Archivo de la categoría: Narrativa

“Todo va a mejorar” de Almudena Grandes

Novela que nos permite conocer el proceso de creación de su autora al llegarnos una versión inconclusa de la misma. Narración con la que nos ofrece un registro diferente de sí misma, supone el futuro en lugar de reflejar el presente o descubrir el pasado. Argumento con el que expone su visión de los riesgos que corre nuestra sociedad y las consecuencias que esto supondría tanto para nuestros derechos como para nuestro modelo de convivencia.

Cuando en marzo de 2020 el presente tornó en distopía por causa del estallido de la pandemia de la COVID19, el futuro explotó. Si siempre está por concretar cuándo y cómo será, pero dentro de unos escenarios más o menos previsibles, estos quedaron superados por cuanto podíamos imaginar. Hubo quien recurrió a la literatura o al cine para elucubrar, pero Almudena Grandes (1960-2021) hizo algo más interesante y valioso, partir de la actualidad. Si a lo largo de toda su carrera, y tomando como base su vocación y formación como historiadora, había analizado el presente y el pasado en sus novelas (he ahí Los besos en el pan y los Episodios de una guerra interminable), cuentos (Estaciones de paso) y artículos (como los recopilados en La herida perpetua), en ese momento se fijó en el interlineado, los dobles sentidos y los enunciados que albergan más allá de los titulares determinados discursos políticos, económicos y sociales que dicen promover la libertad, la riqueza y el progreso mientras generan desigualdad, precariedad e injusticia.

A partir de lo que estaba sucediendo (estado de alarma, confinamiento e incertidumbre total sobre lo que ocurría y cómo resolverlo), y tomando como filtro su siempre claro posicionamiento ideológico, Almudena supuso qué deriva podía tomar la situación si esos actores, deseosos no de gobernar, sino de ostentar el poder única y exclusivamente en beneficio propio, se hacían con el control de las instituciones manipulando y mintiendo, apoyándose en el populismo y la corrupción.

Con esa premisa dibuja un escenario general, que implica a toda la sociedad española, y lo concreta en una serie de personajes con los que muestra cuál sería el resultado en términos de seguridad, censura mediática o falta de libertad de expresión y movimiento, y en ámbitos como la justicia, el comercio, el trabajo o el ocio. Un mapa narrativo tan amplio y completo, bien trazado y conectado, fundamentado y casi concluido como suele ser habitual en ella.

Y digo casi porque es sabido que el destino no le dejó escribir, pero sí bocetar en sus cuadernos, el último capítulo y haber revisado el conjunto resultante. Aun así, la lectura de Todo va a mejorar resulta consistente, entretenida y adictiva. Nos deja con la duda de si, de haber podido trabajarla tal y como esperaba hacerlo, hubiera permanecido como la buena novela que es o alcanzado la categoría de sobresaliente a la que nos tenía acostumbrados desde hace tanto tiempo. Duda que concreto en su construcción de la línea temporal, no siempre explicitada y que hace que las atmósferas emocionales oculten el ordenamiento cronológico que ella presuponía para el devenir de un país regido por los principios del Movimiento Ciudadano Soluciones Ya. La segunda interrogante es, y ya que el futuro no se puede documentar, si hubiera pulido todo lo referente a soluciones y elementos tecnológicos para ir más allá de una redacción, a este respecto, enfocada a solventar su funcionalidad argumental. 

Todo va a mejorar, Almudena Grandes, 2022, Tusquets Editores.

«Pura vida» de José María Mendiluce

Una historia sobre la relación, los espacios y los límites entre la pasión y el amor muy bien conducida entre EE.UU., Costa Rica y España, pero con un exagerado y excesivo lirismo a medio camino entre la sensualidad del erotismo y la trascendencia espiritual. Con pasajes que enganchan y otros que fluyen sin más habitados por unos personajes bastante esquemáticos, con trazos de realismo mágico latinoamericano y dramatismo cinematográfico estadounidense.

PuraVida

Frente a una gran urbe como Nueva York, convertida en una megalópolis anuladora de personalidades y conciencias individuales, Costa Rica comenzaba a darse a conocer a finales de los 80 del siglo XX como un lugar en el que vivir en contacto con la naturaleza y, por ende, en conexión con uno mismo. La cuestión es si cualquier ciudadano de nivel medio del mundo occidental está preparado para ese diálogo profundo e íntimo que supone vivir en un lugar sin ninguno de los referentes que haya tenido en su trayectoria anterior.

