterrarle hasta nueve días después.

24/03. Triste noticia, se nos va Terrence McNally, uno de los mejores dramaturgos.

25/03. El hermano de Reme, 66 años, uno de los 738 fallecidos de hoy.

26/03. Hay más gente haciendo directos en instagram que seguidores viéndoles.

27/03. #DíaMundialDelTeatro, dame teatro que me da la vida.

28/03. El padre de Juan, uno de los 27 fallecidos en menos de un mes en la residencia de ancianos de Ciempozuelos en la que vivía. No pudo acompañarle ninguno de sus tres hijos.

29/03. Toda crisis tiene momentos en que parece que más que hacia la solución se va hacia el desastre, #Resiliencia.

30/03. Si después de las vacaciones es cuando más parejas rompen, ya verás tú tras el confinamiento. El algoritmo de las apps de ligue va a echar humo.

31/03. ¿Qué nos está salvando, aliviando, esperanzando, entreteniendo y motivando a muchos? El cine, los libros, el teatro, la música, las exposiciones on line… La cultura.

01/04. #DíaDelLibroLGTB, excusa perfecta para volver a recomendar Nos acechan todavía de Ramón Martínez, un ensayo con el que entender los retos, dificultades y agentes que hacen frente en la actualidad al movimiento LGTBI.

02/04. Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero, dice el Ministro de Sanidad. ERROR. La prioridad debemos ser siempre las personas. ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Quizás el ERROR está en haber depredado esas áreas de actuación política supeditándolas a la economía bajo términos como gasto, coste, productividad u oferta y demanda.

03/04. ¿Por qué gritan algunos periodistas en las conexiones en directo?

04/04. A lo mejor la deslocalización industrial dando por hecho que el grifo del made in Asia se abriría cada vez que quisiéramos no fue tan buena idea.

05/04. No había usado chándal tantos días seguidos desde que estudiaba la EGB.

06/04. En estos días de incertidumbre, hay una imagen que viene una y otra vez a mi cabeza, la del Perro semihundido que Goya pintara allá por 1820 y que se puede ver en el Museo Nacional del Prado.

07/04. Los ERTEs no parecen afectar a los diseñadores, redactores y distribuidores de bulos y fake news.

08/04. El Ministro de Cultura, sin ideas ni voluntad cultural.

09/04. La nevera vacía y Mercadona cerrado, en un acto de subversión voy a comprar a Supersol. Llueve, luzco un chándal rojo y el único impermeable que tengo es verde, parezco la bandera de Portugal.

10/04. El Gobierno se da por enterado del #apagóncultural, ahora falta lo importante, que lleguen los hechos.

11/04. Entre la fatal comunicación y argumentación de unos y la inquina y el griterío de los otros, #AsíNo.

12/04. ¿Se podría hacer un recopilatorio de los bulos y fakes que cada medio de comunicación ha inventado y/o ayudado a difundir?

13/04. #DíaInternacionalDelBeso, ¿cómo besarse evitando el contacto físico?

14/04. Todos nos preguntamos lo mismo, y después, ¿qué?

15/04. #DiaMundialDelArte, jornada perfecta para recordar y reivindicar una vez más a #KeithHaring, un creador fresco, ingenioso y comprometido que dio imagen y estilo a los años 80.

16/04. He bajado a tirar la basura y me he sentido como un inocente que, tras actuar en defensa propia, intentaba no ser pillado en el momento en que se deshacía de las pruebas incriminatorias.

17/04. Escucho decir a un tertuliano en un programa de televisión: “sobre ese tema no puedo opinar, no tengo criterio“.

18/04. Dejar salir a los niños a la calle durante el confinamiento, ¿debate psicopedagógico o excusa para el enfrentamiento político?

19/04. Por qué cada vez que aparece un político de la oposición ya sabemos, antes de que abra la boca, qué va a decir y en qué tono. Porque solo se quejan de la acción del Gobierno sin aportar propuesta o medida alguna.

20/04. ¿Volverán a poner en duda que la tierra es redonda gritando que es plana? ¿Negarán la evolución de las especies afirmando que tienen pruebas de que llegaron en el arca de Noé? #TodoEsPosible.

21/04. Que los promotores y defensores de la ley mordaza pongan ahora el grito en el cielo porque la Guardia Civil investigue el uso delictivo y malintencionado que se pueda hacer de las RR.SS.

22/04. Espero que la pandemia haga ver lo importante que es realizar una correcta comunicación por parte de AAPP, partidos políticos, empresas e instituciones; que no se puede improvisar y exige contar con profesionales expertos en la materia.

23/04. #DíaDelLibro, jornada en la que recordar que los libros nos acompañan, guían, entretienen y descubren realidades, experiencias y puntos de vista haciendo que nuestras vidas sean más gratas y completas, más felices incluso.

24/04. Me fascinan la burbuja de egofantasía y el vacío existencial que transmiten los influencers.

25/04. Los titulares de la mayoría de los periódicos y los tuits de todos los políticos estaban ya escritos antes de la comparecencia del Presidente del Gobierno.

26/04. 83 años de Guernica, 26 de abril de 1937.

27/04. La salida de los niños a la calle, ¿ayuda para sobrellevar el confinamiento o inicio de la desescalada? Pensaba que era lo primero, pero parece que la mayoría se lo ha tomado como lo segundo.

28/04. Decían que el Estado no era quién para indicarles cómo educar a sus hijos y ahora, si alguien no respeta la distancia social, acusan al Estado de no haberles explicado correctamente cómo se hace, #CriticarPorCriticar.

29/04. 45 días seguidos comiendo pizza, método Díaz Ayuso para mantenerte sano y en forma.

30/04. La vida por fases y horarios, #LaNuevaNormalidad (26.771 fallecidos hasta hoy).

10 películas de 2019

Grandes nombres del cine, películas de distintos rincones del mundo, títulos producidos por plataformas de streaming, personajes e historias con enfoques diferentes,…

Cafarnaúm. La historia que el joven Zain le cuenta al juez ante el que testifica por haber denunciado a sus padres no solo es verosímil, sino que está contada con un realismo tal que a pesar de su crudeza no resulta en ningún momento sensacionalista. Al final de la proyección queda clara la máxima con la que comienza, nacer en una familia cuyo único propósito es sobrevivir en el Líbano actual es una condena que ningún niño merece.


Dolor y gloria. Cumple con todas las señas de identidad de su autor, pero al tiempo las supera para no dejar que nada disturbe la verdad de la historia que quiere contar. La serenidad espiritual y la tranquilidad narrativa que transmiten tanto su guión como su dirección se ven amplificadas por unos personajes tan sólidos y férreos como las interpretaciones de los actores que los encarnan.

Gracias a Dios. Una recreación de hechos reales más cerca del documental que de la ficción. Un guión que se centra en lo tangible, en las personas, los momentos y los actos pederastas cometidos por un cura y deja el campo de las emociones casi fuera de su narración, a merced de unos espectadores empáticos e inteligentes. Una dirección precisa, que no se desvía ni un milímetro de su propósito y unos actores soberbios que humanizan y honran a las personas que encarnan.

Los días que vendrán. Nueve meses de espera sin edulcorantes ni dramatismos, solo realismo por doquier. Teniendo presente al que aún no ha nacido, pero en pantalla los protagonistas son sus padres haciendo frente -por separado y conjuntamente- a las nuevas y próximas circunstancias. Intimidad auténtica, cercanía y diálogos verosímiles. Vida, presente y futura, coescrita y dirigida por Carlos Marques-Marcet con la misma sensibilidad que ya demostró en 10.000 km.

Utoya. 22 de julio. El horror de no saber lo que está pasando, de oír disparos, gritos y gente corriendo contado de manera magistral, tanto cinematográfica como éticamente. Trasladándonos fielmente lo que sucedió, pero sin utilizarlo para hacer alardes audiovisuales. Con un único plano secuencia que nos traslada desde el principio hasta el final el abismo terrorista que vivieron los que estaban en esta isla cercana a Oslo aquella tarde del 22 de julio de 2011.