Esto es lo que se pregunta Pura vida a través del personaje de Ariadna, niña bien de Barcelona, máster en Ginebra y novia de un neoyorkino de familia pudiente. Esa clase de persona para la que todo lo material ha sido siempre fácil y que ante la duda opta por hacer punto y aparte. Así, aprovechando la movilidad de su trabajo en una agencia de NN.UU., deja a un lado el aburrimiento que le produce la previsibilidad de su presente para comenzar una aventura personal y social que parece más propia de un expatriado de lujo que de un emprendedor frente al riesgo de la diferencia cultural y la incertidumbre del éxito profesional.

Un camino de fiestas, excesos y desórdenes que tienen como escenario postales costarricenses paradisiacas, parques naturales y playas descritas por alguien que transmite haberlas conocido y quedado verdaderamente enamorado por ellas. Una pulsión que Mendiluce hace saltar del paisaje a sus pobladores autóctonos, a aquellos que habitan la naturaleza comunicándose con ella en una armoniosa simbiosis que les dota de una autenticidad y belleza únicas. Ese poder de atracción es el que Jonás emana, expira, exuda. Un Dios al que es imposible no mirar, no desear, no entregarse en cuerpo y alma.

Y aquí es donde esta novela finalista del Premio Planeta de 1998 deja de intentar ser literatura y se convierte directamente en un folletín. Si hasta ese momento la progresión de los acontecimientos había resultado bastante esquemática, aunque con una línea argumental muy lógica, la sucesión de besos, caricias, entregas y orgasmos que comienza entonces se convierte en un viaje, conducido por los impulsos sexuales, a ninguna parte narrativamente trascendente. Supongo que la intención del autor era resultar sensual y erótico, y aunque no cae en lo pornográfico ni en lo ordinario, el resultado carece de interés alguno.

A partir de ese momento Pura vida se convierte en un melodrama de fácil lectura, sin pretensión alguna, dando pie incluso a plantearse si merece la pena seguir o no. Evitando hacer spoilers, diré que sí, que aunque no cuajen las intenciones narrativas de su autor, merece la pena descubrir cómo convergen en su final las distintas tramas, personajes y localizaciones implicadas.

Pura vida, José María Mendiluce, 1998, Editorial Planeta.

“La estrategia del agua” de Lorenzo Silva

Investigadores de la Benemérita ya conocidos y un argumento inspirado en hechos reales. Un asesinato, pistas que seguir para intentar averiguar quién y por qué y el contexto de la sociedad española y la ciudad de Madrid de una década atrás. Una narración teñida por la personalidad y el carácter de su protagonista, y una acción marcada por la intriga, la tensión y las sorpresas que toda persona guarda en su lado más oscuro.

El brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro son dos habituales de los amantes de la novela negra patria. Han protagonizado doce novelas y tomado, incluso, forma cinematográfica, pero más allá de su verborrea y sus métodos de investigación criminal, sus reflexiones, respuestas, andanzas y ocurrencias siguen sonando auténticas. El paso del tiempo les respeta, y eso es todo un valor, tal y como evidencian los doce años transcurridos desde la publicación de La estrategia del agua. El sexto de los doce títulos, publicados entre 1998 y 2022, el último apenas hace unos días, en los que se enfrentan a la indignidad del ser humano.

Las reseñas de 2010 cuentan la noticia real tras la génesis de lo que sucede en estas páginas. Un asesinato a sangre fría, un hombre sin grandes máculas en su biografía y un alrededor con términos como divorcio, drogas, malos tratos, violencia de género, solicitud de custodia y denuncias falsas. Un punto de contacto con la realidad a partir del cual Lorenzo prolonga el universo de sus dos personajes anclándolos, a su vez, en nuestras coordenadas. Se mueven por las mismas carreteras y calles que nosotros, ven lo mismos programas de televisión y experimentan impresiones análogas a las de cualquier otro ciudadano cuando escucha por dónde va la actualidad política y económica. Súmese a eso, el verismo con el que desenvuelven en la burocracia y la jerarquía del instituto armado, y los protocolos con que se relacionan con la policía y el poder judicial.