Hasta siempre, hijo mío. Dos familias, dos matrimonios amigos y dos hijos -sin hermanos, por la política del hijo único del gobierno chino- quedan ligados de por vida en el momento en que uno de los pequeños fallece en presencia del otro. La muerte como hito que marca un antes y un después en todas las personas involucradas, da igual el tiempo que pase o lo mucho que cambie su entorno, aunque sea a la manera en que lo ha hecho el del gigante asiático en las últimas décadas.

Joker. Simbiosis total entre director y actor en una cinta oscura, retorcida y enferma, pero también valiente, sincera y honesta, en la que Joaquin Phoenix se declara heredero del genio de Robert de Niro. Un espectador pegado en la butaca, incapaz de retirar los ojos de la pantalla y alejarse del sufrimiento de una mente desordenada en un mundo cruel, agresivo y violento con todo aquel que esté al otro lado de sus barreras excluyentes.

Parásitos. Cuando crees que han terminado de exponerte las diversas capas de una comedia histriónica, te empujan repentinamente por un tobogán de misterio, thriller, terror y drama. El delirio deja de ser divertido para convertirse en una película tan intrépida e inimaginable como increíble e inteligente. Ya no eres espectador, sino un personaje más arrastrado y aplastado por la fuerza y la intensidad que Joon-ho Bong le imprime a su película.

La trinchera infinita. Tres trabajos perfectamente combinados. Un guión que estructura eficazmente los más de treinta años de su relato, ateniéndose a lo que es importante y esencial en cada instante. Una construcción audiovisual que nos adentra en las muchas atmósferas de su narración a pesar de su restringida escenografía. Unos personajes tan bien concebidos y dialogados como interpretados gestual y verbalmente.

El irlandés. Tres horas y medio de auténtico cine, de ese que es arte y esconde maestría en todos y cada uno de sus componentes técnicos y artísticos, en cada fotograma y secuencia. Solo el retoque digital de la postproducción te hace sentir que estás viendo una película actual, en todo lo demás este es un clásico a lo grande, de los que ver una y otra vez descubriendo en cada pase nuevas lecturas, visiones y ángulos creativos sobresalientes.

10 textos teatrales de 2019

Títulos clásicos y actuales, títulos que ya forman parte de la historia de la literatura y primeras ediciones, originales en inglés, español, noruego y ruso, libretos que he visto representadas y otros que espero llegar a ver interpretados sobre un escenario.

“¿Quién teme a Virginia Woolf?” de Edward Albee. Amor, alcohol, inteligencia, egoísmo y un cinismo sin fin en una obra que disecciona tanto lo que une a los matrimonios aparentemente consolidados como a los aún jóvenes. Una crueldad animal y sin límites que elimina pudores y valores racionales en las relaciones cruzadas que se establecen entre sus cuatro personajes. Un texto que cuenta como pocas veces hemos leído cómo puede ser ese terreno que escondemos bajo las etiquetas de privacidad e intimidad.

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen. “El hombre más fuerte es el que está más solo”, ¿cierto o no? Lo que en el siglo XIX escandinavo se redactaba como sentencia, hoy daría pie a un encendido debate. Leída en las coordenadas de democracia representativa y de libertad de prensa y expresión en las que habitamos desde hace décadas, la obra escrita por Ibsen sobre el enfrentamiento de un hombre con la sociedad en la que vive tiene muchos matices que siguen siendo actuales. Una vigencia que junto a su extraordinaria estructura, ritmo, personajes y diálogos hace de este texto una obra maestra que releer una y otra vez.

“La gaviota” de Antón Chéjov. El inconformismo vital, amoroso, creativo y artístico personificado en una serie de personajes con relaciones destinadas –por imperativo biológico, laboral o afectivo- a ser duraderas, pero que nunca les satisfacen plenamente. Cuatro actos en los que la perfecta exposición y desarrollo de este drama existencial se articulan con una fina y suave ironía que tiene mucho de crítica social y de reflexión sobre la superficialidad de la burguesía de su tiempo.

La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca. Entre las múltiples lecturas que se pueden aplicar a esta obra me quedo con dos. Disfrutar sin más de la simpatía, el desparpajo y la emotividad de su historia. Y profundizar en su subtexto para poner de relieve la desigual realidad social que hombres y mujeres vivían en la España rural de principios del siglo XX. Eso sí, ambas quedan unidas por la habilidad de su autor para demostrar la profundidad emocional y la belleza que puede llegar a tener y causar la transmisión oral de lo cotidiano.

“La chunga” de Mario Vargas Llosa. La realidad está a mitad de camino entre lo que sucedió y lo que cuentan que pasó, entre la verdad que nadie sabe y la fantasía alimentada por un entorno que no tiene nada que ofrecer a los que lo habitan. Una desidia vital que se manifiesta en diálogos abruptos y secos en los que los hombres se diferencian de los animales por su capacidad de disfrutar ejerciendo la violencia sobre las mujeres. Mientras tanto, estas se debaten entre renunciar a ellos para mantener la dignidad o prestarse a su juego cosificándose hasta las últimas consecuencias.

“American buffalo” de David Mamet. Sin más elementos que un único escenario, dos momentos del día y tres personajes, David Mamet crea una tensión en la que queda perfectamente expuesto a qué puede dar pie nuestro vacío vital cuando la falta de posibilidades, el silencio del entorno y la soledad interior nos hacen sentir que no hay esperanza de progreso ni de futuro.

“The real thing” de Tom Stoppard. Un endiablado juego entre la ficción y la realidad, utilizando la figura de la obra dentro de la obra, y la divergencia del lenguaje como medio de expresión o como recurso estético. Puntos de vista diferentes y proyecciones entre personajes dibujadas con absoluta maestría y diálogos llenos de ironía sobre los derechos y los deberes de una relación de pareja, así como sobre los límites de la libertad individual.

“Tales from Hollywood” de Christopher Hampton. Cuando el nazismo convirtió a Europa en un lugar peligroso para buena parte de su población, grandes figuras literarias como Thomas Mann o Bertold Brecht emigraron a un Hollywood en el que la industria cinematográfica y la sociedad americana no les recibió con los brazos tan abiertos como se nos ha contado. Christopher Hampton nos traslada cómo fueron aquellos años convulsos y complicados a través de unos personajes brillantemente trazados, unas tramas perfectamente diseñadas y unos diálogos maestros.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra. Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

“This was a man” de Noël Coward. En 1926 esta obra fue prohibida en Reino Unido por la escandalosa transparencia con que hablaba sobre la infidelidad, las parejas abiertas y la libertad sexual de hombres y mujeres. Una trama sencilla cuyo propósito es abrir el debate sobre en qué debe basarse una relación amorosa. Diálogos claros y directos con un toque ácido y crítico con la alta sociedad de su tiempo que recuerdan a autores anteriores como Oscar Wilde o George B. Shaw.

10 novelas de 2019

Autores que ya conocía y otros que he descubierto, narraciones actuales y otras con varias décadas a sus espaldas, relatos imaginados y autoficción, miradas al pasado, retratos sociales y críticas al presente.

“Juegos de niños” de Tom Perrotta. La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

“Serotonina” de Michel Houellebecq. Doscientas ochenta y ocho páginas sin ganas de vivir, deseando ponerle fin a una biografía con posibilidades que no se han aprovechado, a un balance burgués sin aspecto positivo alguno, a un legado vacío y sin herederos. Pudor cero, misoginia a raudales, límites inexistentes y una voraz crítica contra el modo de vida y el sistema de valores occidental que representan tanto el estado como la sociedad francesa.