Bevilacqua, Vila para los necesitados de una fonética sencilla, es un tipo escurridizo. Amistoso cuando no se le requiere, ácido cuando denota interés en quien le apela. Llena el vacío de su vida personal con cavilaciones sobre el comportamiento individual y colectivo resultado de su formación como psicólogo, su experiencia como testigo de muchas situaciones límite y su vivencia como ciudadano de la clase trabajadora. Pero tras su impresión árida y dura, alberga también a un hombre instintivo y observador, capaz de discernir las conexiones raciones y emocionales que explican la conducta de aquellos a los que se ve obligado a investigar, interrogar y hasta arrestar.

Rasgos que Silva aprovecha muy bien para introducir en esta novela referencias a El arte de la guerra de Sun Tzu y a la vida y obra del estoico Epícteto, así como a los principios de actuación de las Waffen-SS, las fuerzas de élite del ejército nazi. Notas que no solo ensanchan, requiebran y tiñen la investigación y la acción, sino que acaban por calar en el pensamiento y la visión de su protagonista en lo que supone, por parte de Lorenzo Silva, un muy conseguido ejercicio de incorporación literaria a su propia creación. Motivo extra, además de la coherencia y la tensión sostenida de su complejidad de personajes y personalidades, relaciones e intereses, motivaciones y objetivos, para disfrutar con la lectura de La estrategia del agua.

La estrategia del agua, Lorenzo Silva, 2010, Ediciones Destino.

“Alguien se despierta a medianoche” de Miguel Navia y Óscar Esquivias

Las historias y personajes de la Biblia son tan universales que bien podrían haber tenido lugar en nuestro presente y en las ciudades en las que vivimos. Más que reinterpretaciones de textos sagrados, las narraciones, apuntes e ilustraciones de este “Libro de los Profetas” resultan ser el camino contrario, al llevarnos de lo profano y mundano de nuestra cotidianidad a lo divino que hay, o podría haber, en nosotros.

Las personas de mi generación hemos crecido acudiendo a libros, manuales y materiales impresos de lo más variado para adquirir los conocimientos con los que comprender los principios del mundo en el que vivimos, los valores de la sociedad de la que formamos parte y las reglas del entorno en el que nos desenvolvemos. Cuando era niño, uno de los volúmenes que me ayudó en ese proceso fue el catecismo con su recopilación de pasajes del nuevo y el antiguo testamento. Ficciones perfectamente complementadas por la retórica de Don Joaquín, el párroco de la iglesia de aquel pequeño pueblo en el que entonces residía. El tiempo pasó, comenzaron los interrogantes, las respuestas no llegaban y el ambiente propició que casi todo aquello se diluyera. Sin embargo, mantengo un recuerdo extraordinario de la sugestión que aquella sucesión de predicamentos me ocasionaban, un día sí, otro también.

Vivencias a las que he sentido volver a través de las ilustraciones y la escritura que Miguel y Óscar han concebido en este volumen editado por Reino de Cordelia con tanto mimo como transmiten la calidad de su papel y el cosido y lomo de su encuadernación a media tela. Una primera impresión que nos introduce en un mundo habitado por personajes con máscaras de pico en urbanidades con aire futurista en las que prima la oscuridad y la nocturnidad, la acumulación y el abigarramiento, así como la soledad y la desconfianza. Aun así, la composición, profundidad y detalle de las ilustraciones de Navia hace que resulten sugestivas e hipnóticas. Invitan a descubrir y recorrer la arquitectura y las calles de Madrid, Burgos o Bilbao, y a escrutar el mobiliario de los interiores de viviendas particulares, hoteles impersonales y naves industriales. A dilucidar cuánto hay en ellas de interpretación de la realidad y cuánto de profecía de futuro. Cuánto de reinterpretación bíblica y cuánto de inspiración cinematográfica o literaria.

Por su parte, la precisión y delicadeza del vocabulario de Esquivias, y la musicalidad de su prosa, hacen que nos sintamos guiados a dimensiones extrañamente propias, en el que se habla de nosotros mismos a través de otros. Cuentos en los que las especies animales resultan más empáticas que los hombres, los niños más libres y capaces que los adultos, y los relatos extraídos de las sacras escrituras presentan una simbiosis de pecado y virtud tan nuclear y abrupta como la presencia de la serpiente en el paraíso. Brevedades acompañadas de paréntesis e interludios que nos plantean paradojas, símbolos y paralelismos entre lo terrenal y lo teológico.