“Los pacientes del Doctor García” de Almudena Grandes. La cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable” hace aún más real el título de la serie. La Historia no son solo las versiones oficiales, también lo son esas otras visiones aún por conocer en profundidad para llegar a la verdad. Su autora le da voz a algunos de los que nunca se han sentido escuchados en esta apasionante aventura en la que logra lo que solo los grandes son capaces de conseguir. Seguir haciendo crecer el alcance y el pulso de este fantástico conjunto de novelas a mitad de camino entre la realidad y la ficción.

“Golpéate el corazón” de Amélie Nothomb. Una fábula sobre las relaciones materno filiales y las consecuencias que puede tener la negación de la primera de ejercer sus funciones. Una historia contada de manera directa, sin rodeos, adornos ni excesos, solo hechos, datos y acción. 37 años de una biografía recogidas en 150 páginas que nos demuestran que la vida es circular y que nuestro destino está en buena medida marcado por nuestro sistema familiar.

“Sánchez” de Esther García Llovet. La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

“Apegos feroces” de Vivian Gornick. Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

“Las madres no” de Katixa Agirre. La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

“Dicen” de Susana Sánchez Aríns. El horror del pasado no se apagará mientras los descendientes de aquellos que fueron represaliados, torturados y asesinados no sepan qué les ocurrió realmente a los suyos. Una incertidumbre generada por los breves retazos de información oral, el páramo documental y el silencio administrativo cómplice con que en nuestro país se trata mucho de lo que tiene que ver con lo que ocurrió a partir del 18 de julio de 1936.

“El hombre de hojalata” de Sarah Winmann. Los girasoles de Van Gogh son más que un motivo recurrente en esta novela. Son ese instante, la inspiración y el referente con que se fijan en la memoria esos momentos únicos que definimos bajo el término de felicidad. Instantes aislados, pero que articulan la vida de los personajes de una historia que va y viene en el tiempo para desvelarnos por qué y cómo somos quienes somos.

“El último encuentro” de Sándor Márai. Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

“El último encuentro” de Sándor Márai

Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

ElUltimoEncuentro.jpg

41 años después de verse por última vez, Konrad y Henry se encuentran de nuevo en la casa del segundo, en el mismo salón y con la misma disposición de la mesa, para cenar el mismo menú que aquel día no olvidado. Una puesta en escena que da vía libre a que se manifiesten los fantasmas que durante tanto tiempo se hicieron dueños del espacio y tiempo que ambos no compartieron. Una reunión que se presenta como una oportunidad única para saber qué pasó con su amistad, qué hizo cada uno con su vida tras su abrupta separación y con qué bagaje se colocan ahora frente a frente, si tienen algo pendiente o si aún hay algo positivo que les une.

A pesar del tiempo transcurrido, en El último encuentro no hay confrontación o vacío, sino diálogo y ánimo de entendimiento y comprensión. La empatía es el principio que marca el planteamiento con que Márai hace que Henry y Konrad se vuelvan a relacionar. Tras unos primeros capítulos en que nos cuenta cómo se conocieron en la Viena imperial de finales del siglo XIX y cómo surgió el vínculo entre ellos a pesar de las diferencias externas –nivel económico de sus familias e intereses personales-, abre la herida que aún sigue abierta. Con una sensibilidad excepcional y una sobresaliente selección de detalles, da la palabra a Henry para poner de relieve no sólo bajo qué formas se desarrolló su amistad, sino que sentimientos la forjaron y qué sensaciones compartieron en los muchos episodios que compartieron.

La enriquecedora intensidad que gana en ese momento la narración es pareja al sosiego con que son relatados los acontecimientos que se describen, dejando claro que son siempre la experiencia subjetiva de quien los cuenta, pero haciendo ver el esfuerzo que éste hace por contemplar, entender e integrar en su discurso otros puntos de vista que van más allá de su terrenal, sesgada y limitada individualidad. Un concienzudo ejercicio de reflexión sobre las motivaciones de las relaciones interpersonales, un esfuerzo intelectual en torno a la esencia y la exigencia de valores como la generosidad, la solidaridad y el altruismo y lo que nos hace no solo seres humanos y sociales, sino afectivos.

Al tiempo, Sándor Márai introduce otros elementos importantes como la manera de contemplar el futuro cuando somos jóvenes y parece que gobernamos el mundo en el que vivimos, y de revisar el pasado cuando ya somos muy mayores y nuestro entorno parece funcionar con un manual de instrucciones que desconocemos. De esta manera, aun sin hacer referencia directa a ello, habla también sobre el desconcertante presente en que escribió esta novela, en 1942, cuando el nazismo y la II Guerra Mundial asolaban su Hungría natal.

El último encuentro, Sándor Márai, 1942, Narrativa Salamandra.

“Los Gondra” y “Los otros Gondra” de Borja Ortiz de Gondra

Gondra al cubo en un volumen que reúne dos de los montajes teatrales que más me han agitado interiormente en los últimos años. Una excelente escritura que combina con suma delicadeza la construcción de una sólida y compleja estructura dramática con la sensible exposición de dos temas tan sensibles -aquí imbricados entre sí- como son el peso de la herencia, la tradición y el deber familiar con el dolor, el silencio y el vacío generados por el terrorismo.

En febrero de 2017 vi Los Gondra (una historia vasca) en el Teatro Valle Inclán, salí tocado de la sala. Nací en Bilbao en 1976 y dejé de vivir allí en 1980, un “dejar” que tuvo mucho que ver con lo que ocurría entonces en una ciudad a la que me sigo sintiendo unido. En enero de 2019 vi Los otros Gondra (relato vasco) en el Teatro Español. La sensación fue la de que Borja ya no solo mostraba la capa exterior, la superficie de aquello que en mayor o menor medida ya conocemos -más por retazos que por exposiciones completas como la suya-, sino que entraba de lleno en ello. Dejando a un lado las disculpas, los requerimientos y los permisos para saber qué hay en ese territorio interior de tantas personas que hasta ahora se ha manifestado habitualmente como silencios de labios sellados, miradas huidizas y ceños fruncidos. Algo que, sin haberlo vivido con su cercanía, me resultaba familiar.

Movido por el deseo de profundizar en su propuesta dramática -tanto en su contenido como en su saber exponer con tanta claridad el formato del teatro documento-, y quizás como medio para entender en qué consistió aquello que en mi casa nunca me han querido o han sabido contarme, me hice días atrás con este recién editado volumen que reúne ambos textos. Pero antes de entrar en ellos, el prólogo firmado por Eduardo Pérez Rasilla me dejó con una mezcla entre idea y sensación que me perdura. Lo sucedido en el País Vasco no ha sido algo único y diferente, su génesis, evolución y consecuencias guarda extraordinarios parecidos con episodios bíblicos, clásicos o más cercanos como los firmados por Shakespeare.

De alguna manera, esto me dio una clave que no había captado en el patio de butacas y que Ortiz de Gondra explicita en Los otros Gondra. Quizás en su tierra, la suya y la de sus ancestros, y esa en la que yo nací por casualidad (aunque en esta vida nada lo es), la identidad y los proyectos vitales han estado más basados en lo material, en la tierra y los símbolos que en lo relacional, lo emocional y lo espiritual. Tanto que en lugar de convertir lo primero en apoyo o marco de lo segundo, se ha hecho de ello su fin, su dogma y objeto de culto desde tiempos inmemoriales.

Un apego tan fusionado con los habitantes del País Vasco como con cada uno de los capítulos de su historia, como el del terrorismo etarra. Vinculado y derivando, al igual que aquel, no solo de la crudeza de la dictadura y el salvajismo de la guerra civil, sino con raíces que se remontan a la industrialización impulsada por los que regresaban de Cuba tras el desastre de 1898 e, incluso, a la tercera guerra carlista 25 años antes.