La conjunción del trabajo textual de Óscar y el visual de Miguel se mueve entre el diálogo y la confrontación. Alguien se Despierta a Medianoche no parece ser el resultado de una traducción del uno al otro, ni un encuentro a ciegas, sino una suerte de conexión en la que, siendo cada uno fiel a sí mismo, genera comunicación y reflejo entre su visión y la de su compañero creador. Particularidad que revela no solo la conexión entre ellos, sino su habilidad para conseguir que su mensaje vaya más allá de sí mismos, en clara analogía con los profetas que mencionan en su título. Quién sabe si, de haber encontrado décadas atrás catecismos como este, imbricado en la esencia de las escrituras, así como en nuestra verdad, a la par que, con la suficiente dosis de imaginación y fantasía, seguiría creyendo.

Alguien se Despierta a Medianoche, Miguel Navia y Óscar Esquivias, 2022, Reino de Cordelia.

«Insomnia» de Stephen King

Demasiados cientos de páginas para una historia bien estructurada pero luego desarrollada a golpe de redacción sin alma. Una lectura con momentos de intriga, tensión e incertidumbre, pero también de tedio, inercia y provocadora de alguna interjección en señal de sorpresa e incredulidad. Una de esas ocasiones en que el autor parece haberse puesto frente al papel como profesional de la escritura y no como creador con entusiasmo e ilusión y teniendo algo que contar y compartir.

Necesitaba una novela que me entretuviera y enganchara como si no existiera otra cosa más en mi vida. Como cuando era adolescente y nombres como Stephen King conformaron con el disfrute de muchos de sus títulos el trazado lector de mis veranos analógicos. Teniendo ese referente y recuerdo en mi memoria, no le di más vueltas al asunto y me decidí por esta novela firmada por el maestro del terror de la que no conocía ni el argumento ni las valoraciones que desde el momento de su publicación pudiera haber recibido.  

¿Me encontraría con personajes como los de Carrie o Misery? ¿Con tramas tan alucinantes como las de El misterio de Salem’s Lot o Christine? ¿Con mundos con tantas capas como los de It o Apocalipsis? Casi ochocientas páginas después la respuesta es no. Estos últimos días pasarán por mi mente como un vahído, como una de esas largas tardes estivales en que el reloj registra el paso de las horas pero el termómetro se mantiene inerte, en pausa, aplastando la realidad con la condena de sus dígitos en cotas inamovibles.

Hay escritores a los que imagino como un conductor con las dos manos al volante teniendo claro a dónde quieren llegar, pero decidiendo paso a paso sobre la marcha la ruta a seguir. A otros, como me ha sucedido esta vez con King, con una hoja de ruta trazada con detalle desde el principio y completada después a base de método, procedimiento y disciplina. Como él mismo explicaba en Mientras escribo (2012), llegar al resultado final es una combinación de talento y dedicación que, añado yo, no todos tienen o trabajan suficientemente.

En Insomnia hay destellos de lo primero, las líneas generales argumentales son sólidas -un hombre mayor que queda viudo y el insomnio que se apodera de él resulta la puerta de entrada a un mundo paralelo al nuestro- y están bien planteadas, al igual que los personajes y las relaciones entre ellos -el héroe mundano, Ralph Roberts, y su círculo de amigos, vecinos y conocidos de Derry, localidad alterada por el conflicto entre activistas a favor y en contra del aborto-.

Pero en lugar de buscar la manera de que ese punto de partida progrese y crezca, Stephen opta por conformarse, dando por hecho que con prolongar esas bases nos sorprenderá y entusiasmará. Y a partir de ahí ha aplicado el método del procedimiento, el de pasar horas frente al teclado hasta completar la línea de puntos que se había propuesto. Su base costumbrista y cotidiana está lograda, los giros hacia la ciencia-ficción resultan una deriva casi naufragante (aunque no tanto como, años después, en 22/11/1963), el terror solo está técnicamente bien aplicado en los momentos álgidos y las referencias literarias (Tolkien y El señor de los anillos) transmiten más ocurrencia que valor alguno. Una narración que acaba resultando un chicle sin sabor y textura que no se abandona por respeto a su creador. Y es que todos tenemos derecho a fallar alguna vez, hasta Stephen King.