Una complejidad casi antropológica que tal y como expone Ortiz de Gondra (autor y también personaje de sus ficciones) tiene tres dimensiones. La del dolor emocional causado en el pasado, y que heredamos en el presente asumiéndolo como propio, por la violencia con que se manifiesta en muchas ocasiones la defensa de unos ideales supuestamente políticos. La del terror, la intimidación y el crimen en que se han apoyado a lo largo de nuestra historia tanto regímenes de gobierno como aspirantes a su ejercicio, llegando a hacer de ello un método de organización (y exclusión) social. Y la del desequilibrio sistémico que genera verse fuera del sistema familiar por leyes casi ancestrales que promulgan el absolutismo del primogénito, así como el inmovilismo al que éste está condenado por el peso de la tradición.

Tres niveles que Borja expone ejemplificándolos con su familia, elaborando con ellos un extraordinario fresco -tan bien estructurado como dialogado- que abarca a más de 30 personajes de hasta siete generaciones, en la localidad vizcaína de Algorta, a lo largo de casi 150 años de historia real -la ficción que pueda haber en ella resulta tan verosímil y creíble como la misma realidad-. Un conjunto con el que no solo mira hacia atrás, para recordar lo que ya sabía, tomar nota de lo que le había pasado desapercibido y conocer momentos y respuestas que hasta ahora no conocía.

Un trabajo cuya exitosa resolución hace que su lectura y representación resulte catártica y sanadora y cuya escritura supongo debe haber sido todo un reto tanto en lo personal como en lo creativo. En definitiva, dos obras que exponen con valentía y cero pudor emocional lo que hasta ahora no ha sido suficiente o debidamente tratado -aunque haya ya referentes como los de Fernando Aramburu, Edurne Portela o Harkaitz Cano- para conseguir que el silencio derive en olvido y este en perdón. Meta que si consolidamos, supongo irá seguida de una paz con la que construir un futuro en el que hacer de las diferencias motivos de unión y no de desunión.  

Los Gondra (una historia vasca) y Los otros Gondra (relato vasco), Borja Ortiz de Gondra, 2019, Punto de Vista Editores.

“Quiltras” de Arelis Uribe

Ocho historias cortas protagonizas por otras tantas jóvenes en un Chile que no es ni tan moderno como nos cuentan ni tan igualitario como nos gustaría suponer. Narraciones ácidas por lo que tienen de certeras. Incisivas por su precisión a la hora de adjetivar. En ellas sus protagonistas son tan únicas como representativas de los dilemas y las barreras humanas, sociales y culturales que muchas mujeres se encuentran hoy en día.

Suele coincidir que en las comunidades menos desarrolladas las relaciones sociales tienen un gran peso en el día a día de sus habitantes. Esto no ha de ser tomado como sinónimo de lazos afectivos fuertes, sino como señal de que no hay otras vías -como formación por resultado de una escasa educación o fuentes de entretenimiento por no contar con infraestructuras o ingresos suficientes para acceder a ellas- para alimentar y vehicular las vivencias interiores. Es en estos lugares donde el mundo se reduce a las calles más próximas de la población donde se reside y a como actúen -qué digan y hagan- tus familiares y vecinos respecto a ti.

Una cercanía claustrofóbica y asfixiante, así es esa atmósfera a la que nos traslada Arelis Urbe en algunos de los relatos de este volumen, como la de Bestias y la de 29 de febrero, con los que conforma un fresco casi antropológico sobre el comportamiento humano a partir de una serie de retratos individuales, pero con muchos elementos en común con cualquier otra persona de coordenadas similares a las expuestas. Valgan como ejemplo las del imaginario de, la también chilena, Marcela Serrano (La llorona o Nosotras que nos queremos tanto).

En Quiltras el entorno -sobre todo cuando es rural- no es únicamente un complemento circunstancial, sino un emplazamiento que marca y condiciona la identidad, la vida y las posibilidades de futuro de quienes residen en él. Especialmente el de las mujeres, haciendo que este tenga connotaciones de imposición, cuando no de condena, y de servilismo y servidumbre ante los hombres -maridos, padres, hijos o hermanos- con los que viven.