Insomnia, Stephen King, 1994, DeBolsillo.

“El que es digno de ser amado” de Abdelá Taia

Cuatro cartas a lo largo de 25 años escritas en otros tantos momentos vitales, puntos de inflexión en la vida de Ahmed. Un viaje epistolar desde su adolescencia familiar en su Salé natal hasta su residencia en el París más acomodado. Una redacción árida, más cercana a un atestado psicológico que a una expresión y liberación emocional de un dolor tan hondo como difícil de describir.

Que comience en 2015 y acabe en 1990 podría hacernos pensar que Ahmed se retrotrae desde las consecuencias hasta las causas de la historia que inicia dirigiéndose a su madre. Hay algo de eso, pero también de querer mostrar cómo hay cuestiones que perviven, que no cambian, que son un ancla que arrastramos desde no se sabe cuándo. Tanto que parece que hemos nacido con ese peso externo ya incorporado a nosotros y lo sentimos como algo orgánico y no como un lastre del que desprendernos. Llegamos a tomar conciencia de ello, de que hay algo en nosotros que no va bien, que no funciona, que nos impide y nos limita, que nos niega e incapacita, que nos hace sufrir.

Sin embargo, nos hacemos la ilusión de que no es así, de que hemos evolucionado y seguiremos avanzado por la senda del alejamiento. Pero si hacemos el esfuerzo, si tenemos el valor suficiente, nos daremos cuenta de que lo único que cambia es el prisma desde el que lo enfocamos y el discurso con el que justificamos, maquillamos y ocultamos nuestra insolvencia. La auténtica y única verdad es que no sabemos cómo afrontar la realidad porque implicaría poner en duda quiénes y cómo somos, qué quedaría de nosotros si acabáramos con esa guerra y no tener ni idea de cómo afrontaríamos el futuro por venir.

Así es como el personaje creado por Abdelá inicia su desnudo epistolar. Con una combinación de ansiedad y serenidad, de tener claro su objetivo y no querer perder el tiempo en rodeos, pero también de no querer callar ni uno solo de los argumentos que considera probatorios. Esto le lleva a enfrentarse a la mujer que le trajo al mundo echándole en cara todo aquello que hoy le mueve a manifestarse. Pero la diafanidad de su necesidad le impide percatarse de que él mismo es también transmisor de semejantes formas de comportamiento. La distancia que él cree haber puesto de por medio, cambiando una casa familiar abarrotada en Marruecos por un hogar aburguesado con un marido bien posicionado en la capital francesa no es más que una muestra del papel que en su particular ecuación personal ha jugado un elemento añadido, la dialéctica entre colonia y metrópoli.

Como demuestran la solemnidad de sus frases cortas y la parquedad expresiva de lo que Ahmed manifiesta y le es contado, su propósito es tan complejo como árido. Desmontar la concatenación de proyecciones que cada uno de los firmantes, así como de los sujetos referidos, siente que es su vida. Una sucesión de reflejos que se prolonga haciendo de cada persona un sucedáneo de quien podría llegar a ser si no fuera por las coordenadas en que le ha tocado nacer y vivir. Evidencias de que sus maneras de relacionarse con el mundo siguen un patrón con unos tintes sistémicos que complementan, envuelven y amplifican lo que les fue transmitido por su educación familiar. Un callejón sin salida en el que acaban una y otra vez, una y otra vez, una y otra…

El que es digno de ser amado, Abdelá Taia, 2018, Cabaret Voltaire.

“La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos” de Castro Lago

Ocho historias cortas y una colección de extras que certifican la capacidad de fabulación, la habilidad para el enredo y la inteligencia a la hora de imaginar tramas y personajes de su autor. Narraciones, retratos y situaciones planteadas como reversos y reflejos de la realidad, plagados de paradojas, sarcasmos e ironías, pero con una lógica siempre aguda y coherente. Destellos de lo que fue o pudo ser, así como de lo que podría ser tras la fachada de lo visible.

La escritura de Castro Lago es como su mirada. Está aquí y allí, capta la generalidad de cuanto abarca el gran angular de su visión sin que se le escape el detalle que diferencia, individualiza y caracteriza cuantos elementos conforman el fresco, la acción o la reflexión que traslada de manera ordenada y estética al papel. Inicio que después sabe dotar de vida propia para llevarlo de un modo fluido por derroteros nunca lineales, pero logrando que la sinuosidad de sus meandros no frene su ritmo ni le distraiga de su propósito. Es capaz de dar siempre con la motivación precisa, la casuística ambiental o el recurso formal con que conseguir una suspensión de la realidad verosímil. Íntima y emocional unas veces. Divertida y socarrona otras.

Giocondas a 50 euros es un claro ejemplo de ello. Una historia en la que se atreve con el basado en hechos reales, nada más y nada menos que con la desaparición de la Gioconda de las paredes del Museo de Louvre en agosto de 1911. Suceso a partir del cual indaga en la conducta humana, el capricho del destino y los avatares del paso del tiempo. Retos de los que sale más que airoso. La impresión a su fin no es la de haber leído una fantasía o una digresión, sino una alternativa al discurso oficial que, aun a pesar de no haber ocurrido supuestamente de semejante manera, no deja de haber sido posible.

Oscar Gray o el retrato de Dorian Wilde da fe de su orfebrería argumental. Persona y personaje, autenticidad y ficción unidas en un juego de doble metaliteratura, la que nos propone a sus lectores y la que tiene lugar en sus páginas. Ya no es Alicia quien se mira al espejo y lo traspasa, sino que es el otro lado el que lo deja para superponerse a nosotros en una aproximación que reflexiona sobre quiénes somos y qué imagen proyectamos, a la par que coquetea con el terror psicológico.

De Derecho a imaginar me quedo con su manera de sobrevolar la concatenación de pensamientos de sus protagonistas para armar un cuerpo en el que la realidad, la imaginación, la suposición y lo evidente acaban por formar un corpus en el que es imposible separar cualquiera de sus enfoques de los demás. En Querido hijo, Castro Lago evidencia que se puede volver una y otra vez a lo mismo y ser siempre diferente si se es capaz de entrar con humildad en la caja de pandora de los sentimientos. Asuntos hondos que conviven con el humor de El efecto pelirrojo, el romanticismo canónico de La cuenta atrás de Justo Galeano o el análisis del poder de los libros en sus lectores que revela A la atención de la bibliotecaria.  

En definitiva, una colección de cuentos y brevedades galardonadas y reconocidas por diversas entidades entre 2009 y 2020 que ahora podemos conocer gracias a este volumen. Un recopilatorio, prologado por el ingenio de Oscar Esquivias, con el que Castro Lago consolida la muy buena impresión causada con sus anteriores cobardes (2020) y Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (2019). Y como extra, también es el autor de las ilustraciones que acompañan a sus historias. Escritor y artista, Jesús resulta ser lo que ya intuía, un hombre humanista.

La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos, Castro Lago, 2022, Editorial Fagus.

“Small g: un idilio de verano” de Patricia Highsmith

Solemos dar por hecho que las ciudades suizas son el páramo de la tranquilidad social, la cordialidad vecinal y la práctica de las buenas formas. Una imagen real, pero también un entorno en el que las filias y las fobias, los desafectos y las carencias dan lugar a situaciones complicadas, relaciones difíciles y hasta a hechos delictivos como los de esta hipnótica novela con una atmósfera sin ambigüedades, unos personajes tan anodinos como peculiares y un homicidio como punto de partida.

Fue su último título y una muestra clara de cómo Patricia Highsmith manejaba la intriga con una finísima habilidad. En esta novela la incertidumbre no tiene como fin revelar una autoría desconocida, vehicular la entrada en escena de alguien en paradero ignoto o revelar las motivaciones de un comportamiento aparentemente incomprensible. En Small g esa inquietud está de principio a fin por un inicio desasosegante, el atraco y apuñalamiento de Peter, un joven de veinte años, y una continuación meses después en el día a día, cotidiano y monótono, acotado a su trabajo y su entorno vecinal, de quien fuera su último amante, el cuarentón Rickie.