En sus ficciones, Uribe muestra con un bello y rico lenguaje cuáles son esos escasos espacios en los que ellas se pueden permitir ser fieles a sí mismas. Sobre todo en lo que tiene que ver con el afecto, conlleve este -o no- una atracción física susceptible de derivar en manifestaciones físicas o, directamente, sexuales. Sitios como los de Ciudad desconocida o Italia que no siempre se identifican con una dirección, que no cuentan con un techo bajo el que resguardarse de la mirada de los demás. Parajes físicos consistentes en sus propios cuerpos acompañándose, entregándose y recibiéndose, dándose cariño –placer incluso- allá donde sea posible y hasta que las obligaciones -en forma de padres vigilantes o de guión de vida- marquen el punto y final que, en la mayoría de los casos las reconduzca a lo esperado, debido y exigido.

Pero además de sobre lo sistémico, estos cuentos tratan también sobre cómo se percibe el mundo en la adolescencia y cómo, en ocasiones, se contempla aquella visión con años de distancia. Con cierto humor (Bienvenida a San Bernardo) y con la entrada en juego de nuevas formas y maneras, como las posibilidades de internet (Rockerito83@yahoo.es), aquella intensidad se convierte en serenidad, las incertidumbres se hacen certezas y los miedos en territorios casi olvidados.

Quiltras, Arelis Uribe, 2019, Editorial Tránsito.

“Sánchez”, el Madrid de Esther García Llovet

La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

Madrid nunca duerme. Aunque sea noche cerrada siempre hay gente despierta, haciendo, elucubrando, actuando para ganarse la vida, quizás para sobrellevarla, puede que incluso para sobrevivir sin más. Personas que viven al amparo de la oscuridad y de la luz eléctrica, que no nos importan porque se dedican a actividades que no conocemos, en las que nunca pensamos o cuya existencia nos negamos a reconocer por lo oscuro, mezquino y vergonzoso que revelan de nosotros mismos (drogas, juego…). Nikki y Sánchez son esa clase de habitantes, de los que se dedican a ir de aquí para allá pasando desapercibidos, pero logrando estar en todas partes como manera de ganarse la vida y de disfrutar -si es que esto es posible para ellos- de lo que esta les ofrece.

Pero a pesar de semejante vacío son dos presencias de lo más potentes por la manera en que su autora los presenta y les sigue a lo largo de la particular misión en la que se encuentran. Su objetivo, conseguir el galgo que poner a disposición de la organización de una carrera de apuestas y ganarse automáticamente unos miles de euros. Sobra decir que al margen de la ley, en ese difuso espectro en el que los propósitos ilegales se combinan con los medios alegales.

Sánchez es una novela sobria en su relato y austera en su narración. Tiene claro su objetivo y apunta a él directamente, sin rodeos llenos de adjetivos ni de excusas literarias para enmarcarnos dónde, cuándo y cómo nos encontramos. El rumbo, ritmo y tono de su escritura no es complaciente con su lector. No busca entretenerle sino ofrecerle una realidad que le exige adaptarse a la penumbra conductual, la lógica oscura y el verbo desnudo de personajes sin posibilidades ni posibles. De aquellos que esperan que las lágrimas de San Lorenzo ejerzan el anacronismo de poner un poco de orden formal en su presente, de quienes viven al margen de las convenciones, las reglas y la expectativa de un futuro si no mejor, sí menos canalla.   

Esther García no se cierra en unas coordenadas marcadas por la actividad delincuente y la poca monta de las aspiraciones de sus protagonistas. Ni cae en la caricatura del derrotismo y la desesperanza, todo lo contrario. Se acerca a esas coordenadas que deliberadamente ignoramos y muestra no solo lo que se ve, sino lo que se intuye y siente cuando se cruzan las fronteras de la comodidad burguesa en que estamos instalados. Disfrutar y engancharse a Sánchez es una experiencia de altos vuelos, pero solo posible si salimos de nuestra zona de confort para conocer qué entienden por vivir los que residen fueran de ella y ponernos en su lugar.   

Sánchez, Esther García Llovet, 2019, Editorial Anagrama.