Coordenadas en las que la interrogante de quién pudo ser el homicida se difumina entre las anécdotas, las casualidades y los vínculos existentes entre las vidas que se cruzan y encuentran en el Jacob’s. Un local que, según la hora del día, sirve tanto como cafetería de barrio y restaurante para trabajadores de la zona como discoteca de ambiente mixto a la que acuden habitantes de todo Zurich. Emplazamiento en el que la respuesta buscada parece ocultarse entre las peculiaridades, las tosquedades y los prejuicios de quienes allí acuden. Argumentos que, no sabemos si de manera paralela, alternativa o distraída, nos abren la puerta a episodios y vidas que parecen navegar entre la ilegalidad y la amoralidad, con miedos y vergüenzas en sus conciencias y cicatrices físicas y heridas psicológicas en sus biografías.

Highsmith se desenvuelve como pez en el agua en esa delgada línea roja entre la confabulación y el costumbrismo, valiéndose de los recursos, objetivos y pretensiones de ambos estilos. Así es como genera una narración en el que las cuestiones aparentemente más delicadas- como la vivencia individual y social de la homosexualidad en gente de mediana edad y la presencia del SIDA- son expuestas con total tranquilidad y, de manera cuidadosa para no alterar su esencia, trae a la superficie las señales que revelan conflictos y relaciones, aparentemente, sin lógica alguna, carentes de toda coherencia.

Así es como la creadora de Ripley revela su genio literario, cimentando su relato en el enfoque humano, en el análisis relacional y la exposición psicológica de sus personajes, generando en sus lectores un desasosiego tan o más profundo que si hubiera optado por desarrollar el prisma detectivesco con que nos introduce en las primeras páginas. Muestra evitando analizar y expone huyendo de toda explicación, busca ser objetiva (aunque no se cruza de brazos ante la mezquindad de los que enjuician) y únicamente transmisora, dejando que sea la manera de actuar, expresarse, pensar y tratarse de sus protagonistas lo que marque nuestra empatía con ellos y conocimiento sobre lo que hacen y les ocurre.

Small g: un idilio de verano, Patricia Highsmith, 1995, Editorial Anagrama.

“Lo que pasa de noche” de Peter Cameron

Narración, personajes e historia tan fríos como desconcertantes en su actuación, expresión y descripción. Coordenadas de un mundo a caballo entre el realismo y la distopía en el que lo creíble no tiene porqué coincidir con lo verosímil ni lo posible con lo demostrable. Una prosa que inquieta por su aspereza, pero que, una vez dentro, atrapa por su capacidad para generar una vivencia tan espiritual como sensorial.

Una pareja residente en Nueva York acude a un punto del ártico europeo para recoger al hijo que se disponen a adoptar. Un lugar en el que el invierno es más su estado mental y físico que una estación del año. Habitantes y personas de paso tan peculiares y auténticas como difíciles de definir y de prever. Esos son los tres pilares con los que Peter Cameron juega a ser una suerte de David Lynch literario, acercándose en ocasiones al artificio de lo ilógico sostenido por la sobriedad de su prosa, pero equilibrándolo con la correcta combinación de luces y sombras en la aséptica presentación que realiza de la personalidad, motivaciones y comportamiento de sus personajes.

En ningún momento conocemos los nombres ni la edad de los esposos protagonistas, personas que, provenientes del mundo real, se adentran en una fantasía en la que priman el silencio, la soledad y la incomunicación. Una geografía que no solo enmarca y ambienta, sino que también influye y condiciona lo que sucede en sus coordenadas, quizás situadas en ese punto septentrional en el que convergen las fronteras de Noruega, Finlandia y Rusia. Una localización determinada, más por su espíritu kafkiano que por su fijación en un mapa, y en cuyos asépticos interiores y exteriores dominados por el blanco de la nieve se respira una indudable sensación de irrealidad. Un mundo que responde a principios imposibles de transmitir a través de la palabra, solo comprensibles para aquellos que lo habitan desde tiempos pretéritos y que mantienen con él un vínculo umbilical.

Cameron plasma la magnitud de este universo, y su concreción temporal, a través de una escritura parca y con aires de objetividad en la que priman los hechos, las presencias y los contactos interpersonales sobre los valores con que actúa cada individuo, los objetivos que persigue y la moral que determina su manera de proceder. Traslada a su estilo la displicencia que nos relata con una edición estilística en la que no identifica los diálogos, sino que los imbrica en la narración como si fueran un discurrir en el que no hay separación ni distancia entre lo visible y compartido y lo interior y reservado.

Nos contagia así la desubicación que sienten los aspirantes a padres, confundidos por no entender las claves que determinan el funcionamiento de esta ciudad tan significativa y crucial para el futuro de sus vidas. En ella ven puestas a prueba tanto su capacidad de adaptación a nivel individual, como la solidez y los fundamentos de su unión. Podría ser que quien diseccionara el inicio de la adultez en Algún día este dolor te será útil (2007), se hubiera propuesto reflexionar alegóricamente sobre lo que suponen la maternidad y la paternidad y el rol que esta tienen en el compromiso matrimonial. Dudas que Lo que pasa de noche no resuelve, pero que dejan un eco que hace que su lectura perdure en el ánimo y en la memoria de su lector.

Lo que pasa de noche, Peter Cameron, 2020 (2022 en castellano), Libros del Asteroide.

«Una habitación con vistas» de lo más sugerentes, de E.M. Forster

Florencia es la ciudad del éxtasis, pero no solo por su belleza artística, sino también por los impulsos amorosos que acoge en sus calles. Un lugar habitado por un espíritu de exquisitez y sensibilidad que se materializa en la manera en que el narrador de esta novela cuenta lo que ve, opina sobre ello y nos traslada a través de sus diálogos las correcciones sociales y la psicología individual de cada uno de sus personajes.

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Visitando la Santa Croce, Stendhal se sintió tan impresionado por la magnanimidad de lo que le rodeaba que sufrió lo que popularmente conocemos como el síndrome al que da nombre. A Lucy le sucede algo parecido cuando entra en esa misma basílica en su primer paseo por la ciudad, aunque lo que a ella le ocurre no responde a cuestiones monumentales, sino única y exclusivamente humanas. Allí se encuentra con los señores Emerson, padre e hijo -a los que acaba de conocer en la pensión de la ciudad de Florencia en que ella también se aloja con su prima-, y se une a ellos para evitar ser vista en escandalosa e indecorosa soledad. En ese momento se consolida en su interior una sensación que, no siendo agradable, no puede evitar que forme ya parte de ella y la altere sin remedio cada vez que el más joven de ambos varones se hace presente.

Una habitación con vistas es un viaje entre la Italia renacentista y la Inglaterra victoriana. Entre el aire de exaltación romántica que E.M.Forster da a los acontecimientos que suceden en la primera y toscana parte de su novela y el contenido costumbrismo de las convenciones que los marca inglesamente en la segunda. Un conjunto en el que nos ofrece un profundo retrato de la clase alta británica de principios del siglo XX, aquella que comenzaba a viajar más allá de las tierras de su Imperio y que descubrió al mundo las posibilidades que ofrecía el turismo para el desarrollo y el enriquecimiento personal. Un colectivo que, sin embargo, debía construir su vida siguiendo los parámetros de clase económica, apellido y sexo bajo los que hubiera nacido.

Desde su posición como narrador ajeno a lo que nos cuenta, Forster nos relata lo que sucede sin intervenir en ello, pero plagándolo de adjetivos que califican con escasa flema y menos pudor cuanto se dice y se hace como lo que se calla y se evita. De esta manera compone un completo retrato de sus protagonistas, formado por la descripción de sus caprichosas personalidades y el análisis del momento vital en el que se encuentran. Un momento de enorme trascendencia en el que la emancipación solo es posible a través del matrimonio, además de los exigentes condicionantes familiares y sociales que han de cumplir para mantener el estatus de la clase social a la que pertenecen.

Por otro lado, y a pesar de la distancia geográfica entre Florencia y Londres, Forster plantea con gran naturalidad, desarrolla con efectividad y resuelve muy exitosamente, las diferentes tramas que hacen que las personas que coincidieron en la ciudad italiana sigan ligadas en la capital británica haciendo verdad aquello de que nada es por casualidad y que las coincidencias no existen sin más. De esta manera se impone la lógica de lo imprevisible, consiguiendo que lo que se nos cuenta resulte creíble, posible incluso, y tome forma escrita como narrativa de altos vuelos, como literatura que seduce y arrastra gozosamente consigo a su lector.

Una habitación con vistas, E.M. Forster, 1908, Alianza Editorial.